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Una mañana de recuerdos, novena historia

Un parque helado de una cuidad en plena noche, iluminado por farolas. En uno de sus bancos se encontraba una chica, abrigada hasta los topes, que estaba esperando a alguien. Esperó diez minutos hasta que él llegó y le preguntó si quería sentarse. La respuesta fue negativa y el chico le preguntó que quería. Lo que ella deseaba hacer le dejó sin habla.

― ¿No te das cuenta de lo que me estás diciendo? ¡Me estás pidiendo que te ayude a desaparecer de Canadá! ― Le gritó, sorprendido, ante tal propuesta.

Ella sabía que le pedía algo estúpido, pero estaba desesperada. Tenía que huir sí o sí, no sabía exactamente las razones, pero no podría quedarse en esa ciudad. Le empezó a suplicar:

―  Por favor, tú eres el único que me puede ayudar. Tengo que irme de aquí, como sea. ¡Te lo suplico, llévame lejos de este lugar, a la frontera, más lejos de la frontera! ―

¿Por qué se lo pedía a él, precisamente a él? Porque era la única persona en quién podría confiar. Fue a quién le contó sin tabú casi todo sobre su relación prohibida y sus consecuencias, sin entrometerse. Pensaba que la iba a ayudar, así como así, sin objeciones, pero jamás creyó que le iba a dar esta respuesta:

― Sabes, eso es algo que haría una cobarde. Tú fuiste la que empezó todo esto y tú eres la única que puede terminarlo. Así que por favor, no huyas de nuevo. ―

Se indignó, aún a pesar de para ella eso tenía algo de verdad. Deseaba que su primo le ayudara, no que la regañará.

Pensaba que ser valiente no tenía sentido en ese momento, porque ya era demasiado tarde, la tragedia se consumó. Solo le quedaba desaparecer y renacer en otro lugar, uno bien lejos. Por eso, le gritó bien fuerte, le insultó y le dijo que él no comprendía sus sentimientos para salir corriendo de allí.

―  Espera, Marga…Espera… ―  Esto decía el muchacho mientras que,  poco a poco, como si fuera una película en VHS; la imagen empezó a llenarse de puntos blancos y negros hasta quedar toda la pantalla así.

Tras eso, todo se volvió oscuro y al poco, se empezó a escuchar una voz de niña pequeña que decía mamá una y otra vez. Y hasta que no abrió los ojos, no le dejó en paz. Así es como Clementina fue despertada por su hija.

Y mientras la cogía entre sus brazos, con ella pidiéndole comida, estuvo pensando en ese sueño que tuvo. Era un recuerdo de un pasado que deseaba olvidar o cambiar si se podría viajar en el tiempo. Inevitablemente, eso la empezó a atormentar de nuevo. Intentó ponerse en el lugar de su primo aquella noche y sintió que fue una verdadera y odiosa egoísta. Leonardo le dijo aquellas palabras tan duras porque era su deber, porque quería ayudar y que se enfrentará lo que habría creado en vez de huir por pura cobardía. Se sintió mal por indignarse y decirle que no la comprendía. Era una tonta ingrata, después de todo.

Se preguntó si aún lo era mientras jugaba con su hija y empezó a pensar en otra cosa. Pobre Diana, su existencia hizo que lo que comenzó como un romance terminará como una tragedia y ella ni siquiera lo sabe. Tal vez, jamás. Eso pensaba su madre. Rápidamente se quitó todas esas tonterías, se vistió, con dificultad, ya que su hija no la dejaba tranquila; y bajó al salón.

Y allí estaba, Mao, a quién ella apreciaba mucho. Al verle, recordó como les acogió en su casa cuando no tenían adónde ir y le dio a su primo un trabajo. Le entraron ganas de decirle las gracias pero pensaba que no era el momento ni el lugar para hacerlo, ya que el chino parecía enfadado. Y lo estaba. Le saludó.

― ¡Buenos días, Gerente! ¿Ha dormido bien? ―  Mao, tras alzar la vista hacía ella, le dijo con cara de malas pulgas esto:

― ¡De buenas, nada, aún no me puedo creer que la negra este en mi casa! ¡No pude dormir, nada, absolutamente nada, por su culpa! ― Se le notaba que tenía ojeras y que había pasado una mala noche.

Y no era para menos, ya que Lafayette ayer apareció en su casa, así como así. Decía que se había escapado de casa. Al no poder echarla y conociendo aquella manía suya de robar cosas, estuvo protegiendo el dinero que tenía en una caja fuerte. Estuvo toda la noche despierto. Entonces, Clementina al acordarse de ella, le preguntó a Mao sobre ella.

