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La Rival de Josefina y el reto del Pozole, cuadragésima novena historia

Tras pasar la primera semana de vacaciones, a las tres de la tarde, Josefina entró como una bala al salón de Mao, gritando que tenía graves problemas y estando muy alterada. Al dar unos pasos, se cayó al suelo de una forma torpe y ridícula.

— ¿Estás bien? — Le preguntó Mao, sorprendido por la aparición tan repentina de Josefa. Era el único, ya que Jovaka dormía plácidamente en el suelo, y si hubiera estado despierta seguro que se habría burlado cruelmente de Josefina.

— ¡Sí! — Le decía mientras se levantaba. — ¡Espera! ¡No! ¡Estoy atrapada en un gran apuro, ayúdame Mao! — Le iba a preguntar qué era, pero Josefina se le adelantó:

— ¡Mi mamá me ha dicho hoy una noticia megahorrible, la peor de todas, más feo que los nazis, más malo que la pizza congelada! ¡Es como el fin del mundo! ¡Y es tan megahorrible! ¿Eso de megahorrible ya lo he dicho, no? ¡Bueno,…! — Mao le tapó la boca y le dijo:

— ¡Vete al grano, por favor! — Con esto le soltó la boca y ella se lo dijo claro.

— ¡Mi rival, mi archienemiga, ha vuelto! ¡Y mi madre me ha mandado recogerla en la b-biblioteca que allí la ha dejado mi tío! — Y lo decía con mucha seriedad.

— ¿Desde cuándo tienes a una rival? — Le preguntó Mao.

— ¡Desde siempre…! — Entonces, hizo un gesto en las manos indicando que se había olvidado de algo. — ¡Es verdad! ¡A nadie se lo he contado! ¡Te lo iba a decir como secreto, pero como no quisiste la otra vez! — Dijo esto poniendo las manos en cruces y con cara pensante.

— ¿Y qué quieres que haga? — Le replicó Mao, quién sabía ya la respuesta, que era que fuera con ella, algo que no tenía ganas; y lo adivinó.

— ¡Qué seas mi guardaespaldas hasta la biblio! — Así se lo dijo.

A continuación dejaron la casa en dirección hacia la biblioteca municipal y Josefina habló de muchas cosas sobre su rival, pero Mao no podría descifrar las cientos de palabras que salían de su boca sin parar y hacía como si la escuchará.

La primera impresión que le dejó la biblioteca a Mao fue un total desprecio al arte moderno, ya que el edificio tenía la forma de la cabeza de la mascota de Disney y en sus paredes exteriores, a propósito, sobresalían todo tipo de chatarra. En una placa puesta en la entrada al edificio ponía, tanto en ruso como en inglés, que era un alegato contra el capitalismo, más bien pensó que era contra el buen gusto. También había una escultura y que era, según decía otra placa, un alegato contra la homofobia y él lo miró fijamente, solo veía a dos personas, que supuestamente parecían hombres, sin cabeza y abrazándose fuertemente. Pensó que tal vez los gamberros de turno jugaron a la decapitación de estatuas y él se olvidó rápidamente de eso.

Al entrar al lugar, Mao vio que el lugar por dentro era como una biblioteca normal, ya que creía que iba a ser tan extravagante como el exterior. Tras pasear por algunos pasillos, le preguntó a Josefina esto: — ¿Ves a tu rival por alguna parte? —

— Pues, por suerte, no. — Le respondió eso mientras miraba por todo el lugar.

Entonces, algo apareció detrás de Josefina y la abrazó muy fuerte. La mexicana dio un gran grito de sorpresa, provocándole a Mao un susto de muerte. Luego, miró hacia ella y se quedo estupefacto, porque vio a alguien que casi era exactamente igual que Josefa, salvo que llevaba gafas y su mirada parecía transmitir indiferencia.

Josefina, al ver quién era, empezó a pedirle a gritos que la liberará y ésta no le dijo nada, solo seguía abrazándola. Entonces, empezó a intentar a liberarse por su cuenta, mientras Mao le preguntaba a la chica esto: — ¿Quién eres tú? ¿Su gemela o qué? —

— No, soy su prima. — Lo dijo en un inglés muy mexicanizado.

