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Halloween entre piedras, vigésima primera historia.

Al despertarme, no me quería salir de la cama, ya que estaba muy calentita, pero alguien me obligaba a hacerlo.

— ¡Oye, despierta! ¡Son las tres de la tarde! — Me decía esa persona, mientras me zarandeaba sin parar.

A lo primero, creía que era mi mamá, pero mientras más lo oía, porque no dejaba de repetirme lo mismo, me daba cuenta de que esa voz era de otra persona, una de mis mejores amigas, Mao.

-¿Mao?- Le pregunté, mientras intentaba abrir los ojos.

-La misma. ¡Y ahora, levántate!- Eso me dijo y era verdad, era ella. Y mi cabeza estaba confundida. ¿Pero qué hacía Mao en mi casa? ¿Por qué quería despertarme? Tuve que preguntárselo y su respuesta fue:

-¡Por Buda! Ésta es mi casa, esto es mi habitación y en dónde duermes es mi futón. ¡Nada de esto es tuyo!- Y tenía razón, porque empecé a mirar a mi alrededor y no era mi cuarto, sino el suyo. Entonces, me acordé de Gazpacho, y eso era raro, ya que yo nunca me lo llevaba a la casa de Mao.

— ¿Y Gazpacho? — Aún así, se lo pregunté.

-Josefina, lo tienes sujetando con el brazo izquierda.- Y estaba ahí, lo estaba abrazando muy fuerte. Sentí vergüenza, por no saber que lo tenía entre mis brazos, y estaba desconcertada, por tenerlo en la casa de Mao. De repente, me acorde de mi mamá y de lo que me dijo:

— ¡Si no vuelves antes de las once y media, te espera un buen castigo! —  Mi piel se puso de gallina al saber que yo no había vuelto. No quería saber el tipo de castigo que iba a tener, pero iba a ser uno muy gordo.

— ¿Ahora qué hago, Mao? — Se lo dije con los ojos llenos de lágrimas.

— Me gustaría saber lo que te pasó anoche…Llegaste a mi puerta toda histérica y llorando sin parar. ¡A las malditas cuatro de la madrugada! ¡Me costó unas dos horas de mi sueño para tranquilizarte! — Mao me decía esto mientras me mostraba los ojos rojos por el insomnio.

Entonces, de verdad, lo recordé todo. Todo lo que me pasó la noche anterior, la de Halloween. Fue una de las peores noches de mi vida y que espero olvidar pronto. Y tenía que contárselo a alguien, aunque no me creyera. Y Mao es una de mis mejores amigas y por tanto era su deber escucharme, y deseaba que me creyera, porque ocurrió algo paranormal.

— Mao, ¡necesito contártelo! ¡Lo que me paso! — Eso le decía muy seria. — ¡Por favor, cree en mi historia, que te voy a contar algo increíble! — Mao me respondió que sí, pero de una forma que no me convencía mucho.

Esta era mi historia: Ayer fue Halloween y estaba muy feliz, ya que me gusta esto de disfrazarme y recoger caramelos y decir “truco y trato”. No tanto eso de ver películas de miedo y que me asusten; pero no importa, lo importante es divertirse y estar con las amistades. Además de que éste era el primero en que podría salir, ya que mi mamá no me dejaba ir sola, hasta que le dije que me iba con unas amigas. La primera cosa que hice al despertar era poner mi disfraz. Iba de bruja, y bueno, todavía lo estoy usando. Me mire unas cuantas veces en el espejo de mi cuarto. Un sombrero y un vestido negro que me llegaba a los tobillos, y una varita mágica, junto con la escoba que tenemos. Lo único que me faltaba era un gato, pero no tenemos ninguno, a mi madre no le gusta tener animales en casa. Aparte de eso, cogí una mochila para guardar a Gazpacho, para que me diese suerte; y las chucherías. Al llegar la hora de partir, intenté imitar a una bruja de verdad y pues mis hermanos me vieron y se burlaron de mí.

— ¡Oye pendeja, cómprate un avión, eso sí que vuela! — Eso me dijo Noemí.

— ¡Pero qué malinche eres! ¡Si nuestro Día de los Muertos es mejor que esa mierda gringa! — Y eso me soltó el feo de Miguel.

— ¡Ten cuidado! ¡Nadie espera a la Inquisición Española! — Añadió el molesto de Juan José.

Son unos completos idiotas, pero por desgracia, los quiero.

Tras ignorarlos, salí hacía la casa de Mao. Les iba a pedir a ella y a los canadienses que me acompañarán a recoger caramelos. Aunque, antes de eso, llamé por teléfono a otras amigas, pero Elizaberth dijo un rotundo no y Sasha, me estaba felicitando por navidad. ¡Sí, por navidad! Yo también me quede sorprendida, ya que estamos en Halloween; pero bueno, así de rara es ella, pero me quedé sin saber si iba a venir conmigo o no. Al llegar, todos estaban viendo la televisión y se los pregunté.

— ¡¡Buenas noches, Mao!! ¿Preparada para la noche de brujas? — Le dije eso.

— ¿Salir afuera con el frío que hace? ¿Yendo de casa en casa para recoger unas simples chucherías? ¿Ver gente “cosplayeando” mal de monstruos y otras cosas? — Empezó a reír mucho. — Lo siento, pero no. — Intenté convencerla, pero me regañó, diciendo que no debería obligar a la gente a hacer cosas que no les gustasen. Me sentí mal y decidí irme de allí. Antes de salir, me soltó esto:

— ¡Oye, si te encuentras con otros niños, diles que no vengan a esta casa! ¡Por que en vez de recibir caramelo, van a recibir palos! ¡Y eso ya también por ti! — Me sentí tan sola, porque ni el primo de Clementina, que no recuerdo su nombre; ni ella ni Diana ni Mao querían ir conmigo. Me entraron ganas de llorar. Porqué lo divertido de Halloween era estar con gente asustando, sola es un rollo y da miedo. ¿Y cómo iba a disfrutar si nadie quería ir conmigo?

Al salir, ya se notaba que se estaba volviendo de noche, el cielo estaba oscuro. El barrio apenas tenía iluminación, parecía haber salido de una película de terror y empecé a tener miedo. Entonces, apareció Sasha, quién me gritó esto:

— ¡Feliz Navidad! — Eso exclamó a gritos, mientras tocaba una campanita. Yo giré la cabeza y, al verla, me dio un susto de muerte.

— ¡¡No me hagan daño!! — Grité, con mucha fuerza y del susto me caí. Entonces, me di cuenta de que era Sasha.

— ¡Papa Noel no es ese tipo de personas! — Y estaba vestida de Santa Claus, de pies a cabezas, con el gorrito de navidad, un abrigo enorme de color rojo y hasta una barba postiza.

— ¿Sasha? ¿Eres tú? — Le decía. — ¡Qué alivio! — Solté un gran suspiro de alivio. A continuación, me puse tan feliz que le dí un abrazo muy fuerte. A pesar de que era solo una persona, era suficiente para no sentirme solo. Tenía a Sasha, y junta a ella iba a pasar un buen Halloween, o eso creía.

— ¿Preparada para recoger caramelos y asustar gente? — Eso le dije, tras soltarla, llena de energías.

— Oye, tú, que no estamos en Halloween ¡Estamos en Navidad! — Me gritó Sasha, mientras no dejaba de jugar con la campanita, y eso me dejó un poco perpleja. Me di cuenta de que había cometido un grave error y se lo expliqué, palabra por palabra. Me dijo que sí, que lo entendía; pero después, me demostraría lo contrario. Por fin, empezamos a pedir caramelos, pero nuestra búsqueda apenas parecía como sale en las películas. Aunque hubo personas que nos los daba, la mayoría nos ignoraba o nos echaba agua o incluso nos insultaba, nos decía que éramos unas traidoras o unas “useñas”. La gente es así, por desgracia. Tampoco vimos a muchos niños disfrazados. Y Sasha, parecía como si se estaba burlando de mí, porque en vez de hacer lo que le dije, regalaba sus chucherías gritando: ¡Felices Navidades!

— Debería volver… ¡Tengo que volver pronto a casa! — Eso dije, a continuación, cuando la alarma de mi móvil sonó. Eran las diez y media de la noche y mi madre me dijo que tenía que volver a las once y media.

— ¡Pero si nos queda una casa! — Y Sasha me gritó esto.

— Yo creo que es suficiente. — Yo reuní muchos chuches y los tenía bien guardados en mi bolsa, ella por el contrario, no tenía ni uno… ¿Habría entendido Halloween, por fin, y se arrepintió de no haber cogido ni una? No lo sé, pero no la tuve que hacer caso. Es que me dio lastima, pensaba que quería caramelos y decidí no volver a casa por ahora. Tenía toda una hora por delante y no creo que a mamá le hubiera llegado a casa un poco tarde.

— ¡Vale! — Le dije.

Y entonces ella empezó a seguir andando sola hacia algún lado, yo pensaba que iba hacia otra casa, así que le seguí. No sabía por dónde me llevaba ella, apenas algunas farolas funcionaban y cada vez habría menos casas.

Todo se volvía cada vez más aterrado. Sasha no parecía estar asustada, es más estaba cantando villancicos. Y parecía que nos dirigíamos hacia las afueras de la cuidad.

— ¿Adónde vas? — Le pregunté.

— Hacía una casa en la que quiero pedir caramelos. — Me contestó.

— ¿En serio? — Yo quería volver a mi casa. — ¿No crees que debería volver a dejarlo y volver a nuestras casas? —

— ¡No te preocupes, Shelijonia se encuentra entre unos de los estados con menos delincuencia de los Estados Unidos! ¡Aunque es alta si lo comparados con otros países! — Eso me hizo ponerme más nerviosa y asustada. Y me puse peor cuando ella directamente se iba a meter en un pequeño caminito entre los árboles. Se estaba dirigiendo hacía lo más profundo de la oscuridad.

— Lo siento, Sasha, pero yo no pienso ir por ahí. — Eso le dije, invadida por el miedo, tanto de meterme ahí cómo de encontrar a mi madre muy enfadada.

— Meh. — Esa fue su respuesta. Y se metió ahí. En ese momento, es cuando me puse alterada de los nervios, ya que estaba sola y no podría volver. Todo estaba tan oscuro. Por eso, salí disparada hacía Sasha, no quería que me dejará en ese sitio, además, no podríamos separarnos, le podría ocurrir algo malo. Me metí en el pequeño camino del bosque.

— ¡Sasha! ¿Dónde estás? ¡¡No me dejes sola, por favor!! — Yo gritaba, gritaba sin parar.

Pero nadie me contestaba, y cuando me dí cuenta no sabía por dónde me había metido. Entonces escuché los sonidos del bosque. El ruido, las ramas, los gritos de los animales. Por cada cosa que oía, me imaginaba que eran fantasmas o cosas peores. Y me puse a llorar, pidiendo ayuda. Entonces, algo salió de entre la penumbra. Me quedé en silencio, apenas veía algo y pues me imaginaba de todo, menos cosas buenas. Me quede paralizada, sin poder huir. Entonces, eso empezó a bailar, como si estuviera demente. Es más el baile lo recordaba de algo pero no podría saber el qué. Y se acercaba poco a poco y yo le suplicaba:

— ¡Por favor, no me haga nada! — Estaba temblando como un flan. Entonces, gritó y yo también del susto. Los pájaros también se asustaron y eso me hizo hace gritar más. Casi me quede sin voz.

— ¡Feliz Navidad! — Me dijo eso, cuando dejé de gritar. Entonces los rayos de la luna reflejaron eso y vi que era Sasha. La muy pendeja me dio un susto de muerto.

— ¡Maldita pendeja! ¡No me hagas esto! ¡Nunca más! — Le decía sin parar. Aunque, en realidad, a pesar de eso, estaba feliz de haberme encontrado con Sasha.

Y pues, Sasha siguió caminando hacía el camino, o eso decía ella y la acompañaba. Aunque seguía teniendo miedo, por lo menos tenía a alguien, a pesar de que intentaba asustarme más de lo que estaba, diciendo estas cosas:

— ¿Sabes que en Shelijonia vive el murciélago llamado el Vampiro Real Gigante y que se le ha visto comer cadáveres de seres humanos? — Ponía una voz muy siniestra.

— Hace poco me entere de que en una ciudad cercana hay un violador en serie ¡Imagínate si está aquí, en nuestra ciudad, en este bosque, espiando a unas pobres niñas indefensas! — Yo le pedía que no me dijese más cosas, pero no me hacía ni puñetero caso.

— Aquí no hace faltan fantasmas para matarte, aquí pueden matarte perros salvajes, asesinos en serie, osos, las temperaturas, las vacas locas, tu mamá, la verdad… ¡Lo ves, la realidad es hermosa, tan llena de peligros y sufrimiento! — Intentaba no oírla y me tapaba las orejas, gritaba o cantaba cualquier cosa.

— ¿Algunas vez has querido probar carne humana? Yo sí, y ahora mismo me está entrando ganas…— Pero no había manera. A veces me harta que Sasha sea así, pero mucho.

Y sin darme cuenta, salimos del bosque y llegamos a un prado. La luna lo reflejaba todo y era un lugar hermoso, también tenía un pequeño arroyo en mitad de ese lugar. Cuando llegamos, miré por todos lados. Por uno, veía, a lo lejos, las montañas, muchas de ellas tenían nieve; y eran altas.

Por el otro lado más bosque, un gran río y la cuidad, que brillaba tanto como las estrellas del cielo. Si hubiera sido una pintora de esas, había pintado ese paisaje, porque era bonito, te llegaba al alma.

Mientras tanto, Sasha seguía su camino y me dejó atrás; y cuándo me dí cuenta, tuve que ir corriendo y atravesar el arroyo, casi iba a caer al agua y mis pies se mojaron. ¡Con el frío que hacía! Al llegar a adónde estaba ella, al otro lado del prado, vi algo que siempre salía en los documentales de aliens que ve mi papá. Eran un montón de piedras largas y gigantes que parecían formar círculos, como en Stonehenge. Y muchos montículos de tierra con cuevas alrededor de ellas. ¿Esto también fue obra de las alienígenas? Eso me preguntaba.

— ¡Ya hemos llegado! ¡Ya estamos en la casa! — Dijo de repente, Sasha.

Yo miré por todas partes, pero no encontraba la maldita casa. Solo el Stonehenge ese y árboles y más árboles. Entonces, de repente, se escuchó una voz que me asustó mucho:

— ¿Oye, que hacen aquí? ¡No ven que están molestando mi ceremonia! — Y entonces vimos a una chica que parecía de mi edad, o más vieja.

Parecía muy siniestra y llevaba un colar con pinchos, y en los brazos también llevaba otra cosa igual, y una camiseta con la imagen del diablo y unos pantalones vaqueros con agujeros. En total, era una satánica de esas, y el miedo volvió a mí. Aunque había algo raro en ella, llevaba orejas de gatos.

— ¡Bienvenida a la naturaleza, persona sin vida y que ve mierdas chinas! — Le saludó Sasha enérgicamente, y sin tener miedo de ella.

— ¡No le digas esas cosas! — Tenía el miedo de que invocará al diablo y nos matase, y quería que no le dijera esas cosas. Saqué mi rosario de mi bolsillo y con mi mano lo apreté en busca de protección divina.

— ¡Vaya con este miserable humano! ¡Qué osada eres para decirle a alguien como esas palabras! — Hablaba muy raro y eso me recordó a Elizaberth.

— ¡Por qué tengo vida! — Le replicó, con orgullo.

— ¡Cállate! — Eso le dije en voz baja, con el miedo de que la enfadará y nos hiciese algo horrible.

— No importa…Los insultos humanos no se merecen mi atención. — Se dio la vuelta hacía las ruinas. — ¡¡De todos modos, pueden ser útiles!! — Eso me dio mala espina.

— ¡Vámonos, ahora! ¡Esta wey es una satánica y nos llevará ante al demonio! — Le dije a Sasha, en voz baja.

— ¡Ustedes, si se van de este lugar sagrado, perecerán de la peor posible! ¡Mi magia os puede eliminar! — Al parecer, ella me escuchó y nos amenazó.

— ¡Whoa! ¡Eres maga! ¡Quiero unos trucos! ¡El de las palomas! — Y Sasha dijo eso, como si fuera una boba, mientras se acercaba hacia ella. Parecía como si no sabía en dónde nos estábamos metiendo. Iba directa hacía la satánica, haciendo el avión, toda feliz, como si nada malo estaba ocurriendo. Y algo estaba mal. Tuve que ir yo también, más por miedo hacía esa niña que otra cosa.

— ¿Y los trucos? — Eso le preguntaba, cuando llegó a dónde estaba ella, y mientras daba vueltas por su alrededor.

— Ya lo verás, humana. — Eso le decía a Sasha, con palabras muy siniestras.

Y nos fuimos al centro del Stonehenge y ahí confirmé mis temores. En el centro había un montón de cosas raras, todo muy satánico. Un circulo con una estrella dentro y hecha de sal se situaba alrededor de una cabeza de una cabra, que estaba situado en el centro, centro. Un montón de velitas feas ocupaban cada punto de esa figura. Y había un montón de cosas raras que no sabría cómo describirlos. Esa chica siniestra se puso en medio del centro y dijo:

— ¡Oh almas errantes, ya han llegado los sacrificios! ¡Hoy os honraré y os invocaré para…! — Todo eso me sonaba tan satánico, que sentía que, de un momento para otro, me iba a orinar del susto.

