Decimoquinta_historia

Prólogo de las Montañas del tesoro, decimoquinta historia.

En un día lluvioso de Noviembre, Alsancia-Lorena recibió un regalo, por un familiar suyo que hace poco los visitó, desde Italia. Fue despertaba de mala gana por su madre, quién le decía que había un paquete de correo expresamente para ella. Cuando lo abrió, vio que era una caja de música.

― E-es… ¿u-un recuerdo d-de S-shelijo-nia…? ― Eso intentaba decir extrañaba, al ver que su familiar le dejo una pequeña nota, diciendo que era un recuerdo de su último viaje, que era su visita a ella y a sus padres.

Observó primero el exterior de la cajita, vio que todo estaba pintando por imágenes de escenas que recordaban al Viejo Oeste. Blancos luchando contra indios, un oso siendo capturado, hombres ancianos preparando algún tipo de bebida alcohólica. Lo puso en su mesita de noche, con mucho cuidado y empezó a preguntarse si funcionaba o no. No quería tocarlo porque pensaba que podría romperlo pero, al final, su curiosidad superó eso y levantó la tapa. Y mientras soñaba una triste y melancólica melodía, ella observó que en la parte inferior de la tapa había algo muy raro.

― ¿U-un ma-ma-mapa? ― Eso dijo Alsancia cuando llevó un buen rato observándolo, y parecía que era algo así, con sus símbolos y sus itinerantes. Intentó preguntárselo a su madre, quién estaba ese día de muy mal humor; pero provocó una serie de enredos que el narrador no desea contar. Tras eso, rápidamente se olvidó de la existencia de aquella cajita hasta llegar el mes de diciembre, en la primera madrugada.

Se despertó, en mitad de la noche, muy alterada. Estaba sudada y su corazón estaba a mil, todo por culpa de unas terribles pesadillas. A continuación le entraron ganas de ir al servicio. Fue tan repentino y tan urgente que ella salió corriendo de su cuarto, sin encender las luces.

A pesar de las prisas, perdió mucho tiempo debido a que chocaba con todo tipo de cosas. Al final, pudo llegar, y al buscar el interruptor de la luz del baño con desesperación, tiró algo de cristal al suelo, rompiéndose éste en mil pedazos. El ruido fue tan fuerte que despertó a todos.

Esa cosa que tiró fue una colonia muy cara, procedente de Venecia, y muy querida por su madre, que decía que detrás de eso tenía una historia. Para su sorpresa, que pensaba que la iba a matar por haber hecho eso, le perdonó.

Al final, se sintió tan culpable por eso, que hasta tenía pesadillas con esos momentos. Estaba muy triste, porque había destrozado algo que su madre apreciaba, que a pesar de las múltiples peleas que tenían la quería. Aunque, en realidad, ésta no le dio ninguna importancia aquella cosa que rompió Alsancia. Decidió, entonces, reparar su error y regalarle la colonia que había roto. Pero había un problema: ¿Cómo podría conseguir el dinero? No podría trabajar, debido a su horrible salud, y quería evitar a toda costa, pedirle dinero a alguien. Luego, encontró la solución perfecta para ella, vender una de sus cosas y recordó en aquel momento que tenía aquella cajita de música. Lo siguiente, fue ir a la tienda de Mao para pedirle un gran favor.

― ¡Ya veo! ― Eso decía Mao, mientras leía lo que le ocurrió a Alsancia, a través de una pequeña nota que ella escribió, porque era incapaz de contárselo por palabras. Estaban en su salón, los dos sentados en la mesa.

― ¡Lo haré encantado, no te preocupes! ― Eso decía, intentando dar confianza. ― ¡Además de que se venderán rápido, en Shelijonia, la gente adora estas cosas! ― Observaba la cajita, viendo que esos dibujos, que databan de la época colonial rusa de la isla, la harían muy codiciada.

― ¡G-gracias! ― Eso le exclamó Alsancia, cabizbaja y en voz baja.

― ¡Eres una buena chica! ― Eso añadió Mao a continuación, quién le tocó la cabeza y Alsancia se puso más roja de la estaba, intentándole decir que no lo era, en absoluto, pero no le salían las palabras.

