Decimocuarta_historia

Sobre conspiraciones y festivales que acaban en pura anarquía, primera parte, decimacuarta historia.

Hoy es el día de Shelijonia y, en vez de ser una fiesta y pura felicidad, se convirtió en cuestión de minutos en una pesadilla, con la cuidad ardiendo; gracias a la labor de una horrible chica: Marie Luise Lafayette. La muy perra los insultó en público, tocando un tema muy delicado, y como si estuviéramos en el Springfield de Los Simpson, se volvieron en una masa con ganas de sangre y destrucción. Al final, yo acabé en el marrón cuando esa malnacida me echó la culpa y una parte de esos locos me persiguió hasta que pude esconderme en mi propia tienda. Por suerte, la negrita no se libró y fueron a por ella.

Soy Mao, una linda adolescente de ascendencia chino-japonesa, rubia, con coleta en la parte izquierda del cabello; y la única del lugar en usar hermosos kimonos. Bueno, en realidad, es mentira de que soy chica, porque soy un chico travestido, pero creo que ya lo saben hace tiempo. Y estoy, como dije antes, escondiéndome en mi tienda y preparándome para defenderlo con uñas y dientes de algún desagradable saqueo, pero hay algo que me llevó preguntando desde el viernes. Me atormenta un poco y eso me fastidia, porque ese día supe que querían matar a un hombre. Me pregunto y rezo qué esté a salvo y no le hayan matado. Os voy a contar sobre una conspiración horrible que iba a ocurrir antes del dichoso Día de Shelijonia.

Antes de todo, tengo que explicar el dichoso día. Se trata de la celebración, permitida por el gobierno de los Estados Unidos, ya que en muchas partes de la isla tiene tintes casi nacionalistas y separatistas; de la llegada de los rusos a Shelijonia en 1795.

Las plazas más grandes de las ciudades son utilizadas para poner un escenario de madera, para simular la llegada de estos, aunque, primero, una chica que es elegida debe dedicar un discurso sobre ese día, con elegías a los zares y a los primeros rusos, normalmente. Al final, un gran desfile discurre por la cuidad, rodeado de banderas, tanto shelijonianas como estadounidenses, e incluso rusas, aunque estos son los que más abundan. Es por esto último, por el cual los Estados Unidos no le gustaba que en plena guerra fría se manifestara un sentimiento pro-ruso e intentaron prohibirlo, provocando un rechazo de la población tremendo, que hicieron todo lo posible para evitarlo, hasta quemar contenedores por toda la isla para hacer que éste cambiará de idea. Perdón por la pequeña lección de historia.

Bueno, era viernes y yo me desperté como siempre, me fui a tumbarme en el suelo de mi salón y me puse a ver la tele, que en aquel día estaba realmente insoportable. Declaraciones estúpidos de políticos que crean polémica, jóvenes destrozando todo lo que parece “useño”, así llaman los de aquí a todo que es de los Estados Unidos; tertulias que acaban en peleas violentas, etc. La apague, preguntándome cuando dejara eso de ser normal, y me quedé en silencio, mirando al techo, suspirando de aburrimiento. Entonces escuché como Leonardo me decía esto:

― ¡¡Gerente, Gerente!! Josefina ha venido, ¿puede entrar? ― Me arrepentí de sentirme aburrida, en el mismo momento en que escuché eso. Pocas ganas tenía yo para aguantarla y deseaba que se fuera, pero la conozco, insistirá sin parar hasta que me harté. Así que dije que sí, que la dejara. Entró, llena de energía y me saludó con un gran grito que hizo despertar a Diana y a su madre, quienes estaban durmiendo en el cuarto, y me taladró los oídos.

― ¡Lo siento mucho! ― Gritaba ella hacia arriba, para a Diana, ya que se dio cuenta de que la había despertado. ― ¡No quería hacerlo, es que estoy tan feliz, que me salgo! ― Entonces supe la razón por la cual había venido a mi casa y las pocas ganas de aguantarla que tenía se me desaparecieron de golpe.

― ¿Sabes, Mao? ¡Mira lo que me he comprado, mira! ― Me estaba enseñando un bolso, mezclado de diferentes tonos de rosa y con varios lacitos.  ― Ha salido muy barato, a pesar de que es de marca… ―

Se me acercó al oído y me dijo despacito esto: ― En verdad, es de imitación, pero es igual de bonita que la original. ―

Había venido para presumir su fabulosa cartera falsa, al parecer, y lo intentaba muy duro, a pesar de que no me interesaba para nada eso.

