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La Tesis robada, trigésima octava historia

El calor ya apretaba bastante cuando Malan, acompañada de Mao, Josefina, Alsancia y Diana, la hija de Clementina; salían del campus universitario de la ciudad de Bogolyubov, ¿qué hacían esas niñas, más un chico travestido, en tal lugar y tan lejos de su casa?

Pues Mao tuvo que llevar a Malan allí, ya que ésta quería entregar todas las tesis que hizo y entregárselo a la gente de la universidad, esperando así conseguir de alguna manera sorprenderlos y que tal vez la suban a la secundaria o incluso en la misma universidad. En el proceso, se unieron Josefina, Alsancia, quién fue arrastrada por la mexicana; y la hija de la canadiense, ya que ella no podría cuidarlo y le pidió al chino que lo hiciera en su lugar. Tuvieron que ir a aquella ciudad, ya que era el único sitio de toda la zona que tenía eso.

Mao miraba a Malan, que estaba triste y suspiraba a cada rato. Quería decirle algo, pero estaba muy ocupado.

— ¡Teno amble! ¡Mi bibe! ¡Mi bide! — Gritaba y a la vez que lloraba Diana, quién estaba en los brazos de Mao. Eso, mientras el chino sostenía sobre él a Alsancia, que deseaba poder decirle que la bajará. Y al tener ocupada las manos, le pedía a Josefina que sacará el biberón de la bolsa que llevaba, y ésta en su intento de encontrarlo ahogaba al pobre.

— ¡Josefina, me vas a asfixiar! — Le gritaba Mao.

La razón de tanto suspiro por parte de Malan es que fue rechazada por todos los profesores que ella intentó dar sus tesis, entre ellos el rector de la misma universidad. Ni uno se dignó en mirar la portada, hasta algunos se rieron de ella, pensando que era un chiste. Decían que no querían perder el tiempo con leer las estupideces de una niña y que le dejarán en paz. Esto, sin duda, le dolió mucho a la africana.

Cuando pudo hacerlo fue, en el tren de vuelta a Springfield, con las demás durmiendo y con Malan mirando el paisaje.

— ¡Oye, mujer no te pongas así! ¡Tus escritos son muy buenos, de verdad, esa gente ha sido unos estúpidos por no leerlos! — Le dijo. Malan miró hacía al chino y le dijo:

— ¡Gracias, Ojou-sama! Solo estoy decepcionada, solo eso…— Lanzó un suspiro. — Otra vez me han tratado como una niña… — Mao iba a decirle que lo era, pero decidió callarse. Malan siguió hablando, por su parte.

— ¿Sabes? Entiendo perfectamente que lo soy físicamente, pero mi mente no es la de una niña de mi edad. Aún no he menstruado, pero ya puedo razonar como una chica de diecisiete años o incluso más. En verdad, yo estoy fuera del papel que debería cumplir y es por eso que la gente no me tome en serio. Y eso te hace sentir como si te menospreciaran. — Se calló por un segundo. — ¡Pero son cosas que pasan! ¡Ya se me pasará! — Eso último se lo dijo con una sonrisa.

Mao sintió mucha lástima por ella, él sabía lo muy madura e inteligente que es y que sus tesis, que los observó y los revisó atentamente, eran muy buenas y que incluso te hacían pensar. No era una chica normal, desde luego y se llenó de rabia y odio antes esas personas que ni osaron mirarle sus escritos. Entonces decidió una decisión, no podría aguantar que la chica con quién más confiaba la tratarán así, esas tesis iban a ser leídos por esos lelos de la universidad, cueste lo que cueste.

Al día siguiente, tras pedirle a Malan unas copias de sus tesis, decidió ir solo a la universidad de Bogolyubov y buscar a su rector.

El rector en cuestión era un hombre que cumplía los cuarentas años, un solterón que se sacó el doctorado en historia hace años y fue votado como tal hace tres años. Su nombre era Christopher Cross Griffin y estaba en su rectoría, mirando en un pequeño espejo para comprobar horrorizado los avances de su calvicie cuando alguien pegó su puerta violentamente. Su despacho tenía varios cuadros de él y todo tipo de cosas muy lujosas.

