Decimocuarta_historia

Sobre conspiraciones y festivales que acaban en pura anarquía, tercera parte, decimocuarta historia.

¡Nunca, en mis catorce años de vida, había corrió tanto para salvar mi vida! Y no era para menos, porque una estúpida multitud, gente sin cerebro; me perseguían como si fuera una puta bruja. No he podido encontrar en dónde esconderme, porque esos miran por todos lados, buscándome para dejarme destrozada. Como siempre, todos me echarán la culpa y me dirán que es mi merecido, pero yo no fui, la culpable fue otra, una niñata con nombre de Sasha Rooselvelt, a quién deseo en este momento sacarle las tripas. Yo, Marie Luise Lafayette, os lo voy a contar con pelos y señales, esta estúpida historia. ¿Qué no te interesa? ¡Pues jódete, porque te lo contare, sí o sí!

Todo esto empieza cuando un aburrido y normal lunes, al solo haber empezado la semana, tuve que contestar una llamada, que, ahora mismo, desearía haber ignorado hasta el final. Yo al principio, no le hacía caso, estaba acostada en el sofá con un humor de perros. Hacía tiempo que acabé en otra casa, después de que nos embargaran la nuestra. Mi despreciable madre convenció a su “novia” de que nos dejara estar en la casa de sus padres y, hasta me escapé, para no quedarme vivir en ella.

― ¡Oye, Marie, tu abuelo te está llamando, sin parar! ¡Deberías contestarlo! ― Aquí estaba una de mis razones para quitarme del medio del lugar, Sally McGargle.

Al principio parecía la niñita buena de la familia, la de que todos estaban orgulloso, pero, a pesar de que siempre le guste actuar como una, es igual de hija de puta que yo; odia a todos y sobretodo a mí, ya que le hice unas cuantas jugarretas y descubrí algunos secretos enfermos de ella, como que lleva una relación incestuosa con el mediano de la familia. Sobre su físico, era delgada, tenía un año menos que yo, es una enana, tiene pelo moreno que apenas le alcanzaba para cubrir su cuello. Llevaba el uniforme de su escuela, que, a pesar de ser católica, las faldas negras que usaban apenas llegaban a las rodillas. En sus piernas llevaban medias, también llevaba un sombrerito y una camisa, los dos tan blancos como la leche. Cuando pensé que se había marchado a su colegio, volvió a aparecer para decirme que es importante y que debo contestarlo, a toda cosa. Esta fue mi respuesta:

― ¡Qué se joda el viejo! ― Así es como me importaba ese anciano, como una mierda pinchada en un palo.

― Pobre hombre… ― Entonces, empezó con sus tonterías. ― A pesar de que llamó para decirle a su nieta algo tan importante, ésta le ignora como si fuera basura. Es normal, después de todo, eres una sanguijuela. ¿Por qué no te mueres? Todos estaríamos mejor… ― Me estaban dando ganas de cerrarle el puto pico. ― ¡No me hagas caso, son tonterías mías! ¡Yo nunca te deseo la muerte ni nada de eso. ― Y luego, viene su molesta ironía, que me hartó y me levanté el sillón, con el puño en alto, para destrozarle la cara en tres mil pedazos. Esa desgraciada tenía que taparse la boca, porque en privado, reconoce que no soporta a sus queridos abuelos y que desearía que se murieran de una vez.

― ¡No intentes acercarte! ― La perra sostenía un cuchillo, y estaba enseñándomela. ― ¡Sé buena niña, cómo yo! ― Podría saltar encima de ella, quitarle el cuchillo y apuñalarla, pero no quería ensuciar el bonito salón, además de que nunca saldría de la puta prisión. Por eso, bajé las manos y me dirigí al teléfono, no sin antes darnos mutuamente miradas de odio y desprecio.

― ¿Qué quieres? ¡No tengo todo el día! ― Eso dije, cuando cogí al teléfono, a mi abuelo; mientras la idiota de Sally me decía, con burla además, que no hacía nada, ni siquiera iba al instituto.

― Por fin, te tengo una noticia muy importante que decir, nieta. ¡Vas a ser la niña que inaugurará con un discurso el desfile del Día de Shelijonia! ― Eso me lo dijo con una inexplicable alegría, mientras me dejaba con cara de traumada.

― ¿Q-qué mierdas estás diciendo? ― Le grité por si eso que escuché era falso y no me meta en una estupidez pero estas palabras lo confirmaron: ― Lo que has oído. ―

― ¿Cómo lo has hecho, sin mi permiso? ¡Me voy a negar, no voy a participar en esta estupidez! ― Ni muerta quería hacerlo y con la perra de Sally  diciéndome, para fastidiarme, que siempre hacía lo que me dé la gana sin el permiso de nadie. ¡Qué ganas tenía de pegarlos, al vejestorio y a la zorra incestuosa!

-¡Cosas de política, ya sabes, Marie! ― Le dije que era puto. ― ¡Si hace eso, podemos evitar que vaya a un reformatorio de menores! Me han amenazado con llevarte ahí… ― Entonces, me enteré que me iban a meter en una cárcel para niños y eso me enfado mucho más.

