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El pecado de Malan, trigésima novena historia

El 21 de Abril, yo, la niña genio Martha Malan, fui a ver a mi Ojou-sama y visitar su casa, algo que hago dos o tres veces por semanas. Cuando llegué a lo que ella llama “salón”, la vi mirando un panfleto publicitario y se le notaba que estaba deseosa de probarlos. Me acerque más y vi que se trataban de dulces. Le dije mi opinión cómo forma de saludo:

— ¡Esos dulces tienen un aspecto delicioso, Ojou-sama! —

Ella se dio cuenta de que estaba ahí y me devolvió el saludo: — Ah… ¡Ohayô gozaimasu! —

Dije lo mismo y Mao se puso a ver la televisión, y yo saqué un libro dedicado sobre las Vryheidsoorloë, conocidos en otros lares como Las Guerras Bóeres, y es quizás el periodo que más me fascina de la historia. Tras haberme leído dos capítulos, mi Ojou-sama me pidió un favor:

— ¡Hey, Malan! ¿Podrías comprar estos dulces por mí? ¡Esperaba que los comprara la canadiense pero está en el parque con la niña! —

Acepté encantada. Mientras iba hacía al local, observé mejor el papel y era un anuncio sobre unos dulces populares que iban a estar de ofertar hoy y tres días más. Todos esos alimentos eran dulces de todo tipo y tenían una pinta muy tradicional.

Allí, entre la larga cola que esperaba entrar al local, vi a la Osa rusa. Hasta el más inteligente de los seres humanos se han equivocado y yo no soy una excepción y en el pasado cometí cosas muy malas al novio de esa chica. Ella fue la que mandó a mi Ojou-sama para pararme y no le gustó nada que me convirtiese en su amiga. Por eso que yo llamó pecado, Nadezha, me odia y parece ser que no podré obtener su perdón por mucho tiempo.

Acercarme a ella era todo un reto debido a todo esto que he contado, pero era una oportunidad para tener las paces realmente con ella y lo iba a aprovechar a pesar de que había muchas posibilidades de fracasar. Me puse detrás de ella y durante largo tiempo pensé en una buena frase para iniciar una conversación.

— ¡Buenos días, Osa rusa! ¿También va a comprar algunos dulces? — Así inicié la conversación.

Miró hacía atrás y, como supuse, al ver que era yo, me miró con ese odio y rencor que siempre me dedica y giró su cabeza hacia adelante sin decir nada. Los resultados seguían siendo negativos pero aún así tenía que seguir.

— Tal vez esa pregunta era bastante obvia… Mejor está, ¿cuál dulce se va a comprar? — No recibí respuesta alguna más ese silencio que me desanimó un poco más pero no me iba a rendir.

— Ojou-sama me pidió que le comprará dulces, pero no me ha dicho cuáles… ¿Osa rusa tal vez puedes decirme los mejores? — De nuevo, no dijo nada y el silencio volvía a ser más insoportable que antes. Decidí seguir intentándolo.

— Si lo miramos por sus aspectos, el…— Fui interrumpida bruscamente.

— ¡Te pido que no me hables! — Me dijo. Yo intente decir algo más pero ella repitió lo mismo. Aún así no podría ceder.

— Ya sé que he hecho mucho daño, pero si hay algo que pueda ayudar, yo estaría encantada…— Fui interrumpida por su grito.

— ¡Déjame en paz de una vez! ¡Nunca te voy a perdonar por eso! ¡Hagas lo que hagas! — En ese momento, me di cuenta de que me excedí demasiado y la hice enfadar y me fui de ahí corriendo toda asustada y decepcionada por los nulos resultados de intentar reconciliarme con ella.

Me fui al parque y ahí estuve pensando en todo eso y en cómo conseguir limpiar esta mancha de mi esplendido expediente. Y ante mí apareció la hermana de Sasha, la chica problemática. Estuvo dos veces en la casa de Ojou-sama buscando a esa chica que es amiga de la lenta simpática. Me ofreció los mismos dulces que iba a comprar, así que supuse que estaba allí y tal vez vio la escena.

— ¡Te ves triste! ¿No quieres algunos, Martha? ¿Ese es tu nombre, no? —Los rechacé y le di las gracias, entonces ella se sentó al lado mío y con tono maternal esto me preguntó:

— ¿Te ha pasado algo con esa chica? ¡Espero no molestar, si no quieres hablar! — Me vino bien hablar con alguien y además con la persona adecuada.

— La verdad es que en el pasado le hice mucho mal a alguien que esa chica quiere mucho y a pesar de haberle pedido perdón miles de veces, aún me odia y no desea trato conmigo. Y yo deseo mejorar mi relación con ella, pero parece que es imposible… — Miré al cielo dramáticamente, con ganas de llorar. — ¡Quiero ser perdonada pero, al parecer,…— Me callé pensado en cómo terminar la frase.

— ¿Pero estás arrepentida? — Me preguntó esto, a continuación.

— Sí, del todo. — Y eso le respondí.

— ¿Sabes? Perdonar no es muy simple, sobre todo cuando has hecho mucho daño a alguien. La cicatriz que puede cometer ese mal puede tardar o incluso no sanar jamás. Además pedir perdón es muy fácil, son solo palabras, así que si quieres estar perdonada y estás arrepentida tienes que demostrarlo. — La escuchaba con mucha atención.

— ¿Demostrarlo? — Eso pregunté.

— Imaginemos esto hipotéticamente, eres un terrorista que ha matado a mucha gente y ha destruido las vidas de inocentes pero al final te arrepientes mucho y odias a tu yo del pasado por hacer tales maldades. Si quieres que tus víctimas te perdonen no solo tienes que pedirles perdón, no solo debes aceptar tu pena sino hacer todo lo posible para que no haya más terrorismo, luchar contra aquello que fuiste, y salvar a esas personas que van caer en tu mismo error, y aquellas que van a sufrir por ese error. — Era una argumentación muy buena.

— Demostrar con hechos de que te has arrepentido,…Pero… ¿Y si aún a pesar de eso…? — Pero tenía mis dudas.

— Es verdad que depende de cada persona y de la maldad que cometiste, pero inténtalo. No creo que Nadezha sea capaz de odiarte de por vida y si lo haces, su odio hacía ti se reducirá. ¡Puedes hacerlo, solo debes tener paciencia y determinación! — Eso me decía, mientras me animaba.

Lo dijo con tanto entusiasmo que me hizo levantar y decir esto: — ¡Eso haré! ¡Conseguiré que la Osa rusa me perdone la vida y me acepte cómo amiga! —

— ¡Ese es el espíritu! — Me dijo mientras me aplaudía con una sonrisa. Tras eso y tras obligarme a aceptar los dulces que compró, nos despedimos y cada una siguió su camino.

Pasé el resto del día pensando en hacer algo y con ayuda de mi Ojou-sama se me ocurrió un plan, que ejecuté dos días después.

— ¡Despierta, Osa rusa! ¡Despierta, que es tarde! — Estas eran mis palabras, a las siete y media de la mañana, en la habitación de Nadezha. Se preguntarán qué hago yo ahí y a esa hora. Pues mi plan era servir cómo sirvienta a la Osa rusa y mi tarea empezaba por despertarla y traerle el desayuno a la cama. Por eso, me levanté antes de que saliera el sol y tras conseguir el permiso de su tío para despertarla.

Creo que fue mal idea subirme encima de ella, hice eso porque vi que con palabras y ligeros tocamientos no conseguía gran cosa, solo que dijera que la dejará dormir unos cincos minutos más. Puse mis manos sobre sus hombros y empecé a zarandearlos. Por fin, ella hizo el esfuerzo de abrir los ojos. Tras decir que ya iba, me vio y dio un grito: — ¿¡Martha Malan!? ¡¿Qué haces aquí!? ¡¿Qué haces encima de mí!? —

— ¡He venido a traerle el desayuno! — Eso que dije con mi mejor de mis sonrisas, dejo a la Osa Rusa con muchas dudas que antes. Por supuesto, me baje de ella y le explique qué hacía ahí:

— ¡Debido a que nuestra relación es muy mala, he pensando que tal vez con ayudarla en sus quebrantares cotidianos, podría aligerar su odio hacía mí, en otras palabra, haré algo parecido como una sirvienta por un día! —

Ella me miraba con los ojos muy abiertos, supongo que pensando en que no se esperaba eso y que no deseaba aguantarme, y lo dijo además: — ¿En serio? ¡Por favor, no quiero tener que soportarte por un día! —

— Haré mi trabajo tan espléndidamente que ya no le incomodará mi existencia. — Luego, puso una cara muy decaída de ánimos y se levantó para coger la bandeja que tenía su desayuno, y que hice con todo lo que a ella gustaba, gracias a su tío que me ayudó. Ella, a regañadientes, aceptó a comer mi comida.

— ¿Sabes? Rechazaría esto, pero no puedo despreciar la comida. ¡Aún te sigo odiando y nunca te perdonaré! ¡Lo oyes! — Me lo decía mientras comía. Me alegre por eso, ya que ser perdonado es largo y duro y lo que cuenta son esos pequeños gestos como ese.

— ¡Está bueno! —Y esa alegría aumentó cuando me felicitó, avergonzada.

Mientras decía eso, abrí las cortinas y luego los armarios en busca de su ropa. Le pregunté qué iba a usar. Ella se levantó bruscamente y me dio un leve empujón para al lado: — ¡Puedo vestirme solita! ¡No necesito tu ayuda! —

Y mientras se quitaba el pijama y la ropa interior y buscaba lo que iba a usar me estaba hablando: — ¡No sé lo que planeas, pero creo que deberías olvidarte de mí! ¡No debes acercarte a mí y a mi novio! ¡Olvídate de que vamos a ser amigas! ¡Jamás lo seré! ¡¿Lo entiendes!? —

Cómo ya sabía, ella es un hueso duro de roer, pero esas palabras no me iban a desanimar. Además, me estaba fijando más en el hecho de que estaba usando ropa interior con la imagen de una mascota adorable llamada Hello Kitty.

Ella realmente estaba algo molesta conmigo al lado y así estuvo hasta que las dos bajamos a su salón y vio a alguien más que no deseaba ver. Esa era mi Ojou-sama quién estaba tumbada en su sofá viendo la televisión. Gritó muy sorprendida y con su dedo señalando: — ¿Tú también, Mao? ¡¿Qué mosca os ha picado para que hayáis decidido hacer esto!? — Ojou-sama se levantó de dónde estaba, la miró y haciendo uso de gestos le dijo:

— ¡Solo he venido a acompañar a Malan por si le pasaba algo por tu culpa! — En realidad, tenía otra razón más y era molestarla. Nadezha apretó los puños diciéndole que era una maldita. En ese momento apareció su tío que la saludó en ruso, algo que no pude traducir y ella le habló en ese idioma.

Tanto yo como mi Ojou-sama no pudimos entender la conversación que tuvo, a continuación con su tío. Su familiar le contestaba con normalidad y tranquilidad mientras que la Osa rusa hablaba algo molesta. Tal vez, le estaba preguntando por qué nos dejó entrar y le explicaba que no éramos sus amigas o cosas parecidas.

— ¿Por qué me están siguiendo? ¿¡No me van a dejar en paz ni en la escuela!?-

Esto nos lo decía mientras iba con paso ligero y es que decidimos acompañarla hasta al lugar dónde ella estudiaba, el Malyytavda High school. Ahí es donde estudiaba mi Ojou-sama antes de poder retirarse y me entraba curiosidad por visitar el lugar.

— ¡Cómo siempre, lo exageras todo! — Le replicaba de forma burlona, cómo siempre hace cuando quiere irritarla. La Osa rusa solo dio un insulto.

Llegamos a unos veintes minutos antes de tocar y el lugar estaba casi vacío y mientras íbamos por sus pasillos la Osa rusa nos decía: — ¡No deberían estar aquí! ¡¿Por qué no os vais de una vez!? —

— ¡Lo dices cómo si fueras un profesor o algo así! ¡Mientras la campana no toque no pasa nada! — Eso le replicó Mao.

— Lo que quiero es que vosotras dos desaparecéis de mi vista de una maldita vez. — Añadió malhumorada la Osa rusa.

Era la primera que estaba visitando un Instituto de Preparatoria, y de Secundaria, ya que ese centre albergaba las dos cosas a la vez; y observaba sin perder ni un detalle todo lo que observaba. Por lo que veía, parecía que no tenía muchas diferencias con Primaria y eso me desilusionó un poco y mi deseo de saltar a la universidad directamente crecía aún más. Por lo demás, todo era lo que normalmente sale en las películas que tenían como escena este tipo de lugares. Otra cosa curiosa era el uniforme que llevaban.

Lo primero que hicimos en entrar en la clase fue sentarnos. Mi Ojou-sama empezó a hablar sobre lo poco que había cambiado el lugar y a la Osa rusa ignorándola, mientras sacaban las cosas de la mochila para su clase de matemáticas.

Durante unos cinco minutos, no había nadie más salvo nosotras y cuándo llegaron las primeras alumnas, le preguntaron a Nadezha qué hacía Mao ahí, ya que, al parecer, se conocían, y ella las saludó enérgicamente.

— ¡Cuánto tiempo, viejas compañeras! ¿Cómo le van su vida como estudiantes? — Les dijo.

Por su parte Nadezha añadió esto: — Mejor sin ti. —

— No le hagas caso, está muy aburrida en clase. — Eso le dijo una de las chicas.

— No digan tonterías. — La Osa Rusa la replicó.

Se rieron y, a continuación, se dirigieron hacía a mí. Las chicas, que eran tres, me empezaron a dar abrazos fuertes, no tanto como los de la lenta simpática, por suerte. Decían cosas como estás mientras me hacían eso.

— ¿Quién es está niña linda? — Eso soltaba una.

— ¡Qué monosidad! — Añadía otra.

— ¿Es tu aprendiz, Mao? — Esto último debe ser debido a que yo llevaba kimono, al igual que ella.

Cuándo Mao iba a decirles quién era, yo le pedí que me dejará hacer mi presentación y les debo que decir que fue la mejor que hice en mucho tiempo. Aunque creo que eso me restó puntos para Osa rusa, que se le notaba mucho más molesta que antes, ya que dijo:

— ¡Qué forma de presentarse tan pretenciosa! — Y luego le dijo algo más a mi Ojou-sama: — ¡No sé como aguantas eso! —

Mientras tanto a las otras no les molestó, incluso les pareció muy lindo, tanto que, incluso, me retaron:

— ¡Y ya que dices que eres muy inteligente! ¿Por qué no nos lo muestras? — Les pregunté qué estaban dando en matemáticas, me lo dijeron y yo empecé a explicarlo.

Y lo hice tan bien que decían que lo hacía mejor que su propio profesor, que era una chica sobredorada, que le hicieran sus exámenes entre más cosas.

Mientras tanto, Mi Ojou-sama se dedicaba de alardear de mí a Nadezha y, cuando terminé mi explicación, ella le dijo a la Osa Rusa, que estaba realmente sorprendida, esto: — ¡Lo ves! ¡Esa variables que tú no lo sabes, lo entiende ella mucho mejor! ¡Así que no las menosprecie, ignorante! —

— ¡¿Por qué no te callas la boca?! ¡Es que ella es una niña genio, pero las personas normales no podemos saber estas invenciones del diablo! ¡Ni tú, listilla! — Eso le replicó rabiosamente.

— ¿Ni yo? ¡Ja! ¡Es que eres una bruta, no una persona normal y por eso tu pobre cabeza no entiende esas cosas! — Y así empezaron de nuevo a pelearse, con gritos e insultos y después con puños y patadas. Tanto yo como las otras chicas miramos el espectáculo.

— ¡No han cambiado nada estas chicas! — Dijo una de ellas, y todas afirmamos esas palabras.

Al poco después de sonar la campana, las chicas pararon la pelea antes de que el profesor entrara y lo viera. Según ellas, por suerte, no volaron las sillas y mesas como muchas veces. Yo y mi Ojou-sama, sin querer abandonar las instalaciones, nos instalamos en la biblioteca. Era un lugar muy grande y muy interesante, por sus libros, que eran ciento, aunque muchos eran en ruso y me costó mucho elegir uno con que leer. Al final, el candidato para ser leído fue El Príncipe de Maquiavelo. Por el contrario, mi Ojou-sama intentaba leer algún que otro pero les aburría. No sé cuánto tiempo pasó hasta que apareció Nadezha.

— Sabía yo que no os ibais a ir de aquí. — Eso soltó, al vernos.

— ¿No deberías estar en clases…? — Le preguntó mi Ojou-sama.

— Con vosotras aquí no puedo estar tranquila, ¿y es más, no debería estar Malan en su escuela? — Eso dijo Nadezha, a continuación.

— Están en una excursión, no quise ir porque ya he ido trece veces al Jardín Botánico. — Le dije la verdad.

— ¿Y tus padres te dejan? — Y añadió esta pregunta, a continuación.

— No han tenido objeciones.- —  A ellos no le daban importancia que faltará un solo día al colegio, sobre todo cuando iban a hacer una excursión que no me interesaba ir.

Al parecer, ahí se acabó la conversación, porque solo hubo silencio. Un silencio que duró poco ya que yo decidí cambiar de tema e intentar charla con ella un poco más. Saqué un tema que me parecía muy polémico.

— ¿Por cierto, cuál cultura es mejor, la china o la rusa? — Eso saqué.

— La china. — Dijo mi Ojou-sama al mismo tiempo que Nadezha decía esto: — La rusa. — Al escucharse, se miraron a los ojos.

— ¿Pero no eres tú japonesa? — Le preguntó Nadezha.

— Nací y me críe en Tokyo, pero mis padres son de China, de Manchuria. Espera, ¿o era no Taiwan? Bueno, eso no importa… — Lo dijo totalmente orgullosa y a continuación añadió algo más. — Y obviamente China es superior a Rusia. —

Nadezha empezó a reírse compulsivamente y señalándola con el dedo.

— ¡Qué graciosa! ¡China mejor que nosotros! ¡Ja! ¡Por esas estupideces son las que destruyeron nuestra amistad! — Al escuchar esa frase, recordé lo que me decía la lenta simpática sobre la buena amistad que tenían ellas en la primaria y que pasó algo que hizo que se volviera en odio, tal vez esto era lo que se refería ella. Supongo que, al no llegar a un acuerdo entre la cuál era superior, si el chino o el ruso, provocó que empezaran a odiarse. La discusión seguía y era algo así:

— ¡Es porque te arde la colita de que te digan de que algo es superior a tu madrecita Rusia! ¡Y ese algo es China! —

— ¡Ja! ¡Y lo dice alguien que lleva ropa japonesa, de esos que violaban chinas y volaban a tiros a sus maridos! ¡Qué risas! — Las dos se lanzaba burlas ácidas.

— ¡No intentes cambiar de tema! ¡De todos modos vosotros no sois angelitos, también disfrutasteis asaltando alemanas! — Y se acusaban de temas muy graves.

— ¡Eso fue porque los putos bolcheviques provocaban los instintos animales entre el noble pueblo ruso! ¡Esos malditos que convirtieron Rusia en una meta-cárcel! —

Después de eso, empezaron a hablar sobre cuales tenían mejores autores, mejor música, mejor comida entre muchas más cosas y nunca llegaban a un acuerdo. La cosa empeoraba minuto tras minutos hasta que finalmente llegó lo inevitable:

— ¡Dejen de gritar! ¡Están en una biblioteca! — Eso dijo la encargada, segundos antes de que un libro chocará contra su cara. Mi Ojou-sama y Nadezhda se estaban tirando libros, gritando sin parar.

— ¡Viva Rusia! ¡Muerte a China! — Eso gritaba Nadezha.

— ¡Jodidos putos rusos! ¡China es la mejor! — Esto decía, por su parte, mi Ojou-sama.

Eso era una muestra de las cientos de frases que se decían. La encargada se desmayó por el golpe y no me di cuenta, ya que estaba distraída en un tomo muy interesante que encontré sobre la Shelijonia del s.XIX. Por suerte, no me cayó ninguno y no voy tan descaminada si dijera que a eso se le podría llamar una lluvia de libros.

Después de eso, me di cuenta de que no hice nada realmente para conseguir su perdón, salvo hacerle y traerle el desayuno. Así que decidí hacerle una gran cena para ella y su novio. Por eso le pedí a mi Ojou-sama que esta vez no provocará nada que podría estropearlo. Si consiguiera que todo saliera bien, podría conseguir que su odio por mí bajara algo. Sería ya un paso importante, el primero en el largo camino del perdón. De todos modos si fracasará, siempre tengo miles de oportunidades.

Mientras la Osa rusa estaba en sus últimas clases, le pedí a mi Ojou-sama que me dejará su tienda para utilizarla para tal cometido: — ¿En serio? ¡Ni hablar! ¡Esto no es un restaurante! ¡No voy a mover nada de aquí para que esa maldita rusa tenga una cena! ¡Además, gratis! —

Era obvio que se iba a negar, pero insistí lo mejor que pude y al final la convencí. Tanto ella como yo nos pusimos manos a la obra. Me hubiera gustado que los canadienses nos hubiera ayudado pero Mao los quitó del medio a su manera, ya que decía que lo de Nadezha y su relación con su novio era secreto, algo que me sorprendió, ya que yo pensaba que todos lo sabían.

Movimos todas las estanterías a un lado para dejar libre el centro del local. A continuación, pusimos una mesa de estilo occidental que habían se había conservado del antiguo dueño de la casa, le pusimos un mantel de terciopelo y una lámpara de petróleo. Llenamos el lugar de cosas que recordaban a Rusia, tardamos mucho en hacer eso. También busque entre los armarios de mi Ojou-sama algo que me sirviera y lo encontré: Un antiguo traje de camarera de origen japonés y una careta de un Tengu, para ocultar mi cara y así no incomodarles con mi presencia. Yo iba a actuar de moza para su cena y también hice la comida. Una hora antes de las siete, tras tenerlo todo preparado, llame como número oculto tanto a Vladimir, su novio y al que hice tanto mal, y a Nadezha y aceptaron ir allí para saber por qué les habían llamado para ir a la casa de Mao.

