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La odisea hacia al dentista, decimosexta historia.

El miedo es algo natural del ser humano. Es una parte de nuestros sentimientos. Yo, tú, el vecino de al lado, todos hemos experimentado eso. Otra gran obviedad es que algunas personas son más miedicas que otras. Algunas en exceso, demasiado. Yo conozco a varios cobardes, pero hay una que supera a todos los demás. Y su nombre es Clementina Churchill.

Canadiense y rubia de nacimiento. De exuberantes y pesados pechos. A pesar de ser muy joven, tiene una hija cuyo padre desconozco. Ella, su hija y su primo viven en mi casa desde hace tiempo. Yo, Mao, los dejé que vivieran bajo mi techo a cambio de que trabajarán gratis para mí y fue un buen trato. Volviendo a lo que íbamos, ella es una chica tetona, muy, muy cobarde. Y buen ejemplo de esto, fueron los hechos ocurridos en un buen día de Octubre. Lo recuerdo cómo si fuera ayer.

En una noche fría de ese mes, mientras cenamos allá por las nueve, tanto yo, el narrador, como su primo notamos algo raro en ella. Cada vez que se metía la comida en la boca dada una muesca de dolor. Intentaba disimularlo pero eso estaba consiguiendo lo contrario. Al momento ya intuíamos lo que le estaba pasando.

— ¡¿Oye tú, tienes algún problema en los dientes!? — Eso le preguntamos, tanto él como yo.

— ¡¿Yo, Gerente!? P-pues…pues no…no me pasa nada malo. — Ella nos respondió con nerviosismo y rapidez, negándolo. Todos le miramos con una cara de incredulidad. Y se dio cuenta de que ya le era imposible poder ocultarlo.

— Pues sí… — Lo confesó. —…pero no es nada grave. — Mentía de forma muy obvia. — Solo me duele una muela. — Hizo un gesto para indicarnos que no era tan grave como parecía, pero se le notaba que le dolía mucho, incluso cuando hablaba. Leonardo lanzó un suspiro, al ver eso:

—  Pues viéndote comer, no parece una cosa muy leve. — Eso le dijo.

Ella, para convencernos, hizo otro gesto para indicarnos que no era tan grave de lo que parecía. El resultado fue el mismo.

—  Se nota mucho que te duele mucho, no importa cuánto intentes parecer que no. — Concluyó su primo, con una evidente cara de preocupación.

Yo, por mi parte, seguí comiendo a mi ritmo, mientras ponía a Diana junto con su madre para que le diese la tabarra, a ella y no a mí.

—  Bueno, no importa, primo. —  Eso decía mientras Diana le pedía que le cogiera en brazos y soltaba una risa muy nerviosa. —…seguro que me pasará pronto. — Y de ahí, siguió intentando comer, y con cada trozo de comida que se introducía, ponía muecas de puro sufrimiento. Su primo le decía que no se obligará a comer si no podría y a mí me estaba quitando el apetito.

— ¡¿A mamá le duele mucho!? —  Le preguntaba Diana con curiosidad, mientras la observaba cómo intentaba comer.

— N-no tanto. — Y eso fue lo que le respondió. Entonces, su querida hija, para comprobarlo, decidió tocarle en dónde más le dolía la boca. El grito que soltó Clementina fue espectacular, casi me rompió los oídos, y eso me hartó.

— ¡Uno no puede comer de esta forma! —  Yo gritaba encolerizado. —  ¡Mañana iremos al maldito dentista! — No iba a soportar más cenas como esa, si ella no se quitara esa maldita muela. Al oírlos, se puso pálida, se levantó y gritó con los ojos abiertos como platos, como si le habíamos arruinado la vida.

— ¿¡Al dentista!? —  Eso gritó.

— Sí, al dentista. — Le respondí, y a continuación, se quedó de piedra, y todos nos quedamos mirándola, algo sorprendidos de lo exagerada que fue esa reacción.

— ¡No importa! — Eso nos soltaba, nerviosa, tras salir de su bloqueo. — ¡Gracias por la preocupación, Gerente, pero…! — Paró de hablar, unos segundos, posiblemente por el dolor. Tras aguantarlo, seguía hablando.

