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Mao, el Rompecorazones, trigésima sexta historia

Mao tenía la esperanza de que, al día siguiente de lo ocurrido con los Sealands Boys, nadie le preguntará sobre eso. Lo que recibió a partir de las once de la mañana, fue la visita de las niñas y una lluvia de preguntas que salían de sus bocas como si fueran torpedos. Apenas podría decir algo y se dijo que eran peores que los paparazzis. Josefina, Malan y Clementina no le dejaban de preguntar cosas sin parar, mientras Alsancia, quién era la única que no mencionó nada, pero que se notaba que quería saberlo; Jovaka, que estaba a una distancia considerable de los demás; Leonardo y Diana, que estaban al lado de la canadiense; tenían las orejas preparadas para escuchar. En fin, todos querían saber que hizo y que le pasó el chino el día anterior.

— ¡Tranquilos! ¡Tranquilos! ¡Lo contaré todo pero callaos! — Le costó mucho, pero, al final, pudo hacer que en su salón dominará el silencio y así pudo contar su historia. Todos estaban deseosos de escucharlo.

Cómo sabrán, el día anterior Mao y Malan, disfrazados, siguieron a Josefa y a Alsacia para evitar que nada malo les pasara, sin que se diesen cuenta de sus presencias. Y tras haber salvado a la napolitana de caer ante la alergia gatuna, el chino se fue a los servicios públicos más cercano para cambiarse de disfraz. Los encontró y entró con cuidado en los servicios de mujer a cambiarse y tras hacerlo jamás pensó con que se iba a encontrar.

— ¡Oye tú! ¿No sabes que esto es de las mujeres? —

Eso dijo Mao, al ver a un chico cerrando la puerta de los servicios con una escoba mientras afuera se escuchaba un impresionante griterío de voces femeninas. Iba a preguntar qué estaba pasando pero el joven se le adelantó.

— ¿Me puedes ayudar? ¡No puedo salir con todas esas chicas encantadores deseando mi autógrafo! — Le dijo mostrándole la mejor de sus sonrisas.

Mao, al ver que no podría salir de ahí, tuvo que ayudarle.

Vio que había una ventana bastante grande para pasar y daba a un lugar oculto por la vegetación. Tras obligarle a usar su disfraz de rapero, los dos hicieron trabajo en equipo para escapar ya que la ventana estaba muy alta. Al conseguirlo, salieron de ahí a toda velocidad y no pararon hasta llegar al otro barrio. El chino intentó volver a su labor pero el joven se lo impidió diciéndole que le iba a invitar a un desayuno por la ayuda, a pesar de haberse negado a aceptar tal recompensa. Ahí se descubrió la identidad del chaval.

— ¡Me llamo Johnny Oklahoma, el guitarrista de los Sealands Boys! ¡Mucho gusto en conocerla, linda señorita! —

Así cómo así le dijo eso y Mao se quedó de piedra al ver que estaba ante un cantante famoso, y del mismo grupo que sus dos amigas iban a ver en directo. El cantante, a pesar de haberlo conocido hace menos de una hora, le contó literalmente toda su vida como si eran amigos de toda la vida. Le explicó sus frustraciones, sus problemas con la fama y con sus compañeros de trabajo, de cómo se había decepcionado con el mundo del espectáculo y de cómo deseaba hacerse musulmán.

Mientras hablaba Mao, lo observó más mal que bien. Era un pelirrojo que parecía rondar los veinte años, tenía el pelo muy corto y obviamente era mucho más alto que el chino. Antes de ponerle sus trapos de rapero, el cantante llevaba un conjunto deportivo y ridículo, muy llamativo, debido al verde chillón; y unas gafas de sol. Decía que así no llamaría la atención.

Y cuando parecía que el desayuno iba a terminar, apareció otro miembro del grupo, el fabuloso Michael Greenstreet. Un esquelético chaval de 1’80 metros de altura con una larga y bien cuidada cabellera de color verde. En ese momento llevaba una fedora y un traje que recordaba al rey del pop e incluso parecía que parodiaba uno de sus bailes mientras se acercaba a la mesa en dónde estaba Johnny y Mao.

— ¡Oh, mi querido Johnny! ¿Quién es esta preciosidad? — Le decía eso a su compañero mientras besaba la mano de Mao como buen caballero.

Ahora la cosa se complicó y Mao se dio cuenta de que no podría escapar de ellos durante un buen rato. Lo peor es que para su desgracia, desde el primer momento, Greenstreet usó todos sus artes para conquistar el corazón del trap, sin importarle que Oklahoma estuviese con ellos.

