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Todos tienen sus problemas, decimoctava historia.

En una fría mañana de enero, tras tomar el desayuno; Mao se tumbó en el suelo del salón para ver la tele, cómo siempre había hecho. Mientras tanto Jovaka, aprovechando que Clementina y su hija se habían a comprar salió de su agujero para charlar, iniciando así su conversación.

— ¡No deberías vaguear tanto! — Le decía esto mientras se sentaba en el suelo. — ¡Eso no es propio de un hombre! —

— Recuerda que una linda chica asiática, llamarme “hombre” debería considerarse un insulto. — Eso le replicaba Mao, sin apartar la vista del televisor.

— Sí, una linda chica con pene. — Se burló de Mao para picarle un poco, pero no recibió una respuesta de su parte, porque estaba más concentrado en ver la tele. Jovaka miró hacia la caja tonta para ver que estaba viendo. Le preguntó qué era, a pesar de que lo sabía, para darle conversación; y ésta fue su respuesta.

— Un documental chino sobre osos pandas. — Le respondió. Estaban viendo imágenes de esos animales en mitad de un bosque, mientras escuchaban la voz de alguien, que no hablaba la lengua de Shakespeare, y que ni Mao entendía, porque apenas sabía mandarín.

Jovaka, al principio se quedó viendo eso, sin decir nada, pero duró cinco minutos porque era algo muy aburrido. Entonces, empezó a hablarle a Mao durante un buen rato, quién le contestaba de vez en cuando con respuestas fuera de contexto. Sintiéndose ignorada, al final se hartó de su actitud:

— ¡No deberíamos ignorarme, no soy como esa cotorra! — Eso le gritó molesta, mientras le zarandeaba la espalda a Mao. Éste, por su parte, se imaginó que se estaba refiriéndose a Josefina, y le replicó:

— Bueno…, casi lo eres. — Se lo dijo, con un tono dudoso.

— ¡Llevo casi trece horas sin hablar con alguien en la vida real! — Le explicaba a Mao su frustración. — ¡Por lo menos, deberías escuchándome con atención! — Gritando, eso sí.

Entonces Mao se levantó con una cara de enfado y Jovaka, al verlo, pensó que se había enfadado con ella y le iba a pedir perdón. Entonces, Mao gritó:

— ¡Ya no lo aguanto más! — Le gritaba a la tele. — ¡Malditos osos pandas, por eso estáis en peligro de extinción! ¡Hacer el amor de una vez! —

Mao había puesto los subtítulos en inglés, y después de ver los miles fallidos de los cuidadores para que los pandas se reprodujeran, estaba bastante harto. Jovaka casi se cae de la decepción al ver que ella no era la causa de su enfado. Y tuvo que detener a éste para que no zarandeara la tele, mientras les gritaba que lo hiciera de una maldita vez.

— ¡No debes mosquearte por eso, hay miles de mujeres que hacen cosas peores que no reproducirse para salvar la especie! — Eso le gritaba Jovaka, por decirle algo; mientras Mao gritaba.

— ¡He perdido todo mi tiempo en ver esta mierda de documental solo para que me digan que no van a tener un bebé! ¡Devolvedme mi tiempo, maldito documental! —

Entonces algo detuvo este espectáculo, Leonardo le gritó a Mao que Alsancia había llegado y parecía que le había ocurrido algo. Con gran rapidez, Jovaka le soltó para esconderse y el chino se dirigió hacia la tienda bastante preocupado, pero también estaba algo alegre, porque de todas las chicas que le visitaban, era la que más le agradaba.

— ¡Mierda, la enfermita ha vuelto! — Eso se decía Jovaka mientras volvía a su habitación, bastante molesta y celosa.

Mientras tanto, Mao al llegar ante Alsancia, la ve entrando en la tienda con la cara tapada, sollozando. Estaba llorando, y parecía como si no quería que nadie la viese así.

— ¿Qué ha pasado, Alsancia? — Eso le preguntó Mao.

— Mao… — Eso fue lo único que podría decir, mientras dejaba de taparse la cara y mirarle fijamente a la vez que lloraba sin parar.

