Sin categoría

Yendo al supermercado con Jovaka Broz, séptima historia.

El reloj marcaba las seis y algo de la mañana cuando una chica encendió las luces del salón de Mao, para poder ver, y luego subió por las escaleras.

Abría shoji tras shoji, que es así como se llamaban las puertas que tenía Mao, buscando algo y tras encontrarlo entró en una de esas habitaciones.

Allí estaba Mao en el centro de la habitación, durmiendo tranquilamente en su futón. Esa chica se acercó poco a poco hacía él para mirarlo fijamente durante unos segundos y después se dejó caer encima de él. Tras eso, empezó a decirle su nombre una y otra vez sin parar. Cuando vio que eso no era suficiente, le dio unos guantazos, cuatro o tres, para despertarlo y lo consiguió.

― ¡Basta, basta! ¡Maldita sea! ¿Quién me está fastidiando a estas horas de la mañana? ― Eso decía mientras intentaba ver quién estaba de él, pero la oscuridad le tapaba la cara a la chica. Aún así, supo quién era esa persona por su voz.

― ¡Ah, por fin despertarse! ― Le dijo esa chica.

― Eres Jovaka… tenías que ser tú…. ―

Esa chica se llamaba Jovaka Broz. Original de serbia, tenía un año o dos menos que Mao y le llegaba a la altura de las orejas. Llevaba el pelo tan largo que llegaba al suelo y hacía preguntar a cualquiera como podría soportar tal cosa. Aunque gran parte de su cabello era negro, su flequillo era de color rubio.

Mao, tras pedirle a Jovaka que se le quitará encima, buscaba el interruptor de la luz, en el proceso chocaba con varias cosas pero al final pudo encontrarlo y así iluminar el cuarto. Entonces ella, al ver lo que llevaba puesto, le dijo:

― ¡Hasta durmiendo usas ropa de chica!  ― Le decía mientras le señalaba con el dedo. ― ¡Necesitas convertirte en un hombre de verdad! ―

Jovaka sabía el secreto Mao, de que éste era hombre. Rápidamente, él le tapó la boca mientras le decía que se callase. No quería que los canadienses, que estaban durmiendo en ese momento, se enterasen. Tras eso, molesto y deseoso por saber que quería la serbia, se la llevó al salón. Tuvo que ir a la cocina, ya que le estaba pidiendo comida y decía que estaba muerta de hambre, que no cenó. Le quería mandar a la mierda pero al final le hizo el desayuno.

― ¿Y ahora bien, qué quieres? ― Le preguntó, molesto y algo irritado, a Jovaka, mientras estaba ella comiendo.

― ¡Puefffff quiefffoo quffffee Jeff hagaff un ffffavol! ― Eso le intentaba responder.

― ¡No comas con la boca llena! ― Le dijo Mao y Jovaka dejó de tragar para decirle que quería pedirle un favor. Éste tuvo un mal presentimiento con esas palabras. Tras terminar de comer, le dijo lo que quería:

― ¡Quiero que me hagas la compra! ― Mao se quedó con la boca abierta.

― ¿En serio? ― Esperaba que fuera una broma.

― Completamente en serio. ¡No hay nada en mi nevera y mi padre últimamente se olvida de comprar cosas! ¡Y no voy a salir a la calle! ―

No iba a preguntar porque no quería salir a la calle, la razón es que afuera estaba lleno de mujeres y esa chica tenía algo único, odiaba y temía a las de su propio sexo. Le aterraba que alguna chica estuviera cerca de ella, se ponía nerviosa y violenta. Por otra parte, su opinión sobre las mujeres era igual o cercana al más feo de los machismos. Mao, que lo vivió de primera mano cuando Jovaka creía que era mujer, se pegó a él como una lata tras descubrir su secreto. Aún a pesar de eso, la serbia le gustaba hacer cosas de chicas y vivía casi como si fuera un hikkimori. A él le entraron ganas de preguntarle por qué tanto odio y miedo hacía ellas, pero no se atrevía a formular algo así.

Entonces la serbia, tras decirle eso se levantó y se dirigió hacia las cortinas, las abrió. Lo que estaban tapando no era una ventana ni nada parecido sino un agujero que unía el salón con una habitación, que era el de Jovaka, precisamente. Esa apertura, enorme, fue causa de unos acontecimientos que ocurrieron hace tiempo. Tras entrar, estuvo en su habitación buscando algo y al encontrarlo, volvió al salón.