Esto provocó que, al final, se peleasen y como perdón por el lamentable espectáculo le regalaron una entrada y le iban a mostrar los últimos preparativos para el concierto. En vano intentó rechazarlos.

Y así es cómo llegó al lugar en dónde iban a celebrar el concierto, conociendo a los que faltaban. Vio a Alfred Greenstreet, hermano menor de Michael y el más normal del grupo; a Henry Lloyd que con ese flequillo que le cubría media cara, con esa camiseta negra con la imagen del demonio, con esos pantalones ajustados también negros y todo tipo de pulseras y collares con pinchos le daban la imagen de un emo; y a Jackson Yorking, el único con barba, con bufanda y con una camiseta de cuadros.

La aparición de Mao causó un gran revuelo entre el grupo. Todos se interesaron rápidamente en él y todos querían su atención. Con mentiras y engaños intentaban quedarse a solas con el chino, a veces lo conseguían, otras no. A pesar de que le trataban cómo si él fuera una reina, estaba metido en el ojo del huracán y quería escapar lo antes posible. Al final, la tormenta explotó y los miembros del grupo empezaron una discusión que poco a poco se estaba convirtiendo en un conflicto de dimensiones considerables. Llegaron al punto en que se dijeron las verdades y  lo que querían decirse, que era de todo menos cosas bonitas. Mao tuvo que poner orden:

— ¡Dejen de pelear de una vez! ¿Si tanto se odian por qué están juntos? ¡Yo, por mi parte, me voy! —

Era la excusa perfecta para escapar de ellos y pudo hacerlo, a pesar de que todos le explicaban a Mao que no eran sus intenciones enfadarla y que se quedará entre más cosas. Se perdió por el estadio y por lo que escuchaba decidieron hacerle caso y ante la sorpresa de todos cancelaron el concierto y se separaron cómo grupo. Y luego, cuando encontró la salida, se encontró con una horda de fangirls enfurecidas y que lo eligieron como el causante del fin de los Sealands Boys y el objetivo a eliminar.

Al terminar su historia, las reacciones de las demás fueron estás:

— ¡Eres increíble, Mao! ¡Los chicos más guapos del mundo han caído ante tus pies! ¡Qué envidia! —

Le decía Josefina mientras su cara brillaba de admiración, entre una mezcla de envidia y deseos de ser cómo él.

Constante muy fuerte comparado con la noche anterior cuando Mao le contó que el grupo se separó y lloró cómo nunca durante horas.

Alsancia solo movió afirmativamente sí con la cabeza para confirmar lo que decía Josefa. Ella sintió mucha lástima por la separación del grupo pero sintió, al igual que la mexicana, mucha admiración y a la vez envidia por Mao. En el fondo a ella le hubiera gustado ser la causa de la separación de un grupo y ser tratada por cincos chicos lindos.

— ¡Normal, es que Ojou-sama es capaz de hacer que cualquiera caiga a sus pies! — Dijo pensando en voz alta, Malan, toda avergonzada mientras ponía sus manos sobre sus mejillas. Estaba recordando el momento en cuando Mao la salvó de ser atropellada.

— ¡Pues gerente los chicos esos son un bombón! ¡Yo si fuera usted estaría feliz, en el paraíso! — Le decía Clementina, mientras miraba unas fotos del ahora ex-grupo Sealands Boys y parecía como si le estaba saliendo babas de la boca. También notó que Mao no estaba feliz por lo ocurrido.

— ¡No es para tanto, creo que exageras! — Le dijo su primo a Clementina, mientras tenía a su sobrina dormida en sus brazos. Le dio un poco de celos al ver que su prima miraba demasiado a esos cantantes.

— ¡Mao! ¿Y ahora qué vas a hacer? ¡Es tu culpa que esos pobres hombres hayan caído tu encanto! ¡Asume tu responsabilidad! — Le gritaba Jovaka, señalándole con el dedo. Dentro de ella estaba un torrente de sentimientos. Sentía pena por esos hombres que se enamoraron de él, y en ella crecía el temor de que Mao se estaba volviendo igual que una de esas arpías tan horribles que tanto daño, según ella piensa, habían hecho a la humanidad.