— ¿Cómo es el truco? — La interrumpió Sasha.

— ¡No me interrumpas, humana! ¡Estoy invocando a los espíritus errantes de la tribu de los Salmuera, cuyas almas están enterradas en estas ruinas esperando su vuelta al mundo terrenal! ¡Iba a sacarlos de sus tumbas como zombis, pero mejor os utilizo a ustedes, os introduciré a los espíritus dentro de vosotras! — Esa niña satánica estaba bien enferma, quería despertar a los muertos. Y eso, según mi mamá, es algo muy malo. En su rostro se veía una sonrisa burlona, como si se estaba burlando de nosotras. Yo quería decirle algo, pero el miedo no me dejó:

— ¡Eso suena darcs! ¡Qué empiece el espectáculo! — Solo Sasha podría decir cosas.

— ¡No, por favor! ¡Sasha no sabe lo que dice! ¡Ninguna queremos eso, déjanos irnos! — Al final pude decir algo, a pesar del miedo.

— ¡Entonces si no quieren ser parte de esta ceremonia de la muerte! ¡Denme vuestro dinero! — Eso nos gritó mientras se ponía a pedir dinero con la mano.

— ¡Pero si no tenemos dinero! — Le decía. — ¡Pero tenemos chucherías, muchas chucherías! — Le ofrecí todos los caramelos y dulces que había conseguido.

— Ni una mierda. ¡Quiero dinero, o hay sacrificios! — Lo dijo rotundamente.

Recé para que un milagro se produjese y pudiéramos salir de ahí o que evitará la ceremonia satánica. Pero no pasaba nada. No importaba, yo rezaba y rezaba sin parar.

— No soy tan cruel con los humanos, así que dejaré que una se sacrifique por la otra… — Pero ella seguía con esa locura, y no había nadie que la estaba deteniendo. Ni la policía.

— Yo, voy a ser yo. — Dijo Sasha. O no sé estaba dando cuenta de la gravedad de la situación o bajo esa sonrisa se estaba sacrificando por mí.

— ¡No lo hagas, Sasha! — Le grité.

— ¡A callar, sucia humana! — Me dijo. Luego, se dirigió a Sasha, a quién la puso en el centro. — Antes de eso, hay que hacer unas cuantas cosas, humana. —

— ¿Y lo dices ahora? — Eso solté yo, sin darme cuenta de que eso era mejor para nosotras. Así tenemos tiempo para escapar de esa locura. Aunque no hice nada, solo me quedé mirando.

— Son pequeños detalles que a una se le olvida, pero son importantes. — Ella me lo explicaba, con una horrible sonrisa.

Y se quedó en silencio durante unos minutos, mirando a Sasha con muy mala cara, cómo si se preguntaba qué perrerías le iba a hacer.

— Bien, lo primero es que te quites la ropa. — Es lo primero que dijo.

— ¿En serio? ¡Pero si hace mucho frío! — Le grité.

— Bah, no importa. — Dijo Sasha con toda la tranquilidad del mundo.

— A ella no le importa… ¿Tú también quieres unirte a ella? — Yo me callé. No quería desnudarme en mitad del bosque.

—No, eso no, pero tampoco…— Aún así, obligar a los demás desnudarse no estaba bien.

— A callar. — Se dirigió a Sasha. — Y desnúdate. —

Y ella se quitó el abrigo de Papá Noel, luego las bragas. No le hizo falta quitarse los sujetadores, porque no tenía ninguno puesto, ya que, después de todo, es tan plana como una tabla de planchar. Y le obligaron a quitarse el gorro e incluso las botas. Y cómo dios la trajo al mundo, se sentó encima del cráneo del animal.

— ¡Pero no te sientes! — Le decía. — ¡Por qué ahora tienes que ponerte a posar como un perro! —

Entonces empecé a pensar que se estaba aprovechando de ella. Y Sasha, lo hizo. Hizo una posición bastante vergonzosa de los que hacen normalmente los perros.

— ¿En verdad los espíritus quieren que Sasha haga eso? — Le pregunte.

— Pues sí. — Y se fue a por su mochila. ¡Sí, en el lugar también había una mochila! Y sacó de él una botella de agua.

— ¡Y ahora te debo de purificar! — Decía.

— ¿Le vas a echar agua? — No solo iba a invocar a los muertos, iba a hacer que Sasha se pusiera muy enferma. Podría coger un resfriado o peor: Una gripe.

— Así lo dictan y, ¡cállate, pesada! — Me llené de rabia y impotencia, al ver cómo humillaban a Sasha de esa manera, pero el miedo era más fuerte que ayudar a mi amiga, y pues me sentí horrible en aquel momento fatal. Más ella no mostraba más que la sonrisa de siempre. Y la satánica la observaba, y parecía que quería morirse de la risa, mientras le echaba agua encima:

— ¡Por cierto, yo tengo otro buen detalle más que añadir! — Entonces, Sasha exclamó esto, a continuación, después de ser purificada.

— ¿Ah sí? — Le puso mala cara, al oírla.

— Hay que pintar mi cuerpo con los símbolos de la tribu. — Me preguntaba en qué estaba pensando Sasha en aquel momento. Y la satánica se quedó sorprendida con esas palabras.

— Qué gillipo…— Se calló de repente —…Bueno, humano… ¿Dónde quieres que encuentre pintura para eso? ¡Yo no he traído nada de eso! —

— Pero sí está ahí al lado nuestra. — Le dijo, señalando hacia un cuenco de madera con una especie de líquido rojo. Tanto la satánica cómo yo nos asustamos porque esa cosa literalmente no estaba allí. Ella incluso dio un grito de terror:

— ¿Pero de dónde ha salido eso? —

— Ellos los han traído. — Dijo Sasha. Y eso añadió más terror al asunto.

— ¡No digas tonterías! — Le replicó a Sasha, bastante aterrada.

Y entonces ella le pidió que le pintará el cuerpo y la satánica me obligó a hacerlo y tuve que meter mis manos entre aquel líquido asqueroso, que apestaba un montón; y dibujarle símbolos extraños en el cuerpo de Sasha, según sus indicaciones, y soltando cada dos por tres cosas muy raras y siniestras. Quiero olvidar eso, sacar esa maldita escena de mi cabeza. Cuando terminé, por desgracia, la ceremonia satánica empezó:

— ¡Yo, vuestra servidora, Khieu Ponnary, os honraré y os invocaré para que vuelvan al mundo terrenal, a cumplir con vuestro destino! ¡Oh, almas errantes, aquí tengo al instrumento que podéis poseer para conseguir todos vuestros objetivos! ¡¡Es vuestra hora, a despertar!! — Y no pasó nada.

Y entonces tras decir eso, empezó a reír, como si hubiera dicho algo muy gracioso, y nos señalaba. Yo estaba a punto de mearme encima, con la idea de que se había vuelto completamente loca. A continuación, escuchamos un montón de gritos.

— ¿Qué es eso? — Pregunto ella. Yo también dije lo mismo. Eran horribles. Parecían voces, otras parecían sacudidas en la tierra, otros eran los animales que gritaban sin parar. Sasha era la única que no parecía estar asustada. Y entonces aparecieron un montón de luces, de todos los colores, y no dejaban de moverse de un lado para otro. Entonces escuchamos gritos de gente muerta y salimos corriendo, tanto la satánica como yo, de ahí, con todas nuestras fuerzas, totalmente aterradas y gritando como nunca.

¡En serio! ¡Lo juro, eso es lo que pasó! ¡Habíamos invocado a los espíritus! Y lo peor de todo es que Sasha se quedo ahí, desnuda y rodeada de fantasmas. ¿Por qué me olvide de ella? ¿Por qué? ¡Ahora me doy cuenta de lo que he hecho! ¡Había abandonado a una amiga, aunque fuera molesta y muy rara! ¡No podría perdonármelo! En fin, la satánica y yo corrimos hasta al bosque y en mitad del lugar nos paramos a descansar.

— ¡Es imposible! ¡Es científicamente imposible! ¡Los fantasmas no existen, carajo! — Decía ella.

— ¿Qué quieres decir con esto? ¡¿No eras tú la que quería invocar a esas cosas!? — Eso grité yo.

— ¡Era una broma, una estúpida broma! ¡Me estaba burlando de ustedes! ¡Yo había preparado todo eso para mis amigos y hacer una ceremonia satánica de broma! ¡Pero todos me abandonaron en el último momento y ustedes aparecisteis y pues yo me aproveche de vuestra estupidez! ¡Pero eso…! ¡Pero eso! ¿Qué ha sido eso? — Estaba igual de aterrada que yo, incluso peor.

Entonces, descubrí la verdad, y me enfade cómo nunca. Todas esas cosas malas que hizo contra nosotros, fue solo para llamarnos lerdas, y lo peor es que había humillado, a mi amiga y la había puesto en peligro.

¿Cómo puede ser la gente tan miserable? ¿Por qué hay gente tan mal como ella? Yo jamás uso la violencia, es mala, pero en ese momento estaba ida y le di una patada en el estomago, como si el demonio me hubiera poseído. Se retorcía de dolor y yo, al darme cuenta de lo que hice, salí corriendo. Después de esto, no paré de correr hasta que llegar a la casa de Mao y pedirle ayuda, pero cuando entré y me consolé, me quedé dormida, olvidándome de Sasha. Así termina mi aterradora historia.

Cuando terminé de contar, le empecé a gritar a Mao lo que teníamos que haber hecho desde el primer momento:

-¡Mao, Mao, hay que rescatar a Sasha!- Tenía tanto miedo de que le hubiera pasado algo malo, me sentía muy mal por haberla abandonado.

Y entonces me di cuenta de que ella se había quedado dormida, mientras le contaba mi historia.

FIN

 

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Cartas para Roma, vigésima historia.

07 de Enero

Querida Francesca

¿Cómo te va todo desde allí, en Roma? ¿Todo bien? Eso espero, aunque, por lo que me has contado, estoy un poco preocupada. Pero, seguro que lo superarás, tú dibujas muy bien, llegarás en lo alto del mundo del mundo del arte. Además la escuela de arte a dónde vas es de lo mejor de la capital de Italia y te enseñaran muchas cosas.

Sabes, me das un poco de envidia. Yo, estoy en el hospital, harta de estar acostada sobre una cama muy incómoda, y muy aburrida. Por eso, te estoy escribiendo, porque no hay nada mejor que hacer. Bueno, ahora me siento muy fastidiada, porque he tenido una nueva recaída, la peor que he tenido, y eso que solo han pasado unos pocos meses desde la última, en serio. De tanto vomitar, hasta siento haber perdido el sentido del gusto, y he llevado casi una semana con el cuerpo ardiendo. Tengo un pañal, porque no tengo ni fuerzas para levantarme de la cama y llevó días, incapaz de comer algo.

Es horrible. A pesar de que hace años de que tuve aquella enfermedad, sus secuelas me atacan, una y otra vez. No importa lo que yo coja, ya sea un simple resfriado o algo que no le sienta bien a mi delicado estomago; casi siempre me pongo tan mal que parece que me voy a morir. Muchas veces me pregunto cómo puedo soportar todo esto y por qué tengo que hacerlo.

Bueno, no quiero preocuparte de más, ya estoy mejor. Por lo menos, puedo escribir algo y la ventana de mi habitación tiene unas vistas muy hermosas. Ahora mismo, está anocheciendo y el solo hace que las montañas se estén viendo naranjas. Creo que Shelijonia no está tan mal, después de todo.

Y ahora me he puesto muy nostálgica, recordando nuestra infancia, a nuestro Nápoles.

Recuerdo el olor a pan recién hecho de la panadería de tu tío y el del mar, aquellos días en dónde corríamos por sus empinadas calles para ver quién llegaba la primera a la meta, en los cuales nos colábamos en las playas privadas de los hoteles cercanos, en el que nosotras éramos uña y carne, y siempre estábamos juntas, ya sea jugando o haciéndoles grandes travesuras a los adultos. 

En fin, termino esta carta antes de que la nostalgia me haga llorar. 

Atentamente, Alsancia-Lorena.

20 de Febrero

Querida Francesca

¿Te van bien las cosas allí, en Roma? Yo, ya he salido del alta, aunque ha tardado más de lo que creía, pero creo que voy a volver a allí, si sigo así. Estoy realmente enfadada y creo que lo mejor es desquiciarme escribiendo esta carta. Espero que no te importe.

Otra vez, me he peleado con mi madre y todo por culpa de un estúpido papelito, ¡cómo lo oyes! Solo le dije que mirase en el papel que nos dio el médico lo que éste quería decir exactamente, porque apenas entendía lo que decía. Más bien, se lo escribí, porque apenas podría decir algo y se lo enseñé y ella me gritó y me soltó cosas horribles. Y al mismo momento que actuó de esa manera, me levantó la mano con ganas de darme un tortazo. No sé la razón, pero estaba tan enfurecida que mis piernas temblaron como flanes y no pude mantener el equilibrio, mientras me tapaba la cabeza. Casi me iba a dar un ataque de nervios.

Luego, pudo controlarse y me dijo que solo estaba de los nervios y fue mi culpa haberla provocado. Eso me sintió fatal, porque yo no hice nada malo, solo le pregunté algo, nada más, y ella se puso como una furia.

Tras eso, eso solo fui a mi cuarto y empecé a llorar. Tal vez, era culpa mía, por estar siempre enferma o por siempre necesitar su ayuda; pero nuestra relación se ha vuelto cada vez peor. Hemos tenido un montón de peleas, algunas tan fuertes que he tenido un ataque de nervios, y rara vez podemos estar juntas. Aquella madre amable y buena se ha transformado en otra cosa. Mi padre y yo, no tenemos peleas, pero él también se está volviendo distante.

Espero y deseo que tu relación con tu madre siga igual de buena, es una buena mujer y sus galletas caseras son los mejores de todo Nápoles, los echó de menos. A ti también, y a toda tu familia y la mía.

Creo que el mayor error de mis padres fue el de irnos de nuestra tierra y venir a Shelijonia. No es un lugar cálido y radiante como Nápoles, y pienso que si yo no me hubiera ido a allí, jamás había terminado de esta forma. Sería una adulta hecha y derecha, con una salud de hierro.

Atentamente, Alsancia-Lorena.

15 de Marzo

Querida Francesca

¿Cómo estás? Espero que estés bien, aunque me preocupa un poco que no me contestes. Sabes hoy he estado viendo películas italianas y pues casi me hicieron llorar. Es algo avergonzante, de verdad, pero así es.

De todos modos, me recordaron a la excursión que tuvimos a Roma, cuando estábamos en la primaria. Tengo vagos recuerdos de ella, pero parecía mucho más bonita que Nápoles. Por eso, tal vez, la eligieron como la capital del país. Bueno, sé que es una estúpida razón, pero apenas me acuerdo algo sobre Historia de Italia.

Creo que, por eso, lloré, porque me di cuenta de que estaba olvidando cuales eran mis orígenes. Cada vez, sé menos cosas sobre él y estoy olvidando los sabores de sus comidas. Incluso mi italiano se está volviendo cada vez peor. Apenas puedo entender lo que decían en las películas.

Supongo que debe ser consecuencia de vivir en el extranjero, pero las cosas aquí son muy raras. Aquí se usan el inglés y el ruso y apenas puedo aprender los dos idiomas. Aunque el primero lo manejo más bien que mal, por escrito, claro está. Y es un lío, porque hay gente que solo usa uno y no te habla en el otro; otros hablan en una mezcla entre los dos.

De todas formas, me es imposible hablar en algún idioma, por culpa de mi tartamudez. Me cuesta mucho soltar una frase, y si lo hago, siempre me atasco y no puedo decirlo. Es horrible eso, lo odio con toda mi alma. No puedo expresar lo que quiero, la gente me mira mal, como si fuera una retrasada, o se enfadan conmigo porque se creen que me burlo de ellos.

En realidad, deseo irme contigo, a Roma, y ser una chica independiente. Incluso desearía poder ser tu compañera de piso, así volvería a pasar el tiempo juntas, después de estar años separadas. Ahora que me lo imagino, todo el que me viera se imaginara que soy tu hermana pequeña.

Bueno, eso me pasa todos los días. Todos se creen que tengo doce años, cuando soy una chica de diecinueve. Creo que ni te llego a los hombros, Francesca.

De todas maneras, sé que eso es algo imposible para mí, es solo un sueño que jamás podré hacer. Debería dejar de soñar despierta.

Atentamente, Alsancia-Lorena.

29 de Marzo

Querida Francesca

Muy pronto va a ser tu cumpleaños, ¿no? Recuerdo que era el tres de abril. Espero que lo estés celebrando en Nápoles con toda tu familia, bajo su radiante sol y rodeada de alegría. Aquí, en Shelijonia, la nieve aún no se derrite y hace un frío horrible. Me pone un poco triste, ya que, después de todo, una escena nevada es bonita, pero te da una sensación enorme de tristeza y soledad, como si la naturaleza hubiera abandonado esta isla, que se encuentra en el Océano Pacífico. Solo espero que llegué la primavera pronto este año, para que iluminar este lugar.

Perdón que me haya ido por las ramas, solo quiero preguntarme si quieres un regalo de mi parte. Así, por lo menos, ayudara a aliviar mi pesar por no poder celebrar tu cumpleaños contigo. Lo haré con mucho gusto, después de todo fuiste mi mejor amiga. ¡Y lo eres, no te preocupes!

