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La muñeca maldita, septuagésima quinta historia.

Como todos los buenos norteamericanos, nosotras, las gemelas Aleksandra y Sanacja Pilsudki, vamos a hacer nuestro especial de Halloween, ese día en el que te disfrazas de algo aterrador y te vas de casa en casa pidiendo golosinas. En vez de hacer eso, vamos a contar una pequeña historia de terror, cien por cien real.

Un buen día, fuimos a aquella iglesia en dónde a veces pedíamos comida o cosas de primera necesidad, y nos encontramos a un sacerdote que no sabía qué hacer con una caja que le donaron, ya que, según él, las cosas que tenía dentro no le servía. Se salvaron de ser tiradas a la basura, gracias a nosotras que le pedimos que nos lo regalase. Tras conseguirlo, nos lo llevamos a la casa de la jefa, a nuestra base secreta, sobre un carrito de la compra que encontramos por la calle casualmente.

— ¿Qué es esto? — Esto fue lo que dijo nuestra jefa, a quién tuvimos que atraer la atención, porque tenía cero interés en lo que habíamos traído.

— ¡No lo sabemos! — Eso le respondimos y ella nos miró mal.

— ¿Y entonces, para que lo habéis traído? — Eso nos preguntó. Al parecer, no se dio cuenta que era nuestra intención, que era traerlo aquí para que ella lo mirase, ya que era la jefa y tenía mejor ojo que nosotras, quienes sabíamos con gran intuición que había algo útil que podría financiar nuestro grupo criminal.

— ¡De todos modos, míralo, míralo! — Le pedimos sin parar que lo hiciera, con cada una de nosotras moviéndole los brazos y ella aceptó al momento, diciendo que vale, dos o tres veces.

— En fin…— Eso decía mientras abría la caja. — ¡A ver qué hay aquí! —Su cara se iluminó de repente y con una increíble intensidad, sonreía de oreja a oreja. Empezó a sacar cosas, hablando solo de precios y de lo que sí servía y lo que no y de lo bien que vendería.

A nosotras, todas esas cosas solo nos parecías viejas y pasadas de modas, aunque sentimos un poco de atracción hacia un libro con un aspecto muy aterrador y con nombre raro; y con una máscara de piedra de origen azteca igual de siniestra.

En fin, lo único importante para esta historia era una muñeca de trapo, cuyos ojos eran botones, con un lacito en el cabello, que extrañamente parecía y se sentía casi igual a la de una persona; y con una sonrisa muy siniestra. Tenía un vestido que mezclaba el negro y el blanco y que recordaba una época muy lejana, bastante elegante y que tenía un aíre a señorita, pero de esas ricachonas malvadas. Mao observó el hecho de que uno de sus bracitos estaba a punto de caer y le salía el relleno, aparte de que estaba muy estropeada.

— ¡Esta cosa si se arregla, se venderá bien! — Eso lo decía mientras la observaba sin parar, nosotras le dijimos que no, que nadie quería algo así.

— ¡Hay de todo en este mundo, no se crean! — Nos replicó, y le tuvimos que dar la razón, porque en ese momento salía en la tele un hombre que decía ser adicto a las cacas, y qué asco. Llamó a Clementina y ésta bajó, preguntándole qué quería.

— ¡Ya que tienes práctica con coser, arregla esto! — Y con esto dicho, le dio la muñeca, y al verla, puso una cara de horror.

— ¿En serio, quieres que te lo arregle? — Eso decía con ganas de darle a otro esa muñeca. — ¡Da grima! — Nosotras estábamos de acuerdo con ella. Aún así fue capaz de arreglarla y Mao lo puso a un precio muy alto, e increíblemente lo vendió.

El señor que lo compró era un padre de una familia de Australia o algo de así, ya saben, la tierra de los canguros y koalas. Tenía una hija muy bonita, de pelo moreno y largo, hasta a la cintura, llamada Klara Ben-Gurión. Decente tanto en los estudios como en los deportes, pero con una vida feliz, y llena de amor y felicidad. La muñeca era su regalo de cumpleaños y le gustó, por algún motivo extraño.

— ¡Te voy a llamar Dolly! —

Eso decía aquella chica, mientras reía de felicidad en la cama, mientras lanzaba al aire su muñeca sin parar para cogerla.

La pobre no sabía una cosa, ¿Sabéis cuál era? ¡Que esa muñeca estaba maldita! ¡Tenía un alma dentro, lleno de maldad y odio!  ¡El de una niña que sufrió una horrible infancia y que murió a temprana edad de la peor forma posible!

Y aquel ser empezó a observaba día a día cómo era su vida, lo bien que le trataban sus padres y el amor que se tenían, cómo tenía amigos geniales, que la ayudaban cuando podrían; cómo tenía un perro que siempre estaba con ella, de cómo tenía una casa tan grande y bonita, de cómo le permitían tener caprichos, pero sin pasarse; de cómo iba a su querida escuela poco preocupada por sus estudios y ser capaz de sacar un cinco en todos; de cómo, en general, tenía una vida sin grandes problemas, desocupada y feliz, a pesar de algún que otro decepción. Todo comparado con lo que aquella niña infeliz tuvo, hizo que esa muñeca empezará a envidiarla sin parar para terminar en un profundo y horrible odio. ¡Ahora si comienza lo bueno!

Al pasar las semanas, Klara se sentía más cansada que nunca, y a pesar de que siempre se acostaba lo más temprano posible. Sus padres la llevaron dos o tres veces al médico, pero no encontraron nada anormal. ¿Qué le estaba pasando? Eso se preguntaba.

Y entonces comenzó a tener sueños muy extraños. Al principio, era que estaba yendo por la calle, en mitad de la noche, tirándoles piedras a animales. Pero de todo eso se olvidaba y no le daba importancia, hasta que un buen día se quedó muy sorprendida cuando oyó una conversación entre niños de sus escuelas.

— ¿Tú, has oído de que hay una niña que está atacando a todos los animales? — Le decía un chico a otro.

— ¡Qué bestia! ¿Por qué le hace daño a los animales? — Eso le respondió el otro, mostrando repulsión hacia la persona que estaba haciendo eso.

— ¡Es lo mismo que en mis sueños! — Eso se dijo en voz baja, que sentía que esas dos cosas parecían tener relación, y se quedó muy extrañada. Tras terminar las clases, pensaba que eso no era posible, que solo se estaba pensando en tonterías.

Pero la cosa no se terminó ahí. Entonces soñaba que empezó a tirarlos a las ventanas de sus vecinos, y atacar a gente con un bate de beisbol.

Cuando se despertaba, se miraba las manos, preguntándose si era realmente pesadillas, porque ya estaba dudando de que fuera eso. Y escuchaba sobrecogía como todo lo que soñaba ocurría en la realidad. Y eso no era todo, sus amigos se alejaban de ella o le acusaban de cosas que ella no había hecho, como que los insultaba por teléfono o que hacía que se enfrentaran entre ellos. No lo entendía, no lo podría entender, por mucho que pensase y ya se estaba desesperando.

Entonces, un buen día, al abrir sus ojos, vio como sostenía un bate y lo levantaba, con su mejor amiga delante de sus ojos, llorando y totalmente aterrada. Se dio cuenta, sin poder creérselo, que casi la iba golpear ella misma.

— ¡Yo no lo quería hacerlo! — Eso gritaba ella muy conmocionada, tras tirar el bate al suelo. — ¡Ni siquiera sé cómo he llegado aquí! — Salió corriendo, lo más rápido que podría. — ¡Lo siento, no quería hacerlo! —

Tras correr y correr, llegó a la puerta, que estaba abierta, de su casa, cansada y llorando, preguntándose qué le estaba ocurriendo. Se dio cuenta de que algo estaba mal en ella, que la controlaba, mientras dormía, por las noches para hacer cosas horribles.

Entonces, es cuando empezó a tener miedo de ella misma y se encerró en su habitación, para no poder salir a hacer daño, nunca más.

Tras eso, sus padres intentaron sin parar sacarla de ahí, al ver que no salía de ahí para nada y no entendían tampoco el motivo por el cual se encerró. Se fueron a la escuela para ver si alguien se metía con ella, y al parecer era su hija la que se metía con los demás. Les preguntaron a sus amigos si sabía que le había pasado, pero no lo sabían, al igual que ellos, se dieron cuenta de que estaba muy extrañada. Hasta llamaron a un psicólogo para ver si sabía algo.

Mientras tanto la pobre niña, intentaba todo lo posible por no dormir, porque sabía que si lo hacía, haría daño a alguien. Nunca lo conseguía, siempre volvía a la calle por la noche para hacer cosas horribles. Harta de todo, gritó qué le pasaba, que por qué hacia eso cuando dormía; y entonces alguien con voz de ultratumba le contestó, ¿sabéis lo que le dijo?

— A destruir todo lo preciado que tiene tu vida. —

Esas escalofriantes palabras, la hicieron retroceder hasta la pared. Temblaba cómo nunca lo hizo, mientras un sudor frio le recorría el cuerpo. Y con los ojos cerrados, y a pesar de que su corazón latía rapidísimo por el miedo, tuvo la osadía de decirle a aquel, sea lo que sea, esto:

— ¿Por qué? ¡Y-yo no te he hecho nada! — Le gritaba, pero nadie le respondió, solo había silencio en su habitación. Entonces empezó a gritar, sentía que se estaba volviendo loca, que estaba oyendo voces inexistentes. Se tumbó en la cama, deseando que solo fuera una simple pesadilla y que su vida volviese a ser la de antes. En menos de cuatro minutos, se quedó dormida.

Entonces empezó a soñar de nuevo, de que veía que una persona, iba andando por los pasillos con un bate, que lo arrastraba.  Al mirar por un espejo, se dio cuenta era ella misma, pero actuando como si fuera otra persona. Tenía una mirada de psicópata aterradora y cantaba una canción que apenas desconocía. Vio, también, que se estaba dirigiendo hacia la habitación de sus padres y supo que iba a cometer una monstruosidad.

— ¡Párate, cuerpo! ¡Párate, ellos son mis papás y no han hecho nada! —Eso intentaba decir, pero no podría hablar. Intentaba controlar su cuerpo para detenerlo, pero se seguía moviendo.

Al entrar a la habitación, ella vio lo que iba a hacer, y intentó usar todas sus fuerzas para detenerse, pero todo esfuerzo era en vano, e impotente, veía como ella misma golpeaba cruelmente a sus queridos padres, que estaban plácidamente dormidos, hasta dejarlos irreconocibles y llenar la cama de la sangre de sus papás.

— ¿Por qué? ¿Por qué? — Gritó, gritó cómo nunca, al ver que lo hizo; y en ese momento en que podría volver a controlar su cuerpo. Ella cayó al suelo traumada, con las manos puestas en la cabeza, chillando sin parar. Entonces, escuchó una risa de ultratumba y su mirada se dirigió hacia la puerta. Y vio horrorizada, como la muñeca flotaba en el aire, y se acercaba a ella.

— ¿Has sido tú? ¿Tú eres la que has controlado mi cuerpo? — Le gritaba mientras se puso contra la pared. — ¿Por qué? ¿Por qué me has obligado a matar a mis padres? — Le exigía a aquel monstruo.

— Porque tu vida es demasiada buena. — Eso le decía, mientras se reía la condenada, para luego, gritar enfadada: — ¡Y no estoy satisfecha! ¿Por qué tu lo has tenido todo y por qué yo no? ¡No lo mereces! —

— No lo sé, pero, por favor, ¡No me hagas daño! — Eso decía, mientras se ponía de rodilla y se tapaba la cabeza. No le importaba los motivos, solo quería que la dejase en paz y se fuese, que no le hiciera algo horrible.

— Por supuesto, que no haré daño a mi nuevo cuerpo…— A aquella niña se le erizó la piel al escuchar eso, sentía que ya estaba perdida. ¿Y sabéis lo que pasó entonces?

Qué aquella horrible muñeca le sacó el alma de la niña, mientras le gritaba que no, y al sacársela le dijo esto ese ser:

— ¡Adiós! — Eso dijo, tras abrir la boca y devorar el alma de la niña, masticándolo incluso. Sus últimas palabras era que tuviera piedad de ella.

Y aquella alma empezó a reírse frenéticamente de pura locura, aunque al final aún no se sentía satisfecha, ya que solo le quedaba una cosa por hacer, quemar la casa. Así lo hizo, y miraba al futuro con grandes esperanzas, con crear y tener una nueva vida mejor que la que tuvo.

Así terminó nuestra historia, y esa fue la que contamos aquel día de Halloween en la casa de Mao, ya que hicimos una fiesta de pijamas, a pesar de la negativa de nuestra jefa. Las reacciones eran diversas, y algunas divertidas.

— ¿E-eso pasó de verdad? — Eso preguntaron tanto Clementina y Josefina, quienes estaba abrazadas juntas, por puro terror, esa historia le produjeron muchísimos escalofríos.

— ¡Solo el principio, señoras, lo demás es pura ficción!  — Eso les dijo Mao, quién ni le prestó nada de atención nuestra historia.

Vimos que Alsancia estaba llorando, porque le dio mucha pena la chica de la historia; Jovaka intentaba asustar aún más a Josefina, y Diana se unió a ella, porque le mucha daba risa como se ponían esas dos; Malan nos dio la enhorabuena por crear una historia decente, y la rara esa, llamada Candy, que estaba con nosotras; no les paraba de sacar fotografías y diciendo que estaban lindas, de esa forma.

Pues bien, es cierto que solo el principio fue real, todo lo demás nos lo inventamos; pero lo extraño y aterrador viene después, en la mañana siguiente.

— ¡No pude dormir por vuestra culpa, tenía miedo de que eso apareciera y me devorase el alma! — Eso nos decía Josefina algo enfadada, cuando ella y nosotras íbamos a comprar algo en el supermercado. Y aún ella seguía teniendo miedo a pesar de que era de día, lo notamos por el temblor.

