Decimoquinta_historia

Las Montañas del tesoro, decimoquinta historia.

Eran alrededor de las cinco de la tarde, cuando al principio de una larga cuesta se les rompió el coche, y se quedaron parados en mitad de las grandes y heladas montañas de Shelijonia, a más de dos mil metros sobre el nivel de mar. Las temperaturas estaban bajando drásticamente y aquellas tres personas, no sabían qué hacer.

― Ya sé lo dije. ― Le decía uno de ellos a otro. ― ¡Ese coche no podría soportarlo! ―

― ¡No me pude resistir, era el más barato! ― Le replicaba.

Allí estaban, aquellos supuestos exploradores, que fueron en busca de Lafayette. Mao daba vueltas sin parar, realmente enfadado con el coche, diciéndose que tuvo que hacer caso a eso de “que lo barato, a veces, sale caro”. Leonardo por su parte, levantó el capó y miraba, pero como no sabía nada de mecánica, pues no entendía el problema del coche, mientras Josefina no paraba de quejarse.

― ¿Cuándo nos vamos a la aventura? ¡Esperar es muy aburrido! ¡Nadie viene, absolutamente nadie! ¡Olvidémonos de ese piche auto y vámonos de aquí! ― Eso decía Josefina, quién observaba, por cada lado de la carretera, si venía un coche. Ella esperaba al iniciar este viaje, diversión, emoción, grandes aventuras, pero solo estaba encontrado puro aburrimiento.

Mao le replicó que no se hubiera ido con ellos, muy enfadado. Parecía que escupía fuego, ya que no esperaba algo así. El viaje había comenzando muy bien, el coche funcionaba perfectamente hasta que cogieron está carretera y tras subir cientos de cuestas se rompía, mientras observaba aquellos parajes nevados. Empezó a arrepentirse de hacer ese viaje.

― ¿Y ahora qué vamos a hacer, Gerente? ― Eso le preguntó Leonardo a Mao, cuando vio que el sol se estaba escondiendo.

― ¡Eso, me gustaría saber yo! ― Le exclamó Mao, y, en un arrebato de ira, se fue a por el coche, gritándole esto: ― ¿Por qué lo barato no puede tener calidad? ―

Le dio una patada tan fuerte que el embrague se soltó, y para el horror de los presentes, quienes se quedaron pasmados; vieron como éste rodó hacía atrás y cayó un enorme barranco, que lo destrozó al completo. Los primeros segundos, fueron de puro silencio, con ellos boquiabiertos.

― ¡Mierda! ― Mao dio un gritó tan fuerte que, por el eco, se escuchó por todo el valle, al ver lo que había hecho. Por su culpa lo habían perdido todo y tendría que pagar el dinero del coche. Cayó de rodillas y se puso las manos a la cabeza, mientras mencionaba, como si tuviera un trauma, a Buda sin parar. Josefina y Leonardo pudieron reaccionar y empezaron a consolarlo.

― ¡Solo ha sido un accidente! ― Eso le dijo Josefina.

― ¡No sabías que eso iba a pasar! ― Eso le exclamaba por otra parte, Leonardo.

Pero Mao se recuperó rápido, ya que se sentía el líder del grupo y si se rompía en ese momento, iban a estar mucho peor. Así, que se animó y se levantó del suelo, para decirle esto:

― ¡Lo hecho, hecho está, pero no es hora de arrepentirme! ― Al decir eso, Josefina y Leonardo le preguntaron y Mao, consciente de que debían de hacer algo y rápido, porque ya estaba oscureciendo; gritó esto con todo el ánimo.

― ¡Iremos hacía adelante, hasta llegar al próximo pueblo! ― Eso les dijo señalando todo el camino que aún tenían que recorrer. Así que, empezaron a marchar hacia arriba totalmente motivados, pero tal motivación se fue desvaneciendo con el paso de las horas. Primero, llegó la noche; después, el cansancio, el frío y el hambre. Más los aullidos de lobos que le ponían la carne de gallina a Josefina y a Leonardo.

― ¿Cuándo vamos a llegar? ― Le preguntaba Josefina. ― ¿Está cerca, no? ¡Qué yo ya estoy muerta! ― No paraba de quejarse, repitiendo lo mismo una y otra vez. Mao que tenía poco aguante cuando ella se ponía a charlar sin parar, estaba a punto de estallar y se intentaba controlar. Leonardo, por su parte, era bastante estoico y podría soportar eso. Si no hubieran divisado desde la carretera, la presencia de un poblado, las tensiones entre ellos podrían haber explotado de un momento para otro.

― Parecen casas.  ― Decía Mao, mientras los observaba. ― Pero no hay luces en ellas. ― La luz de la luna hacía reflejar lo que parecía ser las formas de casas, asentadas sobre lo alto de una pequeña elevación en la montaña.

― Apenas se distinguen en la penumbra, pero sí, creo que es un pueblo. ― Le dijo, por su parte, Leonardo.

― ¡Por fin, aleluya! ¡Gracias a Dios y a la virgen de Guadalupe! ¡Estamos salvados! ― Y con esto dicho, Josefina salió corriendo a toda velocidad, yendo más veloz que un guepardo. Ignoraba los gritos de Mao y Leonardo, que le decía que se parase, que se iba a matar; mientras estos intentaban perseguirla.

Al fin la alcanzaron, cuando llegaron a las puertas del pueblo, y Mao quiso regañarla pero tenía que descansar de la enorme carrera que hizo, al igual que Leonardo. Josefina le entró el miedo al observar aquel lugar. No parecía que estuviera habitado, porque no había ningún atisbo de luz ni de señales de vida. Por eso, y con el viento helado produciendo ruidos inquietantes que hacía que el lugar tuviera un ambiente, siniestro y aterrador; hacía temblar tanto a Josefina como a Leonardo.

― Parece un pueblo abandonado. ― Decía Mao, quién no se contagió del miedo de los otros dos, y observaba cuidadosamente en busca de alguna señal.

― ¿No deberíamos irnos de aquí? ― Le preguntó una Josefina temblorosa a Mao, mientras le cogía del brazo.

― ¡Por supuesto que no! ¡Podemos refugiarnos en algunas de éstas! ― Eso le respondió Mao, quién se soltó y se introdujo hacía al interior del pueblo, a buscar alguna casa que estuviera bien. Con miedo y temor, Josefina y Leonardo, le siguieron.

Tras cruzar una calle, subiendo una cuesta más, y tras pasar por unas casas media derrumbadas, encontró una que le parecía adecuado, que no tenía la madera tan estropeada como el resto, y que parecía ser en otros tiempos una tienda. Su enorme ventanal, estaba totalmente rota, y apenas había cosas dentro de ahí, solo vacío.

― ¡Tal vez, éste nos sirva! ― Eso dijo Mao, que rápidamente se metió dentro, para saber cómo estaba el interior.

― Gerente, ¿en serio se va a meter dentro? ― Le gritaba Leonardo aterrado. Él le dijo que sí, y que si no querían, que se quedaran ahí. Eso hicieron, después de no poder convencerle de que no entrará. Mao se tomó su tiempo para observa la casa y eso, hizo que tanto la imaginación de Josefina como Leonardo empezaran a volar y se imaginarían cosas horribles.

El canadiense se imaginaba la existencia de algún loco o asesino, allí dentro. Josefina, que había un monstruo o un fantasma. Y con cada minuto que pasaba, más era su preocupación y el miedo de que Mao estuviera muerto y de que ellos serían los siguientes. Giraban la cabeza con cada ruido que escuchaba, por pequeño que sea, y solo contribuían a empeorar sus miedos. Deseaban con todo el corazón, que saliera de una vez pero, entonces, escucharon un grito, que provenía del interior.

― ¡Corred, por Buda! ― Era el grito de Mao, y con solo escucharlo salieron corriendo. No sabía que les estaban persiguiendo pero no querían saberlo, estaban oyendo terribles rugidos que le decían que eso era peligroso. Mao alcanzó a Leonardo, mientras Josefina los dejaba muy atrás.

― ¿Qué ocurre? ― Le gritaba Leonardo.

― Un puto oso nos persigue. ― Le gritó Mao, quién despertó sin querer un oso, que utilizaba aquella casa como lugar para dormir. Entonces, ellos, por el nerviosismo, se chocaron y cayeron al suelo. No le dieron tiempo de levantarse, porque aquella bestia parda ya los había alcanzado.

― ¡Oh, no! ¡Mao, Leonardo! ― Gritó Josefina, cuando paró y se dio cuenta de eso. Mao le gritó que siguiera corriendo, mientras el oso se alzaba ante ellos y lanzó un gran rugido, que presagiaba el terrible destino de sus pobres víctimas. El canadiense, llorando, le pedía misericordia y el chino le decía que lo sentía mucho, que no quería hacerlo; y le suplicaba que le dejaran en paz; pero el oso no era muy piadoso y estaba preparado para atacar. Los dos se abrazaron mutuamente, creyendo que iban a morir y dándose las últimas palabras el uno al otro, mientras Josefa se tapó los ojos para no verlo, y ellos también.

Entonces, el oso soltó otros rugidos pero estos no eran, sino de dolor, porque una flecha se le incrustó en unos de sus ojos. Todos, al abrir los ojos, vieron a la bestia huyendo a toda velocidad. Josefina se dio cuenta de que alguien estaba junto a ella.

Aquella chica llevaba un ushanka de color gris, junto con un enorme abrigo del mismo, mientras su pelo plateado se movía con el viento. Al bajar la ballesta, les gritó esto, a los que salvó:

―  ¿Qué hacen ustedes aquí? ― Eso lo dijo con una mirada, muy seria; y todos, entonces, gritaron su nombre: ― ¿¡Nadezha!? ―

Tras esto, fueron conducidos hacia la cabaña más alejada del pueblo, situada casi en el pico de una pequeña montaña. Y al entrar, Nadezha encendió la chimenea que estaba situada en el salón y que era la única cosa que lo iluminaba. Rápidamente, Josefina se puso cerca del fuego para calentarse, y el resto se sentó en un gran y viejo sofá. Mientras Leonardo se estaba quedando dormido, Mao le estaba contado su historia, obligado.

― Entiendo… ― Le decía Nadezha, tras oírle. ― Ya lo entiendo todo. ― Soltó un suspiro de alivio, Mao al ver eso se extrañó y le preguntó qué quería decir.

― Tendré que contar mi historia. ―

Entonces Nadezha le empezó a contar lo que le pasó. Antes de desaparecer, Lafayette apareció por su casa, tirándole pedradas a su ventana, y le enseñó la parte inferior de una caja de música, obligándole a reconocer que parte de Shelijonia era eso, ya que recordaba que esta era muy buena en geografía. A pesar del rencor que le sentía y las ganas de llamar a la policía, la ayudó. Entonces se dio cuenta que aquel mapa representaba sus propia tierras.

― ¿Tierras, de qué hablas? ― Le preguntaba Mao mientras intentaba luchar por no quedarse dormido, estaba dando bostezos y se limpiaba los ojos con las manos.

― Salvo el pueblo y la carretera, todo esto es mío. Es difícil de imaginar cuál es su extensión, pero me dijeron que era casi cien kilómetros. Lo heredé de un tío mío que fue el dueño de una mina, quién se suicidio hace unos pocos años. ―

Dio un suspiro de tristeza al recordar eso, antes de continuar:

― El pobre, a pesar de ser un buen hombre de negocios, tuvo una vida muy desgraciada. Sus vicios y problemas sentimentales le hundieron totalmente, llegando al punto de arruinarse y tener que cerrar su lugar de trabajo, que llevaba más de treinta años en funcionamiento. Y tras eso, el pueblo, que nació de la nada, con la apertura de ese lugar; desapareció, poco a poco. ―

― ¿Y Lafayette? ― Eso le preguntó groseramente Mao, quién le importaba bien poco esa historia en aquel momento.

― Después de eso, salió corriendo, gritando, indiscretamente, que iba a buscar un tesoro. Pensaba que era una tontería suya. Tiempo después, me dijeron que desapareció y me di cuenta de la estupidez que cometí. ― Eso lo recordó con rabia.

Entonces, escuchó como Mao se quedó dormido, al igual que Leonardo, en el sillón. Le dio cosa despertarlos mientras le decía a Josefina que se fuera a dormir arriba, dónde había camas, y tuvo que prometer estar con ella, porque no quería estar sola. Nadezha se acostó con Josefa, mientras pensaba en aquella mentira que le hizo a su tío para venir aquí sola. Le dijo que iba a estar con amigos en aquella casa, e irónicamente acaba siendo acompañada y respiraba tranquila. Todo el mundo durmió plácidamente durante el resto de la noche.

Nadezha fue la primera en despertar y la que despertó a todos, a continuación. Mientras Mao y Leonardo se quejaban por el dolor de espalda que les dejó el sofá, ella estaba pensando qué iba a hacer.

Fue toda una sorpresa que ellos aparecieran y deseaba que volvieran a Springfield pero sabía que no se iban a ir por las buenas, además de que los necesitaba para mentirle a su tío de que no se fue sola hacia las enormes montañas. El problema es que no quería soportarlos, ni había provisiones para todos. Aún así, tenían que arreglárselas y lo mejor que pensó es que debería contarle su plan y que colaborasen, sí o sí. Y eso les iba a decir, tras reunirse todos, pero entonces Mao le preguntó otra cosa.

― ¿No dijiste que tu terreno tiene más de cien kilómetros cuadrados, o algo así? ¿En serio? ― Eso lo preguntó, Mao, quién aún lo no asimilaba.

― ¿Te lo dije, no? ― Eso le respondió Nadezha, que no entendía la razón de que Mao saltaba con eso, en aquel momento.

― ¿Y no lo utilizas? ¿Un montón de terreno para grandes negocios y no haces nada? ― No se creía que ella tuviera algo así y no lo utilizaba para nada y eso le daba coraje, porque él si lo haría.

― ¿Y para que debería hacerlo? ― Ya le estaba enfadando aquellas palabras, viendo que Mao se estaba metiendo en dónde no le llamaba.

― ¡Por favor, hacer minas a reventar, un coto de caza, una empresa maderera, cosas así, y no lo aprovechas! ― Eso le soltaba Mao.

― ¿Y a ti que te da derecho a opinar sobre eso? ― Nadezha, ya apretaba el puño, porque Mao le estaba calentando la cabeza. No iba a hacer algo así, no solo porque el lugar estaba bien de ese modo, sino por el hecho de que eso sería deshonrar la memoria de su tío fallecido. A continuación, empezaron a insultarse y casi iba a empezar una pelea, con Josefa y Leonardo diciéndoles que se tranquilizaran; sino fuera porque la rusa se controló, ya que eso sería una pérdida de tiempo inútil.

― ¡Escuchad! ― Les decía Nadezha. ― Cómo, se imaginarán…― Entonces, fue interrumpida por Mao, quién dijo esto:

― Tenemos el mismo objetivo. Encontrar a Lafayette y el tesoro. Fácil, la verdad. ― Josefina se sintió idiota en aquel momento, porque nunca había pensando que Mao había venido con esa intención, creía que solo iba a recuperar la caja de música para Alsancia. Aunque Leonardo ya se lo temía.

― ¡Oye, no me interrumpas! ― Le gritó Nadezha, quién ya se estaba hartando de Mao.

― ¡Vale! ― Y éste le respondió de forma burlón, con ganas de seguir interrumpiéndola para fastidiarla un poco, pero se aguantó, porque ahora mismo estaban en un momento muy serio.

― Pues eso. Mi plan es lo siguiente: Lafayette tiene la cajita que le sirve de mapa y lo lógico es seguir el mismo camino. Nosotros no lo tenemos. Sería un problema si no fuera por mi buena memoria, que cogí un papel y lo reproduje todo lo que vi. ― Eso les decía, mientras sacaba de sus bolsillos un papel en el que reproducía un mapa.

― ¡Eres un genio, Nadezha! ― Eso le dijo Josefa con admiración, poniendo algo roja a la rusa, quién le mencionaba que no era para tanto.

― ¡Eso lo haría cualquiera! ― Eso replicó Mao, algo molesto con que Josefina adulaba a Nadezha, y ésta, con ganas de partirle la boca, le dijo de mala manera que se callase.

― Aunque… ― Leonardo miraba detenidamente el mapa. ― No sé entiende muy bien eso. ― Todo eso le parecía un montón de garabatos.

― De todos modos, antes de salir, si existe tal tesoro… ― Añadió Mao.  ― Deberíamos repartirla, entre todos. ― Después de todo, no solo quería recuperar la cajita, sino, también conseguir el tesoro.

Entonces, el grupo se paso un buen rato charlando en cómo repartirse el botín. Nadezha le recriminaba a Mao, preguntándole si solo venía por la cajita o por el tesoro. Josefina, al principio, quería tener algo, pero sintió que eso no estaba bien y decidió que solo quería tener aventuras, aunque, al final, el chino le prometió que le iba a dar el quince por ciento. Leonardo solo deseaba que terminaran ya, porque no creía en tal tesoro. Terminó de esta manera:

― Entonces, yo tendré un treinta por ciento, Josefa un quince y tú el resto. ¿Trato hecho? ― Eso le dijo Mao, quién, sin querer hacerlo, le estaba dando la mano.

Nadezha le estrechó la mano, a pesar de que no lo iba a cumplir, porque ese tesoro, si existía, estaba en su propiedad y tenía que ser todo suyo. Sabía las leyes que le ayudarían a declarar que eso era parte de su patrimonio, pero, por ahora, tenía que seguirles la corriente. El resto del día fue usado para prepararlo todo. La rusa demostró ser muy útil, demasiado para el gusto de Mao, que con sus conocimientos encontraban miles de trucos para sobrevivir en estas terribles montañas. Al día siguiente:

― Pues, bueno, ¿ya estamos listos, no? ― Eso dijo Nadezha tras coger todos las mochilas, y por segunda vez, ya que Josefina le dijo que aún no, que tenía que ir a hacer pipí.

― Yo sí. ― Y eso le dijo Josefa, quién levantó la mano, para expresar que ya estaba lista para caminar.

Entonces Nadezha, les narró cómo iba a ser su viaje. Se los explicó con todos tipos de detalles, pero nadie la entendió y ésta decidió que le siguieran, preguntándole Josefa si tenían que ir por un lado u otro.

Lo primero que hicieron fue bajar por la montaña en dónde estaba el pueblo para llegar a las orillas de un pequeño arroyo, completamente tapado por cientos de árboles. Siguieron su cauce con precaución, ya que las ramas eran molestas y el hielo, ya que estaba casi congelado, les hacía resbalar una y otra vez, o se les rompía metiendo la bota en agua helada. Tuvieron más de un susto por eso.

Tras pasar dos horas y tras andar hacia al noreste para girar luego hacia al sur, llegaron a la desembocadura del arroyo, que vertía sus aguas sobre un río. Según las indicaciones del mapa, empezaron a subir su cauce.

Josefina veía asombrada y con un poquito de miedo, lo altos que eran los barrancos que rodeaban el río, que le parecía dar la impresión que estaba en el fondo de un profundo cañón. Iban con preocupación, ya que estaba casi todo congelado y si pisaban mal, podrían tener problemas. Aparte de eso, no paso gran cosa, solo los quejidos de Josefa estaban hartando al personal.

Luego, llegaron ante una impresionante cascada de gran altura, y, a pesar de esta casi totalmente congelada, dando una hermosa vista; aún caía, aunque poca, agua. Y delante de ella, estaba una casa abandonada y hecha de piedra, con el techo aún intacto. Mientras Nadezha buscaba dónde estaba el camino que les subiría a una ladera de las montañas que le rodeaban, que según las indicación del mapa, debería estar ahí; el resto entró en la casa y salió corriendo como locos cuando vieron a cientos de murciélagos, realmente enormes, durmiendo en él. Al final, la rusa se dio cuenta de que una avalancha de rocas de comió el camino.

Tras almorzar, les explicó al grupo que deberían hacer escalada, ya que tenían las herramientas para hacerlo y encontró un sitio por el cual podrían subir seguros. A pesar del miedo, Josefina accedió a hacerlo, un poco emocionada por el hecho de probarlo; y Leonardo se negó sin parar, era incapaz de subir algo así. Al final, Mao decidió dejarlo inconsciente, para sorpresa de todos y subieron por el gran desnivel. Fue realmente duro, más con el cuerpo inconsciente de de un hombre joven a cuestas.

Desde ahí fue fácil subir a la ladera de una montaña que estaba a la derecha de nuestro grupo. Apenas había árboles, solo nieve; y empezaron a caminar por ese lado. Mientras Nadezha explicaba con dificultad, que deberían a estar casi cerca de los tres mil metros y a diez grados bajo cero o menos; Josefina pensó que era la hora de la diversión e hizo una bola de nieve para tirárselo a la cara de Mao, y lo consiguió. Éste se la respondió y se pusieron a jugar, mientras le decían que no era hora para hacer. Todos esos gritos, tal vez, provocaron una gran avalancha, que casi los mató. Salieron corriendo como locos, y lo esquivaron a tiempo.

Cuando Nadezha divisó, a lo lejos, un collado de montaña, que según el mapa, tenía que atravesarlo, miró su reloj y vio que eran las cuatro y media de la tarde. Tendrían que darse prisa, o si no el sol se escondería. Así que tuvieron que ir más rápidos que antes y entraron ahí.

Al introducirse ahí, aquel collado se convirtió una especie de desfiladero. Mientras lo cruzaban, desde lo alto, cayó una cabra montesa, delante de sus propios ojos. Al comprobar que estaba muerto, Josefina empezó a llorar de la pena que le daba la criatura, mientras Mao le decía que ese animal les podría servir como comida y usar su piel como manta. Eso solo ayudó a que ella se enfadara con él, mientras Leonardo y Nadezha la intentaban consolar, y al final tuvieron que enterrarla por petición de Josefa, tras una pelea entre el chino y la rusa.

Al salir de ahí, vieron antes ellos una especie de meseta, con alguna que otra pequeña colina y un gran claro, rodeado de un frondoso bosque; en cuyo centro se situaba una enorme cruz de madera, media podrida. Eran las cinco y media y todos, al acercarse a eso, se detuvieron, agotados.

― Hemos llegado antes de lo que pensaba. ― Les decía Nadezha, mientras miraba el mapa. ― ¡Habrá que buscar un refugio, que la noche ya está a punto de llegar! ― Miró al cielo mientras pronunciaba esas palabras.

― ¡Gracias, eso lo sabemos! ― Le soltó eso Mao, con un tono bien molesto.

― ¡Estoy tan cansada! ― Eso exclamaba Josefina, mientras se sentaba en la nieve. ― ¡Oh, virgencita, qué pinche frío! ― Se levantó rápidamente, al notar lo gélido que estaba suelo.

― ¡Estoy harta, quiero volver a casa! ¡Esto no es nada aburrido! ― Eso gritó Josefina, cansada y harta, dándole patadas a la nieve de la rabia que tenía.

― ¡Llevas todo el día protestando¡ ¡Cambia ya de tema! ― Le gritó Mao, quién estaba igual de malhumorado que Josefina, y apenas podría aguantar a nadie.

― Eso os pasa por llevarla a este viaje estúpido… ― Protestaba Nadezha, quién no entendía cómo le dejaron a Josefa que fuera con ellos, sobre todo sus padres, mientras observaba su alrededor, en busca de algún refugio. Entonces, vio entre los árboles más próximos, algo que se movía, de un lado para otro, que parecía tener una forma humana. ¿Era una persona? En su mente se le formó una imagen mental, la de Lafayette; y se dio cuenta de que podrían estar en peligro.

