Sin categoría

La visita a la casa de Eliza, treceava historia.

― Entonces, Godzilla apareció por el instituto, lo aplastó y los mató a todos, a todos, menos a nosotras. ― Eso lo decía una chica, con pelo azul marino, de una forma tan dramática que rozaba el ridículo, mientras imitaba a un monstruo.

― Te dije que me contarás cómo llegasteis hasta aquí, no el argumento de una película. ― Eso le gritó una rubia con parche en el ojo, perdiendo sus estribos.

― ¡No te enfades, es que ella es así, siempre diciendo tonterías! ― Eso le decía otra chica, una con pelo moreno, que intentaba evitar que hubiera pelea.-¡Además, si no te has enterado, te lo puedo volver a repetir!- Ella le explicó cómo llegaron, pero, a pesar de que le dijo con señas y señales, la rubia apenas pudo entenderla, ya que lo decía demasiado rápido.

― ¡Olvídalo, olvídalo! ― Eso le dijo, no quería repetir esa experiencia.

Detrás de la elegante rubia, estaba una chica, con piel moreno y con traje de criada, mirando fijamente, como si fuera una estatua. Así, en aquella lujosa habitación, cuyas paredes estaban revestidas con un papel con la imagen de cientos de flores, con ordenador de última generación sobre una impresionante mesa de madera de acre, con una cama que parecía salida de un palacio, estaban estas cuatros niñas, en el número cuarenta y seis de la supuesta embajada de los Estados Unidos, que no era nada más ni nada menos que el lugar donde dormía Elizaberth Von Schaffhausen, y ella estaba ahí, era la rubia, y detrás suya estaba su criada Ranavalona y delante de ella estaban Sasha y Josefina, quienes de alguna manera entraron en el Zarato y llegaron a ahí.

Eliza se sentó en la silla pensando cómo llegaron ellas. Las fronteras que tiene ese extraño reino, rodeado de tierra estadounidense, eran naturales, cadenas montañosas altísimas y el único lugar que no tenía eso, y que estaba entre Springfield y la capital, tenía una gran y largo muro que los separaba, sumamente complejo en la parte que cruzaba un rio. Hacía años que nadie lo cruzaba sin permiso y por eso se le extrañaba muchísimo eso. ¿Cómo lograron pasar? Tal vez pensó que el muro estaba teniendo grietas y que necesitarían vigilancia, ya que no lo tenían.

De todos modos, le fue una sorpresa eso, que aquella supuesta mexicana hubiera aparecido en sus tierras, acompañada por una amiga bastante odiosa. Y para ella las sorpresas son lo peor que existe en este planeta.

― ¡Qué gran cuadro tiene para una tuerta! ― Eso decía al mirar un cuadro situado sobre su cama.

― ¡Qué gran cama para una tuerta! ― Eso gritaba mientras saltaba en la cama, tan grande como el de un matrimonio, después de mirar el cuadro.

― ¡Qué gran ordenador para una tuerta! ― Eso dijo al observar su ordenador.

Elizaberth no sabía apenas quién era, y no sabía la razón, por la cual, había aparecido ahí, pero ya la estaba odiando, deseaba romperle.

― ¡Deja de molestarla, que la estás mosqueando! ― Eso le decía Josefina, intentado convencer a su nueva amiga Sasha, que se comportara que estaba enfadando a su otra amiga. No quería que sus amistades se pelearan. ¿Pero desde cuándo se conocieron Sasha y Josefina? ¿Desde cuándo eran amigas? Es hora de viajar hacia atrás, a los inicios del nuevo curso, siete días, precisamente.

Josefina, tras faltar el primer día de instituto, se fue al segundo con grandes esperanzas, a pesar de haber sido castigado. Esperaba encontrarse un ambiente distinto al que tuvo en la escuela, uno bonito y hermoso, pero, al final, volvió a casa muy decepcionada. Tanto que, al volver a casa, no se cansó de protestar.

― ¡Yo pensaba que iba a ser muy diferente de mi vieja escuela! ¡Pero me encuentro  con más de lo mismo! ¡Son iguales, si no le hablas en ruso, te ignoran y te tratan cómo un bicho raro! ¡No entiendo! ¡No lo entiendo! ¿Por qué hacen eso? ¿El inglés es feo o qué? Bueno si lo es, un poco, y también raro, pero es el único que hablo. ―

Descanso un poco de tanto hablar:

― El español también, pero un poquito. Bueno, eso no importa. Lo que estoy diciendo que es son unos horribles racistas, se alejan de nosotros y nos llaman invasores, opresores y otras que no entiendo muy bien, pero que parecen que son malas palabras. Y es que… ―

Todo eso, pronunciado en una rapidez increíble, era inentendible para quién lo estaba escuchado, y que era su hermana, los demás se quitaron del medio. Ésta, que había vuelto de teñirse el pelo de rojo, intentaba ignorar a su hermanita, solo le importaba aquel programa sobre adolescentes embarazadas que estaba saliendo en la tele. Josefina no se daba cuenta, solo estaba centrada en contar todo lo que había vivido hoy, y a pesar de lo mal que lo pasó, ella creyó haber tenido una cosa buena en ese día.

