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Nochebuena en Shelijonia, vigésimo séptima historia

Por cualquier nueva estupidez los indios lo tratan como si fuera algo que podría cambiar el mundo. Por ejemplo, un día, La Zarina pidió comida china y fue el tema de conversación de todo el día y los siguientes.

— Mi Señora, ¿Qué es lo hace esa comida para que la llamen así? — Me preguntó mi leal sirvienta. Tal pregunta era muy estúpida para mí, pero no la culpo, ya que es la primera vez que oye eso en su triste vida.

— Se le llama así porque procede de la China. Punto. Fin. Solo es eso, solamente eso. — Eso le respondí, dudando si conocía la existencia de ese lugar.

— ¿Y por qué la Zarina, vuestra madre, quiere probar los majares de esa China?- Entonces, me hizo otra pregunta estúpida.

— Y yo qué sé. — Eso le respondí. De todos modos, es imposible saber lo que piensa la chalada de mi madre.

Así es, de repente La Zarina, quién solo devora platos de su reino, quería probar lo exótico, algo raro en ella, ya que no le gusta probar lo que no comía habitualmente. Por una vez no pasa nada, además me apetecía, por lo menos esta mujer nos puede dar alguna que otra alegría, que se volvió felicidad, cuándo la mesa estaba llena de esos platos asiáticos, listos para nosotros.

— ¡Deberían darme las gracias! He sido yo, quién ha propuesto esto de comer comida china. —

Eso nos decía mi molesto tío, mientras empezábamos a comer. Él espero algún que otro agradecimiento, pero nadie le hizo caso, por suerte. A continuación, la cena estaba tranquila sin que nadie hablara, hasta que la Zarina, tras devorar unos cuantos platos, decidió abrir su piquito de oro:

— ¡Oye, hermano! ¿No tienes esas galletas de la suerte? — Eso le preguntó ella y mientras yo me preguntaba qué quería decir con eso, él la respondió, tras dudar unos segundos:

— ¡Ah sí, eso! — Él dio unas palmadas y de la cocina unos indios nos trajeron un plato de plata, con tres simples galletitas. Ya sabía de qué trataba esto y me parecía una estupidez. ¿Galletas huecas cuyo interior tienen mensajitos para adivinar tu futuro o dar consejos? Son cosas para subnormales.

— ¡Vamos, hija mía, coge tú primero! — Me dijo mi madre. No quería hacer, pero si me negaba, me iba a obligar de una forma a otra, así que tuve que coger uno, a regañadientes.

No hay esperanza ninguna, absolutamente ninguna.

Así era el mensaje que contenía dentro y me animó muchísimo, fue lo más motivador que leí en mi vida. Ya me imagino a los clientes abriendo esas galletitas y viendo mensajes como “Sé realista, tu relación no va a durar nada”, “Tus amigos siempre te abandonarán, sea por una razón u otra”, “Toda tu vida es basura, mejor suicídate.” Me imagino los felices que estarán. Lo único bueno es que el desgraciado de mi tío también tuvo uno, igual o peor que el mío. Cuando lo leyó, se puso tan contento que lo tiró al suelo, mientras lo maldecía furiosamente.

— ¡Oye tú! ¿Qué mensaje tan bonito te han puesto para que te pongas así? — Eso le preguntaba mi madre, mientras se partía de la risa.

— Esa puta galletita dice que nunca seré feliz con una mujer porque soy puto. — Solo estaba describiendo su realidad.

Y llegó al turno de la Zarina y todo el mundo se mentalizó para no reírse si le decía alguna tontería o para salir corriendo si se enfadaba. Los indios ya se estaban escondiendo en la cocina y mi tío estaba preparándose para huir. Yo, por mi parte, me quedaría ahí, para burlarme de ella. Y cuando leyó, no hubo enfado, sino incomprensión.

— ¿Eh? ¿Ir a cenar con los pobres en un día importante no te hace daño? ¿Qué quiere decir esto? — Eso la dejó boquiabierta, y a nosotros igual.

Esto podría quedarse como una pequeña anécdota si no fuera porque esa maldita frase, la inspiró, es más, le pareció la idea más grandiosa del mundo y decidió irse a cenar con algún pobre. Y me tuvo que meter a mí y a Ranavalona en sus tonterías. Al día siguiente, nos llamó desde su trono y me pidió que cogiera algo de una vieja bolsa de patatas. Deseaba hacer un sorteo entre las miles de alternativas que se le ocurrió.