― ¿Hay algo? ― Le dijo Mao, cuando la vio observando hacia el bosque.

― Nada. ― Le mintió Nadezha. ― Creo que mañana deberíamos buscar algún rastro de Lafayette, tal vez, esté por aquí. ― Eso les decía, mientras les señalaba algunas huellas y rastros que podrían dejar claro que recientemente una persona estuvo por allí.

Conociendo a Lafayette, o eso creía Nadezha, ella intentaría eliminar a presuntos buscadores de tesoros. Por tanto, aquella chica, debía ser capturada primero, o si no tendrían graves problemas. A Mao eso le pareció un sinsentido y le soltó esto de forma poco agradable.

― ¿Eres estúpida o qué? ¡Vamos a perder mucho tiempo! ¡Lo lógico es ir hacia al tesoro! ― Para Mao, eso era lo más inteligente, porque si la buscaban podrían acabar en otras situaciones, igual de malas o peor que las que habrían sufrido desde que salieron.

― ¡Es Lafayette! ― Le replicaba Nadezha. ― ¡Está ida de la olla y no sabemos lo que puede hacer! ¡Debe estar rondando como un lobo con su territorio, por eso hay que atraparla, antes de que haya desgracias! ― Le estaba gritando.

― ¡Lo más inteligente, repito, es ir hacia al tesoro! ¡La encontraremos ahí, o si no está, la esperaremos! ¡Es lo más lógico! ―

Mao subió el tono aún más, volviendo esto en una pelea verbal, por el momento, demasiado desagradable para Josefa y Leonardo, que querían que parasen.

― ¡No, no y no! ¡Eso sería lo más estúpido que haríamos en estos momentos! ¡Hazme caso, para variar! ― Le gritaba con furia, mientras tanto, al igual que Mao, tenía ganas de romperle la boca. Ya estaban apretando los puños y parecían volcanes a punto de explotar. Josefina y Leonardo, no eran incapaz de moverse hacia ellas, pero sentían que debían detenerlas, que ya estaban a punto de matarse. Entonces, el chino empezó a reír, para decir esto:

― ¡Hacerte caso! ¡Ja! ― Se burlaba de Nadezha. ― ¡Es la cosa más hilarante que he oído en vida! ― Entonces, la rusa explotó y su mente se nubló.

No soportó que se burlara de ella, ni menos cuando sabía que les había guiado hasta aquí. Es más, si no fuera por eso, estarían muertos. Por eso, le entró muchísima rabia al escuchar aquella cosa. Pensaba que ni el más desagradecido podría haber soltado esas palabras. Entonces, salió disparada hacia Mao y le dio un puñetazo en el estomago que lo hizo volar.

― ¡Yo tengo mil veces más experiencia que tú! ¡Mi difunto padre y yo recorrimos estas montañas, codo a codo! ¡Si no fuera por mí, estarían perdidos! ¡Así que, discúlpate, ahora mismo! ― Mao solo contestó con insultos y se lanzó a golpearla hasta la muerte, iniciando así una pelea muy violenta.

― ¡No deberían pelearse! ¡Eso está mal! ― Eso les gritó Josefina, quién les decía eso para que parasen, mientras Leonardo se quedó paralizado, sin poder hacer nada. No hicieron caso, Mao le dio un puñetazo a la cara a Nadezha, y ésta lo bloqueó para darle otro al mismo lugar, siendo esquivada y golpeada en todo su rostro.

― ¡Paren, por favor, el mundo necesita paz! ― Les seguía diciendo, mientras Mao cogió a Nadezha del cuello y la intentaba ahogar, aunque ésta se soltó y lo hizo caer al suelo.

― ¡Solo se están haciendo daño, mucho daño, que no sirve para nada! ― Era la tercera cosa que decía y no hacían caso, mientras Nadezha le hundía la cabeza de Mao en la nieve, diciéndole si estaba deliciosa la nieve.

― ¡Sois idiotas, estúpidas, pendejas! ¡Lo sois por hacer esto! ― Gritó lo más fuerte que pudo, con los ojos a punto de expulsar lágrimas. Ya no lo podría soportar más, aquella aventura se le estaba convirtiendo en una horrible pesadilla. Y al ver que seguían con lo suyo, con Mao intentándole dar una patada a Nadezha como si fuera una pelota, ella explotó.

― ¡Estoy harta! ― Gritaba desconsoladamente. ― ¡Esto no es una aventura, ni nada parecido, es una completa mierda! ¡Mierda! ¡Qué se vayan al carajo el tesoro y la Lafayette! ― Al decir esto, rompió en sollozos y empezó a llorar como nunca.

Estos dos se detuvieron, mientras Nadezha estaba encima de Mao, para ahogarle; y miraron a Josefina. Se sintieron muy mal por hacerla llorar y empezaron a separarse, la una de la otra poco a poco sintiéndose muy arrepentidas de hacer eso. Se quedaron con la cabeza agachada durante un buen rato, mientras Leonardo intentaba tranquilizar a Josefa, sin éxito alguno. Y todo esto con el cielo llenándose de nubes negras.

― ¡Perdón, Josefina! ― Eso le dijo Mao, tras un buen rato. Se sintió muy idiota y arrepentido de haberla traído. No debería haber sucumbido a sus deseos, porque, al final, nada de lo que ocurría era agradable para Josefa.

― ¿Por cierto, Nadezha? Me puedes hacer un favor. ― Le dijo Mao, mientras empezó a alejarse del grupo.

― ¿Qué quieres? ― Eso le preguntó, mientras se daba cuenta de que una tormenta de nieve iba a aparecer en cuestión de segundos.

― Devuélvala a Springfield. ―Y con esto dicho, salió corriendo hacia adelante, mientras caían los primeros copos de nieves.

― ¿Pero qué estás haciendo, idiota? ― Le gritó Nadezha, quién no sé podría creer lo que estaba haciendo. ― Estamos ante una tormenta de nieve. ¡Lo más idiota es separarnos! ― Le gritaba, pero éste se perdía entre la penumbra.

― ¡Gerente! ― Le gritó Leonardo, mientras salió corriendo hacia Mao.

― ¡Detente, amigo! ¡No es momento para eso! ― Pero fue detenido por Nadezha, que le cortó con su brazo el paso.

― Ni siquiera tienes el mapa, ¡va a morir! ― Eso añadió a continuación, al ver que Mao había cometido la mayor estupidez del mundo.

― En verdad, él hizo una copia de tu mapa, cuando no veías. ― Eso le soltó Leonardo, haciendo que ésta se enfureciera con Mao y empezará a gritar que se muriese, que ya había provocado muchos problemas, mientras la tormenta se volvía peor.

― ¿Y ahora que haremos? ― Eso le preguntó Leonardo a Nadezha, mientras soportaban unos gélidos vientos que le hacían imposible mantenerse en pie y que apenas le ayudaban a ver algo.

― ¡Hay que buscar un refugio, y ahora! ― Le respondía eso, mientras intentaba dar un paso. ― ¡Vamos, Leonardo, Josefina! ― Entonces, se dieron cuenta de que Josefa no estaba ahí, cuando vieron que no le contestaron y observaron que no estaba a su lado.

― ¿No me digas que…? ― No quería creerlo. ― ¡Oh, por el amor de dios!  ― Era lo peor que había sucedido. ― ¡Josefina, Josefina! ¿Dónde estás? ― Gritaba Nadezha sin parar su nombre, sin éxito. En otra parte, no muy lejos de ahí, una chica gritaba, con todas sus fuerzas:

― ¡Mao! ¡Mao, vuelve, por favor! ― Josefina, le buscaba desesperada, mientras andaba sin rumbo, ante una gran tormenta de nieve.

Cuando se cansó de parar, vio que ni Nadezha ni que Leonardo, estaban a su lado. Estaba cansada, tanto para andar como para gritar, pero aún así seguía adelante. Miraba por todos lados pero solo veía oscuridad y se sentía como la protagonista de un cuento, el de las cerillas, quién también soportaba un frío invernal, aunque ella no tenía nada para encender. Solo notaba un fuerte viento que la empujaba hacia atrás y le llenaba de nieve.

Llegó un momento en que se sentía tan cansada que quería acostarse sobre el manto blanco y dormir, pero sabía, por los documentales, que si lo hacía, se moría. Por eso se daba guantazos, cada vez que pensaba en eso. Aún le quedaba mucho por vivir e iba a aguantar hasta el último segundo, antes de rendirse y perder aquella vida tan bonita que tenía. Al final, se detuvo y se quedó quieta, estaba descansando, ya no podría más. Y mientras tanto, algo, cuya presencia no se daba cuenta ella, le estaba acechando. Se puso detrás suya y entonces, con sus manos la agarró, una de ellas le tapó la boca; y se la empezó a llevar, hacia un lugar desconocido.

Al poco tiempo, aquella tormenta, que parecía que había durado horas, cesó y las nubes mostraron la imagen de la luna, en todo su esplendor.

Cuando Leonardo y Nadezha despertaron, tras refugiarse de la terrible tormenta, en una gruta cercana; eran las nueve de la mañana, según el reloj de la rusa.

― Espero que ellas estén bien. ― Eso decía, Leonardo, mientras salía y contemplaba el paisaje. Estaba realmente preocupado.

― Tu jefa lo estará. ― Le decía Nadezha. ― Lo importante ahora, es buscar a Josefina, cuantos antes. ― Rezaba para que ella se encontrará sana y salva, intentando alejar el terrible temor de que hubiera muerto. Algo parecido con Mao, aunque la rabia no le dejaba reconocer que estaba preocupada por él, también. Y rápidamente salieron corriendo en buscar de la mexicana.

Mientras tanto, unos kilómetros más lejos, Mao, agotado, llegó a las orillas de un lago, rodeado de bosque. Miraba una y otra el mapa hasta que se dio cuenta de algo:

― ¡¿Cómo he terminado aquí!? ― Gritaba sin parar, hasta quedarse afónico, asustando a los pájaros. Sabía que había ido por un camino equivocado y acabó en otro sitio, que parecía que ni se figuraba en el mapa.

Y en otra parte, una chica abría sus ojos, poco a poco, y cuando los tenía totalmente abiertos, vio que había acabó en una cueva. Se preguntaba dónde estaba, mientras observaba lo grande que era y veía, gracias a la luz de una fogata, unos cuantos dibujos, de animales extraños, que parecían ser obra de gente prehistórica.

― Es como las pinturas de los primeros hombres, después de dejar de ser monos. ― Eso decía Josefina, intrigada, y recordando las cosas que escuchó en la televisión y en la escuela sobre eso. Entonces, su imaginación voló y llegó a una conclusión ridícula.

― ¡¡He viajado en el tiempo!! ― Eso gritó, conmocionada.

Se montó su propia película. Acabó en la prehistoria, en un lugar habitado por mamuts y dinosaurios, y por trogloditas que le salvaron la vida. Se puso muy eufórica, porque iba a ver cosas que nadie de su época jamás podría ver.

Luego vino la duda, preguntándose qué podría hacer, cómo volver a casa. Al pensar en la posibilidad de que jamás volvería, se puso muy triste. No sabía si aquellos hombres eran buenos o malos y no deseaba vivir una vida dura y difícil, y acabar siendo una merienda para un tigre dientes de sable. De ahí, se puso a llorar diciendo que quería volver a casa. Entonces, alguien entró en la caverna, para decirle esto:

― ¡Deja de llorar, no ves que estás les haciendo daño a mis pobres oídos! ― Eso le gritó mientras entraba.

― ¡El troglodita sabe mi idioma! ― Eso dijo realmente sorprendida, Josefina pensó que era unos de los hombres de cavernas y se puso a temblar, porque creía que le iban a hacer algo.

― ¡Otra vez que me llames así y te hago cebo para osos! ― Eso le gritó mientras se acercaba a Josefa, quién dio unos cuantos pasos hacia atrás hasta chocar contra la pared rocosa, bastante asustada. Aquella persona que llevaba un enorme abrigo de color blanco se quitó su capucha y reveló su verdadera identidad. Josefina, que ya estaba asustada, al ver que era la mismísima Lafayette, con su típica mirada de psicópata; dio unos cuantos gritos de sustos, antes de decirle esto:

― ¡¿T-tú también h-has…― Josefina estaba temblando como un flan.  ―…has terminado en la prehistoria!? ―

Lafayette miró a una Josefina a punto de llorar, incapaz de asimilar que había terminado en la prehistoria con la peor persona del planeta. Ésta se  quedó con la boca abierta, preguntándose qué chorrada estaba diciendo.

Entonces, ella le dijo muy convencida que habían viajado en el tiempo y Lafayette quiso burlarse, diciéndole si se había tragado una seta venenosa o era idiota; pero decidió explicarle que todo eso eran estupideces, y estaban en la era moderna. Al final, le costó mucho y solo consiguió ponerse de muy mal humor y tener un fuerte dolor de cabeza, mientras Josefina suspiraba de alivio.

― Entonces, eso quiere… ― Decía Josefina, recordando lo que le pasó anoche y le pareció increíble. ― ¿Tú me salvaste? ― Jamás de los jamases se podría creer que Lafayette la salvase de la tormenta. Tal vez, había aún rostros de bondad en ella. Ésta rápidamente se puso algo roja por un momento, y le soltó esto, dejándole claro que no era eso:

― ¡Te he secuestrado, idiota! ¡Eres mi rehén! ― Al decir eso, sacó unas cuerdas de su bolsillo e hizo arrepentir a Josefa de haber pronunciados esas palabras, amarrándola y haciéndola callar con amenazas. Después, salió con ella de la cueva, dónde les estaba esperando un búfalo. Josefina, quería saber de dónde sacó ella ese animal enorme y que daba un poco de miedo, pero no se atrevía a preguntárselo. Mientras tanto, Lafayette la hizo subir en esa criatura y, sorprendiendo a la mexicana, lo hizo andar, demostrando lo manso que era. Desde eso, pasaron horas, que parecían tan largos como días, y del total aburrimiento, el rehén no pudo mantener la boca cerrada, ya que la peste que producía el animal apenas le ayudaba a dormir.

― Oye, Lafayette… ― Eso le soltó, tras llenarse de valentía, y con un poco de miedo.

― Si es una tontería tuya, mejor, guárdatelo. ― Eso le soltó Lafayette de una manera muy grosera.

― Pues verás… ― Intentaba decir lo mejor que podría, para no enfadarla. ― ¿Qué vas a hacer si encuentras el tesoro? ― Lafayette la miró con mala cara y le dijo esto:

― Me iré bien lejos de aquí y rehacer mi vida, desde cero, olvidando mi pasado… ― Entonces Lafayette, soltó un fuerte “¡ou!”, como si fuera el padre de la famosa familia de los Simpson, al darse cuenta que se lo dijo, cuando su intención era lo contrario. ― ¿Por qué debería decírtelo? ― Gritaba furiosamente a Josefina, quién le soltaba esto, mientras cerraba los ojos del miedo:

― ¡Pero lo has dicho! ― Eso le dijo.

― ¡Gracias, capitán obvio! ― Y eso le soltó, con una ironía ácida, a Josefa, quién le intentó decir que debería decir capitana, pero no pudo, porque Lafayette le saltó como si fuera una leona.

― ¡Silencio, niña! ― Le gritaba fuertemente, y tan cerca de su cara, que le llegaban a Josefina, alguna que otra gota de saliva. Luego, dijo esto: ― De todos modos, ya que se me he escapado, te lo diré. ― Se quedó en silencio, unos segundos.

― Estoy harta de mi vida, de todos los que conozco, de la puta Shelijonia y los Estados Unidos. Estoy harta de verte a ti, a Mao, y a todos vuestras amiguitas, de mi misma, Marie Luise Lafayette, de los pro-rusos, pro-useños, independistas o lo que sean. ¡Quiero una nueva vida, en un lugar bien lejano, como Seychelles, bien alejado de América! Pero, para eso, tengo que tener mucho dinero, y ni robando poco a poco se puede. Si consigo ese maldito tesoro, me haré rica y desaparece de aquí. Si la china o la rusa intentan quitármelo, les mataré, juro que lo haré, y a ti, también. ― Lo soltaba con una rabia, que parecía haber sido acumulada por años. ― Y si lo piensan bien, lo mejor para todos es que yo tenga el tesoro. Así desparece de vuestras vidas, porque ustedes no me soportan. ¡Ni yo, a ustedes! ¡Lo ves, así ganamos todos! ―

Josefina se quedó callada, ya que no sabía que decir, al escuchar eso. Pensaba en cambiar de tema, por ejemplo, cómo consiguió el búfalo que la estaba llevando, pero no se atrevía. Lafayette, al ver, un poco decepcionada, que tras su impresionante discurso solo hubiera silencio; se alegró de que se quedara así, y siguieron su camino, mientras el animal rugía. Sacó de la maleta que tenía, la cajita y la observó por dentro para mirar su tesoro. Y mientras Josefa se entristecía por la canción triste que salía de ahí; su secuestradora miraba por todos lados, para terminar diciendo esto:

― ¡Estamos cerca, del tesoro! ― Gritaba alegremente, y a ojos de Josefina, como si fuera una loca. ― ¡Mi tesoro! ¡Oh, mi tesoro! ― Y desde ahí, salió corriendo como loca, siendo seguida, con gran tranquilidad, por el búfalo. Aunque el animal la alcanzó, cuando ésta se detuvo en medio de un paso de montaña.

Para llegar hasta ahí, tuvieron que subir por una especie de camino de montaña, que se alzaba, ante grandes barrancos, con apenas algún árbol; para, al final, terminar en ese paso de montaña, que les llevaban ante un glaciar, y al otro lado de éste, una gruta, que Lafayette divisó, desde ahí, y no se lo podría creer. Después de tantos días de puro sufrimiento en las montañas, había encontrado su recompensa. Al asimilarlo, salió corriendo y gritando de una forma muy demente. El búfalo siguió andando sin prisa alguna.

― ¡Lafayette está ida de la cabeza! ― Eso decía Josefina, al verla así.

Tras cruzarlo, subió por la suave pendiente que le conducía a la gruta y se paró, para mirar la cajita de nuevo, y ver si era el lugar correcto. Cuando pudo comprobarlo y se iba a introducirse ahí, escuchó, entonces, la voz de una conocida.

― ¡Cuánto tiempo sin vernos! ― Esa las palabras de Mao, que apareció de repente. Josefina gritó su nombre, mientras el búfalo, cruzaba el glaciar a su ritmo, y Lafayette se quedó parada, para decirle esta amenaza:

― ¡Si te mueves unos centímetros más a mi tesoro, juró que te mataré! ― Eso le soltó, pero Mao ni se inmutó.

― Pues malas noticias, eso no será tuyo. ― Y eso le soltó Mao.

― ¡Ni tuyo, Mao! ― Entonces, más personas aparecieron de la nada, y esas palabras eran de Nadezha, quién estaba con Leonardo. Josefina gritó sus nombres y el canadiense se acercó al búfalo, para soltar a Josefa, mientras la rusa se iba con los demás.

― ¿Qué quieres decir? ― Le gritó Mao.

― El tesoro no será ni tuvo ni de Lafayette. ― Eso le dijo secamente.

― ¡Me has traicionado! ― Mao se sintió idiota, por haberse dejado engañar fácilmente por ella.

― Tuve que mentir. Es de mi propiedad y no debe salir de aquí. ― Se puso en posición de ataque. ― ¡Usaré la violencia si es necesario! ― Les gritó como nunca, para decirles lo seria que estaba. Mao también se preparó.

― ¡Nadie tocará mi tesoro! ¡¿Entienden!? ¡Seré tan violenta con vosotras, que os volveréis polvo! ― Eso les gritó como demente Lafayette, mientras se preparaba a atacar.

Entonces, Nadezha sacó la ballesta de su mochila y Mao unas piedras enormes que podrían romper la cara de alguien, dejando claro que Lafayette no tenía armas, y ésta les gritaba que eran unas tramposas. La rusa no quería usarlo, solo era para intimidarlas, pero no dio resultado. Entonces, los tres, empezaron a andar en círculo, detrás de cada uno, y mirándose fijamente a los ojos, esperando que alguien atacará. Mientras tanto, Josefina le metía prisa a Leonardo para que le soltara las cuerdas, ya que su cuchillo era muy malo y no cortaba nada.

― ¡Vamos, Leonardo! ¡Qué se van a matar! ― Eso le gritaba Josefina, quién quería desear evitar una tragedia.

― ¡Lo siento, no tengo nada mejor! ― Le decía Leonardo, quién intentaba ir lo más rápido posible.

Entonces, Josefa, viendo que la locura iba a punto de llegar, intentó bajar del búfalo, ya que por lo menos tenía las piernas liberadas; y cayó a la nieve, dando sin querer una patada a Leonardo en toda la cara. Se levantó como pudo y se dirigió hacia la cueva, atravesando a aquellas personas que se iban a matar. Su idea para detener la pelea, no era ponerse en medio de ellos, sino en introducirse en el lugar del tesoro, así se detendrían para ir hacia ella. Eso fue lo que ocurrió.

― ¡Tú, perra, ni te acerques a eso! ― Le gritó Lafayette, cuando se dio cuenta, y que se fue directa a ella para matarla. Entonces, dejando sus diferencias, Mao y Nadezha decidieron atraparla con sus manos, para que no le hiciera daño.

― ¡Ni se te ocurra a ti a acercarte a Josefina! ― Eso le gritaron al unísono, mientras se echaban encima de ella y la detenían.

Mientras ésta gritaba como loca, intentando liberarse de sus captoras, Leonardo sacó una lámpara de petróleo de la mochila de Nadezha para buscar a Josefina.

― ¡Ay, qué daño! ― Eso protestaba Josefina. Al entrar ahí, todo estaba muy oscuro y apenas veía nada. Aún así, siguió corriendo hasta que chocó contra algo, que era una simple pared rocosa y casi se rompió la nariz, cayendo en el suelo. Al darse cuenta de lo oscuro que estaba el lugar, le entró miedo, pero los gritos de Leonardo la hicieron mirar hacia atrás y vio la luz del sol y a éste entrando, tranquilándola un poco. Al llegar ante ella, le dijo algo pero éste no le contestó, porque se quedó mirando algo, que le parecía horrible.

― ¿Qué te pasa? ― Le preguntó Josefa preocupada, al ver su rostro lleno de terror y asco. Éste empezó a andar poquito a poco hacia al interior.

― Josefina, no deberías ver esto… ― Le decía Leonardo, pero ésta hizo lo contrario, y gritó de horror. Mao y Nadezha, al oírlo, salieron corriendo y Lafayette las siguió, amenazándolas.

Al llegar, vieron una escena algo horrible, cientos de esqueletos, que parecían que eran de niños, con sus ropas, aún intactas; estaban rodeando un enorme baúl de madera y podrido. Eso más cientos de cuchillos, de todos los tamaños; hachas y demás herramientas, e incluso cosas de hierro, nunca vistos, que parecían más objetos para torturar; estaban dispersados por todo el lugar. Todos se quedaron callados, mientras Lafayette se acercaba a su recompensa.

― ¡Esto es para intimidar, joder! ― Les decía, haciendo ver que aquella extraña y perturbarte escena no la dejaba en shock, como a los demás. Entonces abrió el baúl, y dentro de éste, estaba otro de madera más pequeño. Al hacer eso de nuevo, había uno más de hierro. Eso le estaba enfadando a Lafayette.

― ¡Me están tomando el pelo! ― Gritaba de rabia, mientras abría el cofre de hierro, y vio a otro de plástico. Con mal genio, abrió el otro, y encontró un cuaderno. Empezó a dar puros chillidos y deseaba romperlo, pero se tranquilizó y lo observó detenidamente. Solo había una larga nota, en ruso.

