En_busca_de_la_chica_kimono

En Busca de la chica kimono, cuadragésima quinta historia

Sexto día tras llegar a Springfield, Shelijonia, y el viento me despertó golpeando las ventanas a las ocho de la mañana. Demasiado temprano para un sábado y por eso lo maldije. No sé cuanto tardé en levantarme de la cama, pero fue bastante largo y tras hacerlo, me fui somnolienta al cuarto de baño, demasiado estrecho para mi gusto pero se puede utilizar. Me miré al espejo para peinar mi pelo rebelde. Me puse mi flequillo bien recto y dude entre usar coletas altas o ponerme uno o dos moñitos, pero decidí dejar mi pelo corto como estaba. También estuve pensando en seguir usando la ropa interior que llevaba o ponerme una limpia ya. Como doncella, elegí lo segundo y después pasé como media hora buscando ropa entre la montaña que tenía sobre mi cama, más otro en decidirme que usar. Al final, decidí ponerme unos pantalones vaqueros y una camiseta corta estampado con la imagen de Marceline de The Adventure Time. ¡Ya estaba preparada para salir en escena!

Saludos mis lectores, Candy Chui tras meses de inactividad ha vuelto para contarlos su vida corriente. Perdón por esto, pero he estado muy ocupada por la mudanza. Ya os contaré en otra ocasión mis desventuras que he tenido que sufrir yendo de California a Shelijonia, pero ahora os contaré este día tan especial que he tenido.

Como sabrán, el motivo de mi mudanza fue mi trabajo, ya saben, como actriz de doblaje. Nuestra pequeña empresa se ha venido a aquí, siguiendo a la productora de televisión con quién tiene contacto, ya que al parecer es mucho más barato hacer series en Shelijonia que en California. Otras empresas pequeñas lo han hecho y pues tal vez este lugar se puede convertir en otro “Hollywood”. Y tras haber llegado aquí, fue ayudar con mis jefes con el local y aún estoy destrozada. Más aún, eso no me dio tiempo para hacer algo que hoy, si iba a hacer. Por eso salí esta mañana con el mejor de mis sonrisas.

Y no les miento cuando digo que Springfield es un lugar muy curioso. Y no, no hablo de la cuidad de los Simpsons, sino de la que vivo ahora. Es cómo estar en Rusia sin salir de los Estados Unidos. No hay lugar en donde no puedes escuchar ese idioma y ese acento tan característico que tienen, y me parece gracioso todos esos letreros escritos en esas palabrejas raras. También está lleno de parques hermosos y de todo tipo, y un hospital abandonado, y se ven coches de caballos por sus calles, y un extraño barrio llamado Uzkiye ulochki, y al sur, me dicen, se encuentra un muro que protege un lugar misterioso del que nadie sabe poco llamado el Zarato. ¡No entiendo como mi nueva compañera, que es de la cuidad de al lado, dice que Springfield es una ciudad con nada de encanto y muy fea! ¡De verdad!

Tal vez lo diga por las gentes, ya que cuando yo me senté en la parada del autobús les solté a los que estaba allí mis mejores saludos y lo que recibí fue miradas feas, de esas que te quitaban el optimismo cayendo en la peor de las amarguras. Me dijeron que los shelijonianos son muy desagradables con los de afuera, sobre todo si vienen de otros estados y parecen que no me han mentido. Decidí ignorar eso y me puse los audífonos para escuchar música.

Estaba esperando el bus que me llevaría a mi destino, un parque. ¡Y no iba a allí para estar viendo a los patos, aunque no había ninguno! ¡Ni tampoco para reunirme con mis amigos ni para jugar en el columpio, pero yo soy demasiado grande para eso último! Es otra razón muy diferente.

Hay algo que quiero encontrar desde que llegue, algo tan raro que merece su búsqueda y debe ser lo más raro que existe en Springfield, una asiática con kimono. ¡Os parecerá muy tonto, pero es una chica que se pasea por una ciudad estadounidense con kimono, algo que es incluso raro en el glorioso Japón! Por supuesto debo de encontrarla y hacer una foto de ella, incluso tener su amistad. Pero lo primero es hacerle una fotografía, y por eso ayer me compré la mejor cámara posible. Y según ella, la había visto varias veces en el parque adónde me dirigí. Mi plan no era esperar todo el día ahí por si aparecía, sino otro.

— ¡Hey, señor! ¿Usted puede saber si ha visto pasar a una chica con kimono paseándose por aquí? — Eso le dije a la primera persona que encontré, un anciano que estaba descansando en un banco, tras llegar al parque.

— ¿Kimono? ¿Qué dices, useña? — Esa fue su desagradable respuesta y se fue sin dejarme explicar lo que era esa prenda.

