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El caso de las Conocas, vigésima tercera historia

Yo, Elizaberth Von Schaffhaussen, me sentía muy incómoda. La razón de mi preocupación es que no llegaba ninguna noticia sobre esa Lafayette que tras haber sido exiliada a la otra punta del Zarato, no habría provocado ningún incidente. Eso sería una cosa deseable, si no fuera porque no era impropio de esa salvaje quedarse tranquila y no provocase problemas, después de lo que lió. En verdad, me sentía frustrada, al no saber lo que estaba haciendo. Es una persona insumisa e impredecible, algo que me recordaban un poco a mi madre, y dejarla allí sin que nadie me dijera que estaba haciendo me parecía algo muy peligroso.

Por eso convencí a mi madre de que me llevará al lugar en dónde estaba sentenciada Lafayette, para ver lo que estaba haciendo y pedirles a los pueblerinos que me avisaran por carta cada movimiento suyo. Ella aceptó con mucho gusto y tras días de preparación, yo, la Zarina y mi leal sirviente Ranavalona salimos hacía al lugar más inaccesible de todo el Zarato.

Pero esto es solo el contexto en el que se sitúa nuestra historia, y ésta empieza realmente cuando llegamos a la aldea de los Conocas, durante el anochecer, tras un día largo de viaje. Aquel lugar iba a ser nuestro refugio para la larga noche.

— ¡Ya veo ese pueblo!- Eso decía mi madre, cuando observó a aquel pueblucho. — ¡Hija mía, trae el cuerno! ¡Es una orden de tu madre y Zarina! —

Le hice caso, tras dar un gran suspiro, porque no tenía ganas de que lo usara. Pero en fin, tras buscarlo entre nuestro equipaje, se lo di y ella sopló a través de aquella cosa que hacía de instrumento musical y que producía unos sonidos tan fuertes y desagradables que destrozaban mis pobres oídos.

¿Y para qué servía eso, aparte de torturar nuestros oídos? Pues eso sería la señal para que los indios se diesen cuenta de nuestra presencia e iniciaran el “teatro” que habían preparado para la maldita Zarina. Me refiero al acto de bienvenida, ya que ellos fueron avisados por un mensajero, que mi madre les iba a visitar. Tras aquel sufrimiento, dejó el cuerno y volvió a sentarse para seguir siendo el cochero de nuestra improvisada diligencia, azuzó a los caballos y nos dirigimos hacia ese lugar. Tuve que despertar a Ranavalona porque ésta se había quedado dormida, sorprendiéndome el hecho de que no se hubiera despertado con los desagradables ruidos de esa cosa.

Mientras nos acercábamos a aquella aldea, yo me quedé observándola. No parecía superar ni los cincuenta habitantes y aquellas casetas de madera, que debían albergar grandes familias, no llegaban ni a los veinte. Solo dos de ellas tenían el pequeño lujo de tener una segunda planta, algo raro en los pueblos del Zarato. Uno de ellos, debía ser el que estaba siendo habitado por el jefe de la aldea, llamado “alcalde” también, y el otro, tal vez, sería algo parecido a un ayuntamiento, o la casa de un clan poderoso de ese sitio. En fin, esto no es nada importante, así que debemos continuar.

Al final, llegamos al centro de ese lugar y fuimos recibidas por todo el pueblo, que no tuvo mejor idea que hacer que algunos tocarán el mismo instrumento musical que usó mi madre. Quería tapar mis oídos, sentía que me lo estaba perforando con taladros.

— ¡Mi Señora!  — Me preguntaba Ranavalona muy preocupada. — ¿Le pasa algo? —  Mientras me veía cómo me tapaba los oídos con fuerza.

-Solamente estaba pensando que a la próxima necesitare unos tapones para los oídos.- Eso le respondí. Y ella, cómo le enseñé, sacó su cuaderno, uno que usaba para poner por escrito varias observaciones mía; y lo apuntó.

A continuación, el alcalde salió a recibirnos a nosotras. Era un hombre alto y con una panza enorme, demostrando que era alguien bastante poderoso que podría permitirse engordar sin gasta nada de energía. Tanto su cabeza, tan redonda como un balón, como su pequeña barba, estaban llenas de canas y llevaba las típicas ropas que llevaría un líder de una aldea.

— ¡Bienvenida a nuestro humilde hogar, Gran Zarina! — Eso le decía con una sonrisa. — ¡La estábamos esperando! ¡Hemos hecho una gran cena en tu honor! — Mientras la estaba saludando al estilo occidental.