A continuación, le dio un gran abrazo a Mao y éste decidió llevarla al salón y esperar que se tranquilizara. Jovaka, por su parte, estaba en su cama, deseando en aquel momento tapar el agujero que comunicaba su cuarto con el salón de Mao para no escucharlas, no con una cortina sino con cemento. Tuvo que pasar un buen rato hasta que Alsancia pudiera ser capaz de contar sus problemas.

— Bueno, entonces… ¿qué ocurre? — Le preguntó Mao, pero ella era incapaz de hablar, a pesar de que quería contárselo; éste se dio cuenta de eso y se sintió un idiota, dándose una palmada en la cara.

— Perdón, perdón. — Le decía mientras buscaba en un cajón de una estantería que estaba en el salón. — No me acordaba, aquí tiene. — Y sacó un bolígrafo y una libreta para que Alsancia pudiera contárselo, la única manera para transmitir lo que le había ocurrido:

Me he peleado con mi madre. Ayer he tenido unos cólicos muy feos y no dejaba de gritar. Ella se enfado conmigo, como si yo quería ponerme enferma para molestarla a propósito, y tuvimos una pelea tan fuerte, que provocó que me pusiera tan mal que tenía que llevarme al hospital otra vez. Entiendo que pueda causar mucho estrés, y ella éste sufriendo muchos problemas. Pero no me debería tratar así, no pasa un día en que ella no se empeña en enfadarse conmigo y estoy muy cansada.

Eso era lo que escribió ella tras estar un buen rato escribiendo y tras dárselo a Mao, tuvo que añadir algo más:

Perdón por esta visita inesperada, pero necesitaba hablar con alguien.

Y todo esto mientras lo leía en voz alta, haciendo que Alsancia se pusiera roja e intentaba decirle que no lo leyera de esa forma, sin éxito alguno. Al terminar Mao gritó:

— ¡Maldita mujer! — Lo soltó bastante enfadado. — ¡Así no se trata a los enfermos! — No entendía porque la madre le causaba tantos problemas a Alsancia, si ella era una chica que no causaba ningún problema. Después, le tocó la cabeza a ella, mientras le decía esto con voz normal:

— ¡No te preocupes, Alsancia, yo estoy de tu parte! — Eso la puso muy feliz.

Entonces Jovaka abrió las cortinas, sacó su cabeza al salón y le gritó a Mao, asustando a Alsancia en el proceso esto:

— ¡Es por eso que ha venido hasta a ti! — Eso le decía una Jovaka, bastante irritada. — ¡Seguro que quería contarle a alguien que era la buena de la peli y no la mala! —

— ¡Oye, deja de decir estupideces! — Le gritó Mao, sorprendido de que saliera de esta forma, pero consciente de que sus palabras, de alguien que siempre piensa en lo malo de las mujeres; iban a hundir totalmente la moral de Alsancia.

— ¡Solo dije la verdad! Es una mimada, que tiene el ego más grande que su coño, y cuando no hacen lo que quiere que hagan sale corriendo llorando hacia otro para que le consuelen. — Eso era la idea errónea que tenía Jovaka sobre Alsancia, más sus celos porque era la favorita de Mao; mientras le acusaba con su dedo hacia ella.

— ¡Estás idiota! — Eso le dijo Mao, con ganas de darle un buen tortazo.

— ¡La idiota, eres tú! ¡Haz lo que quieres! — Y eso le replicó, gritando a Mao, y se metió en su habitación, directa hacia al ordenador y muy enfadada, diciendo en voz baja que ella decía la verdad y que él no se daba cuenta.

— Perdón, por esa estúpida. No es mala chica, pero dice muchas tonterías. —  Eso le decía Mao rápidamente a Alsancia, para que esas palabras no le afectaran, pero ya era demasiado tarde.

¿Y si ella tenía razón, si estuviera aprovechándose de su familia y amigos? Esta pregunta empezó a rondar por su cabeza, sintiéndose culpable. Pensaba que tal vez estaba actuado como una egoísta, sin pensar en los demás, incluso su visita era parte de esa dinámica, ya que quería que Mao la consolase. Se sentía una inútil, que necesitaba a los otros y nunca podría serles de utilidad, es más, era una molestia para ellos, ya que tenían que lidiar con ella, a pesar de que tenían problemas más importantes. Estos pensamientos terminaron haciéndola pensar en el suicidio, después de todo, creía que era la única manera para que la gente no tuviera que cargar con su persona.

