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28 de Agosto, décima historia.

28 de Agosto de 201X

Querido diario, hoy es tu aniversario. Un día como éste, pero del año pasado, decidí escribir uno. La decisión fue difícil, nunca encontré el momento perfecto, siempre ocupada, pero mi deseo de escribir mi rutina lo superó. También tuvo mucho que ver con la fragilidad de la memoria, esa sensación de que mis recuerdos solo sean una pobre recreación de lo que he vivido es muy desagradable, y tener apuntados en papel esos días que nunca regresarán me mantienen tranquila. A pesar de todos los motivos que tuve, pensaba que esta empresa iba a durar mucho menos.

No sé qué decir exactamente, mi vida apenas ha cambiado nada, sigue igual de tranquila, a pesar de sus anormalidades. Mi madre sigue aún en ese horrible trabajo y apenas me ayuda. Mi hermana sigue dando problemas y no atiende en clases. Pero no me desanimo, conseguiré que cambien para mejor. Espero que el Altísimo esté conmigo. No tengo nada más que añadir, solo tengo que hablar lo que me ha ocurrido hoy y, solo por ser el aniversario, mencionaré aquellas cosas que no menciono porque son el pan de cada día. Deseo que esto no se me haga muy largo.

Hoy, como siempre, tuve que levantarme temprano, para coger la bicicleta y recoger a mi madre. Ella trabaja cada noche en un local, en una profesión horrible, que  como siempre digo, deseo sacarla lo más rápido de ahí. El desdén que me producía ir a aquel lugar era olvidado por los primeros rayos del sol de la mañana, que me hacían reflexionar muchas cosas sobre el mundo y Dios.

Después de traerla y de que ella fuera a dormir, decidí preparar el desayuno antes de levantar a mi querida hermana. Y mientras estaba preparando su desayuno preferido, apareció en la cocina y, como me imaginaba, estaba desnuda.

― ¿Tan temprano y estás desnuda? Ponte algo que te vas a refriar. ―

― ¿Pero, qué dices? ¡Yo estoy vestida, es que eres tú, quién tiene un velo que te manipula tu visión…!  ―

Mientras ella me explicaba que el velo, maligno y horrible, me estaba manipulando la visión de la realidad, yo la llevé a su cuarto para vestirla. Le encanta hacer este tipo de cosas, ella lo llama “humor”, aún cuando muchas veces ni yo misma la entiendo. Esto le ha provocado un montón de problemas y nunca ha aprendido a controlarse, a veces sus gracias se pasan de la raya, pero aún así no es mala chica. Es normal que yo diga eso, ya que soy su hermana.

Al entrar al cuarto, perdí fuerzas al ver que estaba muy desordenado, y eso que lo limpié todo muy bien ayer, e hice un hallazgo muy feo, que no me gustó para nada. Entre unos de sus pantalones cortos, encontré una cartera y, como ella nunca tuvo una, era de otra persona. Me puse mala al pensar que mi hermana hubiera robado tal cosa.

― ¡¿Sasha, qué haces con esto!? ¡Exijo una explicación! ― Se lo dije autoritariamente. No me gusta actuar así pero hay que ponerse así cuando hacen algún error bien feo, como robar. Ella, que estaba jugando con su ropa interior, solo dio un gran “oh” y me dijo que no tenía envidia de ella.

Estaba esquivando la pregunta y eso me ponía peor, no quería regañarla y deseaba que ella no hubiese hecho tal cosa. Así que le dije que no se fuera por las ramas y me dijera una buena explicación.

― ¡Me la dio sin querer una negra! ¡Fue muy amable de su parte! ―  Eso sonó a robo. No estoy acostumbrada y no lo debo estar nunca, pero ella siempre hace pequeñas maldades, como ésta, que me hacen pensar que todo el esfuerzo que hago para hacerla una persona mejor era en vano.

Pero lo último que se pierde es la esperanza, así que tras regañarla por un buen rato, decirle que robar las carteras de otros, y en general, es de personas que, por no hacer un esfuerzo, le quitan lo que han conseguido los otros y no debe ser como ellas. Y para hacerle aprender la lección, tanto ella como yo íbamos a salir en su búsqueda, para pedirle disculpas y entregarle lo que le pertenece.

― ¡Que rollo! ¡Ser buena gente no es popular en estos tiempos! ― Esto era muchos de las quejas que hacía ella mientras le preguntaba a quién se lo quitó. Me dijo que era una chica afroamericana, pero en la cartera estaba su pasaporte y era caucásica, le pregunté varias veces lo mismo y siempre me decía la misma respuesta. También le pregunté si había gastado algo de dinero, porque en eso había mucho, no sé si actuó como si estuviera sorprendida o si lo estuvo realmente, pero esa reacción me hizo confiar en ella. Y también le di mi confianza para que me buscara la casa de la chica, y me estaba llevando hacia allí.

― ¿Seguro qué es por aquí? ―  Eso le dije mientras estábamos dando vueltas por un barrio, cuando salimos del nuestro, famoso por sus calles estrechas y sus casas de otra época.

― Lo dices como si no confiaras en mí. ― Eso me contestó ella.

― ¡No es eso! ―  Aunque la mitad de las veces en que confié en ella acabé defraudada. ― Pero llevamos dando vueltas por aquí. ―

― ¡Bah, no es nada! ¡Es que nos hemos perdido! ―  Eso me alarmó. Este barrio también es conocido porque sus calles parecen un laberinto, mucha gente se ha perdido por aquí. Hasta yo, que he estado unas cuantas veces.

Nos costó mucho salir de ahí, primero, porque me distraje por mucho tiempo viendo el escaparate de una tienda de antigüedades que había ahí y segundo, que mi hermana hizo una de las suyas.

Mientras yo estaba mirando la placa del nombre de una calle, para poder situarnos y salir de ahí, apareció una pareja, formado por un hombre y una mujer que podrían rodear los treinta. Mi hermana tiene muchas manías feas, entre ellas el de levantar las faldas de los demás y burlarse de su ropa interior, hasta me lo hizo a mí, que por algo siempre llevó pantalones. Pues ya se podrán imaginar lo que le hizo a esa señora.

― ¡Wow! ¡Qué asco de bragas, están tan descoloridas que dan pena! ―  Así lo dijo, con gran fuerza, para que todos se enterasen.

― ¡Oye, oye! ¿Qué estás haciendo? ¡Eso no se hace! ―

Lo sentí mucho por ella, quién estaba roja, de la vergüenza, empezó a decirnos cosas. No sabía que decía, ella y su marido, ya que hablaba en ruso y a mí se me daba mal esa lengua.

Mientras les pedía disculpas sin parar, se fueron hablando entre ellos, con un tono evidentemente enfadado, perdiendo una oportunidad de poder salir de ahí. Después de eso, le regañé sin parar a Sasha.

Me sentí muy feliz cuando pudimos ver una calle amplia y llena de coches, eso significaba que habíamos salido de ahí. Perdimos más de tres horas en ese lugar.

― ¿Ahora podemos ir hacia allí, no?  ― Le dije.

― ¿Y por qué no hacia nuestra casa? ― No íbamos a pisarla hasta entregarle eso, y se lo dije bien claro.

Me llevó primero hacía al ferrocarril, cuya líneas separaban a Springfield en dos, y  las seguimos hacia al centro de la ciudad, para luego ir al norte. Fue un bonito paseo, si nos olvidamos de las burradas que Sasha les hacía a los demás.

― ¿En verdad ella vive aquí? ―  Eso dije al llegar a un barrio que no parecía ser un lugar muy limpio ni agradable de vivir. Tal vez los grafitis y algunas personas que parecían dar la impresión de ser vagabundos me dieron esa imagen. Ella no dijo nada y yo al dar un paso, me detuvo con las manos:

― ¡Estamos muy cerca del epicentro! ¡Ahora hay que tener cuidado, a partir de ahora todo será peligros y más peligros, estamos entrando en su territorio! ―

Esas palabras me dejaron un poco asustada y me hacían pensar con qué tipo de gente se metía mi hermana, además de que me entraban ganas de salir de ahí lo más rápido posible; pero aún así seguimos adelante, y con el número de la policía siempre en mente. Tras entrar, según sus indicaciones, en un edificio de apartamentos, me parecía que en verdad las primeras impresiones engañaban, ya que no note algo que podría ser un sitio feo. Así llegamos a la última puerta del ala izquierda de la tercera planta y lo primero que hice fue tocar el timbre. Nadie contestó y lo volví a hacer por segunda y tercera vez, pero no hubo respuesta.

― Tal vez es que no haya nadie…― Eso dije, cuando mi hermana gritó de golpe, sorprendiéndome de paso.

― Abran la puerta, somos la policía, están arrestados por lo que sea, pero están arrestados, criminales. ―

― ¿Pero qué haces? ―  Eso le dije. ― No digas esas cosas que asustas a los demás. ―

― Esos detalles no deberían importarte, solo el que vayan a la cárcel. ― Y al decir eso, hizo la misma postura que hacen los policías cuando entraban a fuerza en otras casas. No me dio tiempo a detenerla, ya que cuando le dije que no hiciera eso, dio un golpe en la puerta, ésta se abrió y ella entró, actuando como un agente de la ley.

― ¡No se muevan ni hagan el idiota! ¡Cualquier subnormalidad que digan será utilizada en su contra más una bala en el culo! ―

Al ver el estado que estaba ese departamento me entraron ganas de vomitar y exclamar unas cuantas cosas, eso era un vertedero, no una casa, un peligro público para todos; y rápidamente entré allí con la nariz tapada, para sacar a mi hermana de ahí.

― ¡Oh, Dios mío! ― Eso le decía mientras le limpiaba con unas toallitas que tenía siempre conmigo. ― ¡Lo primero que haremos al llegar a casa es bañarnos! ―

― ¡No te preocupes! ¡Yo soy inmortal! ―

― ¡Esos lugares son unas fuentes de enfermedades! ¡No debes de tomarte esto a la ligera! ― Al decir eso, empezamos a escuchar unos ruidos, que parecían ser de almas en pena, saliendo de la casa.

― ¡Wow, mutantes, mutantes! ¡El Apocalipsis mutante ha llegado a Shelijonia! ― Le dije que no dijera esas cosas, ya que daban mala suerte y decidí aventurarme en ese lugar para ver qué pasaba, aún a sabiendas de que era la pesadilla de toda ama de casa.

― ¡Quédate ahí! ¡No te muevas! ― Le ordené a mi hermanita, no deseaba que ella entrara en esa fuente de enfermedades y me metí. No importa cuántas veces lo viera, me sobrecogía. Ropa sucia en el suelo, más restos de comida, plásticos de todo tipo y botellas de alcohol. Esas cosas más el olor nauseabundo que echaba el lugar, me hacían tener ganas de vomitar y de desmayarme, tuve que reunir fuerzas para soportar algo así. Eso era solo el pasillo y cuando vi el salón, las arcadas casi pudieron conmigo.

― ¡Oh, por favor, esto es un peligro para la ciudad! ―  Eso me dije.

Y entre aquel mar de basura, sobresalía un sofá, cuyos asientos estaban ocupados por unos pobres desgraciados, que apenas podrían levantarse, de ellos procedían esos lamentos. Intentaban moverse y mantenerse en pie, pero caían al suelo, restregando sus caras contra la basura, pidiendo ayuda.

Aquella escena sería lo más parecido a lo que podría ser el infierno, y por eso yo, estaba sobresforzándome para aguantar eso y ayudarles, porque esos hombres parecen que cayeron en el alcoholismo o algo peor, haciendo que me diera pena por ellos y preguntándome qué tuvieron que vivir para terminar de esa manera.

― ¡El gordo, el flaco y el feo! ¡Ahora con síndrome de Diógenes! ¡La película! ― Miré hacia atrás y vi que esas palabras eran de mi hermana, quién además de desobedecerme, se estaba pasando de la raya con esos comentarios.

― ¡No te burles de ellos, por favor! ¡Eso no lo hacen las buenas chicas! ―  Eso le dije, tras darle un pellizco a la mejilla, eso era un castigo por decir eso.

― ¡Tranquilízate, no seas como la policía! ― Añadió ella, como si no tuviera remordimientos por ellos y que me había enfadado por una simple tontería, le iba a decir más, pero entonces esos hombres se alteraron al oír sus palabras.

― ¿Policía? ―  Gritó uno. ― ¡Dios, la plasma! ― Eso dijo otro. ― ¡Hay que salir corriendo de aquí! ―  Entonces, como si hubiesen hecho algo horrible, intentaban levantarse de golpe para huir, pero todos sus intentos eran en vano y caían al suelo una y otra vez, mientras gritaban sin parar. Hasta alguno empezó a vomitar y toda esa escena era tan terrorífico y desagradable que no pude más, cogí a mi hermana y salimos corriendo. No me di cuenta de que ella se estaba riendo de ellos, como si eso tuviera algo de gracia, pero en ese momento, lo que me importaba era huir lo más lejos de ahí, hasta llegar a un parque.

― ¡Oh, dios, cuantas ganas de vomitar! ―  Eso me dije después de estar sentada un rato, hiperventilando, y esperando tranquilizarme, deseaba olvidar todo eso.

Tras tranquilizarme, llamé a la policía para decirles eso, y después me di cuenta de que no estaba al tanto de mi hermana y que ella no estaba a mi lado.

― ¿En dónde se habrá? ― Me dije y luego grité preocupada: ― ¿Sasha, dónde estás? ―

― Aquí, aquí. ― Eso escuché y dirigí la vista hacia dónde provenía la voz, que era obviamente de ella y que iba a hacer algunas de las suyas, ya que se estaba preparando a despertar a alguien que estaba durmiendo en un banco del parque. Reconocí a esa persona, era una afroamericana que fue molestada por mi hermana hace unas semanas. No me dio tiempo detenerla, le dio un guantazo que hizo despertar a esa chica y no estaba muy contenta por eso.

― ¿Quién ha sido? ―  Decía esas palabras mientras abría los ojos. ― ¡Oh, tú! ¡Otra vez vienes a joderme la vida! ― Y casi se iba a echar encima de mi hermana, sino fuera porque la detuve.

― ¡Lo siento mucho, de verás! ¡Perdónala! ―  Eso le decía mientras protegía a mi hermana de ella, quién no dejaba de decir palabrotas y amenazas. Al final, se pudo tranquilizar, y pudimos hablar normalmente.

―  Te recompensaré con una tarta, después de todo, ha sido mi culpa. ―

― Da igual. ― Me dijo. ― No tengo ganas de tartas ni de nada en general. ―

Por su tono de voz parecía que estaba metida en una situación difícil, tal vez por eso se le notaba bastante irascible, aunque cualquiera se enfadaría si te dieran un tortazo mientras dormías.

― ¡Pues vaya! ¡Y nosotras estamos aquí perdiendo el tiempo cuando tenemos una misión importante que hacer! ¡Estados Unidos no se salvará solo! ―

― ¿Qué tonterías está diciendo tu hermana? ―

― A ella le gusta exagerar las cosas, pero es que estamos buscando a alguien. ―  Eso le decía mientras sacaba la cartera y se la mostraba.

― Estamos buscando a la propietaria de esto. ― No sé por qué, pero vi en ella una cara de asombro que me hizo preguntar qué le pasaba.

― No es nada…― Me decía, nerviosamente. ― Solo que conozco a la tipa del pasaporte. ― Eso me alegró el día, ahora entregar la cartera era mucho más fácil, ya que habíamos conocido a una amiga suya.

― ¿Entonces los ladrones reconocen a sus víctimas? ― Las dos nos quedamos sin habla ante eso, no sabíamos a lo que se estaba refiriendo ella, aunque eso es lo que me pasa muchas veces con mi hermana.

― ¿Qué dices, idiota? ¿Estás sugiriendo que yo le he robado al alguien? ―

Añadía ella, enfadada, lo decía como si alguien le estaba acusando de algo.

― Es que yo soy Robin Hood, yo robó a los ladrones para quedarme el dinero robado yo. ―  Esa explicación me hizo entender menos lo que ella estaba diciendo y tuve que reconocerlo, que no sabía lo que decía.

― ¡No le tomes en cuenta, ella siempre dice muchas cosas incomprensibles! ―

― En fin, denme esa cosa, que yo se la entregaré. ―

Ella nos prometió que se lo iba a entregar a esa persona, pero yo le dije que nosotras deberíamos entregarlo en persona, o por lo menos, acompañarla, ya que mi intención eran disculparnos y enseñarle la lección a mi hermana. Pero se negó, quería dárselo ella sola, que nos olvidáramos de eso y volviéramos a casa. Al final, tras un buen rato hablando, se fue y nos dijo maleducadamente que hiciéramos lo que nos diese la gana, yéndose del parque, aunque nos dijo la dirección.

― ¡Por fin hemos llegado! ― Dije al ver la casa de la dirección, la cuál era igual de grande que la nuestra, pero tenía un color diferente; y el apellido que ponía en el buzón confirmaba que era el lugar, ya que coincidía con el del pasaporte. Iba a pegar en la puerta, pero entonces un ruido me distrajo y vi que había alguien que estaba en apuros, así que me dirigí a ayudarlo, aunque antes le dije a mi hermana esto:

― ¡Espérate aquí, y cuando abran la puerta! ¡Diles disculpas y entrégales la cartera! ¡Sé una buena niña! ― Ella me dijo que sí.