― Ah ya. ¿Aún sigue durmiendo? ―

―  Lo está. Si no fuera así, estaría gritando quién le ha amarrado. ―  Decía esto mientras soltaba una sonrisa maliciosa y Clementina se quedó pensando que quería decir con eso de quién le ha amarrado. Mao, al ver su cara, se lo explicó.

― La amarré y fue lo mejor que hice. ¿Por qué no se me pudo haber ocurrido la idea antes? Podría haber dormido mucho. ―  Fue hace una media hora antes, cuando vio unas cuerdas y se le ocurrió la idea. En cierta forma, no solo lo hizo para defender sus bienes, sino para fastidiarla y deseaba con impaciencia que se despertará para oír sus gritos.

Clementina no se lo pudo creer, le parecía algo demasiado exagerado eso y le preguntó otra vez para estar segura verdaderamente de lo que había dicho: ― ¿Entonces, Gerente, le ha amarrado de verdad? ―

― Aparte de eso… ― Mao cambió de tema. ― Tu primo salió a comprar pan bimbo y, cuando vuelva, pues prepara el desayuno, por favor. ¡Qué me estoy muriendo de hambre! ―Le decía eso mientras se tocaba la barriga, que le gritaba sin parar.

Clementina dijo que vale y se sentó. La niña le pidió a Mao que pusieran su programa favorito, “La chica y el reino de los conejos”, ya que lo echaban en esa hora y lo puso. Estuvo todo el rato criticando la serie, molestando seriamente a Diana.

Al poco tiempo, Leonardo volvió a casa y tras dejar el pan en la cocina, entró al salón diciendo, animadamente, que había vuelto. Su prima y sobrina le dieron los buenos días, mientras Mao le saludaba de una forma muy poco enérgica.

Al sentarse él, miró fijamente su primo y, al recordar el sueño que tuvo, pensó cuál fue el papel de Leonardo en todo eso. Jamás se imaginó que lo había arrastrado con ella en su eterna huida.

Él estaba en la universidad y aunque era algo mediocre, le iba bien. Tenía muchos amigos allí y estaba alquilando una buena casa cerca de allí. No recordaba que carrera eligió pero era algo difícil. En fin, tenía una vida normal y corriente, y ella se lo destruyó, tanto ese presente como su futuro. Así, poco a poco, la culpa empezó a entristecer a Clementina. Pero unos horribles gritos, evitaron que ella cayera en la tristeza, casi le dieron un susto. Así sonaba: ― ¡Maldita puta, quítame estas cuerdas, quítamelas! ―

― Se nota que se ha despertado. ―  Decía Mao mientras se reía. Esos gritos eran tan escandalosos que hicieron llorar a Diana e intranquilizaron tanto a Clementina como Leonardo. La canadiense, por eso, mientras intentaba tranquilizar su hija; dijo esto:

― ¿No crees que deberías soltarla? ―

― Sí, sí, claro. ¡Si hago eso esa chalada haría verdaderas locuras! ¡Mejor, dejémosla así hasta que se tranquilice! ―

Y al pasar unos cinco minutos, Lafayette seguía gritando insultos y Mao añadió: ― Implicando que lo haga… ―

Leonardo se tuvo que llevar a la niña de la casa, porque ella no podría soportar más los gritos. Y así estaban en el salón, solo Clementina y Mao.

Mientras el chino hacía como si no pasase nada, Clementina alterada y con dolor de cabeza, intentó busca una forma de ignorar los gritos. Pensaba irse pero estaba muy floja para hacerlo. Entonces, decidió preguntarle al gerente por qué estaba Lafayette estaba ahí.

― ¿Así que, preguntas la razón por la que la franchuta está aquí? ― Ella le dijo sí afirmativamente y Mao, tras bostezar de sueño, así se lo dijo:

― Según la delincuente esa, se ha escapado de casa, bueno, su casa no es… Tuvieron que abandonar la suya y tuvieron que vivir con los padres del amor de su madre y no quiere vivir ahí… Por muchas razones que no especifica. Pues eso, se mosqueó con los hijos de esa casa y al no querer pedir perdón, tuvo que invadir mi casa. ¡En fin, todo un lío! ―

Clementina casi iba a decir que igual que ella, pero se calló, tapándose la boca. Eso de que Lafayette se escapó de casa, le trajo muchos recuerdos.