— ¡Oye, seas quién seas, ¿por qué nos han llamado?! — Eso dijo Nadezha cuando abrió la puerta de la tienda de una patada, algo irritada, y detrás de ella Vladimir. Los dos se quedaron de piedra al ver la tienda transformada.

— ¿Pero qué…? — Dijeron al unísono y luego yo aparecí yo.

— Bienvenidos a su cena romántica, mis queridos enamorados. Van a tener lo mejor de la casa para celebrar vuestro amor eterno. — No sé si era por la sorpresa o por la careta, pero se quedaron de piedra. Yo les tuve que decir que se sentarán. Luego, les dije que esperasen un poco para la comida y los deje solos unos minutos. Al volver con el primer plato, Nadezha me dijo:

— Malan… ¿Por qué llevas eso? — Al parecer, me reconoció y obviamente tuve que decirle mis motivos para llevarlo.

— Para no incomodar con mi rostro vuestra hermosa velada. — Eso les dije.

Al decir eso, ella se levantó y se acercó a mí. Tuve un poco de miedo, al ver lo brusco del movimiento, pero solo me quitó la máscara y lo tiró al suelo. Me dijo casi gritando estás palabras:

— ¿Por qué tanta obsesión con ser perdonada? ¿Por qué no dejas de hacer esto de una vez y te dediques a hacer cosas más productivas que esto? ¡No lo entiendo, la verdad! — Decidí explicarle mis motivos para tanta obstinación de mi parte.

— Hay muy buenas razones para eso. Quiero arreglar lo que hice mal, es una mancha que me molesta mucho, si lo podemos hacer así, y la otra es…— Expiré e inspiré fuertemente para decirlo, porque me daba un poco de vergüenza decirlo.

— ¡Eres una persona muy interesante y quiero obtener tu amistad! — Entonces, me puse de rodillas y con mi cabeza contra el suelo le rogaba una y otra vez: — ¡Por eso quiero que me perdones! ¡Y haré todo lo posible! ¡Mil perdones por todo lo malo que he provocado! —

El silencio pudo haber dominado durante largo tiempo, ya que, al parecer, Nadezha no sabía que decir, si no fuera por su novio.

— ¡Nadezha, perdónala! — Le dijo, y eso la sorprendió mucho más.

— ¿¡Qué dices!? ¡Esa chica te ha fastidiado la vida por un tiempo! ¡¿Cómo puedes decir eso?!- Eso le decía Nadezha.

— ¿Pero no ves que está muy arrepentida? ¡Hasta nos ha preparado una cena y todo! ¡Hazlo por mí! — Nadezha dudó mucho sobre esto y me miraba fijamente. Al final, dijo esto:

— ¡Levántate, que me da vergüenza verte así! — Eso hice. — Bueno tal vez, tras ver lo obstinada que eres con esto… — Le costaba mucho decirlo. — Pues yo…Tal vez te perdone. ¡Incluso en un futuro cercano podamos ser amigas! ¡Solo dale tiempo y no fastidies más! ¿Vale? —

Esas palabras me hicieron muy feliz, tanto que me daba ganas de abrazarla y de llorar de alegría. Al parecer, avance más de lo que esperaba, con unos resultados altamente positivos y sentía que mi sonrisa era más brillante que nunca. Dije algo, muy simple, la verdad:

— ¡Vale! — Así prescribió mi pecado, mi error.

FIN

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La Tesis robada, trigésima octava historia

El calor ya apretaba bastante cuando Malan, acompañada de Mao, Josefina, Alsancia y Diana, la hija de Clementina; salían del campus universitario de la ciudad de Bogolyubov, ¿qué hacían esas niñas, más un chico travestido, en tal lugar y tan lejos de su casa?

Pues Mao tuvo que llevar a Malan allí, ya que ésta quería entregar todas las tesis que hizo y entregárselo a la gente de la universidad, esperando así conseguir de alguna manera sorprenderlos y que tal vez la suban a la secundaria o incluso en la misma universidad. En el proceso, se unieron Josefina, Alsancia, quién fue arrastrada por la mexicana; y la hija de la canadiense, ya que ella no podría cuidarlo y le pidió al chino que lo hiciera en su lugar. Tuvieron que ir a aquella ciudad, ya que era el único sitio de toda la zona que tenía eso.

Mao miraba a Malan, que estaba triste y suspiraba a cada rato. Quería decirle algo, pero estaba muy ocupado.

— ¡Teno amble! ¡Mi bibe! ¡Mi bide! — Gritaba y a la vez que lloraba Diana, quién estaba en los brazos de Mao. Eso, mientras el chino sostenía sobre él a Alsancia, que deseaba poder decirle que la bajará. Y al tener ocupada las manos, le pedía a Josefina que sacará el biberón de la bolsa que llevaba, y ésta en su intento de encontrarlo ahogaba al pobre.

— ¡Josefina, me vas a asfixiar! — Le gritaba Mao.

La razón de tanto suspiro por parte de Malan es que fue rechazada por todos los profesores que ella intentó dar sus tesis, entre ellos el rector de la misma universidad. Ni uno se dignó en mirar la portada, hasta algunos se rieron de ella, pensando que era un chiste. Decían que no querían perder el tiempo con leer las estupideces de una niña y que le dejarán en paz. Esto, sin duda, le dolió mucho a la africana.

Cuando pudo hacerlo fue, en el tren de vuelta a Springfield, con las demás durmiendo y con Malan mirando el paisaje.

— ¡Oye, mujer no te pongas así! ¡Tus escritos son muy buenos, de verdad, esa gente ha sido unos estúpidos por no leerlos! — Le dijo. Malan miró hacía al chino y le dijo:

— ¡Gracias, Ojou-sama! Solo estoy decepcionada, solo eso…— Lanzó un suspiro. — Otra vez me han tratado como una niña… — Mao iba a decirle que lo era, pero decidió callarse. Malan siguió hablando, por su parte.

— ¿Sabes? Entiendo perfectamente que lo soy físicamente, pero mi mente no es la de una niña de mi edad. Aún no he menstruado, pero ya puedo razonar como una chica de diecisiete años o incluso más. En verdad, yo estoy fuera del papel que debería cumplir y es por eso que la gente no me tome en serio. Y eso te hace sentir como si te menospreciaran. — Se calló por un segundo. — ¡Pero son cosas que pasan! ¡Ya se me pasará! — Eso último se lo dijo con una sonrisa.

Mao sintió mucha lástima por ella, él sabía lo muy madura e inteligente que es y que sus tesis, que los observó y los revisó atentamente, eran muy buenas y que incluso te hacían pensar. No era una chica normal, desde luego y se llenó de rabia y odio antes esas personas que ni osaron mirarle sus escritos. Entonces decidió una decisión, no podría aguantar que la chica con quién más confiaba la tratarán así, esas tesis iban a ser leídos por esos lelos de la universidad, cueste lo que cueste.

Al día siguiente, tras pedirle a Malan unas copias de sus tesis, decidió ir solo a la universidad de Bogolyubov y buscar a su rector.

El rector en cuestión era un hombre que cumplía los cuarentas años, un solterón que se sacó el doctorado en historia hace años y fue votado como tal hace tres años. Su nombre era Christopher Cross Griffin y estaba en su rectoría, mirando en un pequeño espejo para comprobar horrorizado los avances de su calvicie cuando alguien pegó su puerta violentamente. Su despacho tenía varios cuadros de él y todo tipo de cosas muy lujosas.

— ¡Ya voy! ¡Ya voy! ¡Esta gente siempre molestando a un hombre tan ocupado como yo! — Decía eso mientras abría la puerta y a ver quién era dijo además esto: — ¿Tú? —

Mao entró a su despacho y se fue a sentarse en su cómoda silla de terciopelo. Al ver tal cosa, el rector, sorprendido por tal comportamiento le gritó: — ¿Qué insolencia es esta? —

— Ay, mi rector. He venido a entregarle esto y está vez usted se lo leerá, sin objeciones. — Le respondía eso, mientras le enseñaba las tesis de Martha Malan.

— ¿Qué? ¿Desde cuándo se ha visto algo así? ¡Vete de aquí, niña! ¡No voy perder el tiempo con eso! — Le gritaba el hombre furioso, pero Mao se levantó y acercó a él con cara de malas pulgas.

— ¡Sí, lo harás! ¡Solo es leerlo! ¡Algo que llevas haciendo todo tu puta vida! ¡Y luego dar tu opinión! ¡Así de fácil! ¡Haz eso y te dejo tranquilo!

¿Lo oyes? — Mao fue capaz de acorralar al rector y intimidarlo, que estaba temblado de miedo ante el chino.

— ¡Vale! ¡Vale! ¡Pero no me hagas daño! — Cualquiera que hubiera visto eso tendría vergüenza ajena del rector, quién estaba a punto de orinarse ante una supuesta chica de entre catorce y quince años. Tras eso, Mao le obligó dar su número de teléfono, le dio las tesis y se fue de ahí. Griffin respiró tranquilo y tras pasar un buen rato, decidió por aburrimiento, leer esos escritos que le habían obligado a mirar. Jamás pensó que aquellas cosas fueran verdaderas joyas, que superaban sin cesar a de las mayorías de los universitarios. Y había uno especialmente, que le dejó perplejo y que podría alterar el mediocre mundo académico shelijoniano.

Sonrió malvadamente mientras miraba el título, que era este: “La reacción y situación de los pueblos nativos de Shelijonia tras la admisión de ésta cómo estado de los Estados Unidos de América.”

Mao pensó que con pasar dos semana era suficiente, y, poquito a poco, se olvidó de eso hasta que llegó Mayo, después de que Clementina volviera de las compras y le dijo que vio algo extraño.

— Sabes, Gerente… ¡He visto a un hombre sospechoso que dicen que está rodando últimamente! — Le decía totalmente preocupada.

— ¿Qué dices? — Le preguntaba Mao, que desconocía totalmente lo que estaba hablando.

— Es que en el barrio están hablando de un hombre raro y extraño dando vueltas durante días por aquí… ¡Da un poco de miedo! — Eso le respondió Clementina.

— ¡Qué gente tan paranoica! ¡Seguro que ese tipo vive en este barrio o trabajo o algo así! — Eso replicó Mao.

— Pero tiene pinta de ser un loco que persigue jovencitas. — Le decía temblando de miedo.

Mao no le hizo nada de caso, pensaba que lo estaba exagerando y era otra de sus miles de fobias. A los días siguientes, la canadiense, obsesionada con eso, le obligada ir con ella siempre a comprar o a la parque con su niña. Miraba sin parar, si aquel veía al hombre ese y el chino intentaba quitarle tal paranoia, sin éxito.

Fue en uno de esos paseos, mientras volvían de comprar, cuando se encontraron con aquel extraño hombre con el que se topó Clementina. Al verle, la canadiense se escondió en una calle sin salida y obligó a Mao a hacer lo mismo.

— ¡Es él, Gerente! ¡Es ese hombre raro! ¡Llama a la policía! ¡Espera! ¡No lo haga o nos pillará! ¡Ay dios! ¡Qué no se acerque! ¡Qué no lo haga! — Le gritaba temblorosa a Mao, mientras se agachaba como una niña pequeña.

— Pero si no ha hecho nada…— Eso le replicaba Mao.

— ¡Seguro que hará algo horrible! ¡Lo veo en sus ojos, es un enfermo antisocial! — Eso le decía Clementina, muy convencida de lo que estaba hablando.

Mao pensaba si era buena idea pegarle unos tortazos a ver si se le quitaba la tontería y miró a ver qué era eso que tanto terror le inspiraba a la miedica de Clementina. Lo conocía, era el rector de la universidad de Bogolyubov. Al ver que el hombre llevaba en una de las manos un montón de hojas, recordó lo que hizo hace unas semanas, y pensaba que había aparecido para felicitarle a Malan por lo buenas que eran sus tesis doctorales o algo así. Se preguntó por qué la canadiense estaba aterrada por un tipo cómo él.

— ¡Tranquilízate, no tienes nada que temer! ¡Ni siquiera le has visto hacer algo! — Le dijo Mao.

— ¡Eso es verdad…! ¡Pero tengo el presentimiento de ese hombre quiere hacer algo horrible! — Y le replicó, Clementina, algo molesta por no ser tomada en serio.

Mao se río, le parecía demasiado hilarante lo que estaba diciendo Clementina y pensaba que debe haber tragado demasiado películas de terror de pequeñita para comportarse así. No había nada de malvado en el rector, tal vez, parecía patético y un perdedor, pero no un loco sediento de sangre. La canadiense, aún con el miedo metido en el cuerpo y estando en esa posición ridícula, le decía que no tenía ninguna gracia, que de verdad ese hombre era peligroso y había que salir corriendo de allí.

Mao decidió demostrarle que estaba equivocada e iba a hacer lo contrario de lo que pedía la canadiense, intentó acercarse al viejo pero ella se agarró a su gerente evitando que fuera hacer eso.

— ¡Estás loca! ¡No debes acercarte! ¡Ese hombre es un monstruo! — No quería que Mao acabé en una situación peligrosa por su culpa.

En ese momento, mientras Mao intentaba liberarse de la tetona, apareció Malan a lo lejos. Entonces el rector se acercó a ella.

Malan, quién le vio con esos papeles en las manos, le reconoció, le saludó enérgicamente creyendo que por fin habría reconocido su talento.

— ¿Tú eres Martha Malan? — Le preguntó a la africana y ella obviamente le dijo que sí. A continuación, le mostró los papeles que tenía y supo que eran sus escritos.

— Entonces esto lo escribiste tú, ¿no? Son muy buenos. — Eso hizo sonreír de la vergüenza a Malan, que en ese momento estaba feliz que solo pudo decir esto:

— Pues sí…— Eso le decía mientras reía tontamente por el alabo.

Entonces, el rector sonrió de una forma siniestra, sacó un pañuelo de sus bolsillos y se lo puso en la boca. Malan no pudo reaccionar, ya que eso tenía clorofila y la hizo dormir en segundos. Rápidamente, el viejo rector se la llevó corriendo.

Mao no reaccionó a los primeros segundos y perdió un tiempo valioso, luego gritó el nombre de Malan, empujó a Clementina y salió corriendo hacía ellos como alma que llevará el diablo.

— ¡Hijo de puta! ¡Deja a Malan! — Le gritaba sin parar.

El rector que escuchaba la voz a lo lejos se apresuró a meter a una desmayada Malan en su viejo coche e irse pitando de ahí. Le dio tiempo y el automóvil salió cuando Mao llegó. El chino no iba a perderlos y vio, entonces, a un chico con bicicleta. Fue a por él, se lo quitó y le dijo:

— ¡Tomo prestado esto por un buen rato! —

Y salió a toda velocidad a perseguir al coche del secuestrador, mientras el joven le pedía desesperadamente que le devolviera su bicicleta. El vehículo era tan lento que Mao los pudo ver y seguir, aunque nunca alcanzar. Así estuvo la persecución, durante unos cincuenta kilómetros. El chino recorrió todo la autopista que unía Springfield con Bogolyubov sin que le pillasen ni que el rector se diera cuenta de que le seguía. Además, gritaba sin parar, que habían secuestrado a su amiga y que le ayudasen a pararlo, pero nadie le hizo ni puto caso. Antes de llegar a la cuidad vecina, salieron de la vía y se internaron en un pequeño barrio para llegar, después, a una casa de campo. Al llegar el rector a su destino, nuestro rescatador, que se escondió; decidió descansar y luego pensar en cómo salvar a Malan.

Mientras tanto dentro de la casa de campo, tras haber atado a Malan con una silla, se estaba mirando al espejo fijándose si estaba empeorando su calvicie. Cuando terminó de fijarse tanto en su problema, se levantó a hacerse unos sándwiches de queso con jamón cocido. Se los comió y se dirigió hacía a la africana para despertarla, ahí es cuando Mao apareció abriendo la puerta de un golpe, algo que le dolió muchísimo.

— ¡Suelta a Malan! ¡Capullo! — Le decía.

El rector gritó y le dijo: — ¡No es lo que parece! —

Entonces, Mao, mientras le señalaba a una Malan atada, le gritó: — ¿Y entonces que parece esto? ¡Es obvio que es un puto secuestro! —

— Te lo puedo explicar. — Le respondió, nervioso, el rector.

— No hay explicaciones que valgan. — Y le lanzó una patada que el rector pudo esquivar por pura suerte. A continuación, éste salió corriendo gritando como niña.

— ¡No huyas, cobarde! — Le decía.

Los ruidos que producían ellos despertaron a Malan y ella, tras abrir los ojos, veía como Mao y el rector daban vueltas sin parar. Con toda la tranquilidad del mundo dijo: — Es una situación muy curiosa, la

verdad…—

Mao al escuchar esas palabras, se acercó a ella y mientras la desataba, le decía con mucho nerviosismo: — ¿Estás bien, Malan? ¿No te habrá hecho nada ese baboso? —

El rector, como si desconocía el contexto que él mismo había provocado, le pidió a su secuestrada esto: — ¡Oye! ¿Puede decirle a tu amiga que me deje contar por qué he hecho esto? —

Mao le replicó, furioso mientras mordisqueaba las cuerdas que ataban a Malan: — ¡No tienes derecho a decir nada! —

— Déjalo, Ojou-sama, debe ser interesante el motivo por el cual me haya secuestrado. — Le decía Malan, quién deseaba conocer la historia detrás de esto.

— ¿En serio, Malan? ¡¿Cómo puedes tomarte esto tan normal?! ¡Te han secuestrado! — Mao estaba perplejo por la actitud tan tranquila y anormal de Malan ante tal situación, mientras intentaba liberarla.

— ¿Entonces puedo contar mi historia? — Eso le preguntó el rector.

— Hazlo, tienes tiempo de sobra porque estas putas cuerdas son un verdadero fastidio. — Le gritaba Mao, rabioso ante el hecho de que no podría soltar las malditas cuerdas.

— En verdad, tus ensayos eran tan buenos, tan geniales que decidí quedarme con ellos y exponerlos a mi nombre…— A continuación, el rector empezó a contarlo.

— Eran unas tesis, pero en fin…— Luego, se dirigió a Mao toda feliz. —

¡Mira, mira, Ojou-sama mis escritos son tan buenos que incluso me lo han robado! ¡Jamás he estado tan feliz! —

— No entiendo cómo puedes estar feliz, ese tipo te lo ha robado, ¡nadie estaría feliz si te roba el esfuerzo de tu trabajo! — Aún estaba muy ocupado con las cuerdas.

— No podrían ser considerados tesis, deben ser ensayos insuperables. Y uno especialmente, quién me ha llevado a la cima y…— Y entonces, gritó como un demente, con sus ojos saliendo de sus órbitas:

— ¡La perdición! —

Luego se sentó y con los ojos mirando en el suelo seguía hablando, riéndose: — Ese ensayo sacudió como un terremoto el mundo académico, miles discutían sobre él y el debate llegó a invadir las televisiones nacionales durante días…—

Malan empezó a llorar de alegría, jamás pensó que algo que había escrito ella podría provocar todo lo que estaba provocando eso. Mao dudaba de las palabras del capullo del rector, pero se acordó de que solo veían los malditos programas infantiles que ponían Diana o Josefina. Se olvidó por unos segundos de seguir con su cometido de romper las cuerdas.

— Es el que trataba sobre los indios de esta isla y su relación con la época contemporánea de Shelijonia. — El rector siguió hablando. — Tocaba temas que nadie, tanto rusófilo cómo pro-useño, había tocado antes. Una bocanada de aire fresco ante la mediocridad intelectual de Shelijonia, pero tocó los límites y un tema prohibido… ¡El Zarato! —

Mao no sabía a qué escrito se refería, no se acordaba leer eso y le preguntó a Malan. La respuesta de la africana fue ésta: — Esa se me olvidó enseñártela. —

A continuación, Mao le preguntó al rector: — ¿Y qué pasa con eso del Zarato? —

— El Zarato, es un tema del que nadie habla ni menciona, es como el elefante muerto que está en la sala pero todos ignoran. ¿Por qué existe tal estado? ¿Cómo ha llegado a existir? ¿Qué es exactamente? ¿Por qué no se sabe nada de él? ¿Por qué permiten su existencia? Tantas preguntas y ninguna respuesta hasta que ella ha propuesta unas teorías, más o menos discutibles, pero que han permitido que la gente hable y a eso no le han gustado a los poderosos que dominan esta isla. — Volvió a gritar cómo demente. — ¡Y me la tienen jurada! ¡Me quieren matar por decirlo! —

— ¿Y qué tiene todo eso con secuestrar a Malan? — Le decía Mao irritado por tanta cháchara y por las malditas cuerdas. Malan estaba perdida en sus fantasías, se sentía en el paraíso.

— Pues les quiero demostrar que ella es quién escribió eso, no yo y así librarme de la muerte. — Eso le respondió

— ¡Quieres mandarle el muerto a Malan! ¡Desgraciado! — Mao tenía muchas ganas de mandarle al cementerio, pero siguió en su labor.

— Ese era mi intención, la verdad. — Se rió como si fuera un chiste.

— Esto parece un chiste de mal gusto… ¿Qué en serio crees que me voy creer en esas locuras? ¡Es como los iluminados, los masones y los reptilianos! — Eso le decía Mao, muy enfadado.

El hombre siguió hablando y esta vez volvió al tema de que estaba comentando, ignorando el comentario de Mao y mientras se ponía delante de una ventana.

