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Tocando el ordenador de mamá, quincuagésima historia

Era una tarde de verano y Josefina no paraba de quejarse del calor. Estaba acostada en la cama, abanicándose con las manos, mientras decía esto:

— ¡Ay, qué me derrito, qué me derrito! — Eso mencionaba sin parar.

Sin embargo, la otra persona que estaba a su lado, quién estaba sentada sobre la cama, la miraba perpleja:

— Eres una exagerada, pero si solo hacen veintiocho grados, está demasiado fresquito para ser verano. —

Eso le dijo su prima Emilia, quién estaba acostumbrada a vivir veranos que llegaban a los cuarentas grados o más. Le parecía muy exagerado lo de Josefina, que incluso estaba en bragas para estar más fresquita.

— ¡Por el amor de Dios! ¡Veintiocho! ¡¿Hace tanto calor, de verdad!?  —Pero Josefina, al escuchar eso, gritó de puro terror. Sentía que iban a morirse de calor. Emilia la siguió mirando perpleja, mientras terminaba el helado que se estaba comiendo.

— ¿¡Por qué me miras así!? — Y Josefina, al ver que le estaba mirando así, se levantó rápidamente y le preguntó esto, algo aterrada, porque se acordó de que aquella chica que estaba a su lado era su “archienemiga” y pensó que iba a hacer algunas de las suyas.

— Por nada. — Y eso le respondió sin emoción alguna, poniéndola algo más nerviosa. Se quedó mirándola a su prima, preguntándose qué iba a hacer para molestarla, y Emilia también lo hizo, aunque fijándose en sus pechos que estaban al aire libre. Y así estuvieron un buen rato, hasta que la gafotas le soltó esto:

— ¡Sabes, yo las tengo más grandes! — Eso le dijo a Josefina, quién se tapó su pecho rápidamente, muerta de vergüenza.

— ¿Por qué las estabas mirando? — Eso le preguntaba ella, antes de saltar de la cama y buscar algo para ponerse.

— Llevas un buen rato media desnuda, ¿y ahora te pones así? No hay quién te entienda. — Le replicó Emilia. Aunque aparentemente no mostraba alguna emoción en la cara, estaba contenta al ver que su prima no había cambiado mucho.

En realidad, le gustaba estar con su prima, era unos de los pocos familiares que le caían bien. Y disfrutaba mucho molestándola y haciéndola rabiar. Recordaba con felicidad todas las Nochebuenas o los días que ella había estado con Josefina y las travesuras que provocaban. Le era muy divertido estar a su lado.

Mientras tanto, Josefina, quién ya se estaba poniendo un vestido de color azul marino que le llegaba a las rodillas, maldecía a su prima una y otra vez por haberla avergonzado. Recordaba con mucha molestia, los ratos que había estado junto con Emilia. Siempre la metía en problemas, y no paraba de cachondearse de ella. Por esas cosas, pensó que le tenía manía y creyó que era “archienemiga”.

Entonces, alguien pegó a la puerta muy fuerte, dando un tremendo susto a las dos chicas. No se lo esperaban. Y luego, la persona que tocó, empezó a hablar:

— ¡Josefina, Emilia, voy a salir un rato! — Era la madre de Josefa. — No salgáis de la casa y no hagan nada malo, ¿entendido? —

— Sí. — Eso dijeron a la vez Josefa y su prima, pero se olvidaron de decir algo. Y la madre, que al ver que solo le dijeron aquella triste respuesta, les preguntó esto:

— ¿Por cierto, qué se dice cuando una persona se va? — Quería que le dijeran “adiós” o “hasta luego”, pero con esa respuesta se sentía ignorada, como si ellas le dieran igual, y eso la enfadaba.

— Pues adiós.  — Eso le contestó Josefina secamente, de una forma que solo provocó malestar en su madre.

— ¿Y qué pasa con eso? — Y añadió Emilia, haciendo que el enfado de la madre de Josefina aumentará algo más.

— Pues deberían decirme “hasta luego” o “adiós”, además de que me deben mandar “buena suerte” o “ten cuidado” ¡Para la próxima, lo tenéis que recordar! — Eso le respondió, mientras intentaba aguantar su enfado.

