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La Nueva Zarina, quincuagésima primera historia

Yo odiaba a esa mujer con toda mi alma. Eso me dije cientos de veces, pero solo me engañaba a mí misma, porque cuando murió tenía ganas de llorar y deseaba torturarle a su asesina durante siete días y siete noches. Alguien me diría que eso es natural, ya que quién fue asesinada era mi madre.

La odiaba, principalmente, porque me obligaba a ser su sucesora, algo que no deseaba y aún menos en ese momento. También por exponerme a miles de peligros y tener que hacerle caso en todo lo que ella mandase, sobre todo en las cosas más estúpidas y dementes. Su fea personalidad también era un buen motivo para odiarla. Por eso me da asco admitirlo, pero el palacio estaba muy aburrido sin su presencia. Y tengo que reconocer que le debo mucho, tal vez demasiado para mi gusto, ¿pero eso fue una excusa para haberme encerrado en mi cuarto una semana entera? En mi defensa puedo decir que no fue por luto a mi madre sino también para reflexionar y pensar sobre mi futuro, sobre mi papel en este mundo. En realidad, me estaba preparando para ese papel al que ahora, desgraciadamente, no puedo negar.

― ¿Mi señora cuál helado quiere? ¿Hay muchos para elegir? ―

Esas palabras eran la de mi sirviente Ranavalona, que al ver un puesto de helados que estaba ahí, decidió comprar uno para mí. Yo y ella estamos en un parque, en uno de los muchos que tiene esta horrible ciudad llamada Springfield. Al sur se encuentra, el Zarato, el reino que gobernaba mi madre. Bueno, ya no lo gobierna porque está muerta. Sajonia Von Schaffhaussen murió hace dos semanas, su pomposo funeral fue hace una semana y tras pasar estos días encerrada en mi habitación, salí de ahí y del reino.

Solo le dije a ella que cualquiera, ya que en ese momento me importaba poco los sabores de los helados. Tenía muchos problemas más graves que atender que elegir el sabor de un helado. Me trajo uno que sabía a tocino y estaba asqueroso, pero aún así no le dije nada. Después de todo, era mi culpa por dejarla elegir.

― Mi Señora, no es como si quiera faltar el respeto al luto por vuestra madre ni nada parecido, pero si quiere que haga algo para mejorar vuestro ánimo, lo que sea, lo haré. ―

Eso me dijo a continuación. Pero no le ordené nada, porque lo que quería hacer, lo deseaba hacer por mí misma. Solo le pedí que se mantuviera quieta y le dije que ya no estaba de luto. Había perdido demasiado el tiempo en eso, ahora había que pasar a la acción. Pero, antes de eso, me quería relajar en el parque y no pensar en mis problemas.

Entonces apareció otro problema. Escuché su característica voz gritando mi nombre: ― ¡Ah! ¡Hey, hey, Elizaberth, buenos días! ―

No tuve ganas de decirle que ya estábamos por la tarde y le ordené a Ranavalona, que contestará por mí. Esa chica era Josefina y se trajo a una copia suya, con gafas. Parecía ser su antítesis en personalidad, ya que no dijo nada y miraba indiferente hacía mí.

Josefina soltó un montón de palabras que ni importancia di antes de que me la presentara, aunque no tenía ningunas ganas de conocerla: ― ¡Se me olvidaba! ¡Esta es mi archienemiga, mi prima, Emilia! ―

― ¡Oye! ¡Yo no soy tu archienemiga! ― Protestó, como si eso le hubiera molestado, aún cuando solo se veía indiferencia en su rostro. Por su parte, Josefina seguía hablando, parecía no tener en cuenta ese comentario.

― ¡Emilia! ¡Está es una buena amiga mía! ¡Elizaberth nosequé! ¡Es una supermillonaria! ― Deseaba decirle varías cosas, que mi apellido es Von Schaffhausen y que no era su amiga realmente.

Realmente que piense que soy una buena amiga suya me hizo gracia. La copia de Josefina quiso hablar pero la original saltó: ― ¡Ah! ¡Se me olvidaba otra cosa! ¡Y esa de ahí es Ranavola, su sirviente! ―

Mi sirviente le replicó molesta que su nombre era Ranavalona y esa idiota se disculpó. Esa Emilia se tapó la boca para que no la viéramos reír, pero obviamente se notaba. No me importaba en absoluto de lo que se estaba burlando,  pero mi sirvienta la miró mal, tal vez sintiéndose molesta porque se estaban burlando de su nombre.

― ¿En verdad es una supermillonaria? ― Lo decía en un tono que parecía decir que no le daba ninguna legitimad a las palabras de Josefina

― Tiene una casa grandísima, carros de caballitos, antiguos vestidos, parece una señorita, es bien obvio. ― Y eso le soltó Josefina, mientras le señalaba mi vestido, como si fuera una prueba para convencerla fácilmente.