Escapar de casa. Ella lo hizo, hace tiempo. Es más, no solo escapó de su hogar, también de su ciudad, del estado y de la nación de dónde vivía. Huía de algo que no sabía que era. ¿Tal vez de sus errores? ¿De la tragedia que participó? ¿Y Lafayette? ¿Qué razones tuvo para irse? Por la explicación de Mao no lo entendió mucho. A continuación, por su mente, pasó la imagen de sus padres. No eran malos, todo lo contrario, le dieron todo tipo de caprichos y siempre que podrían intentaban pasar el tiempo con ella.

Aún así, siempre sintió un déficit de cariño. Tal vez, por eso, cuando se enamoró, lo hizo de una forma obsesiva. Entonces, se abofeteó en la cara unas dos o tres veces para no pensar sobre su pasado. Ya no tenía sentido todo eso, el daño estaba hecho, nunca podrá repararlo y lo único que deseaba era enterrar hasta lo más profundo de su corazón todos esos recuerdos y cerrarlos con llave.

Cuando se dio cuenta de que todos la miraban, extrañados ante eso; Mao le preguntó qué le pasaba y ella, con nerviosismo, le dijo una excusa muy tonta. El chino lo aceptó y volvió a hacer lo de siempre, vaguear y ver la tele, mientras que su primo, aunque algo preocupado, tuvo que irse a vigilar la tienda. Ya no se escuchaba gritos de Lafayette, se había cansado. Pero la tranquilidad no iba a durar mucho ya que al poco tiempo Leonardo apareció para decirles esto:

― Gerente, tenemos visitas.  ― Mientras  decía esto, Mao escuchaba una voz chillona que reconoció enseguida. Pocas ganas tenía él de que apareciera y lanzó un gran suspiro. Esa persona era nada más ni nada menos que Josefina, que entró al salón gritando con gran entusiasmo esto:

― ¡Hey, wey! ¿Cómo están ustedes? ―

Como siempre, hizo una entrada demasiada llamativa y escandalosa, tanto que Mao dijo mentalmente que se notaba que había llegado. Y todo esto mientras cogía de la mano a Alsancia-Lorena, que en aquel momento se estaba recuperándose del cansancio que le supuso correr. El chino al ver a Alsancia, le dijo esto a Josefina:

― ¡Oye tú, no deberías hacer correr a Alsancia! ¡No es bueno para ella! ― Eso soltó.

― Pues mi mamá dice que correr es muy sano. ―  Le replicó Josefina.

― Vale. ― Lo dijo con poco entusiasmo, solo para terminar rápido la conversación.

Mao estaba algo molesto porque vino visita a casa, una cosa que le disgustaba un poco, aunque últimamente ya no le dada tanta importancia. Por otra parte, estaba contento, ya que Josefina se trajo Alsancia con ella.

Ella le caía muy bien al chino, no le causaba problemas y, para él, era bastante adorable y por eso siempre era bienvenido a la casa.

Por otra parte, no tenía nada contra Josefina pero es tan activa y tan charlatana que le causaba dolor de cabeza y a veces, sin querer, problemas. Al pensar en eso, se desanimó y Josefa lo notó:

― Pareces algo desanimada, Mao… ¿Estás bien? Espero que sí, no me gustaría que una amiga estuviera triste ni adolorida. Sería horrible, pero no he venido por eso, pensaba que estaban aburridos y necesitaban más compañía, por eso he venido. Y he traído a Alsancia-Lorena, por supuesto. Ella siempre está en su casa, con casi nadie, pobrecita, por eso la he llamado y la he llevado hasta aquí. Pues espero que todas nos divirtamos mucho hoy. Además aquí hay juegos de mesas, muchos juegos de mesas. ―

Nadie entendió eso, lo dijo tan rápido que para los demás eso era inentendible. Josefina, a continuación, empezó a buscar algo y Mao, tras preguntarla que estaba buscando y escuchar que eran juegos de mesas, la detuvo. Odiaba con toda sus fuerzas esas cosas.

―  Jo… ― Protestó Josefina. ― ¿Entonces con qué nos vamos a divertir hoy? ―

― Pues con la tele. ― Le dijo eso mientras encendía la tele con el mando y se acostaba en suelo. Josefina no lo aceptó y empezó a zarandearle sin parar mientras le pedía que tuviera otra idea. Mao, al ver que no podía ver la tele tranquilo, decidió pensar en otra cosa que no fueran juegos de mesas y al ver a Alsancia se le ocurrió una buena idea.

