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El día en el que el Chino-Japonés y la rusa firman el Tratado de No-agresión, tercera historia

“Pasear por el mediodía, no es una buena idea. Jamás ha sido una buena idea.”  Eso me decía, mientras llevaba media hora paseando por la céntrica Avenida de Anatoly Vladimirovich Fok.

Aunque a estas horas, solo los turistas paseaban por este lugar. Por esta avenida está situado algunos de los pocos monumentos que tiene la cuidad. El más visitado es un palacio, que tenía algo que ver la familia real rusa, Los Romanov. Tal vez ahí se refugiaron cuando llegó lo de la Revolución Rusa. Eso me recuerda que Springfield se convirtió en una gran ciudad poco tiempo después. Tampoco es que me sé mucho la historia de este lugar. Podría ser interesante pero meh. También fue una mala idea pasear por la avenida. No tenía ganas de que la gente me empezaran a sacar fotos sin parar. No les culpo. Es una rareza ver a una rubia usando un yukata en América. Incluso es raro, por desgracia, en Japón. Harta del horrible calor y de los pesados esos, decidí volver a mi casa, que se encuentra en uno de los barrios más conocidos de la cuidad, Uzkiye ulochki. Calles estrechas, casas construidas hace más de un siglo y algo, con pequeñas granjas incluidas, un estilo ruso tan de la época zarista. En fin, un lugar con encanto único dentro de la ciudad y el origen de ésta.

Entonces, me encontré con algo que iba a arruinar mi día: Una chica que llevaba pelo de vieja, tan blanco como su piel, que era realmente pálida. Tenía su flequillo hacia atrás con una vincha, mostrando un frente que estaba brillando; y el cabello le llegaba a los hombros. En definitiva, era Nadezha Vissariónovich Dzhugashvili.

Siempre me pregunté cómo pude aprenderme esos apellidos. De todos modos, siempre le llamo la “rusa”. Y no lo digo porque ella nació allí, sino por otra razón. Ella es una nacionalista de esas, que quieren que la isla vuelva a ser parte de Rusia.

Bueno, es que Shelijonia, el estado número cincuenta y uno de los Estados Unidos, fue, hasta poco después de los acontecimientos de la revolución rusa, parte del Imperio Ruso.

La cuestión es que no me gusta encontrármela y a ella tampoco. Nos odiamos mutuamente, desde hace años. Ni siquiera recuerdo cómo comenzó, pero es muy intenso. No importa dónde ni cómo pero siempre nos hemos peleado. Incluso en las clases, una simple burla puede terminar en una lluvia de sillas y mesas entre nosotras. Por esta razón hemos terminado muchas veces en el despacho del director. Y por eso sé que si iba a pasar delante de ella, una nueva pelea iba a empezar, y con el calor que hacía no me entraba ganas. O eso pensaba yo. Porque el aburrimiento pudo más que el calor, en este caso. Tenía ganas de joderla. Y curiosidad por saber por qué estaba ahí e iba vestida tan formal. Era la primera vez que la veía por esos lares y esa forma.

― ¡Pero si es la rusa! ¿Qué haces por aquí? ― Le grité. Ella, que en ese momento estaba distraída mirando las nubes del cielo, se sorprendió mucho de verme aquí.

― Eso me pregunto yo, Mao. ― Me respondió, poniendo una mala cara.

― Yo vivo por esta zona, mi casa está dos calles más adelante. ― Le expliqué amablemente mi motivo.

― Pobre Vecindad, me compadezco de ellos. ― Y ella en cambio, solo le ocurrió eso como burla.

― ¡Oh! ¡¿No se te ocurre nada más!? Estás perdiendo facultades. ¡Yo ya he respondido! ¡Ahora tú responde mi pregunta! ― Estaba realmente intrigada.

― ¿Y si no quiero decírtelo, chinita? ¿Me vas a obligar? ― Apretó sus puños. Yo también. Una nueva batalla iba a comenzar.

― ¡Tan temprano quieres pelearte! ¡Pues bien! ¡Yo estoy aquí, para unos buenos golpes! ¡Ahora te pagaré todo las humillaciones que me has hecho! ― Le gritaba con todas mis fuerzas, mientras le señalaba con el dedo.

