Decimocuarta_historia

Sobre conspiraciones y festivales que acaban en pura anarquía, segunda parte, decimocuarta historia.

Soy Nadezha, shelijoniana, y como tal, rusa de corazón. Hoy se celebra el día que nuestros primeros descendientes llegaron a esta isla, para hacerla parte de nuestra madre patria, y una amenaza se abalanzaba sobre esta importante fecha. Al final, cuando ésta despareció, fue para enseñarnos que era otra, invisible, y que fue la que convirtió ahora mismo mi cuidad en pura anarquía. Toda la culpa la tenía una persona indeseable: Lafayette. Y ahora la estoy buscando en bicicleta, para darle la paliza de su vida, en unas calles llenas de contenedores y coches quemándose, gente saqueando tiendas de todo tipo y un montón de barbaridades, ante una policía incapaz de frenar esta locura. Esto que voy a contar demuestra como las cosas pueden cambiar de una forma tan drástica y fatal, que parecerá surrealista, a ojos de los que no la han vivido.

Mi pequeña odisea empezó en la mañana de ayer, cuando iba a la casa de Mao. No deseaba ir allí, pero era el único lugar que me podría servir, ya que tenía que buscarle una cámara de fotos a mi tío, que se le rompió hace unos tres días antes. Me estaba dando mucho trabajo, ya que quería que fuera su antiguo modelo, ya que no deseaba usar una más moderna y esa cosa era muy difícil de encontrar. Mi última oportunidad era ir allí, en dónde guardaban un montón de cachivaches antiguos, como si el travestido ese tuviera el síndrome de Diógenes. ¿Y si no estuviera ahí? Pues éste debería aceptar no hacernos fotos para el día siguiente o utilizar alguna más moderna. Entonces, a los pocos metros de su hogar, alguien se estaba escondiendo, detrás de un poste de la luz, que aún no lo habían quitado, a pesar de que era ilegal. La veía de espaldas.

― ¡Maldita sea, no me atrevo, no me atrevo! ― Eso decía aquella persona.

Llevaba unos pantalones cortos con medias y una chaqueta azul de delincuente, su pelo y su piel era del mismo color, negro. Con todo eso, más aquella voz de perra insufrible, me decía quién era esa persona: Lafayette. Me acerqué a continuación, hacia ella y le pregunté esto:

― ¿Qué estás haciendo ahí? ― Le pregunté. No iba a pasar de alto ese comportamiento tan sospechoso. Lo que recibí fue un buen puñetazo en toda mi cara, que hasta hizo sangrar mi nariz y me tiró al suelo. Ésta, al ver que era yo la que la había asustado, empezó a burlarse de mí y diciendo que eso me lo merecía por zorra. Obviamente, ella recibió otro, esta vez en el estomago. Así empezó otra estúpida pelea de las nuestras.

― ¡Detente! ― Eso le decía, cuando me harté de nuestra feroz batalla. ― ¡Detente! ¡Tregua, tregua! ― Eso le gritaba tras tirarla de una patada, y mientras se levantaba del suelo.

― ¿Qué tregua ni que mierdas? ― Eso gritaba. ― ¡Te voy a mandar al otro lado! ― Perdió el equilibrio, por el dolor que tenía en una de rodillas, o eso parecía, ya que no fue nada grave. Estaba rabiando de dolor, mostrando los dientes y aún estaba enfadada, si alguna vez no lo está, porque lo dudo mucho. Al final, tras mucho pensárselo, ya que su estúpido orgullo no se lo permitía, me gritó que iba a seguir golpeándome hasta la muerte. Por suerte, la ignoré, porque tenía algo importante que hacer y, cuando se dio, me estaba viendo entrar en la tienda.

― ¡Eh, tú, zorra, no huyas! ― Me gritaba llena de indignación, al parecer.

Al entrar en la tienda, el único empleado de Mao, Leonardo, me saludó, dándome la bienvenida. Le pregunté dónde estaba su jefa y me dijo que se fue hace unos minutos, algo que me molestó mucho, ya que era bastante inoportuno. Lo único que podría hacer era observar la tienda mientras esperaba, entonces, cuando él me decía que hoy tenían muchas visitas, entró Lafayette, tratando la puerta con poca delicadeza y quién hizo callar al pobre, al decirla los buenos días sin mala intención.

― ¿Me vas a perseguir todo el día? ― Eso le dije, al verla, antes de encontrar algo que me interesó, un ushanka. Un sombrero hecho con piel de caribú y era de color blanco, perfecto para hacer conjunto con mis abrigos. Yo ya tenía un montón de ellos, pero éste me atrajo porque tenía el escudo del glorioso ejército imperial ruso. Me recordó tanto aquellos tiempos en que los shelijonianos eran parte de un mismo hogar, Rusia; que me entraron ganas de llorar.

