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Juntas hacia al concierto, trigésima cuarta historia

Josefina pasaba su tarde en su habitación suspirando tristemente una y otra vez mientras intentaba hacer sus deberes de matemáticas. La razón de esto era algo que afectaba profundamente su corazón de doncella.

— ¿Por qué? ¿Por qué no puedo ir al concierto de los Sealands Boys? —  Sentenciaba sin parar.

Los Sealands Boys, el grupo pop del momento, estaban de gira por Shelijonia e iban a pasar por Springfield el tres de abril. Estaba formado por cinco guaperas cuyas sonrisas derretían a las damas, entre ellas Josefina. Ella desde que se hizo su fan, allá por un mes, compró todos sus discos y todo tipo de mercancía sobre ellos. Era obvio por tanto que no quería perder lo que podría ser su última oportunidad para verlos cantar en directo. Su madre le prohibió que se fuera ya que decía que esos sitios son del diablo. Intentó convencerla de lo contrario y, a pesar de haberle calentando tanto la cabeza, lo único que consiguió fue una torta en la cara que aún le dolía.

— ¡Solo es un concierto! ¡Y yo soy mayor y puedo ir allí! ¿Por qué no lo comprende? — Se quejaba.

Al poco rato, alguien pegó en la puerta de su habitación y Josefa se calló de repente. Pensaba que era su madre que la escuchó diciendo cosas malas de ella y le iba a dar más tortas. Con el miedo metido en el cuerpo abrió la puerta poco a poco y cuando vio quién era, se alegró y se alivió. No era su madre, sino su hermana mayor. Algo raro ya que casi nunca se le aparecía así. Tal vez quería pedirle algo o un favor.

— ¿Qué quieres? — Le preguntó.

— ¿Tú eres fan de los Sealands Boys? — Eso le dijo su hermana.

— La mayor de todos los tiempos. — Se jactó orgullosamente Josefina.

— Pues toma esto. — Le entregó dos boletos para el concierto. — ¡Para ti y para que invites a otra amiga! ¡Y qué no se entere mamá! — Josefina se puso tan contenta, que le abrazó tan fuerte que casi la iba a ahogar. Le decía su hermana en un intento de salvar su vida:

— ¡Suéltame! ¡Qué me vas a matar! — Le soltó y le pidió perdón por eso.

Pero Josefina se extrañaba mucho por ese repentino acto de amabilidad por parte de ella, ya que siempre la trataba muy mal.  — Gracias, pero… ¿Por qué? —

— Iba a ir con una amiga pero es una zorra. — Y con esto dicho se fue andando al salón. Al observar que su hermana se había rapado media cabeza, Josefina se preguntó por qué ella siempre se hacía unos peinados tan feos. Se olvidó de eso, cuando escuchó a su madre gritar y cerró rápido la puerta de su cuarto. A continuación, se puso a dar vueltas de felicidad por la habitación y su imaginación no paraba de fluir. Una risa tonta la invadía y su cara estaba totalmente roja. No volvió a la realidad mucho tiempo después hasta que observó que eran dos, y, por esto, le vino una duda que la iba a atormentar toda la noche.

— ¿Y quién será mi compañera? — Se preguntó.

Tenía que elegir a una amiga, pero no quería que ninguna se sintiera mal por la decisión. Creía que todas sus amigas eran igual de importantes para ella y que decidir por una era algo muy feo, ya que solo había un boleto. No deseaba sembrar la semilla de la discordia pero quería escuchar a sus cantantes favoritos acompañada de alguien.

Al día siguiente, decidió enfrentarse a esa dura tarea ya que solo faltaba dos días para el concierto. Se fue a casa de Mao tras salir del instituto y allí se encontró a casi todo el grupo. Le costó mucho sacar el tema.

— ¿Eh, chicas? ¡Tengo algo importante que decirles! — Les dijo entrecortada a los demás y éstos se preguntaron qué era.  Entonces gritó fuertemente y sacó los boletos:

— ¿Hay alguien qué quiere ir a ver a los geniales Sealands Boys? —

Mao siguió viendo la televisión como si nada; Malan, la ignoró y Clementina estaba dándole el biberón a su hija Diana. Solo Alsancia-Lorena reacción porque, después de todo, ella también era fan.

“¿De verdad? ¿Esos son boletos para el concierto de ellos? ¡Oh, dios mío! ¡Esto es verdad! ¡Podré verlos en directos! ¡Es cómo un sueño hecho realidad!” Pensaba Alsancia, e iba a decirle que sí, pero se puso tan contenta y tan nerviosa a la vez que no podría hablar y decir un mísero “sí”.