— ¡Es verdad, ahora tienes que escoger alguno! ¿A quién? — Eso dijo Josefa eufóricamente, tras hablar Jovaka. — ¡Déjame uno para mí! ¡Comparte! —

— ¡Te lo puedes quedar todos por mí! — Y luego se acostó para ver la tele muy molesto. Jamás pensó que su farsa cómo chica hubiese sido demasiado efectiva, tanto que pudo enamorar a varios chicos a la vez y no le fue una experiencia agradable. Después de todo, le gustaban las mujeres, a pesar de travestise como una; y ser cortejado por cinco muchachos no es algo que un “hombre heterosexual” desearía. Por suerte, todo eso terminó y solo quería olvidarlo.

Mientras tanto, Josefina no le paraba de decir que por qué se sentía así, que debería estar contenta entre otras cosas. Alsancia estuvo pensando en que grupo iba a elegir para ser su fan, Clementina aún estaba babeando por aquellos guapetones, a pesar de que eso le molestaba a su primo, y Malan volvió a lo suyo, intentaba hablar con Jovaka, con pésimos resultados y esperando que así la serbia pudiera se acostumbrarse con ella y empezar a actuar como su psicóloga.

Al poco tiempo alguien más llegó a la tienda, y era una de las personas que menos esperaba ver Mao ese día, Nadezha. Tras saludar, entre risas, le dijo:

— ¡He escuchado que has triunfado! ¿Cómo es haber tenido un día de lujo con cuatro estrellas del mundo del espectáculo? — Obviamente, vino a su casa a burlarse de él, ya que, después de todo, sabía que era un hombre. Mao se imaginó que se enteró bien rápido gracias a Josefina.

— Son cinco. ¡Cinco! — Le replicó Josefa.

— No importa. — Les dijo Mao.

— ¡Alégrate, mujer! ¡Ninguna chica puede conseguir tal cosa en un solo día! ¡Sobretodo eso! — Entonces, explotó de risa y cayó al suelo. A Mao le entraba ganas de destrozarle la cara, a ella y a los malditos de los Sealands Boys. Los demás no entendían lo que pasaba exactamente y cuando se cansó de reír, le dijo a Mao, señalándole al exterior:

— ¡Por cierto, deberías ver afuera de tu tienda! ¡Qué sorpresa tan linda tienes! — Lo último dicho lo dijo con tanta ironía que Mao salió corriendo hacia afuera y vio la sorpresa más desagradable que había vivido.

Cientos y cientos de flores, de todos los tamaños y tipos diferentes ocupaban toda la entrada. Desde rosas hasta amapolas y todas eran un regalo de los Sealands Boys, dedicados especialmente a Mao con cariño y mucho amor. Le pedían una cita con hora y lugar elegidos, y en orden, como si deseaban que los eligiera tras estar con cada uno de ellos. A él se le quedó la cara cuadrada al verlo, Nadezha volvió a partirse de la risa y Josefa, Alsancia y Clementina quedaron maravilladas ante tal cosa, ya que eso es lo desearía cualquier chica y se morían de la envidia.

— ¿Y ahora qué hago? ¡Buda, ayúdame! — Dijo en voz baja, aún con el shock presente.

Más tarde, cuando pudo pensar con claridad, estuvo maquinando algo para salir de esta embarazosa situación. Quería quitárselos del medio, ¿pero cómo? Tuvo que pedirle consejo a Malan.

— Es simple. Solo tienes que ir a las citas y decirles que no. — Le dijo a Mao tras éste preguntarle qué podría hacer.

— ¿Pero no es eso, muy feo? — Eso le dijo Mao a Malan, aún a pesar de que antes lo había hecho. Más bien, no hacía falta aquella pregunta, porque ya sabía cómo era de desagradable romper el corazón de otros, él lo hizo cientos de veces y no quería volver a experimentarlo.

— A veces, es necesario. Además, sería muy interesante la reacción de cada uno. — Le respondió Malan, cuyas últimas palabras hicieron a él pensar que tenía de interesante para ella ver cómo le rompían el corazón a otras personas, no era de esas chicas que disfrutaban del dolor ajeno, o eso parecía. Por otra parte, aunque esto no le gustaba nada a Mao, no tenía más remedio que hacerlo. En los próximos días, tendría que romperles el corazón a cinco personas inevitablemente.

La primera cita era la de Johnny, el primero que conoció Mao y era una cena romántica en un restaurante francés muy famoso de la cuidad, a las ocho de la tarde del día siguiente. Se preparó para ese momento, pensando la mejor forma de decirle “no” a su amor. Se imaginó miles de situaciones pero ninguna le convenía, al final decidió ir sin ningún plan.

