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A 10 kilómetros de Springfield, vigésimo cuarta historia

Miré mi móvil por quinta vez y aún no había cobertura. Lo cerré, convencida de que no servía de nada esperar alguna señal, y me puse a preguntarme una y otra vez cómo pude acabar en mitad de un profundo y aterrador bosque, muerta de frío, en una cuneta de una carretera. Giré mi cabeza hacia al coche, viendo como unas señoras, mayores de treinta años y completamente borrachas, estaban durmiendo plácidamente. Yo soy la única sobria y la que no sabe conducir.

Yo, Clementina Churchill, no me explicaba en cómo me metí en esto, y deseaba estar en mi casa, con mi hija, mi primo y la gerente. Seguro que ellos estarían durmiendo plácidamente en los futones, mientras yo me moría de frío en este lugar. Y acompañadas de tres treintañeras muy alocadas, demasiadas para mí; y eso que soy muy joven, solo me faltan dos meses para cumplir diecinueve.

Una de esas señoras tiene hijos, no solo uno o dos, sino cinco; y era la madre de una chica que nos visita a menudo, llamada Josefina. Yo conocí a aquella mujer, mientras Josefa, Mao y Leonardo se fueron en busca de un presunto tesoro; preguntando por ella, ya que estaba preocupada porque llevaba días fuera de casa.

-¿Así que usted es la madre de Josefina?-Eso le pregunté, cuando vino a la casa en busca de su hija.

— ¿Y dónde está ella? — No me saludo ni nada parecido, solo me gritó esto muy nerviosa.

— E-está en una acampada, ¿no se lo dijo? — No le iba a decir la verdad, porque le iba a dar un ataque al corazón, o me iba a matar por dejarla ir.

— Sí, pero necesito contactar con ella, llevo días sin saber nada. — Estaba tan alterada que tuve que tranquilizarla. Desde entonces, se volvió mi amiga, aunque no era mi intención.

Me arrepentí de haberle dado mi número de teléfono, ya que no dejaba de llamarme cada día, y las conversaciones con ella eran horribles, no dejaba de hablar y apenas la entendía, ya que no domina muy bien el inglés. Lo peor de todo es que la Gerente, quién es bastante maniática con el dinero, me regaña por lo caro que salían las llamadas. No solo hablamos por ahí, también me invita a comer con ellas y sus amigas, algo muy incómodo para mí, ya que me hace sentir vieja. Por otra parte, su hija se intenta aprovechar de nuestra amistad, para que le convenza de que no le castigase o que le comprara algo, pero es demasiado difícil hacerla cambiar de opinión. Físicamente, tenía el pelo moreno y corto y un rostro que me recordaba mucho a Josefina, aunque más grande y redonda.

Las otras mujeres que nos acompañan son amigas suyas, y las conocí en diferentes ocasiones. Todas son mexicanas, y solo me sé sus apellidos. Zalamea es las más joven pero la más estropeada de todas, tiene una piel arrugada y algo morena, con el pelo tintado de rubio, y parecía haber venido de la guerra o algo así. Bailen es una señora bajita, con algunas arrugas, pero bastante más conservada y con una larga melena de color negro. Al final, está Cartagena, que parecía más a un hombre que a una mujer. Ellas siempre se la pasaban quejándose, ya sea por el trabajo, su familia o el dinero, aunque de pobres tienen poco. Entonces, de tanto observarlas, me di cuenta de que todo empezó ayer, cuando ellas me invitaron a comer.

— ¿El sábado estás libre? — Me preguntó la madre de Josefina, después de que ellas dejaron de hablar sobre lo patético que estaba siendo el presidente de los Estados Unidos por algo que ni recuerdo qué era.

— Pues sí. — Debería haber mentido.

— ¡Ah! ¿Entonces por qué no te vas con nosotras a una noche de juerga?
¡Debes de estar muy estresada cuidando de un hijo!  — Yo le iba a decir que estaba bien tranquila con mi Diana, pero se adelantaron.

— ¡Tú tan joven y teniendo un hijo! ¡Qué locura! — Esto siempre lo repiten como loros, y en esa comida lo dijeron como unas seis o siete veces.

