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La Muerte de la Zarina, cuadragésima octava historia

Yo, es decir, Marie Louise Lafayette, conocida por estos lares como “La Luisiana”; reconozco y me enorgullezco de haber matado a Sajonia Von Schaffhausen, la Zarina y ésta es la historia de cómo la vencí.

Conseguí que la aldea donde estoy me aceptara como líder, algo fácil, ya que les metí mucho miedo en el cuerpo. Todas esas risas de idiotas que decían que yo no iba a ser la jefa porque era extranjera y mujer, entre otras excusas, fueron calladas. En ese momento mandaba y era la máxima autoridad de ese pueblucho, y como gobernante que se precie me llené mis comidas de las cosas más lujosas posibles. Así estaba tres días después, tomando vino del bueno y carne de vaca en la mesa del despacho. Sabía a pura gloria, mi vida se había vuelto hermosa.

— ¡Busca más vino, Cammi! — A quién ordené esto, después de tomarme una copita, fue a una perra que se trajeron las zorras esas de las Shaffhausen, Cammi Cammi Zoliars o algo así, ¡vaya nombrecito tiene la muy hija de puta! En fin, esta tipa la utilizaron para espiarme y comunicarles lo que hacía yo. De eso me enteré hace tiempo y no sé cómo no la maté, pero la deje vivir, porque es una cagona y hace todo lo que yo quiera. También ha sido una de las personas con que más he intimado, ¡se me olvidó! Ella también fue mi traductora, aunque habla mi idioma de una forma horrible.

— ¡Tú, Zvezdá Krásnaya, cuéntame un chiste! — Esto se lo dije en su idioma a la otra que estaba conmigo. ¡Y es un monstruo de tía! ¿Por qué? Es que es grandísima para ser una chica, debe medir más de 1’70 o incluso mucho más, seguro. Creo que debe ser la cosa más alta de la aldea, porque todos a su lado son unos putos enanos. Aparte de eso, y de ser la burla de todos por su gigantesca altura, sus padres acogieron a la Cammi y esas dos duermen juntas. Creo que deben ser tortilleras.

Dejando a un lado a todo esto, no se le ocurrió ninguno y no contó nada hasta que la otra trajo el vino. Mi idea era beber hasta emborrachar.

Celebrar que estoy en el poder, tras meses de cuidar putas ovejas, y que en mi vida jamás había sido más agraciada.

Mientras tomaba el dulce néctar de los dioses, miraba lo que había conseguido. Mi despacho, que así lo llamo yo porque me da la gana, era hermoso, digno de un líder de un pueblucho. No solo eso, sino toda la casa, lujosa para los estándares de estos putos. Pieles de osos en paredes y en el suelo como alfombras, una chimenea al fondo y en una esquina una mesa con una madera buena traída del exterior, algunas cosas raras, así era mi trono. Todo estaba bien hasta que apareció la bruja de la Zarina.

¿Cómo apareció ella? Pues primero escuché unos molestos sonidos que procedían del exterior. Tanto la Zvezdá como la Cammi como yo nos quedamos pensando de dónde procedía. Luego, empezó los gritos de los aldeanos que intentaban decir, en su idioma, claro; que la Zarina apareció.

Esas dos se pusieron nerviosas y fue, entonces, cuando la puerta se abrió en par en par con una fuerza muy violenta. En verdad, fue rota por una patada, por la de esa chalada, que se fue a por mí directamente. Parecía que me quería golpear algo y me acojoné, en serio. Las dos chicas se abrazaron por puro miedo. Esa tipa, sonriendo como si fuera un malo malísimo de una película, me miró durante unos segundos y eso no me tranquilizaba. Tras perder el tiempo así, por fin dijo algo:

— ¡Ah, la negrita! ¿Cómo te llamabas? ¿Blancanieves? ¿Lapaleta? ¿Lafelle? — Era obvio de que esa puta se estaba burlándose de mí.

— ¡Soy Lafayette! — Le dije eso con todo el desprecio y esa zorra se río de mí.

Entonces, empezó a mirar por todos lados para decir esto: — ¿Por cierto, dónde está el jefe de la aldea? ¿Y qué haces tú ocupando su lugar? —

— Pues se ha jubilado, Mi Zarina. — Eso le respondí a la Zarina, irónicamente.

