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Perdidas en la Shelijonia profunda, cuadragésima historia

― Es que necesito ayuda, ya saben. ¡No puedo mover yo solo todos estos muebles y aparatos! Espero que sean buenos samaritanos y me ayuden con esto. ―

Esto se lo decía un hombre enano, con dientes de conejo, a Mao y a Leonardo, que abrieron la puerta tras tocar él la puerta. Ese tipo les llamó a ellos y a otros vecinos que le ayudarán para meter objetos de la casa de al lado a su camión, que estaba afuera del barrio ya que no podría entrar. Todos les negaron ayudarle y tuvo que sacar su artillería pesada:

― ¿No me van a negar la ayuda si a cada uno le doy cincuenta dólares? ― Y así todos, sobretodo Mao, decidieron ayudarle. La casa que estaba desnudando el personal, era el de Jovaka, que la habían embargado y que fue subastada hace dos días por el estado. Ese hombre fue el vencedor y se estaba llevando todas las cosas que había en la casa para venderlas. ¿Y dónde está Jovaka? ¿Y su padre?

― ¡No te preocupes! ¡Todo está arreglado! ¡Tú no iras a ningún orfanato! ― Eso le decía Mao, recolectando un montón de papeles. El padre de Jovaka, al final, fue descubierto haciendo cosas ilegales y tras un juicio, lo metieron en la cárcel y al ver que ella no tenía ningún familiar en Shelijonia, la iban a meter en un orfanato. Mao, tras enterarse, no se quedó quieto.

― ¡Gracias! ¡Muchas gracias! ¡Sabía que me ibas a salvar! ― Le decía Jovaka, abrazándole de alegría. Mao le decía que exageraba y por su parte Clementina le dijo:

― ¿¡Y cómo lo ha conseguido, Gerente!? ― Tenía mucha curiosidad.

― Pues he conseguido que tú seas su madre adoptiva. ― Clementina escupió en la cara de Leonardo la leche que estaba tomando y Jovaka gritó de sorpresa.

― Pero somos inmigrantes ilegales,… ¿Cómo es posible? ― Eso gritaron.

― ¿No lo recuerdas? Conseguí que tuvieseis todos los documentos de identidad en orden. ― Eso les explicó Mao.

-Pero son falsos.- Les replicó.

― Pero las autoridades se lo han tragado. ― Le decía Mao como si nada.

Mao al igual que hizo con los canadienses se metió en asuntos muy pocos legales que él solo conocía. Jovaka por su parte protestó: ― ¡Jo, podrías haberme de padre adoptivo a Leonardo! ¡O por lo menos tú como mi madre! ― Mao se río bien fuerte.

― ¡Oye, que soy menor de edad! ¡Y por tanto no puedo ser tu mamá! ― Eso le replicó Mao.

― Por eso, puso la casa a mi nombre por si su padre se muere. ― Añadió Clementina.

― Y me lo debe entregar cuando yo sea mayor de edad, como dicen los documentos. ― Se jactó Mao.

― ¿Él sigue vivo? ― Le preguntó Jovaka a Mao, al recordar que hace demasiado tiempo que no ve al anciano padre del chino.

― Pues sí, pero ahora se ha vuelto un hikikomori y hace meses que no sale de su habitación, solo abre la puerta para coger la comida que le hace Clementina. ―Dijo Mao, con un tono de preocupación.

La canadiense le preguntó al chino también qué iba a hacer con la serbia, ya que iban a habitar en la misma casa y Mao le respondió que no habría problema, que iba a dormir en su cuarto. Ésta se puso roja de vergüenza, pensando que era imposible que ellos dos durmieran juntos en la misma habitación. Pero así fue, acabó bajo su propio techo. Mientras tanto, pasó el tiempo y la casa en la que vivía la serbia fue embargada. Al enterarse, él tapó el agujero que unía su salón con la antigua habitación de Jovaka y se olvidó de sacar sus cosas, siendo demasiado tarde cuando el nuevo dueño de la casa llegó.

