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El primer trabajo de Alsancia-Lorena, quincuagésima novena historia.

Me sorprendió cuando Clementina me dijo que Mao llevaba días afuera, con Josefina y otras chicas, pasando dos semanas en un campamento de verano. Me sentí muy incomunicada ante al hecho de no haberlo sabido, ocupada en mis problemas, y deseaba haber ido con ellas, alejarme de lo que me estaba pasando, y ese era el motivo por el cual fui a su casa.

— ¿Así qué, quieres quedarte a vivir aquí, Alsancia? —

Eso me preguntó Clementina, tras escribirle el porqué había llegado a la casa de Mao, y después de ver que, con las manos, nosotras no podíamos entendernos. Me dio cosa responderle que sí, ya que ella no estaba aquí, y porque estaba sintiendo que yo era una aprovechada y una caradura al venir aquí, tras irme de mi hogar; pero es que no tenía ningún lugar al que ir.

— ¡No te pongas así! — Eso me decía amablemente, se notaba que yo estaba tan triste y avergonzada que ni le miraba a la cara. — Mao lo haría encantado. Es más, te obligaría quedarte aquí, después de lo que te ha pasado…—

Le había contado mi historia, lo que me había pasado hace unos días, aunque la verdad es que era un problema que llevaba tiempo existiendo. Desde hace mucho, mi familia se estaba rompiendo, no sabría bien decir la razón, pero mi padre y mi madre cada día se estaban alejando del uno al otro. Él estaba cada vez más ausente y mi madre cada vez más irritable.

Sus peleas se volvieron frecuentes y escucharlos me ponían mala, por eso muchas veces me iba con Mao y las demás, para olvidarme de esas cosas y pasar un rato agradable. Yo deseaba pacificarlos y que volvieran a estar unidos de nuevo, pero era la que quizás menos sabía lo que estaba pasando.

Tal vez me engañaba a mí misma y no aceptaba el hecho de que mis padres dejaron de quererse, hasta ver que aquella realidad no se podría esconder.

Me dijeron que se iban a divorciar. Yo intenté hacerles cambiar de idea, ayudarles a que se volvieran a amar pero solo empeoré las cosas. Tuve una pelea con mi madre y fue tan horrible, que casi ella me iba a golpear y acabé en urgencias por un ataque de nervios. Me decía que yo no tenía en cuenta su felicidad, que estaba harta de mí y de mis caprichos, de que mi padre le ha hecho cosas horribles. Pues, en fin, al volver a casa y ver el ambiente, con mis padres obligándome a estar de su parte y deseosos de tener un juicio y exprimir lo máximo del uno al otro, decidí salir de ahí, no podría quedarme.

— Bueno, ¿quieres bañarte? — Eso me preguntó y lo acepté encantada, porque necesitaba uno. Quise decirle las gracias, pero no me pudieron salir las palabras de agradecimiento.

Al día siguiente, me levanté muy tarde y totalmente desvestida, ya que el calor me hizo quitar el pijama mientras dormía. Mientras me vestía con la ropa que traje de mi casa, respiraba el ambiente de tranquilidad, un tanto anormal, que tenía el hogar de Mao. Les echaba de menos y deseaba que volvieran lo más pronto posible. Tras tomarme las pastillas, salí de la habitación y bajé al salón, para ver que estaba haciendo Clementina.

Ella estaba sentada, cosiendo, y vi cuando se pinchó con la aguja, lanzando un quejido de dolor y después, chuparse la herida. En sus piernas estaba lo que cosía, y viéndolo no sé podría decir qué era pero si se deducía que lo había empezado hace poco. Cuando se dio cuenta de mi existencia, me explicó, sin que yo le dijera nada, lo que hacía.

— Estoy haciendo un jersey para mi niña, o eso quiero hace antes del invierno, pero esto es tan complicado. —

Me pareció lindo eso, de hacerle a su hija ropa y eso la hacía ver muy madura. En verdad lo es, mucho más que yo, a pesar de tener menos edad. Tal vez, esto es lo que te pasa cuando tienes un hijo. De todos modos, sentí mucha vergüenza de mí misma: Yo ni sabía coser, ni cocinar, ni nada de nada, ni siquiera podría hablar bien; siempre dependiendo de los demás, y de ser una buena para nada. Por eso, en vez de empezar a lamentarme por lo inútil que era, decidí ayudar en algo.