— ¡Qué gran súbditos sois! Espero tener buenos majares… — Era obvio que lo estaba esperando impacientemente, ya que durante todo el camino no dejó de hablar de comida.

— ¡Lo mejor de la cosecha y del ganado, Gran Zarina!- Eso le dijo el alcalde y, a continuación, nos llevó a su casa, mientras los indios seguían tocando esos cuernos musicales procedentes del averno.

— ¡Qué bienvenida más calurosa nos han preparado, Mi Señora! — Eso me decía ella, muy sorprendida de cómo nos estaban recibiendo.

— Si no fuera así, tendrían que aguantar los berrinches de nuestra Zarina. — Eso le repliqué yo, quién no estaba sorprendida de aquella bienvenida calurosa, ya que es normal recibí a la gente importante de esta forma. Y nosotras no éramos excepción alguna.

Al entrar, estábamos en una enorme sala principal, que podría alberga a casi todo el pueblo; y estaba lleno de grandes mesas, que tenía todo tipo de manjares. Había una en el centro, que estaba reservaba para mí, mi madre y el alcalde y su familia. Al fondo de la sala, había como una especie de cantaores que nos contaban musicalmente diversas historias sobre los héroes de su tribu y de otros, en su idioma, claro. Mientras tanto, tuvimos que mandar a Ranavalona a otra mesa, ya que mi madre no iba a permitir que ella estuviese en la misma mesa que nosotros, y mi sirvienta tuvo que aceptar a regañadientes.

Los otros miembros de la familia del jefe de la aldea que nos iba a acompañar en la mesa era su mujer y sus hijos, y algún que otro hermano que no le intentó quitar su puesto de alcalde. Y de entre todos ellos, había una chica que iba a ser decisiva en esta historia.

— Yo, soy Cammi Cammi Zoliars, de tribu Conoca. ¡Es honor para mí conocer a Zarina y a heredera! — Ese era su nombre, el cual nos lo dijo  mientras la familia se estaban presentando.

Era una india mayor que yo, parecía tener unos treces años. Tenía un pelo, largo y moreno; y usaba un traje llamativo y lleno de dibujos que a uno le recordaba a los de Nazca. Ésta, en mitad de la comida le dijo a su padre una buena excusa para quitarse del medio y él la dejó ir.

Por mi parte, estaba más ocupada en mirar hacia Ranavalona, ya que me pareció mucho más interesante que escuchar la aburrida conversación que mantenía mi madre con esta familia.

Estaba rodeada de niños de su edad y al parecer estaba metido en una situación que le parecía muy poco agradable. Toda esa gente, a su manera y en una forma muy poca culta de decirlo, intentaban ligársela. Las chicas de la mesa, en un acto de solidaridad, obligaron a sus compañeros que no la molestasen, aunque luego se volvieron las molestas. Y ellas, al percatarse que Ranavalona tenía los ánimos bajos, la obligaron a tomar una bebida. Me preguntaba si alguno de esos niños se daba cuenta de la incomodidad que ellos mismos causaban. Al final, tomó uno o dos vasos de esa cosa y empezó a actuar extrañamente. Entonces, supuse que esa gente la habían emborrachado y pues me fui rápido hacia ella para que no hiciese un espectáculo lamentable, y de paso quitarme del medio.

— ¡Ah, Mi Señora, ha venido a visitarme! — Esto me decía, mientras se me acercaba. — ¡Sabía que no me ibas a abandonar! — Entonces, se levantó y me dio un abrazo tan fuerte que casi me iba ahogar. No pude evitar oler su aliento, que apestaba a alcohol. Vi la jarra con la que bebió Ranavalona y tome un poco, para saber de qué bebida se trataba. Yo lo reconocí enseguida, se trataba de una cerveza local, que tenía la peculiaridad de tener un sabor dulce a la vez que te producía una sensación ardiente. Lo llaman “neco” y es aceptable, pero no es de mis preferidos.

A continuación, le dije a mi madre, mientras la estaba cargando, que la iba a llevar a dormir y ésta me dio permiso. A pesar de que, gracias al hecho de que estuviera borracha, había conseguido escapar de esa cena aburrida, Ranavalona estaba más fastidiosa que nunca.

