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La Mexicana y la alemana, primera historia.

Últimos días de curso, estaba en quinta hora y agobiada por los malditos exámenes, además de que hacía un calor de espanto. ¡Y esta escuela, a pesar de ser la mejor no tenía aires acondicionados! Aún me pregunto el por qué. ¿Nos querían torturar o qué? ¿Disfrutaban viéndonos sufrir? Porque estaba sudando como un cerdo, y qué asco me estaba dando eso. Otra explicación no podría encontrar ante tal misterio.

Por eso deseaba que terminaran las clases de una vez e ir a mi casa a ducharme, y quedarme luego en el salón, viendo la tele en bragas, mientras un aire frío lo dominase todo. Cuando más me lo imaginaba, más insoportable se me hacía la hora y pues llegó a un momento en que tenía que pensar en otra cosa o si no iba a reventar. Así que me puse a imaginar.

¿Y qué me imaginé? Pues a una chica mayor de edad, con un vestido elegante, con corbata incluido. Esa mujer da vueltas sin parar por un despacho, que no es nada más ni nada menos que el del presidente de los Estados Unidos. Es decir, ella gobierna al país más poderoso del mundo y esa persona soy yo, Josefina Porfirio Madero, la primera mujer e hispana de la historia de este estado. Estaba preocupada, esperando lo inevitable y mi nerviosismo se notaba, no paraba de pasearme y me estaba mareando un poco. Entonces, tocaron la puerta. Toc toc. Yo me quede paralizada, pensando en qué hacer. No quería saberlo pero por otro lado si lo deseaba. Mis esperanzas y miedos se mezclan y no sabía qué hacer. ¿Debía abrir la puerta o no? ¿Qué noticias me traerán, malas o buenos? Pasaron los minutos y volvieron a tocar la puerta, entonces yo la abrí con miedo. Era el vicepresidente, el mismo Obama, el único presidente que recuerdo, el anterior era muy feo. Le pregunté si había buenas noticias, y él movió la cabeza negativamente, entonces todas mis esperanzas de paz se esfumaron. Entonces de su boca salieron estás palabras:

—  China nos ha declarado la guerra. —  Y yo iba a decir algo, pero alguien interrumpió mi fantasía.

— Podrías hacer el favor de callarte mientras estoy corrigiendo. ¡No ves que estás molestando! — Esas palabras rompieron mi historia de cómo iba a salvar al país de China y volví a la realidad. Mire por todas partes, todos me estaban mirando, incluso algunos se estaban riendo y en la pizarra estaba la profesora y una niña, de ella provenían esas palabras.

Entonces me morí de vergüenza por el espectáculo que monte, era el hazmerreír de la clase y la profesora me miraba con ganas de darme un buen sermón, que suerte que no me lo dio.

— ¡Josefina, haz el favor de estar en silencio, por el amor de Dios! — Solo eso me dijo, y yo, roja como un tomate y mirando hacia abajo, le decía que sí y me tapé la cabeza, deseando que me tragará la tierra y de que las clases se terminarían de una vez.

Cuando me cansé de esconder la cabeza, levanté la vista y veía a la chica que dijo eso de que no la molestará, mientras estaba escribiendo en la pizarra los problemas de matemáticas que se me olvidaron hacer.

Esa chica, más bajita que yo, tiene un apellido muy raro, así como su acento, pero su nombre es muy bonito: Elizabeth. Ya me gustaría a mí, que a mamá me llamase así, porque Josefina suena como de nombre de mujer mayor. Aparte de eso, y si le quitamos el hecho de que tiene un parche en el ojo derecho; es muy guapa, es rubia y, por tanto, su pelo es hermoso y le llegaba hasta las caderas. Además, parece tan adulta, con esa cara seria que siempre pone y por su forma de hablar, además de que siempre saca sobresalientes, sus papás son ricachones, ya que se nota que es de familia rica; deben estar muy contentos con ella. En ese momento, recordé que tampoco habla mucho con los demás, al igual que yo en ese curso.

En verdad soy muy sociable y me gusta hablar con los demás y tener amistades, pero la gente de mi escuela son unos discriminadores ¿Por qué? No quieren trato conmigo, siempre me dicen que no quieren hablar con useños, o les hablo en ruso o no me moleste en dirigirles la palabra. Y yo siempre suspendo el ruso. Por lo menos, el año pasado pude tener amigos con quién hablar pero se fueron y me quede sola, es horrible estar así.

Por eso desde el inicio del curso busqué por toda la escuela alguien con quién hablar pero nadie se digno, solo los profesores.

