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Al máximo estrés, cuadragésima tercera historia

Apenas pudo dormir y cuando se dio cuenta, era las seis de la mañana, que era cuando se levantaba de lunes a viernes para recoger a su madre. Se levantó todo dolorida y se fue al cuarto de baño.

A Malia apenas le preocupaba las ojeras que llevaba encima, y que eran muestra de que últimamente no podría dormir nada. Se bañó y se visitó rápidamente con el uniforme de su escuela, a pesar de que su cuerpo le pedía desesperadamente volver a la cama y olvidarse de todo, algo que no se podría permitir.

Al coger la bici, pedaleo con tranquilidad hacía al horrible antro en el que trabajaba su madre e intentó reprimir, como siempre, su repulsa hacía ese sitio. Estuvo muy distraída, pero no pensaba en los tres exámenes que tenía para ese mismo día. Tampoco en hacer las labores de las casa lo más y mejor posible. Estaba pensando qué hacer con Sasha, ya que las cosas con ella habían empeorado.

Su hermana fue finalmente expulsada para siempre de la escuela en dónde estudiaba y es más, las demás de la zona le denegaron la entrada de ésta en sus instalaciones, ya que habían escuchado todo lo que ésta provocó; y ahora fastidiaba más que nunca los vecinos, recibiendo ellas cientos de quejas que llegaron a la misma policía. Por eso, citaron a la madre de Sasha a ir a la comisaría para tratar el problema pero al final fue Malia. Así recordaba el momento cuando se presentó ante al comisario, en su despacho:

— ¿Qué hace usted aquí? ¡Queremos ver a su madre! — Replicó molesto, tras ver quién había acudido a la cita.

—Es que verás, ella está muy ocupada ahora mismo. — Eso le dijo como excusa, porque en realidad su madre no quiso ir ni muerta a visitar a la chusma. Y estaba allí, en su casa, durmiendo en el sofá con la tele encendida.

— Pero si está en el paro…— Se decía eso el comisario extrañado, mientras los miles de papeles que tenía en la mesa. En realidad, ocultaba legalmente el hecho de que trabajaba de prostituta. Si las autoridades se dieran cuenta del embuche y descubren que además lleva la custodia de dos niñas, entonces a la madre se le retiraría eso y, según las leyes locales, se la metería en la cárcel; y todos los esfuerzos de Malia por mantener la familia unida serían en vano.

Por eso, se puso algo nerviosa al escuchar eso y buscó una excusa para esquivar rápidamente la pregunta: — Cosas personales. —

— En fin, como no tengo tiempo, tendré que decírtelo todo a ti. — Eso le soltó aquel hombre, antes de suspirar.

Y le contó que su hermana pequeña había acumulado tantas denuncias por parte de sus vecinos y había provocado tantos escándalos públicos, que se volvió un pequeño problema para todos y le hicieron saber a Malia que su madre tenía que controlar a Sasha de una vez o tomarían represalias muy graves. Así se lo dijo:

— Si en menos de cinco meses, no disminuye el número de denuncias, a su madre se le retirará la custodia y a esa la mandaremos a un internado especial para niñas problemáticas, ¡díselo bien! ¿Vale? —

Esas palabras no paraban de repetirse una y otra vez en su cabeza y a pesar de que la castigó sin salir a la calle y la regañó cientos de veces, Sasha no aprendía. Eso podría acabar con separarlas, un futuro con el cual Malia luchaba desesperadamente por evitar. Al pensar en todas esas cosas, se le empezó a doler tanto la cabeza que se tuvo que parar un momento. Solo eso porque tenía que recoger a su madre.

Al volver a casa con su familiar, se puso a hacer el desayuno rápido para su familia mientras su madre se iba a dormir como siempre en el salón. Lo hizo tan mal que deseaba tirarlo a la basura y hacerlo de nuevo, pero no tenía tiempo, solo faltaban veinte minutos para el instituto y para su desgracia, no podría repasar para el examen. Por otra, fue un alivio para ella no tener que levantar a Sasha, vestirla y bañarla para llevarla al colegio. Apenas comió nada, ya que no le apetecía y le dijo a su madre:

— ¡Madre, por favor, cuida de Sasha, sobre todo evita que no cause problemas! — Obviamente ésta ignoró sus palabras y siguió vagueando.

Sus problemas ni siquiera la dejaron en paz en su escuela y cuando intentaban estudiar cinco minutos antes de los exámenes se le bloqueaba el cerebro. A pesar de todas esas noches en vela repasando todo lo que veía en clases, se le olvidó todo e hizo unos exámenes horribles. Lo peor es que ese dolor de cabeza no desaparecía e incluso parecía que empeoraba. A última clase, empezó a reflexionar, recordando que le pasó lo mismo el año pasado y que al final tuvo que abandonarlo y repetir de curso. Pensó que tal vez debería hacer lo mismo, pero era su última oportunidad y tenía que sacarse la preparatoria sí o sí.

