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La Nueva Zarina, quincuagésima primera historia

Yo odiaba a esa mujer con toda mi alma. Eso me dije cientos de veces, pero solo me engañaba a mí misma, porque cuando murió tenía ganas de llorar y deseaba torturarle a su asesina durante siete días y siete noches. Alguien me diría que eso es natural, ya que quién fue asesinada era mi madre.

La odiaba, principalmente, porque me obligaba a ser su sucesora, algo que no deseaba y aún menos en ese momento. También por exponerme a miles de peligros y tener que hacerle caso en todo lo que ella mandase, sobre todo en las cosas más estúpidas y dementes. Su fea personalidad también era un buen motivo para odiarla. Por eso me da asco admitirlo, pero el palacio estaba muy aburrido sin su presencia. Y tengo que reconocer que le debo mucho, tal vez demasiado para mi gusto, ¿pero eso fue una excusa para haberme encerrado en mi cuarto una semana entera? En mi defensa puedo decir que no fue por luto a mi madre sino también para reflexionar y pensar sobre mi futuro, sobre mi papel en este mundo. En realidad, me estaba preparando para ese papel al que ahora, desgraciadamente, no puedo negar.

― ¿Mi señora cuál helado quiere? ¿Hay muchos para elegir? ―

Esas palabras eran la de mi sirviente Ranavalona, que al ver un puesto de helados que estaba ahí, decidió comprar uno para mí. Yo y ella estamos en un parque, en uno de los muchos que tiene esta horrible ciudad llamada Springfield. Al sur se encuentra, el Zarato, el reino que gobernaba mi madre. Bueno, ya no lo gobierna porque está muerta. Sajonia Von Schaffhaussen murió hace dos semanas, su pomposo funeral fue hace una semana y tras pasar estos días encerrada en mi habitación, salí de ahí y del reino.

Solo le dije a ella que cualquiera, ya que en ese momento me importaba poco los sabores de los helados. Tenía muchos problemas más graves que atender que elegir el sabor de un helado. Me trajo uno que sabía a tocino y estaba asqueroso, pero aún así no le dije nada. Después de todo, era mi culpa por dejarla elegir.

― Mi Señora, no es como si quiera faltar el respeto al luto por vuestra madre ni nada parecido, pero si quiere que haga algo para mejorar vuestro ánimo, lo que sea, lo haré. ―

Eso me dijo a continuación. Pero no le ordené nada, porque lo que quería hacer, lo deseaba hacer por mí misma. Solo le pedí que se mantuviera quieta y le dije que ya no estaba de luto. Había perdido demasiado el tiempo en eso, ahora había que pasar a la acción. Pero, antes de eso, me quería relajar en el parque y no pensar en mis problemas.

Entonces apareció otro problema. Escuché su característica voz gritando mi nombre: ― ¡Ah! ¡Hey, hey, Elizaberth, buenos días! ―

No tuve ganas de decirle que ya estábamos por la tarde y le ordené a Ranavalona, que contestará por mí. Esa chica era Josefina y se trajo a una copia suya, con gafas. Parecía ser su antítesis en personalidad, ya que no dijo nada y miraba indiferente hacía mí.

Josefina soltó un montón de palabras que ni importancia di antes de que me la presentara, aunque no tenía ningunas ganas de conocerla: ― ¡Se me olvidaba! ¡Esta es mi archienemiga, mi prima, Emilia! ―

― ¡Oye! ¡Yo no soy tu archienemiga! ― Protestó, como si eso le hubiera molestado, aún cuando solo se veía indiferencia en su rostro. Por su parte, Josefina seguía hablando, parecía no tener en cuenta ese comentario.

― ¡Emilia! ¡Está es una buena amiga mía! ¡Elizaberth nosequé! ¡Es una supermillonaria! ― Deseaba decirle varías cosas, que mi apellido es Von Schaffhausen y que no era su amiga realmente.

Realmente que piense que soy una buena amiga suya me hizo gracia. La copia de Josefina quiso hablar pero la original saltó: ― ¡Ah! ¡Se me olvidaba otra cosa! ¡Y esa de ahí es Ranavola, su sirviente! ―

Mi sirviente le replicó molesta que su nombre era Ranavalona y esa idiota se disculpó. Esa Emilia se tapó la boca para que no la viéramos reír, pero obviamente se notaba. No me importaba en absoluto de lo que se estaba burlando,  pero mi sirvienta la miró mal, tal vez sintiéndose molesta porque se estaban burlando de su nombre.

― ¿En verdad es una supermillonaria? ― Lo decía en un tono que parecía decir que no le daba ninguna legitimad a las palabras de Josefina

― Tiene una casa grandísima, carros de caballitos, antiguos vestidos, parece una señorita, es bien obvio. ― Y eso le soltó Josefina, mientras le señalaba mi vestido, como si fuera una prueba para convencerla fácilmente.

― Yo no me lo creo, porque ninguna chica de clase alta se reunía con unas plebeyas como nosotras. ― Le repliqué indiferentemente que pensara lo que le diese en gana, sin mencionarle que nunca quise, en primer lugar, ser la amiga de Josefina.

― Piensa en lo que te dé la gana. ― Repetía mis mismas palabras para burlarse de mí. ― ¡Ustedes los ricos y vuestra superioridad! ¡Siempre igual! ¡Y mientras nosotros sufriendo cómo lo pobres que somos! ― No entendí de dónde sacaba estás conclusiones, ni tampoco tenía ganas de discutir.

Aunque me entraba ganas de decirle un par de cosas. Ellas de pobres tenían poco, y tengo buenos razones para ser superior a ellas. No me indigné, después de todo, eran las estúpidas quejas de una niña de clase media que se cree con derecho a hablar sobre tales temas aún cuando ni siquiera habrá salido del nido. Una niñata que yo podría manipular fácilmente utilizando su pretendido odio contra los ricos a mi favor. Tal vez, en esas palabras, expresaban una envidia oculta y el deseo de ser como ellos. Así es la mayoría de los casos.

Miré el reloj y al ver que marcaban las cuatro y media, decidí irme de allí. Mientras tanto, Josefina se puso a pelear contra su prima, defendiéndome. Decía cosas como que los ricos también son personas, que sufren y un montón de tonterías más. Solo le faltaba decir que también podrían ser manipulados y controlados por otros más astutos y poderosos que ellos. Así es el mundo, el poder solo es para aquellos que son capaces de dominar y manipular a una cantidad de personas. Es un arte, por así decirlo.

― ¡Mi Señora os dice que hasta luego! ― Eso le ordené a Ranavalona y así se lo dijo a ellas, que estaban metidas en una discusión. La copia de Josefina se atrevió a decir esto:

― ¿Ya te vas, princesita? ―  Lo dijo en un tono gracioso de desprecio, mientras la original le dijo algo que no escuché bien.

― Me voy a mi casa a hacerme reina.  ― Eso le dije, con la intención de dejarles sin habla. Lo conseguí, aunque eso que dije era verdad.

Abandoné el parque para montarme en la carroza que me estaba esperando allí y dirigirme al Zarato.

― Mi Señora ya que hoy es la ceremonia, ¿cómo se siente? ― Preguntó mi sirvienta mientras nuestro real carruaje entraba en el Zarato y yo miraba el paisaje silenciosamente.

Yo le respondí de esta manera: ― Solo espero que la ceremonia que ordené sea tan gloriosa y esplendida como me lo prometieron. ―

Antes de encerrarme en mi cuarto, les ordené preparar una ceremonia en una semana e iba al palacio a prepararme a recibir la corona del Zarato, a convertirme en la nueva Zarina.

Al volver, me dirigí a mi habitación, allí ordené que me trajeran el traje con el cual me iban a proclamar reina. Parecido a un vestido de novia, en su larga falda estaba dibujada cada una de los sesenta y dos símbolos que representaban a los pueblos que habitan en este lugar. A la altura del pecho estaba el símbolo de mi familia, de la dinastía que gobernaba y que seguiría gobernando. Me costó mucho ponérmelo, era un vestido difícil de poner para una sola persona pero no iba a llamar a nadie a verme desnuda. También cambié mi parche por uno más elegante.

Cuando termine deje entrar a mi sirvienta: ― Mi Señora, está usted hermosa. ¡No, es más que eso! ¡Usted lo supera! ¡Supera en hermosura la misma palabra! ― Así lo exageraba, casi parecía que le iba a dar algo.

También decía cosas como que estaba en el cielo o que yo brillaba más que el sol. Al poco de entrar ella y estar fantaseando, entró el estúpido de mi tío, llevando una copa de vino y acompañado de unas sirvientas, muy borrachas y contentas. Estaba así, desde que se murió su hermana que le controlaba y ahora estaba haciendo todo lo que le daba la gana. Éste se iba a enterar de una buena cuando me haga Zarina:

― ¿Cómo estás, sobrina? ¡Estás hermosa! ¡Si no fuera tu tío te violaría! ― El muy canalla río, pero a mí me dieron ganas de volarle la entrepierna y dejarlo infértil de por vida, pero dejé que dijera más tonterías. ― ¡Nunca pensé que llegaría este día y eso que siempre decías que no querías ser Zarina! ―

Era verdad, ya que mi madre me impuso ser la Zarina, pero yo no quería serlo. Me peleé bastante con ellos sobre esa cuestión. Vas a heredar este reino y punto, eso eran sus palabras. Y esa era mi posición hasta que me leyeron, a mí y a todos, su testamento. Esa cosa que escribió hace dos años tenía puesto en uno de sus apartados esto:

Si en el caso de que mi hija, mi heredera, renunciará convertirse en Zarina y de gobernar todos los pueblo que habitan el Zarato, se le dará el derecho a conseguir el trono a quién deba cumplir algunos de estos requisitos:

  1. Si en el caso de que muera por una conjuración, del tipo que sea, el conjurado puede tener derecho a conseguir el trono.

Hay más, pero solo me voy a centrar en este, porque me avisaron de que tras conocer eso, Lafayette decidió reclamar su derecho y yo ni iba a permitir tal cosa. Jamás de los jamases.

Si me preguntan cuál fue la razón que le motivó escribí tales cosas tan fuera del sentido común, les contestaría que no lo sé, nunca pude comprenderla realmente. Su mente siempre fue un misterio para mí.

Volviendo a la historia, el enfermo de mi tío siguió hablando: ― ¿Y por cierto, por qué no has invitado al resto de la familia? Ellos vinieron al funeral. ―

Le respondí que ni ellos ni él mismo estaban invitados y empezó a quejarse, preguntándome la razón de excluir a su tío de mi coronación. Ni a ese ni al resto de los Von Schaffhaussen les quería ver, ya tuve suficiente con verles en el funeral, haciéndose los sentimentales y lanzando lágrimas de cocodrilo por mi madre, pero en el fondo estaban felices de que había muerto.

Mi tío es un buen ejemplo de ellos, ahora está teniendo la vida loca y, según explicó Ranavalona, no dejó de gastarse el dinero en estupideces, a hacerles todo tipo de cosas a las sirvientas y a hacer juergas sin parar, mientras yo me mantenía encerrada en mi habitación.

― Mi Señora, ya es la hora. ― Me dijo mi sirvienta. Me acerqué a la puerta y le empujé a mi tío para que se quitará del medio y me dirigí hacía a la sala en dónde me iba a coronar, pero antes dije algo:

― Ustedes ― Les decía a las sirvientas que sostenían a mi tío. ― soltad a ese idiota y acompañar a vuestra futura Zarina. ― Me hicieron caso y lo soltaron. Éste, al no poder mantener de pie, se cayó al suelo, pidiendo ayuda para que le levantaran, pero yo les ordené que no le hicieran caso.

Mientras paseaba por los cientos de pasillos que había en este lugar, les preguntaban a las sirvientas si habían preparada la sala tal como les dije. Me dijeron que sí y me callé.

La sala, situada en el ala este del palacio, medía medio kilómetro de ancho y doscientos metros de largo. Fue construida por capricho de mi madre, y que solo se utilizaría como ceremonias de coronación. Así que, desde que ella se erigió Zarina, este lugar ha estado vacío hasta que llegará el día en que me convertiría en reina de este lugar. Mis órdenes fueron claros, un gran asiento de terciopelo en el fondo, una alfombra larga y color rojo, miles de mesas y sillas, las más lujosas, para los invitados. Esta sala está comunicada al exterior con una enorme puerta de hierro y allá fuera se puso más mesas para la gente común.

La sala de la coronación estaba llena, habían acudido los jefes de las cientos de aldeas, los que sería mis futuros ministros, los más ricos y los altos cargos del ejército y de las milicias civiles. También muchos de condición pobre que aprovechaba para probar manjares que había en abundancia. Las sirvientas iban de un lado al otro de la sala. Yo salí del edificio en dónde me alojaba para dirigirme al palacio, que estaba casi al lado, para entrar por la puerta grande y aprovechar para saludar a la plebe, que no dejaban de gritar mi nombre y tirarme flores.

Al entrar en la sala, todos los de adentro dejaron de hacer lo que estaban haciendo para saludarme.

― ¡Deus salve o Tsaritsa! ― Gritaron, con la mano en el pecho.

Antes de seguir andando hacía mi trono, miraba de un lado para otro, mostrándome orgullosa ante ellos, como hacía mi madre, más o menos. Tras hacer eso, me dirigí hacía al final, con todos los indios quietos, esperando que yo llegará. Al final de mi trayecto, estaba mis ministros, el jefe de los sirvientes de los palacios y el obispo del Zarato, perteneciente a la iglesia ortodoxa rusa, y quién tenía en sus manos la corona de oro y diamantes que me iba a colocar sobre la cabeza.

El silencio dominaba el lugar cuando me senté en mi trono y lo rompió el Obispo que empezó a dar su discurso:

― Hoy, siete de Julio, según el calendario juliano; estamos aquí presente para presenciar la coronación de la nueva jefa que gobernará en nombre de Dios y del pueblo. Aquí la tienen a la hija de Sajonia Von Schaffhaussen, Elizaberth. ¿Querida, nos confirmas que quieres convertirte en la ministra de Dios y ser la señora que conforma todos los pueblos que habitan estos valles? ¿Qué con mano de hierro el Zarato tendrá paz y prosperidad? ¿Qué servirás a tus plebeyos como ellos a ti? ¡Si tu respuesta es afirmativa, te entregaré la herencia de su madre! ―

Al final, cumplí sus deseos, por desgracia, y no me quedó más remedio que aceptar esa responsabilidad. Y me prometí cambiar este lugar a mi imagen y semejanza. Así que es bien obvia la respuesta que di: -¡Pongo a Dios por testigo que acepto ser vuestra Zarina!-

Entonces el obispo me puso la corona y la sala se lleno de aplausos y vivas a la Zarina. Vi que mi sirvienta estaba llorando y moqueando como nunca antes la había visto, decía que era el día más hermoso de su vida, como si era ella la que se había coronado y no yo. Y algo, de repente, rompió el ambiente de la sala. Era alguien, a quién yo esperaba impaciente, una indeseable que hizo quizás lo que nadie jamás pudo hacer en el Zarato: matar a mi madre.

Era Lafayette que entró en la sala y gritó esto: ― ¡Eh, enana! ¡Entrégame esa puta corona, porque yo la Zarina soy yo! ―

Iba acompaña de unos cuantos indios, armados, y se dirigían hacia mí. Todos quedaron en silencio menos yo.

― ¿Tú, con qué derecho te das para que abdique en tu favor? ― Le dije.

― Solo eres una niña, una simple pequeñaja, no sirves como reina. Nadie en su sano juicio le entregaría la corona a una enana, ¡así que renuncia, estúpida! ― Me pareció muy gracioso, porque me lo estaba diciendo una chica con notables problemas mentales.

― ¿Crees que con esas palabras te lo voy a entregar? ¿Sabes por qué decidí ser Zarina? ¡Para que el Zarato no sea tuyo! ― Eso se lo solté, más claro que el agua.

― ¡Si no es con las palabras, lo haré a la fuerza! ― Algo que no iba a dejar que hiciera, por nada del mundo.

Mientras nos decíamos todos esto, tanto la una como la otra nos acercamos hasta tocarnos. Vi en su cara una excesiva confianza y seguridad en sí misma, a la vez que furia contra mí, pero no me asustó ni un poco porque le iba a demostrar que yo iba a ser un hueso duro de roer.

― ¡Inténtalo si puedes! ― Eso le dije, entonces ella sacó un cuchillo y lo puso sobre mi cuello y yo también saqué un arma, una pistola sobre su cabeza. Sus acompañantes sacaron sus armas hacía a mí y mis guardias las suyas contra ellos. Pudo haber sido una carnicería, pero bajé mi arma y empecé a andar hacía mi trono.

― Si quieres salirte con la tuya, entonces esto no es la mejor. Pero las palabras no te servirán, así que… ¿Por qué no dejamos que los cañones hablen por nosotras? ― Eso le decía. Todos miraban atónitos ante lo que dije, yo estaba proponiendo nada más ni nada menos que una guerra civil. Al final, la dejé marchar, ordenando a los demás que no disparasen a ella y a sus acompañantes.

― Mi Señora,… ¿está seguro de esto? ― Esto me lo dijo mi sirvienta, tras llegar la noche y mientras yo estaba leyendo libros sobre de estrategia de guerra en la biblioteca.

― Ahora soy tu Zarina, no lo olvides. ― Eso le decía, mientras miraba la taza que me sirvió. ― Sé que hay muchos que estuvieron en contra de que mi madre y que ahora estarán en contra mía. Esa Lafayette les ha alegrado la vida porque la mató  y sé perfectamente que la querrán utilizar como una muñeca para abolir nuestra dinastía, aunque esa negra se crea que es la que lo domina todo.  ― Interrumpí mis palabras para tomar un sorbito de café. ― Entonces he decidido ir al grano, los traidores se unirán a la perra en una guerra por el control del Zarato. ―

― ¿Y si usted pierde? ― Me preguntó con temor.

