Sin categoría

El conflicto de Meltezfield, quincuagésima segunda historia

Jamás en todos sus largos años de experiencia como militar, el alférez Yellowstone había estado en una situación parecida. Había salido de su base con siete o seis soldados más un helicóptero. Le habían avisado de que habían visto lo que parecían ser soldados canadienses entrando ilegalmente territorio estadounidense, algo que a todos le parecieron muy raro, y que se refugiaron en un enclave de los suyos, que estaba al lado de la cuidad de Springfield. Aunque armados, iban con órdenes de dialogar y entender porque hicieron tales acciones, ya que eso no era normal y seguramente no lo habrían hecho con malas intenciones.

Lo que se encontraron eran niñas con uniformes del ejército canadiense que les quedaban muy grande, metidas en una casa de árbol, situado dentro del mencionado enclave, casi a los límites de la frontera. Una de ellas, la voz cantante, gritaba con un megáfono:

— ¡Estás tierras son mías y solo mías, así que hasta que me prometas eso y que no me pegues, no bajaré de aquí! — Eso decía. Las palabras de la chica se estaban dirigiendo a su madre, quién estaba al lado de los militares y con quién estaba discutiendo.

Todo eso fue una alarma falsa y el alférez deseaba volver a su base, tras haber visto que se habían movilizado para nada, pero quedaron atrapados en una especie de discusión familiar.

— ¡Ni una mierda, pendeja! ¡Vas a recibir lo que mereces! — Eso le decía su madre, con mucha mala leche, mientras utilizaba otro megáfono, el que tenía el alférez.

Lo absurdo de esta situación para él, es que le dieron órdenes de quedarse ahí hasta que las niñas bajarán. Él gritó que eso era cosa de la policía, pero le replicaron que ellas estaban en territorio canadiense y no podría pasar la policía o sino intervendrían de verdad fuerzas armadas de Canadá.

Le dejaron bien claro que esas eran las órdenes hasta que ellos consiguieran solucionar el problema con las autoridades del país vecino, ya que esto, de alguna manera, se convirtió en una verdadera crisis diplomática.

El militar veía cómo la hija se rebelaba a su madre y que le decía que no iba a bajar hasta que ella le prometiese que no le iba a pegar por su mal comportamiento y que no le vendiese algo que era suyo.

Él no dejaba de preguntarse cómo algo tan normal se hubiera convertido en esto y solo estaba seguro de una cosa: Una de las dos tenían que ceder, o si no estaría toda la noche soportando esto, y tenían cosas más importantes como defender la nación antes que ver una pelea entre madre e hija.

— ¿Señora no cree que debería dejar a la niña con sus tierras?- Le preguntó, quería intentar convencer a la madre que se rindiera y perdonará así a su hija y que le dejará en paz con su juguetitos.

— ¡Ni una mierda! — Le gritaba con el megáfono al oído del pobre alférez. — ¡Ella tiene que aprender que debe escuchar a su madre sí o sí! —

— Pero, señora… — Sus palabras fueron interrumpidas por la madre.

— ¿Y qué hacen ustedes ahí parados? ¿¡Por qué no van a por mi niña o algo así!? ¡Hagan algo, que por eso les pagamos! — Esas palabras le molestaron al militar, que deseaba expulsarla a México para no volver más, pero su caballerismo le impidió decirle cosas feas a una señora.

— ¿Quiere usted que seamos noticias en todo el mundo? ¡Si mis soldados entran ahí por las chicas, no solo entraríamos ilegalmente en territorio de un país vecino, sino también seríamos retratados por unos monstruos sin piedad que asaltan unas pobres niñas! — Eso lo decía mientras le mostraba a la señora la cantidad de periodistas que llenaban el lugar.

— ¡Me da igual! ¡Incluso si los inútiles de la ONU dijeran algo sobre esto! ¡Ella va a recibir palos hasta que se entere de que no se tiene que enfrentar a mi autoridad! —

Y aquella señora le siguió gritándole a su hija, quién no era nada ni nada menos que Josefina. Y con ella, en aquella casa del árbol, se encontraba varias personas más.

Una de esas personas era Mao, que intentaba disuadir a Josefina que dejase esa locura sin éxito alguno, mientras se preguntaba cómo acabaron de esta forma, porque apenas podría asimilar lo que estaba ocurriendo. A su lado y en un rincón, estaba Jovaka, que no dejaba de decirle a gritos a la mexicana que todo esto que estaba haciendo era una completa estupidez, aunque ésta la ignoraba olímpicamente. También estaban Malan y Alsancia en el lugar, quienes estaban utilizando el lenguaje de los signos para conversar sobre su delicada situación. Y al lado de Josefa, se encontraba su prima Emilia, que no dejaba de mirar la pantalla de su móvil una y otra vez, como si estuviera esperando algo. Y de pronto alguien llamó y ella contestó, y al finalizar la llamada, empezó a llorar de alegría:

— ¡Por la virgen de Guadalupe! ¡Nos han aceptado! ¡Somos exiliadas con ciudadanía canadiense! ¡Formo parte del primer mundo! — Gritaba ella eufóricamente. Todos se quedaron de piedra, y muchas gritaron al unísono.

Mao, quién se estaba tomando un sorbo de una lata de refresco, escupió lo bebido por la sorpresa, antes de gritar. Alsancia no pudo decir nada, pero se le veía en su rostro un gran gesto de puro asombro. Josefina dio uno muy fuerte con el megáfono que casi dejó sordo a todos, para luego decirlo a gritos a los cuatros vientos para que su madre se enterase bien lo que pasó.

Así era la situación que habían provocado, ¿y qué pasó, para que llegaran a algo así? Pues, se lo vamos a contar.

Todo comenzó hace semanas, cuando llegó una atípica carta para Josefina que revolucionó la casa, y que era algo que hizo tan feliz a Josefa, que quiso comunicárselo a todos los que conocía. Por esa razón, salió a toda velocidad hacía la casa de Mao, gritando de alegría por todo el trayecto.

Leonardo, quién estaba durmiendo en el mostrador de la tienda, despertó de su siesta cuando ella entró como un cohete, no antes de decirle algo que no se enteró. Luego, se fue al salón de la misma forma que pasó por la tienda, cuya aparición repentina sorprendió a todos los que estaban vagueando en el salón, tanto a Mao como a Jovaka, a Clementina y a su hija. Al entrar, tropezó y cayó al suelo, pero se reincorporó para gritarle a todo el mundo la gran noticia.

— ¡Chicas, soy una terrateniente! ¡Soy una terrateniente! — Repitió sin parar a una velocidad pasmosa, notándose que estaba extremadamente feliz.

— ¿Qué pasa? ¿Por qué estás tan alterada, por el amor a Buda?  — Le preguntaba Mao, tras tranquilizar a Josefina.