— ¡No te preocupes, me tienes a mí, que soy la mayor de todas! ¡Si te aparece, yo con mis hechizos lo mandare! — Eso le gritó la rara de Candy, quién nos estaba acompañando. Tras decir eso y hacer una postura sacada de algún comics que ven los frikis, vimos a lo lejos de la calle una casa que estaba quemada y como buenas cotillas que somos nos acercamos a ahí. Vimos cómo delante de la casita quemada, había una mujer y una chica de nuestra edad, mirándolo. Entonces, nos quedamos de piedra, porque esa chica se parecía mucho a aquella muñeca. Y empezamos a temblar cuando ellos su cabeza hacia a nosotras.

— Buenos días. — Nos saludó educadamente ella, saludándonos como si fuera una princesa, y la persona mayor también lo hizo, pero de forma normal.

— ¡Buenos días! — Eso le dijimos todas.

— ¿Ustedes son de por aquí? — Nos preguntó la vieja.

-Pues no, la verdad.- Y eso contestó la rara.

— Perdón, solo era para preguntarle si vieron algo raro, ya que esta noche esta casa ardió, y hace poco otra. — Eso decía mientras nos señalaba eso. — Se siente como si fuera una oleada de incendios provocados por un terrible loco. — Nosotras nos miramos sorprendidas y recordando que lo que paso en el final de nuestro cuento.

— Mi querida tía, ya le dijo a vos que fue un simple accidente. — Eso le dijo a su tía, y esas palabras nos parecían muy sospechosas. Josefa se acercó a nosotras y, con terror, nos dijo al oído preguntándonos si en nuestra historia no hubo también un incendio.

— ¿Ardió esta casa? — Eso preguntó la rara de Candy, diciendo lo que era bien obvio.

— Sí, y mis padres murieron en él, ¡qué pena! — Josefa y nosotras, dijimos mentalmente que lo mismo que en la historia, y nos pusimos aún más nerviosas.

— ¿Y cómo se llaman? — Eso dijo, a continuación, Candy, mientras sacaba su cámara. La tía le dijo su nombre, y todo normal; pero cuando le tocó el turno de la niña, ya nos dio escalofríos:

— Me llamo Klara Ben-Gurión. — Chillamos como locos, y nosotras nos aferramos a Josefina, quién estaba igual. Nosotras nos inventamos el nombre por casualidad, y todo lo del incendio y de la muerte de sus padres era igual que en nuestra historia de ficción, ¿cómo era posible?

— ¿Les pasa algo chicas de la tienda de antigüedades? — Eso fue la gota que colmó el vaso, porque pensábamos que ella nos conocía de cuando llegó como muñeca en la casa de Mao; y salimos corriendo, aterradas, chillando sin parar; diciendo que nos iba a robar el alma. Josefa nos siguió, gritando y llorando; mientras Candy y la tía se quedaban muy boquiabiertas, preguntándose qué nos pasaban.

FIN

 

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La radio y el mar: Segunda parte, septuagésima primera historia.

Dos largas semanas, ensayando un día no, uno sí; estuvieron antes de poder estrenar su gran debut en el mundo del teatro, algo que esperaban con impaciencia. Alsancia le rezó a su santo para que todo le salieran bien a ellas y Josefina le pidió a su madre que rezara a la virgen de Guadalupe. Solo algunas madres de las chicas querían venir, pero al ver que no podrían, le pidieron que le grabaran la función. Candy y Cook estaban preparando los escenarios y Clementina y Leonardo iban a manejar las luces, mientras Diana se fue a los asientos esperando a que su querida amiga Natáshenka apareciera. Todos los actores intentaban quitarse un poco de su nerviosismo, mientras todos los niños ya habían entrado en la sala de teatro, faltaba poco para que el telón se levantara.

― Chicas, ¿están preparadas? ― Les decía Mao a todas, mientras ellas ponían rápidamente los últimos preparativos. Respondieron que sí, con entusiasmo y chocándose las manos la unas a las otras. Con esto se levantó el telón, empieza así la primera escena del primer acto.

Dos chicas pescando en el muelle de algún puerto del mundo moderno, con una radio con ellas. Se escuchan ruidos de gaviotas y de barcos a la vez que se escucha una canción de origen evidentemente coreano.

― ¡Q-qué bien se siente estar escuchando la radio mientras pescas en el río! ― Eso dijo una de ellas, que era Josefina; y se había equivocado en el primer dialogo, provocando que Cook dijera de forma irónica, quién la estaba viendo desde detrás del escenario, que habían empezado bien.

― ¡Querrás decir el mar! De todos modos, ha sido una buena idea. ― La otra era Malan, quién era la otra pescadora, y quién tuvo que modificar su dialogo. Lo que consiguió es que el público se reía de la pobre de Josefina y la llamarán estúpida, haciéndola enfadar.

― ¡Imagínate si la música de nuestra radio sea capaz de atraer a los peces, así podemos capturar unos cuántos! ― Eso dijo Josefina a continuación, mientras hacía un montón de movimientos ridículos que le pedían que hiciera en el guión. O eso recordaba ella.

― ¡Cómo si los peces fueran capaces de entender eso! ―

Al decirlo, la pescadora número dos, es decir, Malan; los niños empezaron a decir que los peces eran idiotas y otros insultos, provocando que los maestros les regañaran por decir esas tonterías. Siguió hablando:

― ¡Si fuera así, ya tendríamos un montón de ellos hace rato, y ninguna hemos pescado! ―

― La pesca es un arte en dónde se requiere paciencia, mucha paciencia. ―

Los niños replicaron que la pesca era un rollo, mientras Josefa hacía como si ella fuera torpe e hizo como que tiró la radio, quien era Mao, que se tiró al suelo y que por suerte tenía un colchón sobre él.

― ¡Oh no, mi querida radio de trescientos dólares! ¡Se está hundiendo en la mar! ― La pescadora número uno, Josefa; lo hizo con tanto dramatismo y exageración, que los niños empezaron a reír sin parar, de lo gracioso que parecía. Hasta a Malan se le salió unas risitas. El talón bajó, mientras Cook, por un micrófono, decía unas palabras, finalizando así la primera escena:

― ¡Y así fue como la radio de trescientos dólares se hundió poco a poco hasta llegar al fondo y fue arrastrada hacia lo más profundo del océano! ―

Mientras cambiaban la escena para hacer que pareciera el fondo del océano, y mientras todas se estaban cambiando, Cook le dijo esto a Josefina:

― Bueno, casi ibas a meter la pata en el primer momento, así que espero que para la próxima lo hagas mejor. ¡Debes esforzarte mejor para la que viene! ― Eso le dijo Cook, tras pensar durante largos minutos cómo le iba a decir esas palabras a la mexicana sin afectarla.

― ¡P-perdón, es que e-estoy muy n-nerviosa! ― Temblaba como un flan.

Cuando todo estaba listo, mandaron la orden de subir el telón, y que Mao se pusiera en medio del escenario. Éste lo hizo, deseando que terminara cuanto antes la obra de teatro. Así empezó la segunda escena.

Una radio en mitad del mar, perdida en el lecho marino, en un lugar dónde apenas alcanza la luz, aparecen animales marinos pasando como si nada, ignorando su existencia. Van de un lado para otro, haciendo ruidos estúpidos que hacen gracia a su público, hasta que uno se da cuenta de que hay algo raro entre la supuesta arena.

― ¿Q-qué es esta cosa?― Eso dijo de una forma brusca y poco delicada, el pulpo, quién no era nada más ni nada menos que Jovaka. Rápidamente todos lo que estaban dando vueltas por el escenario se acercaron a la radio.

― ¡No parece un depredator! ― Eso le decía la gamba, quién estaba siendo interpretando por una de las gemelas, Alex; y lo digo de esa manera, para hacerlo mucho más gracioso, aunque no consiguió sacar ni una sola risa.

― Ni otra cosa. ― Añadió Sanae, quien era la langosta; mientras tocaba la mejilla de Mao sin parar, que le ponía cara de querer diciendo que le dejara de tocar, y eso pensaba, pero no podría hablar, porque la radio no hablaba en toda la obra.

― Y no se mueve, no huye ni nos matacrá. ― La almeja estaba siendo interpretado por Josefina, y se equivocó con el diálogo otra vez, siendo la burla del público, de nuevo. Estaba sosteniendo a la sardina, quién no era nada más ni nada menos que Alsancia, a quién le preguntó si estaba en lo cierto, y ésta le contestó con la cabeza afirmativamente.

― Es negro y cuadrado, y tiene unas cosas que sobresalen. ― Eso decía el tiburón, es decir, Malan, poniendo una actitud bastante inocente para el animal que representaba y quién apretó un botón inexistente.

Entonces se empezó a escuchar música, una parte de la Sinfonía n.º 9 en re menor, op. 125, y todos los demás personajes de la obra empezaron a mirar a un lado para otro, a correr como locas, poniendo cara de puro terror. Todo esto convirtió la sala en un concierto de risas.

― ¿Qué es lo que se oye? ― Decía el pulpo.

― ¿Qué es eso? ― Gritaba la almeja, chillando de una forma muy falsa.

― ¿Es un depredator? ¿Es un depredator? ― Gritaban la gamba y la langosta.

― ¿De dónde viene? ― Gritaba el tiburón.

La sardina fue la primera que dejó de dar vueltas por el escenario y acercarse a la radio para tocar otro botón inexistente y así cambió la música, pasando a ser Thriller de Michael Jackson.

Todos empezaron a acercarse y a tocar más botones, pasando a escuchar canciones de flamenco, el himno de Canadá, alguna música salida de un opening de un anime, un clásico del rey del rock entre otros más.

― Todos esos ruidos salen de esta cosa. ― Dijo el pulpo.

― Debe ser una de esas miles de cosas que caen de los humanos a aquí. ― Añadió el tiburón.

― Pues no parece una cosa muy peligrosa, como esas…como esas…― La almeja se quedo atascada, no podría recordar cómo tenía que terminar su diálogo. Otro error más por parte de Josefina.

― De todos modos, ni siquiera hace algo. ― Comentó el tiburón, intentando corregir el error de la almeja.

― ¿Y si es un jarrón de última generación en dónde están atrapados miles de almas y con estas cosas puedes escucharlos? ― Esto se lo inventaron las gemelas, al pensar ellas que su diálogo parecía un asco. Tanto el público como los actores no entendían qué querían decir con eso.

Entonces, se empezó a oír un montón de gritos, como si fueran de un monstruo, y todos los animales salieron fuera de escenario:

― ¡Una ballena! ¡Una ballena! ― Gritaban todas.

― Es una Orcinus orca. ― Decía el tiburón antes de esconderse, que  intentaba explicar que eso no era una ballena, sino una orca. Recuerden que, aunque la llamen la ballena asesina, es de la familia de los delfines.

Efectivamente entró alguien que se hacía pasar por una orca, era Cook, gritando que los iba a comer, que los iba a devorar; de una forma muy aterradora. Consiguió inesperadamente que el público sintiera miedo e incluso empezaron a llorar, aunque esto hizo pensar que estaba haciendo bien su trabajo.

Y como dictaba su papel, tenía que acercarse a la radio y a empezar a tocar botones, y así encender la radio, que misteriosamente estaba apagada. Luego, hizo como que se asustó y salió corriendo, gritando como loca; mientras los niños se reían de ella y la insultaban. Ésta se sentía molesta y quería que se muriesen. Los animales salieron de nuevo al escenario, viendo que la radio había espantado a la terrible ballena asesina.

― ¡La radio ha vencido a la ballena! ― Decía la almeja, intentando mostrar mucha alegría, pero que a ojos de los demás quedaba demasiada falsa, mientras Cook le decía desde detrás del escenario que los animales desconocen que se llamaba así.

― Es una Orcinus orca. ― Repitió el tiburón, saltándose el dialogo que tenía.

― ¡Vamos a hacerlo nuestra reina! ― Gritaban la gamba y la langosta, actuando que estaban muy eufóricas por eso, y no le quedaban nada mal. Es más, todos los niños empezaron pedir que lo fuera. Y con esta sorpresa, los demás actores casi se olvidaron de que tenían que hacer los mismos que las gemelas y proclamar a la radio como su nueva reina. Así se terminó el acto y mientras bajaba el telón, estaban diciendo estas palabras:

― ¡Y así es como aquella radio se pudo proclamar reina y convertirse así querida por todos los del lugar! ―

Durante esos cinco minutos, los actores estaban descansando, aunque tuvieron que soportar las regañidas de Cook, quién les decía que volviesen a leer de nuevo el guión del segundo acto para que no se equivocaran, sobre todo a Josefina; y que lo hicieran mucho mejor.

― Ya estamos por la mitad, así que dar lo mejor de vosotras, que ya queda poco. ― Les decía Cook, antes de levantar el telón y empezar el segundo acto.

Al empezar, el público veía como bailaban todos los peces del mar, alrededor de su reina, la radio, durante un buen rato. Malan era la única que bailaba de una forma que no parecía ridícula, más lo hacía de una forma elegante. Las gemelas estaban intentando hacer un baile moderno sin salirle bien, Josefina se estaba inventando uno nuevo, Jovaka solo daba vueltas y Alsancia se cayó al intentar hacerlo.

Tras un buen rato, haciendo reír a los niños por lo mal que bailaban; la voz de Cook volvió a hacer acto de presencia:

― ¡El mundo submarino estaba tranquilo y en paz, solo había más que felicidad, pero había una amenaza que procedía de la superficie! ―

Entonces, cayó sobre la sardina una red de pesca, y todos los animales al verla en peligro, intentaron ayudarla, pero no podrían se la estaban llevando a la supuesta superficie. Le decían que aguantara y todo el público empezó a llorar por ella. Al final, pudo escapar y así liberarse de la red.

― ¿Qué ha sido eso? ― Gritaba la almeja.

― Son los humanos, han venido a por nosotros. ― Decía el tiburón.

Así bajó el telón, empezando así la segunda escena del acto y todos hicieron lo más rápido que pudieron para cambiar totalmente el escenario.

Al subirse, nos encontramos con un barco en mitad del mar, con tres personas a bordo, vestidas con impermeables de color amarillo, tirando redes. Empezaron a cantar una canción, más mal que bien, de marineros. Fue un desastre, ya que se saltaban o incluso se inventaba algunas partes y quedaba fatal. Incluso el mismo público lo decía. Tras terminar aquel fatídico canto, empezaron a hablar:

― ¡La mar está en su punto! ― Decía uno de los pescadores. ― ¡Está tan  tranquila que se puede capturar peces sin preocuparte de nada! ― Era Josefina la que decía eso.

