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Una extraña cita en el parque de atracciones, octava historia

No era la primera vez que estaba subida en un coche de policía, pero espero que sea la última. No es nada agradable terminar en comisaría, pero siempre que estoy cerca de éstos dos, acabo así. Hablo de Mao y de Lafayette, quienes están conmigo en la parte trasera del automóvil. Si no es ahí, es en el despacho del director. Por suerte, en el próximo año escolar, no las veré a ninguno en la escuela.

A mi izquierda, está Marie Luise Lafayette, una chica afroamericana de mi edad, insoportable y odiosa, violenta y perra, no hay ninguna cosa buena en esa persona. Me entristece que en mi querida Shelijonia (Шелиоия) vive un sujeto como ella. Me encantaría mandarla de una patada a Francia. Estaba, en voz baja, insultando a la policía mientras miraba la ventana.

A la derecha, está Mao Shaoqui, quién, por desgracia, fue mi “amiga” en el pasado y me pregunto aún cómo pude tener una amistad con eso. Lo peor de todo es que hace poco descubrí que no era una chica, sino un hombre travestido. No me puedo explicar cómo yo pude estar toda mi infancia engañada de esa forma. Creo que fue hijo de chinos que vivían en Japón y luego se fueron a Shelijonia a vivir. En este momento, estaba manteniendo una charla con los policías amablemente, intentando seguramente ganar su confianza y salir bien de la situación en dónde está.

Yo estaba entre ellos dos, en silencio, deseosa de terminar con esta molesta situación. Pero como esto se está haciendo muy largo, pues mejor me voy a distraer recordando cómo terminé en esta fea situación.

Llevó más de dos años con mi novio, Vladimir, quién es todo un cielo, pero por varias razones tenemos que evitar que nos vean juntos. Uno de los motivos es que mi tío, mi tutor legal, y su padre se llevan muy mal, y tenemos el temor de que si nos vieran juntos nos separarían, porque estaríamos saliendo con el enemigo.

Otra es que él tiene diez años y yo catorce, mis conocidos me tacharían de asaltacunas, tal como lo hizo el travestí de Mao. Y fue por eso, por el hecho de que él nos descubrió, que decidí cuidar mejor mis salidas con mi amado.

Entonces, a principios de Agosto, escuché que habrían abierto en Mattarnovi (Маттарнови), un pueblo en pleno crecimiento y en mitad del camino entre Springfield (Спрингфилд), mi ciudad, y Bogolyubov (Боголюбов), el principal puerto de la isla; un parque de atracciones, único en todo el norte de Shelijonia. ¡Un buen lugar para tener una cita! ¡Y por nada del mundo iba a perderme algo así!

Las entradas para ese sitio eran demasiadas caras, en solo una me gasté toda la paga de un mes y al ver que mi Vladimir no pudo conseguir dinero para la suya, tuve que recurrir a Mao. Me endeudé y la paga de Septiembre llegaría a sus manos, lo peor es que tuve que revelarle el porqué lo necesitaba y no quería hacerlo, ya que sospechaba que iba a hacer algo de las suyas; pero, en fin, por lo menos íbamos a tener una buena cita en un parque de atracciones, como Dios manda. Cuando llegó el día me vestí lo más linda que pude y me encontré con mi amado en el tren, todo iba bien hasta que habíamos entrado en el recinto.

― ¡Oh, por Buda! ¡Tanto dinero por esto! ¡Esto es una mierda comparada con Disneylandia, por favor! ― Allí estaba Mao, sentado en un banco debajo de un árbol, junto con Clementina, su primo y su hija. Protestando mientras tomaba el helado más barato que encontró, como el buen tacaño que es.

― ¡Oh, sí es la rusa y el Vladimir! ¡Qué sorpresa! ¡No sabía que ibas a venir! ― Eso me dijo con evidente ironía, y cuyos compañeros no entendieron, ya que le decían que si lo sabía.

― ¡A ver si lo adivino! ¿Has venido a aquí a fastidiarme la cita? ― Le pregunté a Mao, muy molesta, mientras Vladimir los saludaba a todos.

― Por favor, por favor. Yo jamás haría algo como eso. ― Me entraba ganas de decirle que sus ironías eran puras mierdas. ― Solo estoy aquí a disfrutar del parque de atracciones, con la familia. ― Entonces, mientras decía eso, hizo como si tropezará y tiró su helado a mi precioso vestido, que lo había comprado hace poco.

― ¡Qué torpe he sido! ¡Lo siento! ¡Ese vestido debe haber sido muy caro! ― Me hartó su ironía y le dí, por mi parte, un buen puñetazo. Todos se quedaron boquiabiertos.

