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La Mexicana y los 10.000 dólares, vigésimo novena historia

Martha Malan llevaba absorbida en sus pensamientos durante más de diez minutos sobre su cama, mientras estaba ordenando sus kimonos tras lavarlos con delicadeza y a mano. Estaba pensando en que hacer una tesis solo no era suficiente para ella, que necesitaba hacer otro, quizás hasta un cuarto o quinto. Así aumentaba un poco sus escasas posibilidades de sorprender al mundo y subir rápido hacía la universidad, aunque no sabía los temas que debía elegir.

— ¡Yo, la gran Martha Malan, tengo un gran dilema! No sé qué elegir, si tratar algo sobre ciencias sociales o sobre historia u otra cosa. ¡Hay tantas cosas que elegir! ¡No puedo hacer que la indecisión me gane pero hay tantos temas que me gustaría tratar! — Se decía ella misma mientras se miraba el espejo que tenía en la puerta de su habitación, poniendo poses dramáticos sin sentido.

Fue en ese momento cuando Josefina llama al timbre de la casa de Malan en busca de tener a alguien con quién jugar. Su madre la echó de casa por razones misteriosas y casi nadie tenía tiempo o ganas de estar con ella. Malan era su única esperanza.

— ¡Anda, pero si eres lenta simpática! — Le dijo Martha al verla.

— ¡Jo! ¡Llámame Josefina! ¡Josefina! ¡Nada de esos motes! ¡Qué manía! — Le contestó un poco irritada.

— Seguro que vienes a por mí por jugar, ¿no? — Siguió hablando Malan, dándole poca importancia a sus quejas.

— ¡Que lista eres! ¡Pues sí! ¡He venido a jugar! — Eso le respondió Josefa, muy sorprendida.

Malan pensó en buscar en alguna excusa para seguir pensando en sus cosas, pero decidió que era mejor descansar y estar un rato como una niña normal.

— No tengo más remedio, después de todo… — Dijo en voz baja.

Mientras paseaban por las tranquilas y primaverales calles de Springfield, Malan dejaba que Josefina hablará y hablará sin parar sobre cosas que a ella nada le importaba, más bien, la observaba en silencio si de Josefina se podría coger alguna buena idea sobre su tesis. No encontraba nada que le podría ser útil.

Cuando llegaron al parque, Josefina dejó de hablar de repente. Vio algo en lo bajo de un árbol y miró que era esa cosa. Malan ignoró esos movimientos viendo cómo jugaban las otras personas. Se acercó todo lo normal que pudo y después se agachó. Lo miró detalladamente, era un sobre y parecía estar lleno. Lo abrió y entonces alucinó por su contenido. Era dinero, muchísimo, más de lo que podría contar. Se puso muy nerviosa, instintivamente se lo metió en el bolsillo y se levantó.

— ¡Ven rápido conmigo, Martha! ¡Ven, rápido! — Le decía a su amiga.

Ella se preguntó que le pasaba aunque no dijo nada y decidió hacerla caso. Las dos fueron con paso rápido hacía al lugar más escondido del parque.

— ¿Qué es ese cambio repentino de actitud? — Se preguntaba Malan.

— ¡Mira lo que encontré, Martha! — Le dijo enseñando el sobre y su contenido. Malan se sorprendió pero con más moderación que la mexicana. No le dio tiempo decir algo.

— ¿Y ahora qué puedo hacer? — Ya que Josefina le preguntó, algo nerviosa.

-Yo, como buena ciudadana, entregaría el dinero a la comisaría.- Eso le respondió Malan.

— Pero es, es mucho dinero. ¡Sé que es lo correcto pero es mucho dinero! — Eso le replicaba, mientras miraba a aquellos dólares con mucho deseo.

— Haz lo que quieras, lo has encontrado tú. — Malan podría hacer el esfuerzo por convencerla de hacer lo que se debía, pero le pareció más interesante ver que elegiría Josefa.