― Yo no me lo creo, porque ninguna chica de clase alta se reunía con unas plebeyas como nosotras. ― Le repliqué indiferentemente que pensara lo que le diese en gana, sin mencionarle que nunca quise, en primer lugar, ser la amiga de Josefina.

― Piensa en lo que te dé la gana. ― Repetía mis mismas palabras para burlarse de mí. ― ¡Ustedes los ricos y vuestra superioridad! ¡Siempre igual! ¡Y mientras nosotros sufriendo cómo lo pobres que somos! ― No entendí de dónde sacaba estás conclusiones, ni tampoco tenía ganas de discutir.

Aunque me entraba ganas de decirle un par de cosas. Ellas de pobres tenían poco, y tengo buenos razones para ser superior a ellas. No me indigné, después de todo, eran las estúpidas quejas de una niña de clase media que se cree con derecho a hablar sobre tales temas aún cuando ni siquiera habrá salido del nido. Una niñata que yo podría manipular fácilmente utilizando su pretendido odio contra los ricos a mi favor. Tal vez, en esas palabras, expresaban una envidia oculta y el deseo de ser como ellos. Así es la mayoría de los casos.

Miré el reloj y al ver que marcaban las cuatro y media, decidí irme de allí. Mientras tanto, Josefina se puso a pelear contra su prima, defendiéndome. Decía cosas como que los ricos también son personas, que sufren y un montón de tonterías más. Solo le faltaba decir que también podrían ser manipulados y controlados por otros más astutos y poderosos que ellos. Así es el mundo, el poder solo es para aquellos que son capaces de dominar y manipular a una cantidad de personas. Es un arte, por así decirlo.

― ¡Mi Señora os dice que hasta luego! ― Eso le ordené a Ranavalona y así se lo dijo a ellas, que estaban metidas en una discusión. La copia de Josefina se atrevió a decir esto:

― ¿Ya te vas, princesita? ―  Lo dijo en un tono gracioso de desprecio, mientras la original le dijo algo que no escuché bien.

― Me voy a mi casa a hacerme reina.  ― Eso le dije, con la intención de dejarles sin habla. Lo conseguí, aunque eso que dije era verdad.

Abandoné el parque para montarme en la carroza que me estaba esperando allí y dirigirme al Zarato.

― Mi Señora ya que hoy es la ceremonia, ¿cómo se siente? ― Preguntó mi sirvienta mientras nuestro real carruaje entraba en el Zarato y yo miraba el paisaje silenciosamente.

Yo le respondí de esta manera: ― Solo espero que la ceremonia que ordené sea tan gloriosa y esplendida como me lo prometieron. ―

Antes de encerrarme en mi cuarto, les ordené preparar una ceremonia en una semana e iba al palacio a prepararme a recibir la corona del Zarato, a convertirme en la nueva Zarina.

Al volver, me dirigí a mi habitación, allí ordené que me trajeran el traje con el cual me iban a proclamar reina. Parecido a un vestido de novia, en su larga falda estaba dibujada cada una de los sesenta y dos símbolos que representaban a los pueblos que habitan en este lugar. A la altura del pecho estaba el símbolo de mi familia, de la dinastía que gobernaba y que seguiría gobernando. Me costó mucho ponérmelo, era un vestido difícil de poner para una sola persona pero no iba a llamar a nadie a verme desnuda. También cambié mi parche por uno más elegante.

Cuando termine deje entrar a mi sirvienta: ― Mi Señora, está usted hermosa. ¡No, es más que eso! ¡Usted lo supera! ¡Supera en hermosura la misma palabra! ― Así lo exageraba, casi parecía que le iba a dar algo.

También decía cosas como que estaba en el cielo o que yo brillaba más que el sol. Al poco de entrar ella y estar fantaseando, entró el estúpido de mi tío, llevando una copa de vino y acompañado de unas sirvientas, muy borrachas y contentas. Estaba así, desde que se murió su hermana que le controlaba y ahora estaba haciendo todo lo que le daba la gana. Éste se iba a enterar de una buena cuando me haga Zarina:

― ¿Cómo estás, sobrina? ¡Estás hermosa! ¡Si no fuera tu tío te violaría! ― El muy canalla río, pero a mí me dieron ganas de volarle la entrepierna y dejarlo infértil de por vida, pero dejé que dijera más tonterías. ― ¡Nunca pensé que llegaría este día y eso que siempre decías que no querías ser Zarina! ―

Era verdad, ya que mi madre me impuso ser la Zarina, pero yo no quería serlo. Me peleé bastante con ellos sobre esa cuestión. Vas a heredar este reino y punto, eso eran sus palabras. Y esa era mi posición hasta que me leyeron, a mí y a todos, su testamento. Esa cosa que escribió hace dos años tenía puesto en uno de sus apartados esto:

Si en el caso de que mi hija, mi heredera, renunciará convertirse en Zarina y de gobernar todos los pueblo que habitan el Zarato, se le dará el derecho a conseguir el trono a quién deba cumplir algunos de estos requisitos:

  1. Si en el caso de que muera por una conjuración, del tipo que sea, el conjurado puede tener derecho a conseguir el trono.