De todos modos, si no me contestas, tendré que comprar un regalo que tal vez no te gustará. En verdad, deseo que me digas algo.

Atentamente Alsancia-Lorena

3 de Abril

Querida Francesca

Ya te he comprado tu regalo, espero que llegue pronto a Italia y te gusté. Estuve mucho tiempo buscándolo, y creo que es algo que te encantara.

Sabes, estoy de nuevo en el hospital y es gracioso cómo acabé así. Tuve otra pelea con mi madre, cuando ella vio que te compré el regalo.

Me gritó como loca, preguntándome cómo podría yo gastarme el dinero en una persona que ni siquiera se dignaba a contestarme. Te dijo cosas muy feas y yo te defendí.

Al final, me dio otro ataque de nervios y a mi madre, al verme, casi le da otro. Me llevaron rápidamente al hospital, y por alguna razón que no me han dicho, he tenido que estar hospitalizada más días de lo que pensaba. Espero que a ti las cosas te vayan mejor y que cualquier problema que estés teniendo se solucione sin complicaciones.

Atentamente, Alsancia-Lorena.

28 de Abril

Querida Francesca

Estoy, pero muy harta, de absolutamente todo. Ya estoy harta de sufrir, una y otra vez. Si no es por una estúpida enfermedad que ha atacado mi débil cuerpo, son las peleas con mi madre, que me alteran hasta al punto de ponerme fatal. Y mi padre, cada vez, le importo menos y solo se dedica quitarse del medio cuando le conviene.

No duré ni una semana, ni una. Al darme de alta, tres días después, volví al hospital. Al parecer, no saben si me he enfermado de nuevo o el estrés que me está produciendo mi madre me está destrozando, tanto que no puedo ni dormir. Y me duele, pero mucho, el estomago.

¡Maldita enfermedad! ¡Maldita fiebre de Shelijonia! Si no lo hubiera cogido no estaría sufriendo de esta manera, mi cuerpo estaría bien y no sería una basura. No puedo hablar bien, ni comer, ni andar, incluso, a veces, no puedo ni respirar. En fin, ni puedo hacer nada, vivir se ha vuelto difícil para mí. Más bien, ahora que pienso, desde que vine a esta maldita isla, toda mi vida se ha ido al carajo, ¡Totalmente! ¿Por qué tuve que irme de Nápoles, de Italia?

Francesca, quiero volver a los viejos tiempos, lo deseo con todas las ganas del mundo. Quiero volverte a ti, a tu familia, a la mía, a mi antiguo yo, a Italia y a Nápoles y su radiante sol. Deseo viajar atrás en el tiempo y evitar que mi padre tomara la estúpida decisión de irnos a Shelijonia.

Me siento tan mal que, incluso, estoy pensando en morir. En verdad, llevó tiempo pensándolo, y espero poder morir pronto, porque ya estoy cansada de tanto sufrimiento. Sé que lo que estoy diciendo te parecerá una locura, pero estoy deseándolo fuerte, a pesar de que una parte de mí no quiere, desea seguir viviendo.

Lo siento, de verdad, pero necesito desahogarme con alguien, porque no tengo a nadie, ni puedo contar con mis padres. Estoy sola, totalmente, y desesperada, por ver que alguien me hable o consuela, que solo esté a mi lado. Y que mejor persona que tú. Aunque espero que no te moleste.

Por favor, contéstame.

Atentamente Alsancia-Lorena.

29 de Junio

Querida Francesca

Sabes, a veces, creo que mi madre, tal vez, tenga razón contigo, de que no te importo y es una estupidez seguir escribiendo, cuando llevas meses sin contestarme. Pero me niego, con todo mi corazón, que sea así, porque tú no eres así, por lo menos tu yo del pasado. Sé que jamás sería capaz de ignorar mis cartas, te conozco. Algo te debe haber pasado, seguro.

Si es así, si tienes problemas graves, yo intentaré en lo que pueda en ayudarte. Puede que sea una inútil y débil, una chica con aspecto de niña e incapaz de cuidarse sola; pero, aún así, eres mi querida amiga. Incluso iré a Roma si hace falta.

Recuerdo que tú fuiste la que quería que te mandara cartas a la antigua usanza para comunicarnos, ya que no usabas ni el móvil ni los e-mails.  Y así durante años estuvimos escribiéndonos. Las dos nos gustaba eso, había algo que lo hacía especial. Algo muy feo te debe haber pasado y estoy muy preocupada por ti. Solo espero que no hayas cambiado para peor.

Atentamente Alsancia-Lorena

29 de Junio

Querida Francesca

Una y otra vez recuerdo mi infancia, creo que me he obsesionado con ella, la verdad. Esta vez, ver salir a unos niños del colegio como locos, gritando de felicidad, porque terminaron las clases, me hizo imaginar a nosotras dos. Creo que tú tampoco soportabas el colegio y te ponías tan feliz como aquellos chicos. Eran buenos tiempos, que jamás volverán, por mucho que pensé sobre ello.

¿Sabes algo gracioso? Muy pronto voy a cumplir los veinte años, y ni me veo como alguien mayor, tanto físicamente como mentalmente, la verdad.

Te envidio, pero mucho. Vives independiente y sin ningún problema de salud, a diferencia de mí. Espero que esta vez pueda recibir una respuesta de tu parte.

Atentamente Alsancia-Lorena

15 de Julio

Querida Francesca

Hace tres días, intenté ir al hospital yo sola, sin nadie más. Quería demostrar a mis padres, y a mí misma, que podría hacerlo, demostrar que no era una buena para nada.

Ya estaba cansada de que mis padres me tratase como una chica fastidiosa que solo dependía de los demás. Sé que parecerá algo ridículo, pero, me daba miedo irme sola al médico, porque necesitaba a alguien para que me cuidara. Pero, a pesar de que sea como la cosa más fácil del mundo, para mí era un gran paso para superar aquellas barreras que llevan tiempo superándome.

¿Y lo conseguí? Bueno, una parte, sí. Pude montarme en el autobús que me llevaba al hospital y acudir a la cita. Pero, luego, el que me llevaba hacia mi casa se me escapó. Entonces, tuve que ir andando y terminé en el peor barrio de Springfield, que es la cuidad en dónde estoy. No era peligroso, ni nada parecido, pero aquello era un laberinto de estrechas calles, tanto que varios balcones se tocaban los unos con los otros. Las casas, de dos pisos, parecían pequeñas. Todo esto me recordaba un poco a Nápoles, la verdad.

De todos modos, me perdí en aquel lugar y, al parecer, creo que me dio una insolación y me desmayé en mitad de la calle. Y, al despertarme, me encontré con varias personas, mirándome, en una casa desconocida.

Pues bien, eran buena gente y aunque me costó relacionarme con ellos, hicimos buenas migas e incluso tuve amigas. En verdad, de una forma muy curiosa, por primera vez en lo que llevó en Shelijonia, conseguí nuevas amistades.

Y son muy amables, ya que decidieron llevarme a casa cuando lo necesitaba, aunque, al final, nos perdimos todos por la cuidad.

Sabes, me siento muy feliz, de verdad. Debería haber hecho esto antes, porque ahora miro con mejores ojos esta isla. Incluso, creo que todo parece más bonito, tras este encuentro.

Pero, ¡no te preocupes, eso no quiere decir que dejas de ser mi amiga!

Atentamente Alsancia-Lorena.

01 de Agosto

Querida Francesca

Una de mi nueva amiga, es bastante extraña, la verdad, pero es una buena persona y no sé por qué, pero parece que sabe actual genial, tanto que me da envidia. Y eso que, casi siempre, está acostada sobre su suelo, viendo la tele.

Se llama Mao, y es una chica asiática. Es rubia, color natural, y lleva el pelo corto más una coleta con un listón rojo. Lo curioso de todo es que siempre lleva ropa exótica, algo que ella llama “kimono”. Y es bastante bonita la ropa y la tiene de todo tipo, desde con hermosos estampados de cerezos hasta  de pajaritos de colores. Es bastante difícil, como explicar esto, la verdad.

De todos modos, parecía, al principio, alguien difícil de tratar, pero, luego, sorprendentemente, me empezó a tratar muy bien. Siempre me anima o me acompaña al médico cuando hace falta. Incluso me deja comer y dormir en su casa cuando deseo. Me está ayudando muchísimo, y siento que no podré pagarle todo lo que está haciendo por mí. Me da vergüenza como adulta, ya que ella es mucho menor que yo.

También viven en tres rubios más, que pertenecen a la misma familia, pero que no tienen ninguna relación sanguínea con Mao. Pero, aún así, ellos están allí como si fueran parte de ella. Una de ellos es una chica, que parece joven, y ya tiene una niña, y junto con ellas, está su primo que cuida la tienda. Si tienen una y venden cosas muy lindas. Es bastante curiosa la situación de esta gente, la verdad.

La verdad, es que me gusta ir a su casa, no solo por ella, sino porque es un lugar bastante alegre y animada.

Si alguna vez visitas Shelijonia, deberías pasarte por aquí, y comprar algunos recuerdos para tu familia.

Casi se me olvida de hablar de la otra amiga que he conocido. Bueno, tuve que descansar un poco las manos, porque me duelen de tanto escribir, la verdad. Porque esta carta se me está haciendo muy larga.

Habla como un loro, tanto que, todos se cansan de tanto escucharla. Eso me recuerda a tu tío de la panadería, que siempre hablaba por los codos.

Ahora no recuerdo su nombre muy bien. No sé si era Josefa o Josefina o algo parecido. Me siento algo avergonzada por no saber el nombre de una amiga.

De todos modos, a mi no me molesta que hable sin parar, pero me da demasiada envidia. Desearía poder hablar como ella y expresar todo lo que quiera, porque es frustrante tartamudear o, incluso, no poder decir algo.

Aunque, la verdad, tenemos una diferencia de edad entre nosotras enormes. Ella tiene, entre once o doce años, pero, aún así, es más alta que yo, por solo unos pocos centímetros. Aunque, bueno, ella se cree que soy menor que ella, porque me trata como a una niña y tratándome como una algo adorable, y eso, a veces, me molesta.

En verdad, me da coraje, porque yo debería ser la que debería tratarla como una niña, ya que es menor que yo y es mucho más adorable.

De todas maneras, aquella chica es hispana, de México. Aunque yo me imaginaba otra cosa. Su piel es bastante blanca, a diferencia de muchos mexicanos que he visto salir en la televisión. Entre otras cosas, ella tiene un pelo largo y liso, que le llegaba a los hombros, y morena.

Me encantaría que la conocieras, porque a ti te encantan mucho las niñas y con lo hiperactiva que es ella, seguro que te va a gusta.

No sé si te preguntarás por qué te sigo escribiendo, ya que yo no lo sé, pero, aún así, deseo de todo corazón de que me contestase una carta, por lo menos una, por favor.

Debes pensar que soy una estúpida por seguir mandándote cartas con la esperanza de que me contesten.

En cualquier caso, espero que todo te esté yendo bien, Francesca.

Atentamente, Alsancia-Lorena

29 de Agosto

Querida Francesca

Me está doliendo, de verdad, de esta manera, estoy llorando, y mucho. Te estoy odiando con cada día que pasas sin contestarme.

Creo que esto ya no tiene sentido. Llevo meses mandándote cartas y ninguna ha recibido respuesta. Debería haberle hecho caso a mi madre y haber dejado de escribirte hace meses, porque ser ignorada de esta manera es cruel y horrible.

Puedo pasar de ti, porque tengo a amigas que si me responden cuando lo necesito. Personas que se preocupan de mí y que me dicen que no me haga más daño escribiéndote. Sin su apoyo, ya me había derrumbado.

Pero, aún así, necesito saber algo de ti, ¿por qué? Eres una de mis primeras amigas, la mejor, con la cual disfruté mucho mientras pasábamos el día a día en nuestra querida Nápoles. Me tienes preocupada, tú nunca harías eso. Tú jamás haría algo tan cruel como lo que estás haciendo ahora.

¿Qué te ha pasado? Por favor, contéstame.

Atentamente Alsancia-Lorena.

10 de Septiembre

Querida Francesca

¿Te he hecho algo? ¿Te he hecho daño? ¿Por qué no me contestas? Yo pensaba que éramos amigas, las mejores amigas.

Solo quiero que me digas algo. Por lo menos dignarte a darme una respuesta. No me importa cuál, pero para explicar esto.

Si es algo que has hecho tú y tienes miedo de hablar conmigo, no te preocupes, yo te perdonaré. No importa lo grave que sea. Y si la culpable soy yo, te pido perdón, no importa cuántas veces. Pero, por favor quiero una respuesta. Eso es todo lo que te pido. No quiero perder una amistad como la que hemos tenido de esta forma. Te lo pido, por favor.

Atentamente, Alsancia-Lorena.

03 de Noviembre

Querida Francesca

Ya se acabó, no te escribiré más cartas, está es la última. Pero no te preocupes, cuando quieras volver a hablar conmigo, estaré encantada de hacerlo y te perdonará. No te guardo rencor, o eso intento.

Hasta la próxima Francesca.

Atentamente Alsancia-Lorena.

Un día de Diciembre, mientras Alsancia intentaba comer su desayuno. Inesperadamente el cartero llamó a la puerta de su casa. Su madre recogió un paquete y una carta. Eran para su hija.

— ¡Hey, Alsancia! ¡Esto es para ti! — Le dijo.

Ella, a lo primero, se extraño. Se preguntaba qué era lo que traía el cartero. A lo segundo, se imaginó que, tal vez, sería de su querida amiga Francesca. Rápidamente se ilusionó y con la ayuda de su madre se llevó el paquete y la carta a su cuarto. Le pidió que la dejara sola y ésta así lo hizo.

Miró primero la carta. El emisor no era una tal Francesca Petacci, sino Clara Petacci. “¿No es esa su hermana?”, se preguntó. Y tuvo un mal presentimiento, uno muy malo. Ya le estaba dando miedo abrir esa carta. Así que optó primero por abrir el paquete. Era un hermoso jarrón, cien por cien artesanal y de Shelijonia. Eso era su regalo para el cumpleaños de Francesca. ¿Por qué se lo habían devuelto?

Dudó durante muchos minutos, si en abrir o no la carta para leer su contenido. Le aterraba la idea de leerlo, pero quería saber qué estaba pasando. En esa carta estaba la respuesta que Alsancia llevaba tiempo formulando y que, por fin, iba a saber. Aunque, a veces, saber la verdad es mucho más horrible que estar en la ignorancia. También, lo es al revés. Con esto en mente, se preguntaba qué hacer. Al final decidió lo que le pareció correcto.

“Espero estar preparada para esto.”, se dijo a sí misma.

05 de Noviembre

Buenas, Alsancia-Lorena Mussolini.

Espero que me recuerde soy la hermana de Francesca. Me alegra que haya tenido una amiga tan buena como tú. La razón de por qué no te ha contestado todas estas es que ella está muerta. Murió en un accidente de tráfico cuando paseaba por las calles de Roma, allá por Nochevieja. No pudieron salvarla en el hospital. Ha sido una gran pérdida para mí y para nuestra familia. Aún lloró por su muerte. Tenía una larga vida por delante.

El dueño del piso que alquilo mi hermana fue el que me puso en conocimiento la existencia de tus cartas y tu regalo. Tardé un poco en decidirme si comunicarte esto o no. Me dio bastante lástima. En fin, ella te quería mucho y deseaba volver a verte.

Un beso.

Fue un shock tremendo para Alsancia. Soltó el papel y sus manos no paraban de temblar. Y sus ojos rápidamente se llenaron de lágrimas. Al momento se tapó su cara con sus manos y lloró en silencio. Deseaba gritar por qué, sin parar, pero no tenía las fuerzas suficientes. Y así pasó toda la tarde.

FIN

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Lafayette en el Zarato, decimonovena historia.

— Mi Querida Señora, al parecer vuestra merced hoy no podrá ir a su escuela. —

Esas fueron las palabras que escaparon de mi boca al observar el paisaje por la ventana. La naturaleza nos había regalado una gran y terrible ventisca y cuyos resultados observaba. Y como vería más adelante la nieve llegaba hasta las rodillas. Las nubes, con un hermoso gris plateado, completaban la idílica escena, ni dejaba ver los grandes edificios de la cercana ciudad de Springfield. Tal imagen, me estremecía y a la vez me asombraba. Tan hermosa y a la vez tan terrible, capaz de mandar a la tumba a humanos y a animales, por igual. Cómo Mi Señora.

— Por ahora para mí, es un asunto sin importancia, Ranavalona. Ahora estoy pensando en cómo atrapar al maldito que ha destruido la antena. —

Eso decía Mi Señora, mientras estaba acostada y mirando hacía al techo. Estaba bien molesta por culpa de un energúmeno, que destruyó un cachivache de esos. Al parecer su función era de ser puente entre esos y los otros. Bueno, no lo entiendo muy bien, las cosas del exterior son muy raras. El caso es que ahora ella está incomunicada con el resto del mundo y es algo que no puede permitirse. Y todo problema que sufra es mi problema.

— Le juro que quién sea que haya roto eso será encontrado y tendrá el determinado castigo que se merece. — Eso le dije a Mi Señora.

