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Buenos dias desde Hawái, quincuagésima quinta historia

El aeropuerto de Honolulú es el primer lugar a que llegan todos los que vienen a Hawái a disfrutar del sol y de sus hermosas playas, aunque hay unas personas en especial que no han llegado a allí por gusto.

— ¡Por la virgen de Guadalupe! — Gritaba una mientras estaba sentada en unos de los asiento del terminal. — ¡Esto es un infierno, me estoy derritiendo! —

Esas palabras eran nada más ni nada menos que de Josefina, quién estaba acompañada de más personas.

— Es curioso que sea precisamente hoy cuando se le rompieron el aire acondicionado. — Esto decía Malan, vestida con un caluroso kimono, mientras leía un panfleto que encontró.

— ¡No te quejes! — Le decía Jovaka, mientras agarraba fuertemente a Mao.  — ¡Todo esto es por tu culpa, Josefina! ¡Idiota, que eres idiota! —

Esto lo decía él, mientras intentaba quitársela de encima: — ¡Por Buda, hace calor, suéltame, por favor! —

Alsancia-Lorena también estaba con ellos, y estaba sentada en el asiento, junto a Josefina, el calor hawaiano le estaba sentando fatal.

En ese día, Hawái estaba teniendo uno de sus días más calurosos, y a las chicas les habían quitado las ganas de estar en aquel lugar en mitad del Océano Pacifico, aunque en primer lugar nunca quisieron estar allí.

-¿Y ahora qué vamos a hacer? — Decía Josefa. — Estoy harta de esperar aquí, llevamos desde la madrugada en este maldito aeropuerto.-

Mao no supo que decir, porque estaban esperando a que la compañía o algo les solucionase sus problemas, pero no hubo respuesta por parte de ellos por el momento, y eso que llevaban muchísimas horas esperando.

Nadie podría creer lo que le habían pasado, y sobre todo jamás imaginaron que lo que iba a ser una despedida en un aeropuerto se convirtió en un viaje gratis a Hawái.

— ¡Vamos, Mao, todos! ¡Qué vamos a llegar tarde! — Eso le gritaba Josefa a los demás hace unas cuantas horas atrás, a las cinco de la tarde de ayer, cuando salían de golpe de un autobús, que los paró en el aeropuerto de Bogolyubov.  Y no solo era Mao y Josefina, ni Alsancia, Jovaka ni Malan, también los canadienses y la prima Emilia. Todos salían con prisas, ya que estaban llegando tarde a algo.

— ¡Vamos, vamos, Emilia, que te vas a perder el avión! — Le gritaba Josefa, mientras entraban en la terminal. Le quería decir a Josefina que mejor así, ya que deseaba quedarse en Shelijonia con ella y sus amigas. Las iba a echar mucho de menos y por eso no les recordó a los demás de que se iba a ir, tras pasar su última noche en suelo norteamericano en la casa de Mao con toda la pandilla.

— ¡Sería el colmo si eso pasará, después de arruinarme para que todos pagaran el maldito autobús! — Eso dijo Mao al escuchar las palabras de Josefina y obviamente exageraba, pero era normal, ya que le dolió mucho gastarse tanto dinero en el transporte de todos.

Cuando la madre de Josefina, su hermano y el resto de la familia vieron a todo el grupo, se quedaron asombrados por la cantidad de gente que iban a despedirse de ellos. El padre de Emilia dijo con gran satisfacción que su hija hizo muchos amigos, mientras su hermana se puso a hablar con Clementina. Solo faltaban diez minutos para el embarque.

— ¡Pues bueno…! — Decía Josefa a su prima, algo avergonzada. — A pesar de que somos archienemigas…— Se puso a mirar al suelo, más roja que antes. — Me lo he pasado muy bien contigo, y pues espero que algún día que ese rencor que tienes conmigo desaparezca. — Al decir estas cosas, dio un gran suspiro de alivio, porque, pudo decir aquellas palabras.

— Pero si yo…— Emilia le iba a decir algo, pero fue interrumpida por su padre.

— ¡Vamos, chamaca, que el avión se irá sin nosotros! — Le dijo eso mientras salía corriendo hacía al lugar del embarque.

Quería decirle a su prima que nunca le tuvo rencor ni nada parecido, que era su favorita y quería quedarse con ella y los demás para siempre, pero tuvo que salir corriendo sin decirlo. Y todos les decían adiós con las manos, mientras ella se alejaba con ganas de llorar. Josefina, aunque no lo reconocía, también tenía ganas de llorar y fue entonces, cuando se dio cuenta de que su prima había olvidado algo.