— ¿Por qué quieres que haga esto? — Le pregunté.

— ¡Ya lo descubrirás! — Me entraron escalofríos al escuchar eso. Pero no me pude negar y tuve que meter la mano y coger el primer papel que encontraba. Me arrepentí mucho, cuando vi el contenido de la frase:

“Cenar con prostituta en Nochebuena.”

— ¿Pero qué? — Me quedé perpleja. — ¿Qué es esto, madre? —

-No lo ves, esto es lo que has elegido.- Eso me respondió.

— Ya lo sé, pero…— No lo entendía. — ¿Por qué este contenido? — Me preguntaba a quién se le ocurría una idea tan disparatada.

— Es solo una opción de entre muchas. ¿Recuerdas lo de la galleta de suerte? — Si lo recordaba y lo estaba maldiciendo, a la puta galletita y al que escribió eso. — Pues solo eso. — Y lo decía cómo si no fuera nada grave.

Yo no estaba dispuesta a cenar con unas prostitutas, y se lo dije bien clarito. No iba a estar con la basura de la sociedad, que eran solo los juguetes sexuales de perdedores con dinero. Hasta los chatarreros tienen más dignidad que aquellas personas.

— No, es una orden de tu madre y de tu Zarina, tú iras conmigo quieras o no. — Por desgracia, tenía a la peor madre del mundo.

A veces, me pregunto si Dios existe, y si así fuera el caso, ¿por qué tuvo que ponerme en el vientre de esta mujer? Solo me da más que dolores de cabeza. De todos modos, le pregunté cuál era el pobre desgraciado que iba a tener la horrible suerte de cenar con ella:

— Fácil, buscamos a la prostituta favorito de tu tío y ya está. — Cada vez el asunto iba a mejor.

No deseaba conocer al saco de semen de mi tío, ni comer con eso en la misma mesa. Ni siquiera puedo aguantar tener a aquel desagradable familiar en la cena. Aunque, si les digo la verdad, me da pena, sea quien sea, la que se acueste con tal calzonazos. De todos modos, maldije a mi imaginación, porque me imaginé algo así y me dio mucho asco. Solo faltaban dos semanas para Nochebuena.

Al llegar el fatídico día, salimos del palacio, con una gran despedida para la Zarina y para mí y para mi sirvienta. Se escuchaba el himno por todo lo alto, con los indios tirando arroz sin parar y multitudes de gritos.

— ¡Deus salve o Tsaritsa! — Esto es lo que decían los altos cargos, mientras nos subíamos al carro, como si estuviéramos yendo a la guerra.

Todo está payasada siempre se hace cuando ella sale del reino, algo de por sí raro. De ahí salimos montadas en nuestra diligencia más cara, tirada por más de diez caballos hacia al exterior, a Springfield. Antes de dirigirnos hacia la casa de aquella prostituta, mi madre quiso dar una vuelta por la ciudad. Todos nos miraban como si fuéramos reliquias del pasado, esa era la intención de la Zarina, ya que le encanta atraer muchísimo la atención. También daba su opinión sobre la belleza del lugar

— ¡Esta ciudad siempre tan cambiante y sigue igual de fea! — No es que la Zarina tiene un gran aprecio por esta ciudad, la verdad. Ni yo tampoco. Por lo menos, me alegraba que la nieve tapase un poco la fealdad de este estúpido lugar.

A continuación, mi madre, tras un largo paseo, decidió seguir la dirección de la casa de la presunta prostituta y entramos en un barrio de clase media, un lugar extraño para una puta. Y al ver su casa, entonces, todo se volvió más raro. La casa era, en apariencia, la típica de la zona y no había indicios de mala vida. Supuse que tal vez era una tapadera perfecta, ya que nadie sospecharía de ahí; de un puticlub o algo peor.

Mire en el buzón y ahí estaba el apellido de esa gente: Roosevelt. Entonces, me imaginé a los poseedores de ese archiconocido apellido descubrir que lo compartían con una prostituta y pues los veía revolcándose en el suelo.

Tal vez esa podría ser la reacción de Franklin y Theodore, presidentes de los Estados Unidos; al saber eso desde sus tumbas. Bueno, lo que estoy segura es que esa sería la mía si descubriese que comparto mi apellido con un despojo como eso.

— Las apariencias engañas, ¿eh? — Dijo mi madre al observar eso durante largo tiempo.

— Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. — Le dije.