— ¡Esto no es nada grave! — Reía nerviosamente. — ¡Puede que en pocos días se me quite! — Dio un chillido, por el dolor. — ¡No hace falta que iremos al dentista! —  Al decir eso, vimos cómo estaba sufriendo y se ponía la mano en el lado en dónde le dolía, manifiesto de que era muy bien grave, por mucho que mintiese. Todos la veíamos muy mal.

— ¡Pues a mí me parece que sí! — Eso le dije a continuación, mientras me levantaba del suelo.

Entonces, se abalanzó hacia mis piernas, sujetándolas fuertes, mientras me pedía sin parar esto:

— ¡Qué no, que no! — Gritaba desesperadamente. — ¡No me hace falta ir allí, por favor! — A Diana le pareció cómico, ya que no paraba de reír de su madre, y en cierta manera lo era, pero a mí me estaba molestando, y no era el único.

— ¡Prima, creo lo mismo que el Gerente! — Eso le dijo, mientras se levantaba del suelo. — ¡Debes ir al dentista! —

— ¡No, primo, tú también…! —  Lo decía como si él la hubiera traicionado, o algo peor. Su reacción, ya se había vuelto demasiado absurdo, para mí.

A continuación, me soltó las piernas, para levantarse y se quedó de pie, mirando al suelo; después de dar unos pasos hacia atrás, como si estuviese aturdida. Se quedó en silencio, para al final ponerse de rodillas y suplicarnos.

— ¡Por favor, Gerente, Leonardo, no me lleven al dentista! — Hasta estaba llorando. — ¡Eso no, por favor! — Me sentí mal, al verla perder su orgullo por solo no ir al dentista.

— Pero es el dentita. — Incluso su propia hija le parecía exagerado. — No tienes que ponelte así. — Le daba palmadas en la espalda para consolarla.

— ¡Por eso! — Nos decía mientras levantaba del suelo. — ¡Porque es el dentista! — Gritaba con horror. — ¡Allí es el lugar dónde te van a arrancar los dientes! — Sus ojos estaban como platos, como si allí tuvo un gran trauma. Entonces, se quedó temblando. — ¡Yo…yo….yo! — No terminó la frase, porque salió corriendo hacia el cuarto de baño y se encerró.

— ¡No voy a salir hasta que decidan no llevarme al dentista! — Todos, incluso Diana, nos quedamos boquiabiertos por su comportamiento, estaba actuando como una niña pequeña. No era la primera vez que le pasaba, siempre actuaba así, cuando teníamos que llevar el médico a ella o a su hija. Siempre le han dado miedo, y no sé la razón, pero cuando le entra eso se comporta fatal.

— Esto va a ser una cruz. —  Eso me dije, cuando vimos que ella también tenía fobia al dentista, mientras su propia hija me preguntaba esto:

— ¿A Mamá no le da vergenza actual así? —  Le contesté, diciendo que no.

La dejamos ahí, que hiciera el ridículo todo lo que quería. Cuando está así, es inútil convencerla, así que la única manera era llevarla al dentista en contra de su voluntad, para sacarle ese dichoso diente. Así que me quedé pensando, en cómo hacerlo, hasta formar un plan. Lo primero que decidí es que cuándo la iba a llevar, y sería el día siguiente. Podría llevármela en otro, en otra fecha; pero en uno había un descuento que iba a caducar pronto y estaba cerca del barrio, así que había que aprovecharlo. No podría perder una oportunidad así.

Me desperté muy pronto, quizás demasiado, allá por las seis de la madrugada. Con este plan en mente, que me lo tome muy en serio, y decidí buscar dónde se escondía la cobarde de la canadiense. Miré en el cuarto en dónde dormía ella, su primo y su hija, y di en el clavo. Era bien obvio, que salió del cuarto de baño, cuando todo el mundo se quedará dormido. Ahí es dónde empecé la primera fase de mi plan, y entonces, saqué unas esposas y esposé, a ella, por un lado, y a mí, por el otro. Al hacerlo, me di cuenta de que aquel plan era más estúpido de lo que creía. ¿Por qué hice eso? Pues para evitar que ella se escapará de mí. No es la idea de un genio, la verdad, pero algo es algo. Entonces, la levanté.