— ¡Mira esto, Mao! ¡Todas! ¡Miren esto, por favor! — Lo decía Josefa, con toda la felicidad del mundo, enseñándoles una carta. Mao la cogió para decir su contenido en voz alta, quería saber que le pasaba a ella y los demás se preparaban para escucharlo. El contenido de la carta era algo así:

Querida Josefina

Espero que te acuerdes de mí, aquel pobre viejo al que le ayudaste a buscar a su querido perro, que el odioso de su hijo lo hizo perder a propósito. Como te dije te lo voy a recompensar por la ayuda, deseo que no te hayas hartado de la espera, pero quería dártelo después de que descansará de la vida. Espero que el regalo te guste y no es nada más ni nada menos que mis tierras situadas en el enclave de Meltezfield, haz con ellas lo que te plazca, total ahora son tuyas. Dentro de esta carta están todos los papeles relacionados con eso.

Gracias por todo.

Mao lo leyó una o dos tres veces, porque no se creía lo que estaba leyendo. Tenía una cara de plasmado que se notaba a kilómetros y se preguntaba si esto era un sueño o una burla horrible a Josefa o algo parecido. Todos los demás tampoco se lo creían.

— ¿Josefina en serio crees que alguien te ha dado algo semejante? — Le decía Jovaka en forma de burla, era la que menos se creía en eso.

— ¡Es verdad, todo verdad! —Le replicó Josefina, muy molesta.

— Lo que pasa es que eres idiota. — Al terminar esas palabras, le sacó la lengua. Jovaka le replicó que ella era la idiota y empezaron a pelearse, mientras Mao miraba en el sobre de la carta, donde ponían estás palabras:

POSDATA: Solo Josefina Porfirio Madero debe abrir está carta, que le debe ser recibida tras mi muerte.

— Josefina, no es que no confíe en ti ni nada parecido, ¿pero crees que esto es real? ¡Es demasiado absurdo! — Le decía Mao. — ¡Nadie le regalaría a una desconocida tierras por solo buscar su perro! ¿Le conociste de algo aparte de cuando devolviste el perrito a la comisaría? —

Pero Josefina no la escuchaba, ya que estaba peleando con Jovaka, y Mao tuvo que detener la guerra de palabrotas que se mantenían una con otra:

— Fue como hace un año… ¿O era dos? Su perrito era monísimo y yo pensaba quedármelo pero tenía dueño. Al final fui buena gente y lo entregué. — Josefa terminó lo que sabía con estas palabras con orgullo:

— ¡Lo ven! ¡Las buenas personas siempre son recompensadas por sus buenas acciones! — Eso les soltó.

-¿Pero había algo más?- Y esto le preguntó Mao.

— Ni sabía su nombre, se me olvidó preguntarlo, pero yo le dije el mío. — Eso le respondió Josefina, y dejó a los demás aún más perplejos de lo que estaban.

— ¿Pero esto es en serio? — Se dijo Mao mirando la carta, aún sin poder asimilar algo así.

— ¡Sí, todo esto es verdad! — Se sorprendieron al escuchar esas palabras, no se lo esperaban. Miraron hacia la mesa y vieron a Emilia, la que había pronunciado esa frase, acostándose en medio del agitado salón. Ninguno se dio cuenta de que ella había entrado, sus pasos eran muy sigilosos.

— ¡Has tardado mucho, prima! — Se quejó Josefina al verla.

— Es que una no puede estar a tu ritmo. — Le replicó su prima, que se le notaba realmente agotada y estaba recuperando el aliento, después de correr como loca para alcanzar a Josefina. Casi sentía que le iba a dar algo. Todo el mundo al mirarla sintieron compasión por ella, ya que Josefa muchas veces llegaba a ser demasiada hiperactiva.

Tras recuperarse un poco de la carrera, Emilia les explicó a todos lo que pasó en la casa de Josefina cuando llegó la carta. Al igual que con Mao y compañía, nadie de la familia se lo creía y sus hermanos le decían sin parar que era una estúpida broma, y su madre estaba muy molesta por engañar a su hija con tales artimañas. Pero en el interior de la carta había un montón de papeles que confirmaban que era verdad de la buena y todos se quedaron de piedra, incapaces de asimilar lo que estaban viviendo.

Al escuchar estas declaraciones, Mao y los demás tuvieron que aceptarlo y Josefina empezó a presumir sin parar sobre sus nuevas tierras.

— ¡Hey, hey! ¡Vamos a ir a mis tierras, vamos a visitarlos! — Josefina, tras cansarse, les propuso esto a gritos, deseaba enseñarle a las demás lo que había conseguido. Emilia protestó, ya estaba agotada y no quería andar en lo que quedaba de día; Mao también, porque no tenía ganas de mover el trasero. Pero Josefa insistió tanto que tuvieron que aceptar.

Luego la mexicana llamó a más chicas para que se le unieran al viaje a sus tierras, y de paso comunicarles la gran noticia: Primero a Alsancia-Lorena y a Martha Malan, luego a Nadezha, quién le soltó que no podría y se colgó la llamada a mitad de la conversación. También a Sasha, aunque la recibió su hermana mayor. Ésta la explicó que su hermanita no podría ir, estaba castigada, pero Josefina insistió tanto que la convenció, con la condición de que Malia se fuera con ellas. El lugar de reunión era evidente: La casa de Mao. Y cuando llegaron, todos salieron de ahí dirección al norte, hacía las tierras de la pequeña terrateniente.

— Según dicen aquí,… — Decía Martha Malan, mientras observaba en su móvil información las tierras que Josefina consiguió. —…ese terreno de cinco kilómetros cuadrados era perteneciente a una familia muy poderosa e influyentes del Imperio Británico, con gran poder en Canadá, sobre todo en la Colombia británica y en el norte de Shelijonia. Después de la guerra civil, junto con otros grandes propietarios, hicieron todo lo posible para evitar que sus tierras acabaran a ser parte del territorio estadounidense, que obligó a su aliado entregárselo al nuevo estado que habían creado. — Ella dio una pequeña pausa, antes continuar:

— Así nacieron varios enclaves que se encuentran por todo el norte de la isla, incluyendo al que vamos a ir, que se encuentra justamente al lado de la ciudad, ¿a qué es interesante, Mao? —

Mao no la escuchó, estaba más pendiente mirando a su alrededor, mirando los bancos que había por la avenida que estaban andando, deseaba con toda su alma sentarse en ellos. Ya estaba harto de tanto andar, y aún le quedaba mucho por recorrer. También esperaba que Jovaka le soltara de una vez, le estaba abrazando tan fuerte que le estaba haciendo daño. Estaba aterrada, no dejaba de temblar, incapaz de creerse lo que estaba haciendo.