Por cierto, no solo los vecinos, Mao y Leonardo ayudaron al tipo, también Josefina, quién decidió ayudar a cambio de nada y el hombre la elogió.

― ¡Qué buena chica! ¡No eres como los…!― Se calló, ya que iba a decir cosas feas.

― ¡Por supuesto! ¡Yo siempre ayudo a los demás! ― Decía Josefina orgullosamente, mientras intentaba levantar una caja.

Y mientras subía la última caja con dificultad al camión, Josefina se encontró con Jovaka, quien estaba buscando desesperadamente una cosa entre las cajas.

― ¿Dónde está mi ordenador? ¿Dónde está? ― Decía ella.

― ¿Qué haces aquí, Jovaka? ― Le preguntó Josefina, que hizo saltar de un grito a Jovaka, que se echó para atrás a toda velocidad, mientras la mexicana dejaba la caja.

― Eso mismo me pregunto. ― Le decía muy nerviosa viendo que Josefa la había descubierto y además le estaba tapando la única salida. La mexicana le explicaba que estaba ayudando con las cosas mientras se acercaba poco a poco a Jovaka, olvidándose de lo peligroso que era acercarse a ella y eso obviamente estaba alterando más y más a la serbia, quien se arrepintió de salir a la calle e ir al camión en buscar de su ordenador. Entonces, vio algo que la puso a gritar sin parar aún más y lo señalaba con el dedo. Josefina miró hacia atrás y dijo:

― Pero si es Sasha…―Sasha las estaba mirando con su típica sonrisa, a las afueras del camión. Ella les dijo:

― ¡Whoa! ¿Vais de mudanza? ¿A dónde? ¿A La Antártida? ¿A Somalia? ¿A Siria? ―

Josefina le intentó explicar que no se iban a ir a ningún sitio, mientras Sasha miraba con especial interés los lados del camión buscando algo. Jovaka se dio cuenta de lo que quería hacer. Y tras terminar su explicación, Josefa, al ver a Sasha trastear algo, dijo esto: ― ¿Por cierto, Sasha? ¿Qué estás haciendo? ―

― Cerrar la puerta. ― Y la puerta se cerró. Josefina gritó. Jovaka dijo:

― ¡Lo sabía! ¡Mira que lo sabía! ― Y luego empezó a pegar compulsivamente una de las paredes del tráiler pidiendo ayuda.

― ¡Sasha! ¡Esto no tiene gracia! ¡Abre la puerta! ¡Ábrela! ― Le gritaba Josefina sin parar mientras pegaba, al igual que Jovaka, la puerta del remolque.  Pero no hubo respuesta alguna y al poco tiempo, el camión empezó a moverse, haciendo que algunas cajas se cayeran. Jovaka, al cansarse de gritar y golpear, se agachó y empezó a hablar para sí misma, temblando como un flan:

― ¡Esto no puede estar pasando! ¡No puede! ¡No puedo estar encerrada con una chica! ¡Esto debe ser una horrible pesadilla! ¡Pesadilla! ¡Quiero despertar! ¡Por favor, Mao despiértame de esta pesadilla! ― Decía todas estas cosas de una forma muy poco saludable mentalmente, pellizcándose o dándose tortazos a la cara a veces.

Josefina se sentó, al ver que no podría hacer nada e intentó hablar con Jovaka, a pesar de que sabía que no era buena idea intentar charlar con ella.

―Oye… Yo no muerdo ni nada parecido así que relájate un poco. ― Jovaka empezó a decir cosas incomprensibles para Josefina, aunque, en realidad, eran canciones infantiles extranjeras y los cantaba con la intención de ignorar la situación en la que estaba. Eso le puso más nerviosa a Josefa, pero callarse se le hacía imposible.

― ¡No me debes tener miedo! ¡Yo soy de fiar! ¡No te haré nada! ― Eso soltaba la mexicana.

― Eso me decía ella… Eso…Y luego hizo todo lo posible para convertir mi vida en un infierno… ― Balbuceaba la serbia. Esas palabras le dejaron fuera de lugar a la mexicana, que no sabía de que estaba hablando ella. Decidió entonces que lo mejor en esta situación es acercarse a ella, y así lo hizo, poco a poco. Rápidamente, Jovaka se dio cuenta.

