Sexagésima_historia

Campamento Sumovov, sexagésima historia: 2º parte (La prueba de valor)

Los autobuses tardaron más de una hora en llegar al campamento, y eso que estaba a tres kilómetros de la cuidad, pero el tráfico y el mal estado de la carreteras hicieron más lento el viaje.

Y cuando todos salieron de aquellos vehículos, que aparcaron en un gran descampado, vieron asombrados, como si fuera la primera vez, que estaban rodeados por un enorme y gigantesco bosque. En la entrada al lugar se encontraba un gran arco de madera que ponía “acampada” en ruso, muy bien cuidado.

— Los edificios en dónde vamos a alojarnos deben estar adentro. —

Eso dijo Khieu, mientras veía como los demás observaban el lugar. Josefina, quién le miraba aún con mala cara, le dijo que “ok”, con un tono que hizo entender que le importaba una mierda. Esto pasaba, cuando las encargadas bajaron en fila india a las niñas, para luego llevarlas al interior del bosque.

Y tras andar un buen rato, llegaron al epicentro del campamento. Un claro del bosque en el que estaba seis casas de madera de diferentes tamaños, formando un círculo. En el centro, se situó Sumovov para dar su discurso:

— Gracias a todas por venir a disfrutar de nuestro campamento, mis hermanas y yo haremos todo lo posible para que lo puedan pasar muy bien. Creo que no nos falta de nada, tenemos piscinas, muchos juegos y pasatiempo, naturaleza y hasta un laboratorio. Así que, ¿preparadas para disfrutar? —

Eso lo dijo muy entusiasmada, alzando uno de sus brazos hacía al cielo con un cara sonriente. Y todos hicieron algo parecido, algunos con menos ganas que otras, como Mao, que lo hizo de tal modo, que parecía como si no deseaba estar ahí.

A continuación, las encargadas tuvieron que llevar a las niñas a dónde iban a dormir para enseñarles cómo era, y Mao y Khieu tuvieron algunos problemas para llevar a su grupo, nada problemáticos, al sitio dónde iban a alojarse en los próximos quince días.

Y tras decirles a las chicas que iban a estar libres durante un buen rato, Mao aprovechó para hablar en privado con Khieu. Se la llevó un poco lejos del lugar en dónde estaba su grupo y la puso contra un árbol:

— ¿Qué mierda le hiciste a Josefina? — Eso le gritó con muchísima seriedad y de enfado, provocando que Khieu empezará a temblar.

— S-solo fue una broma, una broma. — Le respondió nerviosamente ella, que estaba tan aterrada que tenía la cara pálida.

— ¿Ah sí? ¡Te debes haber divertido mucho! — Parecía un mafioso que se iba a vengar de la muerte de un compañero. Y Khieu le pidió piedad, que le perdonara por lo que hizo, antes de contarle lo que había hecho a Josefa en Halloween.

Le contó con todo lujo de detalles cómo engaño a Sasha y a Josefina con una broma horrible, pero terminaron salieron corriendo porque vieron de verdad fantasmas. Esa última parte Mao la ignoró olímpicamente, porque le parecía pura histeria producida por culpa de la amiga de Josefina. Aún así, lo que escuchó le puso realmente furioso.

— ¡Ah, es solo eso! — Concluyó, actuando irónicamente como si no fuera nada importante, antes de darle un buen golpe en la cabeza.

— ¡Qué daño! — Protestaba Khieu con lágrimas en los ojos, mientras se tocaba el lugar en dónde le dolía. Mao le replicó furiosamente que se lo merecía, antes de añadir algo más:

— Pues bueno, ahora tendrás que hacer las paces con ella, hermana. —

Khieu se sorprendió muchísimo de aquellas palabras, sobre todo después del fuerte golpe que recibió. En realidad, Mao no le había perdonado, pero no quería que Josefina, que estaba realmente emocionada por ir al maldito campamento, estuviera de muy mala leche por culpa de una idiota.