— ¡Por eso debes ir de juerga con nosotras! ¡Con alguien joven como tú, seguro que nos volveremos a sentir como adolescentes! —

Al ver sus caras llenas de ilusión esperando mi respuesta, me sentí muy presionada y no podría decirles un no. Me dieron pena pero no deseaba ir con ellas, quería estar en casa tranquila, desde hace tiempo perdí interés en salir de fiesta cómo cuando era una chica que le llegó la pubertad.

Al terminar de comer y despedirnos, una frase no dejaba de repetirse en mi mente una y otra vez.

— Cuando era más joven… — Lo decía en voz baja inconscientemente.

Me di cuenta de que estaba hablando como si fuera alguien adulto o peor, una anciana y al volver a casa me mire en el espejo. No tenía ni arrugas ni nada de eso, pero mi peinado, mi ropa e incluso mi voz me hacían sentir vieja. Eso no me hizo sentir muy bien.

— ¿Gerente, me veo más vieja de lo que soy? — Le pregunté.

— Las mujeres nunca se preguntan eso, por favor. — Eso me respondió y se lo pregunté a mi primo Leonardo:

— No creo, tú pareces a alguien de tu edad. — Esa respuesta tampoco me satisfizo en absoluto.

Pensé que tal vez no sería tan malo ir con ellas, así podría volver a sentirme joven. Ahora mismo, desearía no haber hecho eso, no me importa sentirme una anciana después de haber sufrido esta noche loca.

Al día siguiente, les llame por teléfono para saber el lugar y la hora, ya que se me olvidó preguntarles eso. Me dijeron que era a las siete de la tarde en un parque de la cuidad. Tras despedir con un gran abrazo a mi hija y pedirles al Gerente y a Leonardo que la cuidaran bien, me fui al lugar y me encontré con algo que me sorprendió muchísimo. Estas señoras querían literalmente sentirse jóvenes, ¡en serio!

Lo digo por su atuendo e incluso en su forma de hablar. Mientras Zalamea se veía horrible con su conjunto descolorido formado por una minifalda y una camiseta con una calavera más su exceso de maquillaje y su peinado de dos coletas; la señora Bailen, tal vez por recordar sus años de secundaria, usaba un uniforme de instituto; Cartagena llevaba un conjunto que parecía ser de los años 60 y no sé por qué pero la madre de Josefina llevaba algo que parecía salir del armario de una cantante que le gusta mucho a mi Gerente, llamaba Kyary Pamyu Pamyu o algo así, el nombre es muy raro. De todos modos, todas ellas atraían la mirada de los demás pero no en el buen sentido, se veían tan tristemente ridículas que me daban mucha vergüenza ajena.

— ¿Preparadas para la juerga? — Gritó fuertemente una con el brazo en alto.

— ¡Sí! — Lo decimos todas con alegría, incluso yo, aunque estaba fingiendo más bien, no estaba para nada entusiasmada por esto y quería salir corriendo.

Luego, nos montamos en el coche de Zalamea, que era una antigualla que le faltaba poco para el desguace. Parecía como si se iba a romper de un momento para otro. Incluso tenía una ventana rota tapada por cientos y cientos de metros de celo. Ella con buen humor nos dijo:

— ¿Es una verdadera chatarra, no? ¡Pero por lo menos funciona y espero que aguante hasta que mi hija llegue a la universidad! — Soltó unas risas, aunque a mí me parece ese coche no podría durar ni medio año.

Tardó el vehículo un buen rato para calentarse y encenderse, y cuando empezó a mover, parecía una lavadora, por lo mucho que temblaba. Mientras las mujeres gritaban como puras adolescentes y cosas parecidas, yo rezaba que esto terminará rápido y sin problemas, porque se veía perfectamente que con ellas iba a tener una noche horrible.

— ¿Rezando a la virgen de Guadalupe, chamaca? — Me lo decía entre risas y con unos golpecitos en la espalda. No sabía de quién estaba hablando y se lo pregunté, no me escuchó.

Me puse más nerviosa cuando veía que nos estábamos saliendo de la cuidad. Por eso les pregunté fuertemente adónde vamos y Zalamea contestó:

— ¡Pues a un pueblo cercano! ¡Hay un bar allí en dónde siempre vamos mi marido y yo! —

Eso me puso aún más nerviosa de lo que estaba y rece más fuerte para evitar que cometieran alguna que otra locura y la policía apareciera o la ambulancia.

En mi caso, es que si me pidieran la documentación se podría liar la gorda ya que yo soy inmigrante legal e incluso en el peor de los casos se podría crear una serie de sucesos desagradables que quería evitar a toda costa.