― ¿No querías una tregua? Pues eso. ― La ignoré totalmente y ésta lo supo, pero en vez darme otro golpe, decidió pasar de mí. ― He venido a pedirle algo a la puta de Mao. ― Eso le decía a Leonardo, quién le intentó decir que no debería insultarla, y ésta le gritó como loca, y le dijo que se callara, tuvo que hacerlo al verla actuar como una salvaje contra él.

― ¿Cómo puedes ser así? ― Eso le dije, antes de decirle a Leonardo que no la hiciese caso, y que me dijera el precio de mi ushanka.

Al escucharlo, esa indeseable empezó a burlarse de mí, diciendo que era demasiado caro para ser un gorro comunista de mierda, demostrando su gran ignorancia.

Rápidamente, se enfadó, cuando le dije, que para mí, esa gorra valía más que ella. En realidad, cualquier cosa en este mundo es mucho más preciada que esa. Me puse mi ushanka, y tras pedirle permiso a Leonardo para entrar, me fui al salón, mientras Lafayette, sin moverse de la tienda, por desgracia para él, se quedó ahí esperando a Mao. Vi solo a Josefina, quién me saludó enérgicamente, como siempre, y, a continuación, me dijo esto:

― ¿Sabes qué hay una habitación secreta? ― Eso me dijo, mientras me estaba señalando con el dedo hacia aquellas cortinas que mantenía Mao en una pared de la habitación. Yo le dije que no, que era estúpido que hubiera ahí algo. Me parecía absurdo ver que hubiera una puerta detrás de eso.

― Pero si es verdad. ― Entonces, Josefina se levantó, se acercó a eso y abrió las cortinas, enseñándome un gran agujero en la pared que llevaba a otro cuarto. Yo me quedé boquiabierta, incapaz de comprender qué hacía eso hay. Hasta me acerqué a él para comprobar que era verdad. Al final, le tuve que dar la razón y le pedí perdón por no creer en ella.

― No pasa nada, yo tampoco podría creer que había algo así. Incluso una chica muy rara vive ahí dentro. ― Eso me decía, mientras yo observaba aquel cuarto, alumbrado solo con la luz de una lámpara de mesa y por la de una pantalla de ordenador. Me preguntaba, además de quién era esa niña de la que hablaba Josefina, de cómo hicieron ese agujero. Al final, Josefa empezó a hablar cómo ella sabe, soltando cientos y cientos de palabras, casi imposibles de entender, por lo rápido que los soltaba; e intentando supuestamente explicar que había pasado. Le tapé la boca para que se parase y le expliqué que estaba yo cansada y por tanto no tenía ganas de poder escucharla. Ella me dijo que sí. Entonces, apareció Lafayette en el salón y dijo esto, tras darse cuenta de eso:

― ¿Desde cuándo tienen un agujero ahí? ― Al escuchar eso, Josefina se puso morada y empezó a temblar y miró hacia atrás, para comprobar que realmente era ella, quién estaba ahí. Lafayette notó el miedo y le puso una cara demoniaca, mientras le decía como un mafioso qué estaba mirando. La pobre se pegó a mí, y parecía que casi le iba a dar un ataque al corazón.

― Deja de asustar a Josefina. ― Eso le dije yo.

― Yo no lo estoy haciendo, es que es una cagona. ― Eso lo decía de forma burlona y cruel hacia Josefa y ella intentó defenderse de esa acusación:

― ¡No soy un…! ― No pudo, le gritó como una bestia y la puso más nerviosa:

― ¡Cállate! ―

Lo que más le gusta a esta odiosa chica, que de niña tenía nada, era aterrar a la gente y aprovecharse de ellos. Le gusta disfrutar haciendo llorar a los niños y por eso, estaba sonriendo macabramente, al ver que Josefina le tenía un gran miedo, y yo no iba a dejarlo así.

― ¡No te preocupes, no voy a dejar que esta cosa te toqué! ― Yo cómo no le tenía miedo, pues le dije eso a Josefina, para sentir que estaba segura. No iba a estar dispuesta a que Lafayette y por eso le dije que sí atacará a ella, la mandaría al hospital.

― ¡¿Ahora, te crees la defensora de los débiles!? ― Eso me gritaba, burlándose de mí ácidamente, pero lo ignoré, mientras Josefina me miraba con admiración, tal vez creyendo que era bastante guay o algo así; y ya no tenía tanto miedo como antes. Lafayette, al ver mi reacción dijo “bah” y se sentó, en un lado de esa mesa que llama Mao, kotatsu; a esperar a éste, y nosotras nos sentamos en el otro. Así, durante un pequeño rato, estuvimos en silencio, salvo cuando yo le preguntaba a Josefa algunas cosas; con una atmosfera rara y en cierta forma, casi siniestra. Hasta que Clementina bajó al primer piso, con su hija Diana.