— En este caso, es prostituta. — Luego de decir eso, empezó a reír. Yo no veía a mi comentario ni una pizca de gracia, la verdad.

— ¿Mi Señora, cómo me tengo que comportar ante ellos? — Me preguntó Ranavalona al oído, mientras la gran Zarina iba directa hacía la puerta a dar otro espectáculo de los suyos. Y eso que quería decirle que no estábamos en el Zarato, así que tenía que comportarse como alguien normal. Por esa razón, no pude darle una respuesta a mi sirvienta porque mi madre abrió la puerta de esa casa de una buena patada.

— ¡Aquí ha llegado la invitada! — Gritó a los cuatros vientos.

Entonces, aparecieron tres mujeres, que se acercaron para ver quién había pateado la puerta y parecían una familia, y una de ella era una niña que reconocí, que conocía; y que deseaba no verla nunca más. Casi me dio un soponcio al verla. Se llamaba Sasha, quién entró hace tiempo con otra, una cacatúa hispana llamada Josefina, en mi palacio y me dieron más de un dolor de cabeza. Aún no sé cómo entraron. Pero en fin, las cosas solo empeoraron.

— ¿Quién eres? — Preguntaron muy confundidas las otras dos, una que parecía una adolescente, tal vez hermana mayor de Sasha; y otra más vieja, que parecía ser la mamá. Estaban muy sorprendidas, al ver a una mujer desconocida entró de forma violenta a su casa, lo cual las comprendo.

— ¡Wow! ¡Yo te conozco! — Eso decía a la vez, la subnormal esa de Sasha, mientras abría la boca como boba, observando a mi madre.

— ¡Yo también te conozco! — Y entonces, mi madre la reconoció, poniendo una cara de sorpresa.

— ¿Se conocen? — La más vieja les preguntó a Sasha y a mi madre, con mucha sorpresa.

Creo que nos equivocamos, pero hubiera preferido haberme encontrado con un puticlub antes que a esa maldita subnormal. Y deseaba quitarme del medio mientras charlaban, pero no me dio tiempo, ni siquiera de decirle a Ranavalona de que nos fuéramos de ahí.

— ¡Mira hija mía, aquí está una amiga tuya! — Porque mi madre me gritaba, haciendo que la familia se diera cuenta de nuestra existencia.

— ¡Ah sí, que gran coincidencia! ¡Me alegro mucho de verla! — Ironicé, mientras intentaba mostrar una sonrisa.

Tras eso, mi madre decidió presentarse y presentarnos, y ellas, después se presentaron. No recuerdo el nombre de la madre, pero si el de la hermana mayor, Malia. Al entrar esas chicas, la Zarina me dijo, al oído, estas palabras:

— Ese puto de tu tío nos ha engañado. Ninguna puta podría vivir aquí, esa vieja tiene incluso hijos. Ninguna prostituta tiene hijos. — Eso me decía, para añadir esto: — Bueno, no importa, así está mejor. —

Al final ni ella quería cenar con una prostituta, aún cuando fue su idea; no la entiendo, la verdad. De todos modos, decidí callarme, solo quería irme lejos de esta casa. Al entrar en el salón, nuestra Zarina se sentó en el sofá, ya que las inesperadas anfitrionas se lo pidieron, y yo, para no estar cerca de ella, me fui a la cocina. Me quedé en la puerta, oyendo a la hija mayor hablando sobre nosotras.

— ¿En verdad por qué no avisaste antes? — Se lo decía a Sasha. — ¡Es bastante inesperado! ¡No me importa si hay invitados pero por lo menos podrías haberlo dicho antes! —

Ella le respondió, mintiendo descaradamente, que fue una sorpresa suya, que nos invitaron para ser los payasos. Esas dos la miraron raro y, al parecer, no hicieron mucho caso a sus estúpidas palabras, que me provocaron ganas de dejarla inmóvil por el resto de su vida. Y entonces, habló la madre:

— ¿Oye tú, esas tipas las conociste en el manicomio o qué? — Le preguntaba a Sasha. — ¿Por qué se visten de una forma muy rara? — Me entraron ganas de decirle que le importa, después de agujerearla.

— ¡Es que eres plebeya! ¡Una triste plebeya que nunca ha visto la realeza antes tus ojos! ¡Eres tan indigna que te has cegado antes su brillantez! — Eso le decía a su madre, burlándose de ella. Al parecer, era típico de ella decir  estupideces a diestro y siniestro.