― No lo hagas. ― Le dijo.

― Pero si no te voy a hacer nada. ― Le replicó Josefa.

― ¡Mentira! ― Escondió lo que más pudo su cabeza, con los ojos cerrados.

― Tranquilízate, mujer. ― Intentó consolarla, o esa era su intención. Entonces, Josefina alargó uno de sus brazos para tocarla, y demostrarle así que no la iba a hacer nada.

― ¡No lo hagas! ― Tras gritar esto, Jovaka empujó fuertemente a Josefina y a continuación mientras la serbia, que estaba descontrolada y llorando como nunca, arañaba la fina carrocería del tráiler gritando auxilio sin parar; Josefina se levantaba del suelo quejándose del dolor. Entonces, el vehículo se paró y la puerta se abrió.

― ¿Qué mierda? ― Se dijo el conductor cuando las vio.

Jovaka, al ver que se había abierto, salió a toda velocidad del tráiler y Josefina le intentó dar explicaciones al hombre de cómo habrían acabado ahí. Pero el señor con cara de conejo, no la dejó:

― ¡Fuera de ahí, niñata! ― Y la echó fuera. Entró para mirar si había alguien más en el tráiler y lo cerró.

― ¡Lo siento! ¡No queríamos hacerlo! ¡De verdad! ― Le decía eso, mientras el hombre subía a su camión y ponerlo en marcha, dejándolas en mitad del camino. Algo que le dejó perpleja a Josefa.

― ¡Espere, señor! ¡No nos deje aquí! ¡Llama a nuestros padres por lo menos! ― Le gritaba pero no le hizo caso y el camión despareció de la vista.

― ¡Pinche pendejo! ¡No dejes a unas niñas aquí! ¡Marrano del demonio, yo te he ayudado! ― Le gritaba totalmente encolerizada.

Entonces, miró fijamente a su alrededor. Estaban en una carretera llena de feos baches, en mitad de un profundo y impresionante bosque, lleno de ciento de sonidos de todo tipo, algo que le puso nerviosa a Josefina.

― ¿En dónde estamos? ― Se preguntaba.

Se acordó entonces de Jovaka, que salió corriendo y no la veía por ninguna parte, pero escuchó sus lloriqueos y vio que estaba escondida en alguna parte. Le empezó a llamar por su nombre pero la serbia seguía en lo suyo. Así que Josefina miró por los márgenes de las carreteras hasta encontrarla, haciendo posición fetal y llorando como bebé.

― ¡Todo es maravilloso y nada duele! ― Se repetía como un disco rayado.

Josefa estuvo pensando durante largo tiempo qué hacer, porque no se le ocurría nada. No podría tranquilizar a Jovaka, pero tampoco podría dejarla ahí, además de que no quería estar sola.

Así, que se tumbó en el suelo y empezó a hacer lo mismo que Jovaka. Así, estuvieron durante media hora hasta que la serbia, al ver que Josefina la estaba imitando y comprobar que lo que hacía era humillante, se levantó y le dijo: ― ¡Deja de imitarme! ¡No tiene gracia! ¡Todo esto es tu culpa! ―

Josefa al escucharla, se levantó y le gritó: ― ¡Espera, espera…! ¡La culpa es de Sasha! ¡De ella! ¡A mí no me eches la culpa de nada! ―

Jovaka, al ver que Josefina tenía razón se calló y miró por todas partes, para ver dónde estaban. Mientras tanto, Josefa le dijo: ― ¡No te preocupes! ¡Seguro que pasará alguien a recogernos!―

Al decir eso, hubo un molesto silencio que solo era roto por los gritos de los cuervos. Eso le dio mucho miedo a Josefina.