Entonces, Mao le dio unos setecientos dólares a Alsancia por la caja de música y cerró el trato, tras pedirle a Clementina que les trajeran unas mandarinas. A la hora siguiente, tras llevar a Alsancia a su casa, puso en venta aquella cosa por mil dólares.

Hasta el diez de ese mes estuvo en las estanterías, cuando a las cuatro de la tarde, entró una visita inesperada, que lo hizo de una manera muy bruta, mientras Leonardo se quejaba del frío que hacía en la tienda.

― ¡¡Bienvenido…!! ― Eso le dijo al nuevo cliente, que iba como un esquimal, y cuando se quitó la capucha, gritó de horror y sorpresa al ver que era Lafayette. ― ¡¡Q-qué sorpresa, verte por aquí!! ― Estaba muy nervioso. Ella le miró de una forma aterradora, cuando escuchó esas palabras.

― ¿¡Pensaba que no ibas a verme!? Por desgracia, para ti, he vuelto, y para mí, que no deseaba volver por aquí. ― Eso le decía de muy mala gana, mientras ella miraba las estanterías. Leonardo quería preguntarle por qué había venido a la tienda si no quería pero no se atrevió, mientras Lafayette, insultaba, uno por uno, cada artículo del lugar.

― Y yo que pensaba que te hubieran metido en un reformatorio. ¡¡La justicia es un asco!! ― Esas palabras eran de Mao, quién salió hacia su tienda para que pasaba y vio a la misma Lafayette, a quién creía que le cayó una buena por lo que lió en Octubre, en el día de Shelijonia.

― ¡Pues la historia ha sido muy distinta! ¡¿Qué te crees, qué me iban a meter en tal lugar, solo por soltar aquel discurso lleno de odio!? ― Eso le soltaba Lafayette, mostrándose desafiante hacia Mao, y ocultándole el hecho de que si no fuera por su abuelo, ella perdería el juicio y le hubieran mandado ahí. Ni aún así, estaba a salvo, ya que tenía que usar un gran abrigo gris, que le llegaba a las rodillas, con capucha incluida; para que nadie la viera y no le dieran una paliza.

― No te pongas muy chula, por favor, o si no vuelves a pasar por aquí. ― Eso le dijo Mao, harto de escucharla. ― ¿Qué haces aquí? ―

― Soy tu cliente, y te quiero comprar algo. ― Lo soltó con todo el desprecio del mundo.

― ¿Y por qué, de repente, vienes a mi tienda, para comprar? ― Mao quería entender su repentina aparición, pero ella lo desvió, insultándolo.

― ¿Por qué eres puta y tu coño lo disfruta? ― Le insultó, y en vez de replicas, vio que se puso a reír, ya que a Mao eso le pareció cómico, porque era realmente un hombre, no una mujer; y por tanto no tenía vagina.

― ¿De qué ríes? ― Le extrañó mucho ese comportamiento. ― No importa, ¡te compró esa mierda! ― Mejor pasó de eso y le señaló la caja de música, además de otras cosas más para comprar. Mao, se quedó pasmado, aún más de lo que estaba.

― Son cinco mil trescientos cinco dólares. ― Le dijo eso, cuando Lafayette le preguntó cuánto costaba todo eso. ― ¿De verdad tienes todo el dinero? ― Y ella sacó un montón de dólares, tantos, que Mao empezó a sospechar.

― Dámelos, por favor. ― Lafayette se lo dio, y empezó a contarlos y a mirar, fijamente, por si eran dólares falsos.

― Todo en orden. ― Eso le dijo Mao, al comprobarlo.

― ¿Qué esperabas, qué fueran falsas? ― Eso le preguntó Lafayette, con mucho desagrado, a Mao.

― Algo así. ― Eso le contestó, intentando pensar de dónde los sacó. Lo que no sabía es que Lafayette, encolerizada por culpa de su madre, decidió robarle todas sus tarjetas de créditos y sacarle todo el dinero que ella guardaba y gastarlos en mil y unas tonterías. Y tras coger varias bolsas de basura, ya que Mao no tenía de otro tipo, para meter los artículos que se llevaba; se fue de la tienda, provocando un gran alivio en el lugar. Al día siguiente, recibió a una Alsancia muy avergonzada, quién le explicó, a través de una nota, que quería que le devolviese la caja de música.