— Los Von Schaffhaussen, obsesionados por Shelijonia, hicieron todo lo posible con tenerla entre sus manos y cuando la tuvieron en su poder, la aprovecharon para quitarse del medio al peor individuo de la familia, evitando que deseará conseguir el puesto como presidente y con sus locuras mandar a los Estados Unidos y al mundo entero a la mierda. — Dio una pequeña pausa. — ¿Cómo? ¡Convirtiéndolo en jefe de un estado a su gusto! ¡El Zarato! ¡Convirtieron el proyecto federal de una reserva india en una monarquía que teóricamente es independiente! ¡Cuánto poder, ooh! —

Mao se quedó pensando en lo demente que estaba ese pobre hombre y si, en vez de llamar a la policía, debería llamar a un manicomio para ingresarlo allí. Rápidamente, volvió en su labor de romper las cuerdas, que le faltaba poco, y salir pitando con Malan de ahí, aunque antes quería darle un buen merecido al chalado del rector.

Entonces, nuestro rector empezó a retroceder, poquito a poco, mirando nervioso por todos lados, como si estuviera sintiendo algo malo.

— ¡Están cerca! ¡Ellos! Lo sé…— Decía eso mientras se mordía las uñas   compulsivamente. Mao ignoró eso, ya que estaba más ocupado en su tarea.

El rector empezó a buscar escondites por todos lados: Intentó introducirse dentro en la nevera, que solo tenía comida podrida y los tiró al suelo, pero era muy gordo para entrar. A continuación, deseo meterse debajo de la mesa pero le dolía la espalda con solo doblar las rodillas. También se ocultó entre las sabanas pero se puso a estornudar, sin parar, y luego, salió de la habitación para buscar más lugares en dónde esconderse pero era alguien muy exigente y no los encontró.

Cuando volvió al lugar dónde estaba Mao y Malan, el rector se paró subidamente y puso su mano sobre su oído para escuchar algo.

— ¿Oyen eso? ¡Es un disparo! ¡Ya están aquí! — Eso les gritó.

En ese momento, Mao pudo liberar a Malan y se quedo mirando al rector.    Tanto uno como la otra se preguntaban qué estaba diciendo él porque no habían escuchado tal disparo. El chino, entre señas, le dijo a Martha que ese hombre estaba loco. Y entonces ese chalado gritó y saltó a la ventana, que, por suerte, estaba a ras del suelo, y salió corriendo por el campo de trigo, gritando.

— ¡Se nos escapa! — Decía Mao mientras le perseguía, y siendo acompañado por Malan.

Y estuvieron así un rato hasta que el rector se perdió de vista, Mao tuvo que descansar ya que había hecho demasiado ejercicio por hoy. Malan le preguntaba si quería que le trajera algo pero estaba más ocupado expirando e inspirando. Entonces, de repente, escucharon un ruido violento a lo lejos. No eran de unos disparos, sino de un choque entre automóviles. Con paso ligero, se dirigieron al lugar del siniestro. Así llegaron a una carretera, que era la que unía un pueblo useño rodeado de territorio canadiense con Bogolyubov.

Por las señales que veían en la vía hizo a Malan a hablar sobre lo curioso que era la cuidad, ya que estaba dividida entre dos fronteras y la mitad norte ocupaba un enclave canadiense, olvidándose de lo importante. Vieron a dos o tres vehículos convertidos en amasijos de hierros y coches de policías, de bomberos y una ambulancia.

Los agentes se estaban peleando debido a que el choque se había situado en la misma frontera y discutían que el otro debería encargarse del siniestro. Había gente común, pero poca, observándolo. Mao les preguntó qué habría pasado.

— ¡Ah, un chalado que gritaba sin parar se ha puesto en medio de la carretera y pues ya ves, niña! — Le decía un hombre que tenía toda la pinta del loco de un pueblo del interior de Norteamérica. Mao reconoció rápidamente quién era ese chalado y dijo cómo conclusión:

— ¡No hacía falta una conspiración para matarle, se bastaba él solito! — Decía eso aún a pesar de que no sabía realmente si habría muerto o no.

Mejor decidieron volver a casa, Mao no tenía ganas de decirle a los policías que habían sufrido un secuestro, éstos estaban más ocupados en su pelea y de cierta forma, todo terminó en un susto.

Pero, entonces, vio algo que le pareció muy extraño. De entre las pocas personas que veían asombrados el accidente, observó a una mujer de baja estatura, que fumaba un puro, sonriendo de forma maquiavélica, mientras escondía algo en uno de sus bolsillos. Por un momento, creyó que era una pistola, pero fue tan rápido que ni se dio cuenta. Luego, desapareció entre la pequeña multitud, sin que Mao pudiera haber visto a donde se fue, como si fuera un fantasma. No le dio más importancia, creyó que era su propia imaginación, o había sido afectado por las locuras del atropellado.

Tras recoger la bici que el chino cogió y dirigirse a la cuidad, Mao llamó a los canadienses para que fueran a recogerles en Bogolyubov, después le dijo a Malan:

— ¡Perdón por todo esto! ¡Si no le hubiera entregado tus papeles no nos hubiera pasado esto! — Estaba muy arrepentido.

— ¿Pero qué dices? ¡Gracias a ti, ahora he podido conseguir que mis palabras e ideas hayan levantando polémica y este causando un revuelo en el mundo intelectual! ¡No hay mayor alegría que eso! — Decía Malan totalmente feliz, con una sonrisa de oreja en oreja, incluso estaba cantando una canción en afrikáner.

Mao se alegró de que ella estuviera así, a pesar de que le habían secuestrado.

FIN

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Desayunando con la Zarina, trigésima séptima historia

Cuando desperté, estaba sudando y mi corazón estaba a cien. Había tenido una pesadilla tan horrible que deseaba olvidarlo lo más rápido posible, pero una y otra vez me acordaba de su contenido, aunque muchos detalles se esfumaban poco a poco de mi memoria.

El argumento de tal sueño era una extraña charla con la mexica sobre la mesa de algún lugar desconocido y era en torno a Mi Señora. A pesar de que tenía su aspecto, su voz y comportamiento eran de otra, no sé quién. Así era la charla, más o menos:

— ¿No estás cansada de esto? — Me preguntó esto.

— ¿De qué? — No sabía de qué estaba hablando exactamente.

— De estar enamorada de quién no te corresponde, ¿no deberías buscarte otra? — Ya sabía lo que ella quería decir.

— Jamás, siempre le seré fiel. — Le grité.

— ¿A pesar de que ella pueda que en un futuro decida que ya no le eres útil? ¿A pesar de que ella se case con un hombre? ¿A pesar de todo? — No dije nada, al parecer solo miraba al suelo.

— ¿No crees que deberías tomar cartas en el asunto? ¿Hacer que ella esté tan unida a ti que jamás podrán separarse? — Aquella persona ya se estaba poniendo muy siniestra.

— ¿El qué? — Le grité otra vez lo mismo, con todas mis fuerzas.

— Ser sus ojos. — Entonces, usó un tenedor para hinchárselo en uno de sus ojos.  — Destruye su otro ojo y serás su perra guardián. —

— Jamás le haría eso… ¡Jamás! ¡Eso no! — Le gritaba fuertemente y ahí fue cuando desperté.

Fue una experiencia horrible, pero lo peor de todo es que me di cuenta que ese sueño era en realidad una manifestación de mis deseos. Esa falsa mexica era yo y me aterró pensando que sería capaz de hacer algo. Mi mayor deseo era poseer a Mi Señora, hacerla mía a toda costa. Tuve que salir a la cocina para olvidar todo eso y prepararle el desayuno, así me distraería, y de paso le haría una deliciosa comida a ella y un buen café. Cómo era jueves, su Zavtrak, otra forma de decir el desayuno aquí; era huevos revueltos y blini. Ella llegó a su hora, como siempre.

Le dije buenos días y ella se sentó en la mesa leyendo el periódico mientras tomaba lo que le prepare. Supo enseguida por como prepare  la comida que estaba preocupado por algo.

— Este Zavtrak está más raro de que costumbre- Eso me decía, mientras saboreaba la comida. — ¡Te has distraído! ¿Tienes alguna que otra preocupación? — Me preguntó eso, antes de empezar a devorar el plato.

— Solo un mal sueño, Mi Señora. — Le respondí.

— Olvídate de él, no quiero una sirvienta distraída. — Añadió Mi Señora.

Me olvidé de él durante el rato que estuve con ella, solo con estar a su lado ya me sentía más tranquila. Esa imponente imagen de ella leyendo algún libro en ese idioma alemán mientras toma una taza de café es digna de ser parte de los cuadros más hermosos del mundo. ¡Quién no sería pintor para hacer tal cuadro!

Después se marchó, como cada día, a su escuela a estudiar y yo me quedé sola, y toda esa oscuridad volvió a mí. Además de que iba a estar separada de ella durante horas, tenía el miedo de que ella conociera y viviera sus clases con alguien más especial que yo. Eso me ponía muy mal. Para olvidar todo eso me dirigía a su cuarto para oler el aroma que debería haber dejado su cuerpo mientras dormía en su cama. Entonces me encontré a la Zarina por el camino.

— ¡Buenos días, Mi Zarina, gobernante supremo de todos los pueblos del Zarato de Shelijonia! — Le saludé, como ella nos enseñó.

— ¡Buenos días, sirvienta! ¿Has desayunado? — Me preguntó.

— No, Zarina. — Le respondí sinceramente.

— ¡Pues ahora vete al comedor! ¡Vas a tener hoy el honor de comer con la Zarina! — Me sorprendió, era raro que la Zarina se dejará sentar con otros criados, aunque yo soy especial. Después de todo, fui elegida por ella misma para ser la sirvienta personal de Mi Señora.

Me fui directa al comedor, y mientras los cocineros nos preparaban el desayuno del día, yo me senté en un extremo de la mesa. La Zarina en la otra y ella empezó a hablar.

— ¿Te preguntarás por qué te he dado este honor hoy? — Me dijo.

— Pues sí, Mi Zarina. — Eso respondí.

— Solo quería charlar contigo. Solo eso. Hablar de los viejos tiempos y de mi hija… Cada día es más difícil hablar con ella. Aún recuerdo cuando era una mocosa que con cualquier cosa lloraba…—

— ¿Fue antes de “eso”? — Eso le pregunté, mientras recordaba aquel incidente que le cambió la vida a Mi Señora.

— ¿Con “eso” te refieres a ese incidente? ¿Cuándo la secuestraron y durante el tiempo que pasó como rehén le arrancaron uno de sus ojos? —

Eso pasó antes de que yo hubiera conocido a Mi Señora. Fue algo que le marcó a ella. Antes de eso, según dijo la Zarina, una niña malcriada y llorona, que siempre se escondía detrás de las faldas de su madre, pero que jugaba y sonreía como una niña normal. Después de eso, empezó a cambiar hasta ser cómo es, con ayuda de su madre, claro. Siempre quise ver cómo era antes, pero, por otra parte, me gusta mucho la actual.

Entonces recordé cuando conocí a Mi Señora. Había pasado meses desde que la misma Zarina me sacó del orfanato para prepararme a ser la criada personal de su hija. Me enseñaron todo el arte del buen sirviente. El día al que me presentaron ante ella, fue uno muy lluvioso. Fue en la sala del trono, rodeada de todos mis maestros. Delante de nosotros estaba la Zarina y no veíamos dónde estaba su hija, a quién yo debía servir. Yo estaba muy nerviosa con empezar mi trabajo.

— ¡No te preocupes! ¡Ella solo está detrás de mí! — Me dijo eso cuando yo miraba por todas buscándola. — ¡Vamos, mujer, sal de ahí! —

Y entonces ella salió. Fue lo más hermoso que vi en mi vida, me puse como un tomate con solo verla. Su larga cabellera rubia brillaba como el sol, su vestido parecía haber sido cosido por los mismos dioses y su expresión de desconfianza y miedo ante nosotros era lindísimo. Pero había que se notaba bastante y me hizo preguntar qué era eso. Había algo que ensuciaba esa hermosa imagen, y era aquellas vendas que tapaban su ojo derecho.

— ¡Deja de mirarla y salúdala como buena señorita! ¡Es tu criada personal! — La empujó hacia mí, y Mi Señora volvió hacia ella y le dijo:

— Yo no necesito criadas…— Eso le soltó.

— ¡Entonces, adelante Ranavalona! — Me obligada a presentarme primera.

— ¡Qué nombre tan feo! — Añadió Mi Señora, y eso me molestó un poco.

— ¿Pero qué dice esta niña? ¡Es bonito, después de todo lo elegí yo! — La Zarina fue quién me puso ese nombre, en honor a una reina de un lugar llamado Madagascar. Yo, hice mi saludo, tal como me enseñaron.

— ¡Soy Ranavalona, su criada personal de por vida! ¡Por favor, acéptame como tal y espero servirle bien en todo lo posible! —

Mi Señora quiso decir algo feo pero la Zarina la miró con una de sus caras y decidió hacer lo correcto: — ¡Vale, te aceptaré! —

Nunca me puse tan feliz, a pesar de que sabía de que no me quería cómo su sirviente. Me acerqué a ella, pero se alejó de mí. Entonces, La Zarina me dijo: — ¡Perdónala! ¡Es que desde que le secuestraron, pues no quiere que nadie se acerque a ella! —

— ¡Oye, tú! ¿Me escuchas? — La Zarina me hizo volver al presente con sus cosas. Ya estaba la comida en la mesa.

— ¡Si, Mi Zarina! — Yo le contesté, nerviosa.

— Parecías que estabas en las nubes…— Añadió a continuación, mientras estaba devorando carne.

— Solo estaba recordando el pasado. — Yo le dije esto, esperando que aquella respuesta no la enfadará.

— ¡Ya veo! Yo misma recuerdo todas las veces que la he sacado a pasear por el Zarato, para enseñarle todo lo que yo sabía. — Lo tomó muy bien, porque, al terminar la frase, empezó a reír.

— Yo también he estado en algunas…— Añadí esto yo, y me calló.

— Eso ya lo sé. — Se quedó pensativa unos cuantos segundos y luego me preguntó: — ¿Cuál fue la excursión que más has disfrutado? —

Con “excursión” se refería a todas las salidas que tuvimos Mi Señora y yo con ella. Después de ese horrible incidente, su madre decidió enseñar todo lo que sabía a su hija, entre el arte de las armas y la defensa propia y así preparándola para lo que iba a deparar su futuro cómo próxima Zarina, algo que no desea Mi Señora. Por eso siempre se la llevaba con ella cuando había que sofocar una revuelta, eliminar malhechores o simplemente ir a la montaña a sobrevivir unos días, siendo yo siempre arrastrada.

No hay que decir que con cada una de ellas hemos sufrido muchísimo ni que hemos estado a punto de morir en todas ni que para sobrevivir hemos tenido que hacer cosas muy desagradables. Por eso Mi Señora odia tanto esas “excursiones”, a pesar de que reconoce que ha aprendido mucho en ellas. Yo, por mi parte, con solo estar a su lado podría soportarlo todo.

Hubo una que recuerdo especialmente con cariño. Fue en un noviembre, un año después de conocer a Mi Señora. Estábamos pérdidas en una de las montañas más altas del Zarato, con el sol a punto de ponerse. Lo que nos paso es que mientras estábamos con la Zarina buscando unos bandidos, nos separamos de ella y uno de ellos nos vio y nos persiguió. Subimos la montaña sin parar para perderle la vista y Mi Señora se quedó sin municiones. Estábamos muertas de frío y muy cansadas, y los primeros síntomas de congelación ya nos estaban afectando. Nos pusimos debajo de unas rocas.

— Puede que hemos empezado por mal pie pero me alegro de haberla conocido. — Le dije a Mi Señora, pensaba que íbamos a morir. Mi relación con ella al principio fue bastante complicada, ella no quería que yo la sirviera y yo siempre intentaba comportarme como me enseñaron. Eso provoco varios roces entre nosotras pero poco a poco ella me aceptaba.

— ¿Quién ha dicho que nos vamos a morir aquí? Yo no. — Me dijo eso tras darme una colleja, que la sentí muy cálida. Yo me emocione por qué en esa frase dijo “nos” y eso significaba que se estaba refiriéndose a mí.

— ¡Levántame! ¡Vamos! — Me ordenaba ella. Lo hice y, tras levantarla, me dijo algo más: — Dejado de mi falda hay otra pistola más, cógela y dámela. — Yo sabía a qué arma se refería y no estaba de acuerdo en cumplirlo porque sabía que esa pistola podría dislocar el hombro de una persona con su potencia. Yo intente convencerla de qué no.

— ¡Es una orden! ¡Quiero esa pistola! — Me gritó.

— Pero podría…— Le intenté convencer pero no pude.

— ¿Las sirvientas no están para servir a sus señoras? ¡Pues hazlo! —

Al final, a regañadientes, tuve que aceptar su orden y le di la pistola. En ese momento, apareció el bandido. Decía cosas que no entendía porque no hablaba mi idioma pero por la forma de decirlas y su extraño comportamiento me decían que nos iba a hacer cosas horribles.

Fue en ese momento, cuando ella le señaló con la pistola, conmigo aguantándola. El bandido rápidamente intentó disparar el primero, pero Mi Señora se adelantó. No salió cómo nos esperaba, ya que la potencia del disparo levantó sus brazos para arriba y nos hizo caer al suelo. La bala que al parecer subió al cielo, no llegó al bandido. Éste no paró de reír, pero no le duró mucho, porque algo cayó del cielo y chocó con él. Se resbaló y cayó por una profunda garganta gritando. Esa cosa que nos salvó fue un águila que murió por el disparo.

— ¿Lo ves? ¡Solo tenías que hacerme caso! ¡No eres tan mal sirviente, después de todo! —

Eso me hizo llorar de alegría, era el primer cumplido que me hacía. Fue un momento muy feliz para mí. Desde entonces decidí hacer caso a cada una de todas de sus órdenes, por muy mal u horribles sean. Pudimos salir vivas de ahí, aún a pesar de que Mi Señora tuvo el hombro dislocado y yo casi iba a perder un dedo del pie por congelación.

— ¿Otra vez estás soñando despierta? — La Zarina me hizo volver a la realidad otra vez.

— Perdón, Mi Zarina, pero es que estoy muy nostálgica hoy. —

— Esta charla contigo está siendo muy aburrida. Por favor, intenta hablar más y recordar menos.  — No sabía que decirle y solo me quedé callada, comiendo lo que nos habían preparado.

— ¿Todo te va bien con mi hija, no? — Ella siguió hablando.

— Sí. — Solo le respondí esto.

— A lo primero recibí muchas quejas sobre ti, pero era sobre lo bien que actuabas cómo sirvienta. Me decía qué no entendía por qué los criados tenían que lavar a sus señores. Ella realmente odia bañarse con otras personas, tú lo sabes bien. En fin, al final no hubo más quejidos. ¡He hecho bien elegirte a ti! — Parecía contenta conmigo.

— ¡Gracias por el halago, Mi Zarina! — Y eso añadí, algo roja.

— Aunque siempre me ha quedado la duda… ¿Qué es lo que pasó allí en la aldea Conoca? — Tuve que recordar ese horrible día, es una mancha que nunca podré quitar. Había traicionado a Mi Señora de la peor forma posible.

— ¿Eres o no eres invertida? Esta es la razón por la que quería charlar contigo. — Eso me preguntó la Zarina

— No, Mi Zarina. — Tuve que mentir y ella se rió.

— Perdón por duda de ti, si mi hija te defendió cuando le dan tanto asco las tortilleras es por algo. ¡Debería haber confiado más en ella! — Mi Señora lo sabe, realmente que me gustan las mujeres y le da asco esa parte de mí pero mientras le sea útil le da igual. Y estas palabras hicieron que esa pregunta volviera a torturarme. ¿Qué pasaría si dejará de serle útil?

Eso me hizo recordar cuando le confesé mis sentimientos. Fue hace un año, cuando yo no pude más. Fue poco después de que empecé a sangrar por ahí abajo, cuando mi lujuria por ella llegó al extremo. Intentaba luchar contra mis deseos. Con dificultad podría controlarme pero eso no duró para siempre. Una noche, tras volver de viajar con La Zarina, ella estaba tan cansada que se acostó pronto. Yo me acerqué a ponerle bien las sabanas y en ese momento estaba tan cerca de sus labios que mis deseos se apoderaron de mí y sentí unas inmensas ganas de besarla, como hacían en algunos libros que leí.

Y sí, la bese entre sus labios y ella se dio cuenta, ya que me empujó violentamente.

— ¿Qué estás haciendo? — Me gritó.

Yo no pude inventarme una excusa, no había forma de ocultar la verdad, así que le dije esto:

— ¡Mi Señora, la amo! — Le dije lo qué sentía y ella con horror me dio un puñetazo en mi cara.

— ¡No te me acerques! — Me gritó mientras salía de su cuarto. Yo empecé a llorar. Había confesado mis sentimientos, ella los había rechazado y ahora me iba a odiar y se iba a alejar. Miraba sus pistolas pensando quitar mi vida pero no tuve el valor para hacerlo.

Pero, al final, de todo: — Olvidaré este incidente, pero la próxima vez que me hagas eso te hago una ablación de clítoris. —

— ¿Me va a perdonar? — Le dije eso con lágrimas en los ojos.

— No, pero te libraste de morir por ser una criada tan leal. — Eso me hizo tan feliz, pero a la vez me enseñó que lo nuestro era algo imposible. Algo que me carcome por dentro.

Volví rápidamente a la realidad y veía a La Zarina esperando que yo dijera algo.

— ¿A usted le dan asco esas mujeres? — Cambié de tema rápidamente.

