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Desayunando con la Zarina, trigésima séptima historia

Cuando desperté, estaba sudando y mi corazón estaba a cien. Había tenido una pesadilla tan horrible que deseaba olvidarlo lo más rápido posible, pero una y otra vez me acordaba de su contenido, aunque muchos detalles se esfumaban poco a poco de mi memoria.

El argumento de tal sueño era una extraña charla con la mexica sobre la mesa de algún lugar desconocido y era en torno a Mi Señora. A pesar de que tenía su aspecto, su voz y comportamiento eran de otra, no sé quién. Así era la charla, más o menos:

— ¿No estás cansada de esto? — Me preguntó esto.

— ¿De qué? — No sabía de qué estaba hablando exactamente.

— De estar enamorada de quién no te corresponde, ¿no deberías buscarte otra? — Ya sabía lo que ella quería decir.

— Jamás, siempre le seré fiel. — Le grité.

— ¿A pesar de que ella pueda que en un futuro decida que ya no le eres útil? ¿A pesar de que ella se case con un hombre? ¿A pesar de todo? — No dije nada, al parecer solo miraba al suelo.

— ¿No crees que deberías tomar cartas en el asunto? ¿Hacer que ella esté tan unida a ti que jamás podrán separarse? — Aquella persona ya se estaba poniendo muy siniestra.

— ¿El qué? — Le grité otra vez lo mismo, con todas mis fuerzas.

— Ser sus ojos. — Entonces, usó un tenedor para hinchárselo en uno de sus ojos.  — Destruye su otro ojo y serás su perra guardián. —

— Jamás le haría eso… ¡Jamás! ¡Eso no! — Le gritaba fuertemente y ahí fue cuando desperté.

Fue una experiencia horrible, pero lo peor de todo es que me di cuenta que ese sueño era en realidad una manifestación de mis deseos. Esa falsa mexica era yo y me aterró pensando que sería capaz de hacer algo. Mi mayor deseo era poseer a Mi Señora, hacerla mía a toda costa. Tuve que salir a la cocina para olvidar todo eso y prepararle el desayuno, así me distraería, y de paso le haría una deliciosa comida a ella y un buen café. Cómo era jueves, su Zavtrak, otra forma de decir el desayuno aquí; era huevos revueltos y blini. Ella llegó a su hora, como siempre.

Le dije buenos días y ella se sentó en la mesa leyendo el periódico mientras tomaba lo que le prepare. Supo enseguida por como prepare  la comida que estaba preocupado por algo.

— Este Zavtrak está más raro de que costumbre- Eso me decía, mientras saboreaba la comida. — ¡Te has distraído! ¿Tienes alguna que otra preocupación? — Me preguntó eso, antes de empezar a devorar el plato.

— Solo un mal sueño, Mi Señora. — Le respondí.

— Olvídate de él, no quiero una sirvienta distraída. — Añadió Mi Señora.

Me olvidé de él durante el rato que estuve con ella, solo con estar a su lado ya me sentía más tranquila. Esa imponente imagen de ella leyendo algún libro en ese idioma alemán mientras toma una taza de café es digna de ser parte de los cuadros más hermosos del mundo. ¡Quién no sería pintor para hacer tal cuadro!

Después se marchó, como cada día, a su escuela a estudiar y yo me quedé sola, y toda esa oscuridad volvió a mí. Además de que iba a estar separada de ella durante horas, tenía el miedo de que ella conociera y viviera sus clases con alguien más especial que yo. Eso me ponía muy mal. Para olvidar todo eso me dirigía a su cuarto para oler el aroma que debería haber dejado su cuerpo mientras dormía en su cama. Entonces me encontré a la Zarina por el camino.

— ¡Buenos días, Mi Zarina, gobernante supremo de todos los pueblos del Zarato de Shelijonia! — Le saludé, como ella nos enseñó.

— ¡Buenos días, sirvienta! ¿Has desayunado? — Me preguntó.

— No, Zarina. — Le respondí sinceramente.

— ¡Pues ahora vete al comedor! ¡Vas a tener hoy el honor de comer con la Zarina! — Me sorprendió, era raro que la Zarina se dejará sentar con otros criados, aunque yo soy especial. Después de todo, fui elegida por ella misma para ser la sirvienta personal de Mi Señora.

Me fui directa al comedor, y mientras los cocineros nos preparaban el desayuno del día, yo me senté en un extremo de la mesa. La Zarina en la otra y ella empezó a hablar.

— ¿Te preguntarás por qué te he dado este honor hoy? — Me dijo.

— Pues sí, Mi Zarina. — Eso respondí.