― Cuando uno apuesta, nunca piensa si pierde, sino cuando gana. ― Y con esto dicho, terminé mi taza. Ya era hora de comenzar la acción y haré lo que mi madre nunca hizo, unificar el Zarato de verdad.

Dejar de ser un montón de pueblos para ser uno solo y esta guerra es solo el primer paso. Eliminar la resistencia a mi gobierno y a mi dinastía, y de paso mandar a Lafayette al infierno.

FIN

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Tocando el ordenador de mamá, quincuagésima historia

Era una tarde de verano y Josefina no paraba de quejarse del calor. Estaba acostada en la cama, abanicándose con las manos, mientras decía esto:

— ¡Ay, qué me derrito, qué me derrito! — Eso mencionaba sin parar.

Sin embargo, la otra persona que estaba a su lado, quién estaba sentada sobre la cama, la miraba perpleja:

— Eres una exagerada, pero si solo hacen veintiocho grados, está demasiado fresquito para ser verano. —

Eso le dijo su prima Emilia, quién estaba acostumbrada a vivir veranos que llegaban a los cuarentas grados o más. Le parecía muy exagerado lo de Josefina, que incluso estaba en bragas para estar más fresquita.

— ¡Por el amor de Dios! ¡Veintiocho! ¡¿Hace tanto calor, de verdad!?  —Pero Josefina, al escuchar eso, gritó de puro terror. Sentía que iban a morirse de calor. Emilia la siguió mirando perpleja, mientras terminaba el helado que se estaba comiendo.

— ¿¡Por qué me miras así!? — Y Josefina, al ver que le estaba mirando así, se levantó rápidamente y le preguntó esto, algo aterrada, porque se acordó de que aquella chica que estaba a su lado era su “archienemiga” y pensó que iba a hacer algunas de las suyas.

— Por nada. — Y eso le respondió sin emoción alguna, poniéndola algo más nerviosa. Se quedó mirándola a su prima, preguntándose qué iba a hacer para molestarla, y Emilia también lo hizo, aunque fijándose en sus pechos que estaban al aire libre. Y así estuvieron un buen rato, hasta que la gafotas le soltó esto:

— ¡Sabes, yo las tengo más grandes! — Eso le dijo a Josefina, quién se tapó su pecho rápidamente, muerta de vergüenza.

— ¿Por qué las estabas mirando? — Eso le preguntaba ella, antes de saltar de la cama y buscar algo para ponerse.

— Llevas un buen rato media desnuda, ¿y ahora te pones así? No hay quién te entienda. — Le replicó Emilia. Aunque aparentemente no mostraba alguna emoción en la cara, estaba contenta al ver que su prima no había cambiado mucho.

En realidad, le gustaba estar con su prima, era unos de los pocos familiares que le caían bien. Y disfrutaba mucho molestándola y haciéndola rabiar. Recordaba con felicidad todas las Nochebuenas o los días que ella había estado con Josefina y las travesuras que provocaban. Le era muy divertido estar a su lado.

Mientras tanto, Josefina, quién ya se estaba poniendo un vestido de color azul marino que le llegaba a las rodillas, maldecía a su prima una y otra vez por haberla avergonzado. Recordaba con mucha molestia, los ratos que había estado junto con Emilia. Siempre la metía en problemas, y no paraba de cachondearse de ella. Por esas cosas, pensó que le tenía manía y creyó que era “archienemiga”.

Entonces, alguien pegó a la puerta muy fuerte, dando un tremendo susto a las dos chicas. No se lo esperaban. Y luego, la persona que tocó, empezó a hablar:

— ¡Josefina, Emilia, voy a salir un rato! — Era la madre de Josefa. — No salgáis de la casa y no hagan nada malo, ¿entendido? —

— Sí. — Eso dijeron a la vez Josefa y su prima, pero se olvidaron de decir algo. Y la madre, que al ver que solo le dijeron aquella triste respuesta, les preguntó esto:

— ¿Por cierto, qué se dice cuando una persona se va? — Quería que le dijeran “adiós” o “hasta luego”, pero con esa respuesta se sentía ignorada, como si ellas le dieran igual, y eso la enfadaba.

— Pues adiós.  — Eso le contestó Josefina secamente, de una forma que solo provocó malestar en su madre.

— ¿Y qué pasa con eso? — Y añadió Emilia, haciendo que el enfado de la madre de Josefina aumentará algo más.

— Pues deberían decirme “hasta luego” o “adiós”, además de que me deben mandar “buena suerte” o “ten cuidado” ¡Para la próxima, lo tenéis que recordar! — Eso le respondió, mientras intentaba aguantar su enfado.

Entonces, Josefina soltó esto: — ¡Ah, sí! ¡Se me ha olvidado! ¡Compra pilas, que se han gastado! —

Y la respuesta que su madre le respondió fue un buen tortazo que le dejo marca en la cara. Y otra de regalo para su prima.

Después de que su madre se fuera a comprar, Josefina y Emilia empezaron a protestar:

— ¿Pero qué le pasa a ella? ¡Cómo si iba a ir al polo norte y no nos íbamos a ver en años! — Eso soltaba Emilia, molesta, mientras bajaba al salón.

— ¡Mamá es así, por cualquier tontería se enfada! — Y eso le decía Josefa, mientras se tapaba la mejilla en dónde su madre le metió el guantazo, mientras bajaba, también, al salón.

Entonces, mientras Josefina iba a la cocina para picar algo, su prima se sentó en el sofá, para ver la tele. Cogió el mando e intentó encenderlo una y otra vez, pero no podría.

— ¿Pero qué le pasa a este cacharro? — Eso se preguntaba, bastante molesta.

— Pues mamá le ha quitado las pilas al mando de la tele para que no la viésemos. — Eso le decía Josefina, mientras volvía de la cocina.

— ¿Qué? — Se quedó muy sorprendida y miró por si acaso, pero Josefina tenía razón. — ¿Y por qué hace eso? —

— No nos deja ver la tele mientras ella no está. — Eso le respondió.

— ¿En serio? — Emilia no se lo podría creer y Josefina siguió hablando.

— Y si intentas encenderlo, no podrás hacerlo. No recuerdo cómo, pero si no está ella no se puede ver la tele. — Eso le decía, porque vio que su prima se acercaba a la televisión para encenderla.

— ¡Qué molestia! ¡¿Por qué hace eso!? — Gritó esto, Emilia.

— No podemos ver la tele sin su supervisión, ni tampoco jugar a los videojuegos, los tiene guardado en alguna parte con llave. — Le respondió Josefina, como si fuera algo normal. Bueno, ella estaba acostumbrada a eso.

— ¡Oh Dios mío, qué exagerado lo de tu madre! ¡Nos vamos a morir de aburrimiento! — Se preguntaba cómo su tía llegó a hacer tal cosa tan absurda, le parecía algo propio de un tirano.

— Yo también pienso lo mismo, pero todo es culpa de mis hermanos. Ellos tienen la culpa de que mamá se haya vuelto muy obsesiva con las reglas. —

Eso dijo a continuación Josefina, molesta al recordar que su madre hizo todo eso para fastidiar a sus hijos, enseñarles quién mandaba en esa casa, ya que ellos no le hacían ni puto caso. Y en realidad, no ayudó en nada, porque seguían haciendo lo que les daba la gana.

— Esto me enfurece. — Entonces, Emilia decidió subirse a la habitación y, al girar la cabeza, vio en la otra parte del salón una mesa con un ordenador y una estatua de la Virgen María.

— ¿Y eso? — Y le preguntó a Josefina, señalándole el ordenador, mientras se acercaba a éste.

— Es el ordenador de mi mamá. — Eso le respondió Josefina, quién tenía un mal presentimiento.

— ¿Ah, sí? ¿Podemos usarlo? — Emilia, mientras le preguntaba esto, lo miraba con atención.

La pantalla del ordenador era plana, y, aunque algo pequeña, parecía ser de las buenas. Miró a la torre y se dio cuenta de que era bastante peculiar, ya que estaba personalizado y estaba pintado como si fuera aquella furgoneta que se volvió símbolo de los años sesenta y de los hippies, con muchas florecitas y otras cosas que los representaban. En realidad, eso le parecía muy curioso, porque su tía era alguien con una personalidad muy diferente al de aquella gente y época. También vio al teclado y el ratón y aquellas cosas normales.

— Pues claro que no. Eso es su ordenador, nadie más, absolutamente nadie, tiene permiso para usarlo, solo ella. — Eso le respondió Josefina, gritando, al ver que su prima tenía interés en él. Se puso muy nerviosa, porque sabía que iba a hacer algunas de las suyas.

— Pues por un ratito no pasa. De todos modos, no se va a enterar. — Y eso le replicó Emilia, deseosa de violar las reglas, mientras encendía.

— ¿¡En serio, lo vas a hacer!? ¡Si mamá te ve, te mandará al hospital! — A Josefina se le puso la carne de gallina, porque le tenía mucho miedo a su madre y vio que ya era demasiado tarde para detenerla.

— No se va a enterrar. — Eso le respondía, Emilia, mientras se sentaba en la silla, sin miedo alguno.

— Pues claro que sí, y luego me dará un guantazo por tu culpa. — Y eso le mencionó Josefina, recordando todas las regañinas y los guantazos que recibió por haberse sido arrastrada por las travesuras de su prima. Aunque Emilia no le dio importancia eso, solo esperaba a que el ordenador se encendiera.

Bueno, el ordenador ya estaba encendido y la pantalla, aunque estaba negra, estaba medio llena de letras. Y se quedó ahí, mientras Emilia esperaba a que se cargara.

— ¿Qué le pasa a esta cosa? ¿Por qué no funciona? — Y cuando ya se le acabó la paciencia, gritó enfadada. Entonces Josefina, al escuchar esto, dio un gran grito de horror.

— ¿¡En serio!? ¡Idiota, qué eres idiota! ¡Estamos condenadas! —Y le soltaba esto con ganas de llorar, mientras ella golpeaba con sus nudillos, flojito, porque no quería hacerla daño de verdad; la espalda de su prima. Se imaginaba cómo su madre, al enterarse, se convertiría en un terrible demonio y haría arder toda la cuidad con su enfado.

— ¡Cálmate, por el amor de Dios! — Eso le decía por su parte Emilia, para que Josefina no le contagiara su nerviosismo. No sabía si eso que tenían era un verdadero problema u otra cosa,  por esa razón deseaba tranquilizarse, y para eso tenía que calmar a su prima, primero.

— ¿¡Cómo que…!? — Y eso gritó Josefina, al escuchar eso, antes de callarse repentinamente. Había recordado, entonces, algo que le decía que el ordenador no estaba roto.

— ¡Ah, es verdad! — Gritó de sorpresa, antes de decirle esto a su prima:

— Tienes que escribir para entrar, una contraseña. Más bien, mamá lo llama código o algo así. —

Emilia se dio cuenta enseguida lo que le pasaba al ordenador, o eso parecía, antes de dar un suspiro de alivio y de fastidio, al ver que su prima se había puesto así por nada.

Entonces, dio un grito de frustración: — ¡¿En serio!? ¡¿Por qué lo pone tan difícil!? — Estaba molesta, ya que ella no sabía que comandos podría usa para ejecutar el GUI.

A continuación, se levantó y empezó a buscar entre cajones de la mesa, en busca de algún cuaderno o algo que le ayudase y Josefina solo se quedó mirándola, preguntándose qué tenía que hacer, si detenerla o salir corriendo rápido, antes de que su madre volviera.

Pero antes de que decidiera hacer algo, su prima le preguntó, tras ver que su búsqueda era en vano: — ¿¡Prima, tú sabes cómo meterte en esto!? —

— ¡¿Yo!? ¡Pues creo que es así! — Entonces, Josefina casi instintivamente escribió algo en la pantalla, recordando cómo su madre le explicó encender el ordenador.

— Espera un momento…— Entonces se dio cuenta de algo. — ¡Oh no! — Gritó de terror, al darse cuenta de que se había vuelto su cómplice.

— Ha funcionado. — Eso dijo sorprendida su prima, al ver que lo que escribió Josefina funcionó y el GUI ya estaba apareciendo, ignorando la cara de horror que ponía ella.

— ¡Sorprendente, no me esperaba eso de ti! — Añadió algo más Emilia, quién no se esperaba que su prima, una persona que no era realmente lista, hiciera algo así.

— ¡Pero no es para tanto! — Y Josefina, al oír aquel elogio, se sintió alabada y empezó a reír de la vergüenza, olvidando por un segundo de lo que estaba ocurriendo.

— Pero, ¡¿mira lo que me has hecho!? — Entonces, le gritó a Emilia esto, alterada, antes de añadir esto: — ¡Al final, he acabado en otro problema! —

— ¡No te pongas así, cómo si hubieras hecho algo malo! —

Emilia no entendía qué le pasaba a su prima, pero decidió pasar de ella y ponerse a escuchar música. Entonces, se dio cuenta de que su tía tenía un sistema operativo que jamás había visto. No era Windows, tampoco Linux o algún otro software libre conocido, era algo nunca visto.

— ¿Qué es esto? — Eso le preguntó Emilia a Josefina.

— ¡Estamos pérdidas, absolutamente pérdidas! — Pero ésta estaba más ocupada dando vueltas por el salón, dominada por el miedo, gritando que su madre la iba a matar.

— ¡Josefina, tranquilízate! — Emilia le gritó a su prima, al ver lo exagerada que se había puesto.

— ¡No puedo, no puedo! — Y esto le soltaba una Josefina alterada. Entonces, Emilia decidió gritarle esto.

— ¡Entonces le diré a tu madre que me has estado ayudando! — Creyó que así se pararía y se tranquilizaría, y acertó.

— ¿¡En serio!? — Porque Josefina, al oír eso, dejó de correr como desesperada y se puso a temblar.

— Si te tranquilizas, no lo haré. — Eso le dijo, sin emoción alguna, su prima.

— Vale, vale.  —Y ella, tras decir esto, se tranquilizó.

Al ver que Josefina ya no estaba alterada, decidió preguntarle: — ¿Qué es esto? —

Eso le soltó mientras le señalaba con el dedo la pantalla y Josefina le contestó esto, que la dejó sin hablar: — Es un sistema operativo creado por mi mamá. —

— ¿¡De verdad!? — Se sorprendió muchísimo.

Sabía que su tía, por sus padres, fue muy buena con los ordenadores y estuvo en varios trabajos relacionados con eso, pero le sorprendía que fuera capaz de hacer algo así.

— Eso dice ella. — Le respondió Josefina.

Ahora mismo, Emilia empezó a respetar un poquito a su tía, que la tildaba de dictadora. Pensaba que era un genio de la informática, mientras buscaba el explorador de internet.

— Tu madre es bastante buena en esto, ¿no? — Eso le preguntó a Josefina, aunque ya lo sabía de todos modos.

— Pues sí, dice que se arrepiente mucho de haber estudiado psicología, cuando podría haberse metido en la informática, porque podría haberse convertido en alguien parecido a Bill nosequién. — Le explicó Josefina y Emilia soltó unas risas al imaginar a su tía como al cofundador de Microsoft.

— Se refería a Bill Gates. — Y eso le dijo a continuación, al ver que su prima no dijo exactamente el nombre de aquel señor.

— ¡Ese mismo! ¡El que está en una silla de rueda y solo puede hablar con un aparato! — Se dio cuenta de que Josefina estaba describiendo la persona equivocada, a Stephen Hawking en vez de Bill Gates. Aunque, en realidad, Josefa se estaba refriéndose a Steve Jobs.

De todos modos, Emilia decidió no explicarle su equivocación y soltar esta frase: — Demasiado se cree ella, la verdad. —

— Pues la verdad es que sí. — Afirmó Josefina.

Empezaron a burlarse de la madre de Josefina, sin haber oído la puerta, que se estaba abriendo.

— Si fundará una empresa de informática, sería una dictadura peor que la de Hitler. — Eso soltaba, entre risas, Emilia.

— A mi me darían pena los pobres empleados. Sufrirían su ira cada día y no les dejaría hacer nada. — Y esto añadía Josefina.

Y ni la prima ni Josefa sabían que la persona de la que se estaban burlando, estaba detrás, con una mirada de mala leche que asustaría a cualquiera, viendo como su hija y sobrina estaban violando sus sagradas reglas y se estaban cachondeando de ella.

— ¿Pueden repetir lo que han dicho? — Entonces, soltó esto a las presentes, mientras se preparaba las manos para darles unas buenas tortas. Éstas, al oír su voz, se quedaron de piedra y empezaron a temblar de puro miedo.

Y para comprobar su temor, poquito a poco, movieron las cabezas hacia atrás y al saber que de verdad estaba ahí, gritaron de terror, antes de ser abofeteadas.

FIN

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La Rival de Josefina y el reto del Pozole, cuadragésima novena historia

Tras pasar la primera semana de vacaciones, a las tres de la tarde, Josefina entró como una bala al salón de Mao, gritando que tenía graves problemas y estando muy alterada. Al dar unos pasos, se cayó al suelo de una forma torpe y ridícula.

— ¿Estás bien? — Le preguntó Mao, sorprendido por la aparición tan repentina de Josefa. Era el único, ya que Jovaka dormía plácidamente en el suelo, y si hubiera estado despierta seguro que se habría burlado cruelmente de Josefina.