― ¡Peces que se venderán a grandes precios en las subastas! ― Añadió la otra, que era Alex; y que conscientemente decidió usar subastas en vez de lonjas, por ningún motivo evidente.

― ¡Dinero, dinero para nosotras, las pobres! ― Este diálogo fue dicho por la otra, que era la otra gemela, Sanae; y fue totalmente inventando. Desde detrás del escenario, Cook chocaba su mano contra su cara, decepcionada al ver que nadie estaba haciendo bien la obra.

― ¡Hey, patrona! ¿Si capturamos muchos, nos invitara a comer en algún restaurante? ― Le dijo Alex a Josefina, con otra línea inventada, y ésta, al saber que ese no era el diálogo, no sabía qué decir. Cook les intentaba llamar la atención, decirles que no tenían que hacer eso, que tenían un guión, pero ellas las ignoró completamente.

― ¡Pues claro, claro! ― Esa fue la primera respuesta que se le ocurrió, pero vio en la cara de las gemelas una sonrisa siniestra, adivinó lo que querían en realidad, que las invitará a comer después de la obra.

― ¡Pero antes, hay que hacerlo! ¡Vamos a tirar más redes, para conseguir más peces, que no hemos pescado ni uno! ― Decía Josefina, siguiendo el guión.

Y con esto dicho se bajó el telón, y mientras Cook regañaba sin piedad alguna a las tres, se volvió a la misma escena del fondo del mar. Con la radio, interpretado por Mao, en el centro del escenario. Al subir, vieron como los animales marinos corrían de un lado para otro, gritando y pidiendo auxilio, con algunos enredados por redes de pesca.

― ¡Ayuda, ayuda! ― Decía al almeja.

― ¡Ayuda, reina! ― Gritaba el pulpo.

― ¡Asusta a los humanos! ― Gritaban langosta y la gamba.

Entonces el tiburón se acercó a la radio y empezó a rezarle, le pedían su fuerza y su poder para luchar contra la humanidad, y al ver que no pasaba nada, como decía el guión, tocó un botón y empezó a escucharse La cabalgata de las Valkirias de Richard Wagner. Entonces cayó sobre Mao una red de pesca.

― ¡Oh no, nuestra reina! ― Gritó el tiburón, mientras la radio se alejaba de ellos, y mientras el público gritaba lo mismo.

― ¡El agua no está tranquila, va a hacer tormenta! ― Decía la almeja, quién ya se había liberado de la red.

Y así se cerró el telón, terminando la escena y cambiándolo todo para que el escenario volviera a ser el barco en mitad del mar de nuevo.

― ¡Por Buda, cambiar la escena una y otra vez es realmente agotador! ― Decía un Mao cansado y deseoso de que terminaran de una vez.

Al subirse el telón, estaba las tres pescadoras mirando a la radio en el fondo, hacían como si estaban peleando entre ellas.

― ¡Qué asco, no podríais coger a un ser vivo antes que basura! ― Les gritaba la patrona.

― ¡Por lo menos hemos captura algo, tú nada! ― Les gritaba una.

― ¡Y además, funciona! ― Le gritó la otra, aún se estaba escuchando esa música, aparte de que estaba oyendo un montón de truenos y rayos, algo que estaba asustando al público. Entonces, para la sorpresa de niños y niñas, empezó los ascensores sobre el escenario empezaron a funcionar y empezó a llover.

― ¡Oh dios, una tormenta! ― Gritaba la patrona. ― ¡Vamos, hay que volver al puerto, antes de que nos devoré! ―

― ¡Sí, patrona! ― Dijeron ellas mientras hacían como si estuvieran haciendo algo. Entonces la voz de Cook volvió a escucharse, mientras se bajaba el telón, con estas palabras:

― Y así es como los animales del fondo del mar evitaron ser la comida de los humanos. ―Decía todo esto, mientras se preparaba todo para la última escena.

Volvemos hacia al fondo del mar, todo está tranquilo pero los animales están tristes, simulan estar llorando, pero el público dudaba si estaban así o se estaban riendo.

― Nuestra reina invocó la tormenta y se sacrificó. ― Decía el tiburón.

― ¿Por qué, reina? ¿Por qué? ― Añadió la almeja dramáticamente.

― Siempre estará en nuestros corazones. ― Comentó el pulpo.

― ¡Jamás te olvidaremos, reina! ― Gritaron la langosta y la gamba. Y con esto, se bajó el telón, con los niños casi al punto de llorar, de risa; después de que los actores pidieran gracias por ver su obra de teatro.

― ¡Hemos terminado, Mao, chicas! ― Les gritaba Josefina, y todas decían lo mismo, que habían terminado. Estaban feliz de terminar aquella obra de teatro y sus gritos de felicidad se escuchaban, mientras su público volvían a sus clases.

― ¡Ha sido horrible, pero en fin…! ― Decía Cook, al ver cómo había quedado su obra.

― No ha sido tan horrible como crees, solo ha sido un poco decente. A los estudiantes les ha gustado. ― Ésta giró la cabeza, sorprendida, al escuchar esas palabras, que eran del mismo hombre que les habló el primer día de ensayo.

― Es vuestra primera vez, así que es normal esto, pero seguir practicando y en un futuro seréis un gran grupo teatral. ― El señor pensaba realmente que las chicas eran parte de una empresa teatral, y con estas palabras se fue, dejando a Cook incapacitada para decirle que estaba equivocado.

FIN

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Atrapados en la escuela, septuagésima cuarta historia.

 

Era un sábado por la tarde y todos estaban terminando de ensayar en el teatro del San Jorge de Capadocia. Entonces, Mao entró en los vestuarios a quitarse el disfraz que tenía.

— ¡Por Buda, cuando terminemos la maldita obra de teatro, me haré el harakiri! — Eso lo decía él, no solo porque le parecía ridículo la obra de teatro, sino también por su disfraz de radio, que no era más que una caja grande con agujeros para los brazos y para la cabeza, que le hacían morir de la vergüenza.

— Ojou-sama, ¿le ayudo a quitarse eso? — Eso le decía Malan, quién entró con él y estaba disfrazada de un tiburón.

— Yo puedo sola. — Le decía mientras se quitaba con facilidad aquella caja de cartón. Escuchaba desde afuera los gritos de Cook hacia a Jovaka, diciéndole que lo hiciera de nuevo, y quería darse prisa a volver ahí, porque si la serbia se daba cuenta de que no estaba a su lado se iba poner loca.

— Tal vez debería enseñarla a cuidarse solita.- Comentó Mao pensando en voz alta, sin darse cuenta.

— Sería interesante. — Añadió Malan, al escucharlo, deseando ver como Jovaka sería capaz de estar independiente de su Ojou-sama. Al ver que éste salía al escenario, lo acompañó.

Allí estaba Jovaka, en el centro del escenario, con un traje de pulpo, y casi con ganas de morirse de la vergüenza, repitiendo mil veces el diálogo.

— ¡Termina de una vez, Jovaka! ¡Qué quiero irme a casa! — Eso decía una Josefina aburrida en los asientos, llevando aún el disfraz de almeja.

— ¡Si no te callas, es normal que no pueda terminar! — Le gritó enfadada Jovaka. Y si no fuese porque Cook les dijo que dejaran de cháchara, hubieran empezado a pelear.

Al salir Mao, casi fue atropellado por las gemelas, que una iba disfrazada de langosta, y otra de gamba; y estaban cogiendo de la mano a Alsancia, quién estaba yendo como sardina.

— ¡Josefina, vete a cambiarte! — Eso le dijo Mao a la mexicana, al ver que ésta seguía aún con el traje. Y de pronto, la luz se apagó.

— ¿Q-qué ha pasado? — Gritaba Josefina aterrada. — ¿P-por qué han cortado la luz? —

— ¡Tranquilízate! ¡Solo se ha ido la luz! — Le replicó Mao. Rápidamente, notó como Jovaka lo apachurraba, diciéndole que no se alejará de ella. Se dijo mentalmente que definitivamente debería enseñarla a estar sola.

— ¡Q-qué extraño! — Se decía Cook, quién intentaba iluminar el lugar con la luz de su móvil, y viendo por primera vez un corte de luz.

Mao giró hacia los vestuarios al escuchar el montón de quejidos que estaban diciendo las gemelas y le iba a decir a Malan que usará su móvil como linterna para comprobar lo que pasaba. Al final, como suponía, se habían chocado contra algo y las ayudó al levantarse.

— ¿Y ahora que haremos? —Eso le dijo Mao a Cook, tras ayudar a Josefina a quitar su traje.

— Pues vamos a salir. — Le respondió Cook y con todo esto dicho, todos se dirigieron hacia al exterior.

Al salir de la sala de teatro, llegaron a la entrada del edificio que ocupaba la escuela de primaria y vieron por sus múltiples ventanas que estaba lloviendo muy fuerte, tan fuerte que parecía un tifón.

— ¿Alguien se ha traído algún paraguas? — Les preguntó Mao a las chicas, al ver esto. Todas dijeron que no.

— Pero si en la tele decía que iba a estar nublado, sin llover ni nada parecido. — Comentó Josefina, muy sorprendida; quién siempre se tragaba el tiempo por culpa de su madre.

— No hay cobertura. — Decía Cook, al ver su móvil y notar que no le llegaba eso, y lo necesitaba para llamar al chofer que la iba a llevar a casa y que, de paso, le dieran unos paraguas.

Todas se quedaron paradas sin saber qué hacer, no quería quedarse ahí porque ya habían terminado y no querían ensayar más, pero tampoco tenían ganas de salir con lo que estaba lloviendo. De todos modos, Cook se acercó a la puerta para abrirla. A diferencia de otros sitios, la llave era una tarjeta electrónica y la cerradura, una ranura. Como ven, la institución San Jorge de Capadocia estaba a la última tecnología, pero en ese momento se convirtió en un problema, ya que necesitaba electricidad y no lo tenían.

— No puede ser…— Eso decía sin parar Cook hasta que se acordó que no había luz, y se quedó con la boca abierta, al saber que estaban atrapadas.

— ¿Qué pasa? ¿Esa cosa no tiene una cerradura de toda la vida o qué? — Le preguntó Mao, al ver lo mucho que temblaba ella, aunque ya sabían la respuesta.

— Todas las puertas son electrónicas y, por tanto, estamos atrapadas. —Respondió Cook, dejando a todo el grupo sin habla por un momento para luego estallar en un concierto de gritos, orquestados por Josefina, Jovaka y las gemelas.

— ¡Cállense, cállense! ¡Qué no es el fin del mundo! — Les decía Mao, quién intentaba tranquilizarlas de alguna manera, pero no lo hacían, tuvo que gritar de nuevo como si fuera un loco. Así se quedó el lugar en silencio.

— ¿Y ahora qué haremos? — Se preguntó Cook.

Tras estar un buen rato sin hacer nada, y al ver que ni volvía la luz ni la lluvia se detenía, el grupo empezó a recorrer los pasillos de la escuela, que se volvieron a dar vueltas por el lugar. Grace Cook pensó que tal vez había alguna ventana para abrirla y saltar de ella, pero todas las que encontraban estaban muy altas del suelo.

— ¿Hey, Cook, en todos las escuelas debe haber alguien quién los esté cuidando e incluso tienen casa propia? — Decía Mao, quién estaba mirando cómo la tormenta no mejoraba por las ventanas.

— Se supone, aquí tenemos a un montón de vigilantes. — Eso le respondió Cook.

— ¿Y no puedes llamarlos y pedir que nos abran la puerta o algo así? —  Mao le preguntó eso con desesperación, porque tenía ganas de volver a su casa.

— No lo sé. No hemos visto ninguno desde que entramos. — Como era sábado, nadie venía al instituto salvo ellas y los vigilantes que debían vigilar el recinto. Supuestamente deberían encontrarse con alguno, pero eso no pasó desde que entraron en el lugar. Mao dio un suspiro de frustración.

Los pasillos solitarios se volvieron tenebrosos y oscuros, y gran parte del grupo estaba algo aterrado. Quién estaba realmente asustada era Josefina, que temblaba como un flan y estaba pegada fuertemente al brazo de Malan. Ni siquiera se atrevía a mirar hacia delante.

Las gemelas, a pesar de sufrir un poco de miedo, observaron a Josefa aterrada y le entraron unas ganas increíbles de hacerla chillar. Eso hicieron. Las dos le tocaron el hombro bruscamente mientras le soplaban en el oído y ella dio un gran grito de terror que asustaron a todos:

— ¿Qué pasa? — Gritaban Mao y Cook, mirando por todas partes al unísono, antes de enterarse de que fue Josefina. Rápidamente vieron en las gemelas caras de culpabilidad y la miraron mal.

— Solo fue un susto. — Replicaron las gemelas para defenderse.

Entonces, llegaron a la sala de los profesores, al comprobar que podrían entrar. Era un lugar lleno de papeles y mesas, con algunos ordenadores. La puerta estaba medio abierta.

— -¿Y ahora qué hacemos aquí? — Le preguntó Mao a Cook, quién no sabía que hacían ahí.

— Vamos a mirar algo por si nos ayuda a escapar de aquí. — Le respondió Cook, aunque pensaba que no iban a encontrar nada, pero aún así perderían algo de tiempo hasta que volviera la luz.

Las gemelas se le adelantaron, quienes ya estaban buscando entre los cajones, y sacaron un archivador cualquiera. Por curiosidad, querían ver si había algo interesante, como, por ejemplo, secretos muy profundos de profesores, y lo que encontraron fue fotos de hombres haciendo cosas muy desagradables. Rápidamente, lo metieron en el cajón y se fueron a otro intentando olvidar lo que habían visto. Todo el mundo buscó algo que les permitiera salir, pero no encontraron nada.

— Aquí no hay nada. — Decía Cook, mientras cerraba el último cajón que observó. — Mejor deberíamos ir a otro lugar. —

Realmente no sabía que iban a hacer. Dar vueltas para perder el tiempo le parecía la única idea que se le ocurrió y todos, con decepción, empezaron a salir de ahí cuando de repente se encendió la luz. No le dieron tiempo para gritar de felicidad porque la puerta se cerró de repente, separó al grupo en dos y a los pocos segundos se apagó. Dentro de la sala estaban Josefina, Malan, Sanae y Jovaka; y afuera, Mao, Cook, Alex y Alsancia.