― ¿Qué haces, idiota? ¡Si te he pedido perdón! ― Me gritó, mientras se tocaba la cara del dolor y se levantaba.

― Ese perdón es más falso que nada. ― Le gritaba, mientras me estaba preparando para pelearme. Él empezaba a apretar sus puños también.

Si no fuera por mi Vladimir y los demás, hubiéramos empezado otra pelea. Ellos nos habían detenido y nos convencieron. Nos obligaron a pedirnos perdón mutuamente.

― Perdón por eso. ― Nos los decimos a la vez, pero en el fondo ninguna lo dijo honestamente.

Maldije a Mao, cuando dijo que podríamos estar juntos, como un grupo, incluso mi Vladimir aceptó y yo tuve que hacerlo. Quería estar a solas con él y ese maldito chino travestido arruinó el momento. No fue tan mal, la verdad, si quitamos los momentos cuando Mao fastidiaba y cuando me preguntaban por qué siempre estaba con Vladimir; era agradable estar con esos canadienses, como bien les llamaba su patrón; pero intenté lo imposible por hacer que mi novio y yo estuviésemos solos y juntos. Todo fue en vano. Por eso, cuando vi que ya había pasado la mitad del día, y solo nos faltaba una atracción, la casa del terror; me di cuenta de que tenía una oportunidad y tenía que aprovecharla ahora.

― ¿Podríamos usar los palitos de helado para determinar cuál tendrá su pareja?  ― Eso dije, al enterarnos de que solo se entraba en parejas y decidí hacer el viejo truco de los palitos. Obviamente, hice trampa para caer con mi Vladimir, pero el resultado fue muy distinto, me toco ser la pareja de Mao.

― ¡Cómo en los viejos tiempos, qué feo! ― Eso decía Mao, mientras caminábamos por el lugar.

― Pues eso, es un asco tenerte a mi lado.  ― Y yo le repliqué.

― Después de todo no soy Vladimir. ― Esas palabras no me lo esperaba. Más bien, el cómo lo dijo, lo soltó con un tono que parecía más triste que burlón. Creo que fue mi imaginación.

― Él es un millón de veces mejor que tú en todo. ― Eso era la pura verdad.

― ¡Pues, pobre chaval, tiene de novia a una pederasta! ¡Y violenta! ¡Y poco femenina! ¡Y nacionalista! ― Ese capullo me estaba calentando la cabeza, estaba teniendo unos fuertes deseos de destrozarle a palos, no tenía ganas de escuchar cuáles eran mis defectos, según él.

― ¿Por qué no te callas y mejor ponte a disfrutar de la atracción? ― Le dije eso, a ver si me hacía caso y dejará de fastidiar.

En verdad, lo que deseaba oír de su boca es la razón por la cual él había venido el día de mi cita, debería ser una estúpida. Tras haber divulgado mucho, y tras aparecernos el Frankestein y el Drácula, decidí preguntárselo personalmente, en un tramo del camino, que simulaba un cementerio, y en el que salía humo morado por todas partes.

― ¿Tú? ¿Qué te está pasando hoy? ― Le pregunté seriamente.

― Solo que… ― Se quedó pensado, mirando hacía al otro lado. ― ¿No es simple? ¡Estoy aquí solo para fastidiarte y joderte! ¡Por favor! Yo no tengo ninguna otra razón. ―

Eso era algo que haría, si no fuera tan vago; pero sentía que eso no era la verdadera razón, esa era solo una excusa. Y no me la iba a dar, por mucho que insistiese. Estuve pensando si hacerle un interrogatorio o me olvidará de eso, pero entonces algo interrumpió mis pensamientos.

― ¡Socorro! ― Al escuchar esto nosotros, nos pasó de largo alguien con un disfraz cutre de hombre-lobo, corriendo como su vida estuviera en peligro.

― ¡Qué susto, Dios mío! ¡No aparezca así de repente! ― Le gritó Mao, y parecía que se había olvidado que estábamos en una casa de terror.

Entonces escuchamos unas voces más, hacía más adelante, que insultaban sin parar y que sin duda nos recordaba a cierta persona.

― ¿No será…?  ― Eso decía yo mientras salí corriendo hacía allí, quería comprobar lo que estaba pasando y ver si esa persona de verdad estaba allí, aunque no deseaba encontrármela.