— Pues me ha dicho un pajarito que el pobre murió hace poco y tuvo una muerte terrible. — Y ella me soltó esto, a continuación.

Obviamente sabía que se iba a enterrar pronto o temprano de que lo mandé a paseo, pero aún así intenté que esa noticia no saliera del pueblo.

Por eso los amenacé a todos, y sobre todo a esas perras de Cammi y Zvezdá, diciéndoles que no dijeran nada o les cortaría la cabeza. En ese momento, recuerdo que las miré de mala leche y ellas con gestos y señales intentaban decirme que no habían hecho nada malo. La puta Zarina, siempre con su puta actitud de superioridad, seguía hablando. Yo sólo le dije que tal vez tuvo un pequeño accidente.

— ¡Ah, sí! Cuando encontraron su cuerpo, en el río cerca de la capital, tenía un agujero de bala en la cabeza. ¡Todo muy natural! — Y se rió otra vez, como si fuera un chiste.

Maldije a la naturaleza y estaba rabiosa. Pensaba que el cuerpo se iba a quedar allí, pero el agua lo arrastró hasta cerca de dónde ella vivía. Se me olvidó que todos los putos ríos del Zarato se unían en uno que atravesaba la capital del maldito reino.

— ¿Qué quieres? — Se lo dije directamente, sin tapujos.

— ¡Pues investigar y juzgar sobre este horrendo crimen, después de todo soy la justicia! ¡La jueza del Zarato! ¡La Zarina! — Se lo tenía muy creída esta tipa y pues eso me puso de peor humor. Deseaba profundamente golpearla sin parar hasta abrirle los sesos y dejarla irreconocible.

A continuación, se puso a hablar de por qué no la recibí como merecía y le dije que ni siquiera había avisado. Entonces es cuando me enteré que algún puto me escondió la carta sobre que ella iba a venir. También me mencionó sobre el resto de la familia del antiguo jefe y tuve que inventarme una horrible excusa para no decirle que los expulsé del pueblo. Durante toda la charla no dejaba de hablar como si fuera un dios, con esa odiosa mezcla de burla y superioridad.

A la tarde, tras salir ella a cazar sola, busque quién era el culpable de no haberme avisado de esa horrible visita. Y empecé por esas dos idiotas, Cammi y Zvezdá, primero las mande a que no salieran del despacho y les pregunte con toda la rabia del mundo esto: — ¿Quién de vosotras sabía lo de la Zarina? ¿Quién? —

Y di un golpe muy fuerte en la mesa, haciéndolas temblar de miedo, tanto que parecía que se iban a mear encima. Ninguna dijo nada y tuve que dar otro golpe y decirles que lo dijeran de una puta vez.

Se quedaron de silencio de nuevo y tuve que emplear más violencia, tirando de una patada la mesa. Por fin una de las dos se atrevió a decirme a algo.

— Y-yo…fui… — Decía esa perra de Zvezdá en su idioma, mientras le temblaba la lengua sin parar. — la q-que…que se le olvido decirle eso. —

Se puso delante de la Cammi, alzando los brazos como si quería protegerla. La otra estaba, paralizada, miraba a su compañera. Obviamente, sabía ya quién era la culpable. Así que me acerqué a ellas poniendo mi peor cara de enfado y haciéndolas creer que las iba a reventar la boca. Algo que no haría en realidad porque los putos de la aldea se pondrían contra mí.

— ¿Q-qué va hacer, Lusiana? — Me preguntó aterrada Zvezdá. No dije nada, solo la empujé para quitarla del medio e irme a por la Cammi. Está temblaba, con solo al verle, y dio unos cuantos pasos hacia atrás hasta tocar la pared. Mientras ejercitaba mis músculos para dar la impresión de que la iba a zurrar de lo lindo, ésta confesó, suplicándome con lágrimas en los ojos,  que no le hiciera daño:

— ¡Fui yo, Luisiana! ¡Pero perdóname, por favor! ¡Yo no quería hacerlo, de verdad! — La otra también me suplicaba que no la hiciese nada.

Entonces, di una fuerte patada contra la pared, a pocos centímetros de su cara mientras le decía esto:

— ¡Te perdono esto! ¡Te la perdono! ¡Pero que no ocurra otra vez! ¿Entendido? — Se lo dije más claro más claro que el agua y ella me dijo que sí.

