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Recordando en una tarde de verano, quincuagésima cuarta historia

Solo habían pasado cinco minutos desde que yo y Mao nos quedamos encerrados en el ascensor del centro comercial, y parecía una eternidad. Lo peor es que estaba con aquel maldito travestí. Fue toda una horrible y fea casualidad. Cuando entré rápidamente, él estaba ahí y nos quedamos con la boca abierta, preguntando al otro mutuamente qué hacía ahí. Al cerrarse la puerta, vino ese corte de luz y nos quedamos atrapados. Después de golpear la puerta y gritar como locos, estábamos tirados en el suelo, viendo cómo pasaba el tiempo.

― ¡Hey, Nadezha, no deseo morir aquí, contigo! ¡Haz algo para hacer saber al mundo que estamos aquí, atrapadas! ―

― Hazlo tú, yo no quiero gastar mis energías. ―

Si les digo la verdad, parecíamos unos perezosos que no habían encontrado su árbol y estaban acostados en el suelo, esperando algo. El ambiente era de puro aburrimiento, tanto que el maldito de Mao se empezará a interesar por mi pasado.

― ¡Oye, shotacon! ¿Cómo conociste a tu novio chiquitito? ―

No sabía que quería decir él, exactamente, con “shotacon”, pero eso me molestó de todos modos, porque seguro que era algo insultante.

― Si tenía ganas de moverme, te habría destrozado la boca, …pero en fin, es una larga historia…―

Aún a pesar de que dije eso, decidí contárselo. Supongo que debía ser porque estaba harta del aburrimiento y eso quizás me podría distraer.

Tras estar unos minutos recordándolo, empecé mi narración. Eso fue casualmente en un catorce de febrero, el día de San Valentín, hace dos o tres años.

Era después de un incidente que sufrí con Mao y a quién le reproché, mientras le contaba la historia. No voy a mencionar lo que nos pasó, y él ignoró eso sorprendente con silencio.

Estaba llorando, caminando sin rumbo, como un intento de tranquilizarme y no dejaba de insultarle sin parar. También estaba muy enfadada, tanto que deseaba darle una paliza al primero que pillaba.

Tras sentarme en un banco de un parque, escuchaba la sirena de un colegio cercano que anunciaba la salida y que me recordaban que yo había faltado a clases. A continuación, el lugar se lleno de niños que se dirigían a sus casas y cuando volvía a estar casi vacío, observé que cerca de una fuente unos criajos le estaban molestando a otro.

Aquellos desagradables niñatos, entre risas, estaban jugando con la maleta de aquel chico, como si fuera un balón, mientras éste intentaba recuperarlo.

No pude aguantar tal escena. Yo no toleraba ese tipo de abuso, sea cuál sea mi estado, pero ese día estaba tan enfadada que esos chicos fueron víctimas de mi furia. Es decir, en otras circunstancias, podría haberles asustado o algo parecido, y no había actuado tan violenta como aquella vez. A uno le di en la entrepierna, a otro le rompí la nariz e incluso al más feo de todos le iba a partir el brazo, pero me pude controlar y ellos salieron corriendo, llamando por su mamá.

― ¡Gracias, muchas gracias, por haberme salvado! ― Entonces el chico que estaba siendo molestado me dijo esto. Al dirigir mi mirada y ver su sonrisa de agradecimiento, me calmé y mis ánimos mejoraron un poco. Luego, me di cuenta de que su rostro se me hacía muy familiar.

― No ha sido nada, me repelan esas cosas…―

Le dije a continuación, poniéndome extrañadamente colorada. No entendía el porqué, pero quería salir corriendo de ahí, como si me daba cosa seguir un minuto más con aquel chico. Pero insistió tanto en recompensándome que, al final, fui invitada a comer con él en una cafetería cercana. Después de charlar un poco, le pregunté cómo se llamaba:

― Entonces, ya sabía yo que me sonabas de algo… ― Eso solté perpleja, tras haberlo escuchado. ― ¡Tú eres el hijo de un amigo de mi tío! ―

No lo pude reconocer, había cambiado muchísimo.

― ¡Oh, en serio! ¡Vaya casualidad!- Eso decía mientras bebía con una pajita una bebida, algo que me pareció muy lindo. ― ¡Que me hayas salvado ha sido el destino! ― Creo que le estaba mirando demasiado.

― Es más, creo que te conocí, pero mi memoria es muy mala… ― Sabía que lo había conocido, pero no lo recordaba. ― ¡Bueno, no importa! ¿Cómo le van las cosas a él? ―

Entonces, mientras hablaba con él, empecé a recordar que tanto mi tío como su padre hacía años que no se veían, porque se pelearon y terminaron odiándose. Al momento, lo comparé con lo que me había pasado con Mao y me puse triste. Al darse cuenta de eso y preguntarme qué me pasaba, le dije que nada y cambié de tema, empezamos a hablar de nuestros familiares. Entre unos de los temas que tocamos, sin yo desearlo, era la muerte de mis padres. Vladimir me dijo que lo sentía por eso, sintiéndose culpable por haber tocado el tema.