No deseaba escuchar más estupideces de su parte, así que volví al salón y le pedí a Ranavalona que les pidiera a esas que estaban en la cocina agua. Cuando volvió me dijo que la hija mayor salió a hacer una compras rápidas. Entonces mi madre se levantó.

— ¿Y adónde te vas ahora? — Le pregunté.

— Pues a hacer unas compras navideñas. Tú quédate aquí. — Sabía que estaba aburrida, pero no tanto para salir a la calle, a comprar y a acompañar a alguien. La pobre Malia se iba a arrepentir de haber dejado que la acompañase, porque iba a provocar mil y un problemas. Por nuestra parte, yo y Ranavalona nos quedamos y Sasha y su madre se acercaron a nosotras, para nuestra desgracia.

— ¿Así que vosotras sois amigas de ésta? — Me lo dijo señalándome a esa, mientras hacía sus típicas payasadas. Cómo no tenía ganas de decirles nada, le ordené a mi sirvienta que les respondieran por mí.

— Mi Señora dice que nunca hemos sido su amiga, solo somos conocidas. — Solo faltaba que hubiera dicho que me había gustado no haberla conocido,  pero se me olvidó decírselo.

— ¿Entonces por qué aparecen de aquí de repente a cenar con nosotros?  — Entonces, me preguntó esto, tras dar un gran suspiro. La misma pregunta que me hacía yo.

— Mi Señora dice nunca fue nuestra intención pasar la Nochebuena de esta manera. — Eso le decía Ranavalona.

— Mi Señora esto, Mi Señora lo otro. ¿La niña rubia no quiere hablar o qué? ¡Te sientes tan especial que ni siquiera puedes hablarle a una mujer de clase baja! — Se puso chula, la muy perra, y me estaba entrando ganas de ponerla en el lugar que se merecía.

— Todo el universo sabe que no mereces ningún tipo de respeto, mi mamá. — Eso le dijo su propia hija a la madre, en un tono burlesco.

— ¡Calla niña! — Le gritaba con furia. — ¡No ves que estoy hablando con la cíclope! — Y eso último hizo que se me sacará de las casillas.

Esta pobre señora no sabía lo odioso que era para mí que me llamarán así y por eso lo iba a pagar muy caro. Si esa maldita quería que yo le hablará, lo consiguió. Me acerqué a ella y dejé que mi puño hablará por mí. Le di de lleno en el estomago y cayó al suelo gimiendo de dolor mientras me iba a la cocina.

— ¡Otra vez que me llames cíclope y tú cuerpo aparecerá en una cuneta en mitad de las montañas! — Le amenacé, antes de entrar.

No dijo ninguna palabra, y mientras tanto la molesta de Sasha no paraba de reírse y burlarse de ella, no tenía ningún tipo de respeto mutuo por esa persona, al parecer. Yo, junto con mi sirvienta, me quedé en la cocina mientras escuchaba cómo madre e hija hacían una larga discusión, aunque por parte de la subnormal solo soltaba burlas ácidas y tonterías de toda índole.

Ahí es dónde me di cuenta de que aquella chica, nunca la vi actuar de otra forma, parecía como si no tuviera otra faceta que la de un mal comediante. Siempre soltando malos chistes, burlándose de los demás o haciendo la tonta. Por lo que había visto, nunca la había visto con seriedad o tristeza en su cara, solo la misma sonrisa, pero esa cosa no era normal, había algo raro en eso. Eso me intrigó, la verdad; aunque finalmente decidí olvidarlo, solo era más que una graciosa lamentable.

Mi madre y Malia, la hija mayor, tardaron menos de lo que parecía, y trajeron muchas cosas. A mi madre se le veía como siempre, mientras que la otra estaba hecha polvo y en su cara se notaba que había sufrido con mi madre, que vivió una experiencia horripilante. Por mi parte, era mucho mejor no saber lo que les ocurrió.

La mesa aproximadamente estaba preparada a las diez en punto, y las únicas que la pusieron fuera Malia y Ranavalona, porque se lo mandé yo. Y todos nos sentamos alrededor de la mesa, en un aura de incomodidad del que solo escapaba mi madre y Sasha, que seguía actuando como subnormal. La vieja de la familia estaba aburrida y no se le ocurrió mejor idea que poner la televisión.

— ¡Creo que en esta mesa falta algo…!  —No quería escuchar a mi madre, que decía cosas que las dejaban perplejas, en el mal sentido, y por eso encendió aquel cachivache. La Zarina, al ver que se encendió, se puso histérica, gritando como loca.