―…pero a pesar de todo eso, he conseguido mi primera amiga del instituto. ―

Esa chica era Sasha Rooselvelt. Estaba en la última fila, al lado de una ventana y a dos asientos detrás de Josefina. Después de ser rechazada por todos los demás, vio que ella estaba también sola, y observó algo muy peculiar, tenía un bigote y gafas de pega, pareciéndose un completo comediante. Se quedó observándola fijamente, había algo que le atraía en ese bicho raro, no sabía el qué. Al final de la clase, estaba deseosa de ser su amiga, y pensaba que la iba a aceptar porque estaba sola y los demás la ignoraban. Por eso acercó, muy nerviosa, hacia su sitio para mantener una primera conversación con ella.

― ¡B-buenos días! ― Eso le decía al estar delante suya, saludando con la mano. ― ¡E-el día está precioso! ― Se rió nerviosamente, dándose cuenta de que dijo una estupidez, la primera que se le ocurría, ya que estaba lloviendo.

Aquella niña se quedó quieta cómo si fuera una estatua, no movía ni un músculo. Josefina se quedó esperando, con miedo, alguna reacción, y así estuvo un rato, pensando qué le estaba pasando o qué estaba haciendo, hasta que se harto y con amabilidad le dijo esto:

― ¿P-podrías decir algo, por favor? ― No le contestó, siguió haciendo su rol de estatua.

Entonces, el profesor llegó, y les dijo a todos, en ruso, que se sentarán. Josefa, a pesar de no entenderlo, supo que tenía que volver a su sitio. Sintió que no sirvió de nada y que esa chica estaba pasando de ella.

Y al dar la vuelta, para irse a su asiento, Sasha reaccionó, de una forma irracional. Se levantó de su silla con toda la rapidez del mundo, preparando sus manos para hacerle un kancho a la pobre.

Acertó y Josefina gritó como nunca, por el gran dolor que le produjo que le hicieran eso en el trasero.

― ¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué? ¡Yo solo quería ser tu amiga! ― Le gritaba, con alguna que otra lágrima, mientras se tocaba el trasero por el dolor, y mientras el profesor, la castigaba, diciendo que era el segundo día, que no causara problemas.

― ¡Así es cómo saludamos y aceptamos la amistad de alguien en nuestra tierra! ― Obviamente era una mentira absurda, pero Josefina se lo creyó aunque le parecía raro eso. Y todo eso se lo dijo a su hermana, quién la ignoró totalmente.

Así, es cómo consiguió su nueva amiga y estaba, muy contenta de tenerla, a pesar de que le estaba metiendo en problemas sin parar y no dejaba en paz a nadie del instituto.

― ¡Fue idea suya! ¡Yo le hable de ti y ella te quería conocer! ¡Y entonces…! ― Josefina le estaba explicando de nuevo, por desgracia de Eliza que no quería escucharla, cómo llegaron, y al decir esas palabras señaló a Sasha, quién estaba registrando en los cajones y poniéndose en la cabeza las bragas de la rubia.

― ¿Q-qué estás haciendo? ― Dijeron las tres niñas, cuando se dieron cuenta de eso.

Ninguna se lo podría creer, sobretodo Ranavalona, que le pareció una enorme descortesía a su señora, a pesar de que ella era peor, quién intentaba coger en secreto las usadas. E iba a por ella, pero Eliza la paró.

― ¡Dile a esa enferma que deje a mi ropa interior en paz! ― Lo decía con un tono muy enfadado, ya se estaba cansado de su amiga y le gustaría echarla, pero no quería provocar un escándalo.

― Es un insulto llamar así a una obra maestra de las prendas de vestir… ― Eso decía, señalando a la tuerta. ― ¿Cómo le puedes insultar así a los calzones? ¿Por qué? ― Nadie le replicó, porque sería seguir su juego.

― ¡Ya voy, Eliza! ― Eso le dijo Josefa, al ver que la vena de Eliza ya estaba muy hinchado, y se acercó a Sasha. Estaba muy avergonzada por el comportamiento de su amiga y nerviosa al ver que la otra se estaba enfadando un montón.

― No deberías jugar con las pantaletas de las demás. ― Eso le dijo, y Sasha no le hizo caso, Se puso otra braguita. Le repitió eso otra y ésta cogió otra más. Josefa se hartó y le dijo que lo dejarás de una vez y se fuera a por ella, para quitarle las bragas. Entonces, Sasha empezó a correr y la mexicana la perseguía, dando vueltas por toda la habitación sin parar, hasta que Elizaberth explotó, y disparó con una pistola hacia al techo.

― ¡Dejad de hacer el idiota o os voló la cabeza! ― Les gritó con esa terrible amenaza.

