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Lafayette en el Zarato, decimonovena historia.

— Mi Querida Señora, al parecer vuestra merced hoy no podrá ir a su escuela. —

Esas fueron las palabras que escaparon de mi boca al observar el paisaje por la ventana. La naturaleza nos había regalado una gran y terrible ventisca y cuyos resultados observaba. Y como vería más adelante la nieve llegaba hasta las rodillas. Las nubes, con un hermoso gris plateado, completaban la idílica escena, ni dejaba ver los grandes edificios de la cercana ciudad de Springfield. Tal imagen, me estremecía y a la vez me asombraba. Tan hermosa y a la vez tan terrible, capaz de mandar a la tumba a humanos y a animales, por igual. Cómo Mi Señora.

— Por ahora para mí, es un asunto sin importancia, Ranavalona. Ahora estoy pensando en cómo atrapar al maldito que ha destruido la antena. —

Eso decía Mi Señora, mientras estaba acostada y mirando hacía al techo. Estaba bien molesta por culpa de un energúmeno, que destruyó un cachivache de esos. Al parecer su función era de ser puente entre esos y los otros. Bueno, no lo entiendo muy bien, las cosas del exterior son muy raras. El caso es que ahora ella está incomunicada con el resto del mundo y es algo que no puede permitirse. Y todo problema que sufra es mi problema.

— Le juro que quién sea que haya roto eso será encontrado y tendrá el determinado castigo que se merece. — Eso le dije a Mi Señora.

— No hace falta. — Se levantó. — Por ahora. Lo que quiero ahora es que me cuentes aquellos rumores que has escuchado. — Eso me sorprendió.

— ¿Aquellos a lo que usted me prohibió decirle? — Mi Señora, con tal de no escuchar las tonterías de la plebe, me obligó a que no le dijera nada de eso.

— La prohibición se ha levantando. — Y ahora quería escuchar tales rumores.

En resumen, el incidente del cachivache no era el único acontecimiento extraño, desde hacía semanas la capital del Zarato había sufrido todo una oleada de robos. Todos los productos robados eran de primera necesidad, desde ropa de mujer hasta las mismas gallinas y sus huevos. La descripción del ladrón que relataban los testigos de esos robos era casi siempre el mismo. Ropas extrañas, pelo increíblemente largo y su piel era imposible de notar en la oscuridad. Muchos pensaba de que era un ser humano, otros un demonio y los más viejos, un “Coneco”, un horrible monstruo creado por la desesperación y la maldad del blanco y cuya pena es estar eternamente vagando por tierras vírgenes.

— Recuerdo que mi madre había hablado algo de eso. — Dijo, tras termina mi resumen — No le di mucha importancia. Y ella al parecer tampoco. De todos modos, me pregunto cómo no ha sido atrapado aún. —

— Mi Señora, esa criatura es sin duda la más escurridiza de todas. Ni siquiera la Guardia Urbana ha podido capturarla. — Para información del lector, este cuerpo de élite es unos de los más preparados de todo el Zarato.

— Tch. Al final yo me tendré que encargarme de esto. — Eso decía, muy frustrada.

Ella, con total elegancia y feminidad, se levantó de su elegante cama. A continuación, nos dirigimos hacía un almacén secreta, cuya ubicación y existencia solo la conocemos yo, Mi Señora, la Zarina y otro familiar. No sé la razón de tanto secretismo, solo es una gran habitación invadida de todo tipo de armas. Estuvo largo tiempo buscando entre aquel basurero de armas. Comprendí con eso lo que iba a hacer. Buscaba una buena arma para enfrentarse y capturar al monstruo con sus propias manos. La idea de que ella iba a ponerse en peligro hizo que se me escaparán estas palabras:

— ¿Mi Señora, no cree que es muy peligroso ir en busca de tal…? — Ella interrumpió mis palabras de preocupación, con solo una mirada.

— ¿Te lo he dicho muchas veces, no? — A ella no le gustaba que le contradije sus órdenes, salvo excepciones.

— Sí, Mi Señora. No puedo dudar de sus acciones, solo debo obedecer sin rechistar, salvo si usted misma me lo permita. — Le dije, palabra por palabra, lo que siempre me hacía recordar.