— ¡Sabe que la quiero mucho, muchísimo! ¡Más que a las estrellas, más que al sol, que las montañas, más que al Zarato, más que a mí misma! ¡Mi Señora, te quiero más que todas las cosas! — Eso me decía mientras subía al segundo piso, para dejarla descansar en unos de los cuartos que nos prestó el alcalde.

— ¡Ya lo sé, lo escuche, como unas cinco veces! — Eso le replicaba, mientras aguanta las ganas de hacerla dormir con un puñetazo, ya que no dejaba de darme abrazos, frotaba su cara con la mía sin parar y me estaba dando molestos besos en la mejilla.

— ¡Ahora a dormir! — Eso le grité, cuando llegué al dichoso cuarto y la metí en la cama.

— ¡Mi Señora…! — Solo pude escuchar eso,  porque cerré la puerta lo más rápido posible. Decidí ir a otro lugar para leer un libro, el que le pedí a Ranavalona antes de irnos, el primer volumen de Derunt ergang des Abendlandes de Oswald Spengler.

Me fui a otra habitación y allí me quedé leyéndolo hasta que me quedé dormida. Y así empezó el marrón, nunca supe que llevar a Ranavalona a la cama nos iba a provocar tantos problemas, porque a la mañana siguiente fui despertada por los gritos de un padre furioso.

— ¡Kapatumbam Lararumba Marumba! ¡Envertidas ieyes sigradum fornanaman! —

Salí, preguntándome qué eran todos esos ruidos molestos, y vi a unas cinco o seis personas rodeando la puerta en dónde dejé a Ranavalona. Me acerqué a ver. Allí estaba el alcalde del pueblo, o jefe de la tribu gritando como loco.

— Me gustaría que me informará de esto. ¿Qué ha pasado alcalde? — Eso le pregunté, después de conseguir que se callará.

— ¡Oh,  heredera!…Pues hemos pillado a tu sirviente y a mi hija haciendo cosas de invertidas. — Y me señalo hacía la cama.

Allí estaba su hija, Cammi, intentado darle explicaciones, en su idioma, de lo que habría pasado, y a su lado, a mi sirvienta durmiendo cómo un lirón. Les explico más detalladamente la situación, las dos chicas estaban juntas en la cama y desnudas, con todas sus ropas tiradas. Ese detalle dejaba claro de que en esa noche ocurrió algo raro y tal situación me era difícil de asimilar.

— ¡Nuestras sagradas leyes dicen que si se encuentra a invertidos en pleno actos, deberán recibir pena de muerte! — Eso me dijo a continuación, cuando pude digerir la situación.

— ¡Pero ella, mi sirviente, no es de este pueblo! — El muy idiota se quería cargar a mi sirvienta.

— ¡No importa si son extranjeros o no! ¡Nuestras leyes también se aplican en ellos! — Eso me gritó, bastante enfadado. Es lógico que lo éste.

Ranavalona se habría metido en un problema muy gordo. Habría ocurrido un imprevisto muy molesto y ahora habría que rescatarla de esto. No me importa realmente su existencia, pero no puedo perder a una sirvienta tan buena.

— ¿Dónde está mi madre? — Entonces, le pregunté eso.

— Ha ido de caza. — Esto me respondió y mejor que fuera así, ya que ella podría fastidiar todo el plan que estaba forjando en mi mente para salvar a Ranavalona.

— Le puedo pedir un favor, antes de condenarlas, podemos hacer un juicio según cómo lo ordena mi tribu. — Más bien, quería hacer un juicio basado en el derecho actual, pero ellos lo desconocen.

— ¿Un juicio? — Preguntó el jefe, demostrando que no sabía de eso. No pasaba que no sabía qué era eso, pero era un rollo explicárselo.

— Un proceso para determinar realmente si son culpables o no. — Se lo expliqué brevemente.

— ¡No lo ves! ¡Esto es suficiente para mandarlas a la hoguera por invertidas! — Entonces, me gritó, de nuevo, mientras señalaba a las acusadas.

— A veces las cosas no son tan fáciles cómo parece. — Hubiera quedado mejor si le dijera que a veces las apariencias engañan, quedaría mucho mejor.

Aún así, durante unos minutos dudó si hacerme caso o no. Al final, con decepción, ya que seguramente no quería escuchar a mi madre por no concederme esto, aceptó que habría un juicio por las acusadas.

