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Mochila Misteriosa, vigésimo octava historia

 

La primavera había llegado a Shelijonia y la nieve se estaba derritiendo. Los campos, poco a poco, se volvían verdes y llenos de flores. En ese día, yo me la iba a pasar en casa descansando como Dios manda. Eso sería el plan pero cambié de planes cuando, a través del móvil, supe que mi Vladimir iba a pasar cerca de aquí en busca de una buena floristería y decidí aprovechar el momento para estar con él.

Cuando dije que iba a pasar por aquí cerca, es que lo iba a hacer en autobús. La línea que unía el lugar dónde mi amor vive con esa floristería pasaba cerca de mi casa y tuve que salir corriendo, ya que faltaba poco para que pasara por mi parada. Gracias a dios llegué a tiempo. Al subir, vi a mi Vladimir, sentado en la parte de atrás. Nos saludamos, al estilo ruso, y me senté junta a él. Le pregunté por qué quería comprar en esa floristería, ya que estaba un poco lejos de dónde vivía.

— El cumple de mi madre es muy pronto y pensaba comprarle en una flores, y he pensado en comprar esas Шведова (Shvédova), Nadezha. — ¡Qué lindo es mi Vladimir, piensa en su madre!

Las flores que iba a comprar, era autóctonas de Shelijonia y muy raras, y no era solamente porque fueran una especie en peligro de extinción, sino que las licencias para venderlos son muy difíciles de conseguir, y esa tienda que le enseñé hace tiempo las tenía. Era bastante lindo, además, que comprará especialmente esa especie, ya que tenían un significado muy especial, relacionado con el aprecio al amor maternal. ¿A qué es una ricura? Por supuesto que sí.

— Eso está muy bien de tu parte. — Eso le decía. — Tal vez debería comprar esas flores para mis padres. — Ya que yo iba, sería buena idea aprovechar nuestra visita y comprarles esas flores a los pobres, que descansen en paz. Al recordarlos, me puse un poco triste.

Tras pasar unos veinte minutos y por tres o cuatro paradas, se subió y se sentó cerca de nosotros una persona muy sospechosa. Llevaba un enorme abrigo de color negro, que le llegaba a los pies; un sombrero que le tapaba la cabeza y unas gafas de sol, que ocultaban sus ojos. Llevaba una gran mochila que la puso en el asiento que estaba a su lado. Todos, hasta el conductor, la miramos raro a los primeros segundos con sospechas, pero luego, volvimos a nuestras cosas.

Cuando el autobús iba a dejar la parada, entonces, se escuchó los gritos de una chica que le pedía fuertemente al autobús que no se fuera. El conductor la hizo caso y paró. Eran dos personas, que parecían madre e hija; y mientras la mayor le pedía disculpas y le pagaba, la otra le decía tonterías. Entonces, reconocí a esa chica, a la pequeña; y era una de las amigas de Josefina, que conocí un día, cuando pasé la noche en la casa de Mao para hacer los deberes. En realidad, dudaba de que si era una amistad de esa mexicana, porque le destrozó la libreta, cuando le prestó sus deberes. Y también me sigo preguntando la razón por la cual estaba atada en aquel entonces.

Tenían mucho parecido en el aspecto y tenían un color de pelo bastante curioso, una especie de azul marino. Las dos se sujetaban el flequillo, con dos pequeñas horquillas, y realmente parecían madre e hija, porque la mayor la estaba regañando, pidiendo que dejara de molestar al conductor. Aunque era parecía demasiado joven para haber parido a una niña de esa edad.

Entonces, aquella chica, se dio cuenta de mi existencia. Al reconocerme, dio una sonrisa que no me gustó nada, y se acercó corriendo hacia nosotros. Sentí que venía con la intención de fastidiarme, y me preparé mentalmente para aguantarla. Al llegar a la parte atrás del autobús, me señaló con su dedo y me gritó esto:

— ¿Quién eres? — Eso me preguntó y dudé si seguirla la corriente, ya que se notaba que me conocía. Me callé, intentado creer que no me reconoció y esperando que no me molestara, pero ella vino con esa intención, ya que me repitió la misma pregunta, mientras me tocaba literalmente mis narices. Vladimir le quería decir algo pero yo le contuve, y en su lugar, mientras levantaba su brazo para que dejará de tocarme la cara, le pregunté seriamente esto:

— ¿Qué quieres? — No quería que me molestase.

