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La Flor de África, vigésima segunda historia

¿Qué favor quería pedirme? Eso es lo qué me preguntaba cuando vino la maldita de Nadezha a molestarme. Me quería pedir algo, pero, al final, de algún modo habíamos acabado viendo los videos que tiene ésta sobre su novio. Debo de pedirle las gracias a Josefina, ya que fue la que quería ver eso.

— ¿Qué es lo que tienes, Nadezha? — Le pregunté al fijarme en esos dvds que llevaba en una bolsa, después de que ella entrará en mi casa.

— Pues son las grabaciones de cuando Vladimir estuvo en Moscú. — Eso me respondió mientras me los mostraba. Yo le pregunté por qué las trajo, pero Josefina saltó:

— ¡Quiero verlo! — Eso le gritaba, deseosa de ver eso. Y así pasamos cinco horas, de puro aburrimiento y sufrimiento, sobre con una Nadezha que no dejaba de hablar de su pequeño novio, ni por un segundo, sin mencionar que eran pareja. Gracias Josefina. Cuando la tortura se terminó, me acorde de eso y se lo pregunté:

— ¡Todo muy bonito, pero…! — Ironicé. — ¿A qué has venido? —

— ¡Es verdad! — Lo dijo muy sorprendida, como si se olvidó de eso. — ¡Necesito que te encargues de una niña estúpida que está creando muchos problemas a mi Vladimir! — Se puso a gritarme furiosamente, cómo si yo fuera el malo.

En fin, al parecer una niña se le confesó hace un mes al novio de ésta, y cómo le es fiel, pues la rechazó y ella no se lo tomó muy bien. Ahora le hace la vida imposible y Nadezha quiere parar eso, pero parece que prometió al muchacho no meterse, y no se le ha ocurrido mejor idea que pasarme el muerto a mí. Mientras escuchaba su historia, di un suspiro de molestia, porque no quería que me metiera en sus problemas, ya tenía suficiente con lo mío.

—…tú solo tienes que darle su merecido a esa perra. No matarla ni mandarla al hospital ni nada parecido, solamente enseñarle muy bien que no va a salir bien parada si sigue metiéndose con mí querido Vladimir. ¡Ni hablar! — Y le dio un buen golpe a la mesa, tanto que parecía que lo iba a romper, mientras ponía una cara de enfado que asustaba a Josefina y a Diana, quienes se quitaron del medio por el miedo.

— ¡Oye, mi mesa! — Mi pobre mueble no se merecía eso.

— ¡Esto no es nada comparable con lo que está sufriendo mi Vladimir! — Y le dio otro golpe a mi mesa mucho más fuerte que el de antes.

— ¡Tranquilízate, por Buda! — Le grité. Esa mesa era de muy buena calidad, y la muy desgraciada iba a romperlo. Un poco más, y iba a levantarlo y tirarlo al suelo, pero pude evitarlo. Tras estar un buen rato respirando e inspirando, parecía que se había calmado un poquito y le dije:

— ¡¿En serio, por qué yo!? ¡No soy una matona! ¡Búscate a otra, por favor! — Eso le dije con toda mi sinceridad, realmente no quería que me metiera en su estúpido problema y se lo dejé bien claro.

— Si he pensado en ti, es porque tengo algo que te va a interesar, y mucho. — Me dijo eso, y era verdad, porque me mostró algo que valía un buen precio en el mercado y cambié radicalmente de idea. Se sacó una pistola vieja del bolso que llevaba me lo mostró. Eso casi me dio un susto de muerte, al principio, si les digo la verdad.

— Es una verdadera pistola de percusión Colt Rocket de 1849. Esta…—  Entonces, me empezó a contar un rollo, mientras yo me acercaba a ella para observarlo mejor.

— Ya me sé su historia, ahora déjame comprobarlo por si es de verdad. —  La interrumpí, mientras le pedía con la mano que me lo diera.

— Yo ya hice el honor, y llame un experto, y me lo dijo, ¡es auténtica! — Y me dio un papel, un certificado de autenticidad por un supuesto experto, que explicaba que había pasado la prueba y me daba información para que yo lo descubriera y su firma. No me podría negar la verdad, me la iba dar sin darle ningún dinero a cambio y esa cosa costaba mucho, mucho en el mercado, o eso escuché. Solo faltaba una cosa.

— ¿Y funciona? — Eso le pregunté.

