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Cuando Alsacia-Lorena despertó, cuarta historia

Cuando Alsancia-Lorena despertó, se encontró en una casa desconocidas y unas chicas desconocidas la rodeaban. Alsancia tan pronto como abrió los ojos los cerró. No sabía lo que le había pasado. ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegue aquí? ¿Quiénes son esas personas? Preguntas como éstas llenaron su mente.

Empezó a buscar entre sus recuerdos. El día para ella había empezado temprano, cuando sol empezó a asombrarse por el lugar. Tenía una cita para el médico, como cada mes, a las primeras horas de la mañana. Se tragó unas pastillas, salió con dificultad de la cama y se aseó adecuadamente. A pesar de la pereza, había algo en Alsancia que la animaba y le hacía estar contenta y dispuesta a comerse el mundo, unos sentimientos que llevaban mucho tiempo sin salir. Por primera vez iría sola y nadie le acompañaría al hospital. Pudo convencer a sus familiares de que podría hacerlo, a pesar de que ellos se burlaban y le decían que de eso no saldría nada bueno. Eso solo provocaba que estuviera decidida a hacerlo y demostrarles que se equivocaban y así darles un ZAS en toda la boca. También hacía esto por ella misma. Estaba harta de ser la enferma, la inútil, la sobreprotegida, la que nunca iba a valerse por sí misma.

Para mirarse al espejo, como cada día, buscó su taburete, ya que era tan pequeña que no podría estar a la misma altura del objeto. No solo su altura era de una chica de doce años, tenía el aspecto de una. Al ver su reflejo para limpiarse los dientes, suspiró fuertemente. Se acordó de todas las veces que le confundían con una menor de edad, a pesar de que tiene veinte años actualmente. A continuación, se tocó su pecho desnudo buscando sus mamas, pero solo estaba tocando una tabla. Después buscó vello en su cuerpo, apenas tenía; y miró de nuevo al espejo. No lo entendía, cuando vivía en Nápoles, era la más alta de su clase y, al llegar a Shelijonia, todo se fue a pique. Dejó de pensar, sabía cuál fue la causa de muchas de sus desgracias.

Aquella horrible enfermedad que contrajo tras haber llegado a este lugar. La maldijo mentalmente sin parar. No solo por dejarla como una pequeña niña, sino porque eso destruyó su vida y su salud para siempre.

Tuvo que apresurarse, porque vio que era muy tarde y se le iba a escapar el autobús. El recorrido era fácil, solo tenía que ir a la parada más cercana, coger la línea 12, que la dejaba directamente al lado del hospital y hacerlo en sentido contrario. Parecía tan sencillo que se decepcionó un poco, pero un primer paso es un primer paso, no hay que empezar de golpe.

Así lo hizo, se fue en el autobús, llegó al hospital y con gran estoicismo aguantó las terribles esperas, estuvo hablando con el doctor y se hizo una analítica, rezando al Patrón de Nápoles para que no le tocase un novato. Al fin, salió de ahí todo aliviada y deseosa de volver pronto a casa. Se sentó en la parada y esperó y esperó, pasando así dos horas.

Harta de esperar, incapaz de entender la razón por la cual el bus no aparecía, y muerta de hambre; decidió irse a casa andando. No podría comunicarse con sus familiares, ya que entonces demostraría que habría fallado, y, a pesar de haber recorrido la línea 12 y el hospital miles de veces, no conocía el barrio y podría perderse. Empezó a ponerse muy nerviosa, pero no iba a dejarse dominar por el pánico. Se llenó de valentía y decidió internarse en lo desconocido. Al final ocurrió lo inevitable y se perdió, introduciéndose en el barrio más laberíntico de toda la cuidad de Springfield, lleno de estrellas calles, muchas de ellas no tenían salida. Y poco a poco se sentía cansada y cada vez todo se hacía más y más borroso, hasta no poder recordar nada más.

Mientras ella intentaba recordar lo que le había ocurrido y cómo llegó a tal lugar, se daba cuenta de que estaba muy animado, ya que varias personas estaban ahí. Era un salón poco típico, de un estilo muy poco shelijoniano; más bien extranjero, procedente del país del sol naciente.

En realidad era más sala de estar que un salón, hecho totalmente de tatamis. Por la pared que estaba hacía al  norte estaban las puertas deslizantes que lo separaba de un pasillo y arriba el segundo piso. A unos de los extremos de la pared se encontraba las escaleras. La pared que da a la izquierda estaba unas cortinas que tapaba algo que no era unas ventanas y unos cuantos muebles.

La que si tenía ventanas era la que daba al sur. Al de la derecha estaba situado la tele y más mobiliario. En el centro estaba una mesa con kotatsu y al lado de eso estaba Alsancia.

Mientras Alsancia seguía con su farsa, una de esas personas les gritaba a las demás.