— ¡Buenos días! — Le decía eso mientras ella abría los ojos. — ¡Espero que hayas dormido bien! — Y como si hubiera visto un fantasma, se levantó e intentó correr, pero como estábamos las dos esposadas, y yo sentado, ella cayó mientras me estirazaba el brazo, tanto que parecía que me lo iba a romper.

— ¿¡Pero, Gerente!? —  Me gritaba sorprendida. — ¡¿Por qué estamos esposadas!? — No se podría creer lo que le había hecho.

—  Por el mismo motivo por el que has huido. — Al decirle eso, ella se quedó callada, sin haber entendido nada de lo que dije. Tuve que decírselo de otra forma.

— Quiero decir, que te voy a llevar al dentista, y así no te escapas.  — Ella me miró con una cara molesta que me decía que me había pasado de la raya y a continuación, empezó a calentarme la cabeza, suplicándome que no la llevará al dentista, pero yo aguantaba. Al ver Clementina, que no me podría cambiar de idea; se quedó en silencio, pensando en algo que quería decir y no se atrevía. Como eso se le notaba, tuvo que decirle esto, cuando me cansé de esperar:

— ¡Dilo de una vez! — Le dije.

— Pues verás, Gerente…— Le daba corte decírmelo. — Necesito vestirme y bañarme y con las esposas me va a ser imposible hacer todo eso. —

No había caído en eso, me sentí algo idiota, y dudaba si quitarles las esposas para que se preparase para salir. Pero mejor decidí no hacerlo, porque tenía el presentimiento de que se escaparía. Así que me quedé pensando, hasta tener una solución para el problema que nos surgió.

— ¡Pues vamos, empieza a desvestirte! — Eso le dije, a continuación.

— ¿Pero, Gerente, cómo? — Eso me dijo observándome como si yo me había vuelto loco. Entonces le expliqué, paso por paso, cómo hacerlo.

— Pues, primero, quitándote la manga del brazo que no está esposado, luego, yo cambio la esposa al otro brazo. — Le decía, mientras lo simulaba. — ¿Tan difícil de entender es? — A me parecía una solución razonable fácil y simple, aunque algo incómodo. Ella se me quedó mirando, como si aún no estaba muy convencida, y luego, me preguntó otra cosa más.

— ¿Pero luego,…cómo me voy a bañar? — Eso era bien obvio en aquel momento, para mí.

— ¡Qué quejica! — Me molestaba que me hacía tantas preguntas. — Te acompaño al cuarto de baño y listo. — Ella se puso roja, al oír eso.

— Pero… —  Me decía, muy nerviosa. —…es un poco vergonzoso. —  También lo era, para mí, mucho más; pero esa era la única solución.

— Somos chicas, no deberías tener vergüenza. — Eso le repliqué, mientras luchaba por evitar reírme, porque me era gracioso decir es cuando yo no era una mujer de verdad. Ella, al ver que no tenía otra alternativa, decidió hacerme caso y nos fuimos al cuarto de baño, antes de lanzar un gran suspiro. Como le dije, empezó a desvestirse y se quitó una de las mangas del pijama, e intercambiamos la esposa de un brazo a otro, llegando a quitarse la camiseta. Me di cuenta de porque estaba algo avergonzada, no quería que yo viera los kilitos que había ganado. Yo, por mi parte, desvié mi mirada hacia otro lado, porque ese enorme delantero me estaba excitando, mientras se quitaba el resto y se metía en la bañera.

— ¡Date prisa, esto es incomodo! — Eso le dije, mientras luchaba por no verla desnuda, mientras ella intentaba ducharse, con el brazo esposado con el mío.

— ¡Es normal, Gerente! — Eso me replicó, mientras yo evitaba que la manga de mi kimono y el resto no se mojarán, a la vez que ella intentaba enjabonarse. Al final, fue tan incomodo que me arrepentí de haber hecho eso.