— ¡Ya voy! ¡Ya voy! ¡Esta gente siempre molestando a un hombre tan ocupado como yo! — Decía eso mientras abría la puerta y a ver quién era dijo además esto: — ¿Tú? —

Mao entró a su despacho y se fue a sentarse en su cómoda silla de terciopelo. Al ver tal cosa, el rector, sorprendido por tal comportamiento le gritó: — ¿Qué insolencia es esta? —

— Ay, mi rector. He venido a entregarle esto y está vez usted se lo leerá, sin objeciones. — Le respondía eso, mientras le enseñaba las tesis de Martha Malan.

— ¿Qué? ¿Desde cuándo se ha visto algo así? ¡Vete de aquí, niña! ¡No voy perder el tiempo con eso! — Le gritaba el hombre furioso, pero Mao se levantó y acercó a él con cara de malas pulgas.

— ¡Sí, lo harás! ¡Solo es leerlo! ¡Algo que llevas haciendo todo tu puta vida! ¡Y luego dar tu opinión! ¡Así de fácil! ¡Haz eso y te dejo tranquilo!

¿Lo oyes? — Mao fue capaz de acorralar al rector y intimidarlo, que estaba temblado de miedo ante el chino.

— ¡Vale! ¡Vale! ¡Pero no me hagas daño! — Cualquiera que hubiera visto eso tendría vergüenza ajena del rector, quién estaba a punto de orinarse ante una supuesta chica de entre catorce y quince años. Tras eso, Mao le obligó dar su número de teléfono, le dio las tesis y se fue de ahí. Griffin respiró tranquilo y tras pasar un buen rato, decidió por aburrimiento, leer esos escritos que le habían obligado a mirar. Jamás pensó que aquellas cosas fueran verdaderas joyas, que superaban sin cesar a de las mayorías de los universitarios. Y había uno especialmente, que le dejó perplejo y que podría alterar el mediocre mundo académico shelijoniano.

Sonrió malvadamente mientras miraba el título, que era este: “La reacción y situación de los pueblos nativos de Shelijonia tras la admisión de ésta cómo estado de los Estados Unidos de América.”

Mao pensó que con pasar dos semana era suficiente, y, poquito a poco, se olvidó de eso hasta que llegó Mayo, después de que Clementina volviera de las compras y le dijo que vio algo extraño.

— Sabes, Gerente… ¡He visto a un hombre sospechoso que dicen que está rodando últimamente! — Le decía totalmente preocupada.

— ¿Qué dices? — Le preguntaba Mao, que desconocía totalmente lo que estaba hablando.

— Es que en el barrio están hablando de un hombre raro y extraño dando vueltas durante días por aquí… ¡Da un poco de miedo! — Eso le respondió Clementina.

— ¡Qué gente tan paranoica! ¡Seguro que ese tipo vive en este barrio o trabajo o algo así! — Eso replicó Mao.

— Pero tiene pinta de ser un loco que persigue jovencitas. — Le decía temblando de miedo.

Mao no le hizo nada de caso, pensaba que lo estaba exagerando y era otra de sus miles de fobias. A los días siguientes, la canadiense, obsesionada con eso, le obligada ir con ella siempre a comprar o a la parque con su niña. Miraba sin parar, si aquel veía al hombre ese y el chino intentaba quitarle tal paranoia, sin éxito.

Fue en uno de esos paseos, mientras volvían de comprar, cuando se encontraron con aquel extraño hombre con el que se topó Clementina. Al verle, la canadiense se escondió en una calle sin salida y obligó a Mao a hacer lo mismo.

— ¡Es él, Gerente! ¡Es ese hombre raro! ¡Llama a la policía! ¡Espera! ¡No lo haga o nos pillará! ¡Ay dios! ¡Qué no se acerque! ¡Qué no lo haga! — Le gritaba temblorosa a Mao, mientras se agachaba como una niña pequeña.

— Pero si no ha hecho nada…— Eso le replicaba Mao.