— ¡No puedo hacer lo que quiera, este dinero no es mío! — Se quedó pensativa.  — Pero… tal vez… ahora sí…— Estaba dudando.

Miró el dinero unas cuantas veces y le pidió a Malan que los contará, ésta dijo que eran diez mil dólares aproximadamente. Se quedó sin habla la muchacha mexicana. Era demasiado para entregarlo, así como así, pero ella era una buena persona y las personas buenas no hacían eso. Aunque de vez en cuando cometen algún que otro pecado.

— ¿Qué hago Martha? — Le preguntó otra vez y la otra le dijo la misma respuesta.

— Pero es que son diez mil dólares… — Josefina no sabía qué hacer, qué elegir.

Malan solo quería vez que elección iba a elegir. A hacer lo correcto o lo contrario. Eso es lo único que le interesaba.

— ¿Qué hago, qué hago? — Se decía una y otra vez Josefa.

Al final, tras minutos de largo pensar y pensar, llegó a una conclusión. Se iba a quedar con el dinero, se auto-justificó diciendo que por esta vez no pasaba nada, que su madre haría lo mismo, que ella lo gastaría mejor que él que lo ha perdido, que hay muchos ricos que roban a los pobres y que eso que hacía ella no era nada comparado a eso. Pero aún así, se sentía culpable.

— Malan…— Le dijo en voz baja Josefina.

— ¿Qué quieres? — Le preguntó Malan.

— ¡Por favor, toma la mitad de este dinero! — Le dijo mientras le ofrecía unos cuantos billetes. Eso no se lo esperaba Malan.

— ¿Por qué quería yo ese dinero? — Ella se sentía satisfecha con lo que tenía.

— Pero si es mucho dinero. ¡Por favor acepta! ¡Me siento muy mal tener este dinero y si te doy la mitad al menos nos repartimos las culpas! — Le dijo. Malan obviamente no lo aceptó.

— ¿Por qué no? — Le preguntó Josefa, incrédula.

— No necesito ese dinero para nada. — Eso le respondió tajantemente.

— ¡Eso es imposible! ¿D-de verdad? — Josefina no se lo podría creer, porque pensaba que todos aceptarían ese dinero con mucho gusto, hasta el más rico del planeta.

— Soy una chica de clase media alta, si quiero caprichos solo se los pido a mis padres y ya está, pero las cosas que yo quiero no lo puedo conseguir con dinero, por lo menos no así. — Al decir esto, se levantó con la intención de volver a su casa. Se le habría ocurrido una idea para una tesis y quería poner a prueba. Todo gracias a Josefina.

— ¡Gracias a ti tengo una buena idea! — Le dijo, muy entusiasmada con la idea y se fue corriendo como loca hacia su casa.

— ¡Espera, no te marches Martha! ¡No me dejes sola con este dinero! —  Malan no la escuchó y ésta dijo algo enfadada:

— ¡Pues, así son las cosas! ¡Todo el dinero para mí y punto! ¡Ni un céntimo para ti! ¡Luego, no digas que no te avise! — Eso le gritó, ¿pero qué haría ella ahora con ese montón de dinero?

Volvió pronto a casa tan rápido cómo le era posible y entró con sigilo para que nadie la viera. No pudo conseguir su objetivo y su actitud era tan sospechosa que su madre le preguntó qué travesura había cometido. Pudo esquivar la pregunta y llegar salvo y sano a su cuarto. Rápidamente, miró lo que se había traído con ella.

— ¡Qué pedo! ¿Y ahora qué haré con este dinero? — Se preguntaba una y otra vez.

Así que empezó a pensar en lo que debería hacer. Primero pensó en gastarlos para cosas buenas, como donarlo a asociaciones de esas que salvan vidas y ayudan a la gente. Tal vez así pagaría el pecado de haber cogido ese dinero. Al final, lo descartó. Ese dinero quería gastarlo para ella y su familia, al fin y al cabo, ellos también tenían problemas económicos y necesitaban billetes.

