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La Paranoia Canadiense, cuadragésima séptima historia

Un buen día, mientras Mao miraba por la televisión un documental sobre aliens en plena tarde; su empleado Leonardo le llamó, porque alguien quería hablar con él. Clementina, con su niña durmiendo plácidamente, le entró curiosidad y se fue al pasillo para observar desde allí quién estaba en la tienda. Un policía. Al ver a esa sorpresa desagradable, volvió hacia atrás y se escondió en su habitación. Pensaba, sin ningún indicio, que el agente de la ley la estaba buscando y decidió esconderse hasta que se fuera. Así, se agachó y empezó a contar ovejitas para pasar el tiempo, temblando de miedo ante la posibilidad de ser encontrada.

El policía en cuestión parecía ser un novato y joven. Llevaba puesto su uniforme y su pelo de color verde lo hacía muy llamativo. Mientras la canadiense estaba escondida, le estaba hablando a Mao en la tienda:

— ¿Sabes algo más respecto sobre la desaparición de Marie Lafayette? ¿Alguna cosa más? —

— Ya dije todo lo que sé, hombre. Y dos veces, ya. ¿Por cierto, cómo va su papá? — Mao le hablaba de esa forma tan poco formal, ya que conocía al policía y sus familiares desde hace tiempo.

— Pues sigue dando guerra, aún a pesar de jubilarse. Pero, en serio, no se ha encontrado ni una mísera pista sobre el paradero de esa chica, que fue amiga tuya además, y el caso está en un punto muerto. Si encuentras algo útil, llama enseguida, por favor. — Eso le respondió el policía.

— Primero, no es amiga mía. — Le dijo tajantemente al policía, quién le dijo que vale, y luego le dijo más cosas:

— Segundo, ¿Cómo va eso? ¿Lo del tipo que dejo a mis amigas en mitad en mitad del bosque? ¿Han detenido al capullo ese? —

— Ah, sí. No te preocupes, estamos en ello. ¡Todo se andará! — Eso le respondió el policía amistosamente.

— Más les vale. — Le dijo con un tono algo amenazante.

Siguieron hablando de otras muchas cosas, todas banalidades, durante un buen rato, hasta que el policía se marchó y Mao volvió a su salón. Cuando se acostó, para seguir viendo la televisión, escuchó las palabras de una Clementina que se escondía detrás de una puerta.

— ¿Se ha ido? — Le preguntó, Mao le dijo que sí y entonces le hizo otra pregunta:

— ¿Porqué ha venido, Gerente? — Quería saber por qué un policía había entrado en la casa.

— Pues por la desaparición de alguien, y ya está. — Esas palabras que dijo Mao como si no fueran la gran cosa, hicieron retroceder dos o tres pasos a Clemetina, completamente aterrada, mientras miles de recuerdos aparecían en su mente. No quiso preguntar a quién buscaba, pero creía que era a ella, ya que desapareció hace unos años.

Su mente se llenó de preguntas, cómo si ya la habían localizado, si la estaba buscando y qué debería hacer. Sobretodo esa última. Al rato se le olvidó todo esto y su vida continuó como siempre, o eso pensaba, porque se encontró con el mismo policía dos días después, mientras ella volvía del supermercado. Fue al lado del parque, mientras estaban arreglando los baches de la calle, con él llevando ropa casual.

— ¿Tú eres la prima del empleado de Mao Shaqui? — La llamó y está se congeló del miedo, ya que pensaba que él no la conocía.

No sabía que Mao habló mucho de ella y al desconocer esto, creyó aún más que ese policía la estaba investigando y no sabía qué hacer, si huir o otra cosa. Al ver ella que estaba tardando mucho en responder, tuvo que decir que sí nerviosamente.