Tanto Josefina, aterrada, como Sasha, quién se hizo la muerta, dejaron de correr. Josefina le decía perdón a ella, pero que no debería usar una pistola, que era muy peligrosa; mientras Eliza, con arma en mano, le obligaba a la otra a poner las bragas en su sitio. Su sirvienta se fue en buscar de unas cuerdas, para atar a aquella niña que ya tenía harta a su señora, y no paraba de aumentar su enfado, gracias a los chistes malos de la chica del pelo azul.

Mientras estaba esperando a su sirvienta, Elizaberth estaba preocupada por la situación. Había cometido el estúpido error de disparar, creando un alboroto, y sería cuestión de tiempo que su madre apareciese. No sería tan malo si no fuera porque cualquiera que entre en el Zarato ilegalmente, sin su permiso, estaría condenado a muerte, y esas dos lo habían hecho. No es que le importaba sus vidas o algo parecido, pero sus muertes podrían provocar una situación muy desagradable y llenar su habitación de sangre. Intentaba pensar en algún plan, pero era incapaz debido a los malos chistes de Sasha y a la habladuría de Josefa, quién no se callaba ni debajo del agua.

― ¿No podrían callarse? ¡Estamos en una situación crítica! ― Les gritó.

― ¿Qué quieres decir c…? ― No le dio tiempo a decir eso a Josefina, porque algo que apareció de repente la interrumpió.

Sin saber dónde entró y cómo lo hizo, una mujer apareció de repente, como si fuera un rayo y de una forma muy aterradora, y con escopeta en mano se echó encima de Josefa y le puso el arma a pocos centímetros de su cara.

― ¿Quién ha entrado sin mi permiso a mi Zarato? ― Ese gritó retumbó toda la habitación, con una furia aterradora.

― ¡Somos amigas de Eliza, por favor no nos hagas daño! ― Le dijo Josefina mientras temblaba como un flan, y con los ojos cerrados, deseando, que por nada del mundo le matarán.

Entonces ella, quién era la Zarina, dejó el arma y pasó de estar hecha una furia a reírse sin parar, como si había pasado algo gracioso. Sasha hizo lo mismo, empezó a reír. Elizaberth se quedó con la boca abierta, después de no haber podido reaccionar con la aparición repentina de su madre, no entendía el porqué se estaban riendo esas. Josefina, al ver que estaba a punto de morir, se quedó en stock, mientras humedecía el suelo con su orina.

― ¡Hija mía! ¿Por qué no me has dicho nada? ¡Tenías que habérmelo autorizado! ¡Casi iba a matar a tus amigas! ― Eso le decía a su hija, entre risas y con algo de enfado, no le gustó que su hija hiciera eso sin su permiso. A pesar de todo, estaba feliz, ya que su hija parecía tener amigas y que las trajo a su casa, a pesar de que Elizaberth nunca las invitó. Por su parte, la pequeña rubia le tuvo que mentir, porque si decía la verdad si acabaría con ellas, de verdad. Entonces, se empezó a escuchar una voz, que era de la sirvienta Ranavalona:

― ¡¡Mi Señora!! ¡¡Mi Señora!! ¡¡Su madre se ha enterrado y las está busc…!! ― Al entrar a la habitación, mientras decía eso, se dio cuenta de que había llegado tarde y que la Zarina ya estaba allí. Se puso muy roja y empezó a disculparse a su señora por la tardanza.

― ¡¡Oh, tu mamá es muy hayai, tuerta!! ― Eso dijo Sasha al ver esto. Eliza, aunque la miraba con ganas de matarla, la ignoró y la madre no se dio cuenta, ya que le estaba diciendo a la pequeña sirvienta que nadie la supera en rapidez, con alguna que otra risa.

Después de eso, todos se acordaron de Josefina. Y mientras mandaba a Ranavalona que lo limpiara, la Zarina llamó a sus criadas para que limpiaran a Josefina, cuidarla hasta que se puniera bien y buscarle buenas ropas. Pasaron unas cuantas horas para que ella se despertarse.

― ¿Dónde…? ― Eso decía, mientras abría poco a poco sus ojitos. ― ¿D-dónde estoy? ― Al terminar esa frase, abrió totalmente sus ojos, bostezando. Miró a su alrededor y vio que no estaba en su cama, ni en su casa, y que tenía puesto un pijama muy bonito.

Entonces, recordó todo lo que pasó, poniéndose pálida, y se dio cuenta de que seguía en la habitación de su amiga Eliza. La experiencia le fue tan horrible y fea, que empezó a llorar de felicidad, por haber evitado la muerte y seguir viviendo, mientras le decía gracias a Dios en voz alta. Desde afuera, una criada estaba en la puerta esperando que despertara y cuando lo escuchó, llamó inmediatamente a la Zarina.

― ¡¡Ah, por fin estás despierta, hija!! ― Eso decía al entrar a la habitación de forma repentina. ― ¡Lo siento mucho, me pasé un poco contigo, pero aún sigues viva! ― Se reía como si nada.

