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En una noche de verano, quincuagésima octava historia.

Veintitrés de Julio, en una casa normal y corriente de un barrio del sur de Springfield, Shelijonia; estaba aprendiendo a cocinar, y no lo estaba haciendo nada bien.

— ¡La sartén, oh dios mío! ¡Está saliendo fuego! — Eso me gritaban, al ver que, de la sartén que estaba utilizando para hacer un huevo frito, salían llamas.

— ¡Apagarlo, apagarlo! — Les decías desesperadamente eso, solo para decir algo, mientras estúpidamente sostenía en mi mano el mango de la sartén.

— ¡Pero suéltalo, Nadezha! — Me gritó mi suegro, quién vino con un extintor para apagarlo.

Tras desaparecer las llamas, yo dejé la sartén, que estaba hecho polvo, en el fregadero y me senté en una silla, desilusionada y un poco cansada. Era la quinta que intentaba hacer un huevo frito y en todas las ocasiones fue un desastre.

— ¡No te preocupes por eso, si sigues así aprenderás! — Mi querido Vladimir me dio ánimos y le dije que gracias.

— Es tu primer intento, después de todo, cosas como éstas pasan cuando empiezas a aprender. — Eso me decía mi suegra, quién miraba al sartén con pena, ya que estaba destrozado y se había vuelto inservible.

Yo estaba en casa de mi novio, tras decirme su madre que me iba a enseñar a cocinar. Aunque al principio, cuando ella se enteró de nuestra relación, no pudo tolerarlo bien, al final, lo aceptó de buena gana. Es más, empezó a tratarme como si fuera su hija, haciéndome probar su ropa vieja y peinados. Mi Vladimir me dice que eso es porque ella deseaba tener a una chica.

De todos modos, eso no me molesta mucho y además me está enseñando a cocinar.

— Pero es un poco fastidioso, a una se le quitan las ganas. — Añadí, tras suspirar. Entendía que las primeras veces siempre eran un desastre, pero eso te afectaba igualmente.

— Por lo menos no quemaste la cocina, como hizo tu suegra en su primera vez. — Eso dijo mi suegro, tras soltar unas risas. Su esposa no se lo tomó muy bien.

— ¡Oye, tú! ¡Qué yo no tenía la culpa de que la cocina estuviera tan mal que se quemara cuando empecé a cocinar! —

Todos nos quedamos mirándola, porque su excusa, en verdad, era bastante mala. Su marido le preguntó qué tipo de justificación era esa y todos nos pusimos a reír.

Eso me animó y me hizo recordar aquellos viejos en los que mis padres aún vivían. Me sentía dentro de una familia y pues es una sensación agradable y rara, porque el tópico siempre dice que nunca te llevas bien con tus suegros.

— ¡Algún día serás tan buena cocinera como mi madre, no te preocupes! ¡Seguro que harás platos de rechupete! —

Mi Vladimir me animó aún más, y yo le dije que seguro que sí. Me entraba más ganas de intentarlo de nuevo, de hacer esta vez un maldito huevo frito en condiciones. Así que me levanté de nuevo y grité que iba a hacerlo de nuevo.

— Déjalo por hoy, que ya es muy tarde. — Me dijo mi suegro, quién se sentó en el sofá para ver la tele. Y entonces me di cuenta, mirando por la ventana, que el sol ya estaba desapareciendo y de que era muy tarde.

— Debería ir a casa. — Eso dije instintivamente.

— ¿Por qué no te quedas mejor a dormir aquí? — Esas palabras de mi suegra me sorprendieron y me pusieron algo nerviosa.

— N-no quiero molestar ni nada parecido. — Eso es lo único que pude decir, avergonzada, aún no me sentía preparada para dormir en el mismo techo que mi Vladimir.

— Además de que mi tío podría estar muy solo. — Dije eso porque me acordé de él.

— A él no le importará, ni a nosotros que te quedes. — Esto me decía, mientras usaba el mando de la tele buscando canal por canal algo que le gustará.

— ¡Vamos, mujer, quédate, quédate! — Mi suegra no paraba de insistir.

— ¡Vamos, Nadezha! — Y mi cari, también.

Por ellos, dije que sí, y él se puso feliz, y ella también. Yo estaba algo colorada porque era la primera que iba a dormir en su casa y me parecía demasiado atrevido.

Tras llamar a mi tío para decir que me iba a quedar, mi suegra nos preparó un plato típico de su pueblo, que estaba tan delicioso que me dio mucha envidia y deseaba ser tan buena cocinera como ella. Mientras estaba cenando, me acordé que no había traído nada de ropa para cambiarme ni nada parecido y eso les dije, que no me traje nada ni un pijama para dormir.