― ¡Ni una mierda me van a llevar a un reformatorio! ¿Quiénes son? ¡Les voy a quemar los coches, y el tuyo! ¡¿Me oyes!? ¡¿Eh, eh!? ― Le grité todo lo que podría, para romperle los oídos pero el muy canalla cortó la llamada y la otra se quitó del medio.

Así, yo tuve que tener el honor para tener que hacer un discurso de mierda para inaugurar un festival o una cabalgata en honor a don nadies, o si no me iban a llevar a chirona. No hice realmente nada hasta el viernes, olvidándome de eso hasta que un programa de televisión cutre, me lo avisó.

― ¿Saben que mañana es el Día de Shelijonia? ― Eso lo decía un gafotas, tan feo como el culo, que estaba en el plató de televisión; a otro y yo le dije que me importaba una mierda, mientras lo observaba, acostada en el sofá.

― Oh sí, me encanta. Las plazas llenas de gente, comida a reventar, teatro, el discurso… ― Esas palabras, de otro subnormal, me hizo recordar.

-¿Discurso?- Eso decía yo, repitiéndolo unos cinco veces, poniendo caras raras. ― ¿Por qué me suena tanto eso? ― Entonces lo recordé, y grité:  ― ¡La gran puta que me parió! ―

Pensé llamar al abuelo para que hiciera el discurso pero nada; busqué a mi madre y se negó, diciéndome que su nuevo corte de pelo era mucho más importante que escribir eso, por la bonita cara; ni la perra incestuosa ni sus hermanos y padres me quisieron atender. Así que me fui a casa de Mao para obligarle pero me encontré con la idiota de Nadezha y me arrepentí de haber ido ahí. La albina quiso ayudarme, pero después de lo que me hizo, al enterarse que me importaba una mierda la vida de un idiota llamado George Coppola, ni muerta la iba a dejar. Así salí de ese sitio, radiando de rabia y con ganas de quemarlos a todos. Entonces, es cuando vi a lo lejos, una cosa rara que me estaba mirando. Una niña con ropas normales, un pantalón vaquero y una camiseta de manga larga con la imagen de una ciudad y de color verde; pero llevando la cabeza de una mascota de beisbol, un oso, parecido a los amorosos esos, pero mucho más feo; o eso parecía.

― ¿Qué quieres de mí? ― Eso le grité cuando estuvimos un rato mirándonos fijamente y me harté. Me ponía enferma esa cabeza de oso, sentía de ella una atmósfera un poco siniestra mezclado por lo absurdo que se veía.

― ¡Geeeneeraal Laaafaayeettee! ― Reconocí esa voz. ― ¡Haa llegado tu horaaa! ― Era esa idiota molesta de Sasha, y pensándolo bien, era la única subnormal que haría eso. Me tenía que haber ahorrado todos esos cientos de pensamientos sobre ella, qué estaba haciendo, qué hacía ahí, por qué es tan gilipollas; solo era más que puro dolor de cabeza.

― ¡Deja de hacer la estúpida! ― Le grité, pero ésta siguió, actuando.

― ¡Me haaan invooocado los espiiriituuuus! ― Eso decía con la voz más subnormal posible que tenía y le avisé muy clarito, que si empezaba con hacer algunas de las suyas, no la iba a aguantar: ― ¡Si sigues con esa mierda, te mandaré al otro barrio, después de hacerte una tortura lenta y dolorosa! ― Para mostrarle que mi amenaza era real, destrocé un papel que saqué de mi bolsillo. ― ¡Eso te ocurría a ti! ¿Entendido? ―

― ¡Qué mal genio, tienes General! ― Lo mencionaba como si yo fuera la molesta, poniendo sus brazos en postura de que no tienes remedio. ― ¡Y yo qué he venido a darte la solución de tus problemas, tengo la persona indicada para hacer ese discurso! ― Me quedé boquiabierta, preguntándola cómo sabía eso, pero la muy perra no me lo quiso decir.

― ¡Han sido los espíritus! ― Al escuchar eso, no dudé. Fui a por ella, la cogí del cuello y le amenacé con darle la paliza de su vida si dejará de hacer sus tonterías. Solo dijo que vale y me tranquilicé y le pregunté, a continuación, que cuál era la solución a mi problema.

― ¡Mi hermana mayor, te ayudará! ― La solté y me alegré, porque esa chica, parecía de esas tontas ingenuas que ayudan a cualquiera. Todo el enfado que tenía se esfumó, y sin preguntarme que por qué me dijo eso, cómo lo sabía y otras miles de cuestiones, le dije que me llevará ante ella. Unas horas después, volvía a tener unas grandes ganas de matar a esa insoportable enana.

― ¡Estoy hasta el coño! ― Eso grité con toda mi alma, cuando pegamos por decimocuarta vez en otra casa que no era la suya.

Se estaba burlando de mi desesperación, llevándome a todos lados menos en su casa, siempre diciendo que ahí se encontraba su hermosa casita; y ya me tenía realmente quemada.

― ¿¡Lo estás haciendo a propósito, verdad, verdad!? ― Le gritaba con toda el alma, mientras la levantaba del suelo.