— Pues entonces, mantente en silencio, por ahora. —

El silencio duro largo tiempo. Mientras ella buscaba, yo mantenía una dura y terrible pelea interior. Mis deseos carnales me obligaban a querer hacerle cosas impropias de una señorita a Mi Señora. Pero mi voluntad resistía al impulso carnal. Por suerte, para mí y para ella, encontró el arma que deseaba usar. No le pregunte qué tipo era ese, ya que iba en contra de sus órdenes.

— Ranavalona, prepárate para la cacería. — Me ordenó Mi Señora.

— ¡Sí, Mi Señora! — Yo le dije que sí, mientras hacía sin darme cuenta un saludo militar.

Y pase el resto del día preparando nuestra salida nocturna, ya que el monstruo siempre aparecía por esas horas. Con la ayuda de las demás sirvientas hice deliciosa comida para el paladar. Busqué y reuní todas las herramientas necesarias. Reuní información extra, por si nos era necesario entre otras cosas. Mi Señora estuvo todo ese tiempo en su habitación planificando nuestra salida. Ya en la noche:

— ¿Con esto creen que tenemos suficiente para protegernos del frío? —  Le pregunté a las sirvientas que nos estaba ayudando a vestirnos. Fue una orden de Mi Señora.

— Tal vez no sea suficiente, últimamente hace demasiado frío. Unos cuantos han muertos congelados en sus propias casas estos días. — Esa fue la respuesta de una de ellas.

— No digas esas cosas, con todo eso encima podrán incluso podrían sobrevivir días en el pico del Derishini. — Dijo la otra. La mención de aquel monstruo me hizo recordar a mis familiares fallecidos.

Recuerdos vagos de cómo toda la familia se juntaba alrededor de un fuego por las noches y nos contaba historias de monstruos. Y uno de los que más nos contaba era las aventuras del “Derishini”, un monstruo creado por los dioses para vigilar sus tesoros.

Tenía el poder de congelar y descongelarlo todo, de invocar tormentas de nieves que duraban siglos entre otros más. La nostalgia me invadió durante unos segundos.

— ¡Vamos, Ranvalona, no te quedes parada ahí parada! — La voz de Mi Señora me volvió a la realidad.

Y al final salimos fuera del imponente edificio. Por suerte no había tormenta pero el frío era insoportable. Nuestras lámparas de gas apenas podían alumbrar gran cosa. Venían con nosotras otras dos sirvientas más, que trasportaban enormes bolsas de productos de primera necesidad. Otras iban estaban sacando los burros y el carro. La intención de Mi Señora en esto era hacer un viaje nocturno. Pequeñas niñas transportando cosas que a ese monstruo le podría interesar en plena noche. Un aperitivo muy tentador.

Pero ni pudimos empezar el plan, porque aquel monstruo se adelantó. Se escuchó unos gritos procedentes de los establos. Parecían ser de las sirvientas. Todos fuimos corriendo hacía allí. Cuando llegamos, vimos a las sirvientas desmayadas en la puerta de los establos. De ahí, salían unos ruidos que parecían proceder del mismo infierno.

— ¿Qué hacemos, Mi Señora? — Le pregunté.

— ¡Qué las sirvientes se ocupen de sus compañeras! Nosotras…— Me decía. — vamos a ver qué es lo que hay en los establos. — Me entró el miedo. A cualquiera le entraría. A todos menos a Mi Señora. Es tan genial, pero de todos modos, ella no debía de exponerse al peligro.

— ¿Mi Señora, no sería mej…? — No pude terminar mi frase.

— Sin peros, Ranavalona. — Ya que me interrumpió Mi Señora.

Y entramos en el lugar. Los caballos, inquietos, como si hubiera un aura maligna; no dejaban de relinchar, el lugar apestaba a muerte, eso más los ruidos infernales y la oscuridad daban a la situación terror absoluto.

— Qué escena tan vomitiva. — Dijo Mi Señora tapándose la nariz. Y en cierta manera lo era.

Por fin nos encontramos con el culpable. Parecía ser una persona, a pesar de que llevaba cientos de pieles encima de ella y su cabellera negra, larga y oscura, le tapaba gran parte de la cara. Su piel también era negra. Había  matado a un caballo de raza pura, unos de los caros que tenía la Zarina, y ahora intentaba cortarle la cabeza. No sabíamos con qué intención, pero esa acción enfadó mucho a Mi Señora.