Mao le iba a decir algo más, pero entonces alguien le estaba gritando que terminara de una vez con la cháchara. Era Jovaka, que estaba escondida en un árbol cercano, que no dejaba de mirar por todas partes con el miedo de encontrarse con alguna chica.

— ¡Ya voy, ya voy! — Le gritaba Mao, mientras giraba su vista hacia ella; y Khieu hizo lo mismo y la vio. Ésta, al ver su mirada, se ocultó.

Y al girar la cabeza, Mao vio a lo lejos, entre la profunda arbolada, a una chica que miraba por todas partes, como si estuviera ocultando algo; antes de perderla de vista. Solo fueron unos segundos, pero eso atrajo su atención, que fue interrumpido por Khieu:

— Una pregunta — Le decía a Mao, señalaba al árbol en dónde Jovaka estaba escondida. —…no es por incordiar… ¿Pero qué relación tienes con esa chica? —

El hecho de que estuvieran todo el rato juntos, y sobre todo el que Jovaka incluso abrazaba sin parar a Mao, ya estaba levantando sospechas en ella.

— Pues, somos amigas. — Le contestó Mao sin darle mucha importancia, o eso parecía; antes de que Jovaka le gritara, totalmente roja y alterada que era una malpensada.

A continuación, las tres se dirigieron hacia al lugar en dónde iban a dormir el grupo de los conejitos. Mao se preguntaba sin parar quién era aquella chica que vio y porque le parecía muy sospechosa, y estaba tan absortó en eso, que Khieu no paraba de decirle cómo podrían arreglar las paces con Josefa e ignoraba cada palabras suya.

— ¡Oye, ayúdame! ¡A mí no se me ocurre nada! — Al final, harta de ser ignorada, le gritó fuertemente a Mao para que le hiciera caso de una vez.

Estaba harta de pensar, comprobando que su mente no producía ninguna buena idea. Quería que Josefina la perdonara como sea, no solo por pasar el campamento tranquila, sino porque estaba arrepentida de hacerlo.

— No me metas prisa, que no puedo pensar en dos cosas a la vez. — Le replicó molesto Mao, que estaba más ocupado en montar teorías absurdas sobre la chica que vio y su comportamiento extraño, que con Khieu.

Le iba a decir algo a Mao, pero Jovaka interrumpió su intento, gritándole esto muy molesta: — ¡Eso, eso, deja de molestarla, satánica! —

— ¡Eh, tú, eso ha dolido! ¡No lo soy, yo ni creo en fantasmas, ni en Dios y por supuesto ni en el diablo! ¡Jamás me metería en una secta demoniaca de esas! —

Aquellas palabras fueron una flecha en todo el corazón para ella, que jamás se esperaba que le llamaran así. Empezó a maldecir a Josefina.

Mientras Jovaka y Khieu empezaba a pelearse, Mao, que las ignoraban, vio a Ekaterina Sumovov a lo lejos, quién parecía que estuviera buscando algo en mitad de aquel enorme bosque. Pensó que tal vez estaba relacionado con lo que vio antes y la saludó, sorprendiendo a las otras dos, que dejaron de pelearse y empezaron a buscar a quién le estaba dirigiendo el saludo.

— ¿Cómo va el trabajo? ¿Algún problema? — Eso preguntó Sumovov al ver a esos tres en medio del bosque.

Se acercó a ellas, poniendo nerviosas tanta a Jovaka, que lo único que menos quería que otra chica estuviera cerca de ella, y Khieu, que pensaba que le iban a regañar por vagas.

— Ah, ninguna. — Le respondió Mao, dudando si tenía que decir algo o no.

— Pues tenemos bajo nuestra responsabilidad todas esas niñas, así que mantengan la máxima preocupación. — Añadió amablemente una pequeña advertencia e iba a irse pero entonces se le ocurrió la idea de preguntar algo.

— ¿Por cierto, ustedes han visto a una chica pelirroja, que usa dos grandes trenzas? — Les preguntó y las tres respondieron que no.

