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Un día corriente de la criada de la Zarevna, segunda historia

Texto escrito por mi persona, la cual bautizaron como Ranavalona, en un día cualquiera de Junio.

Hace tiempo me recomendaron hacer un diario, pero todos mis intentos han sido en vano y no he pasado del tercer día. Y hoy casualmente he tenido el impulso irracional de escribir este día, y digo eso porque en realidad no tenía un buen motivo. No paso nada importante y ha sido un día normal y corriente. En realidad, ocurrió algo muy poco común pero no creo que sea algo transcendental. En fin, pienso que me pasará lo mismo otra vez.

Fue un domingo muy soleado y unos de los más frescos que haya tenido el Zarato de Shelijonia. Así se llama el lugar en dónde vivo, el reino al que pertenezco. Sus fronteras están rodeados por los cuatros costados por un país llamado los Estados Unidos de América y que es una unión de estados, uno de los cuales es el de Shelijonia, que es el que nos rodea, o eso dice Mi Señora. Por cierto, siempre me pregunte por qué se llaman igual si son dos cosas diferentes. Tal vez, es porque tanto uno como otro se sitúan en una misma isla, aunque yo nunca he visto el mar. Perdone al lector si lo confundo, yo ya lo estoy.

Me desperté bien pronto y mientras me vestía en mi habitación, escuché el relinchar de los caballos y me asome a la ventana. Nuestra reina, La Zarina, había vuelto. Lleva décadas gobernando este lugar y es la ministra de Dios y Señora de todos los pueblos que conforman el Zarato. Fue ella quién me preparó para mi trabajo, que es la de ser sirvienta personal, e incluso fue quién me dio nombre. Gracias a ella encontré a la persona que más amo en este mundo.

Me dirigí hacía su cuarto, para despertarla, pero lo encontré vacío. Otra vez se había levantado más temprano que yo, que deseaba profundamente verla despertar.

Me fui a la biblioteca, que es el lugar adónde siempre va ella después de salir de la cama. Y sí, estaba allí, sentada en una silla de porcelana, mirando un libro, mientras los rayos del sol la iluminaban.

Ella es Mi Señora y se llama Elizabeth Von Schaffhausen, lo más hermoso que existe en el Zarato. Es la hija de la Zarina, y por tanto, es la Zarevna, y su heredera en el trono. Su cabello dorado, como el sol, y que le llega hasta a las caderas ha sido tejida por los ángeles, su pequeño cuerpo ha sido moldeado por Dios, cada frase que sale de sus labios rosados es una delicia digna de escucharse en el cielo.

Por desgracia, por unos horribles sucesos que tuvo en el pasado, tiene que usar un parche en el ojo derecho, en el cual está imprimido el emblema de su familia. Yo, soy su sirvienta personal y la más leal que haya existido en este mundo, eso me lo dijo Mi Señora, hace tiempo. Pero como ya se habrá dado cuenta, hay algo más que lealtad, mi corazón late por ella, por amor. Pero para mí es uno no correspondido, porque sé que ella no me ama. Y ese no es la única barrera, también está otra, es que las dos, que tenemos la misma edad, tenemos el mismo sexo. Ambas somos chicas.

Si lo pienso bien, soy bastante diferente a ella, tengo pelo corto y más negro que los cuervos, su piel es blanca a diferencia de la mía, que es tostadita como el resto de los demás habitantes del Zarato; mientras que mi cara tiene una cicatriz que va de una oreja a otra a altura de mi nariz, ella tiene que taparse con un parche para unos de sus ojos. Entonces, ¿por qué somos de igual sexo? ¿Por qué no nací siendo hombre? ¿O por qué Mi Señora no nació como chico?

Por eso estoy condenada a un amor sin sentido, pero que aún así son mis sentimientos y no voy a cambiarlos por nada del mundo. Por eso, me decidí convertirme ser más leal que un perro, esa es la única forma de demostrarlo.

Aunque a veces mis deseos carnales me controlan y podría haber hecho algo horrible si no fuera Mi Señora capaz de detenerme.

Bueno, volviendo a lo que íbamos, le saludé a mi Señora con mucha energía y ella me lo devolvió. Me acerqué a ella para preguntarle qué deseaba desayunar. Y mientras me decía lo que quería, observé que estaba leyendo un libro en alemán, un idioma que su familia lo conserva por generaciones, aunque también ella sabe ruso e inglés.

Sobre éste último, me acuerdo yo que me costó mucho en aprendérmelo, aún a pesar de que era el único idioma que he aprendido.

Tras comer la comida que le prepare con mucho cariño, y tras preguntarle si estaba bueno y cuya respuesta me puso tan feliz, me explicó que hoy teníamos que ir al exterior, a las afueras del Zarato. Ella lo hace a menudo, sobre todo de lunes a viernes, que es cuando tiene que ir a clases, ya que estudia afuera. Es menos común que lo haga los domingos, y en estos casos es cuando yo la acompañó.

El mundo exterior es algo tan diferente y extraño, la primera vez que lo vi, parecía que estaba en un mundo habitado de magos y de monstruos hechos de hierros y con pies redondos.