— Si tan solo mamá y Sasha ayudarán…— Esa fue su conclusión antes de tocar la campana. Tal cosa lo sentía casi algo irreal, ya que en el fondo pensaba que ellas no tenían remedio y nunca iban a hacerla caso ni menos ayudarla, a pesar de que tenía la esperanza. Se pegó en los cachetes dos o tres veces e intentó sonreír. No podría rendirse, había decidido hacerlas cambiar y llevarlas por el buen camino, por muy imposible que le parece.

Tras volver del instituto y antes de entrar a su casa, inspiró y expiró delante la puerta, preparándose para cualquier cosa que viera dentro. Lo primero que vio fue su salón hecho un asco, con trozos de pizzas repartidos por todos lados, con los muebles caídos al suelo. Casi a Malia le iba a entrar un yuyu, a pesar de que estás cosas eran normales ahí; pero al final solo cayó de rodillas poniendo su mano sobre su cabeza porque el dolor de cabeza ya le era insoportable, y eso mientras su corazón se estaba acelerando. Aún así, pudo ponerse de pie y pensar limpiarlo todo ahora mismo, aunque antes tenía que regañar quién había hecho eso. Llamó a sus dos familiares y las buscó por toda la casa pero no las encontró. Cuando se preguntó dónde estaban, apareció su madre:

— ¡Ah, has vuelto! ¿Tan tarde es? — Le decía mientras su hija le mostraba enfadada el salón. A continuación, Malia le preguntó dónde estaba y por qué estaba así el lugar.

Esta fue su respuesta: — Aaaaaahhhh…. ¡Todo esto es culpa de Sasha! ¡Échale la culpa a ella! — En realidad, era ella la culpable.

Tras despertarse, pidió una pizza y se acostó en el sofá de nuevo con la comida en lo alto. Se quedó dormida y tuvo una pesadilla horrible con Sasha, que la hizo saltar del susto y tirar lo que pidió, con la increíble consecuencia de desperdiciar la pizza por todos lados.

Y para complicar aún más el asunto, se levantó como loca del sofá y se resbaló con un trozo de pizza que la hizo chocar con un mueble. Provocó un golpe tan fuerte, que los demás trozos que estaban en el techo, en las paredes y en los muebles, cayeron al suelo, poniendo más perdido el salón.

Pero eso no le importaba a ella, lo que le aterraba era Sasha. Su paranoia la hizo creer que ésta iba a matarla y salió corriendo a su patio y se metió en una vieja caseta en busca de herramientas buscando algo para defenderse, porque pensaba que la iba a matar. Y así volvió al salón, con llave inglesa a mano.

— ¡De todos modos, yo no voy a limpiar este desastre! ¡Que lo haga tu hermanita! — Y con esto dicho, se volvió a acostar en el sofá:

— ¿Pero por lo menos, podrías ayudar? — Le gritó su hija.

— Lo haría, pero estoy hecho polvo de tanto trabajar. Ya sabes, una pierde muchas energías por las noches, ¡qué lo haga ella, que es la que ha provocado todo este lío! — Protestaba, muy molesta.

— ¿Y, por cierto? ¿Dónde está tu hija? — A continuación, Malia le preguntó esto.

-Y yo que sé.- Y eso le respondió, molestando a Malia aún más de lo que estaba.

— Te pedí que la cuidarás. — Eso le gritó.

— Y eso hacía. — Malia la miró incrédula antes esas palabras suyas, luego lanzó un suspiro.

Y ahora, no solo le dolía la cabeza, también estaba realmente nerviosa, con las manos temblando sin parar, y con el corazón a cien. Le encantaría mandarlo todo a la mierda ahora mismo y decirle un montón de palabras feas a su progenitora pero se aguantó. Y estuvo expirando e inspirando sin parar para tranquilizarse, pero al ver que no podría mejorar decidió ir a la cocina, aún cuando no soportaba ver el salón de esa de manera. Se decía que ya lo iba a hacer más tarde, que en esas condiciones no podría limpiarlo. Y al entrar, la madre le dijo esto: — ¡Hey, hija! ¿Podrías prepararme un sándwich de jamón y queso? —

Eso la alteró aún más, pero pudo controlarse y solo le dijo que no secamente. Se sentó en la silla y miró los platos que tenía que fregar y sus ánimos disminuyeron aún más. Mirando al suelo, volvió a pensar. Sentía que todos sus esfuerzos no estaban sirviendo para nada, que no estaba viendo cambios positivos en su mamá y en su hermana. Su madre seguía siendo la misma indeseable que era desde que tenía memoria, y su Sasha empeoraba cada día. ¿Por qué? ¿Era acaso imposible? ¿O es que era ella misma quién se estaba equivocando en el procedimiento? ¿Convertirse en un ejemplo y enseñarles cómo ir por el camino correcto no servía para ellas? ¿Y si es así, que debía hacer? ¿O era mejor rendirse?