― ¡No, no, no, no y no, serbia! ¡Por nada de mundo te voy a hacer tu compra! ―

Le dijo subidamente Mao, al verla salir con una hoja de papel entre sus manos. Pensó que eso era la lista de la compra y acertó. Solo quería ir a la cama a dormir y le explicó a ella que no iba a salir, sobre todo a estas horas, cuando no había ninguna tienda abierta.

Dos horas después, Mao estaba en la calle, yendo al supermercado, con Jovaka detrás de él, algo que le molestaba bastante. Al final, tuvo que hacerle la compra gracias a que la serbia fuera muy obstinada. La negociación terminó en que él acompañaría a la serbia pero se estaba arrepintiendo de eso, había preferido haber ido solo.

― Me pones nerviosa Jovaka, deja de esconderte detrás de mí. ― Eso le dijo a mitad del camino.

― Pero es que tengo miedo. ― Estaba temblando. ― ¿Qué haremos si nos aparecen algunas de esas vaginas dentadas? ― Dio un pequeño grito y se aferró aún a Mao. ― ¡Espero que lleves alguna arma para defendernos! Esto es tan aterrador… ―

― ¿Vaginas dentadas? ― Preguntó Mao, extrañado.

― Ese es mi nuevo mote hacías las mujeres. ¿Te gusta?… ―

Mao le iba a decir que no era original, eso ya lo usaban hace siglos pero entonces vieron a una chica acercándose a ellos y Jovaka se puso atacada de los nervios, abrazando del miedo a él. Al chino le sorprendía lo exagerada que estaba siendo y le quiso decir algo, pero la serbia se puso a gritar:

― Ahí viene una. ¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos? ¡Tenemos que escondernos! ― Abrazó más fuerte a Mao, tanto que lo estaba ahogando.

― ¡Tranquilízate! ¡Solo es una mujer! ― Era en vano, con cada paso que daba aquella chica hacía ellos, más alterada se ponía Jovaka.

― ¡Por eso mismo, es una mujer! ― Le replicó.

― ¡Yo te protegeré pero por favor no aprietes tan fuerte! ¡Que me vas a matar! ― Le decía Mao en un intento de tranquilizarla y de salvar su vida.

― ¿Crees que puedo confiar en un travestí como tú? ―

La chica, al cruzarse con ella, las miraba curiosa mientras Mao intentaba soltarse de Jovaka, quién estaba cantando en voz baja con los ojos cerrados esperando a que esa mujer se fuera lo más rápido. Ella siguió su camino y el chino le decía que se tranquilizará, que ya se había ido. La serbia, tras comprobar que no estaba, decía que debían volver a casa.

― Estamos a mitad de camino, por favor. ¡Vamos a terminar con esto! ― Le dijo Mao y siguieron andando hacía al supermercado.

Tardaron más de lo necesario para llegar ahí, debido a Jovaka. Con cada mujer que cruzaba, ella hacía un espectáculo, llegando incluso a intentar a pegar y a insultar a alguna. Mao tuvo que ir dando desvíos para encontrarse con el menor número de chicas. Al final, perdieron un tiempo precioso dando vueltas por el barrio y estaba quemado. Se decía que había cometido un craso error al llevársela.

― ¡Estoy cansada, Mao! ¿Por qué hemos dado tantas vueltas? ― Le dijo Jovaka cuando estaba al lado del supermercado.

Entonces, la miró con cara de matar a alguien y Jovaka se asustó y le dijo que no había dicho nada. Al ver que Mao iba a decirle algo, ella se trago la saliva, pensando en que le iba a decir algo malo.

― En fin, cierra los ojos… ― Eso le dijo. Mao sabía, mejor que nadie, que sería una locura meterse con Jovaka en el supermercado tras haber sufrido esa caminata. Tampoco la podría dejar en la calle. Así que buscó una solución y se le ocurrió la idea de que ella no viera nada, así no se pondría nerviosa si hay chicas cercas, o eso pensaba.

― ¿Para qué? ― Preguntó Jovaka, extrañada.

― ¡No preguntes nada! ¡Solo confía en mí! ― Le dijo esto tras extender su mano a Jovaka, con este gesto le quería decir que la iba a guiar y que no le pasaría nada malo. La serbia cogió su mano y le dijo:

― ¡Es tu responsabilidad si me pasa algo malo! ― Mao le dijo que sí y que no las abriera por nada del mundo y ella cerró sus ojos.