Pero cuando me dijo el motivo de dónde vamos a ir esta vez, me sorprendió. Me contó que una chica tonta no la dejaba en paz y tuvo que aceptar ir con alguien a un lugar de la cuidad ese día. Me irrité porque nadie tenía derecho a obligarle a Mi Señora a ir con ella de compras y me entraron ganas de pegarle a esa persona. Al decir su nombre, no me enteré de nada y le dije que lo repitiera, y su respuesta es que la llamará la “mexica”, así me sería más fácil.

Por lo demás, me dijo que también tenía algo que hacer y que no puedo decirlo, porque me lo prohibió. Tras eso, salimos del lugar hacía al exterior, montadas como siempre en una carroza, hacía al norte. Cruzando el muro que hacía de frontera y que cerraba el valle, se encontraba una ciudad llamada Springfield. Nunca le pregunté a Mi Señora la función de aquella muralla, ya que mis compatriotas no desean ir al exterior y nunca he visto que los de afuera nos querían hacer daño, es más, parece como ignoran nuestra existencia.

La ciudad es grandísima, está llena de personas y de coches sin caballos, de todo tipo de edificios, algunos tan altos como montañas; un ruido intenso y muchas cosas más, aún inexplicables para mí. El fin de nuestro camino era un extraño tipo de mercado llamado centro comercial, lleno de todo tipo de productos. Y allí, cuando Mi Señora dijo que era las once de la mañana, ese personaje apareció.

Era una chica normal del exterior y que tenía un acento gracioso. Apenas entendí nada de lo que dijo y hablaba tanto que provocó que Mi Señora la tuviese que tranquilizar. Me pareció que tenía una personalidad simple. Ahí es cuando pude enterarme bien de su nombre, que era Josefina o algo así, aunque prefiero llamarla la mexica.

Mi Señora, tras un pequeño rato, me ordenó que me quedara con la mexica que iba a hacer lo que tenía que hacer. La engañó diciendo que iba al servicio y esa chica se lo creyó. Fue lo peor del día, ella no paraba y paraba de hablar, soltando cosas que ni podría entender, yo no sabía qué decir ni qué hacer y lo peor es que me preguntaba sin parar.

En un determinado momento me empezó a doler fuertemente la cabeza y no se detenía ni un minuto. También no podía estar a su ritmo, yendo a un establecimiento a otro en menos de lo que canta un gallo.

Por eso me puse más feliz que nunca cuando vi a Mi Señora, tanto que casi la abracé, ya que no se dejó. Pudo controlar a esa niña cotorra y nerviosa, más o menos, porque al entrar a un lugar lleno de ropa, decidió probar ropa con sus amigas, obligándonos a probarnos vestidos que no íbamos comprar.

Yo me dejé, pero Mi Señora se negó. Me sentí algo mal por ella, pero, al imaginarla llevando todo tipo de ropajes, decidí unirme al coro y seguirle la corriente a la mexica. No quería hacerlo porque eso sería desvestirse y no deseaba hacerlo, a pesar de que estaban esas cosas llamadas vestidor y que tapaban al que se iba a probar ropa. Espero que no me guarde rencor. Entonces, unos hombres extraños aparecieron, tapados hasta la cara, en la tienda.

Todo el mundo de repente se puso a temblar y a agacharse, cuando uno de esos hombres sacó su pistola y con ella amenazaba a todos, mientras el otro, con otra arma, le pedía al vendedor que le diese el dinero que había acumulado.

Yo incluso hice lo mismo que los demás al ver eso, temblando de miedo. En esos momentos no pensaba el ridículo que estaba haciendo y que no estaba en mi labor de servir a Mi Señora, en ese caso, protegerla. Ahora mismo siento tanta vergüenza que me entra ganas de darme unos cuantos guantazos.

Por supuesto, no eran todos, hubo alguien que no se puso de rodillas suplicando por su vida a los atracadores, que así era como todo el mundo los llamaban: Mi Señora. Estaba allí, mirándolos como si fueran simples incordios. Ellos dos le decían, al verla, que se agachará o si no le iban a volar la cabeza, no le importaban hacerlo aún cuando era una niña. La mexica le pedía que se agachara, pero no le hizo caso, hasta se burló de ellos. Al ver que no era una cobarde, dispararon al techo para demostrar que eran de verdad y se llenó de gritos el lugar. Seguía ahí, inmutable, y entonces decidieron apuntarla y disparar. Sus voces temblaban, parecía como si no le quedara más remedio hacer eso.

No sabían lo que estaban haciendo, porque Mi Señora, aparte de valiente, sabe usar armas de fuego, es más, es su pasión, les tiene dedicada una sala especial solo para ellos y su puntería es extremadamente perfecta. Lo comprobaron ellos mismos, ya que cuando estaban a punto de dispararla, ella sacó de su bolso una pistola y le reventó la entrepierna a uno, e hizo lo mismo con el otro.

