Sin categoría

Problemas de papá, trigésima primera historia

Jovaka estuvo esperando a que las chicas que invadían el salón de Mao se fueran y que el chino estuviera solo allí, para poder hablar con él. A pesar de ser algo tan importante, su ginecofobia la impedía acercarse. Al final, a las once de la noche, llegó su momento.

Con mucho cuidado, abrió las cortinas que ocultaban el enorme agujero que había entre su habitación y el salón de Mao, miró, por si acaso había alguien; y salió de su madriguera.

— ¡Mao! — Le gritó flojito. Éste, que se estaba quedando dormido, se sobresaltó, dando un pequeño grito. Cuando vio a la serbia dijo:
— ¡Me has dado un susto de muerte! —

— ¡Necesito tu ayuda! — De repente, le dijo esto y de una forma desesperada, algo que hizo preocupar a Mao.

— ¿Qué pasa? — Le preguntó.

Le contó lo siguiente. Hacía dos días que su padre no había vuelto a su casa y Jovaka obviamente se preocupó. Lo que quería es que Mao buscará a su padre, ya que ella era incapaz de tal cosa.

— ¿Y por qué no has llamado a la policía? Cuando alguien desaparece hay que llamarlos. — Eso le dijo Mao.

-Pues no sé cómo hacerlo…- Dijo muy avergonzada, Jovaka.

— ¿Y por qué no lo has dicho antes?  — Le gritó.

— ¡Cómo si pudiera salir aquí! ¡Tu salón casi siempre está lleno de arpías! — Jovaka le replicó con estas palabras.

— En fin…— Mao calló, y empezó a oler. Se dio cuenta de que había algo que apestaba y buscaba la fuente de ese olor. Era Jovaka que transmitía un  nauseabundo hedor.

— ¡Necesitas un maldito baño! ¿Cuánto tiempo llevas sin bañarte? — Le preguntó Mao, mientras se tapaba la nariz.

-Pues no lo recuerdo…- Lo dijo pensativa, algo avergonzaba.

Entonces Mao cogió a Jovaka y la llevó al segundo piso. Ésta le preguntaba por qué la llevaba arriba, muy sorprendida.

— ¡Pues al baño, obviamente! ¡Y no vas a salir hasta que huelas a rosas! —

La metió en el baño y cerró la puerta. Jovaka protestó pero decidió mejor bañarse y empezó a desvestirse. Mientras ésta se bañaba, Mao llamó a Clementina sin que la serbia se diera cuenta para que buscara ropas limpias para ella. Mandó esa orden con secretismo, ya que de alguna manera sabía que eso no le iba a gustar.

Cuando terminó Jovaka se dio cuenta de que no tenía ropa y se lo dijo a Mao. Entonces éste abrió la puerta de en par en par y Jovaka tuvo que usar su enorme y exagerada cabellera para ocultar su desnudez.

— ¿Q-qué haces? ¡No ves que estoy desnuda! — Le gritó Jovaka, avergonzada.

— Pero mujer, de todas formas, tienes una enorme manta, ni siquiera te hace falta ropa. — Con esto dicho, le entregó la ropa limpia y cerró la puerta. Al salir ella del baño, Mao vio que el pelo de Jovaka aún seguía mojado.

— ¡Te vas a resfriar! — Exclamó Mao.

— ¡No es nada fácil, sabes! Es casi imposible… — Le replicó Jovaka, que no tenía ganas de secarse el pelo.

— Deberías ir al peluquero, tener el pelo como Rapunzel debe ser bastante fastidioso. — Entonces se escuchó un ruido muy fuerte en el salón, que hizo sobresaltar a Mao y a Jovaka. Uno por sorpresa, otra por vergüenza.

— ¡Es mi barriga… Es que desde ayer no he comido nada! — Lo dijo mientras su cara estaba ardiendo.

— Se va tu papá, y te mueres… ¡En serio! ¡Esa vida que llevas no es buena! — Eso le replicaba Mao muy preocupado por Jovaka.