— ¿Qué? — Gritó Mao, al ver lo que había ocurrido. — ¿Qué ha pasado aquí? —

Mientras soltaba esas palabras, la puerta empezó a ser golpeada sin parar por Jovaka, quién le estaba llorando a Mao, y por Sanae, quién le gritaba a su hermana. Alex se pegó a la puerta intentando abrirla, mientras le decía a su gemela que la iba a rescatar, sin éxito alguno.

— ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! — Se decía Josefina, cagada de miedo. — ¡Esto lo ha hecho un fantasma! ¡Estamos perdidas! — Pensaba que todo esto no había pasado por casualidad, que alguien hizo eso para separarlas e incapaz de pensar en otra cosa, se sentó en el suelo y no paraba de decir cosas bonitas, en un intento desesperado para escapar de la realidad, llorando a moco tendido.

— ¡Mao, Mao! — Gritaba sin parar Jovaka. Al ver que no servía de nada golpear la puerta se tiró al suelo y se puso en posición fetal.

— ¡Alex, Alex! — Sanae hizo lo mismo que la serbia, estaba en el suelo en posición fetal llamado a su hermana sin parar. Malan estaba ahí sin saber cómo poder tranquilizar y animar a las tres que estaban con ella. Mientras afuera de la sala, Alex aún intentaba abrir la puerta.

— ¡Maldita puerta! ¡Abre, abre, deja libre a mi hermana! — Le gritaba. Estaba llorando, no quería dejar sola a su querida Sanae, quién se sentía indefensa sin ella. Eran gemelas y por tanto no eran nada si están separadas. Alsancia no sabía qué hacer, Cook se quedó sorprendida de lo mal que se ponían ellas cuando no estaban juntas y Mao, por su parte, estaba dispuesto a romper la puerta que las separaban.

— ¡Quítate, Alex! — Le gritó, mientras preparaba su pierna para el ataque. — ¡Voy a partir esta puerta por la mitad! — Ésta se quitó.

— ¡Espera, espera, si lo rompes, tendremos que pagarlo! — Le gritaba Cook.

—Mientras no se enteren, no pasan nada. — Eso le gritó Mao, antes de dar una gran patada que parecía salir de los videojuegos y decir a pleno pulmón el nombre de su ataque.

— Patada destruye-puertas. — Un nombre muy original que parecía más bien irónico porque no rompió la puerta, sino que dejó a Mao tirado en el suelo, chillando del dolor por el golpe que dio. Alsancia se acercó a él, para preguntarle si estaba bien.

— Esa puerta debe ser de puro acero. — Se dijo a sí misma Cook, al ver lo que pasó. Entonces, ella vio una luz a lo lejos, que parecía provenir de una linterna. Estaba en el fondo del pasillo, en un cruce con otro.

— ¡Mao, chicas! ¡He visto al vigilante! ¡Vamos a buscarle! — Cook les gritaba, mientras salía corriendo.

— ¡Espera! ¿Qué hacemos con ellas? — Le gritaba Mao. — No puedo dejar sola a Sanae. — Añadía Alex a Cook. Y ésta se volvió a ellas, con pocas ganas de explicarles lo que les iba a decir.

— La única manera de sacarlas de ahí es encontrarnos con el vigilante y pedirle que encienda el motor de emergencia o cómo se llame eso. —

Y empezó a correr, mientras que Mao tuvo que coger a Alex porque sabía que ella no se iba a dejar ir. Ésta le decía que no la alejaran de su hermana sin parar; y Alsancia empezó a seguirlas. No entendieron que quería decir con “motor,” ya que Cook lo estaba diciendo mal y se estaba refiriendo realmente a un generador de electricidad para casos de emergencia. Era la única llave normal del lugar y la que podría encender aquel cacharro que podría devolver la luz al lugar y abrir las puertas del despacho de profesores. Y estaba en manos del vigilante.

Ella, al llegar al primer cruce y al no saber por dónde fue, se introdujo por la primera que vio, siendo la izquierda; y el resto la siguió. Entonces, empezaron a dar vueltas sin parar en busca de lo que Cook presuntamente vio.

— ¿En serio lo has visto? — Le preguntaba Mao, ya hartó de buscar algo que no había visto.

— Pues seguro que sí, no fueron imaginaciones mías. — Le respondió Cook, aunque ya no estaba tan segura de sí misma. En ese momento, una luz apareció detrás de ellas y un grito los asustó a todos.

— ¡Hey, niñas! ¿Qué hacen aquí? — Esa fueron las palabras que las hicieron gritar.

Era el vigilante, que cayó al suelo, por lo sorpresivo que fueron esos gritos que le dejaron bien asustado. Se giraron y se aliviaron que solo fuera un guardia, y a continuación, se alegraron por encontrarlo. Éste les empezó a preguntar qué estaban haciendo, y ellas le decían todo lo que le habían pasado.

— En fin…— Decía el vigilante. — Si es eso entonces vamos a buscar el generador. — Eso dijo como conclusión, y en ese momento volvió la luz.

— ¡Qué graciosilla está hoy la luz! — Comentó Mao, cuando vio que volvió casualmente cuando encontraron al vigilante. Volvieron a la sala de profesores para rescatar a sus compañeros.

— ¡Oh, Mao! ¡Por fin, por fin, estás aquí! ¡No me abandones nunca más! ¡Nunca! — Jovaka fue la primera en reaccionar cuando abrieron la puerta, saltó hacia a él llorando de la alegría, y éste le decía que se tranquilizara, que no era para tanto.

— ¡Yo te he echado de menos! — Le decía Alex a Sanae. — ¡Yo también, no era nada sin ti! — Y esto era lo que ella le decía. Se estaban abrazados fuertemente, felices de poder estar juntas de nuevo.

— ¡Por fin ha vuelto la luz! ¡Por fin han vuelto los demás! ¡Estoy tan contenta! — Gritaba de pura felicidad Josefina, mientras se estaba secando las lágrimas, y mientras Alsancia suspiraba tranquila. Cook se decía que por fin había terminado todo y Malan suspiró de alegría, ya que las chicas se habían tranquilizado. El vigilante se quedaba mirando la escena cuando la luz volvió a irse, y mientras todos estaban en la sala de profesores.

— ¡Otra vez! — Decía Mao, enfadado. — ¿Por qué hoy hay tantos cortes de luz? —

A todos, especialmente Josefina, se le quitaron la alegría y el vigilante quedó aterrado, porque estaba consciente de que estaban atrapados en la sala de profesores, sin posibilidad de salir.

— ¡Chicas…! — Les decía. — ¡Estamos atrapados! — Y grandes gritos invadieron la sala, mientras un gran rayo alumbró el lugar por unos momentos, poniendo más dramatismo al asunto.

FIN

 

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El chino y la india, septuagésima tercera historia.

Era solo el tercer día de ensayo para la obra de teatro que iban a representar a finales de Octubre y ya estaban hartos, salvo Malan quién se lo estaba tomando muy en serio.

— ¿Y si lo dejamos ya? ¡Ya estoy harta! — Eso decía Josefina, que estaba cansada de intentar recordar líneas un montón de veces. Se le daba bien hablar mucho, pero no eso. Se sentó en el suelo del escenario.

— ¡No protestes tanto! ¡Aún hay trabajo que hacer! — Le replicó una autoritaria Cook, quién estaba hablando por móvil con la hermana mayor para intentar que las actividades de la hermandad no chocaran con los días de práctica del teatro. También quería llamar a Candy por lo del vestuario, ya que ella se estaba ocupando de eso.

— ¿Podremos tener un descanso de diez minutos? — Le dijo Mao, quién estaba siendo molestado por las gemelas para que le dijese a Cook que le dieran ese tiempo, porque tenían ganas de hacer pipí.

— ¿Las dos a la vez? — Les preguntó Mao cuando ellas le dijeron que tanto una como la otra sentían ganas de orinar.

— Es que nuestra sincronización es perfecta. — Esa fue la respuesta.

Al responder Cook que sí y aceptar un descanso, Mao se sentó en los asientos y le siguió Jovaka, qué le preguntaba si ella había ensayado bien. Por inercia, le decía que sí y le preguntaba a Alsancia si le gustaba su personaje. Le respondió afirmativamente, pero en realidad no le encantaba, por el hecho de no hablar, pero la pobre tuvo que conformarse, ya que era tartamuda; también creía que ese triste papel aliviaba un poco aquel miedo escénico que intentaba controlar. A los cincos minutos, las gemelas volvieron, esta vez pidiendo a gritos ayuda a Mao:

— ¿Ahora qué os pasa? — Les preguntó Mao, con pocas ganas de ayudar.

— ¡Nos quieren demandar! ¡Nos quieren demandar! — Gritaban sin parar.

En conclusión, tras salir ellas del baño, se le aparece un balón de rugby por el suelo y unos chicos le pedían que se la devolviesen, en un plan estúpido para que ellas se acercaran y ligar. Alex en vez de acercarse, les tiró el balón y cayó sobre un joven, que aterrizó sobre un charco de barro, llenando su ropa recién comprada y muy cara. Éste les exigía dos mil dólares por la ropa y ellas salieron corriendo, al oírlo.

— ¡Ya somos muy pobres, no podremos pagar dos mil dólares! — Les gritaban a Mao, con ganas de llorar, antes el temor de tener que pagar tal dinero que apenas tenían.

A pesar de que Mao tenía pocas ganas de tener pelea con alguien, no iba a dejar las cosas así y les dijo a las chicas que iba a buscar al chico ese, a hablar seriamente con él. Las gemelas se pusieron a decir que Mao era su salvadora, felices de que iba a evitar que le demandara, y con mucho gusto le llevaron a él en busca de aquel chico.

Ese supuesto chico, estaba en un banco, observando cómo su carísima ropa negra de chanel había sido estropeada por el barro y maldiciendo a las niñas, diciéndose que no iba a descansar hasta encontrarlas y sacarlas el dinero que costaba eso. Era un extranjero procedente de Nueva Delphi, hijo de un importante político y rebelde a sus padres, por esa razón, se fue a estudiar a Shelijonia, para huir de lo más lejos de ellos. De pelo corto y de color marrón claro, y con igual tono de piel, estaba lloriqueando por su ropa.

— Es él. — A lo lejos, escuchó las voces de aquellas chicas, la que le habían ensuciado el traje. Se dijo a sí mismo que eran una cobardes cuando giró la cabeza hacia ella y había traído a otra más con ellas. Éste se levantó muy desafiante y mirándolas muy mal. Mao al ver que le puso mala cara, hizo lo mismo.

— ¿Entonces me dan a dar los dos mil dólares que me deben? — Les preguntó, y éstas, al estar detrás de Mao, tenían la osadía de decirle que no.

— ¿Y por qué deberían dártelos? — Eso le dijo Mao, aunque ya sabía la respuesta que le iba a dar.

— Porque me han ensuciado el traje. — Para él era una razón muy importante, a ojos de Mao y de las gemelas, algo muy estúpido y por el cual no se debería denunciar.

El traje podría ser lavado, aparte de que era rico y podría comprar todas las que quisiese.

— ¡Qué horrible! ¡Es lo peor que he oído en toda mi vida, tan horrible que me hace llorar de la pura tristeza! — Ironizó Mao, burlándose cruelmente de él, haciendo que las gemelas también se unieran a la burla, riéndose del joven.

— ¡Dejen de burlase o les denunció por calumnia! ¡Yo no soy moco de pavo! — Les amenazó a Mao y a las gemelas, sintiéndose burlado, en frente de todos. Quería dejar que alguien tenía que pagar lo que le hicieron a su carísimo traje.

Mao, asqueado por tanta insolencia, sacó de sus bolsillos una bola de arroz envuelto en papel de aluminio y, tras quitar el envoltorio, se acercó a él y, antes de que éste preguntara qué iba a hacer, lo estrelló en la cara y se la refregó. Todos los que estaban alrededor se quedaron miraron y el indio muerto de la vergüenza salió corriendo, no sin antes decir:

— ¡Te vas a arrepentir de lo que me has hecho! ¡Te lo juro! — Mao solo le dijo que adiós y que tuviera mala suerte, y las gemelas le sacaban la lengua y le decían idiota. Fue un acontecimiento que al chino se le olvidó rápidamente.

Pero al llegar el fin de semana, mientras todos estaban desayunando, en la puerta de la tienda empezó a escucharse golpes sin parar. A Mao esos ruidos le molestaban, decía que no le podrían dejar descansar ni un día, y se levantó de la mesa para decirle al que haya venido que le dejaran en paz. Cuando abrió la puerta, entonces lo vio y lo recordó, era el chico de aquel día:

— He venido para decirte… — Mao le cerró en todas las narices, no quería que le fastidiara el desayuno.

— ¡Eh, tú! ¡Eso es de muy mala educación! ¡Te voy a denunciar si no me abres! — Eso le gritaba mientras pegaba compulsivamente la puerta. Entonces Mao le abrió la puerta, solo para decirle esto:

— ¡Deberías conocer con cuál cosa podrás denunciarme y cuál no! ¡Y en este caso, yo tendría el derecho de hacerlo porque me estás molestando! —Y con esto dicho, le cerró la puerta otra vez.

— ¡Pero no me cierres la puerta otra vez, maldita! — Le gritaba sin parar y no dejó de hacerlo hasta que Mao tuvo el honor de abrirle la puerta y dejarlo entrar a su salón. Estaban sentados en la mesa, mirándose el uno al otro, mientras los demás estaban observando que estaba pasando.

— Quiero mis dos mil dólares más trescientos por tirarme a la cara comida o te denuncio. —

Al pedir éste otra vez dinero, el chino se levantó a la cocina, buscó el resto de pastel que quedaba en la nevera, lo cogió y se fue al salón para chocarlo contra del chico.

— Ahí tienes mi respuesta, jódete. — Eso le decía Mao mientras se sentaba, y mientras el otro se limpiaba su rostro, ante la cara de sorpresa ante todos.

— ¡Ya está bien de humillar al pobre Motilal Nehru! — Le gritó.