— ¡Dile que me suelte! — Le decía Josefa a Mao a pleno pulmón. Entonces, la prima la soltó le pidió y se presentó secamente ante él:

— Yo soy Emilia. — Su nombre completo era Emilia Porfirio Zapata, hija del hermano menor de la madre de Josefina.

Tiene un año más que su prima y es de nacionalidad mexicana, procedente de Monterrey, ciudad cercana de la frontera con Texas. Sus papás, con motivos que desconocía Josefa, la enviaron aquí a pasar unos días con ellos. Según decía y creía Josefina, ella era su rival y su archienemiga, ya que siempre la había molestado y humillado en los cumpleaños.

Al ver la sequedad de su presentación, Josefina decidió contarle a Mao varias cosas sobre ella, sobre todo lo mal que la había tratado en varias ocasiones, echándoselo en cara a su prima, pero ésta  reaccionaba de esta manera:

— ¡Qué rencorosas eres!- Eso le replicaba indiferentemente, mientras intentaba abrazar a su prima, quién se lo impedía.

— ¿Y qué haces aquí? ¿Te gustan los libros o algo así? — Eso preguntó Mao.

Esa especie de seriedad que transmitía, lo poco inexpresiva que parecía y esas gafas, la hacían ver como una verdadera Némesis de Josefa, y alguien inteligente que le gustaba estudiar y la lectura.

— No, son aburridos. — Esa respuesta sorprendió a Mao, también a Josefina, que de la sorpresa se tapó la boca, con los ojos muy abiertos, y añadió esto:

— ¡Y ahora me entero! — Tras escuchar estas palabras, Mao se preguntaba si realmente eran familiares.

— Yo estoy aquí por qué mi padre vino a coger libros y se olvido de mí. — Dijo a continuación, Emilia. Mao exclamó mentalmente que vaya padre tenía y Josefina se río para luego decir esto:

— ¡Eso es tan típico de él! —

— Sí. — Le dio la razón, antes de volver a intentar a abrazar a Josefa. Ella le decía sin parar que era una molesta y le pedía que le dejará de intentar abrazarla.

Por otra parte, Emilia, mientras tenía la mano de Josefina en su cara intentando empujarla, le preguntó a Mao esto con apenas emoción: — ¿De verdad me veo chanchona? —

Mao, quién no asimilaba que esas dos reaccionaron tan tranquilas antes el hecho de que el padre se olvidó de su propia hija, no pudo entender lo que quería decir la prima y solo dijo esto: — ¿Qué? —

— Dice que si se ve empollona…— Mao lanzó una exclamación de sorpresa y Josefa cambió de tema. — ¡Ayuda, Mao! ¡No me quiere soltar!-

— Pues sí, pareces lista… — Respondió la pregunta de Emilia, mientras no hacía caso a las peticiones de Josefina.

— Pero si voy a repetir de curso… — Le replicó Emilia. Josefina, al escuchar eso, después de poder soltarse de ella, empezó a jactar:

— ¡He ganado! ¡Yo si he podido pasar de curso! ¡Toma esa! — Emilia no reaccionó, le dio igual ni tampoco había competido con ella a ver quién pasaba al próximo curso. Josefina, al ver su reacción, se sintió vacía y le protestó a su prima.

— ¡Jo! ¡Intenta mostrar más sentimiento! ¡No sé, tristeza o alegría o algo! — Ella empezó a dar aplausos pero sin sentimientos y Josefa se conformó con eso.

A continuación, decidieron terminar con aquella conversación y salir de la biblioteca. Al caminar por las calles de la cuidad, Josefa empezó a hablar amistosamente con su supuesta rival:

— ¿Y cómo te parece Springfield, prima? —

Ésta, sin mostrar apenas emoción, miró por todo su alrededor, hasta por el suelo en dónde estaba caminando y fríamente dijo una conclusión:

— Pues no está mal…por lo menos no es México. — Lo soltó con un gran desprecio hacia su patria que le molestó muchísimo a Josefina.

— ¡Hey, no lo digas como si fuera lo peor del mundo, México tiene cosas buenas! — Emilia rió por lo bajo, le parecía muy gracioso lo que decía su prima.

— Ni siquiera eres mexicana…— Añadió en voz baja.