Tarde más de lo que imaginé y cuándo volví, vi que mi hermana seguía ahí, así que le pregunté:

― ¿Aún no te han abierto la puerta? ― Ella me contestó que sí, que ya había entregado eso y que no me debía preocupar, pero decirlo no me quitaba el temor de que tal vez me haya mentido, aún así tuvo que creerla.

― ¡Te creeré! ¡Espero que hayas lo correcto! ― Aún cuando haya sido engañada por ella cientos de veces, sigo creyéndola. Es más, deseo creerla, después de todo, es mi hermana.

Así es cómo este escrito ha terminado, cuando alguien interrumpió a la persona que lo estaba escribiendo, pegando en la puerta de su habitación para decirle algo. Ella, quién estaba sobre su escritorio muy centrada en escribirlo, paró súbitamente cuando oyó estas palabras:

― ¡Sasha, Sasha! ¡El baño está listo! ― Esas palabras procedían de la hermana mayor, Malia, quién aún no se había quitado la bata de cocina.

― Oye tú, no entres sin permiso, que estoy desarrollando mi don creativo, mi yo genio está desarrollando una gran historia. ― Malia, ni siquiera había entrado, pero aún así se disculpa. Y mientras recordaba cuándo iban a traer la puerta nueva para la habitación de su hermana pequeña, ya que no lo tenía por culpa de una pelea entre su madre y Sasha; le dijo que no la quería molestar y se iba a ir, pero su hermana la detuvo.

― ¿Adónde vas? ¿No quieres saber la gran obra que estoy publicando? ¡No puedes abandonarme así, Malia! ― Lo dijo como si estaba sobreactuando para un papel de una tragedia griega. Su hermana la hizo caso.

― Si eso te hace feliz, te lo pregunto, ¿qué estás escribiendo? ―

― Eso es secreto, pero te diré algunos detalles. Estoy escribiendo un diario.  ― Lo decía como si lo que escribía iba a cambiar al mundo.

― ¡Ah, un diario! ¡A mí, desde peque, me hubiera gustado hacer uno! Pero estoy tan ocupada que nunca tengo tiempo para nada. ― Lanzó un suspiro, al recordar que tenía muchas cosas que hacer antes de dormir. ― ¡Espero, que te vaya bien con el proyecto! ― Y con esas palabras de ánimos, se fue a la cocina.

Y al verla irse, su hermana pronunció estas palabras en voz baja: ― No te preocupes, después de todo es tu diario, no el mío, hermanita. ―

Entonces, con sus escritos bajo a la luz de la lámpara y tras decir eso, nuestra narradora empezó a reír maniáticamente, como si hubiera hecho algo gracioso.

FIN

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Una mañana de recuerdos, novena historia

Un parque helado de una cuidad en plena noche, iluminado por farolas. En uno de sus bancos se encontraba una chica, abrigada hasta los topes, que estaba esperando a alguien. Esperó diez minutos hasta que él llegó y le preguntó si quería sentarse. La respuesta fue negativa y el chico le preguntó que quería. Lo que ella deseaba hacer le dejó sin habla.

― ¿No te das cuenta de lo que me estás diciendo? ¡Me estás pidiendo que te ayude a desaparecer de Canadá! ― Le gritó, sorprendido, ante tal propuesta.

Ella sabía que le pedía algo estúpido, pero estaba desesperada. Tenía que huir sí o sí, no sabía exactamente las razones, pero no podría quedarse en esa ciudad. Le empezó a suplicar:

―  Por favor, tú eres el único que me puede ayudar. Tengo que irme de aquí, como sea. ¡Te lo suplico, llévame lejos de este lugar, a la frontera, más lejos de la frontera! ―

¿Por qué se lo pedía a él, precisamente a él? Porque era la única persona en quién podría confiar. Fue a quién le contó sin tabú casi todo sobre su relación prohibida y sus consecuencias, sin entrometerse. Pensaba que la iba a ayudar, así como así, sin objeciones, pero jamás creyó que le iba a dar esta respuesta:

― Sabes, eso es algo que haría una cobarde. Tú fuiste la que empezó todo esto y tú eres la única que puede terminarlo. Así que por favor, no huyas de nuevo. ―

Se indignó, aún a pesar de para ella eso tenía algo de verdad. Deseaba que su primo le ayudara, no que la regañará.

Pensaba que ser valiente no tenía sentido en ese momento, porque ya era demasiado tarde, la tragedia se consumó. Solo le quedaba desaparecer y renacer en otro lugar, uno bien lejos. Por eso, le gritó bien fuerte, le insultó y le dijo que él no comprendía sus sentimientos para salir corriendo de allí.

―  Espera, Marga…Espera… ―  Esto decía el muchacho mientras que,  poco a poco, como si fuera una película en VHS; la imagen empezó a llenarse de puntos blancos y negros hasta quedar toda la pantalla así.

Tras eso, todo se volvió oscuro y al poco, se empezó a escuchar una voz de niña pequeña que decía mamá una y otra vez. Y hasta que no abrió los ojos, no le dejó en paz. Así es como Clementina fue despertada por su hija.

Y mientras la cogía entre sus brazos, con ella pidiéndole comida, estuvo pensando en ese sueño que tuvo. Era un recuerdo de un pasado que deseaba olvidar o cambiar si se podría viajar en el tiempo. Inevitablemente, eso la empezó a atormentar de nuevo. Intentó ponerse en el lugar de su primo aquella noche y sintió que fue una verdadera y odiosa egoísta. Leonardo le dijo aquellas palabras tan duras porque era su deber, porque quería ayudar y que se enfrentará lo que habría creado en vez de huir por pura cobardía. Se sintió mal por indignarse y decirle que no la comprendía. Era una tonta ingrata, después de todo.

Se preguntó si aún lo era mientras jugaba con su hija y empezó a pensar en otra cosa. Pobre Diana, su existencia hizo que lo que comenzó como un romance terminará como una tragedia y ella ni siquiera lo sabe. Tal vez, jamás. Eso pensaba su madre. Rápidamente se quitó todas esas tonterías, se vistió, con dificultad, ya que su hija no la dejaba tranquila; y bajó al salón.

Y allí estaba, Mao, a quién ella apreciaba mucho. Al verle, recordó como les acogió en su casa cuando no tenían adónde ir y le dio a su primo un trabajo. Le entraron ganas de decirle las gracias pero pensaba que no era el momento ni el lugar para hacerlo, ya que el chino parecía enfadado. Y lo estaba. Le saludó.

― ¡Buenos días, Gerente! ¿Ha dormido bien? ―  Mao, tras alzar la vista hacía ella, le dijo con cara de malas pulgas esto:

― ¡De buenas, nada, aún no me puedo creer que la negra este en mi casa! ¡No pude dormir, nada, absolutamente nada, por su culpa! ― Se le notaba que tenía ojeras y que había pasado una mala noche.

Y no era para menos, ya que Lafayette ayer apareció en su casa, así como así. Decía que se había escapado de casa. Al no poder echarla y conociendo aquella manía suya de robar cosas, estuvo protegiendo el dinero que tenía en una caja fuerte. Estuvo toda la noche despierto. Entonces, Clementina al acordarse de ella, le preguntó a Mao sobre ella.

― Ah ya. ¿Aún sigue durmiendo? ―

―  Lo está. Si no fuera así, estaría gritando quién le ha amarrado. ―  Decía esto mientras soltaba una sonrisa maliciosa y Clementina se quedó pensando que quería decir con eso de quién le ha amarrado. Mao, al ver su cara, se lo explicó.

― La amarré y fue lo mejor que hice. ¿Por qué no se me pudo haber ocurrido la idea antes? Podría haber dormido mucho. ―  Fue hace una media hora antes, cuando vio unas cuerdas y se le ocurrió la idea. En cierta forma, no solo lo hizo para defender sus bienes, sino para fastidiarla y deseaba con impaciencia que se despertará para oír sus gritos.

Clementina no se lo pudo creer, le parecía algo demasiado exagerado eso y le preguntó otra vez para estar segura verdaderamente de lo que había dicho: ― ¿Entonces, Gerente, le ha amarrado de verdad? ―

― Aparte de eso… ― Mao cambió de tema. ― Tu primo salió a comprar pan bimbo y, cuando vuelva, pues prepara el desayuno, por favor. ¡Qué me estoy muriendo de hambre! ―Le decía eso mientras se tocaba la barriga, que le gritaba sin parar.

Clementina dijo que vale y se sentó. La niña le pidió a Mao que pusieran su programa favorito, “La chica y el reino de los conejos”, ya que lo echaban en esa hora y lo puso. Estuvo todo el rato criticando la serie, molestando seriamente a Diana.

Al poco tiempo, Leonardo volvió a casa y tras dejar el pan en la cocina, entró al salón diciendo, animadamente, que había vuelto. Su prima y sobrina le dieron los buenos días, mientras Mao le saludaba de una forma muy poco enérgica.

Al sentarse él, miró fijamente su primo y, al recordar el sueño que tuvo, pensó cuál fue el papel de Leonardo en todo eso. Jamás se imaginó que lo había arrastrado con ella en su eterna huida.

Él estaba en la universidad y aunque era algo mediocre, le iba bien. Tenía muchos amigos allí y estaba alquilando una buena casa cerca de allí. No recordaba que carrera eligió pero era algo difícil. En fin, tenía una vida normal y corriente, y ella se lo destruyó, tanto ese presente como su futuro. Así, poco a poco, la culpa empezó a entristecer a Clementina. Pero unos horribles gritos, evitaron que ella cayera en la tristeza, casi le dieron un susto. Así sonaba: ― ¡Maldita puta, quítame estas cuerdas, quítamelas! ―

― Se nota que se ha despertado. ―  Decía Mao mientras se reía. Esos gritos eran tan escandalosos que hicieron llorar a Diana e intranquilizaron tanto a Clementina como Leonardo. La canadiense, por eso, mientras intentaba tranquilizar su hija; dijo esto:

― ¿No crees que deberías soltarla? ―

― Sí, sí, claro. ¡Si hago eso esa chalada haría verdaderas locuras! ¡Mejor, dejémosla así hasta que se tranquilice! ―

Y al pasar unos cinco minutos, Lafayette seguía gritando insultos y Mao añadió: ― Implicando que lo haga… ―

Leonardo se tuvo que llevar a la niña de la casa, porque ella no podría soportar más los gritos. Y así estaban en el salón, solo Clementina y Mao.

Mientras el chino hacía como si no pasase nada, Clementina alterada y con dolor de cabeza, intentó busca una forma de ignorar los gritos. Pensaba irse pero estaba muy floja para hacerlo. Entonces, decidió preguntarle al gerente por qué estaba Lafayette estaba ahí.

― ¿Así que, preguntas la razón por la que la franchuta está aquí? ― Ella le dijo sí afirmativamente y Mao, tras bostezar de sueño, así se lo dijo:

― Según la delincuente esa, se ha escapado de casa, bueno, su casa no es… Tuvieron que abandonar la suya y tuvieron que vivir con los padres del amor de su madre y no quiere vivir ahí… Por muchas razones que no especifica. Pues eso, se mosqueó con los hijos de esa casa y al no querer pedir perdón, tuvo que invadir mi casa. ¡En fin, todo un lío! ―

Clementina casi iba a decir que igual que ella, pero se calló, tapándose la boca. Eso de que Lafayette se escapó de casa, le trajo muchos recuerdos.

Escapar de casa. Ella lo hizo, hace tiempo. Es más, no solo escapó de su hogar, también de su ciudad, del estado y de la nación de dónde vivía. Huía de algo que no sabía que era. ¿Tal vez de sus errores? ¿De la tragedia que participó? ¿Y Lafayette? ¿Qué razones tuvo para irse? Por la explicación de Mao no lo entendió mucho. A continuación, por su mente, pasó la imagen de sus padres. No eran malos, todo lo contrario, le dieron todo tipo de caprichos y siempre que podrían intentaban pasar el tiempo con ella.

Aún así, siempre sintió un déficit de cariño. Tal vez, por eso, cuando se enamoró, lo hizo de una forma obsesiva. Entonces, se abofeteó en la cara unas dos o tres veces para no pensar sobre su pasado. Ya no tenía sentido todo eso, el daño estaba hecho, nunca podrá repararlo y lo único que deseaba era enterrar hasta lo más profundo de su corazón todos esos recuerdos y cerrarlos con llave.

Cuando se dio cuenta de que todos la miraban, extrañados ante eso; Mao le preguntó qué le pasaba y ella, con nerviosismo, le dijo una excusa muy tonta. El chino lo aceptó y volvió a hacer lo de siempre, vaguear y ver la tele, mientras que su primo, aunque algo preocupado, tuvo que irse a vigilar la tienda. Ya no se escuchaba gritos de Lafayette, se había cansado. Pero la tranquilidad no iba a durar mucho ya que al poco tiempo Leonardo apareció para decirles esto:

― Gerente, tenemos visitas.  ― Mientras  decía esto, Mao escuchaba una voz chillona que reconoció enseguida. Pocas ganas tenía él de que apareciera y lanzó un gran suspiro. Esa persona era nada más ni nada menos que Josefina, que entró al salón gritando con gran entusiasmo esto:

― ¡Hey, wey! ¿Cómo están ustedes? ―

Como siempre, hizo una entrada demasiada llamativa y escandalosa, tanto que Mao dijo mentalmente que se notaba que había llegado. Y todo esto mientras cogía de la mano a Alsancia-Lorena, que en aquel momento se estaba recuperándose del cansancio que le supuso correr. El chino al ver a Alsancia, le dijo esto a Josefina:

― ¡Oye tú, no deberías hacer correr a Alsancia! ¡No es bueno para ella! ― Eso soltó.

― Pues mi mamá dice que correr es muy sano. ―  Le replicó Josefina.

― Vale. ― Lo dijo con poco entusiasmo, solo para terminar rápido la conversación.

Mao estaba algo molesto porque vino visita a casa, una cosa que le disgustaba un poco, aunque últimamente ya no le dada tanta importancia. Por otra parte, estaba contento, ya que Josefina se trajo Alsancia con ella.

Ella le caía muy bien al chino, no le causaba problemas y, para él, era bastante adorable y por eso siempre era bienvenido a la casa.

Por otra parte, no tenía nada contra Josefina pero es tan activa y tan charlatana que le causaba dolor de cabeza y a veces, sin querer, problemas. Al pensar en eso, se desanimó y Josefa lo notó:

― Pareces algo desanimada, Mao… ¿Estás bien? Espero que sí, no me gustaría que una amiga estuviera triste ni adolorida. Sería horrible, pero no he venido por eso, pensaba que estaban aburridos y necesitaban más compañía, por eso he venido. Y he traído a Alsancia-Lorena, por supuesto. Ella siempre está en su casa, con casi nadie, pobrecita, por eso la he llamado y la he llevado hasta aquí. Pues espero que todas nos divirtamos mucho hoy. Además aquí hay juegos de mesas, muchos juegos de mesas. ―

Nadie entendió eso, lo dijo tan rápido que para los demás eso era inentendible. Josefina, a continuación, empezó a buscar algo y Mao, tras preguntarla que estaba buscando y escuchar que eran juegos de mesas, la detuvo. Odiaba con toda sus fuerzas esas cosas.

―  Jo… ― Protestó Josefina. ― ¿Entonces con qué nos vamos a divertir hoy? ―

― Pues con la tele. ― Le dijo eso mientras encendía la tele con el mando y se acostaba en suelo. Josefina no lo aceptó y empezó a zarandearle sin parar mientras le pedía que tuviera otra idea. Mao, al ver que no podía ver la tele tranquilo, decidió pensar en otra cosa que no fueran juegos de mesas y al ver a Alsancia se le ocurrió una buena idea.

― Tengo una gran idea. ― Eso dijo Mao.

― ¿Y qué es? ¿Y qué es? ― Le decía Josefina toda ilusionada, con sus ojos brillando de emoción al ver el gran entusiasmo que mostró el chino.

Esa idea no era nada más ni nada menos que probarse toda la ropa que tenía Mao cuando era chico, ya que aún los conservaba. Estaba deseoso de ver a Alsancia vestida con todo tipo de kimonos y sabía que a Josefina también le gustó la idea, algo en que acertó. Alsancia-Lorena no quería participar, pero era incapaz de oponerse al gran entusiasmo que mostraban estos dos, y al final se convirtió en una especie de modelo, ya que Josefa se dedicó más en buscarle la ropa perfecta que ponerse ella uno.

Mientras Mao y las chicas estaban en el cuarto probándose ropa, Clementina se quedó en el salón, con su hija pintando y coloreando hojas de papel. Miró hacía al segundo piso mientras escuchaba sus voces y le entró una risita por lo adorable que le pareció eso, ya que el gerente estaba jugando con unas niñas. Entonces, a los pocos segundos, notó un aura siniestra que procedía de un lugar del salón, en dónde estaban las cortinas.