— ¡Eh, tú! ¡Sabes que ese caballo ganó cientos de dólares en carreras! ¡Y que íbamos a aparearlo con una yegua! — Gritó. Su cara mostraba furia y tengo que reconocer que eso me excitó.

El monstruo giro hacía nosotras y dejó lo que estaba haciendo. No, no era un monstruo, era una persona. Una chica joven, empezó a reírse de una forma enferma y después le hizo un gesto insultante a Mi Señora. Eso la hizo enfadar mucho más.

— Pobre criatura, no conoce el respeto…¡¡Y lo va a pagar caro!! — Mi Señora sacó su arma con rapidez y le disparó a la chica. Ella lo esquivó y empezó a gritar cosas en un extraño idioma, que, por cierto, Mi Señora conocía:

— ¿¡Pero qué…!? ¿Por qué está hablando en francés? — Gritaba, asombrada.

A continuación, se acerco a Mi Señora, con arma blanca en mano, con el objetivo de matarla. Por suerte, se protegió con el rifle. Y así empezaron a entablar un extraño duelo entre ellas. Yo, muerta de miedo, era incapaz de moverme y defender a Mi Señora. Me sentí tan asqueada por mí misma, no estaba defendiendo al amor de mi vida.

Y en un momento de la pelea, cayó al suelo, por unos segundos estaba indefensa ante aquella horrible mujer. Ese fue el momento en que decidí librarme de todos mis miedos. Mi amor pudo más que mi instinto de mi supervivencia. Me puse en medio lo más rápido posible, a ser su escudo humano.

“No me arrepiento, este es el mejor final que pude tener. Sacrificar mi vida por la suya.” Eso iba a ser mis últimas palabras. Pero dios no quiso ese final.

Ella y yo nos chocamos violentamente. Yo caí al suelo. Esa bestia pudo mantenerse de pie, aunque dio unos pasos para atrás.

Entonces resbaló con la sangre aún fresca de su víctima y se cayó, y sin saber nosotras cómo, un cubo se lanzó hacia su cara. De esta manera habríamos ganado a esa bestia, ya que se desmayó.

— Vaya final tan inesperado…— Eso dijo mi Señora.

Después de esto, aquel sujeto no se despertó hasta las primeras horas de la mañana, aunque el lugar en dónde estaba no llegaba la luz del sol.

— ¿En dónde estoy…? ¿Qué ha….pasado? — Aún no estaba consciente del todo, iba a poco a poco. Yo, por orden de Mi Señora, la había estado vigilando. Ese presunto monstruo fue metido en una jaula para caballos.

— De todos modos actuaba como un animal, así que le daremos lo que se merece todo animal, una jaula. — Dijo Mi Señora cuando le preguntaron la razón por la decisión de meterla ahí. Aún había mucha oscuridad en el lugar, así que aún no sabía que estaba encerrada. A continuación, tocó el suelo y lo examinó.

— ¿Qué coño es esto? ¿Paja? — Decía esto mientras alzaba la cabeza y me veía. — ¡Oye, tú! ¡¿Qué es este lugar!? — Se levantó y corrió hacia mí, pero chocó con los barrotes.

— ¡¡Ay, puta mierda!! ¿Ahora qué? — Los examinó. — ¿Unos barrotes? ¿Qué? ¡¡La madre puta qué te parió!! ¡¡Qué me saquen de esta pocilga!! — Empezó a zarandearlos.

Siguió gritando, ordenando que le soltaran. No dije nada. Cada minuto se volvía más violenta. Paso de insultarme a amenazarme de muerte. Llegó a un punto que se cansó de eso e intentaba con sus brazos romper los barrotes. Luego empezó a darle patadas. Después a darse cabezazos y finalmente los mordía. Todo eso era en vano. Lo único que conseguía era aterrarme aún más. Parecía más bestia que las mismas bestias. Su griterío despertó a todo el mundo.

— ¡Debería haberte dado un rifle con tranquilizante! ¡Por ver si esta bestia se calma! — Decía esto Mi Señora mientras entraba en el lugar y se acercaba a nosotras.

