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La última noche de vacaciones, vigésima sexta historia

 

La Semana Negra son sietes días de luto que cada año se celebran en los días de Febrero por el genocidio de Zvelitinistana, ocurrida por esas fechas en 1921 en la guerra civil de Shelijonia. Y esta historia se sitúa en el último día de esta semana, en la casa de Mao Shaoqui, cuyo salón estaba repleto de gente, como siempre. Aunque no había mucho jaleo. Todos estaban muy tranquilos, mientras en la tele echaban unos extraños dibujos animados que solo les gustaban a Josefina y a Diana.

Mao se quedo dormido en el suelo de su salón, ya que su suelo estaba tan calentito que daba sueño. No se despertaba por los gritos de la hija de Clementina, quién estaba llorando por los dibujos animados, y su madre adolescente la intentaba tranquilizar con la ayuda de su primo, Leonardo. También, había otra chica, que por otros acontecimientos que no se van a contar en esta historia, estaba atada con muchas cuerdas y parecía un gusano. Contrario a su comportamiento normal, estaba ahí sin hacer nada y sin decir nada.

Arriba, en la habitación estaba Malan, quién estaba obligando a Alsancia-Lorena a vestir un traje tradicional de los Zulú, una tribu que habita en las tierras de Sudáfrica, que fue un regalo que le hizo su padre, mientras vivían allí. Se lo trajo como una muestra, para hablar de los diferentes pueblos que habitaban en el país africano y Mao se dio cuenta de que le quedaba bien eso a Alsancia. Todo el mundo quiso que la disfrazara y Martha les hizo caso, aunque la napolitana no quería.

Mientras tanto, Josefina veía un programa de dibujos animados, llamado La chica y el reino de los conejos, una escena le hizo recordar qué tenía algo muy importante qué hacer. Era la última, la que daba conclusión al capítulo que estaban viendo, el número quince; cuyo argumento trataba sobre cómo una chica humana salvaba a la luna otra vez del malvado plan del Lobo Feroz, quién quería destruirla con un arma de destrucción masiva.

— ¡Gracias chica humana, otra vez has salvado mi reino! —

Le felicitaba el rey de los conejos, tras ver cómo la chica les había salvado del peligro con su coraje. Estaban en el palacio lunar, en una gran sala llena de habitantes de la luna, quienes estaban celebrando su salvación.

— ¡Hay que hacer una fiesta para celebrarlo! — Eso añadieron con mucha felicidad, todo los conejos.

Y es que todos estaban feliz, menos su salvadora, quién estaba temblando de miedo, ya que se había acordado de que se había olvidado de algo muy importante. Los conejos, al ver su extraño comportamiento, inusual para alguien que les salvó, les preguntaron qué le pasaba.

— ¡Se me ha olvidado hacer la tesis! ¡Y Mañana lo tengo que entregar! ¡Y ni he hecho la introducción! ¿Ahora qué hago? — Eso gritaba desesperada, mientras daba la vuelta por la sala. Los conejos, al ver qué no era nada importante, empezaron a reírse, y ella hizo lo mismo. Tras eso, llegaron los créditos.

Josefina se sintió, entonces, incomoda, porque sentía que había olvidado algo muy importante y relacionado con su escuela, pero no lo recordaba. Y tras mucho pensar, se dio cuenta de que era eso.

— ¡La Tesis! — Esto gritó a lo primero, pero se dio cuenta de qué no era eso. — Espera… ¡Los deberes! — Dijo esta vez, correctamente; chillando.

Se puso muy nerviosa, preguntándose qué iba a hacer, mientras levantaba y empezaba a dar vueltas alrededor de la mesa, ante las miradas atónitas de Clementina y Diana. Entonces, pisó sin querer la mano de Mao, y éste se despertó y empezó a gritar por el dolor, a la vez que daba vueltas por el suelo. Estos chillidos hicieron que Alsancia y Malan bajarán rápidamente al salón.

— ¿Ojou-sama, qué le ha pasado? — Le preguntó muy preocupada, Martha.

Entonces, vieron a Josefina pidiéndole perdón a Mao, mientras éste intentaba aliviar el dolor que tenían la mano, a la vez que Clementina y Diana le decía a la mexicana que tuviera más cuidado, y a Sasha riéndose frenéticamente. Supieron que no era nada grave y se aliviaron.