Tras eso, levantamos a Diana y a Leonardo y ellos dos se dieron cuenta, mientras estábamos desayunando, de que estábamos esposadas el uno a la otra.

— ¿Por cierto,… — Nos preguntaba. —…por qué estáis esposadas? —

— ¿Juejan al polí y al ladlón, veldad? — Eso nos soltó Diana, creyendo que estábamos jugando.

— Sí, la he pillado y su castigo es ir al dentista. — Le seguí el juego, y Diana, empezó a contarle a su propia madre como los dentistas arrancaba los dientes de sus clientes de una forma horrible, poniéndola peor de lo que estaba.

— ¿En serio? — Eso le decía su madre, creyendo las estupideces de su propia hija. Ella le decía que sí, con la cabeza; mientras Leonardo me decía esto:

— ¿No cree que se ha pasado? —  Eso me preguntó.

— Otro quejica. —  Y eso le dije, antes de ser molestado otra vez por Clementina, que me pedía que no la llevará a ahí. No desistía, pero yo aún más.

Tras el desayuno, el cuál era una comida muy blanda para que a ella no le doliese; estaba pálida, susurrando mil cosas, e imaginándose en las horribles cosas que iba a sufrir en el dentista. Volvía una y otra vez a pedirme que no fuéramos, usando todo tipo de excusa y pretextos. Desde que era muy tarde, cuando era muy pronto; hasta hacer mi comida favorita, pero nada de eso me convencía, porque yo no me iba a rendir, iba a ir, sí o sí. Al final, al llegar a la parada, y ver que el autobús estaba llegando, se puso muy insoportable.

— ¡Gerente, piénsalo, muy bien! — Me decía, con toda seriedad. — ¡Podría morir! — Eso me causo gracia. — ¡¿Y si me arranca algún diente, por error!? ¡¿Y sí me desangró!? — Su exageración ya estaba dejando de ser gracioso. — ¡¿Y si me corta la garganta!? ¿Y si el dentista está loco? — Me pregunté sí podría darle un buen tortazo para que se tranquilizase.

Al final, empezó a llorar, cogiéndome las piernas, gritándome una y otra vez que no la llevará ahí desesperadamente. Yo le decía que no, viendo como los demás nos veían y me estaba entrando mucha vergüenza. Le preguntaba qué le pasaba, mientras intentaba montarla al autobús, qué le ocurrió en el dentista para estar ahí.

— ¡Lo vi en una película, un dentista horrible mataba a las personas!  — Eso me gritaba, dándome cuenta de que estaba traumada por una simple estupidez. Tuve que intuirlo, porque ella no puede ver ninguna película de terror, ya que esas cosas le afectaban tanto que podría estar semanas sin pegar ojo. Al final, perdimos el autobús, y ella se tranquilizó poquito a poco, hasta que llegó el siguiente.

Durante el trayecto, ella estaba callada e inmóvil, y me entraba mucho sueño, tanto que al final me dormí. Cuando desperté, me di cuenta de que había pasado algo inesperado. Al otro lado de las esposas, no estaba la canadiense, sino otra persona, Josefina, quién estaba llorando a mares.

— ¿Q-qué? ¿J-josefina? — Eso dije, cuando me di cuenta de que era Josefina de verdad, totalmente sorprendido. Ella, al oírme, me miró y se alegró de verme despierto, dándome un gran abrazo.

— ¡Mao, ayúdame! — Me gritaba desconsoladamente. — ¡No me puedo quitar esto de encima! — Me lo decía entre lágrimas, mientras me enseñaba su mano que estaba esposada. — ¡Por favor, Mao! —

— ¡Tranquilízate! — Le decía. — Ni siquiera sé lo que está pasando. — Estaba aturdido, no entendía cómo llegue a esta situación. Le preguntaba a Josefina qué había pasado, pero solo estaba llorando sin parar, y los pasajeros del autobús, que le importaban una mierda lo que nos pasó, nos gritaban, diciendo que dejáramos de hacer ruido, e incluso nos amenazaban por demandarnos. Por eso, tuve que bajar con ella en la siguiente parada. La gente de nuestra querida ciudad, nunca ha sido un ejemplo de buenos ciudadanos, si les digo la verdad. Nos fuimos a un parque, nos sentamos en un banco y esperé a que se tranquilizara. Cuando pudo, me lo explicó todo, a su modo.