En un momento del viaje me aburrí de rezar y miré por la ventana del coche, solo veía árboles y más árboles. El paisaje era bonito pero daba la sensación de que nos estábamos dirigiéndonos hacía un sitio abandonado de la mano de Dios. Al fin pudimos llegar al pueblo y cuando supe adónde estábamos me puse pálida. Estábamos en un enclave canadiense, uno de muchos que se repartían por todo el norte de Shelijonia.

¿Qué es un enclave? Pues, es como pequeñas partes de un país que están en mitad de otro, o eso tengo entendido, Lo oí de una chica llamada Malan hace poco. En fin, el asunto es que la parte norteña de esta isla es un verdadero lío. No solo por las llamadas “islas canadienses”, sino porque dentro de ellas hay territorios estadounidenses, e incluso dentro de éstas hay más trozos que pertenecen a Canadá. Parece un horrible rompecabezas, la verdad.

Pues yo, por razones que no deseo contar, no deseaba estar en territorio canadiense, por suerte no había aduana y entonces tuve una idea de por qué habían ido aquí. Este lugar está exento de impuestos y, por tanto, las cosas están más baratas.

Y las señoras empezaron a cantar canciones de su juventud mientras iban el bar y me decían que me uniera aún cuando no sabía ninguna ni las entendía, la mitad de ellas era puro español. Las gentes del lugar nos miraban raro.

— ¡Aquí han venido las marchosas! — Gritó una de ellas cuando intentó entrar al bar. Se dio un buen golpe con la puerta, nadie se dio cuenta de que estaba cerrada, ni yo tampoco. Luego pegó con violencia varias veces la puerta.

— ¡Tranquilízate, tronca! Esto se alquila. — Añadió una de ellas. Dijo eso por que vio el cartel de que lo estaban alquilando y por tanto es que ese bar se cerró hace tiempo.

— ¡Habrá que buscar uno! —

Dijo otra, con ese acento tan setentero que me estaba poniendo mala. Así que estuvimos por todo el pueblo, que era pequeñito, en busca de otro bar. Desgraciadamente no encontramos ninguno y tuvimos que ir a otro, en busca de otra “isla canadiense”, ya que no querían pagar más caro. Así llegamos a otro pueblecito de mala muerte y esta vez si nos habíamos encontrado con uno.

— ¡Ahora empieza la juerga! — Dijo Zalamea, muy animada

— ¡Hey, espera! ¡Hay una discoteca al lado! — Lo dijo Bailen, señalando con el dedo a eso.

— ¡Oh, qué recuerdos! — Dijeron todas y cambiaron radicalmente de planes.

Iba a ser mi primera vez que iba a una discoteca y no se veía muy bien. Se notaba un gran ruido desde su interior, que parecía música electrónica a todo volumen, más de lo que se podría permitir; daba la impresión de tener muy mal ambiente, con todo el lugar lleno de humo y de adolescentes con muy malas pintas; y la acera estaba llena de botellas vacías y de suciedad en general.

— ¡Vamos, Clementina, vamos a ser lo más marchosas de esta noche! — Me dijo la madre de Josefina. Me entraba ganas de decirle que no. Por nada del mundo quería entrar ahí, parecía un lugar horrible, y por la experiencia que había tenido más adelante, comprobé que lo era.

Al entrar, el ambiente era mucho peor, parecía que la música daba latidos que me resonaban en todo el cuerpo y no se podría oír solamente más que eso; y con tanta gente perdí de vista a las señoras. Entonces, una chica de mi edad se dirigió hacia mí y me dijo algo que no entendí.

— ¿Qué quieres? — Le gritaba lo más fuerte posible. — ¡Dilo fuerte! — La chica me dijo otra vez algo pero me dí cuenta de que estaba hablando en otro idioma, tal vez ruso. Y al ver que no le hacía nada de caso, empezó a indicarme con señas y señales, sin éxito alguno. Al final, harta y enfadada, me gritó y se alejó de mí, mientras gritaba.

— ¡Qué mujer tan desagradable, si no le he hecho nada! — Eso decía molesta, antes de que alguien me dijera que aquella chica solo quería más dinero para cerveza. Al poco, mientras yo intentaba pensar en qué iba a hacer, volvió y sin motivo aparente, quería pegarme. Yo salí corriendo, muerta de miedo, hacia a los servicios.

