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La primera noche de vacaciones, cuadragésima sexta historia

 

Josefina lloraba de pura alegría en plena clase después de mirar sus notas, todas esas tardes que pasó con Martha Malan estudiando sin parar había valido la pena.

— ¡No voy a repetir! ¡No voy a repetir! — Eso gritaba eufórica por toda la casa nada más llegar, quería que toda su familia se enterase bien de que había aprobado. La única que se alegró por eso fue su madre que le dio un gran abrazo mientras sus hermanos la ignoraban por completo. Tras eso, se fue corriendo a la casa de Mao para decirles la buena noticia.

Al entrar en la tienda, lo hizo gritando, despertando a Leonardo, que, como siempre, estaba en el mostrador esperando nuevos clientes; de su pequeña siesta.

— ¡Hey, Leonardo! ¡He aprobado! ¡Por la virgen de Guadalupe, he aprobado! — Eso le dijo cuando lo vio, enseñándole sus notas.

— ¡Ah, bien por ti! — Le decía somnoliento mientras ella iba hacía al salón, gritando y entrando de una forma tan repentina que sorprendió a los que estaban presentes. Allí estaba Jovaka, que se puso en una esquina de un salto cuando vio entrar a Josefina; también Mao, quién estaba acostado viendo la tele; y Malan. A continuación, Josefa saltó sobre ella y, mientras le abrazaba tan fuerte que la ahogaba, le decía estas cosas:

— ¡Oh, gracias! ¡Muchas gracias, Malan! ¡Sin ti no podría haberlo conseguido! —

Malan intentaba desesperadamente decirle que la soltará y Mao tuvo que ir a su ayuda. Luego, Josefina no paraba de hablar y hablar sobre sus notas y estaba tan emocionada que hablaba muy rápido y nadie la entendía. Jovaka, un poco molesta, le dijo:

— ¡Bah, eso no es para tanto! — Eso hizo reaccionar a Josefina, que le molestó tal comentario.

— ¡Y eso lo dice alguien que no está en la escuela! — Al decir esto, le sacó la lengua y giró su cabeza hacía al otro lado con una especie de desprecio.

— Yo no lo necesito. — Le dijo eso y también giró su cabeza al otro lado.

— ¿Y saben lo mejor de todo? — Cambió de tema Josefa rápidamente, para ahorrarse disgustos. — ¡Qué ha terminado el instituto! ¡El verano ha comenzado y hay que celebrarlo! —

Al decirlo, sonrió de oreja a oreja y sus ojos brillaban de emoción, esperando que alguien le preguntara y así paso unos segundos hasta que se cansó y soltó esto: — ¡Alguien debería preguntar qué quiero hacer! —

Mao, que le había entrado escalofríos cuando Josefa sonrió, le ordenó a Malan que le preguntase qué quería hacer y ésta lo hizo, y así fue la respuesta de Josefina:

— ¡Una fiesta de pijamas! — Lo dijo con enorme entusiasmo, mientras levantaba su brazo hacía al techo.

— ¿Dormir aquí? ¡Pero si eso ya lo haces a menudo! — Le decía Mao, tras suspirar. No entendía el gran entusiasmo que tenía la mexicana por hacer algo que ya hacía cotidianamente.

Al rato, Josefina llamó a su mamá para decirle que se iba a quedar a dormir allí, algo que ella aceptó encantada para librarse un rato de su enérgica hija. Luego llamó a Alsancia-Lorena y pensó en llamar a Nadezha y a Sasha, pero entonces recordó las palabras de Mao, quién le dijo antes que no llamase a esas dos por nada del mundo. Después de eso, entró Alsancia con Clemetina y su hija, quienes estaban en el parque y se encontraron con la napolitana cuando volvían a casa.

Cuando Josefina vio que casi todos estaban reunidos en el salón, aprovechó el momento para decirles algo: — ¡Como esta fiesta de pijamas es especial, hay que hacerlo especial y por tanto Malan me ha hecho una lista para convertirlo en uno grande! —

Malan le entregó un papel en el que escribió un montón de cosas que le pidió Josefa escribir y que sirvieran para su fiesta.