― ¡Es verdad! ¡Le he visto levantar los ojos! ¡Está viva! ¡Viva! ―

Esa chica, que gritaba a los cuatro vientos y que tenía una graciosa camiseta con la imagen de un taco, es Josefina Porfirio Madero. Por sus chillidos, otra persona protestaba:

― ¡Pues claro que sigue viva, idiota! ¡Ella ha estado todo el rato respirando, y cuando uno respira significa que sigue vivo! ―

A pesar de que llevaba un hermoso kimono con la estampa de miles de flores de cerezo y llevar una coleta sostenido por un bonito lazo rojo, era  un chico rubio y asiático que se hace pasar por niña, un pequeño detalle que nadie de los personajes de esta historia sabe. Mao Shaoqui es su nombre. Le gritaba a Josefina harto de escucharla.

― ¡No griten, pueden despertar a la chiquilla! ― Esto lo dijo Clementina Churchill, mientras jugaba con su hija a colorear libros. Josefina siguió hablando.

― ¿¡No deberíamos llamar a una ambulancia!? ¡Puede que siga viva pero si…! ―

Entonces, se imaginó cosas muy feas, sacada de películas sobre pandemias: ― ¿Y si tiene algo mega-grave? ¿Y si sufre de Sida o algo peor? ― Su imaginación se estaba desbordando.  ― ¡Esperen, entonces…!―

Entonces se puso las manos sobre la cabeza y gritaba:

― ¡Estamos contagiadas! ¡Vamos a morir! ―

Lo decía totalmente en serio. Mao le intentó tranquilizar, pero Josefa seguía gritando:

― ¡Un médico! ¡Ayuda! ¡Auxilio! ―

Al final cayó de cruces al suelo, llorando y creyendo la propia historia que se había creado.

― ¡Dios mío! ¡Esta niña es la reina de los dramas estúpidos! ―

Esto decía tras verla actuar así y ya hasta le daba vergüenza ajena. Se puso la mano sobre su frente ya que le dolía la cabeza de tanto escucharla. No era el único, a Alsancia también le empezó a doler.

Ella quiso dejar de fingir y levantarse, y explicarle a esa chica que lloraba que no tenía una enfermedad contagiosa, aunque es cierto que lo tuvo hace tiempo y era altamente contagioso. De lo que queda de su paso eran las terribles secuelas que le dejó de por vida. Aunque son muchas, hay especialmente una que le impide hacer una vida normal y corriente. No se sabe si fue la misma enfermedad, otra que se aprovechó o los mismos medicamentos, pero el caso es que eso le destrozó gran parte de las cuerdas vocales y de la garganta. Eso la dejó tartamuda y decir solo una frase corta era todo un desafío. Por esa razón se alejaba poco a poco de los demás y le dolía no poder charlar con otros bien, ya que quedaba como una idiota o alteraba a los demás con sus tartamudeos. Y por eso no quería levantarse, significaría tener que conversar y no se atrevía a eso. Hasta se imagino cómo sería la situación si abriera los ojos.

Alsancia se imaginaba a si misma despertarse y levantarse. Después las demás le preguntarían un montón de cosas y ella tendría que contestar, pero se quedará callada incapaz de atreverse decir ni una mísera letra. Las chicas intentarían hacer que ella hablase y eso, poquito a poco, la presionaría llegando a ponerle nerviosa, a afectarle y provocándole finalmente un ataque que le mandaría a pasar una tarde en Urgencias. Con solo pensarlo se alteró y decidió seguir haciendo de Bella Durmiente, pero sabía bien que no podría estar así para siempre.

Maldijo mentalmente todo lo que se le ocurría. ¡Cuánto soñaba con entablar una conversación normal! ¡Cuánto deseaba decirles a los demás lo que sentía y lo que quería! ¡Hacer chistes y decir tonterías! ¡Incluso consolar a alguien con lindas palabras! La frustración que le provocaba no poder hacer todo eso era tan infinita como el mismo universo. Al pensar en todo eso, le entraron ganas de llorar, pero luchaba para evitar que no se le saliesen las lágrimas.

Mientras Alsacia estaba fingiendo que estaba dormida, las demás veían que a pesar del griterío ella no se despertaba, y Mao decidió actuar:

― ¡Ya se está pasando! ¡A ésta yo la voy a despertar ya! ― A Alsancia escuchar eso le entró escalofríos y le hizo olvidar todo lo que estaba pensando hasta ese momento.

― ¡Ah sí! ¿El qué?- Le dijo Josefina, que pudo tranquilizarse y volver del mundo de sus fantasías.