Fue molestado por las chicas, quienes le obligaban a usar otro vestido que no fuera un lindo kimono, pero al final consiguieron que Mao se pusiera uno especial que se usa mucho en las graduaciones de institutos japoneses: El “furisode”. Lo que no sabían es que ese traje es usado por las mujeres solteras y jóvenes para atraer pretendientes y pues en la opinión del chino no pudieron haber elegido uno peor para la situación.

Al llegar a la cita, vio a Johnny sentado en una de las mesas. Estaba vestido con un clásico esmoquin y sobre la mesa, unas flores y chocolate.

— Te estaba esperando, ¡hoy luces más preciosa que nunca! — Le dijo.

— Gracias por el halago, tú también…— Le decía Mao mientras se sentaba con delicadeza sobre la silla.-

Y tras pedir lo que iban a comer, Oklahoma empezó a hablar:

— Muchas gracias por eso. Si no fuera por lo que nos dijiste nunca habíamos dado el paso. — Mao se sorprendía mucho de lo que Johnny le estaba diciendo, el seguía hablando.

— En verdad las cosas entre nosotros no iba bien y queríamos separarnos pero nunca nos atrevimos hasta que llegaste tú. — Ante la incapacidad de Mao para reaccionar, éste le cogió de las manos, acercando su cara a límites peligrosos y le dijo estas palabras:

— ¡Ahora podré rehacer mi vida! ¡Y quiero que tú formes parte de ella! —

De repente, se oyó un grito:

— ¡Hijo de puta! ¡Esa es mía! — Ante ellos apareció de la nada el hermano de Michael, Alfred.

— ¿Qué haces aquí? — Le dijo Johnny, sorprendido, más o igual que Mao.

-¡Lo sé! ¡Sé que estás haciendo trampa! ¡Pensabas que te ibas a burlarte del más meh del grupo! ¿No? ¡Pues lo siento! ¡Ja!-

Le gritaba todas esas acusaciones señalándolo con su dedo. Mao se había perdido totalmente y se estaba preguntando qué estaba pasando. Al parecer, tampoco Johnny entendía muy bien lo que ocurría pero se levantó desafiante ante él.

— Al parecer Don Normalito ha decidido violar todo lo que acordamos. ¡Entonces yo también! — Eso decía Alfred, muy molesto.

— ¡Ella será mía! — Le gritó Alfred a Johnny.

Y le dio una fuerte patada en la cara, empezando una pelea en mitad del restaurante. Chocaban contra las mesas de otros clientes y les tiraba la comida al suelo, a la mesa o a los mismos comensales y no pararon de hacer tal lamentable espectáculo cuando llegó la policía. En ese mismo entonces, Mao vio que era el momento de decirles que no iba a salir con ellos, además tenía la suerte de matar dos pájaros de un tiro. Se acercó hacía ellos y con un fingido enfado les dijo todas feas palabras:

— ¡Os habéis comportado como unos niños de preescolar! ¿No os da vergüenza? ¡Sois mayores de edad! ¡Adiós, no quiero salir con idiotas cómo vosotros! ¡A ninguno! —

Al escucharlo le suplicaban una y otra vez perdón por todo lo que hicieron y que no les abandonasen, que iban a madurar entre otros lamentos, pero Mao se alejó lo más rápido posible hasta perderse de vista. El chino estaba contento y a la vez un poco mal por haber rechazado no solo uno, sino dos.

La siguiente cita que tenía Mao era, al día siguiente, a las una de la tarde; y era un paseo romántico a manos de Jackson. Esta vez utilizó un kimono más normalito, en el cuál estaba estampada una copia del cielo azul.

Eligió, sin duda, el parque más alejado y menos transitado de la ciudad, cuya sección sur chocaba con un muro muy grande que era la frontera que separaba el estado de Shelijonia, número cincuenta y uno de los Estados Unidos; del Zarato, un lugar misterioso y del que apenas nada se sabía. Estaba tan muerto ese lugar que, incluso, parecía que los de mantenimiento nunca pasaban por ahí y los cuervos invadían la zona. Mao se preguntaba qué le pasaba por la cabeza de Jackson por haberle puesto cómo cita ese lugar.

— He elegido el lugar menos mainstream de toda la cuidad, pero bueno…- Le decía el cantante cuando llegó a la cita. — Muchas veces la calidad y lo mainstream no son compatibles, ¡perdón por esto! —

— ¡No importa…! Ya no hay remedio.- Eso le dijo Mao mientras pensaba que, de todos modos, le iba a mandar a la mierda y le importaba bien poco en qué lugar hacerlo.