Josefina se sorprendió al ver la nula reacción de ellas ante su anuncio mientras la pobre Alsancia intentaba hablar. La mexicana no podría creérselo.

— ¡Pero…! ¡Pero…! ¡Pero son los Sealands Boys! ¡Es su concierto aquí en Springfield! ¿No deberían ponerse megahistéricas y ponerse a pelear por el boleto? —

Solo Mao dijo esto: — Solo es un concierto, ni siquiera los conozco…—  Para Josefa que alguien no los conociera fue casi cómo un stock.

— ¡Si todo el mundo los conoce! ¡Son geniales! ¡No sabes lo que te estás perdiendo! — Le decía Josefina, intentando convencerle.

— Ni lo sé ni me importa…— Pero Mao ni muerto quería ir.

Entonces Josefa se acercó a Mao, quién estaba vagueando en el suelo, y lo empezó a balacear. Mientras hacía eso, le decía:

— ¡Vamos, Mao! ¡No quiero ir sola! ¡Seguro que te encantarán! ¡Debes conocerlos! — Le decía.

— ¿Conocer el qué? ¿Niñas histéricas gritando en coro sin parar? ¿Sentirte como si estuvieras en una lata de sardinas? ¿Soportar elevados niveles de ruido infernales? Bah, paso. — Al ver Josefa que no iba a cambiarlo de opinión, decidió ir a por Malan.

Alsancia paró de intentar decir algo y pensó un poco. ¿Qué haría ella en un concierto? Nunca le había ido bien estar en multitudes y podría sufrir crisis de ansiedad; nunca había ido a uno y no sabía si podría soportarlo o no, además de que Josefina era demasiada enérgica para ella. Podrían acabar muy mal.

Y siguió pensando hasta llegar así a esta conclusión: “Este podría ser mi oportunidad de demostrarme que puedo ser responsable. ¡Ya voy a cumplir veintiún años!”

Fue cómo una revelación para ella. Cuidar de Josefina podría ser la forma de demostrar que ella no es una inútil, que podría no depender de los demás e incluso cuidar de otra persona. Dejar de ser la más débil para proteger a otros débiles, eso es lo que deseaba y, entonces, se preparó cómo nunca a decirle sí a nuestra Josefina.

Malan, que intentó convencer a Josefa con todas las argumentaciones posibles que no deseaba ir, tuvo que resignarse a acompañar a la mexicana al lugar, cuando Alsancia-Lorena pudo decir algo:

— ¡Yo…! ¡Yo iré… contigo! — Gritó. Era como escuchar chillar a una ardilla, y quedo bastante lindo a los oídos de los demás. Josefina dirigió su mirada hacía ella y le cogió de las manos, totalmente feliz de escuchar eso.

— ¿En serio? — Le dijo eso con una gran sonrisa.

Alsancia solo movió la cabeza. Josefina lo celebró cómo si hubiera paz mundial.

— ¿De verdad? — Le dijo Mao.  — ¡Entonces, os acompañaré! — Dijo eso porque sabía que Josefina era un peligro andante y estaba preocupado por lo que le podría pasar a su Alsancia.

—Pero solo tenemos dos boletos…- Le dijo Josefina.

— ¡No voy al concierto, solo a ir de acompañante! — Eso le replicó Mao.

Alsancia no quería eso, tenía que cuidar de Josefina ella sola. Y por eso le dijo a Mao: — Por… Por favor… Yo puedo sola. —

— ¿Por qué? — Le preguntó al escuchar su respuesta. Alsancia solo miró al suelo, buscando alguna respuesta que decir para evitar que Mao fuera con ellas. Estaba agradecida por todos sus cuidados, pero era el momento de que una adulta como ella se comportara cómo tal. Iba a decírselo cuando Josefina arruinó lo que podría haber sido su momento estelar:

— ¡No importa, Mao! ¡Yo cuidaré de ella! ¡Vamos, Alsancia! ¡Vamos a mi casa a celebrarlo! — Y se la llevó hacía su casa a una velocidad increíble. Alsancia quería decir que tenía que ser ella la que tenía que cuidar, que era la adulta. Mao les decía qué no se fueran e iba a ir a por ellas, pero fue detenido por Malan.

— ¡No sé tú, pero yo respetaría los deseos de nuestra paciente de Nápoles! — Mao le dijo qué quería decir con eso.