Se puso muy pálida, sin saber porque exactamente, y le entraron unas ganas terribles de irse de ahí. Hizo caso su instinto y cogió su hija para irse al segundo piso, mientras una voz de ultratumba, que no escuchó Clementina, y que procedía de ahí, decía sin parar esto:

― ¡Maldita seas, tartamuda…! ―

Al subir al segundo piso, pasó por la habitación de los invitados y a la amorzada Lafayette. Entonces, recordó lo que le dijo a Mao, sobre eso de que se fue de casa y quiso preguntarle el porqué, para solidarse con la negra y tal vez convencerla de volver, que no cometiera el mismo error que ella. Y mientras su hija Diana se iba con el resto, se acercó a la franchuta y vio que estaba durmiendo. Tras ver que estaba así, decidió no despertarla y se dio media vuelta.

― ¡Eh, tú hazme el favor de soltarme! ― Clementina, que no se esperaba eso, gritó del susto. Giró la cabeza hacía Lafayette y vio que estaba despierta, con su típica cara de malas pulgas. Ésta, al ver que la canadiense no se movía le dijo esto, de nuevo:

― ¿Me puedes hacer el favor de soltarme? ¡Te lo estoy pidiendo con educación! ―

Clementina dudó. Aunque le parecía algo exagerado que Mao la hubiese atado, sabía que si lo hizo era porque Lafayette causaba grandes problemas y lo mejor era no hacerle caso.

Por otra parte, la temía y no quería que se enfadase si le iba a decir no. Se preguntaba sin parar a sí misma qué tenía que hacer y así paso unos minutos. Cuando la negra la gritó por tercera vez que le respondiera, la canadiense entonces decidió preguntarle el motivo por el cual escapó de casa antes de decirlo no. Seguramente, así tendrían una larga charla y, tal vez, podría convencerla de volver a casa.

De esta forma, creía ser capaz de purgar lo que hizo, ayudando a otros a no hacer lo mismo que ella. Al final, tras llenarse de valentía y tragarse su saliva, le preguntó con miedo esto:

―  ¿Por cierto, por qué has escapado de tu casa? ―

― ¿Y a ti qué mierda te importa eso? Ahora mismo quiero que me suelten. ¿Lo entiendes? ¡Suéltame! ― Así le gritó, y de una forma muy desagradable.

― Bueno…― Titubeaba Clementina. ― No creo que pueda…―

― ¿Qué no crees? ¿Qué no crees? ¡Qué me sueltes maldita, te lo estoy ordenando! ―

Al decir eso, empezó a moverse violentamente en un intento desesperado por soltarse. Chillaba sin parar y no paraba de dar vueltas por la habitación y de dar pequeños saltitos. Intentaba usar toda su fuerza para romper las cuerdas pero estaban muy bien puestas y lo único que hizo era chocar contra las paredes, tirar cosas al suelo, dolerle todo el cuerpo y gastar inútilmente sus energías. Todo esto mientras amenazaba con quemar la casa y matarlos a todos. Clementina se quedó paralizada del terror al verla y se alivió que estuviera atada y de que lo mejor era no soltarla. No se sentía capaz de huir, pero tampoco quería quedarse con ella.

― Pues b-bueno….t-tendré que descansar… ―  Eso dijo, cuando se cansó, Lafayette y tras eso, al pasar unos segundos, mientras Clementina pensaba si irse con los demás o no, la franchuta le dijo esto:

― ¿Tú querías saber por qué me fui de casa, no? ―  Le preguntó con un tono aterrador, tanto que paralizó a Clementina. Por eso le gritó eso de nuevo, con un tono peor, y ésta le dijo que sí.

 

― Mi madre y yo nos arruinarnos en todos los sentidos ¿y eso que quiere decir? Pues está endeudada hasta la cejas y nos quedamos sin coche, sin ningún de electrodoméstico, sin tele y lo peor de todo, sin casa. Esa mujer es estúpida, teníamos una buena vida y ella lo arruino todo, absolutamente todo. ¿Y a dónde tuvimos que ir? ¿Cómo íbamos a vivir? Por desgracia, la muy puta tuvo suerte y su novia nos dejo vivir a su casa. Sí, íbamos en casa de sus padres, que aún tienen a dos hijos en la secundaria. Jamás pude imaginar lo insoportable que iba a ser, que si esto, que si lo otro, los muy putos no dejaban de molestarme. Y cuando me harté de ellos, me fui y vine aquí y no voy a volver a allí, me quedaré aquí todo el tiempo que me da la gana. ¿Ya estás feliz? ―

Clementina no sabía qué decir, era algo muy diferente con su situación, pero aún así sentía que eso era un motivo muy estúpido para escapar de casa, pero no sabía argumentarlo. Más bien eso le recordó a otra cosa.

― ¿No crees que deberías de agradecerles por haberte acogido de casa…?  ― Le preguntó Clementina, insegura y temerosa de que reaccionará de mala gana. Lafayette, tras lanzar un gruñido, miró para otro lado y no dijo nada.

Le hubiera gustado decirle que era una sinvergüenza por comportarse así. Le habían acogido en casa ajena y se marchó de allí porque no quería acatar sus reglas. Por lo menos podría haberles dicho las gracias, no desaparecer así cómo así, eso es algo muy ingrato. Y lo peor es que se fue a otro sitio a vivir aún cuando su dueño no quería, eso es tener mucho morro.

Clementina quiso decirle todas esas cosas pero tenía miedo y se las guardó para sí, ya que ella tampoco estaba en condiciones de hablar de los demás, al fin y al cabo era una cobarde que escapó de casa. Entonces, recordó de nuevo todo lo mal que hizo. Se imaginó entonces a miles de voces que le recriminaban por todo lo malo que hizo y que le llamaban cobardita. Estuvo así, unos segundos, hasta que se tapó las orejas para no escucharlos y gritó, mientras se agachaba, esto:

― ¡Basta ya! ¡Ya sé que soy cobarde! ― Retumbó en toda la casa y ante a una Lafayette que le miraba confundida, preguntándose qué le pasaba a la rubia.

Entonces Mao apareció en escena. No lo hizo antes, porque ignoró los gritos de la negra aún cuando Josefa y Alsancia les decía que debería ver qué pasaba, y, al final, al escuchar los gritos de Clementina, pensó que Lafayette le hizo algo malo, y le empezó a pegar mientras le decía:

― ¡¿Tú, qué le estás diciendo a la canadiense!? ― Lafayette le gritaba una y otra vez que no hizo nada, que ella solita se puso a gritar. Clementina rápidamente le dijo al gerente que le dejará de pegar, que no fue su culpa.

Tras eso, todos le preguntaron por qué gritó, ella solo dijo esto:

― No ha sido nada, de verdad. ― Le decía eso para tranquilizarlos y lo creyeron. A continuación, les dijo a Mao y compañía que ella iba a ver cómo le iba Leonardo en la tienda y bajó por las escaleras mientras Lafayette le gritaba insultos sin parar, haciendo que el chino cerrará la puerta para no escucharla.

Recordaba aquellas palabras que le dijo su primo una vez, de que no se arrepintiera de lo que hizo, pero lo estaba haciendo. Hacía tiempo que tenía todo ese pasado encerrado en lo más profundo de su ser y solo faltó un mísero sueño para que volviese a salir y la atormentará de nuevo. No sabía cómo pararlo y por eso buscaba a su primo en busca de un consejo que le ayudará a no volver a ver esos recuerdos, tal vez para siempre.

― ¿Tú qué haces para poder soportar los recuerdos del pasado? ―  Eso le preguntó ella cuando entró en la tienda mientras él estaba vigilando la tienda en el mostrador.

― ¿Por qué lo dices? ―  Le dijo eso, sorprendido.

― Pues verás hoy he tenido un sueño relacionado con el pasado y pues yo desde que estoy despierta no puedo parar de pensar en eso. Pensaba que lo había olvidado pero sigue ahí. ¡Quiero quitarme estos pensamientos de la cabeza! ¡Vivo muy bien aquí, soy feliz, no quiero que me amarguen los recuerdos! ¡Ya no puedo arreglar nada, no debería seguir arrepintiendo de esto! ¿Qué hago, primo? ¿Qué hago? ―

Terminó esa frase con lágrimas en los ojos para empezar a llorar, ya que, mientras hablaba, recordaba las cosas que hizo y los que no, lo que tuvo que hacer.

Su discurso, que más que una explicación era un desahogo, dejó incapacitado a Leonardo a decir algo durante unos segundos. Clementina mientras lloraba, empezó a decir más cosas entre balbuceos.

― ¿Por qué te estoy pidiendo esto….? No debería hacerlo…Te destruí la vida, ¿por qué debería pedirte consejo? ―

El primo se perdió aún más de lo que estaba, se preguntaba qué le ocurría mientras Clementina decía más y más cosas que parecían no tener sentido para él.

― No solo la tuya…sino la de un hombre por amor…la de mis padres…la de todos… ¿Y qué es lo hago? Huyo como la gallina que soy… ―

Y Clementina cada vez lloraba más y más fuerte, y más cosas sin sentido decía, y Leonardo tuvo que tranquilizarla por un buen rato. Cuando ella pudo hablar con normalidad le preguntó a su primo, mientras se estaba limpiado las lágrimas de sus ojos, esto: ― ¿Crees que algún día podré ser valiente? ―

― Por supuesto que sí. ―  Tras decirle eso hubo silencio por unos segundo, ya que Clementina empezó a preguntarse sobre él, y su primo con solo verla la cara sabía que iba a decir y espero que lo dijera. Esto era:

― ¿Por qué me acompañaste hasta aquí? ¿Por qué, al final, me ayudaste a huir de Canadá? ―  Esas preguntas dejaron a Leonardo pensativo.

― Pues no lo sé… ― Le respondía esto mientras recordaba lo que paso después de lo del parque. Ella desapareció y él, aterrado por lo que le hubiese huido, la buscó, no podría dejar sola una adolescente embarazada sola. Tras encontrarla en un autobús en dirección a la frontera con los Estados Unidos, intentó convencerla de volver a su casa, pero al final él la acompañó y se la llevó hasta Shelijonia. Se dejó convencer por ella. ¿Por qué lo hizo? ¿No debería haber hecho lo correcto? Era todo un misterio para él, pero eso que hizo no ayudo para nada a su prima, empeoró las cosas de tal modo que incluso él temía volver a su ciudad. Pensando en todas estas cosas, se le escapó de la boca estas palabras:

― Tal vez soy un cobarde… Pero de lo que estoy seguro es que soy estúpido.  ―

Clementina le gritó que no se dijera esas cosas, que todo eso era por su culpa. Él se rió y le dijo esto como si fuera la cosa más normal del mundo:

― No deberías echarte la culpa de todo. Yo también tengo culpa de esto. Hemos liado tanto las cosas que ya no son imposibles arreglarlas. Solo podemos esperar que tu hija no cometa nuestros mismos errores. ―

Se lo dijo así, sonriendo, y ella no evitó soltar otra sonrisa. Entonces un grito rompió el ambiente, procedía del salón y era Mao, le gritaba a Clementina para que fuera a ayudar con su padre. Ésta se fue corriendo rápidamente allí. Se sentía aliviada y contenta, olvidándose por completo de esos recuerdos que tantas pesadillas les producía.

Tal vez, era porque necesitaba ahogar sus penas con alguien. Solo eso, ya que nada se había solucionado y su huida para adelante seguía pero, de alguna manera, su corazón estaba más calmado.

De lo que sí que estaba segura es que había encontrado la felicidad hace tiempo y es en esta casa, con su gerente, con su primo y su hija; y no deseaba perderlo por nada del mundo. Y todo esto, mientras en Canadá sus familias aún los buscan, con Lafayette aún amarrada y con el mundo girando, siempre girando sin importarle nada de lo que les pasa.

FIN

 

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Una extraña cita en el parque de atracciones, octava historia

No era la primera vez que estaba subida en un coche de policía, pero espero que sea la última. No es nada agradable terminar en comisaría, pero siempre que estoy cerca de éstos dos, acabo así. Hablo de Mao y de Lafayette, quienes están conmigo en la parte trasera del automóvil. Si no es ahí, es en el despacho del director. Por suerte, en el próximo año escolar, no las veré a ninguno en la escuela.

A mi izquierda, está Marie Luise Lafayette, una chica afroamericana de mi edad, insoportable y odiosa, violenta y perra, no hay ninguna cosa buena en esa persona. Me entristece que en mi querida Shelijonia (Шелиоия) vive un sujeto como ella. Me encantaría mandarla de una patada a Francia. Estaba, en voz baja, insultando a la policía mientras miraba la ventana.

A la derecha, está Mao Shaoqui, quién, por desgracia, fue mi “amiga” en el pasado y me pregunto aún cómo pude tener una amistad con eso. Lo peor de todo es que hace poco descubrí que no era una chica, sino un hombre travestido. No me puedo explicar cómo yo pude estar toda mi infancia engañada de esa forma. Creo que fue hijo de chinos que vivían en Japón y luego se fueron a Shelijonia a vivir. En este momento, estaba manteniendo una charla con los policías amablemente, intentando seguramente ganar su confianza y salir bien de la situación en dónde está.

Yo estaba entre ellos dos, en silencio, deseosa de terminar con esta molesta situación. Pero como esto se está haciendo muy largo, pues mejor me voy a distraer recordando cómo terminé en esta fea situación.

Llevó más de dos años con mi novio, Vladimir, quién es todo un cielo, pero por varias razones tenemos que evitar que nos vean juntos. Uno de los motivos es que mi tío, mi tutor legal, y su padre se llevan muy mal, y tenemos el temor de que si nos vieran juntos nos separarían, porque estaríamos saliendo con el enemigo.

Otra es que él tiene diez años y yo catorce, mis conocidos me tacharían de asaltacunas, tal como lo hizo el travestí de Mao. Y fue por eso, por el hecho de que él nos descubrió, que decidí cuidar mejor mis salidas con mi amado.

Entonces, a principios de Agosto, escuché que habrían abierto en Mattarnovi (Маттарнови), un pueblo en pleno crecimiento y en mitad del camino entre Springfield (Спрингфилд), mi ciudad, y Bogolyubov (Боголюбов), el principal puerto de la isla; un parque de atracciones, único en todo el norte de Shelijonia. ¡Un buen lugar para tener una cita! ¡Y por nada del mundo iba a perderme algo así!

Las entradas para ese sitio eran demasiadas caras, en solo una me gasté toda la paga de un mes y al ver que mi Vladimir no pudo conseguir dinero para la suya, tuve que recurrir a Mao. Me endeudé y la paga de Septiembre llegaría a sus manos, lo peor es que tuve que revelarle el porqué lo necesitaba y no quería hacerlo, ya que sospechaba que iba a hacer algo de las suyas; pero, en fin, por lo menos íbamos a tener una buena cita en un parque de atracciones, como Dios manda. Cuando llegó el día me vestí lo más linda que pude y me encontré con mi amado en el tren, todo iba bien hasta que habíamos entrado en el recinto.

― ¡Oh, por Buda! ¡Tanto dinero por esto! ¡Esto es una mierda comparada con Disneylandia, por favor! ― Allí estaba Mao, sentado en un banco debajo de un árbol, junto con Clementina, su primo y su hija. Protestando mientras tomaba el helado más barato que encontró, como el buen tacaño que es.

― ¡Oh, sí es la rusa y el Vladimir! ¡Qué sorpresa! ¡No sabía que ibas a venir! ― Eso me dijo con evidente ironía, y cuyos compañeros no entendieron, ya que le decían que si lo sabía.

― ¡A ver si lo adivino! ¿Has venido a aquí a fastidiarme la cita? ― Le pregunté a Mao, muy molesta, mientras Vladimir los saludaba a todos.

― Por favor, por favor. Yo jamás haría algo como eso. ― Me entraba ganas de decirle que sus ironías eran puras mierdas. ― Solo estoy aquí a disfrutar del parque de atracciones, con la familia. ― Entonces, mientras decía eso, hizo como si tropezará y tiró su helado a mi precioso vestido, que lo había comprado hace poco.

― ¡Qué torpe he sido! ¡Lo siento! ¡Ese vestido debe haber sido muy caro! ― Me hartó su ironía y le dí, por mi parte, un buen puñetazo. Todos se quedaron boquiabiertos.

― ¿Qué haces, idiota? ¡Si te he pedido perdón! ― Me gritó, mientras se tocaba la cara del dolor y se levantaba.

― Ese perdón es más falso que nada. ― Le gritaba, mientras me estaba preparando para pelearme. Él empezaba a apretar sus puños también.

Si no fuera por mi Vladimir y los demás, hubiéramos empezado otra pelea. Ellos nos habían detenido y nos convencieron. Nos obligaron a pedirnos perdón mutuamente.

― Perdón por eso. ― Nos los decimos a la vez, pero en el fondo ninguna lo dijo honestamente.

Maldije a Mao, cuando dijo que podríamos estar juntos, como un grupo, incluso mi Vladimir aceptó y yo tuve que hacerlo. Quería estar a solas con él y ese maldito chino travestido arruinó el momento. No fue tan mal, la verdad, si quitamos los momentos cuando Mao fastidiaba y cuando me preguntaban por qué siempre estaba con Vladimir; era agradable estar con esos canadienses, como bien les llamaba su patrón; pero intenté lo imposible por hacer que mi novio y yo estuviésemos solos y juntos. Todo fue en vano. Por eso, cuando vi que ya había pasado la mitad del día, y solo nos faltaba una atracción, la casa del terror; me di cuenta de que tenía una oportunidad y tenía que aprovecharla ahora.