― ¡Traduce esto! ― Le entregaba eso a Nadezha, que, como a los demás, se estaba recuperando del shock; por si decía el paradero del tesoro.

― ¡Qué poca educación! ― Eso le decía, mientras se ponía a leer; y con los demás, dando vueltas por el lugar, incapaces de asimilar lo que estaban observando. Esperaba que eso les explicara lo que había ocurrido ahí, y así fue, pero eso le dejó tan trastornada que deseaba no haberlo sabido. No se lo podría creer, era tan horrible que se pellizco en la cara para ver si era un sueño.

― ¡Dilo ya! ― Le gritaba Lafayette, impaciente.

― ¿De verdad, quieres escucharlo? ¿En serio? ― Le decía eso a Lafayette y ella le decía, como loca, que sí. Entonces, Nadezha añadió, para avisarles lo que iba a leer. ― No será bonito. ―

Querido buscador de tesoros

Lo primero que diré es que no estoy arrepentido por lo que hecho, para nada. Lo segundo, es darle la enhorabuena por encontrar mi tesoro, mis pequeños tesoros.

¿Habrá oído usted de la pequeña oleada de desapariciones que hubo en mi pequeño pueblo, no? Qué pena, porque ni en las noticias locales ha salido. Pues bueno, lo que ven ustedes, son todos los niños que he secuestrado, violado, torturado y asesinado. Seis o siete, algo así. Ha sido muy difícil conseguirlos uno a uno, y trasladarlos hasta aquí, pero la torpeza de la policía y el placer que me producían me han ayudado mucho. Aunque, tengo que reconocer que tenía un vacio, nadie hablaba de mí, de un monstruo que atrapaba y los devoraba con mucho placer. Quería ser reconocido, ser tan famoso como Jack el destripador. Por eso prepare, este juego.

Y se preguntarán: ¿Por qué, en vez de hacer toda esta farsa del tesoro, hubiera ido a la policía, a confesar sus crímenes y hacerme así, famoso? No soy tan estúpido, para terminar en la cárcel, pero si para hacer este juego. Se los contaré, cree un mapa del tesoro en una buena tela y la puse dentro de mi cajita de música, en la parte inferior de la tapa. Les mentí, todos esos cientos de rublos no existían, pero eso ya lo sabrán. La vendí al mejor postor, para que algún idiota lo descubriera y saliese en busca de aventuras.

No sé cuánto tiempo ha pasado desde que lo escribí, allá en el agosto de 1997, pero espero que hayan pasado décadas, incluso siglos, cuando esté muerto. ¡Imaginanse, un asesino en serie ha quedado impune en sus fechorías! ¡La policía estará muy humillada! ¡Miles de programas hablarán de mí durante meses y libros de psicología me usarán como ejemplo! ¡Y todo, gracias a usted, por buscar este tesoro! ¡Muchas gracias!

Atentamente,                                                                                                                                                        Will, el asaltacunas. (Mejor que mi nombre original)

Todos, al oírlo, tuvieron un shock peor que el anterior, estaban traumados y el silencio era lo único que gobernaba la cueva. Parecía un chiste cruel y malo, y solo Nadezha dijo algo en voz bajo:

― Incluso hubiera preferido que el tesoro fuera la aventura… ― Eso decía, mientras le entraban ganas de vomitar.

― ¿Es, en serio? ― Le preguntaba Lafayette, trastornada, y ésta le respondía, que parecía que sí, antes de ponerse a vomitar.

Leonardo se puso las manos en la cabeza, diciéndose que esto tendría que ser una mentira, una horrible; Mao, con una gran pena, les decía a los muertos que lo sentía mucho. Josefina no lo pudo soportar y se desmayó, y cuando lo hizo, todos fueron a ayudarlas, menos Lafayette, que salía a toda velocidad de la cueva. Al hacerlo, miró al cielo, respiró e inspiró varias veces, para soltar el grito más grande de su vida.

― ¡No quería esto, subnormal! ¡Quería mi dinero! ¡Puto demente! ¡Mi dinero! ―

Eran las dos de la tarde, en las gélidas y hermosas montañas de Shelijonia, a pocos días de Nochevieja, y un gran grito, lleno de decepción y de rabia, se escuchó y se replicó como eco en todo el lugar.

FIN

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Decimoquinta_historia

Prólogo de las Montañas del tesoro, decimoquinta historia.

En un día lluvioso de Noviembre, Alsancia-Lorena recibió un regalo, por un familiar suyo que hace poco los visitó, desde Italia. Fue despertaba de mala gana por su madre, quién le decía que había un paquete de correo expresamente para ella. Cuando lo abrió, vio que era una caja de música.

― E-es… ¿u-un recuerdo d-de S-shelijo-nia…? ― Eso intentaba decir extrañaba, al ver que su familiar le dejo una pequeña nota, diciendo que era un recuerdo de su último viaje, que era su visita a ella y a sus padres.

Observó primero el exterior de la cajita, vio que todo estaba pintando por imágenes de escenas que recordaban al Viejo Oeste. Blancos luchando contra indios, un oso siendo capturado, hombres ancianos preparando algún tipo de bebida alcohólica. Lo puso en su mesita de noche, con mucho cuidado y empezó a preguntarse si funcionaba o no. No quería tocarlo porque pensaba que podría romperlo pero, al final, su curiosidad superó eso y levantó la tapa. Y mientras soñaba una triste y melancólica melodía, ella observó que en la parte inferior de la tapa había algo muy raro.

― ¿U-un ma-ma-mapa? ― Eso dijo Alsancia cuando llevó un buen rato observándolo, y parecía que era algo así, con sus símbolos y sus itinerantes. Intentó preguntárselo a su madre, quién estaba ese día de muy mal humor; pero provocó una serie de enredos que el narrador no desea contar. Tras eso, rápidamente se olvidó de la existencia de aquella cajita hasta llegar el mes de diciembre, en la primera madrugada.

Se despertó, en mitad de la noche, muy alterada. Estaba sudada y su corazón estaba a mil, todo por culpa de unas terribles pesadillas. A continuación le entraron ganas de ir al servicio. Fue tan repentino y tan urgente que ella salió corriendo de su cuarto, sin encender las luces.

A pesar de las prisas, perdió mucho tiempo debido a que chocaba con todo tipo de cosas. Al final, pudo llegar, y al buscar el interruptor de la luz del baño con desesperación, tiró algo de cristal al suelo, rompiéndose éste en mil pedazos. El ruido fue tan fuerte que despertó a todos.

Esa cosa que tiró fue una colonia muy cara, procedente de Venecia, y muy querida por su madre, que decía que detrás de eso tenía una historia. Para su sorpresa, que pensaba que la iba a matar por haber hecho eso, le perdonó.

Al final, se sintió tan culpable por eso, que hasta tenía pesadillas con esos momentos. Estaba muy triste, porque había destrozado algo que su madre apreciaba, que a pesar de las múltiples peleas que tenían la quería. Aunque, en realidad, ésta no le dio ninguna importancia aquella cosa que rompió Alsancia. Decidió, entonces, reparar su error y regalarle la colonia que había roto. Pero había un problema: ¿Cómo podría conseguir el dinero? No podría trabajar, debido a su horrible salud, y quería evitar a toda costa, pedirle dinero a alguien. Luego, encontró la solución perfecta para ella, vender una de sus cosas y recordó en aquel momento que tenía aquella cajita de música. Lo siguiente, fue ir a la tienda de Mao para pedirle un gran favor.

― ¡Ya veo! ― Eso decía Mao, mientras leía lo que le ocurrió a Alsancia, a través de una pequeña nota que ella escribió, porque era incapaz de contárselo por palabras. Estaban en su salón, los dos sentados en la mesa.

― ¡Lo haré encantado, no te preocupes! ― Eso decía, intentando dar confianza. ― ¡Además de que se venderán rápido, en Shelijonia, la gente adora estas cosas! ― Observaba la cajita, viendo que esos dibujos, que databan de la época colonial rusa de la isla, la harían muy codiciada.

― ¡G-gracias! ― Eso le exclamó Alsancia, cabizbaja y en voz baja.

― ¡Eres una buena chica! ― Eso añadió Mao a continuación, quién le tocó la cabeza y Alsancia se puso más roja de la estaba, intentándole decir que no lo era, en absoluto, pero no le salían las palabras.

Entonces, Mao le dio unos setecientos dólares a Alsancia por la caja de música y cerró el trato, tras pedirle a Clementina que les trajeran unas mandarinas. A la hora siguiente, tras llevar a Alsancia a su casa, puso en venta aquella cosa por mil dólares.

Hasta el diez de ese mes estuvo en las estanterías, cuando a las cuatro de la tarde, entró una visita inesperada, que lo hizo de una manera muy bruta, mientras Leonardo se quejaba del frío que hacía en la tienda.

― ¡¡Bienvenido…!! ― Eso le dijo al nuevo cliente, que iba como un esquimal, y cuando se quitó la capucha, gritó de horror y sorpresa al ver que era Lafayette. ― ¡¡Q-qué sorpresa, verte por aquí!! ― Estaba muy nervioso. Ella le miró de una forma aterradora, cuando escuchó esas palabras.

― ¿¡Pensaba que no ibas a verme!? Por desgracia, para ti, he vuelto, y para mí, que no deseaba volver por aquí. ― Eso le decía de muy mala gana, mientras ella miraba las estanterías. Leonardo quería preguntarle por qué había venido a la tienda si no quería pero no se atrevió, mientras Lafayette, insultaba, uno por uno, cada artículo del lugar.

― Y yo que pensaba que te hubieran metido en un reformatorio. ¡¡La justicia es un asco!! ― Esas palabras eran de Mao, quién salió hacia su tienda para que pasaba y vio a la misma Lafayette, a quién creía que le cayó una buena por lo que lió en Octubre, en el día de Shelijonia.

― ¡Pues la historia ha sido muy distinta! ¡¿Qué te crees, qué me iban a meter en tal lugar, solo por soltar aquel discurso lleno de odio!? ― Eso le soltaba Lafayette, mostrándose desafiante hacia Mao, y ocultándole el hecho de que si no fuera por su abuelo, ella perdería el juicio y le hubieran mandado ahí. Ni aún así, estaba a salvo, ya que tenía que usar un gran abrigo gris, que le llegaba a las rodillas, con capucha incluida; para que nadie la viera y no le dieran una paliza.

― No te pongas muy chula, por favor, o si no vuelves a pasar por aquí. ― Eso le dijo Mao, harto de escucharla. ― ¿Qué haces aquí? ―

― Soy tu cliente, y te quiero comprar algo. ― Lo soltó con todo el desprecio del mundo.

― ¿Y por qué, de repente, vienes a mi tienda, para comprar? ― Mao quería entender su repentina aparición, pero ella lo desvió, insultándolo.

― ¿Por qué eres puta y tu coño lo disfruta? ― Le insultó, y en vez de replicas, vio que se puso a reír, ya que a Mao eso le pareció cómico, porque era realmente un hombre, no una mujer; y por tanto no tenía vagina.

― ¿De qué ríes? ― Le extrañó mucho ese comportamiento. ― No importa, ¡te compró esa mierda! ― Mejor pasó de eso y le señaló la caja de música, además de otras cosas más para comprar. Mao, se quedó pasmado, aún más de lo que estaba.

― Son cinco mil trescientos cinco dólares. ― Le dijo eso, cuando Lafayette le preguntó cuánto costaba todo eso. ― ¿De verdad tienes todo el dinero? ― Y ella sacó un montón de dólares, tantos, que Mao empezó a sospechar.

― Dámelos, por favor. ― Lafayette se lo dio, y empezó a contarlos y a mirar, fijamente, por si eran dólares falsos.

― Todo en orden. ― Eso le dijo Mao, al comprobarlo.

― ¿Qué esperabas, qué fueran falsas? ― Eso le preguntó Lafayette, con mucho desagrado, a Mao.

― Algo así. ― Eso le contestó, intentando pensar de dónde los sacó. Lo que no sabía es que Lafayette, encolerizada por culpa de su madre, decidió robarle todas sus tarjetas de créditos y sacarle todo el dinero que ella guardaba y gastarlos en mil y unas tonterías. Y tras coger varias bolsas de basura, ya que Mao no tenía de otro tipo, para meter los artículos que se llevaba; se fue de la tienda, provocando un gran alivio en el lugar. Al día siguiente, recibió a una Alsancia muy avergonzada, quién le explicó, a través de una nota, que quería que le devolviese la caja de música.

― ¡P-perdón! ― Le decía titubeando Alsancia, cuando vio que Mao leyó la nota.

El día anterior, su madre le preguntó por la caja que vendió hace días, y cuando se enteró lo que había hecho, se puso como una furia.

― ¡Esa cajita era para unos tíos de Sicilia, no para ti, y va y lo vendes, serás idiota! ― Eso le gritaba su madre.

Entonces, Alsancia entendió porque le mandaron esa caja de música: Se equivocaron de dirección y la mandaron a ella, aquel recuerdo que había comprado su familiar en Shelijonia.

Y asolada, volvió a la casa de Mao para enredar su error, deseando no pedirlo, porque le daba cosa hacer eso después de ponerlo a la venta.

― Pues verás… ― Mao no quería decírselo. ― En verdad, ayer se ha vendido. ― Pero, al final, lo soltó.

Y si estaba muy triste, odiándose a sí misma por vender la caja de música; se puso peor cuando oyó que estaba vendido. Se decía a sí misma que era la chica más idiota del mundo, mientras intentaba evitar llorar delante de Mao y los demás. Y él, para consolarla, le mencionaba que la culpa era el de su familiar por equivocarse de dirección, que ella no tenía nada que ver, que hizo lo mejor que pudo. Todo fue en vano. Al final, Alsancia salió, sin ánimos de la casa, incapaz de decirle a su madre que fue vendido.

― ¡Ah, pobrecita, debe ser muy duro para ella! ― Eso le decía Clementina a Mao, al irse Alsancia. Sentía mucha pena por ella.

― ¡No puedo soportarlo! ― Eso exclamó Mao.

― ¡¿Eh!? ― Clemetina no entendió que quería decir.

― ¡Voy a recuperar esa caja de música, aunque me cueste la vida! ― No podría dejar las cosas así, dejar a Alsancia. Era demasiado para Mao verla en ese estado y entonces le gritó al techo y alzó la mano lo más arriba posible, jurando eso. Se le veía fuegos en los ojos. A ojos de Clementina, la pose que puso le pareció bastante guay, e incluso aplaudió.

― ¿Por qué aplaudes? ― Eso le dijo Mao, extrañado por verla aplaudir.

Por eso, al día siguiente, decidió ir la casa en dónde vivía Lafayette, aunque, antes de hacerlo, llamó sus contactos que tenía en la policía para saberlo. Al salir de su casa, se encontró con Josefina.

― ¡¿Mao, adónde vas!? ― Le gritó una Josefina, quién se le acercó a toda velocidad.

― Pues voy hacer una visita. ― Eso le respondió Mao secamente y esa respuesta molestó a Josefina.

― Oye, no me dijiste nada al respecto. Ayer te llamé, para preguntar si estabas en casa. ― Protestaba Josefina, inflándose las mejillas.

― Ah sí, algo así. ― Entonces, Mao, recordó que ella le llamó pero no se enteró de nada, porque no paraba de hablar y apenas la podría entender. Al final, le decía que sí por decir.

― ¿Y adónde vamos? ― Eso le contestó a continuación.

― ¿No me digas que me vas a acompañar? ― Mao no deseaba aguantarla, ya tenía de sobra con tener que visitar a Lafayette.

― Es tu castigo por dejarme casi tirada. ― Y eso le decía mientras Josefa le cogía del brazo y gritaba esto: ― ¡¡Adelante, adelante!! ― Mao suspiró.

Y tras mucho andar, llegaron a aquella casa, según la dirección que le habían dicho sus contactos; y les pareció muy extraña. Aquel hogar les parecía un cubo, de dos plantas, con ventanas de marcos de hierro; y una entrada llena de plantas trepadoras y con una enorme puerta de metal. Era demasiado blanco y moderno para el gusto de Mao.

― ¡¡Pues está bonita la casita!! ― Josefina pensaba lo contrario que Mao, a pesar de que le pareció algo extraña.

― ¿Ésta es la casa de Lafayette?― Eso dijo a continuación, tras escuchar a Josefina.

― ¡¿Ah, Lafayette!? ― Gritó Josefa, aterrada. ― ¡¿Por qué no me lo has dicho antes!? ― Se le quitaron todas las ganas y deseaba decirle a Mao que se quería ir, bien lejos y nunca volver; pero no podría hacerlo, porque, como amiga, no debería abandonarlo.

― De todos modos, da igual. ― Eso le decía Mao, mientras se acercaba a la puerta para pegar, y con Josefina poniéndose detrás de él con el miedo metido en el cuerpo. Escucharon a alguien decirles que ya iba, segundos antes de que abrieran.

― ¿Quiénes sois? ― Eso dijo la persona que las abrió y lo dijo con una mirada espeluznante que dejó en silencio, tanto a Mao como a Josefina. Era una mujer, con una piel blanca llena de estremecedores tatuajes y con un pelo de color negro, tan corto como el de un chico, que parecía toda una macarra. Su ropa, que desafiaba al propio frío, eran unos pantalones vaqueros azules, más una camiseta negra sin mangas.

― Pues, verás… ― Mao tuvo que decir algo. ― Estábamos buscando a una chica llamada Lafayette y parece que nos hemos equivocado. ― Creyó que habían terminado en la casa equivocada, ya que, según su lógica, debería haber gente negra, del mismo color que Lafayette. Y al decir eso, dio la vuelta para alejarse rápidamente de ahí, pero aquella mujer la detuvo.

― ¡Sí, ella vive aquí, ya va a bajar! ― Esa respuesta le sorprendieron aún más.

― La casa de Lafayette parece estar llena de matonas… ― Eso le decía Josefina a Mao en voz baja, para que nadie del hogar la escuchara, mientras se ponían a esperar.

Entonces apareció una mujer, que no era la Lafayette que ellos conocían, sino una totalmente distinta. Ni siquiera era del mismo tono de piel, que era tan blanco como la leche. Daba una imagen mucho más angelical que la chica de tatuajes. Llevando un simple pero bonito vestido blanco que le  llegaba a las rodillas y, al parecer, se estaba haciendo rulos con su pelo negro, con un cepillo en las manos.

― ¡¡Buenas tardes, niñas!! ¿Qué quieren de mí? ― Eso les dijo con un buen rollo.

― Perdón, perdón, estábamos buscando a Marie Louise Lafayette. ― Y eso le decía Mao, al ver que llamaron a la persona equivocada.

― Pero si esa soy yo. ― Josefina se quedó consternada, casi un shock. Era imposible para ella, que hubieran dos chicas con el mismo nombre y apellidos en la misma ciudad. Se quedó mirando a aquella mujer como si fuera un fantasma o una Lafayette de otro universo alternativo.

― ¿Pero qué…? ― Mao quedó, bastante consternado, pero no tanto como Josefina, entonces la mujer de los tatuajes intervino con estas palabras: ― ¿Buscan a su hija? ―

Así es como descubrieron, asombrados, que la madre de Lafayatte se llamaba igual que ella y era demasiada blanca para tener una hija de piel negra, pero lo hizo. Josefa se acordó de la pelea entre Nadezha y ésta, siendo llamada bastarda por la primera.

Por eso, lo entendió todo, mientras Mao se quedó pensando, intentando entender, y llegó a la falsa conclusión de que era su mamá adoptiva. Pero no era el momento de preguntarse esas cosas.

― ¿Saben dónde está su hija? ¡Necesito contactar con ella! ― Le preguntó Mao.

― ¡Ah, está desaparecida! ― Lo dijo como si no fuera nada grave, con una normalidad que espantó a Mao y a Josefina, y que molestó a la chica de los tatuajes.

― ¡No se preocupen! Ella está muy preocupada por su paradero, ¡nadie sabe dónde está! ― Eso añadió, intentando mejorar la imagen de ella.

― Ni siquiera me acordaba de ella. ― Está lo empeoró, diciendo tales palabras y al final, echándose a reír.

― Marie, tenemos que hablar. ― Eso le dijo la chica de los tatuajes, quién la llevó a la cocina, para explicarle unas cuantas cosillas.

― ¿Y nosotras? ― Mao no quería quedarse a esperar.

― Solo esperen. ― Al escucha esas palabras, Mao se levantó y subió las escaleras, para buscar la caja de música. Pensó que eso sería mejor, ya que no tendría que darle el dinero a Lafayette para que se lo devolviese. Josefa, al verla levantase, se fue con ella e intentó convencerla de que no entrase sin permiso en una habitación, cuya puerta estaba pegada un dibujo de una niña todo deforme, y que decía bien clarito que no entraran.

― ¡No te preocupes, todo estará bien! ― Eso le dijo Mao, mientras se introducía en el cuarto y le decía a Josefina que vigilase, pero ésta entró en la habitación, viendo como él buscaba como si fuera un ladrón.

― ¡¿Pero qué estás haciendo, Mao!? ¡Eso es delito! ― Exclamaba en voz baja Josefa, pero éste la ignoró, buscando desesperadamente aquella cajita de música.

― Si se entera, ya se los explicaré. ― Dijo Mao, mientras alguien las vio desde el pasillo y salió corriendo, para volver con un bate de beisbol. Ninguna se dio cuenta de que una chica estaba detrás suya, levantando tal cosa.

― ¡¿Qué estáis haciendo en mi habitación!? ― Eso les gritó, haciendo que esas dos giraran la cabeza. Josefina gritó y abrazó a Mao, temblando.

― ¡No estábamos robando, en serio! ― Eso le soltó Josefina.

― ¡Eso dicen todos los ladrones! ― Y eso le replicó Mao, quién pensó que esas palabras solo provocaban más sospechas.

― ¿Y no lo sois? ― Y eso les preguntó la chica, mientras alzaba, aún más, el bate.

― Te lo explicaré. ― Eso le dijo Mao, nervioso, intentando evitar que les dieran la paliza de sus vidas.

Al final, pudo hacer que esa chica llamada Sally bajará el arma y lo soltará. Le explicó, primero, mintiendo un poco, que vinieron por una cosa que Lafayette les robó. Ésta desconfió un poco y les preguntó la relación que tenían con ella.

Cuando le dijo que eran enemigas, tras presentarse; la actitud de esa niña cambió radicalmente. Se puso amistosa y contenta de conocer a alguien así, y más, cuando escuchó que era Mao, una de las chicas que más odiaba Lafayette. Le pidió ser amigas, olvidando el hecho de que hurtaron en su habitación sin permiso. Tanto Josefina como Mao se sintieron aliviados. Tras eso, Sally empezó a hablar con ellos, presumiendo lo buena persona que era y hablando de lo horrible que era Lafayette. Les explicaba, lo triste que se volvió la casa desde que su hermana trajo a su novia y su odiosa hija, y cómo ésta actuaba como si fuera una plaga, peor que todas las que devastaron Egipto. Y Mao le decía las múltiples barbaridades que ella le hacía y sus contantes peleas contra esa bestia inmunda. Al final, tras mucho charla, ella se acordó de que buscaban algo.

― ¿Y qué objeto os robó, esa? ― Le preguntó Sally a Mao.

― ¿¡Una cajita de música!? ― Al escuchar estás palabras, Sally exclamó una cara de rotunda sorpresa.

Entonces les contó el motivo de la desaparición de Lafayette, quién se fue en busca de un tesoro. Eso dejó a las dos chicas boquiabiertas. Y aún más, cuando ella encontró su mapa que se lo decía, dentro de aquella cajita. Y todo esto lo sabía, fingiendo que dormía mientras Marie hablaba en voz alta de todo eso, por las noches.