— ¡Sí! — Le decía mientras se levantaba. — ¡Espera! ¡No! ¡Estoy atrapada en un gran apuro, ayúdame Mao! — Le iba a preguntar qué era, pero Josefina se le adelantó:

— ¡Mi mamá me ha dicho hoy una noticia megahorrible, la peor de todas, más feo que los nazis, más malo que la pizza congelada! ¡Es como el fin del mundo! ¡Y es tan megahorrible! ¿Eso de megahorrible ya lo he dicho, no? ¡Bueno,…! — Mao le tapó la boca y le dijo:

— ¡Vete al grano, por favor! — Con esto le soltó la boca y ella se lo dijo claro.

— ¡Mi rival, mi archienemiga, ha vuelto! ¡Y mi madre me ha mandado recogerla en la b-biblioteca que allí la ha dejado mi tío! — Y lo decía con mucha seriedad.

— ¿Desde cuándo tienes a una rival? — Le preguntó Mao.

— ¡Desde siempre…! — Entonces, hizo un gesto en las manos indicando que se había olvidado de algo. — ¡Es verdad! ¡A nadie se lo he contado! ¡Te lo iba a decir como secreto, pero como no quisiste la otra vez! — Dijo esto poniendo las manos en cruces y con cara pensante.

— ¿Y qué quieres que haga? — Le replicó Mao, quién sabía ya la respuesta, que era que fuera con ella, algo que no tenía ganas; y lo adivinó.

— ¡Qué seas mi guardaespaldas hasta la biblio! — Así se lo dijo.

A continuación dejaron la casa en dirección hacia la biblioteca municipal y Josefina habló de muchas cosas sobre su rival, pero Mao no podría descifrar las cientos de palabras que salían de su boca sin parar y hacía como si la escuchará.

La primera impresión que le dejó la biblioteca a Mao fue un total desprecio al arte moderno, ya que el edificio tenía la forma de la cabeza de la mascota de Disney y en sus paredes exteriores, a propósito, sobresalían todo tipo de chatarra. En una placa puesta en la entrada al edificio ponía, tanto en ruso como en inglés, que era un alegato contra el capitalismo, más bien pensó que era contra el buen gusto. También había una escultura y que era, según decía otra placa, un alegato contra la homofobia y él lo miró fijamente, solo veía a dos personas, que supuestamente parecían hombres, sin cabeza y abrazándose fuertemente. Pensó que tal vez los gamberros de turno jugaron a la decapitación de estatuas y él se olvidó rápidamente de eso.

Al entrar al lugar, Mao vio que el lugar por dentro era como una biblioteca normal, ya que creía que iba a ser tan extravagante como el exterior. Tras pasear por algunos pasillos, le preguntó a Josefina esto: — ¿Ves a tu rival por alguna parte? —

— Pues, por suerte, no. — Le respondió eso mientras miraba por todo el lugar.

Entonces, algo apareció detrás de Josefina y la abrazó muy fuerte. La mexicana dio un gran grito de sorpresa, provocándole a Mao un susto de muerte. Luego, miró hacia ella y se quedo estupefacto, porque vio a alguien que casi era exactamente igual que Josefa, salvo que llevaba gafas y su mirada parecía transmitir indiferencia.

Josefina, al ver quién era, empezó a pedirle a gritos que la liberará y ésta no le dijo nada, solo seguía abrazándola. Entonces, empezó a intentar a liberarse por su cuenta, mientras Mao le preguntaba a la chica esto: — ¿Quién eres tú? ¿Su gemela o qué? —

— No, soy su prima. — Lo dijo en un inglés muy mexicanizado.

— ¡Dile que me suelte! — Le decía Josefa a Mao a pleno pulmón. Entonces, la prima la soltó le pidió y se presentó secamente ante él:

— Yo soy Emilia. — Su nombre completo era Emilia Porfirio Zapata, hija del hermano menor de la madre de Josefina.

Tiene un año más que su prima y es de nacionalidad mexicana, procedente de Monterrey, ciudad cercana de la frontera con Texas. Sus papás, con motivos que desconocía Josefa, la enviaron aquí a pasar unos días con ellos. Según decía y creía Josefina, ella era su rival y su archienemiga, ya que siempre la había molestado y humillado en los cumpleaños.

Al ver la sequedad de su presentación, Josefina decidió contarle a Mao varias cosas sobre ella, sobre todo lo mal que la había tratado en varias ocasiones, echándoselo en cara a su prima, pero ésta  reaccionaba de esta manera:

— ¡Qué rencorosas eres!- Eso le replicaba indiferentemente, mientras intentaba abrazar a su prima, quién se lo impedía.

— ¿Y qué haces aquí? ¿Te gustan los libros o algo así? — Eso preguntó Mao.

Esa especie de seriedad que transmitía, lo poco inexpresiva que parecía y esas gafas, la hacían ver como una verdadera Némesis de Josefa, y alguien inteligente que le gustaba estudiar y la lectura.

— No, son aburridos. — Esa respuesta sorprendió a Mao, también a Josefina, que de la sorpresa se tapó la boca, con los ojos muy abiertos, y añadió esto:

— ¡Y ahora me entero! — Tras escuchar estas palabras, Mao se preguntaba si realmente eran familiares.

— Yo estoy aquí por qué mi padre vino a coger libros y se olvido de mí. — Dijo a continuación, Emilia. Mao exclamó mentalmente que vaya padre tenía y Josefina se río para luego decir esto:

— ¡Eso es tan típico de él! —

— Sí. — Le dio la razón, antes de volver a intentar a abrazar a Josefa. Ella le decía sin parar que era una molesta y le pedía que le dejará de intentar abrazarla.

Por otra parte, Emilia, mientras tenía la mano de Josefina en su cara intentando empujarla, le preguntó a Mao esto con apenas emoción: — ¿De verdad me veo chanchona? —

Mao, quién no asimilaba que esas dos reaccionaron tan tranquilas antes el hecho de que el padre se olvidó de su propia hija, no pudo entender lo que quería decir la prima y solo dijo esto: — ¿Qué? —

— Dice que si se ve empollona…— Mao lanzó una exclamación de sorpresa y Josefa cambió de tema. — ¡Ayuda, Mao! ¡No me quiere soltar!-

— Pues sí, pareces lista… — Respondió la pregunta de Emilia, mientras no hacía caso a las peticiones de Josefina.

— Pero si voy a repetir de curso… — Le replicó Emilia. Josefina, al escuchar eso, después de poder soltarse de ella, empezó a jactar:

— ¡He ganado! ¡Yo si he podido pasar de curso! ¡Toma esa! — Emilia no reaccionó, le dio igual ni tampoco había competido con ella a ver quién pasaba al próximo curso. Josefina, al ver su reacción, se sintió vacía y le protestó a su prima.

— ¡Jo! ¡Intenta mostrar más sentimiento! ¡No sé, tristeza o alegría o algo! — Ella empezó a dar aplausos pero sin sentimientos y Josefa se conformó con eso.

A continuación, decidieron terminar con aquella conversación y salir de la biblioteca. Al caminar por las calles de la cuidad, Josefa empezó a hablar amistosamente con su supuesta rival:

— ¿Y cómo te parece Springfield, prima? —

Ésta, sin mostrar apenas emoción, miró por todo su alrededor, hasta por el suelo en dónde estaba caminando y fríamente dijo una conclusión:

— Pues no está mal…por lo menos no es México. — Lo soltó con un gran desprecio hacia su patria que le molestó muchísimo a Josefina.

— ¡Hey, no lo digas como si fuera lo peor del mundo, México tiene cosas buenas! — Emilia rió por lo bajo, le parecía muy gracioso lo que decía su prima.

— Ni siquiera eres mexicana…— Añadió en voz baja.

Eso solo molestó aún más a su prima, quién gritó esto con muchísimo orgullo: — ¡Oye, yo soy mexicana, cien por cien! —

—Sí, claro. — Le replicó Emilia sarcásticamente. — Ni siquiera has nacido ahí. —

Mao pensó por unos momentos si interrumpir, porque iban a comenzar una pelea tonta, pero le dio pereza, así que las dejó seguir hablando.

— ¿Y qué? ¿Nacer en Estados Unidos me quita lo mexicana, aún cuando mis papás son de allí? —

— ¡Pero si tienes mucha suerte, eres gringa! — Le tenía mucha envidia a su prima Josefina, vivía en un país genial, mientras que ella tenía que estar en un lugar que despreciaba y odiaba, en dónde la violencia y la pobreza estaban al orden del día. Springfield, aunque no destacaba mucho, era muy opuesto a lo que estaba acostumbrada a ver, y mucho mejor en su opinión.

Esas palabras que dijo Emilia le dolió mucho a Josefina que le gritó esto, mientras le entraban ganas de hacer un berrinche. — ¡No soy gringa, sino mexicana! —

Al ver que casi iba a hacerla llorar, Emilia dio un gran suspiro, diciéndose que ella no tiene remedio, y decidió ponerla a prueba, con la intención de abrirle los ojos: — Entonces, ¡muéstralo! —

— Eso haré y te arrepentirás. — Lo dijo con toda la confianza del mundo.

Mao, que oyó toda la conversación, lanzó un suspiro al ver que Josefina iba a hacer otra de las suyas.

Tras eso, los tres llegaron a la casa de Mao y la prima y supuesto rival, fue presentada por todos. Esas dos volvieron a casa, sin mencionar o acordarse de aquella pequeña discusión. El chino se sintió un poco aliviado, al ver que Josefina no iba a demostrar que era una mexicana al cien por cien. No entendía por qué le importaba tanto sentirse así, ni menos que fuera capaz de hacer cualquier tontería solo para demostrarlo.

Porque, tres días después, esas dos volvieron a la casa de Mao, repletas de bolsas con comida y dispuestas a realizar una prueba a Josefina. Éste, tras saludarlas, las preguntó, mientras sacaban lo que trajeron, sin ni siquiera pedirle permiso al dueño de la casa, como si fueran su propio hogar.

— ¿Qué queréis hacer? — Les preguntó Mao, algo molesto. Los demás que estaban en el salón también se preguntaban lo mismo que él. Clementina, que tenía a su hija dormida en sus piernas, les hizo la misma pregunta y Jovaka, que estaba en un rincón del salón, las observaba llena de preguntas.

Emilia, mientras ponía una cara de resignación, les dijo brevemente lo que tenían planeado hacer: — Mi prima quiere comer pozole. —

Todos se quedaron con más dudas que antes, ¿qué era eso del “pozole”? Lo iban a preguntar, pero no le dieron tiempo:

— Les demostraré a todo el mundo lo buen mexicana que soy tomándome el pozole. — Porque Josefina gritó esto, muy segura de su victoria.

— Si no acabas en el cuarto de baño, claro… —Rió por lo bajo Emilia.

Josefina estuvo los días anteriores intentando demostrar que era muy mexicana, siendo todos sus intentos un fracaso y siendo la burla de todos. Al final, solo demostró que lo único que tenía era su gusto por la lucha libre y los tacos. El pozole era su última oportunidad para salvar su orgullo y darle una lección a su prima.

Mao miró los ingredientes que trajeron, que no eran poca cosa. Habían traído maíz precocido, ajos, chile mirasol, carne de cerdo, jitomate, oréganos, cominos entre más cosas. Razonó que el pozole era una especie de plato típico de México, demasiado condimentado a su parecer.

Clementina les preguntó qué era eso del pozole, y Josefina y su prima lo explicaron, cada una a su manera. Mientras que una lo decía de una forma muy breve y poco precisa, la otra lo alargaba al máximo y apenas se le entendía por lo rápido que lo decía. Al final, ella pudo entender, algo mientras acompaña a Emilia a su cocina, después de que ésta se los pidiera.

— ¿Y sabes hacer esto? — Le preguntó Mao, mientras le traía todos los ingredientes a la cocina. Se lo decía, porque temía que quemase su comida o algo parecido.

— Mi mamá me lo enseño. — Eso le dio ella como respuesta.

Mao desconfió un poco, pero decidió confiar su cocina en ella, al final.

La preparación del pozole se convirtió en todo un espectáculo, todos observaban cómo preparaba Emilia ese plato extranjero, preguntándole cientos de cosas a la pequeña cocinera, que apenas podría contestarles algo decente. Mientras tanto, Josefina estaba haciendo flexiones, preparándose para la comida. Y tras más de tres horas y media de preparación, estaba listo para ser consumido.

Tras ponerlo sobre la mesa, todos se sentaron a su alrededor, deseosos de tomarlo. Después de ver cómo se preparaba, tenían un hambre de muerto. Entonces, Emilia los advirtió: — Yo no os recomendaría comerlo. —

Todos preguntaron extrañados por qué y ella les dijo con sonrisa maliciosa:

— Solo los mexicanos pueden soportar el pozole, los extranjeros que lo intenten devorar recibirán la “venganza de Moctezuma”. —

— ¡¿Venganza de Moctezuma, en serio!? ¡¿No estarás en broma!? — Añadió, con gesto de terror Clementina.

— Bueno, no es algo literal. Pero si no están acostumbrados a comer pozole, tu estomago no podrá soportarlo. —

Mao se preguntó si eso era verdad, porque le parecía muy exagerado, mientras Clementina se le quitaba las ganas de probarlo y le obligaba a su hija que no lo probará. El chino, por el contrario, le pidió a Emilia una ración:

— ¡¿Estás segura!? —

— ¡He probado comida india muy condimentada, creo que lo podré soportar! — Le respondió Mao, mientras se le caía la baba.

Josefina, por su parte, le pidió a su prima una ración, después de llenarse de valentía. Esta se lo puso en el plato y ella tragó saliva, mirándolo fijamente. Era su segunda vez en comerlo y recordaba como acabó tras ingerirlo y no se atrevía. No quería tener diarrea y vómitos por toda una semana, no quería sufrir otra la venganza de Moctezuma. Cerró los ojos y con valentía empezó a comer.

— ¡Qué aproveché! — Añadió Mao alegremente, antes de introducirse el primer bocado en la boca, sin saber lo que esperaba.

Al unísono, las dos notaron cómo de picante era en pozole, tanto que parecía que iban a expulsar humor por las orejas. Mao, que jamás creyó haber probado algo así, a pesar de los miles de platos de curry picante que había ingerido; gritó como loco que eso quemaba un montón y les pedía a los demás desesperadamente agua.

— ¡¿Lo dije, no!? — Añadía Emilia con mucha malicia.

Josefina, quién deseaba también desesperadamente agua, resistía las ganas y empezó a devorar el plato, mientras se animaba a sí misma, diciéndose una y otra vez que ella podría hacerlo, que era mexicana de verdad. Se concentraba tanto en poder aguantar el ardor y terminarlo, que estaba dejando a todo el mundo boquiabierto. Hasta la fecha, jamás la vieron tan seria como estaba en esos momentos. Esa seriedad le preocupó un poco a Mao, no era normal la obsesión que tenía Josefa por ser una mexicana.

— Increíble, se lo está comiendo todo. — Soltaba Emilia, totalmente sorprendida, no se esperaba para que nada que estuviera comiendo todo el plato. Creía que ni iba a durar después de cinco bocados.

Con cada bocado que tomaba, las ganas de escupir la comida y beber desesperadamente agua aumentaban. Para evitar eso, iba cada vez más rápido, tanto que no le daba tiempo a masticar y casi se iba a ahogar. Las caras que ponía ella mientras intentaba terminárselo, provocaban que todo el mundo, incluso Emilia, le dijeran a Josefina que se lo tomará con calma. Pero ella no los escuchaba, estaba tan concentrada en terminarlo que se había olvidado del mundo entero. Y al final, terminó.

— ¡A-agua! ¡Por favor! ¡Agua! — Eso lo primero que dijo una Josefina cuando terminó que intentaba aliviar el ardor de su boca, moviendo sus manos.

Y así Josefina pudo haber demostrado que era muy mexicana, si no fuera porque recibió la maldición de Moctezuma y estuvo con diarreas y vómitos el resto de la semana.

FIN

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La Muerte de la Zarina, cuadragésima octava historia

Yo, es decir, Marie Louise Lafayette, conocida por estos lares como “La Luisiana”; reconozco y me enorgullezco de haber matado a Sajonia Von Schaffhausen, la Zarina y ésta es la historia de cómo la vencí.

Conseguí que la aldea donde estoy me aceptara como líder, algo fácil, ya que les metí mucho miedo en el cuerpo. Todas esas risas de idiotas que decían que yo no iba a ser la jefa porque era extranjera y mujer, entre otras excusas, fueron calladas. En ese momento mandaba y era la máxima autoridad de ese pueblucho, y como gobernante que se precie me llené mis comidas de las cosas más lujosas posibles. Así estaba tres días después, tomando vino del bueno y carne de vaca en la mesa del despacho. Sabía a pura gloria, mi vida se había vuelto hermosa.

— ¡Busca más vino, Cammi! — A quién ordené esto, después de tomarme una copita, fue a una perra que se trajeron las zorras esas de las Shaffhausen, Cammi Cammi Zoliars o algo así, ¡vaya nombrecito tiene la muy hija de puta! En fin, esta tipa la utilizaron para espiarme y comunicarles lo que hacía yo. De eso me enteré hace tiempo y no sé cómo no la maté, pero la deje vivir, porque es una cagona y hace todo lo que yo quiera. También ha sido una de las personas con que más he intimado, ¡se me olvidó! Ella también fue mi traductora, aunque habla mi idioma de una forma horrible.

— ¡Tú, Zvezdá Krásnaya, cuéntame un chiste! — Esto se lo dije en su idioma a la otra que estaba conmigo. ¡Y es un monstruo de tía! ¿Por qué? Es que es grandísima para ser una chica, debe medir más de 1’70 o incluso mucho más, seguro. Creo que debe ser la cosa más alta de la aldea, porque todos a su lado son unos putos enanos. Aparte de eso, y de ser la burla de todos por su gigantesca altura, sus padres acogieron a la Cammi y esas dos duermen juntas. Creo que deben ser tortilleras.