Al final, volvimos a hablar sobre la mala relación que había entre mi tío y su padre, llegando a esta conclusión:

― Si nos vieran ellos, seguro que nos matarían por relacionarnos con el “enemigo”. ― Y terminé riendo.

― No creo que se odien tanto… De todos modos, esos son cosas de los mayores, nosotros no tenemos nada que ver. ― De ahí pudo terminar la conversación y volver cada una a nuestras casas, pero él, entonces, me pidió un favor.

― ¡Sabes, eres muy fuerte! ¡Pareciste como Jackie-Chan! ¡Por eso, por eso, deseo ser tan fuerte como tú! ¡Enséñame a luchar! ―

Eso no lo vi venir, lo sentí cómo un fuerte alabo y me puse más roja que el tomate. Le dije modestamente que yo tampoco era tan fuerte y le deseaba decirle también que no sabía entrenar niños, pero al verle suplicando, con todas sus fuerzas y con esa cara de cachorito que puso; no podría decir un no por respuesta.

― Vale, vale. ― Al final, acepté y él se puso muy feliz, tanto que me contagió, aunque estaba algo preocupada porque nunca había enseñado a luchar a alguien. En fin, pensaba que, con explicarle cómo dar golpes en los lugares correctos y defenderse, podría hacerlo mucho más fuerte.

Empezamos a reunirnos en el parque los fines de semanas, y ahí le enseñaba cómo ejercitar los músculos y correr sin parar. Él nunca protestó, ni preguntó por qué teníamos que hacer esas cosas; solo estaba concentrado en ser más fuerte, tanto que me hizo preguntar si tenía una verdadera motivación que no fuera el que protegerse contra matones. Por esa razón, un buen día se lo pregunté:

― ¿Supongo que quieres ser fuerte para que no te pegaran más, no? ¿Se meten mucho contigo? ―

― En realidad, esos estúpidos de que me salvaste estaban molestando a un amigo desde hace tiempo. Al ver que nadie lo defendía, decidí hacerlo yo y luché contra ellos. Al final, fueron a por mí y mi amigo me abandonó.  ― Esa fue la respuesta que me dio.

― ¡Qué hijo de puta! ¡Maldito cabrón! ―Se me hirvió la sangre con solo escucharlo, y indirectamente me recordó mucho a lo que me hizo el maldito de Mao. Me dije a mí misma qué era un asco tener malos amigos.

― Si es verdad…― Lo dijo con tal tristeza que me afectó mucho, de alguna manera. Iba a decirle alguna que otra cosa para consolarle pero él saltó primero antes de que se me ocurriera algo:

― ¡Pero…! ¡Al verte luchar, a defenderme aún cuando no sabías quién era, decidí que yo también haría esas cosas! ¡Ayudar a la gente en apuros! ¡Pero, antes debo ser capaz de valerme por mí mismo…! ―

Eso me alegró bastante el corazón, aparte de que me pusiera muy roja. Había hecho que un niño eligiera un buen motivo para aprender a luchar, aunque sentí que me estaba idealizando.

Gracias a aquellas palabras, cada vez pasaba más tiempo con Vladimir, enseñándole cómo habría que dar patadas y puñetazos, sin descanso. Me ayudaba a olvidar los problemas que había tenido con Mao y era bonito estar a su lado. Así, poquito a poco, me estaba enamorando de él.

Cada día estaba más abobada con él, que incluso una vez, me despisté y me dio un golpe en la cara que me rompió la nariz. Recuerdo que él estuvo todo el rato sin parar diciéndome perdón y yo le decía que no pasaba nada. Al final, me invitó a comer un helado.

― No tenías que hacer esto, fue mi culpa que me pasará eso. ― Eso le decía avergonzada, mientras me daba un cucurucho y nos estábamos sentando en una de las mesas de la heladería.

― Pero es que pegar a una mujer no está bien, eso dice mi padre. ― Realmente él estaba arrepentido.

― Aunque algunas se lo merecen. ― Se me escapó ese comentario, estaba recordando a cierta persona. Él se quedó en silencio y yo, avergonzada, le dije que no diera importancia eso.

Tras terminar nuestros helados y nuestra conversación sin sentido, cada uno iba a volver a su casa, pero al verle ir, sentí algo en mi pecho, pensaba que era demasiado pronto para separarnos, pero no sabía qué le iba a decir para que se quedase un rato conmigo más. Entonces, se me ocurrió lo de ir a un cine.