— Y-yo…— Me costaba. — B-bueno…e-esto… — Tenía que intentarlo. — M-me…me…me…—

Al final, me quedé atascada y no pude decirle que si le podría ayudar en algo. Con ganas de arrancarme estas horribles cuerdas vocales, tuve que escribirle lo que quería.

Tuve que insistir a mi modo, ya que ella decía que no hacía falta, pero yo quería ser útil de alguna forma. Al final, lo entendió y me mandó hacer la compra de algunas cosas que no había en la casa.

Con papel en mano, me fui a comprar y volví de allí sin que me pasara nada grave, salvo un poco de mareo y dolor de cabeza. Entonces, antes de entrar a mi nueva casa, vi en la que estaba al lado, un papel pegado a la pared que atrajo mi atención. Decía que buscaba alguien, preferentemente una chica, para limpiar su casa y daba al día doscientos dólares, y que no importará la edad ni la experiencia ni los estudios. Se me vino la idea de trabajar, no solo porque era hora de hacerlo, sino que el primer paso para no depender de los demás es trabajando y ser productiva, y yo tenía que demostrar lo que era capaz.

Tras entrar a la casa de Mao a dejar las cosas, expiré e inspiré unas cuantas veces, preparándome para llamar a la puerta del vecino; toqué varias veces. La primera fue flojito pero, al no ver que nadie abría, tuve que hacerlo más fuerte pero fue en vano y volví a pegar una tercera poniendo todas mis fuerzas en ello, haciéndome doler la mano, tras golpear de esa manera.

— ¿Quién es a estas horas de la mañana? — Decía una voz que provenía de la casa. — No pude contestar, no sabía que decir y ella tras repetir eso dos veces, me abrió la puerta. Casi me dio un infarto al verla, estaba en bata y su cara estaba blanca y con una toalla que parecía un turbante sobre su cabeza.

— ¿Tú eres la que has molestado mi sesión de belleza? — Me dijo con una cara que daba miedo y me costó mucho decir algo.

— T-tr-tr-tra-tra…— Me quedé atascado, a lo primero.

— ¡Me estás poniendo de los nervios! ¡Dilo de una vez! — No era la primera vez que alguien me decía eso, y tuve que esforzarme para decirlo bien.

— Trabaj-jo. — Por fin pude decirlo, y ella lo entendió perfectamente.

— ¿Eh? — Su cara malhumorada cambió en cuestión de segundos. — ¡Ah! ¿Has visto el anuncio? ¡Entra, entra, niña! — Entré y me llevó al salón.

Estaba lleno de estatuas de todo tipo y jarrones, entre otras piezas artísticas, y en un lado había un gran espejo que iba de un extremo de la pared a la otra, y en otra una gran estantería blanca con una enorme televisión de pantalla plana. Me sorprendió lo lujosa que estaba el lugar, y se me quitaron las ganas de limpiar eso, no desea romper algo, todo parecía carísimo. Me senté en el sofá mientras ella lo hizo en otro.

— ¡Buenas, me llamo Stephanie Stratus y me mude hace poco aquí, meses, y estoy tan ocupada que necesito a alguien que limpié mi casa! ¡Así que, venga! ¡Rápido! ¡Dame tu curriculum! — Yo no sabía que decir, no me acordaba de que para trabajar tenía que tener eso. Me puse muy nerviosa y empecé a sudar, no sabía qué hacer. No le dije nada hasta que tuve el valor de escribirle, ya que traje un bolígrafo y libreta.

— ¿Entonces no lo tienes? — Eso preguntó muy pensativa y mirándome sin parar. Eso me hacía pensar que me iba a echar.

— ¡No te preocupes por los detalles! ¡Mientras aceptes mis condiciones, no pasa nada! ¡Nada de nada! — Eso último sonó muy sospechoso pero no me importaba mucho porque ella, con gusto, me aceptó.

Durante el resto del día estuve feliz e impaciente por empezar el trabajo, me costó mucho dormirme temprano ya que estaba muy nerviosa pero lo conseguí. Le pedí a Clementina que me despertará a las ocho y ella lo hizo encantada.

— ¡Pues vaya con tu motivación!  — Eso me decía mi jefa, tras pegar yo la puerta, a las ocho en punto.

Tras entrar, vi que la acabé de despertar y pues le escribí que lo siento. Ella no dio importancia a eso y se fue a arreglarse al baño para salir, tras mandarme que arreglara su cama. No hacía falta decir que estaba desordenada, pero me sorprendió de que usara mantas, en verano, y las cuáles estaban tiradas en el suelo, y al ver que eso era tan grande, se me quitaron las ganas.