Ella, con la mano en el pecho, cayó al suelo y estuvo un buen rato así, recuperándose del susto. Y de ahí me fui pensando en qué hacer.

Esa versión femenina de Hitler vino para quitarme todo lo que conseguí y mandarme a la mierda de nuevo. Juré por mí misma que eso no iba a ocurrir, yo iba a permanecer en el poder, cueste lo que cueste, incluso mataría por eso.

Eso último que pensé me dio una idea arriesgada y loca, pero que si lo conseguía podría ser la hostia. Sonreí mientras pensaba que tendría que matarla. Ya me quité al puto de la aldea del medio, ¿por qué no, a La Gran Zarina? Así, que me puse a dar vueltas por la aldea hasta que cayera la noche, pensando en cómo matarla.

Primero, fue envenenarla, pero no sabía nada de venenos y buscar a alguien que lo sepa, es como proclamar a los cuatro vientos que me quiero cargar a alguien. Lo segundo que me imaginé, era invitarla a un paseo y tirarla por el barranco, pero no veía cómo hacer tal cosa. Mi tercera idea fue el de dispararla, mientras dormía en la cama, pero seguro que la muy puta tenía guardaespaldas y vigilarían el lugar. Entonces, me acordé de aquel plan de asesinato fallido que hicieron contra mí y lo fusioné con la segunda idea. Me pareció perfecto, pasear con ella para enseñarle el lugar de la muerte del viejo mientras otro indio estuviera esperando, a lo lejos, para darle un tiro por la cabeza. Perdí toda la noche pensando en cómo hacerlo.

A la mañana siguiente, me desperté lo más temprano posible y busque algún pobre desgraciado para darle el papel de ejecutador. Primero, pensé en las feas de Cammi y Zvezdá, pero me parecía muy arriesgado, ya que me podrían traicionar y eran unas puras cobardes. Entonces, busqué a un enano, de apenas nueve o diez que conocía y que disparaba de puta madre, algo que comprobé hace tiempo. Estaba en las afueras del pueblo con otros estúpidos.

— ¡Eeeeh, tú! ¡Mohicano o como te llames! — El muy puto llevaba ese peinado o algo parecido. No me hizo ni puto caso y tuve que acercarme y cogerle del cuello.

Los demás salieron pitando mientras le decía esto: —Tengo una tarea pendiente para ti…—

¿Y mientras tanto dónde estaba esa mujer? Pues no apareció hasta bien entrada la tarde. Durante el tiempo que estaba ella ausente rezaba para que se muriese. Entró cargando tres putos osos, ¡osos! Me quedé alucinada. Llegaba al pueblo en un carruaje de mierda cargando tres enormes bestias, muertas mientras los putos celebraban su vuelta como si hubiera ganado la guerra. En verdad, ver eso me quitó un poco las ganas, pero seguí maquinando su eliminación.

Mientras tanto, al bobo ese se lo expliqué todo clarito y le amenacé con coserle la boca y el culo si dijera algo. Tuve que esperar hasta al día siguiente para comenzar mi plan.

— ¡Buenos días, negrita! ¿Cómo te ha ido la noche? — La muy puta me lo decía mientras se sentaba en dónde yo debería estar, la zorra me había robado el sitio, además de que estaba poniendo los pies sobre las mesas.

— Horrible, sabiendo que estás aquí…— Esa fue mi respuesta, y lo dije así para fastidiarla, pero la chalada de la Zarina se río de eso como si fuera un chiste.

— ¡Que poco respeto tienes hacia la mayor autoridad! — Me dijo esa puta y yo, que deseaba decirle que a mí la autoridad me importaba un pepino, le dije otra cosa, comenzando así mi plan:

— ¿Por cierto, no habías venido por ver la escena del crimen? ¡Algunos aldeanos me han confirmado que vieron eso y te lo quiero enseñar! —

No me esperaba que aceptara ir conmigo tan pronto, pensaba que no iba a caer tan tontamente en la trampa. Con eso en mente, me reía de ella mentalmente en su cara sin saber que el resultado iba a ser muy distinto de lo esperado. El lugar del magnicidio era a mitad de camino, cuando estábamos subiendo por una ladera de una montaña. Sitúe al chaval encima de unas rocas, no muy lejos de ahí y que estaban sobre nosotras, obviamente. Cuando yo llegué ahí, empecé a mirar por todas partes sin que esa zorra se enterase y al verlo, di una señal, hice como si me doliera el pie de tanto andar y le dije a la perra de la Zarina:

— ¡Oh dios! ¡Como me duele el pie! ¡Ayayayayaya! ¿Podemos descansar? — Eso le decía mientras me agachaba.