— Ah, vale. Recuérdale a Mao que si tiene algo importante que decirnos que lo diga, ¡no te preocupes, ella sabrá lo que te habré dicho! — Tras decir eso, soltó unas risas y le dijo además:

— ¡Y espero qué hayas tenido una buenas compras! —

Eso solo la puso más alterada. Después de que se fuera, ella se preguntaba cómo sabía aquel policía eso, olvidándose el hecho de que llevaba bolsas repletas de comida encima. Se imaginó que él la estaba siguiendo y ahora mismo se había escondido esperando que ella se moviera. Entonces giró, nerviosa, la cabeza por todas partes y con el corazón a cien, decidió salir corriendo a casa. Llegó, muerta de cansancio con la carrera que hizo, y perdió muchas cosas que compró por el camino. Leonardo le preguntó preocupado qué le pasaba y no le contestó, tampoco le mencionó a Mao su encuentro. Le costó algo dormirse.

Al día siguiente no salió en todo el día, temía encontrarse con el policía. Al segundo no se le olvidó el miedo, pero tuvo que salir porque su niña quería ir al parque sí o sí y Mao, harto del griterío, las echó. Deseo con fuerza que estuviera Josefina para que fuera con su hija y así quedarse en casa. Con terror y siempre mirando por todas partes, se dirigió al parque con pasos cortos y con un sigilo que preocupó a su propia hija.

Tras sentarse en el banco, se alivió profundamente, pensando que no se lo iba a encontrar. Estaba muy equivocada, porque allí, en otro cercano; se sentó el policía, esta vez con su traje, fumándose un cigarrillo mientras descansaba de lo que estaba haciendo. Se dio cuenta ella de su presencia, cuando lo escuchó lanzando suspiros. Tras girar su cabeza y al verle, se quedó paralizada unos segundos para después dar un grito de puro terror. Todos la miraron y él se levantó diciendo:

— ¿Qué ocurre aquí? ¿Quién ha gritado? — Él miró por todas partes, buscando indicios de algo sospechoso, antes de notar a Clementina con el rostro de puro miedo. Al observarla, le preguntó qué había pasado.

— ¡Nada, nada! — Le decía mientras buscaba su hija, la levantaba y se iba del lugar, con todo el nerviosismo del mundo. Al salir del parque, volvió corriendo hacía su casa. Mientras Diana, su hija, le preguntaba sin parar qué le pasaba, su madre le respondió que nada. No pudo dormir, ya que soñó con él.

El sueño trataba de ella andando tranquilamente, a pesar de las voces de ultratumba que le decían cosas inexplicables, por el pasillo de la casa, que se volvía interminable. De repente, salió el policía, más bien, siete como él, que salían de todas partes y que le inmovilizaban los miembros. No paraban de gritarla usando estas palabras:

— ¡Margaret Chamberlain, detenida por…! — No pudo terminar esa frase, porque se despertó. Estaba sudorosa y no dejaba de respirar e inspirar.

Tardó tiempo en tranquilizar su respiración, mientras pensaba aterrada que estaba llegando el momento de la verdad, que no podría huir aún más, porque eso hizo durante tanto tiempo. Por aquel motivo llegó a Shelijonia, buscando un lugar en donde esconderse y que se volvió su hogar, el suyo, el de su hija y su primo. Si descubriesen quién era ella en realidad y su pasado, la canadiense podría perderlo todo lo que tenía y tendría que enfrentarse a un futuro casi imposible de imaginar.

— ¡Por favor, quiero un poco más de tiempo, solo más…! — Con estas palabras rezaba en voz baja. Quería seguir disfrutando de su vida tranquila y feliz, que aún no era la hora para enfrentarse al pasado. No pudo dormir nada esa noche.