― En estos momentos estoy ocupada…― Dio un suspiro. ―…Pero tuviste que aparecer, y, como quieres guerra, te daré una Blitzkrieg para terminar rápido esto. ― Eso me decía mientras se preparaba para atacar, antes de lanzarme este grito:

― ¡Espero que tu kimono no te haga perder! ―

Y comenzó lo inevitable. Me da pereza contar como fue, así que lo resumo. Básicamente era puño, patada, puño, patada, saltos, patada, puño, patada, puño cabezazos y así todo el rato. Entonces, nuestra pelea se detuvo de forma drástica, cuando un niño apareció de la nada. Apareció de esta manera. La rusa me dio un buen puñetazo que me hizo caer al suelo. A ella le dolió la mano y a mí, la cara. Así, el dolor nos distrajo unos segundos. Yo reaccioné primera y me fui derecha hacía ella, pero un enano se puso delante, con las manos en alza. Tuve que detenerme.

― Vladimir… ― Dijo en voz baja Nadezha.

― ¡Deja en paz a mi Nadezha!- Me gritó el niño. Yo me quede pillada por esta aparición.

Al final, la rusa reaccionó, pero no de la forma que pensaba. Se quedó mirándolo fijamente, con una extraña cara, de felicidad, mientras se le ponía la cara roja. Entonces, abrió los brazos y le dio un gran abrazo al niño.

― ¡Me estás protegiendo, qué lindo! ― Eso le decía. ― ¡Por eso, te quiero tanto! ― Mientras frotaba sus mejillas con la suya. ― ¡¿Por qué eres demasiado lindo, por qué!? ― Tenía una cara de pedófila que me asustaba, mientras que el niño estaba rojo, diciéndole que parase, aunque parecía que le gustaba, ya que estaba contento.

― ¿Qué es esto? ― Pregunté. Ya no sabía que estaba pasando.

― ¡No lo ves! ¡Estoy defendiendo a mi novia! ― Y eso me respondió el niño, poniendo una cara muy seria.

― ¿Qué? ― Dije. ¿Su novio? ¿Ese crío? La situación se había vuelto de alguna forma incómoda.

No es normal que una chica de catorce años tenga un crío, muy crío de novio. Nada normal. La rusa dejó de hacerle mimitos. Se quedó de piedra. Cómo si alguien hubiera dicho un secreto. Y tenía la cara muy roja.

― ¿Es en serio? ― Pregunté de nuevo. A continuación, ella respiró e inspiró hondo. Se estaba preparando para soltar una verdadera bomba:

― Sí, es mi novio. ¿Pasa algo? ― No me lo podría creer.

― ¿Cuántos años tiene el crío? ― Y le tuve que preguntar.

― ¡Este año cumplo nueve años! ― Con esto se confirmo todo. Ni siquiera ese chico había llegado a la pubertad. ¡Qué hilarante, de verdad!

Yo pienso siempre muy mal de ella, pero nunca he pensado que sería una asaltacunas. Es una puta asaltacunas. Entonces sonreí como bellaca. Salí corriendo a toda pastilla. Empecé a gritar como loca. No sabía que iba a hacer, pero con esto seguramente le daría un golpe definitivo a la rusa.

― ¡Maldita! ¡No salgas corriendo! ― Me gritó.

Tras eso, ella y su amorcito me empezaron a perseguir. No sé cuánto tiempo paso, pero estuvimos corriendo sin parar por todo el barrio. Incluso creo que estábamos dando vueltas. No dejaba de gritarme una y otra vez, esfuerzo inútil porque no me iba a detener. El final de la persecución fue, tras salir del barrio, al entrar en el llamado “parque de las Rusias”. Una pequeña y entrometida piedra se interpuso en mi camino, chocó con mis getas, ya saben calzado tradicional japonés; y me hizo caer al suelo. El dolor me hizo perder mucho tiempo y cuando me di cuenta, la rusa ya estaba encima de mí, es más, saltó para capturarme de un golpe.

― ¡H-has corrido… muy rápido… y e-eso que llevas un k-kimono! ― Exclamó la asaltacunas, jadeando por la carrera. No sé en qué posición estaba exactamente, pero de alguna forma tenía una de sus rodillas sobre mi entrepierna. Y de esa forma ella descubrió mi mayor secreto. Ella notó algo raro que no debería estar en la entrepierna de una chica.

― ¿Qué es este…bulto? ― Preguntó. Y se levantó. Se le notaba por la voz que estaba sorprendida y confundida.

Me imagino que su cara era de puro terror. Igual que el mío. Ustedes ya se podrán imaginar de qué se trata. Se quedó unos segundos en blanco.

Yo también, y perdí mi oportunidad para escapar. Porque volvió a ponerse encima mía. Y esta vez con intenciones no muy buenas.