Entonces, Josefina soltó esto: — ¡Ah, sí! ¡Se me ha olvidado! ¡Compra pilas, que se han gastado! —

Y la respuesta que su madre le respondió fue un buen tortazo que le dejo marca en la cara. Y otra de regalo para su prima.

Después de que su madre se fuera a comprar, Josefina y Emilia empezaron a protestar:

— ¿Pero qué le pasa a ella? ¡Cómo si iba a ir al polo norte y no nos íbamos a ver en años! — Eso soltaba Emilia, molesta, mientras bajaba al salón.

— ¡Mamá es así, por cualquier tontería se enfada! — Y eso le decía Josefa, mientras se tapaba la mejilla en dónde su madre le metió el guantazo, mientras bajaba, también, al salón.

Entonces, mientras Josefina iba a la cocina para picar algo, su prima se sentó en el sofá, para ver la tele. Cogió el mando e intentó encenderlo una y otra vez, pero no podría.

— ¿Pero qué le pasa a este cacharro? — Eso se preguntaba, bastante molesta.

— Pues mamá le ha quitado las pilas al mando de la tele para que no la viésemos. — Eso le decía Josefina, mientras volvía de la cocina.

— ¿Qué? — Se quedó muy sorprendida y miró por si acaso, pero Josefina tenía razón. — ¿Y por qué hace eso? —

— No nos deja ver la tele mientras ella no está. — Eso le respondió.

— ¿En serio? — Emilia no se lo podría creer y Josefina siguió hablando.

— Y si intentas encenderlo, no podrás hacerlo. No recuerdo cómo, pero si no está ella no se puede ver la tele. — Eso le decía, porque vio que su prima se acercaba a la televisión para encenderla.

— ¡Qué molestia! ¡¿Por qué hace eso!? — Gritó esto, Emilia.

— No podemos ver la tele sin su supervisión, ni tampoco jugar a los videojuegos, los tiene guardado en alguna parte con llave. — Le respondió Josefina, como si fuera algo normal. Bueno, ella estaba acostumbrada a eso.

— ¡Oh Dios mío, qué exagerado lo de tu madre! ¡Nos vamos a morir de aburrimiento! — Se preguntaba cómo su tía llegó a hacer tal cosa tan absurda, le parecía algo propio de un tirano.

— Yo también pienso lo mismo, pero todo es culpa de mis hermanos. Ellos tienen la culpa de que mamá se haya vuelto muy obsesiva con las reglas. —

Eso dijo a continuación Josefina, molesta al recordar que su madre hizo todo eso para fastidiar a sus hijos, enseñarles quién mandaba en esa casa, ya que ellos no le hacían ni puto caso. Y en realidad, no ayudó en nada, porque seguían haciendo lo que les daba la gana.

— Esto me enfurece. — Entonces, Emilia decidió subirse a la habitación y, al girar la cabeza, vio en la otra parte del salón una mesa con un ordenador y una estatua de la Virgen María.

— ¿Y eso? — Y le preguntó a Josefina, señalándole el ordenador, mientras se acercaba a éste.

— Es el ordenador de mi mamá. — Eso le respondió Josefina, quién tenía un mal presentimiento.

— ¿Ah, sí? ¿Podemos usarlo? — Emilia, mientras le preguntaba esto, lo miraba con atención.

La pantalla del ordenador era plana, y, aunque algo pequeña, parecía ser de las buenas. Miró a la torre y se dio cuenta de que era bastante peculiar, ya que estaba personalizado y estaba pintado como si fuera aquella furgoneta que se volvió símbolo de los años sesenta y de los hippies, con muchas florecitas y otras cosas que los representaban. En realidad, eso le parecía muy curioso, porque su tía era alguien con una personalidad muy diferente al de aquella gente y época. También vio al teclado y el ratón y aquellas cosas normales.

— Pues claro que no. Eso es su ordenador, nadie más, absolutamente nadie, tiene permiso para usarlo, solo ella. — Eso le respondió Josefina, gritando, al ver que su prima tenía interés en él. Se puso muy nerviosa, porque sabía que iba a hacer algunas de las suyas.