— ¡Ya te has cansado! ¡Qué blandengue eres! — La hija de puta se estaba burlando de mí, pero en ese momento no me importaba escucharla, porque yo iba a ser quién se iba a reír la última. Escuché el sonido de un disparo y el cuerpo de la Zarina se cayó al suelo como si fuera puro plomo, mientras  me agachaba instintivamente. Una gran sonrisa de satisfacción cubrió mi cara, me la había cargado y con apenas esfuerzo.

A continuación, me levanté del suelo, gritando de felicidad, y me dirigí al idiota para felicitarlo por el buen trabajo. Y de repente, vi como ese niñato tiró la escopeta y salió corriendo. Ahí me di cuenta que había celebrado la victoria precipitadamente, porque oí un fuerte disparo al lado mía que le alcanzó al chaval y lo hizo tirar al suelo.

Giré mi cabeza hacía mi lado derecho y veía a la Zarina en pie, sonriendo de una forma que me entraba ganas de mearme en los pantalones. Me quedé helada y paralizada, mientras ella se giro para verme y decirme esto: — ¡Qué agalla tienes, Luisiana! —

No me dio tiempo a decir una buena excusa ni a salir corriendo, porque me tumbó de un solo golpe y me hizo desmayar. Cuando desperté me di cuenta que tenía las manos atadas hacía arriba, levantada del suelo y no veía nada, absolutamente nada. No sabía decir cuando tiempo estuve así, pero parecía que habían pasado semanas e incluso meses.

— ¿Cómo estás, negrita? — Tras pasar tanto tiempo así, esas fueron las primeras palabras que escuché. Los putos que me obligaban a comer por la fuerza o me tiraban agua por encima no decían ni una puta palabra. Lo malo es que esa voz era la de esa desgraciada de la Zarina.

— ¡Hija de puta, suéltame! — Eso le grité y le dio tantas risas que estuvo un rato sin parar.

— Me parece que tan mal no estás… — Eso dijo, ¡dijo que le parecía que no estaba tan mal! Estaba desnuda, encerrada en un lugar durante demasiado tiempo, atada y levantada del suelo. Me obligaban a comer y me echaban agua, ¿y cree que tal mal no estoy? Tenía ganas de golpearla y así se lo dije.

— Deseo arrancarte la cabeza, abrir tu estomago y saca tus intestinos para meterla ahí, luego cortarte brazos y piernas y tirarlo al campo para que se lo coman los lobos. — Se puso a reír de nuevo la muy hija de puta.

— ¡Qué gran imaginación tienes Lafayette! ¡O Luisiana! ¿Sabes para qué he venido aquí? — Eso me decía, mientras se burlaba de mí.

— ¿Qué quieres? ¿Jugar a las adivinanzas? — Le grité.

— He venido aquí a darte lo que quieres, ¡deseas matarme, entonces, yo te doy la oportunidad! —

Yo me quedé flipando en colores, pensando que se le fue la olla.
Pensé que era una burla, porque nadie normal haría eso. Se me olvidaba de que esa mujer era de todo menos eso. En fin, tras decir ella eso e irse, escuché y noté cómo me desencadenaban y me hacían dormir con clorofila.

Al volver a abrir los ojos, pude ver que ya no estaba atada ni desnuda ni tenía una puta venda en los ojos. Llevaba ropas hechas pedazos pero que aún se podría utilizar. Mire por todo mi alrededor, parecía estar en una aldea pero una desierta, no veía nadie. Entonces, escuché ruidos y vi algo que jamás pensaría verlo en este extraño lugar llamado Zarato. ¡Un puto tanque! ¡Estaba viendo un tanque moviéndose!

Me pregunté si estaba soñando, me habían metido drogas o algo raro, porque no me lo podría creer. Se paró en mitad de la aldea y de él salió la Zarina.

— ¡Bienvenida, Luisiana! ¡Ya tenemos el escenario listo para nuestro combate! — Me decía.

— ¿Qué coño es esto? ¡Explícamelo, zorra! — Le grité, incapaz de saber que quería hacer conmigo.