Con una enorme sonrisa leyó el primero para poner luego una cara de extrañada y le preguntó esto a la africana:

— ¿Bañarse juntas? ¿Qué tiene que ver esto con una fiesta de pijamas? —  Malan se lo iba a explicar, pero Josefina la interrumpió:

— ¡Bah, no importa! ¡Es una buena idea! ¡Una buena amistad entre chicas nunca está completa si no se han bañado juntas! —

— ¿De dónde has sacado esa idea? — Le decía Mao. — De todas formas, no me voy a bañar contigo. —

— ¿Por qué? — Le dijo Josefa, que se decepcionó al escuchar eso.

— ¡Olvídate de eso! ¡El cuarto de baño es demasiado pequeño, apenas va a entrar nadie! — Le respondió Mao, esquivando así la pregunta de Josefa, mencionando algo que era de sentido común, su cuarto de baño no era un lugar muy espacioso. Josefina lanzó un quejido y se puso terca:

— ¡Pues te lo pierdes! ¿Quién quiere bañarse conmigo? — Le gritó a los demás, pero las únicas que le contestaron fue Jovaka y Diana.

— Por nada del mundo me desnudaría ante una arpía. — Dijo Jovaka, Josefina le contestó que ella no estaba invitada de todas formas.

— ¡Yo sí! ¡Yo sí! — Le decía eso la niña pequeña, mientras se abalanzaba hacia Josefina para abrazar sus piernas.

Clementina, deseosa de estar un rato sin Diana, le dijo esto: — ¡Ahí tienes a tu compañera!-

— ¿Y tú? — Le preguntó a la madre poniéndole ojitos de cachorrito, no le salió bien la jugada porque le dijo que no. Josefina infló los mofletes. Entonces, dirigió su mirada hacía Malan y Alsancia y les suplicó que se bañarán con ellas. Tuvieron que aceptar y con la rapidez del rayo, Josefina las cogió de las manos y junto con Diana subieron al segundo piso hacía al cuarto de baño.

— Pues no es tan chico como decía Mao. — Eso decía Josefina, mientras cerraba con pestillo la puerta y a la vez que se quitaba la ropa tirándola al suelo.

Diana hizo lo mismo y se metió en la bañera intentando abrir el grifo del agua. El cuarto del baño no era tan estrecho como parecía, pero, cómo pensaban Malan y Alsancia, era muy pequeño para cuatro chicas a la vez. Así se lo dijo, utilizando el lenguaje de los signos, la napolitana a la africana mientras ésta con laborioso trabajo se quitaba su kimono.

— ¿Quieres que te ayude? — Eso le preguntó Josefina a Malan, pero ella le negó la ayuda, y cuando por fin se libró del traje y lo puso ordenado en un lado del cuarto de baño, notó que tanto Alsancia y Josefa miraban su pecho con ojos de pura envidia, ya que tenía un busto mucho más grande que de aquellas dos. Martha se sintió algo incomoda ante esto, pero decidió ignorarlo y se dirigió a la bañera para llenarla de agua.

Josefa dejó de envidiar para luego pedirle a sus pechos que crecieran y la italiana, por su parte, maldecía una y otra vez, con ganas de llorar, por seguir teniendo un cuerpo de niña. A continuación, Josefa se metió en la bañera mientras se llenaba de agua y les preguntaba cosas incómodas sobre el vello público de las otras chicas. Al final, cuando ya estaba lleno, les dijo a las otras dos que se metieran en la bañera:

— ¡No creo que podamos entrar todas en la bañera! — Le dijo Malan, con Alsancia dándole la razón, moviendo la cabeza.

— ¡Sí, vamos a caber! ¡Vamos, chicas! — Les decía esto mientras levantaba a Diana para ponerla sobre ella y a la vez encogiendo las piernas lo más máximo posible. — ¡Confiad en mí! —

Y Malan entró en la bañera, se puso en el otro extremo de la bañera y se sentó.

— ¡Ahora encoge las piernas! — Le decía eso Josefina y Malan, aún sabiendo que no debía hacerla caso, lo hizo.