― ¿Podríamos usar los palitos de helado para determinar cuál tendrá su pareja?  ― Eso dije, al enterarnos de que solo se entraba en parejas y decidí hacer el viejo truco de los palitos. Obviamente, hice trampa para caer con mi Vladimir, pero el resultado fue muy distinto, me toco ser la pareja de Mao.

― ¡Cómo en los viejos tiempos, qué feo! ― Eso decía Mao, mientras caminábamos por el lugar.

― Pues eso, es un asco tenerte a mi lado.  ― Y yo le repliqué.

― Después de todo no soy Vladimir. ― Esas palabras no me lo esperaba. Más bien, el cómo lo dijo, lo soltó con un tono que parecía más triste que burlón. Creo que fue mi imaginación.

― Él es un millón de veces mejor que tú en todo. ― Eso era la pura verdad.

― ¡Pues, pobre chaval, tiene de novia a una pederasta! ¡Y violenta! ¡Y poco femenina! ¡Y nacionalista! ― Ese capullo me estaba calentando la cabeza, estaba teniendo unos fuertes deseos de destrozarle a palos, no tenía ganas de escuchar cuáles eran mis defectos, según él.

― ¿Por qué no te callas y mejor ponte a disfrutar de la atracción? ― Le dije eso, a ver si me hacía caso y dejará de fastidiar.

En verdad, lo que deseaba oír de su boca es la razón por la cual él había venido el día de mi cita, debería ser una estúpida. Tras haber divulgado mucho, y tras aparecernos el Frankestein y el Drácula, decidí preguntárselo personalmente, en un tramo del camino, que simulaba un cementerio, y en el que salía humo morado por todas partes.

― ¿Tú? ¿Qué te está pasando hoy? ― Le pregunté seriamente.

― Solo que… ― Se quedó pensado, mirando hacía al otro lado. ― ¿No es simple? ¡Estoy aquí solo para fastidiarte y joderte! ¡Por favor! Yo no tengo ninguna otra razón. ―

Eso era algo que haría, si no fuera tan vago; pero sentía que eso no era la verdadera razón, esa era solo una excusa. Y no me la iba a dar, por mucho que insistiese. Estuve pensando si hacerle un interrogatorio o me olvidará de eso, pero entonces algo interrumpió mis pensamientos.

― ¡Socorro! ― Al escuchar esto nosotros, nos pasó de largo alguien con un disfraz cutre de hombre-lobo, corriendo como su vida estuviera en peligro.

― ¡Qué susto, Dios mío! ¡No aparezca así de repente! ― Le gritó Mao, y parecía que se había olvidado que estábamos en una casa de terror.

Entonces escuchamos unas voces más, hacía más adelante, que insultaban sin parar y que sin duda nos recordaba a cierta persona.

― ¿No será…?  ― Eso decía yo mientras salí corriendo hacía allí, quería comprobar lo que estaba pasando y ver si esa persona de verdad estaba allí, aunque no deseaba encontrármela.

― ¡Vas a romperte la cara! ― Decía Mao mientras andaba a su ritmo. ― ¿Quién en su sano juicio correría en plena oscuridad? ―

En verdad, salvo alguna que otra pequeña bombilla, el pasillo estaba totalmente oscuro, pero no me impidió correr, y lo hice hasta que choqué con algo que me hizo caer al suelo violentamente. A ese algo le pasó un cuarto de lo mismo, y también oí como caía otra cosa.

― ¡Ay, que daño! ¿Quién es el gillipuertas que me ha atropellado? ―

Esa voz horrible la reconocería en cualquier parte y entonces confirmé mis peores sospechas. Lafayette, la chica más odiosa del planeta.

― ¡Este gillipuertas es Nadezha! ― Le dije. ― ¿Qué haces aquí, maldita negrata? ―

― Esa es mi línea, perra, no me la robes. ― Casi se me escapó de la boca, decirle que ella ya estaba acostumbrada a robar a los demás, pero hubo algo que me llamó la atención.

― ¡Llamen…..a-a…l-la policía, por favor…! ― Eso me asustó mucho, no sabía de dónde procedía. Entonces escuché como Lafayette pisaba a algo.

― ¡Cállate, vampiro de mierda! ― Dijo eso hacía al suelo, entonces miré, y a pesar de la oscuridad, me di cuenta que había tres cuerpos, personas disfrazadas de monstruos, una de bruja, otro de vampiro y otro de una seta; en el suelo. Seguían vivos, ya que movían sus manos y empezaron a gemir de dolor.

― ¿Qué has hecho? ― Le dije, preocupada por lo que pasó, pero ella me ignoró diciéndome que me joda, mientras parecía buscar algo desesperadamente en el suelo.

― ¿Dónde está el maletín? ¿Dónde? ― Esas palabras me confirmaron que Lafayette hizo de la suyas, y nunca han sido nada buenas.

― ¿Hablas de esto? ― Eso dijo una voz lejana, que nos sorprendió tanto a mí como a Lafayette. Era Mao, que estaba casi en la salida, detrás de la brillante luz del sol, y con un maletín entre manos. Me quedé boquiabierta, ya que a él le deje atrás, iba como una tortuga, y ahora mismo, nos había pasado sin que nos diésemos cuenta, además de que cogió la maleta sin hacer nada de ruido. ¿Era un ninja o qué?

― ¿Cómo? ¿Qué? ¿Cuándo? ¡Maldita zorra china, devuélveme eso! ¡Es mío! ¡Absolutamente mío! ― Gritaba como loca mientras salía como una e iba con la intención de darle un buen puñetazo a Mao.

― ¡Atrápame, sí puedes! ― Eso decía mientras salía del lugar. Yo me quedé a socorrer a los pobres que esa enferma afroamericana les había hecho.

― ¿Pero qué les han hecho? ― Les decía mientras comprobaba cómo estaban.

Salí más pronto de lo que pensé, ya que me dijeron que no me preocupará por ellos y seguir disfrutando. También les pregunté por qué le hicieron eso y ellos no me lo supieron contestar. Y al salir de ahí, me los encontré, a los dos en un banco, contando lo que había en el interior de la maleta, dólares. Me acerqué, mientras esos contaban uno por uno esos billetes, y se notaba que eran muchos, porque llevaban un rato así.

― ¿De dónde has sacado esa maleta? ― Le pregunté a Lafayette, mientras ésta miraba como posesa aquellos papelitos verdes.

― A ti que te importa. ― Era esperable esa respuesta.

― Sea lo que sea, es algo ilegal. ― Obviamente, yo estaba de acuerdo con Mao.

― ¡Y todo es mío! ¡Mío! ― Eso decía como posesa la ladrona de Lafayette.

― ¡Por lo menos explica de dónde has sacado eso! ― Le exigí a esa negra y me dijo otra vez que le importaba una mierda.

― ¡Eso, eso! ― Mao también se lo dijo, y ésta violentamente le quitó la maleta de las manos, haciendo caer algunos billetes, que por suerte estaban juntados de quince en quince con cinta adhesiva.

― ¡Ya no te dejó que cuentes mis billetes, maldita perra! ― Le decía agresivamente, mientras recogía como loca lo que se cayó. ― ¡No os voy a contar nada, pero nada! ―

― ¿Ah, sí? ― Eso dijo Mao, poniendo una cara siniestra.

― Espera, ¿por qué pones esa cara? ― Entonces Mao sacó un mechero, y mientras lo sostenía con una mano, con el otro tenía un fajo de billetes, acercándolos poquito a poco hasta que el fuego empezará a quemarlos.

― ¿En serio, estás loca? ― Lafayette se puso aterrada. Por mí, deseaba que quemara todos esos billetes y me quedé callada viendo lo que estaba haciendo Mao.

― ¡Son solo unos puñados de dólares! ¡No creo que importe mucho que sean consumidos por el fuego! ― Puso una sonrisa que me hizo temblar.

― ¡Es mi dinero, zorra! ¡No tienes derecho! ― Gritaba con terror la negra.

― ¿De verdad? ¡Si tanto los deseas, entonces di la verdad! ¿Cómo has conseguido esto? ―  Lafayette, refunfuñó y maldijo a Mao sin parar, pero dudó casi un minuto. El amor por el dinero pudo con ella, y tuvo que aceptar contarnos la historia.

― ¡Vale, vale! ¡Os lo contaré! ― Eso nos dije, rabiosa por ser obligada a hablar.

En resumen, ella vino a pasar un día en el parque de atracciones y se encontró con dos hombres vestidos de negros con una maleta. Como era tan sospechoso la negra decidió cogerlo. Me hizo gracia que lo dijo, de que lo iba a entregar a la policía. Era una mentira tan obvia, ya que sabíamos que realmente se lo iba a quedar ella. Al final, la descubrieron y decidió escapar, se escondió en la casa de terror y fue sorprendida por los trabajadores, a quienes dejó K.O. del susto. Todo lleno de incoherencias y puntos sueltos, pero bueno, algo es algo y nos habíamos conformado con eso.

Mientras ella contaba esto, mi novio y Clementina y su familia habían llegado, y también estaban preguntando qué ocurría. Cuando esa negra terminó de hablar, yo le dije:

― Supongo que lo vas a devolver ahora a la policía… ― Añadí yo,  desconfiada de sus presuntas buenas intenciones, ya que nunca ha tenido ninguno.

― Pues claro que sí, por supuesto…― Se notaba que ni ella misma se creía sus propias palabras.

― Pues entonces no te importará que todos nosotros vendrán contigo a la comisaría. ― Le dijo Mao con malicia.

― Yo soy adulta, puedo ir sola. ― Ésta se puso muy nerviosa, sabía que nadie confiaba en ella y deseaba quitarnos de encima. Por eso se le ocurrió un estúpido plan.

― ¡Entiendo, no confían en mí! ¡Entonces, no me queda más remedio! ― Al decir eso, se llenó la mano de billetes y con cara de pura maldad, nos intentaba sobornar.

― ¿Si le doy unos poquitos me dejarán llevármelos? ¡Es mucho dinero para mí! ― Esto confirmaba que en su mente jamás pasó la idea de entregarlo a la policía. Yo no era nada sobornable, pero si Mao, a quién le chiflaban el dinero y le hacía la boca agua viendo esa cantidad de billetes. Si eso pasaba,  yo me prometí quitarles los billetes y entregárselo yo misma a la comisaría, pero su respuesta me sorprendió.

― Lo siento mucho, pero no quiero ese dinero, los has ensuciado con tus manos. ―

― Espera… ¿qué? ¿Eres Mao o qué? ― Ella, ni yo ni nadie nos los podríamos creer. ― ¡Es dinero, puto dinero! ―

― Es que jamás desearía ser tu cómplice, así de sencillo. ― Me dejó eso perpleja, se trataba de la misma persona que se jactaba de que, por dinero, incluso haría negocios con Hitler. Entonces, escuchamos unos gritos masculinos.

― ¡Tú, chica! ¡Devuélvenos la maleta! ― Eran dos hombres de negros que se acercaban rápidamente a nosotros.

― ¡Oh, mierda! ¡Tengo que salir corriendo! ― Al decir eso, tiró la maleta a Mao y empezó a correr como un guepardo. Esos hombres, se echaron encima del travestí mientras les decían esto:

― ¡Somos la F.B.I, queda detenida! ―

― ¡Esperen…! ― Gritaba Mao. ― ¡Soy inocente! ― Eso decía mientras le ponían unas esposas.

Yo reaccione y empecé a perseguirla, y entonces vi como mi Vladimir se puso en mitad del camino para detenerla.

― No vas a huir de aquí. ― Lo dijo de tal forma, que me entraron ganas de abrazarlo sin parar, es que se veía tan lindo y tan valiente al ponerse en medio de ella para detenerla. Por desgracia, no pudo pararle los pies, es más lo atrapó y se lo llevó. Mi amado Vladimir había sido secuestrado por ese monstruo.

― ¡Suéltame! ¡Suéltame! ― No le dejaba de gritar. Yo le decía que le iba a rescatar, mientras esa maldita delincuente se burlaba, diciendo que ya tenía un rehén. Ahora ya la había cagado bien, esto se volvió personal.

― ¡Te vas a enterar, maldita! ¡Suéltalo o te mato a palos! ― Le gritaba como nunca. La muy maldita se reía, pero se iba a enterar muy bien de lo que había hecho. Más peor me puse cuando los perdí de vista, me grité sin parar que era una estúpida, que la vida de mi amor estaba en peligro y yo me había despistado. Entonces los cientos de miles de gritos de niños me ayudaron en su búsqueda, ya que, al dirigirme a la zona infantil, me encontré a esa energúmena en lo alto del doble carrusel, con mi Vladimir y otros niños, dando vueltas sin parar, aunque la verdad es que esa dejó inconsciente al trabajador de la atracción.

― ¡Por Buda! ¡Lo que está liando esta loca! ― Eso dijo Mao al llegar a la escena, tras ser liberado por los hombres de negro, con Lafayette amenazando que tenía rehenes y otras cosas feas. Lo dijo de una forma tan tranquila y normal que me molestó.

― ¿Lo que está liando? ¡Se ha vuelto una puta secuestradora! ¡Y tiene a mi Vladimir como rehén! ¡No lo digas como si fuera algo normal! ― Al decir estas palabras me acerque a la atracción, y esa Mao tuvo la osadía de detenerme.

― ¡Oye, oye! ¿Qué haces? ¡Tú estás tan chalada como ella! ¡Si te subes a eso, va a haber sangre! ―

― ¿Y qué? ¡Es mejor que quedarse aquí, sin hacer nada! ― Yo no iba a hacer eso, tenía que salvarlo, a él y a esos niños, porque quedarse a esperar, solo empeora las cosas, sobre todo si la causa de eso es una loca que no sabe lo que hace.

― ¡Haz lo que quieras! ― Eso me dijo, y eso hice. Y Mao me acompaño.

― ¿No saben que es de mala educación entrar sin permiso? ― Eso dijo la loca de Lafayette, mientras sostenía a mi Vladimir, quién intentaba liberarse de sus asquerosos brazos.

― ¡Qué lo digas tú es pura ironía! ― Eso le dije mientras preparaba mis puños.

― ¡Suéltalo y te prometo no mandarte al hospital! ―

― ¿Y si no quiero? ― Dijo eso poniendo una cara muy desagradable.

― Pues obviamente acabarás en el hospital, o mejor aún muerta. ― Eso le dijo Mao, yo lo afirmé con la cabeza.

― Entonces… ― Con sus sucias manos cogió le adorable pelo de mi futuro esposo para decir esto: ― ¡Este niño será mi escudo! ―

― ¡Nadezha, no te preocupes por mí! ¡Yo podré luchar contra ella, aunque sea una mujer…! ― Esas palabras me conmovieron, pero a esa bruja solo le causaron risas.

― ¡Ja! ¡Este enano cree que es un rival para mí, cuando solo es un debilucho! ― Esas burlas hacía mi cariñín, me pusieron enferma, pero enferma de odio y me enfado tanto, que me hizo explotar. Le tiré violentamente un zapato a la cara, haciéndola caer al suelo y soltando a mi amado, quién salió corriendo.

― ¡Eso te pasa por menospreciarlo, maldita perra! ― Le grité con todo mi odio y rabia, que dejó sordo a todos.

― ¡La que me menosprecias eres tú…! ― Decía ella mientras se levantaba. ― ¡Te mandaré a la tumba, junto a tus putos reyes! ― Gritó al mismo nivel que ello.

Y yo estaba preparada para luchar y darle la paliza que se merecía hace mucho tiempo. Pero antes, tenía una cosa que hacer, algo que hago cuando estoy realmente enfadada.

― ¿Qué coño estás cantando? ― Eso dijo esa desgraciada, al verme cantar Katyusha (Катюша). Mao también dijo lo mismo, mientras intentaba bajar de carrusel, intentando escapar. Entonces, llegó la hora de atacar.

No puedo explicar con caridad como fue mi pelea, fuimos bastantes bestias. Intentábamos rompernos las cabezas con los asientos en forma de animales, nos intentamos ahogar la una con la otra, no paramos de darnos patada y puñetazos y casi nos íbamos a dejar la cara desfigurada. Pudimos haber muerto si no fuera por la policía, que llegó por fin al lugar y nos amenazó con dispararnos dardos tranquilizantes si no termináramos nuestra pelea.

Así fue como terminó todo esta cita, que fue de todo menos eso.

FIN

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Yendo al supermercado con Jovaka Broz, séptima historia.

El reloj marcaba las seis y algo de la mañana cuando una chica encendió las luces del salón de Mao, para poder ver, y luego subió por las escaleras.

Abría shoji tras shoji, que es así como se llamaban las puertas que tenía Mao, buscando algo y tras encontrarlo entró en una de esas habitaciones.