― ¡Cálmate, solo es que tengo problemas de orientación! ― Se le notaba en la cara que mentía, que solo lo hacía para fastidiarme. Lo que si estoy segura es que tenía problemas de entender las situaciones, ya que actuaba desocupada conmigo, como si fuera una idiota del que burlarse; sin tener en cuenta de que la podría machacar en cuestión de segundos. Al fin, cuando mi paciencia estaba al límite, pudimos llegar a su casa.

― ¿Está es tu verdadera casa, verdad? ― Solo se quedó mirando unos segundos, al decir yo la pregunta, y cuando quise repetirle lo mismo, me saltó esto: ― Solo los espíritus lo sabrán. ― Me tenían hartos esos putos fantasmas y le levanté el puño para romperle la boca: ― ¡Qué espíritus y qué mierdas! ¡Deja de joderme o haré que los acompañes! ― Obviamente, pensaba mandarla al hospital pero la muy puñetera se salvó cuando apareció su hermana y bajé la mano.

― ¿Sasha? ¿Qué haces con esto, de dónde lo has sacado? ― Ella, Malia, la hermana mayor de esa insoportable niña; apareció entonces y se acercó a nosotras y le sacó la cabeza del muñeco de beisbol. Llevaba el mismo atuendo que la Sasha.

― Hola, cuánto tiempo… ― A continuación, me saludó. ― ¿eras Lafayette, no? ― Me molestó escuchar ese horrible apellido, que era mía y era el que todo el mundo usa para llamarme. ¿Marie Luise es demasiado común para ellos o qué? A pesar de todo le contesté que sí.

Me dio envidia ver que ellas tenían casa propia, ni tan grande ni tan pequeña, de dos pisos, hecha de listones de madera y de color blanco; mientras que yo tenía que vivir en la casa de los padres de la novia de esa perra que es mi madre, por desgracia. Malia me invitó a su casa y a su cuarto, mientras regañaba a su hermana por hablar mal de su madre, sin motivo alguno y sin que la hubiéramos mencionado. Nos subimos al tercer piso y me encontré con una habitación muy cutre.

Solo tenía una pequeña e incómoda cama, un armario y una mesa de madera, de color azul claro y desgastado por el tiempo, y una simple ventana, apenas decorado. Ese era el lugar en donde dormía ésta. Nos sentamos y me preguntó la razón por la cual había venido yo. Me costó mucho explicarlo, ya que, por extraño que parezca, me avergonzó decirle que me ayudara a hacer un discurso para mañana, balbuceaba mucho.

― Lo haré con mucho gusto…  ― Eso me decía mientras se levantaba de la cama. ― Pero antes tengo que comprar. ¡Quédate aquí, no tardaré mucho! ― Al final, se me fue y si no fuera porque me dio unos cuantos libros para distraerme y preguntarme sí me iba a quedar a comer y qué me gustaría, pensaría que se quitaba del medio. Me quedé esperando en la habitación, porque bajarme sería encontrarme con esa pelmaza de Sasha pero, de todos modos, vino hacia ahí para fastidiarme.

― ¡Wow! ¿Qué haces aquí? ¡Este piso es solo para los blancos! ― Eso me dijo al asomar su cabecita por la puerta y me entraron, en cuestión de segundos,  ganas de callarle la boca, a puñetazos. Y luego vino la incomprensión.

― ¿Q-qué coño haces desnuda? ― Eso grité al ver que no llevaba nada de ropa, ni bragas. Estaba como dios la trajo al mundo y me demostró que no tenía ninguna vergüenza.

― ¡No lo ves, estoy mostrando mi encanto natural! ― Eso decía la muy pava, mientras ponía poses de supermodelos y yo le suplicaba que parase, que no quería saber nada de su “encanto natural”, además de insultarla, de que estaba enferma. Entonces, me tiró algo a la cabeza.

― ¿Q-qué?  ―Esa cabeza de chorlito le parecía muy gracioso tirarme sus bragas a la cabeza, ya que se moría de la risa, mientras yo gritaba del asco al ver lo que me mandó.

Luego, añadió: ―Por cierto, esas bragas llevan una semana sin lavarse. ―

Fue lo más traumático que había sufrido en años, porque me puse a chillar como una loca e iba corriendo al cuarto de baño para quitarme, con jabón o lo que sea, los gérmenes, la mierda, el meado o cualquier cosa que tuviera sus asquerosas bragas. Casi me quedé afónica y casi me tragué alguna cosa no comestible, echando miles y miles de productos en la cara para eliminar cualquier rastro que dejó esa ropa.

― ¿Te lo estás pasando muy bien, General, le ha gustado mis calzones que solo llevo desde esta mañana? ― La muy perra incluso se atrevía a burlase, ya que no tenía suficiente, al parecer, con tirarme su ropa interior a la cara; mientras cerraba con llave la puerta del cuarto de baño. No tardé mucho en darme cuenta, después de estar un buen rato limpiándome la cara.