― ¡P-perdón! ― Le decía titubeando Alsancia, cuando vio que Mao leyó la nota.

El día anterior, su madre le preguntó por la caja que vendió hace días, y cuando se enteró lo que había hecho, se puso como una furia.

― ¡Esa cajita era para unos tíos de Sicilia, no para ti, y va y lo vendes, serás idiota! ― Eso le gritaba su madre.

Entonces, Alsancia entendió porque le mandaron esa caja de música: Se equivocaron de dirección y la mandaron a ella, aquel recuerdo que había comprado su familiar en Shelijonia.

Y asolada, volvió a la casa de Mao para enredar su error, deseando no pedirlo, porque le daba cosa hacer eso después de ponerlo a la venta.

― Pues verás… ― Mao no quería decírselo. ― En verdad, ayer se ha vendido. ― Pero, al final, lo soltó.

Y si estaba muy triste, odiándose a sí misma por vender la caja de música; se puso peor cuando oyó que estaba vendido. Se decía a sí misma que era la chica más idiota del mundo, mientras intentaba evitar llorar delante de Mao y los demás. Y él, para consolarla, le mencionaba que la culpa era el de su familiar por equivocarse de dirección, que ella no tenía nada que ver, que hizo lo mejor que pudo. Todo fue en vano. Al final, Alsancia salió, sin ánimos de la casa, incapaz de decirle a su madre que fue vendido.

― ¡Ah, pobrecita, debe ser muy duro para ella! ― Eso le decía Clementina a Mao, al irse Alsancia. Sentía mucha pena por ella.

― ¡No puedo soportarlo! ― Eso exclamó Mao.

― ¡¿Eh!? ― Clemetina no entendió que quería decir.

― ¡Voy a recuperar esa caja de música, aunque me cueste la vida! ― No podría dejar las cosas así, dejar a Alsancia. Era demasiado para Mao verla en ese estado y entonces le gritó al techo y alzó la mano lo más arriba posible, jurando eso. Se le veía fuegos en los ojos. A ojos de Clementina, la pose que puso le pareció bastante guay, e incluso aplaudió.

― ¿Por qué aplaudes? ― Eso le dijo Mao, extrañado por verla aplaudir.

Por eso, al día siguiente, decidió ir la casa en dónde vivía Lafayette, aunque, antes de hacerlo, llamó sus contactos que tenía en la policía para saberlo. Al salir de su casa, se encontró con Josefina.

― ¡¿Mao, adónde vas!? ― Le gritó una Josefina, quién se le acercó a toda velocidad.

― Pues voy hacer una visita. ― Eso le respondió Mao secamente y esa respuesta molestó a Josefina.

― Oye, no me dijiste nada al respecto. Ayer te llamé, para preguntar si estabas en casa. ― Protestaba Josefina, inflándose las mejillas.

― Ah sí, algo así. ― Entonces, Mao, recordó que ella le llamó pero no se enteró de nada, porque no paraba de hablar y apenas la podría entender. Al final, le decía que sí por decir.

― ¿Y adónde vamos? ― Eso le contestó a continuación.

― ¿No me digas que me vas a acompañar? ― Mao no deseaba aguantarla, ya tenía de sobra con tener que visitar a Lafayette.

― Es tu castigo por dejarme casi tirada. ― Y eso le decía mientras Josefa le cogía del brazo y gritaba esto: ― ¡¡Adelante, adelante!! ― Mao suspiró.

Y tras mucho andar, llegaron a aquella casa, según la dirección que le habían dicho sus contactos; y les pareció muy extraña. Aquel hogar les parecía un cubo, de dos plantas, con ventanas de marcos de hierro; y una entrada llena de plantas trepadoras y con una enorme puerta de metal. Era demasiado blanco y moderno para el gusto de Mao.

― ¡¡Pues está bonita la casita!! ― Josefina pensaba lo contrario que Mao, a pesar de que le pareció algo extraña.

― ¿Ésta es la casa de Lafayette?― Eso dijo a continuación, tras escuchar a Josefina.

― ¡¿Ah, Lafayette!? ― Gritó Josefa, aterrada. ― ¡¿Por qué no me lo has dicho antes!? ― Se le quitaron todas las ganas y deseaba decirle a Mao que se quería ir, bien lejos y nunca volver; pero no podría hacerlo, porque, como amiga, no debería abandonarlo.