— No hace falta. — Se levantó. — Por ahora. Lo que quiero ahora es que me cuentes aquellos rumores que has escuchado. — Eso me sorprendió.

— ¿Aquellos a lo que usted me prohibió decirle? — Mi Señora, con tal de no escuchar las tonterías de la plebe, me obligó a que no le dijera nada de eso.

— La prohibición se ha levantando. — Y ahora quería escuchar tales rumores.

En resumen, el incidente del cachivache no era el único acontecimiento extraño, desde hacía semanas la capital del Zarato había sufrido todo una oleada de robos. Todos los productos robados eran de primera necesidad, desde ropa de mujer hasta las mismas gallinas y sus huevos. La descripción del ladrón que relataban los testigos de esos robos era casi siempre el mismo. Ropas extrañas, pelo increíblemente largo y su piel era imposible de notar en la oscuridad. Muchos pensaba de que era un ser humano, otros un demonio y los más viejos, un “Coneco”, un horrible monstruo creado por la desesperación y la maldad del blanco y cuya pena es estar eternamente vagando por tierras vírgenes.

— Recuerdo que mi madre había hablado algo de eso. — Dijo, tras termina mi resumen — No le di mucha importancia. Y ella al parecer tampoco. De todos modos, me pregunto cómo no ha sido atrapado aún. —

— Mi Señora, esa criatura es sin duda la más escurridiza de todas. Ni siquiera la Guardia Urbana ha podido capturarla. — Para información del lector, este cuerpo de élite es unos de los más preparados de todo el Zarato.

— Tch. Al final yo me tendré que encargarme de esto. — Eso decía, muy frustrada.

Ella, con total elegancia y feminidad, se levantó de su elegante cama. A continuación, nos dirigimos hacía un almacén secreta, cuya ubicación y existencia solo la conocemos yo, Mi Señora, la Zarina y otro familiar. No sé la razón de tanto secretismo, solo es una gran habitación invadida de todo tipo de armas. Estuvo largo tiempo buscando entre aquel basurero de armas. Comprendí con eso lo que iba a hacer. Buscaba una buena arma para enfrentarse y capturar al monstruo con sus propias manos. La idea de que ella iba a ponerse en peligro hizo que se me escaparán estas palabras:

— ¿Mi Señora, no cree que es muy peligroso ir en busca de tal…? — Ella interrumpió mis palabras de preocupación, con solo una mirada.

— ¿Te lo he dicho muchas veces, no? — A ella no le gustaba que le contradije sus órdenes, salvo excepciones.

— Sí, Mi Señora. No puedo dudar de sus acciones, solo debo obedecer sin rechistar, salvo si usted misma me lo permita. — Le dije, palabra por palabra, lo que siempre me hacía recordar.

— Pues entonces, mantente en silencio, por ahora. —

El silencio duro largo tiempo. Mientras ella buscaba, yo mantenía una dura y terrible pelea interior. Mis deseos carnales me obligaban a querer hacerle cosas impropias de una señorita a Mi Señora. Pero mi voluntad resistía al impulso carnal. Por suerte, para mí y para ella, encontró el arma que deseaba usar. No le pregunte qué tipo era ese, ya que iba en contra de sus órdenes.

— Ranavalona, prepárate para la cacería. — Me ordenó Mi Señora.

— ¡Sí, Mi Señora! — Yo le dije que sí, mientras hacía sin darme cuenta un saludo militar.

Y pase el resto del día preparando nuestra salida nocturna, ya que el monstruo siempre aparecía por esas horas. Con la ayuda de las demás sirvientas hice deliciosa comida para el paladar. Busqué y reuní todas las herramientas necesarias. Reuní información extra, por si nos era necesario entre otras cosas. Mi Señora estuvo todo ese tiempo en su habitación planificando nuestra salida. Ya en la noche:

— ¿Con esto creen que tenemos suficiente para protegernos del frío? —  Le pregunté a las sirvientas que nos estaba ayudando a vestirnos. Fue una orden de Mi Señora.

— Tal vez no sea suficiente, últimamente hace demasiado frío. Unos cuantos han muertos congelados en sus propias casas estos días. — Esa fue la respuesta de una de ellas.

— No digas esas cosas, con todo eso encima podrán incluso podrían sobrevivir días en el pico del Derishini. — Dijo la otra. La mención de aquel monstruo me hizo recordar a mis familiares fallecidos.

Recuerdos vagos de cómo toda la familia se juntaba alrededor de un fuego por las noches y nos contaba historias de monstruos. Y uno de los que más nos contaba era las aventuras del “Derishini”, un monstruo creado por los dioses para vigilar sus tesoros.

Tenía el poder de congelar y descongelarlo todo, de invocar tormentas de nieves que duraban siglos entre otros más. La nostalgia me invadió durante unos segundos.

— ¡Vamos, Ranvalona, no te quedes parada ahí parada! — La voz de Mi Señora me volvió a la realidad.

Y al final salimos fuera del imponente edificio. Por suerte no había tormenta pero el frío era insoportable. Nuestras lámparas de gas apenas podían alumbrar gran cosa. Venían con nosotras otras dos sirvientas más, que trasportaban enormes bolsas de productos de primera necesidad. Otras iban estaban sacando los burros y el carro. La intención de Mi Señora en esto era hacer un viaje nocturno. Pequeñas niñas transportando cosas que a ese monstruo le podría interesar en plena noche. Un aperitivo muy tentador.

Pero ni pudimos empezar el plan, porque aquel monstruo se adelantó. Se escuchó unos gritos procedentes de los establos. Parecían ser de las sirvientas. Todos fuimos corriendo hacía allí. Cuando llegamos, vimos a las sirvientas desmayadas en la puerta de los establos. De ahí, salían unos ruidos que parecían proceder del mismo infierno.

— ¿Qué hacemos, Mi Señora? — Le pregunté.

— ¡Qué las sirvientes se ocupen de sus compañeras! Nosotras…— Me decía. — vamos a ver qué es lo que hay en los establos. — Me entró el miedo. A cualquiera le entraría. A todos menos a Mi Señora. Es tan genial, pero de todos modos, ella no debía de exponerse al peligro.

— ¿Mi Señora, no sería mej…? — No pude terminar mi frase.

— Sin peros, Ranavalona. — Ya que me interrumpió Mi Señora.

Y entramos en el lugar. Los caballos, inquietos, como si hubiera un aura maligna; no dejaban de relinchar, el lugar apestaba a muerte, eso más los ruidos infernales y la oscuridad daban a la situación terror absoluto.

— Qué escena tan vomitiva. — Dijo Mi Señora tapándose la nariz. Y en cierta manera lo era.

Por fin nos encontramos con el culpable. Parecía ser una persona, a pesar de que llevaba cientos de pieles encima de ella y su cabellera negra, larga y oscura, le tapaba gran parte de la cara. Su piel también era negra. Había  matado a un caballo de raza pura, unos de los caros que tenía la Zarina, y ahora intentaba cortarle la cabeza. No sabíamos con qué intención, pero esa acción enfadó mucho a Mi Señora.

— ¡Eh, tú! ¡Sabes que ese caballo ganó cientos de dólares en carreras! ¡Y que íbamos a aparearlo con una yegua! — Gritó. Su cara mostraba furia y tengo que reconocer que eso me excitó.

El monstruo giro hacía nosotras y dejó lo que estaba haciendo. No, no era un monstruo, era una persona. Una chica joven, empezó a reírse de una forma enferma y después le hizo un gesto insultante a Mi Señora. Eso la hizo enfadar mucho más.

— Pobre criatura, no conoce el respeto…¡¡Y lo va a pagar caro!! — Mi Señora sacó su arma con rapidez y le disparó a la chica. Ella lo esquivó y empezó a gritar cosas en un extraño idioma, que, por cierto, Mi Señora conocía:

— ¿¡Pero qué…!? ¿Por qué está hablando en francés? — Gritaba, asombrada.

A continuación, se acerco a Mi Señora, con arma blanca en mano, con el objetivo de matarla. Por suerte, se protegió con el rifle. Y así empezaron a entablar un extraño duelo entre ellas. Yo, muerta de miedo, era incapaz de moverme y defender a Mi Señora. Me sentí tan asqueada por mí misma, no estaba defendiendo al amor de mi vida.

Y en un momento de la pelea, cayó al suelo, por unos segundos estaba indefensa ante aquella horrible mujer. Ese fue el momento en que decidí librarme de todos mis miedos. Mi amor pudo más que mi instinto de mi supervivencia. Me puse en medio lo más rápido posible, a ser su escudo humano.

“No me arrepiento, este es el mejor final que pude tener. Sacrificar mi vida por la suya.” Eso iba a ser mis últimas palabras. Pero dios no quiso ese final.

Ella y yo nos chocamos violentamente. Yo caí al suelo. Esa bestia pudo mantenerse de pie, aunque dio unos pasos para atrás.

Entonces resbaló con la sangre aún fresca de su víctima y se cayó, y sin saber nosotras cómo, un cubo se lanzó hacia su cara. De esta manera habríamos ganado a esa bestia, ya que se desmayó.

— Vaya final tan inesperado…— Eso dijo mi Señora.

Después de esto, aquel sujeto no se despertó hasta las primeras horas de la mañana, aunque el lugar en dónde estaba no llegaba la luz del sol.

— ¿En dónde estoy…? ¿Qué ha….pasado? — Aún no estaba consciente del todo, iba a poco a poco. Yo, por orden de Mi Señora, la había estado vigilando. Ese presunto monstruo fue metido en una jaula para caballos.

— De todos modos actuaba como un animal, así que le daremos lo que se merece todo animal, una jaula. — Dijo Mi Señora cuando le preguntaron la razón por la decisión de meterla ahí. Aún había mucha oscuridad en el lugar, así que aún no sabía que estaba encerrada. A continuación, tocó el suelo y lo examinó.

— ¿Qué coño es esto? ¿Paja? — Decía esto mientras alzaba la cabeza y me veía. — ¡Oye, tú! ¡¿Qué es este lugar!? — Se levantó y corrió hacia mí, pero chocó con los barrotes.

— ¡¡Ay, puta mierda!! ¿Ahora qué? — Los examinó. — ¿Unos barrotes? ¿Qué? ¡¡La madre puta qué te parió!! ¡¡Qué me saquen de esta pocilga!! — Empezó a zarandearlos.

Siguió gritando, ordenando que le soltaran. No dije nada. Cada minuto se volvía más violenta. Paso de insultarme a amenazarme de muerte. Llegó a un punto que se cansó de eso e intentaba con sus brazos romper los barrotes. Luego empezó a darle patadas. Después a darse cabezazos y finalmente los mordía. Todo eso era en vano. Lo único que conseguía era aterrarme aún más. Parecía más bestia que las mismas bestias. Su griterío despertó a todo el mundo.

— ¡Debería haberte dado un rifle con tranquilizante! ¡Por ver si esta bestia se calma! — Decía esto Mi Señora mientras entraba en el lugar y se acercaba a nosotras.

— ¡Y luego los demás os trata a vosotros, los indígenas, de incivilizados, de bárbaros y otras palabras parecidas! ¡Esta chica, a pesar de pertenecer a la cuidad, se comporta peor que los monos del zoo! ¡¿No debería darte vergüenza, Marie Luise!? —  Esas palabras encolerizaron aún más a esa chica.

— ¿¡Qué estás diciendo zorra!? ¿Cómo sabes mi nombre, puta??- De repente, se quedó en silencio y pensativa. Al poco, en voz baja dijo:

— Ya recuerdo… ¡¡Vosotras sois…las chicas de esta noche!! — Entonces, volvió a gritar cómo loca. No paraba de amenazar, de insultar, de que era un ser humano y de preguntar por qué Mi Señora sabía su nombre.

— Maldita negra, deja de gritar. — Mi Señora preparó su rifle para disparar. — O si no lo voy a hacer yo. —

— ¡Maldita hija de puta…! — Eso decía en voz baja, tras dejar de actuar como una bestia.

— Bueno, ya que por fin has decidido actual como una persona, te explicaré tu situación. Has sido capturada. Y ahora te enfrentas ante la justicia de este lugar… — No pudo terminar su frase.

— Primero me tienes que explicar cómo sabes mi puto nombre, niñata. —Interrumpió ella.

— No tienes en esta situación el derecho a exigir. — La cara de aquella chica estaba llena de odio y rabia.

— Bueno, a lo que íbamos. Estás condenada a unos cuantos casos de robos y de destrucción de propiedad. Pero lo mejor de todo es que estás por entrar ilegalmente al Zarato. — Y eso lo decía con una sonrisa, que me parecía muy linda y sensual, pero que provocó el efecto contrario en esa cosa.

— ¿Y qué quieres decir? — Le preguntó esto, gritando como una bestia.

— Que según nuestras leyes quién entre ilegalmente, en otras palabras, sin permiso de la Zarina; será ejecutado. Y ese es tu caso…Marie Luise Lafayette. No sé cómo has entrado ni cómo has llegado, y si sé de ti es que lo que hiciste hace poco te hizo regionalmente famosa. Por cosas de política, también conozco tu familia. — Eso le respondió Mi Señora.

— ¿¡Cómo…!? ¿¡Qué…!? ¡Ni una mierda! ¡¡No voy a morir! — Volvió a gritar y a intentar a romper los barrotes.

— Pero si es lo mejor para alguien tan indigno cómo tú. Si no te has dado cuenta has caído muy, muy bajo. Además, tu familia por fin se va a librar de un sujeto cómo tú. — Eso le dijo y con una sonrisa en su boca, Mi Señora giró hacía la puerta. Por fin vengó su cachivache. Entonces apareció su madre, La Zarina, mientras Lafayette, cómo así se llamaba, no paraba de gritar.

— ¡Hija mía, me he enterado de lo que hiciste! ¡No me has dicho nada, lo has hecho sin mi permiso! — Cogió a Mi Señora por las orejas. — ¡Eso no es lo que una buena hija ni súbdita de hacer! ¡Jamás! —

— ¡Ni siquiera te interesaba esto! — Entonces la soltó. Mi Señora cayó al suelo y yo me acerqué a ella a atenderla.

— ¡Ahora sí! — Dijo eso al estar delante de la jaula, mirando fijamente a aquella chica, viendo como no dejaba de gritar.

— ¡Ni siquiera el más animal de mis súbditos actúa como ésta! — La miró durante largo tiempo, con su típica sonrisa, aquella con la que domina y somete el Zarato, aquella cuándo elimina a sus enemigos, aquella cuándo encuentra algo que le interesa.

— Tengo un mal presentimiento. — Dijo Mi Señora con muy mala cara.

Pasaron unas cuantas horas desde eso. Al sol le faltaba poco para esconderse por las montañas del oeste. Estábamos cenando. Por primera vez, en mucho tiempo, la Zarina me dejó cenar con ella y con Mi Señora. Y por extraño que parece, teníamos a un invitado, esa Lafayette. Por orden suya, se le sacó de la jaula, pero le fue atado las manos, sus piernas llevaban una gran bola de metal y siempre estaba vigilada por sirvientas. Nadie sabía por qué decidió hacer esto.

— Mi madre es mi madre. Es un ser impredecible, algo que odio, la verdad. — Me explicó Mi Señora, con rabia y frustración, cuando se lo pregunté.

— Come todo lo que quieras, después de todo, ésta será tu última cena.  —Le dijo la Zarina a la invitada.

— Qué graciosa. ¿Qué crees que alguien comería bien si supiera si mañana le van a ahorcar? ¿¡Además, cómo puedo comer con las manos atadas!? — Eso le contestó aquella chica, con una desvergüenza que daba náuseas.

— Tienes razón. Oye, hija, manda a Ranavalona a que le de comer. — Yo no quería acércame a esa cosa.

— Esa bestia le arrancaría los dedos. Y no desearía que ella los perdiera.  — Pero, por suerte, Mi Señora me salvó.

— ¡Es una orden de tu madre y de tu Zarina! — A continuación, se dirigió a esa Lafayette — ¡Si le haces daño a esa niña, no tendrás mandíbula para masticar! —

— ¡Qué os jodan! — Eso lo que dijo. Al final no comió nada. La fecha de la ejecución debía ser dentro de dos días, pero por una extraña razón la Zarina lo atrasado hasta el lunes. Mi Señora me decía que seguro que estaba planeando algo gordo. Yo no caí.

Mientras los días pasaban, en la plaza mayor de la cuidad se preparaba todo para la ejecución. Además de ella, otros indios condenados de otros crímenes horribles como violación a niños, saqueo de caminantes y aldeas, etc. En todos esos días ni Mi Señora ni yo visitamos a aquella persona, de todos modos no había ninguna razón. Aunque yo me preguntaba en que estaría pensando o meditando ya que su vida estaba a punto de terminar. También le pregunte qué era exactamente esa Lafayette.

— No es nada importante saberlo. — Eso me dijo, dejando el asunto zanjado.

El día de la ejecución, a excepción de los demás, era bastante soleado para la época, aunque aún así hacía mucho frío. Cómo era por la mañana, me sentía muy sola, ya que de lunes a viernes por esas horas Mi Señora siempre se iba al colegio. Así que me dirigí hacia el lugar en dónde iba a ejecutar a Lafayette, en la plaza central de la única cuidad del Zarato.

Al pueblo siempre le gustan estas cosas, que según Mi Señora, eso horrorizaría a los extranjeros. Por eso la plaza se llenó de gente y todos ellos se preparaban con piedras para lanzárselos a los criminales, mientras se estaba haciendo los últimos preparativos.