― ¡Eh! ¿Eh? ¡Malditas seas, perra! ¡Ábreme la puerta! ― Eso le gritaba cuando intentaba abrir la puñetera puerta y no lo podría. Lo que escuché al otro lado, aparte de risitas, era esto:

― ¡Han sido los espíritus, solo ellos te abrirán cuando tú te abrirás tu corazón! ― Ya me tenía negra con sus dichosos muertos y le amenacé sin parar, mientras intentaba abrir, sea como sea, la puerta. Llegué al punto de darle patadas y muy fuertes pero la muy puñetera era una de acero pintado de madera, solo así me explicaría cómo podría ser tan resistente. Al final, ésta me abrió pero de esta manera: Cuando yo me preparaba, y se lo decía, para hacerle un placaje a esa cosa, me abrió y choqué contra una pared, haciéndola reír más de mí. Mientras me recuperaba del dolor, ella bajó al primer piso y yo fui ahí, para atraparla y darle el palizón de su vida. Al entrar en la cocina me encontré con una sorpresa, muy desagradable.

― ¡Cerveza, Cerveza! ¿Dónde estás? ― Eso gritaba sin para una vieja, de treinta o cuarenta años, buscando como loca en un frigorífico casi lleno, y lo peor es que estaba desnuda, preguntándome si esta casa de locos estaban acostumbrados a estar así. Me dieron ganas de vomitar, llegando a punto de taparme la boca, porque observé fijamente la cantidad de celulitis y grasa que tenía, no estaba gorda pero no era la perfección. Y mientras yo estaba observando tal cosa horrible de la naturaleza, Sasha se me ponía atrás y preparaba sus manos para convertirlos en un proyectil directo a mi trasero y provocarme el mayor dolor que tuve en mucho tiempo. En serio, grité de puro sufrimiento.

― ¿Quién es esta negra, qué hace aquí? ― Como era normal, giró la cabeza por los chillidos y se sorprendió mucho de verme, parecía como si se pensaba que estaba a robarle o algo pero al final, darse cuenta que Sasha me hizo ver las estrellas se empezó a reír como condenada.

― ¿Qué te parece tan gracioso, vieja? ― Le grité de furia.

― Hey negra, soy tan joven como tú. ― Casi me daría risa, sino fuera porque estaba enfadada.

― ¿Entonces está ladrona tiene treinta y cinco años? ― Mientras tanto, Sasha si se burló de ellos, mostrándose sorprendida de la manera más falsa.

― ¿¡Qué estupideces estás diciendo!? ¡No estoy robando a nadie! ― No dije que no lo era, porque he robado en establecimientos, pero no estaba para robar ahí y estas dos idiotas se le metieron en la cabeza que era una vulgar ladrona.

― Perdón, pero es la pobre cayó de la cama cuando era bebé y pues, desde entonces, no está bien de la cabeza. ― Eso añadió, mientras indirectamente estaba insultando a su propia hija.

― ¡Eres la mejor madre del mundo! ¡Has sido tan buena que fuiste capaz de venderme a aquellos hombres tan simpáticos de Tailandia, y cuando intentaste llevarme a Vanconver para dejarme en un internado sin volver a casa! ¡Ah, también, y esa vez que me pusiste en la calle a pedir comida, aún cuando no éramos pobres! ¡Y esa vez que…! ― Sasha no se echó para atrás y le empezó a decir cosas que me parecían muy exageradas.

― ¡Cállate, que le estás dando una falsa impresión a esta negra ladrona! ―  Ponía cara de cómo si todo eso era verdad y quería ocultarlo. ― ¡Aah, si no fuera por tu hermana, no estarías en esta casa! ¡Eso hubiera sido lo mejor para todos, incluso para ella! ― Eso le recriminó a su propia hija.

Entonces estaba en medio de un diálogo de besugos, acusándose mutuamente, con ironías y burlas, dejando claro que eran de todo menos normales y me recordaba a mi relación con mi madre. Por lo menos esta perra era más sincera, pero la mía supera toda la hipocresía, es capaz de decirme que me quería, y luego intentar dejarme en un internado o algo para no tener que soportarme; acusarme de que todo el dinero esté gastado para todas mis tonterías, cuando es ella la que se endeuda, y todo lo que he tenido ha sido, por parte de mi abuelo o robado. Y esta puta discusión me cabreó y decidí quitarme de ahí, o si no iba a explotar y dejarlas molidas a golpes. Me senté en el sofá, esperando que esa idiota de Malia volviera, y por desgracia, tuve que buscar el puñetero mando, y mientras la vieja se hartó de la enana y la empezó a perseguir.

― ¡Te voy a dar una buena! ― Eso le gritaba. ― ¡Con todos ese peso extra no me vas coger! ― Eso le decía con toda la burla.

No me dio tiempo a esquivarlas cuando aparecieron en el salón y fui atropellada por la vieja, que casi me partió las costillas, hasta oí un fuerte crujido en mi interior.

― ¡Gracias por amortiguar mi caída, saco de huesos! ― La muy capulla se atrevió a decirme esto, y me puse a insultarla y me hablaba de que debía estar tranquila, mientras le pedía que se levantara y no lo hacía.

La otra idiota, Sasha, se me acercó, se agachó y me empezó a mirar fijamente, para luego, decirme que me iba a recompensar por salvar a su madre, confirmándome lo obvio; y abrió una lata de cerveza para tirar todo el líquido en mi cara. Ésta al ver mi cara de enfado, se asustó y se dignó en encender la puta televisión. Así descubrí que tenían el mando, escondido en una puñetera caja fuerte, esto superaba todo el absurdo. Y lo peor no había venido, después de intentar quitarme la ropa, para estar igual en igualdad con ellas, o eso decía; tuve que sentarme en el centro, rodeada por nudistas.