— No me puedo creer que estoy haciendo esto, no me lo puedo creer. — Además, lo decía en voz alta, repitiéndolo sin parar, una y otra vez.

Nunca había llegado a imaginar que estaría acompañando a un grupo de chicas, en mitad de la cuidad. No dejaba de echarle la culpa a Josefina, maldiciéndola sin parar, por haberla incitado a ver sus tierras.

Mientras tanto, Josefina iba la primera y andaba a una velocidad ultrasónica, parecía que estaba corriendo. Estaba tan feliz que estaba cantando una canción que se había inventado sobre la marcha. Todos deseaban y le pedían que fuera más despacio, pero ella estaba demasiada eufórica para escuchar a alguien.

Una de las que más deseaban que Josefina fuera a su ritmo era Alsancia, quién incluso quería pedirle que descansarán un poco, ya que a ella le había sentado mal el desayuno, y sentía ansias y dolor en la barriga. No le dijo a nadie que le pasaba eso, pero por su cara se le notaba que no estaba muy bien. Por esa misma razón, tanto Diana, que se había unido al grupo a pesar de la oposición de su madre, que no vino; como Malia, que acompañaba  a su hermana, estaban preocupadas por ella y no le dejaban de preguntar si estaban bien o si le podrían ayudar en algo. La napolitana, agradeciendo el gesto, siempre les decía débilmente que estaba bien, que no pasaba nada, o eso intentaba decirles.

Y como Malia estaba distraída, su hermanita estaba molestando a la prima de Josefina, que llevaba rato aguantándola y estaba a punto de explotar.

— ¡Pero dime la verdad! ¿De qué experimento has salido, copia insulsa de Josefina? ¿Eh, eh? — No dejaba de preguntarle eso todo el rato.

— Por décima vez, no soy ningún experimento. — Le decía Emilia, con ganas de darle un buen puñetazo a aquella chica insoportable. No solo era esa maldita pregunta, sino que también le tocaba la cara sin parar e incluso le levantó la camiseta por sí tenía ombligo y así ver si era un clon. A veces, Malia se daba cuenta de que su hermana la estaba molestando y la regañó, una y otra vez, pero, como siempre, nunca le hacía caso y seguía a lo suyo.

— ¡Deja a la chica de una vez! — Pero, al final, tuvo que cogerla de la mano y alejarla de Emilia, para que no le causará más problemas. Ésta agradeció gratamente el gesto.

Así estaban en mitad de su recorrido, tras media hora de caminata, y tardaron casi una hora hasta llegar a su destino.

— ¿Esto es? — Preguntó Mao, al llegar a una alambrada que tenía carteles que ponía que eso era territorio canadiense. Dentro de ella se alzaba un impresionante bosque de pinos y de otros árboles. Habían llegado al final de una calle de una urbanización que parecía no tener salida, en los límites de la cuidad de Springfield.

— Es bien obvio. — Le contestó Josefina mientras salía disparada a buscar la entrada de ese lugar. Los demás fueron a por dónde ella fue, pero sin ir a su ritmo, haciendo esto que perdieran de vista a Josefa.

— ¿Por qué habéis tardado tanto? ¡Jo! ¡No puedo abrir la puerta si no estáis viéndolo! — Les gritaba Josefina al resto, cuando los vio. Estaba ante las puertas del enclave, esperándolos para que la vieran abrir sus terrenos. Si para ella, eso iba a ser un acontecimiento mundial, para los demás no tenía nada de especial.

— ¿Preparadas? — Les dijo a todos y le contestaron que si con mucha indiferencia, mientras veían como Josefina estaba tan emocionada que iba a llorar. Y eso le pasó cuando metió la llave que saco de sus bolsillos en la cerradura y abrió la puerta. Con lágrimas de alegría entró como loca a abrazar uno de los árboles diciendo esto:

— ¡Este es el día más feliz de mi vida! ¡El mejor de todos! —

Mientras decía esas cosas de pura emoción, Mao se quedaba perplejo viendo como ella estaba tan feliz de tener tierras. Le parecía raro, porque pensaba que ningún niño se pondría así por tener un bosque de pinos. Al final, se convenció de que en Josefa la exageración era parte de ella y no debería darle muchas vueltas. Tras observarla durante varios minutos, gritando eufóricamente, abrazando árboles y dando vueltas por el lugar, haciendo que su prima le intentará tranquilizar para evitar que se perdiera; decidió observar lo que estaban haciendo los demás.

Veía a Malan, explicándole a Alsancia sobre unas flores que estaban debajo de un pino, tanto la una como la otra hablaban utilizando el lenguaje de los signos. Viéndolas hablarse y sonreírse le hicieron el día. Luego, miró hacía al otro lado viendo cómo Malia intentaba impedir que Diana se perdiera, ya que ésta se iba a internar aún más en el lugar diciendo que había visto a Bambi.

— ¡Mao, Mao! ¡Esa chica está chalada! ¡Tengo miedo! —

Eso le gritaba Jovaka, quién estaba mirando con terror hacía a Sasha. Mao dirigió la mirada para saber por qué decía ella eso y vio a la hermanita de Malia en la puerta haciendo una de las suyas. Eso le dejó perplejo.

— ¡Putos useños! ¡Os creéis la monda y los dueños del mundo pero solo sois unas perras que pierden guerras desde Vietnam! ¡Perras violanaciones! — Eso gritaba Sasha en la puerta, señalando con el dedo al otro lado de la frontera, para luego salir del enclave y añadir esto, mientras señalaba al bosque.

— ¡Mira quién lo dice! ¡Los Don Nadie! ¡Esos sois, canadienses, unos Don Nadie que nos laméis el culo para notaros! —

Y volvía a repetir el proceso, un montón de veces, rompiéndose de risa cada vez que lo hacía, provocando que Mao y Jovaka la miraran como si estuviera loca y se preguntaban si ella estaba bien de la cabeza. Todo esto ocurría, mientras Emilia intentaba tranquilizar a su prima, quién no daba vueltas de felicidad por el bosque y se iba a perder. Estuvieron allí hasta que el sol empezó a desaparecer por el occidente, teniendo que utilizar el autobús para volver cada una a su casa.

Josefina estaba feliz y no paraba de sonreír. Se imaginaba cómo sería su vida a partir de ahora con sus tierras. Haría casas de árbol con las chicas, harían acampadas allí, recogerían setas entre más cosas. Llegó al punto de que perdió la noción de la realidad y estaba metida de lleno de sus fantasías hasta la cena, cuando escuchó algo que le arruinaría esa felicidad.