― ¡Qué sorpresa! ― Eso dijo ella, y noté que no le entraron muchas ganas de ver a Lafayette. ― ¿Qué hacen aquí? ―

― Pues yo… ― Josefa intentó decir algo, pero Lafayette la interrumpió, con su habitual tono desagradable, diciéndonos que estaba buscando a Mao para un favor. Era bien obvio, ya que si ella aparece por aquí, era por pedir algo. Al igual que yo, tengo que reconocerlo.

― Yo quiero pedirle prestado algo a Mao. ― Eso les dije y Josefina y Clementina me preguntaron qué era. Yo se lo iba a decir, pero ésta me interrumpió.

― Es una gran y estúpida tontería que a nadie interesa. ― Eso gritó, mientras daba un golpe en la mesa y ponía su peor cara, para poner asustadas a ellas dos y se callaran. La única que no se dejó intimidada era Diana, quién iba directamente hacía Josefina. Le pedí que se callara y nos dejará hablar pero ésta se alteró, me dijo cuatro insultos y se mantuvo en silencio de mala gana. Mientras tanto, Clementina se puso a hablar conmigo, mientras las dos niñas miraban y entraban, sin darnos cuenta, en la habitación.

Cuando ella se dio cuenta de que no las veía por ningún lado del salón preguntó esto: ― ¿Dónde están ellas dos? ―

Y con su habitual mala leche, Lafayette, nos señaló dónde estaban:

― Están en la dichosa habitación secreta. ―

Lo decía con un tono más desagradable que antes, que molestaba. Yo me levanté y me metí en la habitación secreta. Las vi, A Josefina, mirando con miedo a la pantalla; y a Diana, intentando hacer un avión de papel con algo que parecía una carta.

― ¿Qué te pasa? ― Eso le dije, cuando vi a ella, murmurando qué iba a hacer; y yo, que pensaba decirle que se fuera de ahí, le pregunté que quería. Solo me dijo que leyera eso. Era un gran texto traducido del alemán al inglés, metido en el google traductor. Lo leí, aunque varias partes estaban mal, y decía que pedía a alguien que debía matar a un político en pleno festividad del día de Shelijonia. Me quedé aún más consternada que ella. Entonces, Diana me enseñó su supuesto avión de papel y me di cuenta de que era una carta, y al observarlo detenidamente, era el mismo texto que tradujeron.

― ¿Q-qué significa esto, Nadezha? ― Eso me preguntó, muy preocupada, Josefina, quién apenas entendía que estaba ocurriendo. Yo tampoco pero esto se sentía grave y parecía auténtico, por la carta. Mientras tanto, Diana me pedía que le devolviera su avión de papel. Al final, tras leer por segunda vez, me acordé que el nombre del político a matar era George Coppola, y éste personaje tenía relación con Lafayette. Por eso, salí del lugar para gritarle esto a ella.

― ¡Lafayette, quieren matar a tu abuelo! ― Ella quedó mirándome cómo si me dijera qué estaba diciendo, mientras se lo intentaba explicar, con señales y señas, y con toda mi preocupación; que le iban a matar a George Coppola.

― ¿Qué estás diciendo? ― Eso dijo Clementina, muy consternada. ― ¡¿Le van a matar al abuelo!? ― Eso decía Josefa, boquiabierta. ― ¿Por qué? ― Eso repetía sin parar, Diana. ― ¡Déjate de tonterías! ― Eso me gritó ella, que era lo esperable, que no se creyera en las cosas que le estaba contando. Al final, dijo esto, que me hizo enfurecer de verdad: ― Y, ¿qué? ¡Qué se muera! ¡A mí me importa una mierda! ―

― ¿Qué has dicho? ― Eso dije, incapaz de creerme que dijera eso en serio, sobre su propio familiar. Ésta me lo repitió y yo le dije, sin comprenderlo, que por qué decía eso de su propio abuelo.

― Él no es mi abuelo de verdad, ¡idiota! ― Gritó, con toda su furia.  ― Y si fuera el verdadero, o si fuera mi madre o mi padre, también diría eso. ― No podría asimilar que dijera eso. ― Mejor aún, que se mueran toda mi familia. ― Eso fue la gota que colmó el vaso, yo no iba a permitir que alguien hablara mal de sus familiares. Me descontrolé y le di un puñetazo en toda la cara que la hizo volar, ante la sorpresa de los presentes. Entonces, por culpa de la rabia hablé de más:

― ¡Ya recordé! Perdón, perdón, es verdad que no es tu abuelo. Pudo haberlo sido legalmente. Pero George Coppola no iba a aceptarte, a una bastarda, fruto de la infidelidad de tu madre, quién engañó a su hijo como un idiota. ―  Eso le solté, tocando un tema que le enfurecía mucho y salvo ella, nadie entendió lo que dije, incluso yo misma.