Dejando a un lado a todo esto, no se le ocurrió ninguno y no contó nada hasta que la otra trajo el vino. Mi idea era beber hasta emborrachar.

Celebrar que estoy en el poder, tras meses de cuidar putas ovejas, y que en mi vida jamás había sido más agraciada.

Mientras tomaba el dulce néctar de los dioses, miraba lo que había conseguido. Mi despacho, que así lo llamo yo porque me da la gana, era hermoso, digno de un líder de un pueblucho. No solo eso, sino toda la casa, lujosa para los estándares de estos putos. Pieles de osos en paredes y en el suelo como alfombras, una chimenea al fondo y en una esquina una mesa con una madera buena traída del exterior, algunas cosas raras, así era mi trono. Todo estaba bien hasta que apareció la bruja de la Zarina.

¿Cómo apareció ella? Pues primero escuché unos molestos sonidos que procedían del exterior. Tanto la Zvezdá como la Cammi como yo nos quedamos pensando de dónde procedía. Luego, empezó los gritos de los aldeanos que intentaban decir, en su idioma, claro; que la Zarina apareció.

Esas dos se pusieron nerviosas y fue, entonces, cuando la puerta se abrió en par en par con una fuerza muy violenta. En verdad, fue rota por una patada, por la de esa chalada, que se fue a por mí directamente. Parecía que me quería golpear algo y me acojoné, en serio. Las dos chicas se abrazaron por puro miedo. Esa tipa, sonriendo como si fuera un malo malísimo de una película, me miró durante unos segundos y eso no me tranquilizaba. Tras perder el tiempo así, por fin dijo algo:

— ¡Ah, la negrita! ¿Cómo te llamabas? ¿Blancanieves? ¿Lapaleta? ¿Lafelle? — Era obvio de que esa puta se estaba burlándose de mí.

— ¡Soy Lafayette! — Le dije eso con todo el desprecio y esa zorra se río de mí.

Entonces, empezó a mirar por todos lados para decir esto: — ¿Por cierto, dónde está el jefe de la aldea? ¿Y qué haces tú ocupando su lugar? —

— Pues se ha jubilado, Mi Zarina. — Eso le respondí a la Zarina, irónicamente.

— Pues me ha dicho un pajarito que el pobre murió hace poco y tuvo una muerte terrible. — Y ella me soltó esto, a continuación.

Obviamente sabía que se iba a enterrar pronto o temprano de que lo mandé a paseo, pero aún así intenté que esa noticia no saliera del pueblo.

Por eso los amenacé a todos, y sobre todo a esas perras de Cammi y Zvezdá, diciéndoles que no dijeran nada o les cortaría la cabeza. En ese momento, recuerdo que las miré de mala leche y ellas con gestos y señales intentaban decirme que no habían hecho nada malo. La puta Zarina, siempre con su puta actitud de superioridad, seguía hablando. Yo sólo le dije que tal vez tuvo un pequeño accidente.

— ¡Ah, sí! Cuando encontraron su cuerpo, en el río cerca de la capital, tenía un agujero de bala en la cabeza. ¡Todo muy natural! — Y se rió otra vez, como si fuera un chiste.

Maldije a la naturaleza y estaba rabiosa. Pensaba que el cuerpo se iba a quedar allí, pero el agua lo arrastró hasta cerca de dónde ella vivía. Se me olvidó que todos los putos ríos del Zarato se unían en uno que atravesaba la capital del maldito reino.

— ¿Qué quieres? — Se lo dije directamente, sin tapujos.

— ¡Pues investigar y juzgar sobre este horrendo crimen, después de todo soy la justicia! ¡La jueza del Zarato! ¡La Zarina! — Se lo tenía muy creída esta tipa y pues eso me puso de peor humor. Deseaba profundamente golpearla sin parar hasta abrirle los sesos y dejarla irreconocible.

A continuación, se puso a hablar de por qué no la recibí como merecía y le dije que ni siquiera había avisado. Entonces es cuando me enteré que algún puto me escondió la carta sobre que ella iba a venir. También me mencionó sobre el resto de la familia del antiguo jefe y tuve que inventarme una horrible excusa para no decirle que los expulsé del pueblo. Durante toda la charla no dejaba de hablar como si fuera un dios, con esa odiosa mezcla de burla y superioridad.

A la tarde, tras salir ella a cazar sola, busque quién era el culpable de no haberme avisado de esa horrible visita. Y empecé por esas dos idiotas, Cammi y Zvezdá, primero las mande a que no salieran del despacho y les pregunte con toda la rabia del mundo esto: — ¿Quién de vosotras sabía lo de la Zarina? ¿Quién? —

Y di un golpe muy fuerte en la mesa, haciéndolas temblar de miedo, tanto que parecía que se iban a mear encima. Ninguna dijo nada y tuve que dar otro golpe y decirles que lo dijeran de una puta vez.

Se quedaron de silencio de nuevo y tuve que emplear más violencia, tirando de una patada la mesa. Por fin una de las dos se atrevió a decirme a algo.

— Y-yo…fui… — Decía esa perra de Zvezdá en su idioma, mientras le temblaba la lengua sin parar. — la q-que…que se le olvido decirle eso. —

Se puso delante de la Cammi, alzando los brazos como si quería protegerla. La otra estaba, paralizada, miraba a su compañera. Obviamente, sabía ya quién era la culpable. Así que me acerqué a ellas poniendo mi peor cara de enfado y haciéndolas creer que las iba a reventar la boca. Algo que no haría en realidad porque los putos de la aldea se pondrían contra mí.

— ¿Q-qué va hacer, Lusiana? — Me preguntó aterrada Zvezdá. No dije nada, solo la empujé para quitarla del medio e irme a por la Cammi. Está temblaba, con solo al verle, y dio unos cuantos pasos hacia atrás hasta tocar la pared. Mientras ejercitaba mis músculos para dar la impresión de que la iba a zurrar de lo lindo, ésta confesó, suplicándome con lágrimas en los ojos,  que no le hiciera daño:

— ¡Fui yo, Luisiana! ¡Pero perdóname, por favor! ¡Yo no quería hacerlo, de verdad! — La otra también me suplicaba que no la hiciese nada.

Entonces, di una fuerte patada contra la pared, a pocos centímetros de su cara mientras le decía esto:

— ¡Te perdono esto! ¡Te la perdono! ¡Pero que no ocurra otra vez! ¿Entendido? — Se lo dije más claro más claro que el agua y ella me dijo que sí.

Ella, con la mano en el pecho, cayó al suelo y estuvo un buen rato así, recuperándose del susto. Y de ahí me fui pensando en qué hacer.

Esa versión femenina de Hitler vino para quitarme todo lo que conseguí y mandarme a la mierda de nuevo. Juré por mí misma que eso no iba a ocurrir, yo iba a permanecer en el poder, cueste lo que cueste, incluso mataría por eso.

Eso último que pensé me dio una idea arriesgada y loca, pero que si lo conseguía podría ser la hostia. Sonreí mientras pensaba que tendría que matarla. Ya me quité al puto de la aldea del medio, ¿por qué no, a La Gran Zarina? Así, que me puse a dar vueltas por la aldea hasta que cayera la noche, pensando en cómo matarla.

Primero, fue envenenarla, pero no sabía nada de venenos y buscar a alguien que lo sepa, es como proclamar a los cuatro vientos que me quiero cargar a alguien. Lo segundo que me imaginé, era invitarla a un paseo y tirarla por el barranco, pero no veía cómo hacer tal cosa. Mi tercera idea fue el de dispararla, mientras dormía en la cama, pero seguro que la muy puta tenía guardaespaldas y vigilarían el lugar. Entonces, me acordé de aquel plan de asesinato fallido que hicieron contra mí y lo fusioné con la segunda idea. Me pareció perfecto, pasear con ella para enseñarle el lugar de la muerte del viejo mientras otro indio estuviera esperando, a lo lejos, para darle un tiro por la cabeza. Perdí toda la noche pensando en cómo hacerlo.

A la mañana siguiente, me desperté lo más temprano posible y busque algún pobre desgraciado para darle el papel de ejecutador. Primero, pensé en las feas de Cammi y Zvezdá, pero me parecía muy arriesgado, ya que me podrían traicionar y eran unas puras cobardes. Entonces, busqué a un enano, de apenas nueve o diez que conocía y que disparaba de puta madre, algo que comprobé hace tiempo. Estaba en las afueras del pueblo con otros estúpidos.

— ¡Eeeeh, tú! ¡Mohicano o como te llames! — El muy puto llevaba ese peinado o algo parecido. No me hizo ni puto caso y tuve que acercarme y cogerle del cuello.

Los demás salieron pitando mientras le decía esto: —Tengo una tarea pendiente para ti…—

¿Y mientras tanto dónde estaba esa mujer? Pues no apareció hasta bien entrada la tarde. Durante el tiempo que estaba ella ausente rezaba para que se muriese. Entró cargando tres putos osos, ¡osos! Me quedé alucinada. Llegaba al pueblo en un carruaje de mierda cargando tres enormes bestias, muertas mientras los putos celebraban su vuelta como si hubiera ganado la guerra. En verdad, ver eso me quitó un poco las ganas, pero seguí maquinando su eliminación.

Mientras tanto, al bobo ese se lo expliqué todo clarito y le amenacé con coserle la boca y el culo si dijera algo. Tuve que esperar hasta al día siguiente para comenzar mi plan.

— ¡Buenos días, negrita! ¿Cómo te ha ido la noche? — La muy puta me lo decía mientras se sentaba en dónde yo debería estar, la zorra me había robado el sitio, además de que estaba poniendo los pies sobre las mesas.

— Horrible, sabiendo que estás aquí…— Esa fue mi respuesta, y lo dije así para fastidiarla, pero la chalada de la Zarina se río de eso como si fuera un chiste.

— ¡Que poco respeto tienes hacia la mayor autoridad! — Me dijo esa puta y yo, que deseaba decirle que a mí la autoridad me importaba un pepino, le dije otra cosa, comenzando así mi plan:

— ¿Por cierto, no habías venido por ver la escena del crimen? ¡Algunos aldeanos me han confirmado que vieron eso y te lo quiero enseñar! —

No me esperaba que aceptara ir conmigo tan pronto, pensaba que no iba a caer tan tontamente en la trampa. Con eso en mente, me reía de ella mentalmente en su cara sin saber que el resultado iba a ser muy distinto de lo esperado. El lugar del magnicidio era a mitad de camino, cuando estábamos subiendo por una ladera de una montaña. Sitúe al chaval encima de unas rocas, no muy lejos de ahí y que estaban sobre nosotras, obviamente. Cuando yo llegué ahí, empecé a mirar por todas partes sin que esa zorra se enterase y al verlo, di una señal, hice como si me doliera el pie de tanto andar y le dije a la perra de la Zarina:

— ¡Oh dios! ¡Como me duele el pie! ¡Ayayayayaya! ¿Podemos descansar? — Eso le decía mientras me agachaba.

— ¡Ya te has cansado! ¡Qué blandengue eres! — La hija de puta se estaba burlando de mí, pero en ese momento no me importaba escucharla, porque yo iba a ser quién se iba a reír la última. Escuché el sonido de un disparo y el cuerpo de la Zarina se cayó al suelo como si fuera puro plomo, mientras  me agachaba instintivamente. Una gran sonrisa de satisfacción cubrió mi cara, me la había cargado y con apenas esfuerzo.

A continuación, me levanté del suelo, gritando de felicidad, y me dirigí al idiota para felicitarlo por el buen trabajo. Y de repente, vi como ese niñato tiró la escopeta y salió corriendo. Ahí me di cuenta que había celebrado la victoria precipitadamente, porque oí un fuerte disparo al lado mía que le alcanzó al chaval y lo hizo tirar al suelo.

Giré mi cabeza hacía mi lado derecho y veía a la Zarina en pie, sonriendo de una forma que me entraba ganas de mearme en los pantalones. Me quedé helada y paralizada, mientras ella se giro para verme y decirme esto: — ¡Qué agalla tienes, Luisiana! —

No me dio tiempo a decir una buena excusa ni a salir corriendo, porque me tumbó de un solo golpe y me hizo desmayar. Cuando desperté me di cuenta que tenía las manos atadas hacía arriba, levantada del suelo y no veía nada, absolutamente nada. No sabía decir cuando tiempo estuve así, pero parecía que habían pasado semanas e incluso meses.

— ¿Cómo estás, negrita? — Tras pasar tanto tiempo así, esas fueron las primeras palabras que escuché. Los putos que me obligaban a comer por la fuerza o me tiraban agua por encima no decían ni una puta palabra. Lo malo es que esa voz era la de esa desgraciada de la Zarina.

— ¡Hija de puta, suéltame! — Eso le grité y le dio tantas risas que estuvo un rato sin parar.

— Me parece que tan mal no estás… — Eso dijo, ¡dijo que le parecía que no estaba tan mal! Estaba desnuda, encerrada en un lugar durante demasiado tiempo, atada y levantada del suelo. Me obligaban a comer y me echaban agua, ¿y cree que tal mal no estoy? Tenía ganas de golpearla y así se lo dije.

— Deseo arrancarte la cabeza, abrir tu estomago y saca tus intestinos para meterla ahí, luego cortarte brazos y piernas y tirarlo al campo para que se lo coman los lobos. — Se puso a reír de nuevo la muy hija de puta.

— ¡Qué gran imaginación tienes Lafayette! ¡O Luisiana! ¿Sabes para qué he venido aquí? — Eso me decía, mientras se burlaba de mí.

— ¿Qué quieres? ¿Jugar a las adivinanzas? — Le grité.

— He venido aquí a darte lo que quieres, ¡deseas matarme, entonces, yo te doy la oportunidad! —

Yo me quedé flipando en colores, pensando que se le fue la olla.
Pensé que era una burla, porque nadie normal haría eso. Se me olvidaba de que esa mujer era de todo menos eso. En fin, tras decir ella eso e irse, escuché y noté cómo me desencadenaban y me hacían dormir con clorofila.

Al volver a abrir los ojos, pude ver que ya no estaba atada ni desnuda ni tenía una puta venda en los ojos. Llevaba ropas hechas pedazos pero que aún se podría utilizar. Mire por todo mi alrededor, parecía estar en una aldea pero una desierta, no veía nadie. Entonces, escuché ruidos y vi algo que jamás pensaría verlo en este extraño lugar llamado Zarato. ¡Un puto tanque! ¡Estaba viendo un tanque moviéndose!

Me pregunté si estaba soñando, me habían metido drogas o algo raro, porque no me lo podría creer. Se paró en mitad de la aldea y de él salió la Zarina.

— ¡Bienvenida, Luisiana! ¡Ya tenemos el escenario listo para nuestro combate! — Me decía.

— ¿Qué coño es esto? ¡Explícamelo, zorra! — Le grité, incapaz de saber que quería hacer conmigo.

— Pues una lucha a muerte. Gana quién mata al contrario, así de sencillo. — Puse cara de plasmada mientras ella sacaba algo del tanque. — ¡Alégrate, mujer! ¡No pongas esa cara! ¡Te he dado la mejor oportunidad que haya tenido un traidor! ¡Matar a su objetivo! Espero que, independientemente del resultado, seas una rival digna para mí. — Mientras me lo decía con toda la tranquilidad del mundo, vi que estaba encajando las piezas de algo. Cuando me di cuenta, era un arma, una maldita ametralladora y tardé en reaccionar.

— ¡Hija de puta! ¡Estás demente! — Gritaba, mientras corría como una loca a esconderme. Me fui directa hacia la primera casa que veía, para poder refugiarme. Una ráfaga de balas me perseguían, mientras la Zarina gritaba de pura demencia. Estaba disfrutando de verme huir como una gallina, mientras aquella mortal lluvia me alcanzaba los talones. Ahí comprobé que estaba completamente chalada. Fue un milagro haber salido ilesa, aunque el ruido que producían hacían sangrar mis pobre oídos.

Cuando pude esconderme, intenté recuperarme. Mi corazón latía a cien, parecía que me iba a dar un infarto. Un sentimiento de horror me invadía todo el cuerpo y me provocaba nauseas.

Esa maldita perra no me dio tiempo a descansar. A los pocos segundos de esconderme, la ametralladora calló y ella gritó a los cuatro vientos, con un tono de euforia bastante aterrador, que me iba a buscar. Yo miré por todas partes si había una puta arma con que defenderme, pero no lo veía, no encontraba que me servía de ayuda. Incapaz de defenderme, decidí buscar otro sitio para esconderme.

Entonces, al alcanzar al muro de la otra casa, ella apareció delante de mí, con una escopeta en la mano.

— ¡No te vas a escapar tan fácilmente! — Tan pronto como dijo eso, se puso a disparar.

Yo salí corriendo y al dar un pequeño rodeo por una casa, me acordé de que podría aprovecharme del tanque y la ametralladora. Fui directa hacia allá, mientras hacía todo tipo de acrobacia para poder esquivar los disparos.

Y ella no paraba de reír, mientras me lanzaba todo tipo de burlas hacia mí. Rechinando los dientes por la ira que sentía, me decía a mí misma que pronto le iba a dar su merecido, que iba a tener más agujeros que un queso.

No sé cómo lo hice, pero alcancé la ametralladora. Di un salto, cogí el arma y le grité esto, mientras le mostraba mi peor sonrisa: — ¡Toma esta! —

Apreté el gatillo, con la esperanza de que una lluvia de balas caería sobre ella, pero no salió nada.