— ¡Pues venderlo, ese enorme bosque no nos sirve para nada! ¡Y sacaremos mucha pasta de él! —

Esas palabras que hicieron volver a Josefa a la realidad, las escuchó mientras ella terminaba de cenar y su madre estaba limpiando los platos. De ella era esa frase y su hija temiendo lo peor le gritó:

— ¿Qué has dicho? — Eso le soltó Josefina, incrédula.

— Pues eso, hija. Vamos a vender tu campo, eso es lo que le estaba diciendo a tu hermano. — El mundo se le vino encima a Josefina.

— No puedes hacer eso, son mías y tú no…— Eso le gritó Josefina.

— Tú eres mi hija y por tanto todo lo tuyo es mío hasta que cumplas la mayoría de edad. — Le dijo eso con actitud autoritaria, más bien, Josefina la sintió tiránica.

— ¡Eso no es justo, mamá! — Le gritó a su madre, rabiosa, con ganas de llorar.

— ¡Pues ya ves! ¡El mundo está lleno de injusticias! — Le replicó mientras terminaba los platos y Josefa salió corriendo, llorando y gritando que eso no era justo sin parar.

— ¿Qué voy a hacer? — Eso se dijo cuando llegó a su cuarto y se tiró a su cama, poniéndose en la cara la almohada.

Pataleó de la rabia y no dejaba de gruñir. Por fin, el destino la había sonreído con darle tierras, pero su madre se lo iba a arrebatar, y todo por dinero. Empezó a decir una y otra vez que malo eran los billetes y cuánta maldad provocaban en el mundo a pasar a decir que su madre era una fea dictadora que la trataba muy mal y usaba y vendía sus cosas sin su permiso. Finalmente, empezó a preguntarse qué podría hacer.

Mientras tanto, su prima estaba pegaba la puerta diciéndole que abriera la puerta, sin parar; hasta que vio que estaba abierta. Al entrar Emilia, la veía acostado en su cama comportándose como un niño chico.

— Oye, Josefa…— Le dijo eso cuando se sentó en la cama.

— Puedes reírte de mi desgracia, si quieres. —

Después de todo, Josefina creía que su prima era su archienemiga, y que ellos siempre están felices de sus enemigos sufran. Pero Emilia, quién no entendía por qué la consideraba así, si para ella Josefina era su mejor prima; quería ayudarla. Aunque casi no se le notaba en el rostro la rabia que tenía por lo tiránica que era su tía.

— Pues no…Solo quiero decir que tienes que rebelarte. —

— ¿Rebelarme? ¿Contra mamá? —

Gritó de sorpresa al escuchar eso, para ella rebelarse contra su madre, era algo que no solo arriesgado, sino imposible. Le dijo a su prima que estaba como una cabra.

— Eso es lo que quieren los dictadores. Que no te levantes contra ellos por miedo. ¡Josefa, es hora de rompe las cadenas y enfrentarte al imperio del miedo! — Le dijo, tras levantarse y hace una pose que a ojos de Josefina quedo genial. Con esas palabras se ánimo, se levantó de la cama y gritó eufóricamente estas palabras:

— ¡Tienes razón! ¡Hay que luchar para salvar mis tierras! — Tras decir eso, se quedó pensando, había algo que no le cuajaba y se lo dijo a su prima.

— ¿Y por qué tú me estás ayudando? ¿Los archienemigos no se unen a los se oponen a su enemigo? —

Emilia se dijo que su prima no tenía remedio, ya que por mucho que le decía que nunca quiso ser su archienemiga y que era su prima preferida, nunca lo entendía, así que esta vez decidió seguir su papel.

— Es porque tenemos ahora mismo un enemigo común. — Eso le dijo a su prima.

Al día siguiente, iban a poner en marchar el plan que diseñó Emilia, que no era nada más ni nada menos que irse a las tierras de Josefina a quedarse a allí hasta que su tía le prometiese a su hija no tocar lo suyo, como una forma de protestar.

— En muchos países la gente protesta de esta forma contra los malos que gobiernan. — Añadió su prima al terminar de explicar su plan, que fue aceptado con gusto por Josefina.

Así, que tras llenarse las maletas de comida y revistas, y coger sin permiso la tienda de campaña de uno de sus hermanos; salieron muy temprano de la casa, esperando que la madre no las viera, siendo esto último en vano, ya que las vio salir, pero no le dio importancia, pensaba interrogarlas cuando volvieran.

Al final, no tuvo paciencia y al mediodía, preocupada por las dos niñas, decidió llamarlas. Se alivio cuando vio que le contestó Emilia y le preguntó qué estaban haciendo, entonces le contesto esto de forma rebelde:

— Estamos aquí, en el campo de Josefa, protestando para que tú no lo vendas. — Esto se lo dijo así a la vez que se escuchaba a Josefina decir que no iba a dejar que ella le quitase lo suyo.

La madre no se enteró bien y le preguntó qué querían decir con eso. Le respondió que no volverían a casa hasta que ella no prometiese que no lo vendería.

Tras entender lo que estaba pasando, les dijo esto: — ¡Ah sí! ¡Pues ahí os quedáis porque yo no voy a ceder! —

Con esto dicho cortó la llamada y calculaba que no iban a durar ni un día, las conocía y sabía que no estaban acostumbradas a dormir en el campo, y que volverían llorando y pidiéndole perdón, como siempre. Para ella eran simples rabietas de niños caprichosos y que lo mejor era esperar a que les pasasen eso, pero aún no le parecía bueno dejar a esas niñas solas. No quería aparecer ahí porque si lo hacía, parecía que las hacía caso y entonces su autoridad iba a ponerse entredicho, por eso llamó a Clementina, con quién había hecho amistad hace tiempo, para pedirle un favor. Mientras tanto, en el enclave, Josefa y Emilia intentaban poner la tienda de campaña sin éxito.

— ¡Jo! ¿Cómo funciona esta maldita cosa? — Protestaba ella, tras haber intentando cuatro o cinco veces montar la tienda.

— Es extraño…pero si hemos hecho todo lo que decía este manual. — Eso decía mientras estaba leyendo de nuevo el manual, por ver si habían metido la pata en algo.

— Hola, chicas. — Estás palabras sorprendiendo a Emilia y a Josefa, quién ésta última dio un salto del susto.

Era Malan, quién estaba al otro lado de la verja. Tras entrar ella al enclave, esas dos le preguntaron qué estaba haciendo ahí, entonces les contó que Mao la llamó para pedirle el favor de visitarlas, que se había enterado de lo que estaban haciendo ellas, sin decirles que lo supo porque la madre de Josefina las llamó y pidió a Clementina que las vigilase.

Al terminar y al comprobar con la mirada lo que intentaban hacer les dijo esto: — ¿Es la primera vez que hacen una tienda de campaña? —

— Sí, es megadíficil. — Le decía Josefina mientras la africana empezó a armar la tienda de campaña. Quedaron asombradas al ver que ella en menos de un minuto hizo lo que ellas tardaron en horas en vano.