Su madre, fue hija de un importante político, el único que parece que le importa realmente esta odiosa persona. Ella se casó con un abogado, Rudolf, que resultaría ser el hijo de la persona que iban a matar. Duró menos de dos años, cuando el nacimiento de su hija, le hizo descubrir que ésta estaba liada con un hombre negro. Se divorciaron y él, engañado y destrozado, rechazó a Marie Luise como hija, por recordarle todo lo que sufrió. Es correcto llamarla bastarda, y se lo decía indirectamente, mientras yo apretaba los puños con rabia. Eso era lo que más le dolía en este mundo, recordarle su condición y lo hice con toda la intención, porque estaba ya harta de ella. Estaba totalmente encolerizada.

― ¿C-cómo lo has sabido? ¿C-cómo te has atrevido? ¡No volverás a decir eso, te dejaré sin boca! ― Se levantaba poco a poco, soltando rabia a diestro y siniestros y mirándome con todo el odio del mundo, mostrándome los dientes. Ella, antes de lanzarme hacia mí, soltó esto, después, con la misma intención. Quería herirme recordándome que soy huérfana, ya que mis padres murieron en un atentado terrorista, delante de mis ojos.

― ¿ Por qué te molesta tanto que le insulte a los míos? ¡No lo he hecho con los tuyos, después de todo, tus padres están bien muertos, gracias al cielo! ― Esas últimos palabras lo dijo con un tono algo burlón, y eso solo me hizo subir, aún más, la sangre a la cabeza. Así, empezamos una violenta pelea, entre nosotras, en mitad del salón de Mao. Ni Josefina ni Clementina ni Diana, ni siquiera Leonardo, que entró en el salón, al escuchar los gritos y golpes; se atrevían a detenernos. Mientras ella insultaba a mis padres, diciendo que debió ser bonito verlos arder; yo le llamaba bastarda una y otra vez. Hubiéramos muerto y llenado el lugar de nuestra propia sangre, si no fuera por Mao, quién llegó a tiempo.

― Pero, ¡Por Buda! ¿Qué están haciendo en mi propia casa, chaladas? ― Eso gritaba, al ver que estábamos peleando, y en nuestra lucha estábamos destrozando el lugar. Chillaba por su salón, más que por la feroz batalla. Él fue el único que cogió a Lafayette, y el que ordenó a los demás atraparme a mí. Nosotras, insultándonos y maldiciéndonos, no nos tranquilizamos hasta un buen rato.

― ¿Qué os pasa a vosotras? ― Eso nos dijo Mao, enfadado, mientras yo y Lafayette nos sentamos a cada lado de la mesa.

― Necesito un favor urgente, por eso estoy aquí. ― Eso le dijo Lafayette, quién sacó un papel blanco y un bolígrafo en la mesa y lo movió hacia él. Éste le preguntó qué era y solo le dijo que hiciera un discurso para el Día de Shelijonia, explicándonos que su abuelo, por parte materna, la metió como la chica que iba a inaugurar nuestra fiesta.

― ¿Cómo ha conseguido tu abuelo que te metiera en eso? ― Eso dije sorprendida, tanto que hasta me levanté del suelo. Ella solo replicó, sin ganas, que era seguramente por corrupción y enfunches, como si fuera algo ajeno a ella. Yo, recordando que fui elegida para hacer el discurso, pensé que era una locura darle la inauguración.

Sentí que ella iba a meter la pata, a diferencia de mí, que escribí, con ayuda de mi tío y mis papás, un escrito tan hermoso que hizo llorar de felicidad a las personas que amamos estas tierra y a nuestra Madre Rusia. Por eso, mientras Mao se negaba a hacerlo. Yo di un puño en la mesa y le dije esto: ― ¡Te voy a ayudar Lafayette! ―

― ¡Ahí tienes! ¡Ya no me necesitas! ¡Así que, adiós! ― Mientras Mao le decía eso a Lafayette, me di cuenta de que tenía a alguien detrás suya, y que esa chica, que para mí era desconocida, nos miraba como si fuéramos los seres más terroríficos de la tierra. Y al terminar esas palabras, parecía que hacía de escudo para ella, quién se pegaba a la pared, intentando mantenerse lejos de nosotras e ir, ellos poco a poco hasta llegar a aquel agujero en la pared y meterse los dos en él.

― ¡Ni una mierda, no voy a dejar que me ayude! ― Eso me dijo, con todo su desprecio. Su orgullo no le permitía que yo le ayudara en algo, después de lo que nos pasó. Se lo pediría a cualquiera, menos a mí pero yo no estaba dispuesta a aceptarlo e intenté convencerla. Al final, fue en vano. Se fue de ahí, insultándonos, en vez de decirnos adiós; y volvió la paz y tranquilidad. En ese entonces, fue cuando salió Mao, de la habitación secreta. ― ¡Por fin se fue! ― Eso decía, aliviado. ― ¿Cuándo te vas a ir? ― Y me preguntó, a continuación, mientras me sentaba en el suelo.

