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Directas al hospital, doceava historia

Primera narradora: Josefina Porfirio Madero

El verano ha llegado a su fin y un nuevo curso escolar comienza. No solo eso es nuevo, también es la escuela a la que voy. Como dijeron mis papás ayer, la secundaria será un nuevo comienzo, tendré nuevos profesores, nuevos compañeros, y que no iba a parecerse, para nada, a la primaria.  Estaba realmente muy entusiasmada con todo esto, tanto que me dormí muy tarde y pues me desperté muy tarde. Mi madre me regañó mucho, diciendo que no debería volver con la vieja tradición.

Si iba a llegar tarde, también era por su culpa, por regañarme, y hacerme perder un montón de tiempo. Después de todo, tenía que bañarme, ponerme la ropa adecuada, desayunar y eso son muchas cosas que hacer. Y no solo era su culpa, también los profesores, por ponernos estos horarios tan horribles. ¡Y siempre nos echa a nosotros, los niños, la culpa de todo! ¡Qué rabia dan! ¡Malditos adultos!

¿Por qué se sorprenden de que vaya a secundaria? ¿Qué soy muy infantil para estar ahí? ¿Qué dicen? ¡Soy toda una adolescente! ¡Con mucho esfuerzo las aprobé todas, ninguna se me quedó! ¡Así que no me digan más eso! ¿Qué me dejé de tonterías y siga con el relato? ¿Qué quieren decir con eso? ¡Vale, vale, ya sigo contándolo, no se enfaden así!

Antes de salir de casa, llamé a una amiga, la única que pude conseguir en la escuela, esperando que me contestará. Estaba preocupada y ella no daba señales de vida desde haces días. Se llama Elizaberth Von Schaffhausen o algo así, el apellido es megararo. ¿Dicen que no les importan en absoluto eso? ¡Qué desagradables sois!

Pues bueno, me dirigí hacía la parada, ya que me iban a recogen en un autobús escolar, la que estaba tres calles arriba. Durante todo el camino me imaginaba cómo sería mi primer día.

Me los imaginaba más maduros, más inteligente, y muy poco infantiles. No serían como aquellos chicos de primaria que me quitaban del medio por hablar inglés, y se burlaban de mí por no saber ruso. No, serían personas maravillosas, incapaces de discriminar a nadie por hablar otro idioma o por sus costumbres o por proceder del continente. Haría amigos a montones, y incluso tal vez podrían haber entre ellos gente misteriosa y nada fuera de lo común.

¿Y si en mi clase hubiera un superhéroe o un vampiro o magos? ¡Podría tener un millón de aventuras, e incluso un romance! ¿Se lo imaginan? ¡Ah, vale! ¡Perdón por no seguir con el relato y contar mis fantasías!

Pues verán, yo, al llegar a la parada, estaba tan metida en mi mundo, imaginando que me encontraba con un vampiro que se enamoró de mí, que el autobús escolar pasó de largo, dejándome tirada; y sin darme cuenta que dos amigas que conocí en el verano estaban sentadas ahí. Se llaman Alsancia-Lorena, una chica megamona, y Mao, una asiática megavaga, y fue ella quién me trajo a la horrible realidad con estas palabras:

― ¡Hey, colombiana! ¡Vuelve a la vida real! ―

Sorprendida por verla ahí, utilizando ropa china incluso en ese momento, le dije que hacía ahí y porque me llamó así, cuando soy una mexicana. Ella no me contestó, no porque quiso, sino porque miré por todas partes, viendo a la gente que pasaba por la calle, viéndome y soltar unas risas, y le grité que había hecho.

― Solamente te pusiste a decir cosas sobre un vampiro que se te ha enamorado de ti, y que te ha salvado la vida y cosas parecidas. ―

Deseaba que la tierra me tragase, y darme unos cuantos tortazos por hacer la ridícula en mitad de la calle. Grité de la vergüenza y deseando volver atrás en el tiempo para evitar la escena que hice.