Jackson observaba bien curioso el traje que llevaba Mao, para él era tan poco mainstream como la ropa que eligió. El conjunto del cantante era una boina francesa, unas lentes de marco muy gruesas, una bufanda de color azul, a diferencia del rojo que llevaba el día anterior; una chaqueta marrón con rayas blancas y que estaba sobre una camiseta negra muy ajustada; y pantalones marrón claro también muy ajustados. Le dijo a continuación, esto:

— ¡Me encanta tu look! ¡Sabes elegir cosas que no son normales! ¡Nunca he visto a una chica usar un traje chino para una cita! — Mao, debido a que estaba acostumbrado siempre a usar kimono, se preguntaba por qué le decía que no iba normal, ni siquiera el traje que llevaba era especial. El cantante siguió hablando:

— ¡No eres como las otras! ¡Estamos hechos el uno para el otro! —

Entonces, de sus bolsillos sacó una cajita, lo abrió y se puso de rodillas ante Mao. Esa pequeña caja de terciopelo tenía en su interior un anillo para el dedo gordo del pie. A continuación, le dijo esto.

— ¿Quieres casarte conmigo? — Mao nunca pensó que podría adelantarse tanto, ni siquiera eran novios y apenas se conocían. Le dijo eso y el siguió hablando:

— ¡Hay que ir rápido o si no te perdería! ¡Oh, Mao! — Eso gritaba con una cursilería que daba pena.

— Pues no. — Mao también decidió ir rápido.

El cantante se quedó en blanco, realmente no sé esperaba eso. Rápidamente se recuperó y le dijo:

— ¿Ni cómo novios? — No podría asimilarlo.

— Pues sí, ni como novios. — Se lo dijo, mirando hacia al otro lado.

— ¡No me puedes hacer esto! ¡No lo aceptaré! ¡Serás mía, pase lo que pase! — Entonces, agarró a Mao fuertemente y le intentó besar.

Mao, gritó de la sorpresa, lo pudo empujar y lo tiró al suelo. No quería ser besado por un hombre y menos de esa manera y salió corriendo.

— ¡Por favor, acéptame cómo tu legitimo esposo! — Le decía el cantante mientras le perseguía.

— ¡Jamás de los jamases! ¿Lo entiendes? — Le gritaba mientras corría cómo nunca.

— ¡No aceptaré un no! ¿¡Lo oyes!? — El cantante estaba bastante obstinado con conseguir la mano de Mao.

Al final, Mao tuvo que esconderse, entre la vegetación esperando que Jackson se fuera de allí, pero él nunca salió del parque. Al pasar media hora escondido, el móvil empezó a sonar y el chino lo contestó lo más rápido posible para que Jackson no lo escuchase y en voz baja dijo:

— ¿Quién es ahora? — Preguntó Mao.

— ¿Cómo te va? — Quién le decía eso era nada más ni nada menos que Josefina.

— Has elegido el peor momento. — Y cuando dijo eso, se le ocurrió una idea genial para librarse del cantante.

— ¡Hey, Chilena! ¿Estás en mi casa, no? ¡Entonces, llama a Clementina y a su primo! — Le ordenó.

— ¡No soy chilena, soy mexicana! — Le dijo molesta Josefa.

— ¡Si naciste en Shelijonia…! Bueno, no importa, ¡llámalos, te lo pido, por favor! — Josefina, sin entender lo que pasaba los llamó, y tras Mao contarles su plan, Clementina le dijo:

— ¿Pero, Gerente, cómo se le ocurre eso? — Le dijo la canadiense, totalmente en desacuerdo con el plan.

— Joder, solo pido que Leonardo se pase por mi novio y ya está. Solo eso. — Le decía Mao, desesperado.

— Pero…— Ella quería ayudarle, pero no se sentía cómoda con ese plan.

— Yo soy la que menos desea hacer esto. ¡De verdad! ¡Solo por esta vez! ¿Vale? — Tras eso, hubo un momento de silencio y Clementina le dijo, algo molesta:

— Vale, Gerente. Él también lo acepta. Espero que sea la última vez. —

— Eso espero. — Dijo Mao.

A Leonardo tampoco le gustaba mucho la idea y tenía el miedo de acabar golpeado o algo parecido, pero recordando todo lo que hizo su gerente por ellos, decidió acudir en su ayuda. Tardó un poco pero, al final, llegó a dónde estaba Mao. Le explicó el plan y a continuación empezó la farsa.

