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La venganza de Khieu Ponnary, quincuagésima tercera historia.

No sé si esto que voy a contar ocurrió de verdad o solo fueron terribles pesadillas, pero todo eso lo sentí tan real que necesito soltarlo o si no voy a explotar, metafóricamente.

Yo soy Khieu Ponnary, una estudiante normal y corriente, al que le encanta el gore y todo lo que sea terror y oscuro. Me la paso todo el día viendo esas cosas, sola o con amigos, aunque estos han demostrado ser unos malditos falsos de mierda. Lo demostraron cuando me abandonaron cuando íbamos a celebrar juntos Halloween. Fue en ese día cuando conocí a unas niñas estúpidas y, para desahogarme, decidí hacerles una broma. Al final, yo fui la humillada porque me hicieron mear del miedo, no sé cómo lo hicieron, pero lo consiguieron. Por eso decidí jurar a mí misma que las iba a matar de miedo, metafóricamente hablando.

Pero antes tenía que encontrarme con una, y como había estado bastante ocupada estos meses, pues casi me olvidé de mi venganza, hasta que un buen día de verano, me encontré con una de esas niñatas, en el parque.

Era la enana de color azul marino, aquella que la hice desnudar y hacer la gilipollas y que, al final, fue ella la que se burló de mí. Lo primero que hice fue acercarme, aunque dude al ver que estaba disfrazada de torero.

— ¡Hey, tú! ¡La del pelo azul!  — Le gritaba, pero no me hacía caso.- ¡Tú! ¡Te estoy hablando a ti! — Sentía que me estaba ignorando. — ¿Me estás ignorando o qué? — Eso le pregunté molesta cuando le toqué el hombro.

Ella, que estaba de espaldas, de repente giró hacia mí y me dio un buen susto. La niña esa llevaba una máscara de un toro, y de ahí salió un espantoso “¡Ole!”, que me hizo caer al suelo.

— ¡Wow, pero si es la maga de las navidades! — Eso gritó como estúpida, tras ver que era yo. Al parecer, aún me recordaba.

— ¡Soy Khieu Ponnary, reina de la noche, simple humano! ¡Recuérdalo! — Eso le grité, a continuación.

— ¿Y dónde está tu corona? —Y esa boba seguía haciéndose la tonta.

— Eso no importa, ahora… — Le dije eso para ir directa al grano. — ¡Por tu culpa la invocación acabó mal y quiero mi recompensación! —

— Yo pensaba que la magia la hacías gratis. — Quería decirle que mi papel no era el de ser un mago de esos que salían en la tele.

— Entérate bien, basura humana, te he maldecido y si no te presentas en el hospital abandonado, mañana por la noche, morirás. — Se lo dije poniendo la cara más aterradora que tenía.

Al día siguiente, me fui al hospital abandonado, para preparar mi venganza. Ese lugar, que fue abandonado por razones desconocida hace diez años, daba pavor incluso por el día, aún conservaba cientos de material médico y se estaba cayendo a pedazos. Un escenario perfecto para una película de terror y para hacer mear del miedo a niñitas.

Utilicé mi maquillaje para parecer cómo un zombi y los bolsillos los llené de tijeras, pinté con manchas de sangre falsa algunas partes del edificio y unas cosas más sin importancia. En realidad era poca cosa, ya que no tenía gente que me ayudará pero puse todo mi esfuerzo, ¿y qué pasaría si ella no apareciera? Pues les reconozco que no había pensando en eso, pero aún así esa niña apareció, a esas altas horas de la noche. Lo comprobé cuando la vi entrar por la puerta principal.

Mi plan era aparecer de repente, cuando entrara y darle un susto de muerte, persiguiéndola sin tregua hasta que saliera del recinto. Salí a recibirla, gritando como un zombi, pero no la vi. Entonces, escuché cómo cantaba y giré hacía al fondo del edificio, donde la luz de la luna no alcanzaba el interior. Supuse que ella entró más rápido de lo que pude predecir y ahora estaba ahí y entonces pensé que eso era mejor, ya que así sería más divertido hacerla mear de miedo y me dirigí hacía esa, antes de dudar un poco. Salí corriendo y chillando como una loca sedienta de sangre, pero no debería haber hecho eso, porque correr de noche en un sitio sin nada de luz, sin utilizar una linterna, significa casi siempre chocarse contra algo, así que me di un buen castañazo.

— ¿Dónde… es-estoy? — Eso dije al despertarme. Al parecer, me desmayé y no sabía cómo, miraba por todos lados, pero solo había oscuridad, por todas partes y no había ni un atisbo de luz.