— Pues por un ratito no pasa. De todos modos, no se va a enterar. — Y eso le replicó Emilia, deseosa de violar las reglas, mientras encendía.

— ¿¡En serio, lo vas a hacer!? ¡Si mamá te ve, te mandará al hospital! — A Josefina se le puso la carne de gallina, porque le tenía mucho miedo a su madre y vio que ya era demasiado tarde para detenerla.

— No se va a enterrar. — Eso le respondía, Emilia, mientras se sentaba en la silla, sin miedo alguno.

— Pues claro que sí, y luego me dará un guantazo por tu culpa. — Y eso le mencionó Josefina, recordando todas las regañinas y los guantazos que recibió por haberse sido arrastrada por las travesuras de su prima. Aunque Emilia no le dio importancia eso, solo esperaba a que el ordenador se encendiera.

Bueno, el ordenador ya estaba encendido y la pantalla, aunque estaba negra, estaba medio llena de letras. Y se quedó ahí, mientras Emilia esperaba a que se cargara.

— ¿Qué le pasa a esta cosa? ¿Por qué no funciona? — Y cuando ya se le acabó la paciencia, gritó enfadada. Entonces Josefina, al escuchar esto, dio un gran grito de horror.

— ¿¡En serio!? ¡Idiota, qué eres idiota! ¡Estamos condenadas! —Y le soltaba esto con ganas de llorar, mientras ella golpeaba con sus nudillos, flojito, porque no quería hacerla daño de verdad; la espalda de su prima. Se imaginaba cómo su madre, al enterarse, se convertiría en un terrible demonio y haría arder toda la cuidad con su enfado.

— ¡Cálmate, por el amor de Dios! — Eso le decía por su parte Emilia, para que Josefina no le contagiara su nerviosismo. No sabía si eso que tenían era un verdadero problema u otra cosa,  por esa razón deseaba tranquilizarse, y para eso tenía que calmar a su prima, primero.

— ¿¡Cómo que…!? — Y eso gritó Josefina, al escuchar eso, antes de callarse repentinamente. Había recordado, entonces, algo que le decía que el ordenador no estaba roto.

— ¡Ah, es verdad! — Gritó de sorpresa, antes de decirle esto a su prima:

— Tienes que escribir para entrar, una contraseña. Más bien, mamá lo llama código o algo así. —

Emilia se dio cuenta enseguida lo que le pasaba al ordenador, o eso parecía, antes de dar un suspiro de alivio y de fastidio, al ver que su prima se había puesto así por nada.

Entonces, dio un grito de frustración: — ¡¿En serio!? ¡¿Por qué lo pone tan difícil!? — Estaba molesta, ya que ella no sabía que comandos podría usa para ejecutar el GUI.

A continuación, se levantó y empezó a buscar entre cajones de la mesa, en busca de algún cuaderno o algo que le ayudase y Josefina solo se quedó mirándola, preguntándose qué tenía que hacer, si detenerla o salir corriendo rápido, antes de que su madre volviera.

Pero antes de que decidiera hacer algo, su prima le preguntó, tras ver que su búsqueda era en vano: — ¿¡Prima, tú sabes cómo meterte en esto!? —

— ¡¿Yo!? ¡Pues creo que es así! — Entonces, Josefina casi instintivamente escribió algo en la pantalla, recordando cómo su madre le explicó encender el ordenador.

— Espera un momento…— Entonces se dio cuenta de algo. — ¡Oh no! — Gritó de terror, al darse cuenta de que se había vuelto su cómplice.

— Ha funcionado. — Eso dijo sorprendida su prima, al ver que lo que escribió Josefina funcionó y el GUI ya estaba apareciendo, ignorando la cara de horror que ponía ella.

— ¡Sorprendente, no me esperaba eso de ti! — Añadió algo más Emilia, quién no se esperaba que su prima, una persona que no era realmente lista, hiciera algo así.

— ¡Pero no es para tanto! — Y Josefina, al oír aquel elogio, se sintió alabada y empezó a reír de la vergüenza, olvidando por un segundo de lo que estaba ocurriendo.