Eso solo molestó aún más a su prima, quién gritó esto con muchísimo orgullo: — ¡Oye, yo soy mexicana, cien por cien! —

—Sí, claro. — Le replicó Emilia sarcásticamente. — Ni siquiera has nacido ahí. —

Mao pensó por unos momentos si interrumpir, porque iban a comenzar una pelea tonta, pero le dio pereza, así que las dejó seguir hablando.

— ¿Y qué? ¿Nacer en Estados Unidos me quita lo mexicana, aún cuando mis papás son de allí? —

— ¡Pero si tienes mucha suerte, eres gringa! — Le tenía mucha envidia a su prima Josefina, vivía en un país genial, mientras que ella tenía que estar en un lugar que despreciaba y odiaba, en dónde la violencia y la pobreza estaban al orden del día. Springfield, aunque no destacaba mucho, era muy opuesto a lo que estaba acostumbrada a ver, y mucho mejor en su opinión.

Esas palabras que dijo Emilia le dolió mucho a Josefina que le gritó esto, mientras le entraban ganas de hacer un berrinche. — ¡No soy gringa, sino mexicana! —

Al ver que casi iba a hacerla llorar, Emilia dio un gran suspiro, diciéndose que ella no tiene remedio, y decidió ponerla a prueba, con la intención de abrirle los ojos: — Entonces, ¡muéstralo! —

— Eso haré y te arrepentirás. — Lo dijo con toda la confianza del mundo.

Mao, que oyó toda la conversación, lanzó un suspiro al ver que Josefina iba a hacer otra de las suyas.

Tras eso, los tres llegaron a la casa de Mao y la prima y supuesto rival, fue presentada por todos. Esas dos volvieron a casa, sin mencionar o acordarse de aquella pequeña discusión. El chino se sintió un poco aliviado, al ver que Josefina no iba a demostrar que era una mexicana al cien por cien. No entendía por qué le importaba tanto sentirse así, ni menos que fuera capaz de hacer cualquier tontería solo para demostrarlo.

Porque, tres días después, esas dos volvieron a la casa de Mao, repletas de bolsas con comida y dispuestas a realizar una prueba a Josefina. Éste, tras saludarlas, las preguntó, mientras sacaban lo que trajeron, sin ni siquiera pedirle permiso al dueño de la casa, como si fueran su propio hogar.

— ¿Qué queréis hacer? — Les preguntó Mao, algo molesto. Los demás que estaban en el salón también se preguntaban lo mismo que él. Clementina, que tenía a su hija dormida en sus piernas, les hizo la misma pregunta y Jovaka, que estaba en un rincón del salón, las observaba llena de preguntas.

Emilia, mientras ponía una cara de resignación, les dijo brevemente lo que tenían planeado hacer: — Mi prima quiere comer pozole. —

Todos se quedaron con más dudas que antes, ¿qué era eso del “pozole”? Lo iban a preguntar, pero no le dieron tiempo:

— Les demostraré a todo el mundo lo buen mexicana que soy tomándome el pozole. — Porque Josefina gritó esto, muy segura de su victoria.

— Si no acabas en el cuarto de baño, claro… —Rió por lo bajo Emilia.

Josefina estuvo los días anteriores intentando demostrar que era muy mexicana, siendo todos sus intentos un fracaso y siendo la burla de todos. Al final, solo demostró que lo único que tenía era su gusto por la lucha libre y los tacos. El pozole era su última oportunidad para salvar su orgullo y darle una lección a su prima.

Mao miró los ingredientes que trajeron, que no eran poca cosa. Habían traído maíz precocido, ajos, chile mirasol, carne de cerdo, jitomate, oréganos, cominos entre más cosas. Razonó que el pozole era una especie de plato típico de México, demasiado condimentado a su parecer.

Clementina les preguntó qué era eso del pozole, y Josefina y su prima lo explicaron, cada una a su manera. Mientras que una lo decía de una forma muy breve y poco precisa, la otra lo alargaba al máximo y apenas se le entendía por lo rápido que lo decía. Al final, ella pudo entender, algo mientras acompaña a Emilia a su cocina, después de que ésta se los pidiera.

— ¿Y sabes hacer esto? — Le preguntó Mao, mientras le traía todos los ingredientes a la cocina. Se lo decía, porque temía que quemase su comida o algo parecido.