― Y no solo eso, se te ha escapado el autobús. ―

Grité otra vez, no solo porque iba a faltar mi primer día de clases, sino que mi madre me matará por faltar. Me la imagina con la chancla especial que tiene para pegarme en el trasero y pues todo el horror. Para olvidarme de eso, y al ver a una Alsancia, megalinda, durmiendo en la parada, con Mao, decidí hablar con ella, teniendo un tema en mente:

― ¿Qué haces tú aquí? ¿Y Alsancia? ¿Vais al instituto? ¿Juntas? ¡Yo también voy, es mi primer día y espero mucho de esto! ¡Estoy tan animada! ¡Bueno, eso debería decir, si no fuera porque el camión se me ha escapado! ¡Y está muy, muy, lejos mi insti! ¡Tanto que me doler…! ―

Y entonces Mao me tapó la boca, diciendo que me tranquilizara peruana, que es demasiado pronto para soportarme. Eso me molestó un poco, la verdad, pero lo ignoré porque ella es mi amiga. Y al quitar su mano, le iba a decir que era mexicana y pues ella me hizo eso otra vez. Me habló entonces de que no debería hablar, ya que Alsancia estaba durmiendo y todo eso. Por eso me callé, para dejar descansar a mi amiga. ¡Yo siempre trato muy bien a mis amistades!

Segundo narrador: Mao Shaqui

Vuelvo a repetirlo, no me gustan los interrogatorios, así que no se ponga a actuar como el policía malo. Como iba diciendo, pude callar a Josefina por un rato, solo unos minutos. No quería que sus extensas charlas sin sentido pudieran despertar a Alsancia.

¿Mi relación con ella? Pues de amistad, nos hicimos amigas en el verano. Josefina la traía, a veces, a mi casa o otras ella era la que llegaba. También me encontré con sus padres, quiénes muchas veces me cargaban el muerto porque ellos últimamente no llevan una buena relación y Alsancia se sentía mejor con nosotras. No me importa, en absoluto, es una buena chica y me cae bastante bien, me gusta que esté en mi casa. También Josefina, pero me provoca problemas y dolores de cabeza. Pues, en fin, me pidió llevarla al hospital por una simple revisión médica y yo lo acepté. Luego, nos sentamos en la parada de autobús, se quedó dormida y apareció la española o boliviana o de dónde sea, quién me dijo, al final, esto:

― Ahora que he perdido el camión, ya no podré ir al instituto. Así que, no hay remedio. Y por eso, ¿puedo ir con vosotras, por favor? ¡Será divertido, sería como una aventu…! ― Le tapé la boca de nuevo porque ya estaba hablando de más y, con el tono tan alto que tiene, podría despertar a Alsancia.

Pues así estaba la cosa. Sin saber ni siquiera adónde íbamos nos preguntaba si podría ir con nosotras. Me imaginaba qué pasaría si le dijera que sí, estaría todo el rato sin parar de hablar, provocándome otro dolor de cabeza, y molestando al resto del hospital. Es más, aunque no lo sepa ella, crea problemas y no podía adivinar que provocaría en un lugar como ese. Por tanto, me gustaría haberle dicho que no, pero, entonces, estaría molestando sin parar hasta que aceptara, y cuando está en ese plan es horrible, tanto que decidí decirle que sí, solo por eso.

― ¡¡Yupi!! ¡¡Gracias, Mao, de todo corazón!! ¡¡De ver…!! ― Le tapé la boca otra vez. Estaba gritando, la muy loca y eso que le dije que Alsancia estaba durmiendo.

― ¡Vamos a ir a una revisión médica! ¡Alsancia está cansada! ¡Así que si quieres ir, mantente callada! ¿Vale? ― Esperaba que con esto se podría callar de una vez, y lo hizo. Tras mover la cabeza afirmativa, se calló como una buena niña y se sentó junto a la italiana.

Cinco minutos después, el autobús llegó. Josefina se levantó rápidamente y se metió y no paraba de decirnos, con su habitual y agotadora energía, que subiéramos. Yo era incapaz de despertar a Alsancia, me daba mucha lástima despertarla y pues decidí cogerla en brazos, con cuidado de que no se diera cuenta, porque no le gusta que le traten como una niña. Yo no pensaba que me iba a costar, ya que era como una chica de seis o siete años.

Me fastidio el hecho de que tenía que pagarle el billete a Josefa, ya que ésta no llevaba ni un dólar en su mochila. Nos sentamos en los primeros asientos que vimos, es decir, en una de las primeras filas. La mexicana seguía fiel a mi orden, llegando el punto de exagerar, tapándose la boca con las dos manos. Le decía mentalmente que no hacía falta eso. Como estaba sentada, delante de mí, decidí mirar a mi lado, dónde estaba Alsancia, y vi que estaba despierta. Estaba muy roja y me miraba tímidamente varias veces, como si me quería decir algo. Verla así era demasiada ternura para mis ojos. Entonces una voz brusca y molesta, que me era muy familiar, atrajo mi atención.