Así empezó una mañana bastante ajetreada para mí, porque le pedí al alcalde que me dejará a solas con su hija invertida. Él sospechó tontamente pero le convencí que sus temores eran estúpidos, ya que iba a interrogarla. Y en una habitación, mientras Ranavalona seguía durmiendo sin saber nada, con nada más que la iluminación de una ventana; jugué al policía malo con la chica, aunque fuera presuntamente su “abogada”.

— Cammi. ¿Ese es tu nombre, no? Me puedes explicar lo qué ha pasado está noche. — En verdad, no quería saberlo, pero era necesario y ella no dijo nada, solo se quedó callada mirando al suelo.

— ¿Me podrías decir algo, no? — Seguí insistiendo, pero no se dignaba a decirme algo, y cómo no iba a perder mi paciencia así, decidí usar otros métodos más drásticos. Cogiéndole del cuello con mis propias manos y ahogarla fuertemente, evitando matarla.

— ¡Di algo! ¿Qué pasó en la noche? ¡Abre  la boca o te pongo la pena de muerte yo! ¿Entiendes? — Eso le gritaba con toda mi furia, mientras le apretaba el cuello.

— Lo d-diré… ¡P-por f-a-a-a…! — Al final, decidió cambiar de idea, mientras intentaba pedirme que la soltará. Fue muy fácil, la verdad. A continuación, la solté y la tiré al suelo violentamente. Ella jadeaba desesperadamente en busca del aire. La dejé descansar y cuando pudo respirar bien, me lo confesó.

— Yo estaba en noche durmiendo, hasta que tú abriste la puerta y metiste a su sirvienta. Ella en cama se metió y empezó a tocarme diciendo “Mi Señora” “Mi Señora”. Me resistí… — Aquella frase hecha ya no me servía. —…pero me gustó y me dejé. Pues mucho tabunba tabunma y muchas cosas extrañas hasta dormir, y cuando padre apareció en su busca…lo vio. — Porque, esta vez las apariencias no engañaban. Y luego, cayó al suelo y empezó a llorar cómo magdalena. Entre sollozos decía:

— Leyes sagradas….dicen que los invertidos….Paratumbar en idioma n-nuestra…Infértiles son….Obras de Tsurumies, espíritus malvados en tu idioma, nos crean para romper el ciclo y extender nuestros males y dejar infértiles al pueblo…por eso, debo morir…y ella también. — Ahí es cuando se confirmó de que las cosas estaban peor de lo que me imaginaba.

— ¿Te puedo hacer una pregunta, te gustan las chicas? ¿De realmente crees eres un Paratumbar? — Nunca me interesó estas cosas (¡Qué asco!), pero cómo ella está en la pubertad la pregunta era importante.

¿Por qué es importante? Pues se los explicó brevemente.

Esto seguramente será la única vez que me escucharán decir de mis palabras, pero creo que solo porque alguien de tu mismo sexo te haya descubierto eso, y aunque hayas, ya saben, disfrutado de eso, no es suficiente para determinar si eres homosexual. Y si dice que no, es una argumentación más para sacar a mi sirvienta del apuro. También a Cammi, ya que me di cuenta de que me podría ser útil en una cosa.

— No sé. Pensar que me gustan chicos, pero dudar mucho ahora. — Esto cada vez se hacía más difícil.

— Tú, dices que no, siempre que no. Te gustan los chicos y punto. — Ella quiso interrumpir pero no la dejé.

— Si fuera en otras condiciones, te dejaría morir…no me importa tu vida para nada, pero si quieres conservarla, podrías hacer un trato… — Un alma que está atrapada entre la espada y la pared siempre se vende a muy bajo precio. —…y no es nada grande, pero si quieres salvar tu vida esto es lo que te voy a ordenar. — Ella abrió fuertemente los oídos.

Mi trato era nada más ni nada menos que ser la persona que vigilase a Lafayette y me informará de toda acción que haga ella. No podría confiar de los indios que la cuestionaban porque tal vez podrían me podrían esconder cosas importantes por orden de mi madre. Por supuesto, no puedo confiar gratuitamente en ella, así que le dije que si me traicionaba le iban a ocurrir cosas muy malas. Lo aceptó bien rápido.

Y en torno a Ranavalona, ésta se despertó con fuertes dolores de cabeza y vomitando, le conté todo lo que pasó y, cómo esperaba, intentó literalmente suicidarse. Le tuve que tranquilizar con mis argumentos.