Al final, un buen día, en plena madrugada, se fue con ese objeto a las montañas y les terminaba diciendo que, tal vez, había muerto allí, intentando que no sé notará que estuviera feliz por ese desenlace.

― ¿Y tú sabes dónde se habrá ido? ― Eso le soltó Mao, tras terminar Sally de hablar.

― Pues no sé pero no paraba de repetir un pueblo de nombre muy raro, que era el primer paso para ir al tesoro. Creo que lo llamaba Serebryanayareka o algo así. ― Eso le dijo, y, entonces, Mao se levantó y le dijo, gracias por la información, lamentándose de que Lafayette no le paraba de causar problemas. Decidió personalmente irse en su busca, para recuperar la cajita de música y tal vez conseguir un tesoro.

Por eso, lo primero que fue al salir de aquella casa, fue ir a la biblioteca y buscar información sobre aquel supuesto tesoro y el nombre de aquel pueblo. No encontró ninguna información del primero, pero si del segundo.

Serebyanaya-reka, como aparecía en los mapas sobre Shelijonia, era un pueblo, que estaba cerca de una mina abandonada, y estaba a cincuenta kilómetros de otro cualquiera. Había una única carretera para acceder, y que tenía que coger la vieja que unía Springfield hacia Bolgolyubovl, y pasar tres o cuatro pueblos para girar, luego, hacia al sur.

Entonces, en los días siguientes, empezó a preparar una especie de expedición. Compró todo tipo de comida, aguas, mantas, herramientas y muchas más cosas. Para llevar todo eso y llegar hasta ahí, Mao alquiló el coche más barato que buscó, obligó a Leonardo a que participará, como el conductor del vehículo, ya que tenía carnet de conducir; y tuvo que dejar que Josefa se fuera ir con ellos, ya que ésta no le dejaba en paz. Deseaba ir a la aventura y le decían que era muy peligroso y no podrían llevarla, pero insistió tanto que no pudieron hacer nada. La última esperanza es que su mamá no la dejará ir, pero lo hizo, creyendo que su hija iba a estar una semana durmiendo con sus amigas. Tras el día de Navidad, ya estaba todo listo.

― ¿Crees qué este coche va a aguantar? ― Eso le dijo Leonardo, cuando observó el coche que había alquilado Mao. Estaban en una calle cercana de su casa, para poder aparcarlo, mientras metían todas las cosas.

― Esta cosa ha aguantando décadas, no te preocupes. ― Eso le respondía Mao, dándole pequeños golpes al capó, mientras Josefina intentaba hacer una bola de nieve con Diana, ya que estaban junto con su mamá, para despedirse de ellos.

― ¿Sabes, gerente? Estás muy rara sin su kimono. ― Eso le decía Clementina a Mao. Éste, cambió su look, poniendo un gran abrigo de color marrón, de piel de caribú, el mismo que usaban Josefina y Leonardo. Parecían esquimales.

― No soy la mujer de las nieves, yendo en kimono me moriría de frío. ― Y eso le replicó Mao. Entonces, Josefina divisó a alguien, que llevaba una gran chaqueta de color azul y que estaba corriendo hacía ellos. Supo, en enseguida, quién era ella.

― ¡Miren, miren, ahí está Alsancia! ― Eso le gritaba Josefina a los demás, antes de que la otra se cayera de forma torpe hacia al suelo. Mao, rápidamente, fue directo para ayudarla.

― Pero mujer, ¡no deberías correr, no es bueno para tu salud! ― Eso le decía Mao, mientras levantaba a Alsancia del suelo, y ésta, en vez de decirle gracias, sacó una hoja de sus bolsillos para que él lo leyera. Esto fueron sus palabras:

Gracias por todo esto, te lo agradezco. Me has ayudado mucho pero creo que ya has hecho demasiado. Fue mi culpa, venderlo, y, también, pedirte que me lo devolvieras. Esa caja no es nada importante para irte, en su busca, por las montañas. Olvídate de ella. Me sentiría muy culpable si te pasará algo allí, nunca me lo perdonaría. Por favor, desista en su viaje.

Mao rápidamente miró hacía Josefina, y ésta intentó disimular. Le ocultó el hecho a Alsancia de que se iban, para que no se preocupara, pero un pajarito se lo dijo.

― ¡No te preocupes, Alsancia! ― Le exclamaba Mao. ― ¡No debes temer, vamos a salir victoriosos, porque la fortuna nos sonríe! ― Levantó la mano hacia el cielo, señalando y mirando hacia alguna parte de éste. Intentaba quedar bien, pero una paloma que pasaba por ahí, hizo sus necesidades mientras volaba y sus heces cayeron hacia la cara de Mao, quién, después de limpiarse, maldijo sin parar a aquel pájaro.

Al final, Alsancia no pudo cambiar de idea a Mao, ya que éste no buscaba solo una caja de música, sino un verdadero tesoro; además de Josefina y Leonardo, y tuvo que verlos irse, junto con Clementina y su hija Diana. Se sentía inútil y muy enfadada consigo misma, por no evitar tal locura, mientras rezaba a todos los santos para que saliesen bien de esa aventura, con el reloj diciendo que eran las diez y cinco minutos de la mañana.

FIN DEL PRÓLOGO

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Decimocuarta_historia

Sobre conspiraciones y festivales que acaban en pura anarquía, tercera parte, decimocuarta historia.

¡Nunca, en mis catorce años de vida, había corrió tanto para salvar mi vida! Y no era para menos, porque una estúpida multitud, gente sin cerebro; me perseguían como si fuera una puta bruja. No he podido encontrar en dónde esconderme, porque esos miran por todos lados, buscándome para dejarme destrozada. Como siempre, todos me echarán la culpa y me dirán que es mi merecido, pero yo no fui, la culpable fue otra, una niñata con nombre de Sasha Rooselvelt, a quién deseo en este momento sacarle las tripas. Yo, Marie Luise Lafayette, os lo voy a contar con pelos y señales, esta estúpida historia. ¿Qué no te interesa? ¡Pues jódete, porque te lo contare, sí o sí!

Todo esto empieza cuando un aburrido y normal lunes, al solo haber empezado la semana, tuve que contestar una llamada, que, ahora mismo, desearía haber ignorado hasta el final. Yo al principio, no le hacía caso, estaba acostada en el sofá con un humor de perros. Hacía tiempo que acabé en otra casa, después de que nos embargaran la nuestra. Mi despreciable madre convenció a su “novia” de que nos dejara estar en la casa de sus padres y, hasta me escapé, para no quedarme vivir en ella.

― ¡Oye, Marie, tu abuelo te está llamando, sin parar! ¡Deberías contestarlo! ― Aquí estaba una de mis razones para quitarme del medio del lugar, Sally McGargle.

Al principio parecía la niñita buena de la familia, la de que todos estaban orgulloso, pero, a pesar de que siempre le guste actuar como una, es igual de hija de puta que yo; odia a todos y sobretodo a mí, ya que le hice unas cuantas jugarretas y descubrí algunos secretos enfermos de ella, como que lleva una relación incestuosa con el mediano de la familia. Sobre su físico, era delgada, tenía un año menos que yo, es una enana, tiene pelo moreno que apenas le alcanzaba para cubrir su cuello. Llevaba el uniforme de su escuela, que, a pesar de ser católica, las faldas negras que usaban apenas llegaban a las rodillas. En sus piernas llevaban medias, también llevaba un sombrerito y una camisa, los dos tan blancos como la leche. Cuando pensé que se había marchado a su colegio, volvió a aparecer para decirme que es importante y que debo contestarlo, a toda cosa. Esta fue mi respuesta:

― ¡Qué se joda el viejo! ― Así es como me importaba ese anciano, como una mierda pinchada en un palo.

― Pobre hombre… ― Entonces, empezó con sus tonterías. ― A pesar de que llamó para decirle a su nieta algo tan importante, ésta le ignora como si fuera basura. Es normal, después de todo, eres una sanguijuela. ¿Por qué no te mueres? Todos estaríamos mejor… ― Me estaban dando ganas de cerrarle el puto pico. ― ¡No me hagas caso, son tonterías mías! ¡Yo nunca te deseo la muerte ni nada de eso. ― Y luego, viene su molesta ironía, que me hartó y me levanté el sillón, con el puño en alto, para destrozarle la cara en tres mil pedazos. Esa desgraciada tenía que taparse la boca, porque en privado, reconoce que no soporta a sus queridos abuelos y que desearía que se murieran de una vez.

― ¡No intentes acercarte! ― La perra sostenía un cuchillo, y estaba enseñándomela. ― ¡Sé buena niña, cómo yo! ― Podría saltar encima de ella, quitarle el cuchillo y apuñalarla, pero no quería ensuciar el bonito salón, además de que nunca saldría de la puta prisión. Por eso, bajé las manos y me dirigí al teléfono, no sin antes darnos mutuamente miradas de odio y desprecio.

― ¿Qué quieres? ¡No tengo todo el día! ― Eso dije, cuando cogí al teléfono, a mi abuelo; mientras la idiota de Sally me decía, con burla además, que no hacía nada, ni siquiera iba al instituto.

― Por fin, te tengo una noticia muy importante que decir, nieta. ¡Vas a ser la niña que inaugurará con un discurso el desfile del Día de Shelijonia! ― Eso me lo dijo con una inexplicable alegría, mientras me dejaba con cara de traumada.

― ¿Q-qué mierdas estás diciendo? ― Le grité por si eso que escuché era falso y no me meta en una estupidez pero estas palabras lo confirmaron: ― Lo que has oído. ―

― ¿Cómo lo has hecho, sin mi permiso? ¡Me voy a negar, no voy a participar en esta estupidez! ― Ni muerta quería hacerlo y con la perra de Sally  diciéndome, para fastidiarme, que siempre hacía lo que me dé la gana sin el permiso de nadie. ¡Qué ganas tenía de pegarlos, al vejestorio y a la zorra incestuosa!

-¡Cosas de política, ya sabes, Marie! ― Le dije que era puto. ― ¡Si hace eso, podemos evitar que vaya a un reformatorio de menores! Me han amenazado con llevarte ahí… ― Entonces, me enteré que me iban a meter en una cárcel para niños y eso me enfado mucho más.

― ¡Ni una mierda me van a llevar a un reformatorio! ¿Quiénes son? ¡Les voy a quemar los coches, y el tuyo! ¡¿Me oyes!? ¡¿Eh, eh!? ― Le grité todo lo que podría, para romperle los oídos pero el muy canalla cortó la llamada y la otra se quitó del medio.

Así, yo tuve que tener el honor para tener que hacer un discurso de mierda para inaugurar un festival o una cabalgata en honor a don nadies, o si no me iban a llevar a chirona. No hice realmente nada hasta el viernes, olvidándome de eso hasta que un programa de televisión cutre, me lo avisó.

― ¿Saben que mañana es el Día de Shelijonia? ― Eso lo decía un gafotas, tan feo como el culo, que estaba en el plató de televisión; a otro y yo le dije que me importaba una mierda, mientras lo observaba, acostada en el sofá.

― Oh sí, me encanta. Las plazas llenas de gente, comida a reventar, teatro, el discurso… ― Esas palabras, de otro subnormal, me hizo recordar.

-¿Discurso?- Eso decía yo, repitiéndolo unos cinco veces, poniendo caras raras. ― ¿Por qué me suena tanto eso? ― Entonces lo recordé, y grité:  ― ¡La gran puta que me parió! ―

Pensé llamar al abuelo para que hiciera el discurso pero nada; busqué a mi madre y se negó, diciéndome que su nuevo corte de pelo era mucho más importante que escribir eso, por la bonita cara; ni la perra incestuosa ni sus hermanos y padres me quisieron atender. Así que me fui a casa de Mao para obligarle pero me encontré con la idiota de Nadezha y me arrepentí de haber ido ahí. La albina quiso ayudarme, pero después de lo que me hizo, al enterarse que me importaba una mierda la vida de un idiota llamado George Coppola, ni muerta la iba a dejar. Así salí de ese sitio, radiando de rabia y con ganas de quemarlos a todos. Entonces, es cuando vi a lo lejos, una cosa rara que me estaba mirando. Una niña con ropas normales, un pantalón vaquero y una camiseta de manga larga con la imagen de una ciudad y de color verde; pero llevando la cabeza de una mascota de beisbol, un oso, parecido a los amorosos esos, pero mucho más feo; o eso parecía.

― ¿Qué quieres de mí? ― Eso le grité cuando estuvimos un rato mirándonos fijamente y me harté. Me ponía enferma esa cabeza de oso, sentía de ella una atmósfera un poco siniestra mezclado por lo absurdo que se veía.

― ¡Geeeneeraal Laaafaayeettee! ― Reconocí esa voz. ― ¡Haa llegado tu horaaa! ― Era esa idiota molesta de Sasha, y pensándolo bien, era la única subnormal que haría eso. Me tenía que haber ahorrado todos esos cientos de pensamientos sobre ella, qué estaba haciendo, qué hacía ahí, por qué es tan gilipollas; solo era más que puro dolor de cabeza.

― ¡Deja de hacer la estúpida! ― Le grité, pero ésta siguió, actuando.

― ¡Me haaan invooocado los espiiriituuuus! ― Eso decía con la voz más subnormal posible que tenía y le avisé muy clarito, que si empezaba con hacer algunas de las suyas, no la iba a aguantar: ― ¡Si sigues con esa mierda, te mandaré al otro barrio, después de hacerte una tortura lenta y dolorosa! ― Para mostrarle que mi amenaza era real, destrocé un papel que saqué de mi bolsillo. ― ¡Eso te ocurría a ti! ¿Entendido? ―

― ¡Qué mal genio, tienes General! ― Lo mencionaba como si yo fuera la molesta, poniendo sus brazos en postura de que no tienes remedio. ― ¡Y yo qué he venido a darte la solución de tus problemas, tengo la persona indicada para hacer ese discurso! ― Me quedé boquiabierta, preguntándola cómo sabía eso, pero la muy perra no me lo quiso decir.

― ¡Han sido los espíritus! ― Al escuchar eso, no dudé. Fui a por ella, la cogí del cuello y le amenacé con darle la paliza de su vida si dejará de hacer sus tonterías. Solo dijo que vale y me tranquilicé y le pregunté, a continuación, que cuál era la solución a mi problema.

― ¡Mi hermana mayor, te ayudará! ― La solté y me alegré, porque esa chica, parecía de esas tontas ingenuas que ayudan a cualquiera. Todo el enfado que tenía se esfumó, y sin preguntarme que por qué me dijo eso, cómo lo sabía y otras miles de cuestiones, le dije que me llevará ante ella. Unas horas después, volvía a tener unas grandes ganas de matar a esa insoportable enana.

― ¡Estoy hasta el coño! ― Eso grité con toda mi alma, cuando pegamos por decimocuarta vez en otra casa que no era la suya.

Se estaba burlando de mi desesperación, llevándome a todos lados menos en su casa, siempre diciendo que ahí se encontraba su hermosa casita; y ya me tenía realmente quemada.

― ¿¡Lo estás haciendo a propósito, verdad, verdad!? ― Le gritaba con toda el alma, mientras la levantaba del suelo.

― ¡Cálmate, solo es que tengo problemas de orientación! ― Se le notaba en la cara que mentía, que solo lo hacía para fastidiarme. Lo que si estoy segura es que tenía problemas de entender las situaciones, ya que actuaba desocupada conmigo, como si fuera una idiota del que burlarse; sin tener en cuenta de que la podría machacar en cuestión de segundos. Al fin, cuando mi paciencia estaba al límite, pudimos llegar a su casa.

― ¿Está es tu verdadera casa, verdad? ― Solo se quedó mirando unos segundos, al decir yo la pregunta, y cuando quise repetirle lo mismo, me saltó esto: ― Solo los espíritus lo sabrán. ― Me tenían hartos esos putos fantasmas y le levanté el puño para romperle la boca: ― ¡Qué espíritus y qué mierdas! ¡Deja de joderme o haré que los acompañes! ― Obviamente, pensaba mandarla al hospital pero la muy puñetera se salvó cuando apareció su hermana y bajé la mano.

― ¿Sasha? ¿Qué haces con esto, de dónde lo has sacado? ― Ella, Malia, la hermana mayor de esa insoportable niña; apareció entonces y se acercó a nosotras y le sacó la cabeza del muñeco de beisbol. Llevaba el mismo atuendo que la Sasha.

― Hola, cuánto tiempo… ― A continuación, me saludó. ― ¿eras Lafayette, no? ― Me molestó escuchar ese horrible apellido, que era mía y era el que todo el mundo usa para llamarme. ¿Marie Luise es demasiado común para ellos o qué? A pesar de todo le contesté que sí.

Me dio envidia ver que ellas tenían casa propia, ni tan grande ni tan pequeña, de dos pisos, hecha de listones de madera y de color blanco; mientras que yo tenía que vivir en la casa de los padres de la novia de esa perra que es mi madre, por desgracia. Malia me invitó a su casa y a su cuarto, mientras regañaba a su hermana por hablar mal de su madre, sin motivo alguno y sin que la hubiéramos mencionado. Nos subimos al tercer piso y me encontré con una habitación muy cutre.

Solo tenía una pequeña e incómoda cama, un armario y una mesa de madera, de color azul claro y desgastado por el tiempo, y una simple ventana, apenas decorado. Ese era el lugar en donde dormía ésta. Nos sentamos y me preguntó la razón por la cual había venido yo. Me costó mucho explicarlo, ya que, por extraño que parezca, me avergonzó decirle que me ayudara a hacer un discurso para mañana, balbuceaba mucho.

― Lo haré con mucho gusto…  ― Eso me decía mientras se levantaba de la cama. ― Pero antes tengo que comprar. ¡Quédate aquí, no tardaré mucho! ― Al final, se me fue y si no fuera porque me dio unos cuantos libros para distraerme y preguntarme sí me iba a quedar a comer y qué me gustaría, pensaría que se quitaba del medio. Me quedé esperando en la habitación, porque bajarme sería encontrarme con esa pelmaza de Sasha pero, de todos modos, vino hacia ahí para fastidiarme.

― ¡Wow! ¿Qué haces aquí? ¡Este piso es solo para los blancos! ― Eso me dijo al asomar su cabecita por la puerta y me entraron, en cuestión de segundos,  ganas de callarle la boca, a puñetazos. Y luego vino la incomprensión.

― ¿Q-qué coño haces desnuda? ― Eso grité al ver que no llevaba nada de ropa, ni bragas. Estaba como dios la trajo al mundo y me demostró que no tenía ninguna vergüenza.

― ¡No lo ves, estoy mostrando mi encanto natural! ― Eso decía la muy pava, mientras ponía poses de supermodelos y yo le suplicaba que parase, que no quería saber nada de su “encanto natural”, además de insultarla, de que estaba enferma. Entonces, me tiró algo a la cabeza.

― ¿Q-qué?  ―Esa cabeza de chorlito le parecía muy gracioso tirarme sus bragas a la cabeza, ya que se moría de la risa, mientras yo gritaba del asco al ver lo que me mandó.

Luego, añadió: ―Por cierto, esas bragas llevan una semana sin lavarse. ―

Fue lo más traumático que había sufrido en años, porque me puse a chillar como una loca e iba corriendo al cuarto de baño para quitarme, con jabón o lo que sea, los gérmenes, la mierda, el meado o cualquier cosa que tuviera sus asquerosas bragas. Casi me quedé afónica y casi me tragué alguna cosa no comestible, echando miles y miles de productos en la cara para eliminar cualquier rastro que dejó esa ropa.

― ¿Te lo estás pasando muy bien, General, le ha gustado mis calzones que solo llevo desde esta mañana? ― La muy perra incluso se atrevía a burlase, ya que no tenía suficiente, al parecer, con tirarme su ropa interior a la cara; mientras cerraba con llave la puerta del cuarto de baño. No tardé mucho en darme cuenta, después de estar un buen rato limpiándome la cara.

― ¡Eh! ¿Eh? ¡Malditas seas, perra! ¡Ábreme la puerta! ― Eso le gritaba cuando intentaba abrir la puñetera puerta y no lo podría. Lo que escuché al otro lado, aparte de risitas, era esto:

― ¡Han sido los espíritus, solo ellos te abrirán cuando tú te abrirás tu corazón! ― Ya me tenía negra con sus dichosos muertos y le amenacé sin parar, mientras intentaba abrir, sea como sea, la puerta. Llegué al punto de darle patadas y muy fuertes pero la muy puñetera era una de acero pintado de madera, solo así me explicaría cómo podría ser tan resistente. Al final, ésta me abrió pero de esta manera: Cuando yo me preparaba, y se lo decía, para hacerle un placaje a esa cosa, me abrió y choqué contra una pared, haciéndola reír más de mí. Mientras me recuperaba del dolor, ella bajó al primer piso y yo fui ahí, para atraparla y darle el palizón de su vida. Al entrar en la cocina me encontré con una sorpresa, muy desagradable.

― ¡Cerveza, Cerveza! ¿Dónde estás? ― Eso gritaba sin para una vieja, de treinta o cuarenta años, buscando como loca en un frigorífico casi lleno, y lo peor es que estaba desnuda, preguntándome si esta casa de locos estaban acostumbrados a estar así. Me dieron ganas de vomitar, llegando a punto de taparme la boca, porque observé fijamente la cantidad de celulitis y grasa que tenía, no estaba gorda pero no era la perfección. Y mientras yo estaba observando tal cosa horrible de la naturaleza, Sasha se me ponía atrás y preparaba sus manos para convertirlos en un proyectil directo a mi trasero y provocarme el mayor dolor que tuve en mucho tiempo. En serio, grité de puro sufrimiento.

― ¿Quién es esta negra, qué hace aquí? ― Como era normal, giró la cabeza por los chillidos y se sorprendió mucho de verme, parecía como si se pensaba que estaba a robarle o algo pero al final, darse cuenta que Sasha me hizo ver las estrellas se empezó a reír como condenada.

― ¿Qué te parece tan gracioso, vieja? ― Le grité de furia.

― Hey negra, soy tan joven como tú. ― Casi me daría risa, sino fuera porque estaba enfadada.

― ¿Entonces está ladrona tiene treinta y cinco años? ― Mientras tanto, Sasha si se burló de ellos, mostrándose sorprendida de la manera más falsa.

― ¿¡Qué estupideces estás diciendo!? ¡No estoy robando a nadie! ― No dije que no lo era, porque he robado en establecimientos, pero no estaba para robar ahí y estas dos idiotas se le metieron en la cabeza que era una vulgar ladrona.

― Perdón, pero es la pobre cayó de la cama cuando era bebé y pues, desde entonces, no está bien de la cabeza. ― Eso añadió, mientras indirectamente estaba insultando a su propia hija.

― ¡Eres la mejor madre del mundo! ¡Has sido tan buena que fuiste capaz de venderme a aquellos hombres tan simpáticos de Tailandia, y cuando intentaste llevarme a Vanconver para dejarme en un internado sin volver a casa! ¡Ah, también, y esa vez que me pusiste en la calle a pedir comida, aún cuando no éramos pobres! ¡Y esa vez que…! ― Sasha no se echó para atrás y le empezó a decir cosas que me parecían muy exageradas.

― ¡Cállate, que le estás dando una falsa impresión a esta negra ladrona! ―  Ponía cara de cómo si todo eso era verdad y quería ocultarlo. ― ¡Aah, si no fuera por tu hermana, no estarías en esta casa! ¡Eso hubiera sido lo mejor para todos, incluso para ella! ― Eso le recriminó a su propia hija.