Al sentarse, vi que esa persona cuya voz me era tan familiar estaba vestida de una forma muy sospechosa. Es decir, llevaba una gabardina, a pesar de que aún hacía algo de calor; se cubría la cabeza con un sombrero y se tapaba los ojos con unas gafas de sol.

Y estaba muy nerviosa, porque no dejaba de mirarnos sin parar cada cinco segundos. Al final, empecé a sospechar que era ella, Lafayette, y para comprobarlo decidí escribirle un mensajito.

-¿Tienes boli y una hoja de papel, Josefina?- Al decirle eso, ella me dio encantada y sin preguntar esas cosas.

Ahora mi duda en aquel momento era esta: ¿Qué mensaje le pondría? ¿Cuál frase sería el más insultante que podría dedicarle? Obviamente esas eran mis razones, fastidiarla. ¿Por qué? Si le digo la verdad, es que se ha vuelto una costumbre, la odio con todo mi pesar y cada vez que la veo solo tengo ganas de enfadarla sin parar. Siguiendo con mi historia, no encontraba una buena y genial saludo para ella. Todos los que me imaginaba eran pura basura, mi creatividad en ese momento era cero patatero. Al final, tuve que recurrir a un clásico: “¡Vive la France!”.

Es normal que me digan que eso no es un insulto ni nada parecido, pero para ella sí lo es, está harta de que la relacionen con Francia y cualquier cosa sobre esa nación la altera muchísimo. Y eso pasó, ya que cuando ella volvió a mirar hacia atrás, yo le enseñé el mensaje y ella me hizo un corte de manga, además de que me dijo puta. Esa palabra me mosqueo y arrugué el papel hasta hacerlo una pelota y tirárselo a la cabeza. Se levantó toda enfadada y se fue hacia mí, dispuesta a darme una paliza.

Tercera narradora: Alsancia-Lorena Musolini

Lo siento mucho, de verdad, pero mis declaraciones sobre lo ocurrido serán escritas, ya que sufro una tartamudez que me impide hablar. Perdón, de verdad.

Pues ese día, tenía que ir a una revisión médica y estaba siendo acompañada por Mao, que fue muy amable conmigo y aceptó mi petición. Por lo demás, me quedé dormida en la parada y cuando desperté, estaba en el autobús, y me sorprendí que Josefina estuviera con nosotras, tapándose la boca. Me preguntaba una y otra vez que había pasado mientras yo dormía, y deseaba preguntarlo, pero me daba bastante vergüenza, no deseaba quedarme atascada en la primera palabra, como siempre.

Entonces, Mao le pidió a Josefina papel y bolígrafo y empezó a escribir algo, con una sonrisa que indicaba que iba a molestar a alguien.

Yo lo he visto sonreír así cuando quería meterse con unas chicas que ella dice que odia. Aunque, bueno, yo me quedé mirando como intentaba escribir, sin saber que iba a hacer. Cuando terminó, el papel que escribió lo levantó y al poco rato, se enfado, hizo una bola con eso y lo tiró.

Yo no sabía que ocurría y que estaba haciendo ella, pero me hubiera gustado pararla porque ante nosotros se puso una persona muy sospechosa, demasiado, que había venido con pocas intenciones de hablar.

― ¿Sabes que la carne de burro no es transparente? Así que, ¿por qué no vuelve usted a su sitio? ― Esas palabras que Mao dijo con tanta naturalidad no mejoraban para nada la situación. Deseaba decirle que se detuviera y que pidiera perdón a la persona sospechosa, porque tenía miedo de que le hiciera daño. ¿Y si era un loco capaz de apuñalarlo por una tontería? Tenía toda la pinta de serlo.

Miré a Josefina con la esperanza de que dijera algo a Mao, pero seguía con la boca tapada, temblando de miedo. Y yo tampoco era incapaz de decir algo, ya que cuando más nerviosa estoy, más incapaz soy para hablar. Odio mi tartamudez, por estas cosas, podría haber evitado que Mao no hiciera esas cosas, ya que después de todo soy mayor de edad y por tanto la que debería controlarla o ayudarla. Aunque si les digo la verdad, parece que la menor soy yo porque ella siempre me ayuda en todo lo que puede. En ese momento me sentí tan incompetente, incapaz de hacer algo, que me todo mi ser me daba asco. Siempre es así, me siento un parásito que utiliza a los demás para poder sobrevivir y me es imposible ayudarlos, todo por este maldito cuerpo que tengo.