— ¡Oye, no le hagas caso! — Le decía Mao nerviosamente. — ¡Solo se le ha subido la sangre a la cabeza! — Pero Alsancia no le contestaba, solo miraba hacia abajo, con una cara deprimente.

— ¿Alsancia? — Mao le quería preguntar si estaba bien, aunque ya sabía que no lo estaba y entonces, ella le soltó esto:

— Mao… — Y éste preguntó qué quería. — ¿S-soy…una i-i-inútil…? D-dime la verdad. — Le costó mucho hacer la frase, pero pudo hacerlo.

— ¡Pues claro que no! — Eso le gritó Mao muy serio. Y Alsancia se puso a llorar, siendo el peor resultado que éste había previsto.

— ¿Pero Alsancia? ¡No he dicho nada malo! — Eso le decía Mao, quién deseaba haberla puesto contenta y no al contrario. Y entre balbuceos y lágrimas, ella intentaba decir esto:

— T-tú…— casi no podría respirar por los mocos. —…s-siempre tan amable…— Mientras se tapaba la cara.

Mao, al no saber cómo consolarla, dejó que se desahogara, mientras iba por unos pañuelos para ella. Al final, cuando se pudo tranquilizar, él sintió que podría abrir la boca.

— ¿Así que has llegado a la conclusión de que eres inútil, cierto? — Eso le preguntó Mao y ella movió la cabeza para decirle que sí, sorprendida de que lo supiera sin que le hubiera dicho nada. Aunque era bien obvio llegar a esa conclusión.

— A-además…— Añadía Alsancia. —…l-los demás…t-ienen problemas…— Mao ya sabía por dónde iba y se adelantó.

— ¿Los demás tienen problemas más importantes que las tuyas y tú solo provocas molestias innecesarias a los demás? — Y Alsancia, con mucho asombro; le dijo que sí, moviendo la cabeza.

— Pero mujer, no te menosprecie de esa forma. Todo el mundo tiene problemas, es verdad, pero muchos no han soportado lo que has aguantado, y se derrumban con cosas menos serias que las tuyas. — Eso le soltó Mao, con toda la seriedad del mundo.

— ¿E-en serio? — Le preguntó Alsancia.

— Por supuesto. — Lo dijo con mucha seguridad.

Y Mao, quién pensaba que esa respuesta no la convencería, tenía un plan en mente, mientras recordaba a aquel cuento que escribió el famoso Charles Dickens, cuyo argumento trataba sobre la visita de tres espíritus que le mostraban cosas a un viejo avaro para que cambiase a mejor. Pensó en hacer algo parecido, mostrarle los problemas de los demás a Alsancia para que se sintiera así. Por eso, se levantó, ante sorpresa de ella, y le extendió la mano:

— ¡Y te lo voy a mostrar! — Eso le dijo a continuación. Así, salieron de la casa y se dirigieron hacia la primera persona que se le ocurrió a Mao, a Josefina. Al llegar, pegaron a la puerta pero tuvieron que esperar un poco, porque nadie de la casa lo abría y se estaban escuchando voces, que parecía ser que era una pelea.

— ¡Cuanto jaleo hay, se nota que es familia de la mexicana! — Eso decía Mao, y Alsancia le dio la razón.

Tras cinco minutos, por fin, alguien abrió y era Josefina, que al verlos se le quitó toda la molestia que tenía, ya que sus demás hermanos la obligaron a abrir la puerta, tras tener una discusión que enfadó a su madre, quién estaba limpiando la cocina y les iba a dar una colleja por vagos, si no lo hacían de una vez.

— ¡Mao, Alsancia, qué alegría! — Eso dijo, antes de intentar a abrazar a Mao, quién la esquivo y ésta cayó al suelo, pero se levantó y Alsancia tuvo que sentir un abrazo tan fuerte que casi la iba a ahogar.

— ¡Oye, oye! ¿Por qué estás tan cariñosa hoy? — Eso le preguntaba Mao, después de pedirle que soltará a Alsancia, que la iba a matar.