Esa chica, Eliza, me interesó, al ver que tampoco hablaba con nadie, y decidí conseguir su amistad, pero nunca encontré la oportunidad perfecta, ya que siempre faltaba mucho o siempre desaparecía en los recreos, además de que me da mucho miedo decirle algo. Entonces me di cuenta de que estábamos a últimos de curso y si no me doy prisa, tal vez, no podría hablar con ella nunca más. No solo quería su amistad solo por tener una, sino porque deseaba ser amiga de una ricachona, de una buena, no de esas presumidas que le dan asco los pobres, ¿Me entienden? Su influencia me protegería y me podría invitar a cosas muy caras. Al final, me prepare para ir a por ella, y por eso me llené de valentía y de esperanzas para el próximo cambio de clases.

— ¡Prepárate, Eliza! ¡Serás mi amiga sí o sí! — Eso se me escapó, pero lo dije tan flojito que nadie se entero. Solo quedaban quince minutos para que terminara esa maldita clase.

— ¿Qué quieres? — Eso me dijo ella, cuando yo me acerque a su asiento a hablar con ella. Me quede paralizada al no saber qué decirle, ya que se me olvidó tener una buena excusa para hablar con ella. Decir buenos días o hola, quedaban muy mal ya que llevamos horas en la misma clase. Eliza, que estaba leyendo un pequeño libro, noto mi presencia y al preguntarme eso, tuve que decir algo rápido. No se me ocurrió nada.

— ¿Puedes dejar de perder mi tiempo? Es muy limitado para perderlo de esta forma. — Eso me decía, y estaba molesta.

Yo, por mi parte, estaba nerviosa, aún no sabría qué decir, pero si no me daba prisa, ella me ignoraría y perdería mi oportunidad, así que me lancé y dije algo, cualquier cosa.

— ¡¿Qué buen día hace, no?! — Ella me miraba como diciendo si eso que dije era en serio y me entraba ganas de salir corriendo, pero me quedé ahí esperando su respuesta.

— ¿Eso no es lo que querías decir, no? Déjate de rodeos y vete directa al asunto. — Eso me dijo y yo le hice caso.

— ¡Quiero ser tu amiga! — Lo repetí de nuevo para dejarlo todo muy claro. — ¡Quiero ser tu amiga, por favor! —

— ¿Eso es lo qué quieres? — Me preguntó, mientras ponía una cara muy rara.

— ¡Sí! — Se lo dije con toda la firmeza del mundo. Entonces, ella me empezó a mirarme fijamente, de arriba para abajo, de izquierda para derecha, con su típica cara de adulto serio. Esperaba con todo mi corazón su respuesta, que tenía que ser afirmativa, sí o sí.

— ¿Eres Josefina, no? — Al decir eso, pensé que me iba aceptar y por eso le dije sí con mucha alegría.

— Pues rechazo tu proposición de amistad. — Eso me dijo a continuación, con toda frialdad del mundo.

Casi se me rompió el corazón y tenía muchas ganas de llorar. Había sido rechazada otra vez y cuando me di la vuelta, para lloriquear en mi sitio, entonces me quede pensando. Mi yo interior me preguntaba por qué me estaba rindiendo tan pronto, solo habría sido el primer golpe y tenía que seguir intentándolo, ponerme cabezona. Y eso es lo qué iba a hacer.

— ¡Eliza, tú también estás muy sola! ¡Y yo no dejaré que lo estés! ¡Así que sé mi amiga, por favor! — Todo eso que dije, eran mis propios sentimientos.

Se lo dije con todo mi corazón para  ablandar la suya y así que ella aceptará mi amistad, pero su respuesta fue otra vez negativa.

— Mejor sola que mal acompañada. — Me contraatacó con estas palabras y solo me quedaba mi ataque final, algo que solo utilizo cuando estoy a la desesperada.

— ¿Por qué no? — Empecé a insistir.

— Porque no. — No importa lo difícil que me lo ponía.

— ¡Jo! ¡Sé mi amiga! — Tenía que conseguirlo, sí o sí.

— No tienes nada interesante que aportar. — Por muy fuerte que era ella.

— Pues claro que los tengo. — No me rendiré.

— ¿Ah, sí? ¿Cuáles son? — Entonces, esa pregunta me dejó en blanca.

— Eso solo lo descubrirás si aceptas mi amistad. — Y tardé en reaccionar, pero solo provoque que se pusiera de mal humor.