— Solo quería charlar contigo. Solo eso. Hablar de los viejos tiempos y de mi hija… Cada día es más difícil hablar con ella. Aún recuerdo cuando era una mocosa que con cualquier cosa lloraba…—

— ¿Fue antes de “eso”? — Eso le pregunté, mientras recordaba aquel incidente que le cambió la vida a Mi Señora.

— ¿Con “eso” te refieres a ese incidente? ¿Cuándo la secuestraron y durante el tiempo que pasó como rehén le arrancaron uno de sus ojos? —

Eso pasó antes de que yo hubiera conocido a Mi Señora. Fue algo que le marcó a ella. Antes de eso, según dijo la Zarina, una niña malcriada y llorona, que siempre se escondía detrás de las faldas de su madre, pero que jugaba y sonreía como una niña normal. Después de eso, empezó a cambiar hasta ser cómo es, con ayuda de su madre, claro. Siempre quise ver cómo era antes, pero, por otra parte, me gusta mucho la actual.

Entonces recordé cuando conocí a Mi Señora. Había pasado meses desde que la misma Zarina me sacó del orfanato para prepararme a ser la criada personal de su hija. Me enseñaron todo el arte del buen sirviente. El día al que me presentaron ante ella, fue uno muy lluvioso. Fue en la sala del trono, rodeada de todos mis maestros. Delante de nosotros estaba la Zarina y no veíamos dónde estaba su hija, a quién yo debía servir. Yo estaba muy nerviosa con empezar mi trabajo.

— ¡No te preocupes! ¡Ella solo está detrás de mí! — Me dijo eso cuando yo miraba por todas buscándola. — ¡Vamos, mujer, sal de ahí! —

Y entonces ella salió. Fue lo más hermoso que vi en mi vida, me puse como un tomate con solo verla. Su larga cabellera rubia brillaba como el sol, su vestido parecía haber sido cosido por los mismos dioses y su expresión de desconfianza y miedo ante nosotros era lindísimo. Pero había que se notaba bastante y me hizo preguntar qué era eso. Había algo que ensuciaba esa hermosa imagen, y era aquellas vendas que tapaban su ojo derecho.

— ¡Deja de mirarla y salúdala como buena señorita! ¡Es tu criada personal! — La empujó hacia mí, y Mi Señora volvió hacia ella y le dijo:

— Yo no necesito criadas…— Eso le soltó.

— ¡Entonces, adelante Ranavalona! — Me obligada a presentarme primera.

— ¡Qué nombre tan feo! — Añadió Mi Señora, y eso me molestó un poco.

— ¿Pero qué dice esta niña? ¡Es bonito, después de todo lo elegí yo! — La Zarina fue quién me puso ese nombre, en honor a una reina de un lugar llamado Madagascar. Yo, hice mi saludo, tal como me enseñaron.

— ¡Soy Ranavalona, su criada personal de por vida! ¡Por favor, acéptame como tal y espero servirle bien en todo lo posible! —

Mi Señora quiso decir algo feo pero la Zarina la miró con una de sus caras y decidió hacer lo correcto: — ¡Vale, te aceptaré! —

Nunca me puse tan feliz, a pesar de que sabía de que no me quería cómo su sirviente. Me acerqué a ella, pero se alejó de mí. Entonces, La Zarina me dijo: — ¡Perdónala! ¡Es que desde que le secuestraron, pues no quiere que nadie se acerque a ella! —

— ¡Oye, tú! ¿Me escuchas? — La Zarina me hizo volver al presente con sus cosas. Ya estaba la comida en la mesa.

— ¡Si, Mi Zarina! — Yo le contesté, nerviosa.

— Parecías que estabas en las nubes…— Añadió a continuación, mientras estaba devorando carne.

— Solo estaba recordando el pasado. — Yo le dije esto, esperando que aquella respuesta no la enfadará.

— ¡Ya veo! Yo misma recuerdo todas las veces que la he sacado a pasear por el Zarato, para enseñarle todo lo que yo sabía. — Lo tomó muy bien, porque, al terminar la frase, empezó a reír.

— Yo también he estado en algunas…— Añadí esto yo, y me calló.

— Eso ya lo sé. — Se quedó pensativa unos cuantos segundos y luego me preguntó: — ¿Cuál fue la excursión que más has disfrutado? —

Con “excursión” se refería a todas las salidas que tuvimos Mi Señora y yo con ella. Después de ese horrible incidente, su madre decidió enseñar todo lo que sabía a su hija, entre el arte de las armas y la defensa propia y así preparándola para lo que iba a deparar su futuro cómo próxima Zarina, algo que no desea Mi Señora. Por eso siempre se la llevaba con ella cuando había que sofocar una revuelta, eliminar malhechores o simplemente ir a la montaña a sobrevivir unos días, siendo yo siempre arrastrada.