— Pues una lucha a muerte. Gana quién mata al contrario, así de sencillo. — Puse cara de plasmada mientras ella sacaba algo del tanque. — ¡Alégrate, mujer! ¡No pongas esa cara! ¡Te he dado la mejor oportunidad que haya tenido un traidor! ¡Matar a su objetivo! Espero que, independientemente del resultado, seas una rival digna para mí. — Mientras me lo decía con toda la tranquilidad del mundo, vi que estaba encajando las piezas de algo. Cuando me di cuenta, era un arma, una maldita ametralladora y tardé en reaccionar.

— ¡Hija de puta! ¡Estás demente! — Gritaba, mientras corría como una loca a esconderme. Me fui directa hacia la primera casa que veía, para poder refugiarme. Una ráfaga de balas me perseguían, mientras la Zarina gritaba de pura demencia. Estaba disfrutando de verme huir como una gallina, mientras aquella mortal lluvia me alcanzaba los talones. Ahí comprobé que estaba completamente chalada. Fue un milagro haber salido ilesa, aunque el ruido que producían hacían sangrar mis pobre oídos.

Cuando pude esconderme, intenté recuperarme. Mi corazón latía a cien, parecía que me iba a dar un infarto. Un sentimiento de horror me invadía todo el cuerpo y me provocaba nauseas.

Esa maldita perra no me dio tiempo a descansar. A los pocos segundos de esconderme, la ametralladora calló y ella gritó a los cuatro vientos, con un tono de euforia bastante aterrador, que me iba a buscar. Yo miré por todas partes si había una puta arma con que defenderme, pero no lo veía, no encontraba que me servía de ayuda. Incapaz de defenderme, decidí buscar otro sitio para esconderme.

Entonces, al alcanzar al muro de la otra casa, ella apareció delante de mí, con una escopeta en la mano.

— ¡No te vas a escapar tan fácilmente! — Tan pronto como dijo eso, se puso a disparar.

Yo salí corriendo y al dar un pequeño rodeo por una casa, me acordé de que podría aprovecharme del tanque y la ametralladora. Fui directa hacia allá, mientras hacía todo tipo de acrobacia para poder esquivar los disparos.

Y ella no paraba de reír, mientras me lanzaba todo tipo de burlas hacia mí. Rechinando los dientes por la ira que sentía, me decía a mí misma que pronto le iba a dar su merecido, que iba a tener más agujeros que un queso.

No sé cómo lo hice, pero alcancé la ametralladora. Di un salto, cogí el arma y le grité esto, mientras le mostraba mi peor sonrisa: — ¡Toma esta! —

Apreté el gatillo, con la esperanza de que una lluvia de balas caería sobre ella, pero no salió nada.

— ¡Mierda, mierda! — Lo decía con mucha desesperación. — ¡¿Por qué, por qué no funciona!? — Mis nervios estaba a flor de piel y mi cuerpo no dejaba de temblar.

Intenté hacerlo funcionar varias veces, mientras miraba de reojo como la Zarina se cansó de dispararme y estaba acercándose a mí, con una tranquilidad pasmosa, como si ya estaba segura de que me iba a eliminar.

Y lo peor de todo es que empezó a cantar una maldita canción en un idioma extraño, parecía como si estuviera invocando al mismo demonio.

Roti Rösli im Garte,
Maieriesli im Wald
Wänn de Wind chunt choge blase
so verwelked si bald.
Chlini Fischli im Wasser,
grossi Fische im Meer
Hei lueg wie si gumped
und schwümed juhee.
Liebi Sunne chum füre,
liebi Sune chum bald
Das mir chönd go spaziere
über Wiese und Wald.

A pesar de que se oía como si fuera una canción infantil, me estaba dando auténtico pavor. Ahí es cuando vi que la ametralladora no tenía balas y estaba cometiendo una gran estupidez. La Zarina, que seguía cantando, estaba a cinco metros de mí, apuntando a mi cabeza. Giré hacia al tanque y me monté en él, mientras me insultaba por no darme cuenta de que podría utilizarlo. Al estar ahí dentro, note un olor desagradable y un montón de sacos, de algunos sobresalía polvo de color negro, o eso parecía. Entonces esa perra me hablo:

— ¡Adivinanza, adivinanza! ¿Qué pasará si disparo hacia el tanque? Una pista sería que podrías volar por los aires. — Luego, se hizo la pensativa. — ¡Vamos a comprobarlo! — Y empezó a contar números, como si fuera la cuenta atrás de una bomba. En ese momento me di cuenta de que tenía que salir de ahí.