― ¿Qué no me preocupe? ¿Qué no? ― Decía en voz baja Jovaka, para luego gritar: ― ¡Te tengo a mi lado! ¡Por supuesto que estoy preocupada! ¡Estoy con una mujer, perdida en el bosque! ¿No ves lo horrible que es esto? ―

― Pero si no he matado ni una mosca… ¿Por qué tanto miedo hacía a mí? ― Le dijo Josefina, que va estaba un poco harta de esa fobia suya.

Pasó unos segundos mientras Jovaka pensaba en una respuesta para al final decir esto: ― ¡Pues porque sí! ―

Josefina lanzó un suspiro. Le hubiera gustado que en lugar de Jovaka estuviera otra chica, ya que, por mucho que intentaba, se le volvía insoportable estar con ella. Se consoló diciendo que habrá que aguantarse y, al ver que la serbia no estaba en condición de hacer algo, ella decidió que iban a hacer:

― ¡Hey, Jovaka! Tal vez creo que deberíamos movernos, a ver si encontramos a algún pueblo. ―

― No me moveré de aquí, ni iré a alguna parte contigo. ― Le dijo tajante Jovaka y por la forma que lo hizo, irritó mucho más a Josefa.

― ¡Oye, no me hables de esa forma! ― Soltó esto, molesta.

― Como si tuviera ganas de decirlo de otra forma… ― Eso le replicó.

― Ya sé que por algún motivo pendejo odias a las mujeres, pero no por eso tienes que actuar como idiota. ― Y se acercó enfadada a Jovaka.

― ¿Motivo pendejo? Tú eres subnormal. ― Y al decir eso Jovaka, vio a la mexicana acercarse a ella y esta empezó a ir para atrás, aterrada.

― ¡No te acerques! ¡No lo hagas! ¡Por favor! ¡Ya no te diré nunca más subnormal, pero no lo hagas! ¡No me hagas daño! ― Le gritaba como una loca.

Josefina paró y lanzó otro suspiro. Jovaka, sudando como un cerdo, la miraba fijamente con miedo en los ojos y pensando en qué le iba a hacer. Pero no le hizo nada, se dio la vuelta para caminar hacía al norte.

― ¡Haz lo que quieras, pero yo no voy a esperar aquí porque esto está muy muerto! ― Le decía esto.

Jovaka se levantó e hizo lo mismo, pero hacía al sur, no deseaba seguir a Josefina, después de lo que había pasado. Al poco tiempo, se dio cuenta que Josefa la estaba siguiendo y le preguntó, incómoda: ― ¿No te habías ido por el otro lado? ―

― ¡Jo! ¡Es que esto da mucho miedo! ¡No puedo ir sola! ― Protestaba Josefina, además no quería dejar sola a Jovaka.

― Está bien. ― Le dijo, aceptando que le siguiera y le dio una advertencia:

― Si se me acercas a menos de un metro, te golpearé. ― Josefina infló sus mejillas por lo molesto que le era esa manía suya de que las mujeres no se le acercarán.

― Si por lo menos Mao estuviera aquí…― Dijeron las dos al unísono. Eso les sorprendió mucho y se gritaron mutuamente. Luego, vino el silencio y con eso, las dos caminaron durante un buen rato hasta llega con un letrero.

― ¡Esas malditas palabras! ¡Como las odio! ―Se decía Josefina, al observar el letrero.

Indicaba cuánto kilómetros estaba el pueblo más cercano y la mexicana no podría descifrarlo bien porque estaba escrito en alfabeto cirílico, ya que se le daban muy mal esas cosas. Eso le recordaba la asignatura que más odiaba de todas, la de la lengua y literatura rusa.

Lo peor es que, a diferencia de Springfield, que estaban escritos tanto en ruso como en inglés, ahí estaba solo uno. De eso también protestó ella: ― ¡Y ni siquiera han tenido la decencia de ponerlo en cristiano! ―

― Ahí pone Lopujiná y dice que está cinco kilómetros. ― Le dijo Jovaka.