Entonces estaba en medio de un diálogo de besugos, acusándose mutuamente, con ironías y burlas, dejando claro que eran de todo menos normales y me recordaba a mi relación con mi madre. Por lo menos esta perra era más sincera, pero la mía supera toda la hipocresía, es capaz de decirme que me quería, y luego intentar dejarme en un internado o algo para no tener que soportarme; acusarme de que todo el dinero esté gastado para todas mis tonterías, cuando es ella la que se endeuda, y todo lo que he tenido ha sido, por parte de mi abuelo o robado. Y esta puta discusión me cabreó y decidí quitarme de ahí, o si no iba a explotar y dejarlas molidas a golpes. Me senté en el sofá, esperando que esa idiota de Malia volviera, y por desgracia, tuve que buscar el puñetero mando, y mientras la vieja se hartó de la enana y la empezó a perseguir.

― ¡Te voy a dar una buena! ― Eso le gritaba. ― ¡Con todos ese peso extra no me vas coger! ― Eso le decía con toda la burla.

No me dio tiempo a esquivarlas cuando aparecieron en el salón y fui atropellada por la vieja, que casi me partió las costillas, hasta oí un fuerte crujido en mi interior.

― ¡Gracias por amortiguar mi caída, saco de huesos! ― La muy capulla se atrevió a decirme esto, y me puse a insultarla y me hablaba de que debía estar tranquila, mientras le pedía que se levantara y no lo hacía.

La otra idiota, Sasha, se me acercó, se agachó y me empezó a mirar fijamente, para luego, decirme que me iba a recompensar por salvar a su madre, confirmándome lo obvio; y abrió una lata de cerveza para tirar todo el líquido en mi cara. Ésta al ver mi cara de enfado, se asustó y se dignó en encender la puta televisión. Así descubrí que tenían el mando, escondido en una puñetera caja fuerte, esto superaba todo el absurdo. Y lo peor no había venido, después de intentar quitarme la ropa, para estar igual en igualdad con ellas, o eso decía; tuve que sentarme en el centro, rodeada por nudistas.

― ¡No hay nada bueno por la tele, pero nada! ― Por lo menos, salvo el pequeño detalle de que estuvieran desnudas, se estaban comportando como personas normal. La madre estaba con la cabeza apoyada en su brazo mientras cambiaba de canal, sin parar.

― Todo en la tele es mejor que tú. ― Tengo que rectificar, casi normal. Me pregunté si Sasha y la vieja estaban siempre así, lanzándose insultos y comentarios sarcásticos. Era incluso peor que mi relación que mi madre.

― Tch, ¿para esto me sirve tele por cables? ― Eso añadió, ignorando a la idiota de Sasha, y estaba tan aburrida que se le encendió la bombilla de su cabeza. ― Ya sé que vamos a ver hoy. ― Me entraron escalofríos, porque esa vieja puso una sonrisa siniestra y rezaba para que esa Malia regresará a casa ahora.

― ¡Ahora os voy convertir en adultas de verdad! ― Entendí esa frase demasiado bien, porque nos puso un canal dónde salía el típico video cutre con la estúpida premisa de que un fontanero visita a una zorra y tienen sexo. Eso ya fue enfermo de su parte, no deseaba ver esas cosas.

― ¿Tienes paja en la cabeza, idiota? ¿No ves que eso es porno, y se lo estás enseñando a unos menores? ¡No sabes que eso es delito! ― Se me olvidó decirle de que se llamaba perversión de menores. A pesar de que le grité eso, la idiota me ignoró, que estaba demasiada cachonda.

― Si no te gusta el normal, te lo cambio. ― ¿Y qué es peor que ver a las cinco de la tarde un porno cutre? Porno cutre gay. La muy zorra, me puso a ver a unos maricones haciéndolo y me harté. Salté hacia ella, a por el mando, y mientras me decía que por qué le estaba haciendo, Sasha estaba cantando una canción infantil. La lucha por el mando fue feroz, yo se lo intentaba quitar de sus manos pero parecía que se había puesto pegamento.

Al final, terminó cuando una de las dos subió el volumen al máximo, escuchando los gemidos de gais a un volumen superior a lo permitido para nuestros oídos, y casi pensé que se nos iban a sangrar.

― ¡Oh, dios! ¡Os juró que si hacéis algo más, os mataré, os mataré sin compasión! ― Eso dije, al final. Por fin pudimos apagar la televisión, ya que rompimos el mando y estábamos medias sordas. Por otra parte, el salón quedó hecho un desastre, ya que para alcanzar el interruptor que estaba enchufado el cable tuve que tirar estanterías, que había dos o tres. Entonces, volvió Malia, quién al ver todo el caos que provocaron, les regañó fuertemente a la idiota de Sasha y a su propia madre.

― Tenemos a una invitada en casa, ¿y así es cómo vosotras os comportáis? ¿No podréis, por lo menos, tener vergüenza y compostura? ¡Hasta estáis desnudas, por el amor de dios! ― Eso les gritaba muy enfadada en la cocina, con esas dos en cuchillas, diciéndole una y otra vez que lo sentían. En vez de la hermana mayor parecía ser la figura materna, por lo que vi; y me alegré mucho, ya que se lo merecían por joderme, aunque esas dos no mostraron rastros de arrepentimiento.
― Perdónales a mi madre y a mi hermana, a veces, no saben lo que hacen. ― Me estaba pidiendo perdón, después de pedirme que volviéramos a su cuarto, y de que ella les castigasen a esas con recoger el salón. Yo solo dije que vale, indiferente, para que se callara. El rencor que tengo con esas dos nunca iba a desaparecer.

― ¡Creo que debo disculparme por dejarte sola con ellas! ― Eso me dijo a continuación, tal vez, al notar la frialdad de mi respuesta, que era bien obvio que solo lo decía por no escuchar.

No quería saber nada de esas dos, solo quería olvidarlas por un rato, y eso me pasó cuando vi que en la misma habitación había un montón de libros.

― Creo que todo esto nos ayudará, por eso he tardado tanto. La biblioteca estaba muy lejos. ― Esto me lo decía, sonriendo como si no hubiera pasado nada, mientras yo observaba qué eran esos libros. Todos hablaban del discurso, de Roma y de un tal Cicerón.

Sabía que todo era para lo del discurso pero me pareció excesivo, ni siquiera entendía que tenían que ver todo eso con nosotras.

― ¿Qué es todo esto de un tal Cicerón? ¿No te has pasado un poco? ¡Tampoco quiero hacer la declaración de la independencia o algo así! ―

Eso le pregunté y, entonces, Malia, se me puso a explicar un rollo: Que fue el orador por excelencia, gran retórico, que para hacer un buen discurso deberíamos usarlo como inspiración para el nuestro, o algo así. Eso sería el resumen, porque cómo me lo contó, no entendí casi nada, ya que me importaba una mierda, y me siguió siendo excesivo. Aún así no me resistí, ya que quería empezar de una vez el dichoso discurso y terminarlo de una vez. Así que nos pusimos manos a la obra.

Fue más complicado de lo que me parecía y pasamos toda la noche con ese dichoso escrito, pero, por raro que me parezco y a pesar de que me quería rendir a la mitad, disfruté, no sé cómo, pero así fue. Yo y Malia, estuvimos escribiendo y borrando frases, poniendo cosas que ni me importaba ni me interesaba, ni siquiera me acuerdo de que trataban. A decir verdad, todo el trabajo fue de ella, ya que solo me limité a escribir, aunque yo deseaba que hiciera eso por mí. ¿Cuándo habíamos terminado eso? Supongo que a las cinco o incluso las seis de la mañana. El esfuerzo valió la pena, porque nos quedó un gran discurso, que sorprendería al mismo mundo, al ver que yo los pronunciaría en público. Sentí, por primera vez, un sentimiento que llaman satisfacción, es decir, me sentía orgullosa de haberlo hecho. Si no fuera por esa perra de Sasha, podría haber iniciado este estúpido festival de forma diferente. Apenas recuerdo cómo era, tal vez, debería habérmelo aprendido de memoria. No sé cuando nos dormimos, pero al levantar mis ojos vi que ya era de día.

― ¿Q-qué hora es? ― Eso dije, tras bostezar y levantándome de la cama, preguntándome qué hacía ahí.

― ¿¡Qué horas es!? ― Entonces recordé que tenía que ir a la plaza principal de la cuidad, con nerviosismo y miré la hora de mi reloj, que estaba en la mesa.

― ¡¿Las tres de la tarde!? ¡Pero si es muy tarde! ― Grité como loca al ver eso, y rápidamente, olvidándome de que no estaba en mi casa, me probaba la ropa de Malia, que era más estrecha que la que yo uso, pensando que era mis propias vestimentas. Me costaba mucho ponerme uno de sus pantalones, ya que, aparte de quemarme pequeños, daba saltitos sin razón aparente, creando un espectáculo que hizo atraer a la idiota esa.

― ¿Te pasa algo, Lafayette? ― Entró Malia al cuarto, asustada y preocupada, con una aspiradora en sus manos. Estaba sudando ya que corrió las escaleras con eso.

― ¡Qué debería estar allí a las dos y algo, y son las tres! ― Eso le gritaba mientras rompía el pantalón que me estaba poniendo, a la vez que me quejaba de lo apretaba que estaban las bragas de Malia que me puse. Seguro que les parecerá gracioso porque os imagináis que estoy gorda, pero soy solamente mucha más ancha que ella.

― Pero si son las una menos cuarto. ― Entonces, descubrí con esas palabras de Malia, de que mi móvil tenía la hora mal.

Tras este despertar, me puse mis ropas de siempre y tras ser obligada a comer el desayuno, hecho por ella; y tras coger el papel del discurso, me despedí para dirigirme a mi casa a cambiarme, y luego, a la plaza.

― ¡Espero que te salga bien! ¡No, estoy segura de que sí! ― Eso me decía como despedida, dándome ánimos, antes de salir. No sé por qué pero sentí algo de vergüenza, no sé cómo, y le dije, fanfarreando, que no había nada de qué preocuparse. Fue la primera vez que alguien me gritaba “buena suerte” mientras me alejaba y eso se sentía muy raro, ya que no estaba acostumbrada a ese tipo de trato. Era la primera persona que me trataba bien en mucho tiempo y no estaba tan mal, después de haber sufrido solo amenazas e insultos cobardes. Incluso me puse de buen humor y pensaba que hoy iba a ser un gran día. Ahora me rio de eso, al ver que cómo ha terminado todo, ¿cómo pude ser tan ingenua?

― ¡Los espíritus te siguen, por todas partes! ¡Ya sea en el baño, o en la cambiador o cuando copulas con gatos! ¡Nunca escaparás de ellos! ―

La causante de que mi buen día se volviese en algo malo, me estaba persiguiendo, y estaba cantando como si fuera un ganso, molestando otra vez con los jodidos espíritus de los cojones. La ignoré, al principio, pero no aguantaba esos horribles sonidos y me giraba para decirle que se callara de una vez o que me dejara de perseguir.

― ¿Sigues con eso, no te lo había quitado tu hermana? ― Eso pregunté al comprobar, esta vez sin sentir sorpresa, que llevaba la maldita cabeza del oso de ayer. Al responder otra vez con los malditos espíritus de los cojones me perdí de su vista.

Al fin, tras perder el tiempo con ella, pude llegar al lugar en dónde se iba a inaugurar el dichoso festival. Estaba situado en la llamada “Plaza central”, situado un poco más al este de la estación de tren. Un lugar espacioso, con forma de cuadrado y cuyo centro estaba rodeado de estatuas y arboleda y un escenario de madera, con unas especies de camarotes, al lado. En este mismo lugar estaba el ayuntamiento y la oficina central de correos. Había mucha gente y además de que casi era imposible de andar, me entró un poco de vergüenza al decirles antes todos el contenido del discurso. Entonces, escuché la voz de alguien a quién no quería ver.

― ¡Hola, Marie! ¿Cómo estás, nieta mía? ― Era mi abuelo, por parte materna, un viejo gordinflón que tuvo la suerte de no estar calvo. Llevaba una chaqueta y pantalón, de color blanco, y me saludaba con su voz grave, mientras se tocaba la gran barba que tenía. Es el típico político corrupto que ha llegado a ser alcalde de la cuidad.

― ¡No quiero besos ni abrazos! ― Le avisé, cuando vi que venía hacia a mí con esas intenciones.

― ¡Vale, vale, que poca cariñosa eres, la verdad! ― Eso me dijo, al ver que le detenía con mis manos para impedir eso.

Entonces él me empezó a preguntarme todo tipos de cosas, las típicas que te lanza un abuelo y en todas le contestaba que me dejara tranquila. También me preguntó por la idiota de Sasha que, por desgracia, me encontró y estaba detrás de mí, con eso puesto en su cabeza. Mi respuesta era que, tal vez, era una niña con problemas mentales que se había perdido. Y luego, llegaron unos hombres que le estaban llamando, ni idea de quienes eran.

― ¡Señor Lafayette, ha ocurrido una desgracia! ― Les gritaban, muy nerviosos.

― ¿Qué ha ocurrido? ― Les preguntó todo preocupado, y esa gente se lo dijo al oído.

― ¡Qué se ha muerto Coppola antes de llegar a Shelijonia! ― Gracias a mi abuelo, el secreto se fue al garrete, que lo gritó con cara de sorprendido. Mientras le reprochaban que no lo tenía que decir en voz alta, ya que, por algo, se lo dijeron por el oído; yo me estremecí con oír esas palabras. Recordé lo que dijo Nadezha, de que iban a matarlo y yo pensé que eran tonterías suyas, pero al saber que está muerto, ¿ella tenía razón?

Me lo quité de la cabeza rápidamente. No sentí ninguna lastima por él ni nada parecido, a pesar de que podría haber sido mi abuelo, por parte paterno. Es más, recordé cosas que me ponían enferma y decidí alejarme de ellos a toda prisa, mientras la payasa de Sasha me decía que Coppola sueña mucho a la palabra española “copular”, que significaba tener sexo; y yo la ignoraba porque eso no me parecía nada gracioso. Entonces, tuve que encontrarme con Mao y sus amigas, y entre ellas estaba una con la que tenía especial rencor. Me vomitó encima y se fue de rositas.

― ¡Buenas tardes, gentecilla! ― Me acerqué para saludarles, ya que con sola mi presencia se ponían a temblar, y lo hicieron. Tanto la idiota hispana como la Alsancia esa, más aquellos rubios canadienses, se pusieron temblorosos con mi aparición.

― Se me olvidaba de que iba a estar por aquí… ― La única que no estaba así era la china, quién se puso delante y se puso a chulearme. ― ¿Qué quieres? ―

― Nada, solo quería saludar, especialmente a Alsancia. ― Dirigí una mirada asesina a esa maldita enana muda. Con eso me bastaba para decirle que es lo que le haría cuando estuviese sola.

― Has venido solo para fastidiar, veté de una vez a soltar tu discurso. ― Eso me dijo, y la notaba más alterada que antes, no por mí, sino por otra cosa, que seguramente sería una tontería.

Entonces la tonta de la hispana, a pesar de su temblequeo de puro terror, se puso a señalar a algo y decirme esto: ― P-por cierto, ¿q-quién es la que está contigo? ―

― ¡Soy la hada madrina del General Lafayette! ― La puñetera de Sasha, quién llevaba aún la cabeza de oso encima, destrozó el ambiente de terror que el miedo a mi persona había creado y se atrevió a tirarme una varita, que no sé de dónde salió, a mi cabeza. Todos se quedaron mirando, como si fuéramos un dúo de gente rarita y me llené de vergüenza.

― ¡Te voy a matar, te voy a matar! ― Le gritaba a Sasha, mientras ésta salía corriendo de mí, gritando que era mi puta hada madrina por los cuatros vientos, y con Mao y compañía quitándose del medio. Cuando la perdí de vista, recordé que faltaba poco para salir al escenario, soltar mi discurso y me fui a los camarotes.

Allí vi a un montón de gente, que eran los actores que iban representar la llegada de los rusos, tras soltar lo mío, y el organizador se me apareció, y me empezó a contar lo que tenía que hacer. Tuve que ponerme un traje, que era muy ridículo y antiguo. Creo que fue, en su momento, mientras me cambiaba la ropa, en que la idiota de Sasha aprovechó para intercambiar mi discurso con otro, que seguro que fue escrito por ella misma y con el propósito de arruinar mi mejor momento. Lo que si estoy segura es que se puso delante de la puerta del cambiador y empezó a molestarme de nuevo, mientras pegaba la puerta sin parar.

― ¿Quién es? ¡No ven que estoy ocupada! ― Eso le dije al idiota que me estaba molestando.

― ¡Los espíritus! ― Con eso, ya sabía quién era, Sasha: ― Tenías que ser tú, ¡deja de fastidiar! ― Hasta le di unos cuantos golpes violentos a la puerta para decirle que se fuera pero siguió con sus tonterías: ― ¡Somos los espíritus y estamos una encuesta! ― Ya me entraba ganas de meterle por el culo sus dichosos monstruos o fantasmas o lo que sea: ― Mandate a la mierda con tus encuestas. ― Pero no se iba, seguía hablando: ― Bah. ¿Por qué la criatura más hermosa del mundo, se digna a ayudar a la indigna General Lafayette? ― No entendí que quería decir esa idiota, era una pregunta sin sentido alguno y que me pilló de sorpresa.

― ¿Qué quieres decir con eso?  ―Le grité incomprendida, pero nadie me contestó y al abrir la puerta, vi que no estaba. Pero, por lo menos, me dejó, por fin tranquila, sin saber la jugada que me había preparado, mientras cogía el discurso que me había cambiado y que no me di cuenta hasta que subí al escenario.

Antes de descubrirlo, estaba muy eufórica, deseosa de dejarles a todos con la boca abierta, y sobre todo, a los que me conocían, que dirían aterrados, esa no es la Lafayette de siempre. En verdad, Malia fue la que hizo buena parte del trabajo pero pensaba que a ella no le importaría que me llevara todo el merito, y les tengo que decir que esos pensamientos me hacían poner mal, pero muy poquita. Así subí las escaleras, dando grandes pasos y con la cara más sonriente que jamás había visto, y me puse en el centro del escenario, delante del micrófono.

Todo eso se hundió en cuestión de segundos, cuando observé el discurso. Al leer las primeras palabras, descubrí que no era el que traje conmigo y me quede paralizada, poniendo una cara que parecían que estaba traumada. Miré el papel y luego a las miles de personas que me estaban viendo, algunos, en silencio, observándome; otros, hablándose; una y otra vez. No podría decirlo, porque su contenido estaba dedicado a insultar a todo mi público, en su propia cara. Si lo hiciera, ante esa cantidad de gente, se volverían contra para mí. Conozco a esta gente, y no se contienen cuando alguien los ataca. Pero no podría quitarme del medio, ya que estaba metida en el marrón y no tenía ninguna posibilidad de irme de ahí, de rositas, se enfadarían. En conclusión, estoy condenada, por mucho que tenga dos opciones, ya que tienen el mismo final.

Entonces, pensé quién había hecho, quién había intercambiado mi discurso, y no tuve más sospechosa que Sasha. ¿Qué quería ella realmente de mí? Porque no tenía sentido. Apareció por la cara, diciéndome que su hermana me ayudaría y durante todo el rato, estuvo fastidiándome sin parar. Y ahora va, y me intercambiaba el escrito que habíamos creados yo y Malia, juntas. Lo único que se me ocurría es que está idiota y no sabía lo que hacía.

¿Y qué pasa con Malia? Esa idiota me ayudó a crear un discurso que jamás podría haber hecho. Creía que me iba a aprovechar de ella pero, al final, ese no fue lo que esperaba.

Había hecho un gran esfuerzo, que iba a ser tirado a la basura. No debería importarme pero me dio cosa y me sentí como una mierda. ¿Esto es lo que llaman tener empatía?

Ese fue el colmo, me paré un momento. ¿Empatía, yo, de otra persona? ¿Desde cuándo me volví blanda? Esta no era Marie Luise Lafayette, en absoluto. Hace tiempo decidí no tener compasión de otros, ya que se aprovecharían de mí, como yo hice con Malia, y cómo dicta mi personaje, no debería tenerlo. ¿Quién soy? Una chica egoísta, inmadura, violenta y rencorosa, que le importa un pito los demás, con una madre hipócrita que solo le importa su propia y sola felicidad. Ese es el resumen de mi papel, en este mundo, y lo iba a hacer a lo grande.

Ya nadie iba a quedarse boquiabierto por verme pronunciar un discurso cursi, que imploraba la paz y la unión entre anglófilos y rusófilos, por una Shelijonia mejor. Si no iba a decir que era lo que se esperaba de mí, cuando les dijera uno, lleno de odio y de insultos hacía los shelijonianos.

Por eso puse una sonrisa diabólica, con una mirada ácida hacia los presentes, me encogí de hombros y cogí a lo bruto el micrófono para gritar a pleno pulmón este terrible discurso.

La reacción ante mis palabras me pareció muy extraña al principio. Solté todo eso y me miraban en silencio, callados, como si lo estuvieran asimilando. Entonces, estalló la tormenta. Miles de personas, hombres y mujeres, niños y adultos, adolescentes y ancianos; todos gritaron en una especie de locura colectiva y, como zombies enloquecidos, fueron todos a por mí, subiendo el escenario. Jamás sentí tanto miedo, casi me meo encima, y del terror, le eché el muerto a la china, quién estaba con sus amigas.

― ¡Serás hija de puta! ¡Yo no tengo nada que ver! ― Eso gritaba ella, mientras salía corriendo con sus amigos por una avenida, siendo perseguidos por unos pocos. Los demás se fueron a por mí, y tuve que tirarme entre la masa, entre patadas y puñetazos, para salir viva de milagro. Así fue como terminó esta horrible y fea historia, fin y punto.

FIN

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Decimocuarta_historia

Sobre conspiraciones y festivales que acaban en pura anarquía, segunda parte, decimocuarta historia.

Soy Nadezha, shelijoniana, y como tal, rusa de corazón. Hoy se celebra el día que nuestros primeros descendientes llegaron a esta isla, para hacerla parte de nuestra madre patria, y una amenaza se abalanzaba sobre esta importante fecha. Al final, cuando ésta despareció, fue para enseñarnos que era otra, invisible, y que fue la que convirtió ahora mismo mi cuidad en pura anarquía. Toda la culpa la tenía una persona indeseable: Lafayette. Y ahora la estoy buscando en bicicleta, para darle la paliza de su vida, en unas calles llenas de contenedores y coches quemándose, gente saqueando tiendas de todo tipo y un montón de barbaridades, ante una policía incapaz de frenar esta locura. Esto que voy a contar demuestra como las cosas pueden cambiar de una forma tan drástica y fatal, que parecerá surrealista, a ojos de los que no la han vivido.

Mi pequeña odisea empezó en la mañana de ayer, cuando iba a la casa de Mao. No deseaba ir allí, pero era el único lugar que me podría servir, ya que tenía que buscarle una cámara de fotos a mi tío, que se le rompió hace unos tres días antes. Me estaba dando mucho trabajo, ya que quería que fuera su antiguo modelo, ya que no deseaba usar una más moderna y esa cosa era muy difícil de encontrar. Mi última oportunidad era ir allí, en dónde guardaban un montón de cachivaches antiguos, como si el travestido ese tuviera el síndrome de Diógenes. ¿Y si no estuviera ahí? Pues éste debería aceptar no hacernos fotos para el día siguiente o utilizar alguna más moderna. Entonces, a los pocos metros de su hogar, alguien se estaba escondiendo, detrás de un poste de la luz, que aún no lo habían quitado, a pesar de que era ilegal. La veía de espaldas.