― Te puedo preguntar varias cosas… ― Mao puso mala cara al oír eso. ― ¿Qué es ese agujero y quién es esa chica? ― Eso le dije, señalándole al lugar dónde estaba esa entrada, tapada por cortinas y que estaban medio abiertas, y en la cual observé que ella estaba mirando hacia nosotros desde dentro de esa habitación. Al darse cuenta de que la miraba, se escondió, mientras me sacaba la lengua.

― Pues hubo un pequeño accidente hace tiempo y provocó eso. ― Me quedé pensando cómo lo hizo, la pared no era de papel, precisamente.

― La chica que está ahí dentro, se llama Jovaka y les teme mucho a las mujeres. ―

Entonces, la chica, desde su habitación, me grito esto: ― ¡Por ser las opresoras que dominan esté mundo! ― Y me quedé con la boca abierta y Mao me dijo que ignoré esas palabras, era así.

No me pareció muy normal ver a una mujer que odia a las demás y decirme “opresora”, pero pasé página para preguntarle sobre la carta, que se la enseñé.

― ¡Mejor, olvídate de eso! ― Se puso muy nervioso de repente. ― Lo mejor para todos es que no saber más del asunto. ―

Lo sentí muy asustado, y pues me di cuenta, entonces, de que algo raro le pasó. Intenté decirle que me lo dijera, pero se negaba y me decía que le dejara en paz. Al no querer montar un espectáculo, ya que Diana y Josefina dormían adorablemente juntas; decidí dejarlo e irme de la casa. Al salir, no vi a Lafayette y llamé a mi novio Vladimir, para explicare todo lo ocurrido. Era solo una manera de desahogarme, ya que estaba de los nervios. Me alegro mucho hablar con él, porque pude quitarme el enfado pero aún así estaba preocupada.

¿Qué quería decir esa carta, que realmente iban a matar a alguien? ¿Y por qué Mao lo tenía? ¿Van a cometer un asesinato realmente en mitad de la ceremonia por el día de Shelijonia? Si todo era más que una estúpida broma, entonces no tendría nada de qué preocuparme pero parecía ser algo real y que tenían una conspiración contra un político. ¿Y el porqué? ¿Qué consecuencia, qué venganza o qué estupidez quieren hacer para cometer algo así? Los magnicidios, siempre tienen un motivo político, derogar políticas que no agradan o evitar que alguien ponga en peligro, con sus medidas, una situación privilegiada. Me quedé pensando un buen rato, muy largo, pero al final, no pude encontrar una respuesta a todo. Solo me decidí a hacer algo, sea falso o no, debería avisarle.

Al volver a la realidad, me di cuenta de que era de noche y ya mi tío estaba llamándome para cenar. Yo, quién siempre animaba las charlas, estaba tan preocupada y pensativa que ni siquiera hablaba, solo comía poco a poco. Mi tío, que ya me conocía, me vio rara y me preguntó qué me pasaba.

― Nada, nada. Me siento culpable por no comprarte la cámara. ― Eso le dije, sonriendo nerviosamente, cuando me lo preguntó, y me dijo que no debería preocuparme por eso.

― Además, de que no podré estar contigo, ¡ya sabes! Voy a salir con un amigo. ―

Eso le dije, recordando que le dije que iba a salir con alguien, ocultando el hecho de que estaba hablando de mi novio, que él aún no sabía que lo tenía. Me dijo que estaría bien, que uno debe estar con amigos pero me sentía un poco culpable por dejarle solo, después de todo, es el único que me cuida desde la muerte de mis padres. Entonces recordé lo de Coppola y decidí mencionarle sobre eso, preguntándole si éste iba a estar en el festival de Springfield.

― ¿George Coppola? Pues, ahora que lo dices,… ― Me dijo que iba a visitarlo, después de volver de Washington por avión, que iba a aterrizar mañana por la mañana. Me explicó que fue un político del sector useño, como nosotros llamamos así a los descendientes de los estadounidenses o canadienses y todo aquel que proceda del resto de Norteamérica. Se dedicó al diálogo entre rusófilos y anglófilos y acabó siendo Senador en el Congreso de los EEUU. Me dijo además de que estuvo metido en algún que otro problema de corrupción. Salvo el dato final, no hubo nada más para pensar por la razón de porqué le iban a matar pero pude saber en dónde localizarle, por eso me preparaba para acostarme rápido, tras hablar durante dos horas con mi amor por teléfono.

― ¿Entonces vas a ir al aeropuerto de Bolgolyubov, Nadezha? ― Eso me dijo con una gran preocupación hacia mí, pensaba que yo iba a estar en peligro, así que le tranquilice.