― ¡No hay nada bueno por la tele, pero nada! ― Por lo menos, salvo el pequeño detalle de que estuvieran desnudas, se estaban comportando como personas normal. La madre estaba con la cabeza apoyada en su brazo mientras cambiaba de canal, sin parar.

― Todo en la tele es mejor que tú. ― Tengo que rectificar, casi normal. Me pregunté si Sasha y la vieja estaban siempre así, lanzándose insultos y comentarios sarcásticos. Era incluso peor que mi relación que mi madre.

― Tch, ¿para esto me sirve tele por cables? ― Eso añadió, ignorando a la idiota de Sasha, y estaba tan aburrida que se le encendió la bombilla de su cabeza. ― Ya sé que vamos a ver hoy. ― Me entraron escalofríos, porque esa vieja puso una sonrisa siniestra y rezaba para que esa Malia regresará a casa ahora.

― ¡Ahora os voy convertir en adultas de verdad! ― Entendí esa frase demasiado bien, porque nos puso un canal dónde salía el típico video cutre con la estúpida premisa de que un fontanero visita a una zorra y tienen sexo. Eso ya fue enfermo de su parte, no deseaba ver esas cosas.

― ¿Tienes paja en la cabeza, idiota? ¿No ves que eso es porno, y se lo estás enseñando a unos menores? ¡No sabes que eso es delito! ― Se me olvidó decirle de que se llamaba perversión de menores. A pesar de que le grité eso, la idiota me ignoró, que estaba demasiada cachonda.

― Si no te gusta el normal, te lo cambio. ― ¿Y qué es peor que ver a las cinco de la tarde un porno cutre? Porno cutre gay. La muy zorra, me puso a ver a unos maricones haciéndolo y me harté. Salté hacia ella, a por el mando, y mientras me decía que por qué le estaba haciendo, Sasha estaba cantando una canción infantil. La lucha por el mando fue feroz, yo se lo intentaba quitar de sus manos pero parecía que se había puesto pegamento.

Al final, terminó cuando una de las dos subió el volumen al máximo, escuchando los gemidos de gais a un volumen superior a lo permitido para nuestros oídos, y casi pensé que se nos iban a sangrar.

― ¡Oh, dios! ¡Os juró que si hacéis algo más, os mataré, os mataré sin compasión! ― Eso dije, al final. Por fin pudimos apagar la televisión, ya que rompimos el mando y estábamos medias sordas. Por otra parte, el salón quedó hecho un desastre, ya que para alcanzar el interruptor que estaba enchufado el cable tuve que tirar estanterías, que había dos o tres. Entonces, volvió Malia, quién al ver todo el caos que provocaron, les regañó fuertemente a la idiota de Sasha y a su propia madre.

― Tenemos a una invitada en casa, ¿y así es cómo vosotras os comportáis? ¿No podréis, por lo menos, tener vergüenza y compostura? ¡Hasta estáis desnudas, por el amor de dios! ― Eso les gritaba muy enfadada en la cocina, con esas dos en cuchillas, diciéndole una y otra vez que lo sentían. En vez de la hermana mayor parecía ser la figura materna, por lo que vi; y me alegré mucho, ya que se lo merecían por joderme, aunque esas dos no mostraron rastros de arrepentimiento.
― Perdónales a mi madre y a mi hermana, a veces, no saben lo que hacen. ― Me estaba pidiendo perdón, después de pedirme que volviéramos a su cuarto, y de que ella les castigasen a esas con recoger el salón. Yo solo dije que vale, indiferente, para que se callara. El rencor que tengo con esas dos nunca iba a desaparecer.

― ¡Creo que debo disculparme por dejarte sola con ellas! ― Eso me dijo a continuación, tal vez, al notar la frialdad de mi respuesta, que era bien obvio que solo lo decía por no escuchar.

No quería saber nada de esas dos, solo quería olvidarlas por un rato, y eso me pasó cuando vi que en la misma habitación había un montón de libros.

― Creo que todo esto nos ayudará, por eso he tardado tanto. La biblioteca estaba muy lejos. ― Esto me lo decía, sonriendo como si no hubiera pasado nada, mientras yo observaba qué eran esos libros. Todos hablaban del discurso, de Roma y de un tal Cicerón.

Sabía que todo era para lo del discurso pero me pareció excesivo, ni siquiera entendía que tenían que ver todo eso con nosotras.

― ¿Qué es todo esto de un tal Cicerón? ¿No te has pasado un poco? ¡Tampoco quiero hacer la declaración de la independencia o algo así! ―

Eso le pregunté y, entonces, Malia, se me puso a explicar un rollo: Que fue el orador por excelencia, gran retórico, que para hacer un buen discurso deberíamos usarlo como inspiración para el nuestro, o algo así. Eso sería el resumen, porque cómo me lo contó, no entendí casi nada, ya que me importaba una mierda, y me siguió siendo excesivo. Aún así no me resistí, ya que quería empezar de una vez el dichoso discurso y terminarlo de una vez. Así que nos pusimos manos a la obra.