— ¡Mierda, mierda! — Lo decía con mucha desesperación. — ¡¿Por qué, por qué no funciona!? — Mis nervios estaba a flor de piel y mi cuerpo no dejaba de temblar.

Intenté hacerlo funcionar varias veces, mientras miraba de reojo como la Zarina se cansó de dispararme y estaba acercándose a mí, con una tranquilidad pasmosa, como si ya estaba segura de que me iba a eliminar.

Y lo peor de todo es que empezó a cantar una maldita canción en un idioma extraño, parecía como si estuviera invocando al mismo demonio.

Roti Rösli im Garte,
Maieriesli im Wald
Wänn de Wind chunt choge blase
so verwelked si bald.
Chlini Fischli im Wasser,
grossi Fische im Meer
Hei lueg wie si gumped
und schwümed juhee.
Liebi Sunne chum füre,
liebi Sune chum bald
Das mir chönd go spaziere
über Wiese und Wald.

A pesar de que se oía como si fuera una canción infantil, me estaba dando auténtico pavor. Ahí es cuando vi que la ametralladora no tenía balas y estaba cometiendo una gran estupidez. La Zarina, que seguía cantando, estaba a cinco metros de mí, apuntando a mi cabeza. Giré hacia al tanque y me monté en él, mientras me insultaba por no darme cuenta de que podría utilizarlo. Al estar ahí dentro, note un olor desagradable y un montón de sacos, de algunos sobresalía polvo de color negro, o eso parecía. Entonces esa perra me hablo:

— ¡Adivinanza, adivinanza! ¿Qué pasará si disparo hacia el tanque? Una pista sería que podrías volar por los aires. — Luego, se hizo la pensativa. — ¡Vamos a comprobarlo! — Y empezó a contar números, como si fuera la cuenta atrás de una bomba. En ese momento me di cuenta de que tenía que salir de ahí.

Salté de ahí y volví a correr a toda velocidad. Aunque tardé demasiado, ya que, al alejarme a  seis o siete pasos del puto tanque, ella disparó y en dos segundos la bala alcanzó su objetivo y eso explotó. Salí volando por los aires para terminar en el suelo toda dolorida. Todo mi cuerpo estaba lleno de heridas por culpa del rozamiento del suelo.

A pesar de sentirme como si me hubiera atropellado un coche, mi instinto de supervivencia me decía que no era para quedarme en el suelo. Me levanté de golpe, provocándome más dolor, pero intenté ignorarlo. Tenía que salir corriendo como fuera.

— ¡Me estás decepcionando mucho! Pensaba que me ibas a dar más guerra…—

Entonces, ese puto monstruo, al verme salir corriendo, me dijo esto. Más o menos, fue eso lo que escuché, ya que la explosión me había atorado los oídos. A continuación, me empezó a seguir poquito a poco, pensando que su presa estaba muy debilitada.  Me daba tanta rabia que ella me estuviera tratando como si fuera un ciervo que quería cazar y que viera esto como si fuera parte de un espectáculo para satisfacerla. Esto ya era enfermizo.

Me escondí en una casa, caí al suelo intentando descansar del cansancio e intentaba pensar en cómo salvar mi vida. No iba a permitir morirme cuando todo me iba muy bien, cuando por fin disfrutaba de algo, de tener poder. He hecho grandes sacrificios y lo peor sería que todo fuera en vano. Por eso sabía que la única manera era matarla, ya que huir no serviría de nada, ¿pero cómo? Mientras intentaba pensar, ella, allá fuera, empezó a hablarme.

— Y yo pensando que por fin había encontrado a alguien digno de enfrentarse a mí. Eres igual que todos los conspiradores con lo que he tratado. Siempre intentaban matarme por la espalda, nunca por delante y cuando les doy la oportunidad solo huyen y huyen. — Me entraba ganas de decirle que era bien obvio, ya que no les dejaba nada en su puto favor. Ella había usado una ametralladora, una escopeta, pólvora e incluso un tanque y yo no tenía nada con que defenderme.

— Es igual que luchar con un animal. Pensaba que tú serías capaz de enfrentarte cara a cara contra mí y me dieses problemas. — Lo decía con un tono de desilusión. Me mordí la lengua, me entraba unas ganas de gritarle que le iba a dar el problema de su vida.

En ese momento, decidí lanzarme de cabeza. No tenía nada en mente, pero aún así lo haría. Me dije mentalmente que fuera lo que Dios quiera, aún cuando no creía en él. Iba a demostrarle a esa perra que estaba equivocada y eso le iba a salir caro, lo pagaría con su vida, o eso esperaba y deseaba, porque si no yo iba a ser la que lo iba a pagar con la muerte.

Entonces salí de la casa y me dirigí hacía la zorra, gritándole esto: — ¡Te voy a dar lo que te mereces, maldita loca! — Lancé un puñetazo a su cara con todas mis fuerzas, yendo a la velocidad de la luz.

Aún así, ella ni se inmutó a detenerme y se dejó golpear. Le di bien fuerte, pero no le hizo nada de daño, su piel parecía acero. Ella empezó a reírse como la loca que era, mientras yo intentaba aliviar mi mano dolorida por el golpe. Al ver que su ataque de risa no paraba, aproveché ese momento y le di una patada en el estomago que la hizo caer y tirar la escopeta. Con total velocidad, lo cogí y me alejé bastante de ella. Ella se levantó y siguió riéndose, eso ya era demasiado perturbador.

A continuación, me puse en posición de disparo. Si, ya sé que sería mejor haberlo hecho cuando estaba al lado suya, pero era demasiado peligroso. En todo caso, le disparé. Pero ella siguió riéndose, mientras esquivaba la bala con naturalidad, como si fuera el pan de cada día.

— ¡Bien hecho, mujer! ¡Por fin te has animado! — Esto me dijo cuando terminó de reírse.

No perdí más. La disparé una segunda y tercera vez, pero ella los esquivo de nuevo y se acercaba hacia mí, sonriendo macabramente. La Zarina estaba a cinco metros cuando le disparé por cuarta vez y se quedó quieta, tras esquivar la puta bala como si fuera un personaje de Matrix. Comprobé rápidamente el porqué. Mientras me había quedado sin balas, de su falda se sacaba una puta ballesta y flechas. Cuando me di cuenta, ya me iba a disparar todo a una velocidad increíble, como si ella fuera el Lucky Luke ese. Entonces me lanzó una flecha y la esquivé por los pelos. Luego de eso, me dijo esto:

— ¡Qué suerte has tenido! Un poco más y se te había hecho una herida… — Eso decía, mientras miraba a la ballesta con una sonrisa burlona hacia mí. —…que con solo mezclarse con la sangre te mataría en veinte segundos. Es un buen veneno, ¿sabes? — Los pelos se me pusieron de punta, no podría asimilar lo que había escuchado.

A continuación, La Zarina dejó de parlotear y me disparó otra vez. Ahora que yo sabía eso, corría más que nunca, preguntándome si había algo de cordura en esa persona. Ni siquiera la podría considerar así, eso era un monstruo con cuerpo humano.

— ¡Vamos, Luisiana! ¡No huyas de nuevo, enfréntate a mí! ¡Mátame, atrévete a matarme! —

Mientras me perseguía, no dejaba de repetirme aquello. ¿Pero, cómo iba a hacer algo semejante cuando esa chalada tenía una puta ballesta con flechas venenosas? ¡Joder!

Yendo en zig-zag, cayendo al suelo y levantándome a toda velocidad, esquivando cada maldita flecha que me lanzaba, corría sin parar, sin saber a dónde me dirigía, solo tenía en mente alejarme de La Zarina.

Y salí de ese pueblo abandonado y seguí por un prado, mientras veía como caía el atardecer. Yo deseaba que llegara la noche y así esconderme o hacer un plan para eliminarla pero al final me encontré en un callejón sin salida, estaba al borde de un puto precipicio. Miré al fondo y eso estaba muy profundo, nadie podría salir vivo de ahí si caía.

— ¡No me jodan, no me jodan! ¡No me pueden hacer esto! — Gritaba llena de desesperación, al verme condenado.

Y la escuchaba a lo lejos, cantando la misma canción, mientras se acercaba poquito a poco hacia mí, con la sonrisa más horrible que había visto en toda mi puñetera vida. Estaba entre la espada y la pared, entre el precipicio y La Zarina. Sudaba como un cerdo, mientras pensaba que no tenía salida, que me iba a morir y de esa forma. Apenas tenía esperanzas, pero no quise aceptar este destino.

No lo iba a hacer, sin antes luchar, por lo menos. Así que me puse desafiante, la miré con toda mi furia y me dirigí hacía ella.

— ¿Ahora vas en serio? — Me preguntó con esa enferma sonrisa.

— ¡Jódete, Zarina! — Le dije con todo mi odio y desprecio, mientras preparaba otra vez mi puño para partirle la cara.

— ¡Las señoritas, primero! — Entonces, me lancé hacia ella. Al esquivar ella mi puño, di un paso para atrás rápidamente, pudiendo evitar un golpe directo a mi cabeza. En ese momento, vi que en la mano de esa perra llevaba una hoja de acero. Con tal cosa no solo me rompería la cara, sino que me la atravesaría. Y aún había más sorpresas. Luego, me tiró al suelo con una patada en mis rodillas y me salvé de milagro de recibir un pisotón en la cabeza, al rodar unas dos o tres veces. Al levantarme, estaba delante de mí e intentó de nuevo partirme la crisma.

Lo paré con mis propios brazos y entonces me di cuenta que tenía también cuchillas que sobresalían de los zapatos, ¡y que estaba a pocos centímetros de mi cara! Ahora luchaba para evitar que me los clavara y veía una verdadera sonrisa diabólica en su rostro. Casi iba a creer que el Satanás ese existía y era esa mujer. Por fin entendí que no exageraban esos indios cuando hablaban de ella, era o una enviada de Dios, un demonio, un monstruo o lo que sea, pero no era nada humana.

Tuve que sacar todas mis fuerzas para empujarla y hacerla caer. Entonces, busqué la escopeta, porque me di cuenta de que tenía un buen cuchillo al final del cañón y tuve un plan.

Salí corriendo hacia el arma como podría, esquivándola como podría. Al cogerlo, ella me dio una patada en el estomago que me hizo volar. Por suerte, me lo dio con la otra pierna, que parecía que no tenía cuchillas; y no solté el arma.

— ¡Al fin, al final, esto está siendo divertido, por fin un desafío! — Ella ya estaba enloqueciendo. — ¡Luisiana, vamos a hacerlo mucho más interesante! — Lo que menos me gustaría oír de su boca, más sorpresas horribles.

A continuación, de sus brazos salieron, como si de magia se tratase, afiladas cuchillas de casi cinco centímetros. Ya era el colmo del absurdo, me dejo tan tocada que provocó que soltara un comentario.

— ¿¡Eres un cyborg o qué!? — Grité consternada.

Entonces, ella se paró por un momento. Parecía como si su cerebro hubiera tenido un cortocircuito al oír eso.

— ¿¡Qué quieres decir co…!? — No perdí ni un segundo y aproveché el momento.

No le dio tiempo a protegerse y le penetré la escopeta en el estomago, haciendo fuerza para que saliese por el otro lado. Mientras me llenaba de sangre real, ella dio unos enormes gritos de dolor que daban pura gloria y que se oyeron por todo el valle. De su rostro consternado, escupía sangre como si fuera una fuente.

Pero, aún así, la hija de puta siguió moviéndose,  me atrapó el cuello y empezó a ahogarme con muchísima fuerza.  En cuestión de segundos, pedía desesperadamente aire. Y lo más increíble es que me cogió y me levantó del suelo y empezó a caminar con la escopeta atravesándola el interior, yendo hacia al abismo. La Zarina no era de este mundo, a pesar del dolor que debía sentir y con la cantidad de sangre, era capaz de hacer algo así.

Con la mirada borrosa, echando saliva como si me hubiera contagiado de la rabia, yo empecé a mover mis piernas de un lado para otro, de forma desesperada. Eso me salvó, porque le di una patada en toda la herida y la hizo caer al suelo, al igual que yo. Estábamos a pocos centímetros del barranco. No me di tiempo para recuperar aire, al ver su cuerpo tirado en el suelo, me levanté como pude y le di una patada en todo el hocico que la mando para abajo. Entonces giré hacia al otro lado, incapaz de creerme lo que había hecho.

Había conseguido lo que ningún indio pudo hacer desde la fundación del Zarato, matar a la Zarina. Una felicidad de victoria me empezó a invadir, conseguí lo imposible; sin saber que aún no había terminado.

— ¿¡Pero,…!? — Entonces que algo me había cogido la pierna. — ¿¡Qué…!? — Y me empujo hacia al barranco, mientras lanzaba un chillido.

Me aferré con todas mis fuerzas al borde y miré hacia lo que me estaba tirando al vacio. Sin ninguna lógica, sin ningún tipo de sentido o explicación racional, esa puta de la reina me había cogido de la pierna y estaba haciendo todo lo posible para que cayera con ella. Intentaba zarandear su propio cuerpo para desequilibrarme, mientras me decía esto:

— ¡Felicidades! ¡Felicidades! ¡Has conseguido lo imposible! No me arrepiento de nada… — Poco a poco esa voz estaba apagándose. — D-dios me salve en s-su gl-glori…He ten…buena v-vida…G-gracias por este esplen…c-combat…— Y se calló y me soltó, cayendo por el desfiladero en silencio. Parece ser que gastó su último aliento en hacer eso.

Por fin  pude subir y lo primero que hice fue alejarme lo más rápido del barranco, todo lo que pudiera, hasta tocar una pared rocosa. Me quedé en blanco, respirando e inspirando como ni hubiera mañana, incapaz de entender lo que me había ocurrido. Tardé bastante en poder reaccionar.

Entonces, me rompí, definitivamente. Empecé a reír a todo volumen como si me hubiera vuelto loca. Estaba teniendo una extraña sensación. Había escapado de la muerte y había matado a un monstruo, ¿cómo no podría estar más feliz? Lloraba de pura felicidad, mientras alzaba las manos y miraba el cielo de forma muy perturbadora. Ignoraba un terrible y monstruoso dolor que invadía todo mi cuerpo, a la vez que me meaba encima por la emoción.

FIN

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La Paranoia Canadiense, cuadragésima séptima historia

Un buen día, mientras Mao miraba por la televisión un documental sobre aliens en plena tarde; su empleado Leonardo le llamó, porque alguien quería hablar con él. Clementina, con su niña durmiendo plácidamente, le entró curiosidad y se fue al pasillo para observar desde allí quién estaba en la tienda. Un policía. Al ver a esa sorpresa desagradable, volvió hacia atrás y se escondió en su habitación. Pensaba, sin ningún indicio, que el agente de la ley la estaba buscando y decidió esconderse hasta que se fuera. Así, se agachó y empezó a contar ovejitas para pasar el tiempo, temblando de miedo ante la posibilidad de ser encontrada.

El policía en cuestión parecía ser un novato y joven. Llevaba puesto su uniforme y su pelo de color verde lo hacía muy llamativo. Mientras la canadiense estaba escondida, le estaba hablando a Mao en la tienda:

— ¿Sabes algo más respecto sobre la desaparición de Marie Lafayette? ¿Alguna cosa más? —

— Ya dije todo lo que sé, hombre. Y dos veces, ya. ¿Por cierto, cómo va su papá? — Mao le hablaba de esa forma tan poco formal, ya que conocía al policía y sus familiares desde hace tiempo.

— Pues sigue dando guerra, aún a pesar de jubilarse. Pero, en serio, no se ha encontrado ni una mísera pista sobre el paradero de esa chica, que fue amiga tuya además, y el caso está en un punto muerto. Si encuentras algo útil, llama enseguida, por favor. — Eso le respondió el policía.

— Primero, no es amiga mía. — Le dijo tajantemente al policía, quién le dijo que vale, y luego le dijo más cosas:

— Segundo, ¿Cómo va eso? ¿Lo del tipo que dejo a mis amigas en mitad en mitad del bosque? ¿Han detenido al capullo ese? —

— Ah, sí. No te preocupes, estamos en ello. ¡Todo se andará! — Eso le respondió el policía amistosamente.

— Más les vale. — Le dijo con un tono algo amenazante.

Siguieron hablando de otras muchas cosas, todas banalidades, durante un buen rato, hasta que el policía se marchó y Mao volvió a su salón. Cuando se acostó, para seguir viendo la televisión, escuchó las palabras de una Clementina que se escondía detrás de una puerta.

— ¿Se ha ido? — Le preguntó, Mao le dijo que sí y entonces le hizo otra pregunta:

— ¿Porqué ha venido, Gerente? — Quería saber por qué un policía había entrado en la casa.

— Pues por la desaparición de alguien, y ya está. — Esas palabras que dijo Mao como si no fueran la gran cosa, hicieron retroceder dos o tres pasos a Clemetina, completamente aterrada, mientras miles de recuerdos aparecían en su mente. No quiso preguntar a quién buscaba, pero creía que era a ella, ya que desapareció hace unos años.

Su mente se llenó de preguntas, cómo si ya la habían localizado, si la estaba buscando y qué debería hacer. Sobretodo esa última. Al rato se le olvidó todo esto y su vida continuó como siempre, o eso pensaba, porque se encontró con el mismo policía dos días después, mientras ella volvía del supermercado. Fue al lado del parque, mientras estaban arreglando los baches de la calle, con él llevando ropa casual.

— ¿Tú eres la prima del empleado de Mao Shaqui? — La llamó y está se congeló del miedo, ya que pensaba que él no la conocía.