— ¿¡No es obvio!?- Eso decía Josefina, llena de felicidad. — ¡Es la primera vez que mis amigas vienen a mi casa, eso me hace tan feliz! —

Y Alsancia se dio cuenta de algo, ¿cómo sabía Mao que esa era su casa, si esta había sido la primera vez?

— ¡Entren, entren como si está fuera vuestra propia casa! — Mientras tanto, eso les decía Josefina, quién las empujaba para que entrarán.

Se quedaron en la entrada, mientras Josefina entraba en el salón para gritarle desde ahí a su madre, quién estaba en la cocina. Además de ella, estaban en ese sitio, sus cuatro hermanos.

En un sofá se encontraba los más gordos y estaban comiendo, como cerdos, Doritos. Observaban como zombis un programa de concurso, mientras insultaban a los participantes. Uno era el más viejo de la familia, Miguel, quién decía que estaba haciendo dieta pero su barriga no dejaba de crecer; y el otro, Pablo, tenía dos años más que Josefina, que ni se acordaba de que tenía que estudiar para un examen.

En el otro sofá estaban los otros dos hermanos, su hermana, Noemí, quién se estaba poniendo bien el peinado punk que se había hecho hace poco, y Juan José, quién jugaba al Mario Party, mientras le lanzaba insultos. Ellos, al momento, dirigieron sus miradas hacia Mao y Alsancia, mientras Josefa le gritaba a su mamá.

— ¡Hey, mamita, mis amigas han llegado! ¿Puedo dejarlas pasar a mi cuarto? — Su madre, quién estaba ocupada limpiando el horno, le decía que sí, mientras algunos de sus hermanos empezaron a dar las brasas a sus amigas.

— ¡Oye, con qué chamacas más raras te juntas, enana! — Eso lo dijo uno de sus hermanos, al ver el yukata que llevaba Mao, y en tono de burla. El que jugaba a la Nintendo DS y su hermana, quién soltó un “meh”; les ignoraba, mientras el mayor se acercaba a Mao con el propósito de ligársela.

— ¡Oye, rubia! ¿Cuál es tu nombre? Yo me llam…— No pudo terminar la frase, al escuchar a su madre gritarle que no les molestase a las amigas; y ésta les dirigió la palabra, a continuación, a las invitadas:

— Sentiros como en vuestra casa. — Eso les dijo, mientras Josefina, Mao y Alsancia subían hacía al segundo piso. Al llegar, Josefa les dijo esto:

— ¡Perdonen a mis hermanos, siempre son una molestia! — Les exclamaba esto, muerta de vergüenza.

— No te preocupes. — Le soltó eso Mao, con pena hacia Josefina, porque tenía unos hermanos que tenían pinta, o eso parecía a simple vista; de ser unos completos perdedores. Por eso antes de preguntarle si tenía problemas que solucionar, le preguntó qué hacían sus hermanos:

— Pablo ya le falta poco para pasar la secundaria, aunque no está estudiando nada, Noemí lo repitió y ya está afuera, Juan José está todo el día con los videojuegos y dice que es oro en uno de ellos y Miguel… — Se quedó callada, por unos segundos.

— Es un inútil, por desgracia, ni estudia ni trabaja, solo se dedica pasearse con su coche por las calles. — Eso lo dijo muy decepcionada de él y Mao decidió cambiar de tema, preguntándole si tenía problemas importantes:

— Pues la verdad,…— Eso decía, algo dudosa. — ¡Pues si tengo uno! — Mao le preguntó el qué, mientras ella se ponía a mirar por debajo de la cama desesperadamente:

— ¡Mi Gazpacho, tengo que encontrar a mi Gazpacho! — Eso le gritaba Josefa, mientras sacaba de todo, menos lo que buscaba.

— ¿Quién es ese tal Gazpacho? — Le preguntó Mao.

— Mi peluche, Mao, mi peluche. — Eso le decía, mientras dejaba de buscar y le pedía a Mao y a Alsancia de que lo buscarán. Le explicó cómo era, una piña con manos y pies, y con cara alegre, y les iba a contar su historia, de cómo fue un regalo de su madre para superar su miedo a la oscuridad, pero Mao la detuvo, tapándole la boca.