— Vamos, a ver estabas borracha, y en tal estado no estabas en tus cabales, decías cosas y hacías cosas que normalmente no harías y en todo momento pensabas que era yo. Además, no fue tu culpa eso de que obligarán a beber un líquido que tu no sabía que te dejaba así, bla, bla, bla…— Lo que le tranquilizó de verdad fue un buen puñetazo en su cara, eso por castigo por intentar hacerme cosas sucias. Bueno, ella creía que Cammi era yo y le hizo eso pensando en mi persona, así que se lo merecía.

Intente rápidamente que empezará el juicio antes de que viniera mi madre, pero ésta gente desconocía totalmente lo que era el derecho occidental y era un dolor de cabeza enseñarle un poco de ese mundo.

Eso es una ventaja, así puedo controlar el juicio, sino no llegará ella. Y entonces, apareció allá por el mediodía, La Zarina, mi querida madre.

— ¡Oye, hija! — Me dio un golpe por la espalda, apareciendo detrás de mí. — ¿Decides hacer un juicio y no llamas al juez más importante del Zarato? ¡Me decepcionas! — Su maldito rostro tenía su típica sonrisa, siniestra y que siempre me daba escalofríos. Lancé un largo suspiro, con ella las cosas se complicaban.

— ¡No me esperaba esto de su sirvienta Ranavalona! ¿Es tortillera, en serio? ¡Yo por mi parte, si la ley de los Conocas dicen que se aplica la muerte, incluido en extranjeros, pues así debe ser! ¿O no? — Quería hacerla callar, no estaba más que burlándose.

— Ella no es nada de eso, y lo demostraré, ella no ha estado jugando tijeritas con nadie. — Mentí totalmente en todo, pero no me importa en absoluto. Tenía un reto, convencer a todo el mundo de que lo obvio y lo verdadero es falso y tengo la capacidad y las palabras para hacerlos. Y a ella le gustaron mis palabras, tanto que se puso a reír como una loca.

— Pues será un honor ser tu juez, mi querida hija. Será genial verte como un abogado y demostrarnos la verdad con tus argumentaciones. — Y le dijo a los aldeanos. — ¡Rápido, quiero mi juicio ahora! — Tal como están las cosas, debo estar preparada para lo peor.

— ¿Cree que puedo evitar la muerte? — Me dijo la india antes de comenzar el juicio.

— ¡Por supuesto! ¡M-Mi Señora es capaz de hacer esto! — Dijo Ranavalona.

He leído cosas de derecho, sé algunas leyes, solo en resumen, pero nunca me oriente hacía eso. Por tanto, era un enorme reto, no solo por mi inexperiencia como abogado defensor ni por mi desconocimiento sobre las leyes de los Conocas, también porque el juez no era nada y nada menos que la Gran Zarina. Así que les dije esto: — Posibilidades hay, mientras no metan la pata. —

El improvisado juzgado era uno de esos edificios con segunda planta y a las tres y algo de la tarde empezó el juicio. Quién dio el pistoletazo de salida fue obviamente mi madre:

— Bien, mis queridos súbditos, se inicia la sesión en el juicio contra Ranavalona Ranavalona, sirviente de la Casa Real Von Schaffhaussen y Cammi Cammi Zoliars, de la aldea Conoca.-

— La defensa está lista, Mi Señoría. — Dije.

— La acusación está lista, Mi Señoria. — Dijo la acusación, que en este caso era el alcalde o líder de los Conocas.

Mientras un indio, conocedor de nuestro idioma, traducía nuestras palabras al resto del pueblo que era en este caso nuestro público.

— ¡Entonces — Prosiguió La Zarina. — que empiece tu alegato inicial, acusación! —

— ¿Alegato? ¡Ah, sí! ¡Ya voy, Mi Señoría! — Preparó su garganta y empezó: — Al salir el sol a iluminarnos con su energía, tras ayudar a preparar a vuestra Señoría para su sesión de caza y cómo me ordeno fui a despertar a su hija y… ¿Saben lo que encontré en la habitación? A mi hija, que hace tiempo que sospechaba de que era invertida, acostada en cama con la sirvienta de su heredera, sin pieles, que se encontraban todos tirados en el suelo. —

— Ajá, la pillaron in fragati. — Tanto la acusación cómo el traductor le querían preguntar qué significaba eso pero ninguno se atrevió.

— Pues bien, ahora quiero que una de las acusadas suba al estrado. — Si tuviéramos estrado, claro. Bueno, sentaron a Cammi en una silla que pusieron en mitad del salón.