― ¡Maldita sea, no me atrevo, no me atrevo! ― Eso decía aquella persona.

Llevaba unos pantalones cortos con medias y una chaqueta azul de delincuente, su pelo y su piel era del mismo color, negro. Con todo eso, más aquella voz de perra insufrible, me decía quién era esa persona: Lafayette. Me acerqué a continuación, hacia ella y le pregunté esto:

― ¿Qué estás haciendo ahí? ― Le pregunté. No iba a pasar de alto ese comportamiento tan sospechoso. Lo que recibí fue un buen puñetazo en toda mi cara, que hasta hizo sangrar mi nariz y me tiró al suelo. Ésta, al ver que era yo la que la había asustado, empezó a burlarse de mí y diciendo que eso me lo merecía por zorra. Obviamente, ella recibió otro, esta vez en el estomago. Así empezó otra estúpida pelea de las nuestras.

― ¡Detente! ― Eso le decía, cuando me harté de nuestra feroz batalla. ― ¡Detente! ¡Tregua, tregua! ― Eso le gritaba tras tirarla de una patada, y mientras se levantaba del suelo.

― ¿Qué tregua ni que mierdas? ― Eso gritaba. ― ¡Te voy a mandar al otro lado! ― Perdió el equilibrio, por el dolor que tenía en una de rodillas, o eso parecía, ya que no fue nada grave. Estaba rabiando de dolor, mostrando los dientes y aún estaba enfadada, si alguna vez no lo está, porque lo dudo mucho. Al final, tras mucho pensárselo, ya que su estúpido orgullo no se lo permitía, me gritó que iba a seguir golpeándome hasta la muerte. Por suerte, la ignoré, porque tenía algo importante que hacer y, cuando se dio, me estaba viendo entrar en la tienda.

― ¡Eh, tú, zorra, no huyas! ― Me gritaba llena de indignación, al parecer.

Al entrar en la tienda, el único empleado de Mao, Leonardo, me saludó, dándome la bienvenida. Le pregunté dónde estaba su jefa y me dijo que se fue hace unos minutos, algo que me molestó mucho, ya que era bastante inoportuno. Lo único que podría hacer era observar la tienda mientras esperaba, entonces, cuando él me decía que hoy tenían muchas visitas, entró Lafayette, tratando la puerta con poca delicadeza y quién hizo callar al pobre, al decirla los buenos días sin mala intención.

― ¿Me vas a perseguir todo el día? ― Eso le dije, al verla, antes de encontrar algo que me interesó, un ushanka. Un sombrero hecho con piel de caribú y era de color blanco, perfecto para hacer conjunto con mis abrigos. Yo ya tenía un montón de ellos, pero éste me atrajo porque tenía el escudo del glorioso ejército imperial ruso. Me recordó tanto aquellos tiempos en que los shelijonianos eran parte de un mismo hogar, Rusia; que me entraron ganas de llorar.

― ¿No querías una tregua? Pues eso. ― La ignoré totalmente y ésta lo supo, pero en vez darme otro golpe, decidió pasar de mí. ― He venido a pedirle algo a la puta de Mao. ― Eso le decía a Leonardo, quién le intentó decir que no debería insultarla, y ésta le gritó como loca, y le dijo que se callara, tuvo que hacerlo al verla actuar como una salvaje contra él.

― ¿Cómo puedes ser así? ― Eso le dije, antes de decirle a Leonardo que no la hiciese caso, y que me dijera el precio de mi ushanka.

Al escucharlo, esa indeseable empezó a burlarse de mí, diciendo que era demasiado caro para ser un gorro comunista de mierda, demostrando su gran ignorancia.

Rápidamente, se enfadó, cuando le dije, que para mí, esa gorra valía más que ella. En realidad, cualquier cosa en este mundo es mucho más preciada que esa. Me puse mi ushanka, y tras pedirle permiso a Leonardo para entrar, me fui al salón, mientras Lafayette, sin moverse de la tienda, por desgracia para él, se quedó ahí esperando a Mao. Vi solo a Josefina, quién me saludó enérgicamente, como siempre, y, a continuación, me dijo esto:

― ¿Sabes qué hay una habitación secreta? ― Eso me dijo, mientras me estaba señalando con el dedo hacia aquellas cortinas que mantenía Mao en una pared de la habitación. Yo le dije que no, que era estúpido que hubiera ahí algo. Me parecía absurdo ver que hubiera una puerta detrás de eso.

― Pero si es verdad. ― Entonces, Josefina se levantó, se acercó a eso y abrió las cortinas, enseñándome un gran agujero en la pared que llevaba a otro cuarto. Yo me quedé boquiabierta, incapaz de comprender qué hacía eso hay. Hasta me acerqué a él para comprobar que era verdad. Al final, le tuve que dar la razón y le pedí perdón por no creer en ella.

― No pasa nada, yo tampoco podría creer que había algo así. Incluso una chica muy rara vive ahí dentro. ― Eso me decía, mientras yo observaba aquel cuarto, alumbrado solo con la luz de una lámpara de mesa y por la de una pantalla de ordenador. Me preguntaba, además de quién era esa niña de la que hablaba Josefina, de cómo hicieron ese agujero. Al final, Josefa empezó a hablar cómo ella sabe, soltando cientos y cientos de palabras, casi imposibles de entender, por lo rápido que los soltaba; e intentando supuestamente explicar que había pasado. Le tapé la boca para que se parase y le expliqué que estaba yo cansada y por tanto no tenía ganas de poder escucharla. Ella me dijo que sí. Entonces, apareció Lafayette en el salón y dijo esto, tras darse cuenta de eso:

― ¿Desde cuándo tienen un agujero ahí? ― Al escuchar eso, Josefina se puso morada y empezó a temblar y miró hacia atrás, para comprobar que realmente era ella, quién estaba ahí. Lafayette notó el miedo y le puso una cara demoniaca, mientras le decía como un mafioso qué estaba mirando. La pobre se pegó a mí, y parecía que casi le iba a dar un ataque al corazón.

― Deja de asustar a Josefina. ― Eso le dije yo.

― Yo no lo estoy haciendo, es que es una cagona. ― Eso lo decía de forma burlona y cruel hacia Josefa y ella intentó defenderse de esa acusación:

― ¡No soy un…! ― No pudo, le gritó como una bestia y la puso más nerviosa:

― ¡Cállate! ―

Lo que más le gusta a esta odiosa chica, que de niña tenía nada, era aterrar a la gente y aprovecharse de ellos. Le gusta disfrutar haciendo llorar a los niños y por eso, estaba sonriendo macabramente, al ver que Josefina le tenía un gran miedo, y yo no iba a dejarlo así.

― ¡No te preocupes, no voy a dejar que esta cosa te toqué! ― Yo cómo no le tenía miedo, pues le dije eso a Josefina, para sentir que estaba segura. No iba a estar dispuesta a que Lafayette y por eso le dije que sí atacará a ella, la mandaría al hospital.

― ¡¿Ahora, te crees la defensora de los débiles!? ― Eso me gritaba, burlándose de mí ácidamente, pero lo ignoré, mientras Josefina me miraba con admiración, tal vez creyendo que era bastante guay o algo así; y ya no tenía tanto miedo como antes. Lafayette, al ver mi reacción dijo “bah” y se sentó, en un lado de esa mesa que llama Mao, kotatsu; a esperar a éste, y nosotras nos sentamos en el otro. Así, durante un pequeño rato, estuvimos en silencio, salvo cuando yo le preguntaba a Josefa algunas cosas; con una atmosfera rara y en cierta forma, casi siniestra. Hasta que Clementina bajó al primer piso, con su hija Diana.

― ¡Qué sorpresa! ― Eso dijo ella, y noté que no le entraron muchas ganas de ver a Lafayette. ― ¿Qué hacen aquí? ―

― Pues yo… ― Josefa intentó decir algo, pero Lafayette la interrumpió, con su habitual tono desagradable, diciéndonos que estaba buscando a Mao para un favor. Era bien obvio, ya que si ella aparece por aquí, era por pedir algo. Al igual que yo, tengo que reconocerlo.

― Yo quiero pedirle prestado algo a Mao. ― Eso les dije y Josefina y Clementina me preguntaron qué era. Yo se lo iba a decir, pero ésta me interrumpió.

― Es una gran y estúpida tontería que a nadie interesa. ― Eso gritó, mientras daba un golpe en la mesa y ponía su peor cara, para poner asustadas a ellas dos y se callaran. La única que no se dejó intimidada era Diana, quién iba directamente hacía Josefina. Le pedí que se callara y nos dejará hablar pero ésta se alteró, me dijo cuatro insultos y se mantuvo en silencio de mala gana. Mientras tanto, Clementina se puso a hablar conmigo, mientras las dos niñas miraban y entraban, sin darnos cuenta, en la habitación.

Cuando ella se dio cuenta de que no las veía por ningún lado del salón preguntó esto: ― ¿Dónde están ellas dos? ―

Y con su habitual mala leche, Lafayette, nos señaló dónde estaban:

― Están en la dichosa habitación secreta. ―

Lo decía con un tono más desagradable que antes, que molestaba. Yo me levanté y me metí en la habitación secreta. Las vi, A Josefina, mirando con miedo a la pantalla; y a Diana, intentando hacer un avión de papel con algo que parecía una carta.

― ¿Qué te pasa? ― Eso le dije, cuando vi a ella, murmurando qué iba a hacer; y yo, que pensaba decirle que se fuera de ahí, le pregunté que quería. Solo me dijo que leyera eso. Era un gran texto traducido del alemán al inglés, metido en el google traductor. Lo leí, aunque varias partes estaban mal, y decía que pedía a alguien que debía matar a un político en pleno festividad del día de Shelijonia. Me quedé aún más consternada que ella. Entonces, Diana me enseñó su supuesto avión de papel y me di cuenta de que era una carta, y al observarlo detenidamente, era el mismo texto que tradujeron.

― ¿Q-qué significa esto, Nadezha? ― Eso me preguntó, muy preocupada, Josefina, quién apenas entendía que estaba ocurriendo. Yo tampoco pero esto se sentía grave y parecía auténtico, por la carta. Mientras tanto, Diana me pedía que le devolviera su avión de papel. Al final, tras leer por segunda vez, me acordé que el nombre del político a matar era George Coppola, y éste personaje tenía relación con Lafayette. Por eso, salí del lugar para gritarle esto a ella.

― ¡Lafayette, quieren matar a tu abuelo! ― Ella quedó mirándome cómo si me dijera qué estaba diciendo, mientras se lo intentaba explicar, con señales y señas, y con toda mi preocupación; que le iban a matar a George Coppola.

― ¿Qué estás diciendo? ― Eso dijo Clementina, muy consternada. ― ¡¿Le van a matar al abuelo!? ― Eso decía Josefa, boquiabierta. ― ¿Por qué? ― Eso repetía sin parar, Diana. ― ¡Déjate de tonterías! ― Eso me gritó ella, que era lo esperable, que no se creyera en las cosas que le estaba contando. Al final, dijo esto, que me hizo enfurecer de verdad: ― Y, ¿qué? ¡Qué se muera! ¡A mí me importa una mierda! ―

― ¿Qué has dicho? ― Eso dije, incapaz de creerme que dijera eso en serio, sobre su propio familiar. Ésta me lo repitió y yo le dije, sin comprenderlo, que por qué decía eso de su propio abuelo.

― Él no es mi abuelo de verdad, ¡idiota! ― Gritó, con toda su furia.  ― Y si fuera el verdadero, o si fuera mi madre o mi padre, también diría eso. ― No podría asimilar que dijera eso. ― Mejor aún, que se mueran toda mi familia. ― Eso fue la gota que colmó el vaso, yo no iba a permitir que alguien hablara mal de sus familiares. Me descontrolé y le di un puñetazo en toda la cara que la hizo volar, ante la sorpresa de los presentes. Entonces, por culpa de la rabia hablé de más:

― ¡Ya recordé! Perdón, perdón, es verdad que no es tu abuelo. Pudo haberlo sido legalmente. Pero George Coppola no iba a aceptarte, a una bastarda, fruto de la infidelidad de tu madre, quién engañó a su hijo como un idiota. ―  Eso le solté, tocando un tema que le enfurecía mucho y salvo ella, nadie entendió lo que dije, incluso yo misma.

Su madre, fue hija de un importante político, el único que parece que le importa realmente esta odiosa persona. Ella se casó con un abogado, Rudolf, que resultaría ser el hijo de la persona que iban a matar. Duró menos de dos años, cuando el nacimiento de su hija, le hizo descubrir que ésta estaba liada con un hombre negro. Se divorciaron y él, engañado y destrozado, rechazó a Marie Luise como hija, por recordarle todo lo que sufrió. Es correcto llamarla bastarda, y se lo decía indirectamente, mientras yo apretaba los puños con rabia. Eso era lo que más le dolía en este mundo, recordarle su condición y lo hice con toda la intención, porque estaba ya harta de ella. Estaba totalmente encolerizada.

― ¿C-cómo lo has sabido? ¿C-cómo te has atrevido? ¡No volverás a decir eso, te dejaré sin boca! ― Se levantaba poco a poco, soltando rabia a diestro y siniestros y mirándome con todo el odio del mundo, mostrándome los dientes. Ella, antes de lanzarme hacia mí, soltó esto, después, con la misma intención. Quería herirme recordándome que soy huérfana, ya que mis padres murieron en un atentado terrorista, delante de mis ojos.

― ¿ Por qué te molesta tanto que le insulte a los míos? ¡No lo he hecho con los tuyos, después de todo, tus padres están bien muertos, gracias al cielo! ― Esas últimos palabras lo dijo con un tono algo burlón, y eso solo me hizo subir, aún más, la sangre a la cabeza. Así, empezamos una violenta pelea, entre nosotras, en mitad del salón de Mao. Ni Josefina ni Clementina ni Diana, ni siquiera Leonardo, que entró en el salón, al escuchar los gritos y golpes; se atrevían a detenernos. Mientras ella insultaba a mis padres, diciendo que debió ser bonito verlos arder; yo le llamaba bastarda una y otra vez. Hubiéramos muerto y llenado el lugar de nuestra propia sangre, si no fuera por Mao, quién llegó a tiempo.

― Pero, ¡Por Buda! ¿Qué están haciendo en mi propia casa, chaladas? ― Eso gritaba, al ver que estábamos peleando, y en nuestra lucha estábamos destrozando el lugar. Chillaba por su salón, más que por la feroz batalla. Él fue el único que cogió a Lafayette, y el que ordenó a los demás atraparme a mí. Nosotras, insultándonos y maldiciéndonos, no nos tranquilizamos hasta un buen rato.

― ¿Qué os pasa a vosotras? ― Eso nos dijo Mao, enfadado, mientras yo y Lafayette nos sentamos a cada lado de la mesa.

― Necesito un favor urgente, por eso estoy aquí. ― Eso le dijo Lafayette, quién sacó un papel blanco y un bolígrafo en la mesa y lo movió hacia él. Éste le preguntó qué era y solo le dijo que hiciera un discurso para el Día de Shelijonia, explicándonos que su abuelo, por parte materna, la metió como la chica que iba a inaugurar nuestra fiesta.

― ¿Cómo ha conseguido tu abuelo que te metiera en eso? ― Eso dije sorprendida, tanto que hasta me levanté del suelo. Ella solo replicó, sin ganas, que era seguramente por corrupción y enfunches, como si fuera algo ajeno a ella. Yo, recordando que fui elegida para hacer el discurso, pensé que era una locura darle la inauguración.

Sentí que ella iba a meter la pata, a diferencia de mí, que escribí, con ayuda de mi tío y mis papás, un escrito tan hermoso que hizo llorar de felicidad a las personas que amamos estas tierra y a nuestra Madre Rusia. Por eso, mientras Mao se negaba a hacerlo. Yo di un puño en la mesa y le dije esto: ― ¡Te voy a ayudar Lafayette! ―

― ¡Ahí tienes! ¡Ya no me necesitas! ¡Así que, adiós! ― Mientras Mao le decía eso a Lafayette, me di cuenta de que tenía a alguien detrás suya, y que esa chica, que para mí era desconocida, nos miraba como si fuéramos los seres más terroríficos de la tierra. Y al terminar esas palabras, parecía que hacía de escudo para ella, quién se pegaba a la pared, intentando mantenerse lejos de nosotras e ir, ellos poco a poco hasta llegar a aquel agujero en la pared y meterse los dos en él.

― ¡Ni una mierda, no voy a dejar que me ayude! ― Eso me dijo, con todo su desprecio. Su orgullo no le permitía que yo le ayudara en algo, después de lo que nos pasó. Se lo pediría a cualquiera, menos a mí pero yo no estaba dispuesta a aceptarlo e intenté convencerla. Al final, fue en vano. Se fue de ahí, insultándonos, en vez de decirnos adiós; y volvió la paz y tranquilidad. En ese entonces, fue cuando salió Mao, de la habitación secreta. ― ¡Por fin se fue! ― Eso decía, aliviado. ― ¿Cuándo te vas a ir? ― Y me preguntó, a continuación, mientras me sentaba en el suelo.

― Te puedo preguntar varias cosas… ― Mao puso mala cara al oír eso. ― ¿Qué es ese agujero y quién es esa chica? ― Eso le dije, señalándole al lugar dónde estaba esa entrada, tapada por cortinas y que estaban medio abiertas, y en la cual observé que ella estaba mirando hacia nosotros desde dentro de esa habitación. Al darse cuenta de que la miraba, se escondió, mientras me sacaba la lengua.

― Pues hubo un pequeño accidente hace tiempo y provocó eso. ― Me quedé pensando cómo lo hizo, la pared no era de papel, precisamente.

― La chica que está ahí dentro, se llama Jovaka y les teme mucho a las mujeres. ―

Entonces, la chica, desde su habitación, me grito esto: ― ¡Por ser las opresoras que dominan esté mundo! ― Y me quedé con la boca abierta y Mao me dijo que ignoré esas palabras, era así.

No me pareció muy normal ver a una mujer que odia a las demás y decirme “opresora”, pero pasé página para preguntarle sobre la carta, que se la enseñé.

― ¡Mejor, olvídate de eso! ― Se puso muy nervioso de repente. ― Lo mejor para todos es que no saber más del asunto. ―

Lo sentí muy asustado, y pues me di cuenta, entonces, de que algo raro le pasó. Intenté decirle que me lo dijera, pero se negaba y me decía que le dejara en paz. Al no querer montar un espectáculo, ya que Diana y Josefina dormían adorablemente juntas; decidí dejarlo e irme de la casa. Al salir, no vi a Lafayette y llamé a mi novio Vladimir, para explicare todo lo ocurrido. Era solo una manera de desahogarme, ya que estaba de los nervios. Me alegro mucho hablar con él, porque pude quitarme el enfado pero aún así estaba preocupada.

¿Qué quería decir esa carta, que realmente iban a matar a alguien? ¿Y por qué Mao lo tenía? ¿Van a cometer un asesinato realmente en mitad de la ceremonia por el día de Shelijonia? Si todo era más que una estúpida broma, entonces no tendría nada de qué preocuparme pero parecía ser algo real y que tenían una conspiración contra un político. ¿Y el porqué? ¿Qué consecuencia, qué venganza o qué estupidez quieren hacer para cometer algo así? Los magnicidios, siempre tienen un motivo político, derogar políticas que no agradan o evitar que alguien ponga en peligro, con sus medidas, una situación privilegiada. Me quedé pensando un buen rato, muy largo, pero al final, no pude encontrar una respuesta a todo. Solo me decidí a hacer algo, sea falso o no, debería avisarle.

Al volver a la realidad, me di cuenta de que era de noche y ya mi tío estaba llamándome para cenar. Yo, quién siempre animaba las charlas, estaba tan preocupada y pensativa que ni siquiera hablaba, solo comía poco a poco. Mi tío, que ya me conocía, me vio rara y me preguntó qué me pasaba.

― Nada, nada. Me siento culpable por no comprarte la cámara. ― Eso le dije, sonriendo nerviosamente, cuando me lo preguntó, y me dijo que no debería preocuparme por eso.

― Además, de que no podré estar contigo, ¡ya sabes! Voy a salir con un amigo. ―

Eso le dije, recordando que le dije que iba a salir con alguien, ocultando el hecho de que estaba hablando de mi novio, que él aún no sabía que lo tenía. Me dijo que estaría bien, que uno debe estar con amigos pero me sentía un poco culpable por dejarle solo, después de todo, es el único que me cuida desde la muerte de mis padres. Entonces recordé lo de Coppola y decidí mencionarle sobre eso, preguntándole si éste iba a estar en el festival de Springfield.

― ¿George Coppola? Pues, ahora que lo dices,… ― Me dijo que iba a visitarlo, después de volver de Washington por avión, que iba a aterrizar mañana por la mañana. Me explicó que fue un político del sector useño, como nosotros llamamos así a los descendientes de los estadounidenses o canadienses y todo aquel que proceda del resto de Norteamérica. Se dedicó al diálogo entre rusófilos y anglófilos y acabó siendo Senador en el Congreso de los EEUU. Me dijo además de que estuvo metido en algún que otro problema de corrupción. Salvo el dato final, no hubo nada más para pensar por la razón de porqué le iban a matar pero pude saber en dónde localizarle, por eso me preparaba para acostarme rápido, tras hablar durante dos horas con mi amor por teléfono.

― ¿Entonces vas a ir al aeropuerto de Bolgolyubov, Nadezha? ― Eso me dijo con una gran preocupación hacia mí, pensaba que yo iba a estar en peligro, así que le tranquilice.

― Solo hay que avisarle a toda costa de que quieren matarlo. ― No lo sentí muy convencido. ― Será rápido, en un pispas vuelvo a Springfield y lo pasaremos muy bien. ― Eso sí Coppola me hace caso y no me ignora, o que lo maten igualmente ― De todas maneras, yo…. ― Entonces, mi móvil se quedó sin saldo y la llamada se cortó. Lo maldecía, con todo mi alma, ya que no pude decirle “buenas noches” ni siquiera un “te quiero”.

Me levanté a las cinco y media y con sigilo y rapidez, a la vez; me ponía la ropa, me bañaba y cogí la bici que estaba puesta en la pared de salón. En esos momentos, estaba bien adormilada y casi iba a producir algún ruido que podría despertar a mi tío. Pude salir de la casa y rápidamente salí de ahí. No hace falta que me puse un gran abrigo blanco para protegerme del frio, que hacía el suficiente para que cayera nieve, y me puse el ushanka que compré a Mao. Al llegar a las puertas de la estación, entonces lo vi, a Vladimir, a pesar de que le dije que no hacía falta que viniera conmigo. Antes de verme y saludarme, estaba echando su aliento sobre sus manos y llevaba el abrigo de color marrón que le reparé. Me alegré, a pesar de que no deseaba meterle en esto y de que lo primero que hice fue regañarle.

― ¿No te dije que, cuando iba a avisarle, volvería a Sprigfield para estar conmigo? ¡No deberías haber salido de tu casa a estas horas y venir a aquí! ¡Te podría pasar algo! ― Eso le dije sin mala intención y parecía como si fuera su madre. Pero él notó a pesar de mi aparente enfado que estaba feliz de verle.

― Perdón pero no puedo dejarte sola, es mi deber protegerte. ― Aún más, cuando me dijo eso con una seriedad, que visto en un niño de once años parecía tan adorable que me puse roja.

― Gracias de todo corazón. ― Eso le dije con toda mi sinceridad, antes de darle un beso. Él también se puso rojo.