— ¿Cómo lo has hecho? — Le preguntaron, deseando saber cómo pudo hacer tal cosa.

— Con práctica, acampar ha sido una de las actividades favoritas de mi familia. —  Entonces al ver lo desastre que eran ellas, tanto Emilia como Josefina, pensaron que solas no podrían aguantar mucho tiempo y por eso necesitaban tener a alguien que le ayudasen a vivir en el duro mundo del campo. Por esa razón Josefa, quién puso cara de cachorrito, y su prima, que intentó ponerlo; le cogieron de las manos a Malan para pedirle un favor:

— ¡Por favor, Malan, únete a nuestra protesta! ¡Te lo pedimos con todos el corazón! — Fue fácil, porque les dijo que sí a la primera, y no era porque pensaba que lo que le hacían a Josefa era una injusticia, sino porque quería observar con sus propios ojos lo que podría derivar esta situación.

— ¡Espera…! ¿Qué? — Eso gritó Mao, cuando oyó a Malan que iba a acompañar a las dos chicas. Estaban hablando por teléfono, a punto de anochecer.

— Ojou-sama estaré con la lenta simpática y su prima hasta que terminen esta peculiar situación, ya he convencido a mi padre de esto. — Él quería que ella las convenciera para que volvieran a casa y en cambio, acabó uniéndose a ellas.

Mao, aún sabiendo lo responsable que podría ser Malan, no le gustaba dejarlas solas y por eso, tras terminar la conversación por teléfono, decidiera irse a vigilarlas.

— Voy a estar de acampada unos días, así que vigilad la casa. — Les dijo a los canadienses antes de irse.

Cuando llegó a los pies del terreno vio una columna de humo en medio del bosque y saltó la verja con mucha dificultad, buscando el origen de eso, y en el proceso casi se iba a romper su kimono. Después de superar aquel obstáculo, encontró a las chicas alrededor de una hoguera comiendo salchichas. Tras mucho pensar como aparecer sin darles un susto, fue descubierto por Josefina, quién se alejó un poco para vaciar su vejiga. Los gritos que dieron fueron tan fuertes que asustaron a los pájaros y alertaron a los vecinos.

— Entonces, ¿vas a quedarte aquí lo que hace falta hasta que tu mamá rectifique? —

Eso le preguntaba Mao, mientras comía una de las salchichas que ellas cocinaron, después de sentarse y escuchar a Josefina, que le contestó afirmativamente con la cabeza.

A continuación, intentó convencer a Josefina para que volviese a casa y que su madre no estuviera molestándolos día y noche con este argumento:

— Podríamos hacer una cosa, en vez de hacer la india, yo podría comprarte esto a tu mamá y regalártelo por tu decimoctavo cumpleaños. — Esperaba que eso no fuera tan caro como parecía.

— ¡Ni hablar! — Gritaron tanto Josefa como Emilia, y ésta última añadió algo más: — ¡Hay que derrocar a la dictadura! ¡Ahora o nunca! —

Mao se quedó preguntándose qué quería decir Emilia con dictadura, pero no le dio mucha importancia. Intentó negociar y dialogar con ellas durante un buen rato para conseguir su objetivo. Al final, ninguna estaba dispuesta a ceder y éste se cansó. Al final dijo en voz baja:

— ¡Esto se va a ser muy largo! — Suspiró de cansancio y de fastidio, al ver que acabó participando en la acampada de Josefina y su prima.

Al día siguiente, despertaron con los quejidos de Josefina quién no paraba de decir esto: — ¡Jo! ¡Esta tienda de campaña es demasiada pequeña para nosotras! — Gritaba ella porque durmió mal, sufriendo todo tipo de incomodidades, debido a que la tienda era demasiada para los cuatros.

— ¡La lucha contra el mal es incómodo y horrible, pero tienes que aguantar!  —

Esto le decía Emilia, mientras se estaba estirazando, y por otra parte, Mao, al oír eso, se preguntaba qué desde cuando esto se había convertido en una lucha entre el bien y el mal.

— ¡Si tuviéramos una casa de árbol como Dios manda esto no nos estaría pasando! — Aún se seguía quejando Josefa, pero entonces recordó una cosa:

— Eso me recuerda que Nadezha presume mucho de haber hecho casa de árboles cuando era niña. —

— Lo recuerdo y pues era horrible porque lo tomaba demasiado en serio, parecía un ingeniero o algo así. — Añadió Mao mientras se echaba agua encima para lavarse la cara, recordando muchas cosas que hizo con Nadezha cuando eran niños.

Entonces Josefina, cómo si se le hubiese encendido una bombilla, gritó entusiasmada que tenía una idea, aunque todos adivinaron fácilmente en qué consistía: Era simplemente llamar a Nadezha para que le hiciese una casita de árbol. Rápidamente cogió el móvil y la llamó.

Unas horas más tarde, cuando Josefina estaba a punto de echar una siesta, una voz desde el otro lado de la frontera les gritó:

— ¡Tú! ¿No sabes indicar o qué? ¡Llevó rato perdida por culpa de tus indicaciones y al final estabais al lado! —

Era Nadezha, quién, tras aceptar a regañadientes ayudar a las chicas, se fue hacia dónde estaban ellas, y por culpa de las indicaciones que le daba Mao por el móvil, se perdió durante horas.

— Oye, oye, que tú no tengas senti… — Eso lo replicó Mao, antes de girar la cabeza hacía ella. Se calló, al ver que estaba acompañada, y le gritó sorprendido: — Por qué traes a tu familia aquí. —

— Ellos se han ofrecido solitos. —

Ella originalmente iba a ir con su novio pero su tío y su suegro, tras enterarse de eso, se unieron para ayudarle a construir la casa de árbol, querían recordar juntos sus infancias y ayudar a unas chicas a construirlo.

— ¡Y no solo eso! ¡Hemos traído material de sobra! — Eso dijo su tío y su suegro añadió: —  No se preocupen, era material sobrante, que no nos sirve de nada. —

Al final empezaron a reír como si habían dicho un chiste. Detrás de ellos, estaba una furgoneta llena de herramientas y materiales. Josefina estaba llena de felicidad y Emilia también, aunque no se le notaba en el rostro. Mao, por el contrario, no estaba contento porque iba a trabajar y pocas ganas tenían de hacerlo. Y sí, se pusieron a trabajar para construir una decente, pero sólida casa de madera en un árbol que podría mantener mucho peso y tardaron por lo menos cuatro días.