— Me estoy cansando de esto. —

Al escuchar eso, tuve que parar, ya que si se mosqueaba, pues ella no desearía hablar más conmigo. Ni siquiera mi ataque a la desesperada le afectaba y pensé si debería rendirme, pero me dije mil veces no, y busque una manera para relajarla, así que decidí decirle otra cosa. Entonces recordé cuando escuchaba a los niños, con dificultad porque hablaban ruso, que les hacía favores a ellos y decían que los llamaba negocios o algo así. Además una buena conversación, podría acércanos más y tal vez aceptará mi amistad de una vez. Así que decidí hablarle de esto:

— ¿Qué tal tus negocios? ¿Van bien? — Sentí, tras decirle eso, que lo dije de una forma muy brusca y muy poco natural.

— ¿Y ahora por qué preguntas eso? — Me dijo a continuación, yo me puse nerviosa al escucharlo y empecé a hablar al tuntún.

— Pues esas cosas… no sé cómo son y bueno… ¿Me lo podrías explicar? — Se lo pedí de todo corazón y ella suspiró y eso me puso más nerviosa, me hacía pensar que ya se había hartado de mí y me iba a mandarme a la mierda. Deseaba taparme los oídos para no escucharlo, pero lo que dijo era otra cosa y me alivié mucho.

— Pues es solo más que prestamos a niños. ¿Se te olvida el dinero para comprar en la cafetería y no tienes amigos a los que recurrir? Pues vienes a mí pidiendo dinero y yo te lo doy, pero me lo tienes que devolver, con intereses incluido. Y no importa la razón por la cual la necesites, yo lo prestaré. ¿Ahora, lo entiendes? —

Eso me hizo acordar de los bancos, pero aparte de eso, ¡qué buena samaritana es Eliza! Ayuda a los demás prestándoles dinero cuando tienen problemas, eso no lo hace cualquiera. Cada vez más me entraba más deseos de convertirme en su amiga.

— ¿Tú quieres dinero? — Me preguntó.

— Lo que quiero es tu amistad. — Eso es lo que yo quería, después de todo. No tenía en ese momento ninguna necesidad de tener dinero y con eso no se puede comprar una amistad. Eso es de gente con vida muy triste y yo no soy uno de ellos, soy alegre y amistosa. Mientras tanto, Eliza con cara de estar cansada, y tras dar otro suspiro, me dijo esto:

— ¿Por qué tanta insistencia con eso de ser tu amiga? ¿Cuál es la razón por qué quieres que sea tu amiga, maldita pesada? —

Esas palabras me hicieron pensar. ¿Por qué realmente quería su amistad? ¿Por desesperación? ¿Por querer ser amiga de ricachona? ¿No son esos unos motivos muy tristes para desear ser la colega de Eliza? ¿No la estaba hastiando demasiado solo por eso? Así llegué a la conclusión de que la estaba molestando demasiado y que eso no es de buenas personas. Yo no estaba pensando en ella, solo en mí misma, estaba siendo egoísta pero, a veces, una tenía que serlo. Lo siento por Elizabeth, pero tenía que continuar, pase lo que pase.

— No importa mis motivos. — Le decía esto mientras le cogía de las manos y la miraba con cara de perrito. —  Solo deseo que seas mi amiga. ¡Solo eso! ¡Solamente eso! ¡No es mucho pedir! —  Dije esas últimas palabras gritando, pero el resto de la clase nos ignoraba.

— ¡Vale, vale, pesada, haremos un trato…! — Me alegre mucho, al oírlo.

Tal trato era que me iba a dejar que la tratara como si fuera su amiga, con condiciones, que no la moleste más y no me meta en sus asuntos. Cuando escuché eso, jamás me había puesto tan contenta en un curso. Ella lo había aceptado, mis esfuerzos había valido la pena y estaba tan feliz, pero tanto que me olvidé de todos los problemas del mundo, que todo solo era hermoso y que incluso la abrace, con todas mis fuerzas.

— ¡¿Oye, qué haces?! ¡Suéltame! ¡Me estás ahogando! ¡Suéltame o te juro que te mataré, a ti y a toda tu familia! —

Eso decía ella mientras la abrazaba. Tras escucharla la solté, no quería enfadarla. Le dije perdón, que la había abrazado de la emoción y ella me decía, tras recuperar aire, esto:

—  Espero que no vuelvas a hacer eso, o las consecuencias van a ser graves, muy graves. —

Después de esto, y de saber que el profesor no había venido, algo que me alegro mucho porque me ayudo tener tiempo para conseguir ser la amiga de Eliza; decidí charlar con ella de todo tipo de cosas. Nunca habló, a veces me parecía que me estaba ignorando pero eso eran fantasías mías, seguro. Así, que ya ven, así es como nació mi amistad con Elizabeth Von nosequé.

FIN

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