— Bien, nos saltaremos esa parte de que la acusada nos diga su nombre y profesión, porque todos lo sabemos. — La Zarina demostrando ser todo un juez que respeta los procedimientos judiciales.

— ¿Y ahora qué, Mi Señoría? — Deduje que con esta gente el juicio iba ser de todo menos un juicio, una parodia.

— Ya que tú pediste estás cosas, mi hija, díganos ahora que hacer. —
Ya lo sabía, esto iba a ser una horrible parodia de juicio.

— Ahora Cammi tiene que decir por qué y cómo se encontraba en el lugar de los hechos. ¡Vamos! —

— Yo estar en fiesta de bienvenida a Gran Zarina, a mitad pedí a padre ir a descansar por me encontraba no bien y me dormí en cama, luego vino sirvienta y durmió en misma cama. —

— Solo eso, Mi Señoría, nuestra chica no quiso echar a Ranavalona de la cama y por eso durmiendo juntas, no hicieron nada raro, solo dormir. —
Lo deje bien claro.

— Hija mía, y entonces… ¿Y la ropa? — Metió las narices mi madre. De todos modos, esto solo iba a ser el principio.

— ¿Y ahora no debería hablar la sirvienta? — Dijo nuestra acusación. Me hizo gracia, por qué no iba a servir de mucho, si ella estaba casi inconsciente de tanto alcohol en sangre. Creo que mi madre también lo sabe por qué fue testigo de eso.

— Ya lo dejaremos más tarde, primero quiero lo de la ropa. —

— ¡Vale!- Giro su cabeza hacía a mí y me señaló.- ¿Qué otro tipo de razones pueden haber para que esas chicas se desnudarán que no fuera hacer cosas guarras?-

Rumores y más rumores se llena la sala. La estúpida de Cammi y Ranavalona se ponían rojas y a punto de llorar. ¡Maldita sea, así aumenta más vuestra culpabilidad!

— Pues es lógico. Cammi tenía calor y Ranavalona estaba tan pérdida que no sabía lo que hacía. — Mi madre se partió de risa al escuchar mis palabras y me sentí molesta.

— ¡Decir eso me sorprende de ti, es tan estúpido! — Con su risa, hizo que los demás indios la siguieran y esto acabará con una orgía de risas y que  la rabia naciera en mí, pero me controle.

— ¡Sabes que hay afuera hay nieve! ¡Según nuestro termómetro de mercurio nos dice que estamos a 5º grados centígrados, por lo menos hace una hora! ¿Qué calor dices? — Mi madre lo decía en un tono de burla realmente hiriente.

— ¡Pero esas sabanas y esas camas que tienen nuestra familia gobernante son muy calientitas, perfectas para el invierno! — Todo el mundo me dio la razón, mientras yo seguía explicando:

— Aún cuando los Conocas, tenga por costumbre dormir con ropa, al introducirse ahí y estar un rato se lleno de tanto calor que se lo quito, ¿Verdad, Cammi? — Me sentí tan ridícula usando esto como argumentación y en estar en este esperpento de juicio en general.

— Sí…— Me respondió.

— ¿Y tu sirvienta? — Preguntó la acusación.

— Ella también se quito la ropa porque tenía mucho calor. — Les dije.

— ¡Qué lo diga tu sirvienta! — Siguió el alcalde.

— ¡Eso, eso! — Dijo mi madre. Ranavalona no pudo decir nada, intentaba recordar lo que hizo pero no podría.

— Vamos a ver, Cammi lo puede confirmar pero ella no. — Eso les dijo yo.

— ¿Y por qué no? — Y la acusación me replicó.

— Estaba en un estado de casi inconsciencia, no podrá recordado por mucho que quiera. — Y la sala se lleno de rumores.

— ¿Qué? — Dijo la acusación.

— ¿C-cómo puede ser eso? — Ironizó La Zarina, pero ella ya sabía eso, solo se hacía la tonta.

— ¿Saben Señores? Cuando se llenan de alcohol, a veces no pueden recordar lo que vivieron. ¿Verdad? —

Casi todo el mundo me dio la razón, tanto en su idioma cómo en el nuestro, en un mar de rumores casi insoportable.