― ¡Vas a romperte la cara! ― Decía Mao mientras andaba a su ritmo. ― ¿Quién en su sano juicio correría en plena oscuridad? ―

En verdad, salvo alguna que otra pequeña bombilla, el pasillo estaba totalmente oscuro, pero no me impidió correr, y lo hice hasta que choqué con algo que me hizo caer al suelo violentamente. A ese algo le pasó un cuarto de lo mismo, y también oí como caía otra cosa.

― ¡Ay, que daño! ¿Quién es el gillipuertas que me ha atropellado? ―

Esa voz horrible la reconocería en cualquier parte y entonces confirmé mis peores sospechas. Lafayette, la chica más odiosa del planeta.

― ¡Este gillipuertas es Nadezha! ― Le dije. ― ¿Qué haces aquí, maldita negrata? ―

― Esa es mi línea, perra, no me la robes. ― Casi se me escapó de la boca, decirle que ella ya estaba acostumbrada a robar a los demás, pero hubo algo que me llamó la atención.

― ¡Llamen…..a-a…l-la policía, por favor…! ― Eso me asustó mucho, no sabía de dónde procedía. Entonces escuché como Lafayette pisaba a algo.

― ¡Cállate, vampiro de mierda! ― Dijo eso hacía al suelo, entonces miré, y a pesar de la oscuridad, me di cuenta que había tres cuerpos, personas disfrazadas de monstruos, una de bruja, otro de vampiro y otro de una seta; en el suelo. Seguían vivos, ya que movían sus manos y empezaron a gemir de dolor.

― ¿Qué has hecho? ― Le dije, preocupada por lo que pasó, pero ella me ignoró diciéndome que me joda, mientras parecía buscar algo desesperadamente en el suelo.

― ¿Dónde está el maletín? ¿Dónde? ― Esas palabras me confirmaron que Lafayette hizo de la suyas, y nunca han sido nada buenas.

― ¿Hablas de esto? ― Eso dijo una voz lejana, que nos sorprendió tanto a mí como a Lafayette. Era Mao, que estaba casi en la salida, detrás de la brillante luz del sol, y con un maletín entre manos. Me quedé boquiabierta, ya que a él le deje atrás, iba como una tortuga, y ahora mismo, nos había pasado sin que nos diésemos cuenta, además de que cogió la maleta sin hacer nada de ruido. ¿Era un ninja o qué?

― ¿Cómo? ¿Qué? ¿Cuándo? ¡Maldita zorra china, devuélveme eso! ¡Es mío! ¡Absolutamente mío! ― Gritaba como loca mientras salía como una e iba con la intención de darle un buen puñetazo a Mao.

― ¡Atrápame, sí puedes! ― Eso decía mientras salía del lugar. Yo me quedé a socorrer a los pobres que esa enferma afroamericana les había hecho.

― ¿Pero qué les han hecho? ― Les decía mientras comprobaba cómo estaban.

Salí más pronto de lo que pensé, ya que me dijeron que no me preocupará por ellos y seguir disfrutando. También les pregunté por qué le hicieron eso y ellos no me lo supieron contestar. Y al salir de ahí, me los encontré, a los dos en un banco, contando lo que había en el interior de la maleta, dólares. Me acerqué, mientras esos contaban uno por uno esos billetes, y se notaba que eran muchos, porque llevaban un rato así.

― ¿De dónde has sacado esa maleta? ― Le pregunté a Lafayette, mientras ésta miraba como posesa aquellos papelitos verdes.

― A ti que te importa. ― Era esperable esa respuesta.

― Sea lo que sea, es algo ilegal. ― Obviamente, yo estaba de acuerdo con Mao.

― ¡Y todo es mío! ¡Mío! ― Eso decía como posesa la ladrona de Lafayette.

― ¡Por lo menos explica de dónde has sacado eso! ― Le exigí a esa negra y me dijo otra vez que le importaba una mierda.

― ¡Eso, eso! ― Mao también se lo dijo, y ésta violentamente le quitó la maleta de las manos, haciendo caer algunos billetes, que por suerte estaban juntados de quince en quince con cinta adhesiva.

― ¡Ya no te dejó que cuentes mis billetes, maldita perra! ― Le decía agresivamente, mientras recogía como loca lo que se cayó. ― ¡No os voy a contar nada, pero nada! ―

― ¿Ah, sí? ― Eso dijo Mao, poniendo una cara siniestra.

― Espera, ¿por qué pones esa cara? ― Entonces Mao sacó un mechero, y mientras lo sostenía con una mano, con el otro tenía un fajo de billetes, acercándolos poquito a poco hasta que el fuego empezará a quemarlos.