― Además, lo he comprado por una razón, muy, muy especial, ¿sabes cuál es? ― Eso me dijo, demasiada animada para mi gusto. A continuación, durante unos minutos, estuvimos en silencio, yo estaba esperando a que lo dijera, aunque ni deseaba escucharlo; y ella estaba deseando a que se lo preguntará, como si yo tuviera interés en eso.

― ¡Jo, Mao, tienes que decir algo! ― Eso me decía, mientras me agitaba sin parar. Ya se había cansado de esperar y yo me dejé, porque no tenía ganas de moverme para detenerla.

― ¡No me interesa cuál es esa razón tan profunda! ― Le decía eso, sinceramente y ella protestó: ― Si te lo digo es para contártelo. ―

― Pues cuéntamelo, sin necesidad de que te lo pregunte. ― Eso añadí, ya que quería contármelo de todos modos, no hacía falta hacerle una pregunta.

― Pues es que lo compré porque quería conjugar con el bolso de Eliza. ¡Ya sabes, mi amiga superica y fría que conozco y siempre hablo de ella! Iba con mi madre en el centro comercial, ayer, cuando lo vi en un escaparate, me enamoré de él y sabía que si lo compraba podría ser el símbolo de nuestra amistad, ya que ella lleva uno igual. Tras pedirle a mi mamá sin eso, lo pude conseguir y me sentí muy feliz. Aún más, cuando me he encontrado con ella en el parque, y con Ranavalona. Hablamos mucho y le decía sin parar que conseguí una cartera parecido al suyo. Y… ― Me estaba dando dolor de cabeza, por lo mucho que conservaba y lo rápido que iba y apenas entendía yo que decía. Solo me enteré de muy pocas cosas y cuando vi que entró en el mundo de las fantasías y dejó caer la cartera, le eché un vistazo rápido.

La observé detenidamente y no veía ningún indicio que podría ser de imitación, y si lo era, pues los que hicieron esta cosa falsa tiene toda mi admiración. A continuación, note que estaba algo más pesada, de lo que me imaginaba y en vez de preguntarle a la mexicana que tenía adentro, lo miré adentro.

Me quedé estupefacta cuando lo vi, miles de dólares, pero un montón de ellos. Miré a Josefina y luego a la bolsa, un montón de veces, incapaz de entender cómo tenía ella tal cantidad de dinero.

No era un robo, porque era una buena chica y no haría eso, tampoco había nadie tan tonto para que le diera eso, así que, por el momento, no entendía nada. Entonces, es cuando vi, que entre tanto billete verde había una carta y la cogí, y empecé a leerlo, dándome cuenta de que no estaba escrita en inglés, sino en otro idioma, el alemán. Yo solo sé inglés, japonés y chapurreo un poco el chino mandarín y el ruso.

― ¡Hey, boliviana! ¡Eres realmente rica! ― Después de todo, pensaba que ella podría saber algo y dije eso pero no me escuchó, y tuve que acercarme a su oído para gritarla y así traerla de sus fantasías al mundo real.

― Mao, ¿ahora qué….? ― Al dirigir la cabeza hacia mí y al ver que le enseñaba el contenido de su fabuloso bolso rosa de imitación, gritó varias veces. Era como si hubiera descubierto una verdad horrible y se hubiese traumado.

― ¿Por qué? ― Se ponía las manos a la cabeza. ― ¡Dinero! ― Chilló otra vez. ― ¡Billetes, billetes, cientos de ellos! ― Empezó a rodar por el suelo. ― ¿Por qué están en mi bolso fabuloso? ― Me estaba dando cuenta de que estaba ella exagerando más de lo normal, y sus gritos hacia que Diana volviera a llorar sin parar.

― ¡Tranquilízate, por Buda! ¡Qué parece que estás loca! ― La detuvo y la cogí de los hombros y ella, tras estar un rato jadeando, pudo calmarse.

― Perdón, Mao pero es que hay mucho dinero, y no entiendo cómo. ― Se notaba que tampoco sabía nada. ― Yo recuerdo que le metí esas cosas de maquillaje ― Que nunca lo usa, debo añadir. ― y a Gazpacho.  ― No me pregunten, no sabía lo qué es eso.  ― y otras cosas que no me acuerdo. Por eso,… ― Entonces se le encendió una bombilla, abrió la boca, como si hubiera descubierto algo que podría solucionar este misterio.

― Es de Elizaberth, es el de ella. ― Me lo decía sin parar, como si fuera un loro.