Hay más, pero solo me voy a centrar en este, porque me avisaron de que tras conocer eso, Lafayette decidió reclamar su derecho y yo ni iba a permitir tal cosa. Jamás de los jamases.

Si me preguntan cuál fue la razón que le motivó escribí tales cosas tan fuera del sentido común, les contestaría que no lo sé, nunca pude comprenderla realmente. Su mente siempre fue un misterio para mí.

Volviendo a la historia, el enfermo de mi tío siguió hablando: ― ¿Y por cierto, por qué no has invitado al resto de la familia? Ellos vinieron al funeral. ―

Le respondí que ni ellos ni él mismo estaban invitados y empezó a quejarse, preguntándome la razón de excluir a su tío de mi coronación. Ni a ese ni al resto de los Von Schaffhaussen les quería ver, ya tuve suficiente con verles en el funeral, haciéndose los sentimentales y lanzando lágrimas de cocodrilo por mi madre, pero en el fondo estaban felices de que había muerto.

Mi tío es un buen ejemplo de ellos, ahora está teniendo la vida loca y, según explicó Ranavalona, no dejó de gastarse el dinero en estupideces, a hacerles todo tipo de cosas a las sirvientas y a hacer juergas sin parar, mientras yo me mantenía encerrada en mi habitación.

― Mi Señora, ya es la hora. ― Me dijo mi sirvienta. Me acerqué a la puerta y le empujé a mi tío para que se quitará del medio y me dirigí hacía a la sala en dónde me iba a coronar, pero antes dije algo:

― Ustedes ― Les decía a las sirvientas que sostenían a mi tío. ― soltad a ese idiota y acompañar a vuestra futura Zarina. ― Me hicieron caso y lo soltaron. Éste, al no poder mantener de pie, se cayó al suelo, pidiendo ayuda para que le levantaran, pero yo les ordené que no le hicieran caso.

Mientras paseaba por los cientos de pasillos que había en este lugar, les preguntaban a las sirvientas si habían preparada la sala tal como les dije. Me dijeron que sí y me callé.

La sala, situada en el ala este del palacio, medía medio kilómetro de ancho y doscientos metros de largo. Fue construida por capricho de mi madre, y que solo se utilizaría como ceremonias de coronación. Así que, desde que ella se erigió Zarina, este lugar ha estado vacío hasta que llegará el día en que me convertiría en reina de este lugar. Mis órdenes fueron claros, un gran asiento de terciopelo en el fondo, una alfombra larga y color rojo, miles de mesas y sillas, las más lujosas, para los invitados. Esta sala está comunicada al exterior con una enorme puerta de hierro y allá fuera se puso más mesas para la gente común.

La sala de la coronación estaba llena, habían acudido los jefes de las cientos de aldeas, los que sería mis futuros ministros, los más ricos y los altos cargos del ejército y de las milicias civiles. También muchos de condición pobre que aprovechaba para probar manjares que había en abundancia. Las sirvientas iban de un lado al otro de la sala. Yo salí del edificio en dónde me alojaba para dirigirme al palacio, que estaba casi al lado, para entrar por la puerta grande y aprovechar para saludar a la plebe, que no dejaban de gritar mi nombre y tirarme flores.

Al entrar en la sala, todos los de adentro dejaron de hacer lo que estaban haciendo para saludarme.

― ¡Deus salve o Tsaritsa! ― Gritaron, con la mano en el pecho.

Antes de seguir andando hacía mi trono, miraba de un lado para otro, mostrándome orgullosa ante ellos, como hacía mi madre, más o menos. Tras hacer eso, me dirigí hacía al final, con todos los indios quietos, esperando que yo llegará. Al final de mi trayecto, estaba mis ministros, el jefe de los sirvientes de los palacios y el obispo del Zarato, perteneciente a la iglesia ortodoxa rusa, y quién tenía en sus manos la corona de oro y diamantes que me iba a colocar sobre la cabeza.