— ¡Vale, vale! —  Le decía. — Te lo buscaremos, pero no nos cuenta de la vida de la verdura esa. —

— Es una fruta. — Le replicó Josefina.

Así las tres se pusieron a buscar a Gazpacho por toda la habitación. Mao miraba debajo de su escritorio mientras Josefina seguía buscando debajo de la cama. Entonces, Alsancia decidió abrir la puerta del armario.

— ¡Alsancia, no lo hagas! — Eso le gritó Josefina, consciente de lo que iba a pasar, pero fue demasiado tarde, sobre Alsancia cayeron toneladas de ropa sucia, al abrirlo. Al recatarla, ya que ella misma no podría quitárselo de encima, y tras recuperarse del susto, se reanudó la búsqueda.

— ¿En dónde está? — Se preguntaba Josefina desesperada. — ¡Maldita sea! — Estaba bastante frustrada, ya que llevaban una hora buscando por toda la casa y ni un rastro del maldito muñeco.

— ¿No recuerdas en dónde metiste al puñetero de Gazpacho? — Le preguntó Mao, cansando de buscar, mientras se sentaba en la silla para descansar.

— No lo sé, no lo recuerdo. — Le respondía Josefina. — Por mucho que lo piense… — Y empezó a llorar. — ¡Oh, mi gazpacho! ¿Dónde estás?  —

Mao no se podría creer que estaba llorando por tal cosa, mientras Alsancia deseaba que dejara de llorar, pero no sabía cómo.

Entonces, Mao se dio cuenta que la mochila que estaba situado encima del escritorio, tenía un bulto que le parecía muy sospechoso y sin vergüenza alguna lo cogió y lo abrió, descubriendo a Gazpacho dentro. Éste se dio un pequeño al ver la cara del muñeco, que en vez de parecer alegre parecía siniestra y deformada. Josefa gritaba su nombre de alegría, al verlo.

— ¡Oh, Gazpacho! — Gritaba de felicidad. — ¡Por fin te hemos encontrado! — Tras eso, le decía sin parar a Mao que le quería, mientras le abrazaba, a la vez que éste se preguntaba qué cómo podría dormir por las noches con esa cosa. Alsancia se sentía algo feliz, al ver a Josefina así. Tras poder despegarse de la mexicana, le preguntó esto a ella:

— ¿Ya te sientes bien después de ver esto, Alsancia? — Le dijo esto, sorprendiendo a Alsancia, que a lo primero no sabía a lo que se refería.

— P-pues algo…— Eso le dijo, cuando se dio cuenta el sentido de su frase. Aún se sentía inútil, e incluso tenía algo de envidia por Josefina, aunque no sabía en aquel momento el qué. Mao, sintió que su visita había sido una pérdida de tiempo.

— ¡Entonces, vamos a visitar a otra persona! — Eso se dijo Mao, mientras levantaba el brazo, sorprendiendo a Josefa, qué se preguntaba qué quería decir con eso, pero se les unió al final, acompañándolas hacia la siguiente persona.

Tras andar dos kilómetros hacia el este, atravesando múltiples barrios residenciales, llegaron a una de las últimas casas de una urbanización, en el difuso límite entre la cuidad y el campo. Una enorme casita de dos plantas y de madera, cuyo techo estaba hecho a cuatro aguas y llena de tejas de color verde; que tenía un aspecto tan rústico que hacía que cualquiera que lo viese se quedaría contemplándolo.

Entonces, mientras Mao se dirigía hacia la puerta, le preguntaron dónde estaban.

— Estamos delante de la casa de la rusa. — Esa fue la respuesta de Mao.

Josefina no entendía y Mao le dijo que era Nadezha, entonces, se fue corriendo hacia la puerta, para volver a verla. Alsancia se quedó pensando la razón por la cual Mao quería visitarla, ya que tenía una relación muy mala. Quería preguntárselo, pero no se atrevía. Por su parte, éste deseaba fastidiar un poco a la rusa, aunque dudaba si había sido una buena idea.