— Sí. — Confié en ella. Y eso subía aún más el precio y sentía, quiero decir, tenía que tener esa pistola en mi tienda, sí o sí.

— ¡Trato hecho! — Cuando se trata de negocios, sobretodo muy suculentos, Mao olvida sus diferencias con los demás, aún si se tratará de Hitler.

El nombre de la chica a tratar, según la información de Nadezha, es una niña de 10 años, y como tal está en primaria, en la misma clase que el novio de la asaltacunas. Es buena en todas las asignaturas, siempre con jodidos dieces. Tiene la tarde muy ocupada, o se va a tocar el piano o a hacer ballet o a artes marciales. Su madre es una ama de casa y su padre es un investigador o algo parecido de una universidad de Sudáfrica, que vino a trabajar en esta ciudad. Sus ingresos son los típicos de una clase media alta, le han nombrado alumna de honor de su escuela y ha estado de intercambio por un año en Bruselas. Aparte de todo eso, era rubia, y una de las más altas y con más pecho de su clase; también es muy popular. Cuando leí todo eso solo se me vino la mente una cosa, parecía ser la niña perfecta. Tal vez demasiado para ser verdad. Y todo eso parecía extraño, ya que no parecía ser una persona problemática, para que vaya fastidiando a Vladimir.

— ¿Entonces, por qué alguien como ella le está haciendo la vida imposible al Vladimir ese? —  Eso me pregunté muy intrigado, después de que la molesta de Nadezha se fuera, mientras estaba revisando toda la información que me dio.

Según esa información, Nadezha descubrió quién era la que se había introducido en las redes sociales del chico para poner cosas feas, la que le robaba cosas de su mochila para tirarlo a la basura o a la calle, la que le tiraba su mesa al suelo cada día por la mañana entre otras cosas impropias de una señorita; y esa persona era alguien que parecía ser muy perfecta. Y la razón es que Vladimir la rechazó, después de confesar sus sentimientos.

— Porque es una mujer. — Entonces, Jovaka entró al salón, ya que yo estaba solo, mientras pronunciaba estas palabras. Me dio un pequeño susto, solamente.

— Esa es tu respuesta para todo. —  Eso le repliqué, mientras ella se sentaba a mi lado y empezará a observar la información de Nadezha.

— Meh. Lo que le pasa es que es la típica puta que quiere conseguir todo lo que quiere y si no, pues pasan cosas como estas, ya que después de todo es la señora perfecta. Además, de que cuando una mujer se gana un enemigo no parará hasta machacarlo. De todas formas, siempre lo he dicho, o todas putas o arpías. — Me encantaría quitarle esas ideas estúpidas de la mente. No es mala chica, solo que tiene la cabeza llena de tanta tontería.

— Gracias por esta sesión de odio y misoginia. — Le dije, algo molesto.

—  Por cierto, ¿Qué le vas a hacer? ¿Le vas a pegar, no? ¡Yo quiero ver eso! — Me soltó esto, a continuación, muy animada. Para ella eso era todo un espectáculo.

— No soy una matona, por dios…—  No le iba a dar ese gusto. — Le intentaré convencer a través de las palabras y la manipulación. —  Eso era mi plan.

— Mientras la humilles y la dejes en su sitio, iré contigo a verlo. — Eso soltó, más animada que de costumbre y yo casi solté un grito, diciéndole que no. Por nada del mundo iba a llevarme a Jovaka, ya que salir con ella es como pasear con un psicópata o un paranoico, y que tiene como enemigo a una mitad de la humanidad; y si aquí ya me da muchos dolores de cabeza, afuera es peor. Intenté librarme de ella, pero fue imposible. Se puso muy terca.

Y tres días después, aprovechando que la chica iba de su colegio hacía su escuela de ballet, salí para encontrarme con ella. Y por desgracia, tuve que dejar a Jovaka que fuera conmigo, quién estaba aferrada a mí como una ostra y gritaba o amenaza a cualquiera mujer que se acercaba a nosotros. Al llegar al camino en dónde supuestamente esa niña recorría, todos los días, miraba una y otra vez la foto que le hizo la rusa y observaba a cada uno de los transeúntes que pasaban por ahí. Pensaba, mientras tanto, que Nadezha sería una buena espía.