— ¿Quién es ese? — Le gritó Mao, levantándose.

— ¡Yo! — Hizo lo mismo que Mao.

Los dos mostraban caras furiosas y con ganas de matarse el uno al otro, pero Mao, al ver que así no llegaban a ningún lado, se le ocurrió algo para evitar pagar una cantidad de dinero que no estaba dispuesto a gastar:

— Espera, tengo una solución perfecta…— Con esto dicho se fue a la tienda. Nehru se quedó extrañado por el cambio repentino de Mao, paso de estar a malas pulgas a estar contento en cuestión. Lo supo enseguida, porque sobre él fue echada un montón de ropa.

— ¡En mi tienda hay de todo! ¡Puedes comprar alguna si te apetece, algunas son de los años veinte e incluso del siglo diecinueve. ¡Así estaremos en paz! — Eso decía Mao, quién pensó que podría hacer negocios con aquel tipo y así conseguir matar dos pájaros de un tiro: Evitar que le dé la tabarra y ganar dinero.

— ¡Oye, tú…! — Le gritaba, mientras se quitaba aquellas ropas viejas de encima, no quería comprar nada sino que le diera el dinero. Hasta que el  responsable de su humillación en público no hiciera eso, no le iba a dejar en paz.

— Un treinta por ciento de descuento. — Dijo Mao, pensando que los descuentos le atraerían.

— ¡Qué no! ¡Qué no! ¡No quiero comprar, quiero mis dos mil dólares! —

Mao al ver que su plan no funcionaba, decidió echarlo de la casa y solo con enseñar un palo de madera, asustó al ricachón.

— ¡Ya me voy! ¡Ya me voy! ¡Pero te denunciare y te sacaré todo lo que tienes! — Y con estas palabras salió corriendo hacia la calle, gritando como si fuera una mujer. Esto le hizo dar cuenta a Mao de que su voz y aspecto eran más femeninos que masculinos, pero no le dio importancia. Ahora tenía pensar cómo evitar que ese chico le denunciara. Sabía que ganaría, pero no tenía ni ganas de tener un juicio. Y siguió pensando hasta que el resto llegó y se enteró de lo que había pasado. Se quedaron muy sorprendidas cuando lo escucharon.

— ¡Es rico! ¡No necesita dos mil dólares, así que debe dejar de joder! — Le decía Sanae.

— ¡Seguro que es un ex-rico y vive en la pobreza y engaña a todos con que tiene billetes! — Dijo por su parte Alex.

— ¡Es una mala persona, no debería hacerte eso!- Protestaba Josefina, le parecía muy mal que esa persona intentara hacer esas cosas.

— Yo tengo un montón de dólares zimbabuenses. — Comentó Malan, quién estaba recordando cuando le dio una lección a aquella estafadora.

— ¿Para qué sirven? — Le preguntó Mao, mientras se estirazada en el suelo.

— Para nada, es dinero inútil, ni está en circulación. —

— Entonces…— Iba a decir que no le iban a servir parar, pero se le ocurrió una idea. — ¡Malan! — Le gritó de repente. — ¡Dame todas esa basura! —

Malan supo que Mao se daría cuenta de que podrían serles útiles, por eso se los mencionó; y con una sonrisa le dijo que sí. Al final, se le ocurrió una idea muy similar al que tuvo la africana, cuando le ocurrió el incidente de la estafadora. Era darle esos papeles sin valor dentro de un sobre muy bonito y hacer que firmara un documento que le impedía que él no pudiera denunciarle y evitar un juicio que iba a resultar grotesco. Con todo esto, lo primero que hizo fue buscar su dirección.

Al día siguiente, Motilal Nehru se estaba bañando cuando alguien empezó a tocar el timbre sin parar. Gritaba que le dejaran en paz, pero no se daba cuenta de que estaba en un segundo piso y esas voces no la iban a escuchar.

— ¡Ahora a ver que quién es ahora! — Eso decía, mientras salía del baño y se ponía una bata de seda.

Mao no quedó muy impresionado ante su casa, a pesar de su aspecto modernista, que parecía un cubo gigante con extraña ventanas, y pequeño tamaño, a pesar de tener dos pisos. Cuando Nehru abrió la puerta, dio un grito al verle:

— ¡Oye, qué tampoco soy tan horrorosa! — Le replicó Mao.

— ¿Q-qué haces aquí? —  Le preguntó a Mao, y éste le enseñé un sobre y un documento.

— ¿Qué coño es esto? — Esa fue su otra pregunta, al observar esas dos cosas, y como no se daba cuenta, Mao se lo tuvo que explicar y éste le dejó entrar, pidiéndole que pasara.

—  Así que dentro de este sobre esta mi dinero.  — Lo miraba con una sonrisa, pensando que por fin consiguió recompensación por la humillación que tuvo.

— Y éste es mi documento para que me fi…-Entonces, Mao se dio cuenta de que fue demasiado rápido y abrió el sobre antes de que firmara. — ¡Oye, no lo abras! — Pero fue demasiado tarde, porque se dio cuenta.

— Pero si este dinero se dejó de circular en el dos mil nueve. — Conocía la historia que había detrás del zimbabuenses, y su cara sorprendida se volvió a una rabiosa, al ver que le intentaban engañar.

— ¡Serás hija de puta! — Le gritó, y Mao al escuchar esas palabras, se enfadó de igual manera y con muy mala leche le pegó en toda la cara que lo hizo volar. No lo pudo evitar, no quería acabar de esta manera.

— ¡Ah, perdón, no era mi intención! — Añadió Mao, muy arrepentido; pero el daño ya estaba hecho.

Nehru gritó de terror, pidiendo auxilio; y diciendo que hay una loca en su casa y subió rápidamente a su habitación.

Mao le siguió a explicarle que no lo era y entró, ya que, aunque la puerta estaba cerrada, no tenía pestillo. Entonces, descubrió un hecho bastante irónico y escalofriante.

— ¡O-oh, por Buda…! — Se quedó muy boquiabierto, viendo el cuerpo desnudo de Nehru, mientras se ponía la ropa, porque no iba a salir a la calle en bata. Pero no fue eso lo que conmocionó a Mao, sino que esa persona no tenía pito, sino una concha. Era una mujer, no un hombre. Ésta se quedó paralizada, al ver que esa horrible “chica” descubrió lo que era realmente.

— En realidad, yo no me llamó Motilal Nehru, mi verdadero nombre es Kasturba Makhanji. — Eso le dijo a Mao, que después de descubrir su secreto, se sentaron en su salón a hablar del asunto y le preguntó qué quién era realmente.

— Ese nombre es uno que me inventé cuando llegue aquí. — Al ver la cara de Mao esperando que dijera algo más, ella tuvo que decir eso.

— ¿Y qué historia interesante tienes para tener un nombre falso y hacerte pasar por un hombre? — Eso le decía Mao mientras cogía unos dulces que había en la mesa

— Verás yo…— Le daba corte hablar sobre su historia. —…Pues huí de mi casa, con todo el dinero que pude conseguir para evitar casarme con la persona que me juntaron mis padres. — Todo lo decía, mientras lo recordaba con amargura.

— ¡Qué cliché suena eso! — Comentó Mao, quién no dejaba de zampar bollos.

— Por mucho cliché que sea, eso fue lo que ocurrió. Yo les dije que no, que todos los demás menos él, pero decían que ya lo habían acordado hace años y no se iba a deshacer por nada del mundo.  —Se lo explicó, con toda la seriedad del mundo.

— ¿Te ibas a casar con una mala persona o qué?  — Al decir esto, el falso chico se levantó y buscó entre los armarios algo, era una foto y se la enseño.

— ¡Oh, por Buda! — Mao quedo sorprendido por la belleza de aquel sujeto, llegando a escupir lo que estaba comiendo. Era tan gordo como un cerdo, tenía una cara llena de granos y una mirada de enfermo horrible.

— ¿Ya lo entiendes, no? — Eso le preguntó a Mao y éste, aunque le daba pena el hombre de la foto, comprendía perfectamente porque esa chica, disfrazado de chico, no quería casarse con él y le dijo que sí.

Nehru decidió, por su parte, olvidar el asunto de los dos mil dólares y le pidió a Mao que no se lo contara a nadie. Éste le dijo que sí, que mientras no había que pagar nada, mejor que mejor. Y antes de despedirse, el chino quería decir también su secreto:

— Por cierto, yo no soy una chica. — Eso le dijo rápidamente antes de alejarse, y Nehru se quedó boquiabierta, intentando pensar qué quería decir con eso. Cuando le quiso preguntar, ya no lo veía por ninguna parte.

FIN

 

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Dana y Natáshenka, septuagésima segunda historia.

Cuando Grace se dio cuenta de que se le había olvidado el trabajo que estaba en la casa de Mao, ya faltaba poco para la primera clase. A sabiendas de que solo tenía cuatro horas para entregarlo, llamó al chino pidiéndole que le trajera eso:

— ¡Eh, Cook, ella ya está aquí! — Eso le dijo Ekaterina Sumovov, quién era su compañera de clase, cuando vio por la puerta de la clase a Mao con el trabajo y pegando en la puerta. Para su desgracia tuvo que esperar quince minutos para que terminara la clase.

— ¡Por fin! — Gritó de alivio cuando se terminó la hora y Cook salió a recibirlo. — ¡Ya estaba cansada de tener esto encima! —

— Gracias. — Le dijo Cook, muy feliz, a Mao. Ésta pensaba que este acontecimiento inesperado le daba puntos con su relación con el chino. Ekaterina se quedó preguntándose qué desde cuando eran tan amigas.

— Merezco algo más, creo. Me ha costado mucho entrar aquí y la renacuaja de Diana… — Entonces, se dio cuenta de una cosa. Miró por todas partes, aterrado. — ¡Mierda, he perdido a Diana! — Gritó.

Diana, al ver que Mao iba al lugar donde estudiaba Natáshenka, le molestó sin parar hasta que éste se dignó a llevarla, y se quitó del medio para buscar a su amiga.

En una clase de primero de primaria, estaba Natáshenka haciendo los deberes de matemáticas que se le olvidó hacer, antes de que llegará el profesor; y no se dio cuenta de que alguien se puso detrás suya, viéndola.

— ¿Qué hace Natáshenka? — Esas palabras sorprendieron a la niña, quién giró rápidamente la cabeza hacia atrás y no creía en lo que estaba viendo.

— D-da…¿Dana? — Quedó muy sorprendida. — ¿Qué haces aquí? — Le dijo eso con mucha alegría.

— De visita.  — Le respondió Diana.

— ¡Cuánto te he echado de menos! — La abrazó fuertemente, siendo Diana quién quedó sorprendida de esto. Hacía semanas que no la veía y tras vivir con ella una gran aventura en el campamento, deseaba que volviera a aparecer y a hacer cosas malas juntas. Al llegar el profesor, ellas dos se fueron y éste no se dio cuenta de que Natáshenka no estaba, ni los demás alumnos consideraron la obligación de decirle que ella se fue de la clase.

— ¿Pol qué hemo ido de ahí? ¡Yo quería saber cómo se suma y lesta! — Le preguntaba Diana tras ser llevada por Natáshenka a la azotea. Quería saber cómo era el maravilloso mundo de los números.

— El profe es un plasta y te mandará a otro lado. — Quería evitar que su amiga se fuera del lugar, y también deseaba escapar de la clase porque no lo soportaba, ni la asignatura ni al profesor.

Ahora Natáshenka se quedó pensando qué iban a hacer, no tenía nada preparado, ya que obviamente fue una sorpresa, pero quería hacer cosas divertidas con Dana. No paraba de estrujar su cerebro, pero no se le ocurría nada y fue Diana quién le dio la idea, después de preguntarle por qué estaba tan callada y le respondió que buscaba ideas para jugar. Ella dijo esto:

— ¡Yo quielo hacel ciencia! ¡Mezclal agua de colores! —

La idea que le dio las palabras de Dana fue ir a la clase de química y mezclar líquidos. Querían sentirse unas verdaderas científicas, como el hombre de la manzana y el viejo que decía que la estupidez es más grande que el universo. Rápidamente se fueron al laboratorio, y cuando vieron que estaba cerrada, engañaron a un profesor para que les diese la llaves, aunque la hija de Clementina se quedó pasmada cuando vio que era una tarjeta electrónica.

Queliamos la llave. — Protestó al profesor antes de que su amiga le explicara que esa tarjeta era la llave.

Al entrar, Diana quedó sorprendida ante la magnitud de la sala, ante aquellas mesas más grandes que ella, ante enormes estanterías de cristal llenas de cosas que solo veía ella en la tele. Natáshenka abrió, con la tarjeta electrónica, las estanterías y empezaban a sacar los materiales necesarios y líquidos peligrosos.

Diana, llena de curiosidad, observó cómo su amiga puso varios recipientes de cristal sobre la mesa y le preguntó qué eran esas cosas:

— Esto es un tubo de ensayo. — Le respondió ella, antes de empezar a mezclar sustancias. Diana dio una gran exclamación de sorpresa, antes de preguntarle otra cosa: — ¿Qué estás echando? —

— No lo sé. — Eso le dijo sinceramente su amiga, tras echar un líquido de color azul y otro verde para formar negro. Y atraídas solo por el hecho de los cambios de colores no dejaban de mezclar sustancias hasta que una de esas mezclas se volvió humo, que rápidamente invadió el techo del laboratorio.

— ¡Es increíble, está lloviendo, dentro de la escuela! — Gritaba Diana, realmente sorprendida y feliz, ante el hecho de que los aspersores del techo se activaran para apagar un supuesto incendio, mientras un sonido fuerte y grave no dejaba de chillar. Creía que era por las sustancias que mezclaron.

— ¡Hay que salir corriendo! — Por el contrario, su amiga, al ver lo que provocaron, le gritaba esto, mientras salían corriendo del laboratorio. No quería que le pillaran los profesores. No pararon de correr hasta llegar en la otra punta del edificio.