El silencio dominaba el lugar cuando me senté en mi trono y lo rompió el Obispo que empezó a dar su discurso:

― Hoy, siete de Julio, según el calendario juliano; estamos aquí presente para presenciar la coronación de la nueva jefa que gobernará en nombre de Dios y del pueblo. Aquí la tienen a la hija de Sajonia Von Schaffhaussen, Elizaberth. ¿Querida, nos confirmas que quieres convertirte en la ministra de Dios y ser la señora que conforma todos los pueblos que habitan estos valles? ¿Qué con mano de hierro el Zarato tendrá paz y prosperidad? ¿Qué servirás a tus plebeyos como ellos a ti? ¡Si tu respuesta es afirmativa, te entregaré la herencia de su madre! ―

Al final, cumplí sus deseos, por desgracia, y no me quedó más remedio que aceptar esa responsabilidad. Y me prometí cambiar este lugar a mi imagen y semejanza. Así que es bien obvia la respuesta que di: -¡Pongo a Dios por testigo que acepto ser vuestra Zarina!-

Entonces el obispo me puso la corona y la sala se lleno de aplausos y vivas a la Zarina. Vi que mi sirvienta estaba llorando y moqueando como nunca antes la había visto, decía que era el día más hermoso de su vida, como si era ella la que se había coronado y no yo. Y algo, de repente, rompió el ambiente de la sala. Era alguien, a quién yo esperaba impaciente, una indeseable que hizo quizás lo que nadie jamás pudo hacer en el Zarato: matar a mi madre.

Era Lafayette que entró en la sala y gritó esto: ― ¡Eh, enana! ¡Entrégame esa puta corona, porque yo la Zarina soy yo! ―

Iba acompaña de unos cuantos indios, armados, y se dirigían hacia mí. Todos quedaron en silencio menos yo.

― ¿Tú, con qué derecho te das para que abdique en tu favor? ― Le dije.

― Solo eres una niña, una simple pequeñaja, no sirves como reina. Nadie en su sano juicio le entregaría la corona a una enana, ¡así que renuncia, estúpida! ― Me pareció muy gracioso, porque me lo estaba diciendo una chica con notables problemas mentales.

― ¿Crees que con esas palabras te lo voy a entregar? ¿Sabes por qué decidí ser Zarina? ¡Para que el Zarato no sea tuyo! ― Eso se lo solté, más claro que el agua.

― ¡Si no es con las palabras, lo haré a la fuerza! ― Algo que no iba a dejar que hiciera, por nada del mundo.

Mientras nos decíamos todos esto, tanto la una como la otra nos acercamos hasta tocarnos. Vi en su cara una excesiva confianza y seguridad en sí misma, a la vez que furia contra mí, pero no me asustó ni un poco porque le iba a demostrar que yo iba a ser un hueso duro de roer.

― ¡Inténtalo si puedes! ― Eso le dije, entonces ella sacó un cuchillo y lo puso sobre mi cuello y yo también saqué un arma, una pistola sobre su cabeza. Sus acompañantes sacaron sus armas hacía a mí y mis guardias las suyas contra ellos. Pudo haber sido una carnicería, pero bajé mi arma y empecé a andar hacía mi trono.

― Si quieres salirte con la tuya, entonces esto no es la mejor. Pero las palabras no te servirán, así que… ¿Por qué no dejamos que los cañones hablen por nosotras? ― Eso le decía. Todos miraban atónitos ante lo que dije, yo estaba proponiendo nada más ni nada menos que una guerra civil. Al final, la dejé marchar, ordenando a los demás que no disparasen a ella y a sus acompañantes.

― Mi Señora,… ¿está seguro de esto? ― Esto me lo dijo mi sirvienta, tras llegar la noche y mientras yo estaba leyendo libros sobre de estrategia de guerra en la biblioteca.

― Ahora soy tu Zarina, no lo olvides. ― Eso le decía, mientras miraba la taza que me sirvió. ― Sé que hay muchos que estuvieron en contra de que mi madre y que ahora estarán en contra mía. Esa Lafayette les ha alegrado la vida porque la mató  y sé perfectamente que la querrán utilizar como una muñeca para abolir nuestra dinastía, aunque esa negra se crea que es la que lo domina todo.  ― Interrumpí mis palabras para tomar un sorbito de café. ― Entonces he decidido ir al grano, los traidores se unirán a la perra en una guerra por el control del Zarato. ―

― ¿Y si usted pierde? ― Me preguntó con temor.

― Cuando uno apuesta, nunca piensa si pierde, sino cuando gana. ― Y con esto dicho, terminé mi taza. Ya era hora de comenzar la acción y haré lo que mi madre nunca hizo, unificar el Zarato de verdad.

Dejar de ser un montón de pueblos para ser uno solo y esta guerra es solo el primer paso. Eliminar la resistencia a mi gobierno y a mi dinastía, y de paso mandar a Lafayette al infierno.

FIN

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