Así, nosotros dos juntos nos introducimos en la estación para esperar el primer tren del día y dirigirnos hacia al aeropuerto, dispuestos a evitar el desastre que iba a caer sobre nuestro día, por lo menos intentarlo. Por suerte, el tren paraba en el mismo lugar, y con la bicicleta a cuesta, nos subimos a la superficie, ya que estábamos bajo tierra, en busca del lugar dónde iba a entrar nuestro condenado. Nos fuimos al terminal de llegada y nos encontramos con un montón de personas en el lugar. Miles de periodistas, con sus cámaras de fotos y video, charlando entre ellos; los miles de políticos mediocres que le esperaban para darle la mano, junto con empresarios y otro tipo de gente importante; nos dejaban claro que Coppola era un hombre realmente importante.

Le pregunté a algunos de ellos si sabían cuándo iba a llegar y me dijeron que eran dentro de unos treinta minutos, mientras Vladimir miraba su móvil y comprobaba que eran las ocho menos cuarto. Al final, pasaron una hora y media y todos nos preguntábamos qué había ocurrido. Al llegar las diez, se supo que el avión tuvo problemas técnicos y paró en Seatle, borrando mis temores de que habían matado a Coppola con todos los pasajeros del avión con una bomba o algo así. Si no fuera porque estaba con mi Vladimir, no podría haber aguantado como pude, ya que hablar con él se me hacía pasar las horas volando. Mientras se esperaba la llegada de ese maldito cacharro, vi al otro lado de la terminal, a dos niñas, una de ellas la reconocí rápidamente, a pesar de que hacía años que no la había visto.

Mi familia, tanto mi tío como mi propio padre, han estado al servicio de la política. Por eso, yo de pequeña he estado en fiestas de gente importante y en uno de ellos aparecieron los más poderosos de la Cuidad de Springfield, los Von Schaffhausen y me relacione con su hija. De orígenes alemanes, llegaron a América hace siglos, y se dedicaron en asuntos políticos y en miles de negocios, llegando a ser muy influyentes. Ellos hicieron todo lo posible para que Shelijonia cayera bajo las garras de los EEUU, tras la revolución rusa, así que no me caen muy bien. Solo la conocí una vez y con lo que había cambiado, no la pude reconocer al principio. No llevaba un parche en el ojo derecho y su comportamiento era muy diferente del que estaba observando en ese momento. Se mostraba fría, seria, demasiada madura para su edad e incluso sentí algo siniestro en ella. La niña que recordaba era una llorona, muy plasta, que se creía ser el ombligo del mundo y se le engañaba muy fácilmente, que yo me burlé de ella cruelmente y no me sentí muy orgullosa de eso. Sobre la otra chica solo me pareció una friki llevando un traje de sirvienta. Pensaba saludarlas pero pensé que les sería incomodo que le dijese hola una chica así de la nada.

― ¡Qué demonios! ¿Cuándo vendrá ese maldito? ― Me preguntaba en cierto momento, mientras me aguantaba, ya que tenía ganas de orinar. No pensaba moverme hasta que éste llegará pero, al final, me lo tuve que considerar y salí corriendo a toda velocidad hacia a los servicios. Me siguió Vladimir y tal vez fue en ese momento en que la carta, la que me encontré en la casa de Mao, se me cayó.

Perdí mucho más tiempo antes de volver a los asientos, ya que Josefina me llamó, preocupada, preguntándome por lo de lo que leyó en el google traductor. La tranquilicé diciendo que era toda pura mentira, después de todo no deseaba meterla en este oscuro asunto. Al final, cuando volvimos, yo y Vladimir, tras darme cuenta de que cayó la carta; para buscarla, observamos a la friki esa como estaba leyendo un papel. Al vernos, se puso nerviosa y se fue a otro lado.

― ¿Qué le pasa a esa? ― Eso me pregunté al ver su comportamiento, algo extraño, sin saber realmente lo que estaba sucediendo. A continuación, mientras nosotros buscábamos por todos los asientos dónde estaba la dichosa carta, la única prueba física de que le iban a matar. Esa Von Schaffhausen y la friki esa aparecieron detrás nuestra, dándonos un susto enorme cuando la rubia pronunció estas palabras:

― ¿Se te ha perdido esto? ― Al girar la cabeza hacia atrás de la sorpresa, la vi dándome un papel, que era nuestra carta le mostré mi agradecimiento:

― Muchas gracias, de verdad. ― Eso mientras cogía la carta y la leía, comprobando que era la nuestra.

― Me ha parecido muy gracioso. ― Eso me decía, mientras me mostraba una sonrisa algo extraña, ya que parecía una normal pero la sentía falsa; y también me puso intranquila ese comentario. ― ¿En serio? ― Eso mencioné, añadiendo risas nerviosas.

― Según dice esta carta, entregarán un millón de dólares a un tan halcón para que mate a un hombre hoy. ― Me dejó sorprendida, hasta pensé que ella era el cerebro de la operación, ya que lo dijo como si no fuera nada grave.

― ¿C-cómo? ― Me estaba asustando y mi mirada de alguna forma se sintió como si le estuviera incriminando.

― Solo sé alemán y eso está escrito en ese idioma. Más sospechosa eres tú, quién eres la que lo llevaba encima pero no creo que una niña tenga esas intenciones, así que, ¿adónde lo encontraste? ― No deseaba decírselo, ese habla inocente y normal de una niña de su edad, constante enorme con la actitud que noté mientras ella estaba sentada, se me empezaba a notar muy forzada y estaba sintiendo como si estuviera en un interrogatorio. Además, de que me molestó que me dijera “niña”, como si fuera inferior a ella. Al final, me quedé en silencio, algo que no le gustó nada.

― Solo te estoy preguntando dónde encontrarte eso, no es tan difícil. ― Me lo decía, con una falsa amabilidad que se notaba a kilómetros a la redonda y se veía que estaba muy interesada, demasiado para mi gusto. Por eso, me puse desafiante: ― ¿Y si no quiero decírtelo? ―

― ¿Por qué? Ya me sé su contenido, de todos modos. ― Me di cuenta de que estaba apretando los puños, mientras mantenía esa actitud que cada vez se volvía más evidente de que era pura fachada.

― ¿Sabes que la curiosidad mató al gato? Por eso, creo que deberías olvidarte de esto. Tal vez, ni siquiera es real. ―

Eso agregué, intentándola convencer que me dejará tranquila por las buenas, porque no quería decírselo; y saltó de una manera que me sorprendió.

― ¡Tú eres la gata entrometida! ― Eso me gritó, con gran furia y la muy niña me cogió del cuello, con una violencia que nunca vi, mientras veías sus ojos inyectados de sangre. Entonces supe que ella era la cabecilla de todo esto, ya que lo que me hizo, para mí, era una prueba muy evidente.

― ¿Qué haces niña loca? ― Le grité, cuando ella se dio cuenta de que me estaba ahogando, y la tiré al suelo.

Inconscientemente, salí corriendo como nunca de allí, siendo seguida por Vladimir, quién me preguntaba preocupado, si estaba bien; al alcanzarme.

Me sentí bastante avergonzada, ya que una simple niñita me atacó y yo cobardemente escapé. Por eso volví a la terminal para preguntarle que por qué hizo eso y me encontré con la misma muchedumbre agitada y nerviosa, rodeando a un hombre bien vestido, al que le hacían preguntas sin parar. Me acerqué, olvidándome de esa chica, para saber qué pasaba y entonces, supimos a través de sus palabras que antes de aterrizar el avión, George Coppola murió con un ataque al corazón.

― ¡Esa maldita niña! ― Eso dije encolerizada, al oírlo. La busqué por todos partes y la encontré mostrando una sonrisa muy siniestra, alegrándose de la muerte de aquel hombre. En ese momento, no tenía duda de que ella quería eliminarlo y me dirigí a por ella.

― ¡¿Lo has matado, has matado a Coppola!? ¿A qué sí? ― Le gritaba mientras la cogía por la camisa. Ella me miraba, sin miedo a mi cara enfurecida, y me decía una tranquilidad anormal y con el aura de la victoria esto:

― Oye, no te alteres, el pobre murió de un ataque al corazón. Ha sido natural, después de todo era alguien anciano. ― Tuve que soltarla al ver que decía la verdad, o eso me parecía. Me sentí muy impotente, ya que sabía que ella quería matarlo y la naturaleza la ayudó. Al final, la puñetera había salido con la suya. Y se fue de la terminal, con esa friki y otro familiar que estaba con ella, triunfante y con cara de desprecio y burla hacia a mí, que nunca olvidaría en vida, ya que me hizo enfadar más de lo necesario y me tuve que sentar para tranquilizarme.

― Por lo menos, no ha habido un asesinato en pleno Día de Shelijonia. Así que, todo ha acabado bien. ― Eso me decía Vladimir para consolarme, tras traerme un refresco que compró. Mi intención era realmente evitar que un magnicidio ensuciase nuestro festival y en cierta forma eso se evitó con el viejo muriéndose antes de tocar a tierra. Era una broma de mal gusto, un humor negro muy desagradable para mí.

― Tal vez… ― Abrí el refresco con violencia, aún tenía rabia dentro de mí. ―…pero, entonces, ¿hemos ido a aquí para nada? ¡Qué rabia, me da! ¡Todo lo que he liado para nada, incluso nos vamos a perder las fiestas! ―

Empecé a mover los brazos para arriba y para abajo como una forma de soltar mi frustración. En aquel entonces, eran las dos y media de la tarde, y en una televisión, situado sobre una plataforma elevada en una esquina del lugar, estaba empezando a salir la transmisión del festival del Día de Shelijonia de nuestro Springfield. Vladimir lo vio y me avisó, llevándome ante él, ya que yo no tenía muchas ganas. Pero al ver la cantidad de personas en la plaza, esperando la inauguración, me alegró el corazón.

― Espero que el de este año supere a todos los demás. ― Eso dije feliz, hablando más de lo necesario. Ya que, entonces vi a Lafayette, que me había olvidado que estaba a cargo del discurso, y se me hizo un nudo en la garganta. Recé a Dios para que no metiera la pata, mientras la veía de pie, incapaz de decir algo durante un minuto o más. Todo fue en vano, cuando soltó su dichoso discurso.

― Queridos, queridos y asquerosos comunistas. Me refiero a vosotros, putos shelijonianos, capullos que se creen ruso, aún cuando ni siquiera sois humanos. Ustedes soy el cáncer de esta isla, de este lugar llamado los gloriosos Estados Unidos de América, los únicos con derechos a gobernarnos y tener en sus manos vuestras miserables vidas. Los useños somos los únicos que nos merecemos este lugar, mientras ustedes solo sirven para vivir en la pura mierda. Sois peores que los nazis y… ¿extraterrestres? ¿Qué mierda es esta? ― Tiró lo que estaba leyendo al suelo y lo pisoteo sin parar. ― ¿Qué importa? ¡Muerte a Rusia, al comunismo, muerte a los shelijonianos! ¡Viva los Estados Unidos de América! ― Gritó como loca y poniendo cara de burlas hacia al público.

Hubo un silencio descomunal antes de que se desatara el caos. Yo, Nadezha, solo pensaba en mil y unas formas de matarla, y el odio y el rencor se apoderó de mí. Solo recuerdo que la sangre me ardía y una furia incontrolada me dominó, antes de gritar su nombre, deseándola una muerte lenta y horrible. ¡Nos insultó! ¡Realmente a mí y a todos los shelijonianos, no tenía perdón, de ninguna manera! ¡Y aún ahora, solo pienso en matarla, ahorcarla, ahogarla, despellejarla, destruirla, quemarla viva! ¡Y no solo yo, todos los que la oímos, tanto por televisión como en vivo, enloquecimos! En el mismo aeropuerto empezaron a romper papeleras, a golpear extranjeras y en ciudades y pueblos la gente se alteró y provocaba más que disturbios y caos! ¡Se impuso el estado de emergencia en más de veintes lugares e incluso se considero, en algunos, poner toque de queda!

― ¡La voy a matar, la voy a matar, la voy a matar! ― Eso gritaba, mientras cogía mi bicicleta y me dirigía hacia Sprigfield así, junto con mi Vladimir. No sé cuantas horas pasaron, pero al llegar a casa, yo dejé a mi novio en un lugar seguro y me decidí hacer una búsqueda para encontrar a Lafayatte, con la intención de enseñarle lo que somos capaces los shelijonianos cuando nos insultan.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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Decimocuarta_historia

Sobre conspiraciones y festivales que acaban en pura anarquía, primera parte, decimacuarta historia.

Hoy es el día de Shelijonia y, en vez de ser una fiesta y pura felicidad, se convirtió en cuestión de minutos en una pesadilla, con la cuidad ardiendo; gracias a la labor de una horrible chica: Marie Luise Lafayette. La muy perra los insultó en público, tocando un tema muy delicado, y como si estuviéramos en el Springfield de Los Simpson, se volvieron en una masa con ganas de sangre y destrucción. Al final, yo acabé en el marrón cuando esa malnacida me echó la culpa y una parte de esos locos me persiguió hasta que pude esconderme en mi propia tienda. Por suerte, la negrita no se libró y fueron a por ella.

Soy Mao, una linda adolescente de ascendencia chino-japonesa, rubia, con coleta en la parte izquierda del cabello; y la única del lugar en usar hermosos kimonos. Bueno, en realidad, es mentira de que soy chica, porque soy un chico travestido, pero creo que ya lo saben hace tiempo. Y estoy, como dije antes, escondiéndome en mi tienda y preparándome para defenderlo con uñas y dientes de algún desagradable saqueo, pero hay algo que me llevó preguntando desde el viernes. Me atormenta un poco y eso me fastidia, porque ese día supe que querían matar a un hombre. Me pregunto y rezo qué esté a salvo y no le hayan matado. Os voy a contar sobre una conspiración horrible que iba a ocurrir antes del dichoso Día de Shelijonia.

Antes de todo, tengo que explicar el dichoso día. Se trata de la celebración, permitida por el gobierno de los Estados Unidos, ya que en muchas partes de la isla tiene tintes casi nacionalistas y separatistas; de la llegada de los rusos a Shelijonia en 1795.

Las plazas más grandes de las ciudades son utilizadas para poner un escenario de madera, para simular la llegada de estos, aunque, primero, una chica que es elegida debe dedicar un discurso sobre ese día, con elegías a los zares y a los primeros rusos, normalmente. Al final, un gran desfile discurre por la cuidad, rodeado de banderas, tanto shelijonianas como estadounidenses, e incluso rusas, aunque estos son los que más abundan. Es por esto último, por el cual los Estados Unidos no le gustaba que en plena guerra fría se manifestara un sentimiento pro-ruso e intentaron prohibirlo, provocando un rechazo de la población tremendo, que hicieron todo lo posible para evitarlo, hasta quemar contenedores por toda la isla para hacer que éste cambiará de idea. Perdón por la pequeña lección de historia.

Bueno, era viernes y yo me desperté como siempre, me fui a tumbarme en el suelo de mi salón y me puse a ver la tele, que en aquel día estaba realmente insoportable. Declaraciones estúpidos de políticos que crean polémica, jóvenes destrozando todo lo que parece “useño”, así llaman los de aquí a todo que es de los Estados Unidos; tertulias que acaban en peleas violentas, etc. La apague, preguntándome cuando dejara eso de ser normal, y me quedé en silencio, mirando al techo, suspirando de aburrimiento. Entonces escuché como Leonardo me decía esto:

― ¡¡Gerente, Gerente!! Josefina ha venido, ¿puede entrar? ― Me arrepentí de sentirme aburrida, en el mismo momento en que escuché eso. Pocas ganas tenía yo para aguantarla y deseaba que se fuera, pero la conozco, insistirá sin parar hasta que me harté. Así que dije que sí, que la dejara. Entró, llena de energía y me saludó con un gran grito que hizo despertar a Diana y a su madre, quienes estaban durmiendo en el cuarto, y me taladró los oídos.

― ¡Lo siento mucho! ― Gritaba ella hacia arriba, para a Diana, ya que se dio cuenta de que la había despertado. ― ¡No quería hacerlo, es que estoy tan feliz, que me salgo! ― Entonces supe la razón por la cual había venido a mi casa y las pocas ganas de aguantarla que tenía se me desaparecieron de golpe.

― ¿Sabes, Mao? ¡Mira lo que me he comprado, mira! ― Me estaba enseñando un bolso, mezclado de diferentes tonos de rosa y con varios lacitos.  ― Ha salido muy barato, a pesar de que es de marca… ―

Se me acercó al oído y me dijo despacito esto: ― En verdad, es de imitación, pero es igual de bonita que la original. ―

Había venido para presumir su fabulosa cartera falsa, al parecer, y lo intentaba muy duro, a pesar de que no me interesaba para nada eso.

― Además, lo he comprado por una razón, muy, muy especial, ¿sabes cuál es? ― Eso me dijo, demasiada animada para mi gusto. A continuación, durante unos minutos, estuvimos en silencio, yo estaba esperando a que lo dijera, aunque ni deseaba escucharlo; y ella estaba deseando a que se lo preguntará, como si yo tuviera interés en eso.

― ¡Jo, Mao, tienes que decir algo! ― Eso me decía, mientras me agitaba sin parar. Ya se había cansado de esperar y yo me dejé, porque no tenía ganas de moverme para detenerla.

― ¡No me interesa cuál es esa razón tan profunda! ― Le decía eso, sinceramente y ella protestó: ― Si te lo digo es para contártelo. ―

― Pues cuéntamelo, sin necesidad de que te lo pregunte. ― Eso añadí, ya que quería contármelo de todos modos, no hacía falta hacerle una pregunta.

― Pues es que lo compré porque quería conjugar con el bolso de Eliza. ¡Ya sabes, mi amiga superica y fría que conozco y siempre hablo de ella! Iba con mi madre en el centro comercial, ayer, cuando lo vi en un escaparate, me enamoré de él y sabía que si lo compraba podría ser el símbolo de nuestra amistad, ya que ella lleva uno igual. Tras pedirle a mi mamá sin eso, lo pude conseguir y me sentí muy feliz. Aún más, cuando me he encontrado con ella en el parque, y con Ranavalona. Hablamos mucho y le decía sin parar que conseguí una cartera parecido al suyo. Y… ― Me estaba dando dolor de cabeza, por lo mucho que conservaba y lo rápido que iba y apenas entendía yo que decía. Solo me enteré de muy pocas cosas y cuando vi que entró en el mundo de las fantasías y dejó caer la cartera, le eché un vistazo rápido.

La observé detenidamente y no veía ningún indicio que podría ser de imitación, y si lo era, pues los que hicieron esta cosa falsa tiene toda mi admiración. A continuación, note que estaba algo más pesada, de lo que me imaginaba y en vez de preguntarle a la mexicana que tenía adentro, lo miré adentro.

Me quedé estupefacta cuando lo vi, miles de dólares, pero un montón de ellos. Miré a Josefina y luego a la bolsa, un montón de veces, incapaz de entender cómo tenía ella tal cantidad de dinero.

No era un robo, porque era una buena chica y no haría eso, tampoco había nadie tan tonto para que le diera eso, así que, por el momento, no entendía nada. Entonces, es cuando vi, que entre tanto billete verde había una carta y la cogí, y empecé a leerlo, dándome cuenta de que no estaba escrita en inglés, sino en otro idioma, el alemán. Yo solo sé inglés, japonés y chapurreo un poco el chino mandarín y el ruso.

― ¡Hey, boliviana! ¡Eres realmente rica! ― Después de todo, pensaba que ella podría saber algo y dije eso pero no me escuchó, y tuve que acercarme a su oído para gritarla y así traerla de sus fantasías al mundo real.

― Mao, ¿ahora qué….? ― Al dirigir la cabeza hacia mí y al ver que le enseñaba el contenido de su fabuloso bolso rosa de imitación, gritó varias veces. Era como si hubiera descubierto una verdad horrible y se hubiese traumado.

― ¿Por qué? ― Se ponía las manos a la cabeza. ― ¡Dinero! ― Chilló otra vez. ― ¡Billetes, billetes, cientos de ellos! ― Empezó a rodar por el suelo. ― ¿Por qué están en mi bolso fabuloso? ― Me estaba dando cuenta de que estaba ella exagerando más de lo normal, y sus gritos hacia que Diana volviera a llorar sin parar.

― ¡Tranquilízate, por Buda! ¡Qué parece que estás loca! ― La detuvo y la cogí de los hombros y ella, tras estar un rato jadeando, pudo calmarse.

― Perdón, Mao pero es que hay mucho dinero, y no entiendo cómo. ― Se notaba que tampoco sabía nada. ― Yo recuerdo que le metí esas cosas de maquillaje ― Que nunca lo usa, debo añadir. ― y a Gazpacho.  ― No me pregunten, no sabía lo qué es eso.  ― y otras cosas que no me acuerdo. Por eso,… ― Entonces se le encendió una bombilla, abrió la boca, como si hubiera descubierto algo que podría solucionar este misterio.

― Es de Elizaberth, es el de ella. ― Me lo decía sin parar, como si fuera un loro.

Sabía por la cotorra de Josefina que era rica y todo eso, pero aún así, no era normal que una niña llevará un bolso de dinero, porque ellos tienen tarjetas de créditos.

― Dime, ¿tú sabes para que ella llevaría todo ese dinero? ― Le pregunté seriamente, mientras observaba el interior otra vez, pensando que había algo que me parecía sospechoso pero no sabía el qué.

― Y yo que sé, seguro que es para comprar cosas y todo eso. ― Eso lo decía con toda la inocencia del mundo.

Y mientras Josefina empezó a pensar en cómo le iba a dar su bolso a Elizaberth, yo miré la carta que sostenía en mi mano y pensé que si traducía eso, podría entenderlo. Por eso me dirigí hacia a un lugar del salón, en dónde estaban las cortinas que tapaban el agujero que hice y que conectaba con la habitación de Jovaka. Cuando entré, vi que estaba como siempre, un lugar oscuro y deprimente, cuya única luz era el del ordenador.

Me acerqué y vi en su pantalla que ella tenía el internet conectado y estaba en una página misógina, echando peste a las de su mismo sexo. No me atreví a tocar eso, ya que no sabía cómo usar esa cosa. Me giré hacia la cama y me la encontré, a Jovaka en su cama, durmiendo sobre las mantas, llevaba un camisón y se le veía los calzones. Me dio cosa despertarla y pensaba taparla, porque así iba a coger frío y a tener un resfriado. Entonces, los gritos de Josefina, quién se dio cuenta de que no estaba en el salón, empezó a preguntar dónde estaba y despertó a la serbia.

― Seas quién seas, cállate. ― Eso decía adormilada, mientras cambiaba de posición. Entonces, cuando le grité a Josefina que se tranquilizara, que estaba en el cuarto de baño, Jovaka me vio y se sobresaltó.

― ¿Qu-qué haces aquí, Mao? ― Eso me preguntaba, mientras se levantaba de la cama. ― Buenos días, princesita. ― Eso fue lo primero que se me ocurrió, antes de explicarle lo que quería, que era que me tradujese la carta, y la boba, me dijo que no era serbio y por tanto no podría hacerlo.

― No digo que lo hagas tú, sino quiero que lo haga el google ese. ― Se lo dije bien claro. Entonces, ella se levantó, dando bostezos, limpiándose los ojos y esperando acostumbrarse a la luz de la pantalla de ordenador que la molestaba.

-No creo que va a funcionar como tú crees…- Eso me decía mientras pasaba la carta al ordenador, tras encenderle yo la luz. Yo la repliqué que si lo hubieran puesto ahí un traductor era para algo, antes de que Leonardo empezara a gritar que alguien había venido, y Josefina replicó sus gritos.