— Al estar harta de ser el elemento más débil del grupo, la niña linda al que todos quieren proteger, intenta romper su papel. Ese es su deseo e ir con ellas significa no respetarlos. — Se lo explicó.

Mao se quedo pensativo y luego le dijo: — Ya entiendo lo qué quieres decir… ¡Pero es inevitable no preocuparme! Ella tiene un cuerpo muy débil. ¡Y Josefina es Josefina! —

— Al parecer de eso está harta, del trato sobre protector que le dan. — Eso le replicó Malan.

— Es verdad pero…— Añadió Mao, muy preocupado.

— Ha elegido la peor opción posible. ¡De eso estamos seguros! Y habrá un noventa por ciento o más de que va a fracasar. — Ella dijo lo que todos estaban pensando. Nadie le podría dar un voto de confianza a Alsancia porque había elegido cuidar a la peor de todos. Martha, al ver a Mao pensando qué hacer, siguió hablando.

— Puedes pisotearlos sin más o no… ¡Elegir depende de ti! — Esas palabras de la africana le dieron a Mao una idea. Entonces gritó:

— ¡Solo hay que hacer que ellas no se den cuenta de nuestra presencia! — La idea no era nada más ni nada menos que espiarlas y salvarlas de los problemas que podrían aparecer sin que éstas se dieran cuenta.

— ¡Vamos Malan, a la Maohabitación! — Le dijo a su lacaya, señalándole las escaleras, parodiando a algún superhéroe archiconocido. Iban a buscar entre sus ropas disfraces. Mientras tanto Alsancia y Josefina estuvieron en la casa de ésta última. Nuestra Napolitana disfrutaba cómo nunca escuchando todos los discos que no podría comprar y deseaba tener todas esas cosas que tenía la mexicana sobre sus cantantes favoritos.

A la noche anterior al día del concierto, nuestra Alsancia se acercó a la mesa dónde estaba San Jenoro, el patrón de Nápoles y le rezó. Le pedía fuertemente que todo saliera bien.

Fue despertada a las seis de la mañana por una llamada de Josefina, ésta le decía que debía vestirse ya, que iban a ir al concierto.

Alsancia intentó decir que por qué tan temprano pero no le pudo salir las palabras. Al final, se visitó con lo mejor que tenía y salió de su casa. El lugar donde tenía que ir ella fue a la casa de Mao, ya que Josefina se quedó a dormir allí.

Mientras tanto Mao y Malan, quién también se quedó a dormir, se preparaban para su ardua tarea. Tenían una bolsa llena de ropas de todo tipo para que esas dos nos las pillaran. El chino le pidió a la afrikáner que se fuera a vestir con su disfraz en su cuarto de baño y ésta sin preguntarle la razón la hizo caso.

Malan llevaba una boina francesa con la cual ocultaba su cabello rubio, unas gafas, una camiseta con la imagen de unos gatitos, una falda que le llegaba a las rodillas y unas medias negras.

Mao por su parte, por primera vez en su vida, se vistió como un chico se disfrazó de rapero, algo que hizo matar de risa a Malan, y luego a los canadienses. Después, cuando Josefa y Alsancia se reunieron y se fueron, la africana y el chino salieron corriendo de la casa.

Alsancia se preguntaba por qué iban tan temprano si el concierto empezaba a las nueve de la tarde pero no le dio importancia. Pensaba que tal vez era por las largas esperas que caracterizan a este tipo de eventos. Durante gran parte del trayecto hacía la estación, ya que iban a ir en tren, no paso nada y por la ausencia de acontecimientos Mao dijo:

— Al parecer no debería haberme preocupado tanto por ellas. — Eso decía, aliviado.

— O hemos menospreciado a Alsancia o hemos sobreestimado a la lenta simpática. — Le dijo Malan.

Se arrepintieron de haber dicho eso, ya que antes de llegar a la estación Josefina se encontró con un gatito lindo. Éste se dejó tocar e incluso que ella lo tuviera en brazos. Tras estar un rato dedicándole acaricias y mimos, le dijo a Alsancia, que se había alejado un poco:

— ¡No tengas miedo! ¡No te hará daño! ¡Tócalo! — Y se acercó a ella.

El problema no es que a Alsancia no le gustasen los gatos, todo lo contrario, sino que era alérgica a ellos y se lo intentó decir a su compañera pero su tartamudeo atacó de nuevo y no podría decírselo.

La italiana estaba en peligro. Y Mao tuvo que entrar en acción.