— ¿Y saben que cuando uno llega a ese estado, incluso su memoria es incapaz de funcionar bien? —

-¿Entonces su sirvienta, a pesar de ser niña, bebió y se emborrachó? ¿Y qué pasa con eso? — Preguntó la acusación, ese indio aún no se entero de lo que yo quería decir.

— Yo fui testigo, la emborracharon y por eso mi hija me dio permiso para llevarla  a descansar a las habitaciones…— El mar de murmullos no paraba.

— Bueno, cuando una persona está en ese estado de embriaguez, es incapaz de estar en sí misma y por tanto de controlarse; entonces pierde la capacidad de ser responsable de sus actos y por tanto no se le puede culpar de nada, es inocente, ya que no es consciente de los actos que hace. — Me preguntaba a dónde quería llegar ella, yo tanto la acusación, el público y las acusadas se preguntaban lo mismo. Ella empezó a reír.

— ¡Entonces, esto es mucho más grave! ¡Una violación! — Todos nos sorprendimos de su razonamiento, incluso yo.

— ¿Cómo puede una mujer viola a otra mujer? — A la acusación se le tenía que dar el premio a la pregunta más estúpida del año. Y no solo era él, sino todos los indios se lo preguntaban. La sala se lleno de comentarios cómo estos.

— ¿Pero si las niñas no tiene esa cosa, cómo puede violar? — Eso dijo uno.

— ¡Los invertidos pueden violarse entre ellos! ¡Qué horrible! — Eso gritaba una mujer.

-¡¿Mamá, si esas invertidas se violan, pueden tener hijos!?- Añadió un niño.

Deseaba fuertemente que se muriesen todos, que no quedara ni uno vivo. Nunca vi tanta estupidez junta.  Le pedí a la Zarina que pidiera silencio en la maldita sala. Ella contestó.

— ¡Pero antes tienes que explicar a los indios estos cómo una mujer puede violar otra! — Lo dijo entre risas.

En ese momento mi odio hacía a ella había aumentado, por si no fuera más. Siguió ahogándose entre risas hasta que vio mi cara de enfado.

— ¡Vale, vale, pondré orden en la sala! — Gritó y toda la sal tembló. Así es cómo el silencio dominó de nuevo la sala.

— Ahora, un testigo…cualquiera. —

Cambió con eso totalmente el tema y  el juicio pasó en escuchar todas las declaraciones de todos los descubrieron in fragati a las chicas, y no decían nada interesante de lo que dijo al inicio; yo también fui como testigo. Al final, todo fue tiempo perdido.

— Volviendo a dónde lo dejamos. ¿Todos estamos de acuerdo de que es una violación? Aunque me pregunto qué harán ya que las leyes sagradas no dicen nada sobre la violación entre invertidos…— Dijo la Zarina.

— No hemos acordado nada. Yo sigo diciendo que solo durmieron y no hicieron nada. — Le dije.

— Es que tus argumentos no nos convence, mujer. — Eso dijo mi madre, burlándose de mí.

— Ni los argumentos de la acusación. — Eso le repliqué, con ganas de matarla.

Ahora tendré que sacar la artillería pesada, o mejor dicho, la única forma de terminar este esperpento de juicio. Espero que me salga bien. Respiré e inspiré muchas veces y entonces, con el dedo señalando a la acusación, dije:

— Porque realmente no sabemos qué pasó dentro durante en esa habitación, no hay un testigo que lo haya observado, solo Cammi sabe lo que ocurrió. — Eso decía, mientras la señalaba.

— En verdad, sí…— Y ella nerviosamente me daba la razón.

— Y si suponiendo que Cammi nos dice la verdad, aunque realmente no hay nada que comprueba que dice la verdad o no…— Y seguí argumentado.

— ¿Pero usted, no…? — La interrumpí lo más rápido posible. Eso casi podría chafarme el plan.

— De todos modos, tú dices la verdad. Tú no hiciste nada pero realmente no hay nada que compruebe eso, es más cuestión de confianza. — Casi me iba a romper a risas cuando decía esas cosas.

— ¿Y cómo sabes tú qué se comprueba las cosas? — Me preguntó la acusación.

— Con pruebas, ella dice eso porque no tenemos pruebas concluyentes y no podemos comprobar realmente lo que pasó. — Le dijo mi madre.

— ¿Y la ropa? ¡¿Eso no es una prueba!? — Eso le gritó la acusación

— La ropa no demuestra realmente si lo hicieron o no. — Y yo les repliqué.