A las nueves en punto habían llegado los condenados. Las autoridades mandaron a la gente que se pusieran a un lado para que lo dejasen pasar. También dijeron que quién tiraba una piedra su mano iba a ser cortada. Entre todos esos desgraciados encontré a esa Lafayette. Vi en su cara una especie de resignación a morir y de odio a todo el mundo, o eso me parecía.

— ¿Hey capullos, qué pasan con estas caras? ¡Van a morir de la forma más humana posible! ¡Deberían estar contentos! — Dijo el verdugo. Ninguno de los condenados respondió, ni siquiera ella, que me imaginé que diría algún insulto.

Intente imaginarme que haría Mi Señora si estuviera ahí. Pero solo conseguí protestar contra su ausencia. ¡Maldito sea el colegio, nos separa! Y cuando estaba a punto de comenzar la ejecución, algo lo impidió. Apareció la Zarina. Dijo un gran “alto” claro y fuerte. Todos nos quedamos en silencio y pensando que hacía ella allí. También la saludamos a nuestro modo. A pesar de su dureza, ella es muy querida en la cuidad.

— ¡Yo La Zarina, me he aparecido en persona ante estos condenados de las justicias y ante mi pueblo, para hacer una declaración importante! — El pueblo mantuvo la respiración.

— Uno de los condenados, llamada Marie Luise Lafayette, inmigrante ilegal y ladrona; va a ser perdonada de morir en la horca. A cambio para pagar todos sus errores se le condenará a ir al exilio, a trabajar como una esclava. — Ella se quedó paralizada al escuchar la noticia, entonces todos los demás condenados empezaron a suplicar sin parar a la Zarina.

— ¡A los demás que os zurzan! — Y fueron ahorcados y sus cadáveres fueron destrozados por cientos de piedras.

Después de eso, tuve la sensación de que a Mi Señora no le gustaría, y así fue. Tras contarle lo sucedido, se dirigió hacia dónde estaba su real madre.

— ¡Madre! ¿Me puedes explicar este cambio de actitud hacía aquella salvaje? — Le gritó, muy furiosa.

— ¡No deberías tratar así a tu madre! ¡Además yo tengo la capacidad de perdona a los delincuentes si es necesario, así lo dictan las leyes de mi Zarato! —

La cara de Mi Señora transmitía odio, pero bastante, y eso, cómo dicen vulgarmente, me ponía cachonda. Es normal en ella odiar a los demás por cosas tan pequeñas, pero todo eso que salía de ella me parecía que provenía de algo más gordo. Al parecer también se dio cuenta la Zarina, quién le preguntó esto:

— ¿Por qué tanto odio por esa chica? ¡No creo que deba ser solamente por qué te rompió esa cosa, además de intentar matarte! — Se quedo pensativo unos momentos — ¡Ah, debe ser por eso…! —

— ¡Me rompió la antena! ¡Y casi me mata! Eso es mucha razón de peso para odiarla con mucha intensidad y fin de la cuestión. — Interrumpió Mi Señora.

La Zarina se rió bastante. Yo me quede preguntando de qué estaban hablando. Me gustaría haberle preguntado, pero ella me mandaría a callar. Tal vez estoy buscándole cincos patas al gato. Al día siguiente, se preparó todo para el viaje de Lafayette. Aunque a lo primero se pensó que el recorrido lo haría andando, con cadenas. Nuestra majestad decidió que se usaría un carro con jaula para llevarla hacía su destino. Mi Señora protestó por eso.

Cuando llegó la hora, que era ya por la tarde; Mi Señora, yo y La Zarina junto a otros súbditos nos reunimos para ver empezar el camino de Lafayette. Al final, Le sacaron de la cárcel, encadenada, diciendo groserías y amenazas de muertes a todas las personas del lugar. También daba escupitajos.

— ¡Vaya por dios, esa chica está muy enérgica hoy! — Dijo la Zarina, con burlas hacia ella.

Cuándo Lafayette fue introducida a lo bruto en la jaula. Mi Señora se acercó y empezó una conversación entre ellas:

— ¡Mira Gótica cíclope, sigo viva! — Eso le gritaba, poniendo caras horribles, propias de un loco.

— ¡Qué desgracia! ¡Me hubiera gustado que te eliminasen! — Pero Mi Señora no sintió miedo de ella, estaba delante de ella, desafiante.

— Y no tendrás el gusto…Me llamaste animal y me trataste de lo peor. ¡Por supuesto, esto lo pagarás caro! No tendré la libertad pero me arreglaré para eliminarte a ti y a tu puta madre y a todos los capullos de este lugar. ¡Solo espera, so puta! — Eso le soltaba, mientras intentaba mover las rejas de la cárcel como una salvaje.

— ¡Ja! Yo tengo poder y podría mandarte asesinos para que te eliminasen…así que buena suerte, animal. —

Y Mi Señora se alejó. Lafayette no dejó de gritar insultos y amenazas de muerte. En ese momento deseaba la muerte de esa mujer. Ya me tenía harta de que la insultará. Después de que iniciara su viaje hacia su destierro, La Zarina le dijo algo a Mi Señora:

— No te preocupes por ella, si te llega a tocar un pelo, será arrastrada por los caballos… —

— No me importa eso…— La replicó y la señaló. —Me importa más es lo que está pasando por tu cabeza. —

— Esa chica será algo muy interesante. — Y con esta respuesta, La Zarina se fue a su trono.

Entonces Mi Señora me dijo: — Ranavalona, pronosticó que las próximas semanas o en un futuro cercano vamos a tener unos problemas muy molestos, espero que te prepares. —

— Sí, Mi Señora. — Le respondí. Tal vez, esto sea el comienzo de algo mucho más gordo.

FIN

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Todos tienen sus problemas, decimoctava historia.

En una fría mañana de enero, tras tomar el desayuno; Mao se tumbó en el suelo del salón para ver la tele, cómo siempre había hecho. Mientras tanto Jovaka, aprovechando que Clementina y su hija se habían a comprar salió de su agujero para charlar, iniciando así su conversación.

— ¡No deberías vaguear tanto! — Le decía esto mientras se sentaba en el suelo. — ¡Eso no es propio de un hombre! —

— Recuerda que una linda chica asiática, llamarme “hombre” debería considerarse un insulto. — Eso le replicaba Mao, sin apartar la vista del televisor.

— Sí, una linda chica con pene. — Se burló de Mao para picarle un poco, pero no recibió una respuesta de su parte, porque estaba más concentrado en ver la tele. Jovaka miró hacia la caja tonta para ver que estaba viendo. Le preguntó qué era, a pesar de que lo sabía, para darle conversación; y ésta fue su respuesta.

— Un documental chino sobre osos pandas. — Le respondió. Estaban viendo imágenes de esos animales en mitad de un bosque, mientras escuchaban la voz de alguien, que no hablaba la lengua de Shakespeare, y que ni Mao entendía, porque apenas sabía mandarín.

Jovaka, al principio se quedó viendo eso, sin decir nada, pero duró cinco minutos porque era algo muy aburrido. Entonces, empezó a hablarle a Mao durante un buen rato, quién le contestaba de vez en cuando con respuestas fuera de contexto. Sintiéndose ignorada, al final se hartó de su actitud:

— ¡No deberíamos ignorarme, no soy como esa cotorra! — Eso le gritó molesta, mientras le zarandeaba la espalda a Mao. Éste, por su parte, se imaginó que se estaba refiriéndose a Josefina, y le replicó:

— Bueno…, casi lo eres. — Se lo dijo, con un tono dudoso.

— ¡Llevo casi trece horas sin hablar con alguien en la vida real! — Le explicaba a Mao su frustración. — ¡Por lo menos, deberías escuchándome con atención! — Gritando, eso sí.

Entonces Mao se levantó con una cara de enfado y Jovaka, al verlo, pensó que se había enfadado con ella y le iba a pedir perdón. Entonces, Mao gritó:

— ¡Ya no lo aguanto más! — Le gritaba a la tele. — ¡Malditos osos pandas, por eso estáis en peligro de extinción! ¡Hacer el amor de una vez! —

Mao había puesto los subtítulos en inglés, y después de ver los miles fallidos de los cuidadores para que los pandas se reprodujeran, estaba bastante harto. Jovaka casi se cae de la decepción al ver que ella no era la causa de su enfado. Y tuvo que detener a éste para que no zarandeara la tele, mientras les gritaba que lo hiciera de una maldita vez.

— ¡No debes mosquearte por eso, hay miles de mujeres que hacen cosas peores que no reproducirse para salvar la especie! — Eso le gritaba Jovaka, por decirle algo; mientras Mao gritaba.

— ¡He perdido todo mi tiempo en ver esta mierda de documental solo para que me digan que no van a tener un bebé! ¡Devolvedme mi tiempo, maldito documental! —

Entonces algo detuvo este espectáculo, Leonardo le gritó a Mao que Alsancia había llegado y parecía que le había ocurrido algo. Con gran rapidez, Jovaka le soltó para esconderse y el chino se dirigió hacia la tienda bastante preocupado, pero también estaba algo alegre, porque de todas las chicas que le visitaban, era la que más le agradaba.

— ¡Mierda, la enfermita ha vuelto! — Eso se decía Jovaka mientras volvía a su habitación, bastante molesta y celosa.

Mientras tanto, Mao al llegar ante Alsancia, la ve entrando en la tienda con la cara tapada, sollozando. Estaba llorando, y parecía como si no quería que nadie la viese así.

— ¿Qué ha pasado, Alsancia? — Eso le preguntó Mao.

— Mao… — Eso fue lo único que podría decir, mientras dejaba de taparse la cara y mirarle fijamente a la vez que lloraba sin parar.

A continuación, le dio un gran abrazo a Mao y éste decidió llevarla al salón y esperar que se tranquilizara. Jovaka, por su parte, estaba en su cama, deseando en aquel momento tapar el agujero que comunicaba su cuarto con el salón de Mao para no escucharlas, no con una cortina sino con cemento. Tuvo que pasar un buen rato hasta que Alsancia pudiera ser capaz de contar sus problemas.

— Bueno, entonces… ¿qué ocurre? — Le preguntó Mao, pero ella era incapaz de hablar, a pesar de que quería contárselo; éste se dio cuenta de eso y se sintió un idiota, dándose una palmada en la cara.

— Perdón, perdón. — Le decía mientras buscaba en un cajón de una estantería que estaba en el salón. — No me acordaba, aquí tiene. — Y sacó un bolígrafo y una libreta para que Alsancia pudiera contárselo, la única manera para transmitir lo que le había ocurrido:

Me he peleado con mi madre. Ayer he tenido unos cólicos muy feos y no dejaba de gritar. Ella se enfado conmigo, como si yo quería ponerme enferma para molestarla a propósito, y tuvimos una pelea tan fuerte, que provocó que me pusiera tan mal que tenía que llevarme al hospital otra vez. Entiendo que pueda causar mucho estrés, y ella éste sufriendo muchos problemas. Pero no me debería tratar así, no pasa un día en que ella no se empeña en enfadarse conmigo y estoy muy cansada.

Eso era lo que escribió ella tras estar un buen rato escribiendo y tras dárselo a Mao, tuvo que añadir algo más:

Perdón por esta visita inesperada, pero necesitaba hablar con alguien.

Y todo esto mientras lo leía en voz alta, haciendo que Alsancia se pusiera roja e intentaba decirle que no lo leyera de esa forma, sin éxito alguno. Al terminar Mao gritó:

— ¡Maldita mujer! — Lo soltó bastante enfadado. — ¡Así no se trata a los enfermos! — No entendía porque la madre le causaba tantos problemas a Alsancia, si ella era una chica que no causaba ningún problema. Después, le tocó la cabeza a ella, mientras le decía esto con voz normal:

— ¡No te preocupes, Alsancia, yo estoy de tu parte! — Eso la puso muy feliz.

Entonces Jovaka abrió las cortinas, sacó su cabeza al salón y le gritó a Mao, asustando a Alsancia en el proceso esto:

— ¡Es por eso que ha venido hasta a ti! — Eso le decía una Jovaka, bastante irritada. — ¡Seguro que quería contarle a alguien que era la buena de la peli y no la mala! —

— ¡Oye, deja de decir estupideces! — Le gritó Mao, sorprendido de que saliera de esta forma, pero consciente de que sus palabras, de alguien que siempre piensa en lo malo de las mujeres; iban a hundir totalmente la moral de Alsancia.

— ¡Solo dije la verdad! Es una mimada, que tiene el ego más grande que su coño, y cuando no hacen lo que quiere que hagan sale corriendo llorando hacia otro para que le consuelen. — Eso era la idea errónea que tenía Jovaka sobre Alsancia, más sus celos porque era la favorita de Mao; mientras le acusaba con su dedo hacia ella.

— ¡Estás idiota! — Eso le dijo Mao, con ganas de darle un buen tortazo.

— ¡La idiota, eres tú! ¡Haz lo que quieres! — Y eso le replicó, gritando a Mao, y se metió en su habitación, directa hacia al ordenador y muy enfadada, diciendo en voz baja que ella decía la verdad y que él no se daba cuenta.

— Perdón, por esa estúpida. No es mala chica, pero dice muchas tonterías. —  Eso le decía Mao rápidamente a Alsancia, para que esas palabras no le afectaran, pero ya era demasiado tarde.

¿Y si ella tenía razón, si estuviera aprovechándose de su familia y amigos? Esta pregunta empezó a rondar por su cabeza, sintiéndose culpable. Pensaba que tal vez estaba actuado como una egoísta, sin pensar en los demás, incluso su visita era parte de esa dinámica, ya que quería que Mao la consolase. Se sentía una inútil, que necesitaba a los otros y nunca podría serles de utilidad, es más, era una molestia para ellos, ya que tenían que lidiar con ella, a pesar de que tenían problemas más importantes. Estos pensamientos terminaron haciéndola pensar en el suicidio, después de todo, creía que era la única manera para que la gente no tuviera que cargar con su persona.

— ¡Oye, no le hagas caso! — Le decía Mao nerviosamente. — ¡Solo se le ha subido la sangre a la cabeza! — Pero Alsancia no le contestaba, solo miraba hacia abajo, con una cara deprimente.

— ¿Alsancia? — Mao le quería preguntar si estaba bien, aunque ya sabía que no lo estaba y entonces, ella le soltó esto:

— Mao… — Y éste preguntó qué quería. — ¿S-soy…una i-i-inútil…? D-dime la verdad. — Le costó mucho hacer la frase, pero pudo hacerlo.

— ¡Pues claro que no! — Eso le gritó Mao muy serio. Y Alsancia se puso a llorar, siendo el peor resultado que éste había previsto.

— ¿Pero Alsancia? ¡No he dicho nada malo! — Eso le decía Mao, quién deseaba haberla puesto contenta y no al contrario. Y entre balbuceos y lágrimas, ella intentaba decir esto:

— T-tú…— casi no podría respirar por los mocos. —…s-siempre tan amable…— Mientras se tapaba la cara.

Mao, al no saber cómo consolarla, dejó que se desahogara, mientras iba por unos pañuelos para ella. Al final, cuando se pudo tranquilizar, él sintió que podría abrir la boca.

— ¿Así que has llegado a la conclusión de que eres inútil, cierto? — Eso le preguntó Mao y ella movió la cabeza para decirle que sí, sorprendida de que lo supiera sin que le hubiera dicho nada. Aunque era bien obvio llegar a esa conclusión.

— A-además…— Añadía Alsancia. —…l-los demás…t-ienen problemas…— Mao ya sabía por dónde iba y se adelantó.

— ¿Los demás tienen problemas más importantes que las tuyas y tú solo provocas molestias innecesarias a los demás? — Y Alsancia, con mucho asombro; le dijo que sí, moviendo la cabeza.

— Pero mujer, no te menosprecie de esa forma. Todo el mundo tiene problemas, es verdad, pero muchos no han soportado lo que has aguantado, y se derrumban con cosas menos serias que las tuyas. — Eso le soltó Mao, con toda la seriedad del mundo.

— ¿E-en serio? — Le preguntó Alsancia.

— Por supuesto. — Lo dijo con mucha seguridad.

Y Mao, quién pensaba que esa respuesta no la convencería, tenía un plan en mente, mientras recordaba a aquel cuento que escribió el famoso Charles Dickens, cuyo argumento trataba sobre la visita de tres espíritus que le mostraban cosas a un viejo avaro para que cambiase a mejor. Pensó en hacer algo parecido, mostrarle los problemas de los demás a Alsancia para que se sintiera así. Por eso, se levantó, ante sorpresa de ella, y le extendió la mano:

— ¡Y te lo voy a mostrar! — Eso le dijo a continuación. Así, salieron de la casa y se dirigieron hacia la primera persona que se le ocurrió a Mao, a Josefina. Al llegar, pegaron a la puerta pero tuvieron que esperar un poco, porque nadie de la casa lo abría y se estaban escuchando voces, que parecía ser que era una pelea.

— ¡Cuanto jaleo hay, se nota que es familia de la mexicana! — Eso decía Mao, y Alsancia le dio la razón.

Tras cinco minutos, por fin, alguien abrió y era Josefina, que al verlos se le quitó toda la molestia que tenía, ya que sus demás hermanos la obligaron a abrir la puerta, tras tener una discusión que enfadó a su madre, quién estaba limpiando la cocina y les iba a dar una colleja por vagos, si no lo hacían de una vez.