Él aceptó y al rato, fuimos a uno. Yo decidí que él eligiera y estuvo pensando durante un buen rato, al final eligió algo que pensaba que me iba a gustar a mí, sacrificando ver las películas de dibujos animados que se estaban estrenando. Era una de amor.

En verdad, era bastante mala y aburrida. Y lo único que me entretuvo fue la escena del beso, solo por el hecho de imaginarme a mí y a él besándonos. Me puse muy roja, al momento.

― ¡Espera, espera…! ― Eso me decía, más bien, me gritaba, totalmente avergonzada, levantándome de golpe del asiento. ― ¿En qué mierdas estoy pensando? ―

Me tapé rápidamente la boca y todos me gritaron que me callara, con mucho enfado. Yo les dije perdón y me senté, pensando en qué me estaba pasando. Me decía que imaginar eso no debería ser un indicio de estaba enamorada, y menos de un niño, pero la verdad es que intentaba mentirme a mí misma.

Mientras tanto, él se quedó dormido del aburrimiento y yo al verle así, a la vez que intentaba aclararme las ideas, me entraron ganas de darle un beso en la boca, preguntándome cómo se sentía eso.

― ¡Idiota, idiota! ― Me di unos o tres guantazos a mi cara mientras gritaba eso. ― ¿En qué estás pensando, por el amor de Dios?  ―

Fui regañada otra vez por todos los que veían esa película, que era solo era salvable por tres o cuatro escenas.

Entonces, mientras terminaba aquel bodrio, me di cuenta de que yo estaba enamorado de un simple niño y eso me dejó en shock, porque eso no era normal, para nada. Me sentía algo asqueada conmigo misma y tras volver a casa, estuve bastante pensativa, preguntando qué podría hacer. Al final, tras no poder pegar ni un ojo, decidí actuar como si no hubiera pasado nada.

En los días siguientes, seguí enseñándole cómo ganar peleas, mientras me debatía conmigo mismo. No sabía qué hacer, si alejarme de él lo más rápido, quedarme como amiga sin llegar a más, decirle que estaba enamorada entre miles de opciones que no puedo recordar ahora, pero estaba hecha un lío. Y cada día que pasaba, su lindura y su personalidad hacían empeorar mi enfermedad.

Hasta que un buen día, mientras le estaba esperando en el parque de siempre, llegaron unos niños en su lugar:

― ¡Hey, hey, chica del pelo blanco! ¿Eres Nadezhda? ― Eso me gritaron, y tras decirles sí, ellos rápidamente me dijeron algo que me hizo preocupar.

― ¡Vladimir está metido en un gran problema! ― Me decían.

Por el camino, me explicaron que hacía unos días, él defendió a un chico de los abusones de la otra vez y los derrotó, pero éstos, tras ser humillados, decidieron llamar al hermano de uno de ellos y que le dieran una paliza.
Él, al ver que le perseguía un adulto que fue cinta negra en karate, se escondió y les pidió que me llamaran.

― ¡Malditos criajos, llaman a un adulto cuando ven que ellos no pueden! ¡Qué despreciables! ― Eso grité de rabia, cuando terminé de escuchar la historia. No iba a permitir tal cosa. Al final, entramos en un edificio en construcción, situado en las afueras de la cuidad. Parecía que le faltaba poco para terminar y era un laberinto, porque nos perdimos. De todas maneras, pudimos encontrar a Vladimir, quién estaba escondido detrás de unas escaleras, temblando de miedo.

― ¡Oye! ¿Estás bien? ― Le pregunté esto cuando lo encontré. Tras sobresaltarse por mis palabras, se alivió al ver que era yo, pero también se puso triste, tal vez porque le estaba viendo actuar como un cobarde.

― Perdón por ser un cobarde, yo…― Eso me dijo, bastante avergonzado.

― ¡No importa! ¡Ahora lo importante es salir de ésta! ― Y eso le repliqué, mientras le levantaba del suelo, ya que estaba sentado.

Mi plan era sencillo, darle una paliza al cinta negra, porque seguro, que éste no iba a escuchar nadie, salvo a su hermano y a sus amigos. Tras decirles a los demás esto, todos se pusieron a temblar:

― ¿En serio, te atreves con él? Pero dicen que es una completa bestia. ― Y exageraban.

― Dicen que una vez mandó a un policía a un hospital. ― Demasiado, tanto que me estaba dando risa.

― Y que el director se mea encima cuando lo ve. ― Y lo más hilarante y triste es que ellos mismos se lo creían.

― Y que levanta bloques de hormigón. ―Pero a mi nada de esto me asustaba, ya que una cosa eran los rumores y otra la pura realidad. Deseaba comprobar realmente de qué madera estaba hecho.

― Y dicen que yo he matado osos. ― Esto lo dije a continuación, de pura ironía, para poner en relieve que lo que decían eran puras estupideces, productos de una exaltada exageración; pero se lo tomaron muy enserio.