― De todos modos, da igual. ― Eso le decía Mao, mientras se acercaba a la puerta para pegar, y con Josefina poniéndose detrás de él con el miedo metido en el cuerpo. Escucharon a alguien decirles que ya iba, segundos antes de que abrieran.

― ¿Quiénes sois? ― Eso dijo la persona que las abrió y lo dijo con una mirada espeluznante que dejó en silencio, tanto a Mao como a Josefina. Era una mujer, con una piel blanca llena de estremecedores tatuajes y con un pelo de color negro, tan corto como el de un chico, que parecía toda una macarra. Su ropa, que desafiaba al propio frío, eran unos pantalones vaqueros azules, más una camiseta negra sin mangas.

― Pues, verás… ― Mao tuvo que decir algo. ― Estábamos buscando a una chica llamada Lafayette y parece que nos hemos equivocado. ― Creyó que habían terminado en la casa equivocada, ya que, según su lógica, debería haber gente negra, del mismo color que Lafayette. Y al decir eso, dio la vuelta para alejarse rápidamente de ahí, pero aquella mujer la detuvo.

― ¡Sí, ella vive aquí, ya va a bajar! ― Esa respuesta le sorprendieron aún más.

― La casa de Lafayette parece estar llena de matonas… ― Eso le decía Josefina a Mao en voz baja, para que nadie del hogar la escuchara, mientras se ponían a esperar.

Entonces apareció una mujer, que no era la Lafayette que ellos conocían, sino una totalmente distinta. Ni siquiera era del mismo tono de piel, que era tan blanco como la leche. Daba una imagen mucho más angelical que la chica de tatuajes. Llevando un simple pero bonito vestido blanco que le  llegaba a las rodillas y, al parecer, se estaba haciendo rulos con su pelo negro, con un cepillo en las manos.

― ¡¡Buenas tardes, niñas!! ¿Qué quieren de mí? ― Eso les dijo con un buen rollo.

― Perdón, perdón, estábamos buscando a Marie Louise Lafayette. ― Y eso le decía Mao, al ver que llamaron a la persona equivocada.

― Pero si esa soy yo. ― Josefina se quedó consternada, casi un shock. Era imposible para ella, que hubieran dos chicas con el mismo nombre y apellidos en la misma ciudad. Se quedó mirando a aquella mujer como si fuera un fantasma o una Lafayette de otro universo alternativo.

― ¿Pero qué…? ― Mao quedó, bastante consternado, pero no tanto como Josefina, entonces la mujer de los tatuajes intervino con estas palabras: ― ¿Buscan a su hija? ―

Así es como descubrieron, asombrados, que la madre de Lafayatte se llamaba igual que ella y era demasiada blanca para tener una hija de piel negra, pero lo hizo. Josefa se acordó de la pelea entre Nadezha y ésta, siendo llamada bastarda por la primera.

Por eso, lo entendió todo, mientras Mao se quedó pensando, intentando entender, y llegó a la falsa conclusión de que era su mamá adoptiva. Pero no era el momento de preguntarse esas cosas.

― ¿Saben dónde está su hija? ¡Necesito contactar con ella! ― Le preguntó Mao.

― ¡Ah, está desaparecida! ― Lo dijo como si no fuera nada grave, con una normalidad que espantó a Mao y a Josefina, y que molestó a la chica de los tatuajes.

― ¡No se preocupen! Ella está muy preocupada por su paradero, ¡nadie sabe dónde está! ― Eso añadió, intentando mejorar la imagen de ella.

― Ni siquiera me acordaba de ella. ― Está lo empeoró, diciendo tales palabras y al final, echándose a reír.

― Marie, tenemos que hablar. ― Eso le dijo la chica de los tatuajes, quién la llevó a la cocina, para explicarle unas cuantas cosillas.

― ¿Y nosotras? ― Mao no quería quedarse a esperar.

― Solo esperen. ― Al escucha esas palabras, Mao se levantó y subió las escaleras, para buscar la caja de música. Pensó que eso sería mejor, ya que no tendría que darle el dinero a Lafayette para que se lo devolviese. Josefa, al verla levantase, se fue con ella e intentó convencerla de que no entrase sin permiso en una habitación, cuya puerta estaba pegada un dibujo de una niña todo deforme, y que decía bien clarito que no entraran.