Salté de ahí y volví a correr a toda velocidad. Aunque tardé demasiado, ya que, al alejarme a  seis o siete pasos del puto tanque, ella disparó y en dos segundos la bala alcanzó su objetivo y eso explotó. Salí volando por los aires para terminar en el suelo toda dolorida. Todo mi cuerpo estaba lleno de heridas por culpa del rozamiento del suelo.

A pesar de sentirme como si me hubiera atropellado un coche, mi instinto de supervivencia me decía que no era para quedarme en el suelo. Me levanté de golpe, provocándome más dolor, pero intenté ignorarlo. Tenía que salir corriendo como fuera.

— ¡Me estás decepcionando mucho! Pensaba que me ibas a dar más guerra…—

Entonces, ese puto monstruo, al verme salir corriendo, me dijo esto. Más o menos, fue eso lo que escuché, ya que la explosión me había atorado los oídos. A continuación, me empezó a seguir poquito a poco, pensando que su presa estaba muy debilitada.  Me daba tanta rabia que ella me estuviera tratando como si fuera un ciervo que quería cazar y que viera esto como si fuera parte de un espectáculo para satisfacerla. Esto ya era enfermizo.

Me escondí en una casa, caí al suelo intentando descansar del cansancio e intentaba pensar en cómo salvar mi vida. No iba a permitir morirme cuando todo me iba muy bien, cuando por fin disfrutaba de algo, de tener poder. He hecho grandes sacrificios y lo peor sería que todo fuera en vano. Por eso sabía que la única manera era matarla, ya que huir no serviría de nada, ¿pero cómo? Mientras intentaba pensar, ella, allá fuera, empezó a hablarme.

— Y yo pensando que por fin había encontrado a alguien digno de enfrentarse a mí. Eres igual que todos los conspiradores con lo que he tratado. Siempre intentaban matarme por la espalda, nunca por delante y cuando les doy la oportunidad solo huyen y huyen. — Me entraba ganas de decirle que era bien obvio, ya que no les dejaba nada en su puto favor. Ella había usado una ametralladora, una escopeta, pólvora e incluso un tanque y yo no tenía nada con que defenderme.

— Es igual que luchar con un animal. Pensaba que tú serías capaz de enfrentarte cara a cara contra mí y me dieses problemas. — Lo decía con un tono de desilusión. Me mordí la lengua, me entraba unas ganas de gritarle que le iba a dar el problema de su vida.

En ese momento, decidí lanzarme de cabeza. No tenía nada en mente, pero aún así lo haría. Me dije mentalmente que fuera lo que Dios quiera, aún cuando no creía en él. Iba a demostrarle a esa perra que estaba equivocada y eso le iba a salir caro, lo pagaría con su vida, o eso esperaba y deseaba, porque si no yo iba a ser la que lo iba a pagar con la muerte.

Entonces salí de la casa y me dirigí hacía la zorra, gritándole esto: — ¡Te voy a dar lo que te mereces, maldita loca! — Lancé un puñetazo a su cara con todas mis fuerzas, yendo a la velocidad de la luz.

Aún así, ella ni se inmutó a detenerme y se dejó golpear. Le di bien fuerte, pero no le hizo nada de daño, su piel parecía acero. Ella empezó a reírse como la loca que era, mientras yo intentaba aliviar mi mano dolorida por el golpe. Al ver que su ataque de risa no paraba, aproveché ese momento y le di una patada en el estomago que la hizo caer y tirar la escopeta. Con total velocidad, lo cogí y me alejé bastante de ella. Ella se levantó y siguió riéndose, eso ya era demasiado perturbador.

A continuación, me puse en posición de disparo. Si, ya sé que sería mejor haberlo hecho cuando estaba al lado suya, pero era demasiado peligroso. En todo caso, le disparé. Pero ella siguió riéndose, mientras esquivaba la bala con naturalidad, como si fuera el pan de cada día.

— ¡Bien hecho, mujer! ¡Por fin te has animado! — Esto me dijo cuando terminó de reírse.