— La tonta simpática — refriéndose así a Josefa. — ha metido otra vez la pata. — Se decía Malan, dando un gran suspiro de alivio.

Después de eso, Josefina rápidamente se olvidó del asunto, cuando vio a Alsancia disfrazada de tribu africana, al igual que el resto, que le decían que le quedaba perfecto y genial, mientras ella se moría de vergüenza. Después de eso, mientras subía a arriba para quitárselo, Mao, intrigado por lo que paso a Josefina, le preguntó.

— ¿Qué te ha pasado antes para qué te pongas así, Josefina? — Eso le decía, mientras Josefina estaba mirando una revista. Su pregunta hizo que ella se acordará de que tenía que hacer los deberes. De repente, se puso a chillar.

— ¡Oh, por Dios! ¡No he hecho los deberes! — Estaba atacada de los nervios. — ¡Y tengo que hacer los de mates, los de inglés, los de ruso…! ¡En fin, muchos! ¡Y mañana son las clases! — Se ponía las manos en la cabeza, mientras se preguntaba por qué siempre le pasaba eso con mucha desesperación.

— Cómo se esperaba de alguien como tú, acordándose de los deberes a última hora. — Eso le decía Malan, mientras se sentaba en el suelo.

— Seguro que tú tampoco los ha hecho. — Se lo dijo una Josefa, totalmente molesta por ese comentario.

— Si es lo primero que hice al llegar las vacaciones, y además lo hice aquí. Tengo a Ojou-sama de testigo. — Sus palabras fueron como una flecha atravesando el orgullo de Josefina.

— Lo confirmo, fue toda una pesadilla…— Añadió Mao, mientras ponía una mano sobre la frente, recordando lo horrible que fue escuchar a Malan.

— Por otra parte, aún te faltan aproximadamente trece horas para terminarlos, para alguien cómo tú un milagro la puede sacar de esto…  —Malan siguió hablando sobre las posibilidades reales que tenía Josefina, haciendo que ella perdiera la esperanza.

— ¡Jo! ¡Estoy perdida! — Josefa empezó a llorar, mientras se imaginaba el enfado monumental que le iba a montar su madre. Entonces, Malan se acercó a ella y puso sus brazos sobre ella.

— Tonta simpática. — Josefina le replicó que dejará de usar ese mote. — No te preocupes, hay un milagro. — Esto le digo con la toda seriedad del mundo. Entonces, Josefa le preguntó en dónde estaba. Mao, al escucharla, supuso qué era ese milagro.

— Está justo aquí. — Se señalaba a sí misma. — Soy yo, Martha Malan. — Mao había acertado. Entonces, Josefina empezó a sonreír muy feliz, antes de abrazarla fuertemente.

— ¡Gracias, gracias, de todo corazón! — Eso le gritaba eufórica, mientras Malan le pedía que la soltara, que la estaba ahogando.

A continuación, tuvieron que pedirle a Mao que las dejaran dormir en su casa, éste aceptó por lástima. Josefina se fue a su casa para decirle a su madre eso, aparte de coger lo que necesitaba. A las siete de la tarde, ella volvió muy contenta, porque su mamá lo aceptó, y estaba preparada para la larga noche.

Al entrar, vio que Mao había llamado a las madres de Malan y Alsancia, quienes dijeron que sí, pero no a la de Sasha, a quién le estaba soltando, para que se fuera a su casa. Le preguntó Josefina por qué no lo hizo y él la contestó con estas palabras:

— Por dios, no voy a dejar a ese demonio en casa esta noche, después de lo que lió hoy. — Eso le respondió Mao, quién miraba en aquellos momentos muy mal a Sasha, como si fuera un monstruo o algo así. Pero Josefina no se rindió, insistió sin parar hasta que él aceptará que ella se quedaba a dormir. Éste, harto de escucharla, decidió hacerla caso y le dejó la tarea de llamar a su familia, mientras volvía a atar a aquella niña tan problemática. Se arrepintió mucho de haberle dado el teléfono, ya que llamó a alguien que no quería ver.