“No te desanimes, ánimos, Alsancia. ¡Tú puedes, a por ellos!”, eso me decía.

Fue horrible hacer la cama, la manta pesaba un montón y me costó trabajo ponerlo todo bien y perfecto, pero lo conseguí. Mientras alzaba los brazos de la alegría que me produjo tal cosa, entonces ella apareció.

— Se me olvido decirte que las sabanas nuevas están en ese armario. — Eso dijo al salir del cuarto de baño, y cuando me vio, añadió: — ¡Hey, chica, usa sabanas limpias que esas están sucias y pues qué asco! —

Se fue y a mí me entraron ganas de llorar de la rabia y de gritar, en fin, quedé descompuesta. Había perdido mucho tiempo en ello para tener que desmontarlo y poner uno de nuevo, pero lo tuve que hacer. Las cosas empeoraron al abrir el armario y caerme encima toda la ropa encima. Tuve que arreglarlo todo y ponerlo bien. En verdad, como no sabía doblar la ropa, me quedó fatal y lo dejé así y recé para que ella no se enfadará conmigo.

Al bajar al salón, estaba exhausta y cansando, y eso que solo hice una tarea. Todos los ánimos se me fueron para abajo, al ver la enorme lista de las cosas que tenía que hacer, deseaba que terminara de una vez mi jornada de trabajo.

A continuación, decidí, sin ganas apenas, a hacer la limpieza del salón. Ella me dejó un plumero y me dijo que cogiera una servilleta y agua, así lo hice, empezando la limpieza. Lo primero que hice era dar por el plumero la estantería y todo se llenó de polvo, y empecé a estornudar sin parar una y otro vez decidiendo elegir otra cosa mientras estaba así.

Pero eso fue el inicio de algo peor, porque me empecé a sentir mal, poco a poco. Intentaba hacer las tareas pero la tos no me dejaba en paz, y luego los ojos empezaron a molestar, y todo mi cuerpo empezó a picar. Esperé un rato para que se me pasara pero me ponía peor. Aún así, tenía que hacer mi trabajo y cuando me estaba preparando para usar la aspiradora, llegué a mi límite, noté como mi cuerpo estaba quemando y mi cabeza me producía un dolor de cabeza insoportable. Estuve tirada en el suelo, temblando y sufriendo, hasta que me desmayé. Entonces tuve un sueño, que eran más que una recapitulación de mis recuerdos.

— ¡Mira, mamá, hay una cueva aquí! — Eso dije una vez, cuando estaba de picnic en las montañas con mis padres, cuando solo era una niña. Hacía poco que habíamos llegado a Shelijonia, por el trabajo de mi papá, y estábamos visitando aquellas enormes montañas.

Nadie me escuchó, ni me detuvieron de meterme en aquel lugar. Al entrar prácticamente, vi como colgaban del techo cientos de murciélagos, eran enormes, pero eso no me intimidó porque en esa época me gustaban.

— ¡Guau, son gigantes! ¡Murciélagos gigantes! — Gritaba alegre y feliz, como si era algo bonito, y por culpa de mis gritos ellos se asustaron y empezaron a moverse como locos, y unos de ellos, una cría, cayó al suelo.

— ¡Qué monada! — Eso dije muy emocionada, y entonces cometí la mayor estupidez del mundo, si no hubiera hecho eso tal vez las cosas hubieran sido diferentes. Básicamente era que acerqué mi brazo hacía a él, para tocarlo, lo deseaba acariciar como si fuera un perro; tanto que se asustó y me mordió.

— ¿Qué haces, idiota? ¡No te quería hacer daño! — Eso le grité enfadada al murciélago como si me entendiera y volví con mis padres para que me curarán la herida.

Jamás adiviné lo que iba a ocurrir a continuación, porque unas horas después, mis padres me llevaban, tras ver que yo tenía fiebre muy alta, hacia urgencias. Y empeoraba por momentos, en el coche vomite tres o cuatro veces, temblaba sin parar, mi corazón latía a cien y veía doble. El dolor que sentía me era imposible de describir y lloraba sin parar, intentando decirle a mi mamá que me dolía. Al llegar al hospital, me desmayé.

Entonces, los médicos, al ver mi estado, se dieron prisa por descubrir lo que me pasaban y la siguiente semana, fue una carrera a vida o muerte. Antes de descubrir mi enfermedad, crearon un cordón sanitario en torno a mí, ya que lo que tenía podría ser infeccioso y todos corrían peligro. Nadie pudo salir del hospital durante un día y medio entero.