En los tres días siguientes apenas salió de casa y al cuarto tuvo que hacerlo, ya que apenas tenían comida en la nevera. Se le ocurrió una idea para no ser vigilada, ya que estaba absolutamente convencida de que le estaban espiando. Tal cosa era disfrazarse y perdió más de media hora buscando y probándose ropa. Mao viendo eso y extrañado por tal comportamiento, le preguntaba:

— ¿Te vas a probar toda la ropa o qué? ¿No crees que esto ya es muy exagerado? ¡Solo te vas al supermercado! — Eso le decía y la canadiense, no pudo darle una respuesta coherente. No podría decirle que iba a salir disfrazada porque pensaba que la estaban vigilando. Mao, su hija y su primo se quedaron sin habla cuando vieron cómo iba a salir ella.

— ¿Vas a salir a la calle? — Le preguntaba Mao. Y no era para menos, ya que llevaba una máscara muy fea, que era una otafuju; unos pantalones que parecían estar hechos con piel de leopardo, muy ridículo; y un viejo jersey hecho polvo. Clementina pensaba que con esto, podría despistar a la policía, ya que pensarían que ella no podría ir tan ridícula. En verdad, dejó con la boca abierta al chino, a su hija y primo, que no entendían porque iba a salir así. La niña pequeña empezó a preguntar si había carnaval.

Y cuando se fue, tras chocar contra otras cosas, Mao le preguntó a Leonardo: — ¿Qué le pasa a tu prima? —

— No lo sé…— Esa fue su respuesta, atónito ante lo que había visto.

Al dar los primeros pasos, Clementina se paró y empezó a mirar por todas partes, no veía a nadie por la calle, ni menos al policía; así que se alivió un poco, pero no se atrevía a moverse, ni un milímetro. Sentía en su corazón el miedo de dar un paso y de que aparecieran policías gritando su verdadera identidad o si uno disfrazado de paisano aparece ante ella y le empezará a preguntar si era Margaret Chamberlain, ya que ese era su nombre real. Se imaginó incluso que sus propios padres se aparecían antes ellas, llorando y preguntándola por qué se fue de casa.

Quería volver a casa y no salir nunca pero alguien tenía que hacer las compras. Así que llenó de valentía para ir a su destino y empezó a dar pequeños pasos, entonces ante ella apareció el policía, saliendo de lo que fue la casa de Jovaka, que estaba a la venta. Los dos se quedaron mirándose fijamente, paralizados antes la sorpresa. La máscara se le cayó, dándole ganas a la canadiense de gritar y más deseos de salir corriendo. El policía, atrapado en una situación tan extraña e irreal, pensó y pensó en un tema para quitarle la incomodidad al asunto y sin saberlo, eligió el peor tema posible.

— ¡Buenos días! — Lo dijo tras soltar unas risas nerviosas, Clementina también hizo lo mismo. A continuación, añadió esto:

— ¿Sabes? ¡Desde hace tiempo tu cara me sonaba de alguna parte, pero no recuerdo de dónde…! ¡Y ahora lo recuerdo! ¡Fue en un cartel de una chica desaparecida en Vancouver, mientras estaba visitando Canadá! ¡Ahahahaha, que cosas! ¿Eh? — Habló y rió nerviosamente.

El policía se quedó muy pensativo al terminar la frase, dijo lo primero que se le habría ocurrido y le había salido mal e incluso forzado, ¿quién empezaría una conversación así? Se arrepintió mucho de decir esas palabras.

Clementina se puso más nerviosa que nunca. Con los ojos y la boca más abierta que nunca del horror y expulsando sudor frio, había llegado a la conclusión de que le habían pillado y salió corriendo a la casa, mientras le gritaba compulsivamente:

— ¡Yo soy esa! ¡Yo no soy Margaret! ¡No lo soy! — Dejó al policía totalmente boquiabierto, preguntándose qué había pasado.

Entró como una loca, y tras chocarse contra las cosas de la tienda y después contra el mismo Mao, que le preguntaba asustado qué estaba ocurriendo; se encerró en su habitación, intentando imaginar que solo era una pesadilla, que todo eso no estaba ocurriendo pero sabía muy bien que todo lo que vivía era real. Pensaba que había llegado ese momento que no deseaba que llegara y no quería enfrentarse a él. Por esa razón, sin saber muy bien el porqué, se ocultó ahí y no quería salir, hasta que la tormenta pasase y poder continuar su vida.