— ¡Pues vaya…! — Añadió con pena y luego les explicó brevemente la situación a ellas: — Es que se trata de mi hermana, que no la encuentro por ninguna parte. Si la encuentran, díganmelo, por favor. Aunque no creo que sea nada grave…—

Mao y Khieu se quedaron sorprendidos, boquiabiertos; al saber que ella trajo su hermana, una verdadera; y que no se habían enterado hasta ahora. Estas dos dijeron que sí inconsciente, y Ekaterina se iba a ir, pero antes decidió saciar a su curiosidad sobre algo que le atraía mucha la atención:

— No es por incordiar hermana…— Le decía a Mao mientras señalaba a Jovaka. — ¿Pero qué clase de relación tienen ustedes? —

Tanto Mao como Jovaka se preguntaron mentalmente  por qué le hacían otra vez la misma cuestión, sin darse cuenta de que el mismo hecho de que la serbia estuviera todo el rato pegada a su brazo levantaba sospechas.

— Somos amigas. — Le respondió Mao. Ekaterina se quedó pensando, porque no se creía eso, pero decidió no saber nada más y se fue.

Mao se dio cuenta entonces que la chica que describió la jefa parecía la misma que vio haciendo cosas sospechosas, pero era demasiado tarde para comunicárselo, ya no la veía. Tras volver al lugar y al pasar un rato, las encargadas llamaron a las chicas que estaban a su cargo que cenara, ya que hizo de noche. Durante la cena, el chino pensó sin parar, con la ayuda de Malan, a quién se lo explicó todo, cómo hacer que Josefina perdonase a Khieu hasta formar completamente su plan. Después de eso, todos se acostaron y un nuevo día llegó.

— ¿Entonces qué tienes pensado? — Le preguntó Khieu por la mañana, después de que las encargadas se despertarán, ya que éstas tenían que levantarse primera para despertar a las que tenían a su cargo. Mao le dijo algo por el oído y ella le gritó, muy molesta:

— ¿Por qué tanto? — Khieu quería terminar el asunto lo más pronto posible, pero Mao, quién le dijo que debía esperar, le replicó que tuviera paciencia.

El plan de Mao es que dentro de tres días las chicas harían un juego por la noche, algo que era muy popular en cierto país, cuyas series de animación siempre mostraban: Una prueba de valor. Dos personas deben atravesar un camino aterrador, lleno de supuestos fantasmas y monstruos, hasta llegar a una casa, en dónde dejar un medallón con la imagen de la Virgen María, y que estaba al lado de un pequeño lago, en el que estaba prohibido bañarse; y volver. Pues la idea era que Malan, quién sería la pareja de Josefina, se quitaría del medio y Khieu aparecía para ayudar a Josefa a llegar a la casa y allí se encontrarían de nuevo con la africana.

Con esto en mente, pasaron los días, llenos de diversión para las niñas; pero para las encargadas y otras responsables del cuidado del campamento fue un trabajo agotador. Tuvieron piscina, una piñata, un concurso de cocina, unas especies de clases al aire libre sobre la naturaleza y algunas cosas más. Cuando Khieu no estaba cerca de Josefina, ésta estaba normal y cuando estaba cerca, solo la miraba con odio y rencor. Y al llegar el día, antes de las ocho y media de la noche, que era cuando iba a empezar la prueba, Mao había reunido a Malan y la satánica.

— ¿Crees qué esto funcionará? — Les preguntaba Khieu, tras escuchar el plan de Mao; tenía muchas dudas de que iba a funcionar.

— Ten fe. — Le respondió Mao, después de que Malan le dijera que lo iba a hacer lo mejor que pueda.

Y como adivinaron, Josefina se fue con Malan, ya que Diana le dijo que iba a ir con otra niña que había conocido y que ésta no tenía con quién ir. La mexicana estaba temblando, a pesar de que le habían prometido que no había fantasmas ni otras criaturas de la noche, y rezaba a todos los santos para que no le pasara nada grave, ni a ella ni a Martha.