Sabía por la cotorra de Josefina que era rica y todo eso, pero aún así, no era normal que una niña llevará un bolso de dinero, porque ellos tienen tarjetas de créditos.

― Dime, ¿tú sabes para que ella llevaría todo ese dinero? ― Le pregunté seriamente, mientras observaba el interior otra vez, pensando que había algo que me parecía sospechoso pero no sabía el qué.

― Y yo que sé, seguro que es para comprar cosas y todo eso. ― Eso lo decía con toda la inocencia del mundo.

Y mientras Josefina empezó a pensar en cómo le iba a dar su bolso a Elizaberth, yo miré la carta que sostenía en mi mano y pensé que si traducía eso, podría entenderlo. Por eso me dirigí hacia a un lugar del salón, en dónde estaban las cortinas que tapaban el agujero que hice y que conectaba con la habitación de Jovaka. Cuando entré, vi que estaba como siempre, un lugar oscuro y deprimente, cuya única luz era el del ordenador.

Me acerqué y vi en su pantalla que ella tenía el internet conectado y estaba en una página misógina, echando peste a las de su mismo sexo. No me atreví a tocar eso, ya que no sabía cómo usar esa cosa. Me giré hacia la cama y me la encontré, a Jovaka en su cama, durmiendo sobre las mantas, llevaba un camisón y se le veía los calzones. Me dio cosa despertarla y pensaba taparla, porque así iba a coger frío y a tener un resfriado. Entonces, los gritos de Josefina, quién se dio cuenta de que no estaba en el salón, empezó a preguntar dónde estaba y despertó a la serbia.

― Seas quién seas, cállate. ― Eso decía adormilada, mientras cambiaba de posición. Entonces, cuando le grité a Josefina que se tranquilizara, que estaba en el cuarto de baño, Jovaka me vio y se sobresaltó.

― ¿Qu-qué haces aquí, Mao? ― Eso me preguntaba, mientras se levantaba de la cama. ― Buenos días, princesita. ― Eso fue lo primero que se me ocurrió, antes de explicarle lo que quería, que era que me tradujese la carta, y la boba, me dijo que no era serbio y por tanto no podría hacerlo.

― No digo que lo hagas tú, sino quiero que lo haga el google ese. ― Se lo dije bien claro. Entonces, ella se levantó, dando bostezos, limpiándose los ojos y esperando acostumbrarse a la luz de la pantalla de ordenador que la molestaba.

-No creo que va a funcionar como tú crees…- Eso me decía mientras pasaba la carta al ordenador, tras encenderle yo la luz. Yo la repliqué que si lo hubieran puesto ahí un traductor era para algo, antes de que Leonardo empezara a gritar que alguien había venido, y Josefina replicó sus gritos.

-Tú continua.- Eso le decía yo a Jovaka, mientras entraba al salón. Entonces, Josefina me vio salir de las cortinas y gritó de susto, yéndose contra la pared. Entonces recordé que ella no sabía nada que había un agujero que comunicaba con otra casa y tapada con una sabana.

― ¿Q-qué? ¿C-cómo? ¿P-pero ese es el cuarto de baño? ― Entonces, sorprendida, corrió hacia mí, mientras le decía que no lo hiciese y miró por el agujero.

― ¡Es un cuarto secreto! ― Gritó llena de emoción, sin saber lo que había hecho. Jovaka quedó paralizada, después de irse para atrás, hacia su pared y mirar con horror hacia Josefina.

― ¿Quién eres tú? Yo soy Josefina, ¡encantada de conocerte! ― Eso le decía con toda la alegría del mundo Josefina, quién se atrevía a entrar, mientras yo le decía que volviera al salón.  ― ¿Por qué? ― Eso me preguntaba, deteniendo por suerte su marcha.

― ¿Por qué? ― Eso le dijo alterada, Jovaka. ― ¡Fuera de aquí! ¡Fuera de aquí, o si no lanzó el ratón! ― Nos estaba amenazando con tirarnos eso y Josefina le preguntaba qué le pasaba, y ésta se ponía más nerviosa y tuve que sacar a la argentina, o chilena, o de dónde dice ella que sea; de la habitación antes de desatar una horrible cólera, por parte de la serbia.