― ¿Q-qué haces? ― Le grité. ― Descubrir la verdad. ― Así me contestó. Y en ese momento uso una de sus manos y agarró con todas sus fuerzas aquel bulto. Eso me dolió.

― ¡Maldita enferma! ¡Pervertida! ¡Policía! ¡Policía! ― Gritaba sin parar, pero nadie venía en mi ayuda. Y lo hizo una y otra vez. Y siempre haciéndolo muy fuerte, la muy hija de puta. Jamás pensé que ella me podría hacer eso, en un parque a mitad del día, con un niño delante.

― ¡Esto no puede ser posible, tú eres… tú eres…! ― Su cara era de pura traumada. La mía también. Sí, lo descubrió, soy un hombre. Me paso por una mujer que siempre se pone lindos yukatas. A eso lo llaman “travestí”, pero me parece muy feo el término, y por culpa de internet también me podría ser llamado como “trap”. “Otokonoko” sería lo correcto, pero es muy largo. Siguiendo con la historia, entonces, empezó a reír, y tras terminar me dijo:

― ¡Esto es sorprendentemente escalofriante! ¡Esto debe ser justicia poética! ¡Tú has descubierto mi secreto, yo el tuyo, bueno y también mi Vladimir! ― Si esto era obra del equilibrio del universo, ¡maldito seas!

Ahora a partir de aquí, dejaré de mencionarme en femenino para decirlo en masculino. Pues bueno, tras este pequeño y horrible incidente, la rusa y yo decidimos hablar del tema, más bien establecer un pacto de no-agresión. Ahora, tanto una como la otra, conocíamos secretos que podrían destruirnos mutuamente. Y no somos suicidas, tenemos una fama que cuidar. El lugar indicado era mi casa. Así que los tres nos habíamos dirigido a allí. Por el camino supe que esos dos iban a tener una cita en un restaurante. La rusa me echaba la culpa de que se fuera todo a la basura. A continuación, al llegar, ella soltó esto, al ver mi hogar:

― Inspira antigüedad. ― Dijo al ver mi tienda. Sí, tengo una tienda. Mi anciano padre tras jubilarse y venir a América, decidió comprar esta casita con tienda incluida. Puso el negocio y reformó por dentro esta casa al estilo tradicional japonés.

― ¡Y todo lo que vendemos ahí son solo antigüedades, solo antigüedades! ¡Si quieren cosas del pasado de calidad y con buen precio deben de venir aquí! ― Le dije. Hay que hacer publicidad, después de todo es mi negocio. Bueno, legalmente es de mi padre, pero desde que enfermó yo he llevado solo este negocio. Y no me van mal las cosas.

― Ese comentario sobraba.― Dijo la rusa, después de publicitarme. Al entrar, nos saludó mi leal y único empleado, Leonard Churchill, un chico rubio canadiense de 22 años:

― ¡Bienvenidos! ¡Ah, Gerente, has vuelto de su paseo! ― Eso me decía, sorprendido. ― ¡Y lleva compañía! ¿Son sus amigos? ― ¿Amigas? ¿Yo, Nadezha? Eso fue tan gracioso que estuvimos durante largo tiempo, ella y yo, riéndonos sin parar, como si fuera el mejor chiste del universo. Leonard se quedo extrañado por nuestra reacción y le pregunto al crío:

― ¿He dicho algo gracioso?  ―No le contestó, estaba igual de extrañado que él. Cuando nos cansamos de reír, la rusa me preguntó:

― ¿Y este quién es? ― Me lo preguntaba, mientras lo señalaba.

― Mi empleado. ― Yo le respondí. Entonces se empezó a escuchar el llanto de una niña. Llanto que yo conocía.

― Este lugar está bastante animado. ¿Es un familiar tuyo? ― Me preguntó.

― No. Es de mi empleado. ― Le respondí.

― ¿Dejas que tu empleado traiga su niña al lugar de su trabajo? ― Se sorprendió.

― No es mi hija, disculpa. ―Dijo el canadiense, intentando evitar un malentendido.

― Además viven aquí. ¿Puedes dejar de preguntar, cotorra? ― Eso le repliqué, mientras me dirigía hacia al salón. Al ver que ellos no se movían, les grité esto:

― ¡¿Por cierto, se van a quedar ahí todo el día!? ¡¿No quieren pasarse al salón!? ― Eso les pregunté a la rusa y a su novio.

Ella se calló, aunque seguro que quería replicarme por llamarle cotorra. Los dos me siguieron hasta el salón. El origen de ese llanto se encontraba allí. Yo me dirigí allí para saber que ocurría.