— ¡Oh, está abierta! — Eso dijo con asombro, cuando Josefa se dio cuenta de que la puerta estaba entreabierta. Luego se dirigió, hacia a Alsancia y a Mao:

— ¡La puerta de Nadezha está abierta! ¿Qué hago, la cierra o qué? — Mao estaba dudando, porque se le hacía raro que Nadezha dejará la puerta abierta, así por así, mientras la mexicana se ponía a mirar hacía dentro de la puerta. Entonces, dio un grito y corrió, como si hubiera visto un fantasma.

— ¿Qué pasa? — Le decía Mao.

-¡Hay un oso, uno de verdad, dentro de la casa!- Le gritaba Josefina muy asustada. Mao rió, pensando en que había visto algo que no existía, mientras Alsancia se puso a temblar.

— ¡Qué cosas dices! — Le decía eso, mientras abría la puerta. — ¡Es imposible, ningún oso entraría en la casa de un humano, solo se van a los contenedores cuando llegan a la cuidad! — Eso le decía Mao, muy seguro de lo que decía, ya que eso era lo que decían los documentales que se tragaba cada día. Entonces vio, delante de sus narices, un enorme oso y con aspecto de tener pocos amigos. Casi se iba a desmayar, pero cerró la puerta y salió corriendo, siendo seguida por Alsancia y Josefina.

— ¡Oh dios! ¿Qué hace un puto oso en una casa? — Eso decía Mao, sin poder creérselo, mientras recuperaba el aliento después de ir hacia la otra punta de la calle, a la vez que Alsancia y Josefina le alcanzaban. Cuando Josefa le iba a decir algo, una voz conocida, que se oyó a lo lejos, les soltó esto:

— ¿Y qué hacen ustedes por aquí? — Era Nadezha y con un rifle en mano, esto asustó a Mao y compañía.

— ¿Qué haces con esa cosa? — Le gritaba Mao. — ¡Yo no he robado nada! — Nadezha solo soltó un suspiro.

— ¿No es lógico, Mao? — Le replicaba Nadezha. — Tengo un puto oso en mi casa, llevo media hora esperando a la policía y estos no vienes. — Estaba realmente enfadada. — ¡De verdad, qué incompetentes son! Mejor que lo haga por mí misma. — Y cargó la pistola, mientras se dirigía hacia la casa.

— ¡Esa tipa está loca! — Esa era la conclusión que Mao soltó, al verla y Josefina, le preguntó esto:

— ¿Le va a hacer daño al oso? — No hubo respuesta, porque era lógico que lo iba a hacer daño y mucho. Entonces, Mao decidió, pidiéndoles a Alsancia y a Josefina que no se acercarán, volver a la casa de Nadezha.

Cuando llegó a los pies de la casa, vio que todo estaba en silencio, no escuchaba ningún tipo de ruido. Entonces, se dio cuenta de que Alsancia y Josefina le habían seguido.

— ¿Nadezha, estará bien? — Eso preguntó Josefina, preocupada.

— ¿L-le habrá p-p-pasado…algo…? — Y eso intentó decir Alsancia, igual de preocupada que Josefina.

— ¡Oye no os dije que no os ibais a acercar! — Eso les dijo Mao y ella les decían que no podrían estar allí con esa preocupación.

— De todos modos, ya ni importa. — Les soltó Mao, al final. — Si aparece esa bestia parda, salid corriendo. — Iba a comprobarlo. Quería abrir la puerta, pero con el miedo metido en el cuerpo decidió pegar.

— ¡Oye Mao, estos no son momentos para que me molestes! — Se escuchó la voz de Nadezha, desde dentro de la casa, haciendo que todos se aliviaran un poco, aunque Mao no quería admitirlo escuchar que la rusa seguía en buenas condiciones. Para ocultar eso, le dijo esto para molestarla.

— ¡Es para comprobar si sigues viva! — Eso le dijo con tono de burla.

— ¡Lo que necesito es ayuda! — Eso le gritó Nadezha y abrió la puerta de golpe. Entonces vieron a la rusa estaba en el suelo, mientras un oso que dormía plácidamente le daba un gran abrazo.

Daba la impresión de ser una escena enternecedora, pero, en realidad, aquella bestia cayó sobre ella, después de dispararle una bala tranquilizante.

— ¡Vamos, quítame el puto oso de encima! — Le gritaba a Mao.

— ¡¿Acercarme a esa cosa!? ¡Tú estás loca! — Eso le replicó Mao, cuando escuchó.