Y mientras se recuperaban de la carrera, apareció ante ellas una profesora. No le dieron tiempo para correr y esa mujer se acercó para preguntarles qué hacían fuera de clase. Natáshenka se quedó en blanco, incapaz de pensar en algo que las podría librar del castigo, y de evitar que su amiga fuera echada del lugar, se decía que ya estaban perdidas. Entonces, Diana salvó el día:

— Yo soy alumna nieva y ella me acompaña a hacel pipí. —

Y la profesora se lo creyó, a pesar de que Diana no llevará el uniforme de la escuela, y les dijo que los iba a acompañar al baño y después a las clases, no porque no confiaba en las niñas, sino para perder el tiempo con una buena excusa para llegar tarde a una reunión. Al entrar en los servicios, Natáshenka estaba desesperada:

— ¿Ahora cómo vamos a irnos a nuestra clase? ¡Si vamos hacia ahí, estaremos perdidas! —

— No te pleocupes tenjo un plan. — Eso le replicaba Diana, totalmente segura de sí misma.

Tal plan era decirle a la profesora que su profesor no había venido por enfermedad, y que no recordaban dónde estaban su clase. Les preguntó cómo se llamaba su aula y le dijeron que no sabían. Al final, la mujer decidió ir a la sala de profesores y mirar los que habían faltado esa hora. Al decir ellas que sí al primero que había nombrado, la señora se extrañó, porque pensaba que eran muy pequeñas para ser de sexto de primaria.

— ¡Increíble, tu plan ha funcionado! — Le dijo al oído Natáshenka a su amiga, sorprendida de que le habían salido muy bien las cosas, mientras estaban llegando a su destino. Diana le comentó:

— Y eso que no tenía plan de veldad. —  También estaba muy sorprendida de que hubiera salido bien. La profesora las dejó en la puerta sin entrar para decirle al de guardia que esas niñas habían llegado. Es más, al entrar ellas ni siquiera había uno, todos los chicos estaban disfrutando de su hora sin clase.

— ¿Quiénes sois? — Eso dijeron los niños al ver que habían entrado ellas, con el alivio de que no era profesores.

— Alumnas nievas. — A diferencia de la profesora, nadie creyó a Diana, pero la dejaron estar con ellos hasta el fin de la hora de clase, a pesar de que aquellos pijos observaban a la hija de Clementina con muy mala cara, ya que les parecían una pobretona, con esas ropas que ya estaban pasadas de moda; y eso era algo que molestó a Natáshenka, pero lo ignoró.

Al terminar la clase, los chicos de la clase le dijeron que salieran hacia fuera y estuvieron rondando por todo el recinto, escondiéndose de los profesores. Estuvieron en el gimnasio, en la sala del teatro, en los jardines, jugando como si fueran unas delincuentes que se acababan de escapar de la cárcel. La idea de Natáshenka era que su Dana estuviera con ella hasta que llegara la hora del almuerzo, quería mostrarle la rica comida que vendían en el comedor, e incluso llevársela a su mansión. El comedor era el lugar común para todos los que estudiaban en el recinto, chicos de todas las edades comían aquí con el dinero que le daban sus papás. El lugar en sí, parecía más un lujoso restaurante y el edificio en dónde se alojaba era solo de cristal, salvo la parte de la cocina. Diana no se lo esperaba:

— ¡Incleible, es como en los cuentos de habas! — Gritaba muy sorprendida, mientras se dedicaba a tocar aquellas paredes de cristal.

— Te sorprendes con nada, Dana. — Comentó Natáshenka, mientras observaba a su amiga cautivada por algo que veía todos los días.

Ella ya estaba acostumbrada a los lujos, así que le parecía gracioso. Al entrar allí, lo primero que hizo Diana era acercarse a una de las mesas a ver que estaban comiendo unas chicas ricachonas.

— ¡Buenos días, chicas con dinelo! — Les saludó animadamente, y éstas, al ver a alguien que parecía un pobretón salir de repente, se asustaron.

— ¡No te acerques bicho! — Le gritaron de una forma muy desagradable a Diana, enfadando muchísimo a Natáshenka.

— ¡Vosotras lo sois! — Les soltó esto y se llevó a Diana lejos de ellas, mientras se quejaban, muy dolidas, de que le dijeran tales insultos de una forma muy exagerada, a la vez que se preguntaba quién le habían dejado traer a una pobretona, como si estuvieran hablando de una mascota.

— ¡Esas chicas son idiotas, no debes hacerles caso! — Le decía a Diana, no quería que su amiga se sintiera mal por culpa de aquellas brujas. — ¡Tú no eres un bicho! —

— Pues clalo, yo soy una niña, no un bicho. — Comentó Diana, que no sintió nada al ser insultada. Le daba igual.

Natáshenka se la llevó, a continuación, al mostrador de la cafetería, para pedir la comida. Mientras la pequeña Diana observaba la deliciosa comida que mostraban, que se salía la baba viendo aquellos pasteles tan lujosos; su amiga decidió decirle algo:

— Lo siento por lo de antes. La gente de aquí no es muy agradable, son muy mala gente con los pobres. — Dio una pequeña pausa y le avisó a su amiga: — ¡Así que debes tener mucho cuidado! —

Diana, más preocupada observar la comida que tenía delante de sus ojos que en escuchar el aviso de su amiga, le dijo que sí, sin saber realmente lo que quería decir ella. A continuación, empezó a pedirle lo que quería de comer a Natáshenka. Ésta, mientras escuchaba lo que quería su querida amiga, no se percató de que la persona que menos deseaba ver por nada del mundo había aparecido y se acercó a ellas, soltando esta frase:

— Hey, Sumovov, ¿por qué te traes el trabajo de tu hermanita a la escuela? No deberías traer escorias. —

Diana lo ignoró porque estaba más concentrada viendo un típico pastel de fresas y nata, el que había escogido para comerlo; pero Natáshenka giró la cabeza y vio a una chica que le caía muy mal, poniendo muy mala cara. Era Denikin, hija de un importante político de la isla, quién estaba jugando con un abanico, a pesar de que no estaban en verano y apenas hacía calor. Ésta estaba a su lado, esperando al pastel que había pedido. La amiga de la hija de Clemetina no se calló, le lanzó un gravísimo insulto:

— ¡Por lo menos ella no usa mierda de caballo para hacerse esos peinados feos! —

Se burló del pelo de esa chica odiosa, que tenía un peinado ridículo a ojos de los demás. Todo el mundo se rió, humillando a la chica; y Diana le preguntó si era verdad que usaba caca de caballo para hacerse ese peinado.

— ¡Retira lo que has dicho, roja! — Le gritó Denikin, mostrando una cara muy enfadada. Y Natáshenka le replicó que no, y empezaron a insultarse sin parar.

— ¡Niña pelo sangriento! — Empezó Denikin.

— ¡Niña dos coletas-taladros! — Y Sumovov le siguió el juego.

— ¡Niña de papá! — Y se convirtió en una competición.

— ¡Niña pobretona! — En ver quién se decía la cosa más irritante posible.

Mientras esas dos se insultaban sin parar, el pastel que pidió Denikin se lo pusieron en el mostrado y Diana, incapaz de resistirse a la tentación, se lanzó a devorarlo. Se lo comió enterito y estaba tan bueno que pidió uno igual. Y esas palabras, provocaron que ésta se diera cuenta de que la pobretona se comió el dulce que pidió:

— ¿Pero por qué te has comido mi pastel, maldita pobretona? — Le gritó a Diana, muy enfadada y con ganas de llorar.

Polque tenía hambre. — Esa fue su sincera respuesta.

— ¡Maldita! ¡Cómpralo con tu propio dinero, ser pobre no te da derecho comer el de los demás! — Le señaló con el dedo, y Diana, inconsciente, se lo mordió, sin hacerla mucho daño.

— ¡Aaaah, Dios mío! ¡Me ha mordido! ¡Tiene la rabia! — Empezó a gritar como loca y empezó a llorar, pidiendo auxilio a su papá, corriendo hacia afuera. Todos se estaban burlando de ella, sobretodo Natáshenka, que no dejaba de decir que se lo merecía. Diana, por su parte, se quedó pensando. Y tras mucho pensar, dijo en voz alta esta conclusión:

— Pues es normal que tenga labia, soy un humano. — Diana dijo eso porque creía que estaban hablando de aquel sentimiento que llamaban “rabia”, y no sabía que había una enfermedad que se llamaba así.

Entonces, toda la cafetería se quedó en silencio y todos los chicos del lugar se pusieron pálidos. Entonces, empezaron a soltar gritos de terror y todos se levantaron de sus sillas y empezaron a huir como locos, aterrados con la tonta idea de que fueran mordidos por aquella niña y ser infectados por una enfermedad, que apenas conocían de qué se trataba. En fin, lo entendieron al revés y protagonizaron un acto ilógico y estúpido; dejando el lugar vacío, con solo Diana y Natáshenka, más los trabajadores.

— ¡Qué exagerados son! — Concluyó la amiga de Diana, totalmente boquiabierta, al ver lo que había ocurrido.

— Ni que lo digas. — Eso le dijo uno de los trabajadores que estaban en el mostrador del comedor, mientras los demás se ponían a reírse de aquellos estúpidos ricachones que odiaban con toda su alma.

Diana, después de estar asombrada ante el hecho de hacer huir a todos esos chicos, pidió el pastel que quería y le preguntó a su amiga si quería uno.

Mientras Natáshenka estaba pensando en qué hacer y Diana devoraba su primer pastel, entró en el lugar alguien que llevaba buscando a Diana desde hace horas, era Mao, quién al ver todos esos ricachones huyendo, supo que la hija de Clementina se encontraba ahí. Al verla ahí, gritó esto, atrayendo la atención de las dos pequeñas niñas: — ¡Por fin te encuentro! —

Diana le saludó enérgicamente, como si ignoraba el hecho de que hubiera hecho algo malo; y Mao le replicó, muy enfadado: — ¡¿No sabes que no debes separarte de tus mayores cuando te da la gana o qué!? —

Mao se quedó en la puerta con el propósito de recuperar el aliento, ya que no dejó de dar carreras de un lado a otro por todo la institución. Diana, con una sonrisa, le dijo una excusa muy mala:

— Es que cuando me di cuenta, no estavas. Ibas muy lapido.

Mao dio un gran suspiro de fastidio y solo añadió: — De todas formas, ¡no te escapes de nuevos! — Y Diana movió la cabeza afirmativamente.

Entonces, vio a Natáshenka, quién se quedó callada, mirándole de mala manera; y la reconoció rápidamente: — ¡¿Tú eres la hermana de la hermana mayor, no!? —

Mao comprendió las verdaderas razones de Diana para ir a aquel lugar y quitarse del medio, solo quería visitar a una amiga. Por su parte, ella le lanzó otra pregunta:

— ¿Qué quieres hacer con Dana? — Eso le dijo hostilmente a Mao, poniéndose delante de su amiga, para defenderla.

— Llevármela a casa. — Eso le respondió.

— No, ni por asomo. ¡Aún no hemos terminado de jugar! — Le gritó. No deseaba por nada del mundo separarse de su amiga, porque sentía que no la iba a ver más.

— Ya estoy cansada, quiero irme a casa. ¡Así que me la llevaré sí o sí! —

Mao se acercó, levantó a Natáshenka para quitarla a un lado, mientras evitaba hacerla daño, ya que ella estaba pataleando; y cogió a Diana para ponerla sobre su hombro, que no hizo nada para evitarlo. A continuación, la amiga se aferró las piernas del chino para que no se moviera y éste decidió, tozudamente, andar a pesar de eso.

— Suéltame las piernas. — Le gritaba Mao, mientras intentaba andar desesperadamente. — ¡Vamos, mujer! —

— ¡No y no! — No dejaba de mover negativamente la cabeza. — ¡Quiero estar un rato más con Dana! —

— Ya la habéis liado bastante en este lugar. Otro día será. — Y Natáshenka siguió diciéndole que no, sin parar. Diana, al ver lo mucho que su amiga quería estar con ella, le dijo esto a Mao:

— ¡Yo también quiero jugar un rato con Natáshenka! — Y Mao le dijo lo mismo, le respondió que no. Entonces, Diana empezó a suplicarle, y su amiga también. Las dos se pusieron a gritarles suplicas sin parar, montando un molesto espectáculo, que consiguió que finalmente el chino tuviera que ceder.

Al final, tuvo que ir a su hogar con esa niña.

— Siento mucho las molestias que te está causando Natáshenka, hermana. ¡Ya te lo recompensaré! — Eso le decía Ekaterina Sumovov, tras ver cómo fue llamada por Mao, para comunicarla que su hermanita estaba en su casa, y se iba a quedar a dormir.

Se quedó muy aliviada, porque estaba preocupada, no sabía nada de ella en toda la tarde. Le molestó mucho que su hermana y su amiga montaran tan espectáculo y hubieran provocado problemas en la escuela. A pesar de todo, le parecía tierno el hecho de que Diana desapareció para buscarla.

—Ya estoy acostumbrada, para bien o para mal. — Eso le replicó Mao, suspirando por el hecho de que su casa se volvió en una especie de guardería, mientras Diana y Natáshenka cantaban juntas el opening de los dibujos animados que estaban saliendo en la televisión.

FIN

 

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Septuagésima_primera_historia

La radio y el mar: Primera parte, septuagésima primera historia.

 

A las tres de la tarde, Mao se estaba tomando una siesta en su habitación. Jovaka estaba jugando con la consola que habían dejado en el salón, mientras Alsancia y Diana miraban como Clementina estaba haciendo un bizcocho para aprender de ella. Malan estaba leyendo un libro. Leonardo estaba hablando con un viejo cliente, quién había venido a comprar alguna antigüedad. Entonces, es cuando entraron enérgicamente a la casa las gemelas, quienes gritaban hola a todo volumen.

― ¡Qué bien huele! ― Añadió Alex, al llegar al salón y al oler el aroma del bizcocho. Su hermana asintió, mientras olía como un perro:

― ¡Oh, es cierto! ¡Huele tan bien que se abre el apetito! ― Tanto una como la otra se le hacían la boca agua. Entonces, las dos se reafirmaron en la idea de que ir a la casa de Mao era siempre buena, porque tenían siempre deliciosa comida, comparado con la suya, cuyo rácano padre apenas podría pagarlo por las múltiples deudas que tenía y por ingresar dinero a la secta que estaba perteneciendo.