— ¡Oh, no! — Gritó eso unas cuantas veces, mientras sacaba algo de su bolsillo. Los demás le preguntaban qué le pasaba y ésta fue su respuesta:

— ¡Se me olvido que tenía que entregar el pasaporte de mi prima! — Gritaba eso mientas salía corriendo, a la vez que cogía de las manos a Alsancia y a Malan. — ¡Tengo que devolvérselo! —

— ¿Pero hija, qué haces tú con eso? — Esto fue lo primero que dijo para darse cuenta de otra cosa: — ¡Espera, Josefina, por ahí no han ido! —

Mientras la madre gritaba sin moverse ni un pelo, Mao, acompañado de Jovaka, salieron detrás de ellas para decirle que estaban entrando en el lugar equivocado.

En ese mismo la seguridad que vigilaba la entrada del avión de la ruta Bogolyubov-Hawái no estaban muy bien. Los vigilantes tenían el estomago hecho polvo, por culpa de una cena en que participaron los trabajadores ayer, y en el preciso momento en que Josefina y las demás iban a aparecer, le entraron unas ganas desesperadas de ir al servicio.

— ¡Esperen, aquí, un segundo! ¡Ya volveremos! — Le decían a los pasajeros mientras corrían cómo nunca hacía al baño. Los pasajeros, hartos de las molestas inspecciones, no le hicieron ni caso y pasaron al puente de embarque lo más rápido posible. Y Josefina, junto con Alsancia y Malan, entraron con ellos, y un poco más tarde, Mao y Jovaka.

— ¿Emilia, Emilia, dónde estás? — Gritaba una y otra vez Josefina mientras entraban en dónde estaba la primera clase. Mientras tanto, Alsancia le intentaba decir que no estaban aquí, que se habían equivocado de avión, utilizando el lenguaje de los signos; pero no le hacían caso y Malan estaba callada, esperando qué iba a ocurrir.

Mientras tanto, Mao, tras entrar en el avión, se dirigió hacia los servicios.

El pobre se estaba aguantando las ganas de hacer pipí, y tras correr de esa manera, no podría más y se fue directo hacía allí, ante una Jovaka sorprendida.

— ¡Mao, ahora no es el momento de hacer tus necesidades! — Eso le soltaba Jovaka, tras ver que él se metió en los servicios del avión, y quedarse en la puerta.

— Solo es un momento, un puto momento. — Tardaba más de lo que esperaba.

Y mientras Josefa gritaba sin parar, los pasajeros empezaron a protestar y tuvo que venir la azafata a poner orden.

— ¿Qué os pasa, niñas? ¡Dejen de gritar y vuelvan a sus asientos, que estamos a punto de despegar! —

Entonces Josefa le explicó lo que estaba ocurriendo pero a su modo, soltando cientos y cientos de palabras que nadie podría descifrar. La azafata no se enteró de nada y decidió sentarlas de una vez, y eso que Josefina seguía intentando explicárselo una y otra vez en vano.

— ¡Sean buenas chicas y no molesten a los demás! ¡O si no vuestra madre os va a regañar! — Eso decía mientras me marchaba y cuando empezaron a decir que el avión estaba a punto de irse. Alsancia por señas y señales le preguntaba a Josefa qué deberían hacer algo.

— No te preocupes Alsancia, según esa señora, mamá está aquí y nos va a recoger. — Josefina no se dio cuenta de estaba confundiendo totalmente la situación. Esto, mientras Malan miraba tranquila desde la ventana del avión.

— ¡Oye, date prisa, qué el avión se va! — Eso le gritaba Jovaka desde el otro lado de la puerta a Mao, tras escuchar que el avión iba a despegar, pero es que a él, al terminar de hace pipí, le entraron ganas de hacer lo otro, y entonces el avión despegó hacía su destino.

Sentir las turbulencias del despegue, mientras estaban en los servicios, fue una experiencia realmente horrible para ellos dos, que incluso exclamaron esto, cuando vieron que el avión ya estaba estable: — ¡Jamás volveré subir a un avión! —

Lo decían con ganas de vomitar y media mareadas, pero se pudieron recuperar rápidamente. Salieron de los servicios, buscando a Josefina, a Alsancia y a Malan.

Por otra parte, sentadas en unos asientos en tercera clase, Josefina intentaba tranquilizarle a Alsancia, que casi le iba a dar un ataque de pánico, después de que fueran incapaces de poder salir del avión antes del despegue.