― ¿¡Gerente, no me diga…!? ― A Clementina no le dio tiempo terminarlo, ya que él le dio un gran tortazo a Alsacia. Le dolió bastante ya que rodó por el suelo tocándose el moflete abofeteado. Luego se levantó del suelo y de forma muy linda y patosa cayó de cara al suelo. Al final, se volvió a levantar e intentó gritar:

― ¿P-por qué hicis… hicis… Por qué has hec… por… p…? ―

No pudo decir nada más, su garganta se bloqueo y de ahí le era imposible hablar. Eso siempre le pasa cuando está demasiada nerviosa. Y vino el silencio.

― ¡Lo ven, ha funcionado! ¡Ya está despierta! ― Con esto dicho, Mao lo rompió, tras haber pasado casi un minuto.

― No hacía falta que le hicieras eso, Gerente. ¡Le debe haber dolido! ―

Le dijo Clementina. Josefa fue la siguiente en actuar, se acercó a toda velocidad a Alsacia, le cogió de las manos y le soltó, totalmente preocupada, una cantidad inimaginable de palabras.

― ¡Estás viva! ¿¡No tienes nada malo, verdad!? ¡Estaba tan preocupada de que te murieses, ya que te vi tirada en el suelo y tenías los ojos cerrados, pensé que estabas muerta! ¡Tuve que llamar a estas señoras para moverte y traerte aquí, y el chaval tuvo que irse a la casa del lado por qué no tenían móvil y teléfono para llamar pero está tardando mucho, pues eso, te echamos agua y esas cosas que se le echan a los enfermos! ¡Yo me llamó Josefina, mucho gusto en conocerte, soy una chica muy sociable y mi comida favorita son los tacos, esperemos ser buenas amigas! ¿Y cuál es tu nombre? ―

Nadie pudo descifrar eso, y menos Alsancia, quién se quedó paralizada sin saber qué hacer y qué decir.

Aquella mirada que le daba la niña empeoraba más la situación. Le temblaba todo el cuerpo y desesperadamente le pedía a su cerebro que reaccionará. El silencio volvió y fue roto otra vez por Mao:

― En resumen, Esta desconocida te ha visto tirada en el suelo y ha tenido que ir precisamente a mi tienda para levantarte y meterte en mi casa y llamar a la ambulancia. ― Eso dijo.

― ¡Pero si no soy una desconocida! ¡Ya hasta sabes mi nombre! ― Le replicó Josefa.

― Pero si nos hemos conocido solo hace unos cinco minutos… ― Suspiró el chino. ― Aparte de eso, ¿cómo te llamas? ― Con esta pregunta se dirigió Mao a Alsancia.

Llegó lo que tenía que llegar y lo que menos deseaba. Le tocaba hablar y si antes estaba nerviosa, en ese momento se puso peor, incluso sentía que la garganta se le estaba hinchando. Su mente se llenó de risas burlonas y críticas hacía ella y deseaba que todo esto fuera una horrible pesadilla. Al final pudo controlar sus sentimientos con dificultad y empezó a prepararse para su presentación llenándose de valentía. Tenía que hacerlo sí o sí, no tenía más remedio y lo único que podría es hacerlo lo mejor posible. Si le sale mal, habrá que aguantarse. Expiró e inspiró, intentando así relajarse, pero no estaba dando resultados; y, al ver las caras de los demás esperando que dijesen algo, decidió actuar antes de tiempo. Esto fue el resultado:

― ¡Soy Alsancia-Lorena Musso… Musso… Musso… Mussoliinii…! ―

Al final le salió un grito como de ardillita. Sentía como se quedaba sin poder hablar un rato al notar lo ridículo que le salió, quería salir corriendo y desaparecer. No quería ver como se reían de cómo intentaba poder decir su propio nombre. No sabían realmente lo frustrante que era para Alsancia bloquearse. Las reacciones eran las esperadas, risas; pero también provocó un sentimiento de dulzura, a todas le entraron ganas de darle un abrazo.

― ¡Qué lindura! ― Eso es lo que dijo la canadiense.

― ¡Y tan gracioso! ― Lo dijo Mao mientras se le escapaba de su boca algunas carcajadas.

Primero, la cara de Alsacia se llenó de lágrimas. Segundo, las chicas, al verlo, se dieron cuenta de que sus reacciones provocaron eso e iban a decirle que nunca fueron sus intenciones, pero ella salió corriendo.

― ¡¿Por qué ha salido corriendo!? ¿¡Y además llorando!? ― Josefina dándose cuenta de eso muy tarde. ― ¡¿Le hemos dicho algo malo!? ― Tras eso, salió de la habitación, para perseguirla, y vio a Alsancia otra vez en el suelo, ya que ella tropezó y se cayó al suelo.