No perdí más. La disparé una segunda y tercera vez, pero ella los esquivo de nuevo y se acercaba hacia mí, sonriendo macabramente. La Zarina estaba a cinco metros cuando le disparé por cuarta vez y se quedó quieta, tras esquivar la puta bala como si fuera un personaje de Matrix. Comprobé rápidamente el porqué. Mientras me había quedado sin balas, de su falda se sacaba una puta ballesta y flechas. Cuando me di cuenta, ya me iba a disparar todo a una velocidad increíble, como si ella fuera el Lucky Luke ese. Entonces me lanzó una flecha y la esquivé por los pelos. Luego de eso, me dijo esto:

— ¡Qué suerte has tenido! Un poco más y se te había hecho una herida… — Eso decía, mientras miraba a la ballesta con una sonrisa burlona hacia mí. —…que con solo mezclarse con la sangre te mataría en veinte segundos. Es un buen veneno, ¿sabes? — Los pelos se me pusieron de punta, no podría asimilar lo que había escuchado.

A continuación, La Zarina dejó de parlotear y me disparó otra vez. Ahora que yo sabía eso, corría más que nunca, preguntándome si había algo de cordura en esa persona. Ni siquiera la podría considerar así, eso era un monstruo con cuerpo humano.

— ¡Vamos, Luisiana! ¡No huyas de nuevo, enfréntate a mí! ¡Mátame, atrévete a matarme! —

Mientras me perseguía, no dejaba de repetirme aquello. ¿Pero, cómo iba a hacer algo semejante cuando esa chalada tenía una puta ballesta con flechas venenosas? ¡Joder!

Yendo en zig-zag, cayendo al suelo y levantándome a toda velocidad, esquivando cada maldita flecha que me lanzaba, corría sin parar, sin saber a dónde me dirigía, solo tenía en mente alejarme de La Zarina.

Y salí de ese pueblo abandonado y seguí por un prado, mientras veía como caía el atardecer. Yo deseaba que llegara la noche y así esconderme o hacer un plan para eliminarla pero al final me encontré en un callejón sin salida, estaba al borde de un puto precipicio. Miré al fondo y eso estaba muy profundo, nadie podría salir vivo de ahí si caía.

— ¡No me jodan, no me jodan! ¡No me pueden hacer esto! — Gritaba llena de desesperación, al verme condenado.

Y la escuchaba a lo lejos, cantando la misma canción, mientras se acercaba poquito a poco hacia mí, con la sonrisa más horrible que había visto en toda mi puñetera vida. Estaba entre la espada y la pared, entre el precipicio y La Zarina. Sudaba como un cerdo, mientras pensaba que no tenía salida, que me iba a morir y de esa forma. Apenas tenía esperanzas, pero no quise aceptar este destino.

No lo iba a hacer, sin antes luchar, por lo menos. Así que me puse desafiante, la miré con toda mi furia y me dirigí hacía ella.

— ¿Ahora vas en serio? — Me preguntó con esa enferma sonrisa.

— ¡Jódete, Zarina! — Le dije con todo mi odio y desprecio, mientras preparaba otra vez mi puño para partirle la cara.

— ¡Las señoritas, primero! — Entonces, me lancé hacia ella. Al esquivar ella mi puño, di un paso para atrás rápidamente, pudiendo evitar un golpe directo a mi cabeza. En ese momento, vi que en la mano de esa perra llevaba una hoja de acero. Con tal cosa no solo me rompería la cara, sino que me la atravesaría. Y aún había más sorpresas. Luego, me tiró al suelo con una patada en mis rodillas y me salvé de milagro de recibir un pisotón en la cabeza, al rodar unas dos o tres veces. Al levantarme, estaba delante de mí e intentó de nuevo partirme la crisma.

Lo paré con mis propios brazos y entonces me di cuenta que tenía también cuchillas que sobresalían de los zapatos, ¡y que estaba a pocos centímetros de mi cara! Ahora luchaba para evitar que me los clavara y veía una verdadera sonrisa diabólica en su rostro. Casi iba a creer que el Satanás ese existía y era esa mujer. Por fin entendí que no exageraban esos indios cuando hablaban de ella, era o una enviada de Dios, un demonio, un monstruo o lo que sea, pero no era nada humana.

Tuve que sacar todas mis fuerzas para empujarla y hacerla caer. Entonces, busqué la escopeta, porque me di cuenta de que tenía un buen cuchillo al final del cañón y tuve un plan.