Al poco tiempo, me la encontré. En verdad, fue muy fácil. Mire la foto para comprobarlo y empezamos a seguirla y cuando entró en un parque fue el momento perfecto. Me la adelanté todo lo que pude y me senté en un banco, sin que me viera y con la molesta de Jovaka escondida entre los arbustos.

Podría ser un problema llamar su atención, así que prepare un numerito para acercarme a ella. Mi actuación comenzó cuando pasó al lado mío.

— Perdona, chica. ¿Puedo preguntarle algo? — Eso le dije.

— ¿Es a mí? — Giro la cabeza hacía a mí.

— Sí. Estoy buscando a alguien. ¿Conoce a una tal Martha Malan? — Le pregunté. Ese era su nombre, y por supuesto se sorprendió. Tardó unos segundos en decir algo.

— ¿Qué quiere una japonesa de mí? — Me sorprendió un poco de que supiera de que yo era japonés, ya que muchos me dirían que soy un chino. Bueno, en realidad, soy un extraño mestizo entre esos dos países.

— ¡No te preocupes, solo hablar, solo hablar! —  Me miró con una cara que demostraba que tenía una total desconfianza hacía mis palabras.

— En fin, ¿Conoces a un tal Vladimir? — Le pregunté.

— ¿V-vladimir? — Se puso un poco nerviosa. — Pues conozco varios, tres o cuatros, por lo menos en mi clase. No sé a cual te refieres… — Noté que estaba esquivando la pregunta. Me quedé en silencio, intentando pensar en cómo era el apellido del novio de Nadezha, y entonces me acordé de que no lo sabía. Tenía que usar otros métodos, para describir al niño ese.

— Pues verás, el Vladimir ese, al que yo me refiero es un niño, eso es lógico; y es albino, con el pelo blanco como los ancianitos, y…y…— Intentaba describirlo, pero no se me daba bien eso.

— Y-yo no tengo ninguna relación con esa persona ni nada de nada ni le he hecho daño. — Me interrumpió.

— ¡Ah sí! ¡Entonces quién le ha estado haciendo jugarretas desde hace algún tiempo solo por la rechazó no eras tú! ¡Ah, menos mal! — Yo le solté todo esto con toda la burla del mundo y en su cara se podría ver su culpabilidad, a través de su rostro se veía cómo se sentía acorralada.

— ¡Espero que no insinúes nada grave! ¡Y-yo apruebo todas mis asignaturas con dieces, hago las tareas de mi hogar y mi trabajo como buena ciudadana y alumna; soy querida por mis compañeras, puedo explicar de tema el día a día de las cebras sudafricanas, en fin…—  Descanso un poco de tanto hablar. — ¿Cómo puede una chica como yo hacer esas cosas? ¿Cómo explicas eso? — La muy niña me señaló con el dedo.

— Eso es lo que se pregunta su novia. — Le dije esto y se quedo aún más sorprendida.

— ¿Qué cosas dices? ¡¿De qué novia hablas!? Yo pensaba que él no tenía… — Se puso muy nerviosa y cuando se dio cuenta de lo que estaba diciendo, se tapo la boca.

— Nadezha, su novia, está muy enfadada contigo, sabe lo que le estás haciendo con su…— Yo, por mi parte, le seguí hablando.

— ¿Cómo puedes saber ese dato? Yo he estado en sus contactos de sus redes sociales y no he visto eso. — Pero me interrumpió pero se tapó la boca de nuevo, cuando se dio cuenta de que metió otra vez la pata. Yo me reí.

— Ya, confiésalo. — Ya me estaba cansando de este asunto.

— Sé mentir muy bien, si hoy no ha sido así es porque estoy cansada del ballet. Y por otra parte, quién se va a creer que alguien como yo puede hacer esas…— Otra vez se calló y volvió a hablar: — ¡¿No tendrás un micrófono ahí, no!? ¡Estás violando mi intimidad al hacer esas cosas! —  Me señaló otra vez con el dedo.

— ¡Vamos, no he traído nada de eso! ¡Solo he venido a que cambies de actitud, solo eso! ¡Deja en paz al chico y ya está! — Eso le replicaba, mientras me preguntaba si creía que yo era alguien el FBI o algo así, por el estilo.

— ¿De verdad? — Me preguntó, dudosa, mientras se sentaba en el banco. A continuación se puso a explicarme cosas:

— A decir verdad, no sé cómo puedo explicar eso. Me propuse declararme a él solo porque pensaba que al yo ser popular, tenía que salir con otra gente popular, y él lo era bastante; pero al no conseguirlo…— Entonces, se levantó e intento emular que podría atrapar el sol. Ahí me di cuenta que estaba actuando como si estuviéramos en un teatro.