― Solo hay que avisarle a toda costa de que quieren matarlo. ― No lo sentí muy convencido. ― Será rápido, en un pispas vuelvo a Springfield y lo pasaremos muy bien. ― Eso sí Coppola me hace caso y no me ignora, o que lo maten igualmente ― De todas maneras, yo…. ― Entonces, mi móvil se quedó sin saldo y la llamada se cortó. Lo maldecía, con todo mi alma, ya que no pude decirle “buenas noches” ni siquiera un “te quiero”.

Me levanté a las cinco y media y con sigilo y rapidez, a la vez; me ponía la ropa, me bañaba y cogí la bici que estaba puesta en la pared de salón. En esos momentos, estaba bien adormilada y casi iba a producir algún ruido que podría despertar a mi tío. Pude salir de la casa y rápidamente salí de ahí. No hace falta que me puse un gran abrigo blanco para protegerme del frio, que hacía el suficiente para que cayera nieve, y me puse el ushanka que compré a Mao. Al llegar a las puertas de la estación, entonces lo vi, a Vladimir, a pesar de que le dije que no hacía falta que viniera conmigo. Antes de verme y saludarme, estaba echando su aliento sobre sus manos y llevaba el abrigo de color marrón que le reparé. Me alegré, a pesar de que no deseaba meterle en esto y de que lo primero que hice fue regañarle.

― ¿No te dije que, cuando iba a avisarle, volvería a Sprigfield para estar conmigo? ¡No deberías haber salido de tu casa a estas horas y venir a aquí! ¡Te podría pasar algo! ― Eso le dije sin mala intención y parecía como si fuera su madre. Pero él notó a pesar de mi aparente enfado que estaba feliz de verle.

― Perdón pero no puedo dejarte sola, es mi deber protegerte. ― Aún más, cuando me dijo eso con una seriedad, que visto en un niño de once años parecía tan adorable que me puse roja.

― Gracias de todo corazón. ― Eso le dije con toda mi sinceridad, antes de darle un beso. Él también se puso rojo.

Así, nosotros dos juntos nos introducimos en la estación para esperar el primer tren del día y dirigirnos hacia al aeropuerto, dispuestos a evitar el desastre que iba a caer sobre nuestro día, por lo menos intentarlo. Por suerte, el tren paraba en el mismo lugar, y con la bicicleta a cuesta, nos subimos a la superficie, ya que estábamos bajo tierra, en busca del lugar dónde iba a entrar nuestro condenado. Nos fuimos al terminal de llegada y nos encontramos con un montón de personas en el lugar. Miles de periodistas, con sus cámaras de fotos y video, charlando entre ellos; los miles de políticos mediocres que le esperaban para darle la mano, junto con empresarios y otro tipo de gente importante; nos dejaban claro que Coppola era un hombre realmente importante.

Le pregunté a algunos de ellos si sabían cuándo iba a llegar y me dijeron que eran dentro de unos treinta minutos, mientras Vladimir miraba su móvil y comprobaba que eran las ocho menos cuarto. Al final, pasaron una hora y media y todos nos preguntábamos qué había ocurrido. Al llegar las diez, se supo que el avión tuvo problemas técnicos y paró en Seatle, borrando mis temores de que habían matado a Coppola con todos los pasajeros del avión con una bomba o algo así. Si no fuera porque estaba con mi Vladimir, no podría haber aguantado como pude, ya que hablar con él se me hacía pasar las horas volando. Mientras se esperaba la llegada de ese maldito cacharro, vi al otro lado de la terminal, a dos niñas, una de ellas la reconocí rápidamente, a pesar de que hacía años que no la había visto.

Mi familia, tanto mi tío como mi propio padre, han estado al servicio de la política. Por eso, yo de pequeña he estado en fiestas de gente importante y en uno de ellos aparecieron los más poderosos de la Cuidad de Springfield, los Von Schaffhausen y me relacione con su hija. De orígenes alemanes, llegaron a América hace siglos, y se dedicaron en asuntos políticos y en miles de negocios, llegando a ser muy influyentes. Ellos hicieron todo lo posible para que Shelijonia cayera bajo las garras de los EEUU, tras la revolución rusa, así que no me caen muy bien. Solo la conocí una vez y con lo que había cambiado, no la pude reconocer al principio. No llevaba un parche en el ojo derecho y su comportamiento era muy diferente del que estaba observando en ese momento. Se mostraba fría, seria, demasiada madura para su edad e incluso sentí algo siniestro en ella. La niña que recordaba era una llorona, muy plasta, que se creía ser el ombligo del mundo y se le engañaba muy fácilmente, que yo me burlé de ella cruelmente y no me sentí muy orgullosa de eso. Sobre la otra chica solo me pareció una friki llevando un traje de sirvienta. Pensaba saludarlas pero pensé que les sería incomodo que le dijese hola una chica así de la nada.