Al final, tras pensar sobre esas cosas y otras más, empezó a recordar algo, sobre su hermana Sasha. Fue hace años, cuando estaba a finales de primaria y su hermana pequeña estaba asistiendo en un parvulario. El director llamó a su madre, que tuvo que acudir sí o sí, para hablarle algo sobre su hija menor. Mientras ella estaba en el despacho con su hija y con el director y el psicólogo de la escuela, afuera una pequeña Malia pegó sus oídos en la puerta intentando oír lo que decía.

— ¡Espero que no tarden mucho…! — Les decía la madre mientras bostezaba. — ¿Qué problemas están dando esa enana? —

— No se ha peleado con nadie ni nada de eso, pero nunca quiere relacionarse con nadie y pasa el día alejada de sus compañeros, y no hace caso a sus profesores. — Eso le soltaron, mientras ella lo oía como si no fuera más que cosas de poca importancia.

— ¿Y qué pasa? — Les preguntó esto mientras se hurtaba la nariz.

— En realidad estamos preocupados por su comportamiento, no es normal para una niña de su edad.  — Eso decía con un tono de preocupación, totalmente distinto al de la madre.

— Además de esto…— Y entonces le mostraron a la madre un dibujo de Sasha, que parecía ser un garabato de un edificio en llamas con gente quemándose.

— Anda, es en como en las películas de terror…— Dijo la madre con un gesto cómico.

— No sé usted, pero yo me preocuparía. Y por eso hicimos este test y nos dejó aterrados. — Le dieron entonces un test a la madre, quién ni siquiera la miró.

— ¿Y con que estos papelitos que quieren decir? — Preguntó la madre, con pocas ganas de verlo.

— Ese test fue hecho por el gobierno para buscar entre los infantes a potenciales psicópatas, y pues me temo mucho que ha salido positivo. — Le dijo el psicólogo.

— Ah vale. — Ni siquiera sabía lo que estaba hablando. Malia, que estaba escuchando desde fuera, lo entendió muy bien. Y no lo aceptaba. ¿Su hermana? ¿Una psicópata? ¡Esa gente no sabía lo que decía! ¡Sasha era una niña normal y corriente!

— Lo que queremos decir es que su hija en un futuro se puede convertir en un peligro para toda la sociedad y hay que tomar preocupa…—  En ese momento, Malia entró violentamente, ni siquiera les dejó terminar. Temía que esos adultos le hicieran cosas horribles a su hermana y todo solo porque un montón de preguntas y respuestas les dijo que ella estaba malita.

— ¡A mi hermana no le toquen ni un pelo! ¡Lo oyen! ¡Ella no es eso que decís, ni nunca lo será! ¡Ni por el test ese! — Entonces, cogió a su hermana pequeña de la mano y se la llevó del despacho mientras le decía esto, toda enfadada:

— ¡Esos adultos no saben lo que dicen! ¡Nada de nada! ¡Sasha, te sacaré de aquí antes de que esos locos hagan contigo cosas feas! —

— ¡Hey, hermana! ¿Entonces, quemamos a los adultos? — Esas palabras de Sasha dejaron paralizada a Malia, quién se detuvo y, poquito a poco, giraba su cabeza hacía su hermana mientras le decía totalmente aterrada esto: — ¿Qué has dicho? —

— ¡Hey, hermana! ¿Entonces quemamos a los adultos? — Le repitió lo mismo. Malia mirando a sus ojos vio algo que le lleno de terror, una sonrisa realmente siniestra que la hacía ver como un monstruo. Ella lo sintió como si en ese momento el demonio estaba poseyéndola. Entonces la abrazó fuertemente, como si esperaba con eso liberarla del diablo.

— ¡Es una broma! ¡Sasha, di que es lo que has dicho es una fea y estúpida broma! ¡Dilo! — Se lo dijo con lágrimas en los ojos.

— Una broma…— Le dijo Sasha mirando al suelo.

— Sí, una broma…Les demostraremos a esos adultos que lo que han dicho sobre ti es una broma de mal gusto, ¿vale? — Tras eso, le acarició la cabeza a su hermana.