Al entrar al supermercado, el griterío alteró a Jovaka, a pesar de que Mao le decía que se tranquilizase. Aún así, ni abrió los ojos ni se soltó de la mano. Mientras a él le empezaba a molestar la mirada de los demás, que los observaban a ambos con curiosidad. Al comprar las tres primeras cosas de la lista, al notar lo tensa que estaba la serbia le decía esto:

― Imagina que son voces de hombres afeminados. ― Jovaka se puso más nerviosa y le temblaba la mano y dijo esto:

― Eso quiere decir que hay mujeres. ―

― Olvídalo. ― Eso le dijo Mao al ver que sus palabras habían conseguido lo contrario. Tras eso, se fueron a la sección de congelados, y mientras Mao cogía pizzas congeladas, escuchó una voz que le presagió un desastre.

― ¡Qué pedo wey, que conciencia encontrarnos aquí! ―

Mao miró hacía la dirección de dónde procedía la voz y adivinó, era Josefina, saludándole. Al verla comprendió que la situación empeoro, ya que Josefa se estaba acercando a ellos y esa chica era lenta para entender las cosas. Aún así, Mao le dijo que no sé acercará, con señas incluida, mientras Jovaka le preguntaba quién era y porque se le hacía tan conocida.

― ¿Por qué no quieres que me acerque? ¿Te he hecho algo? Yo no he hecho nada, bueno, nada malo, porque estoy haciendo algo, comprar. ¡Sí, estoy comprando con mi mamá! Aunque me preguntó dónde estará, en fin… ¿Tú también estás comprando, no? ¿Y esa chica qué está al lado tuya? No la conozco… ¿Es tu amiga? ¡Muchos gusto, soy Josefina, bla, bla, bla… ―

Mao se quedó con la cara cuadrada, perdido por la gran charla que estaba haciendo Josefina e incapaz de decirle algo. Jovaka, que ya estaba alterada y le pedía a su acompañante salir corriendo de ahí, reconoció entonces la voz de la mexicana, ya que lo escuchó antes.

Entonces recordó cuando una chica trajo a otra inconsciente al salón de Mao y lo escuchó todo, desde su habitación.

― ¡Oh, dios mío! ¡Es la cotorra! ¡Mao, salgamos, rápido de aquí! ― Gritaba sin parar como una histérica mientras Mao intentaba tranquilizarla.

― ¿Cotorra? ¡No soy ninguna cotorra! ― Le gritó Josefa, enfadada.

― ¡Se ha enfadado! ¡Auxilio! ― Mao tuvo que cogerla para impedir que se fuera.

― ¡Maldita sea, tranquilízate! ¡Solo es una cría de primaria! ― Le decía Mao mientras intentaba aguantar a Jovaka, quién estaba intentando escapar, moviendo frenéticamente piernas y brazos. Entonces, Josefina se acercaba a ellos, preguntando qué le pasaba a ella, y el chino le pedía que no se acercara, sin éxito alguno.

― ¡Por favor, Josefina! ¡No te acerques! ― Eso le gritó antes de que recibiera un codazo por parte de Jovaka, haciendo que éste la soltará. La serbia salió corriendo intentando escapar del lugar.

Al ver a una anciana intentando levantar sus bolsas al final del pasillo, se dio la vuelta y volvió a dónde estaba Mao y Josefina, y al ver que no tenía salida y que al lado suya estaba la sección de herramientas, cogió un martillo y un destornillador. Estaba desesperada y a punto de abrir cráneos si alguna mujer la iba a acorralar, así lo dijo:

― ¡Qué no se acerque ninguna arpía! ¡Tengo armas y estoy capacitada para usarlas! ― Gritaba la serbia, muy serio y convirtiéndose en el centro de la atención.

― ¿Qué le pasa? ¡Está loca! ― Decía Josefina, sorprendida y asustada del violento comportamiento de la amiga de Mao.

― Tranquilízate, por el amor de Buda. Si sigues así van a llamar a la policía, que estás liando la gorda. ― Le decía Mao mientras intentaba acercarse a ella.

El mayor temor de Mao se había cumplido, Jovaka se había salido de control y si no la detenía ahora, no podría imaginarse lo que podría pasar.