— Fracasé, fracasé y solo fracasé…Y mi corazón africano se lleno de rabia y frustración. No sé cómo, pero la maldad pudo conmigo y empecé a hacer esas cosas horribles, es…es…cómo si el diablo me hubiera poseído… ¡Pero no te creas, yo soy atea y con mucho razón! — Parecía tan exagerada que me hacía gracia.

— ¿Por qué lo estás dramatizando? — Eso le pregunté.

— Para demostrarle lo muy arrepentida que estoy. — Esto me respondió. Después, se quedó pensativa unos segundos, y me preguntó esto: — ¿Y qué hubiera pasado si sigo haciéndole daño? —

— Pues su novia aparecerá y te hará comida para osos. — Yo le soltaba esto, mientras intentaba imitar a Nadezha, haciéndola parecer como si fuera un monstruo.

— ¿T-tan peligrosa es? — Ella se puso a temblar de miedo, y no pude evitar exagerarlo aún más.

— Demasiado, es un ex-agente del servicio de inteligencia rusa, conocida por sus métodos crueles y horribles y ha luchado contra osos y terroristas, ya ha matado a varios presidentes de varios países, ha sobrevivido en la Antártida y come pingüinos. — Ya que estoy, aproveché y le ponía verde a ésta.

— ¿N-no crees que estás exagerando? — Intentaba parecer cómo si no creyera en mis trolas, aunque en el fondo si lo hacía.

— ¡De verdad, mujer! — Eso le soltaba, mientras me reía mentalmente.

— ¡Le prometo que dejaré de hacer el mal! ¡Lucharé contra mis malos sentimientos! —  Entonces, me cogió de las manos y se dirigió a mí como si yo fuera la víctima de sus actos. — ¡Porque el mundo necesita a un genio cómo yo! ¡No puedo poner mi vida en peligro tontamente! — Eso sonó tan narcisista. Y tras decir esas cosas, cambió de tema radicalmente:

— Pues, hablando de otras cosas, ya que seguro que le interesa saber más cosas de mí. Nací en un marzo de hace diez años, en las llanuras de Sudáfrica, siendo hija de afrikáners, alguien de tu edad debería conocerlos por lo del apartheid. En fin, mi padre se cansó de ser granjero y quiso hacer su sueño realidad, ser científico, un investigador; y si que lo hizo; y estudiando en la universidad de Johannesburgo, la ciudad más grande y poblada. Allí conoció a mi madre, también boers; y formaron una pareja tan linda y perfecta, que a los pocos años la naturaleza les dio un milagro de Dios, con el nombre de Martha…— Eso solo sería el inicio de su larga charla.

De repente, empezó a hablar de su propia vida y era como escuchar a Josefina, más bien, a algo peor que ella, ya que ésta hablaba con una vanidad y narcisismo que apenas podría soportar. Mientras tanto en la lejanía, otro elemento, Jovaka me estaba dando señas para que le diese el puñetazo de su vida. La ignoré, por supuesto.

— ¿Ya has terminado? — Eso le pregunté, cuando vi que ella terminó de contarse su vida.

— Ahora le toca a ti. — Yo puse mala cara, al escuchar eso.

— Me llamó Mao. — Solamente dije eso.

— Así que te haces la misteriosa. — No iba a decirle de que no tenía ganas de hablar sobre mi vida a ella. — Tal vez, yo debería hacer lo mismo…— Entonces, se levantó del banco y me dijo esto: — No importa, tengo que irme a casa, tengo un horario que cumplir. —

— Espero que guardes esto…— Eso me decía, antes de irse corriendo. —…como un secreto, todo mi trabajo quedaría arruinado si la gente escucha estas cosas, y si quieres a alguien inteligente y con variedad de temas, ¡me tienes a mí! — Le quería decir que gracias, pero no. Ya tenía suficiente por hoy.

Y se alejó, y en el momento más oportuno se cayó en mitad de la carretera, de una forma muy torpe. Yo me levanté y me acerqué a ella, para ayudarla a levantarse, mientras suspiraba. Entonces, por el carril en dónde estaba esa chica, iba un camión y, gracias a mis rápidos reflejos, me di cuenta de que el conductor iba dormido y aquella niña, que estaba en medio, se quedó paralizada, en vez de salir corriendo.