— ¡Mao, Alsancia, qué alegría! — Eso dijo, antes de intentar a abrazar a Mao, quién la esquivo y ésta cayó al suelo, pero se levantó y Alsancia tuvo que sentir un abrazo tan fuerte que casi la iba a ahogar.

— ¡Oye, oye! ¿Por qué estás tan cariñosa hoy? — Eso le preguntaba Mao, después de pedirle que soltará a Alsancia, que la iba a matar.

— ¿¡No es obvio!?- Eso decía Josefina, llena de felicidad. — ¡Es la primera vez que mis amigas vienen a mi casa, eso me hace tan feliz! —

Y Alsancia se dio cuenta de algo, ¿cómo sabía Mao que esa era su casa, si esta había sido la primera vez?

— ¡Entren, entren como si está fuera vuestra propia casa! — Mientras tanto, eso les decía Josefina, quién las empujaba para que entrarán.

Se quedaron en la entrada, mientras Josefina entraba en el salón para gritarle desde ahí a su madre, quién estaba en la cocina. Además de ella, estaban en ese sitio, sus cuatro hermanos.

En un sofá se encontraba los más gordos y estaban comiendo, como cerdos, Doritos. Observaban como zombis un programa de concurso, mientras insultaban a los participantes. Uno era el más viejo de la familia, Miguel, quién decía que estaba haciendo dieta pero su barriga no dejaba de crecer; y el otro, Pablo, tenía dos años más que Josefina, que ni se acordaba de que tenía que estudiar para un examen.

En el otro sofá estaban los otros dos hermanos, su hermana, Noemí, quién se estaba poniendo bien el peinado punk que se había hecho hace poco, y Juan José, quién jugaba al Mario Party, mientras le lanzaba insultos. Ellos, al momento, dirigieron sus miradas hacia Mao y Alsancia, mientras Josefa le gritaba a su mamá.

— ¡Hey, mamita, mis amigas han llegado! ¿Puedo dejarlas pasar a mi cuarto? — Su madre, quién estaba ocupada limpiando el horno, le decía que sí, mientras algunos de sus hermanos empezaron a dar las brasas a sus amigas.

— ¡Oye, con qué chamacas más raras te juntas, enana! — Eso lo dijo uno de sus hermanos, al ver el yukata que llevaba Mao, y en tono de burla. El que jugaba a la Nintendo DS y su hermana, quién soltó un “meh”; les ignoraba, mientras el mayor se acercaba a Mao con el propósito de ligársela.

— ¡Oye, rubia! ¿Cuál es tu nombre? Yo me llam…— No pudo terminar la frase, al escuchar a su madre gritarle que no les molestase a las amigas; y ésta les dirigió la palabra, a continuación, a las invitadas:

— Sentiros como en vuestra casa. — Eso les dijo, mientras Josefina, Mao y Alsancia subían hacía al segundo piso. Al llegar, Josefa les dijo esto:

— ¡Perdonen a mis hermanos, siempre son una molestia! — Les exclamaba esto, muerta de vergüenza.

— No te preocupes. — Le soltó eso Mao, con pena hacia Josefina, porque tenía unos hermanos que tenían pinta, o eso parecía a simple vista; de ser unos completos perdedores. Por eso antes de preguntarle si tenía problemas que solucionar, le preguntó qué hacían sus hermanos:

— Pablo ya le falta poco para pasar la secundaria, aunque no está estudiando nada, Noemí lo repitió y ya está afuera, Juan José está todo el día con los videojuegos y dice que es oro en uno de ellos y Miguel… — Se quedó callada, por unos segundos.

— Es un inútil, por desgracia, ni estudia ni trabaja, solo se dedica pasearse con su coche por las calles. — Eso lo dijo muy decepcionada de él y Mao decidió cambiar de tema, preguntándole si tenía problemas importantes:

— Pues la verdad,…— Eso decía, algo dudosa. — ¡Pues si tengo uno! — Mao le preguntó el qué, mientras ella se ponía a mirar por debajo de la cama desesperadamente:

— ¡Mi Gazpacho, tengo que encontrar a mi Gazpacho! — Eso le gritaba Josefa, mientras sacaba de todo, menos lo que buscaba.

— ¿Quién es ese tal Gazpacho? — Le preguntó Mao.

— Mi peluche, Mao, mi peluche. — Eso le decía, mientras dejaba de buscar y le pedía a Mao y a Alsancia de que lo buscarán. Le explicó cómo era, una piña con manos y pies, y con cara alegre, y les iba a contar su historia, de cómo fue un regalo de su madre para superar su miedo a la oscuridad, pero Mao la detuvo, tapándole la boca.

— ¡Vale, vale! —  Le decía. — Te lo buscaremos, pero no nos cuenta de la vida de la verdura esa. —

— Es una fruta. — Le replicó Josefina.

Así las tres se pusieron a buscar a Gazpacho por toda la habitación. Mao miraba debajo de su escritorio mientras Josefina seguía buscando debajo de la cama. Entonces, Alsancia decidió abrir la puerta del armario.

— ¡Alsancia, no lo hagas! — Eso le gritó Josefina, consciente de lo que iba a pasar, pero fue demasiado tarde, sobre Alsancia cayeron toneladas de ropa sucia, al abrirlo. Al recatarla, ya que ella misma no podría quitárselo de encima, y tras recuperarse del susto, se reanudó la búsqueda.

— ¿En dónde está? — Se preguntaba Josefina desesperada. — ¡Maldita sea! — Estaba bastante frustrada, ya que llevaban una hora buscando por toda la casa y ni un rastro del maldito muñeco.

— ¿No recuerdas en dónde metiste al puñetero de Gazpacho? — Le preguntó Mao, cansando de buscar, mientras se sentaba en la silla para descansar.

— No lo sé, no lo recuerdo. — Le respondía Josefina. — Por mucho que lo piense… — Y empezó a llorar. — ¡Oh, mi gazpacho! ¿Dónde estás?  —

Mao no se podría creer que estaba llorando por tal cosa, mientras Alsancia deseaba que dejara de llorar, pero no sabía cómo.

Entonces, Mao se dio cuenta que la mochila que estaba situado encima del escritorio, tenía un bulto que le parecía muy sospechoso y sin vergüenza alguna lo cogió y lo abrió, descubriendo a Gazpacho dentro. Éste se dio un pequeño al ver la cara del muñeco, que en vez de parecer alegre parecía siniestra y deformada. Josefa gritaba su nombre de alegría, al verlo.

— ¡Oh, Gazpacho! — Gritaba de felicidad. — ¡Por fin te hemos encontrado! — Tras eso, le decía sin parar a Mao que le quería, mientras le abrazaba, a la vez que éste se preguntaba qué cómo podría dormir por las noches con esa cosa. Alsancia se sentía algo feliz, al ver a Josefina así. Tras poder despegarse de la mexicana, le preguntó esto a ella:

— ¿Ya te sientes bien después de ver esto, Alsancia? — Le dijo esto, sorprendiendo a Alsancia, que a lo primero no sabía a lo que se refería.

— P-pues algo…— Eso le dijo, cuando se dio cuenta el sentido de su frase. Aún se sentía inútil, e incluso tenía algo de envidia por Josefina, aunque no sabía en aquel momento el qué. Mao, sintió que su visita había sido una pérdida de tiempo.

— ¡Entonces, vamos a visitar a otra persona! — Eso se dijo Mao, mientras levantaba el brazo, sorprendiendo a Josefa, qué se preguntaba qué quería decir con eso, pero se les unió al final, acompañándolas hacia la siguiente persona.

Tras andar dos kilómetros hacia el este, atravesando múltiples barrios residenciales, llegaron a una de las últimas casas de una urbanización, en el difuso límite entre la cuidad y el campo. Una enorme casita de dos plantas y de madera, cuyo techo estaba hecho a cuatro aguas y llena de tejas de color verde; que tenía un aspecto tan rústico que hacía que cualquiera que lo viese se quedaría contemplándolo.

Entonces, mientras Mao se dirigía hacia la puerta, le preguntaron dónde estaban.

— Estamos delante de la casa de la rusa. — Esa fue la respuesta de Mao.

Josefina no entendía y Mao le dijo que era Nadezha, entonces, se fue corriendo hacia la puerta, para volver a verla. Alsancia se quedó pensando la razón por la cual Mao quería visitarla, ya que tenía una relación muy mala. Quería preguntárselo, pero no se atrevía. Por su parte, éste deseaba fastidiar un poco a la rusa, aunque dudaba si había sido una buena idea.

— ¡Oh, está abierta! — Eso dijo con asombro, cuando Josefa se dio cuenta de que la puerta estaba entreabierta. Luego se dirigió, hacia a Alsancia y a Mao:

— ¡La puerta de Nadezha está abierta! ¿Qué hago, la cierra o qué? — Mao estaba dudando, porque se le hacía raro que Nadezha dejará la puerta abierta, así por así, mientras la mexicana se ponía a mirar hacía dentro de la puerta. Entonces, dio un grito y corrió, como si hubiera visto un fantasma.

— ¿Qué pasa? — Le decía Mao.

-¡Hay un oso, uno de verdad, dentro de la casa!- Le gritaba Josefina muy asustada. Mao rió, pensando en que había visto algo que no existía, mientras Alsancia se puso a temblar.

— ¡Qué cosas dices! — Le decía eso, mientras abría la puerta. — ¡Es imposible, ningún oso entraría en la casa de un humano, solo se van a los contenedores cuando llegan a la cuidad! — Eso le decía Mao, muy seguro de lo que decía, ya que eso era lo que decían los documentales que se tragaba cada día. Entonces vio, delante de sus narices, un enorme oso y con aspecto de tener pocos amigos. Casi se iba a desmayar, pero cerró la puerta y salió corriendo, siendo seguida por Alsancia y Josefina.

— ¡Oh dios! ¿Qué hace un puto oso en una casa? — Eso decía Mao, sin poder creérselo, mientras recuperaba el aliento después de ir hacia la otra punta de la calle, a la vez que Alsancia y Josefina le alcanzaban. Cuando Josefa le iba a decir algo, una voz conocida, que se oyó a lo lejos, les soltó esto:

— ¿Y qué hacen ustedes por aquí? — Era Nadezha y con un rifle en mano, esto asustó a Mao y compañía.

— ¿Qué haces con esa cosa? — Le gritaba Mao. — ¡Yo no he robado nada! — Nadezha solo soltó un suspiro.

— ¿No es lógico, Mao? — Le replicaba Nadezha. — Tengo un puto oso en mi casa, llevo media hora esperando a la policía y estos no vienes. — Estaba realmente enfadada. — ¡De verdad, qué incompetentes son! Mejor que lo haga por mí misma. — Y cargó la pistola, mientras se dirigía hacia la casa.

— ¡Esa tipa está loca! — Esa era la conclusión que Mao soltó, al verla y Josefina, le preguntó esto:

— ¿Le va a hacer daño al oso? — No hubo respuesta, porque era lógico que lo iba a hacer daño y mucho. Entonces, Mao decidió, pidiéndoles a Alsancia y a Josefina que no se acercarán, volver a la casa de Nadezha.

Cuando llegó a los pies de la casa, vio que todo estaba en silencio, no escuchaba ningún tipo de ruido. Entonces, se dio cuenta de que Alsancia y Josefina le habían seguido.

— ¿Nadezha, estará bien? — Eso preguntó Josefina, preocupada.

— ¿L-le habrá p-p-pasado…algo…? — Y eso intentó decir Alsancia, igual de preocupada que Josefina.

— ¡Oye no os dije que no os ibais a acercar! — Eso les dijo Mao y ella les decían que no podrían estar allí con esa preocupación.

— De todos modos, ya ni importa. — Les soltó Mao, al final. — Si aparece esa bestia parda, salid corriendo. — Iba a comprobarlo. Quería abrir la puerta, pero con el miedo metido en el cuerpo decidió pegar.

— ¡Oye Mao, estos no son momentos para que me molestes! — Se escuchó la voz de Nadezha, desde dentro de la casa, haciendo que todos se aliviaran un poco, aunque Mao no quería admitirlo escuchar que la rusa seguía en buenas condiciones. Para ocultar eso, le dijo esto para molestarla.

— ¡Es para comprobar si sigues viva! — Eso le dijo con tono de burla.

— ¡Lo que necesito es ayuda! — Eso le gritó Nadezha y abrió la puerta de golpe. Entonces vieron a la rusa estaba en el suelo, mientras un oso que dormía plácidamente le daba un gran abrazo.

Daba la impresión de ser una escena enternecedora, pero, en realidad, aquella bestia cayó sobre ella, después de dispararle una bala tranquilizante.

— ¡Vamos, quítame el puto oso de encima! — Le gritaba a Mao.

— ¡¿Acercarme a esa cosa!? ¡Tú estás loca! — Eso le replicó Mao, cuando escuchó.

— ¡Lo he dormido con tranquilizantes, y no va a despertar durante horas! ¡Así que no hay peligro! — Eso le gritaba a Mao, y éste tuvo que hacerlo y se acercó con miedo hacia ellos. Con gran dificultad, pudo ayudar a Nadezha a sacarla de ahí, con una pequeña ayuda de Alsancia y Josefina, que no fue la gran cosa. Al final, se quedaron afuera de la casa.

— ¿Y por cierto, qué harás con el oso? — Le preguntó Mao.

— Pues habrá que esperar a la policía y a los del medio ambiente, espero que lleguen pronto. ¡Llevó dos horas y media esperándolos! — Eso le respondió Nadezha.

— ¡Eres tan guay, Nadezha! — Eso decía una Josefina maravillada. — Has ganado contra un oso. — Miraba con mucha admiración a la rusa, haciendo que Mao se sintiera algo celoso. Pero eso no evitó que él se diera cuenta de que Alsancia perdiera toda su autoestima, ya que cuando le iba a decir algo, vio que ésta estaba en cuchillas, con un aura depresiva a su alrededor.

— Mierda…— Eso se dijo Mao en voz baja, cuando vio que conocer el problema de Nadezha solo la había empeorado, aún más. Las otras dos se dieron cuenta del estado de Alsancia.

— ¿Te pasa algo? — Le preguntó Josefa, pero Alsancia no contestó.

— ¿No deberíamos llamar a una ambulancia? — Eso decía Nadezha, preocupada. — Parece que no está bien. —

Alsancia estaba llena de envidia por Nadezha, por poder ser tan valiente y capaz de solucionar un problema de ese calibre; y triste, por no ser capaz ni de poder hablar. Entonces Mao la levantó, ante el asombro de todos, entre sus brazos y salió corriendo.

— ¡Ya voy yo! — Eso gritaba Mao, mientras Josefina le pedía que no la dejase atrás y Nadezha se quedó mirándolas cómo se marchaban.

A Alsancia se le paso la tristeza un poco, para pedirle, ya que estaba muerta de vergüenza, que la bajase. Cuando Mao lo hizo, les soltó esto a Josefa y a ella:

— ¿Vamos a visitar a alguien más? — Eso les preguntó. Josefina le dijo que sí y Alsancia se lo pensó, pero dio la misma respuesta. Aunque ahora, el problema es que no tenían a nadie que podrían visitar.

— ¿Y dónde decías que estaba tu amiga? — Eso le preguntaba Mao, después de llegar a un parque. Éste le preguntó a Josefina si tenía algún amigo, con la condición de que no fuera Elizaberth, y ésta le dijo que lo tenía.

— En verdad no sé dónde está su casa, pero sé que está por aquí. — Eso le decía Josefa, mientras miraba por todos lados por si la encontraba. Mao dio un gran suspiro porque pensaba que buscar a esa persona era una pérdida de tiempo si ni siquiera sabía dónde vivía.

— Pero Mao,… — Seguía hablando Josefina. — Siempre aparece cuando menos te lo esperes. — Y tenía razón, porque esa amiga de la que estaba hablando, que era Sasha; apareció de la nada, por detrás de Mao, y sin ninguna razón, le dio una patada intencional a éste, haciéndolo caer del suelo por el dolor.

— ¡Cómo duele, cómo duele! — Eso decía Mao, mientras Alsancia le intentaba preguntar sí estaba bien.

— ¡Sasha! — Gritaba sorprendida Josefina. — ¿Por qué le haces eso a Mao? —

— Es un experimento, intento demostrar si a las mujeres le duelen sufrir una patada en esa zona. — Eso decía Sasha, con un tono de pura burla.

— No deberías hacer esas cosas.  —Le replicó Josefina, muy enfadada con ella, mientras Mao se recuperaba del golpe y se levantaba maldiciendo a aquella chica, con mucha ira.

— ¿Es tu amiga? ¿Por qué siempre eliges a las peores? — Le gritó enfurecido Mao.

-Bueno, no creo que sea tan mala.- Eso le dijo a Mao, Josefa, después de que éste se dirigía hacia ella para decirle esto:

— ¡Eh, tú, pídeme perdón! — Eso gritó, pero Sasha ya no estaba, ni Alsancia tampoco. Entonces, lo que parecía una versión más adulta de Sasha apareció, gritando esto:

— ¡Lo siento mucho de verdad, espero que pueda perdonar a Sasha! — Les pedía perdón, muy avergonzada, y Mao soltó esto:

— ¿Eres su madre? — Eso le preguntó.