― ¿Hey, Clementina, ahora qué le pasa a la niña por qué llora tanto? ―

Eso pregunte a la persona que estaba en mi salón. La madre de aquella niña que lloraba, la prima de mi empleado: Clementina Churchill, de dieciocho años. Una rubia que lleva dos pequeñas coletas a la misma altura que el cuello y tiene un voluminoso cuerpo, tanto en la delantera como en las caderas, con unos kilitos de más. Está acomplejada por eso, así que llevaba una larga camiseta blanca y un pantalón largo y ancho, pero fino, de color azul.

― ¡Hola Gerente! ¡Y…! ―Me saludó, antes de darse cuenta de la presencia de aquellos dos. ―¿Quiénes son ellos?… ―

Fue interrumpida por su hija, llamada Diana, que era casi clavadiza a su madre, salvo que era mucho más delgada y llevaba una pequeña falda con la imagen de sus dibujitos animados. Era obvio que también en altura, porque esa chica es una niña pequeña, es menor de cinco años. Ésta, no la dejaba hablar, preguntándole por qué estaban gritando. Yo le pregunté qué le pasaba.

― Perdón, pero es que mi hija se ha asustado al escuchar los gritos de unas chicas y se ha puesto muy nerviosa. ― Eso nos decía, mientras dejaba perplejos a la rusa y a su novio.

―¡¿En serio?, pero si es muy joven! ― Eso gritó Nadezha.

― No importa. ― Le interrumpí. ― Lo primero de todos es decirte que estos no son amigos, y pues estos son la rusa y  Vladimir… ―

― ¡Eh, tengo un nombre, chinita, mi nombre es Nadezha! ― Y ella me interrumpió a mí.

― ¡Buenos días! Ya sabe mi nombre, y este chico es Vladimir ¿Y usted y la niña se llaman…? ― Eso les dijo Nadezha y Clementina hizo su presentación, la suya y de su hija, que dejó de llorar para decirle las buenas tardes. A continuación, dijo esto, tras observarnos un poco:

― Me es lindo ver que la patrona y el empleado y su familia estén viviendo en el mismo lugar. Es bastante curioso…― Eso decía, sorprendida y feliz, como si hubiera encontrado algo digno de mí.

― Además de que a cambio, no les pagas ningún sueldo. Trabajan para mí solo por tener que tener vivienda y comida para vivir. ―

Esa era la intención al principio, pero al final nos hemos vuelto una familia, por raro que parezca. Ha sido un buen negocio para mí, si les digo la verdad, porque vivir solo con un padre anciano y enfermo no es muy bonito.

― Gracias por arruinarlo, Mao. Eres peor escoria que los judíos. ― Eso me dijo, con desprecio, para luego dirigirse hacia a Clementina: ― ¿Ustedes les toleráis esto? ―

― Al Gerente le debemos muchas cosas, además de acogernos en su casa. Este lugar se ha vuelto nuestro hogar y nos hemos vuelto una familia. ― Eso me sonrojo un poco. ― Bueno, ya está de preguntas. Estás siendo demasiado cotilla. ― Decidí terminar el tema.

Lo hice por el bien de los canadienses. Ellos esconden un pasado, que debe ser muy oscuro, y yo prometí no indagarlo. Ni voy a dejar que los demás hagan. Y si seguían hablando podrían llegar sin darse al tema que no quiere tocar ellos. Porque si alguien lo descubre, tal vez se los llevan a su país, ya que ni siquiera son inmigrantes legales; o acaban entre rejas y pues el hogar se volvería bastante triste y aburrido sin esa gente. Sobre la historia de cómo me llegaron a mí. Pues resumiendo, al llegar a esta ciudad el canadiense buscó trabajo, porque necesitaban dinero y por suerte me encontraron a mí. Yo le contrate a él y además dejé que se alojará en mi casa con su prima y sobrina con la promesa de que no aceptara la paga. Fin.

A continuación, le dije a Nadezha que dejará a su novio en el salón, mientras yo y ella íbamos a mi habitación a charlar. Al subir por las escaleras, me empezó a preguntar.

― ¿No es un poco joven esa chica para tener una hija? ― Eso me preguntaba.

― ¿Y tu novio no es un poco joven para serlo? ― Le repliqué, y ella ignoró ese comentario y me siguió hablando.