— ¿Me estabas buscando? — Le dijo Mao a Jackson, tras salir de su escondite, mientras éste aún le buscaba sin parar por el parque.

— ¡Por fin, te has decidido! ¡Por fin, vas a aceptar mi propuesta! — Le decía todo ilusionado, pensando que por fin iba a ser suyo el amor de Mao.

— No… eso no… ¡No quería decirte esto pero es que yo…! ¡Pero es que ya tengo novio! — Le dijo mientras miraba por todos lados, muerto de vergüenza y deseando ser tragado por la tierra. Increíblemente éste no se lo creyó:

— ¡Ja! — Decía, entre risas. — ¡Seguro que es una artimaña para obligarme a resignarme! ¡Pero no caeré, serás mía sí o sí! ¡Incluso si lo tuvieras, haré todo lo posible para que se alejara de ti! —

A Mao le irritaba la obstinación del cantante en no dejarle en paz y le obligaba a sacar la artillería pesada. Desafiante, dijo:

— ¿Eso crees? ¡Cariñin, ven aquí! — Y Leonardo, entrecortado, salió de su escondite y se acercó a Mao. El chino se lo presentó.

— Éste es Leonard Churchill, mi novio. — El canadiense solo pudo decir un simple “hola”. Mao al ver la pobre actuación de Leonardo, decidió hacer su mejor actuación y se le cogió de un brazo, pegado a él, evitando que notará éste su bulto y le dijo con falsa picardía:

— ¡Hey, Leonardo! ¡Este molesto caballero no se cree que no eres mi novio e incluso dice que hará lo posible por quitarme de ti! ¿Qué piensas de eso? — Leonard se quedó congelado sin decir nada y por su parte, Jackson también, aunque después gritó:

— ¡Entonces Mao no es mainstream! — Estaba conmocionado.

Entonces empezó a llorar, y dijo: — ¡Yo nunca dije tales cosas! ¡No sabía que ella tenía a alguien más! ¡Nunca pensaba en aceptarle matrimonio ni en pelear con usted! ¡Ya me voy, ya me voy! — Y salió corriendo a toda velocidad, llorando y gritando cómo nunca lo hizo.

Mao rápidamente se separó del canadiense y cayó al suelo, aliviado y a la vez con ganas de vomitar por lo que hizo. Leonardo seguía en shock y de las sombras, salió Clementina, que acompañó a su primo, preguntándole razones a su gerente por haber hecha esa actuación que no pudo tolerar, con la actitud más propia de una novia que de una prima. El chino le costó un poco poder tranquilizarla con sus argumentos y dejarla claro que no tuvo más remedio.

Así terminó la cita y aún le quedaban dos, y ya estaba realmente harto. Mao miró el móvil y vio la hora, por la noche tenía otra y faltaba pocas horas para eso. Suspiró fuertemente, al ver que incluso no tenía ni tiempo para prepararse para la próxima adecuadamente.

A las nueve de la tarde, Mao se fue al lugar de la cita, que no era nada más ni nada menos que el antiguo edificio que albergaba el hospital del sur de Springfield, abandonado y situado a pocos metros de las instalaciones modernas.

— Primero, un parque salido de Halloween y ahora un hospital abandonado. ¡Genial! —  Se decía Mao.

A continuación, de entre la oscuridad, salió Henry y con la misma ropa de ayer, le dio un buen susto a Mao, quién no se lo esperaba y cayó al suelo de rodillas.

— ¡Oh, Mao! ¡Tus gritos son tan deliciosos de escuchar! — Le dijo el cantante y río de una forma tan siniestra que le puso a Mao la piel de gallina.

— ¡Esto no tiene gracia! — Le dijo.

— ¡Ah perdón, perdón! ¡No debes asustarte, yo te protegeré! — Le decía mientras le daba su mano a Mao, éste lo rechazó y se levantó solo.

Y así se internaron en aquel sitio oscuro, lleno de pasillos solitarios y de material médico abandonado. El joven, mientras recorrían ese lugar, le contaba miles de historias aterradores y siniestras,  todos en relación sobre enamorados y sus amores imposibles, mucho de ellos terminaban en horribles suicidios. Lógicamente, a Mao, todo esto le ponía más aterrado y le hacía pensar en la salud mental del cantante.