― ¿En serio, estás loca? ― Lafayette se puso aterrada. Por mí, deseaba que quemara todos esos billetes y me quedé callada viendo lo que estaba haciendo Mao.

― ¡Son solo unos puñados de dólares! ¡No creo que importe mucho que sean consumidos por el fuego! ― Puso una sonrisa que me hizo temblar.

― ¡Es mi dinero, zorra! ¡No tienes derecho! ― Gritaba con terror la negra.

― ¿De verdad? ¡Si tanto los deseas, entonces di la verdad! ¿Cómo has conseguido esto? ―  Lafayette, refunfuñó y maldijo a Mao sin parar, pero dudó casi un minuto. El amor por el dinero pudo con ella, y tuvo que aceptar contarnos la historia.

― ¡Vale, vale! ¡Os lo contaré! ― Eso nos dije, rabiosa por ser obligada a hablar.

En resumen, ella vino a pasar un día en el parque de atracciones y se encontró con dos hombres vestidos de negros con una maleta. Como era tan sospechoso la negra decidió cogerlo. Me hizo gracia que lo dijo, de que lo iba a entregar a la policía. Era una mentira tan obvia, ya que sabíamos que realmente se lo iba a quedar ella. Al final, la descubrieron y decidió escapar, se escondió en la casa de terror y fue sorprendida por los trabajadores, a quienes dejó K.O. del susto. Todo lleno de incoherencias y puntos sueltos, pero bueno, algo es algo y nos habíamos conformado con eso.

Mientras ella contaba esto, mi novio y Clementina y su familia habían llegado, y también estaban preguntando qué ocurría. Cuando esa negra terminó de hablar, yo le dije:

― Supongo que lo vas a devolver ahora a la policía… ― Añadí yo,  desconfiada de sus presuntas buenas intenciones, ya que nunca ha tenido ninguno.

― Pues claro que sí, por supuesto…― Se notaba que ni ella misma se creía sus propias palabras.

― Pues entonces no te importará que todos nosotros vendrán contigo a la comisaría. ― Le dijo Mao con malicia.

― Yo soy adulta, puedo ir sola. ― Ésta se puso muy nerviosa, sabía que nadie confiaba en ella y deseaba quitarnos de encima. Por eso se le ocurrió un estúpido plan.

― ¡Entiendo, no confían en mí! ¡Entonces, no me queda más remedio! ― Al decir eso, se llenó la mano de billetes y con cara de pura maldad, nos intentaba sobornar.

― ¿Si le doy unos poquitos me dejarán llevármelos? ¡Es mucho dinero para mí! ― Esto confirmaba que en su mente jamás pasó la idea de entregarlo a la policía. Yo no era nada sobornable, pero si Mao, a quién le chiflaban el dinero y le hacía la boca agua viendo esa cantidad de billetes. Si eso pasaba,  yo me prometí quitarles los billetes y entregárselo yo misma a la comisaría, pero su respuesta me sorprendió.

― Lo siento mucho, pero no quiero ese dinero, los has ensuciado con tus manos. ―

― Espera… ¿qué? ¿Eres Mao o qué? ― Ella, ni yo ni nadie nos los podríamos creer. ― ¡Es dinero, puto dinero! ―

― Es que jamás desearía ser tu cómplice, así de sencillo. ― Me dejó eso perpleja, se trataba de la misma persona que se jactaba de que, por dinero, incluso haría negocios con Hitler. Entonces, escuchamos unos gritos masculinos.

― ¡Tú, chica! ¡Devuélvenos la maleta! ― Eran dos hombres de negros que se acercaban rápidamente a nosotros.

― ¡Oh, mierda! ¡Tengo que salir corriendo! ― Al decir eso, tiró la maleta a Mao y empezó a correr como un guepardo. Esos hombres, se echaron encima del travestí mientras les decían esto:

― ¡Somos la F.B.I, queda detenida! ―

― ¡Esperen…! ― Gritaba Mao. ― ¡Soy inocente! ― Eso decía mientras le ponían unas esposas.

Yo reaccione y empecé a perseguirla, y entonces vi como mi Vladimir se puso en mitad del camino para detenerla.

― No vas a huir de aquí. ― Lo dijo de tal forma, que me entraron ganas de abrazarlo sin parar, es que se veía tan lindo y tan valiente al ponerse en medio de ella para detenerla. Por desgracia, no pudo pararle los pies, es más lo atrapó y se lo llevó. Mi amado Vladimir había sido secuestrado por ese monstruo.

― ¡Suéltame! ¡Suéltame! ― No le dejaba de gritar. Yo le decía que le iba a rescatar, mientras esa maldita delincuente se burlaba, diciendo que ya tenía un rehén. Ahora ya la había cagado bien, esto se volvió personal.