— ¡Oh, yeah! ¡Pero si es mi gatito! ¡Lo he encontrado! — Así entró Mao, actuando patéticamente como un rapero. La mala actuación dejó helados a los presentes y eso hacía que deseaba que la tierra lo tragase.

— ¿Así que éste es su gato? — Le preguntó Josefa al poder reaccionar ante eso.

— ¡Oh, yeah! ¡Se llama Gocú! — Eso le respondió.

— ¡Qué nombre tan bonito! — Y con esto dicho le entrega el gato. — ¡Es muy bonito!-

— ¡Gracias! ¡Gracias! — Le dijo el falso rapero, y salió corriendo.

— ¡Qué raro, un rapero con gato! –Le decía la mexicana a su compañera mientras ésta suspiraba aliviada. Luego añadió: — ¿A qué es genial hacer una buena obra? — Alsancia movió la cabeza afirmativamente y siguieron su camino.

Cerca de ellas, detrás de unos arbustos, estaba escondida Malan y con ella volvió Mao con el gato arañándole. — ¡Fuera bicho! — Le decía eso, cuando lo soltó.

— ¡Qué vergüenza! — Decía mientras recordaba lo que acaba de hacer y mientras rebusca en la bolsa ropa con que cambiarse.

— ¡Malan, vigila a esas dos que yo tengo que cambiar de papel! — Ella le respondió que sí y Mao con la bolsa a cuestas se fue a los servicios públicos más cercanos. La Afrikáner siguió a esas dos chicas hasta la estación.

— ¡Mira Alsancia, hemos llegado justo a tiempo! — Le decía eso Josefa mientras miraban los horarios de los trenes.

— P-pero si son… una hora…— La napolitana le intentaba decir que ellas habían llegado demasiado temprano, que faltaba una hora para primer tren del día.

Sentada cerca de ellas, estaba Malan mirando su móvil por si había algún mensaje de Mao, que estaba tardando demasiado.

Debido a que el lugar estaba tan vacío, Josefina y Alsancia en busca de compañía se sentaron junto a ella. Josefa intentó hablar con ella pero ésta le hablaba en afrikaans y ninguna la entendía, aunque la mexicana con señas y señales intentaba comunicarse sin éxito alguno.

Y así pasaron los minutos, y Malan ya se estaba preocupando demasiado, Mao no respondía a pesar de los continuos mensajes que le mandaba.

Ella estaba segura de que había sufrido algún contratiempo y eso le ponía nerviosa. Al final, el tren llegó y Malan seguía sin noticias de Mao, a pesar de eso, subió a él, ya que no tenía que perder de vista a esas dos. Le mandó un mensaje más. Lo que no esperaba la africana es que Alsancia y Josefina lo perdieron, ya que la mexicana fue muy oportuna y le entraron ganas de orinar cuando faltaba poco para la llegada del primer convoy del día. Se dio cuenta de eso, al observar por las ventanas como corrían detrás de él.

— ¿Y ahora qué hago? — Se decía Malan. Al poco tiempo, recibió por fin un mensaje de Mao. Este era su contenido:

Lo siento pero estoy metido en un gran problema. Tendrás que cuidarlas. Te lo contaré más tarde.

Malan no quiso decirle que las había perdido. Bajó en la principal estación de la cuidad, ya que estaba cerca del estadio de futbol americano, el lugar dónde iban a celebrar el concierto. Vio que estaba más abarrotado que de costumbre, había cientos de adolescentes y parecía que gran parte de ellas venían con el mismo objetivo, ver a los Sealands Boys. Por esa razón muchos vendedores ambulantes se paseaban por allí y allá vendiendo mercancía pirata a las incautas fans. Se sentó esperando que esas dos llegaran y efectivamente así fue. Tras una hora de espera las volvió a ver, con Josefina charlando alegremente con Alsancia, incapaz de decirle una frase corta. La africana se alivió mucho pero la suerte no estaba dispuesta a que las cosas irían bien.

Josefina distraída por las baratijas que vendían sobre sus ídolos se separó de Alsancia y tanto una como otra se perdieron entre las masas. Malan, cuando se dio cuenta, solo veía a la napolitana descubriendo que había perdido a su amiga, y consiguió no perderla de vista sin acercarse. La pobre italiana estaba histérica, había fracasado en su cometido y perdió a Josefa entre la multitud.