— No, soy su hermana, Malia. — Y eso le respondió aquella chica

— ¡Mao, Mao, Sasha está allí en la arena, con Alsancia! — Entonces, Josefina gritó, ya que se dio cuenta en dónde estaban, y tanto Mao como Malia miraron hacia al campo de arena.

— ¡Tengo un rehén! — Eso gritaba Sasha, poniendo voz de mala, mientras sujetaba fuertemente de la mano a Alsancia, quién no podría liberarse y había sido arrastrada. Todos se sorprendieron de esas palabras, hasta ella misma.

— ¡Alsancia-Lorena! — Gritaron a la vez, Mao y Josefina, de una forma muy dramática. Malia, quién estaba agotada, solo suspiró de cansancio.

— ¡Sasha! — Le decía. — ¡No molestes a esa chica! —

— ¿Y qué harán? ¡Tengo un rehén y no tendré piedad! — Entonces, de su bolsillo, sacó un rotulador. — No se borra…— Se lo ponía bajo en el cuello de Alsancia. — Es un rotulador que no se borra. — Y rió como villano cómico.

— ¡Oh, no! ¿Qué haremos? — Eso gritó dramáticamente Josefina, aunque Malia y Mao, se dieron cuenta de que era un rotulador normal y corriente.

Alsancia también se dio cuenta y pensaba que esa chica era una gran mentirosa, aunque no deseaba ser pintorreada.

— Te daré un minuto, señorita. — Le decía su hermana, muy seria. — Suelta a esa chica o te voy a castigar. —

— Entonces, no tengo más opción. — Eso dijo Sasha, quién iba a pintarle la cara a Alsancia. Ésta no se movió, solo cerró los ojos.

— ¡No! — Gritó Josefa como si estuviera en un momento dramático de una telenovela mexicana. Mao se dirigió hacia ellas para evitarlo, pero Malia se la adelantó y la detuvo, levantándole la mano con la que iba a pintorrear la cara de Alsancia.

— ¡Ya te has pasado! — Eso le dijo, a continuación, deteniendo toda aquella absurda escena y se puso a regañarla.

Tras eso, la obligó a pedir perdón a los demás, se despidieron y se fueron, mientras Mao, Josefina y Alsancia se quedaron un poco más en el parque.

— ¡Perdón por todas las molestias causadas! —  Eso les dijo como despedida.

Al final, Mao y Alsancia se quedaron sentadas en el parque, mientras veía como Josefina jugaban con unos niños chicos.

—  Al final, no te he animado ni un poquito…—  Eso le decía Mao.  — Lo siento mucho. —  Se sentía algo decepcionado consigo mismo por no poder ayudarla a mejorar sus ánimos.

—  N-no i-importa. —  Eso intentó decirle a Mao, mientras miraba el cielo, algo triste.

—  Ni siquiera sé realmente lo que hemos hecho hoy, parece que solo te he hecho perder el tiempo. —  Eso añadió, antes de soltar un gran suspiro.

—  N-no t-te pre-preocupes…—  No quería que Mao estuviese mal por su culpa. Entonces, éste le soltó estas palabras:

—  No eres una inútil, ni un parasito; por mucho que lo pienses, por muchos que te lo digan; para mí, no lo eres, para nada. —

Esas palabras hicieron que la cara de Alsancia se pusiera roja, por algún motivo, y empezó a sonreír de oreja en oreja, sintiendo un sentimiento que no podría entender. Mao, sin darse cuenta, la había animado.

—  G-gracias. —  Eso le dijo Alsancia, con dificultad, mientras deseaba que algún día, pudiera ser de utilidad a los demás, dejar de ser un estorbo y poder cuidarse de sí mismo. Después de todo, los demás tienen sus propios problemas y ella deseaba, en la medida de lo posible, en ayudarles.

FIN

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Boxeando por cosas inútiles, decimoséptima historia.

Por algún extraño motivo, Sasha Rooselvelt siempre revisaba el correo que llegaba cada día a su casa y se deshacía de toda carta que encontraba, no importaba de qué era. Por su culpa, la casa casi iba a ser desahuciada, varias veces; y el agua y la electricidad se le cortaban cada dos por tres. Su hermana, sin saber realmente lo que ocurría, denunció varias veces al servicio sin resultado alguno.

Pero un día, mientras revisaba el buzón, vio una carta que le interesó y decidió no deshacerse de ella, y eliminó las demás. Volvió a la casa en busca de su hermana, quién estaba preparando el desayuno en la cocina, cantando una canción.

— ¡Hey, hermanita, mira lo que he traído, son buenas noticias! — Eso le decía, mientras le enseñaba la carta. Ella dejó lo que estaba haciendo y se giró hacia ella. Se llevó una alegría cuando vio que era una carta.

— ¡Por fin, por fin, los de correos nos hacen caso! — Eso decía mientras cogía la carta y empezaba a mirar su contenido. — Espero que hayan solucionado el problema ese. —

— Eso es lo que tú te crees. — Eso dijo Sasha, al oírla y en voz baja, antes de reírse y de que su hermana se quedará de piedra, al leer el contenido de la carta.

— ¡Oh, dios! — Decía eso, aterrada. No se lo podría creer. Era algo peor que una carta de desahucio.

Saludos, Michelle Rooselvelt

Me he enterado de tu relación con mi marido, el señor Robin Ashcorp. Y estoy muy, pero muy enfadada. Esto no se puede quedar así. Entiendo que mi marido, el muy cerdo, tiene la culpa, y él tendrá su castigo, pero usted, querida, no escapará de mi venganza, no se irá de rositas.

Por eso, le reto a un duelo a muerte como las antiguas damas de corte. En su casa, el día quince, en la hora de la cena.

P.D.: ¡Estás muerta!

Cordialmente, Iwa Ashcorp

A quién había retado era a su madre y se puso tan alterada, que tuvo que sentarse en la silla y tranquilizarse.

— ¿A qué es una buena noticia? — La hermana se lo decía con una sonrisa. — ¡Y lo mejor es que es hoy! — Estaba eufórica. — ¡Hay que dar una fiesta! —

— ¿Pero qué dices? — Le gritó su hermana. — ¡Es algo terrible, no debes decir esas bromas! —

Sasha solo protestó: — ¡Jo! —

Sabía que su hermana no apreciaba a su madre, pero era incapaz de creer que dijera esas cosas, pensaba que era una broma. Decidió olvidarse de eso, ya que tenía que salvarla. Al mirar el reloj se confirmó que era hoy y tenía que darse tiempo para llamar a la policía. Por eso se fue al salón, para buscar el móvil con toda la rapidez del mundo.

— ¿Dónde está, dónde está? — Eso decía mientras lo buscaba con mucha desesperación por el salón, acordándose de que la última vez lo dejo ahí. Al no tener resultado, buscó en el resto de la casa pero no estaba. Al final, se lo preguntó a su hermana:

— Pues yo no lo he visto, seguro que mamá se lo metió en el trasero. — Eso dijo, soltando un chiste tan feo y fuera de lugar que hizo que su hermana le diera un buen tortazo y le regañó muy feo.

— ¡Es tu madre, y no debes decir tales groserías de ella, sobre todo en estos momentos! —

Sasha no le dio mucha importancia a eso, ya que estaba disfrutando que Malia buscara como loca el móvil, sin saber que fue ella quién lo escondió. Todo esto, mientras su madre se despertaba por el ruido que estaban produciendo las chicas.

— ¿Qué les pasa? — Eso decía entre bostezos. — ¿Por qué hacen tanto ruido en un puto domingo por la mañana? ¡Las prostitutas también necesitan un descanso! — No podría dormir en paz.

— ¡Oye, mamá! ¿Sabes qué a cada cerdo le llega su San Martín? — Malia le gritó que no dijera esas cosas otra vez, y la madre se quedó boquiabierta, diciendo que esa niña ya estaba diciendo cosas raras desde muy temprano.

— ¡No lo sé ni me importa! — Eso le respondió muy molesta, al final.

— ¡Mamá! — Exclamaba Malia. — ¡Tenemos un problema muy gordo! — Su preocupación se le notaba en la cara, y ésta se dio cuenta de que estaban metido en un gran problema.

A continuación, Malia le entregó la carta y su madre la leyó, varias veces, hasta comprobar con horror, que era de verdad y le iban a matar.

— ¿Qué mierda es ésta? — Gritaba aterrada. — ¡Pero si solo es un puto cliente habitual! — Cayó de rodillas, con la mirada en blanco, mientras observaba aquella carta. No sabía qué hacer, había una loca que iba a por ella y que sería incapaz de que entendiera de qué era su trabajo. Por primera vez, en mucho tiempo, se arrepintió de ser puta.

— ¡No pasa nada! — Dijo Malia. Sasha, a diferencia del miedo que salía del resto de la familia, sonreía.

— ¡Lo importante es llamar a la policía, no vamos a permitir que te maten! — Esto añadió Malia, proponiendo un plan que poco le gustaba su madre.

— ¡Ni una mierda vamos a ir con la plasma! — Sentenciaba. — ¡Ni hablar!  —

— ¿Y qué quieres qué hagamos? — Le replicó su hija, que sabía que su madre podría tener problemas legales con la policía, pero creía que era una estupidez no decirles nada.

— ¡Nos vamos a ir de esta ciudad, de Shelijonia, de los Estados Unidos, de América! — Esa era su solución. — ¡Un lugar dónde esa perra no podrá encontrarnos, jamás! — Al decir esas palabras, se levantó rápidamente y subió las escaleras.

Malia, quién no iba a hacerla caso, y al ver que no podría encontrar el dichoso móvil, decidió ir ella sola, hacía la comisaria o ir a la casa del vecino para hacer la llamado. Se dirigió hacia la puerta y cuando la iba a abrir, su madre se le echó encima para detenerla.

— ¡Ya te dije que no metas la poli en esto! — Le gritó eso mientras la agarraba con mucha fuerza.

— ¡Tu vida está en peligro, por favor! ¡Es lo más sensato! — Eso le replicaba su hija, mientras se estaba liberando de las garras de su madre.

Mientras tanto, Sasha, que ignoraba eso, miró por la ventana y se dio cuenta de que había alguien entrando en su propiedad. Un ser musculoso, de gran tamaño, se estaba acercando a la casa y por su mirada no parecía que venía con buenas intenciones. Ella se preguntaba sí eso era un hombre o una mujer, ya que llevaba un pelo bien cuidado, largo y de color rosita; una cara con rasgos femeninos y un vestido de color púrpura, y tenía pecho, de tamaño decente.

— Hey, señoritas, ahí un culturista en nuestra puerta. — Eso les soltó Sasha, haciendo que Malia y la madre se detuvieran, pensando en qué quería decir ella con eso. Entonces, se escucharon unos golpes muy fuertes, procedentes de la puerta, que dejó sin aliento a las tres.

— ¿Quién es…? — La madre preguntó, en voz baja, debido a que estaba aterrada.

— ¡Sé qué estás ahí! ¡Así que, cómo mujer que eres, abre la puerta y enfréntate a mí! — Una voz, que hacía dudar si era de hombre o de mujer, sonó desde el otro lado de la puerta.

— ¡Mierda, ese monstruo está aquí! — Sentía ganas de mear del terror. — ¿No decía que iba a venir a la hora de la cena? — Eso le preguntó a Malia en voz baja y ella le respondía que sí, también asustada.

— ¡No iba a dejarte tiempo para escapar, vil cobarde! — Eso le gritó, ya que al parecer la escuchó. Después de eso, la madre se levantó, tras dar un chillido, y salió corriendo, cómo alma que lleva el diablo, hacia la puerta del patio.

Malia, ya libre de su madre, se levantó, llena de valentía, y abrió a la puerta para enfrentarse a aquella mujer y evitar que hiciese tal cosa tan horrible.

— ¡Por favor, no le hagas daño a mi madre! — Le suplicó, mientras levantaba los brazos en señal de que no iba a pasar. Se dio cuenta de que no estaba, y de repente, oyó un chillido de su madre, desde el otro lado de la casa.

— ¡No puede ser…! — Eso soltó, antes de dirigirse hacia la puerta del patio.

— ¡Qué mierda, no tengo una cámara lista para grabar este momento glorioso! — Eso se dijo Sasha, molesta de no haberse preparado para tal acontecimiento, pero de todos modos se sentía muy feliz por ver a su querida madre acabar muy mal y se fue hacia a la puerta del patio para no perdérselo. Al llegar, la vio implorando clemencia frente a un sujeto que le parecía ser un Rambo travestido, antes de que Malia se pusiera en medio para salvarla.

— ¡Por favor, déjame vivir! ¡Solo soy una simple prostituta haciendo su trabajo! ¡Mata a tu marido, él me paga para tener sexo! — Eso le decía, entre lágrimas.

— ¿Quién eres tú? — Aquella mujer musculosa le preguntó, con cara de gorila furioso.

— ¡Soy su hija! ¡Ella es mi madre! ¡No la hagas daño, por favor! —  Exclamaba Malia con los brazos alzados, otra vez. — Ella no sabía lo que hacía. — Lo dijo con tal determinación que le encantó a aquella persona, quién se quedó pensando en qué hacer, mientras relajaba sus músculos de forma intimidante.

— Una pregunta, chica. — Le decía, tras varios minutos de silencio. — ¿Esa de verdad es tu madre? — Malia le contestó que sí, Sasha que lo era, por desgracia suya; y la mamá asintió la cabeza.

— Tengo una familia que dar de comer. Si me matas, ellas se morirán de hambre. ¡Pobrecitas, pobrecitas! — En realidad, le importaba bien poco sus hijas, solo soltaba eso para que le diese pena y no la matase.

— Y es una prostituta. — Añadió Sasha, quién intentaba arruinar el momento y la mujer musculosa se quedó boquiabierta.

— ¿Es una prostituta? — El problema no era ese. — ¿Y qué tiene dos hijas? —

— Es verdad, mi madre trabaja de eso. Me es horrible reconocerlo, pero es verdad, por eso no se lo digo a nadie. Y siempre intento convencerla de que se salga, pero ella no quiere. Y no sé qué hacer. — Ella se lo explicó todo, en una especie de confesión por su parte. La mujer musculosa se quedó en silencio casi un minuto, mientras Malia se tapaba la cara de la vergüenza; mirando muy feo a la madre.

— ¿No te da vergüenza? — Le preguntó con toda su seriedad a la madre, quién se quedó preguntándose qué quería decir eso.

— Tienes dos hijas y las humillas de esta manera. — Eso dijo además, poniéndole cara de asco.

— Por supuesto, tu sola existencia nos humilla. — Añadió Sasha. Aquella mole de músculos se puso pensativa y cerró los ojos por unos momentos, para decirle esto a Malia.

— Perdonaré la vida a tu madre. — Lo soltó con palabras comprensivas, mientras le ofrecía la mano. Malia se alegró y se la dio, la madre se quedó muy feliz, sintiéndose a salvo; mientras Sasha, decepcionaba, soltaba eso, en voz baja:

— Éste no es el final que yo quería. — Para ella, fue un fiasco. Entonces, después del estrechón de mano, ella le soltó esto a Malia:

— Pero no voy a permitir que sigan viviendo con ese deshonor, las sacaré de esta casa. — Todos se quedaron boquiabierto. Sasha se alegró y a Malia esas palabras casi le dan algo y su madre, suspiró de alivio, al saber que no le iba a matar.

A continuación, se fue a buscar de un teléfono, para decirle a la policía que una puta estaba al cargo de dos niñas; y Malia intentó convencerla de que no debería comunicarlo, que, a pesar de esa vergüenza, quería estar con su madre. La mamá también le pedía que no lo hiciera, porque estaría metido en un buen lio, aunque no le importaría que le quitaran la custodia de Sasha. Aquella mujer le replicaba una y otra vez, que no era digna de cuidar a unas chicas y había que sacarlas de esta casa. La pequeña de la familia sacó el móvil de su escondite para que esa llamara lo más rápido posible.

— ¡Por favor, no lo hagas! — Le suplicaba Malia.

— Tengo que hacerlo por vuestro bien. — Y esto le replicaba, mientras recordando cuál es el número de la policía de la cuidad.

— ¡Oye, sin mi hija mayor, la casa no puede limpia y no podría comer! ¡Piénsalo! — La madre solo empeoraba más aún la cosa.

Entonces, Malia, desesperada, se arrodilló ante la sorpresa de la mujer, gritándole fuertemente estas palabras:

— ¡Por favor, se lo ruego! ¡Haré lo que sea, siempre dentro de mi moral, para que me deje estar con mi madre! ¡Por favor! —

Aquella masa de músculos sintió mucha simpatía por aquella niña, mientras Sasha se preguntaba sí Malia se quería tan poco para humillarse por una persona tan mierda como su madre.

Ella tenía sus buenas razones y se los explicó. Sabía que no era una persona muy buena, incluso dudaba de su bondad, pero era su madre y no quería separarse de ella. Ni de Sasha. Haría todo lo posible por mantener la familia unida y con la esperanza de hacerlas cambiar a mejor. A Sasha eso le dio casi risas, pero a la mujer musculosa esas palabras la conmovieron.

— ¿De verdad harías cualquier cosa? — Le preguntó seriamente.

— ¡Mientras sea moralmente aceptable para mí, sí!  —Eso le respondió y aquella mujer empezó a reírse.