— ¡Vamos, Malan! — Le decía a su compañera con los ojos cerrados y rezando sin parar. — Reza conmigo ¡Así, no nos pasará nada! — Malan la imitó, aunque en realidad, ella ni estaba rezando ni nada parecido.

A las ocho y media, llamaron a todas para reunirse y empezaron a salir las primeras. Así que Malan y Josefina tuvieron que esperan hasta las nueve menos veinte para salir a hacer su recorrido. Mientras tanto, en una parte del recorrido, escondidos entre la vegetación, estaban Mao y Khieu más Jovaka.

— ¿Por cierto, qué hace ella con nosotras? ¿No debería estar allí, participando con las demás niñas? — Le preguntaba a Mao, al ver que la serbia estaba con ellos.

— Y a ti que te importa, satánica. — Le replico Jovaka, con un tono muy molestó que enfado a Khieu.

— Otra vez que lo digas y te reviente la boca, sucia humana. — Apretaba el puño, mientras la miraba con malas pulgas y se preguntaba por qué le llamaba “satánica”.

— ¡Mao, Mao! ¡Me quiere pegar! — Eso le decía, mientras abrazaba a Mao del miedo que le supuso esa amenaza.

— Es tu culpa por llamarla satánica. — Y le pegó en la cabeza flojito, una señal para decirle a ella que se disculpará y Jovaka, con pocas ganas de hacerlo, tuvo que disculparse.

Y se callaron de repente, al ver a dos chicas pasar por el camino, para no ser descubiertos. Y mientras estaban así, con Khieu mirando a la media luna como una forma tonta de perder tiempo, a Mao le entraron ganas de hacer pipí.

— ¡Oíd, esperaos aquí, que tengo que hacer algo! —Eso les dijo antes de irse, después de aguantar un buen rato. Y al irse para buscar un buen sitio para que nadie le viera, Jovaka, incapaz de estar al lado de una chica, salió corriendo en su busca diciendo que no la dejará sola con la satánica.

— ¡Oye tú! — Le gritó, molesta de que le dijera eso otra vez. — ¡Qué manía tienen con llamarme satánica! — Eso añadió algo después, fastidiada por el mote que le habían puesto.

Luego, se quedó pensando en la relación entre Mao y Jovaka, le parecía que eran demasiadas amigas y eso era algo bastante sospechoso. De todas maneras, siguió, esta vez en solitario, viendo cómo iban pasando niñas y más niñas por el camino hasta ver a Josefa y Malan.

— ¡Ahí está! — Se dijo cuando vio a Josefa.

Aún no habían vuelto Mao y Jovaka, y se dio cuenta de que Josefina estaba sola, hablando nerviosamente sin parar, como si tuviera a alguien al lado, y mientras observaba hacía al suelo, intentando no mirar hacia otro lado. Eso a Khieu le pareció algo tenebroso. Entonces, una voz le dio un gran susto:

— ¿Dónde está Ojou-sama y la chica misógina? —

Khieu dio un gran chillido y salió corriendo, pero solo dio dos pasos antes de chocar contra un árbol y al notar que en su cabello se le cayó un insecto, gritó de nuevo, mientras se lo intentaba quitar de encima. Cuando se dio cuenta de quién era la voz, casi la iba a matar.

— ¡Malditas seas! ¡No me des esos sustos, casi me muero! — Eso le dijo muy enfadada a Malan.

— Ah, perdón. No sabía que fueras tan miedosa como Josefina. — Le replicó Martha, después de ver como Josefa casi se moría del susto, tras ser asustada por una legión de zombis, por un vampiro, mujeres-lobas y demás chicas de la hermandad que actuaban para aterrar a las que se atrevían con la prueba de valor.

— No me compares con ella. — Añadió eso, molesta por esas palabras.

Luego, miraron hacia Josefina y ella seguía estando agachada, con los ojos cerrados y llamando a Malan sin parar, mientras le salían lágrimas de los ojos.