Al final, Mao tuvo que darle dulces a Jovaka, que los devoró sin cuartel y se propuso la enorme tarea de secarle el pelo. Y mientras estaba haciendo eso le dijo:

— ¡Por cierto, ya me encargaré de llamar a la poli, y de buscarle, así que no te preocupes! ¿Vale? —

Era obvio que tenía que ayudar, una desaparición era una cosa muy grave y más cuando Jovaka era una inútil y no podría sobrevivir sola. No se atrevía pensar qué le habría ocurrido a ese hombre o sino podría pensar en cosas no muy agradables.

Al día siguiente, Tras avisar a la policía, Mao se preparó y salió a la calle. Había visto al padre de Jovaka en pocas ocasiones y recordaba su cara, pero llevaba una foto de él por si alguien lo reconocería. Llamó a Malan para que le acompañara en su búsqueda y ésta se ofreció encantada.

— En verdad esa Jovaka es un personaje curioso… — Le dijo Malan, al poco tiempo.

— ¿Por qué dices eso? — Le preguntó eso, bastante molesto.

— Es una chica que sufre de ginecofobia… ¡Una chica! ¡Debe ser un caso único en Shelijonia, quizás de toda América! — Lo dijo de forma muy entusiasma, algo que molestó a Mao.

— ¿Por qué te emocionas con eso? ¡Jovaka tiene un problema realmente grave! ¡Casi no sale por culpa de su misoginia! ¡Casi no tiene amigos por eso! ¡Está zumbada por esa mierda! — Se detuvo porque había algo que no había entendido:

— ¿Qué es eso de ginecofobia? — Era la primera vez que lo escuchaba en su vida.

— Es lo que sufre Jovaka, es la versión extrema de la misoginia, ya que no solo las odia, sino que les tiene terror, verdadero pánico. La palabra en cuestión es la suma de la palabras griegas gyné más phóbos, y…— Malan se lo explicó.

— No es hora para hablar sobre griego… o lo que sea eso que estás diciendo. — Pero Mao la interrumpió, porque no tenía ganas de escucharla.

— La cuestión es que interesa muchísimo el origen de su fobia, debe ser algo realmente traumatizante para alcanzar algo tan poco común. También de cómo ha evolucionado y todo eso. Pero lo más increíble del asunto es que sufre algo que solo debería afectar exclusivamente a los hombres. — Mao vio que Malan estaba demasiado interesada en Jovaka, aunque no le dio importancia. Esas palabras, le hicieron pensar.

— En verdad, siempre he pensado por qué teme tanto a las mujeres…— Era algo que se preguntaba desde hace tiempo. — Tal vez, su padre tenga mucho que ver con eso. —

— Puede que haya influido en ellos, pero no creo que sea la causa. — Marthan Malan se quedó pensativa por unos minutos, luego soltó esto:

— ¿Mao, a esa chica le han tratado en psicoterapia? — Le preguntó.

— ¿En qué? — Mao no entendió muy bien.

— ¿Si le han intentando curar su fobia? — Malan se lo explicó mejor y él lo entendió.

— No lo sé, creo que no. Y pienso que obviamente no desearía ir a un psicólogo. — Eso le respondió Mao.

— Sería interesante ser su psicóloga, aunque obviamente no puedo acercarme a ella. — A Mao eso le dio mucha risa.

— ¡Sería un quemadero de cabeza! Espera…— Le replicó, antes de soltar esto, sorprendido: — ¡Ni siquiera estás en la universidad, estás solo en la primaria! ¡Y ahora te das aires de ser una psicóloga! —

— Pero muy pronto estaré allí, soy un genio. Ninguna niña de primaria puede mantener estas conversaciones cómo yo lo hago. Sorprendo a todos con mi inteligencia y conocimiento. Por eso es un deshonor estar allí…—Añadió Malan.