— ¡Seguro que hará algo horrible! ¡Lo veo en sus ojos, es un enfermo antisocial! — Eso le decía Clementina, muy convencida de lo que estaba hablando.

Mao pensaba si era buena idea pegarle unos tortazos a ver si se le quitaba la tontería y miró a ver qué era eso que tanto terror le inspiraba a la miedica de Clementina. Lo conocía, era el rector de la universidad de Bogolyubov. Al ver que el hombre llevaba en una de las manos un montón de hojas, recordó lo que hizo hace unas semanas, y pensaba que había aparecido para felicitarle a Malan por lo buenas que eran sus tesis doctorales o algo así. Se preguntó por qué la canadiense estaba aterrada por un tipo cómo él.

— ¡Tranquilízate, no tienes nada que temer! ¡Ni siquiera le has visto hacer algo! — Le dijo Mao.

— ¡Eso es verdad…! ¡Pero tengo el presentimiento de ese hombre quiere hacer algo horrible! — Y le replicó, Clementina, algo molesta por no ser tomada en serio.

Mao se río, le parecía demasiado hilarante lo que estaba diciendo Clementina y pensaba que debe haber tragado demasiado películas de terror de pequeñita para comportarse así. No había nada de malvado en el rector, tal vez, parecía patético y un perdedor, pero no un loco sediento de sangre. La canadiense, aún con el miedo metido en el cuerpo y estando en esa posición ridícula, le decía que no tenía ninguna gracia, que de verdad ese hombre era peligroso y había que salir corriendo de allí.

Mao decidió demostrarle que estaba equivocada e iba a hacer lo contrario de lo que pedía la canadiense, intentó acercarse al viejo pero ella se agarró a su gerente evitando que fuera hacer eso.

— ¡Estás loca! ¡No debes acercarte! ¡Ese hombre es un monstruo! — No quería que Mao acabé en una situación peligrosa por su culpa.

En ese momento, mientras Mao intentaba liberarse de la tetona, apareció Malan a lo lejos. Entonces el rector se acercó a ella.

Malan, quién le vio con esos papeles en las manos, le reconoció, le saludó enérgicamente creyendo que por fin habría reconocido su talento.

— ¿Tú eres Martha Malan? — Le preguntó a la africana y ella obviamente le dijo que sí. A continuación, le mostró los papeles que tenía y supo que eran sus escritos.

— Entonces esto lo escribiste tú, ¿no? Son muy buenos. — Eso hizo sonreír de la vergüenza a Malan, que en ese momento estaba feliz que solo pudo decir esto:

— Pues sí…— Eso le decía mientras reía tontamente por el alabo.

Entonces, el rector sonrió de una forma siniestra, sacó un pañuelo de sus bolsillos y se lo puso en la boca. Malan no pudo reaccionar, ya que eso tenía clorofila y la hizo dormir en segundos. Rápidamente, el viejo rector se la llevó corriendo.

Mao no reaccionó a los primeros segundos y perdió un tiempo valioso, luego gritó el nombre de Malan, empujó a Clementina y salió corriendo hacía ellos como alma que llevará el diablo.

— ¡Hijo de puta! ¡Deja a Malan! — Le gritaba sin parar.

El rector que escuchaba la voz a lo lejos se apresuró a meter a una desmayada Malan en su viejo coche e irse pitando de ahí. Le dio tiempo y el automóvil salió cuando Mao llegó. El chino no iba a perderlos y vio, entonces, a un chico con bicicleta. Fue a por él, se lo quitó y le dijo:

— ¡Tomo prestado esto por un buen rato! —

Y salió a toda velocidad a perseguir al coche del secuestrador, mientras el joven le pedía desesperadamente que le devolviera su bicicleta. El vehículo era tan lento que Mao los pudo ver y seguir, aunque nunca alcanzar. Así estuvo la persecución, durante unos cincuenta kilómetros. El chino recorrió todo la autopista que unía Springfield con Bogolyubov sin que le pillasen ni que el rector se diera cuenta de que le seguía. Además, gritaba sin parar, que habían secuestrado a su amiga y que le ayudasen a pararlo, pero nadie le hizo ni puto caso. Antes de llegar a la cuidad vecina, salieron de la vía y se internaron en un pequeño barrio para llegar, después, a una casa de campo. Al llegar el rector a su destino, nuestro rescatador, que se escondió; decidió descansar y luego pensar en cómo salvar a Malan.