No hay que decir que con cada una de ellas hemos sufrido muchísimo ni que hemos estado a punto de morir en todas ni que para sobrevivir hemos tenido que hacer cosas muy desagradables. Por eso Mi Señora odia tanto esas “excursiones”, a pesar de que reconoce que ha aprendido mucho en ellas. Yo, por mi parte, con solo estar a su lado podría soportarlo todo.

Hubo una que recuerdo especialmente con cariño. Fue en un noviembre, un año después de conocer a Mi Señora. Estábamos pérdidas en una de las montañas más altas del Zarato, con el sol a punto de ponerse. Lo que nos paso es que mientras estábamos con la Zarina buscando unos bandidos, nos separamos de ella y uno de ellos nos vio y nos persiguió. Subimos la montaña sin parar para perderle la vista y Mi Señora se quedó sin municiones. Estábamos muertas de frío y muy cansadas, y los primeros síntomas de congelación ya nos estaban afectando. Nos pusimos debajo de unas rocas.

— Puede que hemos empezado por mal pie pero me alegro de haberla conocido. — Le dije a Mi Señora, pensaba que íbamos a morir. Mi relación con ella al principio fue bastante complicada, ella no quería que yo la sirviera y yo siempre intentaba comportarme como me enseñaron. Eso provoco varios roces entre nosotras pero poco a poco ella me aceptaba.

— ¿Quién ha dicho que nos vamos a morir aquí? Yo no. — Me dijo eso tras darme una colleja, que la sentí muy cálida. Yo me emocione por qué en esa frase dijo “nos” y eso significaba que se estaba refiriéndose a mí.

— ¡Levántame! ¡Vamos! — Me ordenaba ella. Lo hice y, tras levantarla, me dijo algo más: — Dejado de mi falda hay otra pistola más, cógela y dámela. — Yo sabía a qué arma se refería y no estaba de acuerdo en cumplirlo porque sabía que esa pistola podría dislocar el hombro de una persona con su potencia. Yo intente convencerla de qué no.

— ¡Es una orden! ¡Quiero esa pistola! — Me gritó.

— Pero podría…— Le intenté convencer pero no pude.

— ¿Las sirvientas no están para servir a sus señoras? ¡Pues hazlo! —

Al final, a regañadientes, tuve que aceptar su orden y le di la pistola. En ese momento, apareció el bandido. Decía cosas que no entendía porque no hablaba mi idioma pero por la forma de decirlas y su extraño comportamiento me decían que nos iba a hacer cosas horribles.

Fue en ese momento, cuando ella le señaló con la pistola, conmigo aguantándola. El bandido rápidamente intentó disparar el primero, pero Mi Señora se adelantó. No salió cómo nos esperaba, ya que la potencia del disparo levantó sus brazos para arriba y nos hizo caer al suelo. La bala que al parecer subió al cielo, no llegó al bandido. Éste no paró de reír, pero no le duró mucho, porque algo cayó del cielo y chocó con él. Se resbaló y cayó por una profunda garganta gritando. Esa cosa que nos salvó fue un águila que murió por el disparo.

— ¿Lo ves? ¡Solo tenías que hacerme caso! ¡No eres tan mal sirviente, después de todo! —

Eso me hizo llorar de alegría, era el primer cumplido que me hacía. Fue un momento muy feliz para mí. Desde entonces decidí hacer caso a cada una de todas de sus órdenes, por muy mal u horribles sean. Pudimos salir vivas de ahí, aún a pesar de que Mi Señora tuvo el hombro dislocado y yo casi iba a perder un dedo del pie por congelación.

— ¿Otra vez estás soñando despierta? — La Zarina me hizo volver a la realidad otra vez.

— Perdón, Mi Zarina, pero es que estoy muy nostálgica hoy. —

— Esta charla contigo está siendo muy aburrida. Por favor, intenta hablar más y recordar menos.  — No sabía que decirle y solo me quedé callada, comiendo lo que nos habían preparado.

— ¿Todo te va bien con mi hija, no? — Ella siguió hablando.

— Sí. — Solo le respondí esto.

— A lo primero recibí muchas quejas sobre ti, pero era sobre lo bien que actuabas cómo sirvienta. Me decía qué no entendía por qué los criados tenían que lavar a sus señores. Ella realmente odia bañarse con otras personas, tú lo sabes bien. En fin, al final no hubo más quejidos. ¡He hecho bien elegirte a ti! — Parecía contenta conmigo.

— ¡Gracias por el halago, Mi Zarina! — Y eso añadí, algo roja.