— Bueno, no importa… ¡Dejémonos de charlar y busquemos de una vez a ese tipo! — Le interrumpió Mao con estas palabras, para no escucharla.

Pasaron horas desde que Mao dijo eso. Se recorrieron casi todo la cuidad, buscando en los rincones más escondidos y remotos, preguntando a un montón de personas, incluso con conocidos que se encontraron.

Ellos dos pararon la búsqueda por el medio día, para comer unas deliciosas hamburguesas de un puesto callejero, mientras que Malan no dejaba de decir curiosidades sobre lo que comían. Al seguir buscando, Mao gritaba una y otra vez el nombre de aquel hombre pero el tiempo pasaba y no había ningún rastro del desaparecido. Al final, cómo se esperaba y con el sol a punto de irse, acabó en un completo fracaso. Se sentaron en un banco de un parque para descansar,  ya que estaban agotadas.

— ¡Qué mierda! ¿Dónde se ha metido ese? ¿Por qué no aparece de una buena vez? ¿Por qué? — Gritaba Mao, totalmente molesto.

— Es obvio, muchas desapariciones son así. Buscar a alguien puede llevar días, meses o incluso años… Bueno, incluso tal vez nunca se le volverá a ver…— Esa explicación de Malan puso peor a Mao.

— ¡No digas esas cosas! ¿Acaso estás diciendo qué ese tipo está muerto y nunca lo vamos a encontrar? — La interrumpió con estas palabras.

— Está la posibilidad, muy real… pero no es la única. Tal vez haya huido de la cuidad, o ha sido secuestrado… hay muchas. ¡De todas maneras, las búsquedas son así! ¡No hay otra forma más recorrerse la zona palmo a palmo hasta encontrar alguna pequeña pista! — Malan intentó animar a Mao, al ver que sus palabras le deprimieron, aunque no fue muy útil.

Mao se levantó y le dijo entonces: — Pues mañana será otro día… ¡Qué la suerte nos acompañe! —

Y mientras iban caminando hacía la casa de Mao, Malan vio algo a lo lejos y que rápidamente atrajo su atención. Era una persona, un hombre que estaba en mitad de un paso elevado que ayudaba cruzar las líneas de tren y estaba mirando fijamente hacía al suelo desde ese lugar.

— ¿Mao, me puedes enseñar la foto del padre de Jovaka? — Mao se quedó pensando en qué quería ella ahora, pero se calló y le dio eso. Malan miró primero la foto y después a ese hombre. A pesar de la distancia, parecía que era él. Mao miro también hacía esa dirección y con mucha rapidez supo quién era. Era el papá de Jovaka.

— Al parecer, hoy la suerte ha estado de nuestro lado. — Le decía Malan mientras las dos corriendo hacía al paso elevado. Y cuando llegaban a las escaleras, vieron que éste se estaba preparando para saltar a las vías.

— ¿Pero… ¡qué!? ¡Se va a suicidar! ¡Este gilipollas se va a matar! — Gritó Mao histéricamente. Intentó subir las escaleras más rápido que nunca pero torpemente cayó y chocó con Malan. Por otra parte, parecía que el hombre las ignoró y atravesó la barandilla, preparándose para saltar.

— ¡Adiós, mundo cruel! — Gritó de forma dramática y saltó.

— Espera… — Gritó Mao, pero al dirigir la mirada vio cómo el padre de Jovaka no cayó. Alguien le había atrapado y lo llevó al suelo del paso elevado. El hombre gritaba de dolor porque se dio fuertemente la espalda con la barandilla. Malan y Mao corriendo rápidamente hacía ellos. La persona que había salvado la vida era una conocida de éstas.

— ¡Ha sido toda una suerte que hayas estado por aquí, Malia! — Le dijo Mao.

— ¡En verdad, ha sido una suerte…! Estaba volviendo a casa después de comprar y pasa esto. Aunque…— Entonces dirigió su mirada hacía al hombre, que se estaba retorciéndose de dolor y a Malan observándolo fijamente.