Le preguntaron a Jovaka qué estaban haciendo en la cocina, y ésta las ignoró, estaba bastante concentrada en el juego que se había olvidado del mundo real. Al irse a la cocina, sorprendieron a las tres que estaban ahí y tras saludarlas, les preguntaron dónde estaba la jefa. Al saber la respuesta, sonrieron pícaramente, mientras subían a la habitación de Mao.

Mientras tanto, el durmiente Mao estaba teniendo un sueño muy peculiar.

― Y aquí tienen, señores y señoras, a la nueva miss Shelijonia de este año.  ¡Felicítenla, a esta gran hermosura! ―

Eso gritaba un hombre con esmoquin, cuyo rostro se veía borroso y tenía voz de famoso que parecía familiar a Mao, pero no recordaba de quién. Así mismo, él estaba en medio de un escenario muy colorido, dándole un gran premio a Mao. Éste, sin creerlo, lo recibió boquiabierto, mientras veía a un montón de chicas con bikinis y un variado y extraño público le aplaudían.

― Pero si yo no quería participar. Ni siquiera soy una…― Les replicó Mao, con un rostro lleno de estupefacción. Le interrumpió el presentador, que añadió, con lágrimas en sus ojos:

― Observad la humildad de nuestra participante, es imposible tener a una candidata mejor. ― Y el resto empezó a llorar, como si hubieran visto a un  santo. Mao, que aún seguía sin entender nada, intentó decir algo más.

― Pero si yo…― Y entonces, el lugar se llenó de una luz y Mao abrió los ojos. Era la puerta que estaba abierta y todo lo que vivió fue un sueño muy raro.

― ¿Quién ha dejado la puerta abierta? ― Preguntó a continuación Mao, medio dormido, tapándose los ojos.

Entonces, Mao vio como su concha empezó a elevarse y a tapar un poco la luz de la puerta. Luego, de ahí empezaban a salir intentos de voces de ultratumba:

― ¡Somos fantasmas! ― Le decían estas cosas, mientras se movía de un lado para otro. ― ¡Y te vamos a comer! ―

Fácilmente, comprendió de quién eran esas voces. Se trataba de las gemelas que se escondieron bajo su concha e intentaron asustarlo. Les iba a decir algo, pero no le dio tiempo.

― ¡Hola, Mao! ― Josefa apareció de repente, saludándole animadamente; pero ella solo vio la extraña figura que estaba formado por las gemelas y la concha, y dio un fuerte grito. Todos corrieron al cuarto a ver lo que pasaba, preguntando a gritos, muy asustados; qué ocurría.

― ¿Qué es eso? ― Eso dijeron algunos algo consternados, cuando vieron tal figura. Las gemelas, creyeron que podría ir más lejos con la broma, y empezaron a soltar voces de ultratumba. Mao decidió quitarles la manta de encima y mostrarles a los demás que solo eran ellas.

― Esto no ha tenido gracia. ― Les comentó a las gemelas. Josefina le dio la razón a Mao, y las gemelas empezaron a soltar excusas. El resto se alivió e incluso empezaron a reírse de la situación, algo que reprochó la pobre de Josefa, que tuvo un susto de muerte. Al poco rato, todo seguía igual de tranquilo y normal. El bizcocho había sido terminado y todos estaban comiendo, cuando Leonardo le dijo que había otra visita.

― ¿Aún más? ¡Esto no es un hotel! ― Protestaba Mao. ― ¡Déjalo pasar, sea quien sea! ― Se arrepintió de haberlo dicho, al ver quién había llegado.

― Ho-hola a todas. ― Porque la persona que llegó era Grace Cook, quién al saludar, notó como el ambiente se volvió incómodo y hostil.

Mao escupió el agua que estaba bebiendo, Malan y Jovaka se levantaron de repente, poniendo una posición de combate por si ella intentaba hacer algo malo al chino; Josefina, se puso detrás de Diana, temblando; Clementina y Alsancia no entendía que pasaba y las gemelas pensaban que un terrible enemigo había aparecido y se estaban preparando para el ataque. Cook no sabía qué decir o qué hacer para relajar el ambiente y hacerlas entender que estaba en son de paz.

― ¿Qué quieres? ―Le preguntó muy serio Mao a Cook. Esas palabras algo desagradables le hicieron pensar si era mejor irse y no pedirle el favor, pero ya que estaba ahí ya no tenía más remedio.

Ella se acercó y dejó en la mesa un libro de cuadernos. Todos se quedaron en blanco, mientras leían eso.

― ¿Qué es esto? ― Le preguntó Mao.

― Una obra de teatro. ― Eso le respondió Cook, y todos seguían igual de confundidos. Al final, se dio cuenta de que debía ser directa.

― Quiero que tú y tus amigas representen una obra una teatro. ― Y con estas palabras se desató el caos.

― ¿En serio? ¿De verdad? ¡Qué sea Julieta y Romeo! ¡Qué sea Julieta y Romeo! ― Eso decía Josefina, rezando para que eso pasase. Según ella, representar esa obra es una experiencia única para una chica.

― Yo haré de Romeo y Mao de Julieta. ― Replicó Jovaka, fantaseando.

― No hay nadie mejor que yo para representar el papel de Romeo. ― Añadió Malan, quién creía que tenía un gran talento teatral, al escuchar las palabras de Jovaka. También fantaseaba porque Mao fuera su Julieta.

Incluso Alsancia, utilizando el lenguaje de los signos, tímidamente; dijo qué quería participar de Romeo, para sentirse como alguien capaz de luchar por su amor y contra las convicciones sociales.

Al ver que todas se querían pelear por el papel, Josefina decidió que, para evitar rivalidades, decidió dejarlo todo a suerte:

― ¡Vamos a jugar a tijeras, papel y piedra para determinar cuál hace de Romeo! ―

― ¡No vale! ¡No hay gemelas en Romeo y Julieta! ― Protestaron las gemelas, quiénes deseaban un papel a su medida.

― ¿Por qué tengo que ser yo Julieta? ― Protestó Mao, quién no entendía por qué todas querían que él fuera la protagonista femenina.

Y así Malan empezó a presumir de sus artes escénicas, y Jovaka se burlaba de aquella habilidad. Josefina defendía a la africana, insultando a la serbia y ésta la replicaba. Las gemelas y Diana metían más cizaña al fuego por pura diversión, mientras Clementina y Alsancia intentaba parar la pelea verbal. Cook, que quería explicarles que estaban equivocadas, intentó tranquilizarlas; pero no podrían. Al final, Mao tuvo que intervenir:

― ¡Callaos ya! ¡Qué la loca esta aún no ha dicho nada! ― Gritó Mao, como si fuera un general y todas se callaron y se pusieron en su sitio. Le dijo a Grace que lo explicará y, aunque estaba molesta por llamarla loca, lo hizo.

― No es Romeo y Julieta, por favor. Nuestro público son niños de primaria, y esa obra está llena de muerte y los protagonistas tienen graves problemas mentales. Y lo que vamos a representar es una original, creada por mí. ―

Esto último que dijo, lo mostró con gran orgullo y satisfacción, mientras se ponían bien las gafas con una sonrisa. Los demás, al oír eso, temieron que fuera algo estúpido.

La historia trataba de una radio de dos pescadores que cayó al río y llegó al mar. En lo más fondo del océano, los peces lo encuentran y, al ver que su música lo salvan de un tiburón, lo hicieron su rey y formaron un reino. Todos los días, hipnotizados por su música, bailaban sin parar, hasta que un buen día llegan unos marineros a arrastrarlo todo con sus redes e imploran a su majestad para que le salven. Se pone el canal de música clásica y desata una tormenta que hunde el barco y sus tripulantes mueren, terminando así la historia. Todas al leer al argumento, miraban muy mal a la obra de Cook, quién protestó contra esas miradas.

 

― ¡Qué tampoco quiero crear la obra del siglo! ¡No tienes pretensiones morales ni nada parecido, solo quiere divertir a su público! ¡Y realmente estoy pensando en cambiar el final! ¡Matar a los pescadores y de esa forma es muy desagradable! ¡Y no voy a cambiar de obra, porque no se puede! ―

A pesar de que la obra les parecía muy ridícula, aceptaron rápidamente y le decidieron hacer el favor, aunque Mao le preguntó por qué recurrió a él y a sus amigas. Esta fue su respuesta:

― ¡Pues porque todas las de mi clase no quieren hacerlo y la hermandad apenas tiene gente para cubrirlo ahora! ―

Le pidieron a Cook que siguiera la vieja tradición de su prestigioso instituto a dedicarle una obra de teatro a los primeros de Primaria, pero nadie de su clase quiso. Pero esa era su excusa, porque sus verdaderas intenciones para pedirles el favor era para acercarse a Mao, después del mal comienzo que tuvieron. Sonrió siniestramente, al ver que estaba funcionando como ella pensaba, tras responderle. El chino ignoró aquella expresión, a pesar del escalofrió que le dio.

Al día siguiente, les llevó a todos el lugar dónde iban a ensayar y en el cuál iban a actuar:

― ¡Increíble, esto es tan gigante como una universidad! ― Comentó Mao, realmente boquiabierto; cuando vio el instituto de Grace Cook, el San Jorge de Capadocia.

Con cientos de metros cuadrados dedicados a todo tipo de instalaciones deportivas, desde el atletismo hasta el futbol americano; llegando al punto de tener un jardín botánico; era una enorme institución educativa, que era parvulario, escuela e instituto, todo a la vez. Por supuesto, todo esto no era gratis, era la más cara de toda Shelijonia, y por la cual iba lo más selecto de todo el norte de la isla, e incluso tenía apartamentos para alumnos que venían de otros estados o países. Sus edificios, de clara inspiración de arte ruso, y la magnitud del lugar sorprendieron a todas.

― ¡Se nota que esto es un lugar para ricos! ― Decía Alex, una de las gemelas.

― ¡Esto es demasiado para nuestros ojos plebeyos! ― Añadió su hermana Sanae. Era demasiado deslumbrante para las dos, que estaban en el umbral de la pobreza.

Grace, quién ya estaba acostumbrada al lugar, se quedaba sorprendida ante el comportamiento del grupo, que veían con gran asombro cómo era el sitio dónde ella estudiaba. Se decía que no era para tanto. Luego, ella se acercó a Mao para preguntarle algo que llevaba rato en su cabeza:

― ¿Quién es esa? ― Le preguntaba señalando a alguien del grupo, una chica que llevaba una camiseta con un kanji que significaba algo insultante y que estaba con la cámara de fotos, diciéndole a Mao que la mirara hacia ella y sacará su mejor sonrisa. No le dio tiempo a mostrarlo, porque le hizo una y el flash casi lo dejo ciego. Al ver como Josefina, las gemelas y Diana le pedían a la mujer que le sacaran las fotos, se lo dijo a Cook:

― Es otra loca que no me deja en paz, dice que me buscó por todo el verano, y no sé por qué, y viene cada ciertos días a molestar, se llama Candy o algo así. ―

Cook respondió incómodamente que vale y luego vio cómo aquella chica, empezó a molestarla, pidiéndole que pusiera un gran sonrisa, mientras le sacaba una foto.

― Al parecer, no ha salido muy bien. Vamos a intentar con otro. ― Decía Candy, mientras le enseñaba la foto. Después de comprobar que tenía una mirada de psicópata, le dijo que no quería hacerse más fotos y le preguntó a Mao por qué la trajo:

― Ella cuando se entero me dijo que nos iba a ayudar, con los trajes y todo eso. Mientras nos sirva de ayuda, todo irá bien. ― La respuesta de Mao no la tranquilizó, porque sentía que esa mujer iba a ser muy pesada, ya que no le dejaba de implorar que le hiciera más fotos.

Y al llegar al teatro del recinto, se quedaron igual de asombrados cuando entraron en el lugar. La sala parecía el interior del Palacio Garnier de Paris, y en cierta forma, lo imitaba. Mientras las más adultas miraban sin parar lo lujoso que era el sitio, las más jóvenes empezaron a subirse al escenario.

― Aquí es dónde va a ser nuestro debut. ― Decía Josefina mientras tocaba la madera del escenario.

― Daremos lo mejor de nosotras para que las Bullying girls lleguen a lo más alto. ― Sentenciaban las gemelas.

― No tienen remedio. ― Comentó alegremente Malan, al observar que aquellas dos seguían creyendo que eran un grupo de chicas delincuentes.

― ¿Qué hacen todas estas niñas aquí? ― Entonces, un anciano apareció por detrás del escenario sorprendiendo a todos, provocando algunos gritos innecesarios. Era alguien importante de la institución, al parecer, y eso lo sabía Grace Cook, quién se acercó para decirle algo.

― Estas chicas son las que van a presentar la obra de teatro que disfrutarán todos los niños de nuestra escuela. ―Eso le dijo, esperando que no les echará o algo parecido.

― Ninguna de estas niñas me suena. ― Eso lo decía el viejo, mientras las miraba fijamente. ― ¿Son de aquí? ― Grace temió decirle algo, no quería que las echasen para afuera por no ser gente de la escuela. El viejo, por su parte, esperaba que las participantes fueran simples chicas de las clases de bachillerato, como todos los años.

― No importa, supongo que son un nuevo grupo de teatro que busca un lugar para hacer su trabajo desesperadamente. ― Ninguna regla decía que tenía que ser alumnas, así que decidió hacer lo que Cook hiciese la gana, después de todo, confiaban en ella. Con esto dicho se quitó del medio para ver un programa de ballet que esperaba con impaciencia.

― ¿Qué fue eso? ― Preguntó Mao, al ver con la rapidez había aparecido y desaparecido el anciano.

― ¡Eso no importa! ― Le decía Grace. ― Ahora vamos a comenzar nuestra primera práctica. ― Y con esto dicho, comenzó el duro camino que resultaría practicar la obra.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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Una cita después de una ruptura, septuagésima historia.

Cuando desperté recibí, la peor noticia del año. El estúpido de mi novio me dijo por teléfono que ya no me quería, que nuestra relación a larga distancia no funcionaba y tenía que terminar ya. Eso hice, tras mandarle a la mierda y salir a la casa de Mao a buscar consuelo.