— Mi hijo. — Eso dijo la niña. Yo no dije nada, no quería contestarle si decía tonterías. Ni siquiera sabía a qué se refería ella con esas palabras, no tenía nada de lógico esa respuesta. En ese momento, su familiar terminó con el conductor y se dio cuenta de que ella me estaba molestando. Se acercó, corriendo, a nosotros, mientras le decía esto:

— ¡Hermana, cuantas veces te he dicho que no molestes a la gente! — Eso le decía. ¡Deja a la chica en paz! — Mientras la agarraba. Así supe que eran hermanas y tenía lógica, porque era demasiado joven para ser una madre.

— ¡Lo siento mucho por si mi hermana la ha estado molestando! — A continuación, se disculpó con mucha vergüenza en el rostro.

Me dio pena la pobre, teniendo que cargar con una niña tan molesta, ni me podría imaginar cómo sería el día a día con ella. Por eso, la invité a que se sentará con nosotros, ya que me daba cosa no ser amable con ella. Y para mi sorpresa, era alguien muy diferente. Se llamaba Malia y daba la buena impresión de que era una persona muy agradable, y lo era. Tras decirme, su nombre, iba a presentar a su hermana.

—Soy Cayo Julio César Augusto. — Pero ésta la interrumpió con estas palabras.

— Su nombre real es Sasha Rooselvelt. — La ignoró y me dijo cómo se llamaba realmente.

A continuación, empezamos una conversación entre nosotras, sobre nuestras diferentes razones para montarnos en el autobús. Era bastante amigable la chica y parecía una buena persona, que tenía la mala suerte de tener a una hermana pequeña muy complicada, ya que no dejaba de interrumpirnos y de molestarnos, incluso a mi Vladimir. Por mucho que se le decían las cosas, no hacía ni puto caso. Y cuando se dio cuenta de que estábamos hartos de ella, se dedicó a molestar a otras personas.

Se dirigió hacia la persona sospechosa de la mochila, que estaba sentada delante de nosotros, y aprovechando el hecho de que Malia estaba distraída, hablando conmigo y con Vladimir; estaba molestándola con un juguete que hacía pompas de jabón, intentando que éstas se fueran hacia su cara.

Aquel personaje, al principio, intentó ignorarla, pero no pudo y nos dio un grito, bastante femenino, diciéndonos que esa niña la dejara en paz. La hermana mayor, muerta de vergüenza, le pedía disculpas y regañó a Sasha otra vez. Yo le pregunté, a continuación, cuál era la razón de que esa chica fuera alguien tan insoportable.

— Es que ella siempre es así, no puede estar tranquila sin molestar a nadie. — Eso me respondía, mientras ponía una cara de vergüenza y de cansancio. Se notaba que aquella niña era una fuente de problemas para ella y  yo la empecé a admirar un poco, al ver su aguante con tal persona. Si fuera yo, me hubiera vuelto loca.

A continuación, Sasha descansó de ser una molestia durante unos minutos, tal vez, porque se había quedado sin ideas. Y entonces, decidió sacar un tema realmente incómodo y que nadie debería decir si estábamos viajando en autobús.

— ¡Hey, hey, hermanita! ¡Imagínate que en este autobús tuvieran una bomba! ¡Qué al dar un giro por la izquierda diese un boom y todos volamos por los aires! ¡Boom! — Eso le decía a su hermana, mientras simulaba ser una bomba, creando un aura de incomodidad entre todos los que estábamos en el autobús.