— Pero, ¡¿mira lo que me has hecho!? — Entonces, le gritó a Emilia esto, alterada, antes de añadir esto: — ¡Al final, he acabado en otro problema! —

— ¡No te pongas así, cómo si hubieras hecho algo malo! —

Emilia no entendía qué le pasaba a su prima, pero decidió pasar de ella y ponerse a escuchar música. Entonces, se dio cuenta de que su tía tenía un sistema operativo que jamás había visto. No era Windows, tampoco Linux o algún otro software libre conocido, era algo nunca visto.

— ¿Qué es esto? — Eso le preguntó Emilia a Josefina.

— ¡Estamos pérdidas, absolutamente pérdidas! — Pero ésta estaba más ocupada dando vueltas por el salón, dominada por el miedo, gritando que su madre la iba a matar.

— ¡Josefina, tranquilízate! — Emilia le gritó a su prima, al ver lo exagerada que se había puesto.

— ¡No puedo, no puedo! — Y esto le soltaba una Josefina alterada. Entonces, Emilia decidió gritarle esto.

— ¡Entonces le diré a tu madre que me has estado ayudando! — Creyó que así se pararía y se tranquilizaría, y acertó.

— ¿¡En serio!? — Porque Josefina, al oír eso, dejó de correr como desesperada y se puso a temblar.

— Si te tranquilizas, no lo haré. — Eso le dijo, sin emoción alguna, su prima.

— Vale, vale.  —Y ella, tras decir esto, se tranquilizó.

Al ver que Josefina ya no estaba alterada, decidió preguntarle: — ¿Qué es esto? —

Eso le soltó mientras le señalaba con el dedo la pantalla y Josefina le contestó esto, que la dejó sin hablar: — Es un sistema operativo creado por mi mamá. —

— ¿¡De verdad!? — Se sorprendió muchísimo.

Sabía que su tía, por sus padres, fue muy buena con los ordenadores y estuvo en varios trabajos relacionados con eso, pero le sorprendía que fuera capaz de hacer algo así.

— Eso dice ella. — Le respondió Josefina.

Ahora mismo, Emilia empezó a respetar un poquito a su tía, que la tildaba de dictadora. Pensaba que era un genio de la informática, mientras buscaba el explorador de internet.

— Tu madre es bastante buena en esto, ¿no? — Eso le preguntó a Josefina, aunque ya lo sabía de todos modos.

— Pues sí, dice que se arrepiente mucho de haber estudiado psicología, cuando podría haberse metido en la informática, porque podría haberse convertido en alguien parecido a Bill nosequién. — Le explicó Josefina y Emilia soltó unas risas al imaginar a su tía como al cofundador de Microsoft.

— Se refería a Bill Gates. — Y eso le dijo a continuación, al ver que su prima no dijo exactamente el nombre de aquel señor.

— ¡Ese mismo! ¡El que está en una silla de rueda y solo puede hablar con un aparato! — Se dio cuenta de que Josefina estaba describiendo la persona equivocada, a Stephen Hawking en vez de Bill Gates. Aunque, en realidad, Josefa se estaba refriéndose a Steve Jobs.

De todos modos, Emilia decidió no explicarle su equivocación y soltar esta frase: — Demasiado se cree ella, la verdad. —

— Pues la verdad es que sí. — Afirmó Josefina.

Empezaron a burlarse de la madre de Josefina, sin haber oído la puerta, que se estaba abriendo.

— Si fundará una empresa de informática, sería una dictadura peor que la de Hitler. — Eso soltaba, entre risas, Emilia.

— A mi me darían pena los pobres empleados. Sufrirían su ira cada día y no les dejaría hacer nada. — Y esto añadía Josefina.

Y ni la prima ni Josefa sabían que la persona de la que se estaban burlando, estaba detrás, con una mirada de mala leche que asustaría a cualquiera, viendo como su hija y sobrina estaban violando sus sagradas reglas y se estaban cachondeando de ella.

— ¿Pueden repetir lo que han dicho? — Entonces, soltó esto a las presentes, mientras se preparaba las manos para darles unas buenas tortas. Éstas, al oír su voz, se quedaron de piedra y empezaron a temblar de puro miedo.

Y para comprobar su temor, poquito a poco, movieron las cabezas hacia atrás y al saber que de verdad estaba ahí, gritaron de terror, antes de ser abofeteadas.

FIN

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