Fue más complicado de lo que me parecía y pasamos toda la noche con ese dichoso escrito, pero, por raro que me parezco y a pesar de que me quería rendir a la mitad, disfruté, no sé cómo, pero así fue. Yo y Malia, estuvimos escribiendo y borrando frases, poniendo cosas que ni me importaba ni me interesaba, ni siquiera me acuerdo de que trataban. A decir verdad, todo el trabajo fue de ella, ya que solo me limité a escribir, aunque yo deseaba que hiciera eso por mí. ¿Cuándo habíamos terminado eso? Supongo que a las cinco o incluso las seis de la mañana. El esfuerzo valió la pena, porque nos quedó un gran discurso, que sorprendería al mismo mundo, al ver que yo los pronunciaría en público. Sentí, por primera vez, un sentimiento que llaman satisfacción, es decir, me sentía orgullosa de haberlo hecho. Si no fuera por esa perra de Sasha, podría haber iniciado este estúpido festival de forma diferente. Apenas recuerdo cómo era, tal vez, debería habérmelo aprendido de memoria. No sé cuando nos dormimos, pero al levantar mis ojos vi que ya era de día.

― ¿Q-qué hora es? ― Eso dije, tras bostezar y levantándome de la cama, preguntándome qué hacía ahí.

― ¿¡Qué horas es!? ― Entonces recordé que tenía que ir a la plaza principal de la cuidad, con nerviosismo y miré la hora de mi reloj, que estaba en la mesa.

― ¡¿Las tres de la tarde!? ¡Pero si es muy tarde! ― Grité como loca al ver eso, y rápidamente, olvidándome de que no estaba en mi casa, me probaba la ropa de Malia, que era más estrecha que la que yo uso, pensando que era mis propias vestimentas. Me costaba mucho ponerme uno de sus pantalones, ya que, aparte de quemarme pequeños, daba saltitos sin razón aparente, creando un espectáculo que hizo atraer a la idiota esa.

― ¿Te pasa algo, Lafayette? ― Entró Malia al cuarto, asustada y preocupada, con una aspiradora en sus manos. Estaba sudando ya que corrió las escaleras con eso.

― ¡Qué debería estar allí a las dos y algo, y son las tres! ― Eso le gritaba mientras rompía el pantalón que me estaba poniendo, a la vez que me quejaba de lo apretaba que estaban las bragas de Malia que me puse. Seguro que les parecerá gracioso porque os imagináis que estoy gorda, pero soy solamente mucha más ancha que ella.

― Pero si son las una menos cuarto. ― Entonces, descubrí con esas palabras de Malia, de que mi móvil tenía la hora mal.

Tras este despertar, me puse mis ropas de siempre y tras ser obligada a comer el desayuno, hecho por ella; y tras coger el papel del discurso, me despedí para dirigirme a mi casa a cambiarme, y luego, a la plaza.

― ¡Espero que te salga bien! ¡No, estoy segura de que sí! ― Eso me decía como despedida, dándome ánimos, antes de salir. No sé por qué pero sentí algo de vergüenza, no sé cómo, y le dije, fanfarreando, que no había nada de qué preocuparse. Fue la primera vez que alguien me gritaba “buena suerte” mientras me alejaba y eso se sentía muy raro, ya que no estaba acostumbrada a ese tipo de trato. Era la primera persona que me trataba bien en mucho tiempo y no estaba tan mal, después de haber sufrido solo amenazas e insultos cobardes. Incluso me puse de buen humor y pensaba que hoy iba a ser un gran día. Ahora me rio de eso, al ver que cómo ha terminado todo, ¿cómo pude ser tan ingenua?

― ¡Los espíritus te siguen, por todas partes! ¡Ya sea en el baño, o en la cambiador o cuando copulas con gatos! ¡Nunca escaparás de ellos! ―

La causante de que mi buen día se volviese en algo malo, me estaba persiguiendo, y estaba cantando como si fuera un ganso, molestando otra vez con los jodidos espíritus de los cojones. La ignoré, al principio, pero no aguantaba esos horribles sonidos y me giraba para decirle que se callara de una vez o que me dejara de perseguir.

― ¿Sigues con eso, no te lo había quitado tu hermana? ― Eso pregunté al comprobar, esta vez sin sentir sorpresa, que llevaba la maldita cabeza del oso de ayer. Al responder otra vez con los malditos espíritus de los cojones me perdí de su vista.

Al fin, tras perder el tiempo con ella, pude llegar al lugar en dónde se iba a inaugurar el dichoso festival. Estaba situado en la llamada “Plaza central”, situado un poco más al este de la estación de tren. Un lugar espacioso, con forma de cuadrado y cuyo centro estaba rodeado de estatuas y arboleda y un escenario de madera, con unas especies de camarotes, al lado. En este mismo lugar estaba el ayuntamiento y la oficina central de correos. Había mucha gente y además de que casi era imposible de andar, me entró un poco de vergüenza al decirles antes todos el contenido del discurso. Entonces, escuché la voz de alguien a quién no quería ver.