— Estás en el hospital. — Esa voz, que no la esperaba para nada, me hizo dar un gran grito, y de repente salió una luz, y de ella salía una cara, que me hizo gritar más hasta dejar afónica. Cuando me di cuenta, era la niña esa con una puta linterna. Mientras yo me recuperaba del susto, ya que casi me iba a dar un ataque al corazón, empezó a hablar:

— ¿Sabes, que en el hospital hay que guardar silencio, tanto para el enfermo como el muerto? —

— ¡Cállate, humana! ¡Tú has sido la culpable de que haya gritado! — Le grité eso mientras me levantaba y tras sacudirme, le pregunté en dónde estábamos.

— ¡Ya lo he dicho! ¡En el hospital! — Eso me soltó.

— ¿Pero en qué parte del hospital? — Tras decir eso, no me contestó y se limitó a apagar una y otra vez la maldita linterna.

Se lo tuve que quitar, tras gritarle que me diera eso, porque si no, iba a gastar su batería. Ella, empezó a decir esto tras quitárselo:

— ¡Hey, eso es mío! ¡Me lo compró Walt Disney cuando le vendí mi empresa de animación! —

En vez de decirle que eso era una mentira tan obvia, me limité mirar en dónde estábamos. Parecía que estábamos en un quirófano y tenía un montón de cosas, incluido había una camilla y sillas, y se notaba que llevaban tiempo abandonado, ya que estaban oxidados y llenos de polvo.

— ¿Cómo hemos llegado a parar aquí? — Eso me pregunté, para luego decirle a la idiota esa: — ¿Hey, estúpida y sucia humana, tú me has traído hasta aquí? —

— Me llamo Sasha Roosevelt. — Y eso me respondió.

— ¿Y? ¡Te estoy preguntando otra cosa!- Le volví a gritar, mientras me acercaba a la puerta de ese lugar, tras observar todo ese sitio.

Estaba molesta, porque esa chica no me contestaba lo que yo quería saber, aunque en ese momento lo que más deseaba era salir. Al abrir eso, la idiota esa gritó:

— ¡Wow! ¡Ketchup gratis! —  Entonces, giré hacía ella totalmente extrañada y con la linterna enfoque una de la paredes. Me entraron escalofríos al verlo.

— ¿Eso estaba antes? — Eso dije, asustada, al ver una frase escrita en rojo ahí, que decía que bienvenidas a nuestra humilde morada, y que hacía momentos atrás no estaba. Tampoco lo escribí yo, porque en ese lugar no había estado yo. Me acerqué a eso, mientras le preguntaba a esa niña si fue ella, eso era la única explicación supuestamente posible.

— Mis bolsillos son muy pequeños para llevar botes de Ketchup.- Me  mientras tocaba con el dedo aquella cosa, para meterlo en la boca. Yo también hice lo mismo, ya que eso estaba fresco, para luego escupirlo del asco.

— ¡Está mierda no es Ketchup, es sangre! —  Aquel sabor a metálico que tenía la sangre me era tan reconocible, y tan diferente del Ketchup o de la salsa de tomate. Al parecer a esa idiota, no.

— ¡Qué dices! ¡Si esto sabe lo mismo que lo que nos venden el supermercado! —  Me quedé pensando en que tipo de lugar compran las cosas sus padres, pero decidí olvidarlo y centrarme a salir de ahí. Al salir, solo vi un pasillo que parecía eterno, no se veía adónde llegada ni por un lado ni por el otro. Todo esto, mientras escuchaba el débil sonido de un reloj, no paraba de decir tic, tac, y eso me ponía los pelos de punta.

— Se nota que reina la paz, ¡esto es lo que debe significar la paz mundial! ¡Un mundo sin personas ni seres vivos! —  Ignoré lo que estaba diciendo, ni siquiera la estaba mirando, solo caminando.

— ¿Hey, qué haremos cuando tengamos hambre? —  No le dije nada.

— ¿Y si aparece algún herido por la guerra de Vietnam? ¡No somos enfermeras! — Seguí callada, intentado ignorar todo lo que salía de esa boca.

—  Me preguntaría qué haría ahora mi perro, si tuviera uno. ¡Lo llamaría Al-Capone y sería un chihuahua! ¡Para hacer chistes mexicanos con él!- Me estaba entrando ganas de mandarla a la mierda, pero solo seguía adelante y el pasillo parecía interminable.