— ¡Y luego los demás os trata a vosotros, los indígenas, de incivilizados, de bárbaros y otras palabras parecidas! ¡Esta chica, a pesar de pertenecer a la cuidad, se comporta peor que los monos del zoo! ¡¿No debería darte vergüenza, Marie Luise!? —  Esas palabras encolerizaron aún más a esa chica.

— ¿¡Qué estás diciendo zorra!? ¿Cómo sabes mi nombre, puta??- De repente, se quedó en silencio y pensativa. Al poco, en voz baja dijo:

— Ya recuerdo… ¡¡Vosotras sois…las chicas de esta noche!! — Entonces, volvió a gritar cómo loca. No paraba de amenazar, de insultar, de que era un ser humano y de preguntar por qué Mi Señora sabía su nombre.

— Maldita negra, deja de gritar. — Mi Señora preparó su rifle para disparar. — O si no lo voy a hacer yo. —

— ¡Maldita hija de puta…! — Eso decía en voz baja, tras dejar de actuar como una bestia.

— Bueno, ya que por fin has decidido actual como una persona, te explicaré tu situación. Has sido capturada. Y ahora te enfrentas ante la justicia de este lugar… — No pudo terminar su frase.

— Primero me tienes que explicar cómo sabes mi puto nombre, niñata. —Interrumpió ella.

— No tienes en esta situación el derecho a exigir. — La cara de aquella chica estaba llena de odio y rabia.

— Bueno, a lo que íbamos. Estás condenada a unos cuantos casos de robos y de destrucción de propiedad. Pero lo mejor de todo es que estás por entrar ilegalmente al Zarato. — Y eso lo decía con una sonrisa, que me parecía muy linda y sensual, pero que provocó el efecto contrario en esa cosa.

— ¿Y qué quieres decir? — Le preguntó esto, gritando como una bestia.

— Que según nuestras leyes quién entre ilegalmente, en otras palabras, sin permiso de la Zarina; será ejecutado. Y ese es tu caso…Marie Luise Lafayette. No sé cómo has entrado ni cómo has llegado, y si sé de ti es que lo que hiciste hace poco te hizo regionalmente famosa. Por cosas de política, también conozco tu familia. — Eso le respondió Mi Señora.

— ¿¡Cómo…!? ¿¡Qué…!? ¡Ni una mierda! ¡¡No voy a morir! — Volvió a gritar y a intentar a romper los barrotes.

— Pero si es lo mejor para alguien tan indigno cómo tú. Si no te has dado cuenta has caído muy, muy bajo. Además, tu familia por fin se va a librar de un sujeto cómo tú. — Eso le dijo y con una sonrisa en su boca, Mi Señora giró hacía la puerta. Por fin vengó su cachivache. Entonces apareció su madre, La Zarina, mientras Lafayette, cómo así se llamaba, no paraba de gritar.

— ¡Hija mía, me he enterado de lo que hiciste! ¡No me has dicho nada, lo has hecho sin mi permiso! — Cogió a Mi Señora por las orejas. — ¡Eso no es lo que una buena hija ni súbdita de hacer! ¡Jamás! —

— ¡Ni siquiera te interesaba esto! — Entonces la soltó. Mi Señora cayó al suelo y yo me acerqué a ella a atenderla.

— ¡Ahora sí! — Dijo eso al estar delante de la jaula, mirando fijamente a aquella chica, viendo como no dejaba de gritar.

— ¡Ni siquiera el más animal de mis súbditos actúa como ésta! — La miró durante largo tiempo, con su típica sonrisa, aquella con la que domina y somete el Zarato, aquella cuándo elimina a sus enemigos, aquella cuándo encuentra algo que le interesa.

— Tengo un mal presentimiento. — Dijo Mi Señora con muy mala cara.

Pasaron unas cuantas horas desde eso. Al sol le faltaba poco para esconderse por las montañas del oeste. Estábamos cenando. Por primera vez, en mucho tiempo, la Zarina me dejó cenar con ella y con Mi Señora. Y por extraño que parece, teníamos a un invitado, esa Lafayette. Por orden suya, se le sacó de la jaula, pero le fue atado las manos, sus piernas llevaban una gran bola de metal y siempre estaba vigilada por sirvientas. Nadie sabía por qué decidió hacer esto.