La mexicana, recordando lo que le hizo y al verla aparecer de repente, gritó y se escondió bajo las mantas, temblando como un flan. Decía sin parar que lo sentía, que perdón por entrar sin permiso, que nunca haría lo mismo y entre más cosas, parecía como si hubiera tenido un trauma. Ésta, pensando que tal vez con algo de charla podría tranquilizarla, se acercó a ella. Josefina, al ver eso, se puso más nerviosa y aterrada, y empezó a pedirle piedad a esa persona. Mientras tanto, en otro lugar, en la biblioteca del palacio estaba Eliza, quién estaba leyendo algún que otro libro escrito en alemán, y Ranavalona, quién le trajo su té.

― ¡Qué día tan horrible! ― Protestaba la rubia, tras cerrar violentamente el libro. ― ¡Y yo que pensaba que iba a descansar después de nuestra última rebelión! ― Se puso la mano en la frente, en señal de que dolía la cabeza y estaba cansada.

No quería soportar a Josefina ni a su amiga un rato más, tanto una como la otra la estaban fastidiando sin parar.

― ¡No se preocupe, Mi Señora! ¡Ellas se irán antes de que haga de noche! ― Eso le decía su sirvienta, quién la intentaba animar. También ella quería que se fueran, ya que estaban molestando a su señora y también, deseaba estar sola con ella, sin ninguna de esas dos entrometidas.

― Eso espero… ― Eso le dijo, mientras miraba, desde su ventaba, cómo el sol ya estaba bajando hacia las montañas. Después de dar un gran suspiro, pensó en lo dijo hace rato su sirvienta, que le preguntó si debería hacer algo para hacerles callar sobre lo poco que vieron al Zarato. Se rió, porque pensaba que nadie haría caso a unas niñas, y que si alguien intentaba sacar de ellas alguna información y exponerlo, lo haría rápidamente callar. Se olvidó de esas tonterías cuando una criada apareció para decirles algo poco importante para ellas.

― ¡Señorita, su madre dice que su amiga se ha despertado! ― Eso le gritó.

― ¡Qué bien, Mi Señora! ¡Se han despertado antes de caer el sol! ― Ranavalona se sentía feliz, al creer que iban a irse de sus vidas pronto, su señora no estaba muy segura, pensaba que era muy tarde, y que ellas se iban a quedar a dormir. Y con estos pensamientos se fueron a la habitación.

Allí se encontraron con una Zarina contándole su vida a una Josefina aterrada, que no se sentía a gusto cerca de ella, no solo por lo que le pasó antes, sino por lo que estaba escuchando, estaba oyendo cómo esa mujer contaba felizmente las atrocidades que había cometido en el pasado. Y cuando vio a Eliza, saltó hacia ella.

― ¿Qu-qué haces? ― Eso le decía Eliza, sorprendida por ese acto. Le pedía que le soltara, ya que le parecía desagradable y le estaba ahogando.

― ¡Tú mamá da mucho miedo! ¡Es un monstruo, un monstruo!― Eso le decía sin parar, olvidando el hecho de que ella estaba ahí.

― ¡Suelta a mi Señora, que la está ahogando! ― Casi le iba a dar algo cuando vio que esa chica abrazó a su señora y por eso intentaba soltarla, no solo porque así lo quería Eliza, sino que no quería que la abrazara. Si ella no podría, los demás tampoco.

― ¡Eso me dicen todos, todos! ― Eso decía ella, entre risas, ya que le parecía gracioso escuchar eso de la amiga y pasaba por alto esas palabras, ya que estaba acostumbrada a su mala fama. Esto mientras las criadas volvían de su búsqueda y traían a Sasha, atada, tras estar quitarse del medio y fastidiar al personal. Cuando todas estaban reunidas, la Zarina empezó a hablar:

― Pues, bueno…. ¿Y ahora qué harás tú y tus amigas? ― Eso le preguntó, y Eliza le iba a decir que las iba a llevar, pero no le dio tiempo a terminar.

― ¡Ya se está haciendo de noche, así que hoy se quedan a dormir aquí! ― Eso dijo, sin importarle una mierda la opinión de su hija, a pesar de que le preguntó.

― ¡Vamos a ver madre, pero eso es muy repentino, ya que…! ― Le intentó explicar su hija, en un intento de mandarlas a su casa, pero su madre la ignoró y la calló.

― ¡Nada de peros! ¡Si digo que se quedan a dormir, lo harán! ― Eso le gritó, porque ellas iban a quedarse la noche ahí, sí o sí, y que nadie le iba a decir lo contrario. Hacía tiempo que no le visitaba nadie y por puro aburrimiento quería que esas chicas se quedaran a dormir en su casa. Eliza no pudo hacer nada, estaba rabiando, esta era una de las muchas razones por la cual detestaba bastante a su madre.

-¿D-de verdad, puedo dormir aquí?- Eso lo dijo, temerosa, por si le gritaba o algo parecido.