Después de todo, era serbia de origen y durante los pocos años que paso allí aprendió el alfabeto cirílico. Josefina le dio las gracias y ésta le respondió, intentando ser desagradable:

― ¡Bah! Después de todo, lo que te he hecho…―

Josefina no dijo nada porque no entendió bien ese comentario y siguieron andando. Durante esa caminata a la mexicana estuvo pensando que tal vez Jovaka era muy desagradable pero no era mala chica, solo que sufrió bastante y deseaba ayudarla a dejar de tener ese feo comportamiento.

Mientras tanto, la serbia solo quería volver a su casa y estar con Mao, ya tenía suficiente con estar a solas con la mexicana en mitad de la nada. Por fin llegaron, tras horas de puro andar, al dichoso pueblo, cuando el sol ya se estaba escondiendo. Se pusieron tan contentas de ver la civilización, que se abrazaron con mucha fuerza.

― ¡Lo hemos conseguido! ¡Por fin hemos llegamos a la civilización! ― Se decían y al darse cuenta Jovaka lo que estaba haciendo, empujó a Josefina y empezó a limpiarse sin parar, como si hubiera tocado algo repugnante:

― ¡Ah, me ha tocado! ¡Josefina me ha tocado! ― Eso gritaba.

― ¡Oye tú! ¡Tú eres la que me has abrazado! ¡Y me he bañado hoy! ¡Fue lo primero que he hecho al despertar hoy! ¡Así que deja de hacer la pendeja! ― Eso le decía, antes de que cruzar sus brazos y inflar sus mejillas en otra demostración de que estaba mosqueada por la actitud estúpida de Jovaka.

Rápidamente se olvidaron de eso y a pesar del hambre y del cansancio, que hasta les dolían los pies de tanto andar; sacaron sus últimas fuerzas para correr hacía a la aldea. El pueblo estaba formado por una plaza central rodeada de cabañas y entre ellas estaban unas calles estrechas que subían por las laderas de la montaña en dónde estaba. Cómo se estaba haciendo de noche, había poca gente y la mayoría eran ancianos que charlaban en ruso sus viejas historias. A ellos, les preguntó Josefina:

― ¡Hey, señores, necesitamos urgentemente un teléfono! ¿Nos podrían dejar el suyo? ―

Mas no le contestaron, solo se limitaron a mirarlas con desprecio y seguir con lo seguir. Josefina intentó hacerlo de nuevo, pero los ancianos les indicaron con señas y señales que les dejaran en paz. Luego, ellas dos preguntaron al resto de la gente que estaba en la calle y le trataron igual.

Llegaron al punto de pegar, puerta por puerta, pero nadie les abrió, hasta alguno le tiró agua a la serbia y a la mexicana. Al final, Josefina se cansó y gritó: ― ¿Pero qué le pasa a esta gente? ¡Solo queremos un teléfono! ―

Entonces, la puerta de una casa de al lado se abrió y de ahí salió una persona que les gritó muy sorprendida: ― ¡¿Josefina!? ¡¿La del pelo extralargo!? ¡¿Qué hacéis ustedes aquí!? ―

Era Nadezha quién pronunció estas palabras y al verla Josefina, saltó sobre ella para abrazarla y le decía a Dios gracias mientras ahogaba a la rusa entre sus brazos.

― ¡Me llamo Jovaka! ¡Jovaka! ― Le decía con el dedo en alto, al ver que Nadezha no sabía su nombre.

Tras eso, Josefina se puso a hablarle de los que le pasó a ella y a Jovaka y tras terminar la historia, Nadezha dijo muy indignada esto:

― ¡Qué desalmado! ¡Abandonar a dos chicas en mitad del campo! ¡Dan ganas de partirle la boca! ―

― ¡¿A que sí?! ¡Además con Jovaka! ¡No entiendo cómo puedo haber tanta gente tan malvada! ― Decía Josefina a punto de llorar.

-¡Oye! ¿Qué quieres decir con eso de que “además con Jovaka”?- Le dijo molesta Jovaka, quién estaba en una esquina, alejada de las dos chicas, que estaban en el sofá.