Parecía que todo iba bien, me estaba saliendo con la mía. Sonreí. Por fin iba a terminar con este juicio ridículo.

— Solo tenéis dos posibilidades: Sin pruebas concluyentes el juicio se declara nulo o siguiendo en las palabras de la acusada, ella queda inocente. ¿Cuál elige Mi Señoría? — Eso le grité mientras le señalaba con el dedo y ella se quedó pensando durante mucho rato.

Me mentalicé, preparándome para cualquier cosa que podría ocurrir a continuación y mandar todos mis esfuerzos a la basura. No dejaba de decirme sin parar que no importa lo que pasase, que podría salir de él. Nuestra querida juez, mientras miraba a las musarañas, ponía cara de que no se le ocurría nada, como si estuviera forzando su pequeño cerebro para encontrar una buena idea para seguir con este esperpento. Así estuvo durante varios minutos que me parecían eternos e insoportables, llegando al punto de que le quería gritar, diciéndole que decidiera de una vez, que no teníamos todo el día.

¿Qué alocada decisión iba a adoptar mi madre? Esperar a su respuesta fue peor que aguantar todo este esperpento de juicio.

Finalmente abrió la boca: — ¡Ya tengo un veredicto, mis queridos súbditos! — Todo el mundo quedó en silencio y yo tragué saliva.

— Pues cómo no tenemos pruebas y este juicio ya me aburre, pues lo declaró nulo. Fin. —

Con estas simples palabras, terminó el juicio, como si fuera un simple juego para niños. Dio un bostezo, se estiró el cuerpo y se levantó de su sitio.

Yo y todo el mundo nos quedamos de piedra, sin reaccionar por unos cuantos segundos. Todo aquel nerviosismo y incertidumbre fueron en vano y solo quedaba en mí un mal sabor de boca con una aburrida victoria, sin un gran ataque sorpresa que podría haber acabado conmigo.

Cammi y Ranavalona tardaron en reaccionar y cuando iban a explotar de alegría por haber ganado el juicio, La Zarina se le acercó a ella y la cogió como si fuera un muñeco:

—Pero una cosa…Cammi Cammi nosequé queda en el exilio. En mis leyes dormir con desconocidos es ilegal y se paga con el exilio. —

Me quedé perpleja, eso se lo inventó de la nada y los indios se lo creyeron. O más bien, parecía que deseaban librarse de Cammi. De todos modos, la cuestión es que la estaba expulsando de la nada y se la estaba llevando hacia nuestro carruaje, antes de mirarme con una sonrisa victoriosa y añadir esto:

— Y por eso yo la llevaré a la tierra de las pieles rojas a sufrir el exilio por año y medio. —

Ella dio un grito de conmoción, mientras yo me quedaba boquiabierta. De alguna forma, mi madre se dio cuenta de mi trato con Cammi e hizo esto para llevársela sin problemas, a pesar de mi secretismo.

¿Cómo lo hizo? No lo sé, con solo pensar en eso, ya me dolía la cabeza. No importa lo que ocurra, nunca podré comprenderé a esta mujer, haciendo a veces cosas contra ella y a favor de mí, y viceversa. Y no solo conmigo, con casi todo el mundo. No la entiendo, jamás podré entenderla.

De todas maneras, dejé de pensar, ya que había ganado y eso era lo que importaba, después de todo. Mientras mi madre desaparecía y los indios empezaran a limpiar el lugar, como si hubiera terminado una fiesta; mi sirvienta con una cara de conmoción dijo esto:

— ¿Eso quiere decir que estará con nosotras hasta dónde esté Lafayette? —

— Sí, eso es. — Le respondí secamente. Y toda la alegría que le produjo el fin del juicio se derrumbó.

Y así el pueblo volvió a la normalidad y nos pusimos a prepararlo todo para continuar con nuestro viaje, atando a Cammi, sin que hubiera una razón lógica en el diligente. Al día siguiente, nos despedimos de aquel maldito pueblo y nos dirigíamos para darle una visita a la desgraciada de Lafayette. Y el viaje empezó bastante desagradable, con una Ranavalona desanimada y rara, que apenas me hacía caso y ni se atrevía mirarme a la cara. Me daba igual la supuesta “traición” que hizo hacia mí, era molesto que no estuviera entusiasmada con recibir mis órdenes. Y había otra cosa que me ponía de los nervios, mi madre cantando horribles canciones mientras recorríamos el valle.

FIN

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