Mientras tanto dentro de la casa de campo, tras haber atado a Malan con una silla, se estaba mirando al espejo fijándose si estaba empeorando su calvicie. Cuando terminó de fijarse tanto en su problema, se levantó a hacerse unos sándwiches de queso con jamón cocido. Se los comió y se dirigió hacía a la africana para despertarla, ahí es cuando Mao apareció abriendo la puerta de un golpe, algo que le dolió muchísimo.

— ¡Suelta a Malan! ¡Capullo! — Le decía.

El rector gritó y le dijo: — ¡No es lo que parece! —

Entonces, Mao, mientras le señalaba a una Malan atada, le gritó: — ¿Y entonces que parece esto? ¡Es obvio que es un puto secuestro! —

— Te lo puedo explicar. — Le respondió, nervioso, el rector.

— No hay explicaciones que valgan. — Y le lanzó una patada que el rector pudo esquivar por pura suerte. A continuación, éste salió corriendo gritando como niña.

— ¡No huyas, cobarde! — Le decía.

Los ruidos que producían ellos despertaron a Malan y ella, tras abrir los ojos, veía como Mao y el rector daban vueltas sin parar. Con toda la tranquilidad del mundo dijo: — Es una situación muy curiosa, la

verdad…—

Mao al escuchar esas palabras, se acercó a ella y mientras la desataba, le decía con mucho nerviosismo: — ¿Estás bien, Malan? ¿No te habrá hecho nada ese baboso? —

El rector, como si desconocía el contexto que él mismo había provocado, le pidió a su secuestrada esto: — ¡Oye! ¿Puede decirle a tu amiga que me deje contar por qué he hecho esto? —

Mao le replicó, furioso mientras mordisqueaba las cuerdas que ataban a Malan: — ¡No tienes derecho a decir nada! —

— Déjalo, Ojou-sama, debe ser interesante el motivo por el cual me haya secuestrado. — Le decía Malan, quién deseaba conocer la historia detrás de esto.

— ¿En serio, Malan? ¡¿Cómo puedes tomarte esto tan normal?! ¡Te han secuestrado! — Mao estaba perplejo por la actitud tan tranquila y anormal de Malan ante tal situación, mientras intentaba liberarla.

— ¿Entonces puedo contar mi historia? — Eso le preguntó el rector.

— Hazlo, tienes tiempo de sobra porque estas putas cuerdas son un verdadero fastidio. — Le gritaba Mao, rabioso ante el hecho de que no podría soltar las malditas cuerdas.

— En verdad, tus ensayos eran tan buenos, tan geniales que decidí quedarme con ellos y exponerlos a mi nombre…— A continuación, el rector empezó a contarlo.

— Eran unas tesis, pero en fin…— Luego, se dirigió a Mao toda feliz. —

¡Mira, mira, Ojou-sama mis escritos son tan buenos que incluso me lo han robado! ¡Jamás he estado tan feliz! —

— No entiendo cómo puedes estar feliz, ese tipo te lo ha robado, ¡nadie estaría feliz si te roba el esfuerzo de tu trabajo! — Aún estaba muy ocupado con las cuerdas.

— No podrían ser considerados tesis, deben ser ensayos insuperables. Y uno especialmente, quién me ha llevado a la cima y…— Y entonces, gritó como un demente, con sus ojos saliendo de sus órbitas:

— ¡La perdición! —

Luego se sentó y con los ojos mirando en el suelo seguía hablando, riéndose: — Ese ensayo sacudió como un terremoto el mundo académico, miles discutían sobre él y el debate llegó a invadir las televisiones nacionales durante días…—

Malan empezó a llorar de alegría, jamás pensó que algo que había escrito ella podría provocar todo lo que estaba provocando eso. Mao dudaba de las palabras del capullo del rector, pero se acordó de que solo veían los malditos programas infantiles que ponían Diana o Josefina. Se olvidó por unos segundos de seguir con su cometido de romper las cuerdas.