― ¡Te vas a enterar, maldita! ¡Suéltalo o te mato a palos! ― Le gritaba como nunca. La muy maldita se reía, pero se iba a enterar muy bien de lo que había hecho. Más peor me puse cuando los perdí de vista, me grité sin parar que era una estúpida, que la vida de mi amor estaba en peligro y yo me había despistado. Entonces los cientos de miles de gritos de niños me ayudaron en su búsqueda, ya que, al dirigirme a la zona infantil, me encontré a esa energúmena en lo alto del doble carrusel, con mi Vladimir y otros niños, dando vueltas sin parar, aunque la verdad es que esa dejó inconsciente al trabajador de la atracción.

― ¡Por Buda! ¡Lo que está liando esta loca! ― Eso dijo Mao al llegar a la escena, tras ser liberado por los hombres de negro, con Lafayette amenazando que tenía rehenes y otras cosas feas. Lo dijo de una forma tan tranquila y normal que me molestó.

― ¿Lo que está liando? ¡Se ha vuelto una puta secuestradora! ¡Y tiene a mi Vladimir como rehén! ¡No lo digas como si fuera algo normal! ― Al decir estas palabras me acerque a la atracción, y esa Mao tuvo la osadía de detenerme.

― ¡Oye, oye! ¿Qué haces? ¡Tú estás tan chalada como ella! ¡Si te subes a eso, va a haber sangre! ―

― ¿Y qué? ¡Es mejor que quedarse aquí, sin hacer nada! ― Yo no iba a hacer eso, tenía que salvarlo, a él y a esos niños, porque quedarse a esperar, solo empeora las cosas, sobre todo si la causa de eso es una loca que no sabe lo que hace.

― ¡Haz lo que quieras! ― Eso me dijo, y eso hice. Y Mao me acompaño.

― ¿No saben que es de mala educación entrar sin permiso? ― Eso dijo la loca de Lafayette, mientras sostenía a mi Vladimir, quién intentaba liberarse de sus asquerosos brazos.

― ¡Qué lo digas tú es pura ironía! ― Eso le dije mientras preparaba mis puños.

― ¡Suéltalo y te prometo no mandarte al hospital! ―

― ¿Y si no quiero? ― Dijo eso poniendo una cara muy desagradable.

― Pues obviamente acabarás en el hospital, o mejor aún muerta. ― Eso le dijo Mao, yo lo afirmé con la cabeza.

― Entonces… ― Con sus sucias manos cogió le adorable pelo de mi futuro esposo para decir esto: ― ¡Este niño será mi escudo! ―

― ¡Nadezha, no te preocupes por mí! ¡Yo podré luchar contra ella, aunque sea una mujer…! ― Esas palabras me conmovieron, pero a esa bruja solo le causaron risas.

― ¡Ja! ¡Este enano cree que es un rival para mí, cuando solo es un debilucho! ― Esas burlas hacía mi cariñín, me pusieron enferma, pero enferma de odio y me enfado tanto, que me hizo explotar. Le tiré violentamente un zapato a la cara, haciéndola caer al suelo y soltando a mi amado, quién salió corriendo.

― ¡Eso te pasa por menospreciarlo, maldita perra! ― Le grité con todo mi odio y rabia, que dejó sordo a todos.

― ¡La que me menosprecias eres tú…! ― Decía ella mientras se levantaba. ― ¡Te mandaré a la tumba, junto a tus putos reyes! ― Gritó al mismo nivel que ello.

Y yo estaba preparada para luchar y darle la paliza que se merecía hace mucho tiempo. Pero antes, tenía una cosa que hacer, algo que hago cuando estoy realmente enfadada.

― ¿Qué coño estás cantando? ― Eso dijo esa desgraciada, al verme cantar Katyusha (Катюша). Mao también dijo lo mismo, mientras intentaba bajar de carrusel, intentando escapar. Entonces, llegó la hora de atacar.

No puedo explicar con caridad como fue mi pelea, fuimos bastantes bestias. Intentábamos rompernos las cabezas con los asientos en forma de animales, nos intentamos ahogar la una con la otra, no paramos de darnos patada y puñetazos y casi nos íbamos a dejar la cara desfigurada. Pudimos haber muerto si no fuera por la policía, que llegó por fin al lugar y nos amenazó con dispararnos dardos tranquilizantes si no termináramos nuestra pelea.

Así fue como terminó todo esta cita, que fue de todo menos eso.

FIN

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