Después de eso, todas estaban sentadas en la mesa, menos Mao que estaba en el suelo viendo la tele. Alsancia, aún estaba llorando, frustrada por el triste espectáculo que ella dio. Los demás se sentían mal y creían que debían que arreglarlo. Clementina no encontraba nada bueno para poder animarla y Josefa intentó hacerla reír con sus chistes, que eran malísimos y con resultados negativos. El asiático era el que más se había sentido mal por haberse reído, aunque intentaba disimularlo, ya que le había dicho perdón y eso era suficiente. Tras un buen rato, abrió su boca, al ver la hora:

― ¡Ya son las cuatro de la tarde, y ese no vuelve! ―

Hablaba de Leonardo. Tras encontrarse Josefina a Alsacia desmayada en la calle y entrar en la tienda de Mao a pedir auxilio, lo mandaron a llamar a la ambulancia, ya que la línea telefónica estaba cortada por alguna razón. A continuación, el chino les dijo a Josefina y a Alsacia:

― ¡Espero que vosotras dos os vayáis pronto de mi casa! ―

― ¡Qué desagradable, a los invitados no les debe decir esas cosas! ― Josefa le replicó un poco molesta y Mao siguió diciendo:

― ¿Invitadas? Yo, en primer lugar, nunca os invite, ni siquiera os conozco y solo os deje entrar porque era una emergencia. ―

Mientras Mao decía esas cosas, Alsancia empezó a pensar en su familia. Tal vez estaban preocupados por ella por qué aún no había vuelto a casa, que los había defraudado y que nada de esto no había pasado si ellos no la hubieran dejado ir sola al hospital. No quería soportar la ira de madre, que por cosas más estúpidas o menos graves se ponía muy alterada de los nervios y por eso decidió que tenía que volver pronto a casa. El problema es que no quería volver a hablar tras eso y tuvo una idea.

Tras volver Mao a seguir viendo la tele y a Josefina haciendo berrinches, cogió unas hojas de papel que estaban tirados en el suelo y utilizó un lápiz, luego empezó a escribir algo ante las miradas de las demás.

“Necesito irme a casa pronto, ¿me pueden acompañar, por favor?” Eso es lo que escribió Alsancia.

Perdida, humillada y sin apenas autoestima les pedía a esas chicas que le ayudase a volver a su hogar. Tras verlo, llamaron a Mao y éste, dominado por el arrepentimiento, que seguía ocultando por pura vergüenza; decidió acompañar a Alsancia a su casa. La Canadiense se quedó en la casa con su hija.

― Tengo una duda desde hace mucho rato, pero…  ― Decía Mao, tras ver que Josefina les seguía. ― ¿Por qué nos estás acompañando? ―

― ¡Pues para acompañar a mis amigas, por supuesto! ― Se lo dijo orgullosamente.

― ¡¿Desde cuándo soy tu amiga?! ¡Si tan solo nos hemos conocido hoy! ― Le replicó Mao.

― ¡No importa, lo tengo decidido, ya somos las tres amigas! ― Eso le gritaba muy feliz.

― ¡Oye, no decidas tú sola! ― Lo dijo Mao en un tono molesto, mientras miraba un callejero que se había llevado consigo.

― Es verdad, estamos en democracia o eso dicen los profesores, aunque no entiendo muy bien lo que quieren con eso, solo sé que el gobierno es del dictador y que la mayoría manda. ― Tras decir eso Josefa, se acercó a Alsancia y le cogió de las manos y le dijo:

― ¿A que tú piensas lo mismo, que ya somos amigas, Alsancia-Lorena? ―

Alsancia, al ver la misma sonrisa que le mostró tras despertarse, no podría decir que no. Era imposible decirle no a alguien cuando parece que sus ojos brillaban tanto como él. También, porque nuestra napolitana deseaba desde hace tiempo tener amigos. Ya había perdido muchas amistades y por fin le llegó el momento de conseguir sustitutos. No importaba ya el hecho de que eran muy pequeñas para ella. Con vergüenza, pero feliz, mientras esbozaba una linda sonrisa mirando al suelo; dijo esto:

― Bueno, sí… ―

― ¡Lo ves! ¡Dos contra uno! ¡Ha ganado la democracia! ― Josefa se sentía tan feliz, que le mostró a Mao el símbolo de la victoria, pero éste la ignoró.

Estaba ocupado mirando, primero, el callejero y después la placa en dónde ponía el nombre de la calle. Tras haber salido del barrio e introducirse en otro que desconocían, él buscaba la forma de ir a la dirección que le dijo la tartamuda, pero había algo raro. Lo descubrió tras mucho rato y fue que el callejero que tenía era de otro Springfield, situado al sur del estado de Shelijonia. Por eso nada coincidía con la realidad. Se maldigo sin parar, gritando groserías y tirándolo al suelo para pisarlo. Al ver esto, las otras dos preguntaron y les dijo:

― ¿Saben una cosa? Creo que nos hemos perdido. ― Alsancia perdió toda la esperanza de volver a casa antes de la cena.

FIN

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