No solo el nerviosismo aumentaba mi incapacidad para decir algo, también, a veces, me pone mala. El silencio, que duro poco y que había entre Mao y esa persona sospechosa, no me mejoraba, es más, en ese momento mi estomago empezó a doler. Y lo peor fue cuando esa persona le intentó golpear. Yo intenté gritar a Mao, pero lo único que conseguí es que se me pusiera peor el dolor de barriga. Qué suerte que ella le detuvo el golpe pero solo fue el inicio de una fea pelea entre ellos.

El dolor de barriga se volvió ansias y la cabeza me empezó a doler. Las ganas de vomitar me hicieron mirar hacia abajo, instintivamente, y me tapé la boca. Luchaba fuertemente por aguantar, no quería hacer algo muy desagradable en medio de un autobús.

No sabía cómo se desarrollaba la pelea, solo oía voces, multitudes de voces, entre ellos, la de Josefina, quién decía que no deberían pelear por la paz mundial. Y con cada segundo que pasaba, yo empeoraba.

Mi cabeza llegaba al punto de parecer que me iba a estrellar y nadie se daba cuenta de lo mala que me había puesto. Tal vez, la pelea era tan vistosa que nadie se daba cuenta de mi horrible estado.

Me decía sin parar que tenía que haberme traído una bolsa para vomitar, o por menos ser capaz de preguntar a alguien si las tenía. Y empecé a imaginar porque me había puesto tan mala de repente. Me preguntaba si era la comida, pero sabía bien que mi madre siempre evitaba las comidas que eran peligrosas para mí. También pensé si era el típico mareo cuando uno tiene al ir en un medio de transportes, pero a mí nunca me pasaba eso en un autobús. U otra cosa que me imaginé es que me tomé mal las pastillas, ya que eran muchas; pero sabía que los había tomado todos. De todas maneras, todo esto era para olvidarme de que deseaba vomitar y poder aguantar, pero era imposible, estaba llegando a mi límite, sentía que la comida ya me estaba llegando a la boca.

Al final, tuvo que ocurrir, eché el poto, mientras pensaba que no me iban a culpar por vomitar en el autobús. Cerré los ojos para no ver expulsaba todo lo que comí esta mañana y cuando los abrí, vi que alguien estaba a mis pies.

Apenas veía quién era, mis ojos estaban muy humedecidos, y tampoco estaba en buenas condiciones. No solo vomité y me dolía horrores la cabeza, también me entró fiebre y apenas podría abrir los ojos. Me quedé, mirando al techo, o eso intentaba, mientras me recuperaba del esfuerzo que hice para expulsar lo que tenía en el estomago. Luego, incapaz de saber que estaba pasando a mi alrededor, los cerré para dormir, ya que estaba tan hecho polvo que lo mejor era tener una siesta. Por eso, no pude recordar nada más de lo ocurrido. Lo siento mucho, la verdad.

Cuarta Narradora: Marie Louise Lafayette

¡Lo primero que diré es que yo no fui la que empezó esa estúpida pelea en ese puto autobús! ¡Fue la china esa, Mao! ¡Ella es la culpable, fin del asunto! ¡Así que dejen de molestarte, policías de pacotilla!

¿Por qué iba con unas pintas tan sospechosas? ¿Por qué falte al instituto? ¿Por qué me enfado por tales tonterías? Yo también tengo una pregunta para ustedes, ¿por qué no se callan de una puta vez? ¡Esto parece un interrogatorio! ¡Ah, que lo es! ¡No lo sabía, mis queridos agentes de la ley!

Vale, vale, hablaré, no tengo ganas de pasar un día en el calabozo. Pues verán, falté al instituto porque me da la gana, así de sencillo. También me puse esa ropa porque hacía frío. ¿Por qué me miran así? ¡Vale, vale, lo reconozco! Me puse esa ropa para que el puto conductor no me reconociera.

¿Qué razón tenía yo para hacer eso? ¡Sí, ustedes lo deben saben! En fin, ese gilipuertas me acusó de dejar a su madre inválida. ¡Es todo mentira! Ella me estaba estorbando y solo la quite de un lado, a mi modo. Que resultará herida no fue mi culpa, sino la suya.