Tras pasar un rato, entró Mao en la habitación oscura y veía a Clemetina, en un rincón, agachada y temblando de miedo. Él pensó que, como era típico en ella, se había obsesionado con otros de sus temores y dio un suspiro muy grande, ya que era muy trabajoso quitarle esas tonterías. Se imagino que la razón por la cual salió a la calle de esa forma tan ridícula y debía ser la misma. Llegó a la conclusión que tendría que intervenir, ya llevaba demasiados días actuando como una loca.

— ¡Vamos a ver! ¿Ahora qué te pasa? — Le preguntó. Entonces ella, con los ojos húmedos, le miró fijamente. Pensó que ya no tenía poco tiempo y que ahora más que nunca, tenía que contarle la verdad, aún si no quería escucharlo. Así el gerente no se llevaría una fea sorpresa. Entonces se levantó y tras inspirar e expirar, se lleno de valentía y le dijo con la cara más seria que tenía:

— ¡Tengo que contarte mi historia! — Mao se quedó con cara de que está diciendo ésta, pero al ver en el rostro de Clementina de que era algo serio, no dijo nada y se puso a esperar. Aunque lo que hubo a continuación, que duró casi un minuto, fue puro silencio.

— ¿Para cuándo lo vas a contar? — Protestó Mao, apenas podría esperar, el suspense lo estaba matando, mientras Clementina intentaba llenarse de valor para contarle la verdad.

— Gerente, yo en verdad… —  E intentó empezar, pero se quedó paralizada, se sentía incapaz de continuar.

— Dilo de una vez. — Le dijo Mao que ya se estaba poniendo de los nervios con tanta seriedad, mientras intentaba ponerse cómodo y eso obligó a ella contar por fin su historia.

— Yo, soy de Edmonton, Alberta y crecí con unos padres maravillosos, aunque nunca estaban conmigo. — Decía esto mientras miraba veía la cara de aburrimiento de Mao y decidió apresurarse. — Pues bueno, llegue a la secundaria y entonces…entonces… — Su cara se puso roja y poco a poco le entraba las ganas de llorar. — Conocí al padre de Diana…—

— ¿Por qué no has empezado por ahí? ¡Cuenta, cuenta! — Le interrumpió Mao, mientras veía que iba a estar interesante. Le entraron ganas de tomar palomitas mientras escuchaba su relato y Clementina siguió hablando:

— Él se llamaba Benjamin Hudson y era…bueno… — Dio un gran suspiro, no quería decirlo, pero tenía que hacerlo. — Era mi profesor de Educación Física. —

— ¿En serio? — Gritó Mao, totalmente sorprendido. No se lo podría creer, parecía que a la canadiense le había ocurrido algo que parecía muy grave. Clementina le tapó la boca rápidamente para luego decirle que no lo gritará tan alto.

Al ver que Mao solo estaba pendiente de escuchar, sin criticar nada, ya que quería entender al cien por cien toda la historia; Clementina ganó un poco de confianza y se sentía capaz de explicárselo todo sin miedo alguno:

— Nos conocimos cuando yo tenía doce años y pues era muy guapo. No me enamoré de él a primera vista, fue cuando me defendió de las burlas de los chicos ante mis pechos. Les regañó, les decía que eso no era propio de unos caballeros, eso de burlarse del pecho de una chica, llamarla “vaca” o “tetona” era muestra de ser idiotas. Recuerdo que así empezó mi atracción por él y con el tiempo, empecé a darme cuenta de que estaba floreciendo algo muy extraño hacia aquella persona. Era amor, pero no me di cuenta hasta a finales de curso. Estuve todo el verano con la esperanza de que me tocará, no fue así. Al siguiente, me tocó un gordo por profesor en vez de él y con el miedo de perderlo para siempre, intenté acercarme y a conocerle mejor, saberlo todo sobre al hombre que amaba. No supe cómo, pero, por varias cosas terminé convirtiéndome en una especie de…bueno…—

Paró, buscando un término mejor que el que iba a decir, para no quedar tan mal. Al ver que se quedó atascada, Mao decidió soltar esto:

— ¿Acosadora? — Dio en el clavo, y le sintió muy mal a Clementina que le dijera eso.