Ella nos estaba recordando, aquella época en dónde los atentados eran comunes en Shelijonia, en dónde era normal que algún autobús o en un supermercado alguien pusiera una bomba, que podría matar a mucha gente o a solo daba un susto. Por algo llamaban a Shelijonia, “la tierra del terrorismo”, en gran parte de los Estados Unidos. Y de eso solo habían pasado pocos años, el recuerdo era aún reciente. Y sobre todo a mí, porque mi padres murieron de eso.

— ¡No digas esas cosas! ¡Eso trae mucha mala suerte! — Eso le decía su hermana.

— Anda, mujer no pasa nada. Aunque sería hilarante si fuera verdad. —Puede que para ella fuera algo gracioso, que es no es normal, pero que no lo dijera en público, en este lugar. Para lo demás eso no era para nada un asunto divertido. Entonces yo, molesta por las estupideces de Sasha, noté que la persona de la mochila estaba temblando y sudando como un cerdo, tal vez, por los nervios.

Me preguntaba si le había entrado el miedo por culpa de ella al principio, pero luego empecé a sospechar. No dejaba de mover las piernas, miraba el reloj y se decía, en voz baja y nerviosa, cuándo iba a llegar la próxima parada. Intenté deshacerme de esas paranoias, mientras maldecía a esa niña por insinuar esas cosas.

El terrorismo fue el gran cáncer de Sheijonia, desde los setentas hasta a principios del siglo XXI, es decir, hasta hace poco. Cuando Washington creyó que se había tranquilizado las cosas en nuestra isla, ya que desde que nos había anexionado hubo cientos de revueltas y rebeliones de todo tipo; miles de grupos terroristas se formaban, tanto en pro de la independencia como del comunismo soviético, e intentaban debilitar la presencia useña. El terror y el miedo invadieron este lugar. Mi familia siempre repudió eso y lucharon en contra de ese error y muchos familiares míos murieron, entre ellos mis propios padres, que fueron asesinados en unos de los últimos atentados que asoló la región. En fin, durante décadas, la inseguridad era algo corriente aquí y que no deseamos volver a ver.

— ¡Y entonces el autobús debe ir corriendo a muchos kilómetros porque si baja explota! ¡Boom! ¡Boom! ¡Y más boom! — Esa niña solo decía diciendo más y más tonterías, no paraba.

— ¿No puedes hablar de otra cosa? ¿Algo bonito? — Le pregunté desesperada, para que cambiará de tema.

— Los ponis son del 2000. — Y me lanzó otra respuesta sin sentido. Le pregunté, cansada y harta de su fastidiosa actitud, si podría dejar de decir tonterías, pero ella me ignoraba.

— Perdón, ella siempre hace eso. — Eso me respondía Malia, intentando explicar los sinsentidos de su hermana, que ella tampoco entendía. Ya hasta daba dolor de cabeza.

— Ahora la moda son las mochilas. — Sasha seguía su rollo y nos empezó a señalar a la mochila que tenía aquella persona sospechosa. —Cómo esa, una gran muestra del arte y del estilo.- La mochila parecía bien vieja, muy cargada, muy grande y perfecta para las acampadas. Su marrón descolorido dejaba mucho de desear para ser “una gran muestra del arte y del estilo”.

Y Sasha se acercó a eso y parecía que la quería abrir. Entonces su hermana fue a por ella y le regañó, le decía que no debería tocar las cosas de los demás. El dueño de esa cosa también se alteró mucho cuando vio que esa niña intentó tocarle y saltó como un león para impedirlo. Eso pareció demasiado sospechoso. Cuando todo se calmó, el autobús se detuvo en una parada y esa persona salió a toda velocidad del vehículo y se lo olvidó en el asiento, algo que nos dimos cuenta enseguida.

— ¡Espere, qué se le ha olvidado de su mochila! — Eso le gritaba Malia pero no la escuchó, o más bien, parecía que la ignoró. A continuación, ésta se levantó e intentó coger la pesada mochila pero no podría.