Todo salió bien, ese capullo no me reconoció y yo iba montada en el autobús directa a mi destino, toda feliz, hasta que llegó la china de mierda y su tropa. Me puse nerviosa por eso, temiendo que ella me descubriera, y la muy hija de puta lo hizo, no sé cómo. Y tuvo el descaro de escribirme un mensajito, ¡para partirle la cara! ¿Qué no era para nada insultante? Pues sí que lo es, me estaba llamando franchuta en mi cara y no se lo iba a permitir, ni a ella ni a ustedes ni a nadie. Y yo me acerqué a ella en misión de paz, solo a darle una pequeña advertencia, pero me insultó, otra vez, diciendo que era una burra. Por eso, le lancé un puño directo a su cara, para romperle todos los dientes y por desgracia la muy puta china me detuvo. ¡Qué asco que sea tan buena peleando!

¿En serio quieren que yo les narre, detalle a detalle, cómo fue la puñetera pelea? ¡Ustedes son idiotas! ¡Narrar peleas es de putos y me da hueva hacerlo, solo eran puños, patadas, cabezazos, más puños, más patadas y todas esas mierdas! Pse, lo único que tenía en mente era reventarle los dientes y romperle el cuello pero ella no se dejaba, intentaba hacer lo mismo que ella y el maldito autobús parecía un gallinero, con todos esos maricas gritándonos sin parar que debíamos dejar de pelear, llegando al punto de que el conductor parase el autobús y se puso a decirnos que teníamos que dejar de luchar y bajar de ahí.

Pero ni yo ni la china les hicimos caso, seguíamos con lo nuestro. Y en algún momento ella fue capaz de tirarme al suelo, de una patada. Por su culpa, se me cayeron las gafas de sol y el conductor me reconoció, y una de las amiguitas de Mao gritó mi nombre.

― ¡Ah, eres tú, eres la que dejo invalida mi madre! ― Me gritaba eso mientras intentaba llamar a la policía, a vosotros. ¿Y decís que por qué eso yo lo golpeé? Para que mentir a estas alturas, yo no se lo permití, por supuesto, lo dejé K. O. de una patada, tras levantarme y decirle esto:

― ¡Cállate puto, deja de decir mentiras o te parto la cara! ―

Y eso me distrajo, porque ella intentó ir a por mí y yo la esquivé. Después la cogí del cuello para ahogarla y la muy puta pudo liberarse de mis garras, tras darme un codazo en el estomago y tirarme al suelo. Entonces casualmente, caí a los pies de una de las niñas de Mao. Cerré los ojos por unos segundos por culpa del dolor que sentí en mi cabeza, y cuando los abrí, la vi, intentando escupir algo. Se me estaba cayendo su saliva en la cara y cuando me di cuenta de lo que iba a hacer fue demasiado tarde. Vomito encima de mí. Sentí como una nauseabunda y desagradable papilla caía sobre mi cara, no podría gritar no abrir los ojos, porque se me llenaría de esa mierda. Jamás en mi vida, me había pasado algo tan horrible y me quede en stock, incapaz de aceptar que eso me había pasado. Entonces esa perra de Mao aprovechó para coger a esa malita, quién me echó su desayuno encima, y a la otra idiota para huir.

Cuando pude reaccionar, lo primero que hice fue buscar algo que limpiar, gritando como nunca y desesperadamente, sin poder ver adónde iba. Al ver que esto no estaba funcionando, tuve que usar mi gabardina para limpiar mi cara. Y al tirarla al suelo, grite mi promesa:

― ¡Juro, juro que esto no quedara de rositas! ¡Te mataré, niñata de mierda, te mataré! ―  Lo decía metafóricamente, por supuesto, yo no pensaba realmente matar a nadie. Y entonces me di cuenta de que no estaban, y salí del bus y las veía a las tres, corriendo como nunca, con Mao llevando a la malita a cuestas.

― ¿Adónde vas con la malita a cuestas, maldita china? ¡¡Maldita, no te la lleves que le voy a explicar una bonita lección!! ― Les gritaba.

― ¡Ni en tus sueños! ― Eso me gritó la muy puta de Mao.

Quinta Narradora: Nadezha Vissariónovich Dzhugashvili

Me pregunto para qué me han llamado, yo no he cometido ningún delito. ¡Ah, es por esa llamada que me hicieron! Yo ya pensaba que era raro que me interrogaran por un incidente en el que no he estado involucrada. Yo estaba en mi primera clase del día, escuchando como el profesor nos explicaba que era nuestra asignatura cuando la melodía del móvil sonó.