― No tengo ganas de repetir algo que he dicho y que está muy claro. ― Esas palabras hicieron saltar a Josefina de la alegría, ya que iba a pasar una noche durmiendo en un casa de ricos.

― ¡Whoa! Esto sí es una democracia y lo demás son tonterías. ― Esto le dijo de una forma muy burlona Sasha, obviamente una ironía, a Eliza. Ésta sintió como si esa niña se estaba burlando de ella y deseaba volarle la cabeza a balazos. Ranavalona estaba llena de rabia y celos hacia Josefa, por haber abrazado a su señora, y lo que le dijo esa niña a Elizaberth le dio más ganas de odiar.

La cena llegó a las ocho y media de la tarde, en forma de un gran e impresionante banquete que dejó boquiabierta a Josefina, pensaba que era igual que en las películas, y no podría creer que los cubiertos eran de oro, ni tampoco que hubiera gente tocando para ellas, montados en un escenario realmente precioso y complejo, que imitaba a un lugar exótico. La Zarina estaba presumiendo, decía que había traído los platos más ricos del Zarato para ellas, y sabía que lo estaba consiguiendo, que había dejado sin habla a su pequeña invitada. A Elizaberth la actitud de su madre le quitaban las ganas de comer. Sasha había pedido ir al baño y no había vuelto desde entonces, estaba en otro lado fastidiando a Ranavalona y a los demás sirvientes.

― ¡E-esto…esto…es…no sé qué decir! ― Eso intentaba decir Josefa, incapaz de decir algo decente. Todo el lujo que estaba viendo la había deslumbrado. ― ¡Sabía que eras rica, eres una super-millonaria, como en los dibujos! ¡Me alegró de ser tu amiga! ― Eso dijo eufóricamente, la Zarina se rió ante esas palabras y Eliza, no le entró ninguna reacción esas palabras.

― ¡Y eso no es todo! ― Le decía la Zarina, con todo el orgullo del mundo.

― ¿Hay más? ¡Ya las has dejado impresionada, no hace falta nada más! ― Protestó Eliza, quién quería evitar que su madre se pusiera muy presumida y hiciera alguna chaladura de las suyas, aparate de que ya no la podría aguanta más.

― Eliza, yo ya no tengo más hambre… ― Eso decía, mientras paraba de comer y veía que era demasiada comida. ― ¿Qué van a hacer con la comida restante? ―

― Pues dárselo a los indios, lo aceptarán encantados. ― Eso decía, mientras veía a los criados que estaban en la sala miraban aquella deliciosa comida con ganas de devorarla. Entonces, recordó que faltaba alguien en el banquete.

― ¿Por cierto, dónde está el idiota de Wilhelm? ― Gritó furiosa hacia los sirvientes y estos, con temor, le decían que no había venido. Entonces, empezó a gritar como leona y les decían a ellos que le llamarán ahora mismo.

― ¿Q-quién es Milje? ― Eso le decía Josefa al oído a Eliza, para que no le escuchará su madre, aterrada por lo rápido que cambió su humor.

― Wilhelm. ― Le corrigió Eliza, para decirle esto: ― Este tipo… ― le entraron las nauseas al recordar su existencia. ― es mi tío. ― Lo dijo de una forma muy denigrante. Ni quería mencionarlo, lo odiaba y se avergonzaba tener relación familiar con él.

― Ah vale. ― Esto decía al darse cuenta que tocó un tema incómodo, y decidió cambiar a otro. ― ¿Y Rana…? ― Le costaba recordar su nombre. ―¿Rana..Rananavola…? ―

― Se llama Ranavalona y está con los criados, no come aquí. ― Eso le dijo Eliza con toda la frialdad del mundo, como si le importaba bien poco su sirvienta.

-¿Y por qué no comen aquí?- Eso le preguntó Josefina, le pareció algo feo que no le estuvieran acompañando los sirvientes para comer.

― Lo siento, no puedo escucharte muy bien con los gritos de la loca de mi madre. ―

Era mentira, pero no quería escuchar a Josefina y que ella se callará otro momento, pero si le dolía la cabeza por los gritos que pronunciaba la Zarina. Josefina decidió hablar más fuerte, y aquel dolor que sufría Elizaberth había empeorado.

Al fin, llegó aquel por el cual la Zarina estaba gritando sin parar, y estaba acompañado de otros criados y de Sasha, que fue devuelta por ellos. Era un rubio muy alto y esquelético, con buena ropa de marca.

― ¡Perdón, perdón por llegar tarde!  ―Eso decía con aparente alegría, con una gran sonrisa y riéndose sin parar. Se podría observar que estaba borracho, ya que apenas podría caminar y olía a alcohol, además de aquella actitud que mostraba. El pobre sufrió un buen golpe en toda la cara, provocada por uno de los puños de la Zarina.

― ¡Puto asqueroso de mierda! ¡Otra vuelves a mi palacio borracho! ¿Cuántas veces te dije que si estuvieras así no vinieras a mi reino? ―

Histérica y enfadada, torturaba al pobre mientras le pedía sin parar que no le matará. Este espectáculo ayudó a que Eliza, Josefina y Sasha se quitarán del medio, aunque ésta última quería quedarse a verlo pero no le dejaron.