— ¿Qué mierda haces aquí, Nadezha? — Eso gritó Mao sorprendido, cuando la vio entrar en la tienda, ya que estaba revisando los precios de sus productos. Nadezha, algo avergonzada y con una mochila en la espalda, le dijo esto:

— Solo he venido porque Josefina no me dejaba en paz. — Eso le decía, muy avergonzada por sucumbir antes las suplicas de Josefina para que viniera. Al llegar al salón, la mexicana la saludó muy feliz, mientras Mao decidió burlarse de la risa.

— ¿Por cierto, has hecho los deberes cómo una niña buena? — Eso le decía entre burlas, mientras miraba su mochila.

— Estuve una semana muy ocupada. — Eso le respondió, molesta por aquel comentario. Mao le dijo otra provocación pero ella lo ignoró, cuando vio a Sasha, quién estaba atada.

— ¡Oye, Mao! ¿Qué hace esa niña atada? — Se preguntaba qué razón había para que esa chica estuviera así. No lo veía normal, pero, entonces, Sasha soltó una de las suyas.

— Soy una oruga, no una niña, Blancanieves. — Eso le dijo Sasha, mientras intentaba imitar a un gusano, dejando perpleja a Nadezha, quién se preguntaba si estaba bien de la cabeza y por qué le estaba llamando “Blancanieves”. Le iba a decir unas cuantas cosas, pero Mao la detuvo:

— Es un bicho raro, nadie entiende lo que hace ni lo que dice. — Le dijo Mao.

A continuación Malan, volvió de la cocina, ya que tenía sed, y se encontró cara a cara con Nadezha. Se puso pálida al momento, ya que no sabía cómo actuar delante de ella. La rusa la miró con desprecio y odio, con ganas de matarla; recordaba todo el daño que le hizo a su querido novio y no la había perdonado, a pesar de que ella le había dicho perdón unas cuantas veces. El salón se volvió de repente en un lugar muy incomodo, y Josefina intentó aliviarlo con estas palabras:

— ¿Qué les pasa? — Eso les decía. — ¡No se pongan así, olvídense del pasado y ya está! — Sus palabras no ayudaron nada.

Aún así, la incomodidad que había entre ellas se alivió, poquito a poco, mientras Nadezha ignoraba por todos los medios la existencia de Malan. Ésta, a pesar de que quería mantener una charla con ella, ya que deseaba ser su amiga; decidió hacer lo mismo y estaba hablando con Josefina.

— Por cierto, Malan, Hay algo que me gustaría preguntar. ¿Por qué a todos les llama con motes y no por nombre? — Eso le preguntaba Josefina, era algo que le rondaba por la cabeza desde hacia tiempo.

— Así le digo a las personas con las que me relaciono y con las que tengo cariño. — Eso le respondió Malan.

— Pues tonta simpática se me hace muy poco cariñoso. — Le dijo molesta, Josefa.

Cuando faltaba poco para las nueve, Malan intentó llamar la atención de todos para hablarles de algo, aunque le costó, ya que intentaban separar a Mao y a Nadezha, que se estaban peleando.

— Hoy no debe ser considerarse un día para descansar, sino para trabajar. Tonta simpática, Osa rusa y la chica problemática deben de terminar sus trabajos de clases y solo tenemos muy pocas horas para que lo terminen. Por supuesto, la chica genio Martha Malan, su Ojou-sama y demás seremos sus ayudantes en esta gran tarea titánica. ¡A las nueves comienza está lucha! ¿Preparados? —

Lo primero que se escuchó fue a Josefina protestando por sus motes, luego a Nadezha diciéndole que ni la mencionara, quién fue interrumpida por Mao, ya que éste defendió a Malan, provocando así una pelea. Mientras Clementina y Leonardo separaban a aquellos dos, la africana miró el reloj y vio que era la hora.

— ¡Ahora! — Gritó, antes de simular un pistoletazo de salido. Josefina, tras escucharlo, empezó a sacar todo lo que necesitaba de la maleta y Nadezha decidió hacer lo mismo. Sasha, quién aún estaba atada y seguí haciendo su papel de gusano, miraba como empezaba aquella carrera contra el tiempo. No pasó ni una hora desde entonces y ya tenían problemas.

— ¡No entiendo esto! ¿Me lo puedes explicar otra vez? —Josefina estaba confundida, no entendía nada de lo que le explicó Malan, a pesar de que le dijo por quinta vez cómo tenía que hacer los deberes de matemáticas. Martha lo intentó de nuevo con mucha paciencia, pero fue en vano.