― ¿Qué le pasa a esa? ¡No he hecho nada malo! ― Eso protestaba Josefina, que la veía muy molesta, y mientras que tuve que callarle a Jovaka para que dejara de insultar y maldecir. ― Es su naturaleza, no podemos hacer nada. ―

Eso le respondía yo, antes de pedirle que no entrará ahí más. Me fui a la tienda para encontrarme con la persona que estaba preguntando por mí. Era alguien que yo nunca había visto, era una chica, más pequeña que Josefina en altura, tenía la piel un poco marroncita, y en su cara veía una especie de cicatriz que le iba de una parte de la cara a otra. Iba con un traje de sirvienta, que podría decirse que era de tipo francés, ya que su falda llegaba hasta sus rodillas, pero no mostraba escote alguno.

Aparte de eso, era bien obvio que llevaba un gran delantal y ese típico lazo que se ponen en la cabeza. Me preguntaba quién era y qué hacía ahí y por qué iba de una forma tan llamativa, siendo eso irónico, porque yo era la única persona que va en kimono en toda la cuidad.

― ¡Buenos días! ― La saludé. ― ¿Quieres algo? ― Ella, quién estaba esperando en silencio con Leonardo, me miró, me hizo una reverencia con la faldita o algo así y me dijo esto: ― Estoy busca a Josefina de la Cruz Porfirio Madero, ¿está aquí? ― Lo dijo de una forma tan mecánica que dudé si era humana y cada vez las cosas se estaban volviendo un poco más raras. Primero un bolso fabuloso lleno de dinero y con una carta escrita en un idioma extranjero y ahora, se me aparece una mucama. Me quedé pensando y la chica, me preguntó sí podría contestarla, yo solo le dije que sí, que entrará y la buscará y volvimos a escuchar los chillidos de Josefa, que le decía que se metiera ya, como si fuera su propia casa. Yo la seguí.

― ¡Lo siento mucho, de verdad, Ranavalona! ¡No era mi intención! ― Eso le decía con toda su sinceridad, tal vez exagerada, cuando entró la mucama y ella le dio el bolso. Me di cuenta de que esa niña llevaba el bolso de Josefina y recordé que era la que siempre me hablaba la mexicana que estaba junto con su amiga Elizaberth, pero no entendía porque iba vestida así, ¿era un fetiche suyo o qué?

― Mientras no le haya pasado nada malo al bolso, Mi Señora os perdonará, señorita Porfirio. ― Eso decía mientras se intercambiaban los bolsos y hablaba como si fuera la sirvienta de alguien poderoso. Se fue con la misma rapidez que cómo entró, tras hacernos otra reverencia para despedirse. Josefa empezó a decir que menos mal, que había terminado todo bien, con alivio y felicidad, cuando de repente Jovaka sacó la cabeza del agujero para gritarme.

― ¿P-pero qué mierdas me has dado para traducir? ― Eso nos asustó, tanto a mí a Josefina, y Jovaka al ver a la mexicana, metió dentro de la habitación su cabeza, a una velocidad increíble. Rápidamente, me metí dentro para saber qué le pasaba, y con estas mismas palabras se lo pregunté, solo me señalaba lo que había traducido al inglés ese maldito Google.

A lo primero, no entendía nada, había frases sin sentido, palabras sin traducir, pero al revisarlo una y otra vez, empecé a entenderlo y me quedé sin palabras.

En resumen, estaba pidiendo a alguien que asesinara a otra, a una persona cuyo nombre se entendió perfectamente, George Coppola. Si no entendí bien, el plan es que lo tenía que hacer durante la visita de este hombre a la cuidad de Springfield, mientras se celebraba el día de Shelijonia. Era totalmente, una conspiración y no lo podría creer, me sentí como si estuviera en una película. En ese momento, mis sentimientos hicieron un caos en mi interior: Sentía terror, a la vez que emoción, por algo horrible y feo, pero que podría ser interesante; e intentaba creerme que era una broma o un sueño, a la vez que me decía que era de verdad. En fin, no puedo explicar bien lo que sentía realmente, pero lo que sí puedo decir es que salí corriendo como nunca en busca de esa chica, Ranavalona, y ante la sorpresa de todos, que pensaron seguramente qué bicho me había picado.

Tras correr por un buen rato y ver a la niña mucama, se me bajó todo eso y me replantee qué estaba haciendo. Era imposible que una cría llevase una carta para matar a alguien, menos a ese Coppola, que lo único que yo sabía de él es que era un político, pero esos cientos de dólares que vi en el bolso eran demasiados sospechosos. También me reproché, un poco a mí mismo por ponerme así ante una preparación de un asesinato, me debería darme vergüenza sentirme como un héroe de una película cuando leí esa carta. Mientras pensaba todo esto, andaba tranquilamente observando a Ranavalona y sin saber que cierta persona me había seguido.