Allí estaba Mao en el centro de la habitación, durmiendo tranquilamente en su futón. Esa chica se acercó poco a poco hacía él para mirarlo fijamente durante unos segundos y después se dejó caer encima de él. Tras eso, empezó a decirle su nombre una y otra vez sin parar. Cuando vio que eso no era suficiente, le dio unos guantazos, cuatro o tres, para despertarlo y lo consiguió.

― ¡Basta, basta! ¡Maldita sea! ¿Quién me está fastidiando a estas horas de la mañana? ― Eso decía mientras intentaba ver quién estaba de él, pero la oscuridad le tapaba la cara a la chica. Aún así, supo quién era esa persona por su voz.

― ¡Ah, por fin despertarse! ― Le dijo esa chica.

― Eres Jovaka… tenías que ser tú…. ―

Esa chica se llamaba Jovaka Broz. Original de serbia, tenía un año o dos menos que Mao y le llegaba a la altura de las orejas. Llevaba el pelo tan largo que llegaba al suelo y hacía preguntar a cualquiera como podría soportar tal cosa. Aunque gran parte de su cabello era negro, su flequillo era de color rubio.

Mao, tras pedirle a Jovaka que se le quitará encima, buscaba el interruptor de la luz, en el proceso chocaba con varias cosas pero al final pudo encontrarlo y así iluminar el cuarto. Entonces ella, al ver lo que llevaba puesto, le dijo:

― ¡Hasta durmiendo usas ropa de chica!  ― Le decía mientras le señalaba con el dedo. ― ¡Necesitas convertirte en un hombre de verdad! ―

Jovaka sabía el secreto Mao, de que éste era hombre. Rápidamente, él le tapó la boca mientras le decía que se callase. No quería que los canadienses, que estaban durmiendo en ese momento, se enterasen. Tras eso, molesto y deseoso por saber que quería la serbia, se la llevó al salón. Tuvo que ir a la cocina, ya que le estaba pidiendo comida y decía que estaba muerta de hambre, que no cenó. Le quería mandar a la mierda pero al final le hizo el desayuno.

― ¿Y ahora bien, qué quieres? ― Le preguntó, molesto y algo irritado, a Jovaka, mientras estaba ella comiendo.

― ¡Puefffff quiefffoo quffffee Jeff hagaff un ffffavol! ― Eso le intentaba responder.

― ¡No comas con la boca llena! ― Le dijo Mao y Jovaka dejó de tragar para decirle que quería pedirle un favor. Éste tuvo un mal presentimiento con esas palabras. Tras terminar de comer, le dijo lo que quería:

― ¡Quiero que me hagas la compra! ― Mao se quedó con la boca abierta.

― ¿En serio? ― Esperaba que fuera una broma.

― Completamente en serio. ¡No hay nada en mi nevera y mi padre últimamente se olvida de comprar cosas! ¡Y no voy a salir a la calle! ―

No iba a preguntar porque no quería salir a la calle, la razón es que afuera estaba lleno de mujeres y esa chica tenía algo único, odiaba y temía a las de su propio sexo. Le aterraba que alguna chica estuviera cerca de ella, se ponía nerviosa y violenta. Por otra parte, su opinión sobre las mujeres era igual o cercana al más feo de los machismos. Mao, que lo vivió de primera mano cuando Jovaka creía que era mujer, se pegó a él como una lata tras descubrir su secreto. Aún a pesar de eso, la serbia le gustaba hacer cosas de chicas y vivía casi como si fuera un hikkimori. A él le entraron ganas de preguntarle por qué tanto odio y miedo hacía ellas, pero no se atrevía a formular algo así.

Entonces la serbia, tras decirle eso se levantó y se dirigió hacia las cortinas, las abrió. Lo que estaban tapando no era una ventana ni nada parecido sino un agujero que unía el salón con una habitación, que era el de Jovaka, precisamente. Esa apertura, enorme, fue causa de unos acontecimientos que ocurrieron hace tiempo. Tras entrar, estuvo en su habitación buscando algo y al encontrarlo, volvió al salón.

― ¡No, no, no, no y no, serbia! ¡Por nada de mundo te voy a hacer tu compra! ―

Le dijo subidamente Mao, al verla salir con una hoja de papel entre sus manos. Pensó que eso era la lista de la compra y acertó. Solo quería ir a la cama a dormir y le explicó a ella que no iba a salir, sobre todo a estas horas, cuando no había ninguna tienda abierta.

Dos horas después, Mao estaba en la calle, yendo al supermercado, con Jovaka detrás de él, algo que le molestaba bastante. Al final, tuvo que hacerle la compra gracias a que la serbia fuera muy obstinada. La negociación terminó en que él acompañaría a la serbia pero se estaba arrepintiendo de eso, había preferido haber ido solo.

― Me pones nerviosa Jovaka, deja de esconderte detrás de mí. ― Eso le dijo a mitad del camino.

― Pero es que tengo miedo. ― Estaba temblando. ― ¿Qué haremos si nos aparecen algunas de esas vaginas dentadas? ― Dio un pequeño grito y se aferró aún a Mao. ― ¡Espero que lleves alguna arma para defendernos! Esto es tan aterrador… ―

― ¿Vaginas dentadas? ― Preguntó Mao, extrañado.

― Ese es mi nuevo mote hacías las mujeres. ¿Te gusta?… ―

Mao le iba a decir que no era original, eso ya lo usaban hace siglos pero entonces vieron a una chica acercándose a ellos y Jovaka se puso atacada de los nervios, abrazando del miedo a él. Al chino le sorprendía lo exagerada que estaba siendo y le quiso decir algo, pero la serbia se puso a gritar:

― Ahí viene una. ¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos? ¡Tenemos que escondernos! ― Abrazó más fuerte a Mao, tanto que lo estaba ahogando.

― ¡Tranquilízate! ¡Solo es una mujer! ― Era en vano, con cada paso que daba aquella chica hacía ellos, más alterada se ponía Jovaka.

― ¡Por eso mismo, es una mujer! ― Le replicó.

― ¡Yo te protegeré pero por favor no aprietes tan fuerte! ¡Que me vas a matar! ― Le decía Mao en un intento de tranquilizarla y de salvar su vida.

― ¿Crees que puedo confiar en un travestí como tú? ―

La chica, al cruzarse con ella, las miraba curiosa mientras Mao intentaba soltarse de Jovaka, quién estaba cantando en voz baja con los ojos cerrados esperando a que esa mujer se fuera lo más rápido. Ella siguió su camino y el chino le decía que se tranquilizará, que ya se había ido. La serbia, tras comprobar que no estaba, decía que debían volver a casa.

― Estamos a mitad de camino, por favor. ¡Vamos a terminar con esto! ― Le dijo Mao y siguieron andando hacía al supermercado.

Tardaron más de lo necesario para llegar ahí, debido a Jovaka. Con cada mujer que cruzaba, ella hacía un espectáculo, llegando incluso a intentar a pegar y a insultar a alguna. Mao tuvo que ir dando desvíos para encontrarse con el menor número de chicas. Al final, perdieron un tiempo precioso dando vueltas por el barrio y estaba quemado. Se decía que había cometido un craso error al llevársela.

― ¡Estoy cansada, Mao! ¿Por qué hemos dado tantas vueltas? ― Le dijo Jovaka cuando estaba al lado del supermercado.

Entonces, la miró con cara de matar a alguien y Jovaka se asustó y le dijo que no había dicho nada. Al ver que Mao iba a decirle algo, ella se trago la saliva, pensando en que le iba a decir algo malo.

― En fin, cierra los ojos… ― Eso le dijo. Mao sabía, mejor que nadie, que sería una locura meterse con Jovaka en el supermercado tras haber sufrido esa caminata. Tampoco la podría dejar en la calle. Así que buscó una solución y se le ocurrió la idea de que ella no viera nada, así no se pondría nerviosa si hay chicas cercas, o eso pensaba.

― ¿Para qué? ― Preguntó Jovaka, extrañada.

― ¡No preguntes nada! ¡Solo confía en mí! ― Le dijo esto tras extender su mano a Jovaka, con este gesto le quería decir que la iba a guiar y que no le pasaría nada malo. La serbia cogió su mano y le dijo:

― ¡Es tu responsabilidad si me pasa algo malo! ― Mao le dijo que sí y que no las abriera por nada del mundo y ella cerró sus ojos.

Al entrar al supermercado, el griterío alteró a Jovaka, a pesar de que Mao le decía que se tranquilizase. Aún así, ni abrió los ojos ni se soltó de la mano. Mientras a él le empezaba a molestar la mirada de los demás, que los observaban a ambos con curiosidad. Al comprar las tres primeras cosas de la lista, al notar lo tensa que estaba la serbia le decía esto:

― Imagina que son voces de hombres afeminados. ― Jovaka se puso más nerviosa y le temblaba la mano y dijo esto:

― Eso quiere decir que hay mujeres. ―

― Olvídalo. ― Eso le dijo Mao al ver que sus palabras habían conseguido lo contrario. Tras eso, se fueron a la sección de congelados, y mientras Mao cogía pizzas congeladas, escuchó una voz que le presagió un desastre.

― ¡Qué pedo wey, que conciencia encontrarnos aquí! ―

Mao miró hacía la dirección de dónde procedía la voz y adivinó, era Josefina, saludándole. Al verla comprendió que la situación empeoro, ya que Josefa se estaba acercando a ellos y esa chica era lenta para entender las cosas. Aún así, Mao le dijo que no sé acercará, con señas incluida, mientras Jovaka le preguntaba quién era y porque se le hacía tan conocida.

― ¿Por qué no quieres que me acerque? ¿Te he hecho algo? Yo no he hecho nada, bueno, nada malo, porque estoy haciendo algo, comprar. ¡Sí, estoy comprando con mi mamá! Aunque me preguntó dónde estará, en fin… ¿Tú también estás comprando, no? ¿Y esa chica qué está al lado tuya? No la conozco… ¿Es tu amiga? ¡Muchos gusto, soy Josefina, bla, bla, bla… ―

Mao se quedó con la cara cuadrada, perdido por la gran charla que estaba haciendo Josefina e incapaz de decirle algo. Jovaka, que ya estaba alterada y le pedía a su acompañante salir corriendo de ahí, reconoció entonces la voz de la mexicana, ya que lo escuchó antes.

Entonces recordó cuando una chica trajo a otra inconsciente al salón de Mao y lo escuchó todo, desde su habitación.

― ¡Oh, dios mío! ¡Es la cotorra! ¡Mao, salgamos, rápido de aquí! ― Gritaba sin parar como una histérica mientras Mao intentaba tranquilizarla.

― ¿Cotorra? ¡No soy ninguna cotorra! ― Le gritó Josefa, enfadada.

― ¡Se ha enfadado! ¡Auxilio! ― Mao tuvo que cogerla para impedir que se fuera.

― ¡Maldita sea, tranquilízate! ¡Solo es una cría de primaria! ― Le decía Mao mientras intentaba aguantar a Jovaka, quién estaba intentando escapar, moviendo frenéticamente piernas y brazos. Entonces, Josefina se acercaba a ellos, preguntando qué le pasaba a ella, y el chino le pedía que no se acercara, sin éxito alguno.

― ¡Por favor, Josefina! ¡No te acerques! ― Eso le gritó antes de que recibiera un codazo por parte de Jovaka, haciendo que éste la soltará. La serbia salió corriendo intentando escapar del lugar.

Al ver a una anciana intentando levantar sus bolsas al final del pasillo, se dio la vuelta y volvió a dónde estaba Mao y Josefina, y al ver que no tenía salida y que al lado suya estaba la sección de herramientas, cogió un martillo y un destornillador. Estaba desesperada y a punto de abrir cráneos si alguna mujer la iba a acorralar, así lo dijo:

― ¡Qué no se acerque ninguna arpía! ¡Tengo armas y estoy capacitada para usarlas! ― Gritaba la serbia, muy serio y convirtiéndose en el centro de la atención.

― ¿Qué le pasa? ¡Está loca! ― Decía Josefina, sorprendida y asustada del violento comportamiento de la amiga de Mao.

― Tranquilízate, por el amor de Buda. Si sigues así van a llamar a la policía, que estás liando la gorda. ― Le decía Mao mientras intentaba acercarse a ella.

El mayor temor de Mao se había cumplido, Jovaka se había salido de control y si no la detenía ahora, no podría imaginarse lo que podría pasar.

Y el colmo, la gente se estaba acercando a ver lo que pasaba, alterando más a Jovaka, quién estaba mirándolos y sintiendo más acorralada que nunca.

― ¡Estamos rodeados! ¡Qué alguien me salve! ¡Mao! ― Chillaba desesperadamente.

― ¡Tranquilízate! ― Le gritó, aún pesar de que sabía que no le iba a hacer ni puto caso.

― ¡No puedo! ¿No lo ves? ¿Entonces, por qué?…― Se calló de repente y se río. ― Ya entiendo… ¡Te has unido a ellas! ¡Y yo que pensaba que…! ¡Eres un traidor! ― Mao se dio cuenta de que Jovaka estaba delirando y fuera de sí. Tenía que hacer algo antes de que alguien saliese herido, pero no sabía cómo. Entonces Josefina preguntó por un pequeño detalle al que nadie hizo caso.

― ¿Por cierto, por qué te ha llamado un traidor? ¿No debería ser una traidora, ya que eres mujer? ― Mao le dijo que a quién le importa eso, pero Jovaka respondió eso con estas palabras, antes de reír.

― ¡Tú, arpía, ¿no sabes que Mao es un…?! ― Sus palabras fueron cortadas rápidamente por Mao, que decidió actuar en ese momento y dejar K.O. de un golpe a Jovaka. Sabía cómo dejar inconsciente a la gente sin sufrir daños.

La serbia tardó mucho en despertar y cuando lo hizo estaba siendo transportada por un Mao, que además llevaba las bolsas, en mitad de la calle. El chino, andaba poco a poco, efecto del cansancio y el dolor de espalda que le resultaba llevarla.

Tras recordarlo todo, Jovaka se sintió mal, ya que le dijo cosas feas a Mao que no eran reales. Así que decidió disculparse:

― Perdón por llamarte traidor. Yo no quería, la verdad. ― Esa fue su disculpa.

― Así que por fin te has despertado. ― Eso dijo Mao al notar que ella había abierto los ojos. ― Es la última vez que voy contigo al supermercado. ¡Casi llaman a la policía! ―

― ¿Pero me perdonas, sí o no? ― Eso le dijo Jovaka, al ver que no le dijo lo que ella quería.

― Sí, sí. ― Con esa simple respuesta, Jovaka se alegró y dijo esto:

― Menos mal, después de todo eres mi único amigo. ― Ella se sentía muy aliviada.

― Eso es tan triste. ― Decía Mao. ― En fin, ¿Cuándo te vas a bajar? ¡Qué me vas a jorobar la espalda! ―

― ¡Es verdad! Bájame, hombre. Demasiado esfuerzo ya has hecho. ― Tras decir ella se bajó y Mao sintió como se quitaba un peso de encima. Luego, Jovaka le preguntó si podría coger alguna de las bolsas y empezaron a caminar hacía la casa.

Y mientras Jovaka miraba al cielo, olvidándose de que estaba en la calle y que podría encontrarse con alguna mujer, estaba pensando en eso que dijo sobre Mao, que era su único amigo. Eso la hizo recordó que él siempre estaba rodeado de mujeres y le disgustaba la idea de que él podría tener interés en alguna de ellas. Así que decidió preguntarle:

― ¿P-por cierto, h-hay alguna chica que te gusta? ― Le dijo eso mientras se le ponía la cara roja.

― ¿Por qué me preguntas eso? ― Le dijo Mao, extrañado.

― P-pues…― Jovaka se arrepintió de hacerle tal pregunta. ― No es nada. Nada.- Decía eso sin parar mientras salía pitando como un cohete, por lo avergonzada que estaba.

― Solo son tonterías. Espero que esto no te haga malpensar que me gustas o algo. ― Eso le dijo, tras pararse y darse la vuelta. Al terminar esa frase siguió corriendo.

Mao quedó descompuesto al escuchar eso, esas palabras parecía decir lo contrario de lo que se estaba afirmando, que estaba enamorada de él. Intentó quitarse eso de la mente, pero al ver la cara tan roja que tenía y su nerviosismo, se convenció de que Jovaka Broz le quería algo más como amigo. Lanzó un fuerte suspiro mientras pensaba en que se habría metido. Todo esto, mientras ella estaba a punto de chocarse con una chica.

FIN

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Una tarde teatral, sexta historia.

PERSONAJES:
-Sasha Roosevelt, la hija menor de la familia.

-Malia Roosevelt, la hija mayor de la familia.

-Madre de Malia y Sasha Roosevelt. Nombre no revelado, por ahora.

ACTO I, ESCENA I

(El escenario es un salón típico de un hogar de Norteamérica, con televisión de pantalla plana, sofá de calidad media y para tres personas, armarios con todo tipo de cosas sin importancia y alguna que otra ventana al exterior. En el sofá está la madre, comiendo palomitas.)

(Sasha aparece en el salón)

Sasha:
Sale Sasha al escenario
que es un salón muy normalito
y aquí vemos a la otra actriz
comiendo palomitas de maíz
en el sofá, la muy cerda.

Madre:
¿Ahora qué haces?
¿Por qué me llamas cerda?