— ¿Qué es eso? ¡Esto es cosa del demonio! — Saltó de la silla, como si hubiera visto el diablo y sacó de su falda un rifle. No me pregunten cómo lo llevaba dentro de ahí. Le iba a dar un disparo, e hizo chillar a los demás. Malia casi se desmayó en el acto, y la vieja se apresuro a salvar su tele.

— ¡Espera! ¡Esa es una televisión! ¡Es de pantalla plana y muchas pulgadas! ¡No la rompas aún, quedan años para pagarla! — Eso le gritaba, llena de miedo.

— ¡No la escuches, es del demonio! ¡Ha entrado aquí para arruinar el cumpleaños de Nuestro Señor Jesucristo! ¡El verdadero sentido de la navidad! — Mientras tanto, Sasha la animaba.

— ¡Señora, tranquilizase, baje las armas o llamaré a la policía! — Malia, por otra parte, pudo superar el shock e intentaba convencerla para que bajase el arma.

— Ranavalona, tráeme un poco de agua y una pastilla, que mi cabeza me está empezando a doler. — Dije eso mientras me estaba muriendo de vergüenza.

Al final, las cosas se tranquilizaron un poco, pero tuvieron que apagar la tele. Ahora la vieja y su hija mayor nos miraban con miedo, y se decían al oído qué podría hacer para sacar tal loca de la casa.

— ¿Qué haces con un arma? ¿Eres de la asociación de rifles o qué? — En un momento, a pesar del miedo, aquella vieja le preguntó a mi madre.

— Siempre es necesario llevar una, por si las moscas. ¿No es bien obvio? —  Eso le respondió, y solo provocó que hubiera más miedo hacia mi madre.

Mientras tanto, Sasha, se comportaba como siempre, actuando como subnormal y no me dejaba en paz.

Llegó a un momento, en que empezó a jugar con la comida, usándome a mí cómo objetivo de sus proyectiles, cuando los demás no miraban. Al final, acabó manchando mi vestido, mi cara y mi cabello y tenía ganas de cogerle el cuello. Malia me dijo perdón, mientras mi madre, entre risas, le decía que eran cosas de niñas.

— ¡No importa, yo también me manchó o rompo mi ropa, cuando voy a caza, sobre todo cuando luchó contra osos, o para combatir contra las revueltas de mis súbditos, acaba una llena de sangre que da asco! — Ese comentario solo dio peor impresión de la que tenía, la miraban como si fuera una psicópata. Yo le intenté decir algo.

— ¡Anda que para ser Nochebuena, estás de muy mal humor, vete a tomar un baño! —

Y hablando claro, me mandó a la mierda, y decidí bañarme para tranquilizarme, porque yo estaba teniendo una Nochebuena horrible. No deseaba  hacerlo en casa ajena, pero no tenía remedio. Por suerte, siempre le encargó a mi sirvienta recambios de ropas. Pensaba estar el máximo tiempo allí para perderme la cena, que, por las fuertes y violentas voces que se escuchaban, se estaba poniendo peor de lo que parecía. Después de que Ranavalona me preparase el baño, yo entré en la bañera, mientras ella vigilase la puerta del cuarto. Jamás imaginé que podría encontrarme una sorpresa tan desagradable que me estaba esperando entre sus aguas.

Tras cerrar la ventana que estaba abierta, me senté en la bañera, sumergiéndome en el agua caliente hasta la cabeza. Entonces, note algo y de ahí salió Sasha, totalmente desnuda. Desesperadamente, respiraba e inspiraba, porque había estado un buen rato escondida en el agua. ¿Cómo no me di cuenta antes? Me quedé en shock, y esa maldita se quedó igual cuando observó mi rostro, estaba realmente boquiabierta.

— ¡Oh dios, en serio eres un cíclope! ¡No tienes ojo derecho! —Eso gritó, mientras me lo señalaba, con su actitud de boba.

Había cometido el peor error de su vida, cruzó la línea roja, la que nadie no debe atravesar, por dos razones, principalmente.

Primera, nunca enseñó mi cuerpo desnudo delante de nadie, ni siquiera a mi madre, aunque ésta siempre consigue a que me bañe con ella por la fuerza.