— ¡Oh, mierda! — Eso grité, mientras salí corriendo hacia ella, todo lo que pude e instintivamente. Pude alcanzarla en pocos segundos, en una carrera que casi me iba a dar un ataque de corazón: la cogí y la llevé con unas fuerzas inhumanas a la otra parte de la calle. El camión, por su parte, a quién me iba a atropella era a mí, ya que se chocó en el lugar en dónde estaba yo, destruyendo un pared de ladrillos que separaba el parque de la calle. De todos modos, lo importante es que habíamos salido con vida.

— ¿Estás bien? — Le pregunté y le miré a la cara.

A pesar de haber estado de estado cerca de la muerte, me miraba con una cara que me costaría mucho describir, salvo si dijera que era cómo si se hubiera enamorado. Un indicio es que su cara estaba como un tomate. Esa mirada me hizo alejarme un poco de ella.

— Mi príncipe azul…— Empezó a darse tortas en la cara, como si intentaba despertarse. — ¡No! ¡Mi princesa…! ¡No, mi Izanami! ¡Mi Izanami me ha salvado! —

Sus ojos parecían brillar mientras me observaba, a la vez que yo me preguntaba cuál era la razón de que me estaba comparando con aquella diosa, qué le pasaba. Entonces, se acercó a mí y me cogió otra vez de las manos.

— ¡La selección natural te ha hecho para protegerme! — Realmente no sabía de qué estaba hablando.

— ¡Gracias de todo corazón, el mundo te lo agradecerá! — Su cara brillaba y quemaba más que el mismo sol. Eso no era buena señal.

— ¡Y te voy a hablar bien, de este gran gesto se lo diré a mis padres, a mis compañeros, a mis profesores, a mis futuros seguidores y compañeros de trabajo, y hasta cuando reciba el premio Nobel! — Me preguntaba una y otra vez qué había hecho yo, porque no era normal esa reacción que me estaba mostrando. Solo la había salvado, nada más.

Por lo menos, todo terminó bien. Conseguí que dejara en paz a Vladimir, Nadezha ya podría respirar tranquila y a esa chica no le pasó nada grave; y yo pude obtener aquella preciosidad de pistola para mi tienda. Así todo estábamos felices, salvo Jovaka, que llevó unos cuantos días molestas conmigo porque me olvide de ella y la dejé sola en el parque.

Aunque la tranquilidad no iba a durar mucho, porque, dos semanas después de aquel incidente, recibí una gran sorpresa. Yo estaba tan tranquilo en el salón, mirando la tele con Clementina y su hija, cuando Leonard me llamó:

— ¡Gerente, aquí hay alguien que está preguntando por usted! — Eso me dijo y yo me levanté, mientras me preguntaba quién era la persona. Fue toda una sorpresa, cuando me di cuenta de que era aquella niña.

— ¡Ohayo gozaimasu! No sé si me reconocerás, Ojou-sama, pero soy Martha Malan. —

La situación me dejo algo perpleja. Tenía a la chica del otro día delante de mí, llevando un yukata parecido al que yo usé aquel día, uno rosita con estampas de flores de cerezo; con el mismo peinado que usaba y estaba haciendo una reverencia mientras se arrodillaba y me llamaba Ojou-sama. Es verdad que se veía bien linda pero la situación, de alguna manera se me hacía chocante, algo aterrador; y se me hacía algo a lo que no sabía con que reaccionar.

Así es como Malan empezó a frecuentar mi pequeña vivienda y nos convertirnos en “amigas”. Una más que se pasea por mi hogar como Pedro por su casa.

Y su aparición ha provocado que esté ahora mismo en una situación peculiar. Tengo a la maldita de Nadezha gritándome por qué me he hecho amiga de la niña que le hizo por un tiempo la vida imposible a su amado, a Josefina, a Leonardo y a Malan intentando separarnos; a Clementina intentando tranquilizar a su hija, quién está llorando por el griterío; a Alsancia-Lorena sin saber qué hacer y a Jovaka mirando de mala ganas a través de las sabanas que escondían el enorme agujero que hay entre su habitación y mi salón. Me siento como si fuera el protagonista de un harem, el cuál había aumentado con ella como nueva integrante. No sé si esto es bueno o malo.

FIN

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