— ¿Cuándo vamos a ver a una enfermera? ¡Quiero preguntarle por qué son un fetiche tan popular entre los enfermos! —  En mi mente, decía sin parar que se callase de una vez.

— ¿Qué se siente morir en un hospital? — Me estaba hartando.

— ¿Vamos a morir en el hospital, verdad? — Me entraba ganas de pegarla.

— ¿Veremos la luz en el hospital? — Ya estaba llegando a mi límite.

— ¿Y si aparecen algún fantasma? — Entonces exploté.

— ¡Cállate! ¡Cállate de una puta vez! ¡No existe los fantasmas, este puto hospital está abandonado, no hay nadie más que nosotras, morir aquí es horrible, odio los chihuahuas! ¿Entiendes? ¿Entiendes? ¡Así que sé una buena niña y cállate, o si no, te mato aquí!- Le grite tan fuerte que me dejó afónica. Entonces oí un sonido muy fuerte, que me hizo a mirar, utilizando la luz de la linterna, por todas partes, para ver de dónde procedía.

— ¿Qué mierda ha sido eso?- Eso gritaba, muerta de miedo.

— Han sido ellos, no les ha gustado nada que digas que ellos no existen. —  Al girarme hacía ella para decirle que no dijera tonterías, vi que no estaba.

Le decía sin parar dónde estaba mientras buscaba con la linterna. Así, empecé a recorrer eso sola, suplicándole a esa idiota que apareciera de una vez y que no me dejará sola, pero ni siquiera escuchaba sus pisadas, solo el fastidioso ruido de los putos relojes. Y llegué al final del pasillo, que terminaba en otro. Tras mucho dudar, giré hacía a mi izquierda.

Mandé a la mierda sin parar en mi mente a esa estúpida chica, mientras seguía andando. Me había dejado sola la muy perra y estaba realmente muerta de miedo. Todo sonido que oía me alteraba, cada dos por tres, miraba hacia atrás pensando que algo me estaba siguiendo. Cantaba para relajarme y intentaba andar lo más rápido posible para salir de ahí, pero parecía que eso era un laberinto, porque por mucho pasillo que atravesaba no veía ni las escaleras, solo interminables habitaciones, todas cerradas.

— ¿Cuándo terminará esto? —  Me decía a mí misma. — ¿Y esa estúpida…? —

En ese momento me preguntaba qué estaba haciendo e incluso empezaba a preocuparme por esa chica, a pesar de que fue ella quién me abandonó. Mientras pensaba en todo esto, de repente escuché unas risas de niña.

— ¿Eres tú, humana? — Le grité. — ¡Si lo eres, contesta! — No hubo ninguna respuesta ni escuchaba esas risas. —  ¡Por favor! ¡Yo, en verdad…! —  No me pude contender, tenía que decirle la verdad.

— Yo, en verdad, quería vengarme y ver cómo te morías de miedo… ¡Pero ahora yo soy la que se va a mear en los pantalones…! ¡Ya he aprendido la lección, sea cuál sea, pero por favor, deja esta broma! —  Tras decir eso, no escuché nada.

— ¡Te lo estoy suplicando! ¡Por favor! — Me empezaban a salir lágrimas en los ojos.- ¡Deja este estúpido juego y ayúdame a salir de aquí! —

Entonces volví a escuchar esas risas, y tras dudar un poco, tragándome la saliva del miedo, me dirigí hacía al origen de esos sonidos, mientras le decía a esa niña, o a quién sea, que me dijera algo.

Así es como llegué a una sala muy amplia, con esa niña, en medio, de espaldas.

— ¡Eh, Tú! ¿Por qué no me has dicho nada? ¿Por qué te has reído?- Le grité. No contestó y tuve que repetírsela otra vez.

— Porque es gracioso. —  Lo dijo con una voz de ultratumba que me puso más asustada de lo que estaba.

— No, no es nada gracioso. —  Eso le grité, aterrada.

— Todo…— Empezó a reír por lo bajo. — Todo en esta vida es gracioso…Todo. —

— Para esto…solo me estás dando miedo. — Esa chica se estaba poniendo demasiada rara, me hacía recordar a los asesinos en series de películas de horror.

— No puedo… Todo es gracioso… Tú… El mundo… O la muerte…— Entonces ella se giró hacía a mí y con cara de pura psicópata me dijo esto: — ¡Vamos, maga! ¡A reír hasta la muerte! —  Empezó a gritar como chalada.