Era una promesa que no solo le hizo a Sasha, sino a ella misma. Iba a evitar que se convirtiera en lo que habían predicho ellos, que la iba a salvar de ser un potencial psicópata y de convertirse en un monstruo. Algo que, con el tiempo, se convirtió en lo más importante de su vida. La imagen de su hermana no dejaba de pasearse por su cerebro sin parar y la hizo decir esto: — Sasha, yo te salvaré…—

Y entonces rápidamente se levantó de la silla, su hermana no estaba en casa y seguro que estaba en la calle molestando a los demás, sin hacer caso omiso al castigo que le puso, que era no salir a la calle. Debía buscarla ahora mismo o si no causaría más problemas. Salió de su casa rápidamente en su búsqueda. Se fue al parque más cercano que tenía y por el cual su hermana pequeña siempre se paseaba a menudo por ahí. La encontró allí, disfrazada de cowboy y cómo se esperaba, estaba fastidiando a una persona, en este caso, a un hombre con calva.

— ¡Deja de tirarme pelotas de béisbol, niña! — Le decía eso, mientras Sasha, que estaba subida en un árbol, le tiraba eso a su cabeza desnuda.

— ¡Los calvos no tienen derecho a protestar! — Le decía, entre risas.

— ¡Sasha, para de una vez! — Le gritó Malia, que entraba en la escena.

— ¿Usted es la madre de esta niña? — Le dijo el calvo mirándola con mala leche. Malia supo enseguida que le iba a regañar a ella por el mal comportamiento de su hermana, como ha pasado cientos de veces, y no deseaba escucharlo. No le dio tiempo a decirle que era su hermana y no su madre.

— ¡Su estúpida niña no ha dejado de tirarme cosas a la cabeza! ¡Y hasta me ha tirado piedras! ¡Y no ha parado de insultarme y burlarse de mi calvicie y de mi familia! ¿Usted no le ha enseñado nada de civismo o qué? ¡Es una completa salvaje! —

Así empezaba lo que sería su largo discurso sobre lo bárbara qué era Sasha y lo mala y horrible madre qué era Malia.

Y mientras Sasha desaparecía de la escena, los gritos de aquel hombre junto con su dolor de cabeza estaban destrozándola. Le decía mentalmente que parase, que se callase, ya que ella también estaba haciendo su mejor esfuerzo, que intentaba en todo lo posible evitar que su hermana causara problemas pero todo parecía en vano, puro esfuerzo inútil que ya la tenía harta. Al final, no lo pudo soportar más y deseando no decirle algo feo al hombre salió corriendo.

— ¡Espera! ¡Aún no he terminado! — Le decía.

Y al llegar a la otra punta del parque, se sintió mucho más mal que antes. No solo tenía la cabeza a punto de estallar, sino que además empezó a marearse y no podría mantenerse en pie. Poco a poco, todo le daba vueltas y le estaba entando ganas de vomitar y al final lo veía todo borroso para quedar luego a oscuras.

Lo primero que oyó fue un gran jaleo, escuchaba cientos y cientos de voces; después abrió poco a poco los ojos y veía el techo, uno que le parecía familiar, el de las urgencias. A continuación, miró a un lado y al otro y se encontró con una chica que estaba sentada al lado suyo. La reconoció, aunque se había visto muy pocos veces. Nadezha era su nombre. Al final, se dio cuenta de que estaba acostada en una camilla en las urgencias del hospital y le preguntó obviamente esto: — ¿Qué me ha pasado? —

— Ah, por fin estás despierta…— Le decía Nadezha. — Pues te desmayaste y te traje aquí. Eso es todo. —

Nadezha quién estaba atravesando el parque, la vio en el momento de caer y desmayarse y tras eso llamó a la ambulancia. Estuvo todo el rato acompañándola.

Entonces Malia se levantó, ya que recordó todos las miles de cosas que tenía que hacer y no se podría quedar ahí acostada.

— ¡Oh dios, tengo que estudiar! ¡Y limpiar la casa! ¡Y fregar los platos! ¡Y…! ¡Sasha! — Gritaba esto, totalmente estresada.

— ¡Oye! ¡Oye! ¡Tranquilízate! — Eso le decía Nadezha, mientras la detenía y la ponía en la cama.

— ¡No puedo! ¡No puedo! — Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas. — ¡El tiempo vuela! ¡Y yo…! —

— ¿Qué te pasa? — Le preguntó Nadezha consternada, que no sabía cómo actuar, y aún más cuando Malia la abrazó fuertemente mientras lloraba desesperada.

— ¡No puedo rendirme ahora! ¡No puedo descansar! ¡No puedo…! ¡Ahora no…! — Eso gritaba.

Nadezha no decía nada porque no entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando. Después de todo, Malia no pudo aguantar y eligió a la primera persona que vio para consolarse, algo con lo que más tarde se arrepentiría de haberlo hecho, ya que lo consideraba como algo muy egoísta de su parte, sobre todo cuando ella lloraba por el peso que eligió soportar.

FIN

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