— Así que, en resumen, tú te subiste al autobús, como siempre, para ir al instituto. Te equivocaste de nuevo, y montaste en el mismo que nosotras. Clementina te pidió ayuda para quitarse las esposas mientras yo dormía plácidamente. Lo buscasteis en mi kimono y tú lo encontraste y se lo diste, ella lo utilizó y se bajó rápidamente en otra parada, mientras tú te quedaste conmigo y te pusiste sin querer las esposas en tu mano. ¿Así es lo que pasó? —

Tuve que deducirlo, después de intentar descifrar lo que me decía Josefina, y cuando lo hice, me pareció muy lógico, ya pude entender cómo llegamos a aquella situación. Me dio la razón, moviendo su cabeza afirmativamente. A continuación, Josefa me volvió a hablar, a su modo, y tuve que taparle su boca, porque ya me estaba doliendo la cabeza.

— Dilo de forma clara, por favor. — Eso le dije, mientras le quitaba mi mano de su boca.

— Si lo estaba haciendo. — Y ella me replicó. Entonces, me puse a pensar y me di cuenta de que la situación había empeorado. Clementina se me había escapado, Josefina estaba esposada junto a mí, y no sabía dónde estaba, tanto la canadiense como la llave.

—  Gracias por mejorar mi día, Josefina. — Añadí, al final, irónicamente; y ella se quedó pensando qué quería decir con eso.

A continuación, me empecé a lamentar por haber cogido el transporte público, porque últimamente cada vez que subía en uno me pasaban cosas extrañas; en vez de ir a buscar a Clementina. Cuando me aburrí, me levanté y le dije a Josefina, esto:

— ¡Pues hala, a buscar a la canadiense, Josefina! —

— ¿Y el instituto, Mao? — Me preguntó Josefa, que se acordó de que tenía que ir a allí.

—  Déjalo, ya lleva rato siendo un objetivo perdido. — Eso le dije, mientras empezábamos a caminar.

Ella empezó, muy preocupada, a hablar de que su mamá la iba a regañar y castigar por faltar, preguntándome si tenía alguna idea. A pesar de eso, no sentí pena por ella, ya que era su culpa y yo tenía mis propios problemas. En esos momentos estaba muy irritado, por cómo terminó las cosas, y no podría pensar con claridad cómo hacer nuestra búsqueda.

Nos fuimos al sur del parque, solo por azar, con la esperanza de encontrarla, al dar unos pasos. Pero aquel día, no tenía mucha suerte, y estuve tres horas infernales, ya que Josefina no paraba de hablar, mientras andábamos por las calles. Tras comprar agua en un supermercado, habíamos llegado a los pies de un parque, y, entonces, la vimos sentada en un banco, descasando. Por su cara, parecía que estaba perdida y era normal, porque estábamos en un lugar de la cuidad muy desconocido para nosotros.

— ¡Mao, Mao! — No paraba de gritar mi nombre, Josefa. — ¡Contéstame, llego un rato preguntando! — Estaba protestando porque no la oía, aunque la verdad es que llegó un momento en que mi cerebro apenas podría traducir lo que ella decía. Le tapé la boca como acto reflejo, porque no aguantaba más.

— Has dicho tantas cosas que no puedo recordar ninguno. — Eso le contesté, antes de soltarle la boca, mientras me acercaba, entrando en el parque, para comprobar si era Clementina. Cuando lo confirmé con mis propios ojos, Josefina iba a decir algo y le cerré de nuevo el pico, para que la canadiense no nos oyera; y nos escondimos detrás de un banco, en dónde estaba una pareja de ancianitos tirándoles palomitas de maíz a las palomas. Entonces, aparecieron unos feos chavales con aspecto de macarras y se acercaron a ella, y parecía que no tenían muy buenas intenciones.