Lo único que más deseaba en ese momento Elizaberth era irse a su cuarto y a dormir plácidamente, sin nadie que la molestase. Al entrar, vio que Josefina y Sasha entraron con ella.

― ¿Qué hacen? ― Les preguntó.

― ¿Pues vamos a dormir, no? ― Eso le respondió, Josefa.

― Yo dormiré aquí. Ustedes no. ― Eso les decía con señas y señales, para que le quedaran bien claro, que ella iba a dormir, sola, en su habitación

― Con lo grande que es tu cama podríamos dormir juntas. ¡Imagínate, una fiesta de pijamas! ― Eso era lo que deseaba Josefina. Quería hacer eso, con sus amigas.

― ¡No! ― Al escucharlo se puso aún más como una furia, ni por asomo quería una fiesta de pijama, solo quería dormir tranquila. Y echó a Josefina, después de llamar a Ranavalona para que se quedara con ella. Al hacer esto, cerró la puerta, sin saber que Sasha seguía adentro, saltando su cama otra vez.

― ¡Hey, tuerta, tu cama está muy calentita, perfecta para hacer fiesta de lesbianas! ¡Después de todo, somos griegas! ¡Elefthería i thánatos! ―

Con la rapidez del rayo, Eliza la atrapó y la echó de su cuarto, cerrándolo con pestillo, después.

― ¿Por qué siempre ella es tan difícil? ― Eso dijo Josefina, tras suspirar fuertemente. A veces le molestaba esa faceta de Eliza.

― ¡Esa faceta suya es tan linda! ― Eso decía Ranavalona, babeando, con su imaginación haciéndole pensar en cosas no muy decentes. Rápidamente los borró, porque tenía gente delante y les estaba mirando mal. -¡Las ordenes de mi Señora hay que cumplirlas, así que ustedes deben dormir en mi habitación!- Apenas le hacía gracia estar con ellas, pero tenía que cumplir, y vigilarlas. Y al mirar su puerta, deseaba que algún día su señora le dejara dormir con ella, y le abrazará sin parar.

Mientras andaba hacia la habitación de la sirvienta, con Josefina hablando sin parar y las otras dos ignorándola, hasta que Sasha se paró y empezó a reírse, y la mexicana y Ranavalona mirando hacia ella, pensando que le pasaba.

― ¿Qué pasa Sasha, has recordado algo gracioso? ― Eso le decía Josefina, deseosa de saber que por qué se estaba riendo su amiga.

― Mi papel ―Empezó a hablar de forma dramática, como si fuera un mal actor. ― en esta historia no me da verdadero protagonismo, ni siquiera estoy haciendo bien mi trabajo. ― Se puso de rodillas. ― ¡Oh dios! Ya he perdido mi capacidad que nunca fue relevada por nadie y ahora mismo actuó como un simple extra… ― Con las manos levantadas y gritando a un supuesto cielo. ― ¿Por qué, Dios, por qué? ― Tanto Ranavalona y Josefina se quedaron con la boca abierta, intentando comprender que estaba estupideces estaba diciendo.

― ¿Qué le pasa, Señorita Sasha? ― Eso decía Ranavalona, un poco asustada, por esa repentina actuación.

― Si no fuera por mí, Chespirito nunca habría llegado hasta aquí…― Ellas dos se preguntaban quién era, mientras Sasha señalaba a Josefina.- Ella fue la excusa perfecta para entrar en este lugar. Mi papel en esta historia ha sido relevada… ¡Derrocar a la Zarina e imponer mi democracia totalitario! ¡Muajajajajajajajajaja esto sí es un cambio impredecible de los acontecimientos! ― Y salió corriendo mientras se reía como un malvado cómico.

― ¿Quién es Chespirito? ― Eso se preguntaba Josefa, le sonaba de algo pero no sabía el qué.

― Eso no importa, tu amiga va a hacer una estupidez, mexica. ― Y con estas palabras salió corriendo para detener a Sasha. Pensaba que no iba a hacer nada, pero ese comportamiento podría mosquear a la Zarina y meter a su señora en un horrible aprieto.

― ¡Se te ha olvidado la “na”! ― Le corregía Josefina para luego decir esto:    ― ¡No hagas caso a Sasha, ella nunca hace nada en serio! ¡Nunca! ― Eso que dijo, le hizo pensar que lo molesto de ella era eso nunca se ponía seria. Tuvo que olvidarse de eso, porque ellas se alejaban y no quería que le dejaran sola, menos cuando la madre de Eliza estuviera por ahí.

Al correr ella, llegó al final del pasillo y vio cómo Sasha estaba sentada en el suelo, tocándose la cabeza, en dónde tenía un chinchón en la cabeza.