Sasha:
Que no te hagan preocupar
esos detalles.

Madre:
¡Contéstame!
¡No te vaya por las ramas,
como siempre!

Sasha:
¡Qué pereza, mujer!
Estamos haciendo una obra de teatro.
Porque el mundo en sí
es un gran teatro
y ésta es nuestra función.

Madre:
¿Eeeeeeeh?
¡Qué mierdas dices,
estamos en la vida real!
¡Déjame ver la película,
que no puedo ver el hermoso culito
que tiene el actor!

Sasha:
Eres toda una enferma, ¿lo sabes?

Madre:
¡Ya, ya, molesta a tu hermana!
¡Por favor!

Sasha:
Ya la moleste ayer.
Ahora te toca a ti,
tengo un horario
que lo dice.

Madre:
Eres una molestia.
Si no fuera por Malia
te habría abortado,
nunca tuve que haberla hecho caso.

Sasha:
¡Oh! ¡El amor maternal!
¡Qué cariño, qué amor!
Me siento tan querida,
deben haber más madres
como tú.

Madre:
¡Malia, hija mía!
¡Dile a tu querida hermana
que deje de fastidiar
a su pobre madre!

Sasha:
¡Malia, ella dice cosas feas!
¡Regáñala y lava su lengua horripilante
con lejía de mala calidad!

Madre:
¡Ésta no dice más que tonterías!
¡Regáñala a ella, no a mí!
¡Es ella quién me está molestando!

(Malia ha entrado en el salón, con bata de cocina.)

Malia:
¿Por qué tantos gritos?

Sasha:
Porque la mala gente nunca descansa.

Madre:
La mala gente eres tú, por supuesto.

Sasha:
¿Yo? Pero si soy una linda coliflor.

Madre:
¡Sí, una linda coliflor procedente
del infierno!

Malia:
¡Basta, por favor!
No deberían pelearse,
son madre e hija,
respétese la una
a la otra.

Sasha y Madre a la vez:
Ahahahahahahahahaha…

(Se señala la una a la otra)

¡Pero si ha sido ella quién
ha empezado!

Malia:
En vez de pelearse siempre
la una con la otra,
podrían ayudarme.

Sasha y Madre a la vez:
Ahahahahahahahahaha…

(Sasha se tira al suelo sin parar de reír. La madre del sofá por lo mismo.)

Sasha:
Mejor hagamos cosas
más útiles.

Por ejemplo,
dí a cuál de nosotras
quieres más.

Madre:
Eso, eso. Yo gano.
Sin mí no hubiera existido.

Sasha:
Y eso que la querías abortar
también.

Malia:
Pues os quiero mucho
a las dos.

Sasha y Madre a la vez:
¡Eso dicen todos!
Elige a una.

Malia:
Yo jamás sería capaz de eso.
No puedo elegir ninguna.
Y pues, me gustaría que terminasen,
porque me es incómodo.

Sasha:
Yo sé que tú puedes.
Soy adorable.
Hago comedias.
Me burló de los ateos,
y de todos en general.
Yo no tengo un trabajo indigno.
Además cuando me baño contigo
no te hago cosas extrañas
como cierta persona.

Malia:
No es eso…

Madre:
¿Pero qué dices, idiota?
¡Hace siglos que no nos
bañamos juntas!
¡Y mi trabajo no tiene
nada de indigno!

Sasha:
¡Notición, notición!
¡La representante de las putas
ha dictaminado que su trabajo
es bien digno! ¡La prensa mundial
se está muriendo literalmente de risa!

Madre:
¿Hija mía, a que mi trabajo es digno?

Malia:
Si lo fuera yo no estaría intentando
convencerte de que dejarás de serlo.

Sasha:
Zas en toda la boca.

Malia:
¡Tengo muchas cosas que hacer!
Así que, por favor, dejen esto.
No van a conseguir nada.

(Malia se va a la cocina.)

Madre:
Ya la has oído.
Así que vete a por culo,
que me estoy perdiendo la peli.

Sasha:
Lo dices como si ella fuera la mamá.
¡Wow, espera, si es la mamá!
Y tú eres el padre gordo y feo
que se sienta en el sofá
todas las noches.

¡El esposo que nadie
desearía tener!

Madre:
Y tú la hija que no debería
haber nacido.

Sasha:
¿Y si hiciéramos una competición?
Quién gana recibirá el amor de
la mamá Malia.

Madre:
La mamá soy yo.

Sasha:
Por desgracia.

ACTO I, ESCENA II
(Patio de una casa típica norteamericana, con césped y algún que otro árbol, cuyos límites está marcado por una valla de madera. Sasha y la madre están en el centro.)

Madre:
¡Por tu culpa no podré ver
esa película!
¡Espero que cuando hagamos
lo que quieras hacer,
me dejas en paz de una vez!

Sasha:
Solo es una simple
competición.
Con perdedores
y ganadores.

Madre:
¡A ver si lo adivino!
¿Es para conseguir
el amor de Malia?
¡Pues adelante!

Después de todo
ella es la única de las dos
que sirve como hija.
Me hace de comer,
me prepara la bañera,
me limpia la casa,
arregla todas las cosas
que se rompen…
Ha sido un beneficio
a largo plazo.

Sasha:
En mi tierra eso
se llama sirvienta.
En fin…

(Sasha se dirige al público)

Buenos días, público!
¡En unos minutos!
¡Los Juegos Roosevelt
van a empezar!

Madre:
A veces pienso que te parí mal,
tu cerebro no funciona como debería.
¿Y qué mierdas te acabas de inventar?

Sasha:
Buena pregunta.
¡Ahora contesta!

Madre:
¿Qué? ¿Qué?
¿Contestar el qué?

(Sasha le da una patada a su madre en la espinilla. Ésta cae al suelo gimiendo de dolor)

Madre:
¡Maldita estúpida,
si no te he hecho nada!

Sasha:
Si no contestas la pregunta,
un punto menos, y un castigo.

(La madre se levanta.)

Madre:
Yo nunca dije que iba a participar
en algo así.

¡Ni siquiera sé lo que estás haciendo!

Sasha:
¡Dios mío, hay que explicarlo todo!
Este es un concurso sobre nuestro apellido,
tan digno, tan famoso y hermoso,
que no debería haber formado parte de ti,
que además de puta, eres mentirosa.

Así que… ¿vamos a continuar?

Siguiente pregunta.
¿En qué año Franklin D. Roosevelt
cogió la polio?
¿Cuántas islas tiene el nombre
Roosevelt?
¿Quién fue primero, Theodore
o Franklin?
¿Di todo las leyes que hicieron
cada uno de ellos?
¿Te puedes cambiar de apellido?

Madre:
¡Ni siquiera sabes lo que es un puto concurso!
¡Soy una negada para la historia, y es política,
y esas cosas me dan asco!

(La madre está dirigiendo hacía afuera del escenario)

Sasha:
¿Adónde vas? ¡Solo acaba de empezar!

Madre:
Ir a la tele.
¡¡Allí si se dan concursos
de verdad!!

(Sasha le da otro golpe a la espinilla y la madre cae al suelo gimiendo de dolor. Ella sale del escenario y vuelve con una manguera, y con eso la ataca.)

Madre:
¿Qué haces?
¡Deja de mojarme
con la puta manguera!

Sasha:
¡Más puta que tú no será!
Y solo estoy ahorrando agua
para las futuras generaciones.

(La madre se levanta y va a por Sasha. Ésta suelta la manguera y su madre la coge.)

Madre:
¡Ahora te vas a enterar!
¡Porque yo ya tengo el poder!
¡Vas a sufrir mi ira!

Sasha:
Mamá, no malgastes agua.
Puedes que traigas el pan,
Pero no lo sabes administrar.

(Las dos empiezan a correr sin parar por el jardín)

ACTO I, ESCENA III
(La cocina de la casa, con todo lo típico, desde un gran frigorífico, una mesa con cesta de frutas en el centro, un horno, hornillas eléctricas y todo tipo de cosas. Malia ha terminado de limpiar.)

Malia:
Y con esto por fin he podido terminar
la casa por hoy.
¡Lo malo será que mañana lo ensuciaran
todo de nuevo!
Si supieran cuidar la casa…

(Se produce un ruido muy fuerte que sobresalta a Malia.)

Malia:
¿Qué ha sido eso?
¡Tengo un mal presentimiento!

(Se escucha otro ruido, el del timbre, varias veces.)

Malia:
¡Ya voy! ¡Ya voy!

(Malia sale del escenario. La madre y Sasha aparecen, y la primera se mete debajo de la mesa.)

Sasha:
¡Wow! ¡Vaya con la gallina!

Madre:
¡Ha sido culpa tuya!

(Malia entra en el escenario.)

Malia:
¿Ahora qué has hecho?

(La madre sale de debajo de la mesa.)

Sasha:
La muy gorda se subió
a un árbol y se
rompió y partió por dos
el coche del vecino.

Madre:
Tú te subiste primera
al árbol.
Yo solo te perseguí.

Malia:
¡Oh dios mío!
¿Os habéis hecho daño?

Sasha:
El único que ha muerto
ha sido ese coche nuevecito.
solo le quedaban cinco años
por terminar el préstamo.

Malia:
¡Mamá, ya eres toda una adulta,
deja de comportarte como una
Adolescente!

Sasha:
¡Más bien, es una eterna adolespeste!

Malia:
Pues por vuestras tonterías,
podríais haber muerto,
y habéis provocado daño
a una propiedad privada.

Sasha:
¡Esto no pasaría en el comunismo!

Malia:
¿Y ahora qué haremos?
Pedirle perdón no nos bastará.
De todos modos, vamos a su casa
por pedirle disculpas.

Madre:
¿Estás loca?
¡Nos denunciará!

Malia:
¡Y con todo el derecho del mundo!
¡Y lo aceptáremos, porque ha sido nuestra culpa!
Es más, ayudarás en todo lo posible para
reparar tu error.

Sasha:
Mientras sea legal
y moralmente aceptable.

Malia:
¡Exacto!

Madre:
¡No quiero!
¡La culpa es de Sasha!
¡Así que vaya ella!

Sasha:
¡Estás en contra del sistema!

Malia:
¡Las dos la tienen!
¡Tal vez Sasha menos,
por no ser una adulta!
Así que, empiecen a andar
hacía la casa del vecino.

Sasha y Madre a la vez:
¡No!

(Malia las coge de las orejas y las arrastra hacía afuera del escenario.)

Malia:
¡Sí o sí! ¡Las tres juntas!
¡Como una familia!

(Las tres salen del escenario.)

FIN

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El mejor cumpleaños, quinta historia

Eran las diez de la noche cuando el teléfono solo en casa de Mao. Clemetina  lo cogió y preguntó quién era. De ahí salio una avalancha de gritos que atacó a los oídos de la Canadiense.

-¡Gerente, llaman por ti!- Llamó a Mao, que en ese momento estaba viendo la tele.

-¿Quién es a estas horas de la noche? ¡Por Buda!- Lo decía mientras se levantaba del suelo. Se dirigió sin ganas alguna hacía al teléfono y cuando oyó al voz que salía de ahí, le entraron una ganas increíbles de soltarlo.

-¡Por fin estás al teléfono, puta china! ¡Has tardado siglos!-

Era Marie Luise Lafayette, la persona que menos deseaba tener Mao contacto. Es una chica de su edad, de raza negra y pelo moreno; con una personalidad que rozaba lo caricaturesco. En palabras del chino, era una versión exagerada y horrible del adolescente típico mezclado con una incapacidad del autocontrol, un ser al que nadie desearía conocer ni aguantar.

-¿Qué quieres?-Le preguntó.

-¡Pues contarte mi historia!- Y eso le respondió, a chillidos.

Mao estuvo pensando en apagar el teléfono lo más rápido posible, no quería aguantar las quejas de alguien tan tarde, ni menos las de ella.

-¿Y por qué yo?- Se preguntaba por qué de todas las personas tenía que haberle tocado a él.

-¡Porque sí y jódete! ¡Y no se te ocurra terminar la llamada, que me vengo a tu casa!-

Si Lafayette decía algo, es que lo iba a hacer, y era mucho peor aguantarla en persona que por teléfono, así que Mao tuvo que elegir a soportarla así.

-¡Espero que sea corto!- Protestó Mao.

-¡Lo que me dure esto, mediahora! ¡Las putas cabinas son muy caras!- Mao deseó con todas sus fuerzas que hubiera un corte de luz.

Pues vamos a hacerlo, preparasen porque ésta es la historia de Lafayette y narrada por ella.

¡Sabes hoy es mi cumpleaños! ¿Feliz cumpleaños? ¡No ha sido para nada feliz! ¡Para nada! ¡Ha sido el día más mierda de todos!

Lo preparé todo al detalle, reservé mesa en el Burger King cuatro días antes, para cuatro invitadas. ¿Me preguntas de dónde las iba a sacar? Dices eso cómo si yo no tuviera amigos y no hace falta tenerlas, con buscar muertas de hambre está bien.

Obviamente estaba de muy buen humor cuando me desperté y me fui a buscar a esa mujer que me parió. ¿Llamarla madre? No se lo merece. Siguiendo con esto, estaba en la cocina y pues se lo pedí amablemente. ¿Sabes lo que dijo? ¿Sabes? Te lo diré textualmente:

-¡Hija mía, no tenemos dinero para tus caprichos! ¡Han embargado el Mercedes! ¡La hipoteca de nuestras dos casas me ahoga! ¡He tenido que despedir a la sirvienta! ¡No podemos pagarte el dinero!- Le respondí que solo era ir al puto Burger King y que con unos veinte dólares me bastaría. Me lo negó.

-¡Hasta lo tengo reservado! ¡Y hoy es mi cumpleaños! ¡Joder!- Le grité.

-¿Lo reservaste?- Y la muy puta me dice eso.

-Te lo dije. ¡Y estaba delante de ti además! ¿Eres sorda? – Entonces buscó su teléfono móvil y llamó a alguien. Me di cuenta de lo que se proponía. Si no fuera por que me parió le hubiera partido la cara en ese mismo instante.

-¡Gracias por decírmelo! ¡No deberíamos cancelar una cena! ¡Aunque ir al Burger King no es muy romántico…- Se río la muy capulla.

-¿No me digas qué vas a tener una cita con mi reserva?- Le pregunté.

-Pues claro, hace rato que no tengo una con mi novia.- Eso me respondió, la hija de puta.

¿Es tortilera, eso es lo que me preguntas? Y yo qué se, antes les gustaban las pollas, ahora dice que les gusta las almejas. Esa tía no sabe lo que quiere ni lo qué es. Ni creo que su amor verdadero sea tal, sino otra más en la lista de los idiotas cuyas vidas han sido arruinadas por ella. Entre ellos mi verdadero padre. ¿Te lo dije una vez, no? Mi madre se iba a casar con un abogado de gran prestigio, pero se lía con un negro don nadie y yo fue el fruto de eso. ¡Y a los pocos años le abandonó! ¡Mejor me olvido de esto y seguimos con lo realmente importante!

-¿Y Dónde está el dinero? ¿eh?- Le grité.

-¡Pues mi novia me lo pagará, obviamente! ¡A ella no le importa!- ¡Aquí tienes la razón por la cual no es más que una vieja aprovechaba! Ella misma se relata.

Pues cómo verás, estaba realmente cabreaba, y cuando ella se dio cuenta de que iba a explotar se quitó del medio, pero antes añadió más leña al fuego.

-¡Ah por cierto! ¿Puedes limpiar la casa? ¡Es que ya no tenemos sirvienta y pues mamá no sabe y supongo que eso os lo enseñan en la escuela! ¡Adiós  y qué tengas un buen cumpleaños!-

¿Sabes lo qué hice? ¿Limpiar la casa? ¡Ni por nada del mundo! Me dedique a romperle los platos, a tirarle las sabanas por la ventana, a tirar toda la comida por el suelo, a patearle a las puertas, a arrancar todas sus fotos. Tardé media hora y no me arrepiento de haberlo hecho.

Aún tenía esperanzas de que el resto del día fuera mejor, que esto sería solo un pequeño contratiempo, así que me animé y decidí salir. Tal vez así estando en la calle podría tranquilizarme. Busqué gente entre mis contactos para salir con ellas. ¿Qué dices? ¿Para usarlas cómo sacos de boxeo? ¡Jódete, puta china!

Todos, con sus excusas malas, rechazaron mi oferta. Peor para ellos, van a tener un ojo morado por eso. Al final, decidí salir a la calle y dar un pequeño paseo.

¿Sabes? Hoy creo que existe algo más allá de nuestra compresión, por qué si no, no me explicó todo lo que me ocurrió después de salir a la calle. Hay algo más alto que el cielo que me vio sufrir y pensó en divertirse, y llenar mi día de desgracias. ¡Seguro que sigue burlándose de mi, el muy hijoputa!

Antes de todo, al salir me di cuenta de que no cogí nada, salvo el móvil que no tenía saldo. Ni las llaves, que por tanto me quede sin poder entrar hasta nuevo aviso; ni la cartera, y por tanto ni dinero tenía; ni me había quitado el pijama. Me fui a la puerta y intente destrozarla, pero me destroce los puños y luego intente abrir las ventanas pero saltó la alarma y me tuve que salir pitando. ¿De qué te ríes? ¿Dices qué es culpa mía? ¡Tal vez tengas razón…! ¡Pero solo está vez! ¡El resto es todo provocado por una divinidad!