Al final me salvaron, pero a gran coste, ya que me tuvieron que poner unos medicamentos tan fuertes que me hicieron daño, tanto o más como lo que me hizo la misma enfermedad, llegando al punto en que no sabían si tal síntoma era de un efecto secundario o una consecuencia de la enfermedad. A continuación, estuve en coma durante un mes, y cuando desperté apenas podría moverme y estaba ciega, sorda e incapaz de hablar. Pasé un año rehabilitándome, recuperando mi movilidad y mis sentidos, pero hubo cosas que nunca pude recuperar totalmente como el dominio del habla.

— Lo que has sufrido Alsancia… — Me decía el doctor cuando decidió explicarme lo que me había pasado. —… ha sido la Fiebre Shelijonia o también llamada localmente como la maldición de los Bohariagias. Es una enfermedad producida por una bacteria que se encuentra en la sangre de los murciélagos gigantes, que se encuentran solo aquí. Has tenido mucha suerte, esta enfermedad es toda una locura, en menos de tres días mata a su víctima, y apenas hoy se tiene buenos medicamentos para compartirlo. Destruye al enfermo por dentro y ya ha causado, en el pasado, miles de muertes, pueblos enteros. —

Y todo esto porque un estúpido murciélago me mordió, desde entonces los odio más que nada en el mundo. No solo porque casi me mataron, sino por las secuelas. Al poco tiempo, tuve que dejar la escuela porque era incapaz de estar allí, mis defensas estaban hechas un asco, me había vuelto tartamuda y, cada dos por tres, tenía una alergia que me mandaba a la cama.

Mi sueño fue una colección de todo el sufrimiento que había sufrido desde que fui mordida y una pesadilla de la que deseaba escapar, que, por desgracia, era real y cuando iba a despertar, todo seguiría ahí. Desperté cuando no pude más, y, entonces, vi un lugar familiar.

— Otra vez…— Me dije, al ver que estaba en una habitación del hospital, en la cama tapada hasta los topes. Entonces, me di cuenta de que había alguien durmiendo sobre mí, era Mao. Solo con verla, abrió sus ojos.

— ¿Estás despiertas, Alsancia? — Me preguntaba, y le decía con la cabeza que sí. — Menos mal. —

Con esto dicho, me explicó lo que había ocurrido. Tras desmayarme, la mujer pensó que yo estaba muerta y se quedo gritando, sin hacer nada, y luego apareció su sobrino, que era policía, y llamaron a la ambulancia.

Mao llegó a casa a la tarde, y cuando se enteró, por parte de Clementina y su primo lo de Alsancia, salió al hospital. Me dijo que mi padre paso un rato para verme, pero no quiso despertarme, y mi madre no apareció. Me pregunté si ella seguía enfadada conmigo. Pero lo que sí estaba segura, es que había fracasado una vez más, y de una forma que ni siquiera supe cómo; haciendo preocupar a todos, otra vez.

Ni siquiera valía para trabajar y empecé a preguntarme el porqué. ¿Qué hice, qué error cometí para que castigasen de esa manera? ¿Por qué tengo que ser alguien tan débil que ni siquiera puede limpiar una casa? ¡Estaba tan harta, y tanto que exploté! Aún incapaz de decir su nombre, me aferré a Mao fuertemente, llorando sin parar, cansada de todo. Ella no dijo nada, solo me abrazó, y así estuvimos un buen rato, hasta que me cansará de llorar.

— Gr-gr-gracias. — Eso le dije, tras tranquilizarme y muerta de vergüenza por hacer eso, y aunque estaba la habitación a oscuras, pude observar su rostro tranquilo.

— No te preocupes, ahora debes de descansar, o sino tu compañera va a protestar.  — Eso me dijo, señalándome la otra cama de la habitación, tapada por las cortinas, y entonces fueron echadas fuertemente a un lado.

— ¡Oye, yo no soy tan quejica! — Le replicó, y me sorprendió quién era. Nadezha estaba ahí, con una pierna vendada y a su lado estaba aquel chico llamado Vladimir. No me atreví lo que le había pasado pero parecía que había tenido un feo accidente.

— ¿Sorprendida, eh? ¡Yo también me quedé cuando la vi! Creo que la idiota de Sasha ha tenido algo que ver con esto. —

Añadió Mao, adivinando lo que yo estaba pensando. Me preguntaba qué le habría pasado para acabar así.

FIN

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