― ¿Qué le ha pasado? ― Eso le preguntó a Ranavalona, y ésta solo le dijo que tal vez chocó con la pared, mientras Sasha seguía diciendo tonterías.

Después de eso, llegaron a la habitación de Ranavalona. No tenía muebles impresionantes ni caros como el de su señora, pero sorprendió a Josefina, ya que cuando la sirvienta encendió su lámpara de petróleo, vio que la habitación estaba llena de cuadros de todos los tamaños, todos eran retratos de Elizaberth, y también había un montón de muñecos que se parecían mucho a ella.

― ¡Es un lugar muy peculiar! ― Eso decía, nerviosa, Josefa, le parecía algo siniestro ver tantas cosas con la imagen de Elizaberth.-¡M-me encantan todos estos cuadros, son muy bonitos!- Decía eso por decir algo.

― Me encanta la obsesión que tienes con tu ama, persona inferior. ― Eso dijo Sasha, con su tono habitual de burla.

― ¡No digas esas cosas ni en broma, Sasha! Todos somos iguales, lo dice la constitución esa. ― Le regañó Josefa, quién le molesto ese comentario.

Ranavalona las ignoraba con tristeza, ya que no podría pensar en fantasías poco decentes con su señora al tener compañía. Estaba preparándolo todo para dormir, tanto los pijamas como las camas. Josefina, al verla, se ofreció a ayudarla. Cuando terminaron esas dos, vieron que Sasha se ató ella sola, sin saber las demás cómo.

― ¡Así es como duermo! ― Eso decía Sasha, al ver que le iban a quitar las cuerdas. Ranavalona pensó que estaba idiota, Josefa que era algo rara, aunque ya se dio de eso hace tiempo. Al final, ayudaron a meter a la niña atada en su cama, se acostaron en la suya y apagaron la luz.

Al principio, todo estaba en silencio y Ranavalona observaba por la ventana la luna, no tenía muchas ganas de dormir. Duró poco, ya que la sirvienta notó como alguien se levantó y se metió en su cama.

― ¿Qué haces? ― Eso dijo, sorprendida.

― Estás despierta. ― Eso dijo la mexicana.

― Eso lo sé, señorita mexica, pero… ¿Qué hace en mi cama? ― Decía eso muy roja, porque era la primera vez que alguien se acostaba en la misma cama que ella, y le parecía embarazoso, además de que sentía que estaba traicionando a su señora, porque ella solo quería que ella fuera la única que se acostará con ella.

― Bueno, es que… ― Le daba vergüenza decirlo, no quería que se sintiera mal por su comentario. ― Tu habitación da miedo y no puedo dormir sola. Así qué, ¿Puedo dormir contigo? ―

Quería decir que había dos chicas en la habitación, que su miedo era estúpido, pero decidió decirle solo sí, no tenía ganas de hablar. Josefina dijo un sí muy fuerte, que hizo que la sirvienta le dijera que no gritase. Parecía que todo iba a volver en silencio, pero la mexicana, decidió seguir hablando porque no podría dormir, por desgracia para la sirvienta.

― Ah, por cierto… ¿Cómo es el papá de Eliza? ― Eso le preguntó, al recordar todo lo horrible que paso con su madre, y intentaba pensar si era igual o peor que la Zarina.

― ¿El padre de Mi Señora? Hace años que no pasa por aquí… ― Ella apenas le conoció. ― Vive en el otro lado del océano. ―

― ¿Y entonces, tiene Eliza hermanos? ―

― Muchos, pero son de otra esposa que tuvo, y otros por infidelidades. No es una historia bonita. ― Lo decía porque se acordaba del odio que sentía su señora por el resto de su familia, tanto por parte paterna y por parte materna.

― ¿Y tus papás? ― Eso dijo, Josefa, que cambió de tema, al saber que había tocado un tema molesto.

― Soy huérfana. ― Esa simple y fría respuesta, le puso nerviosa a Josefina, que volvió a tocar otro tema espinoso, y le decía sin parar que lo sentía.

― No importa, solo déjame dormir. ― Ya tenía sueño, Ranavalona.

A los pocos minutos de decir eso, se quedaron dormidas ellas. Y cuando Ranavalona estaba teniendo un sueño muy hermoso con su señora, fue despertada. Una voz le decía sin parar e histéricamente que se despertara mientras movía su cuerpo sin parar. Sabía que era Josefina.

― ¿Qué quieres ahora, mexica? ― Le decía, algo malhumorada.

― Siento que me he meado encima, huelo fatal… ― Eso decía, muerta de la vergüenza y a punto de llorar, no sabe muy bien el porqué.

Ranavalona, rápidamente y con todo el asco del mundo, encendió la lámpara para ver si esa chica se hubiera meado en su cama. Entonces, vieron que en el pantalón del pijama y la cama estaba llena de sangre. Josefina dio un gran y terrible chillido, al ver que era eso, y no paraba de gritar.