Yo le dije al conductor que esperase un momento y lo cogí en su lugar. Sin decir una palabra decidimos salir del autobús a buscarle y entregarle eso. Tenía mucha prisa, ya que iba corriendo a toda velocidad, hasta que llegó a un parque cercano y decidió descansar allí. Nosotros la alcanzamos a nuestro ritmo. Para mí, la caminata fue horrible, porque esa mochila pesaba un montón, tanto que a los cincos minutos ya me dolía la espalda por cagarla. Mi querido Vladimir, al verme sufrir, intentaba que yo se lo diese. Por supuesto que no lo hice, porque si yo no podría, él menos, pero me alegró mucho que deseaba ayudarme. ¡Qué lindo es!

Cuando la habíamos alcanzado, tras pedirle a Sasha que se callase, ya que sus chistes malos eran demasiado horribles para nuestros oídos; esa persona, que se estaba riendo como desquiciada, se dio cuenta de nuestra presencia y cambió radicalmente de actitud. Paró de reír, para empezar a gritar como demente, mientras salía corriendo, como si tuviera el diablo.

— ¡Mierda! ¡Mierda! ¡No se me acerquen! — Eso gritaba como loca.

No parecía una persona mentalmente estable. Yo, mientras tanto, soltaba aquella pesada mochila al suelo, incapaz de reaccionar, al ver eso. Algo parecido le pasaron a Malia y a mi Vladimir.

— ¿Qué le pasa? — Eso le gritaba yo, cuando pude asimilarlo. — ¡Solo les vamos a entregar su mochila! ¡No se ponga así! — Pero aquella persona ya casi había desaparecido de nuestra vista.

Yo salí detrás de ella, quería alcanzarla y averiguar por qué se estaba comportando de esa forma tan extraña.

Ya sospechaba que en ello no había nada bueno. Mientras tanto, Malia intentaba coger la mochila pero no podría mientras su hermana le daba ánimos en un tono que me parecía muy a burla. Al final, perdí la pista de esa maldita loca y volví con ellos.

— ¡Déjalo, esa chica no quiere esa mochila! — Le decía totalmente mosqueada a Malia, mientras seguía intentando levantarlo. Estaba muy enfadada, porque, por la culpa de aquella persona, perdimos el autobús y perdimos el tiempo en transportar algo que no quería.

— ¿Y ahora que haremos? ¿Entregársela a la policía? — Eso me preguntaba ella, a continuación.

— Y yo que sé. — Y eso le respondí. A continuación, yo, Malia y mi Vladimir nos pusimos a pensar, mientras la burra de la hermana se le ocurrió una idea muy poco brillante sobre qué hacer con la mochila.

— ¡Nadie quiere la mochila! ¡Nadie quiere la mochila porque es fea y apesta! — Cantaba esto mientras hacía rodar la mochila hacía ladera abajo, ya que nosotros estábamos situado sobre una pequeña colina. Cuando nos dimos cuenta, la mochila ya estaba rodando sin detenerse hacía un pequeño lago.

— ¿Pero qué haces, Sasha? — Le gritó su hermana.

— ¡Solo le regalo la mochila a los patos! — Eso le respondió.

-Me compadezco de ti.- Eso le dije en voz baja, porque Sasha no tenía remedio, antes de salir corriendo hacia esa mochila para detenerla. Al final, mi carrera fue en vano, porque cayó al pequeño lago.

— ¡Victoria! — Decía esa Sasha desde lo alto de la colina.

Entonces, ocurrió algo que nos dejó sin hablar. Mientras esa mochila se hundía en el lago, explotó. Una gran columna de agua saltó hacía al cielo y cayó como si fuera lluvia. El tremendo ruido que provocó casi nos destruyó los oídos y la fuerza de la explosión nos tiró al suelo. Todo se lleno de gritos de las gentes del alrededor por lo ocurrido. Me pareció escuchar alguna que otra burla de esa Sasha. Por suerte, en esta especie de atentando no hubo víctimas, salvo los patos del parque cuyos restos caían sobre nosotros.

FIN

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