— Pues yo tengo algún que otro pijama de mi adolescencia en el fondo de mi armario y que seguramente te quedará bien. —

Eso me dijo, y las dos fuimos a su cuarto. Mientras subíamos al segundo piso, me preguntó que cómo era mi pijama, creyendo ella que yo dormía así, cuando siempre lo hago en ropa interior. Le dije que uno normal y se rió, para luego decirme que el que me va a prestar tiene la imagen de animalitos.

Me sorprendió el gran armario que tenía y la cantidad de ropa que tenía. Al parecer, ella heredó la típica manía de no tirar nada de ropa y ahí los tenía coleccionados. Yo me senté en la cama mientras buscaba por ahí, tirando al suelo lo que encontraba.

— ¿Dónde está? ¿Dónde está el maldito? — Decía eso sin parar, hasta que lo encontró.

Cuando pudo sacarlo, actuó como si fuera un triunfo y me lo mostraba orgullosamente. Era como ella decía, era un pijama de dos piezas, con aspecto infantil, lleno de elefantes mal dibujados, pero era muy grande para un niño. Y al dármelas, vi que la parte de arriba era una camisa con mangas cortas y el de abajo un pantalón corto.

Me dijo que me los pusiera y yo lo hice, yendo al cuarto de baño para eso y cuando volví, me observó detenidamente.

— Este pijama no es para nada femenino, aunque te da monosidad. —

Esa era su conclusión, y no entendí lo que quería decir. Entonces ella me pidió que me sentara. Así lo hice, en la cama, y se sentó junto a mí.

Mientras me preguntaba si me iba a bañar ahora, y mientras yo le decía que preferiría hacerlo por la mañana; me quitaba la diadema que sostenía mi flequillo hacía atrás, soltándose y tapándome los ojos. Entonces, me soltó una frase que no me esperaba para nada.

— Por cierto, no es que dudé de vuestro amor ni nada de eso, pero… ¿estás yendo en serio con él? — Me quedé muy pensativa, después de oír aquellas palabras, y muy nerviosa, ya que después de todo nunca es buena señal que tu suegra pregunté ese tipo de cosas.

— Sí, pero no podría decir que nuestro amor es eterno ni nada parecido…—

Eso le respondí, para quedar luego pensando en cómo podría explicarle. Quería decirlo con todo mi corazón, pero sin hacerlo parecer cursi ni nada parecido. Y mientras ella me estaba peinando, por fin pude decirle eso:

— Tal vez seré cliché, pero es como tener una flor: Si no lo cuidas, se marchitará con el tiempo. En el futuro podremos tener problemas e incluso crisis pero yo pondré todo de mi parte para superarlo. Y creo que lo nuestro no es el aquel amor que tienen los de nuestra edad, que siempre hablan con pasión, de estar el uno al otro y todas esas cosas, cuando en realidad solo buscan a una persona que le hagan feliz, sin importarle, en realidad, el del otro. Eso es solo un amor egoísta y hacía a ti mismo. Yo no creo que ese sea mi amor hacia tu hijo, es algo distinto, eso espero. —

Todo eso que dije, con toda mi sinceridad, eran mis propios sentimientos, sobre mi amor con Vladimir, más o menos. Y cuando terminé de decirle, me morí de vergüenza, no me podría creer que había dicho tales cosas.

— ¿Aún no sabes cómo definirlo? — Eso me preguntó, a continuación. Me costó bastante cómo continuar, mientras intentaba librarme de la vergüenza.

— No, pero lo que estoy segura es que no voy a utilizar a tu hijo como un vehículo para tener felicidad. Creo que está entremezclado con las cosas horribles. —Me quedé mirando al suelo, pensando si eso que dije fue lo suficiente para dejarle claro a mi suegra de que yo iba en serio con él.

— Eso está bien, deberías ser filosofa.  — Lo dijo de una forma dulce y muy comprensiva. Me alivió pensar que ella no podría pensar algo mal de mí.

— A mi no van esas cosas, la verdad. — Le repliqué, con vergüenza, y recordando que casi había suspendido las clases de filosofía que tenía.

Y antes de irme de su cuarto, tras ella hace mil cosas con mi pelo, me dijo esto: — ¡Ah, por cierto! Ya que son novios, no creo que deberías ir a dormir al salón. —

Me quedé sin decir nada, mi cerebro se quedo atascado al escuchar esas palabras. Sabía lo que quería decir ella y era que me podía acostar junto con Vladimir. Yo y él, acostados, juntos, en una cama. Eso era mil veces más atrevido para mí que dormir en su casa. Y lo sorprendente es que eran sus padres quiénes me dejaban, un honor que muchos no podrían obtener de sus suegros. Y no solo eso:

— Sé que puedo confiar en ti, pero toma esto por si lo necesitas… — Esto fue el colmo, porque me dio entonces condones y se fue abajo, a la cocina. Yo me quedé parada en el pasillo, totalmente boquiabierta, intentado comprenderlo.