— Me daría mucho repelús si una mujer se iba a enamorar de mí. ¡Qué asco! — Puso una evidente cara de desagrado. — Por lo demás, mientras no intente invertir el orden establecido; no pasa nada.-

Yo me quede en silencio, terminando los platos. La Zarina estaba un poco molesta por mi compañía. Tuve que sacar otro tema y volví a sacar otra vez lo del secuestro:

— ¡En verdad fue horrible lo que le hicieron a Mi Señora! ¡Cuándo lo pienso me da mucha rabia y me entra ganas de matar a esos indeseables! — Eso me pasaba solo con imaginarlo.

— ¡Ah, eso! ¡No te preocupes, yo ya les di la lección que se merecían! Me ocupe de quemarlos vivos y lance sus restos a los pollos. ¡Me costó mucho evitar que los buscaran, ya que en el exterior no tengo el mismo poder que aquí! — Ya me imaginaba que la Zarina haría algo así.

— ¿Entonces, ocurrió afuera? — Le pregunté.

-Sí. Recuerdo, cuando la encontré y la liberé, cómo lloraba y veía como su ojo derecho no estaba…— Se detuvo un momento, cómo si intentaba no recordarlo. — ¡Me preguntaron incrédulos los médicos que la atendieron cómo pudo ella sobrevivir, el shock por arráncale el ojo la podría haber matado! Pero, en fin, son cosas que pasan.- Eso lo dijo La Zarina con total naturalidad.

— Ella en realidad es una chica fuerte…— Le dije cómo conclusión.

— Eso lo ha heredado de su madre. — Añadió, entre risas.

Entonces se interrumpió nuestra charla, alguien apareció para decirle algo importante a La Zarina. Se lo dijo en el oído y ella puso esa sonrisa que tanto temé Mi Señora. Luego, se echó a reír y me dijo:

— ¡Dile a mi hija que esa negra ya ha hecho una de las suyas! — Supuse que esa noticia no le iba a hacer gracia ninguna a Mi Señora.

FIN

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Mao, el Rompecorazones, trigésima sexta historia

Mao tenía la esperanza de que, al día siguiente de lo ocurrido con los Sealands Boys, nadie le preguntará sobre eso. Lo que recibió a partir de las once de la mañana, fue la visita de las niñas y una lluvia de preguntas que salían de sus bocas como si fueran torpedos. Apenas podría decir algo y se dijo que eran peores que los paparazzis. Josefina, Malan y Clementina no le dejaban de preguntar cosas sin parar, mientras Alsancia, quién era la única que no mencionó nada, pero que se notaba que quería saberlo; Jovaka, que estaba a una distancia considerable de los demás; Leonardo y Diana, que estaban al lado de la canadiense; tenían las orejas preparadas para escuchar. En fin, todos querían saber que hizo y que le pasó el chino el día anterior.

— ¡Tranquilos! ¡Tranquilos! ¡Lo contaré todo pero callaos! — Le costó mucho, pero, al final, pudo hacer que en su salón dominará el silencio y así pudo contar su historia. Todos estaban deseosos de escucharlo.

Cómo sabrán, el día anterior Mao y Malan, disfrazados, siguieron a Josefa y a Alsacia para evitar que nada malo les pasara, sin que se diesen cuenta de sus presencias. Y tras haber salvado a la napolitana de caer ante la alergia gatuna, el chino se fue a los servicios públicos más cercano para cambiarse de disfraz. Los encontró y entró con cuidado en los servicios de mujer a cambiarse y tras hacerlo jamás pensó con que se iba a encontrar.

— ¡Oye tú! ¿No sabes que esto es de las mujeres? —

Eso dijo Mao, al ver a un chico cerrando la puerta de los servicios con una escoba mientras afuera se escuchaba un impresionante griterío de voces femeninas. Iba a preguntar qué estaba pasando pero el joven se le adelantó.

— ¿Me puedes ayudar? ¡No puedo salir con todas esas chicas encantadores deseando mi autógrafo! — Le dijo mostrándole la mejor de sus sonrisas.

Mao, al ver que no podría salir de ahí, tuvo que ayudarle.

Vio que había una ventana bastante grande para pasar y daba a un lugar oculto por la vegetación. Tras obligarle a usar su disfraz de rapero, los dos hicieron trabajo en equipo para escapar ya que la ventana estaba muy alta. Al conseguirlo, salieron de ahí a toda velocidad y no pararon hasta llegar al otro barrio. El chino intentó volver a su labor pero el joven se lo impidió diciéndole que le iba a invitar a un desayuno por la ayuda, a pesar de haberse negado a aceptar tal recompensa. Ahí se descubrió la identidad del chaval.

— ¡Me llamo Johnny Oklahoma, el guitarrista de los Sealands Boys! ¡Mucho gusto en conocerla, linda señorita! —

Así cómo así le dijo eso y Mao se quedó de piedra al ver que estaba ante un cantante famoso, y del mismo grupo que sus dos amigas iban a ver en directo. El cantante, a pesar de haberlo conocido hace menos de una hora, le contó literalmente toda su vida como si eran amigos de toda la vida. Le explicó sus frustraciones, sus problemas con la fama y con sus compañeros de trabajo, de cómo se había decepcionado con el mundo del espectáculo y de cómo deseaba hacerse musulmán.

Mientras hablaba Mao, lo observó más mal que bien. Era un pelirrojo que parecía rondar los veinte años, tenía el pelo muy corto y obviamente era mucho más alto que el chino. Antes de ponerle sus trapos de rapero, el cantante llevaba un conjunto deportivo y ridículo, muy llamativo, debido al verde chillón; y unas gafas de sol. Decía que así no llamaría la atención.

Y cuando parecía que el desayuno iba a terminar, apareció otro miembro del grupo, el fabuloso Michael Greenstreet. Un esquelético chaval de 1’80 metros de altura con una larga y bien cuidada cabellera de color verde. En ese momento llevaba una fedora y un traje que recordaba al rey del pop e incluso parecía que parodiaba uno de sus bailes mientras se acercaba a la mesa en dónde estaba Johnny y Mao.

— ¡Oh, mi querido Johnny! ¿Quién es esta preciosidad? — Le decía eso a su compañero mientras besaba la mano de Mao como buen caballero.

Ahora la cosa se complicó y Mao se dio cuenta de que no podría escapar de ellos durante un buen rato. Lo peor es que para su desgracia, desde el primer momento, Greenstreet usó todos sus artes para conquistar el corazón del trap, sin importarle que Oklahoma estuviese con ellos.

Esto provocó que, al final, se peleasen y como perdón por el lamentable espectáculo le regalaron una entrada y le iban a mostrar los últimos preparativos para el concierto. En vano intentó rechazarlos.

Y así es cómo llegó al lugar en dónde iban a celebrar el concierto, conociendo a los que faltaban. Vio a Alfred Greenstreet, hermano menor de Michael y el más normal del grupo; a Henry Lloyd que con ese flequillo que le cubría media cara, con esa camiseta negra con la imagen del demonio, con esos pantalones ajustados también negros y todo tipo de pulseras y collares con pinchos le daban la imagen de un emo; y a Jackson Yorking, el único con barba, con bufanda y con una camiseta de cuadros.

La aparición de Mao causó un gran revuelo entre el grupo. Todos se interesaron rápidamente en él y todos querían su atención. Con mentiras y engaños intentaban quedarse a solas con el chino, a veces lo conseguían, otras no. A pesar de que le trataban cómo si él fuera una reina, estaba metido en el ojo del huracán y quería escapar lo antes posible. Al final, la tormenta explotó y los miembros del grupo empezaron una discusión que poco a poco se estaba convirtiendo en un conflicto de dimensiones considerables. Llegaron al punto en que se dijeron las verdades y  lo que querían decirse, que era de todo menos cosas bonitas. Mao tuvo que poner orden:

— ¡Dejen de pelear de una vez! ¿Si tanto se odian por qué están juntos? ¡Yo, por mi parte, me voy! —

Era la excusa perfecta para escapar de ellos y pudo hacerlo, a pesar de que todos le explicaban a Mao que no eran sus intenciones enfadarla y que se quedará entre más cosas. Se perdió por el estadio y por lo que escuchaba decidieron hacerle caso y ante la sorpresa de todos cancelaron el concierto y se separaron cómo grupo. Y luego, cuando encontró la salida, se encontró con una horda de fangirls enfurecidas y que lo eligieron como el causante del fin de los Sealands Boys y el objetivo a eliminar.

Al terminar su historia, las reacciones de las demás fueron estás:

— ¡Eres increíble, Mao! ¡Los chicos más guapos del mundo han caído ante tus pies! ¡Qué envidia! —

Le decía Josefina mientras su cara brillaba de admiración, entre una mezcla de envidia y deseos de ser cómo él.

Constante muy fuerte comparado con la noche anterior cuando Mao le contó que el grupo se separó y lloró cómo nunca durante horas.

Alsancia solo movió afirmativamente sí con la cabeza para confirmar lo que decía Josefa. Ella sintió mucha lástima por la separación del grupo pero sintió, al igual que la mexicana, mucha admiración y a la vez envidia por Mao. En el fondo a ella le hubiera gustado ser la causa de la separación de un grupo y ser tratada por cincos chicos lindos.

— ¡Normal, es que Ojou-sama es capaz de hacer que cualquiera caiga a sus pies! — Dijo pensando en voz alta, Malan, toda avergonzada mientras ponía sus manos sobre sus mejillas. Estaba recordando el momento en cuando Mao la salvó de ser atropellada.

— ¡Pues gerente los chicos esos son un bombón! ¡Yo si fuera usted estaría feliz, en el paraíso! — Le decía Clementina, mientras miraba unas fotos del ahora ex-grupo Sealands Boys y parecía como si le estaba saliendo babas de la boca. También notó que Mao no estaba feliz por lo ocurrido.

— ¡No es para tanto, creo que exageras! — Le dijo su primo a Clementina, mientras tenía a su sobrina dormida en sus brazos. Le dio un poco de celos al ver que su prima miraba demasiado a esos cantantes.

— ¡Mao! ¿Y ahora qué vas a hacer? ¡Es tu culpa que esos pobres hombres hayan caído tu encanto! ¡Asume tu responsabilidad! — Le gritaba Jovaka, señalándole con el dedo. Dentro de ella estaba un torrente de sentimientos. Sentía pena por esos hombres que se enamoraron de él, y en ella crecía el temor de que Mao se estaba volviendo igual que una de esas arpías tan horribles que tanto daño, según ella piensa, habían hecho a la humanidad.

— ¡Es verdad, ahora tienes que escoger alguno! ¿A quién? — Eso dijo Josefa eufóricamente, tras hablar Jovaka. — ¡Déjame uno para mí! ¡Comparte! —

— ¡Te lo puedes quedar todos por mí! — Y luego se acostó para ver la tele muy molesto. Jamás pensó que su farsa cómo chica hubiese sido demasiado efectiva, tanto que pudo enamorar a varios chicos a la vez y no le fue una experiencia agradable. Después de todo, le gustaban las mujeres, a pesar de travestise como una; y ser cortejado por cinco muchachos no es algo que un “hombre heterosexual” desearía. Por suerte, todo eso terminó y solo quería olvidarlo.

Mientras tanto, Josefina no le paraba de decir que por qué se sentía así, que debería estar contenta entre otras cosas. Alsancia estuvo pensando en que grupo iba a elegir para ser su fan, Clementina aún estaba babeando por aquellos guapetones, a pesar de que eso le molestaba a su primo, y Malan volvió a lo suyo, intentaba hablar con Jovaka, con pésimos resultados y esperando que así la serbia pudiera se acostumbrarse con ella y empezar a actuar como su psicóloga.

Al poco tiempo alguien más llegó a la tienda, y era una de las personas que menos esperaba ver Mao ese día, Nadezha. Tras saludar, entre risas, le dijo:

— ¡He escuchado que has triunfado! ¿Cómo es haber tenido un día de lujo con cuatro estrellas del mundo del espectáculo? — Obviamente, vino a su casa a burlarse de él, ya que, después de todo, sabía que era un hombre. Mao se imaginó que se enteró bien rápido gracias a Josefina.

— Son cinco. ¡Cinco! — Le replicó Josefa.

— No importa. — Les dijo Mao.

— ¡Alégrate, mujer! ¡Ninguna chica puede conseguir tal cosa en un solo día! ¡Sobretodo eso! — Entonces, explotó de risa y cayó al suelo. A Mao le entraba ganas de destrozarle la cara, a ella y a los malditos de los Sealands Boys. Los demás no entendían lo que pasaba exactamente y cuando se cansó de reír, le dijo a Mao, señalándole al exterior:

— ¡Por cierto, deberías ver afuera de tu tienda! ¡Qué sorpresa tan linda tienes! — Lo último dicho lo dijo con tanta ironía que Mao salió corriendo hacia afuera y vio la sorpresa más desagradable que había vivido.

Cientos y cientos de flores, de todos los tamaños y tipos diferentes ocupaban toda la entrada. Desde rosas hasta amapolas y todas eran un regalo de los Sealands Boys, dedicados especialmente a Mao con cariño y mucho amor. Le pedían una cita con hora y lugar elegidos, y en orden, como si deseaban que los eligiera tras estar con cada uno de ellos. A él se le quedó la cara cuadrada al verlo, Nadezha volvió a partirse de la risa y Josefa, Alsancia y Clementina quedaron maravilladas ante tal cosa, ya que eso es lo desearía cualquier chica y se morían de la envidia.

— ¿Y ahora qué hago? ¡Buda, ayúdame! — Dijo en voz baja, aún con el shock presente.

Más tarde, cuando pudo pensar con claridad, estuvo maquinando algo para salir de esta embarazosa situación. Quería quitárselos del medio, ¿pero cómo? Tuvo que pedirle consejo a Malan.

— Es simple. Solo tienes que ir a las citas y decirles que no. — Le dijo a Mao tras éste preguntarle qué podría hacer.

— ¿Pero no es eso, muy feo? — Eso le dijo Mao a Malan, aún a pesar de que antes lo había hecho. Más bien, no hacía falta aquella pregunta, porque ya sabía cómo era de desagradable romper el corazón de otros, él lo hizo cientos de veces y no quería volver a experimentarlo.

— A veces, es necesario. Además, sería muy interesante la reacción de cada uno. — Le respondió Malan, cuyas últimas palabras hicieron a él pensar que tenía de interesante para ella ver cómo le rompían el corazón a otras personas, no era de esas chicas que disfrutaban del dolor ajeno, o eso parecía. Por otra parte, aunque esto no le gustaba nada a Mao, no tenía más remedio que hacerlo. En los próximos días, tendría que romperles el corazón a cinco personas inevitablemente.

La primera cita era la de Johnny, el primero que conoció Mao y era una cena romántica en un restaurante francés muy famoso de la cuidad, a las ocho de la tarde del día siguiente. Se preparó para ese momento, pensando la mejor forma de decirle “no” a su amor. Se imaginó miles de situaciones pero ninguna le convenía, al final decidió ir sin ningún plan.

Fue molestado por las chicas, quienes le obligaban a usar otro vestido que no fuera un lindo kimono, pero al final consiguieron que Mao se pusiera uno especial que se usa mucho en las graduaciones de institutos japoneses: El “furisode”. Lo que no sabían es que ese traje es usado por las mujeres solteras y jóvenes para atraer pretendientes y pues en la opinión del chino no pudieron haber elegido uno peor para la situación.

Al llegar a la cita, vio a Johnny sentado en una de las mesas. Estaba vestido con un clásico esmoquin y sobre la mesa, unas flores y chocolate.

— Te estaba esperando, ¡hoy luces más preciosa que nunca! — Le dijo.

— Gracias por el halago, tú también…— Le decía Mao mientras se sentaba con delicadeza sobre la silla.-

Y tras pedir lo que iban a comer, Oklahoma empezó a hablar:

— Muchas gracias por eso. Si no fuera por lo que nos dijiste nunca habíamos dado el paso. — Mao se sorprendía mucho de lo que Johnny le estaba diciendo, el seguía hablando.

— En verdad las cosas entre nosotros no iba bien y queríamos separarnos pero nunca nos atrevimos hasta que llegaste tú. — Ante la incapacidad de Mao para reaccionar, éste le cogió de las manos, acercando su cara a límites peligrosos y le dijo estas palabras:

— ¡Ahora podré rehacer mi vida! ¡Y quiero que tú formes parte de ella! —

De repente, se oyó un grito:

— ¡Hijo de puta! ¡Esa es mía! — Ante ellos apareció de la nada el hermano de Michael, Alfred.

— ¿Qué haces aquí? — Le dijo Johnny, sorprendido, más o igual que Mao.

-¡Lo sé! ¡Sé que estás haciendo trampa! ¡Pensabas que te ibas a burlarte del más meh del grupo! ¿No? ¡Pues lo siento! ¡Ja!-

Le gritaba todas esas acusaciones señalándolo con su dedo. Mao se había perdido totalmente y se estaba preguntando qué estaba pasando. Al parecer, tampoco Johnny entendía muy bien lo que ocurría pero se levantó desafiante ante él.

— Al parecer Don Normalito ha decidido violar todo lo que acordamos. ¡Entonces yo también! — Eso decía Alfred, muy molesto.

— ¡Ella será mía! — Le gritó Alfred a Johnny.

Y le dio una fuerte patada en la cara, empezando una pelea en mitad del restaurante. Chocaban contra las mesas de otros clientes y les tiraba la comida al suelo, a la mesa o a los mismos comensales y no pararon de hacer tal lamentable espectáculo cuando llegó la policía. En ese mismo entonces, Mao vio que era el momento de decirles que no iba a salir con ellos, además tenía la suerte de matar dos pájaros de un tiro. Se acercó hacía ellos y con un fingido enfado les dijo todas feas palabras:

— ¡Os habéis comportado como unos niños de preescolar! ¿No os da vergüenza? ¡Sois mayores de edad! ¡Adiós, no quiero salir con idiotas cómo vosotros! ¡A ninguno! —

Al escucharlo le suplicaban una y otra vez perdón por todo lo que hicieron y que no les abandonasen, que iban a madurar entre otros lamentos, pero Mao se alejó lo más rápido posible hasta perderse de vista. El chino estaba contento y a la vez un poco mal por haber rechazado no solo uno, sino dos.

La siguiente cita que tenía Mao era, al día siguiente, a las una de la tarde; y era un paseo romántico a manos de Jackson. Esta vez utilizó un kimono más normalito, en el cuál estaba estampada una copia del cielo azul.

Eligió, sin duda, el parque más alejado y menos transitado de la ciudad, cuya sección sur chocaba con un muro muy grande que era la frontera que separaba el estado de Shelijonia, número cincuenta y uno de los Estados Unidos; del Zarato, un lugar misterioso y del que apenas nada se sabía. Estaba tan muerto ese lugar que, incluso, parecía que los de mantenimiento nunca pasaban por ahí y los cuervos invadían la zona. Mao se preguntaba qué le pasaba por la cabeza de Jackson por haberle puesto cómo cita ese lugar.

— He elegido el lugar menos mainstream de toda la cuidad, pero bueno…- Le decía el cantante cuando llegó a la cita. — Muchas veces la calidad y lo mainstream no son compatibles, ¡perdón por esto! —

— ¡No importa…! Ya no hay remedio.- Eso le dijo Mao mientras pensaba que, de todos modos, le iba a mandar a la mierda y le importaba bien poco en qué lugar hacerlo.

Jackson observaba bien curioso el traje que llevaba Mao, para él era tan poco mainstream como la ropa que eligió. El conjunto del cantante era una boina francesa, unas lentes de marco muy gruesas, una bufanda de color azul, a diferencia del rojo que llevaba el día anterior; una chaqueta marrón con rayas blancas y que estaba sobre una camiseta negra muy ajustada; y pantalones marrón claro también muy ajustados. Le dijo a continuación, esto:

— ¡Me encanta tu look! ¡Sabes elegir cosas que no son normales! ¡Nunca he visto a una chica usar un traje chino para una cita! — Mao, debido a que estaba acostumbrado siempre a usar kimono, se preguntaba por qué le decía que no iba normal, ni siquiera el traje que llevaba era especial. El cantante siguió hablando:

— ¡No eres como las otras! ¡Estamos hechos el uno para el otro! —

Entonces, de sus bolsillos sacó una cajita, lo abrió y se puso de rodillas ante Mao. Esa pequeña caja de terciopelo tenía en su interior un anillo para el dedo gordo del pie. A continuación, le dijo esto.

— ¿Quieres casarte conmigo? — Mao nunca pensó que podría adelantarse tanto, ni siquiera eran novios y apenas se conocían. Le dijo eso y el siguió hablando:

— ¡Hay que ir rápido o si no te perdería! ¡Oh, Mao! — Eso gritaba con una cursilería que daba pena.

— Pues no. — Mao también decidió ir rápido.

El cantante se quedó en blanco, realmente no sé esperaba eso. Rápidamente se recuperó y le dijo:

— ¿Ni cómo novios? — No podría asimilarlo.

— Pues sí, ni como novios. — Se lo dijo, mirando hacia al otro lado.

— ¡No me puedes hacer esto! ¡No lo aceptaré! ¡Serás mía, pase lo que pase! — Entonces, agarró a Mao fuertemente y le intentó besar.

Mao, gritó de la sorpresa, lo pudo empujar y lo tiró al suelo. No quería ser besado por un hombre y menos de esa manera y salió corriendo.

— ¡Por favor, acéptame cómo tu legitimo esposo! — Le decía el cantante mientras le perseguía.

— ¡Jamás de los jamases! ¿Lo entiendes? — Le gritaba mientras corría cómo nunca.

— ¡No aceptaré un no! ¿¡Lo oyes!? — El cantante estaba bastante obstinado con conseguir la mano de Mao.

Al final, Mao tuvo que esconderse, entre la vegetación esperando que Jackson se fuera de allí, pero él nunca salió del parque. Al pasar media hora escondido, el móvil empezó a sonar y el chino lo contestó lo más rápido posible para que Jackson no lo escuchase y en voz baja dijo:

— ¿Quién es ahora? — Preguntó Mao.