Al final, tras mucha caminata, llegaron al techo del edificio. Se quedó muy sorprendido por las vistas del lugar. No solo veía a toda la cuidad y sus luces, también las de los pueblos y barrios vecinos. Incluso, observaba al norte la costa y al sur notaba que bastante detrás del muro, el que cortaba la cuidad del resto del valle de Malyytavda, se observaba lo que parecía ser un pueblo y un enorme palacio.

— Los lugares más siniestros siempre tienen las cosas más bonitas. — Le dijo a Mao. Estaba en desacuerdo con él pero lo importante es que ahora venía la confesión y tenía que decirle que no. Se preparó mentalmente. El cantante se lo dijo claro:

— ¿Quieres ser mi novia? — Eso le dijo con mucha ilusión.

— No. — Le dijo secamente Mao, esperando que ese chico no hiciera ningún espectáculo.

-Ya entiendo… Ya lo sabía…- Dijo él mirando el cielo con cara triste y Mao se alivió que se lo tomará tan bien.

Entonces, Henry empezó a andar poquito a poco hacía al filo del edificio, cantando una de sus canciones y cuando llegó, se giró hacía Mao, quién se dio cuenta de lo que iba a hacer.

— ¡Adiós, Mao! ¡Adiós con el corazón! — Se decía mientras se dejaba caer hacía al vacío. Mao, que no deseaba que alguien se matará por algo así, se fue hacía él y le cogió del brazo, impidiéndole caer. Después, le dio un buen golpe en el cogote y lo hizo dormir.

— ¡Este estúpido está chalado! ¡Joder! ¡Tengo que llevarlo al hospital, rápido! — Se decía mientras cargaba el cuerpo del cantante desmayado hacía al hospital que funcionaba al lado del abandonado.

Así terminó su tercera cita y solo le faltaba una, la de Michael Greenstreet, que, para la opinión de Mao, era el peor de todos. Durante las próximas horas, se mentalizó fuertemente para tal tarea y no durmió muy bien, ya que tuvo pesadillas con los Sealands Boys.

Al día siguiente, a las cinco de la tarde, salió de su casa, usando esta vez un kimono estampado con la imagen del mar, peces incluidos; hacía el lugar concordado, que era el parque que estaba al lado del barrio dónde vivía Mao. Allí no le recogió el cantante, sino una lujosa limusina de color blanco que le llevó a un hotel muy lujoso. De cinco pisos, tal sitio incluye una piscina, instalaciones deportivas, un casino y un lugar especial para las parejitas. Eso le dijo el chofer y lo último le hizo recordar a Mao a los Love Hotels que habitaban en la tierra que nació y le entró escalofríos.

Se encontró con Michael en la entrada del hotel, quién le dijo: — ¡Buenas días princesa, me alegro de que hayas aceptado esta humilde cita! —

Vestía con un mono blanco de gemas encastadas y con una capa enjoyada, mientras sostenía entre sus manos una copa de un vino carísimo, y que según decía él dentro de ella había una pizca de oro y plata. Quiso compartirlo con Mao pero éste se negó.

El cantante se río de la humildad y decencia del chino, según él, y le obligó a aceptar otra copa igual, que el chino no deseaba tomar. Se preguntaba quién se atrevería a beber tales cosas.

Mao se enteró entonces de que la cita iba a ser dormir con el Michael en una habitación del hotel y quiso salir de por patas. Se maldijo por aceptarlo  y pensaba que tal vez lo mejor fuera haberlo ignorado, pero ya no había vuelta atrás. Y lo peor es que se dirigían poquito a poco hacia a ese lugar especial para parejitas y el pasillo que recorría se llenaba de miles de imágenes de corazones y símbolos de géneros entremezclados entre más cosas.

Deseaba que el dueño del hotel se fijara en su apariencia. Pensaba que el hombre podría impedirlo al ver que él tenía catorce o quince años y por tanto, era menor de edad y no podría entrar. Y no se atrevía a decírselo, por alguna razón que no entendía. Mientras deseaba que alguien se diera cuenta inevitablemente, llegó a la habitación en dónde se iba a alojar, el especial número diez.

— ¡Ayúdame, Buda! ¡Jesucristo! ¡Mahoma! ¡Todos los dioses y santos y profetas que han existido y que quedan por existir, sacadme de aquí! — Se decía, rezando desesperadamente para poder salir de esa situación.

— ¡Vamos, linda! — Le dijo Michael mientras le empujaba levemente hacía dentro de la habitación. Mao, lo primero que hizo fue acercarse a la ventana. No había balcón y estaban en cuarto piso, y mientras miraba, escuchó un sonido de una puerta cerrándose, se giró mirando hacía ahí y dijo:

— ¿Qué estás haciendo? — Eso dijo, totalmente aterrado.