― ¡Mira lo qué me has hecho! ― Esas palabras me sorprendieron. ― ¡Estoy en la calle! ― Me cogió por los hombros. ― ¿Y si aparece una mujer? ― Eso me gritaba, histéricamente, al darse cuenta de que había salido; mientras le decía que no era mi culpa, ha sido la suya. Jovaka apenas se atreve a salir por su miedo a las mujeres y todo eso, y las únicas veces ha sido conmigo, y cuando lo hace es bien molesta. Al recordar que llevaba solo un camisón, miré, por si acaso, si tenía pantalones y menos mal que se puso unos largos y azules antes de salir.

― ¿Por qué has salido de esa forma? ― Me preguntaba, mientras yo, con ella encima, intentaba seguir a Ranavalona, quién estaba a punto de desaparecer de mi vista.

― Me voy a meter en problemas muy gordos. ― Eso le respondí, tal vez para meterla miedo y que volviera a casa.

― ¡No te preocupes, si viene alguna arpía, nos defenderemos de esto! ― Eso me decía, mientras me mostraba una pistola de aturdimiento y yo di un bote, al verlo. ¿Cómo tenía Jovaka algo así?

― No te pongas así, que está roto. ― Eso me decía, mientras me enseñaba que no funcionaba, dándole al botón, sin parar. Y me tranquilice algo. Así, terminé, junto con Jovaka, en el penoso y vergonzoso plan de seguir en secreto a alguien, que por suerte era muy lenta y no la perdimos de vista. Todo esto, después de que le tiré esa cosa al cubo de basura.

― ¿Qué son esos problemas tan gordos? ― Me preguntó, mientras nuestra mucama se introducía en un parque.

― No lo sé aún, pero eso pienso descubrir. ― Eso le respondí, y eso no le sirvió de nada para entender lo que quería hacer yo.

Hasta llegar a este punto, pasamos media hora, siguiendo a esa niña hasta llegar a aquí, en un parque en la otra punta de la cuidad. A pesar de tener una gran vegetación, tenía un aspecto melancólico y deprimente, tal vez, porque los mayores arboles estaban desnudos y llenaron el suelo con sus hojas; y por lo mal cuidado que estaba, ya que los columpios, las fuentes e incluso los bancos estaban casi oxidados, hechos polvo. Mientras yo y Jovaka nos escondíamos entre los arbustos; y mientras ésta me preguntaba qué quién era esa; la mucama se sentó en el mejor asiento del lugar y se quedó ahí, durante un rato.

― ¡Qué aburrimiento! ― Eso protestaba Jovaka, mientras la espiábamos, y tengo que reconocer que yo también lo estaba.

Cuando yo ya no tenía ganas de mirar, entonces, apareció una chica, que me imaginé que era esa Elizaberth de la que tanto hablaba la dichosa Josefina.

Me parecía mucha más enana que la mucama, pero aún así, tenía el comportamiento de, no de una niña, sino de una mujer adulta, seria y que miraba a los demás por encima. Tenía un largo cabello dorado que le llegaba a las rodillas, sorprendente, pero nada comparado a la gran melena que tenía Jovaka. Era muy blanca, tenía un parche en el ojo derecho, de color negro y con un dibujito que parecía un escudo de origen europeo. Llevaba un vestido blanco, muy largo, lleno de volantes, y daba la impresión de que era una princesita o algo así.

Entonces, recordé lo mucho que Josefina habla de ella y que por diversos detalles que pudo recordar, supe que era esa chica y a continuación, me puse en pensar en eso de que había tantos rubios en Shelijonia no era normal, hasta el hijo del pescadero de mi barrio que mato a sus padres por robarle la consola lo era.

― Esa chica da mucha grima… ― Eso dijo ella, mirándola con miedo. No le di importancia porque todas las chicas para ella le dan terror.

Así pasamos un rato más con mucho aburrimiento, viendo como ellas se hablaban en el banco en un idioma extranjero. Me molestaba el hecho de que no me enteraba de nada de lo que decían, mientras Jovaka no paraba de bostezar por el sueño que tenía ella. Entonces, al final, apareció un hombre alto, también rubio, vistiendo ropa elegante de color gris; delante de ellas. Tras saludarlas, soltó de sus labios, una bomba.