Más que comprenderlo, me quedé mirando eso, imaginándome cosas pervertidas, que rápidamente intenté quitar de mi cabeza, y parecía que me salía humo de la cabeza por lo roja que estaba. Al final, me quedé pensando que quería ella con todo esto.

— Estás muy linda con eso. — Esas palabras eran las de Vladimir, que cuando noté de quién era, me puse más nerviosa que nunca y escondí detrás de mí lo que me dio su madre.

Y más colorada me puse, cuando vi que él estaba en ropa interior. No le pregunté porque estaba así, ya que era algo normal estar así en tu casa y no debería ser un problema estar así con tu novia, pero aún así me sentía muy incómoda.

Y al final nos acostamos juntos, en su cama, tapados por unas sabanas que llevaban la imagen de cientos de coches; solos, en su habitación, con sus padres en el cuarto de al lado. Tanto él como yo estábamos mirando hacia al otro lado, rojos y sin saber qué hacer en esta situación. Yo aún no había soltado los condones de la mano.

— ¡Pues, buenas noches! — Me dijo nerviosamente.

— No podría pensar acabar así hoy… — Añadí esto yo, con el mismísimo nerviosismo que él. Esto lo había soñado desde hace tiempo y pues aún no me lo creería.

— ¿No te gusta? — Tal vez mi tono de voz le hizo pensar eso.

— No es eso, quería estar así contigo…—  Yo quería estar así con él, como si fuéramos una pareja, aunque me parecía atrevido hacer algo así en aquel entonces.

— Yo también…— Se le notó muy feliz y el silencio volvió al cuarto. Deseaba seguir hablando con él, así que busqué un tema del que hablar, aunque me arrepentí al mismo momento de decirlo.

— ¿Sabes? No sé qué pensar de tu madre, me dio esto…— Y le enseñé los condones.

— ¿P-por qué ha hecho eso? — Dio un pequeño grito, también sorprendido de eso. Él, al parecer, ya entendía muy bien de esas cosas. Yo no dije nada porque no sabía que responder, estaba tan roja que apenas podría pensar algo claro. Y el silencio volvió al cuarto, hasta que mi Vladimir dijera esto:

— E-en verdad, yo quería hacerlo contigo…— Eso lo dijo muy flojito, era incapaz de decírmelo más fuerte por las cosas tan vergonzosas que estaba diciendo.

— Es normal, supongo…— No sabía qué decir realmente, quería evitar algo que le podría herir. Y al decir eso, tanto él como yo empezamos a mirar hacía al techo.

— Pero tenía miedo de que te enfadarás conmigo. — Su miedo era muy comprensible, incluso tal vez sería mi reacción, sobre todo si no lo dijera en un mal momento. Y éste no lo era.

— Yo pensaba hacer esas cosas hasta el matrimonio. — Eso era mi idea, porque no me importaba esas cosas, es más preferiría hacerlo cuando estábamos casados, ya que no tendríamos ningún problema si me quedará embazada.

— Yo también. — Al final, tuve que romper la promesa que me hice hace tiempo conmigo misma, ya que el instinto me pudo, más que nada, pero estaba preparada para cualquier cosa.

— Me pregunto cómo funciona estas cosas. — Dije esto, refriéndome a los condones, para decir luego, a continuación otra cosa, después de inspirar e expirar y tras mirarle a los ojos.

-¿Te gustaría probarlo?- Eso le dije roja, muy sorprendida de que íbamos a tomar la iniciativa tan rápido, y con ganas de hacerlo, muchas ganas.

Y sí, hicimos el amor, pero eso es demasiado privado para contarlo. Al día siguiente, tras despertarnos los dos, no nos creíamos capaces de creer lo que hicimos en la noche. Entonces cuando los dos nos fuimos a la cocina a comer algo, terminamos escuchando una conversación de sus padres.

— Pero a quién se le ocurre a darle a los niños condones. ¡Por tu culpa no he podido dormir! — Tanto yo como mi Vladimir deseábamos que la tierra nos tragase al oír eso.

— Pero, ¿no te ha excitado ni te ha entrado ganas de hacerlo conmigo? Es por eso que se las di, para que ellos nos motivaran. Llevamos meses sin hacerlo. — Yo me tapaba la cara de la gran vergüenza que sentía.

— Ya somos viejos, ya ni tengo ganas de hacer esas cosas. — Entonces, todo quedo claro, mi suegra nos utilizó, incitándonos a hacerlo, para motivar a su esposo que hiciera el amor con ella. Tanto él como yo estábamos muy enfadados con ella.

FIN

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