Durante todo ese tiempo, en la casa de Mao no dejaba de sonar el teléfono, con la madre preguntando a Clementina sin parar si su hija y su sobrina estaban bien, y cuándo se iban a rendir entre otras cosas. Ella deseaba aparecer allí y llevárselas a casa, pero creía que así no aprenderían la lección, quería que volvieran solitas llorando. Con esa esperanza esperaba día y noche.

— ¡Aleluya! ¡Hemos terminado! — Decía Josefa llorando de alegría. — ¡Gracias a todos! ¡Gracias, incluso a ti, Jovaka! — Esto último lo dijo porque Mao obligó a Jovaka a trabajar con ellos.

— ¡Me obligaron! ¡Yo nunca haría una casa para niñas! — Eso le replicaba malhumorada la serbia.

Los demás se felicitaban por el buen trabajo, después de que los adultos comprobasen que estaba bien, ignorando el hecho de que Mao y Nadezha se estaban peleando de nuevo, como siempre. Lo celebraron con una gran barbacoa a la luz de las estrellas, aunque la rusa y su gente, tras haber terminaron la labor, volvieron a casa. Para Josefina esa semana se estaba convirtiendo en la mejor de su vida y deseaba que nunca se terminara, pero al día siguiente, a las primeras horas de la mañana, una voz gritó, haciendo temblar el bosque y despertando a todos del susto.

— ¡Josefina, Emilia! ¿Dónde estáis? ¡Vosotras, salid de una vez! —

Esa voz de ogro lo reconocieron enseguida Josefa y su prima: Era la madre, y por su tono parecía estar muy enfadada, tanto que una como la otra se le pusieron la carne de gallina, que ni querían asomarse a la ventana para comprobar si era la mamá. Ella, por su parte, no paraba de gritarlas. Al final, se dio cuenta de que su estrategia no funcionaba y tenía que arrástralas a la casa.

— ¿Qué haremos, Mao? ¿Qué haremos? — Le preguntaba eso Josefa, desesperada, mientras zarandeaba a Mao, quién estaba intentando dormir.

— Y yo qué sé… Ella no me busca a mí, así que dejadme dormir tranquila, por favor. —

Al final, el pobre Mao tuvo que salir de la casita y bajar al suelo para hablar con la madre y tranquilizaba, mientras Josefa y su prima miraba desde la ventana, siempre procurando que no las vieran.

Al echar un primer vistazo, la vieron allí, al otro lado de la verja, boquiabierta y no sabían por qué. En verdad, ella se quedó paralizaba al ver la casa, porque sabía que eso era nuevo, ya que no lo vio antes cuando lo visitó. Intentó comprender cómo apareció eso, ya que su hija y sobrina no sabían ni freír un huevo frito.

— ¡Oye, no sabes que hay gente durmiendo a estas horas! — Esas palabras hicieron reaccionar a la madre y procedían de Mao, quién ya estaba al lado de la verja. Al verle, pudo comprenderlo.

— ¡Qué se aguanten, que algunos nos tenemos que levantar a las siete de la mañana! ¿Y dónde están mis niñas? — Eso le soltó con aires de superioridad a Mao.

— Pues en la casita temblando de miedo. — Y esto le respondió él, mientras le señalaba con el dedo hacia la casa de madera.

— Diles que bajen o si no yo entro ahí y las saco a palos. — Le ordenó la madre con un tono que molestó muchísimo a Mao, pero decidió ignorarlo.

— Hasta que me prometas que no vendas mis tierras o que no me pegues, no nos vamos a mover de aquí. — Desde la ventana gritó Josefa a su madre, para luego esconderse.

— Ese campo lo venderé sí o sí. — Le respondió su madre.

— Señora, déjela con este capricho, por esta vez solamente, no pasa nada si cede por una vez.  — Y eso le soltó Mao.

— ¡Ni en broma! ¡Mi autoridad está entredicha y si la dejo, luego querrá más y más, sin saciarse nunca! ¡Ella tiene que aprender esto! — Ese grito le dejo sordo a Mao, quién intentó convencerla de lo contrario y al final, vio que su madre era tan cabezona como su hija.

— De tal palo, tal astilla. —  Dijo en voz baja como conclusión, cuando terminó de hablar con la mamá. Ésta dijo que las iba a dejar por hoy, que tuvieran unas horas para que reflexionaran y prepararse para la astronómica paliza que iban a recibir.

— ¿Qué vamos a hacer? ¡Por la virgen de Guadalupe! ¿Qué vamos a hacer? —

Gritaba sin parar Josefina, mientras daba vueltas por la casita como si estuviera loca, provocándole un dolor de cabeza a Mao, quién intentaba tranquilizarla sin éxito.

— ¡Vamos, Josefina! ¡No te pongas así! ¡Esa no puede ser la actitud, debes sacar el miedo de tu corazón! — Lo decía su prima, mientras temblaba de terror en una esquina, aunque esas palabras más bien eran para animarla a ella misma y sacar el terror que tenía por su tía.

Por otra parte, mientras Jovaka estaba comiendo chucherías, ajena a los problemas de las chicas, a Malan se le escaparon estas palabras: — Pues si entra aquí y os pegará, podría estar violando una ley que el gobierno de Columbia Británica había aprobado hace poco. —

— ¿Qué ley? — Gritaron tanto Josefa como Emilia al escuchar eso, había una esperanza para ellas. Mao temía lo que la africana iba a decir.

— La ley Cenicienta, así la llaman, que trata sobre los abusos de los adultos a niños y en un apartado especifican que el menor puede obtener protección si un adulto, siendo padre o no, lo amenace o le agrede. — Y eso les explicó Malan y estas palabras hicieron iluminar las caras de Josefa y su prima.

— ¡Hay que llamarlos ahora mismo! ¡Ellos nos protegerán de mi tía! ¿El número de teléfono, cuál es? — Eso decía Emilia mientras sacaba el móvil.

— ¡Chicas, no tan rápido! ¡No somos de Vancouver! ¡Vancouver es Canadá! ¡Ustedes son de Shelijonia, de los Estados Unidos de América!  —Les dijo Mao y eso las desanimó un poco.

— ¿Pero no estamos en territorio canadiense? — Eso le preguntó Jovaka mientras terminaba su particular desayuno.

— Pues claro que sí, pero no tenemos la ciudadanía. Es más no deberíamos estar aquí. —  Le replicó Mao.

— Siempre podemos pedir asilo político.  —

Por estas palabras que dijo Malan de broma, Josefa y su prima se le metieron en la cabeza pedir la solicitud de asilo político, después de que la africana les explicará que era ese concepto.

Mao les decía que eso sería inútil y esa gente no iba a acceder eso por algo tan estúpido, que habían personas con problemas de verdad que no lo conseguían y que podrían pasar meses hasta que la hicieran caso entre más cosas, pero era en vano hacerlas cambiar de idea. Jovaka también les decía cosas parecidas. Tras contactar con ellos, lo primero que oyó Emilia fueron risas y después le dijeron que sí, de forma irónica.