Entonces, empezamos a escuchar voces y los chicos se pusieron a temblar como nunca. No hizo falta que nosotros fuéramos por ellos, porque esos matones, gracias a un chivato, supieron dónde estaba Vladimir y entraron en el lugar en su busca. No dejaban de gritar que él saliese de ahí y que mostrará la cara, y todos los niños, aterrados, se escondieron junto a él.

― ¡Tú eres nuestra única salvación! ¡Salva nuestra vida, chica blanca!― Eso me decían los niños.

― No hay más remedio, después de todo… ― Eso dije y salí para encontrarme con ellos. Los vi en uno de los pasillos del edificio. Eran los abusones que se metían con Vladimir cuando nos conocimos, más un adulto joven. Ese chaval medía casi dos metros y parecía un palito, y con esa cara de vaca que tenía podría asustar a cualquier. Cuando los pequeños matones me vieron, echaron a temblar. Aún recordaban la paliza que les había dado.

― ¡Hey… Hey, hermano! ¡Esa chica, esa chica nos pegó! ¡Ella! ― Eso le gritaban, mientras me señalaban.

― ¿No era un chico? ¿Y no os da vergüenza ser pegados por una mujer? ― Tras decir eso, me observó detenidamente unos segundos y su mirada me dio arcadas, parecía que tenía ganas de hacerme alguna cosa fea.

― No, eso fue hace tiempo…― Lo decía uno, mientras los demás estaban avergonzados, mirando hacía al suelo. ― No te lo dije porque no me creerías. ―

― ¡Eso no importa…!― Les grité, a continuación. ― ¡Estoy aquí para que no le peguen a un niño, que solo defendió a otros de esos brutos enanos! ―

Tras soltarles esto, aquel capullo, con mucha altanería, me dijo esto: ― ¡Yo les prometí que lo pegaría, y lo haré, además tengo que desquiciarme! ¡Así que, quítate de ahí, mujer, si no quieres ser lastimada! ―

― ¡Pues adelante! ― Me puse en posición de combate. ― Demuéstrame que eres un cinta negro de eso. ―

Y él, poniendo una cara muy desagradable, fue a por mí. No duró ni un minuto la pelea, y le deje tan K.O. que quedó desmayado. Los abusones salieron corriendo, olvidándose de él.

― Si ni siquiera habíamos empezado. ― Eso dije, asombrada, ya que no era nada comparable a las pelas que tuve con Lafayette. Los niños se acercaron y, al ver que él se quedó tirado en el suelo, todos quedaron sorprendidos. Me dijeron un montón de elogios y de que yo era la más fuerte del barrio. A continuación, salimos corriendo de allí, para que la policía no me pillara y me mandaran a la comisaría. Tras separarnos de sus amigos, Vladimir y yo estábamos andando sin saber a dónde íbamos, pero así estaba bien, solo quería estar lo más posible con él.

― ¡Yo ya sabía que eras capaz, pero aún así fue impresionante! ― Mientras tanto, él me seguía alabando.

― No es para tanto…― Decía totalmente enrojecida. ― No es bueno que una chica sea tan fuerte. ― Eso lo solté, por decir algo, porque no sabía de qué hablar, estaba perdida en mis fantasías.

― ¿Y por qué no? ― Me lo dijo tan seriamente que no supe muy bien qué decir.

― En verdad, no podría decirte, pero no habría ningún hombre que se acercaría a mí. ― Tras decir eso, se me escaparon unas risas de lo nerviosa que estaba. Me quería tapar la boca porque solo sentía que decía tonterías.

― Pues a mí, me gusta eso. ― Al decir estás palabras se detuvo, y yo al darme cuenta, gire hacía él y lo veía también con la cara roja, mirando al suelo, parecía que estaba preparando para decir algo. Yo ya estaba intuyendo de qué trataba y mi corazón se me aceleró aún mucho más. Y cuando estaba preparado, lo dijo claro y fuerte.

― Porque después de todo, es por eso que me he enamorado de ti, Nadezdha. ―

Fue lo más hermoso que había oído en toda mi vida y pues ya podrán imaginar el resto.

Y con esto terminé de contar mi historia, incapaz de asimilar que le hubiera contando algo así a Mao. Es decir, me arrepentí al momento. Pero al darme cuenta de que no le escuché quejarse ni burlase, giré mi cabeza hacía él y vi que éste estaba durmiendo como un lirón. Había estado contando mi bonita historia de amor para nada.

― Después de todo el esfuerzo que me ha costado contar todo esto… ―

Eso me decía algo enfadada y molesta, pero aliviada de que éste, al final, no lo hubiera escuchado. Tras soltar esas palabras, di un gran suspiro y cerré los ojos, porque tenía muchísimo sueño. Me quedé dormida hasta que fuimos rescatados.

FIN

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