Entonces, el lugar se llenó de risas, no solo la suya, sino de otros, y que parecían salir del mismo infierno. No, eran de ahí. Entonces, de los pasillos que terminaban en la sala, salieron criaturas horripilantes, eran zombis, seguro. Y todos, absolutamente todos, mientras reían; formaron cinco filas, delante de esa niña, para luego quedarse en silencio. Yo estaba paralizada de miedo, con la boca abierta pero incapaz de gritar y salir huyendo.

— Si… Eso es… Diversión. — Y al decir la niña eso, se empezó a escuchar una canción cuyo ritmo parecía alegre y feliz, y todos esos malditos zombis empezaron a bailar, con ella cantando. Recuerdo esa letra, era algo así:

Aún cuando haya guerra,                                                                                                             aún cuando haya perras,                                                                                                                 aún cuando tengas pena                                                                                                                   y la mamá esté enferma,                                                                                                                   las risas serán eternas.

Esto no era nada cómico, aún cuando los zombies bailaban de forma graciosa, es más me aterró aún más y salí corriendo, y ellos me seguían.

No huyas de la comedia,                                                                                                                 las risas te seguirán,                                                                                                                         y te esperaran,                                                                                                                                 no podrás escapar.                                                                                                                       ¡Perra, al final te reirás!

Cuanto más lo escuchaba, más deprisa me daba, quería escapar de ellos, y esos monstruos, que hacían coreografía a la vez que andaban a por mí, parecía que no tenían prisa en atraparme.

¿Tu vida no tiene sentido?                                                                                                             ¿El mundo está maldito?                                                                                                             ¿Tus amigos son unos malnacidos?                                                                                           ¡Búrlate de todo, absolutamente de todo!

¿Tú novia te ha abandonado?                                                                                                     ¿Tu perro ha sido asesinado?                                                                                                     ¿Tu país ha sido quemado?                                                                                                           ¡Búrlate de todo,                                                                                                           absolutamente de todo!

Esa era la letra mientras llegaba al fin del pasillo. Había una puerta, pero estaba cerrada y yo intentaba abrirlo, incluso le daba patadas. No miraba hacia atrás, pero sabía que ellos se acercaban poco a poco hacía a mí, haciendo una coreografía impresionante. Y ella seguía cantando.

Deja de estar triste,                                                                                                                         hace tiempo que perdiste.                                                                                                       ¡Búrlate de todo,                                                                                                             absolutamente de todo!                                                                                                             ¡Déjate ser feliz,                                                                                                                                 aún cuando te mate la perdiz!

— ¡Para esto, por favor! ¡Por favor! ¡Deja esta horrible broma, te lo pido! ¿No tienes piedad o qué? — Le suplicaba, sin parar de llorar, mientras intentaba abrir como una loca la dichosa puerta. No sabía lo que estaba ocurriendo, pero me importaba una mierda saberlo, solo quería salir viva de eso.

— ¡Que aburrida eres de verdad, maga…! ¡Me haces trizas el corazón, pero no importa…! ¡Te unirás a este festival de humor! ¡Con nosotros, para siempre…! —  Esas palabras fueron tan siniestras que me impulsaron a golpear con las manos la puerta clamando auxilio, entonces los zombis empezaron a cantar.

No podrás escapar,                                                                                                                       porque disfrutarás,                                                                                                                         por toda la eternidad.                                                                                                                       ¡No llorarás,                                                                                                                                     porque feliz estarás!                                                                                                                   ¡Baila con nosotros                                                                                                                           sin parar!

Al decir eso, entonces se abalanzaron sobre mí, y yo grite como loca, y les llore a mis papás, a mi familia, a todos, les suplicaban que me salvaran, pedía que algo me salvaría. Y veía a esa chica, mirándome con la sonrisa más perversa posible y viendo cómo me descuartizaban viva esa legión de zombis.

— ¡Bienvenida a la mejor comedia de todas! ¡La muerte de Khieu! — Tras eso, se rió perversamente y no pude recordar más, aunque al final eso no fue mi muerte, ni mucho menos, porque pude abrir los ojos.

Al despertar, me di cuenta de que estaba en la cama de un hospital, de uno que funcionaba. Mis familiares  me dijeron que unos chavales me encontraron desmayada en la entrada del abandonado. Todos me preguntaron qué me había pasado y mi respuesta era la misma:

— No lo sé… —

Esta fue mi historia, no sé si aún era todo soñado o pura realidad, pero lo que sí sé, es que por culpa de eso le empecé a tener miedo a esa niña, y a los hospitales.

FIN

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