— Mi madre es mi madre. Es un ser impredecible, algo que odio, la verdad. — Me explicó Mi Señora, con rabia y frustración, cuando se lo pregunté.

— Come todo lo que quieras, después de todo, ésta será tu última cena.  —Le dijo la Zarina a la invitada.

— Qué graciosa. ¿Qué crees que alguien comería bien si supiera si mañana le van a ahorcar? ¿¡Además, cómo puedo comer con las manos atadas!? — Eso le contestó aquella chica, con una desvergüenza que daba náuseas.

— Tienes razón. Oye, hija, manda a Ranavalona a que le de comer. — Yo no quería acércame a esa cosa.

— Esa bestia le arrancaría los dedos. Y no desearía que ella los perdiera.  — Pero, por suerte, Mi Señora me salvó.

— ¡Es una orden de tu madre y de tu Zarina! — A continuación, se dirigió a esa Lafayette — ¡Si le haces daño a esa niña, no tendrás mandíbula para masticar! —

— ¡Qué os jodan! — Eso lo que dijo. Al final no comió nada. La fecha de la ejecución debía ser dentro de dos días, pero por una extraña razón la Zarina lo atrasado hasta el lunes. Mi Señora me decía que seguro que estaba planeando algo gordo. Yo no caí.

Mientras los días pasaban, en la plaza mayor de la cuidad se preparaba todo para la ejecución. Además de ella, otros indios condenados de otros crímenes horribles como violación a niños, saqueo de caminantes y aldeas, etc. En todos esos días ni Mi Señora ni yo visitamos a aquella persona, de todos modos no había ninguna razón. Aunque yo me preguntaba en que estaría pensando o meditando ya que su vida estaba a punto de terminar. También le pregunte qué era exactamente esa Lafayette.

— No es nada importante saberlo. — Eso me dijo, dejando el asunto zanjado.

El día de la ejecución, a excepción de los demás, era bastante soleado para la época, aunque aún así hacía mucho frío. Cómo era por la mañana, me sentía muy sola, ya que de lunes a viernes por esas horas Mi Señora siempre se iba al colegio. Así que me dirigí hacia el lugar en dónde iba a ejecutar a Lafayette, en la plaza central de la única cuidad del Zarato.

Al pueblo siempre le gustan estas cosas, que según Mi Señora, eso horrorizaría a los extranjeros. Por eso la plaza se llenó de gente y todos ellos se preparaban con piedras para lanzárselos a los criminales, mientras se estaba haciendo los últimos preparativos.

A las nueves en punto habían llegado los condenados. Las autoridades mandaron a la gente que se pusieran a un lado para que lo dejasen pasar. También dijeron que quién tiraba una piedra su mano iba a ser cortada. Entre todos esos desgraciados encontré a esa Lafayette. Vi en su cara una especie de resignación a morir y de odio a todo el mundo, o eso me parecía.

— ¿Hey capullos, qué pasan con estas caras? ¡Van a morir de la forma más humana posible! ¡Deberían estar contentos! — Dijo el verdugo. Ninguno de los condenados respondió, ni siquiera ella, que me imaginé que diría algún insulto.

Intente imaginarme que haría Mi Señora si estuviera ahí. Pero solo conseguí protestar contra su ausencia. ¡Maldito sea el colegio, nos separa! Y cuando estaba a punto de comenzar la ejecución, algo lo impidió. Apareció la Zarina. Dijo un gran “alto” claro y fuerte. Todos nos quedamos en silencio y pensando que hacía ella allí. También la saludamos a nuestro modo. A pesar de su dureza, ella es muy querida en la cuidad.

— ¡Yo La Zarina, me he aparecido en persona ante estos condenados de las justicias y ante mi pueblo, para hacer una declaración importante! — El pueblo mantuvo la respiración.

— Uno de los condenados, llamada Marie Luise Lafayette, inmigrante ilegal y ladrona; va a ser perdonada de morir en la horca. A cambio para pagar todos sus errores se le condenará a ir al exilio, a trabajar como una esclava. — Ella se quedó paralizada al escuchar la noticia, entonces todos los demás condenados empezaron a suplicar sin parar a la Zarina.