— ¿Cómo te va? — Quién le decía eso era nada más ni nada menos que Josefina.

— Has elegido el peor momento. — Y cuando dijo eso, se le ocurrió una idea genial para librarse del cantante.

— ¡Hey, Chilena! ¿Estás en mi casa, no? ¡Entonces, llama a Clementina y a su primo! — Le ordenó.

— ¡No soy chilena, soy mexicana! — Le dijo molesta Josefa.

— ¡Si naciste en Shelijonia…! Bueno, no importa, ¡llámalos, te lo pido, por favor! — Josefina, sin entender lo que pasaba los llamó, y tras Mao contarles su plan, Clementina le dijo:

— ¿Pero, Gerente, cómo se le ocurre eso? — Le dijo la canadiense, totalmente en desacuerdo con el plan.

— Joder, solo pido que Leonardo se pase por mi novio y ya está. Solo eso. — Le decía Mao, desesperado.

— Pero…— Ella quería ayudarle, pero no se sentía cómoda con ese plan.

— Yo soy la que menos desea hacer esto. ¡De verdad! ¡Solo por esta vez! ¿Vale? — Tras eso, hubo un momento de silencio y Clementina le dijo, algo molesta:

— Vale, Gerente. Él también lo acepta. Espero que sea la última vez. —

— Eso espero. — Dijo Mao.

A Leonardo tampoco le gustaba mucho la idea y tenía el miedo de acabar golpeado o algo parecido, pero recordando todo lo que hizo su gerente por ellos, decidió acudir en su ayuda. Tardó un poco pero, al final, llegó a dónde estaba Mao. Le explicó el plan y a continuación empezó la farsa.

— ¿Me estabas buscando? — Le dijo Mao a Jackson, tras salir de su escondite, mientras éste aún le buscaba sin parar por el parque.

— ¡Por fin, te has decidido! ¡Por fin, vas a aceptar mi propuesta! — Le decía todo ilusionado, pensando que por fin iba a ser suyo el amor de Mao.

— No… eso no… ¡No quería decirte esto pero es que yo…! ¡Pero es que ya tengo novio! — Le dijo mientras miraba por todos lados, muerto de vergüenza y deseando ser tragado por la tierra. Increíblemente éste no se lo creyó:

— ¡Ja! — Decía, entre risas. — ¡Seguro que es una artimaña para obligarme a resignarme! ¡Pero no caeré, serás mía sí o sí! ¡Incluso si lo tuvieras, haré todo lo posible para que se alejara de ti! —

A Mao le irritaba la obstinación del cantante en no dejarle en paz y le obligaba a sacar la artillería pesada. Desafiante, dijo:

— ¿Eso crees? ¡Cariñin, ven aquí! — Y Leonardo, entrecortado, salió de su escondite y se acercó a Mao. El chino se lo presentó.

— Éste es Leonard Churchill, mi novio. — El canadiense solo pudo decir un simple “hola”. Mao al ver la pobre actuación de Leonardo, decidió hacer su mejor actuación y se le cogió de un brazo, pegado a él, evitando que notará éste su bulto y le dijo con falsa picardía:

— ¡Hey, Leonardo! ¡Este molesto caballero no se cree que no eres mi novio e incluso dice que hará lo posible por quitarme de ti! ¿Qué piensas de eso? — Leonard se quedó congelado sin decir nada y por su parte, Jackson también, aunque después gritó:

— ¡Entonces Mao no es mainstream! — Estaba conmocionado.

Entonces empezó a llorar, y dijo: — ¡Yo nunca dije tales cosas! ¡No sabía que ella tenía a alguien más! ¡Nunca pensaba en aceptarle matrimonio ni en pelear con usted! ¡Ya me voy, ya me voy! — Y salió corriendo a toda velocidad, llorando y gritando cómo nunca lo hizo.

Mao rápidamente se separó del canadiense y cayó al suelo, aliviado y a la vez con ganas de vomitar por lo que hizo. Leonardo seguía en shock y de las sombras, salió Clementina, que acompañó a su primo, preguntándole razones a su gerente por haber hecha esa actuación que no pudo tolerar, con la actitud más propia de una novia que de una prima. El chino le costó un poco poder tranquilizarla con sus argumentos y dejarla claro que no tuvo más remedio.

Así terminó la cita y aún le quedaban dos, y ya estaba realmente harto. Mao miró el móvil y vio la hora, por la noche tenía otra y faltaba pocas horas para eso. Suspiró fuertemente, al ver que incluso no tenía ni tiempo para prepararse para la próxima adecuadamente.

A las nueve de la tarde, Mao se fue al lugar de la cita, que no era nada más ni nada menos que el antiguo edificio que albergaba el hospital del sur de Springfield, abandonado y situado a pocos metros de las instalaciones modernas.

— Primero, un parque salido de Halloween y ahora un hospital abandonado. ¡Genial! —  Se decía Mao.

A continuación, de entre la oscuridad, salió Henry y con la misma ropa de ayer, le dio un buen susto a Mao, quién no se lo esperaba y cayó al suelo de rodillas.

— ¡Oh, Mao! ¡Tus gritos son tan deliciosos de escuchar! — Le dijo el cantante y río de una forma tan siniestra que le puso a Mao la piel de gallina.

— ¡Esto no tiene gracia! — Le dijo.

— ¡Ah perdón, perdón! ¡No debes asustarte, yo te protegeré! — Le decía mientras le daba su mano a Mao, éste lo rechazó y se levantó solo.

Y así se internaron en aquel sitio oscuro, lleno de pasillos solitarios y de material médico abandonado. El joven, mientras recorrían ese lugar, le contaba miles de historias aterradores y siniestras,  todos en relación sobre enamorados y sus amores imposibles, mucho de ellos terminaban en horribles suicidios. Lógicamente, a Mao, todo esto le ponía más aterrado y le hacía pensar en la salud mental del cantante.

Al final, tras mucha caminata, llegaron al techo del edificio. Se quedó muy sorprendido por las vistas del lugar. No solo veía a toda la cuidad y sus luces, también las de los pueblos y barrios vecinos. Incluso, observaba al norte la costa y al sur notaba que bastante detrás del muro, el que cortaba la cuidad del resto del valle de Malyytavda, se observaba lo que parecía ser un pueblo y un enorme palacio.

— Los lugares más siniestros siempre tienen las cosas más bonitas. — Le dijo a Mao. Estaba en desacuerdo con él pero lo importante es que ahora venía la confesión y tenía que decirle que no. Se preparó mentalmente. El cantante se lo dijo claro:

— ¿Quieres ser mi novia? — Eso le dijo con mucha ilusión.

— No. — Le dijo secamente Mao, esperando que ese chico no hiciera ningún espectáculo.

-Ya entiendo… Ya lo sabía…- Dijo él mirando el cielo con cara triste y Mao se alivió que se lo tomará tan bien.

Entonces, Henry empezó a andar poquito a poco hacía al filo del edificio, cantando una de sus canciones y cuando llegó, se giró hacía Mao, quién se dio cuenta de lo que iba a hacer.

— ¡Adiós, Mao! ¡Adiós con el corazón! — Se decía mientras se dejaba caer hacía al vacío. Mao, que no deseaba que alguien se matará por algo así, se fue hacía él y le cogió del brazo, impidiéndole caer. Después, le dio un buen golpe en el cogote y lo hizo dormir.

— ¡Este estúpido está chalado! ¡Joder! ¡Tengo que llevarlo al hospital, rápido! — Se decía mientras cargaba el cuerpo del cantante desmayado hacía al hospital que funcionaba al lado del abandonado.

Así terminó su tercera cita y solo le faltaba una, la de Michael Greenstreet, que, para la opinión de Mao, era el peor de todos. Durante las próximas horas, se mentalizó fuertemente para tal tarea y no durmió muy bien, ya que tuvo pesadillas con los Sealands Boys.

Al día siguiente, a las cinco de la tarde, salió de su casa, usando esta vez un kimono estampado con la imagen del mar, peces incluidos; hacía el lugar concordado, que era el parque que estaba al lado del barrio dónde vivía Mao. Allí no le recogió el cantante, sino una lujosa limusina de color blanco que le llevó a un hotel muy lujoso. De cinco pisos, tal sitio incluye una piscina, instalaciones deportivas, un casino y un lugar especial para las parejitas. Eso le dijo el chofer y lo último le hizo recordar a Mao a los Love Hotels que habitaban en la tierra que nació y le entró escalofríos.

Se encontró con Michael en la entrada del hotel, quién le dijo: — ¡Buenas días princesa, me alegro de que hayas aceptado esta humilde cita! —

Vestía con un mono blanco de gemas encastadas y con una capa enjoyada, mientras sostenía entre sus manos una copa de un vino carísimo, y que según decía él dentro de ella había una pizca de oro y plata. Quiso compartirlo con Mao pero éste se negó.

El cantante se río de la humildad y decencia del chino, según él, y le obligó a aceptar otra copa igual, que el chino no deseaba tomar. Se preguntaba quién se atrevería a beber tales cosas.

Mao se enteró entonces de que la cita iba a ser dormir con el Michael en una habitación del hotel y quiso salir de por patas. Se maldijo por aceptarlo  y pensaba que tal vez lo mejor fuera haberlo ignorado, pero ya no había vuelta atrás. Y lo peor es que se dirigían poquito a poco hacia a ese lugar especial para parejitas y el pasillo que recorría se llenaba de miles de imágenes de corazones y símbolos de géneros entremezclados entre más cosas.

Deseaba que el dueño del hotel se fijara en su apariencia. Pensaba que el hombre podría impedirlo al ver que él tenía catorce o quince años y por tanto, era menor de edad y no podría entrar. Y no se atrevía a decírselo, por alguna razón que no entendía. Mientras deseaba que alguien se diera cuenta inevitablemente, llegó a la habitación en dónde se iba a alojar, el especial número diez.

— ¡Ayúdame, Buda! ¡Jesucristo! ¡Mahoma! ¡Todos los dioses y santos y profetas que han existido y que quedan por existir, sacadme de aquí! — Se decía, rezando desesperadamente para poder salir de esa situación.

— ¡Vamos, linda! — Le dijo Michael mientras le empujaba levemente hacía dentro de la habitación. Mao, lo primero que hizo fue acercarse a la ventana. No había balcón y estaban en cuarto piso, y mientras miraba, escuchó un sonido de una puerta cerrándose, se giró mirando hacía ahí y dijo:

— ¿Qué estás haciendo? — Eso dijo, totalmente aterrado.

— Relájate, que hoy te voy a hacer una noche muy especial. —

Esas palabras aterraron aún a Mao. Y al decir eso, se giró el cantante hacia él, con una cara siniestra que aterró aún más al chino. Se aferró tontamente a una esquina de la habitación, sin poder decir nada.

— ¡No tengas miedo! ¡Qué te va a gustar! —

Le decía a Mao mientras se acercaba poquito a poco a él, con una cara realmente perversa y que dejaba claro que quería hacerle cosas que no eran para menores de dieciocho años.

Se preguntaba qué iba a hacer y cómo los acontecimientos llegaron así cómo así, cómo todo esto terminó como el argumento de una porno barato o un doujin. No se le ocurría nada más, salvo preparar sus puños para darle a ese enfermo su merecido. Cuando el cantante ya estaba a punto de cruzar la última línea, decidió atacar, antes que fuera demasiado tarde, e intentó golpear la cara de Greenstreet, pero éste lo pudo esquivar y consiguió, sin poder Mao evitarlo, inmovilizar sus brazos. El brazo derecho de Michael sostenía los dos brazos del chino con tanta fuerza que él no podría liberarse.

— ¡No me importa si quieres resistirte…! ¡Así me gusta más! — Le decía mientras le empezaba a tocar a Mao y, entonces, descubrió algo extraño.

Tras palpar con la mano derecha las piernas de Mao, decidió ir a lo que le interesaba y lo que encontró fue un bulto, tras tocarlo un poco ya sabía que era eso. Sus ojos se llenaron de horror y se alejó rápidamente de él:

— ¡¿Qué coño!? ¡Tienes pit…! — No pudo terminar la frase porque una de las “getas” del chino, llamadas también sandalias japonesas por algunos, chocó contra su cara. Después, su cara recibió cientos el impacto de varios puñetazos, cinco o seis veces.  Luego, lo derribó con una patada contra sus rodillas y, con Michael en el suelo, le golpeó sin parar violentamente con la pierna la entrepierna de éste.

— ¡Hijo de puta! ¡Cabrón violador! ¡Enfermo! ¡Ojala te quedes infértil! ¡A mí nadie me viola! ¿Entiendes? ¿Entiendes? ¡Muérete! ¡Muérete! — Eso le gritaba sin parar. Mao estaba encolerizado y aquel cantante despertó algo que no debía haber hecho. Michael no pudo resistir al primer golpe, se desmayó y cuando el chino se pudo tranquilizar, salió de la habitación pidiendo ayuda y que llamarán a la policía.

Mao, tras estos acontecimientos, volvió a intentar a seguir con su vida normal. A los dos días siguientes, estaba vagueando en su salón, mirando en la tele y comiendo galletas, con todas las chicas alrededor suya y cómo si nada hubiera pasado nada. Se alegraba de que todo eso terminara y deseaba olvidarlo.

— No entiendo cómo me podrían haber gustado esos cantantes, son tan megahorrible. ¡Qué guacala! — Decía Josefa, y con Alsancia afirmándole eso con la cabeza, mientras veían en la tele las últimas noticias sobre lo que hicieron los miembros del recién separado grupo pop, Sealands Boys.

Los periodistas del corazón estaban haciendo su Agosto y no paraban de sacar sus trapos sucios, tras la denuncia de violación a uno de ellos. Todo eso hizo asquear a la napolitana y a la mexicana, que se arrepintieron de ser sus fans, aunque no sabían que Mao fue el denunciante, ya que éste se los ocultó. Jovaka, por su parte, le dijo que era peor que una mujer, ya que arruinó literalmente la vida de cinco hombres; pero éste ignoró tal comentario.

Y es entonces, cuando entró Clementina, cansada y con las bolsas de la compra en su mano: — Por cierto, Gerente… ¿No sería mejor que saliera y les dijese algo a esa gente? ¡Llevan desde ayer esperando a que salgas! —

Ella lo decía porque una legión de paparazzis había ocupado la entrada de la tienda de Mao y esperaban que él saliera para que les dijera unas cuántas cosas. En la calle no podría pasar ni Dios y unas avalanchas de buitres se abalanzaban sobre todo aquel que intentase a entrar.

— ¡Ya se cansarán! ¡Ya se cansarán! — Le decía Mao mientras éste seguía mirando la tele indiferente,

FIN

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Cómo conocimos a Lafayette, trigésima quinta historia

Un pueblo abandonado en lo más profundo de Shelijonia recibía otra vez visitantes, los mismos que hace unos días llegaron ahí para partir en busca de un supuesto tesoro y de cuya búsqueda habían vuelto. Entre las vacías calles se paseaban y, influidos por el ambiente casi apocalíptico y siniestro de la  aldea, se sentían muy nerviosos. Parecía como si les siguiera una presencia maligna desde las sombras. El grupo estaba siendo guiado por una chica de pelo albina, quién no era nada más ni nada menos que Nadezha, y los dirigía hacía lo que fue casa de un familiar, ahora propiedad suya. El resto era Mao, su empleado Leonard y la charlatana de Josefina.

― ¡Hemos vuelto! ― Eso dijo, al llegar a la puerta de su casa, la más alejada del pueblo fantasmal y sabiendo que no había nadie ahí. La intentó abrir pero se quedó atascada y tuvo que hacerlo a patadas. A pesar de que eran las tres de la tarde, la oscuridad dominaba el interior y la rusa tuvo que encender una vieja lámpara de gasolina e ir al salón para abrir las cortinas. Así lo hizo, el salón se iluminó y el resto del grupo, sin quitarse los abrigos, se sentó bruscamente en el polvoriento sofá lanzando suspiros de alivio.

― ¡Ha sido realmente horrible! ¡Jamás volveré a hacer algo así! ― Sentenciaba Mao.

― ¡Ni que lo digas! ― Le decía Leonard.

― ¡Tengo hambre! ¡Mucha! ¡Qué pedo! ― Decía Josefa yendo a su bola y mientras tocaba su barriguita que estaba pidiendo comida a gritos.

Al unísono, los tres gritaron que deseaban volver a Springfield y que ya tenían suficiente con lo que vivieron en esas montañas. Nadezha los miró y dijo:

― ¡Pues os falta mucho! Para llegar al pueblo habitado más cercano tardaríamos un día entero. ― Se calló por un momento, pensativa, y luego miró su móvil, vio que no tenía cobertura y suspiró:

― ¡De todos modos habrá que ir allí para llamar a la policía y a mi tío! Me gustaría ir ahora mismo, pero tenemos que esperar hasta mañana. Aún no me lo puedo creer…― Recordó, entonces, lo que era ese tesoro y se calló. Los demás también y no deseaban decir algo. Solo Josefina habló con toda normalidad:

― ¡Es verdad! ¡Hemos descubierto un crimen! ¡Hay que hacer justicia! ¡Por ellos! ― Gritaba Josefina, levantado la mano, como si estuviera manteniendo una promesa a gente del más allá. Mao y Nadezha, al verla tan animada, se aliviaron, ya que pensaban que ese descubrimiento la iba a traumar de por vida. Tras lo del tesoro, ella fue la que tuvo el mayor stock, pero a las pocas horas habría recuperado su optimismo y sus ganas infinitas de charlar. Al parecer, era más fuerte de lo que parece. A continuación, ella cambió de tema:

― ¡Ah, por cierto! ¿Y por qué Lafayette no está con nosotros? ―

Lafayette, quién realmente fue la que más le afectó sobre lo del tesoro, se alejó de ellas yéndose a lo más profundo de las montañas, más de lo que se atrevería Nadezha. Cuando se dieron cuenta, ya era demasiado tarde para capturarla y llevarla a Springfield.

―Eso solo lo sabe ella, ¿a quién le importa esa bruja? ― Dijo Mao.

― ¡A mí, sí! ― Le replicó Nadezha. ― ¡Aún está por mis tierras y no pienso tenerla aquí! ―

― Si apenas lo utilizas…― Dijo Mao en voz baja.

― De todos modos lo importante ahora es descansar. Nos quedaremos aquí hasta mañana. ― Nadezha lo ignoró y siguió hablando.

― ¡Y ya que han mencionado a Lafayette, hay que ponerla verde! ― Añadió Mao.

― No quiero hablar nada m…― Nadezha fue interrumpida por Josefa, que les preguntó esto:

― ¿Cómo la conocieron? ―

Tanto Mao como Nadezha se quedaron pensativos, porque tal pregunta les trajo muchísimos recuerdos. La conocieron en la primaria, en quinto y en la época en dónde ellos dos eran los mejores amigos.

Su amistad en aquella época era tan empalagosa que le entraron nauseas y asco al recordarlo y no entendían cómo sus yo del pasado se llevaban tan bien. Por otro lado, recordaban a Lafayette y de cómo había cambiado tan poco. Ahora era mucho más violenta y tenía mucha más arena en la vagina.

― Creo que contar algo de nuestro pasado puede hacernos perder el tiempo hasta la noche. ― Dijo Nadezha pero antes tenían que comer, todos estaban muy hambrientos.

Ahora Nadezha, con interrupciones, nos contará un pequeño episodio de su pasado, y el de Mao, sobre el día en que conocieron a Lafayette. A partir de este punto, ella será la narradora.

Fue en quinto curso, un día después de San Valentín. Había sido expulsada de su escuela, que, por cierto, era tu anterior colegio, Josefina; y pues ese día nuestra profesora nos la presentó.

La narración fue interrumpida por Josefina que le preguntó sorprendida si eso era verdad y cómo sabía cuál era su antiguo colegio. Para seguir con su historia le explicó a la mexicana que ella lo había mencionado varias veces y cuando iba a seguir Mao habló.

― ¡Ah, por cierto! ¿Recuerdas el uniforme de nuestra escuela? ¡Eso sí que era ropa bonita! ¡Esa falda azul oscura…! ¿O era negra? ― Mao se quedó en blanco al intentar recordarlo detalladamente. ― A ver… ¡Bueno la cuestión es que era buena ropa! ―

Nadezha les pidió a todos que no la interrumpieran, sobre todo a Mao, y siguió contando su historia. Volvamos a su narración.

Como decía, nuestra profesora, que era de matemáticas, nuestra tutora y muy buena; ante nosotros nos presentó a aquella niña. El aspecto que tenía Lafayette en aquella época era la de una negra enana y malhumorada con un curioso peinado que tenía muchas semejanzas con las melenas de los leones. Creo que yo tenía el cabello corto y Mao utilizaba el mismo peinado que ahora. Cómo era de esperar, está fue su presentación:

― Me llamo Marie Louise Lafayette, no soy francesa y os odio a todos y deseo que se mueran. Fin. ―

Toda la clase se quedó de piedra, el silencio dominaba el lugar y tanto la profesora y los alumnos no sabían cómo actuar. Solo hubo alguien que habló algo, Mao. Como nos sentábamos juntas, me lo pudo decir al oído.

― La primera negra que está en nuestra clase y se nos sale amargada. ― Nos reímos y cómo era la única reacción después de esa presentación, Lafayette nos miró con muy mala cara.

Otra vez la narración fue interrumpida por Josefina, quién preguntó algo que llevaba tiempo en su cabeza. Tal cuestión era cuánto tiempo llevaban juntos Nadezha y Mao, este último la contestó:

― Por desgracia, yo y la rusa hemos estado juntas desde primero de la primaria hasta que termine la secundaria. ― Sentenció como si fuera una horrible desgracia.