Y digo esto, por que decidí dar un paseo que se convirtió en una cadena de desgracias. Seis veces me iba a atropellar, desde una simple bici a un puto camión; un Chihuahua me mordió y lo mande al quinto pino; las putas palomas decidieron hacer cagadas en grupo sobre mí; fui aplastada y casi ahogada ante hordas de fangirls, que al parecer el marica de turno estaba dando sus cosas cerca; me choque con una señal y la partí por la mitad; y unos niñatos me dieron con su pelota de mierda en la cara y pues me desquite con ellos. ¡Pero ahora viene lo mejor! ¡Invocaron a alguien para extender mi sufrimiento al extremo! ¡Una niña! ¡Sí, una puta niñata! ¡Una puta pesadilla!

Cuando apareció, el sol estaba yéndose poco a poco por el horizonte, me senté en un banco de un parque grande y lleno de niños; y estaba tal enfadada por todo que se olía por kilómetros y nadie se atrevía a acercarse a mí, salvo ella.

Una pulga que ni siquiera habrá aprobado la primaria, que tenía el pelo pintado por un azul verdoso. Recuerdo muy bien su cara, sus dos ganchillos de margaritas, su conjunto de ropa con la rata de Disney y esa cara… ¡Esa cara tenía una sonrisa que decía claramente que había encontrado al idiota de turno para fastidiarle! ¡Con eso me miraba! ¡Y eso me ponía más enfadada! ¡Nadie se iba a burlar de mí así cómo así!

-¿Qué miras?- Le dije todo lo más desagradable que pude.

-A una negra.- Mi enfado aumentaba por momentos.

-¡Oh, qué gracioso! ¡Mira cómo me parto de la risa!- Ironicé.

-La ironía es tan sobrevalorada.- Estaba llegando a mi límites.

-¡No estoy de buen humor para soportar niñatos! ¿Entiendes?- Eso se lo decía, mientras le mostraba mi puño.-¡Así que déjame en paz y juega con tus ponis o mierdas parecidos!- Se lo deje bien claro. Otra cosa es que se paso mi advertencia por su coño.

-¿Niñatos? ¿Dónde?- Tras decir, empezó a actuar cómo si buscará a alguien, miró de un lado para otro, al suelo, entre sus piernas y al cielo; y cuando dejó de hacer la gillipollas, me dirigió su asquerosa mirada y la muy subnormal me señalo con el dedo.-¡Tú!-

Pude aguantar mis ganas de pegarle la cara, pero grité. Grité con todas mis fuerzas y pareció que todo el parque hubiera sufrido un terremoto.

-¡¡Tú eres la puta, la grandísima puta niñata de los cojones!!- Casi me quede afónica. Su rostro no cambió, seguía teniendo esa repugnante sonrisa.

¿Quería despertar al león? ¿Provocar algo parecido a Hiroshima? ¡Por qué parecía que iba a ir por ese camino!

-Pobre chiquilla, no sabes lo que hablas. Soy un general. He ganado miles de batallas, he humillado negros y blancos por igual y cuando conquistaba cuidades, violaba a sus caballos y mataba a sus mujeres. ¿O era al revés? La cuestión, es que hice una revolución y eche a la reina y ahora estoy buscando nuevo monarca para los Estados Unidos.-

¿General? ¿Batallas? ¿Reina? ¡Esa niña parecía no estar en sus cabales! Soltó una sarta de tonterías que lo único que hicieron era llevarme a la ebullición. Se me olvido decirte que llevaba un paquete, con la imagen de una corona. La abrió y estaba un pastel. Me preguntaba por qué hacía eso, pero sabía que no era nada bueno, aún así baje la guardia.

-¿Qué intentas hacer?- Le pregunté.

-¡Darte la corona!- Al parecer en su idioma, dar la corona era tirar una tarta a la cara de alguien. Ese alguien era yo. Me llenó la cara de nata y chocolate y ahí fue el momento en que me rompí. El volcán explotó violentamente. ¡Eso era lo quería ella! ¡Sacar toda mi ira y enfado! ¡Y lo iba a pagar muy caro!

Entre risas, se echó a correr y yo la perseguí. La muy puta era cómo una gacela pero poco a poco la alcanzaba. Solo tenía ojos para ella, para romperle la cara y los huesos, y dejarla invalida de toda la vida. ¿Qué voy a acabar en la cárcel por eso? ¿Y qué? ¡Fue culpa suya, yo se lo advertí! En fin, estaba tan concentrada hacía mi objetivo a descuartizar que me chocaban con todo tipo de cosas, personas, bicicletas y papeleras. Todas esas mierdas me retrasaron y esa payasa salió del parque.

Pero pude seguirla y entramos en tu puto barrio, ese en el que sus callejuelas están muy estrechas y muchas no tienen salida, los balcones casi se tocan y está lleno de ancianas. Esa idiota se había metido en el peor sitio y estaba decidida a que no iba a salir consciente de ahí, eso sí evitaba que pudiera escapar del lugar. Ella cada vez corría menos, significaba que se estaba cansando y intente correr mucho más rápido y casi la alcance.

-¡Ya te tengo, hija de puta!-

Estaba a poco centímetros de atraparla por su camiseta, pero bruscamente giro hacía la izquierda y yo no me pude para y choque contra la pared de una casa. ¡Casi me parto la nariz!

Cuando me recupere del duro golpe, vi que la habría perdido de vista y apreté mis puños lo más fuerte que pude. Entre en la calle por la que habría escapado y vi que no tenía salida, pero no la veía.

-¡Esa puta se ha escapado!- Me dije. Entonces escuche su infame voz.

-¡¿Hey, Lafayette, me estás buscando!?-

Lo primero que pensé era cómo sabía mi apellido, lo segundo dónde estaba mientras miraba por izquierda y derecha, y la tercera es que estaba en un balcón de esos. Acerté.

-¡¿Qué coño haces ahí!? ¡¿Cómo sabes mi apellido!? ¡¡Baja de ahí, gallina, que te quiero dar lo que merece un subnormal como tú!!- Le grite desde el suelo.

Entonces vi cómo jugateaba con un móvil, uno táctil de esos y que me recordaba tanto al mío. ¡En realidad, era mi móvil! ¡Me lo había robado!

Entonces registre todos mis bolsillos y no lo encontraba. Mientras descubría todo eso ella decía:

-¡En tu móvil dice que te llamas Marie Loise Lafayette! ¡Oh dios, eres todo una heroína nacional! ¡Muchas gracias, por habernos librado de la Pérfida Albión! ¡Y por provocar la Revolución Francesa! ¡Por haber matado tantas contrarrevolucionarios en el campo de Marte! ¿O eran revolucionarios? ¡Bah, no importa!-

¿Por qué te ríes tanto, Mao? ¿Justicia divina? ¡Ese móvil no lo robe al payaso eso, sino me lo prestó! ¡Sí, cuándo me de la gana! ¡De todos modos, ya no puede recuperarlo! ¿La razón? ¡Escucha, estúpida!

-¡¡Devuélveme el móvil!!- Le grité.

-¡Pues devuélveme el Antiguo Régimen, franchuta maleducada!- Me gritó.

¡Deja tus putas risas para otro momento, joder! ¡Ya conozco la puta manía que tenéis con llamarme francesa! ¡Nací aquí, en Springfield! ¡Mi familia es de la puta Luisiana! ¿Estados Unidos? ¿Qué Luisiana fue parte de Francia? ¡Y fue una colonia Española! ¿Y qué? ¡Que no soy francesa!

En serio, es por esto que odio mi apellido. Le dije claramente que era muy estadounidense, incluso se lo repetí dos o tres veces.

-¿Si eres estadounidense, entonces por qué hablas español?- Ya rozaba el umbral de lo absurdo.

-¡Qué coño dices! ¡Te estoy hablando en perfecto inglés! ¡Y tú también! ¡Nadie en este lugar ahora mismo habla el idioma de los mejicanos! ¿Te caíste de pequeña por la cuna o qué?- Eso le grité.

-De pequeña fui Cleopatra.- En ese momento comprendí que le estaba siguiendo el puto juego y me sentí muy imbécil.

Me fui a las ventanas y al tener rejas, ayudaban a subir a los balcones, así es cómo se subió ella. No le dio tiempo a escapar, por qué la pille. Por fin había llegado la hora de los golpes.

A pesar de que estaba acorralada, aún mantenía esa repugnante sonrisa, pero yo estaba confiada de que se la iba a borrar con mis puños. Hasta se atrevió a decir algo:

-¡Oh Romeo! ¡Ya estás aquí!- Solo decía estupideces.

-¡Prepárate!- Le dije claramente y me puse pensar cómo empezar. ¿En la cara? ¿En el estomago? ¿Doblarle los brazos? ¿O las piernas? ¿O partirle el cuello? Había tantas opciones pero elegí un clásico. ¡Iba a romperle la cara con mi puño derecha! Lo levante y lo ejercite muy bien y intente ponerme en la posición en la iba a ejercer con más fuerza contra su rostro. Perdí un tiempo valioso pero esa enana no huyó, pero si pudo detenerme. ¿Cómo?

Pues usando mi móvil de última generación cómo escudo. Y fue en el momento instante en que mi puño estaba a mitad de camino hacía ella. Yo me quede congelada, esa cosa era muy, muy cara para romperla en pedazos.

Instintivamente, fui a por el brazo en dónde tenía mi móvil para quitárselo, no sé cómo lo hizo pero el móvil se escabulló por su manga y durante el forcejeo bajó hasta sus pantalones, y luego sin saber cómo y con qué intención metió mi móvil entre su coño. ¡Sí, es verdad! ¡Se lo metió ahí! ¿Asqueroso? ¡Pues claro que sí, estúpida pero en esos momentos no me importaba! Yo le decía:

-¡¡No metas mi móvil ahí, guarra asquerosa!!- Eso era y ella empezó a decir cosas.

-¡¡¿Qué estás haciendo!!? ¡¡Ay no!! ¡¡Ayuda, Policía!! ¡¡Una enferma me quiere robar la virginidad!! ¡¡Mamá ya no seré pura y inocente!!- Eso gritaba ella.

-¡No digas esas cosas! ¡Lo van a malinte…- Ahí me dí cuenta en que esa era su intención. Así que me di prisa en quitárselo, bajándole los pantalones y las bragas incluso. Es verdad que visto desde fuera parecía otra cosa.

¡Ya no me podría detener, estúpida! ¡Me di cuenta demasiado tarde! ¡Yo habré robado pero jamás he violado! ¡Te cuenta la verdad! ¡Si le dices algo a la policía te mato!

Al fin pude conseguir mi móvil, a costa de quedar cómo una pedófila, pero lo conseguí, y a pesar de sus molestos gritos, nadie apareció y eso me alivió.

Pero no fue así por qué vi que mi móvil estaba realizando una llamada, y una persona había escuchado todo el forcejeo, y lo peor es que era a mi madre. No decía nada, no se escuchaba pero la llamada seguía, tampoco yo dije algo ni la payasa esa.

Tras unos segundos de silencio, lance un grito y cometí la mayor estupidez que hice en siglos, tire el móvil al suelo y lo aplaste con mi pie varias veces sin parar, hasta dejarlo hecho papilla. Trescientos dólares tirados a la basura. Grite de dolor y me senté mirando fijamente al cielo, pensando en lo que hice.

-¿Sabías qué eso que has roto ha sido tu móvil?- Se estaba burlando en mi cara.

-¡Cállate, Capitán Obvio!- Eso fue la única cosa que pude decir.

¡No te rías! ¡Ha sido un shock terrible para mí! ¡Estuve mucho rato! ¡Horas, incluso, y con la boca abierta, llorando cómo nunca!  ¡Y esa maldita se escapó!

Cuando pude volver en mi misma, salte del balcón y anduve cómo un zombi por allí hasta llegar al mismo parque donde había conocido a esa niñata. No sé por qué volví allí y por que me senté en el mismo banco, y al poco rato esa subnormal volvió a joderme aún más la vida. Se quedo ahí, mirándome fijamente, tras un buen rato intentando ignorarla tuve que decirle algo.

-¡Déjame en paz, ya he tenido suficiente de ti!- Le grité.

No dijo nada, siguió mirando con esa asquerosa sonrisita, aunque en aquel momento ni de vivir tenía ganas.

-¡Sasha, por fin te encontré!- Ésta reacciono al escuchar esas palabras entre las miles que inundaban el parque.

-¡Hola mamá!- Levante la vista y vi a una chica casi igual que la otra, pero mucho más grande y parecía tener mi edad, demasiado joven para ser madre, aunque en realidad no lo era. Se acercó a nosotros con una bolsa.

-¿En dónde estabas? ¡Me tenías muy preocupada, pensaba que te habría pasado algo! ¿Compraste el pastel que te pedí?-

-¿Qué pastel? ¿Dónde?- Le decía ella mientras se hacía la tonta. Ya comprendí el origen de ese pastel que me tiró a la cara.

-¡Ya sabía que algo así pasaría, así que me he pasado por allí a comprar el pastel! ¡Espero qué aún tengas el dinero!-

-¿Tú eres la madre de esa niña?- Le pregunté.

-No, soy su hermana…- Me miró por un rato. -Por lo que veo parece que mi hermana le ha causado muchos problemas…- Al parecer su hermanita era experto en hacer sufrir a los demás.

-¿Problemas? ¿Problemas?- Grite e iba a soltarle una cuantas perlas, pero mejor decidí callarme y termine- Da igual…- Ella se calló, miró el pastel por unos cuantos segundos y entonces me lo ofreció.

-¡Toma! ¡Te ves triste, así que tal vez un pastel te podría alegrar! ¡Son muy baratas, están de ofertas en la tienda de aquella esquina, así que no te preocupe!- Era lo más parecido a un regalo que me hicieron en todo el día.

Y luego mandó a esa horrible niña que me dijera perdón. Su primer intento sonó tan poco sincero que la obligó a hacerlo mejor. Tras despedirnos, decidí comerme el pastel, pero después de lo que me pasó me sabía a poco. Mandar a su hermana al hospital hubiera sido un mejor regalo de cumpleaños.

Así terminó su historia y a Mao no le pareció tan horrible escucharlo, después de todo le hizo mucha gracia y disfrutó mucho del sufrimiento de Lafayette. Pensaba que ojala tuviera ella tuviera más días así.

-¡Ha sido mejor de lo que esperaba!- Le dijo en tono de burla amarga.

-¡Oh gracias! ¿Disfrutaste, verdad? ¡No te preocupes, yo me encargaré de que tu vida también se vuelva una mierda!- Eso le replicaba Lafayette, ironizando.

-Eso es lo único que sabes hacer, después de todo…- Y Mao siguió burlándose de ella.

-¿Para qué te cuenta a ti estás mierdas? ¡Si te alegró la vida por ello!- Gritó Lafayette, quién estaba dando golpes al teléfono.

-¡Eso me pregunto!- Añadió Mao.

-¡Puta china!- Entonces, Lafayette le insultó.

-¡Zorra Franchuta!- Y Mao le siguió el juego.

-¡Te partiré…- La llamada se cortó, ya que a Lafayette no le quedaban todas aquellas monedas que encontró en el suelo del parque.

Pensaba que hablar con esa estúpida de Mao fue una mala idea, pero quería consolarse con alguien. Incapaz de volver a casa, se sentó en el banco y empezó a cantar Cumpleaños Feliz, entre la oscuridad, sin nadie alrededor.

FIN

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Cuando Alsacia-Lorena despertó, cuarta historia

Cuando Alsancia-Lorena despertó, se encontró en una casa desconocidas y unas chicas desconocidas la rodeaban. Alsancia tan pronto como abrió los ojos los cerró. No sabía lo que le había pasado. ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegue aquí? ¿Quiénes son esas personas? Preguntas como éstas llenaron su mente.

Empezó a buscar entre sus recuerdos. El día para ella había empezado temprano, cuando sol empezó a asombrarse por el lugar. Tenía una cita para el médico, como cada mes, a las primeras horas de la mañana. Se tragó unas pastillas, salió con dificultad de la cama y se aseó adecuadamente. A pesar de la pereza, había algo en Alsancia que la animaba y le hacía estar contenta y dispuesta a comerse el mundo, unos sentimientos que llevaban mucho tiempo sin salir. Por primera vez iría sola y nadie le acompañaría al hospital. Pudo convencer a sus familiares de que podría hacerlo, a pesar de que ellos se burlaban y le decían que de eso no saldría nada bueno. Eso solo provocaba que estuviera decidida a hacerlo y demostrarles que se equivocaban y así darles un ZAS en toda la boca. También hacía esto por ella misma. Estaba harta de ser la enferma, la inútil, la sobreprotegida, la que nunca iba a valerse por sí misma.