Salí corriendo hacia el arma como podría, esquivándola como podría. Al cogerlo, ella me dio una patada en el estomago que me hizo volar. Por suerte, me lo dio con la otra pierna, que parecía que no tenía cuchillas; y no solté el arma.

— ¡Al fin, al final, esto está siendo divertido, por fin un desafío! — Ella ya estaba enloqueciendo. — ¡Luisiana, vamos a hacerlo mucho más interesante! — Lo que menos me gustaría oír de su boca, más sorpresas horribles.

A continuación, de sus brazos salieron, como si de magia se tratase, afiladas cuchillas de casi cinco centímetros. Ya era el colmo del absurdo, me dejo tan tocada que provocó que soltara un comentario.

— ¿¡Eres un cyborg o qué!? — Grité consternada.

Entonces, ella se paró por un momento. Parecía como si su cerebro hubiera tenido un cortocircuito al oír eso.

— ¿¡Qué quieres decir co…!? — No perdí ni un segundo y aproveché el momento.

No le dio tiempo a protegerse y le penetré la escopeta en el estomago, haciendo fuerza para que saliese por el otro lado. Mientras me llenaba de sangre real, ella dio unos enormes gritos de dolor que daban pura gloria y que se oyeron por todo el valle. De su rostro consternado, escupía sangre como si fuera una fuente.

Pero, aún así, la hija de puta siguió moviéndose,  me atrapó el cuello y empezó a ahogarme con muchísima fuerza.  En cuestión de segundos, pedía desesperadamente aire. Y lo más increíble es que me cogió y me levantó del suelo y empezó a caminar con la escopeta atravesándola el interior, yendo hacia al abismo. La Zarina no era de este mundo, a pesar del dolor que debía sentir y con la cantidad de sangre, era capaz de hacer algo así.

Con la mirada borrosa, echando saliva como si me hubiera contagiado de la rabia, yo empecé a mover mis piernas de un lado para otro, de forma desesperada. Eso me salvó, porque le di una patada en toda la herida y la hizo caer al suelo, al igual que yo. Estábamos a pocos centímetros del barranco. No me di tiempo para recuperar aire, al ver su cuerpo tirado en el suelo, me levanté como pude y le di una patada en todo el hocico que la mando para abajo. Entonces giré hacia al otro lado, incapaz de creerme lo que había hecho.

Había conseguido lo que ningún indio pudo hacer desde la fundación del Zarato, matar a la Zarina. Una felicidad de victoria me empezó a invadir, conseguí lo imposible; sin saber que aún no había terminado.

— ¿¡Pero,…!? — Entonces que algo me había cogido la pierna. — ¿¡Qué…!? — Y me empujo hacia al barranco, mientras lanzaba un chillido.

Me aferré con todas mis fuerzas al borde y miré hacia lo que me estaba tirando al vacio. Sin ninguna lógica, sin ningún tipo de sentido o explicación racional, esa puta de la reina me había cogido de la pierna y estaba haciendo todo lo posible para que cayera con ella. Intentaba zarandear su propio cuerpo para desequilibrarme, mientras me decía esto:

— ¡Felicidades! ¡Felicidades! ¡Has conseguido lo imposible! No me arrepiento de nada… — Poco a poco esa voz estaba apagándose. — D-dios me salve en s-su gl-glori…He ten…buena v-vida…G-gracias por este esplen…c-combat…— Y se calló y me soltó, cayendo por el desfiladero en silencio. Parece ser que gastó su último aliento en hacer eso.

Por fin  pude subir y lo primero que hice fue alejarme lo más rápido del barranco, todo lo que pudiera, hasta tocar una pared rocosa. Me quedé en blanco, respirando e inspirando como ni hubiera mañana, incapaz de entender lo que me había ocurrido. Tardé bastante en poder reaccionar.

Entonces, me rompí, definitivamente. Empecé a reír a todo volumen como si me hubiera vuelto loca. Estaba teniendo una extraña sensación. Había escapado de la muerte y había matado a un monstruo, ¿cómo no podría estar más feliz? Lloraba de pura felicidad, mientras alzaba las manos y miraba el cielo de forma muy perturbadora. Ignoraba un terrible y monstruoso dolor que invadía todo mi cuerpo, a la vez que me meaba encima por la emoción.

FIN

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