No fue el mejor lugar para esconderse, ya que era un sitio repugnante. Escuchaba desde los váteres a gente vomitando y a otros haciendo cosas pervertidas. El lugar era casi irrespirable, por las mujeres que estaban fumando y no parecía tabaco, sino cosas peores.

— ¡Esto debe ser el infierno! — Eso me decía en voz baja, durante los pocos segundos que estuve allí.

Me entraron nauseas y salí de ahí, y las luces de la discoteca me dejaron ciega, mientras mis oídos no aguantaban más aquel ruido infernal y me estaba asfixiando entre tantas personas. Ya no podría más, tenía que salir de ese lugar y me iba a las señoras, por las malas o por las buenas. Por eso, decidí a buscarlas.

La primera persona que encontré entre toda esa gente que bailaba como locos fue a Cartagena, que parecía que tuviera los zapatos ardiendo mientras intentaban imitar los bailes de los setentas. Algunos la animaban, entre burlas.

— ¡Ja, mira mi buena amiga! ¡Ja, mira mi socia! ¡Vamos bailar con moi! ¡Bailemos juntos, disco, disco! — Se notaba fácilmente que estaba borracha, por las tonterías que decía y su forma horrible de bailar.

— ¡Señora, debería descansar un poco! — Eso le dije, más no se me ocurriría algo mejor para que bajará del escenario.

— ¡No saques a la anciana bailadora, so perra! — Algunos me abuchearon, diciéndome cosas horribles.

— ¡Nos estamos divirtiendo, aguafiestas! — Hasta alguno me dijo esto, mientras me tiraba cosas.

Por suerte, Cartagena no opuso resistencia, aunque decía muchas tonterías y tenía que llevarla de la mano para que no se perdiera, porque no sabía ni dónde estaba. La siguiente que encontré a la Señora Bailén, que estaba tirada en el suelo cantando canciones sobre la luna o algo raro. La tuve que levantar y por suerte ella podría seguir andando, más mal que bien, pero en fin, podría caminar.

— ¡Recuerden esto, el 2 de octubre no se olvida! ¡No se olvida! ¡Jamás de los jamases! ¡Viva México! — Eso decía la señora mientras se levantaba para caminar. Estaba delirando.

En tercer lugar, encontré a la señora Zalamea, quién estaba a punto de meterse en los servicios con otra persona, un joven muy feo.

— ¡Señora Zalamea! — Le grité.

— ¡No me llames señora! — Y ella me replicó a gritos, bastante molesta.

— ¿Y tú qué quieres? Ella y yo íbamos a disfrutar un buen rato. —  Entonces, aquel chaval se puso muy desagradable conmigo, gritándome.

— Ella no puede hacerlo, tiene que irse, ahora mismo. Además, tiene familia. — Yo sabía de sus intenciones, iba a utilizar a una señora que estaba borracha, así que intenté convencer de que eso no era lo correcto.

— Pues qué se jodan, yo quiero fornicar. — Eso me gritó, dándome un susto de muerto, y con ganas de salir corriendo por el miedo.

— Por favor, búscate a alguien de tu edad. — Entonces, las otras dos señoras me salvaron, gritaron de tan mala leche al chaval que éste tuvo que dejarla en paz, e irse muy enfadado, mientras Zalamea no podría dejar de reír, tal vez, por los efectos del alcohol.

A continuación, busqué a la madre de Josefina y la encontré, bebiendo como loca en la barra de la discoteca e intentando ligar con otros chicos, pero éstos huían de ella cómo de la peste, menos uno que se le acercó a hablar. Entonces, vi como aquel hombre, sin que ella se diera, le echó unos extraños polvos al vaso de whisky que estaba tomando.

— ¡Oh dios mío! — Eso grité, recordando un documental sobre gente que te drogaba y te quitaban los órganos, y salí corriendo hacia ellos, con las otras tres, detrás mía.

— ¡No lo hagas! — Le gritaba, mientras tiraba el vaso al suelo, antes de que ella lo bebiera.

— ¿Pero qué haces? — Preguntó la madre de Josefina, muy sorprendida.

— ¡E-ese hombre ha echado algo raro en ese vaso! — Se lo dije, señalando a aquel hombre, sin darme cuenta de lo que estaba haciendo. La acusación sorprendió a todos los que estaban alrededor nuestra.