Él nos preguntaba de dónde procedía el himno de Rusia que todos estaban escuchando. A lo primero, intenté pasar de mi teléfono, para que nadie notara que era mío y al ver que no se callaba, tuve que pensar en otra idea.

― ¡Si esta molestia continua voy a castigarlos a todos! ― Eso dijo el profesor cuando se harto de esperar.

Por suerte, el móvil lo llevaba en los bolsillos y pude apagarlo sin que nadie lo notara, o eso creía, porque al decir que me iba a ir al baño, el profesor y todos los demás me miraron raro, parecía que me habían descubierto. Mientras me dirigía hacía la azotea, pensaba quién era.

No fui al baño, porque ese lugar es vomitivo, por lo menos de las mujeres; el agua del water se filtra por el suelo, un olor a poros ocupa el lugar, allí la gente hace cosas de las más repugnantes posibles. En fin, poca gente se atreve entrar ahí. ¡No se pongan así! ¡Ustedes son policías, deben haber visto cosas peores que ese sitio!

Al llegar, no hacía falta que llamará, ya que el móvil empezó a soñar de nuevo, viendo el número, que no me era conocido.

― ¡¡Por fin, Nade…, Nade…, ayuda, ayuda, estamos en peligro, en peligro, ayuda!! ― Me quedé diciendo quién era ella y por qué me estaba llamando de esa manera.

― ¿Te conozco? ― Le pregunté.

― ¡¡Soy Josefina, Josefina!! Esa chica violenta quiere matar a Alsancia-Lorena. Me fui con ellas en el autobús y…Mao se peleo con Lafayette que vestía muy rara y Alsancia se puso mal y ha vomitado encima de Lafayette y nos fuimos del autobús al hospital pero ella nos persigue y pues nos hemos escondido en el parque, Mao ha ido a detener a Lafayette y pues tengo que llamar a un taxi o ambulancia…pero no sé como se llaman y pues te he llamado y ayuda. ¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor! ― Algo así dijo esa chica, y se notaba por la voz que estaba aterrada y desesperada.

Entonces, me acordé de quién era esa chica, la conocí hace una semanas, con otra. Eran dos chiquillas que venían a menudo a casa de Mao. La que me lío esa niña. Lo siguiente que hice, al poder enterarme de lo que dijo, era intentar comprender lo que les estaba pasando.

― Entonces una chica violenta, que es Lafayette, que a quiere matar a Alsancia por una cosa. Mao te pide cuidarla y llamar a la ambulancia, mientras se pelea con esa franchuta, pero no lo sabes y me llamas a mí. ―

Su respuesta fue que sí.  Me quedé sin decir nada, pensando en que le pasaba a la cabeza de Mao al no decirle el número de la ambulancia. ¿Y por qué no le dijo también el de la policía, si Lafayette quería matar a alguien? En fin, tenía que sacarles las castañas del fuego y eso hice, después de preguntarles dónde estaba. Ni esa niña sabía dónde estaba, por suerte, pude adivinar el lugar y comunicar tanto a la policía como a la ambulancia.

― Ya lo he hecho. Ya podéis estar tranquilas, y recuerda esos números que te he dicho. ― Eso les dije, tras confirmarla que los había llamado y tras decirle los números para la policía, la ambulancia y también el de los bomberos, por si acaso.

― ¡¡Muchas gracias, acabas de salvar a una vida, eres la salvadora de Alsancia, eres nuestra heroína…!! ―

Eso me decía antes de apagar la llamada, no tenía ganas de escucharla, ya hice lo que tenía que hacer e iba a volver a clases, pero me di cuenta de que cerré la puerta y ésta no se podría abrir. Me quedé encerrada y sin ganas de gritar me tumbé, quedándome profundamente dormida. Eso es todo.

Por otra parte, Mao, más tarde, me contó el resto de la historia y me dejó bastante sorprendida, solo por el hecho de que Lafayette fuera víctima de un vomito. No podría parar de reír, aunque pobre Alsancia, ella no estaba bien y no quería hacer eso, pero esa franchuta le daba igual, se deja controlar por la ira. Yo haría lo mismo, la verdad.