— Es el que trataba sobre los indios de esta isla y su relación con la época contemporánea de Shelijonia. — El rector siguió hablando. — Tocaba temas que nadie, tanto rusófilo cómo pro-useño, había tocado antes. Una bocanada de aire fresco ante la mediocridad intelectual de Shelijonia, pero tocó los límites y un tema prohibido… ¡El Zarato! —

Mao no sabía a qué escrito se refería, no se acordaba leer eso y le preguntó a Malan. La respuesta de la africana fue ésta: — Esa se me olvidó enseñártela. —

A continuación, Mao le preguntó al rector: — ¿Y qué pasa con eso del Zarato? —

— El Zarato, es un tema del que nadie habla ni menciona, es como el elefante muerto que está en la sala pero todos ignoran. ¿Por qué existe tal estado? ¿Cómo ha llegado a existir? ¿Qué es exactamente? ¿Por qué no se sabe nada de él? ¿Por qué permiten su existencia? Tantas preguntas y ninguna respuesta hasta que ella ha propuesta unas teorías, más o menos discutibles, pero que han permitido que la gente hable y a eso no le han gustado a los poderosos que dominan esta isla. — Volvió a gritar cómo demente. — ¡Y me la tienen jurada! ¡Me quieren matar por decirlo! —

— ¿Y qué tiene todo eso con secuestrar a Malan? — Le decía Mao irritado por tanta cháchara y por las malditas cuerdas. Malan estaba perdida en sus fantasías, se sentía en el paraíso.

— Pues les quiero demostrar que ella es quién escribió eso, no yo y así librarme de la muerte. — Eso le respondió

— ¡Quieres mandarle el muerto a Malan! ¡Desgraciado! — Mao tenía muchas ganas de mandarle al cementerio, pero siguió en su labor.

— Ese era mi intención, la verdad. — Se rió como si fuera un chiste.

— Esto parece un chiste de mal gusto… ¿Qué en serio crees que me voy creer en esas locuras? ¡Es como los iluminados, los masones y los reptilianos! — Eso le decía Mao, muy enfadado.

El hombre siguió hablando y esta vez volvió al tema de que estaba comentando, ignorando el comentario de Mao y mientras se ponía delante de una ventana.

— Los Von Schaffhaussen, obsesionados por Shelijonia, hicieron todo lo posible con tenerla entre sus manos y cuando la tuvieron en su poder, la aprovecharon para quitarse del medio al peor individuo de la familia, evitando que deseará conseguir el puesto como presidente y con sus locuras mandar a los Estados Unidos y al mundo entero a la mierda. — Dio una pequeña pausa. — ¿Cómo? ¡Convirtiéndolo en jefe de un estado a su gusto! ¡El Zarato! ¡Convirtieron el proyecto federal de una reserva india en una monarquía que teóricamente es independiente! ¡Cuánto poder, ooh! —

Mao se quedó pensando en lo demente que estaba ese pobre hombre y si, en vez de llamar a la policía, debería llamar a un manicomio para ingresarlo allí. Rápidamente, volvió en su labor de romper las cuerdas, que le faltaba poco, y salir pitando con Malan de ahí, aunque antes quería darle un buen merecido al chalado del rector.

Entonces, nuestro rector empezó a retroceder, poquito a poco, mirando nervioso por todos lados, como si estuviera sintiendo algo malo.

— ¡Están cerca! ¡Ellos! Lo sé…— Decía eso mientras se mordía las uñas   compulsivamente. Mao ignoró eso, ya que estaba más ocupado en su tarea.

El rector empezó a buscar escondites por todos lados: Intentó introducirse dentro en la nevera, que solo tenía comida podrida y los tiró al suelo, pero era muy gordo para entrar. A continuación, deseo meterse debajo de la mesa pero le dolía la espalda con solo doblar las rodillas. También se ocultó entre las sabanas pero se puso a estornudar, sin parar, y luego, salió de la habitación para buscar más lugares en dónde esconderse pero era alguien muy exigente y no los encontró.