— Parece muy grave esto. — Les dijo la africana.

— Habrá que llamar a un hospital. — Se dijo Mao.

Dos horas pasaron desde entonces. Mao y Malan estaban en la sala de urgencias con el padre de Jovaka. Veían a los médicos yendo de un lado para otro y a los pacientes esperando pacientemente su turno. Él estaba en una camilla esperando ser atendido.

— ¿Por cierto, por qué te querías suicidar? — Le preguntó Mao en un determinado momento. Éste tardó en decir su respuesta.

— ¿Por qué? ¡Estoy harto de la vida! ¡Parecía que había encontrado el amor pero no…! ¡Solo fue otra perra que me engañó! ¡Otra más! —

Al parecer la razón de su suicidio era algo tan simple como un desengaño amoroso y en cierta forma, para Mao, un motivo muy idiota y miró al hombre de mala manera mientras pensaba que era un verdadero estúpido.

— ¿No es un poco exagerado matarte por eso? — Le dijo esto Mao.

— ¿Exagerado? Ésta ha sido mi Vigésimo sexto. Yo que pensaba que por fin había encontrado a una mujer que me quería. — Y empezó a chillar de forma muy patética.

— Esas cosas pasan. Ya encontrarás a una… — Eso decía Mao, para animarlo, pero él lo interrumpió.

— ¡Llevó toda mi vida así! Desde la primaria, he tenido veintiséis novias y todas me han abandonado, han roto conmigo, me han denunciado falsamente, unas me han dejado sin un duro e incluso alguna me metió drogas en la mochila hacía mi viaje a Colombia, otra me pegaba duramente y se burlaba cruelmente de mí, otra se fue a salvar a los niños de África, tuve tres que en realidad eran hombres… —

Mao pensó que tal vez el golpe que se dio el hombre era tan fuerte que le hizo volver majareta. Eso o que tenía una verdadera mala suerte con las mujeres. También pensó en la posibilidad de que había algo tan patético en ese hombre que era normal que cualquiera se lo quitará de encima. Mientras pensaba en todo eso, se le vino en la mente una pregunta muy importante.

— ¡En fin, todas las mujeres son iguales! ¡Iguales! Debería hacerme maricón y ya está. — Le dijo como conclusión el padre.

— Es normal pensar eso cuando has sufrido todo eso… ¿Te maldijeron o algo así? — Esa no era la pregunta que quería realmente decir.

El hombre se quedó pensativo.

— Mi primera novia era gitana… Duramos un año y pues rompimos por algo estúpido que hice, según ella… Y… y ella decía cosas extrañas a una pulsera… ¡Oh dios mío, me maldijeron! ¡Tengo una maldición gitana! — Fue cómo una revelación para él. — ¡Por fin todo está claro!-

— Por cierto, tengo una pregunta… ¿Y la mamá de Jovaka? — Esto era lo que quería preguntar.

— ¡Oh dios, me olvide de ella! ¡Jovaka! Me retracto, no todas las mujeres son iguales. ¡Jovaka, no! ¡No es cómo las demás! ¿Por qué pensaba yo suicidarme? ¡Tengo a Jovaka, no tenía que hacer eso! ¡Soy un padre horrible! ¡Un estúpido! ¿Por qué buscaba novia? ¿Por qué me endeudé tanto por una arpía? —

El hombre no paraba de lamentarse y se veía tan patético que a Mao le dio mucha pena, aunque le fastidiaba que éste no le hubiera respondido su pregunta. Cuando parecía que él se habría cansado de eso, entonces se le vino algo a la cabeza y volvió a lo suyo.

— ¿Ahora qué voy a hacer? ¡Estoy endeudado hasta las cejas! ¿Y el anillo? ¡Oh dios, tengo que recuperar el anillo! ¡Y una forma de encontrar dinero rápido! ¡O si no esos negros me van a comer vivo! — Gritaba conmocionado.