— Hey, guapa,… — Su voz de chulo era insoportable. — ¿estás dando un bonito paseo por el parque? —

— ¿No te sientes sola? — El otro intervino, quién tenía peor voz que el otro, y tuvo el descaro de sentarse a su lado. Me di cuenta que ninguno de los dos le miraba a la cara, sino a los pechos.

— ¡A-ah, no! — Estaba temblando como un flan. — Esto… — No tenía remedio, estaba aterrada y no se atrevía a hacerles frente, a aquellos indeseables que eran más feos que los cerdos.

— Este parque suele ser peligroso, no es un sitio seguro para una chica que está sola. — Eso le decía, mientras intentaba posar su brazo bajos los hombros de Clementina, aunque ella lo esquivaba.

— ¡Necesitas compañía, y nosotros te podemos acompañar! — Esos tipos ya estaban demasiado cerca de ella, más de lo que deseaba, y decidí alejar las moscas.

— ¡Vamos, Josefina! — Eso le decía a Josefa, quién no se dio cuenta de la escena que se estaba produciendo, porque estaba mirando por el otro lado, observando como una chica lanzaba pelotas a sus perros. Cuando le dije eso, me preguntaba qué pasaba, mientras nos dirigíamos hacía Clementina.

— ¡Ah, Clementina! — Eso gritó, cuando la vio. — ¡La llave, la llave! —Eso le decía Josefina, mientras ignoraba que estuviera rodeada de unos chicos que parecían matones de instituto de alguna serie cutre.

— ¡¿Gerente, Josefina?! — Eso gritaba sorprendida, cuando nos oyó y nos observó. Los matones se quedaron también sorprendidos, cuando vieron que tenía compañía, y vimos en sus caras mucha incomodidad.

-¡Qué mal corte!- Y con eso dicho, salieron corriendo como locos, dejándome sin las ganas de patearles el culo, porque tenía ganas de desahogarme.

Tras eso, Clementina se quedó mirándome, temblando, al notar en mí una mirada asesina. Yo también me quedé viéndola, esperando el momento para que se pusiera a correr y atraparla como si fuera un guepardo. Así estuvimos unos minutos, mientras Josefina se preguntaba de dónde era todo esa tensión que había en el ambiente. Y al ver un mínimo movimiento en su cuerpo, me lancé hacia ella, mientras le gritaba esto:

— ¡Oh, Clementina, esta vez no vas a escapar! — Eso le grité, antes de atraparla. Fue una captura excelente.

— ¡Ya veo, yo he ido al dentista y no me ha pasado nada! — Eso soltó Josefina, tras reírse, después de que yo le explicará lo que estaba pasando.

Después de atrapar a Clementina, nos quedamos sentada en el banco, intentándole convencerla de ser valiente y irse a allí para sacarse la muela.

— ¡Confía en nosotras, el dentista no te hará nada malo! — Josefina la animaba sin parar. — ¡A mí, la primera vez, me dio miedo pero no me paso nada malo! — Pero todo lo que decía era en vano, Clementina se negaba una y otra vez ir.

— ¡Déjalo, por favor! — Le decía yo, al ver que ella decía una y otra vez los mismos argumentos y no pasaba nada. — ¡A ésta hay que llevarla a la fuerza, no hay otra manera! — Ya estaba aburrido de tanta charla innecesaria.

— ¡Pero, no hay que obligarle a la gente por la fuerza! — Me regañaba una niña que no sabía nada del mundo. — ¡Jo, Mao, eres como ese malvado dictador… de… — Ni siquiera recordaba los ejemplos que utilizaba. —…ese…No importa, eres como Hitler…Ese que mataba judíos. — Seguro, que ese era el único dictador que pudo tener en mente y ni siquiera tenía nada que ver conmigo. Me hubiera gustado explicarle a ella, que en algún momento hay que obligar a otro en contra de su propia voluntad, por su propio bien, pero en vez de eso le solté esto:

— ¡Hey, no te pases! — Yo ni siquiera era un dictador, aunque tenga el nombre de uno. — ¡Las comparaciones tienen un límite, joder! —

— Pues, entonces, no la obligues por la fuerza. — Debería habérselo explicado. — ¡Hay que convencerla! —

— ¡Pues llevamos una hora intentándolo, y cero resultados! — Yo ya estaba quemado, solo quería llevarla a un dentista para sacarle una muela, solo eso. Entonces ella se levantó y se puso delante de la canadiense.