— ¡Lo he dormido con tranquilizantes, y no va a despertar durante horas! ¡Así que no hay peligro! — Eso le gritaba a Mao, y éste tuvo que hacerlo y se acercó con miedo hacia ellos. Con gran dificultad, pudo ayudar a Nadezha a sacarla de ahí, con una pequeña ayuda de Alsancia y Josefina, que no fue la gran cosa. Al final, se quedaron afuera de la casa.

— ¿Y por cierto, qué harás con el oso? — Le preguntó Mao.

— Pues habrá que esperar a la policía y a los del medio ambiente, espero que lleguen pronto. ¡Llevó dos horas y media esperándolos! — Eso le respondió Nadezha.

— ¡Eres tan guay, Nadezha! — Eso decía una Josefina maravillada. — Has ganado contra un oso. — Miraba con mucha admiración a la rusa, haciendo que Mao se sintiera algo celoso. Pero eso no evitó que él se diera cuenta de que Alsancia perdiera toda su autoestima, ya que cuando le iba a decir algo, vio que ésta estaba en cuchillas, con un aura depresiva a su alrededor.

— Mierda…— Eso se dijo Mao en voz baja, cuando vio que conocer el problema de Nadezha solo la había empeorado, aún más. Las otras dos se dieron cuenta del estado de Alsancia.

— ¿Te pasa algo? — Le preguntó Josefa, pero Alsancia no contestó.

— ¿No deberíamos llamar a una ambulancia? — Eso decía Nadezha, preocupada. — Parece que no está bien. —

Alsancia estaba llena de envidia por Nadezha, por poder ser tan valiente y capaz de solucionar un problema de ese calibre; y triste, por no ser capaz ni de poder hablar. Entonces Mao la levantó, ante el asombro de todos, entre sus brazos y salió corriendo.

— ¡Ya voy yo! — Eso gritaba Mao, mientras Josefina le pedía que no la dejase atrás y Nadezha se quedó mirándolas cómo se marchaban.

A Alsancia se le paso la tristeza un poco, para pedirle, ya que estaba muerta de vergüenza, que la bajase. Cuando Mao lo hizo, les soltó esto a Josefa y a ella:

— ¿Vamos a visitar a alguien más? — Eso les preguntó. Josefina le dijo que sí y Alsancia se lo pensó, pero dio la misma respuesta. Aunque ahora, el problema es que no tenían a nadie que podrían visitar.

— ¿Y dónde decías que estaba tu amiga? — Eso le preguntaba Mao, después de llegar a un parque. Éste le preguntó a Josefina si tenía algún amigo, con la condición de que no fuera Elizaberth, y ésta le dijo que lo tenía.

— En verdad no sé dónde está su casa, pero sé que está por aquí. — Eso le decía Josefa, mientras miraba por todos lados por si la encontraba. Mao dio un gran suspiro porque pensaba que buscar a esa persona era una pérdida de tiempo si ni siquiera sabía dónde vivía.

— Pero Mao,… — Seguía hablando Josefina. — Siempre aparece cuando menos te lo esperes. — Y tenía razón, porque esa amiga de la que estaba hablando, que era Sasha; apareció de la nada, por detrás de Mao, y sin ninguna razón, le dio una patada intencional a éste, haciéndolo caer del suelo por el dolor.

— ¡Cómo duele, cómo duele! — Eso decía Mao, mientras Alsancia le intentaba preguntar sí estaba bien.

— ¡Sasha! — Gritaba sorprendida Josefina. — ¿Por qué le haces eso a Mao? —

— Es un experimento, intento demostrar si a las mujeres le duelen sufrir una patada en esa zona. — Eso decía Sasha, con un tono de pura burla.

— No deberías hacer esas cosas.  —Le replicó Josefina, muy enfadada con ella, mientras Mao se recuperaba del golpe y se levantaba maldiciendo a aquella chica, con mucha ira.

— ¿Es tu amiga? ¿Por qué siempre eliges a las peores? — Le gritó enfurecido Mao.