— Aunque siempre me ha quedado la duda… ¿Qué es lo que pasó allí en la aldea Conoca? — Tuve que recordar ese horrible día, es una mancha que nunca podré quitar. Había traicionado a Mi Señora de la peor forma posible.

— ¿Eres o no eres invertida? Esta es la razón por la que quería charlar contigo. — Eso me preguntó la Zarina

— No, Mi Zarina. — Tuve que mentir y ella se rió.

— Perdón por duda de ti, si mi hija te defendió cuando le dan tanto asco las tortilleras es por algo. ¡Debería haber confiado más en ella! — Mi Señora lo sabe, realmente que me gustan las mujeres y le da asco esa parte de mí pero mientras le sea útil le da igual. Y estas palabras hicieron que esa pregunta volviera a torturarme. ¿Qué pasaría si dejará de serle útil?

Eso me hizo recordar cuando le confesé mis sentimientos. Fue hace un año, cuando yo no pude más. Fue poco después de que empecé a sangrar por ahí abajo, cuando mi lujuria por ella llegó al extremo. Intentaba luchar contra mis deseos. Con dificultad podría controlarme pero eso no duró para siempre. Una noche, tras volver de viajar con La Zarina, ella estaba tan cansada que se acostó pronto. Yo me acerqué a ponerle bien las sabanas y en ese momento estaba tan cerca de sus labios que mis deseos se apoderaron de mí y sentí unas inmensas ganas de besarla, como hacían en algunos libros que leí.

Y sí, la bese entre sus labios y ella se dio cuenta, ya que me empujó violentamente.

— ¿Qué estás haciendo? — Me gritó.

Yo no pude inventarme una excusa, no había forma de ocultar la verdad, así que le dije esto:

— ¡Mi Señora, la amo! — Le dije lo qué sentía y ella con horror me dio un puñetazo en mi cara.

— ¡No te me acerques! — Me gritó mientras salía de su cuarto. Yo empecé a llorar. Había confesado mis sentimientos, ella los había rechazado y ahora me iba a odiar y se iba a alejar. Miraba sus pistolas pensando quitar mi vida pero no tuve el valor para hacerlo.

Pero, al final, de todo: — Olvidaré este incidente, pero la próxima vez que me hagas eso te hago una ablación de clítoris. —

— ¿Me va a perdonar? — Le dije eso con lágrimas en los ojos.

— No, pero te libraste de morir por ser una criada tan leal. — Eso me hizo tan feliz, pero a la vez me enseñó que lo nuestro era algo imposible. Algo que me carcome por dentro.

Volví rápidamente a la realidad y veía a La Zarina esperando que yo dijera algo.

— ¿A usted le dan asco esas mujeres? — Cambié de tema rápidamente.

— Me daría mucho repelús si una mujer se iba a enamorar de mí. ¡Qué asco! — Puso una evidente cara de desagrado. — Por lo demás, mientras no intente invertir el orden establecido; no pasa nada.-

Yo me quede en silencio, terminando los platos. La Zarina estaba un poco molesta por mi compañía. Tuve que sacar otro tema y volví a sacar otra vez lo del secuestro:

— ¡En verdad fue horrible lo que le hicieron a Mi Señora! ¡Cuándo lo pienso me da mucha rabia y me entra ganas de matar a esos indeseables! — Eso me pasaba solo con imaginarlo.

— ¡Ah, eso! ¡No te preocupes, yo ya les di la lección que se merecían! Me ocupe de quemarlos vivos y lance sus restos a los pollos. ¡Me costó mucho evitar que los buscaran, ya que en el exterior no tengo el mismo poder que aquí! — Ya me imaginaba que la Zarina haría algo así.

— ¿Entonces, ocurrió afuera? — Le pregunté.

-Sí. Recuerdo, cuando la encontré y la liberé, cómo lloraba y veía como su ojo derecho no estaba…— Se detuvo un momento, cómo si intentaba no recordarlo. — ¡Me preguntaron incrédulos los médicos que la atendieron cómo pudo ella sobrevivir, el shock por arráncale el ojo la podría haber matado! Pero, en fin, son cosas que pasan.- Eso lo dijo La Zarina con total naturalidad.

— Ella en realidad es una chica fuerte…— Le dije cómo conclusión.

— Eso lo ha heredado de su madre. — Añadió, entre risas.

Entonces se interrumpió nuestra charla, alguien apareció para decirle algo importante a La Zarina. Se lo dijo en el oído y ella puso esa sonrisa que tanto temé Mi Señora. Luego, se echó a reír y me dijo:

— ¡Dile a mi hija que esa negra ya ha hecho una de las suyas! — Supuse que esa noticia no le iba a hacer gracia ninguna a Mi Señora.

FIN

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