— Espero que nos hagan caso. —  Eso se dijo la prima, aunque en su corazón sabía que no la estaban tomando en serio y por eso, a continuación, añadió esto: — Habrá que buscar otras alternativas. —

En vez de buscar soluciones, Josefina y Emilia no pararon de lloriquear por su próximo castigo, y Mao harto de esos horribles quejidos, salió a dar una vuelta con Jovaka, ya que ésta no quería quedarse sola, rodeada de mujeres.

— ¡Qué ganas tengo de volver a casa…! — Decía Mao mirando al cielo, tras lanzar un suspiro, harto de la situación que estaba viviendo.

— ¿Y por qué no lo haces? ¿Por qué te has metido en este marrón? ¡Y más importante aún! ¿Por qué me has metido en él? — Se quejó Jovaka, quién también deseaba volver a casa, aunque no quería volver sin Mao.

— Oír tus quejidos dan variedad, me aburro solo con escuchar las de Josefina. — Al decir esto Mao, Jovaka protestó, aunque se le puso un poco roja la cara, al pensar que esas palabras podrían decir que le importaba.

Al volver, las dos se encontraron, bajo el árbol que mantenía la casa, a las chicas mirando un carrito de la compra llena de uniformes militares, algo que no estaba ahí antes.

— ¿Qué es eso? — Les preguntó.

— ¡Ah, Ojou-sama! ¡La chica problemática ha venido y nos ha traído de regalo estas cosas! — Eso le decía Malan mientras Josefa se ponía la parte de arriba del uniforme y le quedaba tan grande que le llegaba a las rodillas.

— ¿Quién es la “chica problemática”? — Preguntó Jovaka.

— La desgraciada de Sasha. — Eso le decía Mao, mientras miraba detenidamente lo que había traído ella.

— No la llames así. — Protestó Josefa. — ¡Ella nos ha ayudado mucho! —

— Nos dio una idea. Hacernos pasar por militares. —

Eso que dijo Emilia le hizo gracia a Mao, quién no entendía en que iba a ayudar disfrazarse de militares para salvar el pellejo. Le miró a Malan esperando que ella le dijera que le habían dicho a esas dos para aceptar esa estupidez, más tarde se lo preguntó directamente y su respuesta fue esta:

— Ella les dijo que si llevaran puesto eso podrían asustar a su madre y se lo creyeron. — Como supuso Mao, habían sido engañadas fácilmente y a continuación, le preguntó si sabía ella de dónde consiguió eso Sasha. La respuesta de Malan fue negativa. La madre de Josefina no apareció durante todo el resto del día y el grupo pudo dormir tranquilo. Al salir el sol, el nerviosismo se notaba en la casa.

— ¿Cuándo va a venir? — Eso decía Josefa mientras miraba por la ventana, mientras se ponía bien una gorra militar que encontró en el carrito de la compra.

— Cuanto más tarde aparezca, mucho mejor. — Le contestó su prima. Las dos miraban la ventana a ver si su madre aparecía, pero ninguna deseaba que volviera.

Mientras tanto, Mao, al ver que no le apetecía ninguna de las cosas que tenían para desayunar, decidió salir afuera en busca de comida. Tardó mucho en salir, ya que, tras decirles a las demás que se iba, no le dejaron en paz hasta que se pusiera el uniforme militar, a pesar de que éste se negó una y otra vez. Al final, tuvo que llevarlo, siendo acompañado por Jovaka, quién no deseaba estar sola con chicas.

Mientras Mao miraba pensativo hacía al cielo, preguntándose cuándo terminaría esto, ya que estaba harto del campo y no había mejor lugar que su salón; y mientras Jovaka protestaba sin parar, chocó con otra persona cuando iban a doblar una calle. Mao no cayó, pero la otra, sí.

— ¿Est…? — Entonces, Mao vio quién era. — ¿Alsancia? ¿Estás bien? — Dijo esas palabras muy alterado mientras la ayudaba a levantar. Ella meneó afirmativamente la cabeza y al levantarse, lo primero que hizo fue coger algo que se cayó y empezó a comprobar si estaba bien. Era una caja con dulces dentro y se alivió mucho al ver que no habían sufrido daños.

— ¿Qué haces tú por aquí? ¡No tienes ningún familiar por esa zona! — Eso le dijo Mao y Alsancia, utilizando el lenguaje de los signos, le explicó el motivo que estaba ahí. Al enterarse de que lo estaban haciendo ellos, pues decidió visitarles y darles ánimos con un regalo, pensó que tal vez eso ayudaría un poco, ya que ella estaba de parte de Josefina.

— ¡Gracias a Buda que apareciste con esos dulces! ¡Yo estaba buscando algo delicioso! — Eso le decía Mao, mientras se le salía la baba mirando la caja, y mientras Jovaka miraba un poco molesta.

Y mientras Mao bromeaba con comerse todos los dulces de la caja, entonces un anciano apareció de repente, con escopeta en mano, gritando:

— ¡Malditos canadienses! ¡Dejen a las shelijonianas en paz y fuera de aquí! — Los tres se quedaron sin habla cuando escucharon eso, aunque Mao pensó que los uniformes militares que llevaba tanto él como Jovaka tenían algo que ver.

— ¡Tranquilizase, hombre! ¡Solo somos unas…! — No pudo terminar la frase porque el anciano les disparó y salieron corriendo, con Alsancia siendo transportada en brazos por Mao.

— ¡Malditos secuestradores! ¡Dejen a esa chica en paz! — Les gritaba el viejo, mientras corrían por sus vidas y mientras sus gritos estaban agitando el barrio.

Y tras mucho correr, lo perdieron de vista y llegaron salvos y sanos a los pies del enclave. Entonces, Mao preguntó, incapaz de asimilarlo: — ¿Qué coño ha pasado? ¿Por qué ese loco nos ha atacado? —

Él, agotado, cayó de piernas y tanto Jovaka como Alsancia le preguntaban si estaba bien. Mientras Mao recuperaba su aliento, empezaron a escuchar voces, tanto en ruso como en inglés, que provenían de la ciudad y que no parecían nada pacificas. Rápidamente se fueron a la casa de árbol.

Mientras tanto, Josefina se dio cuenta, desde la ventana de la casa de árbol, de que en la ciudad estaba pasando algo raro:

— ¿Por qué todos se estarán peleando? — Eso preguntó Josefina, después de observar detenidamente la cuidad. A pesar de la lejanía, veía a gente se estaba peleando y pequeñas columnas de humo.