También descartó usar el dinero para ayudar a su familia, ya que se acordaba de todas las cosas malas que le habrían hecho sus hermanos y todos los castigos y enfados con sus padres. El dinero lo había encontrado ella y se lo gastaría para ella. También tiene derecho. ¿Pero en qué cosas se iba a gastar?

Pensó, primero, en cosas que ella iba a necesitar en un futuro cercano cómo para pagar la universidad o su futura pensión. También pensó invertir el dinero y hacerse empresaria y tener así más billetes. Los descartó porque quería gastarse el dinero ya en sus caprichos.

— ¡Me lo gastaré todo de un golpe! ¡Me compraré todo lo que he querido y he deseado! ¡Fin del asunto! — Se decía ella, cansada de pensar.

Pero volvía al mismo problema. ¿En qué iba a gastarlos exactamente? Al final, se fue a dormir temprano, ya que le dolía la cabeza de estar todo el rato pensando en mil maneras de gastar a lo bruto. Pero fue en ese momento cuando se le ocurrió una idea.

— ¡Ya sé! ¡Cenaré en el restaurante más rico de la cuidad junto a mis amigas! ¡Eso haré! — En ese momento le había entrado el hambre con solo de pensarlo.

A la mañana, siguiendo en su plan cogió su teléfono móvil y miró sus contactos detenidamente. Primero miró a Malan pero por lo de ayer decidió que mejor no. Su siguiente opción fue Mao pero estaba segura que no tenía ganas de ir con ella, como siempre. La tercera opción fue Nadezha pero pensó que la rusa se iba a enfadar por lo del dinero. ¿Sasha? Ni hablar. Su última opción fue, al final, Elizabeth.

— Además hace tiempo que no hemos estado juntas. — Se dijo tras haber apretado el botón para llamar.

— ¿Qué quieres? — Eso fue las primeras palabras de Eliza al contactar.

— Pues verás, me gustaría invitarte a comer, a cenar. — Eso le dijo Josefina, muy feliz.

— ¿Qué? — Preguntó y, en cierta forma, estaba sorprendida.

— ¡No te preocupes, yo invito! ¡Tengo dinero! ¡Mucho! — Se le notaba nerviosa.

— El dinero no es el problema, sino la razón de que quieras que vaya a cenar contigo. — Elizabeth sospechaba.

— ¡No te preocupes! ¡Solo quiero estar un rato con mis amigas! ¡Comer juntas y todas esas cosas! ¿Estás libre, no? ¡¿Tú y Ravalona, no!? — Su nerviosismo aumentaba por segundos.

— Se llama Ranavalona, en fin…— Tardó segundo en contestar. — Vale, no sé lo que pretendes pero por librarme de mi madre lo haré.  — La Zarina quería hacer mañana un picnic y Elizaberh necesitaba alguna excusa para no poder ir.

— ¡Comeremos en el restaurante más caro de la cuidad! — Josefina se lo dijo muy eufórica. Entonces, se quedo pensando ya que le surgió una duda. ¿Cuál es el más caro?

— ¿Tú sabrás cuál es el restaurante más caro de la cuidad, no? — Se lo preguntó a Elizaberth y ésta dio un suspiro antes de decirle que ella se lo iba a enseñar. Algo que hizo al día siguiente:

— ¡Whoa! ¡Parece un palacio! ¿De verdad qué esto es un restaurante? — Estas era las impresiones de Josefina ante el restaurante que Elizaberth, acompañada de su siempre leal sirviente Ranavalona; le llevó tras reunirse ellas en un parque cercano.

— Este restaurante francés es el mejor de la cuidad, aquí van todos los tipos importantes de la cuidad e incluso de lugares vecinos. — Le explicaba Elizaberth mientras Josefa observaba a toda la gente de su alrededor.