― ¡No te preocupes, todo estará bien! ― Eso le dijo Mao, mientras se introducía en el cuarto y le decía a Josefina que vigilase, pero ésta entró en la habitación, viendo como él buscaba como si fuera un ladrón.

― ¡¿Pero qué estás haciendo, Mao!? ¡Eso es delito! ― Exclamaba en voz baja Josefa, pero éste la ignoró, buscando desesperadamente aquella cajita de música.

― Si se entera, ya se los explicaré. ― Dijo Mao, mientras alguien las vio desde el pasillo y salió corriendo, para volver con un bate de beisbol. Ninguna se dio cuenta de que una chica estaba detrás suya, levantando tal cosa.

― ¡¿Qué estáis haciendo en mi habitación!? ― Eso les gritó, haciendo que esas dos giraran la cabeza. Josefina gritó y abrazó a Mao, temblando.

― ¡No estábamos robando, en serio! ― Eso le soltó Josefina.

― ¡Eso dicen todos los ladrones! ― Y eso le replicó Mao, quién pensó que esas palabras solo provocaban más sospechas.

― ¿Y no lo sois? ― Y eso les preguntó la chica, mientras alzaba, aún más, el bate.

― Te lo explicaré. ― Eso le dijo Mao, nervioso, intentando evitar que les dieran la paliza de sus vidas.

Al final, pudo hacer que esa chica llamada Sally bajará el arma y lo soltará. Le explicó, primero, mintiendo un poco, que vinieron por una cosa que Lafayette les robó. Ésta desconfió un poco y les preguntó la relación que tenían con ella.

Cuando le dijo que eran enemigas, tras presentarse; la actitud de esa niña cambió radicalmente. Se puso amistosa y contenta de conocer a alguien así, y más, cuando escuchó que era Mao, una de las chicas que más odiaba Lafayette. Le pidió ser amigas, olvidando el hecho de que hurtaron en su habitación sin permiso. Tanto Josefina como Mao se sintieron aliviados. Tras eso, Sally empezó a hablar con ellos, presumiendo lo buena persona que era y hablando de lo horrible que era Lafayette. Les explicaba, lo triste que se volvió la casa desde que su hermana trajo a su novia y su odiosa hija, y cómo ésta actuaba como si fuera una plaga, peor que todas las que devastaron Egipto. Y Mao le decía las múltiples barbaridades que ella le hacía y sus contantes peleas contra esa bestia inmunda. Al final, tras mucho charla, ella se acordó de que buscaban algo.

― ¿Y qué objeto os robó, esa? ― Le preguntó Sally a Mao.

― ¿¡Una cajita de música!? ― Al escuchar estás palabras, Sally exclamó una cara de rotunda sorpresa.

Entonces les contó el motivo de la desaparición de Lafayette, quién se fue en busca de un tesoro. Eso dejó a las dos chicas boquiabiertas. Y aún más, cuando ella encontró su mapa que se lo decía, dentro de aquella cajita. Y todo esto lo sabía, fingiendo que dormía mientras Marie hablaba en voz alta de todo eso, por las noches.

Al final, un buen día, en plena madrugada, se fue con ese objeto a las montañas y les terminaba diciendo que, tal vez, había muerto allí, intentando que no sé notará que estuviera feliz por ese desenlace.

― ¿Y tú sabes dónde se habrá ido? ― Eso le soltó Mao, tras terminar Sally de hablar.

― Pues no sé pero no paraba de repetir un pueblo de nombre muy raro, que era el primer paso para ir al tesoro. Creo que lo llamaba Serebryanayareka o algo así. ― Eso le dijo, y, entonces, Mao se levantó y le dijo, gracias por la información, lamentándose de que Lafayette no le paraba de causar problemas. Decidió personalmente irse en su busca, para recuperar la cajita de música y tal vez conseguir un tesoro.

Por eso, lo primero que fue al salir de aquella casa, fue ir a la biblioteca y buscar información sobre aquel supuesto tesoro y el nombre de aquel pueblo. No encontró ninguna información del primero, pero si del segundo.