― ¡Qué demonios! ¿Cuándo vendrá ese maldito? ― Me preguntaba en cierto momento, mientras me aguantaba, ya que tenía ganas de orinar. No pensaba moverme hasta que éste llegará pero, al final, me lo tuve que considerar y salí corriendo a toda velocidad hacia a los servicios. Me siguió Vladimir y tal vez fue en ese momento en que la carta, la que me encontré en la casa de Mao, se me cayó.

Perdí mucho más tiempo antes de volver a los asientos, ya que Josefina me llamó, preocupada, preguntándome por lo de lo que leyó en el google traductor. La tranquilicé diciendo que era toda pura mentira, después de todo no deseaba meterla en este oscuro asunto. Al final, cuando volvimos, yo y Vladimir, tras darme cuenta de que cayó la carta; para buscarla, observamos a la friki esa como estaba leyendo un papel. Al vernos, se puso nerviosa y se fue a otro lado.

― ¿Qué le pasa a esa? ― Eso me pregunté al ver su comportamiento, algo extraño, sin saber realmente lo que estaba sucediendo. A continuación, mientras nosotros buscábamos por todos los asientos dónde estaba la dichosa carta, la única prueba física de que le iban a matar. Esa Von Schaffhausen y la friki esa aparecieron detrás nuestra, dándonos un susto enorme cuando la rubia pronunció estas palabras:

― ¿Se te ha perdido esto? ― Al girar la cabeza hacia atrás de la sorpresa, la vi dándome un papel, que era nuestra carta le mostré mi agradecimiento:

― Muchas gracias, de verdad. ― Eso mientras cogía la carta y la leía, comprobando que era la nuestra.

― Me ha parecido muy gracioso. ― Eso me decía, mientras me mostraba una sonrisa algo extraña, ya que parecía una normal pero la sentía falsa; y también me puso intranquila ese comentario. ― ¿En serio? ― Eso mencioné, añadiendo risas nerviosas.

― Según dice esta carta, entregarán un millón de dólares a un tan halcón para que mate a un hombre hoy. ― Me dejó sorprendida, hasta pensé que ella era el cerebro de la operación, ya que lo dijo como si no fuera nada grave.

― ¿C-cómo? ― Me estaba asustando y mi mirada de alguna forma se sintió como si le estuviera incriminando.

― Solo sé alemán y eso está escrito en ese idioma. Más sospechosa eres tú, quién eres la que lo llevaba encima pero no creo que una niña tenga esas intenciones, así que, ¿adónde lo encontraste? ― No deseaba decírselo, ese habla inocente y normal de una niña de su edad, constante enorme con la actitud que noté mientras ella estaba sentada, se me empezaba a notar muy forzada y estaba sintiendo como si estuviera en un interrogatorio. Además, de que me molestó que me dijera “niña”, como si fuera inferior a ella. Al final, me quedé en silencio, algo que no le gustó nada.

― Solo te estoy preguntando dónde encontrarte eso, no es tan difícil. ― Me lo decía, con una falsa amabilidad que se notaba a kilómetros a la redonda y se veía que estaba muy interesada, demasiado para mi gusto. Por eso, me puse desafiante: ― ¿Y si no quiero decírtelo? ―

― ¿Por qué? Ya me sé su contenido, de todos modos. ― Me di cuenta de que estaba apretando los puños, mientras mantenía esa actitud que cada vez se volvía más evidente de que era pura fachada.

― ¿Sabes que la curiosidad mató al gato? Por eso, creo que deberías olvidarte de esto. Tal vez, ni siquiera es real. ―

Eso agregué, intentándola convencer que me dejará tranquila por las buenas, porque no quería decírselo; y saltó de una manera que me sorprendió.

― ¡Tú eres la gata entrometida! ― Eso me gritó, con gran furia y la muy niña me cogió del cuello, con una violencia que nunca vi, mientras veías sus ojos inyectados de sangre. Entonces supe que ella era la cabecilla de todo esto, ya que lo que me hizo, para mí, era una prueba muy evidente.

― ¿Qué haces niña loca? ― Le grité, cuando ella se dio cuenta de que me estaba ahogando, y la tiré al suelo.

Inconscientemente, salí corriendo como nunca de allí, siendo seguida por Vladimir, quién me preguntaba preocupado, si estaba bien; al alcanzarme.

Me sentí bastante avergonzada, ya que una simple niñita me atacó y yo cobardemente escapé. Por eso volví a la terminal para preguntarle que por qué hizo eso y me encontré con la misma muchedumbre agitada y nerviosa, rodeando a un hombre bien vestido, al que le hacían preguntas sin parar. Me acerqué, olvidándome de esa chica, para saber qué pasaba y entonces, supimos a través de sus palabras que antes de aterrizar el avión, George Coppola murió con un ataque al corazón.

― ¡Esa maldita niña! ― Eso dije encolerizada, al oírlo. La busqué por todos partes y la encontré mostrando una sonrisa muy siniestra, alegrándose de la muerte de aquel hombre. En ese momento, no tenía duda de que ella quería eliminarlo y me dirigí a por ella.