Hombres y mujeres, vestidos con trajes muy elegantes y caros, que la dejaron muy impresionada, tanto que sintió vergüenza por haber venido con un pantalón vaquero, descolorido por haber sido usado por muchos años, y una sudadera de color azul.

— Tal vez debería haberme comprado ropa bonita antes de venir aquí. —Se decía, mientras miraba la ropa de Elizaberth y de Ranavalona, que llevaban unos hermosos vestidos que daban la impresión de que eran princesas de algún país lejano.

Cuando se sentaron en una mesa, Josefina la empezó a observarla con detalle. El mantel era tan suave como la seda y contenía unos hermosos dibujos, también se preguntó por la cantidad de utensilios para comer y el detalle del candelabro le pareció sumamente romántico y muy bonito. Todo esto, mientras Elizabeth le pedía a su sirvienta que mirará la carta.

— ¡Recuerda que yo soy la que te invita! ¡Puedes pedir lo que quieras, hasta lo más caro posible! — Le dijo Josefa.

— Para decir eso, es que tienes dinero. Algo muy sospechoso. — Eso le respondió Elizaberth, que llevaba, desde el día anterior, preguntándose las razones de Josefina para invitarla.

— No digas esas cosas. No es cómo si me encontrará dinero debajo de un árbol. ¡No es nada de eso, te lo juro! Ajajajajaja…— Su nerviosismo se notaba y la alemana la miró con una cara de total incredibilidad, aunque tampoco le interesaba mucho el tema y decidió no decir nada. Josefina también puso sus ojos en la carta y absolutamente no entendía nada, todo estaba en un idioma que ella desconocía.

— ¡Que pedo! ¡No lo entiendo! ¿Esto qué es? — Decía esto en voz alta, atrayendo la atención de los otros clientes, que veían su forma de hablar muy peculiar y vulgar.

— Es francés. — Dijo Elizabeth.

Josefina ahora tenía el desafío de elegir platos con nombres extranjeros que le impedían saber que tenía que elegir. Pensó pedir ayuda a Eliza pero seguro que le diría que no, así que decidió hacer el viejo truco del “pito, pito, gorgorito ¿dónde estás? ¡tú tan bonito!”. Y cuando terminó, le dijo a Eliza y a Ranavalona:

— ¿Ya han terminado? ¡Yo ya sé lo mío! —

Tras pedir lo que querían y al pasar un pequeño rato que se rellenó con la cháchara interminable de Josefina, el camarero trajo los primeros platos. Éste les preguntó algo mientras estaba dejando los platos:

Bonjour mademoiselles, ¿Dónde están sus padres? — Josefina le iba a decir que no habían venido, pero Elizaberth habló antes:

— Están en el servicio, no se preocupe…— Le mintió.

— Pero si…— Eliza hizo callar a Josefina y el camarero se fue sin decir más preguntas.

— Tal vez no sea raro en otros lugares, pero esta gente no está acostumbrada que unas adolescentes solas coman aquí. — Le dijo cómo explicación.

Y ahora era el momento de cuál fue el plato que le trajeron como entrante, y a Josefina le toco cómo plato principal escargot, ya saben, un plato de caracoles de tierra cocidos.

— ¿Qué es esto? — Se puso mala cuando lo vio, literalmente se le quitó el hambre y casi parecía que le entraron nauseas.

— Esto es lo que has pedido. — Le dijo Eliza mientras empezaba a comer su comida.

— ¡Pero…pero…son asquerosos caracoles! ¿¡Quién se comería esta mierda!? — Lo decía con gestos de asco incluido.

— Los franceses. — Eso le respondió Eliza secamente.

— Pero Francia es parte del mundo civilizado, ¿no? ¡No comerían estas cosas! ¡Es imposible! — Gritaba, mientras intentaba cerrar los ojos para no ver esas cosas.

— No te alteres tanto, ustedes comen rata de campo, después de todo…— Eso le replicaba Elizaberth, mientras se estaba muriendo de vergüenza, por el comportamiento de la mexicana.