― ¿Cómo está el asunto ese del asesinato del maldito Coppola? ― Eso les dijo, a unas simples niñas, en perfecto inglés. Yo y Jovaka nos quedamos sin aliento, desafortunadamente la conspiración era real, totalmente. La pequeña rubia reaccionó rápidamente, dándole una patada en toda la entrepierna y ver eso, era demasiado para mí, hasta sentí que me lo habían dado.

― ¡Esa niña está loca, loca! ― Eso gritaba Jovaka, y la tuve que tapar la boca, diciéndole que no se pusiera así.

― ¡Estúpido, no digas eso en mitad de la calle! ― Eso le dijo la rubia encolerizada, que parecía como si fuera el cerebro de la conspiración; al pobre idiota que estaba en el suelo, dando vueltas por el dolor, y que parecía un lacayo.

― ¿Y qué quieres? ― Eso le preguntó a continuación, con una increíble y sorprendente frialdad para ser una niña.

― ¡Solo quería pedirte dinero! ― Eso fue el colmo de la ironía. Un hombre adulto es pateado por una simple niña y además le pide dinero, era absurdo. Y no solo eso, sino el hecho de que la niña estaba planeando un asesinato, como si fuera una mafiosa o algo así. Por eso, es normal que Jovaka me decía que le recordaba al El Padrino.

― Si es así, pues no. ― Le negó totalmente darle dinero y empezó a explicarle que no se lo iba a dar para putas y alcohol. Éste la replicó diciendo que era porque se le olvidó la contraseña del banco y la tarjeta de crédito lo tenía agotado. Ella lo miró mal y al final, el rubio lo reconoció, que se lo gastaba todo en beber y en estar con prostitutas. Fue la escena más lamentable que había observado y Jovaka me intentó explicar que eso era lo que hacían realmente las mujeres antes los hombres, humillarlos hasta convertirlos en patanes.

Y lo peor fue el final, después de que la pequeña se cansó de ese chico, que no dejaba de insistir.

― ¡Oye, si sigues así te va a pasar a algo horrible! ― Le estaba amenazando, incluso le cogió el cuello con una mano y se le notaba la mala leche que tenía en ese momento.

― ¿El qué? ― Eso dijo el muy patán que, al parecer, solo consiguió que esas palabras echaran más leñas al fuego.

― ¡Vete de aquí, vete o te reviento a balazos! ― Le soltó el cuello y en cambio le mostraba una pistola con el que pensaba agujerearlo y éste, al liberarse, salió corriendo, diciendo que no era su intención. No hace falta decir que eso nos puso la piel de gallina más aún.

― ¡Mao, Mao, volvemos a casa! ¡Esa arpía si nos ve, nos llena de balas! ― Eso me decía una Jovaka temblorosa, que me intentaba mover, con terror, para alejarnos de ella, rápidamente. Nunca la vi tan aterrada, tenía un sudor frío que le recorría por todo el cuerpo y una cara que parecía a la de una niña llorona. Yo estaba también asustado pero no me impedía quedarme ahí y observar algo para evitar que se cumpliera tal conspiración. Le explicaba a la serbia que yo no podría irme, así como así, y si quería, que se fuera, ya que fue ella misma quién decidió seguirme. Tenía dudas pero lo aceptaba, ya que no era incapaz de volver sola a casa.

A continuación, tras irse ese chico, la mucama le dio un abrigo con capucha a su señora, para mantenerse oculta seguramente; y se fue. Luego, apareció otra persona con abrigo, tapada igualmente hasta la cabeza; y se sentó, junto a la niña esa. Fue en ese momento, cuando yo y Jovaka nos cerramos el pico y empezamos a mirar fijamente, porque se notaba una extraña atmosfera entre ellas.

― Hola Schlieffen. ― Eso dijo la pequeña rubia, con un cambio de voz realmente sorprendente, paso de su frialdad al de una niña inocente y adorable, tanto que no parecía la misma persona de antes y por eso, nosotras no quedamos otra vez sorprendidas. Demasiadas tuve ese día, la verdad.

― ¿Te ha mandado el cliente? ― Eso le dijo, la otra persona, la cual solo supimos que su voz era de una mujer adulta y sabíamos que era la que iba a hacer el trabajo sucio.

― Sí, Wilhelm Von Schaffhausen me ha enviado para entregarle esta tarea.  ― Eso le decía, cómo si ella solo era una chica a la que pensaron usar como transporte del dinero, mientras le daba la bolsa. Hasta dudé, por un momento, que ella parecía solo una marioneta.

― ¡Pero si solo eres una niña! ¡Esos Von Schaffhausen sí que son repugnantes! ― Eso lo dijo con todo el asco del mundo, y me quedé consternado al escuchar, ya que lo estaba diciendo alguien que estaba mirando a ver si estaba el dinero que le iban a dar para matar a alguien, pura ironía.