Quería levantarse y buscarla, ya que se había cuenta de que ésta había desaparecido, pero el miedo la impedía hacer tales cosas, y se maldecía a sí misma por no tener la valentía suficiente para buscar a su querida amiga. Las dos, Khieu y Malan se quedaron mirando a Josefa:

— Ahora es tu turno, chica satánica. — Le dijo a Khieu.

— ¿Tú también? — Eso le preguntó, un poco desilusionada al saber que todas le habían puesto ese mote, por culpa de Josefina.

Entonces, fue cuando la satánica se acercó a Josefina, con la intención de acompañarla hasta al final y de esta manera conseguir que su rencor desapareciera. Se puso al lado de ella y se quedó observándola sin saber que decir. No tenía ni una buena idea de cómo hablarla sin asustarla, porque se notaba que estaba aterrada.

Así estaba Josefa, sentada en el sucio suelo, tapándose los oídos, con los ojos cerrados, expulsando lágrimas sin parar, temblando como un flan y diciendo sin parar que lo sentía, que era una mala amiga y que Malan estaba en peligro por su culpa, pero que era incapaz de ayudarla. Khieu le dio hasta pena y vergüenza ajena lo exagerada que se puso. Y de pronto unos búhos pasaron por delante de la cara de la satánica, haciéndola gritar. Y al hacer eso, Josefina, también gritó y cuando miró con la linterna quién era, se puso a gritar más y casi iba a salir corriendo si no fuera por la otra, quién la agarró.

— ¡Suéltame, satánica! ¡Suéltame! — Gritaba eso sin parar, mientras lloraba y pedía ayuda.

— ¡Tranquilízate! ¡No te voy a hacer daño! — También gritó Khieu, mientras hacía todo lo posible para que no se fuera.

— ¿Cómo confío en ti si me estás agarrando? — Al decir eso, intentó con todas sus fuerzas liberarse de la satánica. Así estuvieron un buen rato, hasta que se cansaron, tanto la una como la otra.

— Vamos a ver…— Le decía eso mientras le jadeaba. — Solo he estado aquí porque te he visto sola y temblando como un flan. —

— Seguro para hacer tus estúpidas bromas. — Le acusó Josefa.

— Ya no voy a hacer esas cosas… Ni a ti ni a nadie. — Le decía eso, con un tono que resaltaba su arrepentimiento.

Después de encontrarse con Sasha e intentar aplicar su venganza con ella, con horribles resultados, decidió que nunca iba a hacerles bromas pesadas a unas niñas, le dejó claro que no debería hacer esas. Por eso, se arrepintió de hacerles eso en Halloween, solo porque estaba enfadada de que sus amigos la dejaran ahí y tomarlas con ellas.

— ¿Eso es verdad, satánica? — Le preguntó Josefina, quién por primera vez empezó a confiar en aquella persona que le hizo tal cruel broma.

— Me llamó Khieu. — Le replicó, harta ya de que le llamaran así.

Entonces, Josefina paró de forcejear y se quedó pensando durante un buen rato, preguntándose si debía hacerle caso o no. Al final, como buena chica que era, decidió perdonarla, creyendo que su arrepentimiento era sincero:

— Vale. — Y con esta débil respuesta, empezaron a marchar ellas hacía la casa, después de tener una pequeña discusión sobre si había que buscar a Malan. Khieu la convenció de que ella la estaría esperando allí, en la casa. Mientras estaban andando, la satánica se dio cuenta de lo habladora que era Josefa:

— ¡Espera, espera…! — Interrumpió a Josefina.  — Me he perdido, ¿qué quieres decir con todo eso? —

— Sí, te lo he dicho bien claro…— En realidad, a ella apenas se le entendió.  — ¡Qué cuando volvemos a la cuidad, le pedirás perdón a Sasha! —

Al escuchar esas palabras, Khieu se paró de repente, recordando sobre aquel sueño horrible que tuvo con ella. No deseaba por nada del mundo, aún cuando el miedo fuera por un producto de sus pesadillas, verla de nuevo. Josefina, al ver que ésta miraba con cara de haber visto a un muerto, le preguntaba qué le pasaba, aterrada con la posibilidad de que hubiera algo tenebroso cerca de ellas.