— ¡A los demás que os zurzan! — Y fueron ahorcados y sus cadáveres fueron destrozados por cientos de piedras.

Después de eso, tuve la sensación de que a Mi Señora no le gustaría, y así fue. Tras contarle lo sucedido, se dirigió hacia dónde estaba su real madre.

— ¡Madre! ¿Me puedes explicar este cambio de actitud hacía aquella salvaje? — Le gritó, muy furiosa.

— ¡No deberías tratar así a tu madre! ¡Además yo tengo la capacidad de perdona a los delincuentes si es necesario, así lo dictan las leyes de mi Zarato! —

La cara de Mi Señora transmitía odio, pero bastante, y eso, cómo dicen vulgarmente, me ponía cachonda. Es normal en ella odiar a los demás por cosas tan pequeñas, pero todo eso que salía de ella me parecía que provenía de algo más gordo. Al parecer también se dio cuenta la Zarina, quién le preguntó esto:

— ¿Por qué tanto odio por esa chica? ¡No creo que deba ser solamente por qué te rompió esa cosa, además de intentar matarte! — Se quedo pensativo unos momentos — ¡Ah, debe ser por eso…! —

— ¡Me rompió la antena! ¡Y casi me mata! Eso es mucha razón de peso para odiarla con mucha intensidad y fin de la cuestión. — Interrumpió Mi Señora.

La Zarina se rió bastante. Yo me quede preguntando de qué estaban hablando. Me gustaría haberle preguntado, pero ella me mandaría a callar. Tal vez estoy buscándole cincos patas al gato. Al día siguiente, se preparó todo para el viaje de Lafayette. Aunque a lo primero se pensó que el recorrido lo haría andando, con cadenas. Nuestra majestad decidió que se usaría un carro con jaula para llevarla hacía su destino. Mi Señora protestó por eso.

Cuando llegó la hora, que era ya por la tarde; Mi Señora, yo y La Zarina junto a otros súbditos nos reunimos para ver empezar el camino de Lafayette. Al final, Le sacaron de la cárcel, encadenada, diciendo groserías y amenazas de muertes a todas las personas del lugar. También daba escupitajos.

— ¡Vaya por dios, esa chica está muy enérgica hoy! — Dijo la Zarina, con burlas hacia ella.

Cuándo Lafayette fue introducida a lo bruto en la jaula. Mi Señora se acercó y empezó una conversación entre ellas:

— ¡Mira Gótica cíclope, sigo viva! — Eso le gritaba, poniendo caras horribles, propias de un loco.

— ¡Qué desgracia! ¡Me hubiera gustado que te eliminasen! — Pero Mi Señora no sintió miedo de ella, estaba delante de ella, desafiante.

— Y no tendrás el gusto…Me llamaste animal y me trataste de lo peor. ¡Por supuesto, esto lo pagarás caro! No tendré la libertad pero me arreglaré para eliminarte a ti y a tu puta madre y a todos los capullos de este lugar. ¡Solo espera, so puta! — Eso le soltaba, mientras intentaba mover las rejas de la cárcel como una salvaje.

— ¡Ja! Yo tengo poder y podría mandarte asesinos para que te eliminasen…así que buena suerte, animal. —

Y Mi Señora se alejó. Lafayette no dejó de gritar insultos y amenazas de muerte. En ese momento deseaba la muerte de esa mujer. Ya me tenía harta de que la insultará. Después de que iniciara su viaje hacia su destierro, La Zarina le dijo algo a Mi Señora:

— No te preocupes por ella, si te llega a tocar un pelo, será arrastrada por los caballos… —

— No me importa eso…— La replicó y la señaló. —Me importa más es lo que está pasando por tu cabeza. —

— Esa chica será algo muy interesante. — Y con esta respuesta, La Zarina se fue a su trono.

Entonces Mi Señora me dijo: — Ranavalona, pronosticó que las próximas semanas o en un futuro cercano vamos a tener unos problemas muy molestos, espero que te prepares. —

— Sí, Mi Señora. — Le respondí. Tal vez, esto sea el comienzo de algo mucho más gordo.

FIN

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