— ¡Seguro que con esto, te voy a convencer! — Eso le gritó, antes de cogerles las manos y decirle esto:

— ¡Clementina, no te preocupes, yo cuidaré de ti, no te pasará nada malo! ¡El dentista no te hará algo malo, delante de mí! —

Con esas palabras, intentó tranquilizarla y llevarla de valor, ¿y funcionó?

— Si te digo la verdad, Josefa, gracias por la intención pero eso no me convence para nada. — Eso le dijo, intentando ser lo más comprensible que podría. Josefina se preguntaba por qué no funcionó, mientras me decía eso que era lo esperable. A continuación, picada por la curiosidad, Josefa le preguntó esto: — ¿Y por qué tienes tanto miedo al dentista? —

— Pues bueno… —  Se quedó pensando durante varios minutos, y no encontraba la razón por la cual le tenía tanto miedo.

— Antes me dijo que vio un dentista horrible en una película. Tuvo que ver una peli sobre eso hace tiempo y la traumó. Por eso, no va, seguro. — Eso dije, recordando las palabras que soltó cuando la intentaba subir en el autobús.

— Bueno, no importa. — Cambió de tema avergonzadamente, como si eso era verdad y quería ocultarlo. — Lo que sé es que le tengo mucho pánico… ¡Y sé que es estúpido! ¡El miedo me invade y solo pienso en escapar y huir! — Casi le dieron ganas de llorar, mientras yo lo sentía como un pequeño desahogo contra lo más molesto de su personalidad, su molesta cobardía.

— ¡Pues ahora es el momento de enfrentarse al miedo! —  Le gritaba, llena de confianza, Josefina. — ¡Hay que ser valiente! —

— ¡No, no y no! ¡No puedo, lo siento! —  Gritaba desconsoladamente. Me sentí mal por Josefina, porque estaba haciendo un trabajo muy duro animándola, pero ella es incapaz de ser valiente por sí misma.

—  Entonces, te llevaré aunque sea a rastras. Hoy superaras tu miedo a algo de una puta vez. Y va a ser por la fuerza, así será. —

Eso le grité a Clementina, mientras me iba a levantar, para llevarla al dentista. Entonces, recordé que yo y Josefina estábamos esposados, ya que con la charla se me olvidó.

— ¡Oye, Clementina! — Le preguntaba. — ¿Y las llaves? — Ella se quedó con cara de decirme qué le estaba diciendo.

— ¿Q-qué llaves? — Se olvidó totalmente de su existencia.

— ¡Ah, sí! ¡Aún estamos esposadas! — Josefina tardó en darse cuenta.

— ¡Ah vale, ya, ya! — Y entonces, empezó a buscar en sus bolsillos, varias veces, mientras murmuraba frases como “dónde están” o “deberían estar aquí”, con mucho nerviosismo. Me temía lo peor y con cada segundo que pasaba solo aumentaba mis sospechas hasta que se hizo realidad.

— Bueno…— Le daba miedo decirlo. — Sobre eso… — Reía nerviosamente. — Creo que las he perdido. — Josefina se quedó de piedra, y yo tenía ganas de llorar.

— ¡Genial! — Gritaba irónicamente. — ¡Bien hecho! — No quería tener a Josefina todo el día conmigo.

— ¿Y ahora qué vamos a hacer? — Eso dijo Josefina, cuando se recuperó del shock y empezará a llorar. Nos quedamos en silencio, porque nadie sabía qué hacer, menos yo, que decidí seguir con mi plan.

— Pues lo que tenía planeado desde el principio. Llevarla al dentista. —  Eso les dije.

Al principio, Clementina se resistió, actuando como niña pequeña, pero al final tuvo que aceptar ir al dentista. Yo hacía oídos sordos mientras la mexicana me intentaba regañar por llevarla en contra de su voluntad. Estuvimos, un buen rato, dando vueltas, en busca de cualquier dentista que estuviera en la zona. Pasamos casi una hora hasta que llegamos a uno.