― Tengo una gran idea. ― Eso dijo Mao.

― ¿Y qué es? ¿Y qué es? ― Le decía Josefina toda ilusionada, con sus ojos brillando de emoción al ver el gran entusiasmo que mostró el chino.

Esa idea no era nada más ni nada menos que probarse toda la ropa que tenía Mao cuando era chico, ya que aún los conservaba. Estaba deseoso de ver a Alsancia vestida con todo tipo de kimonos y sabía que a Josefina también le gustó la idea, algo en que acertó. Alsancia-Lorena no quería participar, pero era incapaz de oponerse al gran entusiasmo que mostraban estos dos, y al final se convirtió en una especie de modelo, ya que Josefa se dedicó más en buscarle la ropa perfecta que ponerse ella uno.

Mientras Mao y las chicas estaban en el cuarto probándose ropa, Clementina se quedó en el salón, con su hija pintando y coloreando hojas de papel. Miró hacía al segundo piso mientras escuchaba sus voces y le entró una risita por lo adorable que le pareció eso, ya que el gerente estaba jugando con unas niñas. Entonces, a los pocos segundos, notó un aura siniestra que procedía de un lugar del salón, en dónde estaban las cortinas.

Se puso muy pálida, sin saber porque exactamente, y le entraron unas ganas terribles de irse de ahí. Hizo caso su instinto y cogió su hija para irse al segundo piso, mientras una voz de ultratumba, que no escuchó Clementina, y que procedía de ahí, decía sin parar esto:

― ¡Maldita seas, tartamuda…! ―

Al subir al segundo piso, pasó por la habitación de los invitados y a la amorzada Lafayette. Entonces, recordó lo que le dijo a Mao, sobre eso de que se fue de casa y quiso preguntarle el porqué, para solidarse con la negra y tal vez convencerla de volver, que no cometiera el mismo error que ella. Y mientras su hija Diana se iba con el resto, se acercó a la franchuta y vio que estaba durmiendo. Tras ver que estaba así, decidió no despertarla y se dio media vuelta.

― ¡Eh, tú hazme el favor de soltarme! ― Clementina, que no se esperaba eso, gritó del susto. Giró la cabeza hacía Lafayette y vio que estaba despierta, con su típica cara de malas pulgas. Ésta, al ver que la canadiense no se movía le dijo esto, de nuevo:

― ¿Me puedes hacer el favor de soltarme? ¡Te lo estoy pidiendo con educación! ―

Clementina dudó. Aunque le parecía algo exagerado que Mao la hubiese atado, sabía que si lo hizo era porque Lafayette causaba grandes problemas y lo mejor era no hacerle caso.

Por otra parte, la temía y no quería que se enfadase si le iba a decir no. Se preguntaba sin parar a sí misma qué tenía que hacer y así paso unos minutos. Cuando la negra la gritó por tercera vez que le respondiera, la canadiense entonces decidió preguntarle el motivo por el cual escapó de casa antes de decirlo no. Seguramente, así tendrían una larga charla y, tal vez, podría convencerla de volver a casa.

De esta forma, creía ser capaz de purgar lo que hizo, ayudando a otros a no hacer lo mismo que ella. Al final, tras llenarse de valentía y tragarse su saliva, le preguntó con miedo esto:

―  ¿Por cierto, por qué has escapado de tu casa? ―

― ¿Y a ti qué mierda te importa eso? Ahora mismo quiero que me suelten. ¿Lo entiendes? ¡Suéltame! ― Así le gritó, y de una forma muy desagradable.

― Bueno…― Titubeaba Clementina. ― No creo que pueda…―

― ¿Qué no crees? ¿Qué no crees? ¡Qué me sueltes maldita, te lo estoy ordenando! ―

Al decir eso, empezó a moverse violentamente en un intento desesperado por soltarse. Chillaba sin parar y no paraba de dar vueltas por la habitación y de dar pequeños saltitos. Intentaba usar toda su fuerza para romper las cuerdas pero estaban muy bien puestas y lo único que hizo era chocar contra las paredes, tirar cosas al suelo, dolerle todo el cuerpo y gastar inútilmente sus energías. Todo esto mientras amenazaba con quemar la casa y matarlos a todos. Clementina se quedó paralizada del terror al verla y se alivió que estuviera atada y de que lo mejor era no soltarla. No se sentía capaz de huir, pero tampoco quería quedarse con ella.