Cuando volvió al lugar dónde estaba Mao y Malan, el rector se paró subidamente y puso su mano sobre su oído para escuchar algo.

— ¿Oyen eso? ¡Es un disparo! ¡Ya están aquí! — Eso les gritó.

En ese momento, Mao pudo liberar a Malan y se quedo mirando al rector.    Tanto uno como la otra se preguntaban qué estaba diciendo él porque no habían escuchado tal disparo. El chino, entre señas, le dijo a Martha que ese hombre estaba loco. Y entonces ese chalado gritó y saltó a la ventana, que, por suerte, estaba a ras del suelo, y salió corriendo por el campo de trigo, gritando.

— ¡Se nos escapa! — Decía Mao mientras le perseguía, y siendo acompañado por Malan.

Y estuvieron así un rato hasta que el rector se perdió de vista, Mao tuvo que descansar ya que había hecho demasiado ejercicio por hoy. Malan le preguntaba si quería que le trajera algo pero estaba más ocupado expirando e inspirando. Entonces, de repente, escucharon un ruido violento a lo lejos. No eran de unos disparos, sino de un choque entre automóviles. Con paso ligero, se dirigieron al lugar del siniestro. Así llegaron a una carretera, que era la que unía un pueblo useño rodeado de territorio canadiense con Bogolyubov.

Por las señales que veían en la vía hizo a Malan a hablar sobre lo curioso que era la cuidad, ya que estaba dividida entre dos fronteras y la mitad norte ocupaba un enclave canadiense, olvidándose de lo importante. Vieron a dos o tres vehículos convertidos en amasijos de hierros y coches de policías, de bomberos y una ambulancia.

Los agentes se estaban peleando debido a que el choque se había situado en la misma frontera y discutían que el otro debería encargarse del siniestro. Había gente común, pero poca, observándolo. Mao les preguntó qué habría pasado.

— ¡Ah, un chalado que gritaba sin parar se ha puesto en medio de la carretera y pues ya ves, niña! — Le decía un hombre que tenía toda la pinta del loco de un pueblo del interior de Norteamérica. Mao reconoció rápidamente quién era ese chalado y dijo cómo conclusión:

— ¡No hacía falta una conspiración para matarle, se bastaba él solito! — Decía eso aún a pesar de que no sabía realmente si habría muerto o no.

Mejor decidieron volver a casa, Mao no tenía ganas de decirle a los policías que habían sufrido un secuestro, éstos estaban más ocupados en su pelea y de cierta forma, todo terminó en un susto.

Pero, entonces, vio algo que le pareció muy extraño. De entre las pocas personas que veían asombrados el accidente, observó a una mujer de baja estatura, que fumaba un puro, sonriendo de forma maquiavélica, mientras escondía algo en uno de sus bolsillos. Por un momento, creyó que era una pistola, pero fue tan rápido que ni se dio cuenta. Luego, desapareció entre la pequeña multitud, sin que Mao pudiera haber visto a donde se fue, como si fuera un fantasma. No le dio más importancia, creyó que era su propia imaginación, o había sido afectado por las locuras del atropellado.

Tras recoger la bici que el chino cogió y dirigirse a la cuidad, Mao llamó a los canadienses para que fueran a recogerles en Bogolyubov, después le dijo a Malan:

— ¡Perdón por todo esto! ¡Si no le hubiera entregado tus papeles no nos hubiera pasado esto! — Estaba muy arrepentido.

— ¿Pero qué dices? ¡Gracias a ti, ahora he podido conseguir que mis palabras e ideas hayan levantando polémica y este causando un revuelo en el mundo intelectual! ¡No hay mayor alegría que eso! — Decía Malan totalmente feliz, con una sonrisa de oreja en oreja, incluso estaba cantando una canción en afrikáner.

Mao se alegró de que ella estuviera así, a pesar de que le habían secuestrado.

FIN

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