Entonces, ella empezó a decirle que no les dijera eso a sus familiares, que le estaban dando una buena educación y vida para ser mejor persona, y que esto lo hacía por ellos, actuando como si fuera una niña inocente y amable, de una forma realmente creíble. El cambio de comportamiento que dio fue demasiado tan drástico para mí que sentí que estaba viendo a otra persona.

― Cómo esperaba de una mujer. ― Eso decía Jovaka, tan sorprendida como yo, aunque su comentario me dejó igual de confundido que ese cambio radical de personalidad y le pregunté qué quería decir con eso. La vi sintiendo estupefacción ante tal escena, como si estaba viendo a un enemigo, en cierta forma, admirable, a pesar de su monstruosidad.

― Es el arma del victimismo, hacerte pasar por la víctima. Se hace la buena niña para ganarse el corazón de los demás. ― Eso me lo explicaba, como si estuviéramos en un manga, cuando uno de los que observan la batalla del bueno y el malo, nos cuenta las técnicas sorprendentes que sacan uno de los luchadores en mitad de la pelea.

Entonces, oímos como la rubia esa empezó a llorar, y parecía de verdad. La misma asesina se compadeció de ella y le decía que dejara de llorar, que no era su intención. Yo, por mi parte, la incomprensión y la incapacidad de asimilar ese comportamiento, tan diferente al que vimos antes, me puso muy loco y empecé a dar vueltas por el césped, diciendo que dejará de actuar. Jovaka me tuvo que tranquilizar, dándome tortazos. Mientras tanto, en el banco en el que se sientan la supuesta asesina y la niña, empezaron a hacer un teatro.

― Gracias, no lloraré más. Seré fuerte. ― Eso le decía, después de terminar de llorar, a la supuesta asesina en serie, de una manera irrealmente dócil.

― ¡Qué buena chica! ― Ésta la estaba acariciando su cabeza.  ― ¡Ayudar a la familia es lo primero! ― Terminó la frase poniendo una pose extraño, mientras la rubia se limpiaba, supuestamente las lágrimas: ― ¡Por supuesto! ―

Yo y Jovaka apenas entendimos nada de lo que ocurría, estaba siendo muy raro.

Al final, la supuesta asesina en serie, antes de irse, se le entregó una carta, algo que me sorprendió, ya que yo no lo volví a meter en la bolsa; de forma cordial por parte de Elizaberth. Tras leerlo y guardárselo en el bolsillo, le dijo a la rubia que solo por ella, ya que le ganó el corazón; le iba a tener un descuento del quince por ciento y le entregó unos billetes. Al desaparecer, fue entonces cuando la niña se quitó la careta y empezó a mostrar su verdadera personalidad.

― ¡Qué asco, en serio! ― Eso se decía mientras se tapaba la cara de la vergüenza. ― ¡Siento cómo que me han violado la dignidad! ― Se le notaba por la voz que no le gustó nada. ― ¡Qué ganas de vomitar! ―

Al parecer la niña era una verdadera actriz, porque pudo manipular los sentimientos de una adulta, que yo dudaba que fuera una asesina porque fue muy fácil de convencer. Entonces, recordé que la vida de un hombre estaba en peligro.

― Me voy, un momento. ― Eso le decía a Jovaka, mientras me levantaba. ― ¡Quédate aquí, solo serán unos segundos! ― A ella no le parecía bien la idea, algo obvio.

― ¡No me dejes sola con esas locas! ― Eso me decía, mientras me agarraba, impidiendo que me fuera. ― ¡Te van a matar o algo! ― Le tuve que explicar sin parar, para convencerla de que solo sería un minuto, que no iba a pasar nada, ya que solo iba a llamar desde una simple cabina.

Sí, iba a llamar a la policía, a avisarles que había gente que querían asesinar a un político, obviando la parte de que el cerebro era una niña, porque nadie me creería. Pues eso, me salí del parque y entré en una cabina de teléfono, que por suerte estaba al lado. Mientras estaba poniendo el número de la policía, tras perder el tiempo recordando que debería comprarme un móvil, sentí algo en mi espalda y que alguien estaba detrás de mí apuntándome con esa cosa.

― ¿Sabes que la curiosidad mató al gato? ― Por su voz, supe que era esa niña y que obviamente estaba detrás mía, con una pistola en mi espalda. Lo dijo de una forma burla y a la vez fría, aunque lo peor de todo, es que me había visto espiarla y sentía que estaba perdido, temblando y temiendo que me diera un disparo.