Serebyanaya-reka, como aparecía en los mapas sobre Shelijonia, era un pueblo, que estaba cerca de una mina abandonada, y estaba a cincuenta kilómetros de otro cualquiera. Había una única carretera para acceder, y que tenía que coger la vieja que unía Springfield hacia Bolgolyubovl, y pasar tres o cuatro pueblos para girar, luego, hacia al sur.

Entonces, en los días siguientes, empezó a preparar una especie de expedición. Compró todo tipo de comida, aguas, mantas, herramientas y muchas más cosas. Para llevar todo eso y llegar hasta ahí, Mao alquiló el coche más barato que buscó, obligó a Leonardo a que participará, como el conductor del vehículo, ya que tenía carnet de conducir; y tuvo que dejar que Josefa se fuera ir con ellos, ya que ésta no le dejaba en paz. Deseaba ir a la aventura y le decían que era muy peligroso y no podrían llevarla, pero insistió tanto que no pudieron hacer nada. La última esperanza es que su mamá no la dejará ir, pero lo hizo, creyendo que su hija iba a estar una semana durmiendo con sus amigas. Tras el día de Navidad, ya estaba todo listo.

― ¿Crees qué este coche va a aguantar? ― Eso le dijo Leonardo, cuando observó el coche que había alquilado Mao. Estaban en una calle cercana de su casa, para poder aparcarlo, mientras metían todas las cosas.

― Esta cosa ha aguantando décadas, no te preocupes. ― Eso le respondía Mao, dándole pequeños golpes al capó, mientras Josefina intentaba hacer una bola de nieve con Diana, ya que estaban junto con su mamá, para despedirse de ellos.

― ¿Sabes, gerente? Estás muy rara sin su kimono. ― Eso le decía Clementina a Mao. Éste, cambió su look, poniendo un gran abrigo de color marrón, de piel de caribú, el mismo que usaban Josefina y Leonardo. Parecían esquimales.

― No soy la mujer de las nieves, yendo en kimono me moriría de frío. ― Y eso le replicó Mao. Entonces, Josefina divisó a alguien, que llevaba una gran chaqueta de color azul y que estaba corriendo hacía ellos. Supo, en enseguida, quién era ella.

― ¡Miren, miren, ahí está Alsancia! ― Eso le gritaba Josefina a los demás, antes de que la otra se cayera de forma torpe hacia al suelo. Mao, rápidamente, fue directo para ayudarla.

― Pero mujer, ¡no deberías correr, no es bueno para tu salud! ― Eso le decía Mao, mientras levantaba a Alsancia del suelo, y ésta, en vez de decirle gracias, sacó una hoja de sus bolsillos para que él lo leyera. Esto fueron sus palabras:

Gracias por todo esto, te lo agradezco. Me has ayudado mucho pero creo que ya has hecho demasiado. Fue mi culpa, venderlo, y, también, pedirte que me lo devolvieras. Esa caja no es nada importante para irte, en su busca, por las montañas. Olvídate de ella. Me sentiría muy culpable si te pasará algo allí, nunca me lo perdonaría. Por favor, desista en su viaje.

Mao rápidamente miró hacía Josefina, y ésta intentó disimular. Le ocultó el hecho a Alsancia de que se iban, para que no se preocupara, pero un pajarito se lo dijo.

― ¡No te preocupes, Alsancia! ― Le exclamaba Mao. ― ¡No debes temer, vamos a salir victoriosos, porque la fortuna nos sonríe! ― Levantó la mano hacia el cielo, señalando y mirando hacia alguna parte de éste. Intentaba quedar bien, pero una paloma que pasaba por ahí, hizo sus necesidades mientras volaba y sus heces cayeron hacia la cara de Mao, quién, después de limpiarse, maldijo sin parar a aquel pájaro.

Al final, Alsancia no pudo cambiar de idea a Mao, ya que éste no buscaba solo una caja de música, sino un verdadero tesoro; además de Josefina y Leonardo, y tuvo que verlos irse, junto con Clementina y su hija Diana. Se sentía inútil y muy enfadada consigo misma, por no evitar tal locura, mientras rezaba a todos los santos para que saliesen bien de esa aventura, con el reloj diciendo que eran las diez y cinco minutos de la mañana.

FIN DEL PRÓLOGO

Anuncios
Estándar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s