— ¡No todo está tan mal! — Le decía Josefina, con muchísima confianza. — Vamos a México, bueno…— Se quedó pensativa, recordando todas las cosas malas que contaba su familia. —Vamos al norte, no creo que está tan mal como dice la gente. — Rió nerviosamente.

Alsancia quería explicarle el malentendido que se formó ella, pero estaba más preocupada de cómo podrían sobrevivir en una tierra desconocida las tres solas y sobre todo cómo volver a Shelijonia. Era un buen momento para demostrar su responsabilidad como adulto, pero recordaba lo que pasó cuando se iba a ir al concierto junto a Josefina y se ponía mala.

— Pues en una noticia mexicana que leí hace poco sobre el lugar adónde supuestamente vamos a ir…— Malan dijo “supuestamente” porque sabía que no iban a allí.  — Dispararon a un hombre y a su familia mientras estaban paseando por una plaza concurrida de gente. —

Josefina le miró con una mirada molesta a Malan, diciéndole que no dijera eso, que solo iba a empeorar mucho más el estado de ánimo de Alsancia.

— Pero yo he estado allí, así que os podré proteger de esas feas pandillas de narcos. —

El silencio reinó entre ellas por unos segundos. Ninguna creía, ni siquiera Josefa que iba a protegerlas, en el hipotético caso de ir allí. Y entonces otra persona rompió el hielo:

— ¡Por fin os he encontrado! — Esas palabras sobresaltaron a las tres, que miraron hacia atrás y vieron a Mao y a Jovaka.

Gritaron de pura alegría, al ver que Mao y Jovaka también terminaron como ellas. A continuación, Alsancia dio un gran suspiro de alivio, Josefa se abalanzó a abrazarlo y Malan le preguntó cómo acabaron así.

Después de eso, empezaron a hablar sobre su situación y, por fin, se dignaron a decirle la verdad a Josefina:

— Así que, esto no va hacía México, sino hacía otro lugar. — Eso soltó, muy sorprendida.- ¿Pero, entonces y Emilia? —

Mientras tanto, en Shelijonia, Emilia y su padre se quedaron en tierra, junto a los canadienses y a la familia de Josefina. Buscaron a Mao y a las demás por todo el aeropuerto bastante alterados, hasta enterarse por testimonios de algunas personas que ellas se montaron en un avión hacía Hawái. No tenían ni idea de cómo solucionar esta locura que había provocado esa chica.

— Como siempre, mi prima metiéndose en problemas a lo grande, incluso cuando era mi último día en Estados Unidos, ¡ella no tiene remedio! — Concluyó Emilia en voz baja, tras ver lo que había provocado Josefina.

Volviendo a Josefa y los demás, se estaban preguntándose a dónde iban.

— ¿Tú, Malan, sabes a dónde nos vamos? — Le preguntaba Mao, mientras ella estaba mirando la ventana y cuando le iba a contestar, un pasajero abrió la boca y se los dijo:

— Vamos hacía Hawái. —

— ¡Oh dios, hay volcanes, es muy peligroso ese lugar! — Gritó Josefina, muy asustada. Alsancia y Malan le miraron mal, diciéndole que era mucho más seguro que ir al norte de México.

— Por lo menos, no hemos salido de Estados Unidos. —Eso dijo Mao muy aliviado.

— Pues si ese es nuestro destino, el viaje va a ser muy largo. — Eso decía Malan, mientras Alsancia se estaba imaginando una versión estereotipada de aquellas islas y Jovaka le preguntaba a Mao dónde estaba ese lugar. Este fue el inicio de una larga travesía por el Pacifico, tan larga como aburrida.

— ¿Cuándo vamos a llegar, Mao? — Le preguntó Josefa, tras haber pasado unas cuantas horas. La respuesta de éste fue que iba a ser pronto, después de saborear la cena que le prepararon y que casi escupió de lo malo que estaba.

No era la primera vez que le preguntaban, ya que estaban todo el rato soltando eso. Ni tampoco iba a ser la última, incluso cuando estaba durmiendo.

— ¡Mao, Mao! ¿Cuándo vamos a llegar? — Con estas palabras, que procedían de Jovaka, lo despertaron y con mal genio le dijo que se fuera a dormir. Eso fue a las once de la noche, aunque Mao no pudo dormir más. Lo intentó durante horas y cuando creía que podría conciliar el sueño, Josefina se lo arruinó:

— ¡Oh, Dorotea…—Esto lo decía Josefina en sueños. — Salvaremos a Mao… — Lo decía cerca de la oreja de Mao. — y a Nadezha…volverse amigas! —

— ¡Maldita Josefina! ¿Puedes callarte? — Eso se decía Mao, tras taparse los oídos. A continuación, cuando definitivamente iba a dormir de una vez, el avión aterrizó, siendo despertados todos en el proceso.