—  Al parecer, es imposible que podamos hacer algo de esta manera. — Eso dijo cuando vio que llevaba casi una hora intentando explicarle cómo era y nada, mientras estaba formando un plan en su mente.

— Pues explicas muy bien. — La elogió Clementina, quién se había enterado a la tercera vez de que iba la cosa.

— ¿Entonces, qué hago? — Le preguntó la mexicana, desesperada.

— Denme una libreta, tus deberes y haré milagros. — El supuesto milagro que le dijo Malan era que haría los ejercicios por su cuenta y luego Josefa los copiaría en su libreta.

Mientras Malan empezaba a hacer los deberes por Josefina, quién la estaba agradeciendo por su ayuda; Nadezha estaba teniendo muchos problemas con sus deberes. Hacía rato que empezó y no había avanzado nada, todo por culpa de alguien.

— ¡Así lo dice el Platón! ¡Lo pone ahí, en esta puñetera página! — Le decía Mao a Nadezha mientras le señalaba una página del libro de filosofía.

— ¡Te digo que el ejercicio es según tu opinión, no según dice ese filósofo!  — Nadezha se arrepentía mucho de haber venido a la casa para hacer los deberes, porque Mao no la dejaba hacer sus ejercicios en paz.

— Lo que quiero decir es que tienes que poner según lo que dice ese comecocos y luego decir la tuya opinando diciendo que si o no. — Eso le gritaba Mao, mientras le señalaba el anunciado del ejercicio. — ¡Qué no te enteras! ¡Repasa tu inglés, qué no sabes ni pronunciar los verbos cómo Dios manda! —

— ¡Te demostraré que sé mil veces más en ese asqueroso idioma que tú, maldita china! — Le replicó Nadezha entre gritos, mientras se miraban con ganas de matarse la una con el otro.

— ¿No deberían tranquilizarse un poco? ¡No es hora de pelearse! — Eso les decía Leonardo con un poco de miedo, por si uno de los dos la iban a tomar con él, mientras les señalaba que Alsancia se quedó frita en el suelo. Se callaron, por no despertarla; y éste subió a la napolitana a su habitación, a la vez que Nadezha le preguntaba a Josefina qué hora era. Cuando ella miró en su móvil la hora y comprobó que eran las onces de la noche, mientras esperaba que Malan terminara con la redacción en ruso, se acordó de que Sasha estaba atada.

— ¡Nos hemos olvidado de que Sasha está aún así! — Eso dijo Josefina, como si fuera una revelación, y le preguntó a Clementina si podría soltarla y Mao se negó. Tras insistir mucho, durante toda una media hora, éste tuvo que ceder y le dio la orden a Leonardo de soltarla. Y tras hacerlo, dejo de hacer el gusano y empezó a decir otras estupideces, mientras se libraba de las cuerdas que le mantenían prisionera:

— ¡Oh, la libertad! — Eso gritaba Sasha, actuando como si se hubiera escapado de un campo de esclavos, antes de besar el suelo, gritando “¡Viva América!” y cosas parecidas. Los demás ignoraron eso y Josefina, tras ver que dejaba de hacer la tonta, le dio los deberes.

— ¡Sasha, debes empezar a hacer los deberes! — Eso le decía Josefina. — ¡Has perdido mucho tiempo! — Le entregó lo que había hecho para que los copiara. — Toma, puedes copiarte de esto. —

Entonces, Sasha empezó a mirar la libreta que le habían prestado. Luego, mostró una sonrisa maliciosa y comenzó a romper todo los ejercicios que había hecho Josefina, dejando a todo el mundo de piedra, sobre todo a Josefa, que se quedó en shock durante unos segundos. A continuación, gritó con todas sus fuerzas.

— ¿Por qué hiciste eso? — Eso le gritaba histérica, mientras lloraba a mares. Si no fuera por Mao, quién cogió a Josefina, ésta se hubiera lanzado hacia Sasha, que se hacía la buena.

— ¡Oye, qué los vecinos me van a protestar! — Eso le gritaba Mao en un intento de calmarla, ya que estaba tan alterada que no dejaba de gritarle a Sasha cosas horribles. Nadezha, al escucharle, se decía a sí misma que él se la pasaba gritando y no tenía el derecho a decir eso.