— ¿Ahora qué le pasa? — Le preguntó Mao.

Éste le explicó la situación a Mao. Desde hace cinco meses tenía una relación amorosa con una mujer que estaba condenada en la cárcel, allí él trabajaba como limpiador de celdas. Se enamoró profundamente y le explicaba cómo era su carácter y personalidad. Mao, a través de sus palabras, se daba cuenta que el hombre no sabía elegir y describía cosas que normalmente no era normal en una pareja. En fin, cuando esa salió, éste se endeudó sin parar para cumplir todos sus caprichos e incluso hizo cosas ilegales. Al fin, tras endeudarse con un anillo, cuyos vendedores no eran más que unos rateros nigerianos y comprometerse con pagarles en menos de un mes, se dirigió a su novia y le pidió dinero. Ésta se quitó del medio, tras darle una buena paliza. Mao no podría creerlo.

— ¿En serio? — Le dijo incrédulo.

— Sí… Y solo queda tres días para el plazo. Si no entregó el dinero, irán a por mí y a por mi casa. ¡Y no los podré denunciar porque yo también he hecho muchas cosas ilegales! ¿Qué hago? ¿Qué hago? — Casi iba a gritarle al hombre que era un enorme estúpido entre otras palabrotas. No creía que el padre fuera alguien tan estúpido.

— ¿Y cuánto dinero es? — Le preguntó.

— 6.000 dólares. — A Mao se le cayó la boca cuando oyó esto.

— ¿Todo ese puto dinero en una mierda de anillo? — Le gritó, incapaz de creer que fuera tan idiota de hacer eso.

— Ellos decían que era de gran calidad y uno de los más caros del mercado. ¡Y apenas tengo 1.300 en el banco! ¡Y solo 50 en la cama! ¡Y con la subida de impuestos que han puesto el otro día, tendré menos! — Se tapaba la cara de la vergüenza, mientras lloraba.

— ¿Y la hipoteca? — Mao siguió preguntando, aunque no deseaba saber más.

— Aún no me ha llegado el primer aviso de embargo… — Mao, al oír eso, quería romperle la cabeza, por haber sido tan subnormal con su dinero.

— Solo tenéis el dinero para comer. ¡Estás en el puto umbral de la pobreza! — Mientras decía estás cosas, Mao se lamentó de que Jovaka tuviera un padre cómo él. Ahora por su culpa ella estaba de alguna manera en peligro y por esa razón obligatoriamente tenía que meterse en el berenjenal.

— ¿Por qué tengo que acabar siempre en estos líos? — Se preguntó.

Finalmente el padre de Jovaka ingresó en el hospital, iba a estar una semana. Mao no iba a estar con las manos cruzadas y desde que volvió a su casa, estuvo pensando en solucionar los problemas de Jovaka. Lo primero de todo era evitar el más cercano, que era lo del anillo. ¿Pero cómo conseguir 6.000 dólares solo en tres días? No quería tocar su dinero, así que buscó alguna otra forma. Tras pasar horas de profunda meditación tuvo la respuesta:

— ¡Si el anillo cuesta 6.000 dólares! ¡Solo tengo que cogerlo y ya está! ¡Qué fácil! —

Al final no resultó tan fácil cómo pensaba. Su plan fue presentarse ante la casa de ésta y pedirle su anillo. Primero, tuvo que obligar al patán del padre de Jovaka su dirección. Éste, al ver que esa vivía en un barrio chungo, se llevó a los canadienses para que le acompañaran, aunque estos estaban mucho más aterrados que él. Tras encontrarse con la mujer, Mao le pidió el anillo y ésta los mandó a la mierda. Intentaron persuadir pero ésta llamó a sus amigos delincuentes. Así desistieron y tuvieron que volver a la casa con las manos vacías. Perdieron un día entero.