― ¡Hola, Marie! ¿Cómo estás, nieta mía? ― Era mi abuelo, por parte materna, un viejo gordinflón que tuvo la suerte de no estar calvo. Llevaba una chaqueta y pantalón, de color blanco, y me saludaba con su voz grave, mientras se tocaba la gran barba que tenía. Es el típico político corrupto que ha llegado a ser alcalde de la cuidad.

― ¡No quiero besos ni abrazos! ― Le avisé, cuando vi que venía hacia a mí con esas intenciones.

― ¡Vale, vale, que poca cariñosa eres, la verdad! ― Eso me dijo, al ver que le detenía con mis manos para impedir eso.

Entonces él me empezó a preguntarme todo tipos de cosas, las típicas que te lanza un abuelo y en todas le contestaba que me dejara tranquila. También me preguntó por la idiota de Sasha que, por desgracia, me encontró y estaba detrás de mí, con eso puesto en su cabeza. Mi respuesta era que, tal vez, era una niña con problemas mentales que se había perdido. Y luego, llegaron unos hombres que le estaban llamando, ni idea de quienes eran.

― ¡Señor Lafayette, ha ocurrido una desgracia! ― Les gritaban, muy nerviosos.

― ¿Qué ha ocurrido? ― Les preguntó todo preocupado, y esa gente se lo dijo al oído.

― ¡Qué se ha muerto Coppola antes de llegar a Shelijonia! ― Gracias a mi abuelo, el secreto se fue al garrete, que lo gritó con cara de sorprendido. Mientras le reprochaban que no lo tenía que decir en voz alta, ya que, por algo, se lo dijeron por el oído; yo me estremecí con oír esas palabras. Recordé lo que dijo Nadezha, de que iban a matarlo y yo pensé que eran tonterías suyas, pero al saber que está muerto, ¿ella tenía razón?

Me lo quité de la cabeza rápidamente. No sentí ninguna lastima por él ni nada parecido, a pesar de que podría haber sido mi abuelo, por parte paterno. Es más, recordé cosas que me ponían enferma y decidí alejarme de ellos a toda prisa, mientras la payasa de Sasha me decía que Coppola sueña mucho a la palabra española “copular”, que significaba tener sexo; y yo la ignoraba porque eso no me parecía nada gracioso. Entonces, tuve que encontrarme con Mao y sus amigas, y entre ellas estaba una con la que tenía especial rencor. Me vomitó encima y se fue de rositas.

― ¡Buenas tardes, gentecilla! ― Me acerqué para saludarles, ya que con sola mi presencia se ponían a temblar, y lo hicieron. Tanto la idiota hispana como la Alsancia esa, más aquellos rubios canadienses, se pusieron temblorosos con mi aparición.

― Se me olvidaba de que iba a estar por aquí… ― La única que no estaba así era la china, quién se puso delante y se puso a chulearme. ― ¿Qué quieres? ―

― Nada, solo quería saludar, especialmente a Alsancia. ― Dirigí una mirada asesina a esa maldita enana muda. Con eso me bastaba para decirle que es lo que le haría cuando estuviese sola.

― Has venido solo para fastidiar, veté de una vez a soltar tu discurso. ― Eso me dijo, y la notaba más alterada que antes, no por mí, sino por otra cosa, que seguramente sería una tontería.

Entonces la tonta de la hispana, a pesar de su temblequeo de puro terror, se puso a señalar a algo y decirme esto: ― P-por cierto, ¿q-quién es la que está contigo? ―

― ¡Soy la hada madrina del General Lafayette! ― La puñetera de Sasha, quién llevaba aún la cabeza de oso encima, destrozó el ambiente de terror que el miedo a mi persona había creado y se atrevió a tirarme una varita, que no sé de dónde salió, a mi cabeza. Todos se quedaron mirando, como si fuéramos un dúo de gente rarita y me llené de vergüenza.

― ¡Te voy a matar, te voy a matar! ― Le gritaba a Sasha, mientras ésta salía corriendo de mí, gritando que era mi puta hada madrina por los cuatros vientos, y con Mao y compañía quitándose del medio. Cuando la perdí de vista, recordé que faltaba poco para salir al escenario, soltar mi discurso y me fui a los camarotes.

Allí vi a un montón de gente, que eran los actores que iban representar la llegada de los rusos, tras soltar lo mío, y el organizador se me apareció, y me empezó a contar lo que tenía que hacer. Tuve que ponerme un traje, que era muy ridículo y antiguo. Creo que fue, en su momento, mientras me cambiaba la ropa, en que la idiota de Sasha aprovechó para intercambiar mi discurso con otro, que seguro que fue escrito por ella misma y con el propósito de arruinar mi mejor momento. Lo que si estoy segura es que se puso delante de la puerta del cambiador y empezó a molestarme de nuevo, mientras pegaba la puerta sin parar.

― ¿Quién es? ¡No ven que estoy ocupada! ― Eso le dije al idiota que me estaba molestando.