Entonces fue el turno de Alsancia. Se introdujo en medio de la bañera, entre Malan y Josefa y con mucho esfuerzo e incomodidad pudo sentarse. Y ahí estaban las cuatros chicas, todas metidas en la bañera, pero era tan incómodo que hizo que la mexicana dijera: — ¡Mejor, vamos a salir de aquí! —

Y lo intentó, pero se dio cuenta de que se había atascado. Las otras dos también hicieron lo mismo y vieron que ellas estaban igual.

— ¡Qué pedo! ¡Estamos atrapadas! — Gritó Josefina.

Y entonces, las chicas, gritando del esfuerzo, desesperadamente intentaban escapar, pero todo era en vano. Realmente se quedaron atrapadas y ni siquiera sabían cómo. Alsancia les preguntó, utilizando el lenguaje de los signos, qué deberían hacer mientras Diana lloraba sin parar.

— ¿Por qué tanto escándalo? — Se preguntaba Mao, al escuchar todo el ruido que estaban provocando esas chicas en el segundo piso.

— Seguro que ya han hecho alguna de las suyas. — Sentenció Jovaka.

Mao se levantó y se fue hacía al cuarto de baño y cuando llegó ante la puerta gritó: — ¿Por qué tanto jaleo? ¿Pasa algo ahí dentro? —

Entonces, se le vino una avalancha de peticiones de ayuda y auxilio, y Mao, preocupado, les gritaba bien fuerte que se tranquilizaran para que le dijeran bien lo que estaba ocurriendo ahí dentro, mientras agitaba violentamente la puerta, esperando abrirla. Al ver que tenía pestillo, llamó a Leonardo para traer la caja de herramientas, ya que, para entrar, iban a deshacer el pomo, algo que le llevaron un buen rato, porque el canadiense era muy torpe para esas cosas.

— ¡Espera, Mao! ¡Estamos desnudas, no hagas eso! — Eso le gritaba Josefina, cuando se dio cuenta de que habían desarmado el pomo y estaban abriendo la puerta. Ni ella ni Alsancia ni Malan, querían que le vieran encueras. Se iban a morir de vergüenza, más de lo que estaban. Fue en vano.

— ¿En serio? ¡Oh dios, no tenéis remedio! — Eso les dijo Mao, mientras entraba en el cuarto de baño y contemplaba la escena. No sé podría creer que se hubieran quedado atrapadas en la bañera y no podrían salir. Le dio un ataque de risa y las chicas deseaban que la tierra las tragase.

— ¡No te burles de nosotras! ¡Solo sácanos de aquí! — Eso le gritaba Josefina totalmente roja y molesta por esas risas. Mao les pidió perdón y llamó a Clementina para que le ayudase a sacarlas de la bañera. Tardaron un buen rato y les costaron mucho, pero al final lo consiguieron. Tras eso, después de que se vistieran, el salón fue dominado por las risas de los demás por unos cuantos minutos.

— ¡Dejen de reírse, ha sido horrible! — Le decía Josefina, quién seguía aún bastante molesta y muerta de vergüenza.

Para más humillación, se dio cuenta de que no trajo ropa de repuesto y la que tenía estaba mojada. Tuvo que usar una de las camisetas de Leonardo, que llevaba una imagen de un equipo de rugby canadiense. Por otra parte, Malan y Alsancia estaban calladas, totalmente rojas.

— ¿Y qué quieres qué haga, portorriqueña? ¿Y qué hago? — Eso le preguntaba Mao desesperadamente, mientras intentaba recuperar el aire, ya que no podría parar de reír.

— ¡Soy mexicana! — Le replicó Josefina bastante molesta, quién se preguntaba si le decía eso a propósito. Al final, cansada de eso, intentó distraer a los demás para que se olvidaran de eso.

— Bueno, cómo hemos perdido mucho tiempo con eso.  — Se escuchó risas de fondo. — Ejem… Vamos a tachar unas cuantas cosas de la lista. —  Josefa tachó varias frases en el papel y leyó lo siguiente:

— A ver… ¡Ah sí, a jugar a las cartas! — Muchos se alegraron al escuchar eso, salvo Mao quién lo odiaba.