— No quería decirlo así…— Lo decía avergonzada de sí misma y mirando hacía al suelo. — Al parecer, mi amor se volvió un poco obsesivo y…— Rió nerviosamente. —…cuando terminó el primer trimestre, yo ya sabía dónde vivía, cómo eran sus padres, sus gustos y manías y que tenía un perro… ¡Ah, a ese perro le tenía mucha envidia! — Puso un gesto de odio por un momento. — En fin, lo sabía casi todo sobre él y, por suerte, estaba soltero. De ahí que pase a la fase dos y empecé a mandarle cartas siempre anónimas y intentaba siempre pasar la mayor parte de tiempo con él…—

De los cientos de recuerdos que tenía se le apareció uno en especial, que casi la dejó paralizada al recordarlo, que era el momento de su declaración. Fue después de que consiguiera que él aceptara ser su profesor particular, encantado y sin saber las verdaderas intenciones de Clementina. Ella se le confesó cuando terminaron con su clase, cuando se disponía a irse. Fue un beso, con la imagen del atardecer en la ventana, dándole un tono naranja a la habitación. Y solo estaban ellos dos solos.

— ¡Te amo! — Eso le dijo, y así se lo explicó a Mao, cuando pudo salir del bloqueo.

— ¿Y así es cuando hiciste el amor y te quedaste embarazada? — Le preguntó Mao.

— No, idiota. — Le gritó en voz baja, avergonzada mientras le tiraba una almohada en la cara.

— Él intentó convencerme de que lo nuestro era imposible y todo eso pero yo…— Decía Clementina. — Yo no iba a tirar la toalla e insistí y él tuvo que aceptarlo y poco a poco, creo, también empezó a enamorarse de mí. Y al final, acabamos saliendo juntos, con nuestras citas y casi siempre juntos, siempre y cuando nadie más lo descubriera. Pasamos un año así hasta que di un paso adelante y…y…— Le costaba decir eso, porque le parecía tan vergonzoso decirlo que se lo dijo al oído a Mao.

— ¡Ah, entonces empezasteis a hacer cosas pervertidas! — Lo dijo así como así.

— No lo digas tan alto. — Le decía, con la cara extremadamente roja, mientras le zarandeaba.

Mao le dijo que vale y continuó ella su historia: — Bueno, él quería usar “eso”…— Intentó decirle a Mao por señales que se refería al condón, mientras le replicaba que ya lo sabía. —…pero yo, no sé si por estúpida o porque en el fondo deseaba un hijo con él, no le dejé que se pusiera protección, y pues al final, descubrí que estaba embazada. —

— ¿Cómo lo descubriste?  — Le preguntó Mao.

— Pues me estaba poniendo muy gorda, y pues con las ansias y todas esas cosas, hacían que mis amigas bromeaban con que yo tenía un hijo en mi interior. Yo por sospecha compré…bueno, le mande mi primo, comprar esos aparatos que te dicen si estaba embarazada y eso quedo positivo. A lo primero, intenté pensar que estaba mal, pero eso funcionaba correctamente. — Sus ojos se llenaron de lágrimas. — Cuando se enteró, se puso tan mal que se alejó de mí. Me dijo que él había arruinado mi vida. Es gracioso que dijera eso, porque si la gente se hubiera enterado de eso, sería el que saliese perjudicado. Yo era menor y alumna de su escuela, y él mayor, y profesor, además. Si lo descubriesen estaría en la cárcel, tachado para siempre como pedófilo. — Empezó a llorar. — Ahí…a-hí es cuando me dí cuenta que actúe…como una estúpida…y…e-entonces…entonces, él se mato… — Se tapó la cara mientras no paraba de llorar descontroladamente.