Después de eso, Josefina desistió de hacer algo impropio de ella y solo siguió llorando sin decir nada. Mao, quién estaba atando de nuevo a Sasha, le decía esto:

— Eso te pasa por desatar a esa niña. — Esas fueron sus palabras, mientras Sasha no paraba de decir estupideces. Mientras tanto, Malan estaba animando a Josefina, a la vez que estaba haciendo los deberes que le quedaban por hacer.

— ¡Tranquilízate tonta simpática, yo aún conservó los míos, puedes volver a copiarte! — Eso le decía, mientras le enseñaba los que había hecho.

Al final, Josefina se pudo tranquilizar, gracias a los ánimos de Malan, y volvió a empezar todo de nuevo, más rápido que nunca, mientras Martha seguía con los que faltaban para que Josefa las copiase.

Por su parte, Nadezha estaba bastante irritada, ya que solo terminó los deberes de dos asignaturas por culpa de Mao, quién le decía que lo ella estaba escribiendo estaba mal. Por otra, Clementina y su hija Diana decidieron acostarse. Leonardo luchaba por no dormirse y Sasha se quedó dormida, hace unos minutos. De repente, tras minutos de puro silencio, la mexicana dio un chillido de sorpresa.

— ¡Ya lo entiendo! — Eso gritó Josefina, tras estar un rato pensando sobre un ejercicio matemático, y es que se daba cuenta a las una y algo de la madrugada de lo que le intentaba explicar Malan.

— ¿Él qué? — Eso le preguntó Mao, después de dar un bostezo.

— Ya entiendo lo que decía Malan sobre este tema. ¡Ahora si lo entiendo! — Eso le gritaba Josefina muy feliz de haber entendido algo tan complicado. Sentía que podría mover el mundo.

— Desde ahora te llamaré “Lenta simpática”, queda mejor. — Añadió Malan, tras ver que su capacidad de entendimiento era más lenta de lo que pensaba, mientras le hacía los últimos ejercicios.

— ¿Por qué? — Eso le preguntó Josefina, harta de que le tuviera que poner motes así de molestos. Había perdido todos los ánimos al oír las palabras de Malan.

Al llegar las dos de la madrugada, solo habían cuatros personas que no se habían dormido, los demás estaban fritos, aunque eran despertados una y otra vez por los chillidos entre Mao y Nadezha, quienes se estaban peleando con cada ejercicio que hacían.

— ¡Así está mal! ¡“X” no es esto, este resultado es falso, muy falso! — Eso le decía Mao, mientras le intentaba explicar un problema de matemáticas.

— ¿Desde cuándo tiene doctorado en matemáticas? ¡Todo esto está bien y punto! — Nadezha no tenía ganas de revisar cada ejercicio que hacía, solo quería terminarlo.

— ¡Ni punto ni coma ni qué mierdas! ¡Ese cerebro que tienes es una mierda! — Eso le replicaba, entre burlas, Mao.

— ¡Tú eres el cerebro de mosquito! — Y Nadezha le dijo esto, con ganas de golpear algo.

Así que dio con la mano un golpe en la mesa, tan fuerte que hizo que un vaso de agua que estaba sobre la mesa, cayera sobre su libreta, llenándose de agua. También provocó que Josefina abriera los ojos, porque estaba a punto de dormirse.

— ¡Oh dios mío, mi libreta de matemáticas! — Eso gritó Nadezha, mientras cogía la libreta e intentaba secarlo.

Y Mao estalló de la risa. La reacción de la rusa al ver eso fue un puñetazo en toda la cara del chino, éste la esquivó y otra vez empezaron con otra violenta pelea de las suyas. Mientras tanto, Josefa estaba viviendo otra batalla, la de no quedarse dormida mientras se copiaba de Malan.

— ¡Tú puedes, Josefina! ¡Tú puedes! ¡De ti depende de que alguien de la familia vaya a la universidad y tener a su mamá contenta! — Se decía eso a sí misma una y otra vez, mientras Nadezha y Mao fueron separadas por Malan.