-Bueno, no creo que sea tan mala.- Eso le dijo a Mao, Josefa, después de que éste se dirigía hacia ella para decirle esto:

— ¡Eh, tú, pídeme perdón! — Eso gritó, pero Sasha ya no estaba, ni Alsancia tampoco. Entonces, lo que parecía una versión más adulta de Sasha apareció, gritando esto:

— ¡Lo siento mucho de verdad, espero que pueda perdonar a Sasha! — Les pedía perdón, muy avergonzada, y Mao soltó esto:

— ¿Eres su madre? — Eso le preguntó.

— No, soy su hermana, Malia. — Y eso le respondió aquella chica

— ¡Mao, Mao, Sasha está allí en la arena, con Alsancia! — Entonces, Josefina gritó, ya que se dio cuenta en dónde estaban, y tanto Mao como Malia miraron hacia al campo de arena.

— ¡Tengo un rehén! — Eso gritaba Sasha, poniendo voz de mala, mientras sujetaba fuertemente de la mano a Alsancia, quién no podría liberarse y había sido arrastrada. Todos se sorprendieron de esas palabras, hasta ella misma.

— ¡Alsancia-Lorena! — Gritaron a la vez, Mao y Josefina, de una forma muy dramática. Malia, quién estaba agotada, solo suspiró de cansancio.

— ¡Sasha! — Le decía. — ¡No molestes a esa chica! —

— ¿Y qué harán? ¡Tengo un rehén y no tendré piedad! — Entonces, de su bolsillo, sacó un rotulador. — No se borra…— Se lo ponía bajo en el cuello de Alsancia. — Es un rotulador que no se borra. — Y rió como villano cómico.

— ¡Oh, no! ¿Qué haremos? — Eso gritó dramáticamente Josefina, aunque Malia y Mao, se dieron cuenta de que era un rotulador normal y corriente.

Alsancia también se dio cuenta y pensaba que esa chica era una gran mentirosa, aunque no deseaba ser pintorreada.

— Te daré un minuto, señorita. — Le decía su hermana, muy seria. — Suelta a esa chica o te voy a castigar. —

— Entonces, no tengo más opción. — Eso dijo Sasha, quién iba a pintarle la cara a Alsancia. Ésta no se movió, solo cerró los ojos.

— ¡No! — Gritó Josefa como si estuviera en un momento dramático de una telenovela mexicana. Mao se dirigió hacia ellas para evitarlo, pero Malia se la adelantó y la detuvo, levantándole la mano con la que iba a pintorrear la cara de Alsancia.

— ¡Ya te has pasado! — Eso le dijo, a continuación, deteniendo toda aquella absurda escena y se puso a regañarla.

Tras eso, la obligó a pedir perdón a los demás, se despidieron y se fueron, mientras Mao, Josefina y Alsancia se quedaron un poco más en el parque.

— ¡Perdón por todas las molestias causadas! —  Eso les dijo como despedida.

Al final, Mao y Alsancia se quedaron sentadas en el parque, mientras veía como Josefina jugaban con unos niños chicos.

—  Al final, no te he animado ni un poquito…—  Eso le decía Mao.  — Lo siento mucho. —  Se sentía algo decepcionado consigo mismo por no poder ayudarla a mejorar sus ánimos.

—  N-no i-importa. —  Eso intentó decirle a Mao, mientras miraba el cielo, algo triste.

—  Ni siquiera sé realmente lo que hemos hecho hoy, parece que solo te he hecho perder el tiempo. —  Eso añadió, antes de soltar un gran suspiro.

—  N-no t-te pre-preocupes…—  No quería que Mao estuviese mal por su culpa. Entonces, éste le soltó estas palabras:

—  No eres una inútil, ni un parasito; por mucho que lo pienses, por muchos que te lo digan; para mí, no lo eres, para nada. —

Esas palabras hicieron que la cara de Alsancia se pusiera roja, por algún motivo, y empezó a sonreír de oreja en oreja, sintiendo un sentimiento que no podría entender. Mao, sin darse cuenta, la había animado.

—  G-gracias. —  Eso le dijo Alsancia, con dificultad, mientras deseaba que algún día, pudiera ser de utilidad a los demás, dejar de ser un estorbo y poder cuidarse de sí mismo. Después de todo, los demás tienen sus propios problemas y ella deseaba, en la medida de lo posible, en ayudarles.

FIN

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