-¿Y ahora qué voy a hacer?- Se decía. Esta vez se estrujó el cerebro sin parar, aunque debido al jaleo que había en su salón, ya que se llenó de gente aquel día; pues le era difícil concentrarse.

— ¡No pongas el volumen tan alto, peruana! — Le dijo a Josefina. Ésta protestó por qué ella era mexicana, no de Perú.

— ¡Ya te responderé más tarde eso! ¡Qué estoy ocupada pensando en algo! — Le respondía a Malan, después de que ésta se diera cuenta de una cosa muy importante y le preguntará por qué era la única persona que se podría acerca a Jovaka.

— ¡Joder, Clementina, tranquiliza a la niña! ¡Qué tengo que pensar! — Le decía eso porque Diana no paraba de llorar. Al final, todas le preguntaron qué le pasaba y éste tuvo que contar la historia. Al terminar, la primera que comentó fue la mexicana:

— ¡Pero son rateros…! ¿Por qué deberías darle dinero? — Josefina no lo entendía, pero aquellas palabras provocaron que Mao tuviera una idea.

— Es verdad… ¡Qué gran idea! ¡Solo hay que hacer que se olviden del puto anillo y del padre! — Eso gritó Mao, como si hubiera descubierto América.

— ¿Qué quieres decir? — Preguntó Clementina, que no le entendía.

— ¿Quieren pagar? Pues lo van a pagar… ¡Y a lo grande! — Todas se quedaron pensando qué iba a hacer Mao. Éste les contó su plan.

A la mañana siguiente, Mao volvió a llamar al padre para que le diera dónde era el lugar y hora de la cita con esos rateros, así como su número de teléfono. Luego, le obligó llamar para cambiar la cita y decirles que iba a dar el dinero.

— No entiendo qué pretendes… — Eso le decía el padre, intrigado.

— Usted, descanse. ¡Que yo me ocupo de todo! — Y él empezó a llorar como niña.

— Es la primera vez que una mujer me ayuda… No sé lo que vas a hacer pero… me estás ayudando… ¡Oh, gracias de todo corazón! — Le decía esto, entre lágrimas de felicidad, creyendo que por fin había encontrado el amor verdadero.

— Esto lo hago por Jovaka, no por ti… ¡Hala, hasta luego! — Le partió el corazón. De todas maneras, el hombre ya estaba acostumbrado a eso.

A continuación, tras eso y tras hacer unas llamadas, Mao y su pandilla se fue al parque dónde concertaron la cita, que estaba al lado de su barrio. Lo hicieron muy temprano, ya que era a las cinco de la tarde y apenas eran las doce cuando llegaron. Era para hacer preparativos. Estaban haciendo algo grande.

Cómo se acordó, los rateros aparecieron a la hora prevista, en el lugar más remoto del parque. Eran dos. Uno era cómo un gorila con aspecto de rapero. Llevaba gafas de sol, unos enromes pantalones vaqueros que se le caían con un feo chándal de color verde muy vistoso, sus manos y cuello estaban llenos de collares de oro. El otro era un enano y se diferenciaba de su compañero llevando un pantalón chándal de color azul y una camisa muy elegante de color negro. Eran cómo Gigante y Suneo de Doraemon, pero en negros.

Miraron por todas partes, buscando al padre de Jovaka, pero no lo veían, solo a Mao delante de ellos, con una mirada desafiante a la pareja, algo que éstos notaron.

— ¿Y tú, qué miras? — Le dijo el pequeño.

— ¿Están buscando a Antonije Broz? — Les dijo Mao. Ese era el nombre del padre de Jovaka.

— Sí… — Eso le dijeron, algo sorprendidos.

— No digan nada más. ¿Quieren sus 6.000 dólares, verdad? ¡Es qué él no puede venir y pues eso! ¡Yo se los voy a dar encantada! — Los negros ya se estaban dando cuenta de que algo olía mal pero no le dieron tiempo de decir o actuar algo.

— ¡A base de golpes! ¡6.000 Dólares! — Gritó Mao.