No sabía que Mao habló mucho de ella y al desconocer esto, creyó aún más que ese policía la estaba investigando y no sabía qué hacer, si huir o otra cosa. Al ver ella que estaba tardando mucho en responder, tuvo que decir que sí nerviosamente.

— Ah, vale. Recuérdale a Mao que si tiene algo importante que decirnos que lo diga, ¡no te preocupes, ella sabrá lo que te habré dicho! — Tras decir eso, soltó unas risas y le dijo además:

— ¡Y espero qué hayas tenido una buenas compras! —

Eso solo la puso más alterada. Después de que se fuera, ella se preguntaba cómo sabía aquel policía eso, olvidándose el hecho de que llevaba bolsas repletas de comida encima. Se imaginó que él la estaba siguiendo y ahora mismo se había escondido esperando que ella se moviera. Entonces giró, nerviosa, la cabeza por todas partes y con el corazón a cien, decidió salir corriendo a casa. Llegó, muerta de cansancio con la carrera que hizo, y perdió muchas cosas que compró por el camino. Leonardo le preguntó preocupado qué le pasaba y no le contestó, tampoco le mencionó a Mao su encuentro. Le costó algo dormirse.

Al día siguiente no salió en todo el día, temía encontrarse con el policía. Al segundo no se le olvidó el miedo, pero tuvo que salir porque su niña quería ir al parque sí o sí y Mao, harto del griterío, las echó. Deseo con fuerza que estuviera Josefina para que fuera con su hija y así quedarse en casa. Con terror y siempre mirando por todas partes, se dirigió al parque con pasos cortos y con un sigilo que preocupó a su propia hija.

Tras sentarse en el banco, se alivió profundamente, pensando que no se lo iba a encontrar. Estaba muy equivocada, porque allí, en otro cercano; se sentó el policía, esta vez con su traje, fumándose un cigarrillo mientras descansaba de lo que estaba haciendo. Se dio cuenta ella de su presencia, cuando lo escuchó lanzando suspiros. Tras girar su cabeza y al verle, se quedó paralizada unos segundos para después dar un grito de puro terror. Todos la miraron y él se levantó diciendo:

— ¿Qué ocurre aquí? ¿Quién ha gritado? — Él miró por todas partes, buscando indicios de algo sospechoso, antes de notar a Clementina con el rostro de puro miedo. Al observarla, le preguntó qué había pasado.

— ¡Nada, nada! — Le decía mientras buscaba su hija, la levantaba y se iba del lugar, con todo el nerviosismo del mundo. Al salir del parque, volvió corriendo hacía su casa. Mientras Diana, su hija, le preguntaba sin parar qué le pasaba, su madre le respondió que nada. No pudo dormir, ya que soñó con él.

El sueño trataba de ella andando tranquilamente, a pesar de las voces de ultratumba que le decían cosas inexplicables, por el pasillo de la casa, que se volvía interminable. De repente, salió el policía, más bien, siete como él, que salían de todas partes y que le inmovilizaban los miembros. No paraban de gritarla usando estas palabras:

— ¡Margaret Chamberlain, detenida por…! — No pudo terminar esa frase, porque se despertó. Estaba sudorosa y no dejaba de respirar e inspirar.

Tardó tiempo en tranquilizar su respiración, mientras pensaba aterrada que estaba llegando el momento de la verdad, que no podría huir aún más, porque eso hizo durante tanto tiempo. Por aquel motivo llegó a Shelijonia, buscando un lugar en donde esconderse y que se volvió su hogar, el suyo, el de su hija y su primo. Si descubriesen quién era ella en realidad y su pasado, la canadiense podría perderlo todo lo que tenía y tendría que enfrentarse a un futuro casi imposible de imaginar.

— ¡Por favor, quiero un poco más de tiempo, solo más…! — Con estas palabras rezaba en voz baja. Quería seguir disfrutando de su vida tranquila y feliz, que aún no era la hora para enfrentarse al pasado. No pudo dormir nada esa noche.

En los tres días siguientes apenas salió de casa y al cuarto tuvo que hacerlo, ya que apenas tenían comida en la nevera. Se le ocurrió una idea para no ser vigilada, ya que estaba absolutamente convencida de que le estaban espiando. Tal cosa era disfrazarse y perdió más de media hora buscando y probándose ropa. Mao viendo eso y extrañado por tal comportamiento, le preguntaba:

— ¿Te vas a probar toda la ropa o qué? ¿No crees que esto ya es muy exagerado? ¡Solo te vas al supermercado! — Eso le decía y la canadiense, no pudo darle una respuesta coherente. No podría decirle que iba a salir disfrazada porque pensaba que la estaban vigilando. Mao, su hija y su primo se quedaron sin habla cuando vieron cómo iba a salir ella.

— ¿Vas a salir a la calle? — Le preguntaba Mao. Y no era para menos, ya que llevaba una máscara muy fea, que era una otafuju; unos pantalones que parecían estar hechos con piel de leopardo, muy ridículo; y un viejo jersey hecho polvo. Clementina pensaba que con esto, podría despistar a la policía, ya que pensarían que ella no podría ir tan ridícula. En verdad, dejó con la boca abierta al chino, a su hija y primo, que no entendían porque iba a salir así. La niña pequeña empezó a preguntar si había carnaval.

Y cuando se fue, tras chocar contra otras cosas, Mao le preguntó a Leonardo: — ¿Qué le pasa a tu prima? —

— No lo sé…— Esa fue su respuesta, atónito ante lo que había visto.

Al dar los primeros pasos, Clementina se paró y empezó a mirar por todas partes, no veía a nadie por la calle, ni menos al policía; así que se alivió un poco, pero no se atrevía a moverse, ni un milímetro. Sentía en su corazón el miedo de dar un paso y de que aparecieran policías gritando su verdadera identidad o si uno disfrazado de paisano aparece ante ella y le empezará a preguntar si era Margaret Chamberlain, ya que ese era su nombre real. Se imaginó incluso que sus propios padres se aparecían antes ellas, llorando y preguntándola por qué se fue de casa.

Quería volver a casa y no salir nunca pero alguien tenía que hacer las compras. Así que llenó de valentía para ir a su destino y empezó a dar pequeños pasos, entonces ante ella apareció el policía, saliendo de lo que fue la casa de Jovaka, que estaba a la venta. Los dos se quedaron mirándose fijamente, paralizados antes la sorpresa. La máscara se le cayó, dándole ganas a la canadiense de gritar y más deseos de salir corriendo. El policía, atrapado en una situación tan extraña e irreal, pensó y pensó en un tema para quitarle la incomodidad al asunto y sin saberlo, eligió el peor tema posible.

— ¡Buenos días! — Lo dijo tras soltar unas risas nerviosas, Clementina también hizo lo mismo. A continuación, añadió esto:

— ¿Sabes? ¡Desde hace tiempo tu cara me sonaba de alguna parte, pero no recuerdo de dónde…! ¡Y ahora lo recuerdo! ¡Fue en un cartel de una chica desaparecida en Vancouver, mientras estaba visitando Canadá! ¡Ahahahaha, que cosas! ¿Eh? — Habló y rió nerviosamente.

El policía se quedó muy pensativo al terminar la frase, dijo lo primero que se le habría ocurrido y le había salido mal e incluso forzado, ¿quién empezaría una conversación así? Se arrepintió mucho de decir esas palabras.

Clementina se puso más nerviosa que nunca. Con los ojos y la boca más abierta que nunca del horror y expulsando sudor frio, había llegado a la conclusión de que le habían pillado y salió corriendo a la casa, mientras le gritaba compulsivamente:

— ¡Yo soy esa! ¡Yo no soy Margaret! ¡No lo soy! — Dejó al policía totalmente boquiabierto, preguntándose qué había pasado.

Entró como una loca, y tras chocarse contra las cosas de la tienda y después contra el mismo Mao, que le preguntaba asustado qué estaba ocurriendo; se encerró en su habitación, intentando imaginar que solo era una pesadilla, que todo eso no estaba ocurriendo pero sabía muy bien que todo lo que vivía era real. Pensaba que había llegado ese momento que no deseaba que llegara y no quería enfrentarse a él. Por esa razón, sin saber muy bien el porqué, se ocultó ahí y no quería salir, hasta que la tormenta pasase y poder continuar su vida.

Tras pasar un rato, entró Mao en la habitación oscura y veía a Clemetina, en un rincón, agachada y temblando de miedo. Él pensó que, como era típico en ella, se había obsesionado con otros de sus temores y dio un suspiro muy grande, ya que era muy trabajoso quitarle esas tonterías. Se imagino que la razón por la cual salió a la calle de esa forma tan ridícula y debía ser la misma. Llegó a la conclusión que tendría que intervenir, ya llevaba demasiados días actuando como una loca.

— ¡Vamos a ver! ¿Ahora qué te pasa? — Le preguntó. Entonces ella, con los ojos húmedos, le miró fijamente. Pensó que ya no tenía poco tiempo y que ahora más que nunca, tenía que contarle la verdad, aún si no quería escucharlo. Así el gerente no se llevaría una fea sorpresa. Entonces se levantó y tras inspirar e expirar, se lleno de valentía y le dijo con la cara más seria que tenía:

— ¡Tengo que contarte mi historia! — Mao se quedó con cara de que está diciendo ésta, pero al ver en el rostro de Clementina de que era algo serio, no dijo nada y se puso a esperar. Aunque lo que hubo a continuación, que duró casi un minuto, fue puro silencio.

— ¿Para cuándo lo vas a contar? — Protestó Mao, apenas podría esperar, el suspense lo estaba matando, mientras Clementina intentaba llenarse de valor para contarle la verdad.

— Gerente, yo en verdad… —  E intentó empezar, pero se quedó paralizada, se sentía incapaz de continuar.

— Dilo de una vez. — Le dijo Mao que ya se estaba poniendo de los nervios con tanta seriedad, mientras intentaba ponerse cómodo y eso obligó a ella contar por fin su historia.

— Yo, soy de Edmonton, Alberta y crecí con unos padres maravillosos, aunque nunca estaban conmigo. — Decía esto mientras miraba veía la cara de aburrimiento de Mao y decidió apresurarse. — Pues bueno, llegue a la secundaria y entonces…entonces… — Su cara se puso roja y poco a poco le entraba las ganas de llorar. — Conocí al padre de Diana…—

— ¿Por qué no has empezado por ahí? ¡Cuenta, cuenta! — Le interrumpió Mao, mientras veía que iba a estar interesante. Le entraron ganas de tomar palomitas mientras escuchaba su relato y Clementina siguió hablando:

— Él se llamaba Benjamin Hudson y era…bueno… — Dio un gran suspiro, no quería decirlo, pero tenía que hacerlo. — Era mi profesor de Educación Física. —

— ¿En serio? — Gritó Mao, totalmente sorprendido. No se lo podría creer, parecía que a la canadiense le había ocurrido algo que parecía muy grave. Clementina le tapó la boca rápidamente para luego decirle que no lo gritará tan alto.

Al ver que Mao solo estaba pendiente de escuchar, sin criticar nada, ya que quería entender al cien por cien toda la historia; Clementina ganó un poco de confianza y se sentía capaz de explicárselo todo sin miedo alguno:

— Nos conocimos cuando yo tenía doce años y pues era muy guapo. No me enamoré de él a primera vista, fue cuando me defendió de las burlas de los chicos ante mis pechos. Les regañó, les decía que eso no era propio de unos caballeros, eso de burlarse del pecho de una chica, llamarla “vaca” o “tetona” era muestra de ser idiotas. Recuerdo que así empezó mi atracción por él y con el tiempo, empecé a darme cuenta de que estaba floreciendo algo muy extraño hacia aquella persona. Era amor, pero no me di cuenta hasta a finales de curso. Estuve todo el verano con la esperanza de que me tocará, no fue así. Al siguiente, me tocó un gordo por profesor en vez de él y con el miedo de perderlo para siempre, intenté acercarme y a conocerle mejor, saberlo todo sobre al hombre que amaba. No supe cómo, pero, por varias cosas terminé convirtiéndome en una especie de…bueno…—

Paró, buscando un término mejor que el que iba a decir, para no quedar tan mal. Al ver que se quedó atascada, Mao decidió soltar esto:

— ¿Acosadora? — Dio en el clavo, y le sintió muy mal a Clementina que le dijera eso.

— No quería decirlo así…— Lo decía avergonzada de sí misma y mirando hacía al suelo. — Al parecer, mi amor se volvió un poco obsesivo y…— Rió nerviosamente. —…cuando terminó el primer trimestre, yo ya sabía dónde vivía, cómo eran sus padres, sus gustos y manías y que tenía un perro… ¡Ah, a ese perro le tenía mucha envidia! — Puso un gesto de odio por un momento. — En fin, lo sabía casi todo sobre él y, por suerte, estaba soltero. De ahí que pase a la fase dos y empecé a mandarle cartas siempre anónimas y intentaba siempre pasar la mayor parte de tiempo con él…—

De los cientos de recuerdos que tenía se le apareció uno en especial, que casi la dejó paralizada al recordarlo, que era el momento de su declaración. Fue después de que consiguiera que él aceptara ser su profesor particular, encantado y sin saber las verdaderas intenciones de Clementina. Ella se le confesó cuando terminaron con su clase, cuando se disponía a irse. Fue un beso, con la imagen del atardecer en la ventana, dándole un tono naranja a la habitación. Y solo estaban ellos dos solos.

— ¡Te amo! — Eso le dijo, y así se lo explicó a Mao, cuando pudo salir del bloqueo.

— ¿Y así es cuando hiciste el amor y te quedaste embarazada? — Le preguntó Mao.

— No, idiota. — Le gritó en voz baja, avergonzada mientras le tiraba una almohada en la cara.

— Él intentó convencerme de que lo nuestro era imposible y todo eso pero yo…— Decía Clementina. — Yo no iba a tirar la toalla e insistí y él tuvo que aceptarlo y poco a poco, creo, también empezó a enamorarse de mí. Y al final, acabamos saliendo juntos, con nuestras citas y casi siempre juntos, siempre y cuando nadie más lo descubriera. Pasamos un año así hasta que di un paso adelante y…y…— Le costaba decir eso, porque le parecía tan vergonzoso decirlo que se lo dijo al oído a Mao.

— ¡Ah, entonces empezasteis a hacer cosas pervertidas! — Lo dijo así como así.

— No lo digas tan alto. — Le decía, con la cara extremadamente roja, mientras le zarandeaba.

Mao le dijo que vale y continuó ella su historia: — Bueno, él quería usar “eso”…— Intentó decirle a Mao por señales que se refería al condón, mientras le replicaba que ya lo sabía. —…pero yo, no sé si por estúpida o porque en el fondo deseaba un hijo con él, no le dejé que se pusiera protección, y pues al final, descubrí que estaba embazada. —

— ¿Cómo lo descubriste?  — Le preguntó Mao.

— Pues me estaba poniendo muy gorda, y pues con las ansias y todas esas cosas, hacían que mis amigas bromeaban con que yo tenía un hijo en mi interior. Yo por sospecha compré…bueno, le mande mi primo, comprar esos aparatos que te dicen si estaba embarazada y eso quedo positivo. A lo primero, intenté pensar que estaba mal, pero eso funcionaba correctamente. — Sus ojos se llenaron de lágrimas. — Cuando se enteró, se puso tan mal que se alejó de mí. Me dijo que él había arruinado mi vida. Es gracioso que dijera eso, porque si la gente se hubiera enterado de eso, sería el que saliese perjudicado. Yo era menor y alumna de su escuela, y él mayor, y profesor, además. Si lo descubriesen estaría en la cárcel, tachado para siempre como pedófilo. — Empezó a llorar. — Ahí…a-hí es cuando me dí cuenta que actúe…como una estúpida…y…e-entonces…entonces, él se mato… — Se tapó la cara mientras no paraba de llorar descontroladamente.

Mao no supo que reaccionar, si decirle algo para tranquilizarla, pero solo se le ocurrió ponerse al lado de ella a darle palmaditas en la espalda. Le daba un poco de pena aunque esa historia no le dio mucho sentimiento. Entonces, para consolarse, la canadiense abrazó fuertemente a Mao, mientras le preguntaba si le podrían perdonar algún día. El chino no supo que decir, hasta que terminó el lloriqueo.

— ¡Ah, gracias! ¡Lo siento por esto! —

Le agradecía a Mao, mientras se limpiaba sus ojos de lágrimas. Hacía tiempo que no sentía tan aliviada, que se había quitado un peso de encima. Se alegró de haberle contado la verdad, aunque se olvidó de decirle cómo huyó de Canadá.

— Una pregunta, ¿Alguna vez se te pasó por la cabeza eso de abortar? — Eso le soltó Mao, a continuación.

— Muchas veces, pero después de su suicido el bebé era lo único que quedaba de él, y además ya mate a alguien por mi culpa. —  Lo decía mientras se tocaba su barriga. — Diana es mi alegría, después de todo, y no me arrepiento de que haberla tenido. —

— ¡Qué tonterías dices! ¡Si el tipo se mato es porque lo eligió él! — Eso le gritó Mao y tras tomarse un respiro, le preguntó esto:

— ¿Y cuál es la razón para que me hayas contado esto? — Con esto dicho, Clementina le contó todo el asunto con el policía y cuando terminó, Mao se murió de risa.

— ¿Pero Gerente? ¿Por qué ríe? ¡Esto es muy serio! — Le decía ella, incapaz de entender como le podría ser hilarante lo que estaba pasando.