― No eres buena en esto de ocultarte, ¿sabes? Tanto yo como mi sirvienta nos dimos cuenta. ― Ella siguió hablando, ya que yo no quería soltar algo de mi boca que me podría costar la vida. ― Si has cogido el teléfono, después de espiarme, es bien obvio cuál es tu intención… ― Me pregunté cómo lo supo.  ― Si no quieres quedarte invalida, deberías soltar el teléfono. ―

Yo me quedé paralizado, sin atreverme a mover algo de mi cuerpo, a lo primero. Tras ella ver cómo no me atrevía a bajar el teléfono, me dijo que iba a contar, hasta diez. Entonces, yo, temblando, lleno de terror y de un sudor frío, empecé a soltar eso poco a poco.

― ¡Buena chica! ¡Ahora solo falta hacer el trato! ― La muy cabrona no me quitó la pistola de encima. ― Tú ignora esto y yo ignoro esto. Lo olvidamos juntas, ¿ok? ― Yo, que seguía temblando como cachorrito asustado, me llené de valor para preguntarle a algo: ― ¿Y-y q-qué pasara con la vida de ese hombre? ―

Eso le pregunté y ella se quedó callada, unos segundos para decirme, no una respuesta, sino una amenaza, bien horroroso:

― ¿Tú eres amiga de Josefina, no? ¿No te gustaría nada que ella u otras amigas y familiares podrían acabar muy mal, a qué no? ― Me quedé consternado, a pesar de lo mucho y bien hablaba Josefina de ella, esta enana desagradable la incluyó en sus siniestra advertencia, si esta chica era amiga, no hacen falta enemigos. Por suerte, ésta por fin me quitó la pistola de encima y estaba alejándose de mí. Al no tener esa cosa en mi espalda, pude tener la osadía de decirle esto:

― ¿C-cómo puedes tratar así a tu propia amiga? ¿Cómo? ― Eso le grité, lleno de rabia, pero incapaz de ir a por ella, porque podría llenarme de balas.

― ¿Hablas de Josefina, no? Nunca quise ser su amiga. ― Y con esto dicho se fue alejando, mientras su sirvienta la esperaba para acompañarla, después de saludarme con la faldita. Y la muy maldita soltó unas pocas risitas.

Yo solo me quedé mirando, paralizado, por unos segundos más, intentando asimilarlo. Había amenazado a hacerle daño a esa pobrecita de Josefina, a su supuesta amiga; y a todos los que yo quería. Sentí miedo por ella, por los canadienses, por Alsancia, por Jovaka; incluso no desearía que le haría daño a Nadezha, bueno, un poquito. No sé por qué me acordé de Lafayette pero esa perra se merece lo peor, punto. Entonces, me acordé de la serbia, que la deje escondida en la vegetación, y salí corriendo a toda velocidad.

Después de esa experiencia, pensaba en lo peor, en que esa idiota estuviese herida o incluso muerta y no me podría quitar eso de encima. Y me insultaba a mí mismo por dejarla ahí sola, cuando es incapaz de estarlo en la calle, me sentía realmente como un estúpido. Cuando llegué, sentí un gran alivio e incluso una felicidad al verla ahí, en  posición fetal, dando vueltas y llorando un montón.

― Mao, Mao, ¿dónde estás? ¡Vuelve, por favor! ― Eso decía sin parar, como si hubiera tenido un gran trauma y que se le quitó todo cuando me vio. Saltó hacía mí, llorando, esta vez de felicidad, diciendo que se alegraba de que yo había vuelto y que nunca volviese a alejarme de ella. En otras circunstancias, me parecía demasiado exagerado pero en ese momento, le dije, con cariño y acariciando su cabeza, esto:

― ¡No te preocupes, no haré esto más! ― Eso le decía sin parar. Al final, llegué a una conclusión, para evitar que alguien saliese herido por culpa de mi estúpida curiosidad, decidí callarme. Me dio pena ese hombre, a pesar de que no lo conocía realmente, pero no podría evitar su asesinato y desde, aquel entonces, intenté hacer que no pasó nada. Me fui a casa, diciéndole a Jovaka que todo lo que vimos fuera un secreto y que no se lo dijese a nadie. Esperaba que todo volviese a la normalidad pero, por desgracia, Lafayette y Nadezha estaban en mi casa, cuando volví, para fastidiarme aún más.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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