Intentaba desesperada gritar su nombre pero su nerviosismo impedía que dijera palabra alguna, es más, sentía que se le estaba inflamando la garganta de los nervios. No paraba de sudar y poquito a poco, le faltaba el aire y sentía muchísimo calor. Sus pensamientos no ayudaban mucho, se imaginaba a Josefa acabar de las peores formas y se reprochaba por haber intentado demostrarse que podría cuidarla, ya que al final solo había conseguido perderla. Casi le iba a dar un yuyo, si no fuera por Malan que llegó en el último momento. Ésta, que al principio no quería intervenir para ver sus reacciones, apareció ante ella, quitándose la boina y las gafas y le dijo en tono amable:

— ¿Quieres tomar un poco el aire? — Le preguntó.

Alsancia se echó a llorar y la abrazó fuertemente, después las dos salieron del lugar, se sentaron en un banco y poco a poco la napolitana, se tranquilizaba mientras Malan le explicaba la verdad. Tras eso:

— En fin, ¿ya estás mejor? — Le dijo a Alsancia y ella movió la cabeza negativamente. Intento decir algo:

— Y-yo… he sido… e-estúpi… — Intentó decirlo de nuevo.

— He s-sido estúpida. — No era capaz de decir algo mejor, le hubiera encantado decir que fue una tonta por pensar que podría cuidar de Josefina, que era una tarea demasiado grande para ella y que era un fracaso de mujer adulta.

— Bueno, es verdad qué elegiste la peor opción pero también es verdad que las primeras veces acaban bien raramente. — Esto no animó a Alsancia y, por tanto, Malan siguió hablando.

— ¡Pero tienes una segunda oportunidad para demostrar a todos que eres una adulta responsable y no solo alguien al que todos quieren cuidar! —Alsancia levantó la vista y vio a Malan ofreciéndole su mano. — ¡Yo, Martha Malan, necesito un adulto que me vigile y soy un objetivo fácil de cuidar! ¿Quieres ser ese adulto? — A la italiana se le iluminó la cara y empezó a llorar otra vez, pero de felicidad. La africana le dijo algo más:

— ¿Vamos a buscar a la lenta simpática? — Le preguntó.

Y con una sonrisa la napolitana respondió: — ¡Vale! —

Y con esto dicho y agarradas de las manos para no separarse, volvieron a la estación en busca de la mexicana. Perdieron horas y horas buscándola hasta en los sitios más insospechados hasta que decidieron preguntar por ella en las taquillas.

— ¿Una niña perdida? — Se quedó pensando hasta que algo se le vino a la mente. — ¡Ah sí, están buscando una chica llamada Alsancia, una amiga suya dijo que se perdió! —

Las dos chicas se miraron, obviamente era Josefina, y Malan le preguntó: — ¿Dónde está esa amiga? —

La respuesta que le dio es qué iba a llamar a la central para saberlo y así lo hizo, y al final ya sabían dónde estaba, aunque les sorprendió.

— Está en Bogolyubov. Ya le han avisado de que ustedes la están buscando. —

Esa ciudad es el principal puerto del norte de Shelijonia y está situado a 50 kilómetros hacía al este de Springfield, entonces, ¿cómo es posible que Josefina ha acabado ahí? Esa pregunta se hicieron Malan y Alsancia, incrédulas. De repente, escucharon la voz de la mexicana saliendo de los altavoces, que, al principio, chirriaron y se escuchaba voces, aunque poco, de personas que le pedían que no tocaran el micrófono.

— ¡Déjenme, qué tengo que hablar con mi amiga! — Dijo primero. — ¡Alsancia-Lorena! ¿Me oyes? ¡Lo siento! ¡Te prometí cuidarte y mira lo que ha pasado! ¡Perdóname, por favor! ¡Ya voy para allá! —

Malan le dijo al personal que comunicará que ella se quedará dónde está y que ellas iban a recogerla. Después salieron a toda velocidad hacía al tren para Bogolyubov, que casi iba a salir. El de la taquilla hizo eso que le mandaron, pero descubrió sin poder evitarlo que Josefa salió corriendo a dirigirse hacía a Springfield.

Tanto una como las otras dos subieron en trenes, cada uno contrario con respecto a su destino. Y se dieron cuenta, cuando se cruzaron por el camino, mientras veían el paisaje.

— ¡Pero si es la lenta simpática! — Se dijo Malan cuando Alsancia la avisó, tocándole los hombros, de que Josefa estaba en el otro tren que acababa de pasar. Y ésta a su vez las vio y se pega al cristal gritando.