Y el colmo, la gente se estaba acercando a ver lo que pasaba, alterando más a Jovaka, quién estaba mirándolos y sintiendo más acorralada que nunca.

― ¡Estamos rodeados! ¡Qué alguien me salve! ¡Mao! ― Chillaba desesperadamente.

― ¡Tranquilízate! ― Le gritó, aún pesar de que sabía que no le iba a hacer ni puto caso.

― ¡No puedo! ¿No lo ves? ¿Entonces, por qué?…― Se calló de repente y se río. ― Ya entiendo… ¡Te has unido a ellas! ¡Y yo que pensaba que…! ¡Eres un traidor! ― Mao se dio cuenta de que Jovaka estaba delirando y fuera de sí. Tenía que hacer algo antes de que alguien saliese herido, pero no sabía cómo. Entonces Josefina preguntó por un pequeño detalle al que nadie hizo caso.

― ¿Por cierto, por qué te ha llamado un traidor? ¿No debería ser una traidora, ya que eres mujer? ― Mao le dijo que a quién le importa eso, pero Jovaka respondió eso con estas palabras, antes de reír.

― ¡Tú, arpía, ¿no sabes que Mao es un…?! ― Sus palabras fueron cortadas rápidamente por Mao, que decidió actuar en ese momento y dejar K.O. de un golpe a Jovaka. Sabía cómo dejar inconsciente a la gente sin sufrir daños.

La serbia tardó mucho en despertar y cuando lo hizo estaba siendo transportada por un Mao, que además llevaba las bolsas, en mitad de la calle. El chino, andaba poco a poco, efecto del cansancio y el dolor de espalda que le resultaba llevarla.

Tras recordarlo todo, Jovaka se sintió mal, ya que le dijo cosas feas a Mao que no eran reales. Así que decidió disculparse:

― Perdón por llamarte traidor. Yo no quería, la verdad. ― Esa fue su disculpa.

― Así que por fin te has despertado. ― Eso dijo Mao al notar que ella había abierto los ojos. ― Es la última vez que voy contigo al supermercado. ¡Casi llaman a la policía! ―

― ¿Pero me perdonas, sí o no? ― Eso le dijo Jovaka, al ver que no le dijo lo que ella quería.

― Sí, sí. ― Con esa simple respuesta, Jovaka se alegró y dijo esto:

― Menos mal, después de todo eres mi único amigo. ― Ella se sentía muy aliviada.

― Eso es tan triste. ― Decía Mao. ― En fin, ¿Cuándo te vas a bajar? ¡Qué me vas a jorobar la espalda! ―

― ¡Es verdad! Bájame, hombre. Demasiado esfuerzo ya has hecho. ― Tras decir ella se bajó y Mao sintió como se quitaba un peso de encima. Luego, Jovaka le preguntó si podría coger alguna de las bolsas y empezaron a caminar hacía la casa.

Y mientras Jovaka miraba al cielo, olvidándose de que estaba en la calle y que podría encontrarse con alguna mujer, estaba pensando en eso que dijo sobre Mao, que era su único amigo. Eso la hizo recordó que él siempre estaba rodeado de mujeres y le disgustaba la idea de que él podría tener interés en alguna de ellas. Así que decidió preguntarle:

― ¿P-por cierto, h-hay alguna chica que te gusta? ― Le dijo eso mientras se le ponía la cara roja.

― ¿Por qué me preguntas eso? ― Le dijo Mao, extrañado.

― P-pues…― Jovaka se arrepintió de hacerle tal pregunta. ― No es nada. Nada.- Decía eso sin parar mientras salía pitando como un cohete, por lo avergonzada que estaba.

― Solo son tonterías. Espero que esto no te haga malpensar que me gustas o algo. ― Eso le dijo, tras pararse y darse la vuelta. Al terminar esa frase siguió corriendo.

Mao quedó descompuesto al escuchar eso, esas palabras parecía decir lo contrario de lo que se estaba afirmando, que estaba enamorada de él. Intentó quitarse eso de la mente, pero al ver la cara tan roja que tenía y su nerviosismo, se convenció de que Jovaka Broz le quería algo más como amigo. Lanzó un fuerte suspiro mientras pensaba en que se habría metido. Todo esto, mientras ella estaba a punto de chocarse con una chica.

FIN

Anuncios
Estándar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s