— Puñetero avión…— Añadió molesto Mao, después de notar de nuevo las horribles turbulencias y escuchar a la azafata que llegaron a Hawái. Maldiciéndolo todo, empezó a despertar a las chicas, quienes estaban profundamente dormidas. Le costó muchísimo hacer que abrieran los ojos, mientras pedían dormir más y se quejaban, y se levantaran de sus asientos.

— ¿Qué hora es? — Preguntaba Josefina, tras bostezar del sueño. Todas estaban igual que ella, cuando habían llegado al terminal de entrada. A pesar de que era de noche, el lugar estaba brillante y había mucho movimiento de personas.

— ¿No duermen esta gente? — Se preguntaba muy sorprendida Jovaka, al ver esto.

Tras eso, la pregunta más frecuente en ellas fue qué iban a hacer. Mao se acercó a la compañía para explicarle lo que había pasado y tras soportar las burlas de ellos, le tomaron en serio y le dijeron que iban a intentar hacer todo lo posible. También llamó para decir que estaban bien y que esperasen un poquito, teniendo que soportar la furia de la madre de Josefina. Al final, tras una hora y media, volvió con las demás. Al ver que la mexicana se le acercó rápidamente con cara de inspiración cuando lo vio, supo que esta quería hacer algo, en el momento que menos quería hacer algo.

— ¡Hey, hey, Mao! ¡Ya que nosotras estamos aquí vamos a salir cómo es Hawái! — Mao le quiso decir que no, pero Josefina salió corriendo de la terminal.

— ¡Josefina, no te vayas de aquí! — Le gritaba Mao, mientras corría detrás de ella, y las demás se fueron con él, viendo así a un Honolulu brillante en mitad de la oscuridad.

Gritaba sin parar a todos los que veía que venían de Shelijonia y que era mexicana. Muchas de las personas que la oían, se decían mentalmente que a ellos les importaba bien poco. Mao le repitió que no se fuera de ahí, pero ella no le hacía ni caso. Al final, Josefina paró de correr cuando entraron en la ciudad.

— ¡Oye, tú! ¡Te estaba diciendo que no te salieses del aeropuerto! — Le decía Mao, cuando la alcanzó.

— ¡Pero Mao, ya que estamos aquí, deberíamos visitar la ciudad! — Le dijo eso Josefa.

— ¡Lo dices como si fuéramos turistas! — Mientras decía eso, Josefa empezó a andar y luego le soltó esto:

— ¡Hay que ver el amanecer, cómo es el amanecer en Hawái! —

Mao, aún cuando le parecía una estupidez eso, decidió hacerla caso y todos se fueron al parque al cercano para observar el amanecer. Después de andar sin rumbo, llegaron al Hoaloha Park.

— ¿No creen que este parque es un poco siniestro? — Decía Josefina mientras miraba como estaba de vacío el lugar, no había ni un alma.

— Tú no querías amanecer, pues un buen sitio para verlo. — Eso le gritó Mao mientras le señalaba el este, con los rayos del sol empezando a salir.

Entonces todas vieron, como si estuvieran embrujadas, cómo el sol pintaba el cielo de luz y color mientras salía tímidamente. Observaban realmente boquiabiertas y con los ojos bien abiertos el espectáculo, diciéndose en sus mentes que lo que estaban viendo era realmente hermoso. Por un momento, se olvidaron de todo ese viaje que hicieron sin querer, del feo embrollo en el que estaban metidas; aquel acontecimiento diario y corriente les parecía tan increíble que no hubo otros tipos de pensamientos durante un buen rato.

Entonces, Josefa, inspirada por el amanecer, decidió romper el silencio:

-¡Buenos días, Hawái! ¡Buenos días!- Lo gritó lo más fuerte que pudo para que todos se enterasen. Por suerte, sus gritos no llegaban a las casas que rodeaban el parque, dónde había gente que aún seguía durmiendo.

Tras ver el amanecer, volvieron tranquilamente al aeropuerto para esperar a que arreglaran el asunto, y así pasaron horas y horas, sufriendo el horrible calor de Hawái, preguntándose cuándo volverán a pisar Shelijonia.

FIN

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