Perdón por interrumpir, pero tengo que decir que la palabra “useño o useña” me parece curiosa, designa tanto a un canadiense como a americanos de otros estados y parece que es muy usada por los shelijonianos. Es como si ellos no se sintieran parte de los Estados Unidos.

Así empecé mi búsqueda, preguntando persona por persona si la habían visto. A muchos les tuve que dar una descripción muy detallada de cómo era un kimono, dándome siempre un no como respuesta. Otros, amargados de la vida, o me ignoraban o me decían que les dejará en paz. Incluso hubo algunos idiotas que se burlaron de mí. En fin, para hacerse una idea más clara les pongo aquí algunas muestras de lo que sufrí durante las dos horas que estuve allí.

— ¡Tu puta madre! — Esto lo dijo un chico muy bien feúcho cuando se lo pregunté y que, tras eso, salió corriendo riéndose de mí.

— ¡Esto es América, no la puta china! — Esto fue dicho por una mujer a quién le pregunté amablemente, tras explicarle lo que estaba buscando, y me respondió así como así, con mucha de mala leche.

— ¿Nos está llamado raros a los shelijonianos, useña? — Eso lo decían una señoras mayores a las que yo pregunté. Les intenté explicar que no era eso pero me intentaron golpear y se fueron del banco dónde le daban de comer a las palomas hablando de que me iban a denunciar por discriminación.

— ¡Mira, una otacu! ¡Y pensaba que eras bonita! ¡Aléjate de mí! ¡Alégrate, me vas a contagiar con tu enfermedad y ver basura china! — Esto fue sin duda el peor de todos. Me puso tan enfadada que le di un guantazo y me alejé. ¡E incluso pensaba que quería tener ligue con él! ¡Qué asco! ¡Nosotros somos tan iguales que los demás y no tenemos ninguna enfermedad! ¡Vaya escoria de persona! Y otra cosa, ¡Qué aguante el anime y los otakus!

Cuando ya me cansé de eso y a punto de cambiar mi estrategia, decidí preguntar por última vez a alguien más y elegí a una niña que pasaba por allí, corriendo como si fuera un avión. La razón fue por su pelo, era de color azul muy oscuro además de corto y su flequillo era sostenido por dos pinzas con la imagen de una rosa.

Su conjunto era una simple camiseta blanca que le llegaba hasta la cintura, le quedaba demasiado grande, y llevaba unos cortos pantalones vaqueros del mismo color de su pelo muy desgastados. ¡Todo demasiado simple para mi gusto!

— ¡Buenas! ¿Te puedo preguntar algo, bonita? — Le pregunté esto, y se paró de seco. Me miró fijamente durante unos segundos, tanto que me puso algo incómoda, y no paraba de decir “¡Wow!” Me sorprendió su acento, parecía más a alguien de Texas que de Shelijonia. Y luego me agarró de los mofletes y los estiró, rápidamente le dije que no me hiciera eso.

— Y eso me lo dice una desconocida que se acerca a una niña por motivos sospechosos. — Al decir eso, me miró como si fuera a hacer un crimen o algo así.

— ¡Nada de eso! ¡Solo quería preguntarte una cosita, nada más! No voy a hacer nada malo, te lo juro. — Eso le solté y luego, se lo expliqué con pelos y señales y ella lanzó un gran “ah” muy largo, con la boca abierta. Tal expresión me dio esperanzas, pensaba que por fin iba a encontrar la chica del kimono.

— ¿Sabes de quién hablo yo? — Eso le pregunté, esperanzada.

— La reconocería hasta en la Antártida. ¡La conozco como si fuéramos almas gemelas! ¡Incluso más allá del espacio y del tiempo! — Lo dijo levantando una de sus manos hacía al cielo. Me pareció tan adorable eso, que la imité.

— Tch. — Me parece que imitar su postura la molestó un poco.

Y ella, de repente, me dijo que nos pusiéramos a marchar, que era andar en su idioma, al parecer; y la seguí. Literalmente me paseó por toda la cuidad. Primero, entramos en ese barrio que mencioné antes y nos perdimos. Eso era un horrible laberinto, no entiendo aún cómo pudimos salir de ahí y eso mientras la niña diciéndome que ella sabía todos los rincones de la cuidad. Cuando pudimos salir, llegamos a un área residencial llena de casas lujosas y grandes, con jardines impresionantes. Y como siempre, ver esas cosas tan bonitas me hacían envidiar muchísimo a la gente rica, ¡¿por qué no nací multimillonaria!? ¡Así tendría toda una habitación llena de figuras de anime!