— Peter Junior — Que así es como se llamaba el policía. — vino en busca de respuestas para la desaparición de Lafayette. Y si últimamente aparece mucho por el barrio es porque está buscando casa por este barrio, o eso dicen. O también porque están investigando la casa de Jovaka por cosas. Bueno, yo qué sé. Pero de lo que estoy seguro es que no te está buscando, es demasiado idiota. — Le decía entre risas Mao. Clementina, molesta, le decía que parase de reír, pero estaba aliviada. Al final, nada grave estaba pasando y podría continuar con su vida. Le dio gracias al cielo por dejarla más tiempo para saborear este presente, del cual disfrutaba con gran felicidad.

Al día siguiente, antes ellos, se presentaron el policía y otra persona, una mujer que parecía tener más de treinta años, que llevaba un peinado muy llamativo; y su cara estaba hasta los topes de maquillaje. Llevaba un vestido elegante de los que usaban en los años veinte. Estaban yendo de casa en casa presentando a la que sería la nueva inquilina de la casa de Jovaka.

— ¡Pues aquí tiene a mi tía…! — Al decir eso, la mujer le pisó el pie y el policía sufrió de dolor, pero no gritó.

— ¡Soy su prima, no su tía! ¡Ahora vivo en la casa de al lado! ¡Esperemos llevarnos bien como buenos vecinos! — Eso dijo aquella mujer, intentando parecer jovial.

— ¡Maldita testigo protegi…ejem, quería decir…! ¡Bueno…nada! — Tras decir eso, empezó a reírse nerviosamente, casi iba a decirles que esa mujer, que no era su tía ni prima, era un testigo protegido por el gobierno.

Mao deseaba que terminaran rápido con su presentación, quería volver dentro, además de que esa mujer no le cayó bien. Leonardo se quedaba horrorizado por el maquillaje de la señora, preguntándose cómo podrían algunas mujeres echarse tanto; y Clementina se sintió muy feliz y aliviada, porque al final todo lo que se imaginaba no era cierto.

FIN

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La primera noche de vacaciones, cuadragésima sexta historia

 

Josefina lloraba de pura alegría en plena clase después de mirar sus notas, todas esas tardes que pasó con Martha Malan estudiando sin parar había valido la pena.

— ¡No voy a repetir! ¡No voy a repetir! — Eso gritaba eufórica por toda la casa nada más llegar, quería que toda su familia se enterase bien de que había aprobado. La única que se alegró por eso fue su madre que le dio un gran abrazo mientras sus hermanos la ignoraban por completo. Tras eso, se fue corriendo a la casa de Mao para decirles la buena noticia.

Al entrar en la tienda, lo hizo gritando, despertando a Leonardo, que, como siempre, estaba en el mostrador esperando nuevos clientes; de su pequeña siesta.

— ¡Hey, Leonardo! ¡He aprobado! ¡Por la virgen de Guadalupe, he aprobado! — Eso le dijo cuando lo vio, enseñándole sus notas.

— ¡Ah, bien por ti! — Le decía somnoliento mientras ella iba hacía al salón, gritando y entrando de una forma tan repentina que sorprendió a los que estaban presentes. Allí estaba Jovaka, que se puso en una esquina de un salto cuando vio entrar a Josefina; también Mao, quién estaba acostado viendo la tele; y Malan. A continuación, Josefa saltó sobre ella y, mientras le abrazaba tan fuerte que la ahogaba, le decía estas cosas:

— ¡Oh, gracias! ¡Muchas gracias, Malan! ¡Sin ti no podría haberlo conseguido! —

Malan intentaba desesperadamente decirle que la soltará y Mao tuvo que ir a su ayuda. Luego, Josefina no paraba de hablar y hablar sobre sus notas y estaba tan emocionada que hablaba muy rápido y nadie la entendía. Jovaka, un poco molesta, le dijo:

— ¡Bah, eso no es para tanto! — Eso hizo reaccionar a Josefina, que le molestó tal comentario.

— ¡Y eso lo dice alguien que no está en la escuela! — Al decir esto, le sacó la lengua y giró su cabeza hacía al otro lado con una especie de desprecio.

— Yo no lo necesito. — Le dijo eso y también giró su cabeza al otro lado.

— ¿Y saben lo mejor de todo? — Cambió de tema Josefa rápidamente, para ahorrarse disgustos. — ¡Qué ha terminado el instituto! ¡El verano ha comenzado y hay que celebrarlo! —

Al decirlo, sonrió de oreja a oreja y sus ojos brillaban de emoción, esperando que alguien le preguntara y así paso unos segundos hasta que se cansó y soltó esto: — ¡Alguien debería preguntar qué quiero hacer! —

Mao, que le había entrado escalofríos cuando Josefa sonrió, le ordenó a Malan que le preguntase qué quería hacer y ésta lo hizo, y así fue la respuesta de Josefina:

— ¡Una fiesta de pijamas! — Lo dijo con enorme entusiasmo, mientras levantaba su brazo hacía al techo.

— ¿Dormir aquí? ¡Pero si eso ya lo haces a menudo! — Le decía Mao, tras suspirar. No entendía el gran entusiasmo que tenía la mexicana por hacer algo que ya hacía cotidianamente.

Al rato, Josefina llamó a su mamá para decirle que se iba a quedar a dormir allí, algo que ella aceptó encantada para librarse un rato de su enérgica hija. Luego llamó a Alsancia-Lorena y pensó en llamar a Nadezha y a Sasha, pero entonces recordó las palabras de Mao, quién le dijo antes que no llamase a esas dos por nada del mundo. Después de eso, entró Alsancia con Clemetina y su hija, quienes estaban en el parque y se encontraron con la napolitana cuando volvían a casa.

Cuando Josefina vio que casi todos estaban reunidos en el salón, aprovechó el momento para decirles algo: — ¡Como esta fiesta de pijamas es especial, hay que hacerlo especial y por tanto Malan me ha hecho una lista para convertirlo en uno grande! —

Malan le entregó un papel en el que escribió un montón de cosas que le pidió Josefa escribir y que sirvieran para su fiesta.

Con una enorme sonrisa leyó el primero para poner luego una cara de extrañada y le preguntó esto a la africana:

— ¿Bañarse juntas? ¿Qué tiene que ver esto con una fiesta de pijamas? —  Malan se lo iba a explicar, pero Josefina la interrumpió:

— ¡Bah, no importa! ¡Es una buena idea! ¡Una buena amistad entre chicas nunca está completa si no se han bañado juntas! —

— ¿De dónde has sacado esa idea? — Le decía Mao. — De todas formas, no me voy a bañar contigo. —

— ¿Por qué? — Le dijo Josefa, que se decepcionó al escuchar eso.

— ¡Olvídate de eso! ¡El cuarto de baño es demasiado pequeño, apenas va a entrar nadie! — Le respondió Mao, esquivando así la pregunta de Josefa, mencionando algo que era de sentido común, su cuarto de baño no era un lugar muy espacioso. Josefina lanzó un quejido y se puso terca:

— ¡Pues te lo pierdes! ¿Quién quiere bañarse conmigo? — Le gritó a los demás, pero las únicas que le contestaron fue Jovaka y Diana.

— Por nada del mundo me desnudaría ante una arpía. — Dijo Jovaka, Josefina le contestó que ella no estaba invitada de todas formas.

— ¡Yo sí! ¡Yo sí! — Le decía eso la niña pequeña, mientras se abalanzaba hacia Josefina para abrazar sus piernas.

Clementina, deseosa de estar un rato sin Diana, le dijo esto: — ¡Ahí tienes a tu compañera!-

— ¿Y tú? — Le preguntó a la madre poniéndole ojitos de cachorrito, no le salió bien la jugada porque le dijo que no. Josefina infló los mofletes. Entonces, dirigió su mirada hacía Malan y Alsancia y les suplicó que se bañarán con ellas. Tuvieron que aceptar y con la rapidez del rayo, Josefina las cogió de las manos y junto con Diana subieron al segundo piso hacía al cuarto de baño.

— Pues no es tan chico como decía Mao. — Eso decía Josefina, mientras cerraba con pestillo la puerta y a la vez que se quitaba la ropa tirándola al suelo.

Diana hizo lo mismo y se metió en la bañera intentando abrir el grifo del agua. El cuarto del baño no era tan estrecho como parecía, pero, cómo pensaban Malan y Alsancia, era muy pequeño para cuatro chicas a la vez. Así se lo dijo, utilizando el lenguaje de los signos, la napolitana a la africana mientras ésta con laborioso trabajo se quitaba su kimono.

— ¿Quieres que te ayude? — Eso le preguntó Josefina a Malan, pero ella le negó la ayuda, y cuando por fin se libró del traje y lo puso ordenado en un lado del cuarto de baño, notó que tanto Alsancia y Josefa miraban su pecho con ojos de pura envidia, ya que tenía un busto mucho más grande que de aquellas dos. Martha se sintió algo incomoda ante esto, pero decidió ignorarlo y se dirigió a la bañera para llenarla de agua.

Josefa dejó de envidiar para luego pedirle a sus pechos que crecieran y la italiana, por su parte, maldecía una y otra vez, con ganas de llorar, por seguir teniendo un cuerpo de niña. A continuación, Josefa se metió en la bañera mientras se llenaba de agua y les preguntaba cosas incómodas sobre el vello público de las otras chicas. Al final, cuando ya estaba lleno, les dijo a las otras dos que se metieran en la bañera:

— ¡No creo que podamos entrar todas en la bañera! — Le dijo Malan, con Alsancia dándole la razón, moviendo la cabeza.

— ¡Sí, vamos a caber! ¡Vamos, chicas! — Les decía esto mientras levantaba a Diana para ponerla sobre ella y a la vez encogiendo las piernas lo más máximo posible. — ¡Confiad en mí! —

Y Malan entró en la bañera, se puso en el otro extremo de la bañera y se sentó.

— ¡Ahora encoge las piernas! — Le decía eso Josefina y Malan, aún sabiendo que no debía hacerla caso, lo hizo.

Entonces fue el turno de Alsancia. Se introdujo en medio de la bañera, entre Malan y Josefa y con mucho esfuerzo e incomodidad pudo sentarse. Y ahí estaban las cuatros chicas, todas metidas en la bañera, pero era tan incómodo que hizo que la mexicana dijera: — ¡Mejor, vamos a salir de aquí! —

Y lo intentó, pero se dio cuenta de que se había atascado. Las otras dos también hicieron lo mismo y vieron que ellas estaban igual.

— ¡Qué pedo! ¡Estamos atrapadas! — Gritó Josefina.

Y entonces, las chicas, gritando del esfuerzo, desesperadamente intentaban escapar, pero todo era en vano. Realmente se quedaron atrapadas y ni siquiera sabían cómo. Alsancia les preguntó, utilizando el lenguaje de los signos, qué deberían hacer mientras Diana lloraba sin parar.

— ¿Por qué tanto escándalo? — Se preguntaba Mao, al escuchar todo el ruido que estaban provocando esas chicas en el segundo piso.

— Seguro que ya han hecho alguna de las suyas. — Sentenció Jovaka.

Mao se levantó y se fue hacía al cuarto de baño y cuando llegó ante la puerta gritó: — ¿Por qué tanto jaleo? ¿Pasa algo ahí dentro? —

Entonces, se le vino una avalancha de peticiones de ayuda y auxilio, y Mao, preocupado, les gritaba bien fuerte que se tranquilizaran para que le dijeran bien lo que estaba ocurriendo ahí dentro, mientras agitaba violentamente la puerta, esperando abrirla. Al ver que tenía pestillo, llamó a Leonardo para traer la caja de herramientas, ya que, para entrar, iban a deshacer el pomo, algo que le llevaron un buen rato, porque el canadiense era muy torpe para esas cosas.

— ¡Espera, Mao! ¡Estamos desnudas, no hagas eso! — Eso le gritaba Josefina, cuando se dio cuenta de que habían desarmado el pomo y estaban abriendo la puerta. Ni ella ni Alsancia ni Malan, querían que le vieran encueras. Se iban a morir de vergüenza, más de lo que estaban. Fue en vano.

— ¿En serio? ¡Oh dios, no tenéis remedio! — Eso les dijo Mao, mientras entraba en el cuarto de baño y contemplaba la escena. No sé podría creer que se hubieran quedado atrapadas en la bañera y no podrían salir. Le dio un ataque de risa y las chicas deseaban que la tierra las tragase.

— ¡No te burles de nosotras! ¡Solo sácanos de aquí! — Eso le gritaba Josefina totalmente roja y molesta por esas risas. Mao les pidió perdón y llamó a Clementina para que le ayudase a sacarlas de la bañera. Tardaron un buen rato y les costaron mucho, pero al final lo consiguieron. Tras eso, después de que se vistieran, el salón fue dominado por las risas de los demás por unos cuantos minutos.

— ¡Dejen de reírse, ha sido horrible! — Le decía Josefina, quién seguía aún bastante molesta y muerta de vergüenza.

Para más humillación, se dio cuenta de que no trajo ropa de repuesto y la que tenía estaba mojada. Tuvo que usar una de las camisetas de Leonardo, que llevaba una imagen de un equipo de rugby canadiense. Por otra parte, Malan y Alsancia estaban calladas, totalmente rojas.

— ¿Y qué quieres qué haga, portorriqueña? ¿Y qué hago? — Eso le preguntaba Mao desesperadamente, mientras intentaba recuperar el aire, ya que no podría parar de reír.

— ¡Soy mexicana! — Le replicó Josefina bastante molesta, quién se preguntaba si le decía eso a propósito. Al final, cansada de eso, intentó distraer a los demás para que se olvidaran de eso.

— Bueno, cómo hemos perdido mucho tiempo con eso.  — Se escuchó risas de fondo. — Ejem… Vamos a tachar unas cuantas cosas de la lista. —  Josefa tachó varias frases en el papel y leyó lo siguiente:

— A ver… ¡Ah sí, a jugar a las cartas! — Muchos se alegraron al escuchar eso, salvo Mao quién lo odiaba.

— Yo no juego. — Les dijo tajante, pero al final, tras recibir una avalancha de frases que le pedían que participara, tuvo que jugar, y para hacerlo más entretenido dijo esto:

— ¡Pues entonces quién pierda, recibirá un castigo! — Todos aceptaron.

Así empezó una cruenta batalla por quién terminaba antes la baraja. Cada uno intentaba observar y comprender al adversario para evitar coger el comodín, pendientes de cada movimiento de la cara y de las manos. El nerviosismo les invadía cuando tenían que escoger alguna y buscaban desesperadamente alguna señal para poder no equivocarse. Parecía como si estaban apostando algo muy importante, ya que se lo estaban tomando muy en serio.

— Ah, gané. — Mao fue el primero, siendo irónico ya que era el que le puso menos ganas y el que más desmotivado estaba.

— Segundo puesto, no está nada mal. — Eso dijo Martha Malan, cuando terminó.

Alsancia solo lanzó un suspiro de alivio cuando supo que había sido la tercera.

— ¡Cuarto! — Dijo Leonardo, cuando terminó.

— Menos mal. — Se dijo Clementina cuando finalizó su baraja, siendo la quinta.

En ese momento, solo quedaron Josefina y Jovaka. Las dos se miraron fijamente. De repente, eso se volvió algo personal y tanto una como la otra quería vencer y burlarse cruelmente de la perdedora. Ninguna deseaba perder. Estuvieron así mucho rato, tanto que hasta Mao dijo: — ¡Vamos, terminen de una vez! —

Josefina miró su baraja, tenía dos cartas, y entre ellas el comodín. Lo miró varias veces sin parar. Tenía que hacer que Jovaka lo cogiera, y ésta miraba la baraja de Josefa. Sabía que una de ellas era un comodín, ¿pero cuál era? No quería lanzarse, ya que había una estrecha separación entre la victoria y la derrota.

Cerró los ojos, expiró e inspiró y los volvió a abrir. Era el momento, ahora o nunca. Como no quería acercarse a la mexicana, ya que siempre estaba a una distancia razonable de las demás féminas, tenía que señalar la carta que quería elegir y con esto en mente, diseñó un plan. Solamente tenía que dudar en coger la carta buena para así ver las reacciones de Josefina y leer sus emociones y si mostraba alguna muestra de temor es que aceptó, y así lo hizo.

Primero, señaló la carta de la izquierda y al ver que Josefina ponía mala cara, probó con señalar a la que estaba a la derecha, y esta puso buena cara. Entonces, Jovaka le dijo cuál carta quería coger, con la certeza de que cogió la buena.

— ¿Pero qué…? ¡Esto no debería haber pasado! — Gritó Jovaka cuando vio que tenía el comodín, y eso que creyó haber leído la cara de Josefina. Se levantó de golpe de la sorpresa exageradamente.

— ¡Pensabas que me ibas a leer! ¡Yo ya había visto esto en los dibujos y solo hice lo contrario de lo que tú pensabas! ¡Lo ves, soy más lista que tú! —  Eso le decía Josefina toda arrogante y feliz ante una Jovaka devastada que no aceptaba el hecho de que había perdido contra ella. Nadie dijo nada, sorprendidos de que la mexicana fuera capaz de hacer algo tan inteligente.

Y Mao, quién se fue al otro lado de la casa, volvió con tijeras en las manos, con una sonrisa diabólica: — ¡Hey, Jovaka, aquí tienes tu castigo! —

Cuando la serbia vio, entendió sus intenciones. Le suplicaba sin parar, que no le cortase el pelo mientras se postraba ante la pared; pero fue en vano y Mao le cortó aquella larga cabellera que le llegaba al suelo. Ahora su pelo estaba a la altura de sus hombros.

Jovaka, que al principio quería llorar por su cabello, al sentir cómo se sentía tan ligera y cómoda; le gustó el resultado y empezó a moverse de un lado para otro diciendo que jamás había estado tan liberada, pero la alegría le duró poco, porque en su descuido se chocó contra Josefina y al ver que la tocó, la empujó y se fue en una esquina.