― Dejando de lado eso, ¡qué vida más peculiar tienes, Mao! ― Eso me decía. ―Incluso la casa… ― Miraba cómo estaba hecha mi hogar, que tenía un montón de elementos de una casa tradicional japonesas, dentro de una casa de origen colonial ruso. Al llegar a mi habitación, empezamos nuestra reunión para decidir que íbamos a hacer, después de haber conocido mutuamente nuestros secretos más horribles. Empezó ella:

― Ahora que ya hemos descubierto nuestros secretos, deberíamos hacer un pacto, aunque esto podríamos haber hablado en la calle y todo eso, pero hace mucho calor en el exterior cómo para hacerlo ― Me decía.

― Vamos a ver… ¿Solo haremos que sí en el caso de que una dice el secreto de la otra, ésta debe decirle el secreto al resto del mundo? Así de sencillo. ¡No nos compliquemos la vida! ― No habíamos empezado y yo ya quería terminar.

― No debe ser tan sencillo. Si una revela el secreto de la otra, debe recibir un castigo peor que eso, aparte de que su secreto sea revelado ante el mundo, claro. ― Eso me parecía buena idea, aunque me daba pereza pensarlo.

― ¡Ya te dije que no nos compliquemos! Sería suficiente con decir delante del instituto que tú eres un asaltacunas o que yo soy un hombre, y destruir así nuestras vidas para siempre. ―

Entonces, se me vino una duda, que no dudé en comentar:

― ¿Por cierto, desde cuando llevas saliendo con ese crío? ― Aún, no me podría creer que ella estuviera saliendo con un niño.

―Pues solo desde hace unos dos años… ― Se paró a pensar unos segundos. ― aún recuerdo todo eso cómo si fuera el primer día… ―

Entonces, puso roja sin ningún motivo aparente. Estuvo en silencio durante unos segundos para volver a ser la misma de siempre y decir:

― Bueno… ¿Y tú, cuánto llevas haciéndote pasar por mujer? ― Eso me dejó pensando.

¿Cuánto tiempo llevó vistiendo como niña y actuando como tal? No lo sé, no recuerdo cuando empecé a hacer tales cosas. Tal vez siempre fue así. Esto podría crearme esos problemas de identidad, tal vez los tenga, pero meh. Siempre supe que era un chico que se hacía pasar por una niñita. Y alguna que otra vez pensaba dejar esta farsa, pero las ventajas de ser una chica, a estar acostumbrado a su ropa, lo hilarante que era hacerme pasar por tal entre otras cosas siempre me hacían desechar esa idea. Llevó toda mi vida actuando así. Deberían darme un Oscar por lo que hago. De todos modos, no le dije nada.

― Así que no tienes respuesta para eso. ― Eso dijo, al ver mi silencio. Y de repente, le dio un tic o algo raro. Como si se había acordado de algo muy fuerte. En verdad eso es lo que le pasó:

―Ya recuerdo… ¿Cómo fuiste capaz de hacer algo así? ― La Rusa apretó el puño fuertemente y su cara estaba roja.

― ¿Él qué? ― Pregunté. No sabía en aquel momento lo que le había pasado por la cabeza.

― ¡¿No lo recuerdas!? ― Me gritó. ― La primera vez que me tuve que poner un tampón…― Apretó aún más el puño. ― …y tuve que buscar ayuda y tú…― Su cara estaba llena de ira. ― ¡Le pedí ayuda a un hombre…! ¡Qué vergüenza!― Ya supe que es lo qué ella estaba diciendo. Lo recordaba.

― Ah, sí te lo puse, no fue nada difícil y eso que yo nunca me lo tenía que poner. ―  Lo dije con orgullo. ― ¡Y ahora estás enfadada porque te vi el Chichi! ¡Ahora! ¡Ay dios! Pero esos son cosas del pasado, ¡olvídalo! ¡Además, eso no es nada comparado con salir con un niño que no ha llegado a la pubertad! ―

Mi intención con estos comentarios era hacerla enfadarla más, y me salió bien el truco. Unos de sus puños iban directo a mi cara, pero lo detuve con mis mejores reflejos.

― ¡Calla tu puta boca, Mao Shaoqui! ¡O te voy a destrozar tus pelotas! ― Me dijo. Yo me burlé:

―¡Ja! ¡Qué maleducada! ¡Deberías estar agradecida, te ayude! ¡Así que debes darme las gracias! ¡Pero no importa, te daré tu golpe de gracia! ―

Hice mi mejor pose de batalla y le grité: ― ¡Mi sangre es china, mi alma es japonesa y mi nacionalidad es estadounidense! ¡Prepárate para perder, perra rusa! ―

Y así comenzó otra pelea, cuya consecuencia fue que, entre las dos, dejamos mi habitación hecho un asco.

FIN

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