De ahí esa chica, la cual le pregunté el nombre y era Sasha Rooselvelt, se introdujo en los terrenos a través de huecos y grietas, mientras yo le decía que eso era muy peligroso y podrían detenernos por entrar ilegalmente en las propiedades ajenas, pero no me hizo caso e incluso le seguí. ¡Aún no comprendo cómo no nos vieron nadie!

Tras eso, llegamos a un parque que parecía haber sacado de una película de terror y, tras dar vueltas sin sentido por él, llegamos ante un gran muro situado en el sur que se extendía de este a oeste. Ese era sin duda la frontera con ese país al que llaman Zarato y le pregunté a la chica si sabía algo sobre eso.

— ¡Allí hay una princesa tuerta! — Y tras decir eso, salió corriendo y la seguí preguntándome qué quería decir con eso.

Después, hicimos todo el recorrido en sentido contrario hasta llegar a un río, desde su otra orilla se veía a los lejos cientos y cientos de fábricas de todo tipo dándole un aspecto deprimente y muy ochentero. Lo curioso es que sus aguas estaban muy limpias a pesar de estar cerca de tan grande complejo industrial. Ella y yo seguimos su caudal en dirección al mar hasta ver el ferrocarril y seguirlo en dirección este.

Seguimos andando hasta llegar al centro de la cuidad y al contemplar los rascacielos y la estación principal de Springfield, me pregunté si me estaba tomando el pelo. Habían pasado más de cuatros horas desde que me iba a enseñar dónde estaba la chica del kimono. Tuve que invitarla a comer, ya que me decía que tenía hambre y entramos en el primero que vi, uno sobre comida india.

¡Lo que provocó la niña! No solo pidió lo más caro sino también tiró su plato, recién hecho, a la entrepierna de un pobre señor. ¡Incluso le pareció eso muy gracioso, porque no paraba de reír! Y no solo eso, lanzó varios piropos, como si fuera un camionero, a todo tipo de personas, incluso a los camareros. Y yo, que no era su madre, le tenía que regañar, y los demás me regañaban a mí cuando solo la conocí hoy. Al final, ella salió corriendo con mi cartera del restaurante y la tuve que perseguir, ¡maldita niñata!

No sé cuánto tiempo pase dando vueltas, pero me la encontré jugando con mi billetera como si fuera una pelota para hacer malabares.

— ¡Oye, devuélvame eso! — Le dije, y la muy niñata me la tiró a la calle, cuando estaba a punto de pasar de un camión, que, por suerte, se salvó de ser aplastado por sus ruedas y casi iba a llorar cuando la vi intacta.

Rápidamente miré su contenido, por si me había quitado algo, pero no había desaparecido nada. ¡Qué suerte, porque estaba pensando comprarse una nueva nendo y tres juegos! ¿Qué cuál nendoroid me voy a comprar? ¡Es un secreto!

Al final, mientras yo estaba distraído con lo de mi cartera, esa niña se burló de mí.

— ¡Hey, capitalista! ¡Qué obsesión tienes con el dinero! ¡Por eso no te voy a enseñar la chica del piloto! — Y salió corriendo hasta perderse de mi vista, riéndose de mí. Jamás me sentí tan humillada, tan engañada, había perdido mi tiempo y casi mi dinero y mi cartera por hacer caso de esa chica. Me entraron ganas de buscar a sus padres y decirles lo horrorosa que es su hija, ¡pero no todo fue en vano!

Cuando alcé la vista para saber en dónde estaba, mirando por todas tardes, vi lo que tanto buscaba. A lo lejos, en una calle, una chica con kimono, sí un verdadero kimono de los que se ven en los animes, se estaba alejando.
A pesar de la lejanía estaba estampado por miles de flores, no sabía decir cuales, pero hacían que ese vestido era hermoso, ¡y además, era rubia! ¡Rubia! ¡Dios mío! Por supuesto, salí corriendo hacía ellas, alcanzarlas y hablarles. Ya hasta tenía excusa para iniciar una conversación, que estaba perdida, aunque la verdad es que lo estaba. El plan no solo era eso, también tendría que preguntar su nombre y sería la chica más feliz de la tierra.

Pero la perdí de vista, cuando caí al suelo mientras corría. Choque contra una pequeña piedra y cuando me levanté, ya no la veía. ¡Qué desgracia, la mía! Aún así, me sentí feliz, no me habrían mentido, había una chica en kimono en esta ciudad. Existe y mis queridos lectores, tal vez no sea mañana, o la semana que viene, pero la encontrare y me haré su amiga. Lo tengo decidido. ¡Por favor, denme toda la suerte del mundo! ¡La necesito!

Y otra cosa, el viernes os espera un emocionante episodio de La chica y el reino de los conejos, ¡Dorotea, a quién yo le pongo mi voz, va a tener un nuevo enemigo! ¡Avisaos os quedáis!

FIN

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