Malan, al darse cuenta de que lo que observaba su amiga, decidió mirar las redes sociales por el internet del móvil para ver que estaba pasando. Leyó que decían que habían visto soldados canadienses en territorio shelijoniano, algo que provocó una tormenta en la red social. Empezaron a salir millones de rumores disparatados, e incluso conspiranoicos, y otros hacían chistes malos y burlas. También había discusiones, de algunos intentando traer el sentido común contra otros que gritaban expulsar a los soldados. Algunos lo defendían, provocando que recibieran una lluvia de odio e insultos. Al final, esas peleas pasaron de lo virtual a lo real, ya que empezó a haber noticia sobre enfrentamientos violentos  entre personas por varios puntos de Springfield. En menos de una hora, Springfield se había vuelto un caos.

Al llegar Mao, junto con Jovaka y Alsancia, cuya aparición sorprendió a las presentes; le preguntaron qué si él sabía que estaba pasando.

— Y yo qué sé, ¡no sé que está pasado! — Eso les respondía Mao, sin saber realmente lo que le había ocurrido, mientras ayudaba a Alsancia a entrar en la casita de árbol. Tras eso, Malan les dijo a todos lo que había estado ocurriendo en las redes sociales, como reflejo de la situación actual y el chino deseaba que el simple paseíto que tuvo no fuera el culpable de todo eso. Entonces, esta fue la conclusión de la mexicana:

— ¡Yo sé porque están aquí! ¡Canadá ha venido a protegernos de la furia de mi madre y defenderán mis tierras! — Gritaba Josefina muy entusiasmada, diciendo eso completamente en serio.

— ¡Eso es demasiado absurdo incluso para ti! — Le replicó Mao.

— ¿Entonces cómo explicas esto? — Mao no dijo nada, no se le ocurría nada lógico que decir.

Le parecía tan absurdo decir que la razón de todo este lío era simplemente porque un chalado confundió a él y a Jovaka como militares del país vecino. Josefina, al ver que no tuvo respuesta, decidió probar cómo le quedaba el uniforme a Alsancia.

Cada hora que pasaba, las cosas se ponían peor. Por Internet, Malan leía que se estaban produciendo manifestaciones violentas en gran parte del estado y que el gobierno canadiense intentaba explicarle a Shelijonia, que no habían penetrado en territorio shelijoniano, incapaces de entender lo que estaba ocurriendo.

El gobierno local de Vancouver echaba más leña al fuego, diciendo que ellos eran unos paranoicos, o así entendieron muchos de ellos. Desde la casita veían cómo había columnas de humo y se escuchaban sirenas de policía sin parar.

— ¡Mientras en la cuidad todo es caos y destrucción, nosotras estamos tan bien! — Eso decía Josefina mientras comía salchichas.

Todos estaban alrededor de una hoguera, mirando desde un lugar seguro la situación que estaba sufriendo Springfield. Mao no podría comer tranquilo al saber que todo eso fue provocado por su culpa, Alsancia babeaba por la deliciosa comida que veía pero que, por desgracia, no podría comer, Jovaka no paraba de comer y Emilia comía lentamente, preguntándose si iba a aparecer su tía o no. Al final apareció, cuando en el móvil de Malan ponían las seis de la tarde.

— ¡Ya estoy! — Les gritaba como si fuera un ogro enfurecido. — ¡Espero que ustedes dos habéis reflexionado sobre lo que estáis haciendo! —

Josefa y su prima dejaron de hacer lo que estaban haciendo y empezaron a temblar de miedo, abrazándose la una a la otra, intentando de esa forma reunir fuerzas para enfrentarse contra ella. La madre espero unos segundos para ver si dirían algo y al ver que eso no pasaba, decidió pasar a la acción.

— ¡Ya he tenido suficiente! ¡Voy a por vosotras! — Tras gritar esto y prepararse para ir a la entrada del enclave, un fuerte sonido sacudió el lugar. Era un helicóptero militar, cuyas aspas levantaban fuertes vientos, ante los ojos sorprendidos de todos.

— ¡Vienen a ayudarnos! ¡Han venido a rescatarnos! — Decía Josefa mientras alzaba las manos para decirles gracias. Pero ellos no habían venido por eso, sino por otra cosa.

— ¡Soldados canadienses! ¡No se resistan y expliquen por qué están haciendo aquí! —

Todos se quedaron boquiabiertos al oír esas palabras y tardaron varios segundos en reaccionar. Entonces Jovaka salió del bloqueo y les gritó:

— ¡¿Por qué se sorprenden!? ¡Nos han confundido por militares, porque estamos llevando estos malditos trajes, ¡¿no es eso obvio?! —

— ¡Es verdad, es verdad! — Gritó Josefina como si no estuviera pasando nada, antes de gritar escandalosamente: — ¡Oh, no! ¡¿Y ahora qué hacemos!? ¡Nos van a matar! —

— ¡Esto parece interesante! — Añadió Malan, cuyas palabras dejaron boquiabierta a Alsancia, quién no entendía cómo ella podría pensar eso, cuando estaban en peligro de muerte, estaba muerta de miedo.

Mao fue el último en reaccionar, quién sacó su cabeza de la ventana de la casa del árbol y les gritaba con un megáfono que habían traído: — ¡Esperen, esperen! ¡Todo esto es un estúpido malentendido! —

Los que controlaban el helicóptero, al oír esas palabras, iluminaron la casa del árbol y se quedaron sin habla, viendo a una supuesta chica joven con un traje del ejército canadiense que le quedaba muy grande.

Mientras le comunicaban a la central lo que estaba viendo, llegaba un camión, con soldados saliendo de ahí. Rápidamente, se dieron cuenta de que había una civil a su lado y se acercaron a ella.

— ¿Pero qué? ¿Por qué esto se está llenando de militares? — Gritaba la madre, incapaz de entender lo que estaba presenciando.

— ¡Señora tiene que irse! ¡Este lugar no es un sitio seguro! — Le gritó el alférez severamente, mientras se acercaba a ella, al ver que no se dejaba ir.

— ¡Yo no me voy! ¡Hay niñas, detrás de esa maldita verja, entre ellas mi hija y mi sobrina! — Le gritó histéricamente la madre de Josefina, mientras se acercaba al alférez como si este fuera alguien más. — ¡¿Por Dios, qué está ocurriendo!? —

— ¡¿Cómo que hay niñas!? ¡¿Por qué hay niñas ahí!? — Él se quedó boquiabierto y luego sus soldados le pidieron que mirase hacia al otro lado de la verja. Eso hizo y ya no sabía que estaba ocurriendo.

— ¡¿Qué rayos está ocurriendo!? — Le preguntó a la madre de Josefa.

— Eso me lo pregunto yo. — Y esa fue su respuesta, que estaba igual que el alférez y todos sus soldados.

FIN

Anuncios
Estándar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s