― Pues en esa época estabas feliz de ser mi mejor amiga. ― Le replicó la rusa.

― ¡Es que aquel entonces era una ignorante de la vida! ¡Por favor! ― Añadió Mao.

― ¡¿Esperen!? ¡¿Antes habían sido muy buenas amigas!? ¡¿En serio, de verdad!? ― Gritó de pura sorpresa Josefina, para ella eso era una notición.

Otra vez lo recordaron y otra vez sintieron esas ganas de gritarles y golpearles a sus yo del pasado y a sí mismas de la vergüenza. Literalmente casi no había momentos en el que no estaban el uno sin la otra, hasta iban juntos al baño. Y no solo eso, casi siempre iban cogidos de las manos, se daban mutuamente la merienda que se hacían, se mandaban cartitas y cursiladas todo el día entre más cosas que deseaban quemar del baúl de los recuerdos. Nadezha dijo esto, para no hablar de ese tema y casi muerta de vergüenza:

― ¡No hablemos de eso! ¡Ahora estamos hablando de Lafayette!― La siguió Mao que también con la cara roja dijo:

― ¡Eso, eso! ― Josefa se decepcionó un poco, deseaba saber cómo era su amistad antes pero, de todos modos, también, deseaba seguir escuchando el relato. Con esto dicho, volvamos otra vez a la narración de la rusa.

Mientras tanto, la profesora, sin querer o no, puso uno de sus manos sobre un hombro de Lafayette y a la vez que se atrevía a decir algo. No pudo sospechar que hacer eso provocaría que la franchuta esa casi se le abalanzara por eso.

― ¡Quita tus putas manos de ahí, blanquita! ― Le dijo. Después de eso, la maestra la regañó durante más de diez minutos y le mandó a sentarse. Había solo dos asientos libres y casualmente uno estaba detrás de nuestros asientos. No deseábamos por nada del mundo que un sujeto tan desagradable estuviera atrás nuestra pero, al final, tuvo que elegir ese lugar precisamente.

― ¿Qué miran? ¿Tengo monos en mi puta cara o qué mierda? ― Eso le dijo a todo aquel que le estaba mirando mientras se sentaba, incluido nosotras. Durante el resto de la hora, el aula estuvo más silenciosa que nunca y un aura de incomodidad lo invadía. Lafayette estaba en su sitio esperando que terminara la clase y su mesa estaba tan vacío como su inteligencia, ni se trajo la mochila.

A la siguiente clase, yo y Mao pudimos ignorar su lamentable existencia y volvimos a nuestras cosas. Esto es muy embarazoso de decir pero nosotras dos estuvimos en esa clase escribiéndonos cartitas de amistad.

La narración de Nadezha otra vez fue interrumpido y bruscamente. Era Mao que le gritaba, muerto de vergüenza, que no dijese nada. La rusa le dijo que se fastidiara, que iba a seguir. Josefina, por su parte, asaltó con cientos de preguntas al chino y éste tuvo que contestar:

― ¡Eran unas estúpidas notas que escribía a esa, y les ponía dibujitos, y corazones, y todo tipo de tonterías! ¿Ya estás contenta Josefina? ― Le dijo esto, avergonzado.

― Y decían cosas como nuestra amistad es eterna y verdadera, te quiero, eres la mejor amiga del universo,… ― Añadía Nadezha.

― ¡Cállate! ¡Cállate! ― Le gritaba Mao, deseando que la tierra le tragase y tapándose los oídos. A Josefina, todo eso le pareció muy lindo y se preguntaba cómo es que ahora Mao y Nadezha se llevaban tal mal.

Tras decir todo esto, volvamos a seguir leyendo la historia que nos narra Nadezha.

Volviendo a lo qué íbamos, a Mao se le ocurrió recitar una de esas cartas, en voz baja y para mí. Lafayette al escucharlo se río de eso compulsivamente.

― ¡Cuántas pendejadas! ― Nos decía señalándonos con el dedo. ― ¡Qué mariconadas, dios mío! ―

― ¿Qué te hace tanta gracia, negra? ― Le dije yo.

― ¡De vosotras, tontas! ― Le iba a decir algo pero Mao me detuvo. Me dijo al oído esto:

― Ignora a la negra. ― Lafayette la escuchó.

― ¡Cállate, piel amarilla! ― Le dijo eso a Mao.

― Vale, vale, ya sabemos que eres una triste amargada muerta de hambre que no la quieren ni sus papas. ― Le replicó a Mao.

― ¡Seré una amargada pero no una cursi como vosotras. ¿Amistad? ¿Amigas para siempre? ¡Iros a tomar por culo con los osos amorosos! ― Eso nos gritaba mientras intentaba imitar a algo.

― ¡Pues fastídiate! ¡Lo tendrás que soportar el resto del curso! ― Ahí es dónde salte yo.

― ¡Ni una mierda! ¡No quiero soportar mariconadas de panolis! ― Eso nos gritó ella con mucha vulgaridad.

― ¡A ti que te importa lo que hacemos con nuestra amistad! ― Le grité, molesta.

― Sí, me importa porque me hacéis vomitar. ― Y actuó como si estuviera vomitando. Me estaba entrando ganas de pegarle a esa insolente. Mao por su parte, le dijo esto con el tono más hiriente posible.

― ¡Lo que le pasa es la pobrecita tiene envidia! ¡Ella no tiene amigos por ser una fea tan perra y nunca tendrá una amistad tan genial como la nuestra! ― Ese comentario realmente le dolió, porque se levantó de la silla y nos gritó.

― ¡Ni una mierda! ¡Vuestra amistad es basura! ¡Seguro que no va a durar nada y al día siguiente os odiáis como nunca! ¡Es un cuento de la tele! ¡Y os lo habéis tragado, tontas! ¡Subnormales! ―

No pude más y le un puñetazo a la cara que la hizo volar. No iba a aguantar que alguien me dijera que mi amistad no era verdadera y eterna, ni menos esa.

― ¡Nuestra amistad es lo más grande del universo y es así! ― Le grité.

Como era de esperar, Lafayette se levantó y fue a por mí, pero Mao se puso en medio y me protegió. Y así comenzamos una pelea bastante violenta, que no fue finalizada hasta que dos o tres profesores tuvieron que separarnos. El que nos daba la clase recibió un golpe que lo dejó inconsciente y rompimos varias mesas y ventanas. Los demás niños no hicieron nada más que hacer de espectadores. En fin, no nos expulsaron de milagro y desde aquel momento, nosotras que nunca habíamos participado en peleas, terminamos siendo las que más se peleaban de la escuela, siempre con Lafayette de por medio. Esa negra consiguió ser el dolor de cabeza de todos y fin de esta historia.

Mao fue el primero en hablar tras finalizar la pequeña historia de la rusa. En eso encontró algo muy gracioso y no podría dejar de reír.

― ¿Sabes? ¡Es irónico pero Lafayette tuvo razón! ― Decía esto, entre risas, ya que, tanto él como Nadezha, habían acabado de un extremo a otro. Ahora se odiaban a muerte.

― Y es feo cuando ella tiene razón. ― Añadió Nadezha, quién estaba molesta por reconocer que la negra tuvo en ese caso la razón.

Josefa, que había alucinado al saber que antes esos dos tuvieron una amistad tan bonita, les pregunto esto:

― ¿Y por qué dejaron de ser tan amigas? ¿Qué les ocurrió? ― Eso les preguntó Josefina.

― ¡Qué eso te lo diga Mao! ― Le dijo Nadezha.

― ¿Y por qué yo? ― Protestó Mao.

― ¡Yo ya he hecho mi trabajo! ― Le replicó.

― ¿Qué trabajo? ¿El de Cuentacuentos? ¡Te queda perfecto, sigue contándole cuentos a Josefina que yo quiero descansar! ― A partir de esto, se desencadenó otra pelea más entre Mao y Nadezha.

Mientras se peleaban, Josefa pensaba apenada que tal relación estuviese tan deteriorada, porque en el fondo cree que aún se quieren como amigas.

Por otra parte, en lo más recóndito de las montañas, una voz resonaba por todo el lugar: ― ¡Mi tesoro! ¡Ay, mi tesoro! ¡Mi billete para salir era más que los restos de un asesino! ¿Por qué me hacen eso? ―

Eso decía, entre lamentos, mientras andaba como un zombi sin saber a adónde iba. No se estaba dando cuenta de que se estaba introduciendo en un reino atrapado en el pasado y cuya entrada está prohibido para los extranjeros. Lafayatte estaba entrando en el Zarato.

FIN

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Juntas hacia al concierto, trigésima cuarta historia

Josefina pasaba su tarde en su habitación suspirando tristemente una y otra vez mientras intentaba hacer sus deberes de matemáticas. La razón de esto era algo que afectaba profundamente su corazón de doncella.

— ¿Por qué? ¿Por qué no puedo ir al concierto de los Sealands Boys? —  Sentenciaba sin parar.

Los Sealands Boys, el grupo pop del momento, estaban de gira por Shelijonia e iban a pasar por Springfield el tres de abril. Estaba formado por cinco guaperas cuyas sonrisas derretían a las damas, entre ellas Josefina. Ella desde que se hizo su fan, allá por un mes, compró todos sus discos y todo tipo de mercancía sobre ellos. Era obvio por tanto que no quería perder lo que podría ser su última oportunidad para verlos cantar en directo. Su madre le prohibió que se fuera ya que decía que esos sitios son del diablo. Intentó convencerla de lo contrario y, a pesar de haberle calentando tanto la cabeza, lo único que consiguió fue una torta en la cara que aún le dolía.

— ¡Solo es un concierto! ¡Y yo soy mayor y puedo ir allí! ¿Por qué no lo comprende? — Se quejaba.

Al poco rato, alguien pegó en la puerta de su habitación y Josefa se calló de repente. Pensaba que era su madre que la escuchó diciendo cosas malas de ella y le iba a dar más tortas. Con el miedo metido en el cuerpo abrió la puerta poco a poco y cuando vio quién era, se alegró y se alivió. No era su madre, sino su hermana mayor. Algo raro ya que casi nunca se le aparecía así. Tal vez quería pedirle algo o un favor.

— ¿Qué quieres? — Le preguntó.

— ¿Tú eres fan de los Sealands Boys? — Eso le dijo su hermana.

— La mayor de todos los tiempos. — Se jactó orgullosamente Josefina.

— Pues toma esto. — Le entregó dos boletos para el concierto. — ¡Para ti y para que invites a otra amiga! ¡Y qué no se entere mamá! — Josefina se puso tan contenta, que le abrazó tan fuerte que casi la iba a ahogar. Le decía su hermana en un intento de salvar su vida:

— ¡Suéltame! ¡Qué me vas a matar! — Le soltó y le pidió perdón por eso.

Pero Josefina se extrañaba mucho por ese repentino acto de amabilidad por parte de ella, ya que siempre la trataba muy mal.  — Gracias, pero… ¿Por qué? —

— Iba a ir con una amiga pero es una zorra. — Y con esto dicho se fue andando al salón. Al observar que su hermana se había rapado media cabeza, Josefina se preguntó por qué ella siempre se hacía unos peinados tan feos. Se olvidó de eso, cuando escuchó a su madre gritar y cerró rápido la puerta de su cuarto. A continuación, se puso a dar vueltas de felicidad por la habitación y su imaginación no paraba de fluir. Una risa tonta la invadía y su cara estaba totalmente roja. No volvió a la realidad mucho tiempo después hasta que observó que eran dos, y, por esto, le vino una duda que la iba a atormentar toda la noche.

— ¿Y quién será mi compañera? — Se preguntó.

Tenía que elegir a una amiga, pero no quería que ninguna se sintiera mal por la decisión. Creía que todas sus amigas eran igual de importantes para ella y que decidir por una era algo muy feo, ya que solo había un boleto. No deseaba sembrar la semilla de la discordia pero quería escuchar a sus cantantes favoritos acompañada de alguien.

Al día siguiente, decidió enfrentarse a esa dura tarea ya que solo faltaba dos días para el concierto. Se fue a casa de Mao tras salir del instituto y allí se encontró a casi todo el grupo. Le costó mucho sacar el tema.

— ¿Eh, chicas? ¡Tengo algo importante que decirles! — Les dijo entrecortada a los demás y éstos se preguntaron qué era.  Entonces gritó fuertemente y sacó los boletos:

— ¿Hay alguien qué quiere ir a ver a los geniales Sealands Boys? —

Mao siguió viendo la televisión como si nada; Malan, la ignoró y Clementina estaba dándole el biberón a su hija Diana. Solo Alsancia-Lorena reacción porque, después de todo, ella también era fan.

“¿De verdad? ¿Esos son boletos para el concierto de ellos? ¡Oh, dios mío! ¡Esto es verdad! ¡Podré verlos en directos! ¡Es cómo un sueño hecho realidad!” Pensaba Alsancia, e iba a decirle que sí, pero se puso tan contenta y tan nerviosa a la vez que no podría hablar y decir un mísero “sí”.

Josefina se sorprendió al ver la nula reacción de ellas ante su anuncio mientras la pobre Alsancia intentaba hablar. La mexicana no podría creérselo.

— ¡Pero…! ¡Pero…! ¡Pero son los Sealands Boys! ¡Es su concierto aquí en Springfield! ¿No deberían ponerse megahistéricas y ponerse a pelear por el boleto? —

Solo Mao dijo esto: — Solo es un concierto, ni siquiera los conozco…—  Para Josefa que alguien no los conociera fue casi cómo un stock.

— ¡Si todo el mundo los conoce! ¡Son geniales! ¡No sabes lo que te estás perdiendo! — Le decía Josefina, intentando convencerle.

— Ni lo sé ni me importa…— Pero Mao ni muerto quería ir.

Entonces Josefa se acercó a Mao, quién estaba vagueando en el suelo, y lo empezó a balacear. Mientras hacía eso, le decía:

— ¡Vamos, Mao! ¡No quiero ir sola! ¡Seguro que te encantarán! ¡Debes conocerlos! — Le decía.

— ¿Conocer el qué? ¿Niñas histéricas gritando en coro sin parar? ¿Sentirte como si estuvieras en una lata de sardinas? ¿Soportar elevados niveles de ruido infernales? Bah, paso. — Al ver Josefa que no iba a cambiarlo de opinión, decidió ir a por Malan.

Alsancia paró de intentar decir algo y pensó un poco. ¿Qué haría ella en un concierto? Nunca le había ido bien estar en multitudes y podría sufrir crisis de ansiedad; nunca había ido a uno y no sabía si podría soportarlo o no, además de que Josefina era demasiada enérgica para ella. Podrían acabar muy mal.

Y siguió pensando hasta llegar así a esta conclusión: “Este podría ser mi oportunidad de demostrarme que puedo ser responsable. ¡Ya voy a cumplir veintiún años!”

Fue cómo una revelación para ella. Cuidar de Josefina podría ser la forma de demostrar que ella no es una inútil, que podría no depender de los demás e incluso cuidar de otra persona. Dejar de ser la más débil para proteger a otros débiles, eso es lo que deseaba y, entonces, se preparó cómo nunca a decirle sí a nuestra Josefina.

Malan, que intentó convencer a Josefa con todas las argumentaciones posibles que no deseaba ir, tuvo que resignarse a acompañar a la mexicana al lugar, cuando Alsancia-Lorena pudo decir algo:

— ¡Yo…! ¡Yo iré… contigo! — Gritó. Era como escuchar chillar a una ardilla, y quedo bastante lindo a los oídos de los demás. Josefina dirigió su mirada hacía ella y le cogió de las manos, totalmente feliz de escuchar eso.

— ¿En serio? — Le dijo eso con una gran sonrisa.

Alsancia solo movió la cabeza. Josefina lo celebró cómo si hubiera paz mundial.

— ¿De verdad? — Le dijo Mao.  — ¡Entonces, os acompañaré! — Dijo eso porque sabía que Josefina era un peligro andante y estaba preocupado por lo que le podría pasar a su Alsancia.

—Pero solo tenemos dos boletos…- Le dijo Josefina.

— ¡No voy al concierto, solo a ir de acompañante! — Eso le replicó Mao.

Alsancia no quería eso, tenía que cuidar de Josefina ella sola. Y por eso le dijo a Mao: — Por… Por favor… Yo puedo sola. —

— ¿Por qué? — Le preguntó al escuchar su respuesta. Alsancia solo miró al suelo, buscando alguna respuesta que decir para evitar que Mao fuera con ellas. Estaba agradecida por todos sus cuidados, pero era el momento de que una adulta como ella se comportara cómo tal. Iba a decírselo cuando Josefina arruinó lo que podría haber sido su momento estelar:

— ¡No importa, Mao! ¡Yo cuidaré de ella! ¡Vamos, Alsancia! ¡Vamos a mi casa a celebrarlo! — Y se la llevó hacía su casa a una velocidad increíble. Alsancia quería decir que tenía que ser ella la que tenía que cuidar, que era la adulta. Mao les decía qué no se fueran e iba a ir a por ellas, pero fue detenido por Malan.

— ¡No sé tú, pero yo respetaría los deseos de nuestra paciente de Nápoles! — Mao le dijo qué quería decir con eso.

— Al estar harta de ser el elemento más débil del grupo, la niña linda al que todos quieren proteger, intenta romper su papel. Ese es su deseo e ir con ellas significa no respetarlos. — Se lo explicó.

Mao se quedo pensativo y luego le dijo: — Ya entiendo lo qué quieres decir… ¡Pero es inevitable no preocuparme! Ella tiene un cuerpo muy débil. ¡Y Josefina es Josefina! —

— Al parecer de eso está harta, del trato sobre protector que le dan. — Eso le replicó Malan.

— Es verdad pero…— Añadió Mao, muy preocupado.

— Ha elegido la peor opción posible. ¡De eso estamos seguros! Y habrá un noventa por ciento o más de que va a fracasar. — Ella dijo lo que todos estaban pensando. Nadie le podría dar un voto de confianza a Alsancia porque había elegido cuidar a la peor de todos. Martha, al ver a Mao pensando qué hacer, siguió hablando.

— Puedes pisotearlos sin más o no… ¡Elegir depende de ti! — Esas palabras de la africana le dieron a Mao una idea. Entonces gritó:

— ¡Solo hay que hacer que ellas no se den cuenta de nuestra presencia! — La idea no era nada más ni nada menos que espiarlas y salvarlas de los problemas que podrían aparecer sin que éstas se dieran cuenta.

— ¡Vamos Malan, a la Maohabitación! — Le dijo a su lacaya, señalándole las escaleras, parodiando a algún superhéroe archiconocido. Iban a buscar entre sus ropas disfraces. Mientras tanto Alsancia y Josefina estuvieron en la casa de ésta última. Nuestra Napolitana disfrutaba cómo nunca escuchando todos los discos que no podría comprar y deseaba tener todas esas cosas que tenía la mexicana sobre sus cantantes favoritos.

A la noche anterior al día del concierto, nuestra Alsancia se acercó a la mesa dónde estaba San Jenoro, el patrón de Nápoles y le rezó. Le pedía fuertemente que todo saliera bien.

Fue despertada a las seis de la mañana por una llamada de Josefina, ésta le decía que debía vestirse ya, que iban a ir al concierto.

Alsancia intentó decir que por qué tan temprano pero no le pudo salir las palabras. Al final, se visitó con lo mejor que tenía y salió de su casa. El lugar donde tenía que ir ella fue a la casa de Mao, ya que Josefina se quedó a dormir allí.

Mientras tanto Mao y Malan, quién también se quedó a dormir, se preparaban para su ardua tarea. Tenían una bolsa llena de ropas de todo tipo para que esas dos nos las pillaran. El chino le pidió a la afrikáner que se fuera a vestir con su disfraz en su cuarto de baño y ésta sin preguntarle la razón la hizo caso.

Malan llevaba una boina francesa con la cual ocultaba su cabello rubio, unas gafas, una camiseta con la imagen de unos gatitos, una falda que le llegaba a las rodillas y unas medias negras.

Mao por su parte, por primera vez en su vida, se vistió como un chico se disfrazó de rapero, algo que hizo matar de risa a Malan, y luego a los canadienses. Después, cuando Josefa y Alsancia se reunieron y se fueron, la africana y el chino salieron corriendo de la casa.

Alsancia se preguntaba por qué iban tan temprano si el concierto empezaba a las nueve de la tarde pero no le dio importancia. Pensaba que tal vez era por las largas esperas que caracterizan a este tipo de eventos. Durante gran parte del trayecto hacía la estación, ya que iban a ir en tren, no paso nada y por la ausencia de acontecimientos Mao dijo:

— Al parecer no debería haberme preocupado tanto por ellas. — Eso decía, aliviado.

— O hemos menospreciado a Alsancia o hemos sobreestimado a la lenta simpática. — Le dijo Malan.

Se arrepintieron de haber dicho eso, ya que antes de llegar a la estación Josefina se encontró con un gatito lindo. Éste se dejó tocar e incluso que ella lo tuviera en brazos. Tras estar un rato dedicándole acaricias y mimos, le dijo a Alsancia, que se había alejado un poco:

— ¡No tengas miedo! ¡No te hará daño! ¡Tócalo! — Y se acercó a ella.

El problema no es que a Alsancia no le gustasen los gatos, todo lo contrario, sino que era alérgica a ellos y se lo intentó decir a su compañera pero su tartamudeo atacó de nuevo y no podría decírselo.

La italiana estaba en peligro. Y Mao tuvo que entrar en acción.

— ¡Oh, yeah! ¡Pero si es mi gatito! ¡Lo he encontrado! — Así entró Mao, actuando patéticamente como un rapero. La mala actuación dejó helados a los presentes y eso hacía que deseaba que la tierra lo tragase.

— ¿Así que éste es su gato? — Le preguntó Josefa al poder reaccionar ante eso.

— ¡Oh, yeah! ¡Se llama Gocú! — Eso le respondió.