― ¡¿Lo has matado, has matado a Coppola!? ¿A qué sí? ― Le gritaba mientras la cogía por la camisa. Ella me miraba, sin miedo a mi cara enfurecida, y me decía una tranquilidad anormal y con el aura de la victoria esto:

― Oye, no te alteres, el pobre murió de un ataque al corazón. Ha sido natural, después de todo era alguien anciano. ― Tuve que soltarla al ver que decía la verdad, o eso me parecía. Me sentí muy impotente, ya que sabía que ella quería matarlo y la naturaleza la ayudó. Al final, la puñetera había salido con la suya. Y se fue de la terminal, con esa friki y otro familiar que estaba con ella, triunfante y con cara de desprecio y burla hacia a mí, que nunca olvidaría en vida, ya que me hizo enfadar más de lo necesario y me tuve que sentar para tranquilizarme.

― Por lo menos, no ha habido un asesinato en pleno Día de Shelijonia. Así que, todo ha acabado bien. ― Eso me decía Vladimir para consolarme, tras traerme un refresco que compró. Mi intención era realmente evitar que un magnicidio ensuciase nuestro festival y en cierta forma eso se evitó con el viejo muriéndose antes de tocar a tierra. Era una broma de mal gusto, un humor negro muy desagradable para mí.

― Tal vez… ― Abrí el refresco con violencia, aún tenía rabia dentro de mí. ―…pero, entonces, ¿hemos ido a aquí para nada? ¡Qué rabia, me da! ¡Todo lo que he liado para nada, incluso nos vamos a perder las fiestas! ―

Empecé a mover los brazos para arriba y para abajo como una forma de soltar mi frustración. En aquel entonces, eran las dos y media de la tarde, y en una televisión, situado sobre una plataforma elevada en una esquina del lugar, estaba empezando a salir la transmisión del festival del Día de Shelijonia de nuestro Springfield. Vladimir lo vio y me avisó, llevándome ante él, ya que yo no tenía muchas ganas. Pero al ver la cantidad de personas en la plaza, esperando la inauguración, me alegró el corazón.

― Espero que el de este año supere a todos los demás. ― Eso dije feliz, hablando más de lo necesario. Ya que, entonces vi a Lafayette, que me había olvidado que estaba a cargo del discurso, y se me hizo un nudo en la garganta. Recé a Dios para que no metiera la pata, mientras la veía de pie, incapaz de decir algo durante un minuto o más. Todo fue en vano, cuando soltó su dichoso discurso.

― Queridos, queridos y asquerosos comunistas. Me refiero a vosotros, putos shelijonianos, capullos que se creen ruso, aún cuando ni siquiera sois humanos. Ustedes soy el cáncer de esta isla, de este lugar llamado los gloriosos Estados Unidos de América, los únicos con derechos a gobernarnos y tener en sus manos vuestras miserables vidas. Los useños somos los únicos que nos merecemos este lugar, mientras ustedes solo sirven para vivir en la pura mierda. Sois peores que los nazis y… ¿extraterrestres? ¿Qué mierda es esta? ― Tiró lo que estaba leyendo al suelo y lo pisoteo sin parar. ― ¿Qué importa? ¡Muerte a Rusia, al comunismo, muerte a los shelijonianos! ¡Viva los Estados Unidos de América! ― Gritó como loca y poniendo cara de burlas hacia al público.

Hubo un silencio descomunal antes de que se desatara el caos. Yo, Nadezha, solo pensaba en mil y unas formas de matarla, y el odio y el rencor se apoderó de mí. Solo recuerdo que la sangre me ardía y una furia incontrolada me dominó, antes de gritar su nombre, deseándola una muerte lenta y horrible. ¡Nos insultó! ¡Realmente a mí y a todos los shelijonianos, no tenía perdón, de ninguna manera! ¡Y aún ahora, solo pienso en matarla, ahorcarla, ahogarla, despellejarla, destruirla, quemarla viva! ¡Y no solo yo, todos los que la oímos, tanto por televisión como en vivo, enloquecimos! En el mismo aeropuerto empezaron a romper papeleras, a golpear extranjeras y en ciudades y pueblos la gente se alteró y provocaba más que disturbios y caos! ¡Se impuso el estado de emergencia en más de veintes lugares e incluso se considero, en algunos, poner toque de queda!

― ¡La voy a matar, la voy a matar, la voy a matar! ― Eso gritaba, mientras cogía mi bicicleta y me dirigía hacia Sprigfield así, junto con mi Vladimir. No sé cuantas horas pasaron, pero al llegar a casa, yo dejé a mi novio en un lugar seguro y me decidí hacer una búsqueda para encontrar a Lafayatte, con la intención de enseñarle lo que somos capaces los shelijonianos cuando nos insultan.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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