― ¡Los espíritus! ― Con eso, ya sabía quién era, Sasha: ― Tenías que ser tú, ¡deja de fastidiar! ― Hasta le di unos cuantos golpes violentos a la puerta para decirle que se fuera pero siguió con sus tonterías: ― ¡Somos los espíritus y estamos una encuesta! ― Ya me entraba ganas de meterle por el culo sus dichosos monstruos o fantasmas o lo que sea: ― Mandate a la mierda con tus encuestas. ― Pero no se iba, seguía hablando: ― Bah. ¿Por qué la criatura más hermosa del mundo, se digna a ayudar a la indigna General Lafayette? ― No entendí que quería decir esa idiota, era una pregunta sin sentido alguno y que me pilló de sorpresa.

― ¿Qué quieres decir con eso?  ―Le grité incomprendida, pero nadie me contestó y al abrir la puerta, vi que no estaba. Pero, por lo menos, me dejó, por fin tranquila, sin saber la jugada que me había preparado, mientras cogía el discurso que me había cambiado y que no me di cuenta hasta que subí al escenario.

Antes de descubrirlo, estaba muy eufórica, deseosa de dejarles a todos con la boca abierta, y sobre todo, a los que me conocían, que dirían aterrados, esa no es la Lafayette de siempre. En verdad, Malia fue la que hizo buena parte del trabajo pero pensaba que a ella no le importaría que me llevara todo el merito, y les tengo que decir que esos pensamientos me hacían poner mal, pero muy poquita. Así subí las escaleras, dando grandes pasos y con la cara más sonriente que jamás había visto, y me puse en el centro del escenario, delante del micrófono.

Todo eso se hundió en cuestión de segundos, cuando observé el discurso. Al leer las primeras palabras, descubrí que no era el que traje conmigo y me quede paralizada, poniendo una cara que parecían que estaba traumada. Miré el papel y luego a las miles de personas que me estaban viendo, algunos, en silencio, observándome; otros, hablándose; una y otra vez. No podría decirlo, porque su contenido estaba dedicado a insultar a todo mi público, en su propia cara. Si lo hiciera, ante esa cantidad de gente, se volverían contra para mí. Conozco a esta gente, y no se contienen cuando alguien los ataca. Pero no podría quitarme del medio, ya que estaba metida en el marrón y no tenía ninguna posibilidad de irme de ahí, de rositas, se enfadarían. En conclusión, estoy condenada, por mucho que tenga dos opciones, ya que tienen el mismo final.

Entonces, pensé quién había hecho, quién había intercambiado mi discurso, y no tuve más sospechosa que Sasha. ¿Qué quería ella realmente de mí? Porque no tenía sentido. Apareció por la cara, diciéndome que su hermana me ayudaría y durante todo el rato, estuvo fastidiándome sin parar. Y ahora va, y me intercambiaba el escrito que habíamos creados yo y Malia, juntas. Lo único que se me ocurría es que está idiota y no sabía lo que hacía.

¿Y qué pasa con Malia? Esa idiota me ayudó a crear un discurso que jamás podría haber hecho. Creía que me iba a aprovechar de ella pero, al final, ese no fue lo que esperaba.

Había hecho un gran esfuerzo, que iba a ser tirado a la basura. No debería importarme pero me dio cosa y me sentí como una mierda. ¿Esto es lo que llaman tener empatía?

Ese fue el colmo, me paré un momento. ¿Empatía, yo, de otra persona? ¿Desde cuándo me volví blanda? Esta no era Marie Luise Lafayette, en absoluto. Hace tiempo decidí no tener compasión de otros, ya que se aprovecharían de mí, como yo hice con Malia, y cómo dicta mi personaje, no debería tenerlo. ¿Quién soy? Una chica egoísta, inmadura, violenta y rencorosa, que le importa un pito los demás, con una madre hipócrita que solo le importa su propia y sola felicidad. Ese es el resumen de mi papel, en este mundo, y lo iba a hacer a lo grande.

Ya nadie iba a quedarse boquiabierto por verme pronunciar un discurso cursi, que imploraba la paz y la unión entre anglófilos y rusófilos, por una Shelijonia mejor. Si no iba a decir que era lo que se esperaba de mí, cuando les dijera uno, lleno de odio y de insultos hacía los shelijonianos.

Por eso puse una sonrisa diabólica, con una mirada ácida hacia los presentes, me encogí de hombros y cogí a lo bruto el micrófono para gritar a pleno pulmón este terrible discurso.

La reacción ante mis palabras me pareció muy extraña al principio. Solté todo eso y me miraban en silencio, callados, como si lo estuvieran asimilando. Entonces, estalló la tormenta. Miles de personas, hombres y mujeres, niños y adultos, adolescentes y ancianos; todos gritaron en una especie de locura colectiva y, como zombies enloquecidos, fueron todos a por mí, subiendo el escenario. Jamás sentí tanto miedo, casi me meo encima, y del terror, le eché el muerto a la china, quién estaba con sus amigas.

― ¡Serás hija de puta! ¡Yo no tengo nada que ver! ― Eso gritaba ella, mientras salía corriendo con sus amigos por una avenida, siendo perseguidos por unos pocos. Los demás se fueron a por mí, y tuve que tirarme entre la masa, entre patadas y puñetazos, para salir viva de milagro. Así fue como terminó esta horrible y fea historia, fin y punto.

FIN

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