— ¿Pero qué chaladuras dice esta tetona? — Eso me gritó muy chulo, dándome con lo que más odiaba en este mundo.

— ¡¿Tetona!? —

Eso gritaba, mientras recordaba las cientos de veces en que los niños se burlaba de mis pechos, los piropos de chicos calenturientos, las envidias de las demás chicas, lo imposible qué era comprarme un sujetador y el dolor de espalda que me producían. Estaba acomplejada por el enorme tamaño de mi busto, lo odiaba con toda mi alma.

— ¡Sí, tetas grandes! ¡¿Se te cayó el cerebro en los pechos o qué!?— Y él no paraba. — ¡Antes de acusar, vete a hacerles unas cubanas a otros! — No se callaba, y quería taparle la boca, no importa de qué forma. Por eso, cogí la botella de whisky que tenía la madre de Josefina y se la tiré en toda la cabeza.

— ¡¿Tetona, Tetona!? ¡¡Tu puta madre!! — Eso le grité, muy enfadada. No me puedo controlar cuando me dicen cosas así, porque, repito, que odio tener tanto busto.

Me hubiera gustado ser plana y no entiendo a las chicas que tienen complejos con eso. Son más ligeras y cómodas de tener, además de no notar las miradas de los demás y sus molestos chistes. Me gustaría hacerme una reducción de pechos, pero me da mucho miedo eso de que me operen. ¿Y si me muero, o algo parecido? Incluso la misma idea de entrar en una consulta me da repelús.

De todos modos, no le di tan fuerte, porque pudo mantenerse de pie, pero eso sí, estaba sangrando. Supe enseguida que me había metido en un buen lío y tenía que salir corriendo, antes de que entrara la policía. Así que cogí a las señoras y salimos como locas de la discoteca, mientras la gente de ahí empezó a pelearse entre ellos.

— ¡Esto está siendo muy divertido! — Eso decían, mientras tanto, las señoras, que parecía como si la hubieran dejado tontas. Al llegar al coche, vi cómo estaban de borrachas.

— ¡¿Por qué todos mis hijos han salido tan tontos!? ¡¿Por qué!? — Eso gritaba la madre de Josefina, mientras lloraba a mares.

— ¿Qué miran, pendejos? ¡Somos la generación del 2 de Octubre! ¡Nunca se olvida! ¡Jamás de los jamases! —  Eso decía por su parte, Zalamea, mientras gritaba a cada persona que pasaba por allí.

— ¡Qué se jodan, qué se jodan! — Eso decía, con sonoras carcajadas, Bailen. Y Cartagena estaba cantando los éxitos latinos de los setentas, de forma horrible y que daba mucha vergüenza ajena.

Entonces, escuché el sonido de unas sirenas y cometí el peor error de la noche. Las metí en el coche y pedí a la conductora, que estaba borracha, que encendiera el coche y saliésemos pitando de allí. Estaba dominada por el miedo, la verdad.

— ¡Vamos, rápido, enciende el coche y salgamos corriendo de aquí! — Le gritaba desesperada.

— ¡Hecho, capitán! — Y eso me decía, entre risas, mientras encendía el coche.

Fue el peor viaje de mi vida. Salimos del pueblo a mucha velocidad, invadimos el carril contrario y muchos coches, entre ellos un gran camión, tuvieron que esquivarnos para terminar en la cuneta. Nos comimos una señal y nos saltamos varios stops sin mirar. El coche casi iba a salir de la carretera, varias veces y en curvas muy peligrosas.

— ¡Por favor, para! ¡Qué tengo una hija a la que cuidar! ¡Para, por favor! — Gritaba histérica, llorando del miedo una y otra vez, mientras rezaba para que esta pesadilla terminará. Y ellas solo se reían y decían incoherencias.

Al final, cuando a Zalamea le entró ganas de vomitar, el coche acabó en una cuneta y no morimos por milagro, es más, habíamos acabado ilesas. Tanto ella como las demás empezaron a echar la pota, después de eso, y yo salí del asco, y muy alterada, por lo que viví. Me llevó rato tranquilizarme, mientras ellas se quedaron fritas.

— ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, dios mío! ¡Por el amor de Dios! ¡Me iba a morir, casi me iba a morir! ¡Nunca vuelvo a salir con estas señoras, nunca más! —  Eso me decía una y otra vez, traumatizada. Era lo normal después de sufrir un paseo cercano a la muerte.

FIN

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