― Búscale el sentido tú. ― Le dijo eso mientras le sacaba la lengua. Jovaka le hizo lo mismo y miró hacía la pared. Nadezha suspiró ya que tenía pocas ganas de aguantarlas, sobre todo hoy que iba a celebrar algo muy importante. Al recordar eso, se levantó y les dijo:

― ¡Ah, por cierto! ¡Ustedes dos están invitadas a una fiesta! ― Les dijo.

Al escucharlo, Josefina le preguntó alegremente: ― ¡Una fiesta! ¿De qué es? ¿Qué es? ―

― ¡Para celebrar que mi relación con mi querido Vladimir ha dejado de ser secreto! ― Gritó con el mejor de los entusiasmos. Para Josefina eso era toda una bomba. Conocía a ese chico, que siempre estaba con la rusa, pero jamás pensó que él sería su novio, más bien pensaba que era su hermano pequeño.  Lanzó un chillido de puro emoción y le bombardeo de preguntas a la rusa en torno a eso. Mientras tanto, Jovaka, que sabía desde hace tiempo que eran novio, dijo esto:

― ¡A mí me importa eso bien poco! ¡Yo solo quiero a Mao! ― Nadie la escuchó y ella siguió en su sitio.

Tras tener que explicarle un montón de cosas a Josefina y mientras ésta estaba imaginando cómo sería que ella tuviera tal relación, Nadezha dijo esto:

― En fin, mi tío y su padre lo han tomado mejor de lo que pensaba. De golpe, han vuelto a ser amigos y están en la otra casa celebrándolo, con mi Vladimir, sus abuelos y mi tío abuelo. ¡Así que arreando! ―

― ¡Yo me quedo aquí, no me moveré de aquí hasta que llegue Mao! ― Le dijo.

Nadezha al escuchar esa respuesta decidió dejarla ahí y tras decirle a Josefa que se fueran, salieron de la casa dejando sola a la serbia. Aunque aún se escuchaba a la mexicana preguntándole a la rusa porque tenía tantas vendas y tiritas, Jovaka empezó a sentir un molesto sentimiento de soledad. Al no tener nada con que distraerse, se le volvió insoportable y deseaba estar con alguien, incluso con mujeres. Entonces se dio cuenta de una cosa, había pasado casi un día al lado de chicas y aún así no le había pasado nada realmente. Ni un rasguño ni nada. ¿Por qué las temía tanto? Para contestar a esa pregunta volvió a abrir unos recuerdos desagradables, y se arrepintió de hacerlos, porque vio la cara de alguien que deseaba no volver a ver. De repente, miró por un lado, pensando haber escuchado su voz y luego al otro. En su paranoia pensaba que ella había vuelto y estaba ahí, en la oscuridad esperando a zurrarla de nuevo. Se levantó y andaba hacía atrás chocando con varias cosas, mirando sin parar a todos lados y imaginándose voces. Entonces gritó:

― ¡No me hagas daño, mamá! ― Y salió corriendo desesperada hacía la casa de al lado, como si en el salón tuviera un demonio en su interior.

Al día siguiente, tras despertarse Jovaka de una pesadilla que no podría recordar, bajó  al primer piso para comer algo. No esperaba ni deseaba encontrarse con Nadezha quién con el teléfono. Se imaginó que le estaba hablando a Mao para decirles que le recogiera y se alegró. Así que desde una distancia prudente y lo más normal posible le preguntó esto:

― ¿Estás hablando con Mao? ―

― Ah no, solo estaba comprobando la línea, que está cortada. ― Eso le contestó, luego suspiró y dijo esto: ― Malas noticias, ha habido unas inundaciones que han cortado la carretera y las línea y en fin, todo. ―

Jovaka se puso mala al escucharla y se fue directa a la ventana. No lo entendía, ya que el día anterior el sol brillaba tan fuerte que quemaba.

Al abrir las cortinas, veía como las fuertes lluvias golpeaban fuertemente todo lo que tocaban y al cielo más negro que la noche. Por fin, entendía que eran esos ruidos tan fuertes que no dejaba de escuchar y se quedó boquiabierta, delante del cristal, al no podré aceptar que tenía que estar más tiempo fuera de su casa y alejada durante un día o más de Mao.

FIN

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