Eso sin despeinarse y en menos de un minuto. Hasta a mi me dolió ver como gemían de dolor, mientras caían a suelo llenándolo con su sangre; pero se lo buscaron, eso les pasa por desafiarla. Ahora eran eunucos como aquellos que condenan por violación en el Zarato.

Sobre el resto, todo el mundo se quedó sin decir palabra mientras ella nos decía a las dos que nos movieron, a la vez que salía de ahí como si nada. La mexica le regañó diciéndole que no les tenía que haber hecho eso, aunque por otra parte, le decía que era una heroína, entre otras cosas.

También le dijo que no debería tener armas de fuego, que eso no es lo que hacen las buenas personas, sin saber que no solo llevaba una, sino hasta dos o tres más debajo de la falda. Al final, Mi Señora y yo nos quitamos del medio y volvimos como si nada a nuestro hogar. Llegamos cuando el sol estaba en lo más alto del cielo.

Tras una breve pero intensa bienvenida por parte de la Zarina, Mi Señora volvió a su cuarto y me ordenó no entrar hasta que no pasará una hora. Esto es normal en ella, siempre se encierra en un cuarto por un rato, nunca me ha revelado lo que hace ni el porqué de eso, ya que tengo prohibido preguntarle cosas sin su permiso.

Mientras estaba esperando pacientemente la llamada de Mi Señora, me llamaron unas criadas para que les ayudara a limpiar un estropicio causado por unos prisioneros que se trajo la Zarina. Se le escaparon cuando los iba a introducir en los calabozos y terminaron refugiándose en la única escuela del lugar. Al final, fueron reducidos por ella, aunque les costaron la vida.

Mientras yo caminaba de dónde estaba hacía al lugar que tenía que limpiar, me fijé en lo poco que había cambiado La Capital, el lugar en dónde yo y Mi Señora vivimos.

Así se llama y es quizás en opinión de todos la única cuidad del Zarato. Por eso se le dice “La Ciudad”, a secas. No es nada comparable con lo que hay detrás de la frontera, pero si es grandísimo comparado con todas las aldeas que habitan estos valles.

Aquí están los dos palacios que forman la residencia de la Zarina y su corte. Mientras uno es la residencia oficial de nuestra reina, centro del gobierno, y donde habitan los ministros; la otra es donde residimos yo y Mi Señora, siendo teóricamente la única embajada, que es de los Estados Unidos. El tío de Mi Señora también vive ahí, siendo el embajador.

Tardamos más de lo que esperábamos, la aula en dónde se habían refugiado  estaba hecho todo un lío, también tuvimos que quitar los cuerpos de los recién fallecidos y limpiar su sangre. Alguna que otra no pudo soportarlo, desmayándose en el acto. A mí no me daba asco, pero eso era difícil de eliminar y me llevó horas.

Maldecía a aquellos bandidos, ya que me dijeron que eso eran, por haberse escondido aquí, ahora tenía que limpiar la sangre que dejaron en vez de estar con Mi Señora, disfrutando ver como se tomaba una taza de té mientras leía algún libro o observarla como practicaba su tiro.

Volví agotada, con los brazos molidos y la espalda hecho polvo, pero con profundos deseos de reencontrarme con Mi Señora. Para mí, es horrible estar lejos de ella, aunque sea por la mañana cuando va a estudiar, por ejemplo. Mi existencia pierde su sentido, después de todo. Para eso vivo yo, para servirla, no debe haber otra cosa más en mí que solo eso. Al verla de nuevo, me mando a limpiar su colección personal de armas como castigo por aliarme con la mexica.

Lo acepté con buena gana y me fui a allí. Estaba destrozada, pero me llené de valentía y fuerza para dejarlos como los chorros del oro sus cientos y veinte piezas de tan fantástica colección, y lo hice en todo en menos de dos horas, todo un récord personal.

Eufórica, desearía decirle eso a ella, pero no me quería escuchar, ya que le parecería una tontería. Siempre me dice que una buena sirvienta debe decir cosas importantes. Mientras tanto, Mi Señora hizo un montón de cosas, entre ellas bañarse y cenar; y cuando yo llegué a su puerta vi que estaba cerrado, significando que ya se había acostado, eso o que estaba leyendo algún libro en su cama.

Me di cuenta, entonces, que era tarde y me puse algo enfadada porque en ese domingo no había estado mucho tiempo con ella. ¿No es mucho pedir estar a su lado día y noche sin parar, no?

Me volví a mi cuarto, ya había terminado mi labor y ahora tenía que descansar. Al encender la vela, vi todos los cuadros que yo tenía de ella y suspire fuertemente, pensando que si se haría realidad mi deseo de que ella correspondiese mi amor, de que si tenía sentido en ser la más fiel posible a ella. Sería feliz si no fuera por estas tonterías que me torturan el alma y que realmente me complican mi labor como sirvienta. Tal vez esto es lo que llaman destino, y este debe ser uno cruel y horrible, que me ha condenado para siempre. Al final, tanto pensar en Mi Señora me alteró mucho e hice cosas pervertidas y privadas que una chica nunca debería decir.

FIN

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