― ¡Sangre! ― Se puso a llorar. ― ¡Por dios, sangre, guacala! ― Movía los brazos histéricamente. ― ¿¡Qué pasa, por qué estoy sangrando!? ― Estaba pensando en lo peor. ― ¡Es demasiado! ¡Oh, dios me voy a morir, me estoy desangrando! ―

Los gritos histéricos de Josefina hicieron despertar a Sasha y ésta comprendió lo que era.

― ¡Enhorabuena, ya eres toda una mujer! ― Al decir eso, empezó a reír.

― ¡Tranquilízate, señorita mexica, es sola la regla! ― Ella ya lo sabía, Josefina había menstruado por primera vez, y le intenta tranquilizar y explicar lo que era, algo que ya tenía ella desde hace poco, pero le era imposible.

― ¿¡Tranquilizarme!? ¡No puedo! ¿No ves que me estoy muriendo? ― Le decía una Josefina realmente histérica y totalmente ida de la cabeza. ― ¡Ranavalona, Sasha, papá, mama; qué alguien me ayude! ¡Un médico, necesito un médico! ¡Ayuda, policía! ―

Esos gritos de pura histeria despertaron a todo el mundo y llegaron hasta la habitación de Elizaberth, quién se levantó de la cama con muy malas pulgas y directa hacia el origen de ese griterío. Los sirvientes que se habían despertado por el mismo motivo, al verla, se quitaron del medio, y ella entró en la habitación de Ranavalona, abriendo la puerta violentamente.

― ¿Se puede saber qué pasa aquí? ― Gritó con toda la furia del mundo, su cara parecía la de un demonio.

― ¡Mi Señora, es que ella ha tenido la regla y se ha alterado! ― Eso le dijo su sirvienta, incapaz de poderle explicar que eso que le había pasado era natural y lo peor que tiene una mujer. Su señora, sin mediar palabra y quemada, se acercó a la mexicana y le dio un puñetazo en toda la cara que la tranquilizó.

― Te doy una nueva orden Ranavalona, mantenla callada toda la noche. ― Eso le dijo su señora, después de hacer callar a Sasha de la misma, ya que ésta estaba riéndose sin parar; y tras decirle que sí, se fue a su cuarto. Así es cómo hubo silencio el resto de la noche.

Al llegar el día, Josefina ya estaba tranquila y le decía perdón a Eliza y a todos de lo que hizo en la noche. Se estuvo quejando de lo horrible que iba a ser tener la menstruación, después de que Elizaberth, le explicó lo que era, antes de que su madre, que no paraba de reír al escuchar esa historia, estaba preparándolo todo para llevarlas a casa.

― ¡A pesar de todo lo malo, me lo he pasado muy bien! ― Eso les decía Josefa, cuando estaban volviendo a casa, montados en una diligencia conducida por la Zarina. Quería volver otro día.

―¡¡Debes ser la única!! ― Eso decía Eliza, toda molesta e irritada, pensando que haría todo lo posible para que éstas no volviesen a su casa.

― ¡¡Yo quiero quedarme aquí, con mi buen amiga la princesita ricachona por si la herencia y esas cosas!! ― Eso decía Sasha, mientras le intentaba poner el brazo detrás de la espalda. Elizaberth, se puso a reír sin parar de lo gracioso que le pareció eso y le dijo una fuerte y dura negativa.

― Es verdad que Eliza vive como si fuera una verdadera princesa. ― Eso decía Josefina, con un poco de envidia y soñando con tener una vida muy parecida a la de su amiga Elizaberth.

― Es que es una princesa. ― Eso dijo la Zarina, aunque nadie la hizo caso.

Elizaberth se puso a mirar el paisaje, después de poner la cabeza de Ranavalona en otro lado, quién estaba durmiendo plácidamente y cayó sobre los hombros de su señora. A pesar de que se le notaba irritada y distante, en el fondo estaba feliz por librarse de aquellos dos elementos. Ya deseaba aquella tranquilidad que no tenía desde hace tiempo, pero la realidad, su eterno enemigo, le aguarda una fea sorpresa.

― ¡Zarina! ¡Zarina! ― Se empezó a escuchar una voz, y era de un indio que iba en caballo, y parecía tener mucha prisa. Ella paró el carro y esperó.

-¿Qué quieres, muchacho?- Eso le dijo, cuando llegó.

― Algo urgente. ― Eso le decía mientras le entregaba una carta. Todas intentaban cotillear que pasaba, y Elizaberth se estaba preparando para lo peor. Cuando terminó de leer, la rompió y la tiró al suelo y les dijo esto:

― ¡¡Niñas, cambio de planes, nos vamos de acampada!! ―

Y con esto dicho, mientras Eliza era incapaz de decir algo, mientras Josefina y Sasha se ponían contentas sin saber realmente lo que estaba pasando, y con Ranavalona durmiendo plácidamente; la Zarina cambió de dirección, hacia al interior del Zarato, hacia una nueva aventura, un nuevo problema nacional que solucionar; para desgracia de Elizaberth, cuya ansiada tranquilidad tardaría en llegar.

FIN

Estándar