—  Doctor John Guillotin. — Eso decía Josefina, leyendo la placa del dentista, situado en la entrada del negocio. — ¿Lo ves? Ni siquiera el nombre da miedo. — Pero Clementina se puso más nerviosa y alterada.

— ¿Guillotin? ¡¿Pero no era ese hombre que inventó la guillotina!? — Eso le dijo a Josefina, temblando como un flan, y demostrándonos que tenía un poco de cultura popular, algo erróneo.

— ¡Yo no pienso entrar en un lugar dónde el propietario tenga de apellido Guillotin! —  Eso nos gritó a continuación, cuando yo intentaba meterla en el lugar. Intentó escapar, pero yo la agarre, y tuvimos una pequeña pelea de desgaste, ella intentando escapar, y yo sujetándola hasta que se cansará. También le intentaba tranquilizar, mientras le decía cosas como ésta:

— ¡Para tu información, Guillotin no invento la guillotina ni nada parecido! —

— ¡Pero tuvo algo que ver, y por eso la guillotina se llama guillotina y eso mata, entonces no es nada digno de fiar! —  Aunque, a veces me replicaba, con dudosos argumentos que parecían juegos de palabras.

Al final, la vencí, la cansé y ésta tuvo que aceptar a regañadientes entrar en el dentista, y nos pidió que Josefina y yo que le cogiéramos las manos, porque decía que así le daba menos miedo. Cosas suyas. Tras eso, nos quedamos esperando y Josefa se puso a preguntarme que era una guillotina. Al pasar una hora, solo estábamos nosotros y me preguntaba si nos podría atender sin cita previa, mientras pensaba que antes de terminar el día tenía que negar la que pedí al dentista que había pensado ir originalmente.

—  El doctor no tiene a nadie en su lista, así que ustedes pueden pasar sin una cita previa. — Eso nos dijo la enfermera, cuando le pregunté si nos podría atender. Me sentí feliz cuando pensé que íbamos a salir del dentista sin ningún problema. Todo eso fue una ilusión.

Al entrar, Clementina observaba con auténtico terror los cachivaches del doctor y apretaba sus manos con gran fuerza, mientras cerraba los ojos. No intentaba escapar ni nada parecido, por eso creía que se iba a comportar. Esa era mi impresión errónea, cuando la sentamos en la silla.

Les resumo, lo que pasó, a continuación: El doctor le dijo que abriera la boca. Ella no lo hizo. Él y la mexicana intentan dialogar con ella para que lo haga, pero se resiste y yo intentó abrirlo por la fuerza. Empieza a patalear y una de sus patadas llegó a la cara del dentista y lo dejó K.O. y cuando me di cuenta, ya que intentaba despertar al viejo ese, el lugar empezó a arder y tuvimos que salir corriendo. No sé cómo ocurrió, pero hicimos arder el local, todo un desastre. Después de eso, yo estaba con los demás, viendo como los bomberos intentaban apagarlo.

— ¿Cómo ha podido haber ocurrido esto? — El dentista se lamentaba, con lágrimas en los ojos. — Mi negocio está ardiendo…— Me dio mucha pena e intenté consolarlo, pero no me salió muy bien.

— Bueno, yo tampoco…— El maldito no me dejó terminar la frase, quién me gritó, a pesar de que le iba a consolar.

— ¡Cállate, estúpida china! ¡Si no te hubieras traído esa gorda, no había pasado esto! — Me gritó el viejo a pleno pulmón, y me dejó de dar pena, porque me entraron ganas de destrozarle su cara, por insultarme a mí y a Clementina. Le di un golpe en la cara, lo tiré al suelo y empecé a golpearlo, ante las miradas de todos, siendo arrestado por la policía y denunciado por alteración del orden público. Y todo esto que sufrimos no sirvió de nada porque no le habíamos sacado aquel condenado diente a Clementina. Así es como aprendí una valiosa lección: Nunca intentaré obligar a la canadiense a superar sus miedos, siempre vamos a perder.

FIN

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