— Relájate, que hoy te voy a hacer una noche muy especial. —

Esas palabras aterraron aún a Mao. Y al decir eso, se giró el cantante hacia él, con una cara siniestra que aterró aún más al chino. Se aferró tontamente a una esquina de la habitación, sin poder decir nada.

— ¡No tengas miedo! ¡Qué te va a gustar! —

Le decía a Mao mientras se acercaba poquito a poco a él, con una cara realmente perversa y que dejaba claro que quería hacerle cosas que no eran para menores de dieciocho años.

Se preguntaba qué iba a hacer y cómo los acontecimientos llegaron así cómo así, cómo todo esto terminó como el argumento de una porno barato o un doujin. No se le ocurría nada más, salvo preparar sus puños para darle a ese enfermo su merecido. Cuando el cantante ya estaba a punto de cruzar la última línea, decidió atacar, antes que fuera demasiado tarde, e intentó golpear la cara de Greenstreet, pero éste lo pudo esquivar y consiguió, sin poder Mao evitarlo, inmovilizar sus brazos. El brazo derecho de Michael sostenía los dos brazos del chino con tanta fuerza que él no podría liberarse.

— ¡No me importa si quieres resistirte…! ¡Así me gusta más! — Le decía mientras le empezaba a tocar a Mao y, entonces, descubrió algo extraño.

Tras palpar con la mano derecha las piernas de Mao, decidió ir a lo que le interesaba y lo que encontró fue un bulto, tras tocarlo un poco ya sabía que era eso. Sus ojos se llenaron de horror y se alejó rápidamente de él:

— ¡¿Qué coño!? ¡Tienes pit…! — No pudo terminar la frase porque una de las “getas” del chino, llamadas también sandalias japonesas por algunos, chocó contra su cara. Después, su cara recibió cientos el impacto de varios puñetazos, cinco o seis veces.  Luego, lo derribó con una patada contra sus rodillas y, con Michael en el suelo, le golpeó sin parar violentamente con la pierna la entrepierna de éste.

— ¡Hijo de puta! ¡Cabrón violador! ¡Enfermo! ¡Ojala te quedes infértil! ¡A mí nadie me viola! ¿Entiendes? ¿Entiendes? ¡Muérete! ¡Muérete! — Eso le gritaba sin parar. Mao estaba encolerizado y aquel cantante despertó algo que no debía haber hecho. Michael no pudo resistir al primer golpe, se desmayó y cuando el chino se pudo tranquilizar, salió de la habitación pidiendo ayuda y que llamarán a la policía.

Mao, tras estos acontecimientos, volvió a intentar a seguir con su vida normal. A los dos días siguientes, estaba vagueando en su salón, mirando en la tele y comiendo galletas, con todas las chicas alrededor suya y cómo si nada hubiera pasado nada. Se alegraba de que todo eso terminara y deseaba olvidarlo.

— No entiendo cómo me podrían haber gustado esos cantantes, son tan megahorrible. ¡Qué guacala! — Decía Josefa, y con Alsancia afirmándole eso con la cabeza, mientras veían en la tele las últimas noticias sobre lo que hicieron los miembros del recién separado grupo pop, Sealands Boys.

Los periodistas del corazón estaban haciendo su Agosto y no paraban de sacar sus trapos sucios, tras la denuncia de violación a uno de ellos. Todo eso hizo asquear a la napolitana y a la mexicana, que se arrepintieron de ser sus fans, aunque no sabían que Mao fue el denunciante, ya que éste se los ocultó. Jovaka, por su parte, le dijo que era peor que una mujer, ya que arruinó literalmente la vida de cinco hombres; pero éste ignoró tal comentario.

Y es entonces, cuando entró Clementina, cansada y con las bolsas de la compra en su mano: — Por cierto, Gerente… ¿No sería mejor que saliera y les dijese algo a esa gente? ¡Llevan desde ayer esperando a que salgas! —

Ella lo decía porque una legión de paparazzis había ocupado la entrada de la tienda de Mao y esperaban que él saliera para que les dijera unas cuántas cosas. En la calle no podría pasar ni Dios y unas avalanchas de buitres se abalanzaban sobre todo aquel que intentase a entrar.

— ¡Ya se cansarán! ¡Ya se cansarán! — Le decía Mao mientras éste seguía mirando la tele indiferente,

FIN

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