Ellas huyeron sin parar hasta el parque más cercano, Mao las escondió mientras salía a detener a esa loca. Tuvieron una pelea de las de siempre, tan violentas, que ustedes tuvieron que aparecer. Fuisteis muy bobos en dejar a escapar a Lafayette, la verdad. Ésta se fue al hospital pensando en liarla. En serio, deberían ser más duros con ella. Que sea nieta de gente importante no le da el derecho de actuar como le da la gana. Se merece la cárcel, porque en el futuro se va convertir en un delincuente muy peligroso.

Última narradora: Malia D. Rooselvelt

No tengo mucha idea sobre lo que ha ocurrido, o de lo que hizo ella, exactamente, pero si los hechos que vi tienen importancia en este incidente, colaboraré todo lo que pueda.

Por motivos de salud, estaba en el hospital, esperando que llegara mi turno. Al igual que yo, así estaban otras muchas más personas. Algunos de ellos estaban charlando, otros se mantenían callados, esperando pacientemente el suyo, o jugaban con sus teléfonos móviles. Recuerdo que estaba hablando con un hombre que fue veterano de la guerra de Vietnam y hablábamos de lo malo que era la guerra y la violencia. También que el reloj daba las nueves y media. Así estaba el lugar cuando apareció ella.

Les tengo que confesar que la conozco, solo en calidad de conocida, ya que nos hemos visto solo una o dos veces. Fue molestada por mi hermana. También tengo que decir que su apellido es bastante curioso porque hay un colegio con su nombre y un francés con ese mismo que ayudó en la Guerra de la Independencia. Perdón, me estoy yendo por las ramas.

Ella apareció de una forma inusual y muy peligrosa, algo que nadie debería hacer. De la ventana, que estaba abierta, entró ella y todos nos quedamos muy sorprendidos. Nadie esperaba ver a alguien a entrar por la ventana de un segundo piso. Decía un montón de groserías y otras cosas feas. Le resulto casi imposible entrar sin ayuda, mientras lo intentaba, perdió el equilibrio en una mano y casi se iba a caer.

Por suerte, la pude agarrar y empujarla hacía dentro. Fue muy duro pero lo conseguí, aunque ella no fue muy considerada conmigo, ya que al recuperar el aliento me dijo esto:

― ¿Y a quién [palabrota] te ha llamado para ayudarme? ―

Yo le intenté explicar que solo quería evitar una tragedia, aunque ella no quería escucharme.

― ¿Y a ti qué [palabrota] te importa? ―

Eso me volvió a decir, causándome sentimientos encontrados. Esas palabras desagradables me hacían enfadar e intentaba que esos sentimientos pudieran controlarme. Los demás se sintieron mal al ver cómo me trataba ella y le dijeron lo que pensaba:

― ¡Eh, [palabrota], no seas tan desagradable con esa chica que te ha salvado la vida! ― Eso decía un anciano.

― ¡Los niños de hoy en día son despreciables! ― Eso lo dijo su esposa.

― ¡Qué negra tan [palabrota]!― Estos fueron las palabras de una mujer embarazada.

― ¡Qué ingrata! ― Dijo un hombre joven.

― Mejor que hubiera caído. ― Decía una mujer cerca de los treinta años.

Pues estos son algunos ejemplos de las cosas que las personas que, irritadas ante tal comportamiento, les decía a Lafayette, y ella los ignoró completamente.

― ¡¡Voy a por ti, Alsancia-Lorena!! ― Eso gritaba mientras corría por el pasillo de la izquierda. Fui detrás de ella para decirle que no gritara, ya que estábamos en un hospital, y que tampoco corriera como loca, porque el suelo lo habían limpiado y estaba resbaloso. No pude evitar nada, cuando me di cuenta escuché un gran estruendo y gritos de dolor.

Había sufrido un accidente, y muy aparatoso. Se resbaló y cayó por las escaleras, provocando un gran ruido. Todos se acercaron rápidamente para ver lo que había pasado y ella les decía que le dejaran tranquila de una forma muy poco agradable.

Se levantó sola e intentó andar, pero eso le provoco más dolor que antes y los que la rodeaban gritaban sin parar que viniera un médico. Al final la tuvieron que montar en una camilla y llevarla a urgencias. Todo fue tan rápido. Me alegré que, al final, solo se hubiera partido el tobillo y nada más, y espero que le sirva de lección, que no debería correr en pasillos recién limpiados. Pueden ocurrir cosas muy desagradables como ésta.

FIN

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