— ¿Cómo te atreves a tocarme? ¿Cómo? — Le gritaba Jovaka temblando de miedo.

— Pero si has sido tú… — Le decía molesta Josefina mientras inflaba sus mofletes. Mao por su parte, suspiró y, al ver que era muy tarde, los mandó a todos a la cama.

Jovaka, quién estaba durmiendo en el cuarto de Mao, se sorprendió cuando vio que unas cuantas chicas estaban en la misma habitación que ella.

— ¿Pero Mao, qué hacen éstas aquí? — Le preguntó Jovaka con mucho nerviosismo a Mao, cuando éste entró en el cuarto, mientras señalaba a Alsancia, Malan y a Josefina, que estaban en la misma habitación que ella. Lo que recibió, a continuación, fue una almohada en toda la cara.

— ¡No te enfades! ¡En todas las fiestas de pijamas se tiran almohadas! —  Esa fue la excusa de la persona que tiró eso, Josefina, quién tuvo un poco de malicia y quería hacerle eso a Jovaka; antes de que ésta decidiera tirar el mismo objeto que había utilizado la mexicana.

— ¡Así que esa tenemos! — Eso gritó Josefina, después de recibir aquella almohada, la misma que tiró, en toda la cara.

Mao, quién deseaba dormir de una buena vez, les dijo esto, bastante molesto: — ¡Oíd, os hecho afuera si seguís tirando almohadas! ¡Ya está bien que tengo sueño! —

Aquellas palabras trajeron la atención de todas las chicas. Tanto de Malan y Alsancia, quienes estaban preparando los futones que Mao dejó en el suelo y que estaban hablando entre ellas, utilizando el lenguaje de los signos; como de Jovaka y Josefina, que se detuvieron al momento.

— Pero Mao una fiesta de pijamas no lo es cuando no hay chicas luchando con almohadas. — Pero Josefina protestó, ya que deseaba hacer eso que salían en las películas.

— ¿Y? ¡Tengo sueño! — Ya se le estaban cerrando los ojos solos y Josefina, al ver esa cara de cansancio, le hizo caso y se dispuso a preparar el futón que le había dado. Al final, se acostaron y las luces se apagaron, pero Josefa no podría dormir. Entonces, se acordó de que había algo que no había hecho y que deseaba hacerlo.

— ¡Hey, Mao! — Le dijo esto, mientras le tocaba el hombro para saber si estaba despierto.

— ¿Qué? — Mao respondió, sin ganas de escuchar alguna tontería de su parte.

— ¿Por qué no nos contamos secretos? Una fiesta de pijamas no sería lo mismo sin las amigas contándose sus más íntimas vergüenzas y sus más oscuros secretos. —  Le dijo Josefina.

— Vete a dormir. — Mao solo quería dormir y que le dejara descansar en paz. Josefina infló sus mofletes, molesta, pero decidió dormir. Lo intentó, y cuando iba a entrar en el mundo de los sueños, le entraron ganas de hacer pipí. Tenía que ir al cuarto de baño enseguida pero tenía miedo de ir.

— ¿Qué hago? ¿Qué hago? — Se preguntaba esto una y otra vez y luego, intentó despertar a Mao, pero éste no la hizo caso y luego a Malan, que estaba al lado suya, pero tampoco se despertaba.

Y se quedó sin querer moverse hasta que llegó lo inevitable. En ese momento, agitó con su mano el hombro de Mao fuertemente hasta despertarlo:

— ¿Qué quieres?  —Le preguntó molesto, pero al olerlo, se dio cuenta de eso.

— ¿No me digas que te has meado encima? —

Lo dijo con la esperanza de que no fuera eso, pero Josefina lanzó una sonrisa incómoda que le decía que era eso. Suspiró fuertemente. Así terminó la fiesta de pijamas que fue de todo menos lo que tenía que ser y así empezaba el verano.

FIN

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En_busca_de_la_chica_kimono

En Busca de la chica kimono, cuadragésima quinta historia

Sexto día tras llegar a Springfield, Shelijonia, y el viento me despertó golpeando las ventanas a las ocho de la mañana. Demasiado temprano para un sábado y por eso lo maldije. No sé cuanto tardé en levantarme de la cama, pero fue bastante largo y tras hacerlo, me fui somnolienta al cuarto de baño, demasiado estrecho para mi gusto pero se puede utilizar. Me miré al espejo para peinar mi pelo rebelde. Me puse mi flequillo bien recto y dude entre usar coletas altas o ponerme uno o dos moñitos, pero decidí dejar mi pelo corto como estaba. También estuve pensando en seguir usando la ropa interior que llevaba o ponerme una limpia ya. Como doncella, elegí lo segundo y después pasé como media hora buscando ropa entre la montaña que tenía sobre mi cama, más otro en decidirme que usar. Al final, decidí ponerme unos pantalones vaqueros y una camiseta corta estampado con la imagen de Marceline de The Adventure Time. ¡Ya estaba preparada para salir en escena!

Saludos mis lectores, Candy Chui tras meses de inactividad ha vuelto para contarlos su vida corriente. Perdón por esto, pero he estado muy ocupada por la mudanza. Ya os contaré en otra ocasión mis desventuras que he tenido que sufrir yendo de California a Shelijonia, pero ahora os contaré este día tan especial que he tenido.

Como sabrán, el motivo de mi mudanza fue mi trabajo, ya saben, como actriz de doblaje. Nuestra pequeña empresa se ha venido a aquí, siguiendo a la productora de televisión con quién tiene contacto, ya que al parecer es mucho más barato hacer series en Shelijonia que en California. Otras empresas pequeñas lo han hecho y pues tal vez este lugar se puede convertir en otro “Hollywood”. Y tras haber llegado aquí, fue ayudar con mis jefes con el local y aún estoy destrozada. Más aún, eso no me dio tiempo para hacer algo que hoy, si iba a hacer. Por eso salí esta mañana con el mejor de mis sonrisas.

Y no les miento cuando digo que Springfield es un lugar muy curioso. Y no, no hablo de la cuidad de los Simpsons, sino de la que vivo ahora. Es cómo estar en Rusia sin salir de los Estados Unidos. No hay lugar en donde no puedes escuchar ese idioma y ese acento tan característico que tienen, y me parece gracioso todos esos letreros escritos en esas palabrejas raras. También está lleno de parques hermosos y de todo tipo, y un hospital abandonado, y se ven coches de caballos por sus calles, y un extraño barrio llamado Uzkiye ulochki, y al sur, me dicen, se encuentra un muro que protege un lugar misterioso del que nadie sabe poco llamado el Zarato. ¡No entiendo como mi nueva compañera, que es de la cuidad de al lado, dice que Springfield es una ciudad con nada de encanto y muy fea! ¡De verdad!

Tal vez lo diga por las gentes, ya que cuando yo me senté en la parada del autobús les solté a los que estaba allí mis mejores saludos y lo que recibí fue miradas feas, de esas que te quitaban el optimismo cayendo en la peor de las amarguras. Me dijeron que los shelijonianos son muy desagradables con los de afuera, sobre todo si vienen de otros estados y parecen que no me han mentido. Decidí ignorar eso y me puse los audífonos para escuchar música.

Estaba esperando el bus que me llevaría a mi destino, un parque. ¡Y no iba a allí para estar viendo a los patos, aunque no había ninguno! ¡Ni tampoco para reunirme con mis amigos ni para jugar en el columpio, pero yo soy demasiado grande para eso último! Es otra razón muy diferente.

Hay algo que quiero encontrar desde que llegue, algo tan raro que merece su búsqueda y debe ser lo más raro que existe en Springfield, una asiática con kimono. ¡Os parecerá muy tonto, pero es una chica que se pasea por una ciudad estadounidense con kimono, algo que es incluso raro en el glorioso Japón! Por supuesto debo de encontrarla y hacer una foto de ella, incluso tener su amistad. Pero lo primero es hacerle una fotografía, y por eso ayer me compré la mejor cámara posible. Y según ella, la había visto varias veces en el parque adónde me dirigí. Mi plan no era esperar todo el día ahí por si aparecía, sino otro.

— ¡Hey, señor! ¿Usted puede saber si ha visto pasar a una chica con kimono paseándose por aquí? — Eso le dije a la primera persona que encontré, un anciano que estaba descansando en un banco, tras llegar al parque.

— ¿Kimono? ¿Qué dices, useña? — Esa fue su desagradable respuesta y se fue sin dejarme explicar lo que era esa prenda.

Perdón por interrumpir, pero tengo que decir que la palabra “useño o useña” me parece curiosa, designa tanto a un canadiense como a americanos de otros estados y parece que es muy usada por los shelijonianos. Es como si ellos no se sintieran parte de los Estados Unidos.

Así empecé mi búsqueda, preguntando persona por persona si la habían visto. A muchos les tuve que dar una descripción muy detallada de cómo era un kimono, dándome siempre un no como respuesta. Otros, amargados de la vida, o me ignoraban o me decían que les dejará en paz. Incluso hubo algunos idiotas que se burlaron de mí. En fin, para hacerse una idea más clara les pongo aquí algunas muestras de lo que sufrí durante las dos horas que estuve allí.

— ¡Tu puta madre! — Esto lo dijo un chico muy bien feúcho cuando se lo pregunté y que, tras eso, salió corriendo riéndose de mí.

— ¡Esto es América, no la puta china! — Esto fue dicho por una mujer a quién le pregunté amablemente, tras explicarle lo que estaba buscando, y me respondió así como así, con mucha de mala leche.

— ¿Nos está llamado raros a los shelijonianos, useña? — Eso lo decían una señoras mayores a las que yo pregunté. Les intenté explicar que no era eso pero me intentaron golpear y se fueron del banco dónde le daban de comer a las palomas hablando de que me iban a denunciar por discriminación.

— ¡Mira, una otacu! ¡Y pensaba que eras bonita! ¡Aléjate de mí! ¡Alégrate, me vas a contagiar con tu enfermedad y ver basura china! — Esto fue sin duda el peor de todos. Me puso tan enfadada que le di un guantazo y me alejé. ¡E incluso pensaba que quería tener ligue con él! ¡Qué asco! ¡Nosotros somos tan iguales que los demás y no tenemos ninguna enfermedad! ¡Vaya escoria de persona! Y otra cosa, ¡Qué aguante el anime y los otakus!

Cuando ya me cansé de eso y a punto de cambiar mi estrategia, decidí preguntar por última vez a alguien más y elegí a una niña que pasaba por allí, corriendo como si fuera un avión. La razón fue por su pelo, era de color azul muy oscuro además de corto y su flequillo era sostenido por dos pinzas con la imagen de una rosa.

Su conjunto era una simple camiseta blanca que le llegaba hasta la cintura, le quedaba demasiado grande, y llevaba unos cortos pantalones vaqueros del mismo color de su pelo muy desgastados. ¡Todo demasiado simple para mi gusto!

— ¡Buenas! ¿Te puedo preguntar algo, bonita? — Le pregunté esto, y se paró de seco. Me miró fijamente durante unos segundos, tanto que me puso algo incómoda, y no paraba de decir “¡Wow!” Me sorprendió su acento, parecía más a alguien de Texas que de Shelijonia. Y luego me agarró de los mofletes y los estiró, rápidamente le dije que no me hiciera eso.

— Y eso me lo dice una desconocida que se acerca a una niña por motivos sospechosos. — Al decir eso, me miró como si fuera a hacer un crimen o algo así.

— ¡Nada de eso! ¡Solo quería preguntarte una cosita, nada más! No voy a hacer nada malo, te lo juro. — Eso le solté y luego, se lo expliqué con pelos y señales y ella lanzó un gran “ah” muy largo, con la boca abierta. Tal expresión me dio esperanzas, pensaba que por fin iba a encontrar la chica del kimono.

— ¿Sabes de quién hablo yo? — Eso le pregunté, esperanzada.

— La reconocería hasta en la Antártida. ¡La conozco como si fuéramos almas gemelas! ¡Incluso más allá del espacio y del tiempo! — Lo dijo levantando una de sus manos hacía al cielo. Me pareció tan adorable eso, que la imité.

— Tch. — Me parece que imitar su postura la molestó un poco.

Y ella, de repente, me dijo que nos pusiéramos a marchar, que era andar en su idioma, al parecer; y la seguí. Literalmente me paseó por toda la cuidad. Primero, entramos en ese barrio que mencioné antes y nos perdimos. Eso era un horrible laberinto, no entiendo aún cómo pudimos salir de ahí y eso mientras la niña diciéndome que ella sabía todos los rincones de la cuidad. Cuando pudimos salir, llegamos a un área residencial llena de casas lujosas y grandes, con jardines impresionantes. Y como siempre, ver esas cosas tan bonitas me hacían envidiar muchísimo a la gente rica, ¡¿por qué no nací multimillonaria!? ¡Así tendría toda una habitación llena de figuras de anime!

De ahí esa chica, la cual le pregunté el nombre y era Sasha Rooselvelt, se introdujo en los terrenos a través de huecos y grietas, mientras yo le decía que eso era muy peligroso y podrían detenernos por entrar ilegalmente en las propiedades ajenas, pero no me hizo caso e incluso le seguí. ¡Aún no comprendo cómo no nos vieron nadie!

Tras eso, llegamos a un parque que parecía haber sacado de una película de terror y, tras dar vueltas sin sentido por él, llegamos ante un gran muro situado en el sur que se extendía de este a oeste. Ese era sin duda la frontera con ese país al que llaman Zarato y le pregunté a la chica si sabía algo sobre eso.

— ¡Allí hay una princesa tuerta! — Y tras decir eso, salió corriendo y la seguí preguntándome qué quería decir con eso.

Después, hicimos todo el recorrido en sentido contrario hasta llegar a un río, desde su otra orilla se veía a los lejos cientos y cientos de fábricas de todo tipo dándole un aspecto deprimente y muy ochentero. Lo curioso es que sus aguas estaban muy limpias a pesar de estar cerca de tan grande complejo industrial. Ella y yo seguimos su caudal en dirección al mar hasta ver el ferrocarril y seguirlo en dirección este.

Seguimos andando hasta llegar al centro de la cuidad y al contemplar los rascacielos y la estación principal de Springfield, me pregunté si me estaba tomando el pelo. Habían pasado más de cuatros horas desde que me iba a enseñar dónde estaba la chica del kimono. Tuve que invitarla a comer, ya que me decía que tenía hambre y entramos en el primero que vi, uno sobre comida india.

¡Lo que provocó la niña! No solo pidió lo más caro sino también tiró su plato, recién hecho, a la entrepierna de un pobre señor. ¡Incluso le pareció eso muy gracioso, porque no paraba de reír! Y no solo eso, lanzó varios piropos, como si fuera un camionero, a todo tipo de personas, incluso a los camareros. Y yo, que no era su madre, le tenía que regañar, y los demás me regañaban a mí cuando solo la conocí hoy. Al final, ella salió corriendo con mi cartera del restaurante y la tuve que perseguir, ¡maldita niñata!

No sé cuánto tiempo pase dando vueltas, pero me la encontré jugando con mi billetera como si fuera una pelota para hacer malabares.

— ¡Oye, devuélvame eso! — Le dije, y la muy niñata me la tiró a la calle, cuando estaba a punto de pasar de un camión, que, por suerte, se salvó de ser aplastado por sus ruedas y casi iba a llorar cuando la vi intacta.

Rápidamente miré su contenido, por si me había quitado algo, pero no había desaparecido nada. ¡Qué suerte, porque estaba pensando comprarse una nueva nendo y tres juegos! ¿Qué cuál nendoroid me voy a comprar? ¡Es un secreto!

Al final, mientras yo estaba distraído con lo de mi cartera, esa niña se burló de mí.

— ¡Hey, capitalista! ¡Qué obsesión tienes con el dinero! ¡Por eso no te voy a enseñar la chica del piloto! — Y salió corriendo hasta perderse de mi vista, riéndose de mí. Jamás me sentí tan humillada, tan engañada, había perdido mi tiempo y casi mi dinero y mi cartera por hacer caso de esa chica. Me entraron ganas de buscar a sus padres y decirles lo horrorosa que es su hija, ¡pero no todo fue en vano!

Cuando alcé la vista para saber en dónde estaba, mirando por todas tardes, vi lo que tanto buscaba. A lo lejos, en una calle, una chica con kimono, sí un verdadero kimono de los que se ven en los animes, se estaba alejando.
A pesar de la lejanía estaba estampado por miles de flores, no sabía decir cuales, pero hacían que ese vestido era hermoso, ¡y además, era rubia! ¡Rubia! ¡Dios mío! Por supuesto, salí corriendo hacía ellas, alcanzarlas y hablarles. Ya hasta tenía excusa para iniciar una conversación, que estaba perdida, aunque la verdad es que lo estaba. El plan no solo era eso, también tendría que preguntar su nombre y sería la chica más feliz de la tierra.

Pero la perdí de vista, cuando caí al suelo mientras corría. Choque contra una pequeña piedra y cuando me levanté, ya no la veía. ¡Qué desgracia, la mía! Aún así, me sentí feliz, no me habrían mentido, había una chica en kimono en esta ciudad. Existe y mis queridos lectores, tal vez no sea mañana, o la semana que viene, pero la encontrare y me haré su amiga. Lo tengo decidido. ¡Por favor, denme toda la suerte del mundo! ¡La necesito!

Y otra cosa, el viernes os espera un emocionante episodio de La chica y el reino de los conejos, ¡Dorotea, a quién yo le pongo mi voz, va a tener un nuevo enemigo! ¡Avisaos os quedáis!

FIN

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