— ¡Qué nombre tan bonito! — Y con esto dicho le entrega el gato. — ¡Es muy bonito!-

— ¡Gracias! ¡Gracias! — Le dijo el falso rapero, y salió corriendo.

— ¡Qué raro, un rapero con gato! –Le decía la mexicana a su compañera mientras ésta suspiraba aliviada. Luego añadió: — ¿A qué es genial hacer una buena obra? — Alsancia movió la cabeza afirmativamente y siguieron su camino.

Cerca de ellas, detrás de unos arbustos, estaba escondida Malan y con ella volvió Mao con el gato arañándole. — ¡Fuera bicho! — Le decía eso, cuando lo soltó.

— ¡Qué vergüenza! — Decía mientras recordaba lo que acaba de hacer y mientras rebusca en la bolsa ropa con que cambiarse.

— ¡Malan, vigila a esas dos que yo tengo que cambiar de papel! — Ella le respondió que sí y Mao con la bolsa a cuestas se fue a los servicios públicos más cercanos. La Afrikáner siguió a esas dos chicas hasta la estación.

— ¡Mira Alsancia, hemos llegado justo a tiempo! — Le decía eso Josefa mientras miraban los horarios de los trenes.

— P-pero si son… una hora…— La napolitana le intentaba decir que ellas habían llegado demasiado temprano, que faltaba una hora para primer tren del día.

Sentada cerca de ellas, estaba Malan mirando su móvil por si había algún mensaje de Mao, que estaba tardando demasiado.

Debido a que el lugar estaba tan vacío, Josefina y Alsancia en busca de compañía se sentaron junto a ella. Josefa intentó hablar con ella pero ésta le hablaba en afrikaans y ninguna la entendía, aunque la mexicana con señas y señales intentaba comunicarse sin éxito alguno.

Y así pasaron los minutos, y Malan ya se estaba preocupando demasiado, Mao no respondía a pesar de los continuos mensajes que le mandaba.

Ella estaba segura de que había sufrido algún contratiempo y eso le ponía nerviosa. Al final, el tren llegó y Malan seguía sin noticias de Mao, a pesar de eso, subió a él, ya que no tenía que perder de vista a esas dos. Le mandó un mensaje más. Lo que no esperaba la africana es que Alsancia y Josefina lo perdieron, ya que la mexicana fue muy oportuna y le entraron ganas de orinar cuando faltaba poco para la llegada del primer convoy del día. Se dio cuenta de eso, al observar por las ventanas como corrían detrás de él.

— ¿Y ahora qué hago? — Se decía Malan. Al poco tiempo, recibió por fin un mensaje de Mao. Este era su contenido:

Lo siento pero estoy metido en un gran problema. Tendrás que cuidarlas. Te lo contaré más tarde.

Malan no quiso decirle que las había perdido. Bajó en la principal estación de la cuidad, ya que estaba cerca del estadio de futbol americano, el lugar dónde iban a celebrar el concierto. Vio que estaba más abarrotado que de costumbre, había cientos de adolescentes y parecía que gran parte de ellas venían con el mismo objetivo, ver a los Sealands Boys. Por esa razón muchos vendedores ambulantes se paseaban por allí y allá vendiendo mercancía pirata a las incautas fans. Se sentó esperando que esas dos llegaran y efectivamente así fue. Tras una hora de espera las volvió a ver, con Josefina charlando alegremente con Alsancia, incapaz de decirle una frase corta. La africana se alivió mucho pero la suerte no estaba dispuesta a que las cosas irían bien.

Josefina distraída por las baratijas que vendían sobre sus ídolos se separó de Alsancia y tanto una como otra se perdieron entre las masas. Malan, cuando se dio cuenta, solo veía a la napolitana descubriendo que había perdido a su amiga, y consiguió no perderla de vista sin acercarse. La pobre italiana estaba histérica, había fracasado en su cometido y perdió a Josefa entre la multitud.

Intentaba desesperada gritar su nombre pero su nerviosismo impedía que dijera palabra alguna, es más, sentía que se le estaba inflamando la garganta de los nervios. No paraba de sudar y poquito a poco, le faltaba el aire y sentía muchísimo calor. Sus pensamientos no ayudaban mucho, se imaginaba a Josefa acabar de las peores formas y se reprochaba por haber intentado demostrarse que podría cuidarla, ya que al final solo había conseguido perderla. Casi le iba a dar un yuyo, si no fuera por Malan que llegó en el último momento. Ésta, que al principio no quería intervenir para ver sus reacciones, apareció ante ella, quitándose la boina y las gafas y le dijo en tono amable:

— ¿Quieres tomar un poco el aire? — Le preguntó.

Alsancia se echó a llorar y la abrazó fuertemente, después las dos salieron del lugar, se sentaron en un banco y poco a poco la napolitana, se tranquilizaba mientras Malan le explicaba la verdad. Tras eso:

— En fin, ¿ya estás mejor? — Le dijo a Alsancia y ella movió la cabeza negativamente. Intento decir algo:

— Y-yo… he sido… e-estúpi… — Intentó decirlo de nuevo.

— He s-sido estúpida. — No era capaz de decir algo mejor, le hubiera encantado decir que fue una tonta por pensar que podría cuidar de Josefina, que era una tarea demasiado grande para ella y que era un fracaso de mujer adulta.

— Bueno, es verdad qué elegiste la peor opción pero también es verdad que las primeras veces acaban bien raramente. — Esto no animó a Alsancia y, por tanto, Malan siguió hablando.

— ¡Pero tienes una segunda oportunidad para demostrar a todos que eres una adulta responsable y no solo alguien al que todos quieren cuidar! —Alsancia levantó la vista y vio a Malan ofreciéndole su mano. — ¡Yo, Martha Malan, necesito un adulto que me vigile y soy un objetivo fácil de cuidar! ¿Quieres ser ese adulto? — A la italiana se le iluminó la cara y empezó a llorar otra vez, pero de felicidad. La africana le dijo algo más:

— ¿Vamos a buscar a la lenta simpática? — Le preguntó.

Y con una sonrisa la napolitana respondió: — ¡Vale! —

Y con esto dicho y agarradas de las manos para no separarse, volvieron a la estación en busca de la mexicana. Perdieron horas y horas buscándola hasta en los sitios más insospechados hasta que decidieron preguntar por ella en las taquillas.

— ¿Una niña perdida? — Se quedó pensando hasta que algo se le vino a la mente. — ¡Ah sí, están buscando una chica llamada Alsancia, una amiga suya dijo que se perdió! —

Las dos chicas se miraron, obviamente era Josefina, y Malan le preguntó: — ¿Dónde está esa amiga? —

La respuesta que le dio es qué iba a llamar a la central para saberlo y así lo hizo, y al final ya sabían dónde estaba, aunque les sorprendió.

— Está en Bogolyubov. Ya le han avisado de que ustedes la están buscando. —

Esa ciudad es el principal puerto del norte de Shelijonia y está situado a 50 kilómetros hacía al este de Springfield, entonces, ¿cómo es posible que Josefina ha acabado ahí? Esa pregunta se hicieron Malan y Alsancia, incrédulas. De repente, escucharon la voz de la mexicana saliendo de los altavoces, que, al principio, chirriaron y se escuchaba voces, aunque poco, de personas que le pedían que no tocaran el micrófono.

— ¡Déjenme, qué tengo que hablar con mi amiga! — Dijo primero. — ¡Alsancia-Lorena! ¿Me oyes? ¡Lo siento! ¡Te prometí cuidarte y mira lo que ha pasado! ¡Perdóname, por favor! ¡Ya voy para allá! —

Malan le dijo al personal que comunicará que ella se quedará dónde está y que ellas iban a recogerla. Después salieron a toda velocidad hacía al tren para Bogolyubov, que casi iba a salir. El de la taquilla hizo eso que le mandaron, pero descubrió sin poder evitarlo que Josefa salió corriendo a dirigirse hacía a Springfield.

Tanto una como las otras dos subieron en trenes, cada uno contrario con respecto a su destino. Y se dieron cuenta, cuando se cruzaron por el camino, mientras veían el paisaje.

— ¡Pero si es la lenta simpática! — Se dijo Malan cuando Alsancia la avisó, tocándole los hombros, de que Josefa estaba en el otro tren que acababa de pasar. Y ésta a su vez las vio y se pega al cristal gritando.

— ¡Alsacia! ¿Malan? — Se sorprendió de que ella estuviera con la napolitana pero no era el momento de preguntarse por eso. — ¡Estoy aquí! ¡Ya voy con vosotras! — Obviamente solo los pasajeros que estaban en su vagón escucharon esto, muy molestos.

Entonces se bajaron, cada una por su lado, a la estación más próxima para subir al otro. Y tras una hora de espera y luego de subir en el tren contrario al de su destino original, se vieron las caras de nuevo, quedándose cada una sin habla viendo cómo estaba pasando lo mismo, y podría haber una tercera pero Malan se dio cuenta de que hacerlo otra vez era perder el tiempo.

— Mejor quedémonos aquí esperando a Josefina. — Alsacia no estaba muy segura de eso pero la hizo caso.

Al final, tras otra hora de espera, las chicas se reencuentran con Josefina, quién llegó en tren. Tras verlas y tras abrirse las puertas del vagón, saltó hacía ellas, llorando como una magdalena, abrazándolas tan fuerte que las estaba ahogando. Todas se decían cosas inexplicables, por una parte, Malan y Alsancia intentado pedirle a la mexicana que las soltará, y ésta por su parte les pedía perdón y que se alegraba de verlas entre otras cosas, que apenas se le entendía por sus lloriqueos.

Al pasar el momento tan bonito del reencuentro, esperaban al próximo tren hacía a Springfield. Josefina protestaba:

— ¡Qué pedo! ¡Apenas tenemos dinero, lo hemos gastado casi todo! —

En ese momento las tripas de las chicas sonaron fuertemente, avergonzando a las señoritas, ni habían desayunado y estaba cerca de ser las cuatro de la tarde. Malan para distraerse de ese hecho miraba su laptop algo que le entró ganas de saber, el lenguaje de los signos. Tras ver un poco, empezó a practicarlo, en otras palabras, hacía signos y gestos con las manos.

— ¿Qué estás haciendo, Malan? — Le preguntó Josefina con extrañeza y a la vez curiosidad. También Alsacia se preguntaba qué estaba haciendo Martha.

— Pues como la paciente de Nápoles le es casi imposible comunicarse con nosotras, tal vez puede ser capaz de hacerlo con esto. —

Les mostró a las chicas lo que estaba viendo.

Alsacia sabía de la existencia del lenguaje de los signos y pensaba que era una pérdida de tiempo pero, al ver a Josefina a interesarse por eso e intentar hablar por las manos, las siguió. Entonces, las chicas pasaron un buen rato hablando ese lenguaje y la napolitana jamás fue más feliz que en ese momento. Por primera vez en mucho tiempo podría comunicarse decentemente sin necesidad de un papel y un bolígrafo y les decía cosas a las chicas que normalmente no podría decir. Era cómo acercarse a los viejos tiempos, antes de que fuera infectada por la terrible fiebre shelijoniana. Estuvieron tan concentradas en eso que perdieron el tren otra vez.

— ¿Sabes? ¡A Ojou-sama le encantará esta idea! ¡Seguro a que te obliga a aprenderlo! — Eso le decía Malan a Alsacia, cuando por fin estaban en el tren hacía la cuidad. La napolitana no la escuchó, se quedó dormida al igual que Josefina. Martha las dejó así hasta que llegaron a su destino.

Después de llegar, entre mendigar, es decir, pidiendo dinero para comida como si fueran vagabundos; y buscando el estadio, llegaban tarde al concierto.

— ¡Vamos, chicas! ¡Qué nos vamos a ver a los Sealands Boys! — Les gritaba Josefina a Alsacia y a Martha, aunque esta última no iba a entrar en el concierto, de todos modos.

Y lo que se encontraron al llegar no era lo que esperaban. Cientos de chicas adolescentes quemando coches policías y contenedores y peleándose entre ellas o con los agentes. Cientos de personas sin ningún motivo lógico se unían a la fiesta y de ahí, salió una “chica” siendo perseguida por una gran multitud. A pesar de llevar el pelo suelto, una camiseta rosa de Hello Kitty y unos pantalones vaqueros con medias de azul oscuro, supieron quién era: Mao, lo reconocieron por su voz.

— ¡Corred! ¡Maldita sea! ¡Corred, estas tipas están chaladas! —

Les gritaba, y ellas le hicieron caso. No era el tiempo para saber que, por alguna razón, Mao pudo ser capaz de cancelar el concierto e incluso haber hecho que los Sealands Boys decidieran separarse cómo grupo.

FIN

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La Luisiana, trigésima tercera historia

No recuerdo cuándo fue el día en que La Luisiana habría llegado a nuestra aldea, pero sé que era en plena estación de las nieves. Ninguno de nosotros podríamos imaginar que este inesperado visitante fuera capaz de crear tantos problemas.

No podré recordar la fecha exacta pero si gran parte de ese día. Toda la aldea salió para verlo. Desde la capital del Zarato nos traían un preso que había sido perdonado por la Zarina y que iba a pagar sus delitos en nuestro pueblo. Algunos protestaron, como mi hermano, al jefe. No queríamos delincuentes en nuestra aldea. Se prometió a vigilar sin descanso al huésped y al primer delito sería azotado.

Cómo dijo mi comadrona, fue todo un espectáculo. Estaba encerrado en una jaula sobre un carro de caballos. Lo primero que nos sorprendió es que era una chica. Lo segundo es que su piel era mucho más oscura que la nuestra, tanto que mi primo segundo me preguntó si la habrían quemado. Tercero, llevaba apenas un “Assua”, enorme trozo de piel de búfalo que solo tiene una apertura para el cuello; sin eso estaba totalmente desnuda y al ser algo tan fino la veíamos temblar fuertemente de frío. Cuarto, estaba encadenada. Y por último, cuando vio que la estábamos observando se puso cómo una furia, gritaba cosas inexplicables y movía con violencia las rejas. Parecía que estaba poseída por malos y terribles espíritus.

El pueblo, al ver esto, se asustó y por eso llamamos al chamán para tranquilizarla. Éste hizo hechizos y magias de toda índole para calmarla, pero no paraba de gritar y mover las rejas de forma casi aterradora. Al final, tuvimos que hacer ofrendas y le ofrecimos comida. Se calmó.

Yo estaba al lado del jefe cuando le dijo a los que trajeron al monstruo:

― ¿Y ahora qué quiere La Zarina que haga yo con esto? ― Eso les gritó.

― Sus órdenes son claras. Trabajo forzoso durante cinco años. Depende de ustedes de cómo será la pena. ― Les respondió.

― ¿Eso es todo? ― Añadió nuestro jefe, algo confuso.

― Sí. ― Y con esto dicho, se fueron.

A los días siguientes, con la chica encerrada en el calabozo, nuestro jefe se la pasó pensando qué trabajos le podría encargar a la vez evitando que ella   causara muchos problemas. Me dijeron varios vecinos que los carceleros no podrían dormir por las noches con la prisionera gritando y atacando todo lo que estaba en la celda.

Con el paso de los días, se tranquilizaba poco a poco y nuestro jefe, al ver que nadie del pueblo podría entender a aquella bestia, mandó una carta a La Zarina, pidiéndole que le trajera alguien que hablará el mismo idioma. Eso me dijeron algunas amigas de mi prima. Al final, se creyó que ignoró la petición, pero ella apareció en persona por sorpresa, junto con la heredera y otras dos personas más. Fue algo realmente inesperado.

También fue la primera vez que vimos a la mujer que gobierna nuestras tierras con puños de hierro y era realmente hermosa e impresionante. Lo mejor que la podría describir sería que ella brillaba más que el mismo sol. Se trajo a una chica de otra aldea que podría hablar el mismo idioma que la prisionera. Mis padres las acogieron en nuestra casa y me hice buena amiga de ella, cuyo nombre era Cammi Cammi Zoliars.

Es por ella que yo sepa tantas cosas de La Luisiana, ya que ella, además de traducir sus palabras, tenía que estar gran parte del día observándola, una orden que le mandó La Zarina.

La Zarina se quedó tres días en la aldea, y durante todo ese tiempo tuvimos una gran fiesta. Me divertí mucho y fue allí cuando empecé mi amistad con ella. Al irse nuestra querida majestad, se comenzó los preparativos para que la prisionera empezara con su pena, con Cammi traduciendo sus palabras.

Aunque lo primero que decidió el pueblo, era saber quién era esa misteriosa chica, nadie sabía nada de ella. Por eso, lo primero que le dijeron a Cammi para que tradujera fue quién era ella y cómo acabó así.

Tras decir esas palabras, la prisionera se puso como una furia y no dejaba de gritar como una loca. Cammi casi iba a salir corriendo del miedo. Al final, no fue la mejor conversación, pero pudo sacar algunas cosas.

― ¿Y qué dijo? ― Le pregunté a Cammi, después de que ella sufriera aquella experiencia.

― No lo entendí muy bien, pero ella dijo que era del exterior, y pues vino a aquí por razones que no quiere contar. Estuvo robando por los campos hasta que la pillaron. ― Aunque no dijo gran cosa, yo aluciné.

― ¿Del exterior? ¿Quiere decir que ella no es del Zarato? ― No me podría imaginar algo así.

― Eso dice. ― Y eso me respondió.

― ¿Y su nombre? ― A continuación, le pregunté cuál era su nombre.

― Lafayette. ― Me partí de la risa al oírlo.

Me hizo gracia el nombre, porque en nuestro idioma esa palabra significaba “rata”. Y a través de Cammi me enteré que, cuando lo supo, renegó de su nombre. Por otra parte, desde que supe que era del exterior mi curiosidad por ella creció mucho, deseaba saber más cosas del exterior, cómo era el mundo fuera del Zarato.

Su pena, al final, fue el de cuidar las ovejas del rebaño del jefe. Cammi fue obligada a acompañarla y yo me uní a ellas, a pesar de las protestas de mis padres. Cuando comenzó, la primavera ya había llegado.

― Desde ahora me llamaran La Luisiana. Diles eso a los putos de las aldeas. ― Dijo eso un buen día de repente, mientras buscaba por el campo una piedra perfecta para una lanza que estaba haciendo para matar lobos. Fue

― ¿Por qué? ― Le preguntó Cammi, sorprendida por esas palabras.

― ¡Es obvio, por favor! ― La gritó y esas palabras hicieron callar a Cammi, mientras seguía en su búsqueda.

Durante todo ese tiempo, yo llevaba observándola desde lejos, con temor. Podría decir que era altamente irascible, cualquier cosa la molestaba; no tenía paciencia con nada, siempre estaba enfadada; y se metía en problemas con la gente del pueblo y de afuera, superando en violencia y tenacidad a muchos de nuestros hombres. Por lo menos, se le veía tranquila a veces, cuando paseaba a las ovejas cada día y no le diriges la palabra.

Con el tiempo, su aspecto cambió radicalmente. Al ver su poca feminidad, la llamaban “Ehrinta”, una mujer cuyo espíritu es de hombre. Para acabar con las burlas se hizo pasar por chico. Se cortó su larguísimo cabello, vistió ropas masculinas y empezó a hablar como tal, pero todo eso fue en vano.

A pesar de que apenas hablaba con La Luisiana, ya que le tenía muchísimo miedo; me di cuenta de que cada vez hablaba mejor nuestro idioma. Yo siempre veía como hablaba con Cammi, siempre gritándola o insultándola; y yo le preguntaba a mi amiga muchas veces sobre ella. También le pedía que le preguntara cosas por mí. A veces me lo decía, otras no. Recuerdo cuando le pregunté esto:

― ¿Por qué se puso “La Luisiana!, Cammi? ¿Se lo preguntaste cómo te dije? ― Eso lo dije cuando ya estábamos en nuestra cama para descansar del duro día.

― Pues, dijo que sus familiares eran de Luisiana, y que le gustó el nombre, y fin del asunto. ― Me quedé preguntándome qué era ese lugar y en dónde estaba.

Aquella noche yo soñé con el exterior y desperté con cientos de preguntas. ¿Cómo era afuera, sería todo diferente al Zarato o más de lo mismo? Todas estas cosas me hicieron pensar durante tanto tiempo y un buen día, en el campo, me atreví a hablar con La Luisiana. Quería saber más del exterior.

― ¿Qué como es el exterior? ¿Afuera? ― Eso dijo cuando se lo pregunté y le respondí que sí. Ella quedó mirando fijamente el cielo.

― Pues… Es muy diferente a este lugar. Bueno, hay ríos, montañas, plantas, animales… Bueno, esas cosas están por todas partes. Pero hay cosas que nunca te podrías imaginar. ¿Tú has visto los carros de caballitos? Pues, ahí afuera hay carros que se mueven solos y están tapados. ― No me podría creer lo último que estaba diciendo.

― ¿Qué quiere decir que se mueven solos? ― Eso era imposible.

― No hay caballos que lo muevan, te metes en el carro, coges una llave, enciendes el motor, se mueve y te puede llevar a cualquier lado. ― No entendí nada.

― ¡No lo entiendo! ¡Por mucho que imaginé no sé cómo imaginarme tal cosa!! ¿¡Y cómo pueden moverse esas cosas así!? ― Mi mente estaba confundida, apenas podría crearme la imagen mental de lo que estaba.

― Lo he dicho, con un puto motor. ― Me gritó.

― ¿Un motorqué? ― Era la primera vez que oía eso.

― Una cosa que es un conjunto de cosas que se mueven cuando hechas restos de animales muertos de hace miles de años. ― Y me lo explicó.

― No entiendo… ― Pero eso, para mí, parecía absurdo.