-Tú continua.- Eso le decía yo a Jovaka, mientras entraba al salón. Entonces, Josefina me vio salir de las cortinas y gritó de susto, yéndose contra la pared. Entonces recordé que ella no sabía nada que había un agujero que comunicaba con otra casa y tapada con una sabana.

― ¿Q-qué? ¿C-cómo? ¿P-pero ese es el cuarto de baño? ― Entonces, sorprendida, corrió hacia mí, mientras le decía que no lo hiciese y miró por el agujero.

― ¡Es un cuarto secreto! ― Gritó llena de emoción, sin saber lo que había hecho. Jovaka quedó paralizada, después de irse para atrás, hacia su pared y mirar con horror hacia Josefina.

― ¿Quién eres tú? Yo soy Josefina, ¡encantada de conocerte! ― Eso le decía con toda la alegría del mundo Josefina, quién se atrevía a entrar, mientras yo le decía que volviera al salón.  ― ¿Por qué? ― Eso me preguntaba, deteniendo por suerte su marcha.

― ¿Por qué? ― Eso le dijo alterada, Jovaka. ― ¡Fuera de aquí! ¡Fuera de aquí, o si no lanzó el ratón! ― Nos estaba amenazando con tirarnos eso y Josefina le preguntaba qué le pasaba, y ésta se ponía más nerviosa y tuve que sacar a la argentina, o chilena, o de dónde dice ella que sea; de la habitación antes de desatar una horrible cólera, por parte de la serbia.

― ¿Qué le pasa a esa? ¡No he hecho nada malo! ― Eso protestaba Josefina, que la veía muy molesta, y mientras que tuve que callarle a Jovaka para que dejara de insultar y maldecir. ― Es su naturaleza, no podemos hacer nada. ―

Eso le respondía yo, antes de pedirle que no entrará ahí más. Me fui a la tienda para encontrarme con la persona que estaba preguntando por mí. Era alguien que yo nunca había visto, era una chica, más pequeña que Josefina en altura, tenía la piel un poco marroncita, y en su cara veía una especie de cicatriz que le iba de una parte de la cara a otra. Iba con un traje de sirvienta, que podría decirse que era de tipo francés, ya que su falda llegaba hasta sus rodillas, pero no mostraba escote alguno.

Aparte de eso, era bien obvio que llevaba un gran delantal y ese típico lazo que se ponen en la cabeza. Me preguntaba quién era y qué hacía ahí y por qué iba de una forma tan llamativa, siendo eso irónico, porque yo era la única persona que va en kimono en toda la cuidad.

― ¡Buenos días! ― La saludé. ― ¿Quieres algo? ― Ella, quién estaba esperando en silencio con Leonardo, me miró, me hizo una reverencia con la faldita o algo así y me dijo esto: ― Estoy busca a Josefina de la Cruz Porfirio Madero, ¿está aquí? ― Lo dijo de una forma tan mecánica que dudé si era humana y cada vez las cosas se estaban volviendo un poco más raras. Primero un bolso fabuloso lleno de dinero y con una carta escrita en un idioma extranjero y ahora, se me aparece una mucama. Me quedé pensando y la chica, me preguntó sí podría contestarla, yo solo le dije que sí, que entrará y la buscará y volvimos a escuchar los chillidos de Josefa, que le decía que se metiera ya, como si fuera su propia casa. Yo la seguí.

― ¡Lo siento mucho, de verdad, Ranavalona! ¡No era mi intención! ― Eso le decía con toda su sinceridad, tal vez exagerada, cuando entró la mucama y ella le dio el bolso. Me di cuenta de que esa niña llevaba el bolso de Josefina y recordé que era la que siempre me hablaba la mexicana que estaba junto con su amiga Elizaberth, pero no entendía porque iba vestida así, ¿era un fetiche suyo o qué?

― Mientras no le haya pasado nada malo al bolso, Mi Señora os perdonará, señorita Porfirio. ― Eso decía mientras se intercambiaban los bolsos y hablaba como si fuera la sirvienta de alguien poderoso. Se fue con la misma rapidez que cómo entró, tras hacernos otra reverencia para despedirse. Josefa empezó a decir que menos mal, que había terminado todo bien, con alivio y felicidad, cuando de repente Jovaka sacó la cabeza del agujero para gritarme.

― ¿P-pero qué mierdas me has dado para traducir? ― Eso nos asustó, tanto a mí a Josefina, y Jovaka al ver a la mexicana, metió dentro de la habitación su cabeza, a una velocidad increíble. Rápidamente, me metí dentro para saber qué le pasaba, y con estas mismas palabras se lo pregunté, solo me señalaba lo que había traducido al inglés ese maldito Google.

A lo primero, no entendía nada, había frases sin sentido, palabras sin traducir, pero al revisarlo una y otra vez, empecé a entenderlo y me quedé sin palabras.

En resumen, estaba pidiendo a alguien que asesinara a otra, a una persona cuyo nombre se entendió perfectamente, George Coppola. Si no entendí bien, el plan es que lo tenía que hacer durante la visita de este hombre a la cuidad de Springfield, mientras se celebraba el día de Shelijonia. Era totalmente, una conspiración y no lo podría creer, me sentí como si estuviera en una película. En ese momento, mis sentimientos hicieron un caos en mi interior: Sentía terror, a la vez que emoción, por algo horrible y feo, pero que podría ser interesante; e intentaba creerme que era una broma o un sueño, a la vez que me decía que era de verdad. En fin, no puedo explicar bien lo que sentía realmente, pero lo que sí puedo decir es que salí corriendo como nunca en busca de esa chica, Ranavalona, y ante la sorpresa de todos, que pensaron seguramente qué bicho me había picado.

Tras correr por un buen rato y ver a la niña mucama, se me bajó todo eso y me replantee qué estaba haciendo. Era imposible que una cría llevase una carta para matar a alguien, menos a ese Coppola, que lo único que yo sabía de él es que era un político, pero esos cientos de dólares que vi en el bolso eran demasiados sospechosos. También me reproché, un poco a mí mismo por ponerme así ante una preparación de un asesinato, me debería darme vergüenza sentirme como un héroe de una película cuando leí esa carta. Mientras pensaba todo esto, andaba tranquilamente observando a Ranavalona y sin saber que cierta persona me había seguido.

― ¡Mira lo qué me has hecho! ― Esas palabras me sorprendieron. ― ¡Estoy en la calle! ― Me cogió por los hombros. ― ¿Y si aparece una mujer? ― Eso me gritaba, histéricamente, al darse cuenta de que había salido; mientras le decía que no era mi culpa, ha sido la suya. Jovaka apenas se atreve a salir por su miedo a las mujeres y todo eso, y las únicas veces ha sido conmigo, y cuando lo hace es bien molesta. Al recordar que llevaba solo un camisón, miré, por si acaso, si tenía pantalones y menos mal que se puso unos largos y azules antes de salir.

― ¿Por qué has salido de esa forma? ― Me preguntaba, mientras yo, con ella encima, intentaba seguir a Ranavalona, quién estaba a punto de desaparecer de mi vista.

― Me voy a meter en problemas muy gordos. ― Eso le respondí, tal vez para meterla miedo y que volviera a casa.

― ¡No te preocupes, si viene alguna arpía, nos defenderemos de esto! ― Eso me decía, mientras me mostraba una pistola de aturdimiento y yo di un bote, al verlo. ¿Cómo tenía Jovaka algo así?

― No te pongas así, que está roto. ― Eso me decía, mientras me enseñaba que no funcionaba, dándole al botón, sin parar. Y me tranquilice algo. Así, terminé, junto con Jovaka, en el penoso y vergonzoso plan de seguir en secreto a alguien, que por suerte era muy lenta y no la perdimos de vista. Todo esto, después de que le tiré esa cosa al cubo de basura.

― ¿Qué son esos problemas tan gordos? ― Me preguntó, mientras nuestra mucama se introducía en un parque.

― No lo sé aún, pero eso pienso descubrir. ― Eso le respondí, y eso no le sirvió de nada para entender lo que quería hacer yo.

Hasta llegar a este punto, pasamos media hora, siguiendo a esa niña hasta llegar a aquí, en un parque en la otra punta de la cuidad. A pesar de tener una gran vegetación, tenía un aspecto melancólico y deprimente, tal vez, porque los mayores arboles estaban desnudos y llenaron el suelo con sus hojas; y por lo mal cuidado que estaba, ya que los columpios, las fuentes e incluso los bancos estaban casi oxidados, hechos polvo. Mientras yo y Jovaka nos escondíamos entre los arbustos; y mientras ésta me preguntaba qué quién era esa; la mucama se sentó en el mejor asiento del lugar y se quedó ahí, durante un rato.

― ¡Qué aburrimiento! ― Eso protestaba Jovaka, mientras la espiábamos, y tengo que reconocer que yo también lo estaba.

Cuando yo ya no tenía ganas de mirar, entonces, apareció una chica, que me imaginé que era esa Elizaberth de la que tanto hablaba la dichosa Josefina.

Me parecía mucha más enana que la mucama, pero aún así, tenía el comportamiento de, no de una niña, sino de una mujer adulta, seria y que miraba a los demás por encima. Tenía un largo cabello dorado que le llegaba a las rodillas, sorprendente, pero nada comparado a la gran melena que tenía Jovaka. Era muy blanca, tenía un parche en el ojo derecho, de color negro y con un dibujito que parecía un escudo de origen europeo. Llevaba un vestido blanco, muy largo, lleno de volantes, y daba la impresión de que era una princesita o algo así.

Entonces, recordé lo mucho que Josefina habla de ella y que por diversos detalles que pudo recordar, supe que era esa chica y a continuación, me puse en pensar en eso de que había tantos rubios en Shelijonia no era normal, hasta el hijo del pescadero de mi barrio que mato a sus padres por robarle la consola lo era.

― Esa chica da mucha grima… ― Eso dijo ella, mirándola con miedo. No le di importancia porque todas las chicas para ella le dan terror.

Así pasamos un rato más con mucho aburrimiento, viendo como ellas se hablaban en el banco en un idioma extranjero. Me molestaba el hecho de que no me enteraba de nada de lo que decían, mientras Jovaka no paraba de bostezar por el sueño que tenía ella. Entonces, al final, apareció un hombre alto, también rubio, vistiendo ropa elegante de color gris; delante de ellas. Tras saludarlas, soltó de sus labios, una bomba.

― ¿Cómo está el asunto ese del asesinato del maldito Coppola? ― Eso les dijo, a unas simples niñas, en perfecto inglés. Yo y Jovaka nos quedamos sin aliento, desafortunadamente la conspiración era real, totalmente. La pequeña rubia reaccionó rápidamente, dándole una patada en toda la entrepierna y ver eso, era demasiado para mí, hasta sentí que me lo habían dado.

― ¡Esa niña está loca, loca! ― Eso gritaba Jovaka, y la tuve que tapar la boca, diciéndole que no se pusiera así.

― ¡Estúpido, no digas eso en mitad de la calle! ― Eso le dijo la rubia encolerizada, que parecía como si fuera el cerebro de la conspiración; al pobre idiota que estaba en el suelo, dando vueltas por el dolor, y que parecía un lacayo.

― ¿Y qué quieres? ― Eso le preguntó a continuación, con una increíble y sorprendente frialdad para ser una niña.

― ¡Solo quería pedirte dinero! ― Eso fue el colmo de la ironía. Un hombre adulto es pateado por una simple niña y además le pide dinero, era absurdo. Y no solo eso, sino el hecho de que la niña estaba planeando un asesinato, como si fuera una mafiosa o algo así. Por eso, es normal que Jovaka me decía que le recordaba al El Padrino.

― Si es así, pues no. ― Le negó totalmente darle dinero y empezó a explicarle que no se lo iba a dar para putas y alcohol. Éste la replicó diciendo que era porque se le olvidó la contraseña del banco y la tarjeta de crédito lo tenía agotado. Ella lo miró mal y al final, el rubio lo reconoció, que se lo gastaba todo en beber y en estar con prostitutas. Fue la escena más lamentable que había observado y Jovaka me intentó explicar que eso era lo que hacían realmente las mujeres antes los hombres, humillarlos hasta convertirlos en patanes.

Y lo peor fue el final, después de que la pequeña se cansó de ese chico, que no dejaba de insistir.

― ¡Oye, si sigues así te va a pasar a algo horrible! ― Le estaba amenazando, incluso le cogió el cuello con una mano y se le notaba la mala leche que tenía en ese momento.

― ¿El qué? ― Eso dijo el muy patán que, al parecer, solo consiguió que esas palabras echaran más leñas al fuego.

― ¡Vete de aquí, vete o te reviento a balazos! ― Le soltó el cuello y en cambio le mostraba una pistola con el que pensaba agujerearlo y éste, al liberarse, salió corriendo, diciendo que no era su intención. No hace falta decir que eso nos puso la piel de gallina más aún.

― ¡Mao, Mao, volvemos a casa! ¡Esa arpía si nos ve, nos llena de balas! ― Eso me decía una Jovaka temblorosa, que me intentaba mover, con terror, para alejarnos de ella, rápidamente. Nunca la vi tan aterrada, tenía un sudor frío que le recorría por todo el cuerpo y una cara que parecía a la de una niña llorona. Yo estaba también asustado pero no me impedía quedarme ahí y observar algo para evitar que se cumpliera tal conspiración. Le explicaba a la serbia que yo no podría irme, así como así, y si quería, que se fuera, ya que fue ella misma quién decidió seguirme. Tenía dudas pero lo aceptaba, ya que no era incapaz de volver sola a casa.

A continuación, tras irse ese chico, la mucama le dio un abrigo con capucha a su señora, para mantenerse oculta seguramente; y se fue. Luego, apareció otra persona con abrigo, tapada igualmente hasta la cabeza; y se sentó, junto a la niña esa. Fue en ese momento, cuando yo y Jovaka nos cerramos el pico y empezamos a mirar fijamente, porque se notaba una extraña atmosfera entre ellas.

― Hola Schlieffen. ― Eso dijo la pequeña rubia, con un cambio de voz realmente sorprendente, paso de su frialdad al de una niña inocente y adorable, tanto que no parecía la misma persona de antes y por eso, nosotras no quedamos otra vez sorprendidas. Demasiadas tuve ese día, la verdad.

― ¿Te ha mandado el cliente? ― Eso le dijo, la otra persona, la cual solo supimos que su voz era de una mujer adulta y sabíamos que era la que iba a hacer el trabajo sucio.

― Sí, Wilhelm Von Schaffhausen me ha enviado para entregarle esta tarea.  ― Eso le decía, cómo si ella solo era una chica a la que pensaron usar como transporte del dinero, mientras le daba la bolsa. Hasta dudé, por un momento, que ella parecía solo una marioneta.

― ¡Pero si solo eres una niña! ¡Esos Von Schaffhausen sí que son repugnantes! ― Eso lo dijo con todo el asco del mundo, y me quedé consternado al escuchar, ya que lo estaba diciendo alguien que estaba mirando a ver si estaba el dinero que le iban a dar para matar a alguien, pura ironía.

Entonces, ella empezó a decirle que no les dijera eso a sus familiares, que le estaban dando una buena educación y vida para ser mejor persona, y que esto lo hacía por ellos, actuando como si fuera una niña inocente y amable, de una forma realmente creíble. El cambio de comportamiento que dio fue demasiado tan drástico para mí que sentí que estaba viendo a otra persona.

― Cómo esperaba de una mujer. ― Eso decía Jovaka, tan sorprendida como yo, aunque su comentario me dejó igual de confundido que ese cambio radical de personalidad y le pregunté qué quería decir con eso. La vi sintiendo estupefacción ante tal escena, como si estaba viendo a un enemigo, en cierta forma, admirable, a pesar de su monstruosidad.

― Es el arma del victimismo, hacerte pasar por la víctima. Se hace la buena niña para ganarse el corazón de los demás. ― Eso me lo explicaba, como si estuviéramos en un manga, cuando uno de los que observan la batalla del bueno y el malo, nos cuenta las técnicas sorprendentes que sacan uno de los luchadores en mitad de la pelea.

Entonces, oímos como la rubia esa empezó a llorar, y parecía de verdad. La misma asesina se compadeció de ella y le decía que dejara de llorar, que no era su intención. Yo, por mi parte, la incomprensión y la incapacidad de asimilar ese comportamiento, tan diferente al que vimos antes, me puso muy loco y empecé a dar vueltas por el césped, diciendo que dejará de actuar. Jovaka me tuvo que tranquilizar, dándome tortazos. Mientras tanto, en el banco en el que se sientan la supuesta asesina y la niña, empezaron a hacer un teatro.

― Gracias, no lloraré más. Seré fuerte. ― Eso le decía, después de terminar de llorar, a la supuesta asesina en serie, de una manera irrealmente dócil.

― ¡Qué buena chica! ― Ésta la estaba acariciando su cabeza.  ― ¡Ayudar a la familia es lo primero! ― Terminó la frase poniendo una pose extraño, mientras la rubia se limpiaba, supuestamente las lágrimas: ― ¡Por supuesto! ―

Yo y Jovaka apenas entendimos nada de lo que ocurría, estaba siendo muy raro.

Al final, la supuesta asesina en serie, antes de irse, se le entregó una carta, algo que me sorprendió, ya que yo no lo volví a meter en la bolsa; de forma cordial por parte de Elizaberth. Tras leerlo y guardárselo en el bolsillo, le dijo a la rubia que solo por ella, ya que le ganó el corazón; le iba a tener un descuento del quince por ciento y le entregó unos billetes. Al desaparecer, fue entonces cuando la niña se quitó la careta y empezó a mostrar su verdadera personalidad.

― ¡Qué asco, en serio! ― Eso se decía mientras se tapaba la cara de la vergüenza. ― ¡Siento cómo que me han violado la dignidad! ― Se le notaba por la voz que no le gustó nada. ― ¡Qué ganas de vomitar! ―

Al parecer la niña era una verdadera actriz, porque pudo manipular los sentimientos de una adulta, que yo dudaba que fuera una asesina porque fue muy fácil de convencer. Entonces, recordé que la vida de un hombre estaba en peligro.

― Me voy, un momento. ― Eso le decía a Jovaka, mientras me levantaba. ― ¡Quédate aquí, solo serán unos segundos! ― A ella no le parecía bien la idea, algo obvio.

― ¡No me dejes sola con esas locas! ― Eso me decía, mientras me agarraba, impidiendo que me fuera. ― ¡Te van a matar o algo! ― Le tuve que explicar sin parar, para convencerla de que solo sería un minuto, que no iba a pasar nada, ya que solo iba a llamar desde una simple cabina.

Sí, iba a llamar a la policía, a avisarles que había gente que querían asesinar a un político, obviando la parte de que el cerebro era una niña, porque nadie me creería. Pues eso, me salí del parque y entré en una cabina de teléfono, que por suerte estaba al lado. Mientras estaba poniendo el número de la policía, tras perder el tiempo recordando que debería comprarme un móvil, sentí algo en mi espalda y que alguien estaba detrás de mí apuntándome con esa cosa.

― ¿Sabes que la curiosidad mató al gato? ― Por su voz, supe que era esa niña y que obviamente estaba detrás mía, con una pistola en mi espalda. Lo dijo de una forma burla y a la vez fría, aunque lo peor de todo, es que me había visto espiarla y sentía que estaba perdido, temblando y temiendo que me diera un disparo.

― No eres buena en esto de ocultarte, ¿sabes? Tanto yo como mi sirvienta nos dimos cuenta. ― Ella siguió hablando, ya que yo no quería soltar algo de mi boca que me podría costar la vida. ― Si has cogido el teléfono, después de espiarme, es bien obvio cuál es tu intención… ― Me pregunté cómo lo supo.  ― Si no quieres quedarte invalida, deberías soltar el teléfono. ―

Yo me quedé paralizado, sin atreverme a mover algo de mi cuerpo, a lo primero. Tras ella ver cómo no me atrevía a bajar el teléfono, me dijo que iba a contar, hasta diez. Entonces, yo, temblando, lleno de terror y de un sudor frío, empecé a soltar eso poco a poco.

― ¡Buena chica! ¡Ahora solo falta hacer el trato! ― La muy cabrona no me quitó la pistola de encima. ― Tú ignora esto y yo ignoro esto. Lo olvidamos juntas, ¿ok? ― Yo, que seguía temblando como cachorrito asustado, me llené de valor para preguntarle a algo: ― ¿Y-y q-qué pasara con la vida de ese hombre? ―

Eso le pregunté y ella se quedó callada, unos segundos para decirme, no una respuesta, sino una amenaza, bien horroroso:

― ¿Tú eres amiga de Josefina, no? ¿No te gustaría nada que ella u otras amigas y familiares podrían acabar muy mal, a qué no? ― Me quedé consternado, a pesar de lo mucho y bien hablaba Josefina de ella, esta enana desagradable la incluyó en sus siniestra advertencia, si esta chica era amiga, no hacen falta enemigos. Por suerte, ésta por fin me quitó la pistola de encima y estaba alejándose de mí. Al no tener esa cosa en mi espalda, pude tener la osadía de decirle esto:

― ¿C-cómo puedes tratar así a tu propia amiga? ¿Cómo? ― Eso le grité, lleno de rabia, pero incapaz de ir a por ella, porque podría llenarme de balas.

― ¿Hablas de Josefina, no? Nunca quise ser su amiga. ― Y con esto dicho se fue alejando, mientras su sirvienta la esperaba para acompañarla, después de saludarme con la faldita. Y la muy maldita soltó unas pocas risitas.

Yo solo me quedé mirando, paralizado, por unos segundos más, intentando asimilarlo. Había amenazado a hacerle daño a esa pobrecita de Josefina, a su supuesta amiga; y a todos los que yo quería. Sentí miedo por ella, por los canadienses, por Alsancia, por Jovaka; incluso no desearía que le haría daño a Nadezha, bueno, un poquito. No sé por qué me acordé de Lafayette pero esa perra se merece lo peor, punto. Entonces, me acordé de la serbia, que la deje escondida en la vegetación, y salí corriendo a toda velocidad.

Después de esa experiencia, pensaba en lo peor, en que esa idiota estuviese herida o incluso muerta y no me podría quitar eso de encima. Y me insultaba a mí mismo por dejarla ahí sola, cuando es incapaz de estarlo en la calle, me sentía realmente como un estúpido. Cuando llegué, sentí un gran alivio e incluso una felicidad al verla ahí, en  posición fetal, dando vueltas y llorando un montón.

― Mao, Mao, ¿dónde estás? ¡Vuelve, por favor! ― Eso decía sin parar, como si hubiera tenido un gran trauma y que se le quitó todo cuando me vio. Saltó hacía mí, llorando, esta vez de felicidad, diciendo que se alegraba de que yo había vuelto y que nunca volviese a alejarme de ella. En otras circunstancias, me parecía demasiado exagerado pero en ese momento, le dije, con cariño y acariciando su cabeza, esto:

― ¡No te preocupes, no haré esto más! ― Eso le decía sin parar. Al final, llegué a una conclusión, para evitar que alguien saliese herido por culpa de mi estúpida curiosidad, decidí callarme. Me dio pena ese hombre, a pesar de que no lo conocía realmente, pero no podría evitar su asesinato y desde, aquel entonces, intenté hacer que no pasó nada. Me fui a casa, diciéndole a Jovaka que todo lo que vimos fuera un secreto y que no se lo dijese a nadie. Esperaba que todo volviese a la normalidad pero, por desgracia, Lafayette y Nadezha estaban en mi casa, cuando volví, para fastidiarme aún más.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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