Segunda, tampoco he enseñado a nadie lo que hay detrás de mi parche, eso no era obviamente un adorno. Lo que ocultaba no era nada hermoso, era algo que horrorizaría a cualquiera, una deformidad que ni yo misma pueda soportar y el recuerdo más desagradable que tengo sobre aquel incidente que me hizo perder uno de mis ojos. Y esa maldita se atrevió a observarlo, a descubrir lo que había detrás y lo iba a pagar caro.

¡Nadie debe observar aquel hueco vacio! ¡No tienen derecho a observar la deformidad que me marcó de por vida, la marca que me recordaba por siempre lo estúpida y débil que fui! ¡Jamás de los jamases!

— ¿Quién te ha dicho que entrarás ante mi presencia, subnormal? — Del shock pasé a la ira en cuestión de segundos, le grité como loca, mientras le cogía del cuello, con la intención de ahogarla. Ella era incapaz de hablarme, pero ponía una cara de burla hacia mí que solo conseguía que le apretará el cuelo aún más. La sangre se me subió a la cabeza, solo quería matarla.

— ¡Maldita perra de mierda! — Le decía, totalmente descontrolada. — ¡Tú y tus estupideces me tienen harta! — Y casi la iba a matar, sino fuera por las palabras de Ranavalona.

— ¿Mi Señora, ocurre algo? ¿Qué le pasa? — Eso gritaba mi sirvienta, desde detrás de la puerta del cuarto de baño, muy preocupada, ya que mis gritos la habían alertado. Me pude controlar y solté a Sasha, mientras le decía a mi sirvienta que no entrara.

— ¡Sal de aquí tan rápido que puedas, si no quieres perder la vida! — La amenacé, mientras controlaba mis impulsos asesinos. Y ésta, con esa sonrisa molesta, se atrevió a desafiarme.

— ¿Y qué pasa si lo vuelvo a hacer? — Me preguntó, con un tono burlesco.

— ¡Recibirás una bala en el cráneo y ahora vete! — Eso le decía, mientras salía de la bañera para coger las armas que tenía en la cesta, junto con la ropa. Y ella salió por la ventana, huyendo como una rata. Mi sirviente me seguía preguntando si yo estaba bien y sí tenía que intervenir, y le decía esto:

— ¡No entres hasta que te lo digas! — Le gritaba.

Rápidamente, me sequé y me puse la ropa, saliendo del cuarto del baño, muy enfadada.

Ranavalona me preguntaba mil cosas, y tuve que tranquilizarla con mentiras, mientras escuchaban que en el salón las cosas no estaban mejor.

— ¡Deben de tratar a su invitado con mayor respeto! — Gritaba mi madre, furiosa. Al parecer, ellas le pidieron amablemente que se fuera y ésta se lo tomo muy mal.

— ¿Qué mierdas? ¡Tú eres la que se ha auto-invitado! — Y la otra le replicaba, poniendo más enfadada a mi madre.

— Eso es verdad. — Añadió Malia, con una voz cortada.

— Hasta mi hija lo dice. ¡Así qué fuera de aquí! — Yo estaba encantada de oír eso, porque deseaba salir corriendo de este desgraciado lugar.

— Pues vaya Nochebuena… ¿Cenar con los pobres no causa nada de malo? Ja, está es la última vez que hago caso a las galletitas de la suerte.  — Esto que dijo en voz alto dejó algo confundido a los presentes. Y se levantó de la silla bruscamente y me dijo:

— ¡Vamos, hija mía, volvamos al Zarato! — Recibí la noticia con felicidad.

Así salimos de la casa, después de pedir que Ranavalona les pidiera adiós por nuestra parte, y nos fuimos de este maldito lugar. Me sentía tan aliviada.

— ¡Es mejor celebrar el cumpleaños de Nuestro Señor Jesucristo con nuestros súbditos! ¿Verdad? — Eso me decía, malhumorada.

— Algo así. — Eso le dije, para decir algo, porque no podría decirle que nunca es bueno celebrar algo con ella; mi madre estaba muy enojada y yo muy cansada para discutir. Y cuando faltaba pocos metros para la frontera, esto me dijo:

— ¡Tengo una buena idea! ¡Vamos a celebrar una Nochevieja a mi estilo! — Con solo decir eso me entraba temor.

— ¡Comer las uvas en la cumbre de una montaña después de capturar osos debe ser una buena experiencia! — Con eso, me hizo dar dolor de cabeza al saber que dentro de poco iba a sufrir otra horrible desventura con mi madre, La Zarina.

FIN

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