― No importa. También hay edificios tan grandes cómo montañas. Cajas de hierro con la que puedes ver imágenes en movimiento, cosas con la que puedes comunicarte con personas que están muy lejos, maquinas que pueden volar, más cajas gigantes en dónde hace frío y en dónde guarda los alimentos y los puedes conservar durante meses… En fin, muchas cosas. ― Siguió explicándome cómo era el mundo exterior.

― Todo eso suena a fantasía. ¿De verdad existe todo eso? ― No me podría creer todo eso que estaba contando. Me costaba mucho imaginar todo eso que decía. Eso no parecía ser de este mundo.

― Pues claro que sí, idiota. Es que ustedes estáis viviendo cómo en la prehistoria, joder. ― Y entonces empezó a buscar entre su ropa algo. Cuando lo encontró, me lo mostró. Era algo que nunca había visto.

― ¿Qué es eso? ― Le pregunté. Miré fijamente a esa cosa. Era plano y con la forma de un rectángulo, eso es lo único que se me ocurre para poder describirlo, porque apenas tenía palabras.

― Es un teléfono móvil, de última generación. Con pantalla táctil y todo eso. Con puedes llamar a alguien que está en otro lugar entre muchas cosas. Podría funcionar si no fuera por qué no hay electricidad en este lugar. Y eso que tengo el cargador, en fin… Aquí, solo es un objeto inútil. ―

Le pedí que me dejara tocarlo y ella aceptó. Lo mire fijamente sin parar y lo tocaba por todas partes. Hasta el tacto era diferente con todo lo qué había visto en mi vida.

― Te lo regalo, a mí ya me sirve después de todo… ― Me dijo. Acepté encantada el regalo.

Cammi, quién estaba a lo lejos, se acercó y estuvo observando eso conmigo durante todo el rato. Era sin duda un objeto singular y lo guarde cómo si fuera mi tesoro. Intenté imaginarme el exterior pero no pude.

Durante los días siguientes solo hablaba y hablaba con La Luisiana sobre el exterior, a veces me decía que se cansaba una y otra vez de decir lo mismo. Un día me pregunté si ella echaba de menos su hogar.

― ¿Te gustaría volver al exterior? ― Eso le dije.

― ¡Sabes, allí fuera se vive muy bien, la vida no es nada dura y todo eso… pero prefiero esto. ¡Este lugar está hecho para mí! ¡Este es mi lugar, por fin lo he encontrado! ― Me dijo y luego se puso cómo un tomate y me mandó a callar. Me asustó en la forma de cómo lo dijo.

A mediados de primavera, ocurrió un grave pleito entre nuestra aldea y una vecina. Alguien estaba pastoreando sin permiso en nuestras tierras. Fue La Luisiana quién lo descubrió y lo que pasó es que le persiguió sin descanso y no paró hasta llegar la aldea vecina. No volvió hasta el día siguiente.

Al tercer día aparecieron nuestros vecinos a por La Luisiana y, de paso, querían arrasar nuestra aldea. Llevaban todo tipo de armas y estaban sedientos de venganza y sangre. Nosotros nos preparamos para el combate. El jefe estaba histérico por ella y quería solucionar esto por las palabras, pero no se pudo. El pueblo le preguntó a ella qué hizo y nos explicó lo que ocurrió:

― Vi al maldito desgraciado por quinta vez, paseando sus ovejas por las tierras de vuestro jefe y éste, al verme, salió corriendo y yo le seguí hasta llegar a su aldea. Entonces salieron los putos de ahí a decirme que me fuera o me iba a dar una paliza. Yo les dije que no me iría hasta arrancarle la cabellera, que es cómo castigo por entrar a nuestras tierras. El muy perro lo negaba una y otra vez, y los demás lo defendían. Así que hice cómo si me hubiera ido, me escondí y cuando llegó la noche, salí. Provoqué el mayor alboroto posible, poniendo a sus animales histéricos y esos capullos se distrajeron, mientras yo buscaba al subnormal. Lo busqué y lo encontré, completamente solo, entonces le ataqué y le corté la caballera, le robe sus ropas y le di una paliza de muerte. Después salí por patas de allí. ―

Por esa acción, ella habría sumido el pueblo en un terrible peligro. A pesar de todo, la defendimos y luchamos contra ellos. La Luisiana participó y demostró, sorprendiendo a tanto enemigos como amigos, su capacidad de guerrear y llegó a ordenar sobre los nuestros, sin que el jefe pudiera hacer nada. Al final, la aldea vecina abandonó la batalla, huyendo.

A pesar de que La Luisiana fuera la responsable, todos celebramos el triunfo y le dimos muchas vivas. Sentí cómo el jefe la miraba con mucha preocupación, como si fuera su rival. A los pocos días, los jefes de las dos aldeas se reunieron y decidieron poner fin al conflicto. Celebramos una fiesta por la reconciliación. Ella tuvo que pedir perdón por lo que hizo y el otro también, por haber invadido sin permiso los pastos del jefe. Además, le impusieron la condición de que nunca jamás pisaría a aquella aldea.

Desde ese entonces, el miedo y temor hacia La Luisiana se convirtió en admiración y aprecio del pueblo hacía ella, sobretodo, entre los hombres, que la aceptaron cómo si fueran uno de ellos. Hasta le preguntaban qué chica le gustaba, algo que le molestaba, porque decía que era heterosexual, palabra que nadie entendía, cómo muchas otras que soltaba.

Empezó poquito a poco a aprender el arte que nuestros guerreros nos habían heredado pero que, debido a los tiempos de paz, los estábamos olvidábamos. Fue admiraba por los sabios y se alegraban de que alguien intentará salvar el legado de nuestro pueblo. Incluso, algunos jóvenes estaban siguiendo sus pasos. Otros, se burlaban. En fin, todo esto estaba haciendo mella en el jefe, que empezó ver con muy malos ojos a La Luisiana. Ella lo notaba.

― El Papa Noel otra vez tratándome cómo si fuera una mierda. ― Esto lo dijo, un día, cuando entraba en el establo a coger las ovejas del jefe y cruzó su mirada con él.

― Pero si solo te ha mirado. ―Le dijo Cammi.

― ¡Pues vaya mirada! ¡Me mira cómo si me había violado a su mujer, quemado sus tierras y haberme comido a sus caballos! ¡Joder! ― La respondía entre chillidos.

La relación entre ellos dos empeoraba cada día, y por medio de Cammi, escuchaba historias de sus múltiples roces.

― Me cuesta mucho controlarla, sería capaz de aparecer un día en la cama del jefe y llenarlo de flechas la cabeza. ¡Lo odia a muerte! Y él intenta encontrar la manera de librarse de ella. ― Esto me decía un día, al no poder dormir nosotras debido al calor.

― ¿Tú crees que ella es capaz de hacerlo? ― Le pregunté.

― Creo que incluso quiere ir más allá, quiere ser jefe. Siempre habla de las cosas en nuestro pueblo serían muy diferentes con ella y veo en sus ojos, ambición de poder. ― Eso me respondió Cammi.

― Ella es una extranjera, jamás la aceptarán. Si lo dijera, sería el chiste más popular del pueblo. ― Le dije eso entre risas.

― No sé, pero ella es capaz de hacer cualquier cosa. ― Lo dijo con una cara tan seria que me dejó preocupada. Decidí cambiar de tema y me atreví a preguntarle algo incómodo para ella.

― ¿Tú fuiste exiliada de tu pueblo, no? ¿Cómo se siente al no poder volver allí? ― Eso le pregunté.

― Cometí un crimen… pero no quiero hablar de eso. ― Dejó de hablar por unos segundos, me sujetó las manos y me dijo: ― Tenerte a mi lado es suficiente, así que dejemos de hablar de esto, ¿vale? ―

Fue cómo una promesa, decidí no sacar el tema de nuevo y al dormir, volví a soñar con el exterior y con el terrible crimen de Cammi. ¿Qué es lo que hizo para haber sido echada de su pueblo, de su gente? La verdad es que es un poco fastidioso tener amistades misteriosas, tanto ella como La Luisiana, que no contaban muchas cosas sobre ellas.

Días después, llegaron a nuestro pueblo la noticia de que la Miliz había decidido llevarse a Lafayette cómo nuevo miembro.

La Miliz fue creado hace 15 primaveras por la Zarina, según me dijeron, es un grupo formado por los mejores guerreros de cada aldea para limpiar los caminos de malhechores y proteger las diligencias que cruzan nuestros campos. Según Cammi, su llegada fue toda una estrategia del jefe para quitarse de encima por un tiempo a La Luisiana, que al parecer ya le tenía mucho miedo y fue ayudado por otra persona más, la heredera de la Zarina. ¿Por qué? Ella no me lo quiso decir.

Eso me recuerda que ella siempre le escribía cartas a esa persona y nunca me decía su contenido, más yo no sé leer ni escribir. A todo el pueblo le parece eso una pérdida de tiempo y esfuerzo. Al final, me dijo la razón, fue salvada por la heredera de su crimen y a cambio, tenía que hacer un trabajo para aquella importante persona, mantenerla informada todo lo que hacía La Luisiana. Aunque le escondía algunos detalles, me pidió que no se lo dijese a nadie, tenía miedo de que fueran a por ella y la matarán o algo así.

La Luisiana se tomó muy mal la noticia de ir a la Miliz y se puso de muy mal humor. Eso solo fue al principio, porque ella, después de pensarlo detalladamente, se animó y deseaba empezar cuanto antes. Entonces, se fue a vivir entre camino y camino, luchando contra bandidos y animales que atacaban al ganado, a proteger diligencias y a mensajeros entre más cosas. Y quienes la conocían le sorprendían tanto su valor contra sus enemigos cómo su rebeldía frente a sus superiores. Aunque no duró mucho su tiempo su pertenecía en la milicia, ya que tuvo que volver pronto al pueblo y seguir cuidando del ganado de nuestro jefe. Según Cammi, él la trajo de vuelta, al ver que estaba ganando prestigio e iba a subir puestos en la jerarquía. Su plan se volvió en su contra, odiándola como nunca. Lo que no sabía es que allí Lafayette descubrió el secreto de nuestro jefe.

La Luisiana se lo dijo a Cammi, quién no se lo podría creer, y me lo dijo a la noche:

― ¿Sabes? La Luisiana dice que el jefe es en realidad es un bastardo. No lo dice cómo insulto, sino que su padre, que en paz descanse, no lo es en realidad. ―

Yo tampoco me lo creía. Un bastardo llevaba seis primaveras gobernando, le dije que podría ser una invención suya o algo así, por que era imposible.

No hay peor deshonor que ser el fruto de una relación que está fuera de la unión entre un hombre y mujer. No importa cuál lado es, eso es una grave traición y nosotros pagamos caro esas cosas. No matamos a los hijos solo para recordar al traidor lo que hizo, pero estos se vuelve un completo paria, nadie se casaría con él y ninguno le daría trabajo, más que nada para no mancharnos con eso. ¡Si el jefe fuera un bastardo, todo el honor del pueblo quedaría entredicho! ¡No solo por el hecho de serlo sino por el hecho de esconderlo! ¡Él y toda su familia serían expulsados!

Por eso, al día siguiente, le pregunte a La Luisiana si eso era cierto.

― ¡Ja! ¡Puedes creer o no, pero a ese gordo se le ha puesto la piel de gallina cuando se lo dije! ―

Entonces, allí nos explicó que ella se fue a su casa y le contó todo lo que sabía de él, llevando un rifle por si acaso y lo encontró en su cuarto. Tras decirle eso, éste quedó aterrado y le dijo que todo lo que decía era mentira, pero, al final, La Luisiana le mostró algo que no nos dijo exactamente qué era, pero que le hizo confesar, incluso, le obligó a hacerlo por escrito y nos mostró el papel.

― ¡Es verdad! ¡Oh, dios!  ― Lo dijo Cammi, tanto yo como ella nos quedamos en stock. La Luisiana nos miraba triunfante. A mí me entró un terrible presagio de que algo muy malo iba a pasar. No nos dijo cómo consiguió la información.

Desde entonces nuestro jefe quedó atrapado entre las manos de la Luisiana. Al poco tiempo, pudo obtener casa legal, ya que vivía en la granja del jefe, entre los caballos; y poquito a poco obtuvo otros privilegios, como poder comer carne todos los días, tener un caballo e incluso un salario de tres zaramilles por semana, que es la moneda de nuestra aldea y de las de alrededor. A él, le sentía fatal hacerla caso pero si no lo hacía, ella haría descubrir la verdad y caería en desgracia. La Luisiana nos obligó a las dos no decir la verdad a nadie más o si no nos iba a matar.

Esto pasó, cuando comenzó el verano, mientras mis padres me preparaban para celebrar mi “Asholoteta”, se tejía poquito a poco la tragedia. Sobre eso, recuerdo que La Luisiana me dijo que su equivalente más cercano en el exterior era el cumpleaños, aunque la diferencia entre ambas es que no se celebra tu nacimiento cada año, sino el paso de ser niña a adulta.

Cammi estuvo en aquellos días, más que nunca, entre la espada y la pared. Por una parte, el jefe le obligaba a escribir varias peticiones a la heredera de la Zarina, para pedirle una solución; ocultándolo de La Luisiana, ya que podría acabar muy mal. Además, le pedía que cogiera el documento de su confesión en secreto y destruirlo.

Por otra parte, por miedo a La Luisiana, le ocultaba varias cosas a la heredera. En fin, estaba atrapada en el ojo del huracán y se le notaba.

― ¡Ayuda, ya no puedo más! ¡No sé qué hago yo ahí! ¡Yo no tengo nada que ver con todo esto! ― Me lo decía una noche, entre lágrimas. Yo lo único que supe fue abrazarla fuertemente, me sentía muy mal por no poder ayudar, pero no sabía cómo sacarla de ahí ni tampoco deseaba yo quedar atrapada en eso.

La tensión entre el jefe y La Luisiana llegó a ser tan ardiente cómo el fuego, que llegó al extremo de que empezaron a preparar una conspiración para matarla.

― ¿En serio? ― Eso grité yo, muy sorprendida, un buen día.

― Sí, la heredera y el jefe quieren matarla, en sus cartas están decidiendo ya cómo la van a matar sin que el pueblo y la Zarina intervengan. ― Esto me dijo Cammi al oído, mientras estábamos a punto de acostarnos.

Yo me quedé sorprendida y aterrada, preguntándome cómo podría terminar todo esto. Me dio pena La Luisiana y hasta tenía ganas de salvarla. No es una buena persona pero la apreciaba, Cammi pensaba lo mismo e incluso decidió intentar la forma de evitar su asesinato sin que los otros se diesen cuenta. Nunca encontró el momento oportuno, porque un buen día la dispararon. Pero no terminó cómo esperaban ellos.

Según lo que le dijo La Luisiana al pueblo, mientras pastoreaba, vio a alguien que le estaba espiando desde lejos, hizo como que no vio nada y subió al monte dónde estaba aquel. Cuando lo sorprendió, lo atacó, éste le disparó varias veces, los esquivó y lo atrapó. Luego, a nosotras nos contó que cuando lo descubrió ya le estaba disparando. Nos trajo el atacante, era un paria de nuestro pueblo. El jefe intentó que ella le soltara, diciendo que un extranjero no debía tratar así a uno de los nuestros. En realidad, quería evitar que hablase y que les dijese a otros que él le obsequió buenas recompensas si la mataba. No pudo evitar la confesión y todo el pueblo quedó de piedra.

Entonces, fue el momento estelar de La Luisiana: ― ¿Todos vosotros se preguntarán por qué me ha querido matar? ¿Por qué a una extranjera como yo, que ya era casi como uno de los vuestros? ¡No es por envidia! ¡Es porque esconde un secreto que yo sé! ¡Ustedes deben saber la verdad! ¡La verdad de vuestro jefe! ―

Entonces, él saco el rifle e intentó matarla, pero ella lo esquivó y fue a por él. El pueblo se quedó mirando, perplejo, la lucha entre ellos y no entendía lo que estaba pasando. Al final, con el jefe destrozado, reveló el secreto ante todos.

La esposa de nuestro antiguo jefe tuvo una aventura con alguien del pueblo vecino, y no pudo evitar que su esposo lo descubriera. Pero, en vez de ser apaleada hasta la muerte y matar al niño que llevaba entre sus entrañas, el padre decidió ocultar toda la historia y conservar al hijo. Esto se lo confesó el verdadero padre a La Luisiana, que fue su superior en La Miliz por un corto tiempo, ya que murió cayendo por un barranco. El pueblo se conmocionó fuertemente por la noticia y todos deseaban apalearlo. Habíamos sido deshornados fuertemente pero ella siguió hablando.

― ¡Esperen! ¡Esto hay que hacerlo de otra forma! ¡Debemos matarlo en secreto! ¡Sin que nada salga de aquí, así es cómo nadie sabrá que nos ha deshonrado! ―

Su propuesta causó gran alboroto en el pueblo, unos decían que debíamos a hacerlo, otros que, de todas maneras, estamos deshornados y no tiene sentido ocultarlo. Al final, la mayoría aceptó por la primera y La Luisiana les convenció de que ella fuera su ejecutor. Nos obligaron a Cammi y a mí acompañarles, y al día siguiente fuimos los cuatro, sin nadie más a matarlo en lo más profundo de las montañas.

Estuvimos durante medio día hasta llegar a lo más alto de una montaña, cerca de una garganta y un collado. Allí, con el jefe encadenado, ella le ponía el rifle en la cabeza y entonces empezó a hablar:

― ¿Ajusticiarlo por ser bastardo no es algo estúpido, no creen? ― Eso nos dijo, dejándonos muy sorprendidos, ya que fue ella misma quién lo propuso. Seguía hablando.

― Él no es culpable de la aventura de su madre, ¿por qué le vamos a matar a él  y no a ella? Los bastardos no deberían ser tratados de este modo… Si yo fuera jefe les haría cambiar de idea. ― Vimos en su cara rabia, cómo si recordará algo que le dolía muchísimo.

Todos le replicamos que ella fue quién propuso eso. Entonces lo desató, aunque siguió apuntado su arma contra él.

― Lo ajusticio porque ha intentando matarme. ¡Y ahora vete de aquí! ― Eso gritó, para nuestra sorpresa.

― ¿Cómo? ― Es lo que todos dijimos.

― ¿Ves ese estrecho collado? Pues ahí está el exterior, por qué estamos en los límites del Zarato. ¡Si quieres vivir, huye por ese lugar y nunca vuelvas más! ¡Y si lo haces, bam! ¿Entiendes? Nosotras diremos que te hemos matado y hemos tirado tu cuerpo al fondo. ―

― ¿Irme del Zarato? ¿De mi tierra? ¡Jamás! ¡El mundo exterior no es para un indio como yo! ― Le gritó.

― ¿Cómo sabrás tú lo que hay fuera si nunca has salido? ― Y le replicó La Luisiana.

-Me lo dijeron mis abuelos. Antes de existir el Zarato, nuestros pueblos vivían bajo el poder de los ruskis. No aceptábamos su control y luchábamos varias veces contra ellos. Pero fueron mejor que los que llegaron después de ellos, los useños. Nos quitaron nuestras tierras, nos trataba fatal, éramos despreciados y despechados en sus enormes aldeas, repudiábamos sus inventos diabólicos e íbamos a desaparecer cómo pueblos hasta que llegó ella…  ― Eso nos gritaba el jefe.

― ¿La Zarina? ― Le preguntó Cammi.

― Sí, ella nos prometió tener tierras propias si nosotros la aceptábamos como nuestra suprema líder, y con su enorme poder lo consiguió. No nos va tan mal y aunque muchos se rebelen, es nuestra gran salvadora y la fundadora de esta gran nación que es el Zarato. ― Eso dijo, antes de rendirle homenajes a nuestra magna reina.

Me pregunté si era tan horrible el exterior cómo decía él y me entraron ganas de aventurarme por el collado y verlo con mis propios ojos. Pero sentía que si hiciera eso, perdería cosas que quería cómo mi pueblo, mis padres y Cammi. Entonces, La Luisiana empezó a hablar en voz alta.

― Siempre me pregunté por qué este lugar siempre es tan misterioso. Nadie de afuera sabe lo que pasa realmente aquí, ni tampoco nadie entra aquí. Es un milagro que salga una noticia sobre el Zarato y muchas más cosas. Esto es incluso más exagerado que los putos coreanos, pero… ¿Por qué tato secretismo? ―

Todos nos quedamos en silencio, menos Cammi que le dijo que ellos no sabían la respuesta a eso, que los que saben son los de exterior, no nosotros. Le replicó.

― Estoy reflexionando, joder. Es que todos ustedes quieren vivir aislados de todo, eso es todo. ― A continuación, ella con el rifle le zarandeaba al jefe para que se levantara y se fuera. ― ¡Y ahora camina! ¡Nadie creerá tu historia de todos modos! ―

― ¡Jamás, antes muerto que cruzarlo! ― Le grité el jefe.

Y entonces vimos con horror cómo le disparaba en la cabeza al jefe, fue horrible verlo, cómo le salía sangre por la cabeza. Cammi se desmayó.

― No se pongan así, es esto lo que ha elegido él, en fin… ¡Le di una oportunidad y lo ha perdido! ¡Fin del asunto! ― Lo dijo con una frialdad que me hacía entrar ganas de vomitar y mientras ella tiraba el cuerpo, yo intentaba despertar a Cammi. Cuando terminó esa tarea, nos dijo:

― ¿Quieres que la llevé encima? ¡Quiero volver a casa cuánto antes! ― Eso me gritó.

― ¿A casa? ―Yo le pregunté, sorprendida.

― Sí, en nuestra aldea, esa que está en los límites de mi tierra, que es el Zarato. ¡Porque este es el lugar que buscaba! ¡Y estaba delante de mis narices! ― Lo dijo con una sonrisa que nunca presencié. Era una muy sincera. Un constante muy fuerte con la frialdad de hace unos segundos.

FIN

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