Martha Malan, tras terminar de hacer los deberes de Josefina para que ésta se copiara de ella, cogió unas hojas de una libreta, tras pedir permiso, y empezó a escribir algo. Al volver Mao, quién se fue a la cocina, la vio haciendo esto y extrañado, le preguntó:

— ¡Hey, Afrikáner!  ¿No decías que no tenías deberes para hacer? — Eso le preguntaba, mientras miraba en el móvil de una de las chicas la hora y observó que faltaban veinticinco minutos para las cuatro.

— Pues estoy haciendo una Tesis doctoral. — Al decir Malan esto, dejó a Mao boquiabierto.

— ¿No eres muy joven para eso? — Eso le decía, mientras miraba lo que estaba escribiendo. — ¡Eso es lo que hacen los universitarios cuando se gradúan o algo así! ¡Y tú estás en la primaria! — Aunque, por lo que estaba leyendo Mao, aquella chica escribía demasiado bien para una niña, incluso era mucho mejor que el suyo.

— ¡Cómo me esperaba de mi Ojou-sama! ¿Ahora se preguntará por qué hago esto si estoy en la primaria, no? — Eso dijo Malan, a continuación.

— Pues,…— Mao intentó decir algo, pero Malan no le dio tiempo.

— ¡No digas nada más! Para la genial Martha Malan es un suplicio estar ahí, la primaria se ha vuelto algo tan fácil y aburrido para mí. Por eso, he decidido hacer una tesis y entregárselo a la universidad, así verán mi genialidad y me harán trasladar varios cursos por adelantado. — Eso le gritó una Malan muy entusiasmada, bastante para Mao, quién se creía que se estaba haciendo falsas esperanzas.

— ¿En serio crees que te lo van a hacer? — Eso le preguntó Mao.

— Hay esperanza, Ojou-sama. De todos modos me está resultando muy entretenido.  —Eso le respondió Malan, quién estaba muy entretenida haciendo eso, y Mao decidió no molestarla.

— Pues bien, buena suerte. — Eso le dijo Mao a Malan irónicamente, para luego, dirigirse hacia a Nadezha, que se estaba quedando dormida mientras hacia los deberes.

Éste la hizo volver al mundo real, mientras le estiraba los cachetes de la cara, provocando por enésima vez una pelea. Tras eso, Mao se quedó dormido, al igual que los demás que cayeron ante el sueño. Solo estaban dos personas, Josefina y Nadezha, que aún no habían terminado sus deberes.

— Faltan poco para las seis de la madrugada. — Eso decía mientras miraba su móvil. — Aún me queda aún asignatura por terminar. — Miraba con horror lo que le quedaba de tareas. ¡Mejor abandono! — Ya no podría con su alma y se iba a rendir.

— ¡No, Nadezha! — Le decía, entre bostezos, Josefina. — Estás cerca, no puedes abandonar ahora. — Ella estaba igual que Nadezha, pero aún así no se iba a rendir.

— Pero el sueño…— Eso decía, Nadezha, mientras intentaba mantener abierto sus ojos.

— ¡Aguanta, aguanta, aguanta! — Le repetía una y otra vez Josefina.

— Vale, vale, seguiré. — Las palabras de una Josefa que intentaba luchar por no dormir la hicieron recapacitar y Nadezha no se rindió.

Las dos siguieron su batalla, cansadas y muertas de sueño, pero cerca de terminar los deberes. El final estaba cerca. Las dos chicas dieron lo mejor de sí mismas durante una hora más.

No importaba el hecho de que le dolían las manos de tanto escribir, ni de que no paraban de cerrar, una y otra vez, sus ojos, ni su incapacidad de pensar; ya que, al final, lo consiguieron, cuándo el sol ya empezó a alumbrar la cuidad.

— ¡Hemos terminado los deberes! — Gritaron a la vez de pura felicidad. Estaban tan eufóricas que se dieron un gran abrazo entre ellas. Al terminar, Josefina le preguntó la hora y ésta le respondió:

— Son las siete y algo de la mañana. ¡Aún falta mucho para ir a nuestras escuelas! Deberíamos echarnos un ratito. — Eso le respondió Nadezha a Josefina.

— Me parece un buen plan, Nadezha. — Eso le dijo Josefina. Y las dos cerraron sus ojos y empezaron a dormir una larga siesta que terminó a las dos de la tarde.

FIN

 

 

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