— Mi mamá me lo enseño. — Eso le dio ella como respuesta.

Mao desconfió un poco, pero decidió confiar su cocina en ella, al final.

La preparación del pozole se convirtió en todo un espectáculo, todos observaban cómo preparaba Emilia ese plato extranjero, preguntándole cientos de cosas a la pequeña cocinera, que apenas podría contestarles algo decente. Mientras tanto, Josefina estaba haciendo flexiones, preparándose para la comida. Y tras más de tres horas y media de preparación, estaba listo para ser consumido.

Tras ponerlo sobre la mesa, todos se sentaron a su alrededor, deseosos de tomarlo. Después de ver cómo se preparaba, tenían un hambre de muerto. Entonces, Emilia los advirtió: — Yo no os recomendaría comerlo. —

Todos preguntaron extrañados por qué y ella les dijo con sonrisa maliciosa:

— Solo los mexicanos pueden soportar el pozole, los extranjeros que lo intenten devorar recibirán la “venganza de Moctezuma”. —

— ¡¿Venganza de Moctezuma, en serio!? ¡¿No estarás en broma!? — Añadió, con gesto de terror Clementina.

— Bueno, no es algo literal. Pero si no están acostumbrados a comer pozole, tu estomago no podrá soportarlo. —

Mao se preguntó si eso era verdad, porque le parecía muy exagerado, mientras Clementina se le quitaba las ganas de probarlo y le obligaba a su hija que no lo probará. El chino, por el contrario, le pidió a Emilia una ración:

— ¡¿Estás segura!? —

— ¡He probado comida india muy condimentada, creo que lo podré soportar! — Le respondió Mao, mientras se le caía la baba.

Josefina, por su parte, le pidió a su prima una ración, después de llenarse de valentía. Esta se lo puso en el plato y ella tragó saliva, mirándolo fijamente. Era su segunda vez en comerlo y recordaba como acabó tras ingerirlo y no se atrevía. No quería tener diarrea y vómitos por toda una semana, no quería sufrir otra la venganza de Moctezuma. Cerró los ojos y con valentía empezó a comer.

— ¡Qué aproveché! — Añadió Mao alegremente, antes de introducirse el primer bocado en la boca, sin saber lo que esperaba.

Al unísono, las dos notaron cómo de picante era en pozole, tanto que parecía que iban a expulsar humor por las orejas. Mao, que jamás creyó haber probado algo así, a pesar de los miles de platos de curry picante que había ingerido; gritó como loco que eso quemaba un montón y les pedía a los demás desesperadamente agua.

— ¡¿Lo dije, no!? — Añadía Emilia con mucha malicia.

Josefina, quién deseaba también desesperadamente agua, resistía las ganas y empezó a devorar el plato, mientras se animaba a sí misma, diciéndose una y otra vez que ella podría hacerlo, que era mexicana de verdad. Se concentraba tanto en poder aguantar el ardor y terminarlo, que estaba dejando a todo el mundo boquiabierto. Hasta la fecha, jamás la vieron tan seria como estaba en esos momentos. Esa seriedad le preocupó un poco a Mao, no era normal la obsesión que tenía Josefa por ser una mexicana.

— Increíble, se lo está comiendo todo. — Soltaba Emilia, totalmente sorprendida, no se esperaba para que nada que estuviera comiendo todo el plato. Creía que ni iba a durar después de cinco bocados.

Con cada bocado que tomaba, las ganas de escupir la comida y beber desesperadamente agua aumentaban. Para evitar eso, iba cada vez más rápido, tanto que no le daba tiempo a masticar y casi se iba a ahogar. Las caras que ponía ella mientras intentaba terminárselo, provocaban que todo el mundo, incluso Emilia, le dijeran a Josefina que se lo tomará con calma. Pero ella no los escuchaba, estaba tan concentrada en terminarlo que se había olvidado del mundo entero. Y al final, terminó.

— ¡A-agua! ¡Por favor! ¡Agua! — Eso lo primero que dijo una Josefina cuando terminó que intentaba aliviar el ardor de su boca, moviendo sus manos.

Y así Josefina pudo haber demostrado que era muy mexicana, si no fuera porque recibió la maldición de Moctezuma y estuvo con diarreas y vómitos el resto de la semana.

FIN

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