— Yo no juego. — Les dijo tajante, pero al final, tras recibir una avalancha de frases que le pedían que participara, tuvo que jugar, y para hacerlo más entretenido dijo esto:

— ¡Pues entonces quién pierda, recibirá un castigo! — Todos aceptaron.

Así empezó una cruenta batalla por quién terminaba antes la baraja. Cada uno intentaba observar y comprender al adversario para evitar coger el comodín, pendientes de cada movimiento de la cara y de las manos. El nerviosismo les invadía cuando tenían que escoger alguna y buscaban desesperadamente alguna señal para poder no equivocarse. Parecía como si estaban apostando algo muy importante, ya que se lo estaban tomando muy en serio.

— Ah, gané. — Mao fue el primero, siendo irónico ya que era el que le puso menos ganas y el que más desmotivado estaba.

— Segundo puesto, no está nada mal. — Eso dijo Martha Malan, cuando terminó.

Alsancia solo lanzó un suspiro de alivio cuando supo que había sido la tercera.

— ¡Cuarto! — Dijo Leonardo, cuando terminó.

— Menos mal. — Se dijo Clementina cuando finalizó su baraja, siendo la quinta.

En ese momento, solo quedaron Josefina y Jovaka. Las dos se miraron fijamente. De repente, eso se volvió algo personal y tanto una como la otra quería vencer y burlarse cruelmente de la perdedora. Ninguna deseaba perder. Estuvieron así mucho rato, tanto que hasta Mao dijo: — ¡Vamos, terminen de una vez! —

Josefina miró su baraja, tenía dos cartas, y entre ellas el comodín. Lo miró varias veces sin parar. Tenía que hacer que Jovaka lo cogiera, y ésta miraba la baraja de Josefa. Sabía que una de ellas era un comodín, ¿pero cuál era? No quería lanzarse, ya que había una estrecha separación entre la victoria y la derrota.

Cerró los ojos, expiró e inspiró y los volvió a abrir. Era el momento, ahora o nunca. Como no quería acercarse a la mexicana, ya que siempre estaba a una distancia razonable de las demás féminas, tenía que señalar la carta que quería elegir y con esto en mente, diseñó un plan. Solamente tenía que dudar en coger la carta buena para así ver las reacciones de Josefina y leer sus emociones y si mostraba alguna muestra de temor es que aceptó, y así lo hizo.

Primero, señaló la carta de la izquierda y al ver que Josefina ponía mala cara, probó con señalar a la que estaba a la derecha, y esta puso buena cara. Entonces, Jovaka le dijo cuál carta quería coger, con la certeza de que cogió la buena.

— ¿Pero qué…? ¡Esto no debería haber pasado! — Gritó Jovaka cuando vio que tenía el comodín, y eso que creyó haber leído la cara de Josefina. Se levantó de golpe de la sorpresa exageradamente.

— ¡Pensabas que me ibas a leer! ¡Yo ya había visto esto en los dibujos y solo hice lo contrario de lo que tú pensabas! ¡Lo ves, soy más lista que tú! —  Eso le decía Josefina toda arrogante y feliz ante una Jovaka devastada que no aceptaba el hecho de que había perdido contra ella. Nadie dijo nada, sorprendidos de que la mexicana fuera capaz de hacer algo tan inteligente.

Y Mao, quién se fue al otro lado de la casa, volvió con tijeras en las manos, con una sonrisa diabólica: — ¡Hey, Jovaka, aquí tienes tu castigo! —

Cuando la serbia vio, entendió sus intenciones. Le suplicaba sin parar, que no le cortase el pelo mientras se postraba ante la pared; pero fue en vano y Mao le cortó aquella larga cabellera que le llegaba al suelo. Ahora su pelo estaba a la altura de sus hombros.