Mao no supo que reaccionar, si decirle algo para tranquilizarla, pero solo se le ocurrió ponerse al lado de ella a darle palmaditas en la espalda. Le daba un poco de pena aunque esa historia no le dio mucho sentimiento. Entonces, para consolarse, la canadiense abrazó fuertemente a Mao, mientras le preguntaba si le podrían perdonar algún día. El chino no supo que decir, hasta que terminó el lloriqueo.

— ¡Ah, gracias! ¡Lo siento por esto! —

Le agradecía a Mao, mientras se limpiaba sus ojos de lágrimas. Hacía tiempo que no sentía tan aliviada, que se había quitado un peso de encima. Se alegró de haberle contado la verdad, aunque se olvidó de decirle cómo huyó de Canadá.

— Una pregunta, ¿Alguna vez se te pasó por la cabeza eso de abortar? — Eso le soltó Mao, a continuación.

— Muchas veces, pero después de su suicido el bebé era lo único que quedaba de él, y además ya mate a alguien por mi culpa. —  Lo decía mientras se tocaba su barriga. — Diana es mi alegría, después de todo, y no me arrepiento de que haberla tenido. —

— ¡Qué tonterías dices! ¡Si el tipo se mato es porque lo eligió él! — Eso le gritó Mao y tras tomarse un respiro, le preguntó esto:

— ¿Y cuál es la razón para que me hayas contado esto? — Con esto dicho, Clementina le contó todo el asunto con el policía y cuando terminó, Mao se murió de risa.

— ¿Pero Gerente? ¿Por qué ríe? ¡Esto es muy serio! — Le decía ella, incapaz de entender como le podría ser hilarante lo que estaba pasando.

— Peter Junior — Que así es como se llamaba el policía. — vino en busca de respuestas para la desaparición de Lafayette. Y si últimamente aparece mucho por el barrio es porque está buscando casa por este barrio, o eso dicen. O también porque están investigando la casa de Jovaka por cosas. Bueno, yo qué sé. Pero de lo que estoy seguro es que no te está buscando, es demasiado idiota. — Le decía entre risas Mao. Clementina, molesta, le decía que parase de reír, pero estaba aliviada. Al final, nada grave estaba pasando y podría continuar con su vida. Le dio gracias al cielo por dejarla más tiempo para saborear este presente, del cual disfrutaba con gran felicidad.

Al día siguiente, antes ellos, se presentaron el policía y otra persona, una mujer que parecía tener más de treinta años, que llevaba un peinado muy llamativo; y su cara estaba hasta los topes de maquillaje. Llevaba un vestido elegante de los que usaban en los años veinte. Estaban yendo de casa en casa presentando a la que sería la nueva inquilina de la casa de Jovaka.

— ¡Pues aquí tiene a mi tía…! — Al decir eso, la mujer le pisó el pie y el policía sufrió de dolor, pero no gritó.

— ¡Soy su prima, no su tía! ¡Ahora vivo en la casa de al lado! ¡Esperemos llevarnos bien como buenos vecinos! — Eso dijo aquella mujer, intentando parecer jovial.

— ¡Maldita testigo protegi…ejem, quería decir…! ¡Bueno…nada! — Tras decir eso, empezó a reírse nerviosamente, casi iba a decirles que esa mujer, que no era su tía ni prima, era un testigo protegido por el gobierno.

Mao deseaba que terminaran rápido con su presentación, quería volver dentro, además de que esa mujer no le cayó bien. Leonardo se quedaba horrorizado por el maquillaje de la señora, preguntándose cómo podrían algunas mujeres echarse tanto; y Clementina se sintió muy feliz y aliviada, porque al final todo lo que se imaginaba no era cierto.

FIN

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