― ¡Mao, Mao! ― Gritaba su nombre sin parar mientras entraba en su casa, con el descaro de entrar sin permiso. Lo siento mucho, de verdad; pero en aquellos momentos no podría pensar muy bien. Al verla, que estaba a punto de levantarse del suelo; salté hacia ella, que se quedó mirándome fijamente, muy sorprendida; y la abracé, llorando a moco tendido sobre su hermoso kimono de estilo otoñal.

― ¡Mao, Mao! ― Le decía una y otra vez.

― ¿Qué quieres, pesada? ― Eso me decía ella, mientras hacía como si quería que la soltara.

― Solo quiero que mi mejor amiga me consuele. ―

Tras decir esas palabras, que salieron de lo más profundo de mi corazón; ella me pidió que la soltará de una vez, que me iba a decir algo.

― Vamos a ver…― Puso una cara tan seria y linda. ― ¡Tú y yo nos acabamos de conocer hace semanas, hemos pasado poco tiempo y apenas nos conocemos! ¿No crees que es demasiado pronto para ser tu mejor amiga?-

― No. ― Eso le dije a Mao, porque estoy convencida de que estábamos predestinadas a ser las mejores amigas y no importaba el tiempo que llevábamos nuestra amistad.

-Vamos a ver, entiendo que la modernidad nos obliga a ser más rápidos, pero hay cosas que hay que hacerlas poco a poco.  ―Tras dar un gran suspiro, me intentó explicar algo, como si fuera todo un sabio.

Al parecer se acababa de despertar y había perdido una gran oportunidad perfecta de sacar una buena foto de ella, algo que me molestó algo. Pero eso no era lo importante, sino que había venido por otra razón. Así que lo olvidé y decidí ir directa al grano:

― No quiero discursos sobre la amistad, quiero que me consueles. ― Al recordar que me quedé soltera, empecé a llorar, tapándome la cabeza en la mesa, preguntándome el porqué y esperando que Mao me preguntará que me había pasado. Le tuve que dar un empujoncito, porque no se atrevía:

― ¡Mao, me tienes que preguntar que por qué estoy llorando! ― Le repliqué y ella hizo como le mandé, después de suspirar fuertemente. Entonces, se lo conté todo.

Le conté cómo lo conocí, cómo nos enamoramos, cómo me pidió salir y cómo nuestro romance poco a poco llega a desaparecer hasta quedar en nada. En todo ese tiempo ella me escuchó atentamente, o eso creo, porque cuando terminé mi historia estaba casi adormilada:

― ¿A qué es horrible? ¿A qué merece morir? ― Le pregunté, antes de seguir llorando.

― Sí, sí. ― Ella me daba la razón.

― Tú sí que me comprendes. ― Eso era la pura verdad, y la intenté abrazar, pero no me dejaba. Le decía que necesitaba cariño y me replicaba que no era necesario.

Volvía a sentarme y estaba cansada de llorar, y les pedía papel porque los mocos no me dejaban respirar. Mientras no dejaba de sonarme la nariz, mi estomago empezó a rugir sin parar. Me di cuenta de que no había comida nada desde la noche anterior, y pensaba pedirles comida a ellos, pero se me ocurrió algo mejor. Ya que yo había roto con el estúpido ese, lo tenía que celebrar a lo grande, comiendo en un restaurante o algo así, pero era feo no ir sola, así que decidí que Mao fuera conmigo:

― ¡Oye, tú! ¿Adónde me llevas? ― Me preguntaba ella, muy sorprendida, cuando me levanté y la cogí de la mano, sin darme cuenta de que no le dije nada de lo que iba a hacer.

― ¡Pues a ahogar mis penas! ― Le decía eso, esperando ahogar mis penas a lo grande y olvidarme de ese patán. Me replicó que lo hiciera sola, pero yo no podría, necesitaba a alguien a que me ayudará a olvidar.

Al final, decidió acompañarme y convertir este día de luto en uno feliz.

― ¿Adónde vamos? ― Me preguntaba ella, al haber salido de su barrio, yendo hacia al centro de la ciudad. Era normal que lo hiciera, porque no le dije adónde íbamos a comer. En realidad, me di cuenta que no se me había ocurrido a que restaurante íbamos a tomar. Y me quedé en blanco, sin tener ninguna idea en mente, mientras me detenía en mitad de la carretera. Mao, que cruzó al otro lado, al ver que me quede pensando ahí mismo, mientras el semáforo estaba rojo; tuvo que volver hacia atrás y gritarme esto:

― ¡Vuelve al mundo real, que está en verde y nos están pitando! ―

Gracias a Mao, que me gritó esto; me di cuenta que obstaculizábamos a un montón de coches cuyos conductores pitaban como bestias sedientas de sangre, gritando groserías. Asustada, le cogí de la mano y fuimos a la acera lo más rápido que pudimos, casi íbamos a ser atropelladas por uno.

― Lo siento, Mao, no era mi intención. ¡Solo estaba pensando en qué lugar vamos a comer! ― Me sentí muy mal por casi conducirla a la muerte, aunque ella solo suspiró y añadió que no tenía remedio.

Ella me llevó entonces a uno que conocía y que decía que era el más barato del lugar. Yo, solo quería comer y comer hasta hacerme gorda y olvidar todo lo feo de este horrible y cruel mundo por un buen rato, por eso no me importaba adónde me llevaba. Al final, acabamos comiendo una especie de tacos mezclado con comida asiática de un lugar que no era Japón de un puesto callejero en mitad del parque, o algo así.

― ¡Mao, yo quería comer en un restaurante! ¡No esto! ― Me quejaba, porque yo me esperaba otra cosa.

― ¡Es uno al aire libre! ― Protestó Mao. ― ¡En mitad del parque y barato, así que no te quejes! ― A veces pienso que es ella bastante tacaña, pero de todas maneras, esas cosas que parecían tacos, pero que no lo eran; estaban muy buenas. Más bien, parecía comida asiática mezclada con mexicana.

Al acercarnos y a pedir algo, me di cuenta de que la propietaria era también asiática, al igual que Mao. Me emocioné muchísimo.

En vez de pedir lo que quería, le pregunté qué relación tenía con Mao, si eran primas o algo así; también cómo se llamaba, su número teléfono, sobre su negocio, etc. Creo que me pasé un poco, tanto que la asusté un poquito.

― ¡Mao, Mao, dile a tu amiga que se tranquilicé! ¡Me está poniendo la piel de gallina con sus preguntas! ― Le suplicó a Mao, para que detuviera mi interrogatorio. Y ella así lo hizo, preguntándome si podría parar. Pude darme cuenta de lo que hacía y le pedí perdón, antes de elegir el menú.

Mientras comíamos lo que habíamos pedido, la chica del puesto, después de comentar varias cosas, le preguntó esto a ella: ― ¿Mao, ya dejaste a Jovaka? ―

No entendí la pregunta que le dijo, incluso ahora me pregunto qué quería decir con eso. Y Mao le respondió con esto:

― ¿Preguntas dónde está ella? Pues está en mi casa, durmiendo, o eso espero. ―

La chica del puesto puso una cara muy rara, provocando que Mao se diera cuenta de que eso no era lo que ella preguntaba. A continuación, nos dijo nerviosamente que ignoremos la pregunta, que solo era una tontería.

Yo le hice caso y Mao le obligaba que quería decir ella con todo eso.

Mientras terminaba mi plato, empecé a pensar un poco sobre ella, que debía estar en la casa en aquellos momentos. Bueno, nunca sale a la calle. Jovaka es una chica muy rara tiene una un miedo a las mujeres y pues esa no se deja que se le acerca alguna, salvo Mao; y casi me mata una vez por acercarme demasiado a ella para saludarla.

Al terminar mi plato, me di cuenta de que la chica del puesto había salido de dónde estaba trabajando y se alejó un poco con Mao para hablar de algo. Yo intenté escuchar la conversación, pero no me dejaron. Lo que si me dejó claro que mi amiga no se esperaba oír lo que decía la otra, lo sé porque no dejaba de poner caras raras, como si estuviera escuchando las impresiones de alguien que está loco hacia ella. Después terminó aquella discusión, con una expresión muy molesta.

― ¿Qué te ha dicho? ¡Quiero saberlo! ― Le pregunté, cuando se acercó a mí, que necesitaba saciar urgentemente mi curiosidad.

Mao no me dijo nada y empecé a insistir, porque ese secretismo me estaba matando. Después de pagar la cuenta, y dirigirnos hacia a las afueras del parque; tuvo que decirme algo:

― Solo son tonterías suyas. ― Me decía, muy molesta. ― No es nada interesante y no quiero decir nada. ― Al final, decidí rendirme y olvidarme del asunto.

Tras eso, empezó a volver a su hogar, pero yo seguía triste y sola, aún no había ahogado mis penas, por eso le dije que no nos fuéramos a casa.

― ¡Yo ya quiero irme! ― Me decía molesta y yo le replicaba que se quedara conmigo hasta el final. Tras insistirle mucho, se rindió: ― ¡Vale! ¿Ahora qué quieres hacer? ―

Unos minutos después estábamos saliendo del supermercado, con una bolsa llenas de cervezas.

― ¿Por qué has comprado tantas? ¡¿No me digas que te vas a tomar todo eso!? ― Me preguntó ella, muy sorprendida; al verme cargada de bebidas alcohólicas. Aunque estaba más horrorizada por lo caras que estaban.

― Me emborracharé hasta tener coma elíptico y así ahogaré todos mis sentimientos hacia ese idiota. ― Ese era mi plan, ir a mi casa con Mao y emborracharnos juntas, aunque esa última parte del plan se me olvidó decir.

― ¿Por no te ahogas las penas con otra cosa? ―Me preguntó.

― Es por eso que existe el alcohol, no hay cosa mejor. ― Y esa fue mi respuesta.

Y mientras volvíamos al parque, para cruzarlo, y así llegar a mi casa; nos quedamos un rato aún más, porque yo quería verlo entero. Ese lugar era muy grande, y nos costó un buen rato verlo todo.

― ¡Qué increíble es el arte! ― Eso decía yo mientras observaba unas grandes estatuas que habían puesto hace poco ahí.

― ¡Oh sí, esos perros deformes son un gran arte! ― Añadió Mao al contemplarlos. Al igual que yo, ella también sabía que esas estatuas eran una gran obra de arte, algo único y original.

― Son gatos. ― Según el autor, quién dejó la descripción a los pies de las estatuas, éstos representan gatos extraterrestres, aunque a mí me parecían más cabras que gatos.

También había unos lagos con cientos de patos, cisnes y otros tipos de pajaritos nadando en sus aguas. Quería lanzarles comida y que se acercaran a nosotras, y por eso compré gusanitos de un puesto de chucherías que pasaba por ahí, y que decía que muchos clientes hacían lo mismo. También nos dijo que tuviéramos cuidado, aunque no supe qué quería decir con eso hasta que lo descubrí en primera persona. Las palomas fueron a por mí, para quitármelos.

― ¡Fuera, bichos! ¡Fuera, ratas! ― Les gritaba Mao, mientras me estaba salvando de esos pájaros, espantándolas a todas. Le dije que era mi heroína, que me había salvado.

― No digas estupideces. ― Me replicó. Después de esto, salimos del parque, mientras estaba anocheciendo.

Al final, llegamos a mi hogar y me arrepentí mucho de haberla traído, porque estaba un asco. Toda la ropa limpia y sucia estaba amontonada en mi casa desalmada, la bolsa de basura estaba casi llena y los platos sucios estaban acumulados desde la semana pasada. Y Mao, en vez de decirme que no pasaba nada, que ella también era así o algo para no sentirme mal por tener la casa así; me dijo esto:

― ¡Eres una puerca! ― Protesté por esas palabras, diciéndole que fuera más considerada con una dama como yo y que tenía una autoestima muy baja por culpa de la ruptura con ese estúpido. Luego, tras quitar toda la porquería que había en la mesa, me senté en el sofá y empecé a beber:

― ¿Quieres beber? ― Le pregunté a Mao respondió que no, mientras hacía algo en mi casa y que no di mucha importancia.

Como bebí dos botellas de golpe, mi visión empezó a ponerse muy borrosa y ver dobles. A pesar de eso, me di cuenta de ella estaba limpiando mi casa y, muerta de vergüenza, por hacerla trabajar en mi propio hogar, intenté ayudarla, con la cerveza en la mano y una movilidad que daba pena. Y poquito a poco, mi memoria se volvía cada vez más confuso, hasta que no pude recordar nada. Creo que me pasé mucho con la bebida, aunque reconozco que jamás fui una buena bebedora.

Al final, desperté con un terrible dolor de cabeza, en mi cama.

― ¿Qué ha pasado?  ― Eso me preguntaba, mientras me palpaba la cabeza del dolor, y notaba un fuerte olor a vomito.

Apenas recordaba lo que había pasado hace unas horas. A mi lado estaba Mao, durmiendo como un tronco. Rápidamente, miré por la ventana y vi que era de noche aún. Mi pobrecita cabeza estaba llena de dudas, incapaz de recordar algo. ¿Qué había pasado? ¿Qué hacía ella a mi lado, en la cama? ¿Por qué me sentía tan mal?

― ¡Mao! ― Le intentaba despertar, moviéndole el hombro.

― ¡Déjame en paz! ―Eso me decía, mientras me intentaba espantar como si fuera una mosca.

― ¡Por favor, despierta! ― Le pedí que lo hiciera, teniendo que insistir muchísimo. Cuando se hartó de escucharme, se levantó, protestando y preguntándome qué quería. Entonces, ella se dio cuenta de una cosa.

― Espera… ― Se quedó en blanco por un minuto. ― ¿Qué ha pasado? ¿Qué hago yo aquí? ¿Qué haces tú aquí? ¿Qué hacemos aquí? ―

Me di cuenta entonces que Mao estaba más pérdida que yo, miraba sin parar todos lados a la vez que se quejaba de su dolor de cabeza. Ella me miró con ganas de respuestas, y yo no podría mentirla, tuve que decirle la verdad.

― No lo sé. ― Entonces, nos mirábamos la una a la otra, aterradas. No sabíamos que hicimos esa noche y era un sentimiento realmente feo, pero gracias a esto pude olvidar a mi ex novio para centrarme en lo que había pasado esa noche.

FIN

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