Para mirarse al espejo, como cada día, buscó su taburete, ya que era tan pequeña que no podría estar a la misma altura del objeto. No solo su altura era de una chica de doce años, tenía el aspecto de una. Al ver su reflejo para limpiarse los dientes, suspiró fuertemente. Se acordó de todas las veces que le confundían con una menor de edad, a pesar de que tiene veinte años actualmente. A continuación, se tocó su pecho desnudo buscando sus mamas, pero solo estaba tocando una tabla. Después buscó vello en su cuerpo, apenas tenía; y miró de nuevo al espejo. No lo entendía, cuando vivía en Nápoles, era la más alta de su clase y, al llegar a Shelijonia, todo se fue a pique. Dejó de pensar, sabía cuál fue la causa de muchas de sus desgracias.

Aquella horrible enfermedad que contrajo tras haber llegado a este lugar. La maldijo mentalmente sin parar. No solo por dejarla como una pequeña niña, sino porque eso destruyó su vida y su salud para siempre.

Tuvo que apresurarse, porque vio que era muy tarde y se le iba a escapar el autobús. El recorrido era fácil, solo tenía que ir a la parada más cercana, coger la línea 12, que la dejaba directamente al lado del hospital y hacerlo en sentido contrario. Parecía tan sencillo que se decepcionó un poco, pero un primer paso es un primer paso, no hay que empezar de golpe.

Así lo hizo, se fue en el autobús, llegó al hospital y con gran estoicismo aguantó las terribles esperas, estuvo hablando con el doctor y se hizo una analítica, rezando al Patrón de Nápoles para que no le tocase un novato. Al fin, salió de ahí todo aliviada y deseosa de volver pronto a casa. Se sentó en la parada y esperó y esperó, pasando así dos horas.

Harta de esperar, incapaz de entender la razón por la cual el bus no aparecía, y muerta de hambre; decidió irse a casa andando. No podría comunicarse con sus familiares, ya que entonces demostraría que habría fallado, y, a pesar de haber recorrido la línea 12 y el hospital miles de veces, no conocía el barrio y podría perderse. Empezó a ponerse muy nerviosa, pero no iba a dejarse dominar por el pánico. Se llenó de valentía y decidió internarse en lo desconocido. Al final ocurrió lo inevitable y se perdió, introduciéndose en el barrio más laberíntico de toda la cuidad de Springfield, lleno de estrellas calles, muchas de ellas no tenían salida. Y poco a poco se sentía cansada y cada vez todo se hacía más y más borroso, hasta no poder recordar nada más.

Mientras ella intentaba recordar lo que le había ocurrido y cómo llegó a tal lugar, se daba cuenta de que estaba muy animado, ya que varias personas estaban ahí. Era un salón poco típico, de un estilo muy poco shelijoniano; más bien extranjero, procedente del país del sol naciente.

En realidad era más sala de estar que un salón, hecho totalmente de tatamis. Por la pared que estaba hacía al  norte estaban las puertas deslizantes que lo separaba de un pasillo y arriba el segundo piso. A unos de los extremos de la pared se encontraba las escaleras. La pared que da a la izquierda estaba unas cortinas que tapaba algo que no era unas ventanas y unos cuantos muebles.

La que si tenía ventanas era la que daba al sur. Al de la derecha estaba situado la tele y más mobiliario. En el centro estaba una mesa con kotatsu y al lado de eso estaba Alsancia.

Mientras Alsancia seguía con su farsa, una de esas personas les gritaba a las demás.

― ¡Es verdad! ¡Le he visto levantar los ojos! ¡Está viva! ¡Viva! ―

Esa chica, que gritaba a los cuatro vientos y que tenía una graciosa camiseta con la imagen de un taco, es Josefina Porfirio Madero. Por sus chillidos, otra persona protestaba:

― ¡Pues claro que sigue viva, idiota! ¡Ella ha estado todo el rato respirando, y cuando uno respira significa que sigue vivo! ―

A pesar de que llevaba un hermoso kimono con la estampa de miles de flores de cerezo y llevar una coleta sostenido por un bonito lazo rojo, era  un chico rubio y asiático que se hace pasar por niña, un pequeño detalle que nadie de los personajes de esta historia sabe. Mao Shaoqui es su nombre. Le gritaba a Josefina harto de escucharla.

― ¡No griten, pueden despertar a la chiquilla! ― Esto lo dijo Clementina Churchill, mientras jugaba con su hija a colorear libros. Josefina siguió hablando.

― ¿¡No deberíamos llamar a una ambulancia!? ¡Puede que siga viva pero si…! ―

Entonces, se imaginó cosas muy feas, sacada de películas sobre pandemias: ― ¿Y si tiene algo mega-grave? ¿Y si sufre de Sida o algo peor? ― Su imaginación se estaba desbordando.  ― ¡Esperen, entonces…!―

Entonces se puso las manos sobre la cabeza y gritaba:

― ¡Estamos contagiadas! ¡Vamos a morir! ―

Lo decía totalmente en serio. Mao le intentó tranquilizar, pero Josefa seguía gritando:

― ¡Un médico! ¡Ayuda! ¡Auxilio! ―

Al final cayó de cruces al suelo, llorando y creyendo la propia historia que se había creado.

― ¡Dios mío! ¡Esta niña es la reina de los dramas estúpidos! ―

Esto decía tras verla actuar así y ya hasta le daba vergüenza ajena. Se puso la mano sobre su frente ya que le dolía la cabeza de tanto escucharla. No era el único, a Alsancia también le empezó a doler.

Ella quiso dejar de fingir y levantarse, y explicarle a esa chica que lloraba que no tenía una enfermedad contagiosa, aunque es cierto que lo tuvo hace tiempo y era altamente contagioso. De lo que queda de su paso eran las terribles secuelas que le dejó de por vida. Aunque son muchas, hay especialmente una que le impide hacer una vida normal y corriente. No se sabe si fue la misma enfermedad, otra que se aprovechó o los mismos medicamentos, pero el caso es que eso le destrozó gran parte de las cuerdas vocales y de la garganta. Eso la dejó tartamuda y decir solo una frase corta era todo un desafío. Por esa razón se alejaba poco a poco de los demás y le dolía no poder charlar con otros bien, ya que quedaba como una idiota o alteraba a los demás con sus tartamudeos. Y por eso no quería levantarse, significaría tener que conversar y no se atrevía a eso. Hasta se imagino cómo sería la situación si abriera los ojos.

Alsancia se imaginaba a si misma despertarse y levantarse. Después las demás le preguntarían un montón de cosas y ella tendría que contestar, pero se quedará callada incapaz de atreverse decir ni una mísera letra. Las chicas intentarían hacer que ella hablase y eso, poquito a poco, la presionaría llegando a ponerle nerviosa, a afectarle y provocándole finalmente un ataque que le mandaría a pasar una tarde en Urgencias. Con solo pensarlo se alteró y decidió seguir haciendo de Bella Durmiente, pero sabía bien que no podría estar así para siempre.

Maldijo mentalmente todo lo que se le ocurría. ¡Cuánto soñaba con entablar una conversación normal! ¡Cuánto deseaba decirles a los demás lo que sentía y lo que quería! ¡Hacer chistes y decir tonterías! ¡Incluso consolar a alguien con lindas palabras! La frustración que le provocaba no poder hacer todo eso era tan infinita como el mismo universo. Al pensar en todo eso, le entraron ganas de llorar, pero luchaba para evitar que no se le saliesen las lágrimas.

Mientras Alsacia estaba fingiendo que estaba dormida, las demás veían que a pesar del griterío ella no se despertaba, y Mao decidió actuar:

― ¡Ya se está pasando! ¡A ésta yo la voy a despertar ya! ― A Alsancia escuchar eso le entró escalofríos y le hizo olvidar todo lo que estaba pensando hasta ese momento.

― ¡Ah sí! ¿El qué?- Le dijo Josefina, que pudo tranquilizarse y volver del mundo de sus fantasías.

― ¿¡Gerente, no me diga…!? ― A Clementina no le dio tiempo terminarlo, ya que él le dio un gran tortazo a Alsacia. Le dolió bastante ya que rodó por el suelo tocándose el moflete abofeteado. Luego se levantó del suelo y de forma muy linda y patosa cayó de cara al suelo. Al final, se volvió a levantar e intentó gritar:

― ¿P-por qué hicis… hicis… Por qué has hec… por… p…? ―

No pudo decir nada más, su garganta se bloqueo y de ahí le era imposible hablar. Eso siempre le pasa cuando está demasiada nerviosa. Y vino el silencio.

― ¡Lo ven, ha funcionado! ¡Ya está despierta! ― Con esto dicho, Mao lo rompió, tras haber pasado casi un minuto.

― No hacía falta que le hicieras eso, Gerente. ¡Le debe haber dolido! ―

Le dijo Clementina. Josefa fue la siguiente en actuar, se acercó a toda velocidad a Alsacia, le cogió de las manos y le soltó, totalmente preocupada, una cantidad inimaginable de palabras.

― ¡Estás viva! ¿¡No tienes nada malo, verdad!? ¡Estaba tan preocupada de que te murieses, ya que te vi tirada en el suelo y tenías los ojos cerrados, pensé que estabas muerta! ¡Tuve que llamar a estas señoras para moverte y traerte aquí, y el chaval tuvo que irse a la casa del lado por qué no tenían móvil y teléfono para llamar pero está tardando mucho, pues eso, te echamos agua y esas cosas que se le echan a los enfermos! ¡Yo me llamó Josefina, mucho gusto en conocerte, soy una chica muy sociable y mi comida favorita son los tacos, esperemos ser buenas amigas! ¿Y cuál es tu nombre? ―

Nadie pudo descifrar eso, y menos Alsancia, quién se quedó paralizada sin saber qué hacer y qué decir.

Aquella mirada que le daba la niña empeoraba más la situación. Le temblaba todo el cuerpo y desesperadamente le pedía a su cerebro que reaccionará. El silencio volvió y fue roto otra vez por Mao:

― En resumen, Esta desconocida te ha visto tirada en el suelo y ha tenido que ir precisamente a mi tienda para levantarte y meterte en mi casa y llamar a la ambulancia. ― Eso dijo.

― ¡Pero si no soy una desconocida! ¡Ya hasta sabes mi nombre! ― Le replicó Josefa.

― Pero si nos hemos conocido solo hace unos cinco minutos… ― Suspiró el chino. ― Aparte de eso, ¿cómo te llamas? ― Con esta pregunta se dirigió Mao a Alsancia.

Llegó lo que tenía que llegar y lo que menos deseaba. Le tocaba hablar y si antes estaba nerviosa, en ese momento se puso peor, incluso sentía que la garganta se le estaba hinchando. Su mente se llenó de risas burlonas y críticas hacía ella y deseaba que todo esto fuera una horrible pesadilla. Al final pudo controlar sus sentimientos con dificultad y empezó a prepararse para su presentación llenándose de valentía. Tenía que hacerlo sí o sí, no tenía más remedio y lo único que podría es hacerlo lo mejor posible. Si le sale mal, habrá que aguantarse. Expiró e inspiró, intentando así relajarse, pero no estaba dando resultados; y, al ver las caras de los demás esperando que dijesen algo, decidió actuar antes de tiempo. Esto fue el resultado:

― ¡Soy Alsancia-Lorena Musso… Musso… Musso… Mussoliinii…! ―

Al final le salió un grito como de ardillita. Sentía como se quedaba sin poder hablar un rato al notar lo ridículo que le salió, quería salir corriendo y desaparecer. No quería ver como se reían de cómo intentaba poder decir su propio nombre. No sabían realmente lo frustrante que era para Alsancia bloquearse. Las reacciones eran las esperadas, risas; pero también provocó un sentimiento de dulzura, a todas le entraron ganas de darle un abrazo.

― ¡Qué lindura! ― Eso es lo que dijo la canadiense.

― ¡Y tan gracioso! ― Lo dijo Mao mientras se le escapaba de su boca algunas carcajadas.

Primero, la cara de Alsacia se llenó de lágrimas. Segundo, las chicas, al verlo, se dieron cuenta de que sus reacciones provocaron eso e iban a decirle que nunca fueron sus intenciones, pero ella salió corriendo.

― ¡¿Por qué ha salido corriendo!? ¿¡Y además llorando!? ― Josefina dándose cuenta de eso muy tarde. ― ¡¿Le hemos dicho algo malo!? ― Tras eso, salió de la habitación, para perseguirla, y vio a Alsancia otra vez en el suelo, ya que ella tropezó y se cayó al suelo.

Después de eso, todas estaban sentadas en la mesa, menos Mao que estaba en el suelo viendo la tele. Alsancia, aún estaba llorando, frustrada por el triste espectáculo que ella dio. Los demás se sentían mal y creían que debían que arreglarlo. Clementina no encontraba nada bueno para poder animarla y Josefa intentó hacerla reír con sus chistes, que eran malísimos y con resultados negativos. El asiático era el que más se había sentido mal por haberse reído, aunque intentaba disimularlo, ya que le había dicho perdón y eso era suficiente. Tras un buen rato, abrió su boca, al ver la hora:

― ¡Ya son las cuatro de la tarde, y ese no vuelve! ―

Hablaba de Leonardo. Tras encontrarse Josefina a Alsacia desmayada en la calle y entrar en la tienda de Mao a pedir auxilio, lo mandaron a llamar a la ambulancia, ya que la línea telefónica estaba cortada por alguna razón. A continuación, el chino les dijo a Josefina y a Alsacia:

― ¡Espero que vosotras dos os vayáis pronto de mi casa! ―

― ¡Qué desagradable, a los invitados no les debe decir esas cosas! ― Josefa le replicó un poco molesta y Mao siguió diciendo:

― ¿Invitadas? Yo, en primer lugar, nunca os invite, ni siquiera os conozco y solo os deje entrar porque era una emergencia. ―

Mientras Mao decía esas cosas, Alsancia empezó a pensar en su familia. Tal vez estaban preocupados por ella por qué aún no había vuelto a casa, que los había defraudado y que nada de esto no había pasado si ellos no la hubieran dejado ir sola al hospital. No quería soportar la ira de madre, que por cosas más estúpidas o menos graves se ponía muy alterada de los nervios y por eso decidió que tenía que volver pronto a casa. El problema es que no quería volver a hablar tras eso y tuvo una idea.

Tras volver Mao a seguir viendo la tele y a Josefina haciendo berrinches, cogió unas hojas de papel que estaban tirados en el suelo y utilizó un lápiz, luego empezó a escribir algo ante las miradas de las demás.

“Necesito irme a casa pronto, ¿me pueden acompañar, por favor?” Eso es lo que escribió Alsancia.

Perdida, humillada y sin apenas autoestima les pedía a esas chicas que le ayudase a volver a su hogar. Tras verlo, llamaron a Mao y éste, dominado por el arrepentimiento, que seguía ocultando por pura vergüenza; decidió acompañar a Alsancia a su casa. La Canadiense se quedó en la casa con su hija.

― Tengo una duda desde hace mucho rato, pero…  ― Decía Mao, tras ver que Josefina les seguía. ― ¿Por qué nos estás acompañando? ―

― ¡Pues para acompañar a mis amigas, por supuesto! ― Se lo dijo orgullosamente.

― ¡¿Desde cuándo soy tu amiga?! ¡Si tan solo nos hemos conocido hoy! ― Le replicó Mao.

― ¡No importa, lo tengo decidido, ya somos las tres amigas! ― Eso le gritaba muy feliz.

― ¡Oye, no decidas tú sola! ― Lo dijo Mao en un tono molesto, mientras miraba un callejero que se había llevado consigo.

― Es verdad, estamos en democracia o eso dicen los profesores, aunque no entiendo muy bien lo que quieren con eso, solo sé que el gobierno es del dictador y que la mayoría manda. ― Tras decir eso Josefa, se acercó a Alsancia y le cogió de las manos y le dijo:

― ¿A que tú piensas lo mismo, que ya somos amigas, Alsancia-Lorena? ―

Alsancia, al ver la misma sonrisa que le mostró tras despertarse, no podría decir que no. Era imposible decirle no a alguien cuando parece que sus ojos brillaban tanto como él. También, porque nuestra napolitana deseaba desde hace tiempo tener amigos. Ya había perdido muchas amistades y por fin le llegó el momento de conseguir sustitutos. No importaba ya el hecho de que eran muy pequeñas para ella. Con vergüenza, pero feliz, mientras esbozaba una linda sonrisa mirando al suelo; dijo esto:

― Bueno, sí… ―

― ¡Lo ves! ¡Dos contra uno! ¡Ha ganado la democracia! ― Josefa se sentía tan feliz, que le mostró a Mao el símbolo de la victoria, pero éste la ignoró.

Estaba ocupado mirando, primero, el callejero y después la placa en dónde ponía el nombre de la calle. Tras haber salido del barrio e introducirse en otro que desconocían, él buscaba la forma de ir a la dirección que le dijo la tartamuda, pero había algo raro. Lo descubrió tras mucho rato y fue que el callejero que tenía era de otro Springfield, situado al sur del estado de Shelijonia. Por eso nada coincidía con la realidad. Se maldigo sin parar, gritando groserías y tirándolo al suelo para pisarlo. Al ver esto, las otras dos preguntaron y les dijo:

― ¿Saben una cosa? Creo que nos hemos perdido. ― Alsancia perdió toda la esperanza de volver a casa antes de la cena.

FIN

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