Entonces toda la patrulla salió de su escondite, que estaban ocultos en unos arbustos. Allí estaba Josefina, que temblaba como un chihuahua; Malan, que demostraba todo lo contrario; Clementina, muerta de miedo y con su hija Diana en sus brazos; a Leonardo, que tenía tanto nerviosismo como la mexicana; Alsancia, con un cuarto más de lo mismo y Nadezha, quién fue llamada y molestada por Mao.

— ¿Pero qué…? — Dijo el enano.

— ¡Solo son una niñas…! — Dijo el gorila.

No pudieron terminar sus frases, por qué fueron atacados de repente. Con dos hondas y con una puntería impresionante Nadezha les lanzó globos de agua a los ojos de los rateros. Explotaron violentamente y les ardieron los ojos, por qué estaban rellenados con agua de colonia. Gritaron, pero no serían sus únicos gritos.

Josefina y Alsancia con la ayuda de los canadienses, mientras los nigerianos sufrían, cogieron una cuerda y con ella hicieron hacer que los dos cayeron al suelo. Pareció que el suelo tembló.

Ahora fue el turno de Mao y Malan, se fueron hacía ellos y le empezaron a dar una serie de palizas que seguramente no iban a olvidar en sus vidas. Primero, con sincronía, le dieron una patada al enano que lo hicieron volar.

El gorila se levantó e iba a por ellas, pero fueron muchas más rápidas y le dieron otra ración de patadas al estomago de éste. Él se pudo mantener en pie pero Malan le dio otra patada en sus rodillas que lo hicieron caer de nuevo al suelo, mientras Mao le daba un golpe en la cara. Por su parte, el enano buscaba un arma entre sus ropas pero Nadezha le rompió los dientes, lo tiró otra vez al suelo y se sentó encima de su pecho mientras le entregó varios tortazos. Cuando lo dejó tonto, buscó sus armas y se los quitó.

Volviendo con Mao y Malan, éstas estaban torturando al gorila haciéndole doblar violentamente sus brazos y piernas.

— ¡Paren, paren! ¡Por favor! ¡Haré todo lo que pidáis pero por favor, déjenme en paz! — Les gritaba lloriqueando, el matón.

— ¡Entonces, olvídate de los 6.000 dólares que te debe! ¿Lo juras? — Y eso le decía Mao, mientras le estaba torturando.

— ¡L-lo juró! — No podría soportar el dolor.

— ¿De verdad? — Mao desconfiaba de sus palabras y le ordenó a Malan que le doblará los dedos.

— ¡De verdad! ¡Por mi madre, que a ese tipo no le voy a tocar ni un pelo! ¡Pero, por favor…! — Le gritaba desconsoladamente.

Y así terminaron la pelea. Dejaron al tipo y se acercaron al resto del grupo para decirles que ya habían acabado.

En ese mismo momento, se distrajeron y el gorila se levantó y se preparaba para darles una paliza. Las demás miraban con horror como la sombra del gigante acechaba detrás de Mao y Malan. A continuación, apareció alguien que les salvó de eso.

De repente, el gigante recibió otro buen golpe en el estomago, esta vez era un gran cabezazo de alguien que habría aparecido de repente. Era Jovaka. El grito hizo que Mao y Malan dieran la vuelta y vieron el peligro que las estaba acechando.

— ¡A Mao no le toques ni los pelos! — Le dijo.

Esta vez el gigante cayó al suelo y definitivamente lo dejaron K.O.

— ¿Jovaka? — Dijo Mao sorprendida.

Ésta, al momento de escuchar eso, se alejó de las chicas unos cuantos metros y las miraban fijamente. No se podrían creer lo que estaban viviendo.

— ¿En serio…? ¿En serio…? ¡Es verdad…! ¡Es imposible…! — Parecía un disco rayado, no dejaba de repetirlo una y otra vez.

— ¿Qué te pasa? — Le preguntó Mao.