— ¡Me encanta tu actitud! ¡Me encanta! — Eso soltó, antes de pedirle tener una charla con ella. Se fueron en la cocina y dejaron afuera a madre e Sasha, quienes se quedaron esperando en el salón, con mucha impaciencia. Por el aburrimiento empezaron a charlar entre ellas.

— ¡No esperaba que todo esto terminará así! — Exclamaba Sasha, muy decepcionada. — ¡Quería sangre! — Deseaba ver a su madre molida a palos.

— ¡Pues así es, mi querida hija! — Eso le replicaba irónicamente y con burla. — ¡Yo sigo viva! —

— Aún… — Eso lo dijo con un tono de voz muy siniestro, dejándole a la madre algo incómoda por esas palabras. Ésta reacciono y le insultó, pensado que era otra de sus estupideces.

— ¡Vete un poco a la mierda! — Realmente no la soportaba, ni como hija. Y en aquellos momentos, aún más, porque Sasha se puso algo siniestra, para ella.

— ¿Sabes lo que haría yo, si te murieses? ¿Lo sabes? Solo tienes cincos segundos para contestar. — No quería contestarla.

— Me importa una mierda. — Eso le soltó con gran desprecio.

— Respuesta incorrecta. — Y Sasha siguió hablando. — ¡Me llevaría a mi hermana a Paris! ¡No cómo vacaciones, sino vivir allí! ¡Vamos a vivir como bohemias! — Su madre decidió ignorar tales cosas.

Eran las doce y media, cuando terminaron de charlar Malia y la señora. Ésta decidió solo despedirse de las niñas, ignorando con gran desprecio a la madre, aunque ella se sentiría más incómoda si esa se hubiera despedido cordialmente.

Al irse, Malia les iba a decir algo a su familia, pero tuvo que poner orden cuando vio que su madre y hermana peleando por el sofá, ya que éste era demasiado pequeño para las dos.

— ¿Y entonces, de qué has hablado con ese monstruo? — Le preguntó su madre.

— ¡No deberías llamarla monstruo! — Le regañaba Malia. — Es una mujer muy agradable cuando conversas con ella. — Su madre se quedó boquiabierta.

— ¿¡Agradable!? — Gritaba incrédula. — ¡Pero si me quiso matar, la muy puta! Ni siquiera se le puede considerar una mujer, es un híbrido entre los dos sexos. —

Malia le estiró las mejillas a su madre, pidiéndole que no dijera tales cosas tan feas, mientras Sasha decía en voz baja, esto:

— Ojala ella estuviese aquí y te escuchará, para romperte todos los huesos. — Era una de las cosas que más deseaba en este mundo.

— ¡Sasha, no digas esas cosas! — Pero su hermana Malia la escuchó y la regañó. Luego, se dirigió a su madre:

— Es verdad que te quería matar, pero, al final se ha arrepentido. ¡Ella ya debe estar por el buen camino! — Esas palabras que dijo se los creía fervientemente, ante la mirada de incredulidad de su madre y de la burla de su hermana.

— ¡Sí, claro! — Le decía Sasha con ironía.

— Además, ¡conseguí la forma de que ella no te va a denunciar! — Eso añadió Malia, a continuación, con alegría.

— ¿Cómo? — Le preguntó secamente su madre.

— Pues hacer un combate de boxeo…  —Eso le respondió con normalidad, dejando la sala silenciosa por unos segundos. Hasta la misma Malia se quedó dudosa, al darse cuenta de lo que dijo.

— ¿¡Tú vas a participar en un combate de boxeo!? — Eso gritó su madre, intentando aguantar la risa a la vez que se decía mentalmente que estaban perdidas, totalmente. Malia jamás había pegado ni a una mosca.

— ¡Va a ser Rocky Balboa! — Le gritó su hermana, dándole aplausos.

— Se lo intenté explicar que eso no, pero ella no me dejaba elegir otra cosas. Pero estaba desesperada y pues eso. Pero, de todos modos, ¡tengo que ganar, el destino de mi familia depende de mí! ¡No puedo perder! — Eso decía, intentando aparecer decidida, pero en su interior estaba lleno de dudas. Al final, bajó un poco la cabeza.

— Aunque hay un problema…— Les soltaba con tono triste. — No sé nada de boxeo. — No era necesario decir eso, ellas ya lo sabían. Entonces, Sasha se acercó a Malia y le dijo, con estas palabras, esto:

— No importa, hermanita. Aquí tienes a la misma campeona del torneo de boxeo nacional de Shelijonia — Malia y la madre miraron por todas partes. — ¡Esa soy yo! — Se señaló Sasha a sí misma, a continuación.

— ¡Pero si tú nunca has participado en esas cosas! — Le replicó su madre.

— ¡En un universo alternativo, sí! — Las dos se quedaron mirándola. Malia se agachó y le dijo estas palabras de agradecimiento a su hermana.

— Gracias por ofrecerte a ayudarme, aunque…— Fue interrumpida por Sasha, quién le tapó la boca.

— Yo soy la mejor entrenadora de este magnífico deporte, en toda esta triste y apestosa cuidad. — Eso lo decía con voz segura. — ¡No puedes desaprovechar esta oportunidad, yo te llevaré a lo más alto! — Malia le dio tanta pena que no podría rechazarlo. Solo faltaban dos semanas para aquel combate de boxeo, los cuales perdió cinco días siendo entrenada por Sasha, perdiendo inútilmente mucho sudor.

Al primer día, Sasha, su nueva entrenadora personal, supuestamente le trajo las herramientas necesarias para entrar en el noble arte del boxeo y eran estas cosas: Una almohada para dormir con la imagen de su madre, la cual Malia quitó la fotografía; su uniforme, que era un bañador de una pieza y que apenas le cabría, siendo guardado en algún lado, porque tenía lástima de tirarlo; y unos guantes desgastados de boxeo.

— ¿Por cierto,…— Al meter sus manos en los guantes descubrió con asco, que dentro había un líquido desagradable. —…estás segura de que puedo utilizar esto? —

— ¿Hablas de la mantequilla? — Eso le dijo su hermanita, poniendo mala a Malia.

— ¿Y qué hace esto dentro de los guantes? — Quería quitarse los guantes y lavarse las manos. — ¿Es parte del entrenamiento? —

— ¡Pues claro, eso mejora tus capacidades de golpear o algo así! — Malia se lo creyó, a pesar de que era otra estúpida mentira más de Sasha, quién solo quería burlarse ella.

En el segundo día, empezaron a ver un maratón de películas de boxeo, con todas las de Rocky, desde las seis de la mañana. Aunque a Malia le estaban gustando eso, no estaba muy segura de que esto era una forma de entrenar.

— Sasha, ¿en vez de ver sus pelis, podríamos entrenar? Es decir, ¿no deberías enseñarme lo esencial de este deporte? — Sentía que estaban perdiendo el tiempo.

— ¡Calla, calla, está muy interesante! — Le soltaba Sasha, con los ojos puestos en la película. — ¡Sigue viendo y aprenderás! — Todo esto decía, mientras le robaba las palomitas de su madre, quién era la que estaba más entusiasmada por las aventuras de Rocky.

— ¡Callaos, que Rocky está entrenando! — Les gritó. — ¡Balboa eres el mejor, tú puedes conseguirlo! — Le daba ánimos sin parar a ese personaje de ficción.

En el tercer día, Malia y Sasha se fueron a cazar a carteristas in fraganti, en el centro de la cuidad. La mayor no encontraba el sentido de esto, a pesar de que esto de ayudar a la gente a recuperar sus cosas le estaba gustando.

— Sasha, esto me parece algo muy bonito pero… ¿No deberíamos dejar que la policía lo haga? ¿Y qué tiene que ver con el entrenamiento? —

— Hay que ser héroes, ¡salvar el día! Para aprender boxeo hay que ser una heroína. — Y esto le respondió Sasha.

Al cuarto día, Malia aprovechó para limpiar la casa, en vez de entrenar; y terminar las labores de la casa. Algo que Sasha aprovechó para entrometerse y evitar que lo cumpliera.

En el quinto día, volvieron a entrenar, con Malia corriendo por su barrio y con Sasha gritándole con un micrófono.

— ¡Vamos! ¿¡A eso lo llamas correr!? ¡Hasta mi abuela corre mejor que tú! ¡Así que, mueve el culo más rápido! — Le gritaba Sasha.

— ¡No deberías decir esas cosas son muy feas, Sasha! — Eso le regañó su hermana mayor, entre jadeos, mientras luchaba para seguir corriendo y no pararse.

— ¡Hay que motivar, mujer! ¡Insultar al prójimo es animarlo! — A Malia no le gustaba esas palabras de Sasha, pensaba enseñarle que eso provocaba odio y rencor. Mientras tanto, su hermana pequeña siguió hablando: — ¡Y aún te quedan dos kilómetros por recorrer! —

Malia sentía que esto era entrenamiento, aunque no le gustaba la forma de animar de Sasha; pero había algo que no le cuadraba.

— ¿Por cierto, estás segura que es parte fundamental de mi entrenamiento llevarte a cuestas? — Ya le dolía los hombros de llevarla encima suya.

— ¡Pues claro que sí, y no dejes de correr! — Eso le replicó Sasha, mientras intentaba comer un helado, que se estaba derritiendo y cayéndose sobre la cabeza de su hermana.

Al darse cuenta, tras pasar cinco días, de que no había aprendido hacer nada de boxeo, decidió hacer algo más útil. Salió de su casa y se dirigió al gimnasio más cercano. Cuando llegó, gritó esto:

— ¡Buenos días!- Todos le devolvieron el saludo. — ¡Por favor! ¡Necesito a alguien para que me enseñara boxeo, lo básico, para dentro de una semana y un día! ¡Lo necesito urgentemente! —

Esa gran suplica hizo que el gimnasio se llenó de cuchicheos, a lo primero. A continuación, un montón de personas se le acercaron para decirle a ella que la iban a ayudar. Malia se sentía desbordaba, hasta que un montón de entrenadores aparecieron y dieron orden al caos. En los siguientes días, con ayuda de todos, le ayudaron a aquella chica a aprender aquel deporte, que estaba fascinándola, a pesar de que no le gustaba la violencia. Y aprendía tan bien y rápido, que escapaba a la compresión de los demás, creyendo que esa adolescente de pelo azul marino era un diamante en bruto. A pesar de todo esto, de sus esfuerzos y de lo bien que le estaba saliendo, se sentía mal, ya que creía que había traicionado la confianza de Sasha.

Al octavo día, tras terminar su entrenamiento, pensaba decirle eso a su hermana Sasha, y pedirle perdón por no decidí su entrenamiento. Se la encontró, nada más, al salir del gimnasio.

— ¿Sasha? — Se sorprendió un poco verla ahí.

— Esa soy yo. — Eso le respondió Sasha, con su actitud normal.

— Pues verás, yo. He decidido entrenar por mi cuenta, lo siento mucho. ¡Espero que lo entiendas, y perdón por no seguir el tuyo hasta al final! —

— ¿De qué estás hablando? — Ni siquiera se sentía traicionada. — ¡Ya te he enseñado tu sabiduría y mi experiencia como boxeadora! — Al terminar estas palabras, Sasha giró hacia dirección contraria y se alejaba de su hermana, mientras el sol se estaba escondiendo en el horizonte, creando una hermosa escena:

— ¡Muchas gracias, de verdad, te juro que pondré todos mis esfuerzos y enseñaré a todo el mundo lo que he aprendido de ti! — Eso le gritó su hermana Malia, conmovida y llorando a mares.

Al perderse de vista, Sasha empezó a reír como loca, durante una hora. Le parecía tan gracioso que su hermana se hubiera tomado su estúpida farsa, aquel estúpido entrenamiento suyo, que no era más que burlas hacia ella; tan en serio, que casi la mata de la risa.

Y finalmente el día del combate había llegado. Y tras entrenar un poco, empezó a reflexionar durante toda la mañana. Si perdía, aquella mujer le denunciaría a su madre y perdería las custodias. Ella y Sasha, no solo se separarían de su madre, para siempre, sino también las podrían separar a ellas. Si eso pasará, llevarlas por el buen camino sería imposible. Por eso no debería perder aquel combate.

A las cinco de la tarde, llegó un lujoso Rolls-Royce, que las recogía para llevarlas a la casa de la mujer musculosa. La madre estaba llorando al ver que iba a subir en un coche para “megaricos”, eso decía ella. Al entrar, su felicidad se fue al traste, cuando vio a la mujer musculosa, con un traje de señora muy elegante que no le quedaba nada bien.

— Por fin, ha llegado la hora de la verdad. — Le decía eso con una sonrisa, a Malia. — ¡Tengo muchas expectativas sobre ti! — Ella solo asintió.

A continuación, miró con una mala cara a la madre, tras darle un frío y doloroso apretón de manos, que casi le iba a romper la mano. Sasha se dirigió hacia al chofer, que parecía un cerdo, para fastidiarle.

El coche se dirigió hacia su mansión situado un poco lejos de la ciudad, hacia al oeste. Era un enorme palacio, que parecía haber salido de Escocia, sombrío y enorme, con un mármol que parecía brillar más que el mismo sol. Según la mujer musculosa, cuyo nombre era Iwa; fue un viejo fuerte de origen británico, que limitaba la frontera entre la Shelijonia rusa y la británica, durante la época colonial. Y era un lugar perfecto, según ella, para crear un sitio para practicar deportes, entre ellos, un ring.

Al llegar su destino, tras cruzar los impresionantes jardines de la entrada, observando todo tipo de campo dedicados a cualquier deporte, entraron en aquel palacio. Y tras pasar, diferentes pasillos y salas, dejando claro que fue extendido y reformado durante todo el siglo XX, llegaron a la sala en dónde tenían el ring. Y se quedaron sorprendidas, al ver la cantidad de gente, todos desconocidos, esperando ver el combate.

— Una buena parte son trabajadores, otro son clientes habituales de nuestras instalaciones. — Eso les explicaba Iwa al ver el asombro de la familia.

— ¡Todos desean ver esto, porque va a ser muy especial! ¡Incluso algunos han apostado más de trescientos dólares por ti! — Eso añadió ella.

— ¿¡Tan especial es nuestro combate!? — Eso le preguntó su madre, extrañada.

— En verdad, para ellos no, para ustedes, sí. — Eso le respondió con mucha mala uva hacia la madre y ésta decidió callarse.

— ¿Y dónde está mi contrincante? — Se preguntó Malia, algo asustada de encontrarse con alguien muy peligroso.

— Aquí está. — Entonces, Sasha alzó la mano en alto.

— Deja de molestar. — Le replicó su madre. Entonces, Iwa, empezó a reír, antes la sorpresa de Malia y ella.

— Es el contrincante, estúpida. — Eso le soltó, dejando sin habla tanto a la madre como a la hermana mayor.

— ¿Esto, de verdad, es una broma, no? — No quería creerse algo así, no deseaba pelear con su hermana.

— Ella me llamó y me dijo que quería pelear contra ti, y yo acepté. Ha aprendido muy bien a boxear, tanto como tú, y será un combate muy hermoso. — Eso le dijo Iwa.

Malia se quedó boquiabierta, incapaz de entender el porqué, de que su hermana quería luchar contra ella y que deseaba, en el caso de ganar, que aquella mujer denunciara a su madre. Entendía que no le caía muy bien, pero no a este punto. Ni siquiera quería pegarla y deseaba renunciar este combate.

— ¿No te vas a rendir, no? No te puede negar. — Esas palabras de Iwa, que parecía leerle la mente, le dejo claro a Malia, que tenía que participar sí o sí, en contra de su voluntad. Y ésta decidió seguir adelante, pensando en cómo derrotar a su propia hermana sin hacerle mucho daño. La miró.

— ¡Yo soy tu rival y te vencer en esta batalla! — Gritaba Sasha como idiota, mientras hacía estupideces.

— Lamentablemente…— Decía Malia. —… tendré que vencer este combate. — Se arrepintió mucho de haber elegido boxeo, mientras gritaba dudosa. Al oír esas palabras, la sala llenó de euforia y de griterío. A continuación, se prepararon las dos. Se pusieron los guantes de boxeo y los cascos para protegerse la cabeza. Sasha no paraba de dar golpes al aire, diciendo tonterías, mientras su hermana mayor expiraba e inspiraba sin parar. Al final, se subieron al ring.

— ¿Por qué, Sasha? — Le preguntó con tristeza Malia, pero no le contestó.

— ¿Tan mal te cae mamá? — Añadió Malia, a continuación y notó en Sasha, por unos segundos, una cara impropia de ella, bastante siniestra. Una mezcla de desprecio y asco, que le hacían preguntar a su hermana mayor sí, a través de sus chistes y bromas, había un aparente odio, que ella creía que solo era parte de su humor peculiar.

— Hey, hermanita, ¿nos vamos a ir a Paris, después de esto? ¿A vivir cómo bohemias? — Eso le preguntó Sasha rápidamente, soltando su típica sonrisa falsa.

— ¿A Paris? — Se quedó extrañada un poco por eso, pero, como era un deseo suyo, había que respetarlo, en el caso de que ella, Malia, perdía.

— ¡Lo prometo! — Eso le dijo con amabilidad, antes de sonar la campana. Sasha salió corriendo hacia su hermana, iniciando así el combate que decidirá el destino de una familia, y el de unos cuantos hombres y mujeres que apostaron por ellas.

FIN

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