— Pero si está muy bueno…Además es carne, esto ni lo es. — Eso decía, mientras se sentía decepcionada con Francia y su gastronomía.

A Elizabeth le entraba ganas de decirle que se callará o que se imaginará qué era marisco, ya que después de todo eran muy parecidos, pero quería comer en paz.

— ¡Si tanto asco te da, no te lo comas! — Eso le gritó Elizabeth, con ganas de matarla.

A Josefina con esas palabras le entraron un dilema. Ya que lo había pedido tenía que comérselo pero le daba tanto asco que no podría ni mirar el plato. Le entraba mareos solo con mirarlos. Con toda la rapidez del mundo se dirigió a Ranavalona.

— ¡Por favor, Ranavalona! ¡Ya sé que pido imposibles pero…!  ¿Te puedes comer tú esto? — Eso le dijo Josefina mientras le entregaba su plato a ella. Ésta miró hacía Eliza esperando su respuesta.

— ¡Ranavalona te ordeno que te comas eso! — Ella vino a acompañar a su señora después de todo, no pidió nada de comer o beber porque no le parecía necesario, aunque al final tuvo que hacerlo.

Y se los comió sin pensarlo dos veces, ya que tanto ella como Su Señora estaban acostumbradas a comer todo tipo de comidas debido a sus aventuras vividas con la Zarina, ya que a veces tenían que comer cualquier cosa para sobrevivir en las duras montañas del Zarato. A Josefina ver eso la puso tan mal que se fue directa al baño a potar.

— ¡Dios mío, son unos caracoles! ¡No es para tanto! — Se decía molesta Elizaberth.

Cuando volvió Josefa, vio que ya habían llegado los segundos platos, pero sin ganas de comer y totalmente irritada dijo:

— ¡Bah, mejor nos vamos de aquí! ¡No voy a estar en un restaurante en dónde sirvan bichos! ¡Vámonos, Eliza, Ravalona! — Salió corriendo del restaurante, aunque se olvidó que tenía que hacer algo importante.

— Mi Señora… ¿Ella no decía que iba a pagar esto? — Eso le preguntó Ranavalona.

— Eso decía… Al final, habrá que pagarlo yo. Me estoy arrepintiendo de haber hecho caso de esta estúpida. — Decía Elizabeth muy molesta.

Tras pagar y salir del restaurante se encontraron con Josefa en la puerta, bastante avergonzada por lo que hizo, estuvo un buen rato pidiéndole perdón.

— Al final no he podido gastar nada…— Entonces levantó la vista hacia el cielo y gritó: — ¡Lo gastaré todo hoy aunque sea lo último que haga! — Elizabeth la miraba, pensando qué rayos le pasaba a ella.

— ¡Vamos Eliza, Ranalona! ¡De compras! — Y con esto dicho, salió corriendo.

— Mi nombre es Ranavalona. — Le dijo la sirvienta, algo cansada de que siempre dijera su nombre mal.

Entonces, guiadas por Josefina se dirigieron al centro comercial más cercano. Josefina estaba decidida a gastarlo cómo nunca lo habría sido y su primer objetivo fue la tienda de videojuegos.

— ¿Ranavalona, Elizaberth? ¿Queréis que os compre algo? ¿Una de esas nuevas consolas de nueva generación? ¡Así pagare la jugarreta que os hecho! — Les preguntaba, mientras le señalaba la tienda.

-No nos interesa, la verdad.- Eso le respondieron.

— ¿Por qué, no? ¿No quieren videojuegos que tengan gráficos tan reales que asustan? — Josefa intentó convencerlas.

— Yo me conformo con mi realidad, no necesito copias. — Ya tenían una vida propia de una película o de un videojuego, después de todo.

— Pues yo me voy a comprar alguna. — Y Josefina molesta, salió corriendo hacia la tienda.