— Yo sabía que tú lo harías… Pero no ellas… ¡Es imposible! ¡Las mujeres nunca se ayudan entre ellas! ¡Son egoístas! ¡Pero no encuentro la razón! ¿Por qué han querido ayudarme? — Gritaba mientras ponía sus manos en su cabeza. Sentía como si de repente había algo que no estaba bien y todo lo que creía y pensaba empezó a agrietarse.

— ¡Yo siempre las insulto, yo siempre digo que son lo peor en todo, no confío en vosotras, que todo los hacéis todo a vuestro interés! ¡Un montón de cosas! ¡Y ninguna buena! ¿Entonces por qué? ¿Por qué ayudarían a alguien como yo? — Les dijo señalándolas con su dedo. Todos estaban tan sorprendidos por eso que no eran capaces de decirle una respuesta. Y Jovaka, de repente, salió corriendo de allí, tal vez para volver a su casa.

— ¡No lo entiendo! — Se repetía una y otra vez.

Toda la escena dejó perplejo al grupo, pero no era tiempo de pensar en eso, ya que vieron que se habrían pasado con los rateros y salieron corriendo de allí, mientras llamaban a la ambulancia.

— ¿Qué es lo qué ha pasado a Jovaka? — Se preguntaba Mao. Esto lo dijo mientras volvían a casa.

— Al parecer, su mundo empezó a desmoronarse, eso es buena señal. — Mao no la entendió y le preguntó.

— Quiero decir que todo lo que ella ha establecido cómo verdad, se ha empezado a caer por su falsedad. Ya empieza a cuestionarse lo que cree. Esto debe ser el principio…— Malan se lo explicó de nuevo.

—…De que deje de odiar a las mujeres de esa manera. — Añadió Mao.

— Es un sujeto muy curioso, lo repito de nuevo. Ahora mismo me hace pensar esto: Si ella odia y teme a las mujeres debería haber eliminado en todo de lo posible cualquier rastro de feminidad en ella… y siento que no reniega de ser chica, al parecer. — Le explicó Malan.

— Deja de decirle sujeto, suena tan…— A Mao le molestaba eso, le parecía feo llamar a alguien así.

— ¿Científico? — Aunque Malan se creía otra cosa.

— No, inhumano o impersonal o algo así. Eso me pone algo incómoda. —Con esto dicho se terminó la conversación, cuyo contenido fue ignorados por las demás, que pensaban qué les iba a pasar si la policía las encontrará como las responsables de las palizas a los rateros.

Al llegar a casa, Mao quería ir con Jovaka y hablar con ella. Quería saber algunas cosas sobre ella cómo qué le paso a su madre, el origen de su odio y temor a las mujeres y de muchas cosas más. Deseaba mucho saber más cosas de ella y quizás ayudarla a superarlo. Quería sacarla de esas ideas que la mantienen cerrada antes los demás.

Pero éste no sería el momento, por ahora.

A la mañana siguiente, ocurrió algo que dejó boquiabierto a Mao y a los canadienses. Era Jovaka, que estaba en su salón y había salido de su cuarto y no se escondía, a pesar de que Clementina y Diana estaban allí.

Se escuchaba fuertes ruidos que procedían de su estomago. Ella se puso muy roja, al ver que lo oyeron, y decidió decirles esto:

— Yo… Aún creo que todas las mujeres son unas horribles arpías… menos yo, claro… ¡Pero bueno, tal vez no es tan malo comer en la misma mesa que ellas! — Se quedaron de piedra al escuchar esto.

— ¿Tienes fiebre? — Le decía Mao mientras ponía su mano en su frente.

— Tengo hambre… ¡Mientras no esté al lado de ellas estaré bien! — Y así la serbia comió en la misma mesa que Clementina y su hija. Aunque Mao y Leonardo tenían que ponerse a un lado de Jovaka para que ésta se sintiera segura.

FIN

Anuncios
Estándar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s