Y cerca de ellas se encontraba Noemí, su hermana, quién se estaba preparando para asustarlas. No entendía que hacía Khieu ahí, que aunque apenas se conocían, sabía que era una de la hermandad; pero le dio igual, porque esperaba ese momento, quería asustar lo mejor posible a Josefina, oír sus gritos. No era por nada particular, solo deseaba hacer eso.

¿Cómo iba a asustarlas? Pues encender una lámpara, para que se viera un fuego de color verdoso, y acercarse poquito a poco, diciendo que deseaba comer niños. Estaba disfrazada con lo típico de bruja, las que salían en los cuentos. Al oírlo, Josefina se puso pálida y giró con terror hacia el origen de esas terribles palabras. Eso también pudo devolver a Khieu a la realidad, quién se le puso la piel de gallina, a pesar de que sabía que no había nada fantasmal en el lugar.

— ¿Qué hacemos? — Le preguntó Josefa, toda aterrada.

— Tan solo es una chica disfrazada, no te pongas así. —Le replicó Khieu, a pesar de que tenía un poco de miedo.

Noemí, mientras veía muy feliz de que su objetivo de hacerlas temblar de miedo estaba dando resultado, no se dio cuenta de que una raíz sobresalida de un árbol iba a interponerse en su camino y hacerla caer de la forma más torpe posible. Su cara se estrelló contra el suelo, y la lámpara salió volando, pasando cerca de las narices de aquellas dos, quienes gritaron con la mayor fuerza que tenían.

— ¡Fantasmas! — Lo gritaron tan fuerte que los pájaros empezaron a volar asustados y se oyó por todo el campamento. Y lo siguiente que hicieron fue salir como cohetes, chillando sin parar y muertas del susto, directas hacía la casa.

— Creo que me he pasado un poco. — Eso se decía Noemí, tras escuchar todo eso, mientras se recuperaba del duro golpe que se hizo.

Al ver la casa, a unos pocos metros de ellas, éstas se pararon y cayeron al suelo con la intención de recuperar el aliento. Empezaron a preguntarse la una a la otra qué había sido eso, eran incapaces de encontrar alguna razón explicable. Entonces, fue cuando Josefina se dio cuenta de una cosa, y lo empezó a señalar mientras volvía a gritar como loca:

— ¿Qué pasa, ahora? — Le preguntó Khieu. Josefina, harta de gritar y casi afónica, solo le señalaba y ésta miró hacia dónde, entonces lo vio.

— ¡Eso no es…! — Se levantó y se acercó. Era una chica, tirada en el suelo y parecía que estaba desmayada.

Mientras la intentaba despertar, Khieu se dio cuenta de quién es: — ¿Esa no es el brazo derecho de la hermana mayor? —

Era Grace Cook, quién era segunda de a bordo y estaba ahí desmayada en el suelo.

— ¡Vamos, mujer! ¡Despierta! — Empezó a zarandearla de un lado para otro violentamente, mientras le gritaba. — ¡¿Qué te ha pasado!? —

— ¡¿E-e-está muerta!? — Preguntó una Josefina conmocionada, que le costó mucho poder salir del bloqueo mental en el que estaba.

— No lo…— Josefa ni la deja terminar, con solo oír el “no” se puso a gritar de horror, creyendo que habían matado a alguien.

— ¡Deja de gritar! — Le gritó desesperadamente Khieu. — No, no lo está. Solo está desmayada, no te pongas así y ponte a buscar ayuda. —

— ¡Ayuda, ayuda! ¡Qué alguien nos ayude, alguien ha matado, le han matada! —

Pero Josefina solo seguía gritando sin parar como loca, y casi estaba a punto de quedarse afónica. Apenas se podría mover por culpa del miedo, así que era lo único que podría hacer.

— ¡Qué no está muerta, maldición! ¡Cállate y muévete de una vez! — Aunque a Khieu le entraba ganas de hacerla callar, sus gritos ya le producían fuertes dolores de cabeza.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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