― Pues b-bueno….t-tendré que descansar… ―  Eso dijo, cuando se cansó, Lafayette y tras eso, al pasar unos segundos, mientras Clementina pensaba si irse con los demás o no, la franchuta le dijo esto:

― ¿Tú querías saber por qué me fui de casa, no? ―  Le preguntó con un tono aterrador, tanto que paralizó a Clementina. Por eso le gritó eso de nuevo, con un tono peor, y ésta le dijo que sí.

 

― Mi madre y yo nos arruinarnos en todos los sentidos ¿y eso que quiere decir? Pues está endeudada hasta la cejas y nos quedamos sin coche, sin ningún de electrodoméstico, sin tele y lo peor de todo, sin casa. Esa mujer es estúpida, teníamos una buena vida y ella lo arruino todo, absolutamente todo. ¿Y a dónde tuvimos que ir? ¿Cómo íbamos a vivir? Por desgracia, la muy puta tuvo suerte y su novia nos dejo vivir a su casa. Sí, íbamos en casa de sus padres, que aún tienen a dos hijos en la secundaria. Jamás pude imaginar lo insoportable que iba a ser, que si esto, que si lo otro, los muy putos no dejaban de molestarme. Y cuando me harté de ellos, me fui y vine aquí y no voy a volver a allí, me quedaré aquí todo el tiempo que me da la gana. ¿Ya estás feliz? ―

Clementina no sabía qué decir, era algo muy diferente con su situación, pero aún así sentía que eso era un motivo muy estúpido para escapar de casa, pero no sabía argumentarlo. Más bien eso le recordó a otra cosa.

― ¿No crees que deberías de agradecerles por haberte acogido de casa…?  ― Le preguntó Clementina, insegura y temerosa de que reaccionará de mala gana. Lafayette, tras lanzar un gruñido, miró para otro lado y no dijo nada.

Le hubiera gustado decirle que era una sinvergüenza por comportarse así. Le habían acogido en casa ajena y se marchó de allí porque no quería acatar sus reglas. Por lo menos podría haberles dicho las gracias, no desaparecer así cómo así, eso es algo muy ingrato. Y lo peor es que se fue a otro sitio a vivir aún cuando su dueño no quería, eso es tener mucho morro.

Clementina quiso decirle todas esas cosas pero tenía miedo y se las guardó para sí, ya que ella tampoco estaba en condiciones de hablar de los demás, al fin y al cabo era una cobarde que escapó de casa. Entonces, recordó de nuevo todo lo mal que hizo. Se imaginó entonces a miles de voces que le recriminaban por todo lo malo que hizo y que le llamaban cobardita. Estuvo así, unos segundos, hasta que se tapó las orejas para no escucharlos y gritó, mientras se agachaba, esto:

― ¡Basta ya! ¡Ya sé que soy cobarde! ― Retumbó en toda la casa y ante a una Lafayette que le miraba confundida, preguntándose qué le pasaba a la rubia.

Entonces Mao apareció en escena. No lo hizo antes, porque ignoró los gritos de la negra aún cuando Josefa y Alsancia les decía que debería ver qué pasaba, y, al final, al escuchar los gritos de Clementina, pensó que Lafayette le hizo algo malo, y le empezó a pegar mientras le decía:

― ¡¿Tú, qué le estás diciendo a la canadiense!? ― Lafayette le gritaba una y otra vez que no hizo nada, que ella solita se puso a gritar. Clementina rápidamente le dijo al gerente que le dejará de pegar, que no fue su culpa.

Tras eso, todos le preguntaron por qué gritó, ella solo dijo esto:

― No ha sido nada, de verdad. ― Le decía eso para tranquilizarlos y lo creyeron. A continuación, les dijo a Mao y compañía que ella iba a ver cómo le iba Leonardo en la tienda y bajó por las escaleras mientras Lafayette le gritaba insultos sin parar, haciendo que el chino cerrará la puerta para no escucharla.

Recordaba aquellas palabras que le dijo su primo una vez, de que no se arrepintiera de lo que hizo, pero lo estaba haciendo. Hacía tiempo que tenía todo ese pasado encerrado en lo más profundo de su ser y solo faltó un mísero sueño para que volviese a salir y la atormentará de nuevo. No sabía cómo pararlo y por eso buscaba a su primo en busca de un consejo que le ayudará a no volver a ver esos recuerdos, tal vez para siempre.