— ¡Alsacia! ¿Malan? — Se sorprendió de que ella estuviera con la napolitana pero no era el momento de preguntarse por eso. — ¡Estoy aquí! ¡Ya voy con vosotras! — Obviamente solo los pasajeros que estaban en su vagón escucharon esto, muy molestos.

Entonces se bajaron, cada una por su lado, a la estación más próxima para subir al otro. Y tras una hora de espera y luego de subir en el tren contrario al de su destino original, se vieron las caras de nuevo, quedándose cada una sin habla viendo cómo estaba pasando lo mismo, y podría haber una tercera pero Malan se dio cuenta de que hacerlo otra vez era perder el tiempo.

— Mejor quedémonos aquí esperando a Josefina. — Alsacia no estaba muy segura de eso pero la hizo caso.

Al final, tras otra hora de espera, las chicas se reencuentran con Josefina, quién llegó en tren. Tras verlas y tras abrirse las puertas del vagón, saltó hacía ellas, llorando como una magdalena, abrazándolas tan fuerte que las estaba ahogando. Todas se decían cosas inexplicables, por una parte, Malan y Alsancia intentado pedirle a la mexicana que las soltará, y ésta por su parte les pedía perdón y que se alegraba de verlas entre otras cosas, que apenas se le entendía por sus lloriqueos.

Al pasar el momento tan bonito del reencuentro, esperaban al próximo tren hacía a Springfield. Josefina protestaba:

— ¡Qué pedo! ¡Apenas tenemos dinero, lo hemos gastado casi todo! —

En ese momento las tripas de las chicas sonaron fuertemente, avergonzando a las señoritas, ni habían desayunado y estaba cerca de ser las cuatro de la tarde. Malan para distraerse de ese hecho miraba su laptop algo que le entró ganas de saber, el lenguaje de los signos. Tras ver un poco, empezó a practicarlo, en otras palabras, hacía signos y gestos con las manos.

— ¿Qué estás haciendo, Malan? — Le preguntó Josefina con extrañeza y a la vez curiosidad. También Alsacia se preguntaba qué estaba haciendo Martha.

— Pues como la paciente de Nápoles le es casi imposible comunicarse con nosotras, tal vez puede ser capaz de hacerlo con esto. —

Les mostró a las chicas lo que estaba viendo.

Alsacia sabía de la existencia del lenguaje de los signos y pensaba que era una pérdida de tiempo pero, al ver a Josefina a interesarse por eso e intentar hablar por las manos, las siguió. Entonces, las chicas pasaron un buen rato hablando ese lenguaje y la napolitana jamás fue más feliz que en ese momento. Por primera vez en mucho tiempo podría comunicarse decentemente sin necesidad de un papel y un bolígrafo y les decía cosas a las chicas que normalmente no podría decir. Era cómo acercarse a los viejos tiempos, antes de que fuera infectada por la terrible fiebre shelijoniana. Estuvieron tan concentradas en eso que perdieron el tren otra vez.

— ¿Sabes? ¡A Ojou-sama le encantará esta idea! ¡Seguro a que te obliga a aprenderlo! — Eso le decía Malan a Alsacia, cuando por fin estaban en el tren hacía la cuidad. La napolitana no la escuchó, se quedó dormida al igual que Josefina. Martha las dejó así hasta que llegaron a su destino.

Después de llegar, entre mendigar, es decir, pidiendo dinero para comida como si fueran vagabundos; y buscando el estadio, llegaban tarde al concierto.

— ¡Vamos, chicas! ¡Qué nos vamos a ver a los Sealands Boys! — Les gritaba Josefina a Alsacia y a Martha, aunque esta última no iba a entrar en el concierto, de todos modos.

Y lo que se encontraron al llegar no era lo que esperaban. Cientos de chicas adolescentes quemando coches policías y contenedores y peleándose entre ellas o con los agentes. Cientos de personas sin ningún motivo lógico se unían a la fiesta y de ahí, salió una “chica” siendo perseguida por una gran multitud. A pesar de llevar el pelo suelto, una camiseta rosa de Hello Kitty y unos pantalones vaqueros con medias de azul oscuro, supieron quién era: Mao, lo reconocieron por su voz.

— ¡Corred! ¡Maldita sea! ¡Corred, estas tipas están chaladas! —

Les gritaba, y ellas le hicieron caso. No era el tiempo para saber que, por alguna razón, Mao pudo ser capaz de cancelar el concierto e incluso haber hecho que los Sealands Boys decidieran separarse cómo grupo.

FIN

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