Jovaka, que al principio quería llorar por su cabello, al sentir cómo se sentía tan ligera y cómoda; le gustó el resultado y empezó a moverse de un lado para otro diciendo que jamás había estado tan liberada, pero la alegría le duró poco, porque en su descuido se chocó contra Josefina y al ver que la tocó, la empujó y se fue en una esquina.

— ¿Cómo te atreves a tocarme? ¿Cómo? — Le gritaba Jovaka temblando de miedo.

— Pero si has sido tú… — Le decía molesta Josefina mientras inflaba sus mofletes. Mao por su parte, suspiró y, al ver que era muy tarde, los mandó a todos a la cama.

Jovaka, quién estaba durmiendo en el cuarto de Mao, se sorprendió cuando vio que unas cuantas chicas estaban en la misma habitación que ella.

— ¿Pero Mao, qué hacen éstas aquí? — Le preguntó Jovaka con mucho nerviosismo a Mao, cuando éste entró en el cuarto, mientras señalaba a Alsancia, Malan y a Josefina, que estaban en la misma habitación que ella. Lo que recibió, a continuación, fue una almohada en toda la cara.

— ¡No te enfades! ¡En todas las fiestas de pijamas se tiran almohadas! —  Esa fue la excusa de la persona que tiró eso, Josefina, quién tuvo un poco de malicia y quería hacerle eso a Jovaka; antes de que ésta decidiera tirar el mismo objeto que había utilizado la mexicana.

— ¡Así que esa tenemos! — Eso gritó Josefina, después de recibir aquella almohada, la misma que tiró, en toda la cara.

Mao, quién deseaba dormir de una buena vez, les dijo esto, bastante molesto: — ¡Oíd, os hecho afuera si seguís tirando almohadas! ¡Ya está bien que tengo sueño! —

Aquellas palabras trajeron la atención de todas las chicas. Tanto de Malan y Alsancia, quienes estaban preparando los futones que Mao dejó en el suelo y que estaban hablando entre ellas, utilizando el lenguaje de los signos; como de Jovaka y Josefina, que se detuvieron al momento.

— Pero Mao una fiesta de pijamas no lo es cuando no hay chicas luchando con almohadas. — Pero Josefina protestó, ya que deseaba hacer eso que salían en las películas.

— ¿Y? ¡Tengo sueño! — Ya se le estaban cerrando los ojos solos y Josefina, al ver esa cara de cansancio, le hizo caso y se dispuso a preparar el futón que le había dado. Al final, se acostaron y las luces se apagaron, pero Josefa no podría dormir. Entonces, se acordó de que había algo que no había hecho y que deseaba hacerlo.

— ¡Hey, Mao! — Le dijo esto, mientras le tocaba el hombro para saber si estaba despierto.

— ¿Qué? — Mao respondió, sin ganas de escuchar alguna tontería de su parte.

— ¿Por qué no nos contamos secretos? Una fiesta de pijamas no sería lo mismo sin las amigas contándose sus más íntimas vergüenzas y sus más oscuros secretos. —  Le dijo Josefina.

— Vete a dormir. — Mao solo quería dormir y que le dejara descansar en paz. Josefina infló sus mofletes, molesta, pero decidió dormir. Lo intentó, y cuando iba a entrar en el mundo de los sueños, le entraron ganas de hacer pipí. Tenía que ir al cuarto de baño enseguida pero tenía miedo de ir.

— ¿Qué hago? ¿Qué hago? — Se preguntaba esto una y otra vez y luego, intentó despertar a Mao, pero éste no la hizo caso y luego a Malan, que estaba al lado suya, pero tampoco se despertaba.

Y se quedó sin querer moverse hasta que llegó lo inevitable. En ese momento, agitó con su mano el hombro de Mao fuertemente hasta despertarlo:

— ¿Qué quieres?  —Le preguntó molesto, pero al olerlo, se dio cuenta de eso.

— ¿No me digas que te has meado encima? —

Lo dijo con la esperanza de que no fuera eso, pero Josefina lanzó una sonrisa incómoda que le decía que era eso. Suspiró fuertemente. Así terminó la fiesta de pijamas que fue de todo menos lo que tenía que ser y así empezaba el verano.

FIN

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