Lo intentó. Primero pensó en las consolas nuevas pero no se atrevió por que su madre y sus hermanos sospecharían, le preguntarían cómo los consiguió. Además no le convencía ningún juego que veía para las nuevas consolas. Así que se dirigió a comprar videojuegos de las consolas que ellos ya tenían pero tampoco encontró ninguno de su agrado. Al final decidió a comprar otra cosa, en otro lugar, y la paciencia de Elizaberth estaba llegando a sus límites poco a poco.

Luego lo intentó hacerlo en la tienda de electrónica pero acabó igual, luego entró en cientos de tiendas de todo tipo pero el resultado era siempre el mismo.

— ¡Vamos Josefina! ¡Deja de marearnos! ¿Te vas a gastar ese maldito dinero de una vez o no? — Eliza, al final, explotó. Estaba bastante enfadada.

— Lo intento. — Al decir eso, miró hacía a un lado y vio en una tienda de ropa.

— ¡Ya sé! ¡Gastaré todo este maldito dinero en esa tienda! ¡Tendré miles de ropa para mí y para vosotras! ¡Os lo aseguro! — Eso le dijo, entonces, Josefina, señalando hacia la tienda de ropa.

— No, estoy cansada de esto. — No quería participar en esa estupidez.

— ¡Por favor! ¡Esta vez será la definitiva! — Josefina se puso de rodilla, para que ella no se fuera.

— No. — Pero era en vano.

— ¡Por favor! — Aún así siguió intentando.

— ¡De ninguna forma! — Tras gritar eso, Elizaberth, se dio la vuelta y empezó a alejarse de ella junto a Ranavalona. Entonces en ese momento, Josefina se sitió fatal y aquella acción la hizo pensar. Por culpa de ese dinero ella había estado fastidiando a su amiga de una forma horrible y la estaba convirtiendo en otra persona, muy fea.

— ¿En qué me ha convertido este dinero? — Se preguntaba, con ganas de llorar. Entonces decidió lo que tenía que haber hecho desde el principio.

Al día siguiente, se fui directa a la comisaría, después de ir a casa de Mao y calentarle la cabeza para que le acompañara. Éste al final accedió y por el camino Josefina le contó toda la historia.

— ¡Guau! ¡Cuántos billetes! ¿Me lo quieres regalar? — Eso le decía Mao, mientras observaba, con sorpresa, la cantidad de dinero que tenían.

— ¡No, Mao, no! ¡Hay que predicar con el ejemplo! ¡Llevaré este dinero a la policía como cualquiera persona buena haría! — Josefina le regañó a Mao.

— ¡Era broma! ¡Pero, en fin, si hubiera sido yo me lo hubiera quedado! — Eso le decía, riendo, mientras le acariciaba la cabeza. — ¡Buena chica! —

— ¡No lo fui! ¡Cogí esto! ¡Y no lo tenía que hacer! — Dijo totalmente triste y avergonzada de sí misma.

— Pero al fin, rectificaste, al final…— Eso le replicó Mao a Josefina.

Entonces en ese momento alguien chocó con Josefina fuertemente, haciendo que ésta cayera al suelo.

— ¡Oye, ten más cuidado! — Le dijo Mao y añadió Josefina: — ¡Ha sido error mío! —

Esa persona no dijo nada, siguió su camino y las dos chicas el suyo, extrañadas por el comportamiento de éste. Cuando llegaron a las puertas de la comisaría, Josefina se dio cuenta de algo:

— ¡Espera…! ¿Dónde está? ¿Dónde lo he metido? — Lo decía nerviosamente mientras buscaba frenéticamente en sus bolsillos la cartera en dónde tenía el dinero.

— ¿Qué te pasa? — Le preguntó Mao.

— El dinero no está, no lo encuentro. — Entonces a esos dos se les vino a la mente algo y se dieron cuenta, de que le habían robado el dinero y entonces gritaron al unísono:

— ¡Maldito hijo de puta! — Y empezaron a buscarlo a aquella persona que les robó, pero jamás lo volvieron a ver, a él y a ese dinero.

FIN

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