― ¿Tú qué haces para poder soportar los recuerdos del pasado? ―  Eso le preguntó ella cuando entró en la tienda mientras él estaba vigilando la tienda en el mostrador.

― ¿Por qué lo dices? ―  Le dijo eso, sorprendido.

― Pues verás hoy he tenido un sueño relacionado con el pasado y pues yo desde que estoy despierta no puedo parar de pensar en eso. Pensaba que lo había olvidado pero sigue ahí. ¡Quiero quitarme estos pensamientos de la cabeza! ¡Vivo muy bien aquí, soy feliz, no quiero que me amarguen los recuerdos! ¡Ya no puedo arreglar nada, no debería seguir arrepintiendo de esto! ¿Qué hago, primo? ¿Qué hago? ―

Terminó esa frase con lágrimas en los ojos para empezar a llorar, ya que, mientras hablaba, recordaba las cosas que hizo y los que no, lo que tuvo que hacer.

Su discurso, que más que una explicación era un desahogo, dejó incapacitado a Leonardo a decir algo durante unos segundos. Clementina mientras lloraba, empezó a decir más cosas entre balbuceos.

― ¿Por qué te estoy pidiendo esto….? No debería hacerlo…Te destruí la vida, ¿por qué debería pedirte consejo? ―

El primo se perdió aún más de lo que estaba, se preguntaba qué le ocurría mientras Clementina decía más y más cosas que parecían no tener sentido para él.

― No solo la tuya…sino la de un hombre por amor…la de mis padres…la de todos… ¿Y qué es lo hago? Huyo como la gallina que soy… ―

Y Clementina cada vez lloraba más y más fuerte, y más cosas sin sentido decía, y Leonardo tuvo que tranquilizarla por un buen rato. Cuando ella pudo hablar con normalidad le preguntó a su primo, mientras se estaba limpiado las lágrimas de sus ojos, esto: ― ¿Crees que algún día podré ser valiente? ―

― Por supuesto que sí. ―  Tras decirle eso hubo silencio por unos segundo, ya que Clementina empezó a preguntarse sobre él, y su primo con solo verla la cara sabía que iba a decir y espero que lo dijera. Esto era:

― ¿Por qué me acompañaste hasta aquí? ¿Por qué, al final, me ayudaste a huir de Canadá? ―  Esas preguntas dejaron a Leonardo pensativo.

― Pues no lo sé… ― Le respondía esto mientras recordaba lo que paso después de lo del parque. Ella desapareció y él, aterrado por lo que le hubiese huido, la buscó, no podría dejar sola una adolescente embarazada sola. Tras encontrarla en un autobús en dirección a la frontera con los Estados Unidos, intentó convencerla de volver a su casa, pero al final él la acompañó y se la llevó hasta Shelijonia. Se dejó convencer por ella. ¿Por qué lo hizo? ¿No debería haber hecho lo correcto? Era todo un misterio para él, pero eso que hizo no ayudo para nada a su prima, empeoró las cosas de tal modo que incluso él temía volver a su ciudad. Pensando en todas estas cosas, se le escapó de la boca estas palabras:

― Tal vez soy un cobarde… Pero de lo que estoy seguro es que soy estúpido.  ―

Clementina le gritó que no se dijera esas cosas, que todo eso era por su culpa. Él se rió y le dijo esto como si fuera la cosa más normal del mundo:

― No deberías echarte la culpa de todo. Yo también tengo culpa de esto. Hemos liado tanto las cosas que ya no son imposibles arreglarlas. Solo podemos esperar que tu hija no cometa nuestros mismos errores. ―

Se lo dijo así, sonriendo, y ella no evitó soltar otra sonrisa. Entonces un grito rompió el ambiente, procedía del salón y era Mao, le gritaba a Clementina para que fuera a ayudar con su padre. Ésta se fue corriendo rápidamente allí. Se sentía aliviada y contenta, olvidándose por completo de esos recuerdos que tantas pesadillas les producía.

Tal vez, era porque necesitaba ahogar sus penas con alguien. Solo eso, ya que nada se había solucionado y su huida para adelante seguía pero, de alguna manera, su corazón estaba más calmado.

De lo que sí que estaba segura es que había encontrado la felicidad hace tiempo y es en esta casa, con su gerente, con su primo y su hija; y no deseaba perderlo por nada del mundo. Y todo esto, mientras en Canadá sus familias aún los buscan, con Lafayette aún amarrada y con el mundo girando, siempre girando sin importarle nada de lo que les pasa.

FIN

 

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